Hch
6,1-7
… (la “sopa”) para los
pobres. Aquí era donde el asunto se complicaba. Las viudas de los helenistas no
eran admitidas en tales comidas, en razón de las reglas que existían sobre la separación
de mesa entre los judíos y los demás. ¿Qué hacer entonces?
Ivo Storniolo
Hasta
ahora, todo en la Comunidad de los creyentes era armonía y rápido crecimiento
numérico. En el capítulo 5, en los versos 1-11 tenemos un primer “lunar”:
Safira y Ananías venden un lote, y en vez de ingresar el dinero en la caja
comunitaria, lo esconden, para sí. De aquí en adelante, veremos tenciones,
dificultades, conflictos, «Los primeros cristianos tuvieron muchos conflictos.
Sólo el Libro de los Hechos habla de ellos más de cien veces. Se trata de
conflictos de todos los tipos…» (Carlos Mesters). Hay quienes piensan que entre
lo anterior y lo que viene ahora, debió trascurrir cierto tiempo.
Vamos
a intentar un “plano” de la perícopa que hoy nos ocupa
6,1 Se plantea un conflicto comunitario
hebreo-cristiano (detonado por el crecimiento numérico de la comunidad)
6,
2-4 “Los doce” proponen una solución.
6, 5 La comunidad acoge la propuesta y designan
a Esteban junto con otros 6 “ayudantes”.
6,6 “Los Doce” acogen esta elección con
oración e imposición de manos
6,7 esta alternativa puesta en marcha parece
inyectar un nuevo dinamismo de crecimiento -una nueva oleada de extensión en el
número de los que se adherían a los cristianos- a los creyentes de Jerusalén.
El
conflicto se dio por el crecimiento cuantitativo de la Comunidad, y su estilo
de solución destrabó la puerta para que más cristianos llegaran y el
crecimiento prosiguiera.
Pongámonos
a pensar en esta Iglesia naciente que, venía de la actitud de no aceptar más
que a sus connacionales, limitando el privilegio de Dios a los de su propia
raza y pueblo. Y llegan a entremezclarse los otrora paganos, que a través de la
lengua griega y de la traducción de la Septuaginta se acercaron y vienen a
compartir sus Banquetes Eucarísticos, y se sentaban a comer de la misma “sopa”,
y fuera de eso, traían a sus viudas y se las “amoldaban” allí, como
responsabilidad adicional. Parece fluir, en el subsuelo, un conflicto entre
hebreo-parlantes y greco-parlantes.
Pero
el Espíritu de la Iglesia no fue de rechazo, sino de acogida, era una situación
novísima, para ellos muy “extraña”, pero su apertura y lo que Jesús les había
enseñado, por ejemplo, con su trato amable y cordial con los samaritanos -a
quienes muchas veces propuso como modelo- permitió que el Soplo del Espíritu
Santo no quedara fútil. Como era una situación tan especial, requería medidas
especiales: ¡fue una trasformación rotunda!
Había
que ser coherentes con lo que el Espíritu les había mandado: mantenerse en
continua oración, madrugar al Templo, predicar con constancia, “a tiempo y a
destiempo”, y no limitarse al Templo, sino, también, llegar a las casas y
llevar el anuncio, también allá. Pero, ahora salía al paso esta nueva tarea, un
servicio fraternal para quienes mucho lo necesitaban.
Se
genera un “ministerio” especializado, y -seguramente proporcional al requerimiento-
se nombraron 7 diáconos, o sea 7 servidores, destinados a esta “pastoral” (el
siete también se puede traducir como “todos los que eran necesarios”). Todos
los delegados eran “helenistas”, sólo Nicolás era un προσήλυτον
[proseluton], “prosélito”, valga explicarlo, -un pagano convertido al judaísmo-,
que se había circuncidado y asumía con todas las de la Ley el judaísmo, pero
que, por su proveniencia de la gentilidad carecía de derechos civiles.
Ya
al hacer la elección se plantearon los requisitos para esta diaconía, a saber:
a) Hombres de buena
fama,
b) Llenos de Espíritu
y de sabiduría.
Vale
la pena observar cómo se trasmitía la autoridad del “encargo”, por medio de la
imposición de manos, gesto con el cuál Jesús comunica su Amor de Predilección y
entrega determinado poder y servicio, que brota de Él y sólo a Él pertenece.
A
renglón seguido encontramos un “comentario” que bien podría traducirse como la
consecuencia, la aprobación que la comunidad dio a esta decisión y que hacía
manifiesta la complacencia que el Espíritu Santo daba al acatamiento de su
Soplo. “La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el
número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe”.
Aquí, por la primera vez, se designan como discípulos a los seguidores de esta fe.
Sal
33(32), 1-2. 4-5. 18-19
El
martes antepasado, 11 de abril, entonábamos el mismo Salmo. En aquella
oportunidad fuimos a los versos 4-5. 18-19. 20 y 22;
o sea que lo que se cambio fue solamente un dístico, la vez pasada entonamos el
20 y 22, en esta oportunidad los versos1-2.
Podemos
repetir algunos detalles que dijimos en aquella ocasión: es un himno, ensalza
las acciones históricas de Dios, en las que se testimonia su Grandeza y su
Misericordia; no se Le alaba por aspectos “teóricos”, sino por la intervención
de su Mano a favor de su pueblo; a veces representado por una “alguien” que
aparece como el “amenazado y necesitado de socorro”.
También dijimos que la cadencia es “andante”, como el ritmo al caminar en una procesión, y que, afianzados en esa cadencia, se daba un “dato” y en el siguiente verso, un eco que hacía las veces de caja de resonancia para intensificar su significación.
Por
ejemplo, en el verso 1, se habla de צַ֭דִּיקִים [saddiqui] “justos” y
la imagen que se le contrasta es la de los לַ֝יְשָׁרִ֗ים [leysarim] “rectos”; en
el verso 2 se propone acompañar la alabanza con cierto instrumento musical בְּכִנּ֑וֹר [bekinnour] “la lira” y
su resonancia está en el paralelo que se hace con el עָ֝שׂ֗וֹר [asour] “el decacordio”, (como
se ha venido traduciendo desde 1554), que es un instrumento de la familia del
arpa.
En aquella vez, el responsorio era: “La Misericordia del
Señor llena la tierra”; esta vez, a manera de responsorios decimos: “Que tu
Misericordia Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti”.
Jn
6, 16-21
La comunidad sumida en la tormenta
Los
discípulos acaban de presenciar este signo incomparable: alimentó a 5000 con
cinco panecillos de cebada y dos pescaditos, que eran las medias-nueves de un
“muchacho”. Probablemente en sus corazones retumbaba, ¡Por fin, llegó el
momento, ahora si será coronado Mesías! Aquello que ellos tanto habían
aguardado, se va a dar, ¡ya era hora!
Se quedan ahí, esperando, atentos, alertas, a que Jesús haga la gran jugada, el “lanzamiento espectacular”. No puede desaprovechar la ocasión, ¡la ocasión la pintan calva!
¡Pero
no, nada! Jesús se retira a la montaña, y se va en soledad. ¿Qué ha pasado?
Con
esta conducta de Jesús lo que pasa es que “ha oscurecido”, para ellos, que no
entienden nada y no ven nada claro, ¡Sí! ¡ha oscurecido! Los discípulos de
Jesús bajaron al mar, como muchas veces vemos en la cinematografía, acompañando
una gran depresión, el personaje se va al mar, con un paisaje de grises
pesados, casi negros.
Continuando
con la parte expositiva, pasamos a la “noche cerrada”, para reforzar el clima
dramático: soplaba un viento fuerte y el lago se había encrespado. Francamente,
en el ánimo de los discípulos se va a desatar una tormenta.
Pasamos
al desarrollo: “habían remado unos veinticinco o treinta estadios”
-aproximadamente como seis kilómetros-, han entrado en la peor zona de peligro,
están definitivamente expuestos al naufragio; la hermosa y acariciada
oportunidad ha quedado definitivamente atrás; y, ahora lo que resta es la
fatalidad. Pero, en el vórtice del albur aparece Jesús, ¡caminando sobre el
mar! Pero ¿qué es esto? ¡esto es totalmente inexplicable! La reacción es de
“miedo”.
Viene
lo que se llama una “re-exposición”. Su “miedo” es casi lógico. Jesús se
identifica, con frecuencia usa el mismo “santo y seña” les dice Ἐγώ εἰμι, μὴ φοβεῖσθε [ego eimi, me fobeisze] “Soy-Yo” ¡No teman!
Ellos
pretendían λαβεῖν [labein] “subirlo”, “prenderlo”,
“tomarlo” en la barca; muy parecido a María Magdalena que, en el Huerto, quiere
sujetar a Jesús y “retenerlo”. ¿Se imaginan?
Pero,
Maestro, ¿por qué has obrado así? ¡has perdido uno de esos momentos de oro!
¡No, eso sí ha sido una verdadera bobada! Y seguramente todos lo habrían
recriminado y ametrallado de reclamos y reproches; le habrían dado “cartilla”,
porque ¡este Jesús si está muy despistado! ¡A este Dios hay que darle un
entrenamiento adicional y aclararle tantas cosas! Y seguramente el resto de la
travesía le estarían haciendo mala cara, refunfuñándole, y dándole cantaleta.
Este
pasaje guarda cierta similitud con “los dos en el camino de Emaús”. El
desaliento que les ha sobrevenido es el punto de semejanza. Están completamente
abatidos. Para el pueblo judío Mesías significaba Rey a la manera de David, del
linaje davídico. Y ellos, lo único que llevaban en su barca con ellos, eran
doce canastos de “sobras”. Y en vez de honores y hosannas, solo ven un mar
picado que amenaza naufragio.
El
los sacó de Jerusalén-Egipto -a pie enjuto-; ellos -en vistas de la situación-
prefieren devolverse al pescado, a los pepinos, a las cebollas que comían allá
en Egipto. Es lo que algunos han llamado un retro-Éxodo. Debemos apoyarnos en
el mapa, y remitirnos a él toda vez que sea preciso, ellos estaban del lado de
Betsaida -en el episodio de la multiplicación de los panes- no es que los
“discípulos se le hayan adelantado” a Cafarnaúm -al otro lado del mar de
Tiberiades-, en realidad es una ola de deserción. ¡No van por delante, van en
franca dispersión! ¡Desertan! La típica pataleta infantil: No hiciste lo que
queríamos, ahora nos tiramos al piso, nos revolcamos y gritamos. Esta bravata
les costó el riesgo de sucumbir en una tormenta; pero Jesús no los abandonó.
Para no dar pie a nada de esto, ¡Llegaron! ¡La barca tocó tierra enseguida!
























