Miq 6, 1-4. 6-8
En la casa de los
malvados hay riquezas mal habidas.
Miq 6, 10
Empecemos
dando un marco contextual: Miqueas es un profeta pre-exilico: El profeta
Miqueas ejerció su ministerio durante la segunda mitad del siglo VIII a. C. -estamos
hablando de período comprendido entre el 750 y el 700 a. C. aproximadamente- es
decir, un profeta contemporáneo de Isaías, Oseas y Amós. Su época abarcó los
reinados de tres de los reyes de Judá: Jotán, Acaz y Ezequías.
Podemos,
para su estudio, dividir el Libro de este profeta en cuatro partes:
i.
Proceso a Israel del 1,2 - 3,12
ii.
Promesas a Sion 4,1 – 5,14
iii.
Otro enjuiciamiento de Israel 6,1- 7,7
iv.
Restauración y prosperidad del pueblo 7, 8-20
La
perícopa de hoy está dada dentro de una atmósfera de tribunal, en ámbito
forense. Con el lenguaje propio de los juicios de Israel. Los accidentes de la
naturaleza, en particular las montañas, son convocadas en calidad de testigos.
YHWH es el Juez. El reo es el pueblo, a quien el Señor interroga: “Pueblo mío,
¿qué te he hecho?, ¿En qué te he molestado?
Se
presentan los “cargos”: viene una recriminación doble:
1) Yo te saque de
Egipto y te libre de la servidumbre
2) Yo te envié a
Moisés, Aarón y María.
El
pueblo reflexiona y en su interior se interroga, que sacrificios le serán
útiles para apacentar al Señor:
a) Terneros de un año
b) Mil bueyes
c) Miríadas de ríos de
aceite
d) Sus propios hijos
Se
nota que le quieren ofrecer al Señor de los mismos tesoros que ellos le
esquilman al pueblo, lo que se traduce en compartirle los frutos de su
explotación, para hacerlo su cómplice, manchando al Señor con su iniquidad.
Y
Dios le replica que ya se lo ha hecho saber una y mil veces: ¡Nada de eso le
agrada ni les pide Dios! ¡Lo que Dios está pidiendo no es que lo asocien en su
empresa de latrocinio! Dios les ha dicho, insistentemente, lo que le agrada:
I.
La práctica del derecho
II.
El amor a la bondad; y,
III.
וְהַצְנֵ֥עַ לֶ֖כֶת עִם־אֱלֹהֶֽיךָ
[wejasnea leket im Elojeka]
Caminar humildemente con su Dios.
En
este caso Dios está nombrado con la palabra hebrea Elojim que se puede
entender, y aún más en el contexto jurídico, como “Magistrado Supremo”, “Juez
de Jueces”, “La más alta Autoridad Judicial”.
En los versos 9-12, que son los que siguen a nuestra Lectura de hoy, se presentan con toda nitidez los cargos:
1) La violencia
inusitada de los ricos
2) Las mentiras que la
gente desparrama
3) La alteración de
los pesos y medidas para estafar al pueblo
4) La idolatría que
sigue el mal-ejemplo de los pueblos del norte; calificándolos de opresores,
mentirosos y engañadores: Establecedores de la injusticia social.
Sal
50(49), 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23
Y, lo peor, Señor, es
que a veces pongo precisamente todo el cuidado en los ritos de la liturgia
porque he sido negligente en la observancia de tus preceptos. Me fijo en los
detalles de tus ceremonias para compensar el haberme olvidado de mi hermano. Me
afano en el culto porque he fallado en la caridad. Y me temo que no te hace
mucha gracia esa clase de culto.
Carlos G. Vallés, s.j.
Este
salmo es un salmo de la Alianza. La Alianza se pactaba y se refrendaba con
sacrificios. Pero la sinceridad del sacrificio tiene que ser avalada con la
pureza del corazón de quine la ofrece. ¿De qué puede servir el derramamiento de
sangre de los animales ofrendados si en nuestro corazón no hay contrición
acompañada de la firme resolución de cuidar al prójimo y sembrar todo el bien a
nuestro alcance?
La
Alianza tiene doble faz: de una parte, consiste en recordarla y ser capaces de
recitarla, pero del otro lado está nuestro desvelo en su implementación. Que
sea verdad cunado pedimos que venga su Reino, lo que significa poner todo de
parte nuestra para que su Voluntad se cumpla en la tierra, así como se cumple
exactamente y sin ninguna desviación en el Cielo.
Cuando
se presenta una oración, decimos: Señor, sabemos que eres Omnisciente y que
todo lo sabes, que nada se te escapa. Pero, como nos señaló el profeta Miqueas
en la perícopa de hoy: Dios no acepta que tratemos de mancharle sus Purísimas
Manos, haciéndolo partícipe de nuestras ganancias mal habidas. Se nos ha vuelto
una manía tratar de que el otro se vuelva cómplice nuestro, aceptando las
“mordidas” que le ofrecemos. Dios no cohonesta con el pícaro. No se hace
encubridor interesado de fechorías. Ha de saberse que su Manto no tiene
bolsillos y en su casa no hay caja de caudales ni bóvedas blindadas.
¿Cuántas veces mi culto ha pretendido sobornar a Dios?
No
pensemos que Dios sufre de avaricia y que esta podría corromperlo. El prefijo
“co” en la palabra corrupción supone que es cierto que “todos tenemos un
precio” y que, llegado a su límite de honestidad, se subirá al mismo bus de los
inmorales. El colmo de este cinismo es medir a Dios con la misma medida con la
que se mide a los “impíos”. A estos cínicos Dios les dice, antes de que abran
sus pícaros labios: “No aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus
rebaños”.
«Lo
reconozco, Señor; con frecuencia me he portado mal con mis hermanos; y ¿qué
valor pueden tener mis sacrificios cuando he herido a mi hermano antes de
llegarme a tu Altar? Gracias por decírmelo, Señor; gracias por abrirme los ojos
y recordarme cuál es el verdadero sacrificio que quieres de mí. Nada de toros o
machos cabríos, de sangre o ritualismo, sino amor y servicio, rectitud y
entrega, justicia y honradez. Servirte a Ti en mi hermano antes de adorarte en
tu Altar». (Carlos G. Vallés, s.j.)
Mt
12. 38-42
Podemos conservar la
esperanza y la paz interior, porque poseemos la profunda certeza de que hemos
nacido para la Pascua, para la Pascua eterna.
Dom Helder Câmara
Vienen
los escribas y los fariseos a pedirle a Jesús un σημεῖον [semeion]
“signo”. Y Jesús no se los niega, les ofrece un signo especifico, el signo de
Jonás: Un hombre que estuvo muerto tres días en el vientre de un cetáceo, y después,
fue devuelto a la vida.
Jesús califica a esta gente que se le presenta con tal reclamo como Γενεὰ πονηρὰ καὶ μοιχαλὶς [genea ponera kai moichalis] nos atrevemos a traducir Γενεὰ [genea] no por generación, como siempre se ha hecho, sino por “ralea”, “casta”, “linaje”, porque en este caso lo que significa es una agrupación de gentes con un denominador común, que verdaderamente denigra de lo que es la “persona humana”. Estos tales, ¡son una vergüenza, a la vez que una tristeza! Son los carentes de fe.
Si
no aceptamos a Jesús quiere decir que no aceptamos los dulces dones de Dios
-que por ser Dones Divinos se llaman teologales- es como tener un rayo destructor
desintegrador para aniquilar la “piedra angular”. ¡Sin “piedra angular” no hay
edificio alguno! El único acceso a la trascendencia es la aceptación por “fe”
del Hijo. ¿Cuál sería el rayo desintegrador? ¡El signo probatorio! Así es, si
tenemos un signo que nos prueba que Jesús es el Hijo de Dios, se habrá acabado para
siempre la opción de creer por fe. ¡Es mejor que no tengamos ningún signo y que
Jesús no haya entrado en ese Juego! “¡Dichosos los que creen sin haber visto!”
(Jn 20, 29cd)
Este
punto del signo de Jonás no es simplemente una “especie de castigo” para
escribas y fariseos. «La señal de Jonás… ¿Significa que Jesús estuviera
anunciando su enterramiento? Significa, sobre todo, que anuncia su
resurrección. ¡Qué razón tiene San Pablo!
El
viernes santo podía haber significado el fracaso total de Cristo. Había
predicado como nadie lo había hecho jamás. Había dado ejemplo. A su paso se
habían arremolinado las multitudes. Su mirada, su sonrisa y su presencia había
conmovido a la gente. Había hecho milagros… Y de pronto, ahí está, cargado con
una cruz y clavado después sobre ella, como uno de tantos seres débiles…» (Dom
Helder Câmara)
Realmente
anunciar que algún día vamos a morir, es una profecía, pero, ¡valiente profecía!
La verdadera profecía es el Anuncio de la resurrección. Y, sin embargo, a la
resurrección tampoco tenemos acceso con alguna “prueba”. No hay ningún signo
que la demuestre. ¡La tumba vacía no prueba nada!
Necesitamos
la fe para poder ingresar al territorio de lo trascendente. La cuestión del “signo”
que se le pide al Señor no es de poca monta. Hoy mismo seguimos rodeados de empiristas
obcecados con “la prueba”. ¡Y no recibirán ninguna!
Volvamos
a Dom Helder Câmara: «Pero Cristo resucitó. Yo no lo dudo en absoluto. Miles y
miles de mártires han dado su vida por anunciar la resurrección de Cristo.
Por
eso, en los momentos más críticos, más angustiosos, nosotros, los cristianos, no
tenemos derecho a olvidar que no hemos nacido para la muerte, sino para la vida».

















