Ct
2, 8-14
Los
teólogos del judaísmo dudaban qué hacer con el Cantar de los Cantares, tras
muchas vueltas y un montón de dudas, resolvieron incluirlo en el canon
hebraico, sin poderse contestar contundentemente qué tiene que ver esta
composición con el Rostro de Dios. Era difícil descubrir lo que quería
revelarnos Dios con esta “metáfora” amorosa, basada sobre el amor humano.
Evidentemente cantar de los cantares es una forma de superlativo, quiere decir,
de todos los Cantares, este está por encima, ¿y por qué es el cantar supremo?
¡Porque retrata el Amor de Dios!
No
es solamente el “mejor de todos los cantares”, podríamos usar la palabra muy
humana “sublime” y ¿qué es sublime? ¡Excelso! Este es un cantar Sublime. Qué
significa sublime, lo que está abajo y se eleva por los aires hasta alcanzar
una altura máxima.
Hay,
por otra parte, una palabra tan profunda y a la vez tan complicada y tan
contaminada de falsedad, que ha sufrido un desgaste llevándola a ser -ya no
algo que se eleva hasta el máximo”, sino el espacio donde lo que está en su
apogeo se precipita hasta lo profundo del hades. Y es la palabra “erotismo”.
Si de todo su desgaste lográramos recuperar la “sublimidad” de la expresión tendríamos
y podríamos afirmar que el Cantar de los cantares es, precisamente, le
manifestación del erotismo divino.
Cuando
Dios dice que “Yo seré su Dios y vosotros seréis mi pueblo” deposita en esta
afirmación un amor desbordante con el que Dios quiere envolvernos y acogernos,
rescatarnos y salvarnos. La salvación que Dios ofrece, no es por “remolcarnos”,
por un simple ¡pobrecitos! ¡No! Es un grandioso “No los dejaré perder, por
nada, porque los amo con el amor más grande que se pueda llegar a pensar” “en
realidad nos ama de una manera que no podemos llegar a pensar”. Aún el amor del
novio por su amada, se queda retraído a su limitación humana. El Cantar de los
cantares nos habla de un Amor, con mucho, sobrehumano.
Dios
es Amor, y el ser humano -mujeres y hombres- un proyecto de acrecentarnos en el
Amor: un ascenso, una sublimación. Pero en ese proceso de “crecimiento”, no
estamos abandonados a nuestro “voluntarismo” sino auxiliados por un Amor que
nos atrae, que nos seduce, que nos deja entrever la Grandeza que en Él nos
aguarda.
Un
dato es sobresaliente para entender el Cantar, según los estudios más serios,
esta obra se redactó en el momento en que la poligamia alcanzó la cima de su
institucionalización. En diversos puntos del Antiguo Testamento el amor humano,
especialmente el conyugal, sirven de referencia al Amor que hay entre Dios y su
pueblo.
El
pueblo está simbolizado por el rol femenino, y Dios está figurado por el
personaje del Novio. En la perícopa de hoy, el señor es figurado por el Gamo,
que obra como un cervatillo. Es el Bebé Jesús mismo, desde el Vientre de María
que nos mira, como desde atrás de la cerca, por la ventana, y también atisbando
por la persiana.
Hay
-en la perícopa- un mensaje de plazo vencido, ya ha terminado la edad invernal,
ahora, florece el campo, ya suena la señal de podar, las flores perfuman el
ambiente. Todas las pistas que nos da la naturaleza, auguran los presagios más
venturosos, porque la hora del Mesías es llegada.
Sal
33(32), 2-3. 11-12. 20-210
Este
Salmo es un himno. Este himno -lo que no es fortuito- nos define cómo es el
amor de Dios: es un amor pletórico de Misericordia, ya dijimos que va muchísimo
más allá del “lastimismo”; la Misericordia está escoltada por dos rasgos que la
dimensionan: la “Justicia” y la “Rectitud”. Las entrañas están conectadas con
el amor-maternal, la Misericordia es -ni más ni menos- que la emoción que deja
de ser causada por algo “externo”, sino que es algo que se experimenta desde
adentro, como la experiencia reflejada en la madre, de todo lo que afecta al
hijo.
Para
un amor de semejantes dimensiones, sólo se puede corresponder con aclamaciones;
descubrir que este Amor de Dios por sus criaturas es una realidad, nos conduce
a componer una Nueva clase de Música: la
música de la mayor calidad, la que se acompaña con el decacordio y la citara.
El
colmo del amor está retratado en el Salmo como analogía con el poder Creador.
Nada hay tan Enorme como el acto Creador -exclusivo de Dios- al que le basta
proferir la Palabra para generar la Existencia.
Cuando
nos asomamos al abismo de Su Amor, comprendemos le Excelencia de nuestro ser,
que dimana -para nada de nosotros- sino por el Bondadoso y Magnánimo Regalo del
Señor que nos miró con los Ojos de su Predilección.
El
verso responsorial nos llama a ser conscientes de que este Himno no es para que
una que otra boca lo proclame, en realidad de verdad convoca a “todos los
Justos” (tomemos en cuenta que “Justo” en el A.T. es sinónimo de קֹ֫דֶשׁ [kodesh] “Santo”).
Hay
un elemento de “fidelidad” en el Amor de Dios, que se contrapone a la
provisionalidad” del amor humano; nosotros amamos por breves temporadas; el
Amor de Dios es “Perenne”.
Las
dos características del “Amor Divino” resuenan en nuestro ser con dos ecos
correspondientes: שָׂמַח [samash] “Alegría” y בָּטַח [batash] “Confianza”. Estos dos generan
una solidez que es nuestra Herencia: “Auxilio” y “Escudo”.
Lc
1,39-45
Nos
encanta -quizás nos suena muy espiritual- reducir el amor a la más somera
“espiritualidad” desencarnada. Dios hace lo contrario.
Durante
mucho tiempo, especialmente las corrientes gnósticas que, previas a la era
cristiana, ya mostraron su existencia como derivados de ciertos cultos iranios.
Su caballito de batalla era la “maldad” que caracterizaba la materia, porque la
materia había sido creada -según ellos- por una deidad “malvada” y no por Dios.
Aquí
es clave recordar lo que dice nuestro Credo: “Creador de todo lo visible y lo
invisible”, es el predicado del Padre-Creador.
Aquellas
corrientes y cultos, medraron solapadamente y vinieron a encubarse en el seno
de nuestra fe, no sin dejar por ello de ser tendencias heréticas.
Decimos
que Dios hace lo contrario, porque Él, en vez de despreciarnos y abandonarnos,
nos sale al encuentro permanentemente, con su Piadosa-Magnanimidad.
También
en esta perícopa, en vez de ser Juan el Bautista el que viene, es Jesús el que
va: “Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve.” (Lc 22, 27). El verbo
servir es el que “encarna” el Amor. También la Virgen, un instante después de
la Encarnación, dice de Sí misma: “He aquí la esclava del Señor”, el esclavo,
es por excelencia el que sirve. El que es obligado a servir. Los pueblos
eslavos fueron sujetos a esclavitud por los germanos y vendidos para este
servicio -en la edad media- en Francia. De allí proviene la palabra “esclavo”.
María
no fue enviada, no fue llamada, es su “actitud”, su “iniciativa”, su
“consideración” para con la “prima”, entrada en edad, que se apresta a ser madre.
No hay nada que la obligue, pero ella, tan pronto el ángel le dice que su prima
está en cinta, es, lo primero que viene a su corazón: ir a colaborarle.
Aun
cuando lo que vemos en el primer plano son las dos mujeres, ambas en embarazo,
lo que pasa a ser protagónico en la escena, son los dos Niños y -en particular-
la reacción de Juan que da un “salto” en el vientre de Santa Isabel.
A
este salto sigue un efecto de la Presencia de Jesús en la perícopa: Elizabeth
“se llena del Espíritu Santo” que le inspira unas palabras de Bendición para
referirse a María -y específicamente- al Fruto de su Vientre. La Prima exclama:
-poniéndose humildemente en grado subalterno- el reconocimiento de Jesús y de
su Madre como Señor y Madre de su Señor. Designando a María como μακαρία [makaria]
«bienaventurada”, esta buenaventura no es cualquiera, es que Ella está -por
siempre- “Llena del Espíritu Santo” que, al posarse sobre Ella, la ha dejado
“permanentemente” llena de la Gracia de Dios. Portento de la Sombra refrescante
del Paráclito, que no es sombra que oscurece, sino Sombra de Claridad-a-Raudales.
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