lunes, 3 de febrero de 2025

Martes de la Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


 

Hb 12, 1-4

Una de las situaciones más amenazantes para el fiel es el retroceso. La fidelidad implica y se define por la perseverancia. El fiel necesita urgentemente mantenerse en su estabilidad y solidez; y cualquier parada, significa perdida y retroceso: la fidelidad aspira el avance permanente, la firmeza y la perseverancia se aúnan para constituir la fidelidad.

 

El camino -empero- está tapizado de estorbos, en particular de pecado. En vez de dejarnos entrabar por eso, tenemos que poner la mirada en Jesús, nuestro líder, nuestro bastión, que nos auxilia en ambas: ἀρχηγὸν [archegon] “el que inicia”, “iniciar” (como notamos empieza por la letra alfa) y τελειωτὴν [teleioten] “perfeccionar” “completar” esta palabra inicia con la t griega; alfa es el equivalente de Alef la primera letra del alefato, la tau griega es el equivalente fonético de tav, la última letra del alefato, o sea que alef y tav en hebreo, es lo mismo que decir en griego “alfa y omega”, o en español de la “a a la z”- Jesús inicia y perfecciona nuestra fe.

 

¿Quién es el paradigma de la fidelidad? Jesús, que:

a)    Renunció

b)    Soportó la cruz

c)    Desprecio la ignominia

 

La salvación, muchas veces la reducimos a no tener como destino final el infierno. Cada vez más y mejor, hemos logrado entender que le Infierno no es otra cosa que la ausencia absoluta de Dios; lo que nos ayuda a entender que la Salvación es -precisamente- lo antagónico, es disfrutar de la Presencia de Dios. Jesús, como paradigma, ha alcanzado la cúspide de la Presencia, estar “Sentado” a la Derecha del Trono de Dios-Padre, contemplándolo por Toda la Eternidad.

 

¿Qué se propone esta perícopa que proclamamos hoy como Primera Lectura? Que nosotros tomemos en cuanta todas estas “premisas” para construir con ellas un razonamiento (este proceso se llama ἀναλογίζομαι [analogizomai] “aquilatar mirando a lo alto, a lo espiritual”, digámoslo así, razonar usando la inteligencia espiritual) que nos ayude a pasar del plano de las consideraciones “terrenales”, “mundanas”; y podamos tener los ojos espirituales para ver y atenernos a lo que verdaderamente vale: “los bienes espirituales” que nos promete la fe.


 

Entrando un poco en la “forma”, notemos que toda la perícopa tiene la forma de una “parábola”, es una comparación que toma algo conocido, para hablar de algo trascendente: lo conocido -en la cultura griega era algo muy conocido, se cultivaban los gimnasios, el deporte, las carreras y diversos tipos de competencias atléticas- así pues, se compara con una “carrera” y nos llama a que la “corramos” con constancia. Al correr no podemos ni cansarnos, ni perder el ánimo. No podemos abandonar sino perseverar hasta llegar a la meta. El hagiógrafo no nos pinta una meta donde se recibe la corona de laureles, antes bien, nos hace mirar descarnadamente cual será la corona del atleta que “resista”: será de sangre, y a los hebreos (judíos que habían aceptado el cristianismo) todavía, en la lucha contra el pecado, no habían llegado hasta el punto de tener que derramar su sangre (cfr. 12, 4)

 

Sal 22(21), 26b-27. 28 y 30. 31-32

Salmo de Acción de Gracias. Este salmo tiene 31 versículos. Se toman sólo 5 y medio para la perícopa que se proclama. Con ellos se estructuran 3 estrofas.

Estamos hablando de nuestro paradigma de vida, y mirándolo Crucificado.

 

En la primera estrofa hay un triángulo:

1.    Lo que Jesús le prometió al Padre lo cumplirá.

2.    Los que no tienen quien los socorra, Él los nutrirá como el Pelicano se abre el costado para que sus polluelos beban de su sangre.

3.    Los buscadores del Señor, tendrán en esto motivo de explayarse en alabanzas.

 


En la segunda estrofa, también hay tres aspectos:

1.    No sólo los que habitan cerca, sino también los que están más alejados al recordarlo volverán al Señor.

2.    Todas las familias de los pueblos lo adorarán de rodillas

3.    También los muertos se postrarán ante Él.

 

En la tercera estrofa, igualmente, otras tres perspectivas:

1.    Sus descendientes se pondrán a Su Servicio.

2.    A través de esa descendencia las generaciones futuras tendrán noticia de Jesús

3.    Los que nazcan en el futuro, recibirán fiel informe a través de la descendencia del hagiógrafo; sabrán que Dios es Justicia.

 

En el verso responsorial declaramos que buscar al Señor tiene una consecuencia: deshacerse en alabanzas al constatar, con su búsqueda, que el Señor cumple y está ahí, siempre a nuestro lado: No nos abandona.

 

Mc 5, 21-43

… una mujer empobrecida, condenada a la soledad afectiva, a la exclusión social y a la maldición religiosa. Su enorme deseo de curación la llevó a romper con las prohibiciones de la ley religiosa y a ponerse en contacto con Jesús.

Formalmente hablando, estamos en presencia de una inclusión: como un sándwich, se empieza a narrar un “milagro”, se deja en puntos suspensivos, como si el Señor se hubiera interrumpido, atiende a otra necesidad, que se presenta a su paso; y luego, continua, vuelve al primero, porque no deja nada incompleto y atiende a todo aquel que lo necesita.


 

El primer milagro es el de la hija de Jairo, que estaba al borde de la muerte, como lo expresa Jairo, “en las últimas”. Su fama de taumaturgo se había extendido, por eso Jairo le pide que le “imponga las manos” para que se cure y viva, la imposición de manos era significante de la comunicación de un poder o, en este caso, de la transmisión de la salud. Jesús se va con Jairo para atender su petición.

 

Por el camino, encuentra a una mujer que también había oído de los increíbles poderes curativos de Jesús, y de la manera más clandestina que le era posible, procuraba tocarlo. Una mujer con sangrado no podía tocar a nadie, porque, tanto ella como la persona tocada quedaban “impuras”, de hecho, ella llevaba doce años de impureza ritual; lo que ella trataba de hacer era, tocarlo sin que se diera cuenta.

 

Jesús en ningún momento le presta atención al tema de la impureza ritual, pero, lo que no era posible era que Él no fuera consciente dl poder que salía de Sí.  Ya hemos visto como -en otras situaciones análogas, por ejemplo, con los leprosos, a Él se le daba nada con esas limitaciones del ritualismo.

 

A los apóstoles tuvo que llamarles mucho la atención que, entre tanto apretujón y tanta aglomeración, Él pudiera discernir que alguien en específico la había “robado” una sanación”: lo digno de mención es que, ipso facto, la fuente de la hemorragia se secó.

 

Sin embargo, la interrupción, y estos minutos, debieron contar porque la niña, en el entretanto, murió. Jesús sabía lo que iba a hacer, se sabía Dueño y Señor de la Vida, así que, para Él, al llegar y encontrarla “muerta”, podía decir con sinceridad que tan sólo estaba dormida.

 

«El verbo ἅπτομαι [aptomai] “tocar” pero “tocar con un poder especial que va a obrar un cambio en la persona»- tiene una función clave en este episodio: se repite cuatro veces: Expresa con una imagen material qué es la fe: es decir, contacto personal con Jesús».

 


En este caso, el factor condicionante era que Jairo, como peticionario directo de la sanación, tuviera fe.

 

Los circunstantes se burlaban de Él. Él la “despertó” con el simple contacto de la Mano en la mano, y con sus doce añitos a cuestas se puso a caminar. De nuevo, Jesús ni busca la propaganda, ni contrata equipos de publicistas: hace el Bien, da la Vida, llena de alegría a Jairo (cuyo nombre precisamente viene de χαίρω “Alegría”), pero no quiere propaganda, ni comerciales, ni carteles, ni plegables, no quiere convertirse en otro objeto de compra y venta. No vino a ganar votos, o “likes”, vino a dar vida y vida en plenitud. (cfr. Jn 10,10). Por eso no se lleva consigo más que a tres de ellos, los que ya deberían estar habituados a ver la acción de Jesús como Hombre y Dios.

 

«No tiene sentido madurar en una sociedad patriarcal donde los varones deciden sobre las mujeres convirtiéndolas en su mercancía. Su padre parece tenerlo todo, pero al hacerse mujer su hija, él tiene que “negociarla”, venderla como esposa… Una de las facetas de este milagro de Jesús es la conversión de este padre … ahora tendrá que acoger y educar a su hija para la vida feliz, no para la esclavitud y la muerte.».

domingo, 2 de febrero de 2025

Lunes de la Cuarta Semana del Tiempo Ordinario

 


Hb 11, 32-40

Hoy tenemos nuestra décimo octava lección sobre el Libro a los Hebreos. Al iniciar previmos 23 lecciones, que nos llevaran exactamente hasta el sábado de esta semana.

 

Muchas veces la fe es tan sólo ¡un cofre, donde se han depositado unos dogmas que estructuran una doctrina, y… no más! Sí vemos esta presentación de la fe que nos trae este Libro, vemos que la fe es muchísimo más, no es un listado, es un esqueleto firmísimo, del más sólido titanio, que es por antonomasia, el metal que brinda la mejor “resistencia. Le fe genera, entonces, un estilo de vida donde para cruzar los más profundos abismos, encontramos -no puentes de ingeniería civil- sino un modo de ver y vivir qué nos da seguridad y nos aporta la capacidad de “ir adelante” sostenidos en convicción por el Poder de Dios.

 

El sábado, quedamos en el verso 19 del capítulo 11. El plan litúrgico de las Lecturas salta los versos 20-31. Allí, en esa elisión, encontramos:

-En los versos 20-22 los testimonios consecutivos de Isaac, Jacob y José.

-Los versos 23-28 los diversos testimonios de Moisés.

-En el verso 29 nos habla de la fe que permitió al pueblo de Israel pasar el Mar Rojo para salir de la esclavitud en Egipto.

-En el verso 30, vemos que la fe llevó a demoler las murallas de Jericó con, simplemente rodear esa ciudad procesionando con el Arca, como Presencia Divina que los acompañaba; su fe, era reconocer que Dios estaba con ellos y que era Él quien les traía la victoria sobre los obstáculos e impedimentos.


 

Estas citas que se insertan en Hebreos, son todas tomadas de la fuente llamada “Septuaginta”, es decir de la traducción al griego del Antiguo Testamento: Del Éxodo, del Libro de Josué. En lo que sigue -en la perícopa de hoy-, se remitirá al Libro de los Jueces, al de Samuel, al de Daniel, al de los Reyes, al Profeta Jeremías y al Libro de las Crónicas.

 

Se nombran cuatro Jueces, también a Samuel, profeta y a David, rey, y luego se hace mención genérica de los profetas.  Y, se designa, desde ya, a dónde nos lleva ese linaje de Israel, que aparece como meta y Pleroma de toda la historia, y lo designa “Mejor”. Esta historia -que nosotros llamamos “Sagrada” tiene su Perfección en “El Mejor”.

 

En Hebreos se nombran las acciones que fueron estructurando -como Revelación- la fe de este pueblo “elegido”:

       i.        Conquistar reinos

      ii.        Administraron Justicia

     iii.        Vieron el cumplimiento de las Promesas

     iv.        Domeñaron las fieras

      v.        Apagaron incendios voraces

     vi.        Escaparon a la espada asesinas

    vii.        Superaron enfermedades desesperadamente desahuciantes

   viii.        Les infundio valor en la guerra

     ix.        Pusieron a raya los ejércitos que los acosaban

      x.        Recobraron a sus muertos para seguir en vida.

 

Viene, después de la preposición adversativa, otra serie de hechos, esta vez mal- afortunados que, por la fe, no lograron ni someterlos ni apocarlos:

       i.        Torturados hasta llevarlos a morir

      ii.        a prueba de las burlas y de los azotes, de las cadenas y de la cárcel.

     iii.        La lapidación

     iv.        La sierra

      v.        La espada

     vi.        La pobre vestimenta de una piel de oveja o de cabra

    vii.        Penuria total

   viii.        Opresión y maltrato

     ix.        Vagando por desiertos y montañas, por grutas y cavernas

 

Ellos fueron todos, regalo de Dios que nos presentaba, por medio de ellos, su Mensaje y sus Promesas. Sin embargo, no fuimos dignos de estos heraldos que el Señor nos obsequiaba para que lo aguardáramos, lo ansiáramos, y estuviéramos atentos a su venida.

 

Todos ellos, cumplieron su misión, pero nosotros los derrotamos con nuestra “ceguera espiritual”, incapaces de reconocer lo que nos anunciaban estos vates. Por la piedra acerada que reemplazaba en nuestro pecho el corazón “humanado” que debiera albergarse en nuestro ser para acceder a la fe.

 

¿Se daba por Vencido nuestro Dios? ¿Olvidaba el Señor, Su Plan Salvífico? ¡No! No, y en eso insiste la perícopa para que entendamos cuál es el Tesoro de la Fe. La estabilidad de la Palabra de Dios, estable por los siglos.

 

La fe obra en nosotros como modelos inspiradores que nos sostienen firmes en la “resistencia”. Y es que la fe está, especialmente, en la fuerza vital que nos impulsa. Aprobados por la fe, pero no recibieron lo “prometido”, porque el Dios que prometió, había dispuesto de algo “Mejor” en Quien, al unirse con Él, alcanzarían la Perfección (cfr. Hb 11, 39s).

 

Sal 31(30), 20. 21. 22. 23. 24

Jamás quede yo avergonzado; en tu justicia ¡líbrame!

¿Y cómo he de volver a duda, a preocuparme, a acongojarme pensando en mi vida y en mi futuro, cuando sé que está en tus manos? Alegría de alegrías, Señor, y favor de favores.

Carlos G. Vallés s.j.

Este es un salmo del huésped de Yahweh. Al centro, en el protagónico esta un rey, un profeta o un levita; que quiere albergarse en Dios. En Él se refugia. La perícopa proclamada toma los 5 últimos versículos. El poema está estructurado en tres partes:

1)    Razones para amar a Dios confiándose a Él

2)    Presentación de la situación difícil que el salmista atraviesa

3)    La intervención de Dios en auxilio del orante demuestra su Amor

 

Los versículos proclamados reconocen la defensa y auxilio prodigioso que el Señor le ha brindado.


 

Primer versículo: El Señor despliega su Bondad en favor de los que lo reverencian

Segundo versículo: El Señor los tiene a cubierta de los complots de los enemigos.

Tercer versículo: El Señor ha obrado prodigios para defender la Muralla de Sion.

Cuarto versículo: El salmista se creía desamparado de Dios, pero Él oía la voz angustiosa que clamaba auxilio.

Quinto versículo: Vista su Fidelidad el hagiógrafo nos recomienda a todos acudir a Él porque nunca nos defrauda.

 

En el responsorio decimos: Si confiamos en Él, podemos reposar bajo su abrigo. (En cambio, -no se proclama hoy, pero está consignado en el salmo- los orgullosos y altaneros recibirán su merecido).

 

 Mc 5, 1-20

Su cuerpo está deshecho de tanto golpearse y herirse con las piedras. Es como si todas las fuerzas represivas del imperio vinieran a condensarse en el espejo de su vida.

Seguimos tratando los secretos del Reino de Dios, cruzamos con Jesús el lago y llegamos a Gerasa (Jerash), tierra de gentiles. Allí, nos sale al paso el endemoniado de Gerasa, poseído por toda una legión de espíritus impuros. Una bestia indómita que asolaba a los de la región.


 

Seguramente, en tierra de gentiles, aquellos demonios la pasaban rico, podía manipularlos y estaban al desamparo por increyentes. Una legión del ejército romano estaba compuesta por entre 4.200 y 6.000 soldados de infantería, más un pequeño cuerpo de caballería, una verdadera falange del imperio, invadiendo su tierra: La legión le pide a Jesús que no se meta con ellos y que no los saque de su territorio -eso pasa siempre, el oprimido termina amando sus cadenas y rindiendo culto a su opresor, los estudiosos lo denominan “síndrome de Estocolmo”- donde ejercían su dominio. Le piden que los deje entrar en una piara, y la piara se ahoga. Recordemos que el lago era visto como dominio del mal, el “mar” simboliza el mal que oprime a la humanidad; al irse al fondo los cerdos, la legión se adentraba en su origen. Eran cerca de dos mil cerdos, bueno era una legión mediana, pero no por eso, menos perniciosa. Se debería llamar el síndrome de “es el colmo” porque llegan incluso a apropiarse de la ideología del captor y a identificarse son sus valores.

 

Al quedar liberado, el ex-endemoniado se presenta ahora de otra manera, ya no era ese pobre hombre contrahecho que se hacía daño golpeándose con las piedras e hiriéndose; estaba sentado, controlado, vestido y “en su juicio”; la gente no le interesa esta “liberación” le piden a Jesús que se vaya, seguro se verían afectados en su negocio, y es que la ausencia de Dios es “buen negocio” para los que viven de espaldas al Creador-Dueño-y- Señor; en cambio “el Liberado” quiere que Jesús lo admita con los suyos, pero Jesús lo nombra Apóstol en medio de aquella gentilidad: Lo comisiona para que vaya con aquella gente y les contara la Bondad que el Señor había tenido con él, y así lo hizo. Se volvió Apóstol en toda la Decápolis.


 

Muchos se preguntan por qué Jesús no aprovechó para hacerse otro discípulo, pero hay que entender que al liberarlo ya lo había acogido entre los discípulos y de un modo tan rotundo que no tenía que irse con Él, sino de una vez, pasar a la siguiente etapa. Se anunciador de la llegada de la Buena Nueva y de cómo el Reino ya está en medio de nosotros, liberando y expulsando a los espíritus impuros que nos someten: Hay otras formas de discipulado y seguimiento.

 

«¿Qué ha hecho Jesús por mí, en mi vida, por amor? Y viendo esto, qué debo hacer yo, por Jesús, cómo respondo a este amor. Y así seremos capaces de purificar nuestra fe de todo interés. Que el Señor nos ayude en este camino». (Papa Francisco)

sábado, 1 de febrero de 2025

AMOR Y FE

 


Jer 1,4-5.17-19; Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15ab.17; 1Cor 12,31–13,13; Lc 4,21-30

 

¡Ayúdanos, te lo rogamos, a penetrar en el misterio de tu fidelidad!

Carlo María Martini

 

Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo.

Benedicto XVI

 


En este Tiempo Ordinario que vamos andando, hemos sido convidados a profundizar nuestra consciencia de fraternidad en Cristo Jesús y a dejarnos nutrir por la savia que nos llega en la Palabra de Dios. Hoy se pone ante nuestro ser la esencia de amor que nos une a Él y a toda la comunidad de nuestros hermanos, aun cuando permanecemos en el espacio y el tiempo, diseminados y regados por toda la tierra. En la antífona de hoy pedimos al Señor que nos salve contrarrestando esa situación de dispersión; y, ¿para qué queremos superar esa disgregación? Para reunirnos a alabar y dar gracias a su Santo Nombre. Ahora miremos la Oración Colecta: en ella nos enlazamos para dar cumplimiento al Gran Doble Mandamiento, Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. El amor a Dios lo expresamos, allí, como veneración al Señor y, el amor al prójimo, como afecto sincero a todos los hombres. ¿Cómo osamos pedir tal y tanto? Pues siendo conscientes de que ha sido el Propio Dios Quien nos ha elegido, nos ha constituido su לְעִ֨יר מִבְצָ֜ר “plaza fuerte”; y Él mismo decidió encarnarse y venir en medio de nosotros, a Σήμερον πεπλήρωται ἡ γραφὴ αὕτη dar cumplimiento a toda la Escritura.


 

Frágiles como somos, el Señor nos llama a ser fieles a la vocación con la cual ha pronunciado, con su Tierna Voz, el llamado a seguirlo, (que será el tema del próximo Domingo). En eso radica nuestra dignidad de vocacionados. Nos llama con amor y se muestra con signos de amor, esos signos son “datos”, en cuanto son obsequio generoso entregado para que podamos amarle. Si bien es cierto no lo podemos “ver” en su “objetividad” (puesto que Él no es objeto), se nos revela, para que podamos “pre-sentir” Quien-Es. Sin embargo, “… al presente, todo lo vemos como en un mal espejo y en forma confusa” –nos dice San Pablo (1Cor 13, 12b), esta manera de ver es, por ahora, parcial, pero hay un “entonces”, que permitirá que nuestro conocimiento sea plenificado, ese “entonces” es escatológico, alcanzará la perfección del ser por el conocimiento perfeccionado. En el ahora, que visualizamos como un “campo de entrenamiento”, contamos con la opción de ejercitarnos en las virtudes que nos perfeccionan (justicia, fraternidad, solidaridad, paz); somos como “niños”, en mucho, hablamos, pensamos y razonamos como niños, pero, no permanecemos como niños, nuestra existencia “crece”, “madura”, “progresa” (ciertamente no de manera lineal), hacía ese “entonces”, cuando conoceremos a Dios “cara a cara” y la fe así como la esperanza se volverán innecesarias e inútiles.

 


«En efecto, nadie ha visto a Dios tal como es en Sí Mismo. Y, sin embargo, Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance. Dios nos ha amado primero, dice la citada Carta de Juan (cf. 1Jn 4, 10), y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues «Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho visible: en Jesús podemos ver al Padre (cf. Jn 14, 9). De hecho, Dios es visible de muchas maneras.»[1] Este “dato” es lo que testimoniamos, y su testimonio es nuestro nutriente hacia el “crecimiento”, hacía la “maduración”, hacía nuestra trascendencia de la infancia espiritual hacía nuestra adultez y plenificación (πεπλήρωται, por ahí habíamos quedado el domingo anterior). «Las características del amor en 1Cor 13, 4-7 manifiestan los rasgos de una existencia nueva: el amor es paciente y benigno; no es egoísta ni envidioso ni orgulloso; no lleva cuentas del mal; todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta. Algunos han puesto como sujeto en lugar de amor al mismo Jesús, que encarnó y mostró de modo insuperable y paradigmático el amor. El amor de que habla San Pablo en este pasaje, está bajo “el signo del final”, tiende a constituirse en definitivo, porque el amor no pasa nunca. “El principio es la fe, el fin es la caridad”… Llama la atención que la palabra agape, en el periodo postapostólico, sea el término técnico que indica el banquete eucarístico, que trae su origen del uso cristiano primitivo de los banquetes en común y tiene gran eficacia en la vida social… se comprende que la palabra “cáritas” (agape) se conserve sin traducir al castellano para conservar más fácilmente su originalidad.[2] Nuestra vida cobra un “sentido”, dar testimonio de Jesús, que es el Rostro conocido por nosotros del Padre. Y ese testimonio, su ejercicio constante en el “campo de entrenamiento”, lo damos en una lucha por ser constantes y por hacerlo siempre lo mejor que podamos. En este ejercicio se pone en juego la fidelidad que no es “otra cosa” diversa del amor, sino uno de sus rasgos característicos. El amor es fiel, permanece contra la “adversidad” del tiempo: “El amor nunca pasará” (1Cor 13, 8a).

 


«El martirio es un hecho que el cristiano no debe provocar; pero si viene, confía que el poder de Dios le sostendrá y le dará la victoria en la prueba. Si otros lo ponen en el trance crítico y decisivo de tener que elegir entre la fe en Dios o renegar de Él, apoyando su debilidad en la fuerza de Dios, Señor de la vida y de la muerte, está dispuesto a hacerle el homenaje de la propia existencia.»[3] «El mártir cristiano no es un desesperado que renuncia a continuar viviendo; ni es un hastiado de la vida, que ve en la muerte la liberación; ni es un “kamikaze”, como los pilotos suicidas japoneses de la Segunda guerra Mundial, que murieron sembrando destrucción y muerte; ni es un “héroe rojo”, según lo ha descrito el marxista E. Bloch, que cerrado a la supervivencia personal muere por un “mundo nuevo”. El mártir cristiano ama la existencia; muere perdonando; espera intensamente la vida definitiva en comunión con Jesucristo resucitado.»[4] Nos gusta insistir en el significado de la palabra mártir, palabra griega que significa “testigo”. «Los santos son el fruto más precioso del poder del Espíritu Santo en la Iglesia para alabanza de la gracia de Dios, fecundidad de la Iglesia y servicio de la humanidad. La fe manifestada en la entrega generosa de la propia vida hasta la muerte hace de los santos la más elocuente acreditación del Evangelio. Es justo que no se enjuicie a la Iglesia sólo por sus debilidades, olvidando los santos que son admirable irradiación humanizadora… De entre los santos sobresalen desde el principio de la historia de la Iglesia los mártires, cuyos cuerpos destrozados fueron recogidos y enterrados por los cristianos con entrañable amor, y cuyos trofeos, es decir, los momentos-insignias de su victoria, fueron lugar de visita, de peregrinación, de culto, de memoria agradecida a Dios por el triunfo de su muerte y de aprendizaje y esperanza en la vida eterna, que ilumina las oscuridades de la vida presente»[5].


 

Siempre ponemos en primer plano -con esta palabra- la idea del sacrificio cruento para avalar nuestras creencias, soportando las torturas, inclusive, hasta dar la vida. «Yo mismo cuando seguía las enseñanzas de Platón, oía repetir todo linaje de calumnias contra los cristianos; sin embargo, al contemplar cómo iban intrépidos a la muerte y soportaban todo lo que se tiene por más temible, empecé a considerar ser imposible que hombres de ese temple vivieran en la maldad y en el amor del placer. Y, efectivamente, ¿quién, dominado por ese amor de los placeres, puede recibir alegremente la muerte que ha de privarle de todos los bienes, y no tratará más bien por todos los medios de prolongar indefinidamente su vida presente?»[6]

 

Pero este don, este regalo que da Dios a algunos de sus elegidos, no es el único modo del martirio. Hay un modo –casi diríamos que mejor, si no fuera porque el propio Jesús perfeccionó el martirio de sangre muriendo en la cruz-; es el que se suele denominar “martirio blanco” que consiste en la constancia, en la durabilidad del testimonio, consiste en vivir toda la vida en coherencia con lo que creemos. Por tanto, el martirio blanco es un martirio en términos de perseverancia, de heroica persistencia. Observemos que ya en la Primera Lectura se nos previene: “Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte”. (Jr 1,19) Jeremías es figura de Jesús en el Antiguo Testamento.


 

Es una Palabra muy tierna de Dios cuando revela que desde antes de ser concebido ya Dios había trazado una vocación profética para Jeremías. Este encargo-llamada no puede soslayarse, ni puede ser desdeñado; ya en otra parte y en la situación del joven Samuel (véase 1 Sam 3, 10) vimos el designo de muy voluntaria obediencia representado por la respuesta “¡Habla, que tu siervo escucha!”. Esta presencia -previa a nuestra concepción- en el pensamiento de Dios, encierra su paternal designio de llamarnos a la vida, con toda razón pensamos en Él en términos de Padre dado que ya deseó nuestra existencia cuando todavía no “existíamos”, valga decir, que estuvimos primero en el pensamiento de Dios-Padre antes de estar en el vientre materno. Y no sencillamente como un deseo vago de “tener un hijo” sino como el hijo muy deseado que “ya es conocido” porque vamos a ser lo que Él ha querido y no otro. Quisiéramos insistir en la belleza del designio puesto que “si ya nos conocía” no podemos defraudarlo porque ya sabía quiénes somos, junto con nuestras limitaciones y nuestras fragilidades; conocernos -desde antes- significa poder perdonarnos lo que seremos y –verdadero amor paternal- amarnos “a pesar de”: perdón proléptico

 


Todavía un rasgo más del amor paterno: nos desea porque sus “amorosos proyectos” nos toman en cuanta, nos incluyen. Nos ama y entramos en sus planes, en los que vamos a jugar un “importante” rol. Desmiente la actitud de la paternidad irresponsable que “echa hijos al mundo” y, se desentiende de ellos. Este es Otro tipo de Padre, es un Padre Providente. En la forma de expresarlo el profeta Jeremías, revisemos como es próvido Dios en su Paternidad: Hace a su elegido

a)    “Ciudad fortificada”

b)    “Columna de hierro”

c)    “Muralla de bronce”

No importa quien venga a rivalizar o a amenazar, sean los reyes de Judá, o sus jefes, o sus sacerdotes, o los simples campesinos, o toda la tierra, o sea, el mundo entero. Y, es así como le infunde semejante fortaleza, “¡no podrán con él!”.

 


Jeremías como Jesús en Galilea fue poco escuchado, Jesús también los prevenía, les aconsejaba, les advertía seguir la Ley de Dios, a su pueblo; pero ¡que duro es poder profetizar en el seno de nuestra propia gente! Parece ser que nadie tiene el corazón más sordo que aquellos que más cerca están de nosotros. Esto lleva a Jesús a declarar: “nadie es profeta en su tierra” (Lc 4, 24).


 

Cómo se airaron aquellos Galileos que estaban en la sinagoga porque si eran judíos -como lo eran- se creían dueños del monopolio de la salvación, y Jesús les muestra que la fe en Dios trasciende las fronteras; que Dios no es el Dios de una raza, ni de cierta nacionalidad sino que Dios-Padre-Providente no hace acepción de raza, cultura, país sino que su corazón salva a todo el que se reconoce como su hijo, al que lo acepta y lo obedece, al que construye paz y ama obrar con justicia, y -muy especialmente- a quienes reconocen en los más débiles el rostro del Crucificado. «La reacción de los presentes es inicialmente de admiración y estupor. Pero después se muestran decididamente hostiles, hasta el punto de querer matarlo. ¡Qué había sucedido? Los nazarenos no aceptan que uno de ellos, uno a quien conocen desde niño y al que han visto crecer, pueda hablar con autoridad de su vida… Los habitantes de Nazaret rechazan que el Evangelio tenga autoridad sobre sus vidas. Cada vez que nos negamos a escucharlo sucede lo mismo.»[7] En el Decreto Ad Gentes del II Concilio Vaticano encontramos lo siguiente: “Pero tomó la naturaleza humana íntegra, cual se encuentra en nosotros miserables y pobres, a excepción del pecado (Cf. Hb., 4,15; 9,28). De sí mismo afirmó Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Cf. Jn., 10,36): "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió, y me envió a evangelizar a los pobres, a sanar a los contritos de corazón, a predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista" (Lc., 4,18), y de nuevo: "El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc., 19,10). Mas lo que el Señor ha predicado una vez o lo que en Él se ha obrado para la salvación del género humano hay que proclamarlo y difundirlo hasta los confines de la tierra (Cf. Act., 1,8), comenzando por Jerusalén (Cf. Lc., 24,47), de suerte que lo que ha efectuado una vez para la salvación de todos consiga su efecto en la sucesión de los tiempos”.

 


Volvamos a Jeremías como proto-imagen de Jesús: «…a pesar de toda la debilidad de Jeremías, resalta su fidelidad inamovible a la palabra de Dios. Tiene miedo de la prisión, de la muerte, pero sabe anunciar y dar a conocer la Palabra del Señor, sin dudar siquiera un instante y, ante el rey, dice explicita y claramente: caerás en manos del enemigo, serás apresado, debes rendirte… La gracia que debemos pedir. No la de tener siempre una valentía heroica sino la gracia de decir, de hacer, de expresar cada vez lo que corresponde a nuestra misión, ser fieles a nuestro mandato, cumplir las tareas cotidianas con fidelidad… No busquéis el ser héroes, estad contentos con vivir la fidelidad a la Palabra con paciencia, día a día, no dejándoos asustar por vuestros propios miedos y cobardías… Tampoco nosotros somos héroes, y conviene conocerse y aceptarse como somos porque el Señor ve nuestra debilidad, nuestro miedo al sufrimiento, a la persecución, al martirio.»[8]

 


Nosotros aceptamos y queremos -de buen grado- ser la viuda de Sarepta, o Naamán, el leproso sirio, para ser los que -sin ningún atributo personal, con ningún merecimiento-  sino -simplemente- por Su Benevolente Gracia, fueron sanados o, en su tinaja y alcuza nunca faltó harina y aceite: «La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios.»[9]

 

 



[1] Benedicto XVI, DEUS CARITAS EST. #17

[2] Blazquez, Ricardo. DEL VATICANO II A LA NUEVA EVANGELIZACIÓN. Ed Sal Terrae Santander-2013. p. 166

[3] Ibid, p.141

[4] Ibidem

[5] Ibid. p. 139

[6] San Justino. APOLOGÍA, ii, 12, 1-2.

[7] Paglia, Vincenzo. UNA CASA RICA EN MISERICORDIA. EL EVANGELIO DE LUCAS EN FAMILIA. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2016. pp.34-35

[8] Martini, Carlo María VIVIR CON LA BIBLIA Ed. Planeta Santafé de Bogotá D.C. 1999 pp. 293-295

[9] Benedicto XVI. Op. Cit. #39