lunes, 27 de enero de 2025

Martes de la Tercera Semana del Tiempo Ordinario



Hb 10, 1-10

Partamos del punto ya enunciado: No tiene la resonancia suficiente en la Afectividad Divina, un sacrificio de sangre animal, repetido vez tras vez, cada año, en la Fiesta de Yom Kippur, pese a lo cual esa era la vía usada en el Primer Testamento, en materia litúrgica ese era, tan sólo, un “aprestamiento” para llegar a un Sacrificio enteramente válido para la verdadera expiación de los pecados.

 

Y, todos, el pueblo y los sacerdotes, tenían consciencia de lo que estaba pasando, el arrepentimiento perdía significado en sus vidas y todo se reducía a otra vuelta de noria. El momento del sacrificio y todo el Yom Kippur quedaban en un puro fetiche, y no había un sincero empeño en salir de ahí, sino la espera ritual de la llegada de la fecha, para repetir un gesto que le costaba a la víctima -el animal sacrificado- la pérdida de su vida, pero, dónde cada judío no se acercaba a Dios, ni a amarlo más, menos a unirse a su prójimo en real fraternidad.

 

Se encontró, en la traducción llamada Septuaginta, la fórmula: nosotros hemos recibido un “cuerpo”, entonces, en vez de poner a sufrir a los “corderitos”, ofrezcámonos nosotros mismos, ¿cómo presenta esta idea el salmo 40(39)? Vengamos ante el Altar de la Expiación y en vez de decir: “Te traigo esta sangre derramada por muchos corderos degollados para ganar la complacencia divina”. Tendríamos que decir, “Tengo un cuerpo, ese es mío -no es mía en cambio la vida de los toros y de los machos cabríos con las que pretendemos suplir nuestras culpas- por eso, te traigo mi cuerpo, mi vida entera” y te la consagro con el férreo propósito de vivirla según Tú, Señor, me has enseñado en Tu Revelación, en Tu Escritura.

 

Y es que Dios, con todas las letras, ya había expresado su disgusto frente a tantos y tantos sacrificios, de pura externalidad, y nos enseñó que no quería: “… sacrificios, ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas propiciatorias” (Cfr. Sal 40(39)).

 

Lo que estaba revelado en la Escritura, era el llamado a “hacer la Voluntad del Señor”, no hay que inventarse cosas, ni rituales extraños, ni caminar sobre vidrio molido, ni desayunar con una llama encendida, ni cortarse las yemas de los dedos, ni vendarse los ojos todo un día. Nuestro Hermano Mayor, el Unigénito, el cordero Perfecto, Él se ha ofrecido por nosotros, Él pagó todas nuestras deudas, pagó el rescate por nosotros, subió a la Piedra Sacrificial y se Entregó, Voluntariamente. Él quiso porque era -no solamente humano, sino también Divino, por eso, había prometido redimirnos, y no puso a otro o a otros a sacrificarse, sino que Él mismo, en piel y carne viva de su Hijo Unigénito, subió a la cruz.

 

Viene aquí con pleno derecho la palabra Comunión. Lo que Dios espera de nosotros es plena devoción a su Voluntad, estar en entera conformidad con lo que Él quiere, eso es Comunión: “donde los participantes comparten preceptos, creencias, valores e ideas, y ese compartir de ideas es tan estrecho, tan intenso que lo expresa mediante su trato y mediante relaciones de cordial fraternidad (sinodalidad), lo que lleva a que, al verlos, la gente diga, “¡mírenlos cómo se aman!”.

 

Jesús lo expresó claramente: “Les doy este Mandamiento Nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amo, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se amán los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos” (Jn 13, 34s). La comunión es este sistema de fraternidad que nos constituye en real familia de fe en torno a Nuestro Sumo y Eterno Sacerdote.

 


¡Señor, concédenos ver en cada prójimo un hijo tuyo!

 

Esto nos lleva a una rutilante conclusión: No somos cristianos por el hecho de ponernos ese nombre y asistir a una Iglesia de esa fe, o por cumplir con toda la sería de ritos ceremoniales con periódica regularidad, menos aun si lo hacemos porque nos vean. Somos cristianos, es decir discípulos, seguidores y misioneros de Jesucristo, solamente si asumimos con alma, vida y sombrero, con todo el corazón, toda nuestra mente y toda nuestra vida, la Voluntad de Dios conforme Él nos la ha presentado en su Escritura y la Santa Madre Iglesia nos la trasmite.

 

Sal 40(39), 2 y 4ab. 7-8a. 10. 11

“… ¿dónde está la víctima?” se preguntan. La respuesta es inaudita: Dios no quiere sacrificios de animales… lo que agrada a Dios es la docilidad de cada instante a su Voluntad… El don de sí por Amor”.

Noël Quesson

Que el Señor nos haya “hablado”, eso es una maravilla: ¿Qué es el hombre para que Tú, Señor, nos dirijas la Palabra y te tomes tantos esmeros a favor nuestro?

 

Pero, circula un refrán popular que se refiere a los oídos como dos rotos en la cabeza, por donde puede entrar algo por uno de ellos, y fugarse por el otro. Dios con Dulzura Infinita, nos susurra -como hacen los enamorados- sus ternezas al oído, pero -tristemente- algún obstáculo auditivo -puesto allí por el Malvado Enemigo- nos impide captar el susurro seductor. Encontramos una especie de precipicio: De un lado, el Enamorado nos llama tiernamente, del otro lado, no alcanzamos a oír, el Malo tiene un potente ventilador para impedirle a las ondas sonoras su viaje a través del abismo.

 


Háblame a gritos Dios mío, para poder oír tu Voz Amorosa; es decir, ¡ayúdame! dándome la oportunidad de acercarme a las Escrituras, leerlas con deleite, dejar que pasen a mi corazón y por fin, que quede enamorado, prendado de Ti.

 

Espíritu Santo, pon en mí una “glándula” que me capacite para descubrir en el Lenguaje de Dios, el Amor más romántico, más sincero, el Único Amor que verdaderamente llena la vida de sentido.

 

Que se dé en mí la capacidad de verte en toda la realidad, en las flores, en los alimentos, en los paisajes, en los sonidos del viento y de las aves. En las palabras de mis prójimos, en las maneras de mis correligionarios.

 

Permite, Oh, Dios mío, que no me quede atrapado en el barullo y en las interminables ocupaciones, en el ruidaraje, que no me logren encarcelar todas las seducciones de la mundanidad que me ocupan, me atafagan, me absorben. Hazme libre para poderme detener a oírte con ese especial e insondable amor que Tú quieres de mi como respuesta a tu Santísimo Amor.

 

Creo descubrir en esta petición que te hago, el Cantico Nuevo que me regalas para dirigirme a Ti, para cumplir que este sea el himno a Nuestro Dios.

 

Te suplico Dios Santo que no pretenda distraerte con vacuos sacrificios; quiero llegarme a Ti y ofrecerme entero, decirte como Jesús, “Aquí estoy”.

 

Que corresponda a tu Amor proclamando tu Justicia y anunciando que quieres construir con nosotros un Reino de Amor.

 

Que no queden mis labios sellados y acallados por el temor o por la timidez que no esté capacitado para nombrarte delante de mis hermanos, porque Tú me enseñarás lo que he de decir y cómo decirlo.

 

Me presento ante ti, no con novenas y plegarias alambicadas, sino con el único propósito de hacer tu Voluntad.   

 

Mc 3, 31-35

Mientras la familia según la carne está fuera, la familia según el compromiso de la fe está dentro, alrededor de Jesús.

Euclides M. Balancin

Vemos cómo las Lecturas de hoy tiene como eje límpido, este norte: “La Voluntad de Dios”.


 

… he aquí que de pronto alguien viene con la noticia de que su madre y su parentela quieren verlo. ¿Por qué Cristo no se ha levantado presuroso a recibir a la que más amó en la tierra, su mamá? (Papá Francisco)

 

Nuestra más clara tendencia, porque así lo sostiene el modelo social en el que vivimos, es tomar como parentela los que vivimos bajo el mismo techo. Ese criterio está socialmente validado y ampliado a los que guarden consanguinidad con nosotros. Así vivan más lejos, inclusive si viven en otra ciudad.

 

Pese a esos límites tan sólidamente estatuidos, no nos cuesta ampliarlos a los que juegan bolos con nosotros, o billar, incluso, podemos ensancharlos a los hinchas de nuestro equipo deportivo favorito, sea del deporte que sea. Y esto se debe a la tendencia verdaderamente natural de constituir una familia ampliada con todos aquellos a los que podamos llegar a llamar hermanos.

 

“Quien cumpla la Voluntad de Dios enseñaba el Maestro. ¿Y quién cumplió mejor en esta tierra esa Voluntad de Dios sino María? Su madre, ella la siempre fiel. Por eso la puso de modelo. Todo aquel que llegue a cumplir los deseos de su Padre podrá asemejarse a aquella dulce madre, fidelísima, a quien se le confiaron tesoros tan grandes” (Papa Francisco)

 


Jesús nos entrega en la Lectura del Evangelio, hoy, el criterio clave: “El que haga la Voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Lunes de la Tercera Semana del Tiempo Ordinario

 



Hb 9, 24-28

De hecho, Él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos, para destruir el pecado con el Sacrificio de Sí Mismo

Hb 9, 26

Hemos venido trabajando la idea de que Dios quiso darnos a “conocer” el Cielo -una realidad espiritual que somos incapaces de conocer- y nos la “muestra” parabólicamente. Por medio de realidades físico-materiales, nos muestra una “maqueta” del Cielo. Por ejemplo, la Sala Real del Cielo, nos la “transparenta” con el קֹדֶשׁ הַקֳּדָשִׁים [Kodesh haKodashim] “Sancta Sanctorum” del Templo. Los sacerdotes de la Primera “Alianza”, repetían año tras año y vez tras vez, este ritual de entrada al Kodesh haKodashim, pero esa sólo era una parodia, ningún sacerdote entró en el verdadero Sancta Sanctorum, hasta que Jesús entró, Muerto. Resucitado y Ascendido, al Cielo, ante la Presencia del Dios-Altísimo, en el Santuario no construido por “manos humanas”.

 

Todo lo que hacían los sacerdotes Aaronitas, del linaje Levítico, era “bocetado” un “bosquejo”, del Sacerdocio Real. Algunos teólogos dicen que era “simbólico”, pero no era la “pura verdad”. Tan sólo era un “esquema calcado” con el que Dios nos entregaba el “diseño” que era importante para que tuviéramos los datos necesarios y pudiéramos “vislumbrar” de qué se trata la Redención y cómo el Sacerdote presentaba la “sangre” de la Victima-sacrificada, derramándola sobre la Tapa-del-Arca, en el Propiciatorio que en hebreo se llama el Kapporet (cubierta).

 

Yom Kippur, Día de Propiciación, o Día de la Expiación. Cae el décimo día del mes judío de Tishrei, también es conocido como, Yom Peduth (El Día de Redención), Yom HaDin (El Día del Juicio), Día de Reposo de Día de Reposo, Día de Yahweh (Día del Señor). También se hacía referencia en hebreo como, “Panayim-El-Panayim” viendo a Yahweh cara a cara. Este día parece establecido en Lv 16, 27-34 y en el capítulo 23, 27-32, se estipulan las acciones que se deben realizar durante este día.

 

No se hace ningún trabajo ese día. Es el Día más solemne entre los días más santos, día de Reposo. En ese día y solamente ese día, el Sumo Sacerdote entraría al lugar Santísimo para hacer propiciación por sus pecados y por los pecados del pueblo. El llevaría la sangre del macho cabrío de Yahweh más allá del velo, como ofrenda por el pecado.

 

En verdad, Cristo se ofrece una sola vez para quitar los pecados de todos; una precisión, en realidad no dice “de todos”, dice πολλῶν [pollon] “de muchos”.

 


Esta es la razón de que se hable de una Alianza -o Testamento- Nuevo, donde el Mediador es Cristo (dicho en griego; Mesías, se dice en hebreo), la Suya es una Muerte Redentora, así, la ecclesia “los convocados”, “los llamados”, van a recibir la herencia, nosotros somos los herederos (por filiación), Dios es el Testador, Cristo, es el Mediador: Su Mediación consiste en hacernos hijos adoptivos por su Propia Sangre Derramada y Presentada en el Altar del Cielo, derramada sobre el Kapporet. El Hijo entró, de una Vez y para Siempre en el Verdadero Santuario donde presentó al Padre la inmolación (que significa meterlo, incorporarlo entre la “mola”, de harina de trigo, es decir, la masa; podríamos decir que la víctima era “apanada” para hacerla más refinada y más presentable ante los Ojos de Dios. Jesús se apana como ofrenda Eucarística), y Dios la recibió de sus Manos, porque la encontró, Victima Agradable, y aprobó el Cordero como Perfecto e Inmaculado. En este Acto -Verdadera Liturgia Celestial-  Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote- es acogido en su Trono, a la Derecha de YHWH.

 

Sal 98(97), 1bcde. 2-3ab. 3cd-4. 5-6



Un Cantico Nuevo no significa un canto que se viva cambiando, que tengamos que, en cada Eucaristía, inventarnos uno diferente. En realidad, el Cantico Nuevo ya ha sido incorporado a la Liturgia, ya está allí, prescrito (establecido), ni siquiera tenemos que aprenderlo de memoria porque nosotros no tenemos que pronunciarlo. El Presidente de la Asamblea tiene a su cargo proclamarlo (él y sólo él, nosotros guardamos un rotundo silencio contemplativo) se llama la Doxología: «Por Cristo, con Él, y en Él, a Ti Dios, Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo Honor y toda Gloria, por los siglos de los siglos».

 

Tal vez, quisiéramos que nuestra participación fuera muy extensa y farragosa en palabras, pero en verdad se ha concentrado en un sumo que condensa toda nuestra Acción de Gracias, toda nuestra Alabanza, toda nuestra Gratitud: Y la llamamos el Gran Amén, porque es simplemente esta la palabra con la que entramos en plana comunión reconociendo la Victoria de Dios sobre el pecado y la muerte.

 

Nuestro Sumo y Eterno Sacerdote Alaba, Bendice y Glorifica al Padre, que para eso es nuestro Hermano Mayor, y nosotros, todos los hijos adoptivos, nos unimos a Jesús, entrelazando nuestras voces y en un estallido de Alabanza que no nos cabe en el pecho decimos ¡Amén!

 

Este himno es lo que está glosado con el Salmo de hoy.

 

En la Primera estrofa: El señor ha obtenido para nosotros la Victoria, así que a nosotros nos cabe honrarlo, cantarle un himno que lo ensalce un himno que reconozca las asombrosas generosidades que su brazo ha otorgado.

 

En la segunda estrofa recocemos que el Señor define su poder como Justicia, que consiste en hacer expandir su Misericordia y su Bondad. Y todos los pueblos del planeta son testigos de su poderosa Justicia.

 

En la tercera estrofa se les dice a todas las naciones que se han asombrado con su Magnanimidad que lo ovacionen, que aplaudan y hagan gala de pirotecnias de asombro.

 

La cuarta estrofa nos convida a aclamar al Señor, Rey de la Tierra a hacer sonar todos los instrumentos, todas las bandas, todas las orquestas en un atronador concierto internacional de alabanza y glorificación.

 

En el verso responsorial se redobla el propósito de valorar tantas y tantas maravillas como nos vienen del Cielo.

 

Mc 3, 22-30

Estamos llamados a ser los colaboradores de Dios en una empresa tan fundamental y única como es testimoniar con nuestra vida la fuerza de la gracia que trasforma el poder del Espíritu que renueva. Dejemos que el Señor nos libere de toda tentación que aleja de lo que es esencial en nuestra misión, y redescubramos la belleza de profesar la fe en el Señor Jesús.

Papa Francisco

Una estrategia del enemigo ha sido siempre despreciar, minimizar y ridiculizar lo que hace el poder de Dios-infinitamente-Bueno. El Malo despliega todas sus emisoras, todos sus canales, todas sus pancartas y vallas, y megáfonos para ridiculizar hasta el límite las maravillas de Dios. En todos sus noticieros saca algo, que cubra la mayor parte de la emisión para desfigurar la Munificencia y la Largueza del Señor.


 

Una de sus pancartas favoritas es la que dice que no es fruto del Bien, sino que esto ha sido realizado por medio de un poder diabólico. Uno no sabe que es más escandaloso, si este mensaje falsario o que el pueblo de Dios preste oídos a tanta calumnia y tanta villanía. Sin embargo, y para nuestro mayor desconsuelo, hay mucho ingenuo que atiende a estos embustes y sus fruslerías.

 

La otra cara de la moneda es pintar al Perverso como súper-poderoso, como imbatible, como inexpugnable. Convencernos que contra él nada podemos, que sus redes están tan bien entretejidas que todas las palomas caerán cautivas sin remedio. Se presenta la Maldad tan invencible, que -y este es el consejo que nos dan- no les queda más remedio que sentarse a llorar “arrepentidos en un rincón.

 

A este tipo, este fulano tan sólido y prepotente lo desenmascara Jesús: por mucho que lo pinten fuerte, no puede nada porque el que ha venido es mucho más fuerte, mejor dicho, es verdaderamente fuerte, sus músculos no son de espuma, ni su poderío de plastilina.

 

Jesús les responde a los escribas, a los “cultos” que nos quieren convencer de nuestra impotencia, sacándonos la lengua y haciendo muecas, que ese, el muy socorrido con bombos y platillos es solo un dibujo, un inflable, un monigote.

 

A los que se han dejado amedrentar les demuestra que los artífices del engaño no quedaran impunes. Los que han acusado a Dios de obrar con las fuerzas del adversario, recibirán todo el peso del Dios-Verdadero. A esos no se les podrá aceptar que vengan con disculpas y pretextos: a sabiendas han engañado, a sabiendas han fraguado su perdición.

 

Los que se han ido contra los santos de Dios para fabricar mártires, de nada les va a servir sus ¡Ay cuanto lo sentimos! Tampoco les valdrá de nada que digan ¡Lo hicimos sin querer! Ya no podrán engañar a nadie, diciendo que simplemente aplicaron el poder que se les había entregado. Porque precisamente ese poder lo volteará Dios contra ellos mismos y dejará que la pantera que ellos habían entrenado contra los “domésticos” sea la fiera salvaje Justiciera.


 

¡Dios no castiga! ¡cada quien vuelca el plomo ardiente sobre sus propias llagas y las que ha infringido con su mal disfrazada Envidia!

 

«Aquel que niegue o rechace al Espíritu Santo es reo de condenación eterna por propia elección. La razón es porque en el Amor de Dios es donde nos salvamos y somos perdonados.» (Papa Francisco)

sábado, 25 de enero de 2025

LA SINODALIDAD REPOSA EN LOS CARISMAS

 


Ne 8,2-4a.5-6.8-10; Sal 19(18),8.9.10.15; 1 Co 12,12-30; Lc 1,1-4;4,14-21

 

Si lo que pretende la comunidad es la edificación de sus miembros como cuerpo del resucitado, ello quiere decir que los carismas son las personas mismas con sus valores salvadores y no sencillamente cualidades de las personas, no discernidas con los criterios del Evangelio.

Gustavo Baena s.j.

 

Sin pretender ser especialista en este asunto, y solo como referencia metafórica, hablaremos de los organismos. El constituyente fundamental de los organismos son -precisamente- los órganos; los órganos se forman por tejidos y, estos a su vez, se constituyen por células. Luego en la base de un organismo están las células.  Confiamos en no estar diciendo imprecisiones.  De esto surge, evidentemente, el interrogante de ¿cómo se unen, se comunican y trabajan en equipo esas células? ¿Cómo se conforman los tejidos y a su vez, cómo estos conforman órganos? Tomo como ejemplo las diversas células que componen la sangre a las cuales nos referimos como glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas sanguíneas que al ser originadas, por las células madre, no están maduras y, en la medida en que se subdividen van alcanzando progresivamente su madures y especialización. Circulan por todo el organismo, lo nutren y le dan su dinamismo. El tema de hoy es la Palabra de Dios como sangre que -al circular-sustenta el Cuerpo Místico de Cristo: «Nunca hemos de olvidar que el fundamento de toda espiritualidad cristiana autentica y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia. Esta relación con la divina Palabra será tanto más intensa cuanto más seamos conscientes de encontrarnos ante la Palabra definitiva de Dios sobre el cosmos y sobre la historia, tanto en la sagrada Escritura como en la Tradición viva de la Iglesia.»[1] «La Escritura es la Palabra de Dios; y cuanto más la sondeamos, más se amplían e imponen sus dimensiones divinas. “Que Él se digne fortalecerlos internamente con el poder de su Espíritu… podréis comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad” -¡el espacio cuatridimensional de la verdad divina!– “y, en una palabra, que conozcan el amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento. Así serán colmados de toda la plenitud de Dios” (Ef 3, 18-19)»[2]


 

Nosotros, cada uno, somos células de ese Cuerpo Místico; ¿cómo nos unimos? ¿Cómo superamos nuestra discrecionalidad? ¿Cómo trascendemos nuestra individualidad? Nuestros “conectores” no son físico-mecánicos, lo que a nosotros nos “conecta” es otra cosa, pero también conformamos tejidos, y esos tejidos configuran órganos, los órganos interactúan en un ensamble orgánico y ¿cómo alcanzamos el status de organismo?, que no el de organización. «Uno salva en la medida en que participa lo divino que uno posee al otro. La comunidad está participando divinidad al otro. ¿Cuál es la función de la divinidad en nosotros? ¿Qué hace lo divino en cada persona?... Dios crea a los seres humanos participándoles la divinidad. La gran verdad del cristianismo consiste en que Dios crea a los seres humanos trascendiéndose en ellos… Si nosotros somos mansos y abiertos a la divinidad que vive en nosotros, resultamos obrando divinamente.»[3]

 

Para adentrarnos un poco en esta comparación, vayamos el #33 de la Lumen Gentium, donde leemos: «Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una admirable variedad. «Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rm 12,4-5).

 


Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: “un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús» (Ga 3,28 gr.; cf. Col 3,11).

 




Si bien en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han alcanzado idéntica fe por la justicia de Dios (cf. 2 P 1,1). Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo. Pues la distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad. Los Pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros y al de los restantes fieles; éstos, a su vez, asocien gozosamente su trabajo al de los Pastores y doctores. De esta manera, todos rendirán un múltiple testimonio de admirable unidad en el Cuerpo de Cristo. Pues la misma diversidad de gracias, servicio y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque «todas... estas cosas son obra del único e idéntico Espíritu» (1 Co 12,11).

 

Los laicos, del mismo modo que por la benevolencia divina tienen como hermano a Cristo, quien, siendo Señor de todo, no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28), también tienen por hermanos a los que, constituidos en el sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo, apacientan a la familia de Dios, de tal suerte que sea cumplido por todos el nuevo mandamiento de la caridad. A cuyo propósito dice bellamente San Agustín: «Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación»[4]

 

En el Libro de Nehemías –Libro muy interesante que se ocupa del regreso de Babilonia para encontrar todo en ruinas e iniciar el proceso de reconstrucción de la Comunidad- en la perícopa que se lee este Domingo como Primera Lectura, dice que les presentó el Libro de la Ley (la Torah, la instrucción, más o menos “la catequesis”), a “todo el pueblo congregado, hombres y mujeres, todos los que tenían uso de razón”, se está refiriendo a la parte de la Sagrada Escritura que nosotros llamamos Pentateuco, valga decir, los Cinco Primeros Libros de la Biblia. En la versión, en lengua hebrea, que consultamos, se refiere al pueblo congregado que “como un solo hombre” reciben la lectura del Libro, allí, con esa expresión se nos habla de un sentido de unidad alcanzada.

 


Se enumera una serie de actos sucesivos que constituyen el “ritual de lectura”, es decir se está definiendo una “liturgia de la Palabra”:

 

Esdras les presentó el Libro (procesión con el Leccionario en alto)

Abrió el Libro a la vista de todos

Todo el pueblo se puso de pie (lo que nosotros hacemos al leer el Evangelio)

Bendijo al Señor Dios altísimo

El pueblo levantando los brazos  contestó Amén, amén

Se postraron inclinando la cabeza

Los levitas les estuvieron leyendo

Lo iban traduciendo al araméo y explicando (Targum)

Todo el pueblo empezó a llorar

Luego viene “el envío”: irse, celebrar un banquete y beber y compartirle a los que no tengan

Fortalecerse (porque es un lugar de seguridad, de protección), en la alegría.

 

Si seguimos leyendo en Nehemías –en el resto del capítulo 8- encontramos que se inicia la fiesta de las “enramadas” o de las “chozas” que se había dejado de celebrar por la deportación, y que siguieron leyendo toda la semana, no sólo el primer día al que se refiere la perícopa. Pensemos ahora en la primera parte de la Eucaristía en la Liturgia de la Palabra, después de los ritos iniciales, y ubiquemos las similitudes; también tratemos de vislumbrar –con mirada histórica- cómo la “Palabra de Dios unifica corazones y voluntades e inspira unidad al Pueblo.

 

«Esa costumbre de leer en la oración la Palabra de Dios se “institucionalizó en el judaísmo por el uso sinagogal de la Palabra. De hecho, la Escritura leída en alta voz y escuchada en la sinagoga, luego es interpretada por el Tárgum y la predicación. El Tárgum, tan querido por los judíos, es precisamente una re-lectura meditada.»[5] Lo cual nos lleva a la perícopa del Evangelio. Esta perícopa está organizada por dos partes, la primera, va en el capítulo 1 los versos 1-4, se refiere, al origen del Evangelio según San Lucas, el que nos ocupa en este año del ciclo C. La segunda –del capítulo 4, toma los versos del 14 al 21, está relacionada con el Libro del profeta Isaías, que es –según lo narra San Lucas- el que lee Jesús en la sinagoga. Allí hay un signo muy especial, podrían haberle “presentado” cualquier otro Libro, y Él podría haber leído en cualquier otra parte, pero –y ahí está lo cristofánico del hecho- precisamente leyó el texto del Año Jubilar: el Año Jubilar es el Año de εὐαγγελίζω [euangelitzo], de la predicación de la Buena Noticia (al españolizarlo daría “evangelización”), de la liberación de los cautivos, de darle vista a los ciegos, y libertad (envío) a los que habían caído en la esclavitud por deudas (la expresión –que sólo usa Lucas- significa “los quebrados”, los “declarados en quiebra”- la expresión no es Año de Gracia, sino época o ciclo “bienvenido porque viene de Dios”, porque es don del Señor. Aquí Jesús es manifestado, revelado, designado “el que tiene el Espíritu del Señor sobre Él”.

 

Cuando en el verso 20, Él cierra (enrolla) el Libro, termina un ciclo, la edad de las promesas y se da comienzo a esta Nueva Era, la Edad de la Nueva Alianza, cuando todo lo que fue vaticinado empieza su realización y se comienza la construcción del Reino, dando cumplimiento a todo aquello que en el Antiguo Testamento era sólo futuro en potencia: Se trata de la Época del πεπλήρωται “Cumplimiento”. (No vayamos a olvidar el tema del Domingo anterior: ¡El Novio cumple-la Novia es fiel! Es acometida de la Alianza, donde ha de cumplirse la reciprocidad).

 

Para hablarnos de esta reciprocidad y refrendarla tenemos el Salmo. Se trata del Salmo 19(18), que es un salmo de la categoría de los salmos hímnicos. Esta clase de salmos están integrados por tres partes, la propuesta que hacen los levitas sobre lo oportuno que es entonar un himno, el cuerpo hímnico, propiamente dicho y un cierre o conclusión. En el caso de este salmo no hay convocatoria para entonar el himno, se entra directamente al cuerpo hímnico, que está integrado por dos fragmentos: Himno a la Creación en lo cósmico (el cielo, la tierra, el sol); e himno a la perfección de las Enseñanzas del Señor (la Ley), aquí en el Salmo recibe diversos nombres: Mandamientos, mandatos, enseñanzas, la Voluntad del Señor. La perícopa elegida para este Domingo sólo toma de la conclusión la última estrofa, el verso 15; se centra –con las otras tres estrofas- en el himno que alaba las Enseñanzas del Señor, sus mandatos, para guardar coherencia con el propósito de referirse al Don Escriturístico: la Palabra dada por Dios al ser humano.

 

La misma Palabra de Dios, en 1Cor 12, 12-30, Segunda Lectura de este Tercer Domingo Ordinario (C), nos muestra como miembros todos del Único Cristo, de su Cuerpo Místico, señalando el bautismo como sacramento de incorporación. Señalando la mutua interdependencia, especifica nuestra unidad en el Único Espíritu, donde cada uno tiene su rol, y sus atributos propios, donde algunos requieren mayor cuidado –con vistas a su debilidad, siendo todos necesarios y complementándose los unos con los otros. Como Dios lo ha dispuesto: así, no debe haber división entre nosotros y –nos encarga- ser solidarios en la dicha tanto como en el sufrimiento. No todos han sido adornados con los mismos carismas y el reparto de esos dones lo ha hecho Dios: “Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como Él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No los necesito»” (1Cor 12, 16-21).


 

Veamos algunas precisiones que son urgentes:

 

«…el modo de proceder de Dios al crear el hombre, tal como se nos revela en la Encarnación, (G.S. n. 22) consiste en trascenderse a sí mismo en el hombre, dándose gratuitamente a él, habitando en él por su Espíritu y haciendo comunidad con él, al compartir la vida divina con él. De allí que el hombre sea tanto más hombre, como especial criatura de Dios, en cuanto sea una imagen, cada vez más clara, de Dios; es decir, en cuanto que el mismo hombre se trascienda en sus hermanos, dándose gratuitamente a ellos y haciendo comunidad con ellos. Esto es fundamentalmente hacer comunidad o koinonía.

 

Jesús llamó este acontecer el real Reino o soberanía de Dios en el hombre, al acogerse con todo su ser a su voluntad; mientras que Pablo lo llamó el acontecer de la muerte y resurrección de Cristo en el creyente, convirtiéndose éste en el cuerpo de Cristo paciente por la obediencia de la fe a la acción del Espíritu del resucitado.»[6]

 

Queremos resaltar, en esta cita del Padre Baena, que construir comunidad (koinonía) requiere trascender la mismidad –el cierre sobre uno- abriéndose a los hermanos, dándose con gratuidad y siendo comunidad con ellos. Ahora bien, de esos hermanos, la Primera de Corintios prioriza los más débiles, a los más necesitados. Se retoma el tema de la opción preferencial.

 


Por otra parte, en la dinámica de ser Cuerpo Místico de Cristo, aparece un horizonte, la apertura al acontecer del Reino. Este acontecer es la amorosa acogida de la soberanía de Dios en nuestro ser. Va más allá el Padre Baena al distinguir la Iglesia como segmento topológico del Pueblo de Dios la ecclesia y el concepto dinámico, el de koinonía que entraña una “praxis gratuita de caridad aplicada”.

 

La dificultad en la época del regreso del exilio se dio con la idolatrización de la Ley, de la revelación, que la enfocó como el todo de la justificación y de la inserción en el linaje de Abrahán. El salto en la Nueva Alianza, la superación de esa idolatría, es que ve la justificación y la incorporación en el pueblo de Dios como aceptación y apertura al acontecer salvífico de Jesucristo muerto y resucitado, precisamente en la voluntad de ser ecclesia y koinonía, es decir, de insertarse en la edificación del Reino con un compromiso de fraternidad en el Padre-Dios.

 


El cuerpo Místico no es una organización sino un organismo. El Concilio Vaticano II dio un enfoque decisivo para este asunto: «Ciertamente el Concilio asume,… la categoría "cuerpo de Cristo" tal como se revela en San Pablo, esto es, la comunidad no es una organización de individuos de antemano configurados en donde cada uno entrega a la organización lo que produce por sí mismo en beneficio de los objetivos o metas propias de la misma; muy al contrario, la Iglesia como comunidad es un organismo vivo y en cuanto tal su finalidad son sus miembros, esto es, su edificación como hijos de Dios; de allí que lo único que en ese organismo circula es la vida de Dios; todo otro elemento o interés sería extraño y contaminaría la unidad de vida del organismo.»[7]

 

Lo que circula es la vida de Dios. La Palabra de Dios es su vida misma –aun cuando no exclusivamente, porque está junto a esta, la vida sacramental-  comunicada, revelada, entregada como sustancia nutricia, como savia vital que alimenta el Cuerpo Místico. Pero el Cuerpo Místico es el conglomerado de las “células” que no alcanzan a ser tejido, y mucho menos órganos, a menos que se dé la dimensión dinámica de la koinonía. Células  independientes no son Cuerpo Místico, son -cuanto mucho- organismos unicelulares, creemos que los biólogos las tienen como manifestaciones primitivas, por muy numerosos que sean en la tierra… «acoger la Palabra de Dios atestiguada en la Sagrada Escritura y en la tradición viva de la Iglesia da  lugar a un nuevo modo de ver las cosas, promoviendo una ecología auténtica, que tiene su raíz más profunda en la obediencia de la fe…, desarrollando una renovada sensibilidad teológica sobre la bondad de todas las cosas creadas en Cristo»[8]


 

Trascender, y poner nuestros carismas al servicio de la fraternidad. El Cuerpo Místico ya se vislumbraba el Domingo previo, cuando los Testigos (y colaboradores) del signo eran los “diáconos” (los que sirven), quienes ayudaron a llenar las seis hidrias de piedra; según el decir de la Lumen Gentium (ver supra) cada miembro está al servicio (diaconía) de los otros miembros: “si hemos recibido la capacidad para algún servicio, hay que servir” (Rm 12,7a). ¡Todos tenemos alguna, usemos bien de ella!

 

 

 



[1] Benedicto XVI. EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL VERBUM DOMINI. Ed. San Pablo 2010. #121

[2] Von Balthasar, Hans Urs. THE WORD MADE FLESH. EXPLORATIONS IN THEOLOGY. Ignatius Press, San Francisco, 1965. (la traducción es nuestra).

[3] Baena, Gustavo. s.j. LA VIDA SACRAMENTAL. Conferencias Colegio Berchmans. Cali – Colombia 1998.

[4] Concilio Vaticano II: LUMEN GENTIUM. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA IGLESIA. Noviembre 21 de 1964.

[5] Mercier F., Roberto, pss LECTIO DIVINA Y ESPIRITUALIDAD BÍBLICA Ed. CELAM Colección Iglesia en Misión #8 Santafé de Bogotá, 1997. p. 36

[6] Baena, Gustavo. EL PUEBLO DE DIOS EN LA REVELACIÓN. Curso al CURFOPAL. U. Javeriana Bogotá –Colombia p.73

[7] Ibid p. 82

[8] Benedicto XVI. Op. Cit. #108 citando la Propositio 54 del Documento Sinodal de la XII asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Vat. 5-26 de Oct. 2008.

viernes, 24 de enero de 2025

CONVERSIÓN DE SAN PABLO APÓSTOL

 


Hch 22, 3-16

No hay una sola llamada de Cristo en la vida, hay varias, cada una más exigente que la anterior, y envueltas en las grandes crisis de nuestro crecimiento humano cristiano.

Segundo Galilea

Vivimos insertos en una cultura que se fundamenta en que sepamos la “noticia”, el “cuentico”, el “rollo”, decimos que, si la persona es capaz de repetir la “historia” con sus detalles, se ha cumplido la comprensión; pero, nos parece que, esa comprensión está truncada, hace falta que se vuelva “vida”, que se entrelace con nuestra existencia y que la podamos incorporar a la vida, haciendo de ella carne y sangre de nuestra historia personal.

 

Quisiéramos, pues, proponer algunos ejemplos:

 

Empezando con lo lejos que estaba Saulo de Dios para poder llegar al cristianismo:  Y, sin embargo, si uno lo mira, estaba muy cerca, podríamos quizás decir que se hallaba un poco desfasado, pero Él procuraba con todas sus fuerzas ser un judíos a carta cabal, poderse preciar y sacar pecho, mostrando su fogosidad,  su apasionamiento, su formación, cuando él nos proporciona sus datos autobiográficos, de inmediato se nota que era -no un judío común y silvestre- sino alguien intensamente comprometido con su credo. Un verdadero enemigo del cristianismo porque su fidelidad, a su punto de partida, lo enceguecía y lo hacía recalcitrante con todo lo que no coincidiera punto por punto con la imagen prefabricada que él llevaba en sí. Desde su perspectiva, él era dueño de la verdad. Y ese posicionamiento lo llevaba a ser encarnizado, cruel, sanguinario. Desde la perspectiva farisaica, era un judío a carta cabal. Un judío fervoroso. Y eso no se quedaba en ideas, pasaba a la acción:

      i.        Perseguía a muerte a los de este “Nuevo Camino”

     ii.        Los metía en la cárcel -hombres y mujeres indistintamente- encadenados.

    iii.        Consiguió se designado “caza-cristianos” y obtuvo cartas de presentación para iniciar una campaña de deportación y sevicia contra los cristianos.

«Pasar de ser perseguidor de los cristianos a evangelizador, es lo que constituye el verdadero milagro»

 

¿Cuál es la pregunta que brota de aquí para nosotros?

 

Saulo estaba lejos de ser cristiano, ¡lejísimos! Y, yo ¿qué tan cercanos estoy de serlo? ¿Qué tan obcecado estoy -afianzado en ciertas convicciones- que me bloquean para seguir a Jesús por el “Camino”? ¿Mi intolerancia me impide ser más abierto? Si hiciera más dúctil mi manera de creer ¿podría -tal vez- ser un mejor agente de evangelización? ¿No estoy dispuesto a cambiar a menos que Jesús venga y me derribe y me deje ciego con escamas en los ojos?

 

Tomemos otro ángulo. El de la Conversión. Hay dos maneras de percibir la conversión.

i)              Como el punto de inflexión donde Jesús nos sale al encuentro para hacernos ver la urgencia del cambio

ii)             Como el proceso que se sigue y que va acompañado de muchos cambios sucesivos y que dura -a veces- toda la vida.

Es muy cierto que Jesús nos sale al encuentro y nos deja oír el reclamo de la “alarma” para que recapacitemos, para que nos pongamos ante el espejo del alma y caigamos en la cuenta de “pellizcarnos” reconociendo aquello que nos mantiene alejados de Dios, y viviendo a sus espaldas, sin darle cabida en nuestras vidas. «Los valores evangélicos a los que nos habíamos convertido van perdiendo el sentido y la atracción sensible que al comienzo ejercían sobre nosotros. La Presencia de Cristo en nuestra vida, y particularmente en la oración, la sentimos cada vez menos; experimentamos más bien una aridez, una soledad, una oscuridad que nos hace lejano el Rostro del Señor» (Segundo Galilea)

 


Pero, también existe ese modo de ser que consiste en tener la fe en una especie de cuarto de San Alejo, al que le ponemos varios candados para impedirle salir de allí. Como el que tiene -digamos- un par de “zapatones” para resguardar el calzado en temporadas de lluvia y evitar mojarnos los pies con esa humedad tan nociva; pero, empacados y relegados al fondo del “cuarto de los chécheres” allí donde han estado desde el día en que los adquirimos. Así puede ser nuestra relación con Dios, descuidada, dejada en el olvido y arrinconada en el fondo del olvido. Es como no tenerla.

 

Pedirle a Dios que nos señale que -sin perder un instante- debemos empezar a ser. Pero ¿de qué le habría valido a Saulo que aquel Resplandor lo hubiera envuelto, haber caído, y haber oído la Voz de Jesús, si eso no hubiera detonado en él el cambio?

 

Y -digno de mayor realce- descubrir cómo, a partir de aquel momento, él fue dando pasos más firmes y comprometidos, y cómo avanzó en la ruta responsable y perseverante de no dejar de cambiar para superarse una y otra vez.

 

La conversión es ambas cosas, es reconocer la maravillosa experiencia de encontrarnos con Jesús, pero, también la constancia indetenible y tenaz de “estar con Él”.

 

Abramos los ojos para notar que “El Dios de nuestros padres nos ha elegido para que conozcamos su Voluntad, para que oigamos a Jesús que nos habla, nos llama, nos interpela y luego, ser sus Testigos ante todos los hombres”.

 

Sal 117(116), 1.2.

Este salmo es tan breve que constan tan solo de estos dos versículos, o sea que se proclama este salmo en su totalidad. Se trata de un himno.

 

Encontramos en este salmo la estructura de una jaculatoria.

 

Muchos piensan – así sea de manera inconsciente- que la oración debe tener una más o menos prolongada extensión, para que reciba el nombre de verdadera oración.


 

Desgranemos, en este caso, algunos de sus elementos:

-       Una palabra que alaba

-       Todos los que estemos allí presentes para oírla

-       Pero como panorama, la intencionalidad de hacer llegar eta palabra hasta los extremos del orbe

-       Mi seguridad inamovible en Dios-Misericordia

-       La certeza en su Fidelidad

-       La claridad de un Dios que nos regala Promesas para sostenernos con ellas

-       La meta que es Don y Propósito: la Salvación

Nada hay que agregar, un himno lacónico, profundo en su economía verbal. Intenso en la devoción del Salmista.

 

¿Cuál va a ser el versículo responsorial? Una consigna para nosotros, que nos hace proclamadores de la Buena Nueva. Mc16, 15

 

Mc 16, 15-18

Cada gesto, cada acción, por pequeña que sea, si procede del espíritu hará grandes trasformaciones de forma silenciosa pero certera porque procede de Dios. Este poder no es exclusivo de Jesús.

Papa Francisco

El Evangelio Mateano, concluye con una perícopa de dos versículos donde se relata la Ascensión del Señor, en el primero, y en el segundo, un sumario de cómo la misión que Jesús les encargó a sus discípulos fue llevada a cabo con empeño y cómo Jesús los acompañó co-operando con ellos en forma de “señales milagrosas”.


 

La perícopa de hoy se toma exactamente del texto anterior a la Ascensión. Es el Envío a sus once discípulos, mientras ellos estaban a la Mesa.

 

Antes de enviarlos los reprende por dos motivos

1)    Su falta de fe

2)    Su terquedad incrédula

Esa incredulidad es la increencia en aquello que les relataron sobre la Resurrección.

 

 Aceptar la fe va de la mano de un gesto sacramental: El Sacramento Puerta, el Bautismo. Nosotros al aceptar la filiación asumimos la tarea de creer; Dios hace su parte: nos bautiza en las mismas aguas en las que Él se dejó bautizar por San Juan Bautista.

 

La mayor parte de nosotros concibe el bautismo como un fenómeno puntual. Algo que sucede en una cierta y determinada fecha y ya estuvo, “quedó bautizado”. Pero, hacerse cristiano no es algo que se sucede de una vez por todas.

 

Otra manera simplista de tomarlo es pensar que los otros sacramentos harán lo faltante. Y ¡no es por ahí! En realidad, la inmersión bautismal, es más compleja, Dios cumple lo suyo, a la perfección, pero, se requiere tomarnos más en serio este Sacramento.

 

Figúrense que llevan cierto tiempo vivos sin conocer a su papá, y luego, un día te llevan a la Iglesia y súbitamente te informan que esa Persona que no vez y que por “mediación” de otra te acaricia con unos chorritos de agua es tu Padre y el Autor y Dueño de tu vida.

 

La empresa del entretenimiento nos da la imagen de algunos de estos hijos que conocen tardíamente a su padre, lo odian y no quieren saber nada de él. En otros relatos, la madre ha venido, sistemáticamente alimentando un odio contumaz contra el progenitor. Lo cierto es que estas personas no quieren construir ningún vínculo con ese “extraño” que para ellos no es nadie.

 

Ahí es donde viene nuestro rol. Dios nos da el sacramento, pero nosotros tenemos que asumir y aceptar el Padre que tenemos, no el biológico, sino el espiritual.

 

Pero no hemos acertado a descubrir que la paternidad es un nexo bilateral, y que -a menos que construyamos con nuestra filiación una consonancia con el Padre- no habrá parentesco excepto por el que conste en algún documento. Podemos optar por crecer y vivir como huérfanos espirituales.

 

Cuando el envío dice “El que crea y se bautice se salvará” tendríamos que entender todas las implicaciones de ese “creer” que arranca exactamente en el momento en que recibimos el Sacramento y sigue evolucionando con nuestra vida. Creer y ser bautizado, sólo se produce cuando se cumplen los dos factores no basta con el momento sacramental a menos que aunemos a él toda la vivencia de actuar como hijos y llevarlo en nuestro corazón con la consciencia de que Él es nuestro Padre.

 

Esto nos debe llevar a revisar si nos quedamos sólo en el Sacramento o lo estamos viviendo. Creer y ser bautizado son dos factores que han de compatibilizarse para poder hablar de Salvación.

 


Todo bautizado debe estar expuesto a un aguacero de bondad que lo entrape hasta la médula, consistente en aprender a hacer el bien y a fomentar lo que es bueno, en todos los actos de su vida. Un hijo debe tener el ADN de su padre y Dios Padre nos comunica preferencialmente el cromosoma de la benignidad. Esa tarea de consciencia filial también pende, como espada de Damocles, sobre los que han sido enviados a proclamar el evangelio a toda la creación. El envío crea responsabilidad.

 

«Este poder no es exclusivo de Jesús. Es dado a sus seguidores para que sea esta bondad la que brille en cada sombra de muerte, en cada rincón de oscuridad. En cada cristiano reside este poder dado en el bautismo y potenciado a través de los sacramentos, momentos donde se recibe de manera especial esta gracia» (Papa Francisco)