sábado, 11 de junio de 2016

LO AMARÁ MÁS

 πλεῖον ἀγαπήσει αὐτόν



2S 12, 7-10. 13; Sal 31, 1-2. 5. 7. 11; Gal 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8, 3

Aquella mujer estaba tocando a un hombre, estaba tocando a Dios que se dejaba acariciar.
Milton Jordán Chigua

Circulan toda una serie de cuentos-parábolas de raigambre oriental que, no solamente nos dan mucha tela de donde cortar, sino que, además, nos proporcionan un rico material de reflexión. Tomando como referencia las Lecturas de este XI Domingo Ordinario del ciclo C, nos vino a la memoria la siguiente:

«Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo. Así que un monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla.
 
El otro monje estaba furioso. No dijo nada pero hervía por dentro. Eso estaba prohibido. Un monje budista no debía tocar una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.
 
Recorrieron varias leguas. Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo:
-Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de esto. Está prohibido.
 
-¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -le dijo el otro.
-¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros -dijo el que estaba enojado. 

El otro monje se rió y luego dijo:
-Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando...»


Hasta aquí el cuento. Mostremos ahora el paralelismo con las Lecturas. En el Evangelio nos encontramos con Jesús que es “tocado” por una mujer “de mala vida”, que le acaricia los pies mientras se los baña con sus lágrimas y se los seca con su propio cabello, se los besaba y con aceite los ungía. Es una escena de amor “desmesurado”. Visto desde un ángulo es una mujer que se “atreve” a tocar a un hombre; esta mujer en el relato es juzgada por “Simón” el fariseo -que había invitado a Jesús a su casa para atenderlo con una cena. Simón la cataloga como “una pecadora”.

Desde el ángulo de observación opuesto está Jesús: También es juzgado y sentenciado: ¡No es profeta! ¡Ese es el veredicto! ¿Por qué es juzgado? Pues, ¡porque se deja tocar! Mientras Simón esperaba “el rechazo”, “el desprecio”, la “marginación”. En cambio, Jesús le permite, la deja, no teme, no evade, no muestra desconfianza. En general, no piensa que el contacto lo va a dejar “impuro”.

Pero ¡no! La pasividad con la que Jesús se deja hacer nos trae a la mente la frase del profeta Isaías: “…no abrió su boca; como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda”(Is 53, 7cd); sin embargo, la pasividad es una reacción decidida, brota de una toma de posición, Jesús decide dejarse hacer, lo cual es –por lo demás- un gesto de “aceptación”, de “acogida”, de apertura”, de respuesta amorosa porque amor con amor se paga. Todavía hay un “acto” más rico y poderoso de parte de Jesús: Jesús le perdona los pecados. Al amor que ella ofrece, Jesús le retorna la más gigantesca, colosal y Divina respuesta: ¡el perdón! La perícopa del salmo inicia “Dichoso aquel que ha sido absuelto de su culpa y su pecado.” Bendita bienaventuranza para aquella amadora.

Claro que es una respuesta Divina, que -de verdad- sólo Jesús podía otorgar. Cuándo los invitados se preguntan “Quién es Aquel que hasta los pecados perdona” están diciendo sin decirlo que ¡cómo se atreve, si perdonar pecados sólo es facultativo de Dios! La fe hoy nos permite ratificar: ¡Quién mejor que Él, si Jesús es el Amado del Padre, su Unigénito!

Seguramente dos rasgos del actuar de la mujer le permitieron a Jesús visualizar el trasfondo de sus acciones: No acercarse por delante, como buscando ser vista, ser reconocida, llamar la atención; sino que la manera de aproximarse es furtiva, viene y se pone “detrás”. Por otra parte, sus abundantes lágrimas. Este par de pistas hablan de un proceso de cambio, de conversión, de arrepentimiento. Ya antes de llegar a aquel comedor, el corazón de esta penitente venía preparado, vestida de sayal y con la cabeza cubierta de ceniza.

A esta modestia unida al recato se contraponen los arrogantes pensamientos del fariseo. Su soberbia lo lleva a creerse “justo” así como a arrogarse el derecho a juzgar.

Todo el cuadro es una escena de amor: amor que viene, amor que se retorna: Diálogo de acciones amorosas donde las palabras se hacen innecesarias. Se refieren a la frase paulina de la Segunda Lectura: “… el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

«Me encanta el modo tan sencillo de Jesús de aceptar el gesto y el amor de esa pobre criatura humana, de esa hermana…

¡Hemos exagerado tanto el problema del pecado…!

¡Somos tan fariseos…! Aplicamos a los demás la etiqueta de “pecador” como si nosotros mismos no tuviéramos pecado. ¿Quién puede arrojar la primera piedra?

El pecado no es lo que los otros puedan decir que nosotros hemos hecho. El pecado es lo que nos dice nuestra conciencia: “¡Has hecho mal! ¡No deberías haber actuado así”»[1]

Aun cuando cabe añadir que hay conciencias adormecida capaces de “hacer la vista gorda” con sus propios pecados. Ahí tenemos la situación de David, en la Primera Lectura, que había conseguido adormecer su consciencia, a tal punto, que necesitó el auxilio del profeta Natán para concienciar su doble pecado: haberle quitado a Urías el hitita su esposa, Betsabé, y después haber fraguado su muerte.

Gravísimo pecado, pese a lo cual Dios no desiste de su amor. ¡He ahí nuestra confianza! El veredicto de Dios es entregado por boca del Profeta Natán: El Señor te perdona tu pecado. No morirás” (2 S12, 13). Así, una vez más las Lecturas nos hablan del amor irrevocable de Dios.

Ese amor perfecto que nos viene de Dios y que nosotros gastamos la vida entera en aprender a reconocer, aceptar y entrar en sintonía con Él para poderlo corresponder –desde nuestras limitaciones-, contiene la clave esencial de nuestra fe. En la Carta a los Gálatas leemos hoy, que “el hombre no llega a ser justo por cumplir la ley… pues si uno pudiera ser justificado por cumplir la ley, Cristo habría muerto en vano.” Una ruta de la fe –que es, como lo acabamos de ver, la ruta equivocada- es el fetichismo de la ley, que siempre estamos tentados a tomar, en aras de ser fieles. San Pablo nos lo está revelando con todas las letras, la ruta certera es la del Amor. Vivir en el amor, movernos en el Amor, sumergirnos en el Amor de Dios, no temar la crítica, ni la burla, ni los juicios, ni las persecuciones, sino rebozar de amor, gozarnos la locura del amor; amar a Dios en cada flor, en cada paisaje, en cada prójimo, en cada bocanada de aire. Cantar, bailar, saltar de amor. Porque el Amor es el Don precioso de Dios, el ejercicio de su paternidad, es la manera que Él tiene de velar por sus hijos ¡Oh Padre Nuestro! «Nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que Tú nos ames o el de que nos permitas amarte.»[2] Y es que el amor no es sólo el mandamiento perfecto sino que es ya, por sí solo, la felicidad.

Pero hay una enseñanza más en las Lecturas de hoy. Es el gigantesco paso que da el cristianismo frente a la manera excluyente del judaísmo respecto al papel de la mujer. Está en el fragmento de la perícopa de hoy en el Evangelio de Lucas, los versos 8, 1-3. Las mujeres son incorporadas al grupo base fundacional de la Iglesia. Pero, no se pierda de vista que todo el Evangelio gira en torno a la mujer que “fue la que amó más”, si la referimos a Simón que tan sólo lo invitó a cenar y no le ofreció agua para los pies, ni le dio el beso del saludo, ni le ungió la cabeza con aceite. En nuestra Iglesia, la mujer está puesta lado a lado con los hombres y, no es adventicio que rindamos culto de hiperdulía a Santa María Madre de Dios y Madre nuestra teniéndolo por abogada ante su Hijo: «María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. A ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor:

Santa María, Madre de Dios,
tú has dado al mundo la verdadera luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido así en fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento»[3].



[1] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae Santander-España. 1985 p. 93
[2] Martín Descalzo, José Luis. RAZONES PARA EL AMOR. Ed. Sígueme S.A. Salamanca p. 214
[3] Benedicto XVI. DEUS CARITAS EST #42

No hay comentarios:

Publicar un comentario