sábado, 8 de febrero de 2020

NUEVA HUMANIDAD: UN TEMA DE IDENTIDAD


Is 58,7-10; Sal 112(111),4-5.6-7.8a.9; 1 Cor 2,1-5; Mt 5,13-16

Es el deber de intervenir creativamente en el progreso cualitativo de la historia… Queremos y estamos obligados a construir una nueva historia, una tierra sin males, una sociedad sin víctimas.
Celito Meier

El discípulo que no tiene el sabor de Cristo no vale nada y  no le sirve a ninguno… el que es iluminado, a la vez ilumina a los otros.
Silvano Fausti

Quinto Domingo Ordinario del ciclo A: “Ustedes son la sal de la tierra; Ustedes son la luz del mundo”.  Este par de expresiones conforman el núcleo del Evangelio (Mt 5,13-16) de esta fecha litúrgica. Pero, para aproximarnos convenientemente a él, es preciso referenciarnos con los otros textos bíblicos que la Liturgia de la Palabra nos propone para la Eucaristía de este Domingo: la Primera Lectura, del Profeta (en este caso del Tritoisaías); el Salmo 112(111); y la Segunda Lectura que proviene de la Primera Carta a los Corintios. El Evangelio, de San Mateo, tomado del Sermón del Monte  justamente a continuación de las Bienaventuranzas.

Queremos iniciar por el Salmo, porque este nos da una especie de columna-vertebral articulatoria para ahondar en la Palabra de Dios que resplandece en el ensamble de la liturgia de la Palabra de este Domingo. Si vamos al salterio, en el conjunto de los 150 salmos, encontramos 16 salmos de la Alianza. En la literatura del oriente próximo encontramos los sustratos que inspiraron este subgénero de los salmos de la Alianza: Los hititas, que habitaron en la Anatolia, escribían tanto en jeroglífico como en cuneiforme, y se han hallado miles de tablillas que datan de esa cultura, por su análisis sabemos que tenían una política de conquista que combinaba astutamente las Alianzas, que fueron la base de su avance, crecimiento y solidificación, hasta que por allá, hacia el siglo XII a.C. los invasores, allende el mar los saquearon y borraron su nombre de las páginas históricas, habiendo sido cultura tan sólida como la egipcia y la babilonia. Sobre el esquema de estos tratados de vasallaje, el pueblo de Israel construyó la idea de un tratado entre Dios y su pueblo. Esta idea es de suma importancia en la literatura bíblica, más aún si tomamos en cuenta que hasta hoy mismo hablamos de Antigua y Nueva Alianza. Conviene recordar que alianza proviene de aliar, y aliar sale de alligare, palabra latina que significa atar, unir, ligar. Ahora bien, ¿qué es la religión en este contexto de alianza?  Re-machar esa unión, esa vinculación. Los salmos de la alianza con YHWH lo que hacen es precisamente fortalecer y ratificar ese vínculo. Hablando de “tratos-vinculantes” encontramos dos tipos de vinculación: el contrato y la alianza. El primero es provisional, tiene un inicio y un plazo conclusivo; en cambio, la alianza es de por vida. El salmo de la alianza con YHWH no establece un nuevo contrato sino que tan sólo lo refrenda. La Alianza de Dios con su pueblo es iniciativa de Dios, Él nos “primerea” y, quien lo firma como contra parte, no es alguno, sino la “comunidad”; la alianza es con “su pueblo”. Un “pueblo” no es una simple colección de individuos, quedaría mejor reflejado en la idea de una comunidad de comunidades. Por eso, urge construir comunidad para poder ser pueblo y poder ser co-tratantes y co-firmantes del pacto de la Alianza.

Del estudio de los tratados de alianza hititas surge un esquema que los estructura. Calcado sobre el esquema de los hititas, surge –como ya lo dijimos- el esquema de los salmos de la renovación de la Alianza con YHWH. El salmo 112(111) reproduce con bastante precisión esa estructura: convocatoria; “así habla YHWH; idea de “Yo soy vuestro Dios y vosotros sois mi pueblo”; presentación del contexto conmemorativo que da motivo a esta refrendación de la Alianza; parénesis –donde se puntualizan las clausulas-; emplazamiento de testigos; bendiciones y maldiciones (premios y castigos) ventajas y desventajas que implicará. La perícopa que se toma para la liturgia de este Domingo examina las clausulas y el conjunto de bendiciones y/o conveniencias: se ha de ser justo, clemente, compasivo, prestar a quien pudiere pedirnos, administrar con rectitud; y luego, da las ventajas que tiene: no vacilará, se le recordará por siempre, no tendrá que temer a las malas noticias, su corazón estará sólidamente afianzado en El Señor, sin temor, y alzará su frente con dignidad. Es un salmo alfabético que inicia cada versículo con una de las 22 letras del alfabeto hebreo: Alef, bet, guimel, dalét, he, vau, zain, jat, tet, yod, kaf, lámed, mem, nun, zamet, ain, pe, sade, qof, res, sin, tau; lo cual es un artificio literario para simbolizar que en él se aloja la totalidad de la “ley”, valga decir, del articulado que cimentaba el contrato estable con Dios. Para nosotros en esta liturgia sobresale el verso 4: "Brilla como luz en las tinieblas…" que da enlace con el eje del evangelio. «En este salmo, que habla esencialmente de la Alianza con Dios, vemos ya resaltados los deberes sociales: “El justo jamás vacilará, reparte… a manos llenas, da al pobre…”. Sí, Dios es el fiador de la dignidad humana y el promotor de la igualdad entre los hombres.»[1]


La Primera Lectura trata de cómo ser Sal y Luz: Isaías nos da, por lo menos ocho pautas, ocho Obras de Misericordia. Escuchémoslas (o leámoslas) con suma atención (Is 58, 7. 8b). Estas acciones positivas son las Obras de Misericordia presentadas a la manera isayana, son las premisas para alcanzar la buenaventura, que el Profeta define en 58, 8-9a. 10.

« ¿Cómo será luz para el mundo el pequeño grupo de discípulos, gente sencilla, sin pretensiones y sin mucha esperanza para el propio futuro? Con su modo de vivir la espera del Reino: pobres, puros de corazón, operadores de paz, perseguidos. Así los discípulos se convierten en fuente de la nueva moralidad, hacen comprender qué quiere decir hombre moral hoy… ¿Sabemos ser signo de luz aun para los hombres venidos de lejos, para la gente de cultura, de extracción, de mentalidad distinta? ¿Sabemos ser luz irrefragable con la claridad de nuestras obras que proclaman la verdad del Evangelio? He aquí la responsabilidad conferida a cada uno de nosotros, he aquí la misión de la Iglesia hoy. La Iglesia en su humildad, pobreza y mansedumbre, en su predilección para con los hombres y los humildes, en su amor por la paz, es  signo luminoso para el mundo.»[2]

¿Cómo ser antorchas en esta cultura de muerte y miedo? Ser operarios de la paz, ser constructores del Reino, transformarnos en Hombres-Nuevos, para constituir la Nueva Humanidad; vivir ejerciendo el testimonio, lo cual supone, o mejor, exige una coherencia, una fidelidad al compromiso, para que cada uno logre ser-prójimo y entonces, hacernos co-corpóreos en el organismo llamado Comunidad; porque el valor no está en el individuo, sino en su incorporación a “la Asamblea de los que buscan a Dios” sin cejar, sin desistir: La misión precisa la fidelidad; la fidelidad en dos formas: la Persistencia y la Unidad fraterna.

Sal y Luz son representativas de los rasgos del fiel discípulo-misionero: Basta ya de pasar al lado de nuestros hermanos de fe con irrevocable indiferencia. Basta de acudir a la Eucaristía indolentemente y de decorar nuestra incomunicación con apatía. No basta el saludo; el “buenos días” no excede los límites de la fría y deplorable máscara del aislamiento. ¡Ningún ser humano es una isla! Construir Comunidad es vivir con sincera hermandad-sororidad, con el corazón en la mano, simplemente porque ¡somos hijos del mismo Padre!


Una antigua tradición llevaba a poner sal a la llama de los hornos de tierra porque, según su usanza, apoyaba el encendido y la conservación del fuego. En este caso ser sal es fidelidad en el inicio de la fe y en su conservación. La sal también congregaba el rebaño que se agrupaba para comerla a orillas del Mar Muerto; en ese caso la sal es figura de la unidad, nos congrega, nos ayuda a mantenernos agrupados, fraternos, solidarios.

La oscuridad parece hacernos más proclives al pecado, quizá porque la oscuridad oculta y favorece el anonimato. La luz, por el contrario, parece ahuyentarlo y es quizás por eso que a la Palabra de Dios la parangonamos con la luz. Aun hay más, nuestros ancestros que descubrieron el  poder de la luz para ahuyentar a las fieras, gravaron profundamente en su consciencia la idea de seguridad emparentada directamente con ella. Esa es la misma seguridad que podemos llevar y trasmitir cuando testimoniamos la fidelidad de Dios que “no duerme ni reposa”. La Luz es figura del Emmanuel.  


No se vale hacer una poesía meliflua en torno a la luz y su brillo. A las cosas hay que llamarlas por su nombre, trabajar en la construcción del reino, codo a codo y hombro a hombro no es nada sencillo. A veces, por decir más ocultamos la verdadera tensión que significa el esfuerzo de construir comunidad: La Luz se junta en haz, los corpúsculos moleculares de la sal se congregan para actuar co-operativamente; así nosotros, estamos convocados a co-operar en la construcción del Reino. Pero, ¡cómo nos cuesta! «Una comunidad comienza… se ve la grandeza, la belleza del estar juntos, se aprecian las ventajas de ser comprendidos, de sentirse apoyados en la propia acción personal, social, apostólica, la posibilidad de comunicar… después sigue… la crisis comunitaria… se comienza a ver que en el fondo el estar juntos no es que sea tan bello, tan color de rosa, ni tan fácil como parecía… Se empieza a ver que es muy difícil vivir en comunidad,… cada uno se revela a sí mismo, los propios conflictos, los temores, las agresividades, los choques nerviosos y entonces todo se va volviendo pesado… o la situación estalla o, se estabiliza en homeóstasis, es decir, un cierto ajuste de los conflictos internos de tal manera que la fachada queda intacta y se puede presentar exteriormente como comunidad…. Comprender… cómo mi pecado es el obstáculo real para llevar a cabo relaciones humanas autenticas, y, por tanto, para la creación de una autentica comunidad.»[3] Nos habla de la luz vacilante, mortecina y de la sal sosa. El empeño que nace vital, se va diluyendo paulatinamente y los tropiezos nos debilitan el tesón; de pronto, en vez de resplandecer nos volvemos sombríos; de pronto queremos –quizá seguir adentro- pero aislados. Es la amarga koinonía (dos términos que se ponen juntos pese a que son mutuamente excluyentes: ¡no pueden convivir!).


« ¿Cómo puede ser que nosotros nos imaginemos la Iglesia como una cosa en el aire? La Iglesia no es una cosa en el aire, la Iglesia son las personas de la comunidad… Todos somos iguales, La diferencia son las funciones. Unos son ojo, otros son dedo chiquito, otros son mano, otros son oreja, o nariz, o boca…pueblo de Dios, en la intención del Vaticano II, fue hacer que la Iglesia sea un organismo, núcleo de sociedad igualitaria… Escuchemos la fábula del sapo y la vaca: “Había un sapo, bien grande, y vio en un prado a una vaca y le pareció enormemente bella. Entonces dijo el sapo, Qué bueno ser vaca porque yo, al fin y al cabo, si me mido por la cabeza, soy grande. Qué bueno que yo me inflara, porque yo soy una cabeza grande pero arrugada, y si yo me inflo como la vaca, llego a ser como ella. Entonces el sapo se puso a hacer esfuerzos para ser como la vaca, y se estalló, se reventó.” No podemos renunciar a lo que somos, imitar no es posible, lo mejor es estar contento con lo que uno es.»[4]


El Cardenal Martini nos proponía tres puntos para meditar: «Señor, ¿qué es lo que hay en nosotros que no nos permite formar comunidad, no nos deja reconocerte en las necesidades reales del prójimo, ni establecer relaciones autenticas de amistad?... Si Dios no nos salva no somos capaces de formar comunidad, esto solamente es un don suyo.»[5]

¿Renunciaremos por esto a ser Sal y Luz? Oportunamente la Primera Carta a los Corintios nos recuerda que en la fe las cosas no dependen de ninguna sabiduría humana sino del Espíritu y del poder de Dios. «El mismo Maestro Jesús pidió que no nos quedáramos lamentando en la contemplación del pasado, sino que “lo” precedamos en Galilea, allá abajo, en nuestra comunidad, pues allá es nuestro lugar, donde el Maestro nos quiere ver actuar, pues es allá donde la vida nos llama.»[6]

«Nosotros no debemos buscar la relevancia sino la identidad. El cirio no se preocupa de iluminar, sencillamente arde y, al arder ilumina. La identidad no puede permanecer escondida, aunque no hace nada para hacerse ver: la sal no puede dejar de salar, y la luz no puede dejar de iluminar. El problema no es salar o iluminar, sino ser sal y luz. Quien busca la relevancia en lugar de la identidad, es como la rana que se hincha para convertirse en buey. Ninguno da lo que no tiene: lo que tú eres habla más fuerte que lo que dices… nosotros no somos luz, sino lámpara. La lámpara es un simple vaso de arcilla, con una mecha que emerge del aceite. Sólo si está encendida produce luz. Así nosotros también producimos luz sólo si estamos encendidos en Cristo, por el fuego de su amor.»[7]


A este respecto nos ilustra el Padre Gustavo Baena, sj. «Uno no llega a ser como Jesucristo imitando a Jesús, sino dejándose poseer por Jesús para que haga de mí ese mismo Jesús, otro Jesús… es la función del Espíritu Santo, el Espíritu hace que Cristo viva en mí y al vivir Cristo en mí me abro, me vuelvo parecido a Él por fuerza del Espíritu de Jesús.»[8] Nos cuesta mucho construir comunidad, hacernos pueblo de Dios; puede ser que la dificultad estribe en que estemos fascinados por la vaca enormemente bella y nos cueste conformarnos con nuestra verdadera identidad; nos cuesta presentarnos como San Pablo “débiles, tímidos y temblorosos” y “estar contentos con lo que uno es”.


[1] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. Tomo II. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1996 p. 181.
[2] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITASCIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1995 pp. 368-369
[3] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1996. pp. 80-81
[4] Baena, Gustavo. sj. LA VIDA SACRAMENTAL. Copia estenográfica de una conferencia dada en el Col. Berchmans. Santiago de Cali-Colombia 1998. pp. 26. 28.
[5] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. pp. 82-83
[6] Meier, Celito. LA EDUCACIÓN A LA LUZ DE LA PEDAGOGIA DE JESÚS DE NAZARET. Ed. Paulinas Bogotá-Colombia 2009 p. 104
[7] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2011 p. 75
[8] Baena, Gustavo. sj. Op. Cit. p. 28

1 comentario:

  1. Es la primera vez que me topo con esta LECTIO DIVINA dominical, es muy ilustrativa y sin lugar a dudas me será de gran utilidad en mi preparación para la gran celebración Eucaristía. Muchas gracias

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