sábado, 8 de junio de 2013

FUENTE DE TODA VIDA


1 Re 17, 17-24; Sal 30(29), 1(2)-5(6).10(11).12b(13b); Gal 1, 11-19; Lc 7, 11-17


Que tu acción curativa, señor, nos libre bondadosamente de nuestras maldades y nos conduzca por el camino del bien.
De la Oración Poscomunión de la Liturgia de este X Domingo

La gloria de Dios es la persona humana viviendo en plenitud. 
San Ireneo


Juan Pablo II denuncia la Cultura de la Muerte

Hoy quisiéramos invitarlos a realizar una breve excursión sobre el numeral 30 de Exhortación Apostólica Familiaris Consortio del Beato Juan Pablo II que cumplirá 32 años el próximo noviembre:

#30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer.



En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino también una angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son los únicos destinatarios de las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los cuales imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros todavía, cautivos como son de la mentalidad consumista y con la única preocupación de un continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los puede vencer.

Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality), como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto pánico derivado de los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el peligro que representa el incremento demográfico para la calidad de la vida.

La vida humana es sagrada

La Primera Lectura establece un paralelo con el Evangelio mostrando la diferencia entre un profeta y la Segunda Persona de la Divina Trinidad. Elías tiene que pasar por un ritual para pedir a Dios su intervención resucitadora. Jesús habla a un muerto dándole una orden, y el “muerto” no tiene alternativa, tiene que obedecer la Voz de Dios e incorporarse a la vida. Elías clama a Dios intercediendo por la viuda que actuaba como anfitriona suya; Jesús da la orden que proviene de su propia autoridad sobre la vida y la muerte. Jesús, que vive en la eternidad, tiene el poder de usar su victoria sobre la muerte desde ya, aunque todavía no ha muerto en la Cruz, su vivir en la eternidad le permite usar desde ya de una Victoria que ya estaba registrada en los anales de la eternidad.

Y bien, el pueblo lo aclama reconociendo que es un profeta, pero da dos pasos más: Primero, lo identifica, no como un profeta ordinario, sino como προφήτης μέγας “un gran profeta”; y en el siguiente paso, lo reconoce como Dios al afirmar que en Jesús ἐπεσκέψατο ὁ θεὸς τὸν λαὸν αὐτοῦ. “Dios ha visitado a su pueblo”.



Si la muerte fuera como en esa concepción que la ve como un “todo terminó”, como la materia perdió ese orden que tuvo que nosotros llamamos “vida”, entonces no se le podría hablar, Jesús no le podría decir: νεανίσκε, σοὶ λέγω ἐγέρθητι “Joven yo te lo mando, levántate”; seguramente la orden habría sido distinta, algo como “… cuerpo físico reorganícese y vuelva a su orden anterior…para que el que era un jovencito pueda re-asumirse”. Pero si Jesús lo interpela como lo hace, allí hay una prueba de que hay vida más allá de la muerte por que se nos puede interpelar, exhortar, se le puede hablar a un muerto porque el muerto tiene algo vivo, mejor dicho, mucho vivo, todo vivo pero viviendo en otra forma.

Así que Jesús obra para la viuda y su hijo, en su calidad de Dios, el milagro de la Resurrección, en este caso un cuerpo (el mismo cuerpo) re-asume al vida, y se ἐγείρω “levanta”, la famosa palabra griega para “resucitar”. Pero para nosotros, obra otro prodigio Divino: Revela.

Eso es lo que nos expresa San Pablo en la Segunda Lectura, que el Evangelio del cual él es portador no es una “noticia” de origen humano οὐκ ἔστιν κατὰ ἄνθρωπον, sino que fue ἀποκαλύψεως Ἰησοῦ Χριστοῦ.”Revelado por Jesús Cristo”.

¿Qué argumento “jurídico” usa San Pablo para demostrar que él recibió el Evangelio por revelación de Jesucristo?  Muestra la profunda trasformación que él experimentó, muestra que cambio de perseguidor a discípulo perseguido. Y ¿por qué este es el argumento demostrativo? Porque sólo Dios nos cambia. Uno mismo no logra cambiarse, por más que se lo proponga uno sigue arrastrando sus cadaunadas. En cambio Dios puede hacer de un perseguidor encarnizado un anunciador del Hijo. En el verso 16 del capítulo 1º insiste San Pablo que ἀποκαλύψαι τὸν υἱὸν αὐτοῦ ἐν ἐμοί, ἵνα εὐαγγελίζωμαι αὐτὸν ἐν τοῖς ἔθνεσιν “…para revelarme el Hijo suyo para que yo lo anunciara entre los paganos” De manera tal que Dios Padre quiso darle en Revelación al Hijo y el mismo Hijo le Reveló el Evangelio que ahora él nos anuncia y todo esto no se improvisó, no fue una ocurrencia momentánea; estaba escrito desde el seno de la madre de San Pablo, la vida del ser humano no es un resultado aleatorio, casual, casuístico, azaroso. Nada de eso, Dios tiene planes, proyectos previo-históricos, Él en su Majestad Infinita se ha interesado y se ha ocupado personalmente de cada uno de nosotros, con cuidado Paternal ha previsto providencialmente.



Así que desembocamos en el argumento central al que nos conduce la liturgia de este X Domingo del tiempo ordinario: Dios es el Dueño de la vida. Y Jesús dice: ἐγὼ ἦλθον ἵνα ζωὴν ἔχωσιν καὶ περισσὸν ἔχωσιν. “Yo he venida para que tengan vida y la tengan en abundancia”(Jn 10, 10b). Es oportuno entonces dirigirnos al # 2258 del Catecismo de la Iglesia Católica. Allí leemos: "La vida humana es sagrada, porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente" (CDF, instr. "Donum vitae", 22).

El Testimonio de la Historia Sagrada
Los ## 2259 – 2262 nos llevan por los puntos culminantes de la Sagrada Escritura donde se visualizan, por una parte, la vida humana como don de Dios, y por otra, la violencia, como una concupiscencia que empuja continuamente al Hombre hacía el barranco de su perdición:

2259 La Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín (cf Gn 4,8-12), revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencias del pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes. Dios manifiesta la maldad de este fratricidio: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano" (Gn 4,10-11).

2260   La alianza de Dios y de la humanidad está tejida de llamamientos a reconocer la vida humana como don divino y de la existencia de una violencia fratricida en el corazón del hombre:

         Y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre...Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo él al hombre (Gn 9,5-6).

         El Antiguo Testamento consideró siempre la sangre como un signo sagrado de la vida (cf Lv 17,14). La necesidad de esta enseñanza es de todos los tiempos.

2261   La Escritura precisa lo que el quinto mandamiento prohíbe: "No quites la vida del inocente y justo" (Ex 23,7). El homicidio voluntario de un inocente es gravemente contrario a la dignidad del ser humano, a la regla de oro y a la santidad del Creador. La ley que lo proscribe posee una validez universal: Obliga a todos y a cada uno, siempre y en todas partes.



2262   En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: "No matarás" (Mt 5,21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza. Más aún, Cristo exige a sus discípulos presentar la otra mejilla (cf Mt 5,22-39), amar a los enemigos (cf Mt 5,44). El mismo no se defendió y dijo a Pedro que guardase la espada en la vaina (cf Mt 26,52).



¿A qué estamos llamados?

Leamos la segunda parte del numeral 30 de la Familiaris Consortio donde se establece nuestro envío, la misión que sobre el respeto y el cuidado a la vida, por su ser sagrada, por su ser don de Dios, nos compete:

«Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel «Sí», de aquel «Amén» que es Cristo mismo. Al «no» que invade y aflige al mundo, contrapone este «Sí» viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.

La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.

Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado»



Ninguno de nosotros puede, aunque sea para traer a cuento la excusa de nuestras propias limitaciones, aducir argumentos anticoncepcionistas o eutanáticos, y mucho menos proponerlos como normas de vida y ni siquiera como sugerencia o brújula que ha determinado nuestras conductas o nuestras decisiones. Rematamos (y remachamos) con un fragmentico del # 97 de, carta Encíclica, también debida al Beato Juan Pablo II, la Veritatis Splendor:

«De este modo, las normas morales, y en primer lugar las negativas, que prohíben el mal, manifiestan su significado y su fuerza personal y social. Protegiendo la inviolable dignidad personal de cada hombre, ayudan a la conservación misma del tejido social humano y a su desarrollo recto y fecundo… En ese sentido, las reglas morales fundamentales de la vida social comportan unas exigencias determinadas a las que deben atenerse tanto los poderes públicos como los ciudadanos. Más allá de las intenciones, a veces buenas, y de las circunstancias, a menudo difíciles, las autoridades civiles y los individuos jamás están autorizados a transgredir los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana. Por lo cual, sólo una moral que reconozca normas válidas siempre y para todos, sin ninguna excepción, puede garantizar el fundamento ético de la convivencia social, tanto nacional como internacional.»



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