1Pe 1, 18-25
Convocados a vivir en santa hermandad
El
oro y la plata son cosas perecederas, no hacen brotar la vida nueva, sino la
Palabra de Dios, que tiene fuerza creadora: “Él habla y la cosa sucede”.
Sal
33, 9; Gn 1, 3
Aparece aquí la palabra ἐλυτρώθητε [elytrothete]
“rescatados”, derivada de la palabra λυτρόω [lutroo] “rescatar”, “pagar completamente el
monto exigido para liberar a una persona secuestrada, o, a un esclavo”,
“devolverle algo a su legítimo dueño”. Aquí está el quid el asunto, en que
Jesús, nuestro redentor, nos redimió, pago por ostros el rescate total, hemos
sido adquiridos de nuevo (es curioso que קַיִן
[Qayín] “Caín” significa eso precisamente “adquirido”, con el pecado somos des-adquiridos,
entregados en empeño, comprados para la esclavitud, enajenados. Necesitamos que
alguien pague el “rescate” para volver a pertenecernos en legitimidad ¿Quién
sería nuestro legítimo “dueño”? La Libertad, nos debemos a la Libertad con la
que Dios al crearnos nos dotó. Nosotros hemos sido redimidos (rescatados) de
nuestros comportamientos sin fundamento, irrazonables, carentes de un propósito
firme y claro. O sea, que hemos sido liberados del “pecado”.
Entrando en la órbita
del perdón de los pecados, entramos en una verdadera hermandad, en la
fraternidad y la sinodalidad, dando pasos afianzados en el Amor que Dios nos ha
tenido, transparentado y patente en Su Hijo, que nos convoca en el amor de los
unos por los otros, pavimentando la ruta de ser hermanos en Jesús. No seremos
re-adquiridos pagando con monedas de oro o de plata. El precioso se pagará en
sangre Divino-humana, con la sangre del Redentor.
Se piensa -y pudo ser
así- que esta carta haya sido dirigida a judíos que se entendían y se
visualizaban como anclados en la Ley, en la Torah. Pero la Ley es solo como un
propietario provisional, puede escoltarnos hacia la “libertad” de los
redimidos; o, puede mantenernos sujetos en una forma de sutil esclavitud. En vez
de eso, hay una sangre liberadora que nos convoca a tomar el timón de nuestra
nave y asumir las consecuencias de su dirección.
Se trata de una
“regeneración”, hemos sido acrisolados, en el Fuego del Amor de Dios: Una
llamarada de Espíritu Santo. Pasando por esta purificación, florecemos como
Comunidad, en Cuerpo Místico. Ahí sí, quedan puestas las bases para que esa
Comunión nos dé los planos para la edificación del Reino. No construimos a
ciegas. Tenemos un sapientísimo diseño que guía las obras y nos señala dónde va
cada ladrillo.
El Reino es la
concreción de la Palabra, ya no será como la palabra humana -que es tan solo
energía sonora que produce una modificación provisional del aire- será, por
fin, Palabra Perdurable, Voz Creadora del Padre, que permanece por siempre.
¡Que hace todas las cosas nuevas!
Es preciso volver la
mirada hacia el Redentor y descubrir con infinita gratitud que Él se entregó
como Cordero sin tacha ni defecto y no escatimó nada de su Vida y su Ser en
aras de donarnos vida en plenitud. Es hora de reconocer que ya no se precisarán
más sacrificios, que no tendremos que estar día tras día degollando cabritos en
los Altares del Señor, porque la Ofrenda Perfecta se ha inmolado, y se ha
entregado en holocausto, holocausto significa “quemada íntegramente”, consumida
en su totalidad. Así como repetimos siempre -porque es muy importante entender
su donación total-, que el Señor se entregó enteramente sin reservarse nada
para sí. Sus posesiones, su cuerpo, su sangre, su madre, su vida total.
En el crisol del
Calvario, se ofrendó y Él nos devolvió nuestro ser totalmente libre en
llamaradas de Espíritu Santo, ya no fuego para quemar la victima sino amor como
fuego ardiendo en nuestro ser como fraternidad. Dios se ha Elegido la Hostia
Perfecta: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
En el texto es muy
claro que no se trata de una religión de palabra, sino de una Palabra que se
hace vida. De lo que se trata es, de una Cristificación de la Existencia,
traducida en hermandad. No se dice “hermano” o “hermana” a falta de otra
palabra para llamarnos entre nosotros, sino con profunda consciencia de ser
hijos todos del mismo Padre, hermanos en Jesucristo: “Ya que han purificado sus
almas por la obediencia a la verdad hasta amarse unos a otros como hermanos,
ámense de corazón unos a otros con una entrega total, pues han sido
regenerados, pero no a partir de una semilla corruptible, sino de algo ἀφθάρτου [afdartou] “incorruptible”, mediante la Palabra
de Dios viva y permanente”. El kerigma tiene un corazón y si no palpita
significa que el Mensaje Cristiano ha muerto y ya no tiene vida que comunicar a
la humanidad.
Por eso dice el Salmo:
«No dejarás a Tu Fiel conocer la corrupción» (Cfr. Salm 16(15), 10). Esta es la
manera de decir que Dios no dejó a su Hijo muerto en poder de la
descomposición, sino vivo para construir un mundo de fraternidad, su Reino.
Sal 147B, 12-13. 14-15. 19-20
Himno de alabanza para reconocer a Dios como el
reconstructor de Jerusalén. En ese restablecimiento de la Ciudad que será ahora
la Nueva Jerusalén, Dios coherente en sus cuidados, fundamenta esta Nueva
Ciudad en dos soportes Divinos: Paz-y-Pan. Rodeada de un blindaje inexpugnable,
Ella es sinónimo geográfico de Seguridad.
¿Qué traduce para Dios la palabra seguridad? La Alianza
porque nuestra amistad, nuestras Nupcias con el Señor, materializan nuestra
solidez permanente: El Esposo será siempre Nuestro Guardián y Nuestra Tibio
Nido.
El Tibio Nido, nos informa el salmo, ha sido reforzado
blindando, el Cerrojo de sus Puertas acerado y dando Amparo y Protección a
todos sus hijos.
Envía su “Mensaje” y este Don nos llega sin tardanza alguna, las esperas se disuelven en inmediatez. No habrá más aplazamientos.
Pero hay un elemento que modula la Libertad y ese es la
Ley. Si Dios hubiera entregado la Libertad sin modulador habrían incurrido en
una irresponsabilidad paternal (los niños pueden hacerse daño con sus juguetes).
Le dio todas las pautas a su pueblo elegido, porque había sido designado para
la descomunal tarea de llevar el Anuncio a las demás naciones. Por eso lo
privilegió. ¡No para establecer una hegemonía a plomo y misil!
Mc 10, 32-45
¿Rescatados para sentarnos en su Gloria?
¿Pueden
bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?
Mc 10, 38d
Miramos hacia Jerusalén como promesa,
cuando nos referimos a la Nueva Jerusalén la que se nos presenta en el
Apocalipsis; pero en este caso estamos hablando, por el contrario, de la
Jerusalén donde fue a morir Jesús, estamos mirando hacia una sentencia de
muerte segura. ¡Y Jesús les advierte!
El contexto general nos presenta a Jesús como un “amigo comprometido”; Él no usó a su Pueblo Elegido, fue por delante poniendo en juego su propio pecho y su propio corazón. Como se diría popularmente, jugándose su propio “´pellejo”. Él -personalmente- fue a la vanguardia, y se entregó, Él, el Primero.
Muchas veces pensamos que
“instrumentaliza” a alguien para que sea su “marioneta”, a veces decimos “los
usó como instrumento”; pero ¡nunca es así! todo el que se une al Proyecto del
Reino y participa, se une voluntariamente; por eso ha tomado tanto tiempo este
proceso: No somos muy veloces, que digamos, para tomar la opción procedente.
Sin embargo, Él resplandece con Su Paciencia.
Cuando mostramos el cobre y sacamos a
relucir el miedo, lejos de ocultar o aminorar el riesgo, nos lo deja ver a la
cara y que procuremos superarlo. Hoy nos muestra el tercer Anuncio de su
Pasión.
Pero lo que más nos bloquea no es el
miedo, es la ambición, el ansia de poder, el deseo de acomodarnos en el Trono,
ocupar las curules y luchar por perpetuarnos en los sitiales de gobierno. ¿Qué
le piden Santiago y Juan? “Sentarse con Él en la Gloria”, esa Gloria a la que
se refieren es el Trono del Reino Davídico.
Dos componentes (que desgranaremos en
tres aspectos) se declaran aquí:
a)
La Trinidad Santa se
ha repartido según algún criterio -que no es de nuestra competencia- lo que
cada Uno ha de hacer; y, asignar los sitiales Celestiales es Función Paternal.
El Hijo no se va a poner a repartir lo que su Autoridad no le asigna.
b)
Y en este literal,
hay algo que nos compete a fondo, a nosotros nos toca, tratarnos
fraternalmente, no y nunca someter a nadie, lo que nos toca es ¡Servir!
c)
¡El que quiera ser
primero que se haga el último!
Es todo lo contrario de lo que
imaginábamos: Luchamos y pataleamos por hacernos al Trono y lo que nos
corresponde es el delantal del διάκονος [diakonos] “Servidor”, el que se pone las pilas y hace todo con
tanta presteza que levanta una nube de polvo a su paso”. “El que ataca el polvo
a fondo”. (El sirviente que se las ve con el polvo está al último en la
“jerarquía”).
Llegamos al paradigma, aquí Jesús se pone
como modelo para saber cómo se llega a ser el “Primero”: Subiéndose a la Cruz.
Todo lo resume con exactitud en el último versículo de la perícopa de hoy:
“Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su
vida en λύτρον [lytron] ‘rescate’ por muchos”. Por muchos, es la manera
hebrea de decir “para beneficiarlos a todos”. La verdadera grandeza radica en
el servicio. Jesús ve su muerte como otro acto de servicio en su vida: como
entendemos muy bien, con su muerte sufragó el precio, y lo pagó -como bien
sabemos- con su propia sangre, con la entrega de Él mismo en favor de nuestra
liberación de la esclavitud del pecado.
Cuando hablamos de una “conversión”,
descubrimos que los valores del Reino están en contravía de los valores
mundanos. Ni Santiago ni Juan habían
remontado la lógica común, la de la codicia. Lo que pretenden es la
superposición de los valores mundanos a la Voluntad del Cielo.
Habrá que llevar estas aspiraciones al
bautismo (muerte por inmersión, es decir por ahogamiento) para llegar a ser los
co-herederos del Hijo. A los otros discípulos, lo que les molesta no es que
ellos estén pidiendo equivocadamente, sino que se les hallan colado en la fila
de los que vienen a solicitar, poniéndose de primeras entre los peticionarios de
los privilegios.
En nuestra sinodalidad, este dato se debe
tener en cuenta, que también nosotros (los más cercanos en la Comunidad)
podemos estar pidiendo mal y aspirando a las prerrogativas por las que Jesús no
está “trabajando”.
Jesús deshecha los prestigios y las
falsas aspiraciones, nos enseña que este tipo de objetivos de vida deben
desecharse, y que seguirlo implica aprender a ponerse de ultimas en la fila. En
realidad, el discipulado tiene que ver con la honra y el honor de hacerse
servidor. Y no de engrosar las huestes de los que se agolpan para reñirse los
puestos de opresores, de gerentes, de dueños, de monopolizadores: No apostarle
al apego del poder y el mando, sino liberarse por medio de la entrega.
La perspectiva “mundana” es que todos me
sirvan a mí, en cambio, el enfoque cristiano es hacerse servidor de todos los
demás.
En que eje se mueve toda esta reflexión, en el eje de la verdadera autoridad. El discipulado es un poder constructivo que se recibe, no un aparato de constricción para oprimir y amoldar, sometiendo. Nadie tiene porque ser instrumentalizado, nadie tiene que servir de escabel para ascender. ¡Cada vez que aspiramos a las esferas gobernantes, Le pisamos Sus llagas las de sus Pies para -supuestamente- acercarnos a besarle el costado!



























