Ez 43, 1-7a
Otro símbolo de Ezequiel
-menos importante, pero igualmente conocido- es el símbolo del agua, que
también es utilizado por la liturgia.
Schökel/Gutiérrez
Decíamos
que este Libro, para estudiarlo se puede desglosar en cinco partes. La Quinta
Parte, que abarca los capítulos 40-48 y se la ha dado como título “La Jerusalén
del futuro”. Aquí nos encontramos con una serie de “normas” para orientar el
curso del culto cuando regresen del exilio. Recordemos que Ezequiel pertenecía
a la tribu sacerdotal.
Él
plantea en esta quinta parte ciertas palabras “técnicas” que designan pautas de
vida y pautas cultuales, pero que forman parte del idiolecto ezequiano y no
sabemos con precisión qué designaban.
Gran
parte de este tramo se ocupa de delinear el templo que según sus visiones
estaría en la tierra de Israel, sobre un monte altísimo, hacia el lado sur,
desde el cual se extendía una estructura parecida a una ciudad. Se precisan
también otras edificaciones anexas al templo y en el capítulo 43, en los versos
1-12, se señala que la Gloria de YHWH regresa al Templo. Esta vez, el Señor se
instala para siempre en el templo.
El
Señor-Dios les pone de presente qué fue lo que los llevó a tamaña desgracia.
¿Cómo pudo ocurrir que fueran deportados y luego desmigajados en diáspora? El
Señor lo tiene claro y nos lo muestra: “Deshonraron mi Santo Nombre con
acciones que yo detesto; por eso me enojé con ellos y los hice morir. Que
alejen ahora de mí sus infidelidades y los monumentos a sus reyes y yo viviré
en medio de ellos para siempre”.
En
su historia se ha reeditado múltiples veces la desgracia. Pero ellos no han
podido deshacerse de sus manías idolátricas. Entonces, la Alianza se ha
quebrado y una y otra vez el Señor ha tenido que abandonar el templo y han
seguido construyendo monumentos a sus falsos dioses en la puerta contigua al
templo, separados tan solo por un tabique, por una delgada pared.
Dios
vela -sin embargo- por su Alianza y su palabra se mantiene de generación en
generación, es la fidelidad de su pueblo, de nuestra parte, la que interrumpe
el fluir de la Gracia y ahuyenta la Sacratísima Presencia.
Con
esta Lectura, cerraremos el ciclo de las Lecturas de los profetas, y, a partir
de la semana entrante -la vigésimo primera del tiempo ordinario-, volveremos a
leer del Nuevo Testamento.
El
capítulo 47 mostrará la grandeza de Dios manifestada en que allí donde imperaba
la aridez y la sequedad más bravía; el Señor cambia y hace brotar el agua
impetuosa, torrentosa, cuyo nivel asciende como para trasformar el desierto en
un oasis total.
«A la concepción de la tierra como tierra-madre se une en paralelo otra concepción donde lo materno está simbolizado por el mar. Los paleontólogos afirman que, de hecho, es así: la vida comienza en el agua y no en la tierra firme. Es una coincidencia convergente. La Biblia no es argumento para apoyar la ciencia, ni viceversa.» (Schökel/Gutiérrez)
Sal
85(84), 9abc y 10. 11-12. 13-14
Es un salmo
resplandeciente en varios momentos… En él se siente el clima del cautiverio de
Babilonia, por el lenguaje y por las imágenes.
Marcelo de Barros
Podríamos
hablar de la paz. Pero no se trata de la misma paz que contiene nuestra palabra
en español. Para nosotros, en un mundo tan violento, la paz es -esencialmente-
ausencia de guerra. En cambio, la palabra שָׁל֗וֹם [shalom],
“paz” en hebreo, significa “en un ambiente amistoso", “rodeado de
bienestar”, de “seguridad”, de “salud”, de “armonía total”, de “plenitud”, con
la emoción de la “misión cumplida”. El trigrama que la origina con tiene sus
columnas fundantes שָׁלם [shalem]
“equilibrio”, “restauración”, “plenitud”.
La
paz que Dios proclama aquí es un don reservado para sus amigos, para su pueblo,
para los que le son devotos.
Vemos
que está relacionada con la salvación, con la Gloria de Dios, con la fidelidad
y con la misericordia. A propósito, no son cosas que se dan por separado: son
duplas enamoradas entre sí: la Misericordia y la fidelidad se abrazan
enamoradas; la fidelidad y la justicia se estrechan en tierno abrazo.
La
una viene de arriba (catabática), del Cielo, como regalo para nuestro pueblo,
pero, a nuestra vez, nosotros hacemos eco, como si fuéramos la caja de
resonancia: nuestra respuesta a la Justicia que baja, es nuestra Fidelidad que
asciende (anabática). (La fidelidad no es credulidad desapercibida, sino
perseverancia).
Hay
dos notas implícitas: el cuidado y la restauración. La Justicia va por delante
-como adalid; y la salvación es como -digamos- la escolta, que va siguiendo
cada paso, velando como protectora de la Justicia que necesita ser salvaguardada,
tutelada, como un bebe que aprende a caminar y que requiere ser observado para
que no se vaya de espaldas y se lastime.
Nosotros
-en nuestro suelo reseco y árido-no podríamos frutecer, si no fuera porque Dios
con su lluvia crea las condiciones propicias para hacer de la arenisca
desértica, un limo fértil.
San Ireneo dice: “La gloria de Dios es el hombre vivo”. San Romero de América apunta: “El hombre vivo es el pobre de a pie”. El versículo responsorial asienta: “La Gloria del Señor habitará en nuestra tierra”.
Aún
hay más, si observamos con detenimiento la Oración Colecta encontramos un
enfoque muy preciso de la Gloria a la que nos estamos refiriendo: “Dios
Todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre del
Unigénito, concédenos que protegidos por su intercesión alcancemos la gloria de
tus hijos en el Reino de los Cielos”.
Mt
23, 1-12
No tienes que lucir humilde para que un avivato se trepe en
tu nuca
Gran
parte del problema para esta caterva saduceo-farisaica está en el temor de
perder la hegemonía, ellos que se había aferrado a la catedra mosaica para
acaparar los privilegios teologales (o tal vez sería más exacto llamarlos
teocráticos), parece que ya van a convulsionar porque Jesús indica que ellos
padecen de fingimiento, que carecen de coherencia entre su decir y su hacer.
Les proponen a otros tareas y metas prácticamente inalcanzables, mientras Jesús
simplifica, facilita, acoge.
En medio de la cultura del espectáculo, del reflector, de los “realities”, de los programas de concurso y las múltiples telerrealidades, así como la política ventrílocua y la manipulación mediática ¿cómo se puede desdeñar la preocupación por la imagen, por los gestos ampulosos, por los desplantes cínicos?, si todo esto está embalsamado precisamente por el culto a la personalidad. ¿Cómo evitar que estemos muy afanados por el qué dirán? ¿Qué se podría hacer para que la fe no se pierda entre todos estos vericuetos terminando por degradarse en puro show?
¡Con
razón pulula tanta desconfianza! Muchos “predicadores” velan más por la imagen
que por la solidez del mensaje, para muchos la fe debería lindar con el
espectáculo circense o, por lo menos, apropiarse de los mejores recursos de la espectacularidad
de los grandes conciertos. Hay una flagrante sustitución de la fe por el
estruendo y los reflectores, la fanfarria y la algazara.
A
estas alturas, los escribas y los fariseos han tenido que ceder sus puestos a
las luminarias del entretenimiento y a los magnates del show. Quiere decir que
la humildad quedó desplazada, ¡no, y mil veces no!
Lo
que quiere decir es que, de la humildad no se hace tele-realidad. Las
categorías de la fe no se emparentan con las prestidigitaciones lúdicas. Hay
que hacer desaparecer la angustia que se cierne sobre muchos “preocupados” por
el futuro de la Iglesia, y no desbocarse tratando de reservarse los “primeros
puestos”.
Los
mass-media tienen
nuevas estrategias, pero nosotros, no estamos interesados en aprenderlas ni en
competir con ellas. No vamos a caer en la trampa. El parámetro que nos ha
fijado Jesús no tiene nada que ver con su superficialidad. Donde está le médula
de la vida está el servicio, el amor, la ternura, la comprensión, la
fraternidad; y si se procura continuar este elenco, se ve como la vida va
taladrando la superficialidad y nos reclama cada vez un más hondo compromiso de
sensibilidad humana: Humano-integral.
Ellos
pueden alongar hasta el infinito las filacterias. Pueden alzar sus tarimas como
Torre de Babel, pueden -porque su concepción farandulera de la fe los obliga-
contratar the best amplified professional horn-speaker para lograr aturdir hasta el último
rincón del Coliseo y retrasmitir -de modo que nadie se lo pierda- el postrer
gemido del gladiador derrotado; pero ese no es nuestro problema, ni como
personas, ni como comunidad de fe.
Recomendaciones
prácticas, muy actuales: no se hagan llamar “maestros”, no llamemos a nadie
“padre”, “ni jefe”, ni “patrón”, no subamos a nadie a la jerarquía de
“director”. Muchas dinámicas empresariales dependen de estos títulos y
jerarquías; tristemente en su dinámica ponen en juego la estabilidad laboral de
los subalternos. Si no queda más remedio, usémoslas, conscientemente,
recordando que Uno solo es Maestro y nosotros todos somos “hermanos”; que Padre
es el del Cielo, y que el Único verdadero Director es Jesucristo.
Lo
que Jesús quería superar y a la vez cuestionaba eran los modelos patronales del
clientelismo romano y las magistraturas de los rabinos que se daban -precisamente-
en las escuelas rabínicas. ¿Qué es lo que a nosotros compete? La fraternidad,
la solidaridad, el servicio entre hermanos, la vivencia y la práctica del
respeto, el amor, el cuidado mutuo, la comprensión y el perdón. Nosotros
también hemos sido permeados por modelos -no solo machistas-, ultra-patriarcales
y arribistas que, estamos llamados a desechar.
No
hagamos de la humildad otro concurso, ni de la santidad un reality. Y si alguien logra tocar la santidad
mejor o más rápido que nosotros, alegrémonos porque descubrieron vías más
ágiles y eficaces. Quizás, y no por competir, imitemos esos caminos que llevan
más cerca de Dios (sin pagar derechos de autor, que gratis se nos dan, y gratis
hemos de compartir), y -sin reatos de vergüenza- reconozcamos que su
luminosidad nos hará bien, porque todo lo que Dios regala es carisma,
traduzcámoslo: virtud que sirve a todos y no a uno solo.
Pero si lo que te anima es otra cosa, creemos que la participación en el Juego del Calamar todavía tiene inscripciones abiertas. Pero, eso es algo totalmente distinto a lo que Dios nos propone y a lo que al pueblo de Dios le preocupa. A los escribas y fariseos lo que les preocupa es que les toquen su protagonismo. Lo que inquietaba a los fariseos, saduceos y maestros de la Ley no es propiamente su doctrina, sino lo que se denuncia en el verso inmediatamente siguiente a la perícopa que hemos leído hoy: “Pero, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cierran a los hombres el Reino de los cielos, ni entran, ni dejan entrar a los que lo intentan” (Mt 23, 13). El problema está en los múltiples retenes que han puesto por el camino para impedir que los demás puedan acceder. Estas gabelas se han diseñado especialmente para que solamente ellos puedan pasar: es cosa humana y nada divina, puesto que se constituye en una ortodoxia discriminante y exclusivista, y no en un plan salvífico.


















