lunes, 14 de septiembre de 2026

BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA DE LOS DOLORES


Hb 5, 7-9

Todo está consumado (Jn 19, 30)

El judaísmo fue fraguando -al hilo de la Revelación- una manera de sostener la amistad con Dios, por medio de una práctica cultual. Los gestos esenciales de esa manera de mostrar amistad y fidelidad con Dios corrían a cargo del Templo como institución oficial del culto, y este culto era “mediado” por el sacerdocio que llevaba sobre sus hombros el ejercicio cultual de los sacrificios.

 

En este Libro “A los hebreos”, se va a mostrar cómo entra Cristo en la esfera sacerdotal. El sacrificio presenta la “hostia”, o sea la víctima, para que su sangre pague la expiación de los pecados. Jesús, estaba destinado a ofrecerse como víctima propiciatoria ante el Señor-Dios, su Padre. Estaba destinado a ser el Cordero que, inmolado al Señor, lograra “quitar el pecado del mundo”, ese “mundo” no se refiere a la esfera terráquea, sino a todos los seres humanos que la habitan, la han habitado y la llegaran a habitar. La cumbre de su “existencia”, de la misión existencial que su Nombre le asigna, es llegar a ser el “Salvador” del mundo, a través de su personal inmolación.

 

Convertirse en el “Cordero expiatorio” era su meta de perfección. Ofrecer su Persona Integra en sacrificio, lo llevaba a cumplir el significado de la palabra יֵשׁוּעַ [Yeshua] "Salvador". Cuando Él se hace Hostia Santa en el Altar del Calvario -la Cruz- el propósito existencial del Ungido se alcanza, llega a su perfección, a la cumbre de Su realización, a su cabal cumplimiento.

 

¿De qué estamos hablando? Siempre hemos vuelto sobre la temática del significado del nombre de una persona en la cultura semita, como objetivo de la existencia. El nombre encierra el “propósito”. Cuando se cumple ese propósito, se ha llevado la tarea a su meta esencial. Entonces, y sólo entonces se podrá decir: “Todo está cumplido”. Yeshua dice todavía más, porque su exacto significado es “Yahweh salva”.

 

Cumplir el cometido asignado es alcanzar la τέλειοι [teleioi] “perfección”. Cristo tenía que alcanzar la perfección de su Nombre “Yeshua”. Y a eso se refiere la perícopa tomada como Primera lectura de hoy. Aparece el concepto de τελειόω [teleioo] “completamente realizado”, “llevado a perfección”, “cabalmente llevado a término”, “consumado”.

 

El Ungido llevó su misión de Cordero Sacrificial, hasta la cumbre de su cumplimiento a cabalidad. No se entregó un poquito, no se dio mesuradamente, su servicio no fue reservándose para sí, ahorrándose incomodidades y dolores, tacaño en su Donación. Para poder decir de Él que logró ser el “autor de la Salvación Eterna”, se entregó por entero, no se reservó nada para Sí, entregó, inclusive, a su Madre (Jn 19, 26).

 

No que estuviera buscando, con masoquista propósito el “dolor”, como quien quiere “deleitarse” o “regocijarse” con su propio padecimiento. La perícopa deja constancia que rogó para no tener que llegar a esos extremos; pero su suplica -suplica elevada con gritos y llanto- no fue un ultimátum, una carta de renuncia a su cargo y un rechazo a sus oficios. Le pidió al Padre, pero -en la oración en el huerto de los Olivos, puesto en la prensa de exprimir las aceitunas, valga decir, alcanzando la más profunda comprensión de su misión-  añadió: “que no se haga mi voluntad, sino la Tuya” (Lc 22,42).

 

Se presenta ante el Padre, dándole la cara a lo que se le viene encima, consciente del padecimiento que va a cargar en sus hombros y -no se detiene a refocilarse en la perspectiva del dolor- sino que, con voz de Hijo, eleva su petición de clemencia, llegando a la hematidrosis (Lc 22, 44).

 

Hay que prestar atención a la calidad de esta suplica. No es cualquiera el que ruega: Es el Hijo, el Ungido, de quien el propio Padre Celestial dijo ἀγαπητός [agapetos] “amadísimo” durante su bautismo (Mt 3, 17), el que “me complace en grado sumo”. Y no lo desoyó, escuchó su ruego, y lo salvo de la muerte, lo cubrió con la piedad filial que merecía y lo Resucitó, librándolo de la muerte.


No lo sustrajo a la densidad de su Nombre que lo comisionaba como Salvador-Redentor, pero no lo dejó hundido en el abismo mortal, sino que lo ensalzó Glorioso a su Derecha. ¡En el trono de la Inmortalidad!

 

Sal 31(30), 2-3a. 3bc-4. 5-6. 15-16. 20

Salmo del que anhela vivir en las moradas de YHWH. A esta clase de salmos los llamamos salmos del “huésped”.

 

Este salmo, para profundizar en él, podemos segmentarlo en tres episodios:

i)              Abandonarse en el Señor con entera confianza

ii)             Relato de la angustia que nos atrapa

iii)           Agradecimiento al Dios que salva.

 

En el primer segmento, está el abandono, la más cabal actitud del “amenazado”. Lo que no hace que ignore la gravedad de su estado: Él pinta con rasgos precisos su situación, su contexto, pero pasa la brocha, con rapidez, sin detenerse en minucias. No se retrata para los lastimeros.

En el relato de la situación amenazante, va enhebrando la gratitud que lo acompañará hasta salir airoso.

 

No se encomienda para salvar todos sus cherevecos; pero ruega para que alcance a salvar lo que tiene de valor.

 

Así, podremos ir fragmentando las piezas que trae este peregrino:

a)    Se acoge a la Bondad Divina

b)    Ruega “salvación” al que Salvación ha prometido.

c)    Le pide que le preste oído, que no deje sus súplicas en el abandono del que no oye.

d)    Que Él sea su refugio, su punto invulnerable, y recuerda el significado de su Nombre, por eso apela a que lo salve.

e)    Se da cuenta que los enemigos han tendido una red para atraparlo, pero Dios -que es leal- desenreda la golondrina de la red del cazador.

f)     El salmista, reconoce en Dios al Libertador de las trampas; Dios será quien lo desenreda de los hilos que ya lo aseguran y lo retiene maniatado. Esos “hilos” son “clavos”.

g)    Todos los azares incontrolables que pueden presentarse en una vida, sólo Dios los puede desenredar. Dios viene a supervisar la malla, y no deja ni un solo gorrioncillo cautivo.

h)     Los que valoran el amor de Dios son atendidos

i)      Dados sin falta por el Señor. a los que teman a YHWH, Dios lo preserva indemnes.

 

Fariseos, escribas, bribones… se burlaban de Él. No se contentaron con matarlo, se ensañaron y lo envilecieron, entregándolo a los ultrajes de la soldadesca… El motivo mismo de la condenación era una burla de desprecio, escrita en tres idiomas: ¡Jesús Nazareno, rey de los judíos escrita en tres idiomas:” Jesús Nazareno, ¡Rey de los judíos!

 

Jn 19, 25-27

María es un "espejo sin mancha" de la divinidad y anticipa la vida futura de la Iglesia

Este Evangelio nunca da nombre ni a “la madre de Jesús”, ni al discípulo amado. Hace sospechar que, como tantos otros personajes de este Evangelio, tiene significados más profundos, son personajes colectivos: representan a grupos o a pueblos. El discípulo amado sería el discípulo ideal…

Augusto Seubert

En Jn 19, 23 nos encontramos la palabra griega ἄραφος [arafos] que significa “inconsútil”, “de una sola pieza”, “entera, de arriba a abajo”, “sin rasgadura”, “sin costura”. Esta palabra caracteriza el Manto de Jesús, que no tenía costura, sino que estaba hecho de una sola pieza, de arriba abajo (Jn 19, 23s). En el verso 24 nos encontramos con la siguiente noticia: ante esta perfección de la túnica, los soldados resolvieron no trocearla, sino mantenerla indemne, y mejor sortearla entre ellos y a quien le cayera la suerte, se la llevaría, “en una sola pieza”.


La túnica inconsútil es imagen de María Santísima que representa la Unidad de la Iglesia. La “inconsutilidad (del latín tardío inconsutĭlis), de María Santísima proviene de su fe probada y de su docilidad para acoger la Palabra. ¿A qué Palabra nos referimos? La respuesta está en la primera declaración del Evangelio Joánico: «En el Principio ya existía Λόγος [logos] “la Palabra”; y aquel que es la Palabra estaba con Dios, y era Dios». (Jn 1,1).

 

Este título refleja que, por su fe y obediencia a Dios, María colaboró en la salvación de los hombres y se convirtió en la madre de todos los creyentes que nacen en la Iglesia. María, como Madre de la Iglesia fue solemnemente confirmada -por el Papa Pablo VI, en su discurso al clausurar la Tercera Sesión- en el Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964. Se celebra la memoria de Mariae, mater eclessiam, el lunes siguiente a Pentecostés.

 

El evangelio joánico renuncia a darle nombre propio de María Santísima -es “mujer” a secas, sin más títulos-, así como tampoco le da nombre al “discípulo amado”, que nosotros llamamos Juan.

 

Nuestra Señora la Dolorosa asocia sus dolores, simbolizados en la daga que atraviesa su corazón, conmemora el sufrimiento y la compasión de la Virgen María por la Pasión y Muerte de Jesús. Su fiesta se celebra precisamente hoy, su imagen suele llevar túnicas oscuras, un corazón traspasado por espadas (los Siete Dolores) y una expresión de profunda tristeza. La figura de La Dolorosa es un símbolo de luto, consuelo y solidaridad.

 

Por la perícopa se nos informa que María tenía una hermana, y que estaba con ella al pie de la cruz. Y otras dos Marías: la de Cleofás y la Magdalena. Ellas están aquí, en la “hora”, para ser la representación de los que desde el principio se unieron, personifican al “pueblo fiel”. Sin embargo, más adelante, tampoco se las menciona. Este “resto” fue el primero en intuir en este siervo sufriente, el verdadero sentido de la palabra Mesías aplicada a Jesús. Desenmascararon la Antigua Alianza como un pueblo al que le “faltaba el vino”, ¡qué rápido se quedaron sin vino”.


 Se puede descubrir en el par Madre-Discípulo-Amado, como un cumplimiento simbólico del “Levirato”. Esta pareja estaba llamado a darle hijos, al Hermano que había muerto sin dejar descendencia. Esos hijos somos nosotros, los convocados.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Lunes de la Vigésima Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


1 Cor 11, 17-26. 33

Entramos hoy en el quinto bloque de esta Carta, que trata los problemas de la vida en Comunidad. Este bloque lo podemos seccionar en dos sub-bloques, para mejorar nuestra aproximación. El primer sub-bloque, que no vamos a estudiar, trata el tema de las mujeres en el culto (11,2 – 16). Vamos a trabajar el segundo sub-bloque que abarca (11, 17-34) y cuya temática es la celebración Eucarística en conformidad con su institución. Lo que empalma muy bien con lo que estudiamos el sábado pasado.

 

Se trata aquí, de lo que podríamos llamar un “abuso”: Dice San Pablo, que, llegando aquí, no puede felicitarlos por lo que le han informado: Se le ha dicho que “cuando la comunidad se reúne, hay divisiones entre ustedes”. Está muy claro que cuando las divisiones se presentan, empieza -inmediatamente- un proceso de corrupción de la comunidad, de disolución, de descomposición. No hay un problema, lo que hay es un “problemazo”. Esto lo indica Pablo, diciendo: la cena que ustedes toman en sus reuniones, ya no es realmente “la cena del Señor”.

 

Unos comen muy opíparamente, otros, pasan hambre. ¡esa es la situación! ¿Puede ser esta la caracterización del ágape Eucarístico? Cómo es posible que, la “Cena del Señor” se haya convertido en la oportunidad para que unos lleven una lonchera descomunal, y humillen a los que no pueden llevar sino un mendrugo o, aún menos.

 

Nótese que Pablo no prohíbe que los que tiene en abundancia se reúnan en sus casas y se atraganten hasta el gaznate. Pero Pablo no puede barrer bajo el tapete la dificultad que esto plantea. Se ha tergiversado completamente el sentido fraternal del Agape. Así no se construye sinodalidad, sino que se fomenta el faccionalismo. Esta conducta es un verdadero ácido virulento que corroe la sinodalidad. Quienes así actúan condenan a la comunidad inexorablemente a su fin. Así las cosas, comprendemos que Pablo no puede “felicitarlos” por semejante comportamiento.

 

A continuación, la Carta nos trae el relato más antiguo sobre la Eucaristía, se estima que fue escrito hacia los años 55 y 56 de la era cristiana. Nos revela que Pablo les dejó las pautas para esta celebración, de acuerdo a lo que él mismo había aprendido en su formación, y cuyo patrón litúrgico se fue extendiendo e instituyendo una verdadera “tradición”, como él mismo la llama. Provenía del Señor, según nos la legó en la “Última Cena”.

a)    Celebrada la tarde de la noche en que iba a ser “traicionado”.

b)    Tomo en sus Manos Pan, dio gracias al Padre, lo partió y les dijo que “ese era Su Cuerpo”, el Cuerpo que Él entregaba a la muerte, para favorecerlos con la vida, Vida Redimida. Y les mando a repetir esta acción “en memoria” suya.

c)    Después de la cena, tomo la copa entre sus Manos y les enseñó que esa Copa era la Nueva Alianza, y que esta Nueva Alianza era ratificada por el ofrecimiento sacrificial de su propia Sangre. De nuevo les mando repetir esta acción, en “memoria de Él.

d)    Y, concluye en el verso 26 insistiendo que la acción de comer el pan y beber de la copa, es, mucho más que un ritual alimenticio, es la proclamación del Valor Salvífico de si muerte. Sólo cesará de repetirse cuando llegue la Parusía.


Así la esencia de la reiteración Eucarística, consiste en ser un acto “Memorial”. No se trata de traer al recuerdo un retazo del pasado. Se trata de traer al momento presente a Quien, en Virtud del Pacto de Amor, se actualiza en el hoy y en el ahora.

 

Sal 40(39), 7-8a. 8b-9. 10. 17

Este Salmo es Eucarístico, valga decir, de “acción de Gracias”. A un mismo tiempo que muestra gratitud, eleva una súplica. La tonalidad de fondo es la gratitud, pero en primer plano, en el salmo, se mueve el apremio, el peligro, el cerco tendido en torno, las amenazas que aprietan y ahorcan, inclusive, la enfermedad que clava sus fauces en la debilidad del salmista.

 

Sí, es un clamor de auxilio, el que se ahoga gime que le arrojen el salvavidas. Pero hay un envoltorio aislante, es la convicción de que el Señor no defrauda.

 

Sabe, ante todo, que el señor no reclama pagos por adelantado, que no apremia condicionando su apoyo al pago de una altísima cuota inicial. Sólo espera que nos presentemos ante su Presencia, mostrándonos disponibles para reconocerlo.


Reconoce que está Escrito, no en un código legalista, ni en un contrato formalizante; está escrito en el Libro de cada vida, porque el Señor no nos ata a una predestinación, pero dirige todo con su Misericordiosa Providencia para que el saldo final nos sea favorable.

 

La tercera estrofa de nuestra perícopa confiesa que el salmista se ha gastado cumpliendo la tarea de proclamarlo, de anunciarlo delante de todos, poniendo en riesgo su vida, que poco vale, comparada con la preciosa valía de haberlo proclamado.

 

En la cuarta estrofa, declara algo muy importante, los que se salvan no son los muy buenos, los santitos juiciosos de la foto, sino los que tienen sed de Salvación.  Los que lo buscan, esos son los que siempre tienen un canto en los labios y saben pronunciar las Cuatro Hermosas palabras: “Grande es el Señor”. Ellos forman un corro de dicha y júbilo. ¿En qué consiste esta Grandeza de Dios? En que Él no interpone אָחַר "tardanza", Él es pronto en atender nuestras súplicas. (Lento -en cambio- para airarse en contra nuestra).

 

El verso antifonal conecta excelentemente con la primera Lectura. Se refiere al encargo que nos dejó el Señor, que le pone cimientos a nuestra fe: la tarea de proclamar la muerte del Señor, hasta que Él vuelva. Nuestra vida ha de traducir, del arameo, una constante: Ven Señor Jesús.

 

Lc 7, 1-10

Pasó el Sermón del Valle, que nos ocupó el viernes y el sábado de la semana anterior; hoy, Jesús entra en Cafarnaúm, de la que, recientemente decíamos era como la base de operaciones de Jesús.


Un centurión, que tenía un criado a quien apreciaba mucho, viene a Jesús para implorarle por la salud de su criado (su esclavo). Al ser un “gentil”, recurre al Señor por interpuestas personas. Eleva su ruego por medio de la intercesión de unos ancianos judíos.  Este centurión se había ganado la estima de los judíos porque les había hecho adecuar un lugar para sus reuniones cultuales, una sinagoga.

 

Jesús salió para allá, pero, cuando ya estaban cercanos, el centurión le envió otra delegación para decirle que se avergonzaba de su atrevimiento al pedirle que lo visitara. Muy seguramente el Centurión, que había tratado con ellos, recordó que pedirle a un judío que entrara en casa de un pagano, lo condenaba a la “impureza ritual”.

 

No es que la fe del centurión se hubiera debilitado, al contrario, a pesar de estarle pidiendo más allá de lo que el judaísmo permitía, para no forzarlo a caer en esa situación que lo impurificaba, le pide que “lo sane a distancia”: Y lo hace con una comparación. Así como él tiene la autoridad que le concede el Emperador de mandar a lo lejos órdenes a sus subalternos, y ellos tienen que acatarlo, pese a esa distancia; así Jesús, con el Poder Celestial, que lo llena de “autoridad” puede pronunciar la “Palabra de Sanación” y, de inmediato, la enfermedad sería expulsada.

 

Este era, insistimos, un “gentil” y, a Jesús le asombra que entre los gentiles haya fe, y una fe mayor que la que florecía en Israel. Israel, era el pueblo elegido, pero este relato lo que nos muestra es que esa elección, no hacía más férrea la fe de este pueblo, sino que, por el contrario, a veces llegaron a mostrar una fe más débil, una fe enclenque.

 

Así las cosas, esta perícopa enfoca ya que, el cristianismo no sería un monopolio racial, o cultural, o político, o económico, de cierta gente, sino que sería una fe “católica”, es decir, abierta a todos los que tengan fe. Esta catolicidad se fue descubriendo paulatinamente y, a algunos -en especial a los judaizantes- les costó muchísimo aceptarla. Al volver a la casa, el Poder de Jesús, ya había llegado, y el esclavo estaba completamente sano.


Aquí encontramos la raíz histórica de esa frase que nosotros pronunciamos al acercarnos a recibir el Pan y el Vino Consagrados: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una Palabra tuya bastará para sanar”. ¡Fue -precisamente- lo que dijo el Centurión!

sábado, 12 de septiembre de 2026

LE DOLEMOS A DIOS EN SUS ENTRAÑAS


                             Eclo 27,33-28, 9; Sal 103(102), 1-2. 3-4. 9-10. 11-12; Rm 14, 7-9; Mt 18, 25-31

 

Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-: que os améis unos a otros, como yo os he amado.

Jn 13, 34

 

Ante todo, es necesario tener presente que la justicia bíblica no corresponde a nuestro sentido de justica expresado con un veredicto…

Enzo Bianchi

 

La definición elemental de justicia como la disposición de dar a cada quien lo que le corresponde, puede servir, con demasiada facilidad, y sirve, con demasiada frecuencia, de pantalla para cubrir nuestros deseos incontenibles de venganza.

Alejandro Angulo Novoa, s.j.

 

El amor puede, fácilmente, ser adulterado en su profundo significado y puede desvirtuarse o edulcorarse hasta lo melifluo, hasta hacer de él un fetiche empalagoso y repugnante. Nosotros tenemos –porque se nos ha dado- un itinerario para justipreciar lo que es el amor: El primer paso es tomar consciencia de la Presencia de Jesús como nuestra compañía constante, y, ante todo, ¡mirar al que traspasaron!


Ni se vayan a imaginar que simpatizamos, lo más mínimo, con el masoquismo; tampoco –y rotundamente ¡no! No aceptamos la violencia y la tortura, de ninguna manera. Simplemente constatamos una realidad donde campea y se pavonea. Es un hecho que está ahí, flagrante. Levantamos los ojos hacia el Crucifijo y nos damos de bruces con la Víctima, el Cordero de Dios, resultado de la maldad, de una crueldad inusitada que desalojó la propuesta originaria de fraternidad. Y preguntamos, desplazando nuestra responsabilidad, (porque tan inhumano atropello salió de nosotros mismos) ¿Cómo puede Dios permitir que se dé tanto dolor, cómo puede Él, quedarse impávido testimoniando el calvario de la humanidad?

 

Llegamos necesariamente al cruce de caminos entre el Dios-Creador, infinitamente Bondadoso, que no podía hacernos a su Imagen y Semejanza sí nos hacía criaturas manipulables a su antojo, y por eso ¡nos hizo libres! Y el Camino del Mismo Señor como Siervo-Sufriente (Y el Siervo-Sufriente no es sólo el Hijo, lo es también el Padre). La criatura de Dios –se podría decir- quedó “condenada” a su libertad, al riesgo del mal uso de esa libertad. No deberíamos decir “condenada”, porque la libertad no es una cadena; todo lo contrario, es –junto con la vida- nuestro mayor bien, el carisma verdadero del ser humano, el que nos permite subir, crecer, superarnos, vivir en el bien, escoger una vida santa. Por eso, más bien, deberíamos hablar de “adornados”. Pero claro, por la concupiscencia, esa secuela del pecado, la libertad no sólo nos engalana, sino que además nos “exige”, nos pone a prueba y, nos expone a fallar, a caer, a optar mal; por tal, no sólo podemos hablar de estar “engalanados” con el carisma de la libertad (decimos carisma porque es una virtud que recibimos para hacer bien a los demás, para favorecer la comunidad, para construir en solidaridad, para avanzar sinodalmente, para edificarnos en koinonía; porque un carisma no se da para uno mismo, sino para los otros), además, en ese contexto, dado por el pecado original, hay que decir que la libertad no sólo nos adorna sino que nos deja expuestos, nos asoma al riesgo: Para poder obrar el bien, para ser agentes del bien y constructores de paz, debemos ser capaces de afrontar ese riesgo y sobreponernos a él. Esa dialéctica entre atributo y riesgo es lo que nos llevó –arriba- a hablar de estar “condenados a ser libres”, con una perspectiva casi existencialista.


Segundo paso: Pongámonos –por así decirlo- “en los zapatos” de María Santísima, al lado de la cruz, mientras su Hijo agonizaba. Tratemos tan siquiera de imaginar su dolor, su tristeza, su sufrimiento. Su dolor son “siete dolores”, es decir, todo el sufrimiento del mundo; una espada de dolor atravesó su alma (Cfr. Lc 2,35). Contemplemos el dolor de María que es el dolor de todas las madres de la tierra y de la historia que han perdido su hijo a manos del odio, la ira, la ambición…


Vamos al tercer paso: Pongámonos en contemplación ante el dolor de Dios-Padre que ve a su Hijo morir en la cruz. Si María, su Madre, sufre, ¿cómo sufrirá el Padre que lo ve todos los días de nuevo crucificado? He aquí la gran contradicción: Dios-Todopoderoso es, en este caso, la Víctima. El Padre contiene su Poder para ejercer su Poder: Dios crea, crea todo el tiempo, todo el tiempo crea seres humanos, según su Imagen y Semejanza, y los crea libres. Ahora puede retractar la libertad y salvar a su Hijo o… puede –porque el don de Dios es irrevocable- ratificar la libertad humana, conexa con el riesgo de caer, y dejar que su Hijo sea vejado, torturado y asesinado. «Ante la cólera de Dios, representada muchas veces en la Biblia, en lugar de escandalizarnos, deberíamos comprender que éste no es un capricho de Dios, no es un defecto de la Justicia, sino que es la expresión del sufrimiento de Dios, el cual sufre por el mal que ve cometer en el mundo, sufre la violencia, sufre el odio. Y, por tanto, su justicia se vuelve sufrimiento[1]


Y, aquí –ratifiquémoslo- destella la Bondad Omnipotente de Dios: Dios por Amor, resuelve sufrir antes que retirar el Don. Dios-Padre en vez de castigar y destruir, resuelve sufrir, permite que su criatura se vuelva contra Él. Así como María se hace abogada de todos los pecadores y Madre nuestra, pese a su Corazón atravesado de parte a parte, así Dios-Padre, en vez de quitar, da. Frente al peso avasallador del dolor, del sufrimiento y la muerte lo que hace es entregar, entregarse más. La Entrega es su Victoria.

 

«Mateo fundamenta la necesidad de un perdón sin límites en la parábola evangélica del siervo inmisericorde. Se trata de un funcionario, probablemente un gobernador en dependencia directa del rey, al que debía diez mil talentos… es la máxima cantidad imaginable en aquella época y es una suma simbólica que el rey perdona total y generosamente. Al oír el lector de labios de Jesús la condonación generosamente otorgada por el rey, piensa instintivamente que el agraciado repetirá el mismo gesto con su compañero. Pero no. Apenas sale agradecido de la presencia del rey, encuentra a su compañero, desata violentamente su ira contra él y le exige el pago inmediato de la ridícula cantidad de cien denarios… sin atender a las súplicas de paciencia ni a las promesas de pagar hasta el último céntimo… No se puede tener por exagerada la exigencia del perdón hecha por Jesús. Es sencillamente un gesto de agradecimiento por el perdón sin medida recibido a diario de Dios. En la parábola pone Jesús en violento contraste la deuda inmensa contraída con Dios y la pequeña cantidad que nos debemos perdonar los hombres. Con este contraste nos hace comprender que nunca puede haber motivo razonable para negarnos al perdón.»[2]


 

La palabra per-don significa “súper-regalo”, regalo-máximo. Con ese “Don” magnífico responde Dios a la violencia humana; al vicio fratricida Dios contesta con su Magnanimidad. “No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras iniquidades” (Sal 102, 9-10). Si Dios hubiera hecho gala de “poder” habría sido derrotado; como hace gala de su Generosidad Misericordiosa, entonces ha derrotado al Malvado. La Cruz es la Victoria sobre el mal y la muerte. La victoria definitiva, ya la muerte no tiene poder sobre nosotros, es el súper-Don. “¡El Señor σπλαγχνισθεὶς [splagchnizdeis] tuvo lástima de aquel empleado y lo dejo marchar, perdonándole la deuda”! (Mt 18, 27)


Hemos llegado a esa palabra clave del Evangelio según San Mateo: σπλαγχνισθεὶς del verbo σπλαγχνίζομαι [splagnizomai], “conmoverse”, “sentir piedad”, “lástima”, “tener misericordia”. La voz σπλαγχνα [splagchna] se refiere a las entrañas, André Chouraqui piensa en la “matriz” y lo expresa como sentimiento matricial: «El Dios de la Biblia. Adonaí Elohim, fue traducido al Deus del Olimpo, contra el que la idea monoteísta judía luchó. Y el Dios misericordioso es algo más en la Biblia. Es el Dios-matriz (rahem), que hace con todos los hombres y la creación entera lo que la matriz con el feto. Más que dar misericordia, o tenerla, Dios da la vida y la mantiene» es lo que nos traduce Chouraqui. Allí donde la madre siente el dolor de su hijo, dolor-uterino, ¡Hijo de mis entrañas!, donde María siente ser taladrada mientras Jesús se desangra, en ese mismo punto del alma nuestro Dios sufre con su Hijo. Dios Padre no deja a su Hijo sólo sufriendo, no lo abandona, su Poder-Inagotable lo hace “conmoverse” con sus criaturas, perdonarlas; De esas –también- cinco Llagas en el Corazón de Dios-Padre brota el perdón: el Gran Poder del Espíritu Santo.


El filósofo clava sus dedos en el muro, se arranca las uñas arañándolo y solo ve un ser delimitado por la muerte, un ser condenado a deshacerse en polvo y un polvo convocado a la nada. El Evangelio nos descubre que el ser-humano puede entenderse como un ser capaz de misericordia. El Poder de Dios crea siempre, en todo instante está creando, infundiendo nueva vida. ¡Él no abandona! Porque su Poder es Eterno, sigue acompañando, velando, reconciliando, reconstruyendo, absolviendo, resucitando. Dios es Eternamente Puro, Él es Santo, Santo, Santo. En el corazón del pecador pueden vivir ira y cólera. En cambio, para Dios, furor y cólera son odiosos (Cfr. Eclo 27, 33).

 

Sin embargo, el Amor-Victorioso de Dios (el que coronó a su Hijo con la Corona de la Resurrección, extensiva a todos los que caminan su derrotero) puede quedarse, para nosotros, en una abstracción. Ese peligro nos acecha poderosamente. Nosotros estamos siempre amenazados., en este caso la amenaza es dejar el amor reducido a un ente abstracto, en idea “pura”, cuando el amor es -ante todo- una práctica, algo que se “ejercita”. Una vez más reconocemos que el ser humano tiene su libertad como un don precioso que, –en cada encrucijada- lo capacita para optar; y optar convenientemente, haciendo uso de esa libertad. Lo que nos define como humanos es la capacidad de optar y –fundamental, no sólo optar, sino perseverar en esa opción- a menos que descubramos que habíamos optado mal, equivocadamente, entonces surge la “nueva opción”, cambiar pronto para “corregir”.

 


«Admitámoslo, el perdón… supone un esfuerzo considerable. Exige tiempo y energía de parte del ofendido que debe mantener una lucha continua contra el egoísmo siempre dispuesto a aflorar en una tarea así,…El verdadero perdón… toma tiempo, implica un largo trabajo de maduración y una conversión del corazón, tanto de aquellos que perdonan como de quienes son perdonados… si el perdón se muestra como algo tan doloroso, es porque requiere lo mejor de la persona. Y por experiencia todos sabemos que es fácil tropezar con la debilidad.»[3]

 

En esa matriz de la “Misericordia” fue donde Dios tejió nuestras células, e infundió vida y nos dio el ser que somos. Pero, ese ser-digno, precisamente “digno” porque libre, no opta por una suerte de espontaneismo sino que apela a su voluntad. Cada opción se toma y se sostiene firme con la firmeza de nuestra decisión. Eso va directamente en contra de la mentalidad que reacciona para optar según sus impulsos espontáneos, porque “le nace” o “no le nace”. (Y recordemos que, para tomar nuestras decisiones Dios no nos dejó a la deriva, nos “revelo” su Ley, y –además- nos legó la Iglesia, Madre y Maestra).

 

En cambio, el conmoverse sí es un movimiento espontaneo de nuestras “entrañas”, está en nuestro ADN-Divino, somos capaces de solidaridad, de afectarnos ante el dolor del otro, ante la debilidad del desprotegido, somos capaces de “tener entrañas de misericordia” ante el dolor del hermano, y no pasar indiferentes como el Sacerdote y el levita de la parábola del Samaritano.


Amar y perdonar son opciones que se toman y se sostienen por nuestro “compromiso”, se llama coherencia del ser humano que lucha, todos los días, por caminar los senderos del bien, por respetar la ley de Dios, por andar los caminos que el Señor nos indicó y no comer del fruto prohibido. Coherencia con el Gran Mandamiento de Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Estas opciones son –por principio- anti-homicidas, nos llaman a arrancarnos el cainismo, a detestar el fratricidio, en todas sus formas, el irrespeto, tanto como la insolencia, así como la calumnia, como percepción de enemistad, nos llaman a perdonar y a caminar con la carga ajena el doble de lejos, y si te piden la capa, darles también el manto y si te abofetearon en la mejilla izquierda, a ofréceles enseguida la derecha (Cfr. Mt. 5, 39-41). Así es, el compromiso con el Bien, es un sendero de Perfección. La coherencia es una tarea que se reinicia a cada instante, sólo el que persevere hasta el fin se salvará (Cfr. Mt 24, 13). (No limitarnos a no infringir los Mandamientos, esa es sólo la primera mitad del camino. ¡Coherencia es no desperdiciar ninguna oportunidad de hacer el bien!

 

Y para ser Vida Eterna
el Verbo quiso de mí
la carne que resucita.
Y yo le dije que sí
para no ser sólo tiempo.

P. Casaldáliga

 

Amar y perdonar están inextricablemente unidos. Son, como se suele decir, las dos caras de una misma moneda. Y no son cosas que nos salen así como al que le nace bostezar, son fruto del propósito sostenido, prolongado, incesante. Surgen de la fuerza del corazón, animado por el Espíritu Santo. ¡Nosotros solos no podemos! Es Dios quien obrando en nosotros nos da la fortaleza, la voluntad para poder perseverar. Pero esa fortaleza hay que pedirla y aceptarla, también hay que “optar” por ella, escogerla como parte de (perdónenos la metáfora belicosa) nuestro “arsenal”, pero arsenal de vida y no de muerte.

 

«La espiritualidad ni es abstracta ni es ingenua… Lo que se propone aquí es completar lo que ya estamos haciendo con ineficiencia debido al descuido generalizado de esa dimensión del amor que es la que mueve a los humanos.»[4] Apelamos a todo este tejido de valores cristianos, que constituyen lo que -verdaderamente podemos llamar- vida en el Espíritu. «… la primera pregunta no es “¿Cómo podré perdonar o favorecer el que los otros se perdonen?” sino, “¿Cómo podre lograr que la misericordia de Dios y su iniciativa de amistad aparezcan en mi vida y en la de los demás y yo me abra a esa amistad?”»[5].

 

 



[1] Enzo Bianchi. LAS PARADOJAS DE LA CRUZ Ed. San Pablo Bogotá. D.C.-Colombia. 2001 p. 55

[2] Grün, Anselm. SI ACEPTAS PERDONARTE, PERDONARAS. Narcea, S.A. de Ediciones. Madrid –España 2005 p. 19

[3] Nadeau, Marie-Thérèse PERDONAR LO IMPERDONABLE San Pablo Bogotá-Colombia 2003 p. 24

[4] Angulo Novoa, Alejandro. s.j  ESPIRITUALIDAD Y CONSTRUCCIÓN DE PAZ Bogotá D.C. CINEP/ Programa por la Paz, abril de 2014

[5] Mons. Castro Quiroga, Luis Augusto. EL CABALLERO DE LA TRISTE ARMADURA. p.83. Ed San Pablo. Bogotá Colombia.  

viernes, 11 de septiembre de 2026

Sábado de la Vigésima Tercera Semana del Tiempo Ordinario



1 Cor 10, 14-22

Formamos un solo Cuerpo

Arranca con una recomendación que da base al resto: ¡Huir de la idolatría! Un creyente no puede caer en el sincretismo de aceptar la fe en Jesucristo y añadirle una serie de remiendos ajenos que no hacen otra cosa que negar la fe. Aunque a muchos les irrita que se les diga: eso es diabólico.

 

En Corintio se celebraba la Eucaristía, con Pan y Vino. Como nos lo muestra la perícopa. Este Cáliz y este Pan que nosotros reconocemos como la Presencia Personal de nuestro Señor Jesucristo: Cuerpo, Alma, Sangre, y Divinidad de nuestro Señor, ellos lo llaman “de la bendición”.

 

A hora bien, no llamemos a las Formas Consagradas “comunión”. Se habla de “la comunión” que se establece entre todos, y que consiste en una unidad de creencia, de sentires, de fraternidad y de compasión que los pone a todos en la misma longitud de onda, como una “sintonía” que los lleva a la experiencia de fraternidad y les permite avanzar en sinodalidad.

Nosotros lo hemos convertido en un nombre como si el sacramento fuera una cosa, pero cuando hablamos de Comunión nos referimos al vínculo fraternal que nos une como verdaderos hermanos, hijos del mismo Padre. Se trata de una amistad que tenemos, donde la fuerza circulante para todos nosotros, es el Amor de Dios que nos acerca y nos llena de reciproca afinidad. San Pablo va al meollo de la cuestión cuando se adelanta a decir: “nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo”, y esa es la mejor definición de Comunión.

 

Existe el peligro de Comulgar sin comunión. Yo voy, me como el Cuerpo de Cristo, pero todos los demás que están en la Iglesia, para mí son unos extraños, gente que me es indiferente, que no me importan ni un pepino, que empujo e ignoro con atrevida insolencia. Ahí no hay Comunión. El que así come las Formas Consagradas es un “infiel”. No está en Comunión porque no se siente de un Mismo Cuerpo.

 

Cuándo nos comemos a Nuestro Señor Jesucristo, nos volvemos de la misma familia y, por lo tanto, debemos querernos, respetarnos e interesarnos los unos por los otros, empezando por un trato amable, que es el primer paso de la Comunión.

 

Digámoslo una vez más: comulgar sin construir sinodalidad es una parodia de cristianismo; no es la fe en Jesucristo, que implica la implementación de una familiaridad, de una intensa amistad, de sentirse comunidad, de confesarnos Uno en Dios.


Los no creyentes, que en aquel lenguaje se llamaban “gentiles”, ofrecen sacrificios que no están dirigidos a Dios, sino a los “demonios”. Y por hacer eso, caen automáticamente en la idolatría, y por eso, no pueden comulgar con las Formas Consagradas. Al estar practicando la idolatría, se salen de la Comunidad de Fe, abandonan en seco la Comunión, se hacen indignos de comer el Pan de la Fraternidad en Jesucristo. Por eso, empezamos diciendo que no se podía mezclar una cosa con otra, lo que constituye una profanación, porque son dos cosas muy diferentes, y apuntan en sentido contrario. El Pan y el Cáliz lo son de Salvación; los holocaustos y las victimas ofrendadas a los ídolos son “perdición”. Con eso, sólo lograremos detonar la más profunda tristeza de Dios.

 

Sal 116(115), 12-13. 17-18

Salmo de Acción de Gracias. Después de la Cena Pascual, viene este acto de agradecimiento consistente en la recitación de una serie de salmos llamados del Hallel, este es el cuarto cantico de הלל [Hallel] "alabanza".

 

Nosotros traducimos ¿Cómo le pagaré al Señor todo el Bien que me ha hecho? Como si se tratara de una tiendita. ¿Haré el pago en efectivo o con otro medio de pagó? Cuando uno paga, tiene que dar el “precio convenido”, uno no puede pagar menos; la transacción no se dará si se queda debiendo una gran diferencia; puede también suceder que uno pague, y Dios le quede debiendo, porque no le dio las vueltas completas. Ese es el problema con la palabra “pagar” que en nuestra cultura alude a una transacción monetaria.

 

En realidad, el verbo que aparece aquí es שׁוּב [shub] “volver”, “devolver”, “rendir”, “dejar”, “retornar”, “presentar (por ejemplo, una ofrenda en el Altar)”, “devolver algo inútil, dañado a su estado de utilidad”. Aquí desaparece la idea de cambio por su equivalente, simplemente hay un gesto de gratitud, que reconoce que no puede dar lo justo, sino que da algo que no amortiza pero que demuestra el agradecimiento por el favor donado.

 

Como agradecimiento, se hace un brindis, se brinda con la copa llena de Vida, y de Vida Feliz. Y, mientras se levanta la coma se pronuncia el Santo Nombre de Dios, porque se brinda reconociendo que todo nos viene de las manos de Dios, que cristo en su Sangre ha cristificado.

 

La gratitud no será un acto clandestino: se dará gratitud delante de todo el mundo para que conste a todos que Él sólo hace el bien y les hace el bien a todos, indiscriminadamente. Es un brindis propagandístico, que anuncia la verdad de su Bondad a los cuatro vientos.

 

En la segunda estrofa hay otro verbo es el verbo זָבַח [zabach], “ofrecer” especialmente un sacrificio. Este verbo se vuelve aquí explicativo del shub, admite un cambio desigual con desventaja para el donante primero, que no recibe lo que es justo, en la práctica se acepta mucho menos. Si no fuera así, nunca nos podríamos acercar al Señor, porque nunca tendríamos lo suficiente para “compensar” ese don; el “don” precisamente es don porque es gratuidad.


 

Levantar la Copa de la Salvación parece aludir a la “Elevación”, el brindis Eucarístico. Con este brindis el Señor no celebra su muerte, sino su ingreso en la Sala del Rey, en calidad de Príncipe Heredero.

 

Si todo lo que tenemos viene de Dios, ¿cómo podríamos nosotros, de forma alguna, llegar a “pagar” tal Don tan maravilloso?

 

Sin embargo, en una transacción desigual, lo que hace el salmista es presentar un tributo -desigual- por tanto, insuficiente, que es solamente una señal de gratitud: Una víctima simbólica. Presentando este sacrificio, sólo se rinde “alabanza”, ¡jamás se paga! Es un cumplido por cortesía. Dios así lo recibe, como -y esta es la imagen más aproximada que tenemos- un niño, que -sin saber escribir-, toma el esfero de su papá y le dibuja en mamarracho y se lo שׁוּב [shub] “entrega” como tarjeta de cumpleaños.

 

Pero lo Maravilloso, es que Dios visualiza en sa pobre “ofrenda”, en ese “don” ofrendado, a su Hijo, porque su Hijo -en su economía salvífica así lo previo, y así lo instituyó, para legárnoslo.

 

Lc 6, 43-49.

Un árbol se podía describir con acertada aproximación, por medio de la descripción de los frutos que da. En tal caso, hay un acomodo muy preciso entre el árbol y el fruto, Los frutos son del mismo talante que el árbol. Cuando se tiene una manzana entre las manos, se tiene la certeza que viene de un manzano. Y, al probarla, diremos, conforma a su gusto, qué clase de árbol la produjo.


Al ser humano se le nota el corazón, a la legua, con sólo escuchar sus discursos. Normalmente, acertamos a discriminar con qué clase de persona nos las vemos, escuchando su “habla”. En este caso la relación de correspondencia es paritaria con la del árbol y sus frutos. Un corazón perverso no podrá pronunciar tiernas loas cargadas de verdad, de altura, de magnanimidad.

 

Lo inverso también se cumple, no sólo podemos detectar su maldad, también podemos leer la bondad que anida en el pecho de la persona, escuchando su lengua florida que pronuncia alabanzas y encomios.  ¿Podrá un espino cargar “ricos higos”? ¿es posible que colectemos sabrosas uvas en una zarza?

 

Se podría extender este tipo de relación a un paisaje: una tierra seca y agreste ¿valdrá la pena adquirirla para cultivar trigo para muy sabroso pan? Uno puede llegar a conocerse si se mira con este mismo discernimiento:  así podrá darse a la tarea de enmendar su propio corazón, procurando corregir y desbrozar todo lo detestable de su terruño personal.

 

Se trata pues, de un encuentro con el yo-mismo, con un propósito de crecimiento para poderse presentar -algún día- ante Dios como árbol de buenos frutos.

 

En este proceso, uno puede no sólo llegar a conocerse mejor y plantearse un “plan de mejora” personal, un programa de auto-superación, planteándose sinceramente ante Dios, y tomando como referencia que a Él no lo podemos engañar y que Él conoce a fondo nuestro corazón con todas sus limitantes; a la vez que reconociendo que Él siempre nos ve con Su Infinita Misericordia.

 

A veces nos dejamos engañar pensando que somos mejores que nuestras palabras y que nuestras acciones las superan; pero lo cierto es que nuestras palabras engloban el esquema general de nuestra personalidad y de nuestro proyecto de vida. Habrá siempre que trabajar en nuestras palabras, para lograr que lleguemos a un progreso consonante en nuestras acciones.

 

En la segunda parte de la perícopa, nos encontramos con un molde perfecto para catar y mensurar nuestra palabra, y es la Palabra de Dios.  Un trabajo sincero sobre el yo implica dos pasos:

1)    Escuchar con todo el corazón las palabras de Dios y las orientaciones que Él nos da.

2)    Poner por obra la asimilación de ese Mensaje en nuestra existencia.

Esa coherencia entre los dos planos: lo que Dios nos dice y el acatamiento e implementación de su significado en nuestra existencia, el Señor la dibuja con una parábola doble: La de los dos hombres que construyeron su casa en terrenos totalmente diferentes, uno sobre roca y el otro sobre arena.


Obsérvese que la parábola no todo lo atribuye al terreno, sino a la “profundidad” de los cimientos. Una casa sólidamente construida requiere bases profundamente ancladas. El que construye sobre roca, pero deja los cimientos a ras de tierra, tampoco alcanzará una edificación resistente, así como el que edifica sobre la arena, pero cava hondo para poner el basamento bien profundo, nunca logrará la estabilidad del que construye sobre roca, pero tendrá algo mejor que aquel que no pone ningún empeño en las raíces de la estructura.