sábado, 25 de agosto de 2018

¡ESCUCHA!



Jos 24, 1-2. 15-17. 18; Sal 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21; Ef 5, 21-32; Jn. 6, 60-69.

Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.
Jn 6, 69

Lo que Jesús hizo con esta Palabra… No solamente convocaba las fuerzas de la creación al servicio del reino de Dios sino que, junto con su encarnación y resurrección, sentaba las bases de un mundo nuevo. Estas Palabras eran del mismo rango de aquellas con las cuales fue creado el mundo.
Romano Guardini

Dulce y sutilmente pasamos del pan,
-ese de trigo- al Pan de Vida, la Palabra.
Ese es el itinerario de este capítulo 6to. de San Juan,
que hoy culminamos –el próximo Domingo retomaremos a San Marcos-
después de estos cinco Domingos consagrados a San Juan
en el capítulo del “Pan de Vida”.

Hay un pan material, nutricio,
necesario, indispensable, pre-requisito.
Ese pan será dado a los que primero escucharon
el “Pan de Vida”.
Fue lo primero que nos ocupó en estos cinco Domingos.


A Dios-Mismo se le conmoverán las entrañas
al ver que después de una jornada de atenta escucha
tienes hambre y puedes desfallecer de inanición.
¡Recordemos! Preguntó Jesús a Felipe:
“Dónde podremos conseguir pan para que coman?”

La respuesta humana, demasiado humana, es quererlo hacer Rey.
Claro, tener un solucionador permanente de toda el hambre de pan material.
Encadenarlo.
Pero Jesús se les “escapa”, se cuela entre sus dedos como agua.

Entonces, viene el segundo momento,
se trata de aceptarlo a Él,
tal como Él es,
no convertirlo en lo que no-es,
sino saber quién es Él.
Y…
¿Quién es Él?
Jesús empieza a autodefinirse, y afirma que “Yo soy”
Sí, Él es el Pan de Vida.


Sí nuestra misión no es proveerle trono y corona,
entonces,  ¿qué papel nos corresponde?
Sí Él es Pan, nos toca comerlo, masticarlo.
Pero no para incorporarLo a nosotros –como pasa con todo otro alimento-
sino para que nosotros nos incorporemos a Él.
Vayamos directamente a Efesios  5, 29d-30 «… como Cristo lo hace con su Iglesia,
porque somos miembros de su Cuerpo.
Efesios se vale de una parábola “Maridos amen a sus esposas”,
El Marido es Cristo y la Esposa es la Iglesia.
¿Cómo quiere Dios a la Esposa de Cristo?
en Efesios se nos contesta: “Gloriosa, sin mancha,
sin arruga, sino Santa e Inmaculada.”

Es San Pedro quien nos da la clave de esta trasformación
de Pan a Palabra: “Tú tienes Palabras de Vida Eterna” Jn 6, 68c.


No es raro que nos refiramos a la zona donde actúa
y  se desenvuelve el Sacerdote
refiriéndonos a ella como el Altar,
cuando en realidad, esa parte elevada de las iglesias
se denomina “Presbiterio”.
En el Presbiterio nos encontramos con dos mesas,
que nos hablan de esta relación Pan-Palabra;
está –de una parte- la Mesa de la Palabra, llamada Ambón,
desde donde se proclama la Palabra de Dios,
y –por otra parte- está la Mesa del Pan, esa sí, el Altar.

En la Eucaristía, después de los ritos Iniciales de acogida y salutación,
se pasa a la Liturgia de la Palabra, que se celebra en el Ambón.
Los Domingos, como nos habremos dado cuenta, hay dos Lecturas y el Evangelio,
aparte del Salmo;
entre semana, se limita a una Lectura, el Salmo y el Evangelio.
Una expresión clave y neural es -nuestro reconocimiento- después de las Lecturas
que se ha Proclamado la “Palabra de Dios”,
y, después del Evangelio, “Palabra del Señor”,
porque los evangelios son eso, Memoria Celebrativa, de lo que Jesús dijo-hizo.

Para comer este Pan de la Palabra
hemos de poner en nuestra disposición unas pautas prácticas:
Hay que evitar esa actitud arrogante que dice, “yo, ya oí esa Lectura,
no una sino mil veces”…
¿De verdad crees que podrías agotar algún día
la Palabra de Dios? 
         Lo que pasa
es que eres tentado a pensar que “si puedes”;
claro que si se tratara de palabras simplemente humanas
con unas cuantas veces la agotarías…
Pero lo que nos habla Dios, ni aún con un millón
de repeticiones
                         llegarías a su fondo.


Otra pauta muy práctica es:
evita pensar que posees ya el “mensaje nuclear”
que llegas a la Palabra con las “claves” en tu bolsillo,
con las ganzúas hermenéuticas;
si afrontas la Palabra así, te allegas con prejuicio,
e impides que diga lo que tiene que decir.
Procura llegar desapercibido, sin pre-concepciones,
dispuesto a lo que diga, sin predisposiciones.

No se vale que uno se lleve el bocado del “Pan”
imaginando que sabe a gasolina, o a cilantro,
o pensando que es “pan de dulce”
cuando quizá es pan de sal, o pan de queso…
¡Hay tantas variedades de Pan!
¡De panadero a panadero y de panadería a panadería
puede variar, y te puede sorprender!

Ahora, la homilía, cuan importe es, no nos lo figuramos…
Recordemos que el Sacerdote –un simple humano-
“revestido” –no sólo de ornamento- sino de la Gracia del Espíritu Santo,
actúa en Persona Christi,
ya no es el simple humano,
es el Maestro que nos instruye.
«… a través de su investidura… Quien pronuncia estas palabras es,
en realidad, ahora como siempre,
Cristo.
            Sólo Él puede pronunciarlas.»[1]

Es Él quien se encarga de que cada quien no sea “cada loco con su tema”,
nos encauza, nos unifica, nos pastorea
para que seamos un Cuerpo Místico
Glorioso, Inmaculado, Sin arruga.

Quiere decir que todos terminamos pensando igual,
¡No!
       Cada uno a su medida, a cada quien según su capacidad.

¿Por qué no podemos captar a Dios y apurarlo hasta las heces?
Porque el contenido no puede ser mayor que el continente,
y Dios es Infinito mientras nosotros somos finitos.
Pero en su Misericordia, se nos va dando poco a poco,
acorde con nuestro crecimiento espiritual,
y nos lleva a ser gigantes espirituales
para que podamos albergar cada vez una mayor dosis de su Divinidad,
pero sin extremar y rematar jamás –en esta vida-
sólo como lo dice San Pablo en su Primera Carta a los Corintios
Ahora vemos como enigmas en un espejo;
pero un día veremos cara a cara.
Ahora mi conocimiento es imperfecto,
pero un día conoceré tan bien como Dios me conoce.” (1Cor 13, 12)


La Palabra es un Pan urgente,
necesitamos comerlo y poco a poco,
podernos in-corporar,
mientras tanto, hagamos resplandecer
el Amor de Dios en nosotros.





[1] Guardini, Romano. PREPAREMOS LA EUCARISTÍA.    Ed. San Pablo. Bogotá –Colombia. 2009. P. 82

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