sábado, 23 de diciembre de 2017

DOCILIDAD, DISPONIBILIDAD, FIDELIDAD


Sam 7,1-5. 8b-12. 14a.16; Sal 88, 2-3. 4-5. 27. 29; Rom 16,25-27;

Lo que ilumina y da sentido pleno a la historia del mundo y del hombre empieza a brillar en la gruta de Belén; es el Misterio que contemplaremos dentro de poco en Navidad: la salvación que se realiza en Jesucristo.
Benedicto XVI

El Evangelio es el de la Anunciación que constituye, evidentemente, un momento central en la Encarnación, y por ende un hito –el medular- del Plan Salvífico. Este Evangelio que leemos en el IV Domingo de Adviento (B), se puede dividir en dos partes: La Anunciación, propiamente dicha, y  la Vocación. Estos tipos de texto tienen una estructura fija, dicen los exegetas que una Anunciación tiene una estructura cuatripartita: a) primero está la aparición del “Mensajero Celestial”, b) luego el Anuncio del nacimiento, c) luego viene la imposición del Nombre y d) finalmente la declaración de la misión. Por su parte, una vocación –también consta de cuatro partes: a) Dios convoca, b) el vocacionado expone sus dificultades, exhibe sus limitaciones, c) Dios le resuelve y disipa las dudas y, d) se cierra, con una señal de parte de Dios que ratifica y comprueba el hecho de haber sido llamado. Es muy interesante, al reconocer la estructura dentro de la perícopa, darnos cuenta que la primera parte de la vocación está constituida por toda la Anunciación, valga decir, la Anunciación va de los versos 26 al 33; y, la vocación, del verso 26 al verso 38.


¿Qué es lo central del ser humano en este relato? Que el hombre –en María- acepta su parte en la Alianza, se compromete, se entrega en docilidad a su Creador que lo vocaciona. Haber aceptado ser la Madre de Jesús, fue una entrega de toda su vida, no se entregó por nueve meses, no se entregó por 10 ó 12 años, mientras Jesús pasaba de  tierno Infante a Joven-Adolescente; no, nada de eso, como lo saben los que son padres de familia, ser padre o madre es un rol que jamás se acaba, aun cuando el hijo ya peine canas. Lograremos percibir los ecos de la perdurable responsabilidad, del compromiso adquirido al responderle al Arcángel San Gabriel sobre las demandas de Dios, cuando registremos la presencia de María camino del Calvario y también a los pies de la Cruz. Allí veremos que la entrega de su disponibilidad a la Voluntad de Dios fue Alianza para toda la vida. La palabra Adviento, de origen latino, tiene su equivalente en lengua griega en el término παρουσία Parusía; por lo general usamos el primero para referirnos a la Natividad y el segundo para hablar de la Segunda Venida gloriosa y triunfal. Explicando el significado del Tiempo de Adviento, nos decía el Papa Emérito: «Estamos en el tiempo litúrgico de Adviento que nos prepara para la Santa Navidad. Como todos sabemos, el término Adviento significa “llegada”, “presencia”, y antiguamente indicaba precisamente la llegada del rey o del emperador a una determinada provincia. Para nosotros, cristianos, la palabra indica una realidad maravillosa e impresionante: el propio Dios ha atravesado su Cielo y se ha inclinado hacia el hombre; ha hecho alianza con él entrando en la historia de un pueblo; Él es el Rey que ha bajado a esta pobre provincia que es la tierra y nos ha donado su visita asumiendo nuestra carne, haciéndose hombre como nosotros.»[1] Desde nuestra fe, reconocemos la generosidad de Dios que nos ha hecho coparticipes de su proyecto salvífico. No participamos de esta Historia a manera de simples espectadores. Estamos “vocacionados” para ser coprotagonistas. Así María es figura de la Iglesia y la Iglesia somos todos los bautizados. María nos da el ejemplo y responde “Hágase en mi según tu Palabra” Lc 1, 38a). La Anunciación sella la Nueva Alianza y María Santísima toma la palabra por nosotros y se da a conocer al Arcángel como “la servidora”, exhibiendo su disponibilidad para acatar.


En el III Domingo de Adviento (B), Arturo Paoli nos preguntaba, y –a la vez respondía- dando la única condición para lograrlo: “¿Se puede exultar de alegría y cantar, en una historia que es drama? Sí, es posible, pero sólo a condición de que uno esté en la historia del Éxodo, en la tentativa real de transformar el mundo.” Aquí queremos mostrar cómo la Santa Madre es modelo de Éxodo: «María es la mujer del éxodo. Su existencia, paso a paso, fue un salir de algo para entrar en algo… Un camino al soplo del Espíritu. Un camino en plan de Dios. Un camino abierto al proyecto de Dios sobre su vida. Un camino llamado Jesús…. María lleva en su experiencia de Dios el juego de la muerte y la resurrección. Sabe que en cada paso Dios destruye. Sabe que el seguimiento pasa por la prueba de la espada, de la contradicción, de la Cruz. Sabe que Dios le exige “salir” de lo suyo, de sus planes, de sus caminos, para “entrar” en los caminos del Señor. Sabe que el nuevo camino, el nuevo y definitivo éxodo de Dios al hombre se llama JESUS. Y en Jesús, Dios salva.»[2]


«El Catecismo de la Iglesia católica resume las etapas de la Revelación divina mostrando sintéticamente su desarrollo (cf. nn. 54-64): Dios invitó al hombre desde el principio a una íntima comunión con Él, y aun cuando el hombre, por la propia desobediencia, perdió su amistad, Dios no le dejó en poder de la muerte, sino que ofreció muchas veces a los hombres su alianza (cf. Misal Romano, Pleg. Euc. IV)… En Cristo se realiza por fin la Revelación en su plenitud, el designio de benevolencia de Dios: Él mismo se hace uno de nosotros.»[3]


Lo que revela este pasaje del Evangelio Lucano es que Jesús es el Mesías, que para Dios-Padre Él es su Hijo, y que –para que a nadie quepa duda- es del linaje de David. ¿Cómo es este Dios enamorado de la humanidad, que ama con locura a su criatura? Dios no ha enviado un representante, ha venido Él mismo.


Dios no nos deja librados a nuestra fragilidad en lo tocante a la parte de la Alianza que nos toca: En la Segunda Lectura creemos descubrir una palabra clave: “A aquel que στηρίξαι puede darles fuerza para cumplir el Evangelio”. Esta palabra significa fijar, afirmar, afianzar, confirmar, apoyar -si también- fortalecer.  Se lo manifiesta a David –a través del profeta Natán- “Yo estaré contigo en todo lo que emprendas”. Que Dios nos acompaña y nos “afianza” se ratifica en el Salmo 88 del que entresacamos el salmo responsorial para este Domingo IV de Adviento(B): “Mi amor es para siempre //y mi lealtad, más firme que los cielos… el Dios que me protege y me salva// Yo jamás le retirare mi amor, ni violaré el juramento que le hice.” Así habla el Señor.


«El Adviento nos invita a recorrer el camino de esta presencia y nos recuerda siempre de nuevo que Dios no se ha suprimido del mundo, no está ausente, no nos ha abandonado a nuestra suerte, sino que nos sale al encuentro en diversos modos que debemos aprender a discernir. Y también nosotros con nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, estamos llamados cada día a vislumbrar y a testimoniar esta presencia en el mundo frecuentemente superficial y distraído, y a hacer que resplandezca en nuestra vida la luz que iluminó la gruta de Belén.»[4] Dios nos afianza y nos fortalece para que cumplamos nuestro rol: Proclamar sin cesar la Misericordia del Señor y dar a conocer que su fidelidad es eterna. (Cfr. Sal 88, 2). Todo este llamado a ser y vivir como la Virgen, siguiendo su ejemplo de Madre de la Iglesia, con el más coherente estilo de Jesús, está concentrado en el episodio de las Bodas de Caná, en el versículo 5 del capítulo 2 de San Juan: “La Madre dice a los sirvientes: -lo que les diga, háganlo”. Dios, en el ejemplo coherente de María, nos permita vivir así toda nuestra vida, haciendo todo cuanto Jesús nos pida que hagamos. Amén.



[1] Benedicto XVI. AUDIENCIA GENERAL 12 de diciembre de 2012

[2] Mazariegos, Emilio L. EN ÉXODO CON MARÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.–Colombia 1997 p.11
[3] Benedicto XVI. Loc Cit.
[4] Benedicto XVI. Loc Cit.

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