sábado, 30 de mayo de 2020

ESPÍRITU QUE ÁNIMA



Hch 2, 1-11; Sal 104(103), 1ab. 24ac.29-31.34; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23

Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante de ministro.
Sal 103, 2b-4

Cuando un día de fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso
Hechos 2, 1-11

Hay un espíritu que aplasta, que vence, que derrota, que desespera, que destroza. Hay un espíritu del desaliento, de la desesperación, de la angustia. Pero hay –por el contrario- un Espíritu luminoso, sabio, vital, esperanzado. ¡A este último lo llamamos Espíritu Santo! Hoy –como muchas veces en la historia- es preciso que hagamos consciencia de este Espíritu-Paráclito que se pone a nuestro lado y nos preserva, nos reanima, nos vitaliza, nos desata y nos colma de dinamismo. No resuelve todo por arte mágica pero lleva en su pico dos gotitas teofánicas para calmar la sed que hoy nos perturba.


«Hace ya tanto tiempo que ocurrió esto, que ni me acordaba. Pero otros si se acordaron…
Era por la mañana tempranito. María, como buena madre, cuidadosa de un legado bueno, dijo a los discípulos de su hijo: -Se nos ha prometido un Paráclito (y lo dijo así no más de corrido…). Vayamos al cenáculo, armémonos de paciencia y esperemos, porque las promesas de nuestro Dios jamás dejan de cumplirse. Y si mi Jesús me lo comunicó, tengan por cierto que, tarde o temprano, vamos a ver con nuestros propios ojos lo que él anunció. Y como el Señor no les había avisado, antes de su Ascensión, cuando vendría el Paráclito, cargaron con sus bártulos, sus bolsas de dormir y algo para comer, porque si bien estarían en oración a la espera del Espíritu Santo, tanto a ellos como a nosotros , les sería difícil orar si el ruido de las tripas hambrientas lo impidiera.

¡Y allí se fueron!

¿Qué rezarían? ¿Cómo lo harían? ¿Con qué palabras o con qué silencios se dirigirían al Padre? ¿Habría dudas y miedos en sus corazones? ¿Creían, en serio, que ese espíritu desconocido a quien nadie puede ver, brisa suave nacida en horizontes lejanos, llegaría? ¿Qué les diría? ¿En qué idioma hablaría? ¿Cómo lo reconocerían?

Todos oraban, quedamente, con voces tenues… Desgranando el tiempo y aferrándose a los minutos y segundos.

De pronto, se oyó un ruido más fuerte. Pedro dijo a los demás: -¡Prepárense, pues parece que se viene flor de tormenta! ¡Los primeros truenos están estallando! Ojalá que aquí no haya goteras, porque se larga el aguacero. Pero después de ese ruido, que no alarmó demasiado al resto de los circunstantes, tan es así que siguieron cantando un salmo del padre Catena, el ruido volvió, mucho  más fuerte, como si un viento intruso horadara burletes y ventanas, metiéndose sigiloso por las hendijas.

– ¡Mama mía!, volvió a gritar Pedro. Me parece que esto no es viento sur, sino el Espíritu. Y la cosa se puso peliaguda cuando llamas de fuego, que parecían lenguas alargadas (exactamente como salen en algunas imágenes), se posaron sobre las cabezas de María y los discípulos. ¡Y el fuego quema! ¡Y el viento empuja y sacude! ¿No es acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que purifica y quema?

¡Ah…! ¡Ahora comenzamos a entender qué es el Espíritu Santo que procede del Padre y el Hijo, tercera Persona de la Santísima Trinidad y verdadero Dios, como el Padre y el Hijo. Amor fruto de las relaciones entre el Padre y el Hijo, y el Hijo y el Padre! (Bueno… no lo dijeron con estas palabras, porque los teólogos no existían en esos tiempos y no se había escrito todavía la Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino, gordo, sabio y sesudo dominico del siglo XIII, que se pasaba el día pensando quien era Dios, a qué se dedicaba y otras menudencias). Lo que sabemos es que “todos quedaron llenos del espíritu santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”. Allí los carismáticos habrían estado en su salsa, hablando “en lenguas”, aunque nadie sepa de qué se trata. También se hubieran muerto de envidia los de Linguaphone, que prometen que aprenderemos cualquier idioma en tres meses, usando sus libros y sus casetes.

Aquí bastaron unos pocos minutos para que María y los amigos de Jesús, que tenían la inteligencia de la fe, pero que no eran universitarios, ni Premios Nobel de nada, hablaran de corrido en todo idioma conocido. Podían decir “jáu ar iú” en griego, y el otro les respondía “véri uél, ténkiu, ¿an iú?”, pero en chino y, a su vez, María podía preguntar a un turista: “comán tale vu” en francés, y recibir la respuesta “Meri, yé sui tré bián”, pero en portugués… Todos estaban muy contentos., Yo diría, “burbujeantes”, eufóricos, tanto es así, que la gente los creía borrachos, y eso que, hacía poco, el reloj había dado sólo ocho campanadas, por la mañana.

En esos días, Jerusalén era un hervidero, lleno de turistas y de peregrinos, porque se festejaba la fiesta del Shavuot, el Pentecostés judío en que se recordaba la entrega de la Ley, por parte de Dios a Moisés y su pueblo, en el Sinaí, durante el Éxodo por el desierto. Nos dice que había judíos, partos, medos y elemitas, y de Ponto, Frigia y Panfilia, que no tenemos idea de dónde quedan, pero que en algún lugar quedaban… Para darnos una idea, hagamos de cuenta que fueron los Yanquilandia, Inglaterra, Noruega, Japón y hasta de la Argentina , porque había una familia que comentaba, en un bar, que “los bifés eran más ricos y más baratos en el Palacio de las papas fritas en Buenos aires”, y que “la pizza de los Inmortales era mucho mejor que la de Italia”, y que al ir de compras a una casa de productos electrónicos, varios de ellos dijeron, “déme dos”. Jerusalén estaba llena hasta estallar y muchos, al ver a los turistas, se preguntaban, con toda razón: -Pero a estos negros que son de la barra brava, ¿de dónde les viene la paquetería de hablar en franchute y en inglés? Y algo parecido decían los amigos de María y los Apóstoles, pues estos, a duras penas, hablaban el idioma local.

¡No sigo mucho más…! Lo más importante de este cuentito mío que recuerda una historia que no es mía, es qué hizo el Espíritu Santo. Hasta ese día, los seguidores de Jesús estaban muertos de miedo, escondidos por la persecución que había comenzado fiera. A partir del Domingo de Pentecostés y del invento del sacramento de la Confirmación, se hicieron valientes y no le tenían miedo a nadie,…. Hasta ese día, eran una Iglesia replegada sobre sí misma. Desde ese día, se convirtieron en una Iglesia desplegada sobre los demás.

Y ahora… ¡punto final!

Si ves en alguna ocasión a alguien que te parezca borracho, no pienses mal (por lo menos de entrada) de él, no vaya a ser que tenga “la embriaguez del Espíritu” y no te des cuenta. Si alguna vez sentís en tu corazón un viento fuerte, déjate llevar por él: a lo mejor es “el Viento” con v mayúscula.

Si eso te sucede, tu corazón bailará y contará con júbilo indescriptible, y no encontraras palabras para expresarlo… salvo “gemidos inefables”.»[1]

Festividad de origen judío
Pentecostés se inserta en una continuidad judeo-cristiana. Surge primero –como casi todas estas festividades, como una celebración con carácter agrícola, era la fiesta de las Semanas, el Shavuot, con ella se trataba de celebrar la cosecha, cincuenta días (siete semanas) después del comienzo de la Pascua, de allí su nombre griego Pentecostés.


También es común a esas festividades judías su trasformación significativa, pues esta fiesta pasó a celebrar la entrega de la Tablas de la Ley, escritas sobre piedra por el dedo de Dios y dadas a Moisés en el Sinaí. Moisés reunió a su pueblo y les confió la Voluntad de YHWH de entregarles la Torá y ellos se ofrecieron a cumplirla, aún antes de que Él les manifestara de qué Ley se trataba, el pueblo expresó aceptación  a esta Ley, simple y sencillamente porque venía de las Manos del Dios Liberador que con gran poder los había sacado de la esclavitud en Egipto.

Esta fiesta en la tradición rabínica se ha llamado “atzeret” que significa “conclusión” aludiendo al cierre del período pascual.

¿Por qué se solapan estas dos celebraciones (nos referimos a la entrega de la Torá a Moisés y la Venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico? Los profetas había anunciado la entrega de una Nueva Ley por parte de Dios, que ya no estaría gravada en piedra sino sobre carne, en el corazón de los hombres; esta parece ser la explicación. El Espíritu Santo viene a implantarnos esta Ley en nuestro propio interior y es ni más ni menos que la Ley del Amor.


Así para nosotros los cristianos, la festividad de Pentecostés tiene este grandioso significado: ¡Hemos recibido la Nueva Ley! Y, siguiendo al pueblo escogido, también nosotros la acogemos con todo el corazón, simple y sencillamente porque es regalo del Amado para los que Él tanto ama y que nosotros correspondemos con nuestro pobre amor. Permítenos amar tu Ley y regálanos el don de guardarla, de vivir enamorados de ella, de cumplirla gozosos porque ¿qué amante no quiere hacer lo que complace a su Amado? ¡Que nuestra voluntad se plegue gozosa al cumplimiento de tu Voluntad!

Cuando San Lucas escribe los hechos de los Apóstoles configura el relato de Pentecostés con todos los rasgos y signos propios de una teofanía, siguiendo las pautas teofánicas del Sinaí: ruido del cielo (como rugido del viento), lenguas de fuego, el Monte Sinaí estaba envuelto en fuego y humo,… (en el Sinaí también sonaba más fuerte el Cuerno de Carnero, el Shofar…, véase Éxodo, caps. 19 y 20). “¿No es acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que purifica y quema?” Nos ha dicho Héctor Muñoz en su cuento “Cuando un día de fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso”.

El viento empuja –por ejemplo al barco, llevándolo hacía su destino, hacia su puerto; que hermosa imagen para significar que el Espíritu Santo nos anima, nos “motoriza”, con su fuerza nos impulsa; y, el fuego, no solamente purifica, sino que, además, calienta (mientras el frio congela inmovilizando), tan es así que es el fuego el que calienta en la locomotora el agua que le imprimirá fuerza de avance, propulsión…

En este punto se debe rescatar también el fuego que ardía en la zarza en la cual se manifestó Dios a Moisés al llamarlo, se trataba de un fuego que “ardía sin consumirse”, Ex 3, 1-6.9-12; y, acto seguido, conectemos con el episodio de los dos de Emaús que “sentían arder su corazón cuando Jesús les explicaba las Escrituras” (Lc 24, 32b). es este mismo fuego el fuego de las lenguas que se posaron sobre cada uno de ellos, calentándoles el corazón y haciéndolos superar todo miedo.

Aquí la continuidad tiene también su “corte teológico”, la fe que antes estaba reservada a un pueblo y una raza, en esta celebración se abre a “Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia alrededor de Cirene, viajeros de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes (Hch. 2, 9-10a), esta muestra de diversidad es indicativo de la universalidad de este Pentecostés, tema que ocupará el Libro de los Hechos, mostrándonos su extensión a los paganos, viajando y rebasando fronteras, haciéndose verdaderamente católica (universal).


Los signos, son sólo signos; y la Grandeza de Dios siempre los trasciende. No hay signo que abarque a Dios, pero estos signos son “índices”, apuntan hacia Él, pero nosotros no podemos quedarnos ahí, es más, Jesús mismo nos llama: “Vengan y vean” (Cfr. Jn 1, 39)

«¡Que no muera la paloma!

Zenkey Shibayama, … que era abad del monasterio Nazenji en Kioto, cita varias veces en sus obras la siguiente parábola con gran sentimiento por los sufrimientos de la humanidad y compasión íntima por su dolor (Op. Cit. pp. 136-200).

Una delicada paloma se dio cuenta en una ocasión
de un fuego de montaña que hacía
arder muchas millas cuadradas de bosque.
La paloma quiso extinguir
aquella terrible conflagración,
pero no había nada que pudiera hacer un pequeño
y delicado pájaro. Dándose cuenta de que no podía
hacer nada para arreglar la situación,
el ave, empero no permaneció quieta.
Con una irreprimible compasión
empezó a volar desde el fuego hasta un lago
que había lejos, desde el que trasportaba
unas cuantas gotas de agua en su pico cada vez.
Antes de que pasase mucho tiempo,
las energías abandonaron a la paloma,
que cayó muerta al suelo
sin haber alcanzado ningún resultado tangible.

Con mi mayor respeto al genial autor, pero yo no habría matado a la paloma. Yo la habría dejado volar mientras pudiera en su misión compasiva hacia el bosque, los animales, la naturaleza. Y la habría dejado descansar también entes de agotarse, para seguir cuando recobrara fuerzas con sus vuelos bienhechores en su tarea o en otra. No hace falta que muera. No hace falta que demos la vida por todas las causas en el mundo que merecen sacrificio. Lo importante es que trabajemos, que volemos, que llevemos agua en el pico, aunque sólo sea unas gotas, para apagar incendios y calmar sedes y dar esperanza a quienes la han perdido. Lo importante es ser paloma cuando no falten incendios.
La enseñanza central de la parábola, que casi se pierde de vista con la pena por la muerte de la paloma, es que hay que seguir haciendo todo lo que podamos hacer “aunque no se alcance ningún resultado tangible”. Ya sabemos que no podemos apagar el incendio. Pero no por eso debemos cruzarnos de brazos y dejar que arda el bosque. Hemos de contribuir con nuestra gota de agua. ¿Para qué, si no ha de servir para nada? Sí que sirve de algo. Sirve para decir que hay alguien a quien le importa que se queme el bosque, sirve para hablar cuando todos callan; sirve para crear opinión y despertar conciencias; sirve para dar testimonio ante todos los que ven el vuelo blanco de la paloma compasiva sobre el rojo resplandor de las llamas.

Y sirve, más que nada, para desprendernos nosotros de esa necesidad compulsiva de obtener “resultados tangibles” para creer que nuestro trabajo es válido y nuestra vida merece la pena. Aprendamos a trabajar aunque no consigamos nada, a testimoniar aunque nadie nos haga caso, a llevar agua aunque no apaguemos el incendio. Aprendamos a cumplir con nuestro deber sin medir nuestra jornada por sus resultados. No podemos apagar incendios. No podemos solucionar los problemas del mundo. No podemos “conseguir” nada. Pero si podemos vivir, podemos volar, podemos tener fe y mostrar confianza, podemos levantar la mirada y afirmar la esperanza.

Por eso no quiero que muera la paloma. Que siga viviendo para acudir a otros incendios, para atraer otras miradas, para enseñar a otros corazones. Mientras las palomas sigan cruzando la vida del hombre, habrá esperanza sobre la tierra.»[2]

Volar o caminar, aunque sea a pasos muy cortos
Primero Carlos G. Vallés ha modificado el relato de Zenkey Shibayama, ahora nosotros querríamos adjuntar otra glosa, para ratifica que hay que volar para traer unas cuantas gotitas en el pico, sin esperar “resultados tangibles”; esta vez se trata de una idea de Carmen Pardo, religiosa de la Congregación Romana de Santo Domingo, ella nos propone:

«… quiero sugerir algunas pistas que nos sirvan de invitación al compromiso, a ponernos en marcha y salir a la vida, empeñados en ser pregoneros de buenas noticias. Y deseo hacerlo tomando prestadas las palabras de un poema de Rigoberta Menchú:

“Crucé la frontera, amor…
Volveré mañana…”

… Jesús como Voz y Palabra del Padre, traspasa el límite del desierto para ir a Galilea y adentrarse en el espesor de la historia humana, allí donde las hijas e hijos del Padre esperan recibir una Buena Noticia (Mc 1, 14-15).


… otra voz profética de nuestra historia, la de Jon Sobrino, cifraba la esperanza en un mensaje: “Es posible ser humanos”. Cada día las noticias nos hablan de inhumanidad (masacres indiscriminadas, tortura, corrupción, violencia ciudadana, abusos sexuales, tráfico de drogas…). Sin embargo, es preciso que nuestra voz se alce y se haga eco de un proyecto humano. Necesitamos narrarnos unos a otros historias de vida plena; de tantas mujeres, hombres y niños empeñados en dar vida; de tantas personas voluntarias para prestar un servicio y que saben vivir la gratuidad en pequeños gestos. Necesitamos creer que lo humano tiene la última palabra.
………….

-La frontera de las macrorrealizaciones.
………….
Hemos de osar cruzar esta frontera para ser capaces de arriesgar en “las cosas chiquitas” de las que habla Eduardo Galeano:

“Son cosas chiquitas
No acaban con la pobreza,
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción
y de cambio,
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizá desencadenan la alegría de hacer,
y la traduzcan en actos.
Y, al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad y cambiarla,
aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable”.

………….
“Dios nos eligió
Para mostrarnos unos a otros el Amor de Dios.
Somos el vocabulario de Dios;
palabras vivas
para dar voz a la bondad de Dios
con nuestra propia bondad;
para dar voz a la compasión, a la ternura,
la solicitud y la fidelidad de Dios
con las nuestras propias” (Leo Rock, sj.)

Y reunirnos en grupos, en comunidades eclesiales de base, en comunidades religiosas o de vecinos, para preguntarnos a través de qué signos concretos podemos llegar a ser compasión y ternura de Dios para nuestros hermanos, para preguntarnos y compartir cómo podemos dar voz a la bondad de Dios para nuestros hermanos y hermanas aplastados por la inmigración, el hambre, el desempleo, el alcohol, el sinsentido de la vida.».[3]




[1] Muñoz, Héctor. CUENTOS BÍBLICOS CORTITOS.  Ed. San Pablo. Bs. As Argentina 2004 pp. 176-179
[2] Vallés, Carlos G. sj. SALIÓ EL SEMBRADOR Ed. Sal Terrae Santander-España 1992. pp. 181-183
[3] Pardo, M Carmen op. PORTAVOZ DE BUENAS NUEVAS PARA MI PUEBLO. Conferencia de Religiosos de Colombia. pp. 8-12

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