jueves, 3 de septiembre de 2026

Viernes de la Vigésima Segunda Semana del Tiempo Ordinario


1Cor 4, 1-5

No hay que anticipar el Juicio

Si el agente de pastoral no se orienta hacia Jesús crucificado, crea una caricatura de comunidad. En primer lugar, él mismo es infiel, pues se hace señor y no servidor. Además, impulsa en la comunidad la competencia de los fuertes en perjuicio de los débiles. Aun el mismo agente que se pone al lado de los débiles es marginado.

José Bortolini

Dios, en la Persona de Su Hijo, Jesucristo, se ha elegido un pueblo, una comunidad de creyentes que lo asisten en el Anuncio del Reino. Se concentra en mostrar a Jesús, no como un triunfador constante al que todo le sale bien; por el contrario, mostramos las dificultades reales y los tropiezos constantes que salpican la Misión. No escondemos a Jesús Crucificado, pero eso no nos lleva a disimular que Jesús Resucitó. No disimulamos el martirio como compañero constante de nuestras procesiones, pero no nos empeñamos en sembrar desasosiego, sino que sacamos a flote todo el destello enceguecedor del Resucitado que resplandece Victorioso como un Adalid que nos lleva certeros y seguros hacia la Jerusalén Celestial; tampoco mostramos el Malo como una caricatura bonachona, porque sabemos que es definitivamente “puerco” y que nos alza barreras para desalentarnos y tratar de hacernos desistir.

 

Quienes quieren animar a otros al seguimiento de Jesús, no lo lograran con palabras altisonantes y “discursos veinte-julieros”. Su máximo riesgo es que, en lugar de ser servidor, se quiera convertir en señor; y en vez de pastor que vela, quiera ser arriero que maltrata. Los agentes de pastoral no pueden ser capataces que hagan restañar sus laticos en las espaldas de los fieles. La pesca de los discípulos no es para hacerse banquetes propios y dar opíparas cenas. El agente de pastoral tiene claro que es servidor y que el rol que desempeña no es de capataz sino de “ministro” (la palabra ministro está emparentada con la palabra minus, que significa “el menor”, o sea, “el que sirve”).

 

En este proceso, la falla está en dar “privilegios” y poner por delante a los “Más fuertes” a los aristócratas, a los importantes, a los que desempeñan roles gubernamentales, y a los que están enamorados del poder. El fuerte tiende a marginar a los débiles.

 

Que la gente no vea en nosotros “capataces”, que vea servidores y ministros de su Bondad. Nosotros seremos trasparencia del Misterio, pero no se debe entender el misterio como “lo misterioso”, sino como aquellas maneras como Dios nos habla, se nos comunica, pero nosotros en nuestro afán, en nuestra distracción, en nuestra des-espiritualidad, no nos damos por aludidos, menos por enterados.

 

¿Qué rol jugamos nosotros ante el misterio?, ¿Damos acceso a Él?: ¿Acercamos?. ¿Nos convertimos en “facilitadores de Dios”?. (No vayamos a entender esto como un abuso de simplificación, como un exceso de facilismo; hay que facilitar la entrada, no hay que reducir a Dios a un montoncito de puerilidad, de niñería, de simpleza. Hay que ayudar a las personas a acceder, no a caer en el “sencillismo” que -por el contrario- lo único que logra es trancar la puerta de acceso.

 

Ya hemos advertido para que no entremos en el marco de una religión mistérica que bloquea el paso declarando la Verdad de Dios una Verdad inaccesible. El misterio es revelable, lo que siempre recordamos es que no lo podemos agotar, no podemos consumirlo, ni apresarlo, ni abarcarlo, ni meterlo en una caja, ni hacerle una prisión disfrazada de altar.

 

Por el otro lado, está la prohibición de juzgar, pero lo prohibimos para poner barrera que nos proteja, no para defender a Dios, (que no necesita que lo defendamos) ya que, nunca se siente amenazado. Ahí está la clave de Dios, Dios nunca se siente amenazado porque su Grandeza es tal que no podrá ser jamás alcanzado; no obstante, nosotros al defender su Grandeza, -como somos limitados- sentimos que se van a apoderar de la zona de Misterio que queremos acaparar. La raya de tiza que trazamos alrededor es para proteger nuestro monopolio, ¡no para proteger a Dios! Quién no necesita ser protegido (lo hemos reiterado tres veces porque es una realidad fundamental de la teología).

 

Hay otra verdad fundamental que está aquí anidada y que todos podemos pronunciar asumiendo sus consecuencias: ¡Mi Juez es el Señor!

 

De esta verdad se desprende un corolario, no nos pongamos a adelantar el Juicio Divino tomando a nuestro cargo juzgar a los demás: lo que hay que hacer es esperar a que el Señor venga y sea Él quien juzgue.

 

Y es que siempre hay campos de sombra que no podemos penetrar, sólo el Señor cuando llegue Glorioso, con Su Brillo iluminará todo rincón -por más secreto que sea- y se podrá al descubierto todo lo que tan celosamente hemos ocultado; entonces saldrán a la Luz todos los “guardados”.


Traduzcamos la palabra “guardado”: lo que se oculta para tratar de sacar provecho de la fe; distinto a las intimidades de cada quien, que tanto adoran los cultores de los “realities”, pero que son informaciones que a los demás no les sirven para nada, aun cuando haya profesionales del periodismo amarillista es una atronadora forma de cultura que consiste en meterse en la ropa interior del prójimo para escandalizar, con el lema de “eso vende”.

 

Sal 37(36), 3-4. 5-6. 27-28. 39-40

Este salmo es uno de la Alianza. Son 8 versos organizados formando cuatro estrofas. La antífona nos garantiza que el Señor es la Fuente de la Salvación. Y precisa, no todos pueden beber de esa Fuente, que está reservada a los “Justos”. Lo que en la antigua Alianza se llamaba un “justo”, es lo que en la Nueva Alianza se llama un “santo”. Sólo quien se mueve dentro de los parámetros de la santidad podrá beber de las aguas de la Salvación.


La Alianza que promete una Salvación nos habla de una bina muy liviana (como lo es el yugo del Señor): descanso y espera. La cultura de la muerte está inmersa en una atmosfera de afán, de precipitud, de angustia, de inmediatez, de peligro, de zozobra, de muerte súbita e inopinada. Nosotros también hemos caído en el engaño, tenemos que tener un ritmo frenético, tenemos que saltar de actividad en actividad, esos son los parámetros del Malo, corra, afánese, desespérese, angústiese, viva cautivo de la adrenalina. Todas estas palabras nos alejan de la confianza en el Señor y nos urgen a entrar en un juego de “rápida productividad”, el ritmo tiene que ser demencial, sin un respiro… Inclusive llegamos a la consigna de “cualquier momento de descanso es pábulo para que el Diablo te ataque”. Y, entonces, ¡Urra, que viva el activismo!

 

¿Cuál es la consecuencia más inmediata? no hay tiempo para orar, no hay tiempo para hablar con Dios, no hay tiempo para nada relacionado con la fe (ellos dicen que “son bobadas de lambe-ladrillos”) tampoco hay tiempo para participar en la Eucaristía. No hay tiempo para un retiro, no hay tiempo para nada que sea vida espiritual. ¡Sólo hay tiempo para “no tener tiempo”!

 

Miremos los peldaños del salmo

i)              Confía en el Señor y haz el bien.

ii)             Encomienda tu camino al Señor, confía en Él.

iii)           Apártate del mal y haz el bien.

iv)           El Señor protege y libra a los justos de los malvados.

 

Y, en vez de tanta desazón desesperada entrar en la calma para construir una relación de verdadera y profunda amistad con Dios. Tomar la firme e inamovible determinación de servir al Señor; pero en vez de un servicio abstracto, indefinido, consagrarnos a servirle en el hermano/hermana, en cada pequeño, preferencialmente en los desvalidos, en los vulnerables: eso es lo que significa apartarse del mal y hacer el bien.

 

En síntesis: ¡Confía en Él y Él obrará!

 

Lc 5, 33-39

El hombre nuevo se revestirá de una vestidura nueva

La libertad cristiana y la obediencia cristiana son docilidad a la Palabra de Dios, y hay que tener esa valentía de convertirse en odres nuevos, para este vino nuevo que viene continuamente. Esta valentía de discernir siempre: discernir, digo, no relativizar.

Papa Francisco

Hemos dejado atrás ciertos episodios muy interesantes de la actividad de Jesús en Galilea, que leemos en el ciclo impar-, a) El llamado de los discípulos, b) la cura del leproso, c) el perdón y la cura del paralítico, d) el llamado de Leví.


Mientras Jesús esté con nosotros, no podemos refrenar la dicha, nuestro corazón y toda la espiritualidad de nuestra vida debe desbordar su alegría. Resulta casi inimaginable, impensable que vivamos sumidos en una religiosidad depresiva y que no trasparentemos la dicha de estar con el Señor. Nos inventamos rutinas “piadosas” para aparecer muy dolidos y rotundamente lánguidos; pero, eso sí, que no nos pidan que anunciemos el Evangelio, porque eso es tarea de “profesionales: sacerdotes, monjas y frailes”. Nosotros asumimos el rol de las plañideras en el velorio, y el Anuncio, lo relegamos porque estamos muy comprometidos con la parte contrita, con el rol lloroso, con el canto del réquiem y con la faz cariacontecida.

 

Según este lineamiento, alcanzamos la aprobación de los fariseos recostándonos -por ejemplo- en el ayuno; en cambio, los que trasparentan el gozo de Jesús en sus vidas, a esos se les desautoriza, porque no están de luto y bañados en lágrimas, quizás -inclusive- flagelándose.

 

Los discípulos de Jesús siempre se visualizan como personas alegres, quizás en algún momento especialmente difícil derramen alguna lágrima, pero su condición normal es la de alguien que está en una “Boda” celebrando que Dios se ha casado con su pueblo y que el pueblo de Dios somos nosotros.

 

La contradicción de estar con cara de luto en un matrimonio se decodifica con una parábola doble: la del remiendo con tela nueva en un manto raído y con la del uso de odres viejos para curar vino nuevo. En ambos casos se debe dar una adecuación, no son compatibles ni los remiendos de tela nueva, ni los odres viejos, porque la tela vieja y el vino nuevo no son acordes; lo cual está directamente relacionado con la necesidad de cambio que examinábamos ayer: Hoy el cambio consiste en fijarse bien y ponerle un remiendo de tela vieja a un manto viejo y empacar el vino nuevo en odres nuevos, para que todo marche bien.

 

Si se descuidan estos factores no se podrá construir comunidad y la obra eclesial se irá a pique. El paso de las rutinas tradicionales a una nueva ruta siempre implica un margen de riesgos, hay que jugársela con las variables imprevisibles y por eso el paso no se da, se la dan largas y se evade porque el riesgo conlleva unos márgenes de impredecibilidad. 

 

El cálculo de riesgo nos conduce a plantear una matriz:

            Viejo                            Nuevo

            Ausencia                     Presencia

            Ayunar/orar                Comer/beber

 

La primera columna está directamente relacionada con una tendencia que se injertó y que aparecía como alterna a la línea cristiana, y era una tendencia farisaica. Estas comunidades que captaron la propuesta de Jesús, no eran monolíticas, tenían a su interior otras influencias que las matizaban, y aún más. Los que vienen aquí a cuestionar la línea de Jesús, que son descritos como “los mismos fariseos y escribas”, recogieron la influencia farisaica, para cuestionar y tenderle emboscadas a Jesús.


Por su parte, Jesús les plantea su momento como una urgencia de superación y -a la vez- un momento de apuntar al cambio; como exigencia de contextualización: «La libertad cristiana está en la docilidad a la Palabra de Dios. Debemos estar siempre preparados a acoger la “novedad” del Evangelio y las “sorpresas de Dios” … Discernir siempre qué hace el Espíritu en mi corazón, qué quiere el Espíritu en mi corazón, dónde me lleva el Espíritu en mi corazón. Y obedecer. Discernir y obedecer. Pidamos hoy la gracia de la docilidad a la Palabra de Dios, a esta Palabra de Dios, y esta Palabra que es viva y eficaz, que discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón». (Papa Francisco). 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Jueves de la Vigésima Segunda Semana del Tiempo Ordinario

1Cor 3, 18-23

 

San Pablo, nos propone el siguiente principio esencial: “La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios”. Para descifrar esta cita, como siempre y como en todo, es preciso ir al co-texto. Seguro habremos oído aquello de que “un texto, fuera de contexto sólo es un pre-texto”. Por tanto, es preciso ir al ADN de la cita para saber de qué estamos hablando.

 

San Pablo nos dice que evitemos gloriarnos en los hombres, y esos hombres en este caso son Pablo, Apolo y Cefas. En ningún hombre, sino en Jesucristo, que no es un hombre, sino que es Dios -hecho-hombre. Por eso nosotros nos gloriamos en Jesucristo, porque esencialmente es Dios; Dios que se abajó y se hizo uno de nosotros, para rescatarnos de haber caído en el “barro del pecado” y haber afeado nuestra presencia con esa “mancha”.

 

Que Dios haya accedido a equipararse con nuestra pobre calidad, nos trasforma, nos dignifica, nos alza. La humanización de Dios es una kénosis que nos dignifica, que nos levanta. Ahora, todo es nuestro, porque Él nos ha equiparado en su calidad de Dueño: Él es el Dueño de toda la Creación, por tanto, ahora todo es nuestro, nosotros de Cristo y Cristo, de Dios.

 

Entonces, volvamos a recalcar, ¿a qué sabiduría de este mundo se refiere San Pablo? A la que usan los sabios-filósofos, que pretende explicar todo desde la lógica humana; ellos ignoran que la única explicación válida es la que se hace desde la perspectiva Divina. Recordemos que la palabra perspectiva -Del latín tardío perspectīvus, y este derivado del latín perspicĕre significa “mirar a través de …”, en este caso “mirar desde la óptica de Dios”, “ver a través de Sus Ojos”.

 

¿Cómo podemos ver a través de los ojos de Dios? Dejándonos llevar, abriéndonos a sus Enseñanzas; sus Enseñanzas no son otra cosa que un entrenamiento para aprender a ver cómo ve Él, con los mismos sentimientos, con compasión. Su Revelación no son más que unas gafas correctivas, que nos dejan ver desde el mismo ángulo que ve Dios, y llevar al corazón esa visión, pero a un corazón blandito, a un corazoncito misericordioso que Él nos trasplanta con tejidos tomados de su propio corazón.

 

Cuando se mira con un corazón empobrecido por la falta de espiritualidad, lo que se ve es sed de poder, codicia monetaria, avaricia de riqueza material.

 

Los pensamientos y la doctrina que enseñaban Pablo, Apolo, Cefas, fueron manipuladas para obtener, la que prontamente, se trasformó en la herejía gnóstica.

 

Entonces, ¿se invalida lo que enseñó el propio Pablo? De ninguna manera, porque Pablo no enseñó con sabiduría “humana”, sino, iluminado por la Revelación. Lo que enseñaba, no era lo propio, él enseñaba lo Divino porque era un Apóstol de Jesús: Siervo o “agente” del Señor. O sea, miembro de la Iglesia.

 

Por tanto, no se debe jugar con el liderazgo de la Iglesia, que es para el servicio. Si los miembros de la comunidad tienen que alimentar el ego de los líderes, ya no están sirviendo, su único eje-vital se vuelve sostener su grupúsculo, su facción, hacerle barra a su pandilla, impulsar su líder, y este propósito los desvía de la verdadera razón de ser de la Iglesia, que es el testimonio del que es Dios: Jesucristo que selló con su sangre la Nueva Alianza en el Trono-Altar de la Cruz.


“Hay una cosa que la mundanidad no tolera: el escándalo de la Cruz. No lo tolera. Y la única medicina contra el espíritu mundano es Cristo que murió y resucitó por nosotros, escándalo y locura". El Apóstol Juan dice que "la victoria contra el mundo es nuestra fe". La única victoria es la fe en Jesucristo, muerto y resucitado. Y esto no significa ser fanáticos", dejar de dialogar con todas las personas, sino saber que la victoria contra el espíritu mundano es nuestra fe, el escándalo de la Cruz”. Nos dice Papa Francisco.

 

Sal 24(23), 1b-2. 3-4ab. 5-6

Traspasar ese Sagrado Umbral no es asequible a todos. No todos han recibido el don de la espiritualidad, todos podrían, pero a veces caminamos más bien en dirección del alejamiento, en vez de aplicarnos a la búsqueda de rutas que nos llevan a ser más sensitivos con los planos Celestiales de la existencia.

 

Este es un salmo del Reino. Dios no tiene que entrar a ser “Coronado”, como se ha insistido, Dios está eternamente coronado y su realeza jamás se extinguirá; no depende de nosotros su permanencia en el Trono; Él está siempre en el trono de la Gloria. Pero, caminar las rutas de la espiritualidad se puede interpretar como la renovación de su realeza en nuestros corazones. La ruta de la Realeza implica aceptarlo como Mesías en nuestra vida y ser coherente con esa aceptación, vivir acogiendo su Ley en nuestra vida, que es -como ya sabemos- la Ley del Amor. El eje simétrico es quebrantar su Amor adulterándolo en nuestro corazón. es rechazarlo con nuestras actitudes y conductas y terminar separados de Él. Tenemos, pues, que posicionarnos y hacer consciencia ante la pregunta: ¿Quién puede subir al Monte del Señor?

 

Hay un preámbulo, está en la primera estrofa de la perícopa de hoy: reconocerlo como Creador nuestro. Se puede decir que es un buen preámbulo, pero no basta, veamos por qué: sería lo mismo que quien dice aquel es mi papá y aquella mi mamá, pero no los respeta, no guarda el amor a los padres, no los honra, cuando le piden que vaya a la viña, los ignora y no va. Sí, no es suficiente, llamarlo Creador -y muchas veces así obramos- vamos con el tambor de aquí para allá, repitiendo: ¡es mi Creador, es mi Creador! y regresamos con el ruidoso tambor de allá para acá, proclamando ostentosamente: ¡es mi Creador, es mi Creador!, pero, ¡de ahí no se pasa!

 

¡Eso no sirve!

 

Cuando nos hacemos la pregunta ¡Quien puede estar en el Recinto Sacro? Hay dos respuestas orientadoras: El discernimiento de ¿cuál es el norte, y cuál es el sur? De allí depende todo el resto de la Rosa de los Vientos. Veamos esas dos preguntas claves:

1.    ¿Son mis manos inocentes? o ¿somos de los que ayudan a flagelarlo? ¿A apuntillarlo en la Cruz? ¿A lancearlo? (Recuérdese que a veces no se lo hacemos a Él, se lo hacemos a alguno de sus ἐλαχίστων “más pequeñines”; tengamos viva en la consciencia aquella frase: “¡A mí mismo me lo hicieron!” (Cfr. Mt 25, 45).

2.    ¿Soy de los que confían en los ídolos?

 

No recorro las “rutas espirituales” si sólo lo reconozco como Creador, de dientes para afuera. Tampoco si llevo las manos tintas en la Sangre de Cristo, con cada violencia que haga a mis hermanos, me entinto las huellas y ando con  las manos ensangrentadas.

 

Mucho menos, soy espiritual si me desvío por los caminos de la idolatría. ¿Cómo salir de ese atolladero? Viviendo arraigados en la sinceridad de nuestro corazón con la plena consciencia de que Él es Dueño y Señor de toda la tierra, y de todo cuando la llena.


Si cumplo estas tres directrices, entonces he traspasado el umbral de la espiritualidad y podré ponerme a la tarea de la construcción del Reino, obra pertinaz que me irá elevando por la escala de Jacob: Entonces seré parte de la generación de los que buscan a Dios, atento el resplandor Deslumbrante de su Rostro. ¡Seré un auténtico “Buscador del Dios de Jacob”!

 

Lc 5, 1-11

Remar mar adentro

El camino de la espiritualidad es laberintico. Hay, sin embargo, un Hilo Magnifico que nos permite recorrerlo con certeza: Es Jesús quien nos lleva de la Mano, como Pastor que lidia con sus ovejas extraviadas. Para eso instituye su Iglesia. Es como una barca, pero no una barca solitaria, es una barca a la que se suman otras barcas, para ayudar que “no se reviente la red” cuando está repleta, desbordante. No se trata de una organización, sino de un organismo, que crece, que madura, que puede ocuparse de la tarea sin desfallecer. Que puede ejercitarse en la Misericordia y aprender y enseñar -a su vez- a ser misericordiosos.


Primero, Jesús mismo habla, nos deja sus Evangelios (distintos ángulos del Único Evangelio, que es Su-Divina-Persona), el Nuevo Testamento, toda la Escritura. Luego nos pide, prestemos especial atención a esta indicación que nos da Jesús Ἐπανάγαγε εἰς τὸ βάθος, καὶ χαλάσατε τὰ δίκτυα ὑμῶν εἰς ἄγραν. “Remen mar adentro y echen sus redes para que pesquen”.

 

Sí, ellos eran pescadores expertos, sabían muy bien de la pesca material, de la pesca natural y Jesús los llamó para que siguieran siendo pescadores, no les cambió el “oficio”; pero, ahora estamos pescando “personas”, es la misma labor, pero el cambio es rotundo, no se trata de seguir haciendo lo mismo que se había hecho siempre, por mucho que aborrezcamos que nos cambien el libreto sobre la marcha, hay que iniciar un des-aprendizaje y empezar un re-aprendizaje.

 

Se puede decir: “Seguimos siendo pescadores”, sin faltar un ápice a la verdad. Pero tenemos que hacer un esfuerzo adaptativo, porque ya no se pescará como solíamos hacerlo. Habrá que dar el brazo a torcer y acceder a iniciar de nuevo ¡desde cero!

 

¡Es lo hermoso que tiene Pedro! En su clarividencia se da cuenta que hay que desaprender y reaprender. Esa comprensión profunda radica en esta clave: “En tu palabra”. ¡Porque Tú lo has dicho, se hará como Tú lo has dicho!

 

Esto no es magia. (recordemos que no hay que incurrir en “idolatrías”). Se dice muy fácil, se escribe con pocas palabras, pero hay un largo, larguísimo tramo de recorrido, esforzado para transitar este cambio, esta acogida de la Palabra, esta aceptación, este acatamiento.

 

Es una victoria sobre sí mismo. Pero es un giro no personal, es todo el “equipo de pescadores” los que tienen que renunciar, ¿cuánto cuesta? En nuestra propia experiencia hemos visto que hay quienes prefieren dejarse morir que aceptar al cambio. Uno de los elementos que contribuyen a esta obcecación es el convencimiento de que, seguir haciendo lo mismo es “lealtad”, ellos patalean y chapucean, salpicando agua a diestra y siniestra y lloriqueando, mientras gritan “somos fieles a las enseñanzas”. No es respeto a la tradición sino empecinamiento en el “tradicionalismo”. ¿Es diferente! No se requiere la conversión de una persona, ¡es un giro comunitario, un acto sinodal!

 

Una parte crucial de este reaprendizaje está retratada en este gesto Petrino: “…se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí que soy un hombre pecador»” Como si le dijera: “esta tarea que nos entregas no es una obra para humanos, es algo sobre-humano, nosotros no podríamos porque no somos ángeles”.

 

Es el ser que con su débil espiritualidad se ve sobrecogido por la grandeza de la Misión. El hombre enfrentado al Misterio de Dios, que no estremece sólo a un individuo, sino que “se había apoderado de todos los que estamos siguiéndolo”.


Hoy, somos llamados a tomar la decisión: ¿quedarnos cerca de la orilla, donde en caso de conveniencia -así sea a nado- podremos regresar? O ¿Ἐπανάγαγε εἰς τὸ βάθος [epanagage eis to bathos] “remar mar adentro”, “aléjense hasta lo profundo”, “desapegarnos de nuestras seguridades”, donde tendremos que abandonarnos completamente en Sus Manos? 

martes, 1 de septiembre de 2026

Miércoles de la Vigésima Segunda Semana del Tiempo Ordinario

1Cor 3, 1-9

Sin embargo, ¡atención!: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo”

1Cor 3,11

Para tratar de construir un mapa de esta Epístola, la hemos dividido en siete partes. La Primera parte va de 1.10- 4.21. A su vez, esta primera parte la podemos dividir en cuatro sub-partes:

i)              Cómo la división atenta contra la Unidad propuesta por Dios (1,10-17)

ii)             La sabiduría de Dios y la sabiduría “mundana”, con tintes de “sabiduría-filosófica (1,18-3,4)

iii)           Definición de “apóstol” (3,5-4,5)

iv)           El orgullo como amenaza de “caída” (4,6-21).

La perícopa de hoy es una transición entre ii) y iii), las abisagra. La primera parte de la perícopa nos deja ver la “inmadurez” de la comunidad de Corintio (3,1-3,4); la segunda parte nos ofrece las coordenadas de lo que es un apóstol, o sea que se adentra en la iii) parte de la Primera Sección.

 

Cuando un niño pasa de lactante al nuevo nivel, no se le puede dar cualquier alimento, sino que hay que ir en una escala: lo líquido, las papillas, los purés y otros alimentos blandos, y así paulatinamente, hasta que tenga su dentición para poderle dar “masticables”. San Pablo usa aquí esta “parábola” para decirle a los Corintios que él les ha ofrecido una inducción al cristianismo, dándoles a probar “papillas adecuadamente blandas”, y que -ni siquiera ahora- han alcanzado el grado de maduración requerida para poder proceder con alimentos sólidos.

 

Con un bebé, la madre, cuidadosamente pasa su dedo por la encía de su crío, consciente que, si ya ha dentado, puede llevarse la dolorosa sorpresa de un mordisco. Sólo hasta cuando compruebe la presencia de blancos pespuntes de navaja en su boca, no podrá proponerle alimentos sólidos. Dando el salto de esta comparación al plano espiritual, ¿a que equivaldría este examen de encía? San Pablo nos lo dice, y es un aporte grandioso: ¿Cómo saber que una comunidad ha alcanzado el grado de maduración suficiente para saltar a los sólidos? En vez de que algo aparezca, lo que debe es “desaparecer”: Deben desaparecer las envidias y las discordias.

 

Y esto es algo que se lee aquí, pero -en la práctica- muchas veces se pasa por alto. La persona que está pastoreando una grey, se salta etapas, y procede a darle alimentos demasiado duros que logran atragantar al niño. Atención, hay que corroborar que las envidias y las discordias se hayan superado, antes de proceder a niveles más complejos de evangelización. A esto precisamente apunta la sinodalidad, a superar todas las trabas, todas las diferencias agresivas, todos los celos por los carismas de los miembros, que cada cual tiene el suyo, pero todos anhelan el carisma que tiene otro; no se valora el propio, pero siempre se envidia el ajeno.

 

Por ejemplo, si corroboramos que, en un grupo de infantes, al dejarlos solos, las rencillas y disputas saltan al ruedo, esos niños no estarán -por lo pronto listos a pasar a niveles de socialización más ricos y complejos. Primero deben aprender a compartir amistosa y fraternalmente. Este requisito de autonomía y sana convivencia se ha de inculcar antes que se den otros pasos.

 

En la siguiente parte, Pablo señala que el Único Dueño de la grey es Jesucristo, aun cuando en su escala formativa hayan estado a cargo de diversos “servidores” que los han conducido y acompañado en el proceso de progresivo avance en el kerigma, en la catequesis, en la Mistagogía, y así sucesivamente. Esto ¿qué implica? Que Uno solo es el Señor, que en diversos tramos de la “formación” Dios va disponiendo diversos “formadores” que nos llevan de la mano de un tramo al otro y que, conforme se avanza, se van reventando “los cordones umbilicales”, sin que nosotros permanezcamos atados a ninguno. Porque la maduración es autonomía. Toda comunidad debe hacerse a su autonomía.

 

(Esto no llama a la ingratitud, uno diría que, se está de por vida agradecido con los sucesivos Pablos, y Apolos, y Cefas, que se van encontrando y que van acompañando nuestro avance en las diversas etapas. Porque ¡la maduración no es desagradecida!

 

Por fin, tenemos que aprender a posponer la satisfacción-egoísta, cuando somos capaces de velar por otros aun cuando la gratificación propia se vea pospuesta, podemos asegurar que se está dando en nosotros un proceso de maduración adecuando. Y eso es porque la maduración no es inmediatista.

 

Hay dos “quereres” que delimitan la maduración, el querer de Dios (al que llamamos Voluntad Divina), y las necesidades “reales” del prójimo, que a veces están muy distantes de las que suponemos. Y es que la persona madura es capaz de inquirir “que quiere mi prójimo”, o “qué espera”, o “qué necesita verdaderamente”, antes que procurarle lo que nosotros, si estuviéramos en su lugar, querríamos.

 

Desde el punto de vista del agente de pastoral, se tiene que descubrir que el centro de toda la ecuación es Dios y su Voluntad y que nosotros somos accidentales, y todo lo que aportamos, son meramente contingencias.


Lo cual no ignora que, si no hubiera estado Pablo, o si no hubiera estado Apolo, o si no hubiera habido un Cefas, muchos procesos habrían quedado truncos. Para que nada faltara, Dios habría puesto otras figuras, con otro nombre, para suplir los vacíos, pero, al propio Dios le habrían entristecido las manos inútiles que la historia habría “saltado”, dejándolas huelguear por el camino. Un apóstol es el que hace lo que debe, a sabiendas de que Dios en su Justicia, no depende de ninguna mano específica para llevar su Plan a término. Pero a pesar de todo, cada quien procurará sacar lo mejor del escaso, mediano o generoso talento que haya recibido

 

Sal 33(32), 12-13. 14-15. 20-21.

Este salmo es un himno, que nos indica razones válidas para “bendecir” al Señor. Es un himno con un tinte muy particular, procura darnos enseñanzas, por lo tanto, diremos que es un Himno sapiencial.

 

En la primera estrofa se establece el Tutelaje Celestial, cuándo se declara que Dios no está distraído, ni nos olvida, sino que nos mira con “atención”, que nosotros calificaríamos de Paternal. Pero ese tutelaje no es casual, ni azaroso, dimana de un acto de Discernimiento-Triplemente-Santo. Ha sido una bienaventuranza que Dios haya tenido esa deferencia hacia nosotros, de las muchas criaturas que tiene, fue la humanidad la que Él declaro “Su Pueblo Elegido”: Miró hacia nosotros y “Pensó”: ¡Los he heredado! ¡Los recibo como mi estirpe! ¡Anhelo verlos sumergidos en Santidad, para que se dignifiquen como Hijos míos!

 

Él tiene una Morada-Santa, digamos analógicamente, Su Palacio. Allí desde su Real-Divino-Trono nos mira, -no como carcelero en un panóptico- sino con Ternura-y-Afecto; como un papá/mamá emocionad@ mira hacia el hijo de sus entrañas.


La tercera estrofa nos da cuatro datos sobre nuestra actitud, nuestra relación con Él, -si las dos primeras estrofas son catabáticas, esta es anabática:

                              i.        Nuestra relación con Él es de Esperanza confiada. Se trata de una חָכָה [chacah] “espera”, que es una opción tomada, no se espera a ver qué llega, se espera lo que venga de Sus Manos, porque sólo se aceptará de buen grado lo que Él nos dé.

                             ii.        Lo hemos escogido -así como Él nos escogió- para que Él sea nuestra sólida e “imbatible trinchera” (pedimos perdón por la analogía belicista), allí Él nos guarda de todo mal.

                            iii.        Esta manera de relacionarnos es una manera amorosa: cuando uno quiere a Alguien, acepta gustoso que sea Él Quien nos guarda, si fuera otro, sería sólo un intruso y nosotros estaríamos aceptando su protección con recelo, como si en cualquier momento nos fuera a traicionar, desconfiando qué esconde con su farsa o qué intereses egoístas lo guían. De Dios, no desconfiamos, porque sabemos que Él es Suma-Lealtad. No necesita nada, nada nos quitará

 

La antífona retoma la idea de heredad. ¿Qué es una heredad? Un terreno donde hay viviendas, hay campos con cultivos, hay también ​ graneros, corrales, huertos, silos, quebrada, bosque maderable para la leña y los otros bienes de uso comunal. Además, están los vecinos con los que hay confianza, amistad, apoyo, defensa mutua. El Señor nos ha escogido como su heredad, para convivir con nosotros, para ser la Cabeza-Paterna, el Magno-Patriarca, y nuestra comunidad aparece ante sus Ojos como su consorte. ¡Dichosa esta consorte que halló tan Supremo-Cónyuge!

 

Lc 4, 38-44

Señor, no me cansaré de repetirlo y te doy gracias por sostenerme en esta ilusión: te pido un corazón semejante al tuyo, que sepa estimar las cosas con tu percepción, que sepa apreciar las situaciones con tu espíritu, mirar a las personas con tu perspectiva. Dame un corazón que antes se canse de vivir para sí mismo, que de entregarse a los demás.

Papa Francisco

En este Evangelio se pasa directamente de la sinagoga donde Jesús sana a un hombre “paralizado”, a la casa de Pedro, donde Jesús le sana a su suegra que se hallaba enferma, con mucha fiebre. Pero para entender hay que contextuar la sanación. No la sana como una presunción de “Yo-puedo”, no es la vanidad del Poderoso. Hay un porqué de esta sanación.


Una mujer, mayor y enferma, es una nulidad, una carga, así se la veía en aquella cultura patriarcal, un fastidio con ninguna ventaja. Una condición similar a la de las viudas y también la de los niños, se les miraba como a “bichitos estorbosos”. Si se atravesaban por ahí, fácilmente podían ser despachados con un puntapié.

 

Así que sanar tenía un cariz tan liberador, que se tiene que entender como una “reintegración” a la comunidad. Esta suegra quedó automáticamente exonerada del desprecio, y reincorporada al ritmo familiar, a la rutina vital de la familia: podríamos -sin ninguna exageración- interpretarla como una “resurrección” (porque o solo es resurrección levantarse de la tumba sino, también, saberse útil poder aportar con el fluido de acciones que ritman una familia o una comunidad).

 

La suegra de Simón, al momento ἀναστᾶσα [anastasa] “se levantó”. Aún hay más: “y comenzó a atenderlos”; la enferma estorbosa recobra todo su sentido de vida, toda su importancia existencial, y vuelve a ser “alguien” que aporta a la comunidad. Jesús la ha liberado de su estado “marginal”. Jesús lucha y nos rescata de toda marginalidad.

 

En las comunidades pobres, abundan los enfermos, no sólo están los mayores que dejan de ser productivos, sino que hay todo un mar de dolencias que acorralan, como los “demonios” se ceban en los débiles. Pues Jesús, -a la hora de la puesta del sol-, se pone a liberarlos a todos: les impone las Manos y los posesos quedan exorcizados. Muchos de los demonios se dan cuenta que ha llegado el Ungido con Poder-Total para someterlos (ayer hablábamos de autoridad), y lo identifican, gritan porque les ha llegado el fin, se les acabó el cuarto de hora; ellos saben que la Llegada del Mesías se anunciaba con el sonido del Yobel. Así las cosas, a los demonios que los enfermaban, les atronaban los oídos con el canto de esa trompeta victoriosa. Jesús les ordena guardar silencio: Esta consigna para guardar el secreto mesiánico, era fundamental, cuanto más se le proclamara mesías, más pronto empezaría la persecución, era llamarlo Mesías lo que hacía que los poderosos lo rechazaran, pero también que su propio pueblo -domesticado para la servidumbre- pensara que un líder liberador lo que les traería, importada de Roma, serían las fuerzas opresoras y los ejércitos apabullantes; así, para ellos, era mejor que no llegara el Mesías: Él no puede dejar de sanar, no puede parar de liberar, pero intenta que lo dejan hacer su trabajo y no le adelanten el Calvario hasta que la tarea esté cumplida y Él elevado en la asta de la Cruz pueda decir: “Todo está cumplido” (Jn 19,30).


Aprovechaba el tiempo lo mejor posible, antes de la llegada de la “hora”. Su estilo de trabajo era ir por todas las sinagogas (del griego συναγωγή [synagōgḗ], de συνάγειν [synágein] 'reunir’, ‘congregar'), donde su pueblo elegido (Judea) se congregaba, llevándoles la proclamación de la Noticia: de la Buena Nueva.

lunes, 31 de agosto de 2026

Martes de la Vigésima Segunda Semana del Tiempo Ordinario

1Cor 2, 10b-16

El diablo existe incluso en el siglo XXI.

Papa Francisco

 

Quien recibe el Espíritu no está sujeto al juicio de nadie.

1Cor 2, 15

En esta cita que hemos puesto como epígrafe, tenemos una idea de libertad contra toda alienación. El hombre que está en el Espíritu de Cristo (el Espíritu Santo), no se puede manipular desde el antojo del manipulador, porque el Espíritu Santo impide que sea llevado por fuerzas ajenas que lo sustraen de su propia realización como persona autónoma y lo hacen juguete de las fuerzas malignas. En el mundo se agitan una serie de fuerzas y poderes de confusión (teñidos con un camuflaje de “alta filosofía” y de “pensamiento cientificista), que parecen tornados y huracanes que arrastran con todo, en una dinámica caótica. A esas fuerzas destructivas no se las puede domeñar y hacen de la gente, muñecos a su antojo y capricho.

 

Hasta este punto hemos visto que hay como una primera división: los que se dejan fascinar por una sabiduría mundana, una sabiduría estructurada en torno a ciertas pautas lógicas de una cultura que se daba a la reflexión y despreciaba a los trabajadores manuales, artesanos, marinos, soldados, estibadores portuarios; esos iban, por una parte; había otros que aceptaban lo que Dios les ha revelado y se dedican al discipulado de una sabiduría espiritual, son los que acogieron a Pablo y formaron comunidad durante el año y medio que él se encontraba allí.

 

Esta parte de la Primera Carta a los Corintios, que trata de las divisiones de la Comunidad, abarca (1,10 – 4,21), estaremos moviéndonos en esta parte de la 1Cor, hasta el sábado de esta semana, inclusive. Partiendo de la llegada de algunos judaizantes que pretendían inyectar la línea mosaica y las tradiciones judaicas como condición para poder ingresar al cristianismo; dónde, a la comunidad Paulina se le injertó una tendencia divisionista, que los fraccionaba en bandos: “yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo” (1Cor 1, 12-13), a partir de esta famosa frase de San Pablo, podemos concebir la existencia de cuatro tendencias, al seno de la comunidad (no sabemos si Pablo fue exhaustivo o había además otros corrillos) , cada uno halando de una punta, e ilusionadas con la diversidad de liderazgos. A este divisionismo vamos a arribar mañana.

 

Por ahora, Pablo continúa situando la diversidad entre la Sabiduría de Dios y la sabiduría humano-mundana, deslindando, cómo la comunidad se ha constituido como una integración de los que han sido capaces del Espíritu. Su enunciado base es la potencia del Espíritu para “sondearlo todo”, (nótese el lenguaje de marinería que se usa: con diversos recursos -evidentemente no electrónicos-, los navegantes iban midiendo la profundidad para evitar que la embarcación encallara). Con ese tipo de pericia, el Espíritu, podía medirlo todo, cual marino experto, pero no en navegación sino en espiritualidad.

 

Es una metáfora, porque aquí lo que se mide es la intimidad del espíritu del ser humano e -inclusive- la Profundidad de Dios. Porque para poder sondear a la persona, hay que ir a su “intimidad” y esta sólo la penetra el Espíritu que, con tal poder puede aquilatarlo todo. Ahora bien, este Espíritu que han recibido los miembros de la Comunidad Paulina en Corintio, no es un espíritu con recursos técnico-lógicos, como los de las escuelas filosóficas, no es un espíritu que surja de las divagaciones y las elucubraciones más o menos inteligentes, ¡no! Lo que se aplica no son instrumentales teoréticos fruto de esfuerzos reflexivos de alguna manera emparentados con el estudio de las realidades físico-materiales, sino con el Espíritu que es Don-Dadiva, regalo Celestial en Jesucristo.


Aquí San Pablo establece un postulado epistémico que apunta a la diversidad del saber; a las realidades materiales aplíqueseles una lógica “física”, pero a lo espiritual, sólo se le podrá explorar desde una óptica espiritual. A la lógica “física” Pablo la llama “natural”, porque es una perspectiva fértil para el conocimiento de las realidades de la “naturaleza”.

 

Si confundimos la realidad del objeto en estudio y aplicamos a lo espiritual las metodologías “naturales” incurriremos en “necedad”. Así pues, ante la “realidad espiritual” que estamos enfrentando, sólo habrá fertilidad aplicándole el “saber” espiritual del que nos ha imbuido Cristo.

 

Sal 145(144), 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14

Este salmo alude a un Rey que será Rey a Perpetuidad. Lo cual sería preocupante si de un mal rey estuviéramos hablando; pero, si nos estamos refiriendo a un rey Perfecto, que ayuda a todos los que caen y auxilia para que se levante todo aquel que esté caído, entonces, estamos hablando de la Esperanza Resplandeciente. Es un Dios que Reina salvando, ejerciendo su amorosa paternidad y que nos guarda como un Pastor Fiel.

 

Este es un salmo de la Alianza, ¿Quién suscribe la Alianza? El Rey-Fiel, el Rey-Justicia, el Rey-Amor. Esta Alianza lleva un sello de autenticidad: es la Cruz. El salmo, de hecho, nos convida a una “renovación” de la Alianza.


Al avanzar y a medida que negociamos la Alianza, debemos ir conociendo con quién estamos aliándonos:

 

a)    Con un Rey clemente y misericordioso

b)    Lento a la cólera y rico en piedad

c)    Bueno con todos

d)    Cariñoso con todas las criaturas

 

En la segunda estrofa, proclamada hoy, observamos cómo ha de ser nuestra respuesta, en cuanto contraparte de la Alianza:

 

a)    Agradecidos

b)    Que bendigamos al Señor, todos nosotros

c)   Que nuestros labios no cesen de propalar a los cuatro vientos, que se trata de un Reinado revestido de Gloria.

 

Debemos tener una fórmula kerigmática, como una especie de resumen, como el lema de toda nuestra campaña: cuando la gente nos interrogue, ¿Cuál es ese Rey que tanto publicamos? ¿Qué les responderemos? Diremos que “La Gloria y majestad de su Reinado, es un reinado perpetuo y gobernará de edad en edad, por años sin fin”.

 

Habrá, también, que ser capaces de explicitar por qué su gobierno no será revocado, en un tiempo de golpes de estado, de derrocamientos y ataques a los que detentan el gobierno, ¿Cómo podrá ser este Rey que no sufre colapsos, ni ataques a la continuidad de su poder?

 

Tenemos cuatro rasgos que no podemos descuidar, ninguno de ellos, porque todos son importantes para la comprensión de este Rey:

 

a)    Fiel a sus Palabras, es este Rey

b)    Bondadoso en todas sus acciones

c)    Sostiene a los que se ven de piernas débiles y a punto de derrumbarse

d)    Y, a los que ya se doblan, les da un exo-esqueleto que los enderece.

 

Llegamos a una conclusión, es una conclusión clara y tan contundente que la ratificaremos cuatro veces: «El Señor es justo en todos sus caminos».

 

Lc 4, 31-37

Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.

Lc 4, 32

De Nazaret pasa Jesús, directamente a Cafarnaúm, en la costa norte del mar de Galilea. Partiendo de allí se desplegaron muchas de las salidas Misioneras del Señor, se podría visualizar a Cafarnaúm como la “base de operaciones”. Aquí, es diferente de lo que pasó en Nazaret, la gente lo acoge y se maravillan por la autoridad con la que habla. La autoridad exhibe la convicción y certeza de su Enseñanza. No se remita a otras fuentes, su Mensaje tiene la solidez y el respaldo de su propia autoría, Jesús es, Él mismo, La Fuente y referencia de todo su Hacer-y-Decir.


 

Lo que destaca y reluce es que esta ἐξουσίᾳ [Exousia] “autoridad” es distinta, no es una autoridad ego-centrada, que ordena para imponerse, sino, una autoridad que favorece, que empodera, que estimula al crecimiento, Él lo que quiere es el Bien de los que lo Escuchan, una autoridad que sana y libera. Miremos por un instante hacia el significado de la palabra autoridad que proviene del latín augere que significa aumentar, hacer crecer. O sea que la de Jesús, es la verdadera autoridad, no es una manipulación por propio interés. Muchas veces se enseña erróneamente el significado de esta palabra mostrándola como si se tratara de una “obediencia” adecuada para construir el propio pedestal, cuando en verdad se trata de, una virtud de la personalidad, que busca el bien del otro. Hay otras versiones que identifican autoridad con derecho a dar garrote o con derecho a encarcelar o a mandar matar. Hay que saber qué significa la palabra, cuál es la verdadera autoridad; hay personas que piensan -ingenuamente- que la autoridad la generan los “uniformes”. Esto, a lo único que lleva, es a la pasión por vestirse con alguna de sus versiones. ¡Jesús llevaba ninguno!

Y ¡jamás uniformó a sus discípulos!

 

Vemos en esta perícopa la fuerza que le da a Jesús su Autoridad, que le permite expulsar espíritus inmundos. ¡Los increpa y los expulsa! El espíritu demoniaco no puede oponérsele, tiene que obedecerlo. O sea que la autoridad de Jesús libera al “hombre poseído”. El suyo es un poder liberador. ¡Ojo! No se trata de un poder para someter. Es un poder para hacer crecer. Si fuera un poder para “sujetar” sería un poder alienante no sería verdadera autoridad.

 

El espíritu inmundo se aterra ante la Presencia de Jesús, reconoce que Él tiene autoridad sobre él y sobre todos los de su ralea, y se alarma porque ver llegar a Jesús es ver la proximidad de su destrucción, por eso le dice “¿Has venido a acabar con nosotros?”

 

El dicho popular enuncia que “el miedo no monta en burro”, este sabe que la Llegada del Santo de Dios es el anuncio de su fin. Lo demoniaco no monta en burro; Jesús que no tendrá miedo, si montará en burro, y en un burrito entrará triunfante. No será el miedo lo que detenga su autoridad liberadora, la que sana y expulsa todo mal. El miedo es la jaula que usa el Malo para tratar de contener el crecimiento, la realización de la persona. (Miedo y engaño son su arsenal).

 

Tenemos que insistir que la realización de la persona es lo que mueve e interesa a la verdadera autoridad; aun cuando otros llamarán autoridad a los mecanismos encadenantes con los que se puede manipular.

 

καὶ ῥίψαν αὐτὸν [kai ripsan autón] “Y tirando al hombre por tierra”, como cuando se le pone una barra detrás a un maniquí, para mantenerlo enhiesto; tan pronto se le quita la barra que lo “sujeta” en la “posición deseada”, el muñeco se escurre, y cae. No cae herido o lastimado, porque el evangelista aclara que “sin hacerle daño”. ¡Queda libre! La barra ya no lo engancha, ya no lo obliga, ya no lo sujeta.

 

«Así también nosotros cristianos que queremos seguir a Jesús, y que por medio del Bautismo estamos precisamente en la senda de Jesús, debemos conocer bien esta verdad: también nosotros somos tentados, también nosotros somos objeto del ataque del demonio. Esto sucede porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. ¿Cómo hace el espíritu del mal para alejarnos del camino de Jesús con su tentación? La tentación del demonio tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas. Ante todo «la tentación comienza levemente, pero crece, siempre crece. Luego “contagia a otro”: se transmite a otro, trata de ser comunitaria. Y al final, para tranquilizar el alma, se justifica. De este modo las características de la tentación se expresan en tres palabras: crece, se contagia y se justifica». (Papa Francisco)

 

Este evento tiene un poder terapéutico en la comunidad de los “testigos presenciales” que, al verlo, comprenden que Jesús tiene un poder, una autoridad, que no pide nada a cambio, libera y no cobra, no le dice que “lo siga”, no le dice “ahora eres mío, me perteneces”, no se exige ninguna contrapartida: se evidencia que es un hacer el bien por el bien mismo, porque ese es, el Reino que llega, el Reino busca la realización de la persona en su plenitud.