Stg 1, 12-18
La bienaventuranza es una de las categorías centrales de
nuestra fe. No se espera que el católico sea un “tristón”, un “cara-lánguida”,
“un deprimido”; lo que se quiere es que nuestra fe nos guie por un camino de
alegría, de optimismo, de empoderamiento vital: no somos una caterva de
abatidos. La bienaventuranza está ligada a la dicha, a la felicidad: si andamos
en los caminos de la fe, podemos detentar una visión de vida optimista. La
perícopa de hoy empieza así, con la palabra Μακάριος [Makarios] “bienaventurado”, “dichoso”, “venturoso”, “el que puede
disfrutar de los beneficios divinos” , y nos indica cómo se alcanza esta
buenaventura: resistiendo la prueba.
La Carta de Santiago nos trae una conceptualización de la
bienaventuranza: es “corona de la vida”. No es un paroxismo, con gritería y
carcajadas desternilladas. Es Paz, es bienestar, es serenidad feliz.
Nos trae, también, una aclaración muy oportuna. Hay muchas
personas que creen que Dios experimenta con nosotros, y nos atraviesa en la
ruta de la existencia las “tentaciones”. La carta nos aclara que esto no es
así. Dice: “Él no tienta a nadie”. A veces tratamos de echarle la culpa a Dios,
pero disimuladamente”, entonces decimos que “no tienta pero que permite la
tentación”. Nosotros queremos decir que no la permite tampoco, ¡somos nosotros
los que la permitimos, porque la tentación nace del “deseo”, y el deseo no lo
pone Dios, el “deseo”, -cuando mucho- es la porción de “levadura inadecuada”
con la que nosotros mismos, -que nos creemos muy hábiles cocineros-
condimentamos la vida. ¿Cómo hacemos para meter contra Voluntad Divina ese
fatal aliño? Lo hacemos a espaldas de Dios, aprovechamos la libertad con la que
Él nos hizo, porque Él no quiere tener “hijos esclavos”. El “deseo”, se nos
dice en la Carta, al madurar, genera muerte: Se trata de la levadura que aporta
un fermento de putrefacción
Encontramos en el verso 18 la palabra λόγῳ [logo]; y debemos recordar que esta palabra -al
traducirla- es de muy generosa y abundante polisemia. Una traducción
posible es “palabra”, pero también puede ser, “tratado”, “discurso”, mensaje, “materialización,
encarnación, concreción de una idea”, “declaración”, “razón”, “inteligencia”, “habla”,
reflexión”, “raciocinio”, “principio universal”, “fundamento”, inclusive “cálculo”.
Viene la palabra logos
-co-textualizada- dice que es “λόγῳ ἀληθείας” “un
logos portador de “verdad”, pero el asunto y la cuestión es que esta verdad no
es la “adecuación del ser al intelecto”, que nos lleva a poder mostrar “el
título de propiedad” y presumir de ser sus dueños, aún más, de abollarle las
entendederas a cualquiera que se niegue a contradecirnos. Aquí se trata de una
idea “ontológica”, todo lo que es, es -antes que todo- porque “es pensado por
Dios”. Pensamos que quizás nos ayuda mejor si traducimos por “realidad”. Las raíces
de ἀληθεία son: a- (sin) y lethe (ocultamiento), significando aquello que no está
oculto, “evidente”, “revelado”.Esta
realidad está “desvelada”. Al traducirla por “verdad”, nos
alejamos del significado de ἀληθεία
Nada negativo nos viene de
Dios, del Cielo sólo recibimos regalos. Lo que de allá nos llega son δώρημα τέλειον [dorema teleión] “dones perfectos”. Porque Él no nos
engendró con Voluntad de corruptibilidad, sino con λόγῳ ἀληθείας [logo aletheias] “Palabra de Verdad”, con el propósito de que existiéramos,
no de llevarnos al fin, no con el objetivo de destruirnos, sino “con perfume de
eternidad”, para que fuéramos privilegiados con la donación que hace el Sacrificado
a favor nuestro (recordemos que las primicias estaban previstas y consagradas
para el Altar del Señor).
Si, por el contrario, optamos por caminar alejándonos de Dios, pues cometemos el abuso de nuestra libertad. Dios no nos condena a su amistad: Nos invita a ella. Nosotros hacemos la opción. Hay quienes cometen la locura de optar por la muerte. ¡Atención a lo que deseemos!
Sal 94(93), 12-13a. 14-15. 18-19
Este Salmo es un Salmo de exhortación profética contra la
impiedad. Los portadores de la impiedad pueden ser múltiples, hemos visto en
nuestro andar con las Escrituras que pueden estar aquí mismo, que pueden ser
nuestro más próximos, nuestros “compañeros de fe”, nuestros amigos cercanos, o,
incluso nuestros parientes.
El Salmo nos va señalando la asistencia y cuidado de Dios que vela Misericordioso sobre nosotros, sonando una alarma cada vez que parecemos estar a punto de desbarrancarnos. Es un Dios que tutela, es un Buen Pastor.
El salmo pone un toque de realismo señalando que más tarde
o más temprano habrá mortificación o zozobra.
Nadie atraviesa un desierto siendo llevado entre palmas. Siempre habrá
que sudar alguna gota gorda.
Pero -así sea ruda la travesía- nuestra actitud ante el
Señor debe ser la del alumno bien dispuesto, con sed de saber y con
comportamiento proclive al aprendizaje. Cuanto mejor sea nuestra actitud, más
pronto y mejor aprenderemos.
Aprendamos ordenadamente todas las lecciones. Juntemos cada enseñanza con el todo, buscando cuál es su lugar. Dónde debe ir cada retazo de tanta “Sabiduría”, teniendo eso sí, cada sabiduría organizada con el conjunto, y debidamente conectada al Maestro. ¡Qué alto honor que nuestro Maestro sea el Señor! Que sea Dios mismo quien nos instruye. Después del tiempo del rigor, más pronto llegaran las horas de la dulzura. El Señor no nos abandonará. Está escrito: Su fidelidad dura por siempre. Sus herederos no probaran los sabores de la orfandad. Seguiremos siendo sus aprendices si aceptamos con sed sincera cuánto y cómo lo necesitamos y nos urge.
La justicia se aplicará a nuestro juicio en su Tribunal y,
el fallo será a nuestro favor. Cuando uno ve que se va a caer, entonces se
sorprende al descubrir que la Mano Misericordia está allí, pronta y cercana.
Cuanto más parecen abrumarnos los desasosiegos, más pronto encontramos que de
Él viene la Redención copiosa.
Mc 8, 14-21
En esta perícopa hay una pregunta esencial que nos hace
Jesús, esa pregunta nos lleva a la clave de la comprensión; únicamente cuando
los episodios de nuestra experiencia de Jesús se hilvanan en una “recordación
sistemática” es cuando logramos “entender”. Lo que Jesús nos pregunta es μνημονεύετε [mnēmoneuete] “se acuerdan”. Si no nos acordamos no acabaremos de
comprender nunca.
Sí la nuestra es una religión “histórica” y no cosmológica, eso significa que nuestra fe tiene un cimiento en la זִכְרוֹן [zikaroun] “recordación”, “memorial”, “recordatorio”, “recuerdo”, “algo memorable”. Pero no se trata simplemente de saber “datos históricos”, fechas, nombres de personajes, citas bíblicas. Se trata más bien de recomponer los hechos y colocarlos en una perspectiva que permita que cobren sentido, en una proporcionalidad que las llene de significado. Fundirla en un “horizonte”.
No se trata de saberse las
parábolas, las profecías, los milagros, y de poder identificar los personajes,
sino de saber articularlo todo, para reconocer que ese todo es el mensaje del
cristianismo. El todo es mucho más que la adición de las partes, es poder
distinguir lo que es fundamental, de lo que es secundario, cómo los valores
cristianos entran en porcentajes diferentes y cuál es su jerarquía. ¿Qué es lo
más importante de todo para Jesús? y luego, ¿qué va después? Teniendo muy
presente que todos estos “recuerdos” conforman un organismo y no son una simple
miscelánea. Es como tener una serie de fotografías que sí sabemos
sistematizarlas, entonces -y sólo entonces- podremos contar la historia que
está allí, contenida.
Tomemos por caso la perícopa de hoy: Nos pide una cierta
disponibilidad para ver y también para entender; pero a la vez nos exige estar
alertas contra “la levadura de los fariseos”. En este co-texto, fariseos debe
entenderse como “leguleyo recalcitrante”. Porque la levadura de los fariseos es
lo que da el toque de perversidad: “la levadura que aporta un fermento de
putrefacción”. Algo, totalmente santo, puede caer directo en el territorio del
“pecado” con sólo añadirle la impertinente dosis de esa levadura.
La levadura, -como lo sabe cualquier persona que haya
horneado pan-, es un componente esencial. Basta que se nos vaya un poco la mano
en su cantidad, para que el pan sea un fracaso. La levadura de los fariseos es
su “doctrina de intolerancia”.
No podemos abstenernos del apunte sobre “la levadura de
Herodes”: la “levadura herodiana” es una ¡levadura asesina! Herodes es un
infanticida, pero también es el asesino de Juan el Bautista y en ese sentido es
también un profeticida. La levadura herodiana nos pondrá las manos tintas en
sangre.
A la levadura, relacionada con el pan, y estamos en la
sección de los panes, se conecta la experiencia de este “milagro”, con la
experiencia de la enorme cantidad de “sobras” que quedaron en cada
“multiplicación”. Esas sobras aluden a los que todavía llegarán, porque seremos
más numerosos que las arenas de las playas y que las estrellas del mar. Si uno
no relaciona que todavía hay un gigantesco remanente, la primera vez, para los
paganos que llegarían, y la segunda vez, para los que seguiremos llegando, uno
se quedará acorralado, pensando en el enorme problema de no haber traído más
que una hogaza de pan, y tener escasamente uno, ignorando que ese “Uno”
es el que está en el génesis de todo Pan y que Él podrá multiplicar ese único
en el múltiple, porque es el nacido en Belén la “casa del pan”.
¿Cuál es el “condimento” o la “levadura” correcta que hay que meter al amasar la inteligencia para potenciar su comprensión? El Amor. Amor en todo y en cada una de nuestras acciones. Cuando se le da este toque al amasijo, uno se hace capaz de discernir que Dios está presente en todo y se penetra el valor sacramental de la realidad: λόγῳ ἀληθείας. Dios se puede hacer Presente en toda realidad. Siempre va con nosotros cruzando el éxodo que significa atravesar el desierto (la vida resumida con la metáfora del desierto). Y esa prueba no nos la impuso ni la “permitió” Él; nosotros, que estábamos en el Paraíso, nos hicimos expulsar de él. Los sinsabores los hemos adquirido engañados por el Malo que truqueó nuestros deseos. ¡Que es un mentiroso profesional y contumaz!























