sábado, 22 de diciembre de 2018

PROMESA, GOZO, CARIDAD CRISTIANA, AMOR

DAR Y REPARTIR
Mi 5,1-4; Sal 80(79), 2ac y 3c. 15-16. 18-19; Hb 10, 5-10; Lc 1, 39-44



No es, por ello, ninguna metáfora escribir que “todos nacimos en Belén”, que todos “seguimos naciendo en Belén”. El don de Dios que fue la entrega de su Hijo es el mayor regalo que jamás han hecho a la humanidad.
José Luis Martín Descalzo

El Mesías tenía que nacer en Belén
A Miqueas, en hebreo מִיכָיָה  Mîjãyãh “Quien como YHWH”, (similar a Miguel מיכאל “Quién como אֵל “Él”), Podemos ubicarlo hacia el siglo VII antes de la era cristiana; nació en Moreshet-Gat, aproximadamente a 30 kilómetros al suroccidente de Jerusalén; durante el tiempo de su función profética reinaron Jotán de Judá, Acaz y Ezequías. El mensaje de Miqueas se dirige al reino del sur, y está enmarcado en un momento tan difícil que no podemos decir más que su predicación se encuadra en un momento oscuro. Se trata de un profeta que denuncia los abusos, la explotación por parte de los ricos a los campesinos y al pueblo en general, la violencia, en síntesis, su denuncia es contra gobernantes y funcionarios por la degeneración, la corrupción y el pecado social corrientes en aquel momento. Hay un llamado a la conversión, si no les sobrevendrá la destrucción, de la que Jerusalén no será preservada, augurándole que Sión “quedará reducida a potrero arado y, donde estaba el templo, se levantará un bosque” (cf. Mi 3, 12). También denunció que la fe fuera instrumentalizada para aplicar la explotación y el expolio pro-terratenientes. «Miqueas no puede callar ante tamaña perversión del poder, porque actúa por encargo de Dios.»[1]

Sargón II (su nombre, tomado de un predecesor suyo, significa “gobernante legítimo”), rey de Asiria, quien efectivamente sometió el reino del norte y su capital, Samaria, en el 721 a.C. Este implementó la deportación de los habitantes y, a cambio, trajo extranjeros que trasplantó allí, fundando la provincia de Samerina. A Sargón II le sucedió Senaquerib (nombre que significa “Sen-ha-reemplazado-a-mis-hermanos) quien le amargó la existencia a Ezequías de Judá hijo del Rey Acaz y de Abiyah; Senaquerib acosó Jerusalén.

En ese contexto el profeta trata de refrescar el recuerdo de David, y la profecía de Miqueas tiene su luminoso momento de consolación en los capítulos 4 y 5 de su Libro donde entrega la promesa para Judá. En el capítulo 4 encontramos una enorme similitud con las profecías de Isaías; el capítulo 5 lleva por título la primera frase de la perícopa que configura hoy la Primera Lectura: “Pero tú Belén Efratá”. Belén significa, como ya lo sabemos, “Casa de Pan”, Efratá אפרתה, significa “fértil”, “fructífera”. ¡De allí salió el Pan de Vida Eucarístico que nos ha alimentado por generaciones de generaciones!


¿Cómo anuncia Miqueas el advenimiento de este Pan Eucarístico eterno? ¡Escuchemos! «Pero tú, Belén Efratá, aunque eres la más pequeña entre todos los pueblos de Judá, tú me darás a aquel que debe gobernar a Israel: su origen se pierde en el pasado, en épocas antiguas. Por eso, si YHWH los abandona es sólo por un tiempo, hasta que aquella que debe dar a luz tenga su hijo. Entonces el resto de sus hermanos volverá a Israel. Él se mantendrá a pie firme y guiará su rebaño con la autoridad de YHWH, para gloria del Nombre de su Dios; vivirán seguros, pues su poder llegará hasta los confines de la tierra.»(Mi 5, 1-3). Profecía Mesiánica. Pero, dirán ustedes, ¿dé donde se saca esa interpretación?

El Mesías esperado también, como David, debía ser oriundo de Belén. Otra señal para reconocer al Mesías es que debía ser del linaje de David, como los confirma la genealogía que nos entrega Mateo (Mt 1, 1-17); y, en tercer lugar, tenía que ser de la  tribu de Judá. Es por eso que estamos hablando de una Profecía Mesiánica.

Si damos un vistazo al capítulo 6 de Miqueas nos encontraremos una idea muy interesante: Para alcanzar la salvación no son suficientes los aspectos cultuales y sacrificiales de la religión, hay un paso más para alcanzarla, poner manos a la obra para que se implemente la justicia. Contra el pecado social, el antídoto es el compromiso por su abolición. Esperar el Mesías es comprometerse con su advenimiento, no basta decir ¡Señor! ¡Señor!

Dios Salva
El Salmo 80(79) también es un salmo de Súplica. Las suplicas se estructuran como sigue: Primero se invoca a Dios llamándolo por su Nombre, luego viene la petición y luego viene la argumentación que respalda la petición.


En este salmo se hace la “invocación”, se clama a Dios llamándolo רֹ֘עֵ֤ה יִשְׂרָאֵ֨ל “Pastor de Israel”, y sí leemos el Salmo en su totalidad vemos que lo invoca por tres veces יְהוָ֣ה אֱלֹהִ֣ים צְבָאֹ֑ות “YHWH Elohim Sabaot” este צְבָאֹ֑ות Sabaot viene de la expresión צָבָא se ha traducido siempre como “de los Ejércitos”; entendemos que quiere decir “Seguidores organizados” claro que connota “organizados para dar lucha”, “para entrar en combate”.

La petición es doble: consiste en rogarle que vuelva los Ojos hacia la Viña que Él mismo plantó, o sea que vele por su Pueblo y que proteja al Pastor que les va a dar, al Mesías. Y añade el argumento que respalda la súplica: Como Él es el Dueño y Sembrador de la Viña que somos nosotros, le ofrecemos que “No nos alejaremos de Ti”, “pronunciaremos su Nombre agradecidos” queremos seguir vivos, no morir, para que nuestros labios sigan pronunciando su Santísimo Nombre y encomendándonos a Él. Era un tiempo angustioso para el pueblo de Israel cuando se compuso este Salmo, la amenaza era el poderío del extranjero que le enseñaba los dientes intimidándolo con invadirlo, saquearlo y arrasarlo. La suplica busca al Único que Salva para ponerse bajo su amparo.

Jesús nos santifica
Esta carta a los hebreos -que es más bien un discurso, una homilía- se concentra en mostrarnos a Jesús como Sumo y Eterno Sacerdote, Salvador y Redentor. La carta nos previene contra peligrosos riesgos que amenazan la fe y el discipulado fiel como son la fe floja, la apostasía (abandono de la fe), la fe inmadura y la fe incompleta.


En la perícopa que se proclama en esta liturgia del Cuarto Domingo de Adviento se justifica este Nacimiento que llega: La Única Ofrenda que Dios acepta gratamente será la del Cuerpo de Jesucristo, Sacrificio que no necesita repetirse año a año, porque se hizo de una vez por todas y para toda la eternidad.

¿Cómo se hilvana nuestra propia existencia con esa ofrenda salvadora? Aprendiendo a vivir siempre conforme a Su Santa Voluntad. Viviendo santamente. Y eso nos lo descifrará el Evangelio.
La Visitación de María a su Prima
«Los cuatro Evangelios sitúan la figura de Juan el Bautista al comienzo de la actividad de Jesús, presentándolo como su precursor. San Lucas ha trasladado hacia atrás la conexión entre ambas figuras y sus respectivas misiones, colocándola en el relato de la infancia de los dos. Ya en la concepción y el nacimiento, Jesús y Juan son puestos en relación entre sí.»[2]

En el Evangelio, San Juan Bautista, seis meses mayor que Jesús, está en el “seno” de Santa Isabel; también Jesús está en el “seno” de la Santísima Virgen. El “seno”, en hebreo, רֶחֶם como sustantivo, útero, entrañas, corazón, cualquier órgano alojado en el vientre, lo más interior de la persona; como verbo amar, tener compasión, ser misericordioso. En la perícopa que leemos hoy Κοιλία, en griego, en Lucas, curiosamente al traducir, podemos decir todo cuanto hemos dicho de la expresión hebrea (excepto como verbo); equivalencia entre las dos lenguas. Pero, durante mucho tiempo, se entendía que la criatura en el vientre materno no era persona, mucho menos era consciente de la realidad exterior, y –todavía menos- ¿cómo podía percatarse de Quien era cada uno? ¿Cómo podía saltar exultante Juan el Bautista dentro del vientre materno al reconocer en el vientre de María Aquel a quien no sería digno de desatarle las sandalias? Muchos nos dicen que ¡en esas etapas de gestación no son seres humanos sino cosas!


«La Visitación de María se comprende a la luz del acontecimiento que, en el relato del evangelio de san Lucas, precede inmediatamente: el anuncio del ángel y la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo descendió sobre la Virgen, el poder del Altísimo la cubrió con su sombra (cf. Lc 1,35). Ese mismo Espíritu la impulsó a «levantarse» y partir sin tardanza (cf. Lc 1,39), para ayudar a su anciana pariente.» Nos afirma Benedicto  XVI.[3]  

Hablando del viaje de María hacia Ein Karen (que significa “Manantial del Viñedo”), Papa Benedicto XVI se expresa así: «…la primera “procesión eucarística” de la historia. María, Sagrario Vivo del Dios encarnado, es el Arca de la Alianza, en la que el Señor visitó y redimió a su pueblo. La presencia de Jesús la colma del Espíritu Santo. Cuando entra en la casa de Isabel, su saludo rebosa de gracia: Juan salta de alegría en el seno de su madre, como percibiendo la llegada de Aquel a quien un día deberá anunciar a Israel. Exultan los hijos, exultan las madres.»[4] «… la primera respuesta al saludo de María la da el niño saltando gozosamente en el vientre de Isabel. Exultar por la alegría del encuentro es, en cierto sentido, el arquetipo y el símbolo de cualquier otra comunicación que aprendemos incluso antes de venir al mundo»[5] «El misterio de la visitación es el misterio de la comunicación mutua de dos mujeres distintas por edad, ambiente, características, y de la mutua y respetuosa acogida… Cuando las dos mujeres se encuentran, María es reina al saludar primero, es reina al saber rendir honores a los demás, porque su realeza es de atención premurosa y previsora, que toda mujer debería tener… Isabel se siente comprendida hasta el fondo, y lo que antes era para ella motivo de temor se convierte en alegría. Se entiende a sí misma como alegría, como exultación en el hijo, pero al mismo tiempo comprende también el misterio que María no le ha revelado “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! Lógicamente hubiera debido decir: “Estoy llena de alegría”.»[6].


El Domingo pasado hablábamos de la alegría que representa el seguimiento de Jesucristo, examinábamos cómo el derrotero del discipulado nos propone la alegría verdadera. Hoy, al acompañar a María Santísima y al tesoro que ella, “Arca de la Alianza” transporta en su seno, vamos en una “procesión” gozosa -como se ha dicho con frecuencia- una verdadera fiesta donde la voluntad de servicio, la fraternidad, la solidaridad, la amistad, el diálogo el apoyo familiar son valores que realzan la dicha de los que viven y están en el Señor.

Otra vez, Su Santidad Benedicto XVI: «Meditando este misterio, comprendemos bien por qué la caridad cristiana es una virtud “teologal”. Vemos que el corazón de María es visitado por la gracia del Padre, es penetrado por la fuerza del Espíritu e impulsado interiormente por el Hijo; o sea, vemos un corazón humano perfectamente insertado en el dinamismo de la santísima Trinidad. Este movimiento es la caridad, que en María es perfecta y se convierte en modelo de la caridad de la Iglesia, como manifestación del amor trinitario (cf. Deus caritas est, 19)» [7].


«Entre los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció “unos tres meses” (1, 56) para atenderla durante el embarazo… se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada. María es, en fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo? Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama. Lo intuimos en sus gestos silenciosos que nos narran los relatos evangélicos de la infancia. Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús. Lo vemos en la humildad con que acepta ser como olvidada en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre llegará solamente en el momento de la cruz, que será la verdadera hora de Jesús (cf. Jn 2, 4; 13, 1). Entonces, cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25-27); más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14).»[8]

«¿No es esta también la alegría de la Iglesia, que acoge sin cesar a Cristo en la santa Eucaristía y lo lleva al mundo con el testimonio de la caridad activa, llena de fe y de esperanza? Sí, acoger a Jesús y llevarlo a los demás es la verdadera alegría del cristiano.»[9] 






[1] Schökel, Luis Alfonso y Gutierrez, Guillermo MENSAJES DE PROFETAS. MEDITACIONES BÍBLICAS. Ed Sal Terrae Santander-España 1991 p. 175
[2] Benedicto  XVI LA INFANCIA DE JESÚS. Ed Planeta. Bogotá-Colombia 2012 p. 21
[3] Benedicto  XVI 31/ 05/ 2007.
[4] Ibidem
[5] Papa Francisco Mensaje del 23 de enero de 2015.
[6] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995 p. 239-240
[7] Benedicto  XVI 31 /05/ 2005 (en los jardines vaticanos durante la tradicional procesión desde la Iglesia de San Esteban de los Abisinios -cercana al ábside de la basílica vaticana- a la Gruta de la Virgen de Lourdes).
[8] Papa Benedicto XVI DEUS CARITAS EST. # 41
[9] Benedicto  XVI 31 /05/ 2005

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