sábado, 9 de mayo de 2026

DIOS NOS HA PRECEDIDO EN EL AMOR

 

Hch 8:5-8, 14-17; Sal 66(65), 1-3a. 4-7a. 16. 20; 1 Pe 3:15-17; Jn 14:15-21

 

…que también nosotros podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.

DEUS CARITAS EST

Benedicto XVI

 

La Conferencia de Aparecida -V del Episcopado Latinoamericano y del Caribe- nos llamó a un tránsito de una Pastoral que miraba con orgullo el número de bautizados, a otro tipo de enfoque que hace su énfasis en la calidad de discípulos misioneros. Allí se planteaba ya, que un cambio de enfoque cuesta, pero que de no hacerse tendríamos profunda responsabilidad en la disminución, retroceso y debilitamiento de la fe, y del divorcio entre fe y vida. La liturgia de hoy nos hace voltear la mirada hacia este horizonte y, nos convoca a ponernos la mano en el corazón y recapitular si el Encuentro Personal al que convidamos a los “fieles” se está acompañando de una formación mistagógica coherente; o, seguimos estancados en el modelo doctrinal preterido. Bien es cierto que estas evaluaciones miran hacia el clero y la jerarquía, pero no es menos cierto que ellos no pueden quedarse solos en el afán y el empeño, sino que las comunidades vivas, serán las que promuevan y alienten el soplo del Espíritu, para que cooperemos de modo que, el velamen recoja todo el Viento -de ese Santo Espíritu- y su impulso.

Viene, muy a tono, reflexionar, sobre aquella sentencia del Padre Nuestro: “hágase Tu Voluntad” … Se nos llama -sin embargo- a reconocer que esto lo pronunciamos de muy buena gana, queriendo significar “hágase Señor Tu Voluntad, siempre y cuando coincida con mis gustos y anhelos”. Así, nuestra experiencia de vida, hoy por hoy, se contextualiza y nos desafía a descorrer la cortina para mirar, con mirada devota y ojos piadosísimos hacia la “Voluntad de Dios”, a la vez que hacia su Amor. Una manera de ser discípulos-misioneros es entender que el Amor de Dios está abierto a la correspondencia, es más, la espera y la supone.

 

Una y otra vez nos encontramos con el Amor, nuestra fe pivota sobre ese Eje, porque Dios es Amor, porque el amor es el corazón de nuestra fe, es Dios mismo que se nos propone como meta, como paradigma de humanidad, se nos ofrece, entonces, como una dinámica para vivir esa fe. No se trata simplemente de aceptarla y decir “creo”, se trata de vivir construyendo una Nueva Humanidad, cuyo corazón sea el Amor. El Papa Benedicto XVI inició su Deus Caritas Est citando la Primera Carta de San Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él» Y continuaba el Papa Benedicto diciendo, «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.»

El Evangelio de San Juan nos ha acompañado en estos Domingos de Pascua (con excepción del Tercer Domingo). En el Primer Domingo el foco estuvo puesto en la Resurrección; En el Segundo, El Domingo de la Misericordia, Jesús se les aparece, es el Resucitado que se les presenta, el co-protagonismo estuvo a cargo de Tomás el Incrédulo, (en el Tercer Domingo, fuimos al Evangelio según San Lucas, nos ocupamos de los dos que huían hacia Emaús), el Cuarto Domingo nos referimos a Jesús el Buen-Pastor, y estos dos Domingos –V y VI- nos remitimos a la gran perícopa –que va de Jn 13 a Jn 17, que encierra los discursos de Despedida de Jesús; discursos testamentarios que resumen su “Ultima Voluntad” antes de la Ascensión- sólo dos fragmentos: Jesús es el Camino y Jesús promete enviar su Espíritu Santo, que es el tema de este VI Domingo de Pascua. «Si ustedes leen a San Juan, ven que en todas sus páginas, a través de los pocos episodios que escoge de la vida de Jesús, de las palabras de Jesús que prefiere, se desarrolla un solo tema, siempre repetido, y es este: el Padre revela al Hijo porque ama al mundo. “Tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16).»[1]

 

Amar tiene su praxis en un estilo de vida que “guarda sus mandamientos”; pero ¿son ellos plurales? Porque -donde leemos en Juan su Mandamiento- se habla de uno sólo, el Mandamiento del Amor. Su pluralidad consiste en la diversidad de prácticas con las que se ejercita este amor. «Juan no habla ni de virtudes, ni de vicios, no hace problemas por la obediencia, ni por el perdón mutuo, ni por los deberes matrimoniales o de estado, ni por compromisos de justicia. Nada de esto se encuentra en el vocabulario de Juan: se trata de cosas importantes… Juan va a lo que constituye el sentido la culminación de todo, es decir, fe y caridad.»[2]


«… el diálogo sobre la partida y retorno de Cristo (13, 31 – 14, 31). “Voy” y “Vuelvo”, tienen el valor de fórmulas expresivas de la muerte y la resurrección de Cristo, su transitus su viaje al Padre a través de su muerte. Además, Cristo crucificado será el camino por el cual sus discípulos llegaran al mismo Padre. La unión con su Señor muerto, y sin embargo vivo, será el pasaporte para la vida eterna. Y el amor de unos hacia otros debe reproducir el amor de Dios por Cristo.»[3]

 

En el numeral 22 de la Deus Caritas est, Benedicto XVI nos actualizó al presente, la Presencia de Jesús, y nuestro compromiso con el Amor: «Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra.»[4]

«A partir del amor misericordioso con el que Jesús ha expresado el compromiso de Dios, también nosotros podemos y debemos corresponder a su amor con nuestro compromiso. Y esto sobre todo en las situaciones de mayor necesidad, donde hay más sed de esperanza. Pienso –por ejemplo– en nuestro compromiso con las personas abandonadas, con aquellos que cargan pesadas minusvalías, con los enfermos graves, con los moribundos, con los que no son capaces de manifestar reconocimiento…  En todas estas realidades nosotros llevamos la misericordia de Dios a través de un compromiso de vida, que es testimonio de nuestra fe en Cristo. Debemos siempre llevar aquella caricia de Dios –porque Dios nos ha acariciado con su misericordia– llevarla a los demás, a aquellos que tienen necesidad, a aquellos que tienen un sufrimiento en el corazón o están tristes: acercarnos con aquella caricia de Dios, que es la misma que Él nos ha dado a nosotros.»[5]

 

«No es casual que entre los símbolos cristianos de la esperanza existe uno que a mí me gusta tanto: es el ancla. Ella expresa que nuestra esperanza no es banal; no se debe confundir con el sentimiento mutable de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de manera utópica, haciendo, contando sólo en su propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en lo atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará jamás, si el inicio de toda vocación es un “Sígueme”, con el cual Él nos asegura de quedarse siempre delante de nosotros, entonces ¿Por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar donde sea… Volvamos al ancla: el ancla es aquello que los navegantes, ese instrumento, que lanzan al mar y luego se sujetan a la cuerda para acercar la barca, la barca a la orilla. Nuestra fe es el ancla del cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada al cielo. ¿Qué cosa debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre ahí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida es como un ancla que está en el cielo, en esa orilla a dónde llegaremos. Cierto, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, de que Dios nos ama tiernamente y a este mundo, entonces en seguida cambia la perspectiva. “Homo viator, spe erectus”, decían los antiguos. A lo largo del camino, la promesa de Jesús «Yo estoy con ustedes» nos hace estar de pie, erguidos, con esperanza, confiando que el Dios bueno está ya trabajando para realizar lo que humanamente parece imposible, porque el ancla está en la orilla del cielo.

El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie –“homo viator”–  y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y a donde quiera que va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no existe una parte en el mundo que escape a la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del Amor.»[6]



[1] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá. 1995 pp. 25-26

[2] Ibid.

[3] Fannon, Patrick. LOS CUATRO EVANGELIO. Ed. Herder. Barcelona 1970. p. 137

[4] BENEDICTO XVI. DEUS CARITAS EST. #22 Roma 25/12/2005

[5] Papa Francisco. Audiencia General Vat. 20 de febrero de 2016

[6] Papa Francisco. AUDIENCIA GENERAL Vat. 16 de abril de 2017

viernes, 8 de mayo de 2026

Sábado de la Quinta Semana de Pascua


Hch 16, 1-10

El segundo viaje misionero de San Pablo va de Hch 15, 36 al 18,22. Esto quiere decir que la perícopa que hoy trabajamos ya entre completamente en este bloque. Lo primero que hoy se va a plantear se refiere a la llegada de San Pablo y de Silas a Derbe y Listra. Donde encontraron a cierto creyente que nos va a ser presentado y que se unirá a Pablo y Silas en este viaje.  

 

“El que siente adoración por Dios”, “el que honra a Dios”, este es el significado del nombre (de raíces griegas) Timoteo, este nuevo personaje hace su aparición, aquí, en el capítulo 16. Era de Licaonia, hijo de un matrimonio mixto, de padre griego, y madre judía; de acuerdo a la tradición judía, el hijo de un matrimonio mixto debía ser educado en la tradición de la mamá. Timoteo llegará a ser uno de los mayores -si se nos permite la analogía con el lenguaje militar- “lugartenientes” de san Pablo, así las cosas, se comprende porque este último le dirigió dos Cartas que, han llegado hasta nosotros. Fue ordenado Obispo de Éfeso según nos informa Eusebio de Cesarea en su Historia de la Iglesia, por el propio San Pablo. Algunos estudiosos llegan a verlo como autor de la Epístola a Filemón.

 

Nótese que, a pesar de todo, Pablo tiene una deferencia con los judíos de la región de Listra, y hace circuncidar a Timoteo. No se trata de una componenda, o de una hipocresía, San pablo hace gala de una flexibilidad espiritualmente inteligente: Se debe tener en cuanta, como se ha dicho arriba que, siendo hijo de madre judía, Timoteo era, desde la óptica del judaísmo un judío verdadero, y San Pablo, en eso, no juega al dogmatista. En realidad, su propósito es muy claro, hace todo cuanto viabilice la expansión del Evangelio para que este no tropiece con trabas innecesarias. Timoteo tenía que servir de puente con comunidades de raigambre judía, convenía pues no obstruirle el ejercicio de su misión.

 

Luego, la perícopa nos informa que por donde iban pasando iban, además, comunicando lo que el Concilio de Jerusalén había decidido, se divulgaban sus “decretos”.  Las Iglesias crecían y se robustecían en la fe. Aquí descubrimos una dialéctica a tener en cuenta, no se trabajaba exclusivamente por un crecimiento numérico; además, se buscaba la profundización y elevación progresiva de la fe de todos los miembros de la Iglesia.

 

Viene ahora, un detalle especial, san Pablo tiene una ὅραμα [orama] “Visión”, “sueño”, “aparición”: el Espíritu Santo les impide predicar en Asia. Los lleva directamente a Europa. ¡Ojo! El Evangelio entra en Europa. ¿Cómo? Por esa visión que tuvo Pablo en Troade, se trata de un Macedonio que se le apareció de pie y le rogó llegarse a Macedonia. Así, de Troade ira a Filipos y sucesivamente a Anfípolis a Berea y a Atenas.

 

«Allí es donde la Voluntad de Dios se hace clara, por medio de la visión o sueño de pablo. En aquel tiempo, la visión plástica o intuitiva y e sueño se veían como medios por los que Dios se comunicaba con los hombre -cosa que la moderna psicología profunda estudia cada vez más-». (Ivo Storniolo)

 

Se ha de resaltar siempre la disponibilidad de los Apóstoles para seguir, no sus propios impulsos sino las mociones del Espíritu Santo. Por raro, curioso e inexplicable que sea, lo que les pide, ellos lo asumen. Una de las máximas enseñanzas que podemos sacar de la lectura de los Hechos de los Apóstoles. Estas mociones de Espíritu, son las que conducen la Iglesia y hay que saber seguirlas. Este es el caso que muestra cómo, el equipo misionero no duda -ni un poco-  sino que procede con “seguridad” y, acto seguido preparan el viaje y asumen la tarea de ir a anunciar la buena noticia a Μακεδονίαν [makedonian] “Macedonia”.

 

Sal 100(99), 1-2. 3. 5

Salmo del ritual de la Alianza. Está muy en la línea de lo que nos está narrando Hechos, de la catolicidad, de la apremiante necesidad de llevar la buena Noticia hasta los confines del orbe. Para la perícopa a proclamar se tomó caso todo el salmo, sólo se exceptúa el verso 4.

 

La primera palabra del salmo es ר֫וּעַ [ruá] que se ha traducido por “Aclamad”, con exactitud quiere decir “armen un ruidaraje ensordecedor”, “revienten los oídos de la gente”. Y llama a todo el mundo, sin discriminación, sin excepciones. Ese ruidaraje no se arma para hacer alarde de lo escandalosos que somos, sino para externalizar la alegría rebosante. Al presentarnos delante de Él, llamémoslo “Victorioso”, digámosle, gritemos: ¡Eres el Vencedor!

 

Declaramos que el Señor es Dios en Persona, que Él es nuestro Creador, que Él es nuestro Dueño, que nosotros somos “ovejas de su rebaño”, porque Él es nuestro Pastor: ¡Pastor Hermoso!


La tercera estrofa resalta tres cualidades que Dios nos ha dado a conocer:

a)    Es Bueno

b)    Su Misericordia es Eterna

c)    Igual que lo es su Fidelidad, que dura por siempre.

 

Hay una alusión tácita: Cada Eucaristía es el cumplimiento de esta Liturgia, querida y mandada.

 

Jn 15, 18-21

El mundo secular

No amen al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama el mundo, el Amor del Padre no está en él.

1Jn 2, 15

Se nos recomienda tener cuidado con la palabra “mundo” en el Evangelio joánico porque cobra distintos significados.

-       El sentido natural y lógico de “realidad creada”

-       Algo completamente ajeno a Jesús, como de otra “dimensión”, lo que le pertenece a Dios.

-       Lo que se enfrenta a Jesús y se le contrapone, mostrando una abierta discrepancia. En esta tónica el Malo es visto como “jefe del mundo”.


Por ejemplo, en este contexto de hoy, significa todo lo que rechaza y persigue la fe cristiana y a la vez, todo lo que nos aparta o nos puede llegar a alejar de nuestro Credo y de nuestra firmeza en Él. Es, por así decirlo, el “enemigo total”. Es el poder del Mal. Hemos de notar que, si Él fue perseguido, también sus discípulos lo serán, así como es perseguido todo su Mensaje.

 

Esta persecución tiene su razón de ser en el desconocimiento del Padre. Si alguien supiera que Jesús es Sacramento del Padre, se le respetaría y se le amaría, pero no sólo nuestros sentidos están embotados, sino que, además, el Malo narcotiza nuestra espiritualidad para impedirnos reconocerlo.


«San Ignacio de Loyola, en los ejercicios espirituales, estigmatiza la estrategia de satanás como avidez de riqueza, cuya acumulación lleva a la vanagloria y a la soberbia, que son el principio de todos los males. En cambio, la estrategia del Reino consiste en llevar a los hombres a apreciar la pobreza y el desprecio que ella implica, para llegar a la humildad, que es el principio de todos los bienes». (Silvano Fausti)

 

“…Es necesario que ellos hagan una elección precisa entre el amor de Dios, que se traduce en el cumplimiento de su voluntad, y el amor a la mundanidad”.

Enzo Bianchi

 

Si quisiéramos desertar, bastaría con engancharnos al mundo, entregarnos a lo que él nos pide, nos sugiere, y automáticamente el mundo nos aceptaría -se ve todos los días-, es más nos prodigaría todo su amor-veneno que mata al son del griterío, aplausos, escandalo y risotadas ramplonas.

 

Por el contrario, si queremos mantenernos fieles a Jesús, tendremos que “guardar su Palabra”. Si nosotros guardamos “la Palabra” quienes reciban el Mensaje, también sabrán guardarla.


Veamos, entonces, sobre qué base está cimentado nuestro discipulado.  Hay algo que está detrás de todo esto, detrás del Amor, del odio, de la persecución, del discipulado, del anuncio de la Palabra, de la construcción de Comunidad: ¡El Santo Nombre de Dios!

 

jueves, 7 de mayo de 2026

Viernes de la Quinta Semana de Pascua


Hch 15, 22-31

Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros

Los delegados que fueron comisionados para ir a hacer la consulta a Jerusalén, habían cumplido su Misión y habían logrado una respuesta. Como la respuesta se inclinaba hacia la posición que ellos mismos sustentaban, convenía que los acompañaran testigos fiables que representaran y comunicaran la “voz pontificia”. Aquí aparece la figura de los “legados Pontificios”, los Nuncios, cuya función “fomentar los vínculos de unidad entre los Apóstoles, su “primus interparis” y las Iglesias particulares, en este caso la de Antioquía, que para el caso fueron Judas Barsabas y Silas; no bien regresaron, Bernabé y Pablo, llaman a la Asamblea para comunicarles lo que se decidió y dar lectura al Decreto.

 

El documento, ante todo desautoriza a los pro-circuncisión, señalando: “Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, los han alborotado con sus palabras, desconcertando sus ánimos…”. Entonces presentan, en el documento a los “legatarios” y el encargo conciso que les dieron, señalando que eran personas completamente arraigadas y reconocidas, para que se encargaran de ser sus portavoces. Es hermosa y profunda la conciencia que tienen los de Jerusalén de no estar decidiendo por propio impulso, sino que sienten que sólo sirven de instrumento para que el Espíritu Santo viabilice la comunicación de la Divina Voluntad: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables”(Hch 15, 28) Pero, si lo leemos con atención, podemos entender -entre líneas- que tampoco rehúsan la autoridad que les ha sido confiada, sino que -por el contrario- se hacen cargo de la participación que les toca.


La Carta llevó aliento y alegría a aquella Iglesia particular. Vemos en todo esto el nacimiento de una organización, un reparto de atribuciones, unos decretos, unos delegados, un Concilio, unas “asambleas”. La iglesia fue gestando un “sistema estructural” que respondiera a sus necesidades y a su crecimiento, a un cierto “centralismo” -no absoluto, sino con franjas de federalismo según la idiosincrasia de las comunidades particulares- y al reconocimiento de una Jerarquía, muy funcional y valiosísima a sus fines Pastorales, que en la diversidad supiera inculcar la unidad, sin atorarse en uniformidades alienantes y transculturales.

 

Sal 57(56), 6, 8-9. 10-12.

Tomamos sólo dos estrofas, organizadas con 5 versos entresacados de los 11 que forman este Salmo. Este salmo es un “oráculo”. La estructura de estos salmos oraculares comprende tres momentos.

-La petición o declaración de que Dios nos habla, que Él no es un “Mudo” que actúa dejándonos sorprendidos y desconcertados, sino que hay un canal de “Comunicación”.

 

-Luego, por lo general de manera muy breve, con una frase muy concisa, a veces con una sola palabra, se anota que llegó el mensaje; y, luego,

 

-viene la reacción ante el oráculo.


En nuestro caso, la primera estrofa es de la zona de petición del oráculo, y la segunda, de la reacción agradecida por lo que ha comunicado. Este salmo clama porque sabe que hay quien se interese por nosotros y nos asista.

 

Pero también agradece, porque el “oráculo”, sea cual fuere la respuesta, siempre es respuesta esperanzadora, reconfortante, consoladora.

 

Jn 15, 12-17

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él. Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

1Jn 4,16

 

El tejido de esta perícopa sigue enmarcado en el contexto de Dios-que-permanece, de Dios-que-acompaña, del Emmanuel. Llega al clímax de la declaración de Amor, pidiendo ser correspondido. Abre y cierra demandando Amor, como siempre unificando los dos Mandamientos que hacen uno-solo, el mayor: Amarlo a Él y amar al prójimo. Y, para mayor refuerzo, nos lo presenta como Mandamiento.


Además, hay una explicación del contenido del Amor: Como Él nos Ama, nos tiene por amigos. No nos toma como siervos -que bien podría- dada su Grandeza, su Enormidad. Podría, como muchos amores humanos, pretextar intenso amor, pero reservarse secretos, establecer fronteras, “reclamar sus espacios”. ¡Aquí Él no! ¡Él nos da a conocer todo, no se reserva nada! Todo cuanto el Padre le ha dado a Oír, Él nos lo ha dado a Conocer.

 

Algo que nos pone en claro y sobre lo cual recalca: Es que es Él, quien nos ha escogido; no fuimos nosotros los que llegamos al súper-mercado a elegir el dios de nuestro gusto, el que tiene las propagandas más atractivas en la televisión, el del jingle más pegajoso. Ha sido Dios quien -desde antes de llegar al vientre materno- ya nos había destinado para -dos cosas- φέρητε [ferete] “dar fruto” y μένῃ [mene] “permanecer”, que el fruto que demos, se arraigue y “permanezca”.

 

Notemos que cada perícopa concluye entregando la prerrogativa de pedir y ser atendido en el pedido, si el discípulo pide apelando el Santo Nombre. Sin embargo, pedir es un elemento esencial, es condición sine qua non; no podemos obligar a Dios para que nos elija, pero podemos garantizarle empecinadamente que, si nos honra con su Regalo, lo aceptaremos y seremos felices y comprometidos con ese Don, totalmente convencidos que ¡desde el Océano de su Misericordia, ya nos tiene ἔθηκα [etheka] “destinados”, “constituidos”, “establecidos”! (cfr. Jn 15, 16). Esta forma de permanecer es la “permanencia” en los frutos, frutos de fe, de gracia, de fraternidad, de projimidad, de amor.

 

Es muy importante tener presente cómo estructura San Juan esta perícopa, donde tenemos una “cebollita”, lo que técnicamente se denomina “quiasmo”. Es como una cebollita porque tiene un “corazón” o “núcleo”, y luego capas concéntricas. El “corazón sería lo esencial, y las capas concéntricas, serían acotaciones, aclaratorias a la vez que un sistema de “escolta” para proteger y destacar lo nuclear, como bandas musicales que van realzando los niveles y planos del Mensaje: Aquí el corazón de la perícopa es: “porque les he dado a conocer todo lo que  de mi Padre”.

 

Luego viene la capa más cercana al núcleo -que por su proximidad al centro-eje- reviste la primera esfera de aclaración- nos dá el por qué, porque somos “amigos Suyos”, y porque espera de nosotros los mayores y mejores frutos que permanezcan:

-por arriba es: “Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos

-Y , por abajo, es: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero”.

 

La siguiente capa -de adentro hacia afuera- nos aclara que nosotros somos sus “amores mayores”, y por abajo, con ese status de amores supremos, lo que le pidamos al Padre, Él nos lo otorgará:

-Por arriba dice: “No hay amor más grande que dar la vida por  los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.

-Por abajo: Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

 

Y, finalmente, la capa más exterior, se trata de lo que Dios “manda”, que nos amemos unos a otros, con un Amor como el que Dios nos dado:

-Por arriba: Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”.

-Y por abajo: “Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros”.


«Uno puede “dar la vida” no solo en forma violenta, sangrienta. Se da la vida también en la entrega continua a la resolución de los problemas de nuestro mundo moderno… Para un cristiano, los “amigos” que esperan vida, no son solo los compañeros de uno; son los despreciados, rechazados, abandonados, los “paralíticos” de la sociedad actual que esperan caminar de nuevo» (Augusto Seubert).

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

Jueves de la Quinta Semana de Pascua

Hch 15, 7-21

En este “Concilio” se han reunido los Apóstoles, los Presbíteros, y los delegados llegados de Antioquía, -quienes traían el cuestionamiento- ¿tenían o no que circuncidarse los paganos que ingresaban al cristianismo?

 

La conclusión de la reflexión en torno al judaísmo de circuncisión, no fue algo a la ligera, sino que se dio “después de una larga discusión”. Entonces, toma la palabra San Pedro (será la última vez que aparezca Pedro en los Hechos) en ejercicio de su liderazgo, haciéndoles caer en la cuenta que Dios, que conoce lo más íntimo de los corazones, es decir, lo más interior de las personas, avaló su entrada dándoles el “Espíritu Santo, igual que a nosotros”, sin “distinciones”. Y San Pedro formula una pregunta que debe ser conductora de nuestra interpretación -a la vez, que clave- para entender cuál era el problema: “¿Por qué ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? Al decir “tentar a Dios” quiere decir que estamos poniendo en cuestión algo que Él ya había resuelto y determinado; estamos contradiciéndolo, y -de hecho, al obrar de esa manera- estamos queriendo poner talanqueras y “aduanas” (como decía Papa Francisco) para dificultar, para obstaculizar la pertenencia a la Iglesia. Y Pedro continua, resaltando que lo que Salva es la Gracia del Señor Jesús.

 

En un segundo momento, la perícopa nos trae la participación de Pablo y Bernabé, que relatan los “signos y prodigios” que Dios les regaló a los gentiles dándoles la bienvenida al seno de aquellas comunidades.

 

Viene, a continuación, la intervención de Santiago, y hace un midrash que se apoya en (Amos 9, 11s); señalando que el vaticinio apuntaba en la dirección de dar acceso a todos los gentiles, y de ahí, él deriva que no se debe molestar a los gentiles. Pero no se deja ahí el asunto, no vaya a parecer que cada cual podrá hacer como se le ocurra y caer en una instancia de anomía, sino que estipula tres reglas que disciplinarán la conducta de estos “convertidos”, y que se pondrán por escrito en una carta a la que posteriormente el Libro de Hechos denomina “δόγματα [dogmata] “decretos dados por los Apóstoles y presbíteros de Jerusalén” (16, 4), a saber:

1)    Abstenerse de la contaminación de los ídolos, o sea, comprar y comer la carne de animales sacrificados a los ídolos.

2)    Obstruir las uniones ilegitimas, valga decir, entre parientes.

3)    Y el consumo de carne de animales que hubieran sido estrangulados, tanto como el consumo de sangre.

 

Todo esto, está en le orbita de la ley mosaica, como lo comenta el mismo Santiago en el último verso de la perícopa. Ya mañana tendremos oportunidad de comentar el decreto y los recursos puestos en marcha para divulgar las conclusiones del que se ha dado en llamar “Concilio de Jerusalén”.

 

Esto condujo a una definición de la identidad eclesial y un claro posicionamiento respecto del judaísmo y las tendencias remanentes al interior de las comunidades. Se procuró impedir que -personas sin autoridad legítima- que no habían sido comisionadas por Dios ni tenían mandato alguno, impusieran “molestias” -so capa de tradicionalismo- a los paganos convertidos al cristianismo.


Sin embargo, algo que comprobamos en nuestras propias comunidades es que la pertinacia no se vacuna con δόγματα, así estos dimanen del Vaticano.

 

Sal 96(95), 1-2a. 2b-3. 10

Estamos ante un Salmo del Reino. En el exilio Babilónico, los judíos pudieron presenciar los rituales de entronización que hacían para Marduk el dios nacional, y no podían haber quedado más que impresionados; una vez regresaron ellos la adaptaron, en una procesión escoltaban a YHWH en su arca, aun cuando hubiera desaparecido, hasta el Sancta Sanctorum donde era “instalado”-estamos hablando de un ritual de entronización.

 

-La procesión y la instalación era acompañada con canticos, a lo que se refiere la primera estrofa.

-La segunda estrofa destaca un carácter propagandístico -muy propio de la fe judía- que llama a “contarle” a todo el mundo las maravillas que ha hecho el Señor.

-En la tercera estrofa se declara le realeza de YHWH por dos razones:

a) Creo y puso todo en su lugar, y

b) gobierna a los pueblos con leyes de Justicia.

-El responsorio nos exhorta a contar las maravillas de Dios a todos los pueblos de la tierra.


Este impulso propagandístico es lo que para nosotros constituye la “Misión”. Nosotros -como nos propuso Aparecida- somos discípulos-misioneros; no una cosa solamente, sino ambas: בַּשְּׂר֥וּ מִיֹּֽום־לְ֝יֹ֗ום יְשׁוּעָתֹֽו׃ [basseru miyoum leyoum ye su atow] “proclamad día tras día su Victoria”. Nuestra misión es de proclamación y esta proclamación es lo que llamamos Evangelización, para que nuestros pueblos en Él tengan vida» (Jn 14,6)

 

Jn 15, 9-11

Continuamos donde lo dejamos ayer. Decíamos que en este capítulo la médula es la permanencia: encontramos 15 veces la palabra “permanecer”; hoy vamos a examinar tres de ellas.


Μείνατε [meinate] que es el aoristo, imperativo activo en segunda persona del plural, “permanezcan”, viene del verbo μένω [meno] “permanecer”. Este permanecer cobra tres ejes: amor, mandamientos, alegría. No se trata de permanecer quien sabe en qué. No se trata de inventar unos frutos “raros” que hay que dar para que nuestro fruto sea abundante; tampoco se trata de la “abundancia” en general. Tenemos que dar frutos y permanecer en estos tres ejes. ¡Repitámoslos! Amor, Mandamientos, Alegría.

 

Se trata de estudiar la fisiología del amor en el organismo del Cuerpo Místico de Cristo: el Amor aparece aquí como la sangre que corre por todo el organismo el Amor Divino-humano. Es esta savia vital la que “unifica”, Dios generó el Amor hacia su Hijo, aquí ha de traducirse Amor ´por Espíritu Santo, y en esa “circulación” amorosa se hizo extensivo a nosotros el Amor.  ¿Por qué hay que permanecer en el Amor? Porque el Padre ama a Jesús y Jesús, con carácter transitivo, nos transmite ese amor a nosotros. Ellos no acaparan el Amor como exclusiva “pertenencia” -lo que sería una cosificación del Amor- en ese punto hay que comprender que el Amor tiene la tendencia al crecimiento. El Amor -y esto no nos podemos cansar de repetirlo-, tiene la propiedad de crecer cuando se da. Normalmente, lo que se da se va agotando hasta que se agota, pero la lógica Divina del Amor hace lo contrario, más se da, más se tiene. Ese crecimiento es incontenible.

 

Por qué hay que guardar los Mandamientos, porque -ya nos lo había dicho- sólo guardando los Mandamientos damos fe de nuestro Amor. Amor a Dios que se separe de los Mandamientos, es cualquier cosa, menos Amor. Jesús ha guardado sus mandamientos, en consecuencia, permanece en su Amor (en el del Padre). Y por eso Jesús es para nosotros la fuente de la que mana el Amor. Tenemos que reconocer, en este momento de la reflexión, que el pecado, bloquea y anula el fluir del Amor -o sea, atenta contra el Hijo, porque lo inmoviliza- donde Él quiere ser fuente, nosotros producimos “sequia”. A esta sequía es la que llamamos “pecado”: El pecado es la cesación del fluido normal del Amor en el Organismo Divino-humano.

 

¿Podría haberse callado esto Jesús y no hablar de ello? ¡No! Porque entonces no tendríamos bases para fundamentar nuestra alegría, y mucho menos podríamos tener Alegría; y, llegado el caso que disfrutáramos de alegría, sería una “falsa alegría”, una falsificación de la alegría; no sería la Alegría con Mayúscula, la “plenitud de la Alegría”. Sería pura entretención. Como lo dice la perícopa: Dios amo al Hijo y el Hijo viabilizó la circulación del Amor hacia nosotros- constituyéndonos en hijos-de-adopción. El incumplimiento de sus mandamientos, es la ruptura del Amor que se nos pide tenernos: el Amor projimal. Que no es Amor nacido de nosotros, sino comunicado fontalmente por Jesús, del que Él ha recibido del Padre.


La salud de este Organismo estriba en el normal fluir del amor Divino hacia nosotros. Eso hace manar el gozo en el Sacratísimo Corazón de Jesús. Estar unidos al Sarmiento, dar frutos generosos y abundantes, permanecer en Jesús implica Amar en el Amor de Jesús: guardar los Mandamientos, es algo inapelable, es parte de la disciplina de nuestra fe, de una vida saludable en Jesucristo; y, disfrutar de la Alegría de ser y permanecer en Él, es una plenitud que sólo en Jesús podemos alcanzar. Permanezcamos, pues, en su Amor y en la Ternura de su Ley, que es la misma cosa, dicha en otras palabras, dejemos que ese amor cunda omnidireccionalmente, para que así Él sea Todo en todos (Cfr. 1Cor 15, 28).