miércoles, 31 de diciembre de 2025

HACIA UNA PAZ “DESARMADA Y DESARMANTE”

 

     REGÍNA PACIS

Nm 6, 22-27; Sal 67(66), 2-3. 5. 6 y 8; Gl 4, 4-7; Lc 2, 16-21

 

La No-Violencia: un estilo de política para la paz.

Papa Francisco

Proponte como modelo a la Virgen, cuya pureza fue tal, que mereció ser Madre de Dios.

San Jerónimo

 

Que este sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas: «Él será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!»      

Is 2, 4-5

Mensaje del Papa para la 59ª Jornada Mundial de la Paz

San Agustín nos proporciona un enfoque de María que nos allega con luminoso esplendor a la Madre de Dios, dice él que: «María fue tan sumisa a la voluntad divina, que por la blandura con que se dejó modelar es llamada “forma Dei: molde de Dios”» La arquitectura de la Paz está estrechamente vinculada a la docilidad activa y participativa para edificarla. En el numeral 225 de la Fratelli Tutti, dice Papa Francisco: «… hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia»[1].


 

Cuando nosotros hablamos así, diciendo y llamándola Madre de Dios «esa expresión está reclamando nuestro estupor, incluso cierta resistencia, cierto escándalo», nos invitaba a reconocerlo José María Cabodevilla. No se puede tratar de algo que simplemente pronunciamos como una fórmula nominativa, es algo que decimos apelando a nuestra inteligencia, en un férreo maridaje entre fe y razón; tenemos que entender que el ser humano no podría engendrar a Dios, pero Dios si puede engendrar-encarnar su Divinidad. ¡Dios pudo, Dios quiso, Dios lo hizo, alabado sea el Nombre de Dios! para glosar la celebérrima frase de Duns Scoto, (beatificado por Juan Pablo II en 1993): “Potuit, decuit, ergo fecit” (Podía, convenía, luego lo hizo).


La maternidad de Dios por parte de María, a quien desde la remota antigüedad, en los albores del primer milenio de la Iglesia, así en la católica como en la ortodoxa, ya se la llamaba –en griego- Theotokos, es decir, la que lleva en su Vientre a Dios. Sabemos que Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pues bien, si Jesús es Dios y María Santísima es su Madre, como lo confesó el Concilio de Éfeso, en el 431 de nuestra era, aseverando que sería anatema quien negase que María es Madre de Dios pues lo dio a luz, en el orden de la carne. ¿Qué más se requiere clarificar? Saludemos a la Virgen, desde el fondo de nuestro propio corazón, con las mismas palabras que usaba San Francisco de Asís: ¡Dios os salve, María, Madre de Dios! ¡En Vos está y estuvo todo la plenitud de la gracia y todo bien!


 

Hay más, el Concilio de Éfeso insistía en esta manera de hablar porque así se unificaba la doble naturaleza de Jesús que es tanto humana como Divina, unidas en una única Persona. La Virgen, Santa Madre de Dios, articula el Cielo y la tierra integrando lo que es del hombre y lo que es de Dios; al decir del Sacerdote Jesuita Gustave Weigel: “Los Padres de la Iglesia primitiva, con mucha razón llamaron a María el “cuello” del Cuerpo Místico de Cristo. La conexión de la humanidad con Cristo se verifica por María, que “profundiza la visión divina”. El Evangelio nos retrata esa Madre Santísima que “atesoraba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19).


 No se reduce a pronunciar en continuidad las dos ideas: Madre de Dios y paz: «La paz es un desafío al prurito que hay en nosotros de ser más guapos y más fuertes, de sobresalir; es un desafío a este hormigueo de las manos y del corazón, que quisiera acabar, rápido e inmediatamente, con quien piensa distinto de nosotros.»[2] En el numeral 233 de la Fratelli Tutti encontramos: «La paz “no sólo es ausencia de guerra sino el compromiso incansable —especialmente de aquellos que ocupamos un cargo de más amplia responsabilidad— de reconocer, garantizar y reconstruir concretamente la dignidad tantas veces olvidada o ignorada de hermanos nuestros, para que puedan sentirse los principales protagonistas del destino de su nación”»[3].


El corazón entra en acción para conducirnos por la coherencia del compromiso de una triple manera, y es que: 1) el corazón «…no sólo es la sede de los sentimientos, sino también el lugar profundo en donde nuestra persona toma consciencia de sí misma, reflexiona sobre los acontecimientos, medita sobre el sentido de la realidad, asume actitudes responsables hacia los hechos de la vida y hacia el mismo misterio de Dios. 2) La importancia decisiva del corazón respecto de la salvación… Jesús está presente en la historia como salvador, como redentor, como liberador., Pero la acción divina de la salvación se vuelve realmente eficaz en la historia humana sólo pasando a través de nuestros corazones, que gracias al Espíritu Santo se convierten en corazones nuevos, animados por el amor filial hacia Dios. 3) Finalmente, …la particular plenitud de vida que el corazón encuentra en sí mismo cuando, por así decirlo, sale de sí y encuentra la novedad absoluta del Amor de Dios que se dona a nosotros en Jesús.»[4] Permitimos a Dios actuar eficazmente por medio de nosotros, que es la actitud característica de María quien se consagró respondiendo al Arcángel San Gabriel “Hágase en mí”. Puede que simulemos no tener ninguna evidencia de Dios en nuestra vida; pero no es que Dios no esté, que nos haya olvidado, que esté distraído; más bien es que no somos capaces de descubrirlo (o que hacemos la “vista gorda”); y, si no nos damos cuenta de su Ser-a-nuestro-lado, de que Él es el Emmanuel, entonces no podemos actuar con Él, no podemos cooperar con Dios y estaremos de espaldas a su Proyecto de Luz y de Vida, sin que su acción pueda pasar a través de nuestros corazones. A veces se ha dicho que Jesús es el Sol y María, sencillamente es la luna que refleja su luz, así nosotros también estamos llamados a cumplir la función refleja.


El Proyecto de Dios que es su Reino, recurre y requiere de nuestra competencia y nuestro compromiso con Él. ¿Cómo entramos nosotros en la Biblia?, ¿Estamos –acaso- ajenos al proyecto salvífico?, ¿O la Biblia es solo un manual de instrucciones? ¡Pues no! En la Biblia nosotros sí figuramos porque somos los “pastores” con misión de pastores. Esos que hoy se apuran a llegar a ver el “signo” (Lc 2, 12), somos nosotros los llamados y convidados a ir a ver al Niño en el Pesebre, y tenemos la opción de “ir corriendo” (Lc 2, 16), y dar testimonio de Él explicando lo que los Ángeles han revelado sobre ese “signo”. Él es el signo de la Paz. Vamos visualizando algo mejor el correlato entre Madre de Dios y Paz. Jesús es la Paz, o mejor, es Él el Enviado a traer la Paz. Los Ángeles así lo cantan: “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra Paz…” (Lc 2, 14ab). Esta afirmación angelical la confrontaremos con la del Evangelista: “La Paz les dejo, mi Paz les doy. La Paz que yo les doy no es como la que da el mundo…” (Jn 14, 27abc). Y, ¿cuál es la Paz que da el mundo en el contexto del Jesús histórico? ¡La de Cesar Augusto! «En efecto, Augusto “ha establecido durante 250 años la paz, la seguridad jurídica y un bienestar, que hoy muchos países del antiguo Imperio romano todavía sólo pueden soñar”»[5] Nos abocamos a un contrapunto entre estas dos versiones de la Paz. «En todo esto debían pensar los lectores u oyentes antiguos (y Lucas tenía esta intención) cuando oían hablar del nacimiento del “Salvador” e inmediatamente oían el canto de los coros celestiales cuya palabra central era la paz, núcleo de la propaganda de Augusto. Pero la paz que aquí se anuncia no es la Pax Augusta. Es una paz que en los ángeles ocupa el segundo lugar, porque el primero lo ocupa Dios mismo: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2,14). Esta paz no la aporta un político, ni siquiera Augusto, sino aquel Salvador Divino que ha nacido como hijo de gente sencilla en un establo en Belén. Esta paz, la Pax Christi, no se opone necesariamente a la Pax Augusta, pero es independiente de ella y la supera, como el cielo supera la tierra… Quedan los pastores, que primero se asustan y acaban diciendo: vamos a verlo y comprobarlo (Lc 2, 15). Luego comunican lo que han oído y al final alaban a Dios, una vez que el mensaje celestial se ha demostrado como auténtico (Lc 2, 17.20). Estos pastores son la imagen de una comunidad cristiana (así lo entendió Ambrosio). Y finalmente está María, de la que sólo se dice que “guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Lo que aquí se dice de María el evangelista espera que se diga de cada cristiano. Los padres de la iglesia veían también en la Madre de Dios un modelo para todos los cristianos. Pues todo cristiano –y toda la iglesia– está llamado, desde el útero del corazón (K. Rahner), a dar a luz a Cristo de manera que cobre forma en la propia vida (Ga 4, 19).»[6]


Retomemos de la Fratelli Tutti, en el numeral 228, donde se nos propone una verdadera clave tanto de la arquitectura como de la artesanía de la Paz: «Es necesario tratar de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas. El camino hacia una mejor convivencia implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal. Porque «nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él», promesa que deja siempre un resquicio de esperanza»[7]. En su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la Paz 2026: «¿Qué se nos pide, entonces, que hagamos? En primer lugar, dejarnos cambiar el corazón por la emergencia que hemos vivido, es decir, permitir que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y de la realidad a través de este momento histórico. Ya no podemos pensar sólo en preservar el espacio de nuestros intereses personales o nacionales, sino que debemos concebirnos a la luz del bien común, con un sentido comunitario, es decir, como un “nosotros” abierto a la fraternidad universal. No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y nuestro planeta, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común. …no podemos ignorar un hecho fundamental: las diversas crisis morales, sociales, políticas y económicas que padecemos están todas interconectadas, y lo que consideramos como problemas autónomos son en realidad uno, la causa o consecuencia de los otros. Así pues, estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión. Debemos retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos; promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como descartados en nuestras sociedades. Sólo invirtiendo en estas situaciones, con un deseo altruista inspirado por el amor infinito y misericordioso de Dios, podremos construir un mundo nuevo y ayudar a edificar el Reino de Dios, que es un Reino de amor, de justicia y de paz.» [8] (Va nuestra invitación para leer el mensaje integro).


De qué manera tan fantástica nos ha enriquecido la Iglesia -mater et magistra- al proponernos para iniciar el año civil, la celebración de la Solemnidad de este Dogma a, un mismo tiempo, con la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, esta vez en su Quincuagésima novena versión. Así María y la Paz quedan soldadas y prevenimos que Santa María, la Teotokos se reduzca a una estatuilla:

Queremos complementar enhebrando aquí tres retazos del Mensaje de Papa León XIV con motivo de la 59ª Jornada Mundial de la Paz (que no tienen otro fin que promover la lectura del documento completo):

1)    Ahora bien, ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”. En este horizonte nos ha introducido el Resucitado. Con este presentimiento viven los que trabajan por la paz que, en el drama de lo que el Papa Francisco ha definido como “tercera guerra mundial a pedazos”, siguen resistiendo a la contaminación de las tinieblas, como centinelas de la noche.

 

2)    Del numeral 113 de la Pacem in Terris del Papa San Juan XXIII, se cita: «Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra. Esto, a su vez, requiere que esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca. Nos confiamos que es éste un objetivo asequible. Se trata, en efecto, de una exigencia que no sólo está dictada por las normas de la recta razón, sino que además es en sí misma deseable en grado sumo y extraordinariamente fecunda en bienes».

 

3)    Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios. Por eso, junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas. En todo el mundo es deseable «que cada comunidad se convierta en una “casa de paz”, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón». (Extractado de un Discurso que le dirigió a los Obispos Italianos en junio del año pasado). 


 Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa.



[1] Papa Francisco. FRATELLI TUTTI. Inst. San Pablo Apóstol. pp. 132.

[2] Martini, Carlos María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1995 pp. 16-17

[3] Papa Francisco. FRATELLI TUTTI. pp. 137-138 Citado de  DISCURSO A LAS AUTORIDADES, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO, Maputo – Mozambique (5 septiembre 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (13 septiembre 2019), p. 2.

[4] Martini, Carlos María. Op. Cit. pp. 15-16

[5] Benedicto XVI. LA INFANCIA DE JESÚS. Ed. Planeta. Bogotá-Colombia 2012. P. 84

[6] Reiser, Marius. LA VERDAD SOBRE LOS RELATOS NAVIDEÑOS. Selecciones de Teología pp. 353-354 seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol43/172/172_reiser.pdf. El subrayado es nuestro.

[7] Papa Francisco. FRATELLI TUTTI p. 134.

[8] Papa Francisco. MENSAJE PARA LA 56 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ, 1º DE ENERO DE 2023.

martes, 30 de diciembre de 2025

Día Séptimo de la Octava de Navidad

 


1Jn 2, 18-21

Ustedes tienen la unción del Santo, y todos ustedes lo saben.

1Jn 2, 20

Nuestra situación, con respecto al Cielo, se ha hecho muy especial: Gracias a la Venida de Jesucristo a este mundo hemos conocido el acceso a la vida sacramental. Desde esta perspectiva, caemos en la cuenta que la vida Sacramental no es otra cosa que la manera irrevocable como se nos ha “dado” Su Presencia. El cumplimento cabal del “Yo estaré con vosotros”

 

La Octava de Navidad nos permite ver que el tiempo que habitamos recibe “dosis” especiales de Gracia, lo que hace que nuestro tiempo no sea una sustancia enteramente homogénea, sino que, por la concentración de Gracia, haya momentos de mayor densidad. Por ejemplo, este que nos introduce la Epístola, cuando nos habla de Ultima Hora. Esos momentos son más densos, porque, aun permaneciendo en la provisionalidad de lo temporal, una gran cantidad de Presencia se cumple en nuestras vidas. Así como estos ocho Días forman uno solo, son ocho días calendario, pero uno solo hablando en términos kairóticos. Así, desde que el Hijo de Dios habitó la faz de la tierra, el tiempo cronológico ganó una densa kairoticidad -a la que el historiador denomina genéricamente “era cristiana”- pero que en términos de kairós, es distinto a otro “tiempo”, porque Jesús está Presente con nosotros -desde el preciso instante Resurreccional- hasta la Parusía, cuando estará palpablemente Presente, en ese momento terminará la “última hora” y se abrirá, de par en par, la Eternidad. Esta Presencia se hace patente en la Unción que hemos recibido. Ya no nos movemos en el aire; -como los peces se mueven en el agua- así nosotros nos movemos ahora en Jesucristo (Cfr. Hch 17,28).

 

La 1ª Carta Joánica nos previene sin embargo que el Patas, anda por ahí pataleto, sabe que su último cuarto de hora está en curso y quiere avisparse a ver a cuántos logra arrebatar hacia su tiniebla. Nosotros por lo general nos imaginamos que los “Anticristos” son esos políticos, esos líderes renombrados, foráneos, que llegan del extranjero con sus bombos y platillos, con sus bombas y misiles, y lo son, pero hay otros que están adentro, están colados en nuestras filas, están infiltrados, quieren confundirnos, desviar nuestra atención, distraernos con la preocupación de la “marca de la colombina”, para que nosotros, por andar en esas, no nos percatemos de su ataque, de sus estrategias, de sus proceder disimulado, de su ideología de odio y muerte. San Mateo se refería a ellos como “falsos profetas” (en esta carta, en el capítulo 4, también se les llamará así). Jesús nos prevenía señalando que esos claman que el Mesías está aquí o está allí, y nos decía que no nos fuéramos tras ellos (cfr. Mt 24, 23). San Pablo los denominará “lobos rapaces”.

 

Significa esto que tenemos que vivir en zozobra perpetua, con los nervios de punta, desconfiando de todos los fieles co-parroquianos; no se trata de eso, si leemos la perícopa con atención nos daremos cuenta que dice que esos anticristos que están al interior, caerán por su propio peso, se desenmascararán con su propia mano y con su propio proceder. No se trata de que nosotros sembremos la desunión, desparramando desconfianza, que creemos sectas de segregación, que no venga la discriminación y la exclusión por nuestro conducto, que no sean nuestras acciones la fuente del divisionismo, que no obremos diabólicamente. Nosotros tenemos el deber de la acogida, de la fraternidad, de la sinodalidad.

 

Llega el momento en que esos “enemigos de la fe” saldrán y se irán, porque ellos mismos se darán en la nariz con la inutilidad de sus estratagemas; los que no sean “fieles” saldrán y se irán, porque nos son de los nuestros, esos no permanecerán: Son “pasajeros”.

 

Nosotros conocemos al Espíritu Santo, y -por haber sido ungidos- tenemos la capacidad y el “conocimiento” para captar su verdad. Esta verdad no es “discursiva”, es una “verdad experiencial”, que nos capacita para reconocer la mentira y no darle cabida para que no se entrevere con la Verdad Revelada. Esa verdad experiencial está cifrada en la μένω [meno] “permanencia” (Cfr. 1Jn 2, 24).

 

Permanezcamos atentos en lo que sigue en la Carta, que el viernes, 2 de enero, leeremos la contraseña para reconocerlos y desenmascararlos: esos anticristos son los que niegan a Jesús.


Nosotros también somos Presencia Crística, en tanto que ungidos en el Ungido. Con la Unción Crismal.

 

Sal 96(95), 1-2. 11-12. 13

Este es el mismo salmo del Reino que leímos ayer, pero la perícopa está organizada de otra manera.

 

El salmo convoca a tres estratos diferentes, para alegrarse y gozar.

i)              Los creyentes los que se han asociado con los Discípulos

ii)             Los pertenecientes a todas las naciones

iii)           Las criaturas

 

El primer día, ayer, nos concentramos y toda la perícopa se refería a las naciones convidadas. En cambio, la perícopa de hoy, toma una estrofa de cada uno de los tres estratos.


En la primera estrofa convida a todos los habitantes del planeta a cantarle a Dios con un Cántico Nuevo.

 

En la segunda estrofa, llama a los mares, a los campos y a los árboles.

 

En la tercera estrofa define como será el gobierno de Dios e insiste que será un reinado con Justica y Fidelidad.

 

El versículo responsorial dice que Cielos y tierra exultaran por esas razones.

 

Jn 1, 1-18

Él es verdadero hombre por naturaleza, capaz de actividad humana, conocimiento humano, voluntad humana, conciencia humana y, añadamos, de sufrimiento humano, paciencia, obediencia, pasión y muerte. Sólo por la fuerza de esta plenitud humana se pueden comprender y explicar los textos sobre la obediencia de Cristo hasta la muerte.

San Juan Pablo II

Es esencial al acercamiento de nuestra fe, entender que Jesucristo no es algún hombre que Dios comisionó para traernos un anuncio de Salvación, sino que es mucho más que eso: es Dios-y-hombre, es Dios humanado, es el mismo Dios en Persona, que se Encarnó para Salvarnos. Con esta manera de proceder, Él nos ha asumido en nuestra totalidad, nada hay que sea nuestro y se le haya quedado por fuera, cargo con todas nuestras debilidades y, Él que estaba libre de todo pecado, cargo con todos nuestros pecados (Cfr. Is 53, 4-12).

Como es Dios, no tiene principio ni tiene fin, es Eterno. Dios pronuncia su Nombre y esa es su manera de Ser, está en la Eternidad del Verbo pronunciado por el Padre.

 

También podemos entenderlo como Creador, porque el Padre creó, creó y crea con su Palabra, pero, atención, todo fue creado pensando en la obra Salvífica del Hijo, en que el todo lo asumiría, así que, con su Voluntad Salvífica, es co-participe de toda la Creación.

 

Al ser creadas, todas las criaturas quedaron alumbradas por su Resplandor, el Verbo Eterno las cobijaba con su resplandor, pero el pecado las arrinconó, y las condenó a vivir en las esquinas oscuras donde el Malo derramó su tiniebla.

 

El ser humano no es capaz de enterarse de estas Acciones sucedidas en el plano trascendente. Entonces, para que pudiéramos abrirnos a su acogida y recibirlo, Él se pre-anunció y nos regaló un Precursor que lo proclamó como “Cordero que quita el pecado del mundo”.

 

El Precursor, no era el que Ilumina, ni era el Verbo pronunciado por el Padre, sino una Voz que daba paso al que Es la Plenitud de la Claridad Perfecta.

 

Esta Voz era Índice, no era constricción. Proclamaba, no imponía. Dios propone, y lo que nos demanda, prácticamente nos lo ruega. Quiere que nosotros aceptemos, pero sometiéndolo a nuestro albedrío.

 

El texto, a este respecto, contiene dos pivotes, abisagrados en el sentido de Verdad. Pero la verdad no es una imagen que se ajusta al objeto, sino una oferta que quiere anidarse en nuestro pecho. Es una verdad de naturaleza amorosa, es un pacto en términos de afectividad, de conyugalidad.

 

El primer pivote es que La Palabra que es Dios y que estaba “junto” a Dios tiene el poder de “iluminar”; pero no es una iluminación que escoge a unos y a otros los deja en lo oscuro, es una Luz que se ofrece a todos los seres humanos que nacemos aquí, en la tierra. (Jn 1,9).

 

Y, el segundo pivote es que eta Verdad Luminosa se ofrece a nuestros ojos y quiere aclararnos, quiere iluminarnos, ya depende de nosotros acoger al Hijo de Dios pleno de Gracia y de Verdad (Cfr. Jn 1, 14cde).

 


«En la Persona de Jesucristo, las dos naturalezas, la humana y la divina, han quedado inseparablemente unidas. Esto era lo que experimentaba cada uno que se acercaba a Jesús: estando en todo igual a nosotros, era al mismo tiempo tan diverso…» (Papa Francisco)

lunes, 29 de diciembre de 2025

Día Sexto de la Octava de Navidad.

 




1Jn 2, 12-17

El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios

St 4, 4

 

En esta perícopa nos encontramos con una disyuntiva absoluta: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se entregará a uno y despreciará al otro” (Mt 6, 24). Pero, hay que hacer una correcta exegesis de este enunciado. Con altísima frecuencia, nuestra lógica funciona con una inercia pendular, si no es esto, entonces vámonos al lado totalmente opuesto. Si no podemos amar al mundo, entonces, lógico, odiémoslo.

 

Con sólo detenernos un instante, vemos que esta lógica es completamente ilógica: Dios habría creado una realidad inútil, y engañosa, y a nosotros, su muy amado pueblo, nos habría puesto allí a “perder el tiempo”. En frecuentes oportunidades insistimos en nuestra metáfora de “los campos de entrenamiento”, y comparamos nuestra estancia en la tierra, como una bendecida oportunidad de entrenarnos en la fe. Ese entrenamiento no es una praxis egocéntrica que sólo atiende a la propia salvación. Es -por el contrario- un campo de entrenamiento donde practicamos apoyando a los demás, auxiliándonos unos a otros, trabajando en comunión por la salvación de todos; ahí, introducimos un ejemplo límite, nuestra oración por los difuntos, acción que no se realiza por el bien personal del orante, sino por el bien de “otro”. Nuestra fe y nuestro trabajo en los campos de entrenamiento se basan sobre los principios de respeto a la diferencia, sinodalidad, fraternidad, amor-ágape, caridad mutua y cuidado reciproco. Eso le da mucho sentido tanto a la Creación como a nuestra vida en ese contexto.

 

Tendríamos que distinguir por lo menos cuatro acepciones en las que San Juan usa la palabra “mundo” en sus Escritos:

1)    La creación, en cuanto universo

2)    El mundo como “marco histórico.

3)    La humanidad, el conjunto de todos los hombres.

4)    El sistema de las realidades contrarias a Dios: esta sería la “mundanidad”.

 

No tenemos que rechazar y deplorar la Creación, lo que sí tenemos es que oponernos rotundamente a las semillas del Malo, que él ha sembrado como piedras de tropiezo en nuestra vida.

 

En el núcleo esencial de la perícopa está el verso 15, donde se lee: “No amen al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él”.

 

En la “mundanidad” podemos desenmascarar a lo menos tres ἐπιθυμίας [epitimias] “concupiscencias”:

·         La concupiscencia de la carne: que consistiría en el afán de complacer todos los apetitos propios, pasando por encima -si fuere necesario- de la Ley de Dios: Egoísmo neto.

·         La concupiscencia de los ojos: El deseo de poseer, y acumular, la manía insaciable de “todo y de una”: Ambición

·         La jactancia de las riquezas. Que toman como unidad de medida y parámetro la imagen de las propias limitaciones y las condicionan como modelos donde yo soy el “patrón”, el “molde”, y todos los demás deben configurarse con él.

 

Son las facetas perversas hacia las realidades de la Creación: ¡no que la Creación sea mala! ¡Tampoco que nos importe un bledo la vida aquí en la tierra! Sino que, toda la importancia de pasar por aquí, sea un potenciar los dones y carismas recibidos de las Manos del Creador, para la Mayor Gloria de Dios.




La “Carta” en esta parte tiene un carácter inclusivo: Les habla a los hijos, pero también se dirige a sus padres, exhorta a los jóvenes, amplía su carácter incluyente a todas las edades y a todos los miembros de las comunidades a las que se dirige.

 

Sal 96(95), 7-8a. 8b-9. 10

Que su pueblo todo tenga el corazón invadido de Amor libremente aceptado

Salmo del Reino: Si la creación es deleznable, ¿para que querría Dios llegar a ser Rey de semejante realidad? ¿Para qué se habría propuesto “regresar”? Todo el Proyecto salvífico no sería más que “bobada” de Dios. Ahora, decimos con insistencia que nos Ama Infinitamente, ¿por qué querría el mismísimo Dios ser el Enamorado de este plano de realidades inconsistentes?

 

En cambio, las Bodas del Cordero son una fiesta Universal. La Misión que tenemos como Iglesia es la convocatoria a esa Fiesta Matrimonial verdaderamente católica, porque no es una fiesta sectaria, no es una celebración discriminatoria, en ella no hay una bancada para VIPs. ¿Cuál es el sentido de esta fiesta? Rendir a Dios Gloria.



Repitámoslo para afianzar en nuestro ser la consciencia de nuestro deber ser: anunciar las maravillas del Señor a todos los pueblos. A todas las familias de los pueblos. Loado sea su Santo Nombre.

 

¡En el Atrio Sagrado, en el Umbral del Templo Universal, postrémonos! Digamos ¡El Señor es el Rey de todo el Orbe! Él ha fijado y definido su eje, y sobre ese eje girará por los Siglos de los siglos.

 

Al examinar el salmo integro, encontramos en él tres sesiones:

1.    Convocatoria para la proclamación.

2.    Cita para que todos se reúnan para alabar a Dios Padre: El Creador.

3.    Llamado para que los otros seres que conforman la naturaleza no se queden atrás en la alabanza.

 

No hay que comprometerse con cierta religión, todas las criaturas tienen acceso al reconocimiento del Poder-Misericordia, pero desde el principio, -y en eso llevamos la delantera- abanderamos a los que descubrían que Él es la Razón y el Fin de Todo: “Que se alegra el Cielo y Goce la Tierra”. Ya desde ayer, estamos entonando este mismo Salmo.

 

Lc 2, 36-40

Nazaret es el misterio que redime la condición creatural de la insignificancia de su limitación.



Continuamos la escena de la Presentación en el Templo: hoy corresponde el turno a la Profetiza Ana, esta Ana, era hija de Fanuel (“Rostro de Dios”) y de la tribu de Aser (que significa “de buena fortuna”). Mujer de ochenta y cuatro años. Ana prefigura la imagen de las consagradas: Dedicada totalmente a la Oración, Huésped de Yahvé, ejercitante frecuente del ayuno. Su lenguaje daba voz a los que aguardaban con fidelidad y perseverancia la Llegada del Redentor.

 

Varias conclusiones se derivan de esta perícopa:

a)    Para construir una fuerte relación con Dios no tenemos que poseer cierto status, no hay barreras de riqueza, educación, clase social, estirpe, linaje o alcurnia.

b)    Para crecer y acrecer nuestra cercanía al Señor, una línea de contacto, una conexión de tú a Tú, es la oración.

c)    Ya lo hemos dicho, no hay lugares exclusivos o preferenciales para el Encuentro con Dios, El Señor puede hacerse el Encontradizo en el lugar menos imaginable.

d)    Si uno se ha Encontrado con Dios, no es algo que acaparará, que se guardará para sí, que se corre a esconder en la caja de caudales; por el contrario, es algo que se quiere hacer accesible, hacer llegar, compartir, participar a los demás, comunicar. El que lo encuentra corre a darlo, sabe que cuanto más lo dé, más lo tendrá y también sobre-entiende que cuanto más procure acapararlo, más se le escurrirá entre los dedos y se le evaporará.

 

Se dice que bajó con ellos a Nazaret, “retoño”, “vástago”. Allí Jesús, ese retoño -nos dice Silvano Fausti- «…aprendió a ser abrazado y besado, amamantado y amado, a tocar y hablar, a jugar y caminar y trabajar, a compartir los minutos, las horas, las noches y los días, las fiestas, las estaciones, los años, las expectativas, las fatigas y el amor del hombre. En el silencio, en el trabajo, en la obediencia a la palabra, en comunión con María, José y sus parientes, Dios aprendió del hombre todas las cosas del hombre. El misterio de Jesús en Nazaret es el gran misterio de la asunción total de nuestra vida de parte de Dios: nos ha desposado en todo, haciéndose una carne única con cada una de nuestras situaciones concretas».

 

¿Cómo es, en suma, la historia de vida de Jesús? En este fragmento bíblico se explica con tres verbos: Crecía, se fortalecía y se llenaba de sabiduría. Crecer -es apenas lógico, está en el programa biológico, aun cuando la persona no solo crece en su talla física sino que siempre está creciendo en su dimensión espiritual, a menos que se le impongan barreras para que se limite al crecimiento de algunas de sus dimensiones, abdicando a la formación integral- pero lo demás nos describe un itinerario sobre-natural, una ruta de espiritualidad: Se hacía fuerte y se llenaba de sabiduría de una manera muy particular: Porque χάρις Θεοῦ ἦν ἐπαὐτό [charis Teon en ep auto] “la Gracia de Dios es en Él”. El que ellos veían, como un hombre. “Es totalmente habitado por la Presencia-Poder de Dios”: es Dios-y-hombre.




En la formación humana tendríamos que apuntar siempre en la dirección hacia una formación de nuestras diversas esferas (dimensiones de la persona).

domingo, 28 de diciembre de 2025

Día Quinto de la Octava de Navidad


1Jn 2, 3-11

Nosotros entendemos que hay una palabra clave y medular en esta perícopa y es la palabra μένειν [menein] “permanecer”, “quedarse junto con”. Queremos reclamarnos discípulos de Jesús y decir que lo seguimos, pero esto no es posible sin un elemento de continuidad, de permanencia, de fidelidad, de constancia. Toda la perícopa afirma que el verdadero discipulado consiste en “caminar como Él caminó” (Cfr, 1Jn 2, 6). Es evidente en este planteamiento que no se trata de aprenderse unas citas y poder regurgitar una chorrera dogmática.  Cuando alguien pretende asumir el discipulado, la respuesta es “Vengan y vean” (Cfr. Jn 1, 39-41). Jesús no les dicta una conferencia, los reta a observar y aprender desde la “contemplación”.

 

Para los judíos las Tablas de la Ley son un hito material de la relación entre Dios y el Hombre y, de alguna manera, Ellas simbolizaban la Presencia de Dios en medio de su Pueblo. Es difícil percibir en la distancia temporal lo que significaban Las Tablas en el Arca, pero quizá, el episodio de Jos 6, 2-5 nos deje avistar su significado en el contexto de la fe:

 

«Pero el Señor dijo a Josué: “¡He entregado en tus manos a Jericó y a su rey con sus guerreros! Tú y tus soldados marcharán una vez alrededor de la ciudad; así lo harán durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompetas y marcharán frente al arca. El séptimo día ustedes marcharán siete veces alrededor de la ciudad, mientras los sacerdotes tocarán las trompetas. Cuando todos escuchen el toque de trompeta, todo el ejército lanzará el grito de guerra a voz en cuello. Entonces las murallas de la ciudad se desplomarán y cada uno la asaltará sin impedimento».

 

Las Tablas de la Ley perduraron en el Arca del Templo hasta la caída y destrucción del Templo y de la ciudad en el año 587 a. J.C. por las tropas de Nabucodonosor II, rey de los babilonios. Ya no se vuelve a mencionar más el Arca, desaparece para siempre de la historia de Israel. Meditando y dándole vueltas a su perdida tenemos que incluirla entre los designios de Dios, porque -y eso nosotros lo comprendemos ahora muy bien- no se trata de un abandono de parte de Dios, de su pueblo elegido, porque Dios es Fiel, por los siglos; en cambio, podemos suponer que la identificación de la Divinidad con las tablas sobrepasó la sana relación de la fe, para volverse un fetichismo, una cosificación. Era indispensable que la fe madurara en la dirección de entenderla como una relación “Personal” y prevenir que se quedara en una “cosificación”, un objeto ahí, en el Templo. El arca “se perdió” para evitar la reificación que se estaba dando.

 

En Jeremías 31,33 se habla de Dios escribiendo Su Ley en el corazón de Su pueblo, no en tablas de piedra, lo que significa una obediencia interna, profunda y voluntaria, manifestada en amor al prójimo y una relación personal con Él, a diferencia de la mera observancia externa.

 

Hoy, la amenaza reaparece, cuando los Mandamientos son una retahíla a memorizar, o cuando haber pasado la vista por Ex 34,10-28; Ex 20, 2-17 o Dt 5, 6-21 ya daba cumplimiento a la fidelidad demandada por los Mandamientos. Pero cuando se nos pide “guardar” los mandamientos, el punto va mucho más allá de hacerlos pasar por nuestra cabeza, efectivamente el llamado va más allá de lo meramente intelectual y nos compromete: No se trata de sabérselos, se trata de vivirlos, de ponerlos en acción, en práctica: “Quien dice “yo lo conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él” (1Jn 2, 4). La “permanencia” fiel en la Fe, es precisamente este vivir coherentemente: περιπατέω [peripateo] “mantenerse caminando en torno a lo mismo”, “no abdicar del paradigma recibido”, “Vivir como él vivió”. Es eso lo que se figura con este dar vueltas alrededor de Jericó portando el Arca con la Tablas de la Ley al hombro”.

 

El otro núcleo-eje está en 1Jn 2, 9-10: Quien dice que está en la Luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la Luz y no tropieza”.

 

Esto ha empalmado las dos ruedas dentadas haciendo de ellas un verdadero engranaje:

 

«El primer mandamiento de todos es: Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es el Único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Pero hay un segundo: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ningún Mandamiento es más importante que estos. (Mc 29b-31) Se ha puesto en estrecha dependencia el “conocimiento” -expresado en el Shema con el amor-ágape. Podemos entonces inferir dos corolarios

         i.        Para entrar en Comunión con Dios necesitamos una sincera ruptura con el pecado. Llevar el Arca, caminar cargándola y dar vueltas y vueltas en número de siete, no era un “rito”, era la manera de decirles que ¡siempre! Había que ir y vivir llevando sobre sí la consciencia de la ley de Dios que es la carrilera de la Justicia Divina. Marchar, siempre coherentes con los mandamientos las daría la Victoria. Apartarse de la Ley Divina los disgregaría, los disolvería como pueblo y perderían la Unidad-Fundante. Caerían en la Diáspora.

       ii.        Amar a los hermanos es conocer a Dios. La coherencia con los mandamientos no es solo un palo vertical (el estipe. Puente que une el Cielo con la tierra); hay que completar la Cruz que el cristianismo nos propone: el madero horizontal de la cruz (el patíbulo: puente que nos une con todos los “hermanos”) simboliza que la Fe Verdadera se concretiza en el amor hacia todos los prójimos.

 

Es el verbo γινώσκω [ginosco] “conocer”, “reconocer”, “percibir”, que en esta Carta joánica aparece 25 veces. El gnosticismo ha procurado a toda costa desviar su significado, restringirlo a lo puramente “intelectual”.

 

Frente a estas interpretaciones podríamos identificar por lo menos dos riesgos:

1)    Pensar que los presbíteros y los monjes que dedican su vida a ser “huéspedes de YHWH” tienen prioritariamente un margen de conocimiento que excede a todos los demás en intensidad, en cantidad de tiempo, en términos de frecuencia. Por eso, detentan su monopolio. Deformación clericalista.

2)    Reducir a Dios a una figura de “asistencia” que Lo lee como el “genio de la lámpara” que, bastará frotarla y complacerá todos los deseos.

 

Y es Dios quien se nos da, quien nos sale al encuentro, quizás en el callejón menos esperado y en el lugar más contradictorio, puede siempre resultar que allí dónde no esperábamos encontrarlo, sea precisamente el lugar donde Él nos espera para primerearnos.


Podemos, sin embargo, empecinarnos, e insistir, tercamente en nuestro extravío, y tomar la opción b. Podemos “amarlo” porque está mandado (de dientes para afuera) o, podemos amarlo porque intuimos la profunda felicidad que dimana de cifrarlo todo en Él -y, entonces-  amarlo principalmente anidando en el corazón el amor-al-prójimo).

 

Sal 96(95), 1-2a. 2b-3. 5b-6

Alégrese el Cielo y goce la tierra: Este es un salmo del Reino. Puede ser cómodo decir y reiterar que Jesús es el héroe de los súper-héroes, repetir que Él dividió la historia en un antes y un después, que de nadie se sigue celebrando el cumpleaños después de muerto como se hace con Jesús; y después, ¿qué?

 

¿De verdad basta la proclamación? ¿La sola tarea que nos compete es la de gritar “Jesús, Jesús, Jesús, como si se tratara de la guerra de los hinchas? Tal vez nos gustaría ensayar como metodología religiosa la de las barras bravas, y abollar cráneos para hacer que Él triunfe…

 

El salmo nos repite que se trata de “Un cantico Nuevo”. No dice el salmo que retemos al mundo coreando su santísimo Nombre, lo que se propone es “religar” la tierra con el Cielo bendiciendo su Nombre. No se trata de convencerlos, se trata de caminar en fraternidad, de respeto a la diferencia…


 ¿En qué consiste “bendecir su Nombre”? En vivir a la manera de Jesús, en poner en práctica su enseñanza, en tratar de tener sus mismos sentimientos de Misericordia, en llenarnos cada huella digital y cada circunvolución cerebral de Su amor. Guardar sus Enseñanzas, eso es lo que significa “bendecir su Nombre”.

 

¿Cómo se bendice el Santo Nombre de Dios? Guardando los Mandamientos, pero no porque nos gusta la legalidad de los leguleyos, sino porque el Amor nos lleva a restañar el abismo que se ha desatado entre Cielo y tierra. Con esa práctica de fraternidad, de sinodalidad es que “religamos” lo que quebró el pecado.

 

Solo trabajando arduamente en la fidelidad de la Ley de Dios y en nuestra coherencia con ella, edificaremos el Reino y estaremos proclamando sus maravillas a todas las naciones de la tierra.

 

Solo su en nuestro pecho florece el Amor que Él nos ha enseñado, un amor de verdadera sinodalidad, entonces se verá que su Templo es toda la tierra, porque su Amor llenará toda la realidad, ya no habrá templo, porque el Templo será toda la tierra. ¡Honor y Majestad preceden al Señor! Lo que hace ese honor, la verdadera Honra de Dios es que su pueblo entero tenga el corazón invadido de Amor libremente aceptado. 

 

Lc 2, 22-35

Simeón le dice a María que “una espada te traspasará el alma”

Lc 2, 34

 

La sagrada Familia era una familia judía devota y fiel, así que para ellos el cumplimiento de las prescripciones de la Ley era sagrado. La perícopa de hoy está centrada en un ritual de doble significado y dimensión:

1)    De una parte, está la presentación del Niño Jesús en el Templo, y de la otra,

2)    La Purificación de María Santísima

 


La impureza que conducía a los días de purificación, se explican porque el derramamiento de sangre durante el parto, hacía necesario un proceso de “limpieza”, de “descontaminación” que demoraba tanto como la vigencia de la impureza -40 días (Lv 12, 2-8)- por haber estado en contacto con la sangre. Sin embargo, nosotros entendemos que si Jesús pasó -como solemos explicarlo- como un “Rayo de Luz” a través de un Cristal, la necesidad de que la Virgen se atuviera a este ritual se hace innecesaria. Pese a esto, San Lucas, nos quiere señalar cómo toda la familia se atiene a las prescripciones legales, y así lo hizo Jesús durante toda la vida, como señalando que su condición humana no era de apariencia, no era simulada, sino completa, con todas sus implicaciones.

 

El Niño, le pertenecía por antonomasia a Dios, y se podía rescatar, pagando a un miembro de la tribu sacerdotal una “ofrenda” de 5 shekels (ciclos). No hay ninguna mención del pago del rescate, lo que ha llevado a pensar que, el Niño, siguió siendo propiedad de YHWH. Su consagración -por ser primogénito- se mantuvo.

 

Viene ahora la mención de dos personajes -representantes de los anawin- se trata de שִׁמְעוֹן [Shimon] Simeón, “Dios ha escuchado” y חנה [Janah] Ana, “favorecida”; figuras de la ancianidad y la viudez, que ya se ha dicho, estaban entre los más vulnerables de aquella sociedad. Por qué es importante que sean de los vulnerables, porque siempre son los “pequeños” los que más anhelan la Llegada de Dios-Libertador; otros, los poderosos, se afanan para que no llegue y lo mandan matar, los paupérrimos quieres su pronta llegada, ellos saben que cuando venga su reinado se extinguirá su penuria.

 

Es de suma importancia cómo San Lucas siempre pone de realce que es la obra del Espíritu Santo la que los mueve, El que pone en sus labios los anuncios, El que va dirigiendo el nacimiento del Nuevo Pueblo de Dios y El que articula los pasos decisivos para que se dé la Iglesia como continuadora de la Misión de construcción del Reino.

 

Pero -como lo hemos resaltado- ¡Dios no nos envía al paraíso del arequipe! No nos envuelve en empaque melifluo, nos hace ver que la ruta tiene reveces, y tiene asperezas, que los rigores no se exceptúan, sino que están allí y nos obligan a sacar a relucir nuestra talla. Nos obligan a sacar nuestras fuerzas a resplandecer, pero también, cuando parecemos vencidos, nos inyecta un complemento adecuado a la talla del reto.


La exegesis global de la Palabra que se proclama hoy, se podría condensar y concentrar en una cita lucana del capítulo 11: “Benditos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la ponen por obra”. El tema de hoy ha sido, no quedarse en la capa exterior, y conformarse con los muy luminosos anuncios que inundan la ciudad y abarrotan la contaminación visual, hay que ir más allá y hacer de las “Enseñanzas” que Dios nos da, un verdadero “estilo de vida”. Hay que vivir crísticamente.