martes, 5 de mayo de 2026

Miércoles de la Quinta Semana de Pascua


Hch 15, 1-6

Presionando para que haya “cristianos de segunda clase”

Según manifiesta Lucas, estamos en un momento central del libro de los Hechos y la historia de la Iglesia: la primera reunión deliberante que tiene la mira en aclarar y decidir la teoría y la práctica del cristianismo. Producto de esta primera gran reunión es la claridad de que la Salvación cristiana depende exclusivamente de la fe en Jesús, y que no es de ninguna manera necesario pasar por el judaísmo para hacerse luego cristiano.

Ivo Storniolo

El primer viaje misionero de San Pablo se calcula que tuvo lugar aproximadamente entre los años 46 y 48 de nuestra era.

 

Llegan unos cristianos judaizantes de Judea a Antioquía y llegan exigiendo que los cristianos deben cumplir con la ley mosaica, en particular con la circuncisión, es decir, que deben hacerse por entero judíos. Que se hubiera decidido predicarle -también- a los paganos, no encerraba un gran problema, era similar a lo que sucedía con los “temerosos de Dios”, los “prosélitos”, que se acercaban al judaísmo; un prosélito es un guer (extranjero que se adhiere) y debían someterse a la circuncisión y al bautismo ritual (mikve); es un gentil -no judío- que se convierte a la religión judía, adoptando sus leyes, creencias y prácticas, y es aceptado como miembro pleno del pueblo judío. A lo largo de la historia de Israel y la Diáspora, personas de diversas naciones se unieron al judaísmo.

 

Algo análogo encerraba su propuesta con los cristianos venidos del paganismo, a menos que se plegaran a la práctica estricta del judaísmo. Se puede diagnosticar como un retroceso: se hacer dar paso atrás, -volver a los mismo con las mismas- se está revisando para imponer lo que hasta aquel momento no se había exigido. Y debían guardar todas las demás leyes del mosaísmo. Claro, no se tomó esta propuesta sosegadamente, sino que, como lo dice el texto, “Esto provocó un gran altercado”. Lo que se estaba proponiendo significaba llegar a tener cristianos de segunda clase.

 

Si esto se aceptaba significaba que la fe en Jesús no bastaba para alcanzar la Salvación, sería la circuncisión lo que justificaría al hombre frente a Dios. No era una conversión a Jesús, sino al judaísmo.

 

Un primer conflicto se cernía entre Antioquía y Judea, a causa de la conversión de los paganos y su ingreso a las comunidades cristianas. Comisionaron a Pablo y Bernabé para subir a Jerusalén a consultar a los apóstoles este asunto. Esta manera de proceder tiene una profundidad de significación que a veces no dimensionamos: Significa que ellos no se consideraban “independientes”, sino que tenían una intensa consciencia de pertenecer a una totalidad y que la correa de trasmisión, estaba precisamente ligada a la “comunidad madre”, la Iglesia de Jerusalén. Que poderoso modelo para nosotros, se nos muestra que el sentido de pertenencia no nace de una autonomía autárquica, sino en el enlace con los directos constructores y continuadores del proyecto de Jesucristo.

 

En Jerusalén fueron recibidos con alborozo tanto por parte de los Apóstoles, como por los Presbíteros y por la Iglesia entera. Pero, aquí se gatilla un segundo conflicto: la exigencia de los fariseos conversos al cristianismo de la estricta observancia del mosaísmo: encontraron también allí, un frente de oposición, constituido por los fariseos-cristianizados.


La perícopa nos deja -por hoy- en la asamblea de Apóstoles y Presbíteros – se considera acaeció en el año 49 o 50 d.C.- que se reunieron a estudiar el asunto. Nos sentimos obligados a subrayar la honestidad del relato que no escamotea las dificultades que se presentaron, por el contrario, nos va presentando las alternativas propuestas en cada situación, indudablemente iluminadas por el Espíritu Santo que los iba movilizando para que no cayeran en el estancamiento, sino que floreciera en ellos el entusiasmo. El motor que dinamizaba la barca de la Iglesia era -y debe seguir siendo- el Espíritu Santo.        

 

Sal 122(121), 1bc-2. 3-4b. 4c-5.

Un salmo gradual (הַֽמַּעֲל֗וֹת [ma'alah] “subiendo las gradas”, “procesionar por los peldaños”), es un salmo sobre la peregrinación a Jerusalén, a visitar el Templo. Todas las peregrinaciones tienen su antecedente en esta marcha ritual hasta el Templo. En verdad se está hablando de otras “subidas”, son subidas que aluden a una “liberación alcanzada”: se sube de Egipto, se sube de la deportación de Babilonia, se sube como cada mortal asciende al Señor “marchando en peregrinación”, a lo largo de toda la vida, y, se subirá al final de los tiempos.

 

Este poema en particular maneja un contrapunto en cada dístico: primero un verso con tres acentos y luego el siguiente, con sólo dos acentos. Es como una emoción contenida, casi inmanejable, declamada al compás de la alegría. Hay una dicha incontenible que pisan ya casi los umbrales de la Ciudad Santa, בֵּ֖ית יְהוָ֣ה.[bet Yahwe] “la “Casa del Señor”. ¡Estamos ingresando en la Ciudad que Dios se escogió como Morada!


La primera estrofa nos habla de esta toma de consciencia, ¿qué estamos haciendo en esta sinodalidad? ¿Por qué marchamos juntos en ascenso? ¡Y, al darnos cuenta, שָׂ֭מַחְתִּי [maḥ-tî] “qué alegría!”

 

La segunda estrofa evoca una idea de חָבַר [chabar] “hechizo”, hay algo mágico que la defiende, que la sustenta, que le sirve de basamento.

 

Recordemos que en sus puertas se ubicaban los jueces a impartir Justicia. Siguiendo la “tradición” judaica, se sube para loar y adorar el Santo Nombre. Allí se proclaman los testimonios de su Grandeza Misericordiosa.

 

Jn 15, 1-8

El “carácter” va impreso en el corazón

Cristo es la verdadera vid. Él es esa sabiduría encarnada que produce frutos sabrosos de los cuales nos habló. Así Cristo sustituye a Israel. Él y las ramas que permanecen unidas a Él, son como un nuevo Israel. Las ramas somos nosotros, sus discípulos. Debemos dar frutos de amor y obediencia a su Palabra.

Augusto Seubert

Nos parece prudente iniciar con la definición del carácter que imprime el Sacramento del bautismo: El carácter bautismal es una marca espiritual indeleble e imborrable impresa en el alma por el bautismo, que configura a la persona con Cristo, la incorpora a la Iglesia y la consagra al culto divino. Hablamos de carácter como de un sello indeleble estampado en el alma, en griego ἐσφραγισμένος. [esfragismenos] del verbo σφραγίζω [sfragizo] sellar: "Gracias a Cristo, también ustedes que oyeron el mensaje de la Verdad, la Buena Noticia de su Salvación, y abrazaron la fe, fueron sellados como propiedad de Dios que Él había prometido" (Ef 1, 13)


En el capítulo 15 de San Juan, encontramos 15 veces la palabra “permanecer”. Y, se nos plantea a modo de “Mandamiento”: Permanezcan en Mí y Yo en ustedes”. No es un mandamiento caprichoso, nos explica el por qué. Sólo injertados en Él seremos fructíferos. Y, nos da una analogía: si Jesús es la Vid, solamente unidos a la Vid, el κλῆμα [klema] sarmiento” carga. Y, pegados a la Vid, que es Jesús, la cosecha será prolífica. Y ¿cómo llegamos a ser “sarmientos”? sólo si logramos entender nuestra fraternal “igualdad”, que consiste en no buscar escalar posiciones en Su Amor, y entender que sólo Él tiene derecho a entregar las “preferencias” de Su Amor, y que no hay “ascensos” por “adulación”. La escala de “promoción” del Señor, no es una escalera “meritocrática”. ¡El amor verdadero, ni se compra ni se vende!

 

Al contextualizar este capítulo, insistimos -una vez más- que se trata de un discurso de despedida que tiene por sentido animarnos, dejarnos cimentados en fortaleza, convencidos que aquello que se suele llamar derrota, es sólo un proceso de depuración, una “poda” para evitar que seamos como la higuera estéril. La higuera estéril estaba condenada a ser arrojada al fuego; y, así todo el que no da fruto, será cortado para despejar el terreno y dar cabida a otros que -a su vez- serán también podados. ¡Nuestra firmeza consiste en dejar de temer la persecución, la exclusión, la tortura, y la muerte; todo aquello que nos condena a permanecer encerrados en “el aposento alto”!

 

Hay una joya verdadera, una Joya Celestial que Jesús nos entrega, y que podemos pasar sin darnos cuenta: “Ustedes ya están καθαρός [kataros] “limpios” por la Palabra que les he hablado” ¿Por qué resulta aquí hablando de pureza”? Es que podar está expresado con la palabra καθαίρει [kathairei] “podar”, “purgar”, “eliminarle los elementos indeseables”, “extirpar”, nos hallamos ante una verdadera cirugía. «Nosotros acostumbramos podar los palos de aguacate, mango, el café y otros árboles frutales. Cortamos la madera seca y podamos el copete para que crezca más ancho. Quitamos los hongos dañinos y los bejucos parásitos que enredan el palo, absorben su fuerza y lo secan. Así también Dios Padre corta las ramas secas y limpia las demás para que produzcan más frutos». (Augusto Seubert)


(Hay que recordar que la Viña que plantó el Señor es Israel, que no dio uvas dulces, sino “agrazones”, puro amargor y sinsabores). Pero a nosotros, Jesús nos ha “podado”, con las Palabras que han salido de su Corazón, a través de sus Labios. Esta perícopa de Juan se enlaza directamente con la apertura a los “paganos” de la que nos habla hoy en la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles: Hemos sido constituidos un Nuevo Israel. Esta parte del discurso de Despedida es una llamada clamorosa a “permanecer auténticos discípulos”. Enfaticemos: Nuestra circuncisión no es de prepucio, ¡es de corazón!

lunes, 4 de mayo de 2026

Martes de la Quinta Semana de Pascua


Hch 14, 19-28

Efectivamente, el reino significa la Presencia de la Justicia y el Amor, que desea compartir la libertad y la vida entre todos.

Ivo Storniolo

Muchas cosas empezaron en Antioquía: como -por ejemplo- el Primer viaje misionero de Pablo: como lo hemos visto, fueron luego a Chipre, Pisidia, Licaonia, Panfilia, Iconio, Listra; hoy se narra que después de ser apedreado “a muerte” en Listra, fueron a Derbe, luego -como recogiendo sus pasos, fueron a Listra, Iconio y de vuelta a Antioquía. A nadie le ocultaban que hacerse cristiano era decorado con “muchas tribulaciones”, que era la antesala a la entrada en el Reino de Dios. Los animaban, y los exhortaban para que perseveraran en la fe, a pesar de todo, e inclusive, gracias a ello.

 

Valga destacar que siempre ha existido la tendencia deformante a equiparar el Reino a los reinados político-militares de los distintos lugares y países, y a imaginarse que su pertenencia generaba una acumulación de “poder” y de “riqueza”, y generó toda una cultura del acaparamiento en detrimento del carácter fraternal de este Reino, Reino que no es del otro mundo, pero sí de naturaleza espiritual, en el sentido de exigir una metanoia que cambia de óptica, pasando de la acumulación de poder, a la acumulación de autoridad, que es un liderazgo de servicio. Para entender el cristianismo es definitivo discernir entre “poder” y “autoridad”, entre “enriquecimiento personal”, y “servicio fraternal”.

 

Podemos poner un subtítulo explicativo a la perícopa: “En Listra, los judíos-venidos de Antioquía e Iconio- persiguen a Pablo”. Bueno, y ¿dónde está Listra? Listra ya no está, era una antigua ciudad de Asia Menor, ubicada en la región de Licaonia, en la actual Turquía. Sus ruinas se encuentran cerca de la moderna ciudad de Konya (o Konia), aproximadamente a unos 30 kilómetros al suroeste de Iconio. Fue una colonia romana importante en la provincia de Galacia. Aquí, al hablar de Galacia, todo parece indicar que se refiere a la “Galacia Administrativa”, lo que se refuerza en el hecho que Pablo suele remitirse a la geopolítica del imperio romano, para describir la actividad misionera.

 

Hay un dato organizativo de suma importancia: dado que la misión que cumplieron en este Primer Viaje corrió a cargo de Pablo y Bernabé, y era una misión con carácter itinerante, era preciso dejar constituidos unos “liderazgos” capaces de generar continuidad. Entonces, antes de partir de cada lugar, instituían πρεσβυτέρους [presbyterous] “ancianos”, “personas mayores”, “personas de buen juicio”, “personas con la experiencia necesaria”, (también se daba este título a los “magistrados”). Esta fue una estrategia con un propósito “consolidante”, y dio origen al sacerdocio, que con su necesaria evolución llegó a ser, el que hoy conocemos. «Pablo y Bernabé se empeñan en consolidar las comunidades dotándolas de dirigentes. No sabemos cómo fueron escogidos». (Ivo Storniolo)


La perícopa concluye mostrando una rendición de cuentas ante la Iglesia congregada, planteándoles cómo se había dado la dinámica de apertura de la puerta de la fe a los “gentiles”. Poco a poco, la Iglesia descubrió que el cristianismo no era excluyente -cosa que aun a muchos nos cuesta- todo esto entrañaba que la Iglesia se abriera a una tolerancia a la “diferencia”, pero que -de ninguna manera- podía leerse como una invitación a “cada loco con su tema”; es decir, la unidad de la fe, no podía desintegrarse en aras a la superación del sectarismo. Fue así como germino la “catolicidad”. Aun hoy, seguimos aprendiendo el significado de la sinodalidad inherente.

 

Sal 145(144), 10-11. 12-13ab. 21

Otro Salmo de Alianza. La tradición del “género” alianza hunde raíces en la cultura hitita, que nos ha legado documentos de este género que, al estudiar su estructura en paralelo con esta clase de salmos, nos llega a revelar la estructura del salmo tanto como su significado de compromiso y los augurios de Bendición o Maldición que siempre venían de la divinidad o divinidades (porque aquellos eran politeístas), porque eran estos los que actuaban como garantes de la alianza, y vigilaban su cumplimiento o incumplimiento.

 

Este salmo nos propone el tema de la gratitud y de la alabanza constante y profundamente mística del Nombre-Tres-Veces-Santo. Y, si leyéramos el salmo entero, encontraríamos presente el tema de la continuidad de esta adoración a través de los tiempos, generación tras generación, que se extiende al reconocimiento de su Reinado. La divinidad es Rey, pero un Rey del Servicio, -como lo dijimos en otro lugar- un Rey-Pastor. Este rey se desvive por sus ovejas y las envuelve con su Amor.


Jesús se hace Sacramento del Padre para transparentarnos Su Ternura y nos envía el Espíritu, para no cesar en sus cuidados para nosotros.

 

En la primera estrofa pide que no solo los seres humanos, sino que las criaturas, todas, canten loas al Señor, con gratitud y descubran que Él ejerce un Reinado Glorioso. La estrofa segunda Nos revela que el Reinado de Dios es un Reinado Perpetuo, de edad en edad (es la manera hebrea de pensar la eternidad). La tercera estrofa llama, de nuevo, a que toda criatura gloríe al Señor, y, el propio salmista se exhorta a sí mismo, para que también su boca, se una en alabanzas.

 

¿Quiénes acataran el llamado de este salmo? Los que sean capaces de identificarse como לְכָל־קֹרְאָ֑יו “amigos del Señor”, “todos los que claman con sinceridad a Él”.

 

Jn 14, 27-31a.

Juan no va en círculos para dar la vuelta y regresar al mismo tema, como piensan muchos; Juan va en espiral, regresa al mismo asunto, pero a un nivel superior.


Algunas personas tienen la sensación de estar ante una divagación con reiteraciones innecesarias, que no aportan y no avanzan. Algunas personas, se sienten fatigadas ante el estilo joánico, del que debemos anotar que no regresa sobre las categorías en el mismo punto, sino que -al enlazar esta categoría reiterada con otra- pasa a un nivel más alto, definitivamente superior, y nos hace caer en la cuenta de connotaciones que anteriormente no se descubrían. Parece un truco cinematográfico, donde una toma parece repetirse, pero -bien observado- se nota que se trata de un nuevo ángulo o, a veces, de un close up.

 

Por ejemplo, hoy nos hace notar que toda esta información, (que algunos llaman repetitiva), se ha entregado a los apóstoles con anterioridad a su acaecimiento, de tal manera que,

a)      Puedan mostrarles a otros que eso estaba anunciado, previsto, vaticinado, como elementos del Plan Divino; son notas calculadas desde el Principio, y no pulsadas por accidente, y

b)      Ellos, pudiéndolas comprender -porque al habérselas dado desde antes- han tenido tiempo de digerirlas para no desanimarse, ni desmotivarse y no entregarse a la decepción y el desaliento.

 

Les da, también, algunos elementos paradojales como este de “Me voy y vuelvo al lado de ustedes”. En este caso nos prepara a captar que, al volver, no volverá a lo mismo y de la misma manera, sino, que vendrá de una forma nueva: con La Presencia de Su Santo Espíritu. (En esto se descubre que la lógica Divina excede en muchísimo a la lógica humana, lo que no impide que con su Tierna e Infinita Paciencia nos desvele las pautas indispensables para nuestra vida de Fe en el Espíritu).

 

El Príncipe de este mundo se acerca, sabemos -hoy por hoy- que lo que se acercaba era la muerte. O sea que el malo es el Príncipe de este mundo y es el portador del “virus mortal”. Les está anunciando que va a morir; pero a la vez, les dice que ese “Príncipe” no tiene poder sobre Él. Les declara, para que no les quepa duda alguna, que no se trata de una victoria del Malo sobre Él; sino de un “acto de obediencia” al Padre. Así que lo que a los ojos adormilados les parece un fracaso, en realidad es una Victoria, la más Grande, la Definitiva; el “bobo Aquel”, por muy “Perverso” que sea, no ha ganado nada: sólo ha descubierto que Jesús lo ha Vencido por siempre, con la Victoria de la Obediencia, la que ningún Adán alcanzó.

 

Hay un elemento muy, muy judío en (Jn 14, 27), les da “la paz”, (no una paz abstracta, de mariposas que volotean en alguna página del almanaque o de una postal), nos llama y nos infunde un intenso anhelo de Paz, con la palabra griega Εἰρήνην [eirenen] que significa “unificación”, “re-ligazón”, “recomposición de la unidad”, “paz”, “tranquilidad”, “bienestar” o “ausencia de guerra”. Mejor dicho, lo contrario de lo que hace el Malo, el Malo nos divide, nos destroza, nos hace añicos. (Aquí nos parece interesante contrastarla con la palabra שָׁלוֹם [Shalom] que abarca un significado mucho más profundo “integridad”, “bienestar”, “salud”, “seguridadyprosperidad”, “plenitud”, "que nada falte", “armonía total”, “mucho más que solo ausencia de conflicto”, “estado de plenitud y bienestar absoluto”, “paz Integral”, “equilibrio en cuanto a las relaciones con Dios”, “salud física y tranquilidad mental”).


La palabra “religión” alude a esto, a la recomposición de esa fractura; ya no estamos “deshechos en pedazos”, lo que nos da Jesús, al darnos su Espíritu, es la Unidad; ¡ojo! no la uniformidad, sino el “ser Uno en la diversidad”, que es precisamente lo que significa la “catolicidad”.  

domingo, 3 de mayo de 2026

SANTOS FELIPE Y SANTIAGO

 

1Cor 15, 1-8

La Resurrección de Cristo es el punto central de la fe … Negarla es, entonces, negar la fe misma y poner una barrera insuperable en el camino de la comunidad.

José Bortolini

Tal vez no justipreciamos la magna importancia de la Resurrección. “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1Cor 15, 14). Esta cita está un poco más allá de la perícopa que hoy estamos tratando, pero, nos viene como anillo al dedo y como justificación a su estudio. Si se recorta esta Verdad, nuestra fe queda totalmente invalidada e impotente. Si no se acepta la Resurrección, se está diciendo que Dios permitió la Victoria de la injusticia; un poco más y peor de grave, se está diciendo que, a Dios, nosotros no le importamos ni un bledo, que nos creó como un padre-irresponsable, de esos que echan hijos al mundo por el afán de mostrar su poder de engendrar, por su malentendido “machismo”. Creer en Dios es aceptar que Él-es-Justo y que su Plan de Salvación comprende haber creado, también, las condiciones para construir esa Justicia.

 

En Corintio el tema de la resurrección dividía a los cristianos y a los simpatizantes que iban apareciendo:

a)    Los que decían que es absurdo hablar o pensar en la resurrección: que después de la vida hay nada.

b)    Otros pensaban que el alma es inmortal pero que la materia es un asco, sólo resucitaba lo “espiritual”.

c)    Había otra tendencia que creía que sólo iban a resucitar los que estuvieran vivos cuando Jesús volviera, pero que los que ya habían muerto, “muertitos” se iban a quedar.

d)    Para varios, resurrección significaba profesar la religión con mucha fe, pero nada tenía que ver con el futuro trans-mortal.

 

A muchas personas, muy “concretas”, no les gusta tocar el tema. Dicen que de eso no vale la pena hablar, porque de eso “nada sabemos y nada podemos saber”.

 

Sin embargo, hay que decirlo con todas las letras como lo dijera San Pablo -parafraseándolo-: Si la Resurrección no se acepta, es como tener una lancha a la cual le robaron el motor, con ella, sólo flotamos, no vamos a ninguna parte, cuando mucho llegaremos donde nos lleve el capricho del oleaje y de las corrientes líquidas; y se ponen en cuatro patas a buscar a ver si encuentran perforaciones en el casco, convencidos que Dios creó la lancha agujereada. O, en otras palabras, es una religión -no que ora de rodillas- sino que vive y muere arrodillada, en la más fatal acepción de la palabra. Recordemos que nos arrodillamos conscientes de la Real Majestad de Jesucristo, pero después nos ponemos y nos quedamos de pie para significar que Él nos comparte el regalo de Su Resurrección, no para volver a caer de rodillas, como Lázaro, que fue resucitado para esta vida mortal -provisionalmente-, y volvió a caer a la tumba.

 

En esta perícopa el hagiógrafo hace pie en el kerigma, pero sólo como antecedente, para después elevarse a lo esencial:

1)    Cristo murió por nuestros pecados

2)    Fue sepultado

3)    Resucitó el tercer día.

 

Lo esencial es hablar de la Resurrección. Hacer ver la Victoria en medio del decaimiento y el desánimo: Resucitado, se “apareció” al menos seis veces, como lo nombra el Apóstol de los Gentiles:

1)    Se le apareció a Cefas.

2)    A los Doce,

3)    A más de quinientos hermanos

4)    Después a Santiago

5)    Después a todos los apóstoles

6)    Y, por último, también a San Pablo.


«En medio de una sociedad idolatra, la comunidad pierde toda capacidad de resistencia y confrontación, porque si es cierto que la sociedad injusta mató a Jesús para siempre, no vale la pena luchar. El Evangelio sería mala nueva, pura fantasía». (José Bortolini)

 

Sal 19(18), 2-3. 4-5

Son Sólo 4 versos los que conforman las dos estrofas de la perícopa del Salmo Responsorial de hoy, que es un himno que plantea una lógica supremamente interesante: Dios no sólo ha regalado el mundo físico -con sus asombrosas ecuaciones- sino que también ha reglamentado la vida moral. Los 4 versos se toman de la parte donde se expresa el asombro por la Grandeza Divina plasmado en el orden Cósmico; y, se atribuye a un hagiógrafo distinto del que compuso la segunda parte, la del Dios-moral, donde reconoce que los preceptos de la Ley son otro regalo de Dios para la vida armónica de las criaturas.

 

En la primera estrofa: La sucesión ininterrumpida de días y noches y el vaivén ordenado de los planetas y de todos los cuerpos celestes, dan testimonio del portento de Dios. Y. esos fenómenos naturales, alaban al Señor, y -con el cumplimiento de sus matemáticos designios-, van trasmitiendo entre ellos, el murmullo de la hermosa armonía que Dios les enseñó y les infundió.


Nadie escucha palabra alguna, no hay ordenes, ni comandos, ni gritos castrenses, ni semáforos en la naturaleza, pero -cualquiera que se detenga un momento a observarla- no puede menos que quedar atónito ante la concordia de la máquina celeste. Nuestros telescopios, nuestras sondas espaciales, sólo son mudos testigos de la sinfonía universal.

 

Este bando es proclamado por el heraldo universal. Es el “kerigma” del orden natural. Nuestros ojos, y todos nuestros sentidos palidecen de asombro.

 

Jn 14, 6-14

Su resurrección no es un tema de futurología, es el hoy de Su Presencia en nuestras vidas.

 

Es sorprendente que, por medio de afirmaciones muy confusas, muy ambiguas, muy densas, Jesús -en el Evangelio Joánico- nos va revelando su perfil, hasta que las piezas muestran una claridad que se alcanza por medio del entretejido de esas frases tupidas y enigmáticas. Todo esto es constitutivo de este Evangelio tan altamente teológico.


Hay una sentencia de Carlo María Martini que nos lleva a reflexionar muchísimo: «Si el cristiano se deja llevar por la tristeza y el desánimo, aunque sea desanimo por los propios pecados, sin seguir creyendo en la fuerza de la Resurrección de Cristo, no vive bajo la acción del Espíritu de la Verdad». Y es que muchas veces ponemos el freno de mano allí donde nuestra fragilidad nos congela y parece demostrar nuestra incapacidad. En vez de ese entumecimiento, debemos sobreponernos, levantarnos, no sobre nuestras propias fuerzas, sino sobre las que nos concede el resucitado. El resucitado nos resucita, y nos incorpora con su Munificencia.

 

Jesús nos da una especie de eje, para que todo lo demás pivote en torno suyo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6): Cuando dice camino, no es para trazarlo en un plano, o buscar en él una dirección, o la vivienda de alguien, o el Centro Comercial; cuando dice que es la Verdad, no se refiere a la solución a las disputas de los intelectuales, de los conferencistas, de los grandes teóricos; y cuando dice Vida, no hace alusión al resumen final de una conciencia manchada que se presenta ante un tribunal para ser “sentenciada”. No es la vida vista desde la perspectiva de un “contador” que hace un “inventario”.

 

Está allí para caminar “sinodalmente”, construyendo comunidad, incorporándonos al Cuerpo Místico; está allí para tener certeza y desechar las dudas, y cuando dice Vida está allí para resumir todos nuestros fracasos y desvíos con sus gestos siempre Misericordiosos. No hace que lo malo se convierta en bueno, pero puede vencer toda la maldad junta para demostrar que el tamaño de su Amor es inabarcable, inconmensurable. Él podría perfectamente decir Yo-Soy la Ley que puede Salvar, Ley que no lleva a la condenación; Yo-Soy la Verdad porque soy Trasparencia del Padre; Yo-Soy la Vida, porque Soy-Eterno-Amor.

 

Cuando con la Ascensión, pasamos de la fase presencial-corpórea a la fase espiritual, la Presencia no se disminuye, se reencarna en nosotros, para que nosotros no nos quedemos

Ahí tirados, sino que seamos capaces de levantarnos. No nos caemos para que quede demostrada nuestra impotencia; nos caemos para que, al levantarnos, reconozcamos que solo La Fuerza Divina puede recuperarnos del penoso resbalón hacia el abismo.

 

Muchos de nosotros al caer, nos quedamos muy orgullosos sollozando sobre nuestra rodilla raspada, haciendo aspavientos sobre la -prácticamente imperceptible- laceración, como si ante un raspón, todos los médicos de mundo debieran acudir a participar de un coro quejumbroso, resignado, plañidero: ¡Nada se puede hacer! (Añádanse sollozos en off).

 

La Divinidad no usa la pedagogía de retenernos hospitalizados por años, sino que ¡nos da de alta en seguida y nos re-envía!

 

A nosotros -que fuimos creados a Su Imagen y Semejanza-, Jesús Resucitado se nos presenta como boceto general de nuestro propio Yo, para que -muy a pesar de nuestras deformaciones- seamos capaces de calcar lo que podamos; y cualquier matachín que nos resulte, Él lo re-hará, agradable a los Ojos del Padre.

 

No esperemos que nos reproche el largo tiempo que ha pasado a nuestro lado, porque toda nuestra duración terrenal, es para Él, nada más que un parpadeo y Él lo puede convertir en Guiño-Sonriente de Dios. Nosotros, -después de siglos de teología- aún nos cuesta asimilar la Presencia Sacramental del Padre en el Hijo. Lo decimos muy rápido, pero baja muy lentamente al corazón.

 

Nos pide creerle, y lo que nos cuesta no es tener fe, sino deshacer el intríngulis que significa “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”; se nos dificulta porque en nuestra realidad lo que es continente no puede ser contenido y a la vez, viceversa. No es que sea difícil creerTe, lo que nos parece problemático es entenderTe; pero, en vez de esforzarme, me doy por rendido, y sencillamente lo acepto: “Si tú, Señor, lo dices, así Es”. Y lo capto envolviéndolo en Amor.

 

No te pido que me muestres el Rostro del Padre, te suplico que me envuelvas en tu Abrazo, que me llenes de tu Luz para continuar tu Obra, y que todos seamos Uno en el propósito de darle continuidad a la Misión. ¡Que me dé cuenta que, si te miro, estoy mirando el Rostro del Padre! Y entonces, procedo a pedir que me empaques en Tu Amor, y como Dios es Amor, lograré contener lo incontenible de tu Misericordia.  Lo pido en Tu Santísimo Nombre. ¡Nombre sobre todo nombre!

sábado, 2 de mayo de 2026

CAMINO VERDAD Y VIDA


 Hch 6, 1-7; Sal 33(32), 1-2. 4-5. 18-19; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12

 

La fe es el más potente ansiolítico, así como la desconfianza es el más potente generador de ansiedad.

Silvano Fausti

 

Que tu amor, Señor, esté sobre nosotros, como nuestra esperanza está en ti.

Paul Claudel

 

A manera de preludio, quisiera proponer la siguiente idea de Bonhoffer: «Cristo no crea en nosotros un tipo de hombre, sino un hombre. No es el acto religioso quien hace que el cristiano lo sea, sino su participación en el sufrimiento de Dios en la vida del mundo. Esta es la metanoia: no comenzar pensando en las propias miserias, problemas, pecados y angustias, sino dejarse arrastrar al camino de Jesucristo, al acontecimiento mesiánico, para que así se cumpla Is 53.»[1] Nos referimos con mucha frecuencia a Jesús como Señor de la historia para referirnos al paso que da Dios de la dimensión kairótica, a la nuestra: No se queda allá “arriba” mirándonos como quien disfruta de un teatro de marionetas. Se dice fácil, pero nos cuesta entender y vivir todo ese paso: el “abajamiento”, su “solidaridad” con el ser humano, la “cruz”, su “muerte”, el “sacrificio” de su propio Hijo –que sí se lee con cuidado significa, ni más ni menos, que el Propio Sacrificio- porque si no hay amor más grande…. “que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 13), tampoco hay dolor más grande que el ver sufrir al Hijo-Propio; quien haya visto sufrir a un hijo, entenderá. Venimos de ver (en el IV Dominga de Pascua) la centralidad de la Cruz para el Pastor; y pasamos a ver, en este V Domingo de Pascua, la centralidad del Pastor en la metanoia de cada una de sus “ovejas”.

Él es el Norte, el Centro y el Eje

La centralidad de Jesús, su importancia como eje existencial, el hecho de ser respuesta a todas nuestras preguntas es esencia y fundamento de nuestra fe. Y, sin embargo, “importancia” y “centralidad” tienen que ser explicados y entendidos para que signifiquen algo, para que sea –más que una frase de cajón o una fórmula verbal que pretende decirlo todo y no dice nada- un eje práctico, aplicable, orientador, para que ser cristiano sea un llenar de sentido lo que de otra manera es un sin-sentido. En los momentos cruciales de nuestra vida –como ahora, y es que todo momento de la historia de cada persona es crucial- cobra protagonismo la urgencia de entender cómo Jesús es el eje, meta, modelo y respuesta de los grandes interrogantes que la vida nos plantea.

 

Jesús es importante porque Él es Camino, Verdad y Vida. Jesús es una forma de vida, Jesús es inspiración para superar el gran vacío del “individualismo”. Jesús nos articula con los más cercanos, con nuestros prójimos, superando la abstracción del humanismo que idealiza al “Hombre” pero trata con desprecio y hasta con crueldad al ser de carne y hueso, que está allí con nosotros, vive y sufre a nuestro lado, ese que no siempre colma nuestras expectativas, especialmente porque no es como nos lo imaginamos. Jesús nos muestra su cercanía, su aprobación, por el hombre con su lepra, con sus vicios y “pecados”, no nos habla de un hombre perfumado, emperifollado, nos habla de pescadores, de “funcionarios” estatales que recaudan impuestos, de prostitutas, de seres capaces de “traición”, en fin, escoge como última compañía, la de bandidos y muere a su lado. Y, sin embargo, todo lo ha hecho y todo lo ha apostado, precisamente por ellos.

«Khalil Gibran escribe en el profeta: “A menudo escucho que os referís al hombre que comete un delito como si él no fuera uno de vosotros, como si fuera un extraño y un intruso en vuestro mundo. Más yo os digo que de igual forma que el más santo y el más justo no pueden elevarse por encima de lo más sublime que existe en cada uno de vosotros, tampoco el débil y el malvado puede caer más bajo de lo más bajo que existe en cada uno de vosotros”.»[2] Viene al caso tenerlo muy presente porque sobre esa potencialidad, tanto para el bien como para el mal, duerme nuestra solidaridad humana, que es la raíz de la fraternidad; aún el más “monstruoso pecador” lleva en sus venas algo de nuestra sangre, esa genética que nos enlaza como hermanos, misma genética –que a pesar de todo- nos permite, llegado el caso, decir Abba, dirigiéndonos a nuestro Creador y Amantísimo Padre, que no tiene hijos de primera y segunda clase, que no conoce la palabra privilegio,… sino que hace llover sobre justos e injustos (Cfr. Mt 5,45).

 

Jesús nos propone, sin embargo, un proyecto no cerrado sobre esos cercanos, su propuesta no es ni exclusivista ni excluyente; no se conforma dentro de los límites de la cercanía; se abre, propone llegar más allá, ir donde otros, donde los diferentes, porque tienen otro idioma, quizás otra manera de vestir y de pensar, hábitos y costumbres diferentes. Pero su propuesta es “Llevar la Buena Noticia εὐαγγέλιον [euangelion] a todas las criaturas”; no se limita a un pueblo, ni a una raza, ni a una familia, la suya propia; su amplitud es la de los brazos abiertos, la de la acogida al que es “diferente”, por todos los rincones del κόσμον [kosmon] mundo. Es una propuesta católica (léase universal).

El da su vida, su propia vida para que nosotros tengamos vida, se entrega, sin guardarse nada. Su generosidad no da lugar a “cajas fuertes”, no escatima, no reserva nada, no se guarda, no esconde, ni acapara, supera con creces todo egoísmo, toda avaricia. Se da, se entrega. Y, precisamente da su vida para que nosotros tengamos vida, no cualquier clase de vida, sino vida a manos llenas, vida pletórica, plena y plenificada. La que Él nos propone es una vida abundante, sin menoscabos. “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10, 10b). Entrega la propia para comunicar vida a los demás; para que los demás puedan gozar de la felicidad de estar vivos. Hasta el extremo de dar, no una vida provisional, sino dar la vida con continuidad ilimitada, la vida eterna. Por eso, decimos sobre Él, que ha vencido sobre la muerte y que la muerte ya no tiene dominio sobre Él cfr. (Rm 6, 9). Comiendo su carne y bebiendo su sangre, adquirimos vida nueva y participamos en la Resurrección (cfr. Jn 6, 54).

 

Él es “la Verdad”, pero una vez más, nada de abstractos. No es ni un tratado de filosofía, ni un diccionario, ni una enciclopedia. Ni siquiera escribió por su puño y letra alguna obra. Él se auto-propone –porque el Padre nos lo ha propuesto- como desciframiento de todos los enigmas, como contestación a los interrogantes, como norte en nuestro mapa. Sus acciones nos permiten formular decisiones para nuestro quehacer vital-existencial.  Su verdad es tal que nosotros -al obrar- podemos lícitamente preguntarnos cómo lo habría hecho Él o qué habría hecho en tal o cual situación, y sin dudarlo, proceder con el mismo estilo, con estilo Crístico.


Sin embargo, pensar y decidir según la manera de Jesucristo tiene un condicionante: Habernos compenetrado con Él, lo que logramos sencillamente por medio de un doble ejercicio a) la lectura y meditación muy frecuente de la Sagrada Escritura, meditación que no es un ejercicio de solo yo existo, de leer e interpretar según mi gusto, mi capricho, mi modo de ver y entender; ¡no!, se trata de procurar una lectura comunitaria, con el apoyo de un grupo Bíblico, de un sacerdote, de tu párroco, de un catequista debidamente preparado; y, b) rogar al Espíritu Santo para que me conduzca, me ilumine, me regale para esa lectura el Don de la Sabiduría.

 

Si adoptamos otra forma de leer puede llegar a ser, inclusive, peligrosa, desorientadora, más malo el remedio que la propia enfermedad. Lecturas solitarias –en vez de conducirnos por la vía salvífica- pueden sentenciarnos, definitivamente, al extravío. Y no olvidemos nunca que los documentos más confiables para conocer a Jesús son los Evangelios y el Nuevo Testamento integro, que nos habla de Él, aun en forma indirecta, mencionando lo que sus discípulos vieron y compartieron, y que Él les enseñó.

 

…que sea capaz de salir de mi cascarón

Jesús conquistó la vida eterna, no para sí mismo, porque Él ya la poseía desde toda la eternidad; la consiguió para nosotros, para compartirla. Así es todo lo de Dios, Quien nada necesita puesto que es el Dueño de todo y de nada carece, pero todo lo que tiene lo dona, Dios es generosidad, es abundancia, es plenitud.

Así nos incorpora en Sí, nos rescata y nos une a Él, nuestras vidas pasan a ser vida en Él, nuestro ser se hace célula de su Cuerpo Místico. Él es –para seguir una comparación arquitectónica- la piedra angular, pero nosotros tenemos la oportunidad de entrar a formar parte de ese Edificio-Viviente, pasando a ser Piedras vivas.

 

«Señor, Dios, que vienes a mí,

concédeme la gracia de sentirme y de vivir

como piedra viva de tu santo templo.

Concédeme la voluntad

de tomar parte en la vida de tu Iglesia

para caminar junto a ti y a mis hermanos

sin inútiles nostalgias

y con los ojos bien abiertos hacía el futuro.

 

Concédeme, Señor, la fuerza

para salir cada día de mi cascarón

para estar presente y participar activamente

donde se crea la vida,

donde se concretiza el amor,

donde se construye el camino de la libertad,

donde se ensancha el espacio de la justicia,

donde se hacen brillar hasta las migajas de la verdad,

donde se engrandecen

las habitaciones de la esperanza, de tal manera que contribuya

al nacimiento de un mundo unido

como Tú estás unido al Padre y al Espíritu Santo,

como Tú estás unido a cada uno de nosotros,

sin importar que estemos dispersos por el mundo.

Amén.[3]

 

Poder andar por ese Camino es un Misericordioso Regalo de Dios, una Gracia: ¡Bendito Dios, cuya Misericordia llena la tierra!

 



[1] Bonhoeffer, Dietrich. PARTICIPAR EN EL SUFRIMIENTO DE DIOS EN UN MUNDO SIN DIOS https://usuaris.tinet.cat/fqi_sp04/bonho2_sp.htm#text23

[2] Citado por Vallés, Carlos G. sj. SIGLO NUEVO, VIDA NUEVA EL MILENIO DE LA ESPERANZA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 139

[3] Dini, Averardo. EL EVANGELIO SE HACE ORACIÓN T. 1. Ciclo A. p. 43