lunes, 15 de junio de 2026

Martes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario

 

1R, 21, 17-29

La moral termina por tener menor importancia que tiene un rábano

Nosotros, hemos llevado al otro extremo la apreciación del pecado y lo hemos convertido en un asunto “puramente personal”, esto es un gran avance si no tenemos el defecto pendular de irnos al otro extremo. Sin embargo, el pecado tiene un matiz social, que es muy difícil, sino imposible de eliminar: Se trata del “mal ejemplo”, su poder de “difundirse”.  Es inevitable que cuando el pecado se comunica y otras personas se enteran -sobre todo- cuando el pecado es cometido  por una figura pública como un político, un miembro de la farándula, o del “jet set”, la gente del común empieza a pensar que, si personajes tan “notables” actúan así, de tal manera, debe ser que “eso no es pecado”, y que si lo es, no importa, porque eso da renombre e importancia y contribuye -como lo hacen siempre los escándalos- a poner en el orden del día al personaje de marras, así que su pecado tiene un efecto publicitario que agiliza las ventas de su producto o de su imagen.

 

Se ha llegado al límite que, cuando una de esas “figuras” decae en su fama, su agencia de publicidad le fabrica “un pecado” para que su rating se vuelva a disparar y el interés de sus seguidores se reanime. Uno de los más graves inconvenientes de estas estrategias es que las bases morales de la sociedad se corroen y ya la gente no sabe que le agrada a Dios y qué es lo que Dios manda. Es una especie de Babel moral.

 

Vienen, en consecuencia, estallidos de inmoralidad y todo el mundo quiere apuntarse al pecado de moda, para poder surfear en la “onda”. Y, es por esto, que las figuras de relieve, las que llamamos “figuras públicas” conllevan una honda responsabilidad en lo pertinente a las buenas costumbres y en la orientación moral de la comunidad. El daño que causan sus pecados se expande y tiende a adquirir la configuración de una “pandemia”: Las figuras públicas tiene una especie de función de “brújula” en la orientación de los valores que apuntalan y los vicios que asuelan a una comunidad.

 

Perfectamente puede suceder que, el intenso arrepentimiento y las muestras de recomposición del pecador le ganen -de parte de Dios- la remisión del pecado. Pero el “pésimo” ejemplo, se vuelve un contagio que repercute en sus descendientes, que, siguiendo los malos pasos, terminan por recoger las desgracias que son producto de las acciones que sus mayores les inculcaron y promovieron.

 

Ejemplos de estas situaciones los tenemos tanto en David como en Ajab. Ambos, reconocieron su pecado y se impusieron severas penitencias, tratando de purgar sus asesinas culpas. Lograron por este camino, detener las consecuencia nefastas de sus actos; sin embargo, la cadena de pecado se había disparado y -como una verdadera onda sísmica- los terremotos en la vida de sus hijos, de sus nietos y de la descendencia que debería haber ocupado dignamente el Trono que por derecho mesiánico les correspondía, eclipsó totalmente su brillo, y sólo recogieron las réplicas sísmicas, los venenosos frutos que correspondían a su infidelidad, a su idolatría, a su perversión, en fin- a todo el mal cuyas semillas dañosas desperdigaron.

 

Habrá que decirlo nuevamente, aun cuando lo hemos repetido ya n-veces, que no se trata de castigos, porque Dios no es Dios-de-rencores. Se trata de consecuencias, nadie que siembre, digamos, frijoles, esperará recoger una cosecha de nueces o de bananos. Lo que se hace, tiene resultados y da frutos consonantes con el sembradío.

 

Muchos se preguntarán: ¿Cómo se expande esta clase de contagios? Y no se puede dudar ni un instante del valioso papel que pueden jugar los medios de comunicación, donde el Malo los usa -como una “caja de resonancia”- para contaminar las consciencias del pueblo de Dios. Por eso, a nosotros nos cabe la aplicación responsable del “discernimiento”. Todo cuanto se nos propone y todo lo que se impulsa como corrientes de “moda” tiene que ser cuidadosamente sopesado por el “discernimiento” que Dios nos ha regalado, la “voz de la consciencia” juega este papel vital, y hemos de cuidar que la consciencia no sea vulnerada por espejismos que la adulteren.

 

El papel profético, que toca a todos los bautizados, puede como en la perícopa de hoy, ser leído como “enemistad”. Ajab llama a Elías, su “enemigo”, porque los caminos del Malo son cuidadosamente camuflados para hacerlos parecer correctos, los idóneos, los recomendables, y no falta quienes les trabajan a las campañas de la “inmoralidad” para hacer creer a otros que no son actos inmorales, sino el verdadero y pleno uso de la “moral”, y que, aquellos que los señalan como prohibidos, lo que quieren es recortar y coartar la “libertad”, misma que por ser falsa, nosotros la denominamos “libertinaje”. Según ellos, nosotros lo que hacemos es privarlos de sus “derechos”, porque para ellos el mal hay que disfrazarlo de “derecho”, y así llevan a tantos y tantos por los caminos de la perdición. Sí, así es, la bandera que enarbolan es la del derecho -muy legítimo- de irse al Infierno.


 

Llegado a este punto, ellos, muy enojados y poniendo su cara más seria, nos sacan la lengua, nos trataran de todo, “retrasados”, “anticuados”, “momias de museo”, “mojigatos”. Y todos los que están sumidos en la “ola”, aplaudirán y les harán coro, para poder seguir cavando, no hacia la superficie, sino hacia el fondo de la Gehena.

 

Sal 51(50), 3-4. 5-6b. 11 y 16

Hemos pecado

Este salmo es de súplica. Claro está, se suplica por el perdón, casi toda la perícopa está dedicada a reconocerse culpable y a rogar para ser perdonado. Sólo el último versículo -el verso 16- la segunda mitad de la tercera estrofa- tiene otro propósito, ofrecer como exvoto, asumir la misión catequética de anunciar y proclamar esta verdad tan promisoria. Dios es un Dios Misericordioso.

 

En la primera estrofa, el pecador reconoce su culpa decidido a responder por sus faltas. Se trata de una liturgia de expiación: liturgia de arrepentimiento de corazón, de un arrepentimiento sincero, se ha fallado, había una relación armoniosa con Dios, Él nos había otorgado todo lo ancho y lo amplio de su Amistad, nosotros en cambio, hemos defraudado, hemos deshonrado la sagrada “Comunión”, nos hemos caracterizado como quebrantadores de la Ley.


La Halajá, exégesis de la Torah, identifica eso como traición profética, un conjunto de depravaciones que van desde la profanación del templo, los actos de idolatría, la explotación de los pobres y los delitos políticos, donde también se incluye el “mal ejemplo”

Que perfectamente encaja entre los ejercicios de pastoreo “engañoso” y de tergiversación de las enseñanzas.

 

Quien no asume su pecado tiene la conciencia dañada, deformada, no se abre paso hacia el perdón y -como si fuera poco- desvirtúa al propio Dios, entendiéndolo como un Dios severo, amante de la rigurosidad, con una paternidad endeble, un Dios que no se asume en su Paternidad y, entonces, no nos puede acoger en filiación. Ese Dios, es un dios que inspira temor. Dios no nos ha escogido para ser temerosos de Él, pues ningún hijo vive temiéndole a su padre, al revés, a Abbá se le tiene la más sólida y estable confianza.

 

Hay -en la primera mitad de la tercera estrofa- una solicitud dirigida a nuestro Padre Celestial, que Él retire sus ojos de nuestro pecado, que no lo mire más, para que así se inicie el camino del perdón: Al no mirar la falta, la olvidará, es la ¡ternura del olvido Divino”. Al olvidarla, quedará totalmente borrada toda culpa. El olvido de Dios lleva a que ya no exista, no es un olvido amnésico sino un gesto derivado de Su Infinita Misericordia

 

¿Qué le pedimos en el responsorio? Al ser conscientes de nuestro pecado, recurrimos a Él para que nos regale de su Misericordia. La Misericordia limpia de la sangre, la del derramamiento de sangre y de las manchas, que atestiguan contra nosotros, que denuncian que hemos matado o que hemos comido de lo impuro, por no haber desangrado sistemáticamente los animales que se habrían de comer (hacer previamente Kosher los alimentos).

 

Mt 5, 43-48

Poner todo de nuestra parte y Él hará el resto

… que sea la Misericordia la que guie nuestros pasos, la que inspire nuestras reformas, la que ilumine nuestras decisiones. Que sea el soporte maestro de nuestro trabajo. Que sea la que nos enseñe cuando hemos de ir adelante y cuando debemos dar un paso atrás.

Papa Francisco

Una manera de recortar la Ley y acomodarla según nuestro acomodo es reconocer a Dios como Padre, pero no admitir como hermanos sino a algún sub-grupo de sus hijos, por ejemplo, decir que solo son hermanos los de la misma raza, o los que han nacido en el mismo pueblo, o solo mis amigos, excluyendo a los que no sean nuestros vecinos, o a los que no asisten al mismo culto o no hablan la misma lengua. A todos los demás los englobamos en la categoría de “enemigos”. Entonces, adaptamos las palabras, para estar seguros que los únicos “hijos de Dios” son los que yo acepto reconocer por tales, a los demás los excluyo de su Paternidad.


Jesús, en el Sermón del Monte, nos da una definición de quienes han de tomarse como hermanos: Nos dice que debemos usar el mismo criterio que usa Dios, que saca el sol y con él alumbra a todos, y también envía su lluvia indiscriminadamente, hace llover sobre “justos e injustos”.

 

Con toda especificidad dictamina: ¿si solo amamos a quienes nos aman, nos podemos pensar acreedores de algún premio? ¿Si sólo saludamos a los “hermanos”, estamos haciendo algo que merezca aprecio? No, eso lo hace todo el mundo, actúan como amigos de sus amigos y derraman su desprecio y su rechazo a diestra y siniestra. Y luego, venimos a sacar pecho y a creernos “los chachos de la película”. El Evangelio enfoca nuestra atención precisamente en lo que sería un incienso agradable ante la Presencia del Señor

 

Este es el sexto caso que Jesús nos propone en la línea de examinar qué dice la “ley”, y cómo -Él no pretende abolirla, sino que sinceramente pasemos del plano memorístico de la repetición de preceptos al plano de una vida coherente con la Revelación y es que muchas veces tomamos esta como si se tratara de monopolizar la verdad, aun cuando la verdad esté muy lejos de nuestras vidas. Volvemos al punto, Jesús no vino a derogar un código, ni a impulsar una constituyente que modificara el reglamento vigente, sino a enfocarnos hacia el punto crucial: el cumplimiento de la Divina-Voluntad.

 

Tanto como el judaísmo despreciaba a los publicanos y a los gentiles, y aquí Jesús -como siempre lo hacía- viene y nos los propone como ejemplo y modelo, porque en realidad de verdad, los que más despreciamos y marginamos, son -por lo regular- los que, a la hora de la verdad, tienen ortopraxis. Nosotros, por nuestra parte, estamos hinchados por nuestra ortodoxia, pero nos falta recorrer el largo trecho que media entre el decir y el vivir conformes con lo que Jesús proclamó. «Que sea la Misericordia la que nos haga ver la pequeñez de nuestros actos en el gran plan de salvación de Dios y en la majestuosidad y el misterio de su obra». (Papa Francisco)

 

¿En qué momento los publicanos y los gentiles dejan de ser modelo? Cuando se pegan a la letra y segregan a la gente entre prójimos y enemigos.

 

Los mejores candidatos para entrar a llenar la columna de los enemigos son los “perseguidores”. ¿Quién es un διώκω [dioko] “perseguidor”? El que sale a cazarnos y con su “persecución” nos obliga al “desplazamiento forzoso”, nos lleva a pagar escondederos al más caro precio.  Para ellos, ¿qué nos propone Jesús? ¡Rezar por ellos! Este rezar es προσεύχεσθε [proseuchesde] “exponerle a Dios nuestros deseos, llenos de buena voluntad”, “acudir a Dios a suplicarle”, venido del griego εύχομαι [euchomai] “deseo”, “ruego”, “rezo”. Anotemos aquí que la palabra rezar es de origen latino recitāre y originalmente significaba “pronunciar un discurso”, posteriormente pasó a significar “leer en voz alta”, “declamar un poema”, y -en la Iglesia- “recitar letanías” o “pronunciar oraciones dirigidas a una divinidad”, con el sentido de interactuar con Dios para que Él trasforme nuestra voluntad según su Voluntad.

 

Queda diluida la frontera entre el “prójimo” y el “enemigo”. Se manda a amar tanto al uno como al otro. Y se dice que es algo que exige nuestra respuesta comprometida. Hoy el Evangelio empieza por ahí. La Sagrada Escritura va subiendo lentamente hasta el Sinaí del Nuevo Testamento, que es el Calvario. Llegar a esta cumbre que es el amor que incluye inclusive al que nos persigue solo se dará de manera expresa en nuestro Salvador.

 

Pues bien, el que se cree tan “buena gente” que no tiene enemigos es que todavía no   puede oír ni ha abierto los ojos, como esos cachorritos que nacen “sordos y ciegos”. Mientras se está sordo y ciego estamos bloqueados “adentro de nosotros”, como presos. Presos estamos muy lejos de alcanzar la perfección que es la meta que nos propone hoy la perícopa que se proclama. ¡Atención! ¡Jesús no dice: pequen a sus anchas con tal que se arrepientan! Tampoco dice: ¡Dejen que todo salga como salga, que yo voy barriendo detrás! Cuando nos manda a ser perfectos, ¿Creen ustedes, acaso, que es una propaganda política y que lo dijo porque la frase sonaba bonita? ¡Lo que nos dice es que pongamos todo de nuestra parte! Jesús nos propone alcanzar la cúspide del ascenso llegando a ser τέλειός [teleios] “el que alcanzó su finalidad”, “quien logró llegar a la meta”, “el que fue lo más lejos posible”, “el que desplegó al máximo todas sus potencialidades”.


Pero no es cualquier clase de “perfección” allí hay un adjetivo que explica a qué perfección se refiere: Dice οὐράνιος τέλειός [uranios teleios] “celestialmente perfectos”. Este οὐράνιος nos remite a la perfección en los términos de la “dimensión” donde habita Dios. Se da la vuelta completa… ¿queda aparentemente abierta la definición de cómo es la perfección divina? ¡No! ¡Nada de eso! Solo hay que devolverse un par de versículos antes: «… hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos» (cfr. Mt 5, 45). En otras palabras, ¡borra toda discriminación entre prójimo y enemigo, hasta que no quedan enemigos, sino que todos son prójimos ¡en eso consiste la perfección! 

domingo, 14 de junio de 2026

Lunes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario

 


1R, 21, 1-16

Para Israel, la "viña” simboliza la elección, el cuidado providencial, la misión de este pueblo elegido por Dios y destinado a dar "buenos frutos", frutos de justicia y obediencia. Dios esperaba que Israel reflejara su amor y justicia a todo el mundo.

Los más dedicados estudiosos de la Biblia descubren una serie de contradicciones e inconsistencias inexplicables, que se han tratado de resolver con la hipótesis de las “dos corrientes”, son como dos perspectivas diferentes desde las cuales se mira a Elías y Ajab. Los documentos se encontraron y se ordenaron tratando de dar un sentido que sólo se reconoce leyendo con profunda atención. Ya la Biblia de los Setenta altera el orden y propone primero, los capítulos 20 y 21; luego los capítulos 17-19 (los episodios de la Sequía y de Elías en el Horeb) y después sí, el cap. 22, donde se nos plantean las Guerras con los arameos y la muerte de Ajab.

 

En el capítulo 21, encontramos el tema de la Viña de Nabot. Aquí se descubren, no solo dos tradiciones, sino más de dos, con formulaciones muy típicas de las corrientes deuteronomistas. Ajab y אִיזֶבֶל [Izebel] “Consagrada a Baal”, “Baal es príncipe”, “Jezabel”; tenían una residencia secundaria en Yezrael (donde todo parece indicar que Ajab tenía negocios), y, casualmente, cerca de su palacete, quedaba la viña de Nabot, que este había heredado de su familia y allí él tenía sepultada su parentela. Seguramente Nabot era un personaje prestante (Nâboth en hebreo significa “preminente”, también “frutos” o “frutas”), lo que le permitía a Nabot rechazar las pretensiones de Ajab sobre su viña donde el rey pretendía hacerse una huerta ofreciéndole, a cambio, la viña que él eligiera o, de quererlo así, se la pagaría en contante y sonante; cosa que Nabot -apoyado en el derecho consuetudinario de propiedad- rehusó.

 

Como un mocoso caprichoso llegó a su casa y se arrunchó a dolerse de su capricho insatisfecho, arrinconado con la cara contra la pared; y, así se lo confió a Jezabel, quien, para animar a su marido, lo pellizcó dónde su vanidad más enquistada estaba: le preguntó, si él -que era el rey- manejaba así su poder y su autoridad, ¡valiente rey era! O sea que le disparó ¡directo a su real -prepotencia! En otras palabras, le dijo actué como rey, así sea un rey de la peor laya, y hágase a la viña por los caminos oscuros de la injusticia. Detentando la posición gubernativa que él tenía, nadie la podría cobrar los oprobios que cometiera, para salirse con la suya.

 

Sólo le dice que se anime, pero es ella quien solicita por medio de cartas, que se busquen en la comunidad dos embusteros -la Escritura los llama “hijos de בְּלִיַּ֫עַל Belial” (Belial es lo contrario de nabot; Nabot es “frutos”, Belial es “inútil”, “sin valor”) ese par de beliales tenían que estar disponibles para levantar un perjurio, afirmando que Nabot había maldecido a Dios y al rey. Calumnia a causa de la cual, lo ¡sacaron de la ciudad! y lo lapidaron. Subrayamos que lo sacaron, porque siempre sucede, -como para que la ciudad no pueda ser tenida por culpable; como quien dice que los “ciudadanos” no tenían la culpa sino que los responsables eran “fuereños”-, que el crimen se comete en las afueras, también en las afueras de Jerusalén quedaba el Calvario, los culpables son siempre los de las periferias; y siempre el cordero que se ofrecía como “sacrificio vicario” le imponían las manos para descargar el pecado sobre él, y lo enviaban a morir victimado por los lobos, en zona agreste. Los ciudadanos que le habían “impuesto las manos” quedaban -como diríamos hoy día, “sanos”.

 

Jezabel, entonces, le da pedal a su marido, y lo impulsa a que vaya a “tomar posesión” de la Viña en cuestión. La manera como se cuenta, hace ver a Ajab como inocente, caprichoso pero inocente, de la muerte de aquel “Justo”, la impudicia, está enteramente achacada a Jezabel (la pagana idolatra): “La mujer que me disté por compañera me convidó el fruto -en hebreo dice del עֵץ [ets] “árbol”, “del palo”, “del árbol que sirve para ahorcar”- y comí” (Gn 3,12bdc). En Génesis 12, no habla de “fruto” que sería “nâboth”.

 

Se nota el paralelo exacto de este pecado con aquel que el profeta Natán le descubrió a David (2Sm 11,1 -12,9). El objeto del capricho ha cambiado, allá era la mujer de Urías, aquí es la Viña de Nabot, el crimen es el mismo, allá muere Urías, aquí paga el pato Nabot: dos hombres pierden la vida por los caprichos de poseer lo ajeno. En ambos casos es el rey, el que abusa de su autoridad para adueñarse de lo que, respetablemente, le pertenece en justicia a otro. Cabe aquí hacer mención de René Girard - filósofo, antropólogo e historiador francés-: él habla del deseo humano que no está apuntalado en un deseo que brota del corazón como si este fuera una glándula y su secreción natural fuera el deseo de cierta propiedad apetecible, o sea que el deseo no es ni innato ni original; sino que es fruto de una imitación, el deseo es mimético. Los seres humanos no deseamos las cosas por ellas en sí mismas, sino porque vemos a otros desearlas-poseerlas. Esta imitación genera violencia cuando dos o más personas compiten por el mismo objeto- desde el plano consumista diríamos que su deseabilidad depende de su “demanda”. El deseo es prioritariamente envidia. Esto es -a pinceladas gordas- lo que René Girard denomina el “deseo mimético”.

 

Y aquí el objeto de la envidia es la viña “fructífera”, mejor dicho, la viña de Nabot. El deseo no es un “comportamiento”, el deseo es copia. Cuando el “propietario” legitimo se convierte en un impedimento para obtener el “objeto deseado”, es cuando se detona la rivalidad, el odio, la agresión, la guerra. Y entran en vigor todas las manifestaciones del “poder adquisitivo”. Una manera comercial de exacerbar este “deseo mimético” es poner un objeto de “moda”, hacer que las mayorías lo deseen.

 

Aquí, ya no será Natán el encargado de desenmascarar al rey, ese rol se le ha asignado, ahora, a Elías: “¿Has asesinado y encima robas? Por eso, así dice el Señor: en el mismo sitio donde los perros han lamido la sangre de Nabot, a ti también los perros te lamerán la sangre” (“El que a hierro mata a hierro muere”, y también aquel, “con la vara que mides seréis medido”)

 

También aquí para conservar el paralelo, Ajab se arrepiente -como lo hiciera David-, en cuanto oyó aquellas palabras, rasgó sus vestiduras, vistió sayal y guardó ayuno, andaba por ahí, taciturno. (Cfr. 1R 21, 27-29) Y el castigo es provisionalmente levantado, aun cuando recaerá sobre su descendencia.

 

Sal 5, 2-3ab. 5-6a. 6b-7

El salmo es del huésped de YHWH. En este salmo se quiere depositar la vida en Manos de Dios. Ese es el sentido de esta plegaria. Se muestra docilidad y entrega para que sea Dios quien corrige, Dios quien guía, Dios quien atiende. Y la ofrenda presentada, como claramente lo dice la antífona responsorial, son los “gemidos”.

 

Este hombre que ora, implora ser escuchado en sus gritos y gemidos, quiere ser atendido y se presenta ante su Señor y Rey, depositando ante Él su Oración.


Mira hacia Dios y descubre en Él dos pautas de identidad: Él no es un Dios Malvado; eso, por una parte, y por la otra, sus huéspedes tampoco pueden ser malvados, ni gente arrogante.

 

Profundiza identificando a los que pueden ser sus huéspedes: definitivamente no pueden serlo los malhechores, tampoco los asesinos sanguinarios y, mucho menos, los traidores; a todos esos los aborrece el Señor.

 

El salmo lo dirá, aun cuando hoy no se cite este aspecto, el Señor acoge al fiel.

 

Mt 5, 38-42

Remontarse por sobre la Justicia como venganza

El Señor Jesús nos sigue guiando hacia la plenitud de la Ley. Hoy tomará la que en el Primer testamento es la “Ley del talión” (Cfr. Ex 21,23-25) que fue un enorme progreso en Acadia y Babilonia como cortapisa para la vengatividad, poniendo freno a la sed de retaliación por medio del bloqueo de no llevar la sentencia más allá del daño, sino tratando de equilibrar el daño con su contra-paga, el castigo. Y que, sin embargo, fuera de ser un intento de contención, lo que hacía era coger un mal y sacarle una fotocopia, para no tener un solo mal sino su doble (su principio se basaba en la tabla de la multiplicación: para hacer Justicia se recurriría a la fabricación de otra “injusticia” de sentido contrario), con la ingenuidad de que la una contrarrestaría a la otra, idealizando que tal era la solución, muchos siguen idolatrando esa fantasía, suponiendo que así se logrará restañar la herida, y sin visualizar que eso solamente continua la “sería en cadena”. Sacan el pecho y hablan de desalentar a otros que quieran repetir la afrenta, y quieren, tapándose un ojo, pensar que -contra toda evidencia- la cadena de males se interrumpirá.


La ley del talión es una obra literaria con un tristísimo epílogo: “si un ojo se paga con otro ojo, muy pronto, todos estaremos ciegos”. Hay un punto de soldadura que nos ofrece Gandhi, entre la Primera Lectura y el Evangelio de hoy: “Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”.

 

La Ley perfecta de Jesús no consiste en enfrentar los agravios, miremos las pautas que Él nos da:

a)    Su alguien nos abofetea la mejilla derecha, la propuesta consiste en ofrecerle la otra mejilla para que pueda asestarnos su revés.

b)    A quien quiera adueñarse de nuestro manto, démosle también la capa.

c)    Si alguien nos impone acompañamiento por la distancia de una milla, vayamos junto con él, dos millas.

d)    Si alguien nos pide démosle.

e)    No le saquemos el cuerpo a quien nos pida un préstamo.

 

Se trata pues de un total desprendimiento, de manera tal que aquel que pretenda nuestra viña, la pueda tomar, sin necesidad de calumniarnos ni de conducirnos a la lapidación.

 

Quien tiene, siempre será objeto del envidioso. Las posesiones siempre estarán sujetas a la codicia ajena. La injusticia estará pronta a gatillarse en toda cultura que se cimienta sobre la posesión. Sólo el desapego es invulnerable.

 

El Reino se tiene que basar sobre el desprendimiento y la generosidad. Solemos decir que Dios no se deja ganar en munificencia, como para decir que es demasiado arduo, para el ser humano promedio, vivir en el marco de la prodigalidad generosa. Y, al volver los ojos al Crucificado, descubrimos una religión y una cultura de la “entrega”: Hasta la perfección de la donación (per-don).

 

Aun cuando hemos cubierto, por pudor, su desnudez, para rescatar sus imágenes; lo cierto es que lo entregó todo, hasta quedar desnudo. Para usar la fórmula manoseada lo dio todo “hasta Su Última Gota de Sangre” y era ¡La Sangre Divina!

 

Por mucho que nos incomode, esa es la perfección que Jesús nos entrega, esa es la asombrosa valentía que aquel muchacho acomodado asumió como paradigma de su vida y que tanta admiración nos provoca, estamos pensando en San Francisco de Asís.

 

El cinismo, que es una de las crueldades del ser humano, lo primero que saca del baúl de la concupiscencia, promoviéndola y justificándola bajo el título de “justicia”, es espetarnos: ¡Pues venga y le quitamos a usted todo, y después nos cuenta!

 

Nietzsche nos reprochaba estar en una religión de esclavos. Friedrich Nietzsche consideraba el cristianismo como la "moral de los esclavos" y una negación de la vida, él sostenía que nuestra religión glorificaba la debilidad, el sufrimiento y la sumisión, reprimiendo el instinto natural que busca el poder y la grandeza. Para él, el cristianismo era un sistema de valores que inventaba un "más allá" ilusorio para despreciar la vida terrenal. Porque su propuesta apuntaba hacia la fuerza, la arrogancia, el poder. Miraba exclusivamente hacia la propuesta de un súper-hombre.

 

Su vitalismo-nihilista, que exalta los instintos, la creatividad y la voluntad de poder, no puede descifrar nada en el fondo de la fuerza verdadera que implica una cultura de la debilidad, ¿qué podría decirles a ellos, la donación voluntaria, el abandono, la mansedumbre?


A todos, estas líneas del Evangelio Mateano nos cuestionan hondamente, sabemos que se nos está hablando de algo novísimo, que, en realidad, todavía no se ha ensayado. ¡Qué reto tan grande nos propone Jesús hoy, en este Evangelio!

sábado, 13 de junio de 2026

SU PUEBLO

 

Ex 19, 2-6a; Sal 100(99), 1b-2. 3. 5; Rm 5, 6-11; Mt 9, 36 - 10,8

 

Lucas llama a la comitiva synodia –“comunidad en camino”- el término técnico para la caravana.

Benedicto XVI

En la Declaración Dignitas infinita del Dicasterio para la Doctrina de la fe encontramos lo siguiente: Identificándose con los más pequeños de la sociedad (cf. Mt 25,31-46), «Jesús aportó la gran novedad del reconocimiento de la dignidad de toda persona, y también, y, sobre todo, de aquellas personas que eran calificadas de “indignas”. Este nuevo principio de la historia humana, por el que el ser humano es más “digno” de respeto y amor cuanto más débil, miserable y sufriente, hasta el punto de perder la propia “figura” humana, ha cambiado la faz del mundo, dando lugar a instituciones que se ocupan de personas en condiciones inhumanas: los neonatos abandonados, los huérfanos, los ancianos en soledad, los enfermos mentales, personas con enfermedades incurables o graves malformaciones y aquellos que viven en la calle». Esta cita está un poquitín traída de cabellos, pero señala hacia una de las discriminaciones más extendidas que nos hacen inválidos para el ejercicio de la sinodalidad. Pero es que el ejercicio de la sinodalidad está en la mismísima identidad del pueblo de Dios. Y, cada ciudadano de este Reino posee precisamente eso que se le niega. La dignidad de hijo de Dios en el Hijo.

 

¿Qué pasa cuando aceptamos que cada quien tenga su propia comprensión de la realidad y que cada cual elabora su definición de “dignidad” que -en vistas del relativismo imperante-   se deba tomar como válida? ¿A dónde nos lleva la idea de que no existen principios morales universales? A aceptar que el bien, el mal, lo justo y lo injusto dependan enteramente de factores subjetivos, históricos, o culturales. De ahí que cada quien queda flotando a la deriva, como si fuéramos icebergs. Nada nos cohesiona, es más, la formación de comunidad, inclusive de núcleos familiares se imposibilita; se vuelve irrealizable que aceptemos nuestra unificación bajo el cayado del Pastor y bloqueamos la posibilidad de la escucha. Nos adueñamos del fruto del bien y del mal y, de ahí para allá, “cada loco con su tema”. Y yo, por mi parte, seré miembro de la Iglesia, mientras acepten decir y creer lo que yo creo.

 

El judaísmo -por el contrario- era una religión que contenía en sí el germen de la sinodalidad. Del saber andar juntos. Su culto, en uno de sus rasgos esenciales, tenía las peregrinaciones al Templo, donde las comunidades aprendían a caravanear juntas, a marchar unidas, a defenderse y apoyarse entre sí. Los israelitas tenían la obligación religiosa de ascender al Templo tres veces al año (Éx 23,14-17. 34,23; Dt 16, 16s), durante las Shalosh Regalim “festivales de los tres-pies”, festividades principales (Pesaj, Shavuot y Succot) que entretejen los momentos básicos del proceso agrícola con la celebración de los eventos históricos de este pueblo; el propósito era lograr cohesión, fomentar una profunda conexión espiritual y comunitaria.


Familias enteras viajaban desde distintas regiones de Judea y de la Diáspora (Grecia, Egipto y Asiria). Historiadores como Flavio Josefo registraron que durante las festividades principales se reunían multitudes masivas en Jerusalén, estimadas en millones de personas.

 

Estos cursillos de fraternidad y solidaridad tuvieron una etapa de experimentación, desarrollo y consolidación en el Éxodo: con una marcha general de ¡cuarenta años! Enfrentaron entonces talleres-prácticos muy exigentes y arriesgados donde tuvieron que ponerse a prueba ante la dureza de esa travesía.

Cuando Jesús murió torturado y desangrado en la Cruz, nos privamos del Pastor y ahora andamos por ahí, extraviados, como ovejas que no tienen Pastor. A renglón seguido tenemos el deber de recordar y recordarnos que Él prometió no abandonarnos y estar siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos; Él es Dios-con-nosotros.

 

El Éxodo puede agruparse en seis secciones la primera nos rememora la época de la esclavitud en Egipto; la segunda el caminar de los israelitas por el desierto; y, la tercera (integrada por los capítulos 19-24) la Alianza del Sinaí. Alianza es -por decirlo de alguna manera- una clase de contrato. En la época de la Alianza del Sinaí, ya desde mucho antes, los hititas pusieron en boga este tipo de convenio de los cuales los arqueólogos han encontrado modelos donde se sellaban alianzas entre los vasallos y su soberano: lo que nos remite a los siglos XIV y XIII a.C. (redondeando fechas estamos diciendo, entre 1350 y 1200 a.C. mientras el Éxodo se estima ocurrió en el 1445 o en el 1225 a.C. los historiadores no lo han podido precisar).

Notemos que en su salida de Egipto el pueblo llegó al desierto del Sinaí -al tercer mes de su efugio de Egipto- súbitamente encontraron a su paso la Montaña del חֹרֵב Horeb esta palabra significa “lugar desolado”, algo así como “peladero”. El Señor וַיִּקְרָ֨א [wayikra] “lo llamó”, “hablo con voz potente”, “proclamó”; derivado de la palabra קָרָא. [qara] “llamar dando voces”. Les pone de presente las Proezas que ha obrado a favor de este pueblo, sacándolos de la esclavitud. Llevándolos עַל־כַּנְפֵ֣י נְשָׁרִ֔ים [al campe nesarim] “sobre alas de águila”.

 

Es importante hacer notorio que la estadía allí no fue provisional, en realidad estuvieron en aquel lugar el resto de Éxodo, todo el tiempo narrado en el Levítico y la parte inicial de Números. En Nm 10, 11-13 encontramos que los israelitas reanudan su marcha el día veinte del segundo mes del segundo año.

 

Entonces oí la Voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién será nuestro mensajero? Yo respondí ¡Aquí estoy, envíame!

Is 6, 8

 

Moisés sube y baja, para hacerse pontífice entre Dios y su pueblo. Pero, y allí hay que enfocar la linterna: no se reserva la “vocación” a Moisés, ni a Aarón y María -su hermana- define a su pueblo como una pueblo-todo él- con unción sacerdotal. Todo el pueblo será una וְגֹ֣וי קָדֹ֑ושׁ [wedow kadosh] “nación santa”.

 

Toda Alianza debe comprometer a las partes, cada cual al cumplimiento de lo que se pacte: Aquí es muy claro que el vasallaje exige la obediencia a Su Voz y cumplimiento de la בְּרִיתִ֑י [beriti] “Alianza”.  

 

La Alianza fue rota, no una -sino muchas veces- así que, el Sacerdote Jesucristo se ofreció a Sí mismo, victima, en el Altar Calvario para Justificarnos (la justificación está consignada en la frase “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Notemos que, al momento del sacrificio, no se había restablecido la Alianza ni habíamos logrado reconciliar nuestra Amistad con el que es Señor, Dueño y Amo nuestro. El Sacrificio fue pues un acto de Reconciliación. El Amor que Dios nos tiene se probó muriendo por nuestra expiación. ¿Cómo va a ser que habiendo sido justificados no seamos salvos? Y no nos quedamos en la pura salvación, sino que somos asumidos en la gloria de Jesucristo Resucitado que, con el dolor de su Pasión, nos compartió su Victoria. Él lo da todo. No se queda para sí con el premio por su sufrimiento, sino que lo comparte, porque -precisamente- decir amor es decir donación, desprendimiento, generosidad. 

Hay una cosa interesantísima en los Evangelios: Cada vez que se hace la lista de los apóstoles, muestra diferencias y los nombres no son los mismos. A eso se le pretende dar “alguna” explicación, por ejemplo, que las personas tenían dos nombres -o más- y por eso aquí y allá se les nombra de otra manera; también hemos oído pretextar que se debía a que algunos eran nombrados por sus apodos. Les ruego nos regalen la posibilidad de intercalar aquí nuestra propia “lectura” de esa curiosidad de las listas divergentes: Los nombres son lo de menos, no nos pongamos a perderle tiempo a eso, sencillamente intercalemos nuestros propios nombres allí y asumamos responsablemente las consecuencias de pertenecer a esa digna y honorable lista en la que tuvo cabida hasta un traidor.

 

Sean los que sean los nombres, lo importante es que ellos fueron los “quijotes” al frente de las doce tribus de la Nueva Alianza. Por ellos nuestra Iglesia se honra de llamarse apostólica porque pisamos sobre las huellas de su ejemplo, y nos alzamos altísimos hasta la altura de gigantes. Seguimos su rastro y no queremos desviarnos ni un infinitésimo a derecha o izquierda.

Pero -y siempre hay un “pero”- para caminar derechito tras ellos tenemos que hacer -nosotros también- escuela de sinodalidad. Derechito no significa dogmáticos, repartiendo cachiporrazos para que la uniformidad sea perfecta. ¡No! Lo que se espera es que procuremos con toda nuestra buena fe y el Auxilio del Espíritu Santo, sintonizar con Su Enseñanza y serle fieles. No todos iguales, sino todos con los ojos y el corazón mirando hacia Él.

 

 

viernes, 12 de junio de 2026

INMACULADO CORAZÓN DE SANTA MARÍA VIRGEN

Is 61, 9-11

Estamos en el Tritoisaías, que abarca los capítulos 56 al 66 de este Libro. No se sabe quien escribió esta parte, pero se atribuye a uno o varios discípulos de Isaías, en el siglo V a. C. su estilo es el de los “pobres de Yahweh”, los “Anawin”. El brillo que había previsto el Deutero-Isaías contrasta con la acritud ante la realidad post-exilica. Se dan roces entre los que retornaron y los que habían quedado y continuaron poblando aquella tierra, durante los años de la deportación.

 

Veamos los títulos que anteceden a la perícopa de hoy:

­       recompensa de la fidelidad a la Alianza

­       reproches a los malos jefes

­       El verdadero ayuno

­       Sobre el sábado

­       Culpa y castigo de Israel

­       La gloria de la nueva Jerusalén

­       Anuncio de la salvación de Israel -que vendría siendo este el título del fragmento que se proclama hoy

 

Citamos, aquí, textualmente, los tres primeros versículos del cap. 61:

“El espíritu de Yahweh está sobre mí. Yahweh me ha ungido, me ha enviado con buenas noticias para los humildes, para sanar los corazones heridos, anunciar a los desterrados su liberación y a los presos su vuelta a la luz, a anunciar el שְׁנַת־רָצֹון֙ לַֽיהוָ֔ה [senat rasoun Yahweh] “Año favorable del Señor” - en el Año del Jubileo del Antiguo Testamento (ver Lv 25, 8-31), una celebración cada 50 años donde se liberaban esclavos, se perdonaban las deudas y las tierras volvían a sus dueños, el día en que nuestro Dios nos vengará de nuestros enemigos. Me envió para consolar a los que lloran y darles a todos los afligidos de Sion una corona en vez de ceniza, perfume de alabanza en vez de pesimismo”. Con esta cita nos ha familiarizado Lc 4, 18s. donde Jesús tomó precisamente este rollo y leyó de él: La misión profetizada para Jesús, aquí, es el anuncio del Gran Jubileo: La llegada de su Reino. L palabra Jubileo se deriva de Yobel que es el nombre de la corneta, hecha con el cuerno de un carnero, y cuya voz era un llamado litúrgico: el Año Jubilar se anunciaba con el llamado del Yobel.

 

En los versos 7 y 10 -se desarrolló la llegada del Reino- nos presenta la siguiente terapia consoladora que anuncia el pago -o mejor, la indemnización- a tanta injusticia padecida: “Por haber sido tan grande su humillación y no haberles tocado más que insultos y esputos, recibirán, en su país, el doble de todo y nunca se terminará su felicidad… Pues, así como brotan de la tierra las semillas o como aparecen los retoños en el jardín, así el Señor Yahweh hará brotar la justicia y la dicha a la vista de todas las naciones”.

 

El anuncio permite que el corazón se engalane de esperanza: “me ha puesto un traje de salvación y me ha envuelto con un manto de Justicia como novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas”. Dice en la segunda parte del verso 10 haciendo uso de una metáfora nupcial. A continuación, apela a otro símil, comparando a Israel con un jardín frondosamente florecido


El pueblo ha sufrido y su corazón ha sido desgarrado y masacrado, en particular con la destrucción de templo y con el destierro de los líderes de la comunidad que quedó acéfala; ahora el Señor pronostica el regreso de la alegría y el establecimiento de una וּבְרִ֥ית עֹולָ֖ם [uberit oulan] “Alianza Eterna”, (Is 61, 8). Serán reconocidos como un pueblo especialmente favorecido por Dios.

 

Sal 1S 2,1. 4-5. 6-7. 8abcd

Esta parte está entresacada del Cantico de Ana, que había recibido de Dios el hijo -Samuel, recordemos que este nombre significa “Dios me ha oído”- que ella le había implorado. La tonalidad de este salmo es Eucarística -valga señalar “una Acción de Gracias” mostrando agradecimientos por haber librado su vientre de la aridez.

 

¿Cuál es la savia que corre por la nervadura de este salmo? La humillación de los soberbios y la exaltación de los humildes. Quien es el que exalta y quién es el que humilla: Ha sido el Señor. Este himno de gratitud de Ana enaltece al Señor como Creador de todo y lo alaba porque todo le está sometido a su Poder. El parentesco entre el cantico de Ana y el Magnificat es categórico.

Quisiéramos contemplar cómo se entretejen los estambres en los que el cantico de Ana urde -con la historia de su pueblo- la gratitud por lo que les traerá con su descendencia:

 

a)    Es un cantico de alabanza que muestra el consuelo para la mujer estéril, pero connota las gracias que recibirá la Iglesia futura.

b)    Celebra la liberación -que es una veta escatológica prometida como emancipación- a una Iglesia que ha vivido en sus continuas páginas el grillete de la persecución.

c)    Tiende las manos abiertas para que Dios advenga a su pueblo como portador de la Salvación.

d)    Se inserta en la corriente de humillación que ha sido el sendero recorrido por el pueblo Elegido.

e)    En ese sentido, preludia el que será -en lo sucesivo- el cantico de siempre de ese pueblo Elegido.

 

Es pues un salmo de la liturgia de las horas para Ana -lo entonará a toda hora-, también para María y para todo el Antiguo y el Nuevo Testamento.

 

Este cantico, así como se entona en esta fecha está estructurado en cuatro estrofas, de las cuales la segunda es, con mucho, la más larga:

 

1ª) Ana se llena de gozo, su alegría brota del corazón, y es porque Dios le renueva las fuerzas. Se atreve, entonces, a hablar contra sus enemigos apoyada en la ayuda que le ha venido directamente de Dios y que se hace extensiva a todos los creyentes.

2ª) A los que se tienen por valientes, se les revientan los arcos; mientras, a los que se les había tildado de cobardes, hacen gala de valentía. Los que nadaban en la anchura, hoy trabajan horas forzadas para ganarse un mendrugo de pan, pero a la vez- los que sufrían carencias, ahora están engordando y sobrenadan en la profusión de las cornucopias. Y, en el colmo de la generosidad Divina, las mujeres de vientre seco dan a luz no uno sino siete-mellizos, pero las que antes se inflaban envanecidas por la fertilidad, lloran, ahora, con agobio, por sus vientres desolados.

3ª) El Señor es el Administrador de todos los bienes y también gerencia las carencias: reparte a su antojo vida y muerte. Hunde a quien quiere, pero al que le place, lo saca a flote; distribuye a sus anchas pobreza y riqueza; al que a Él le parece, lo envía al humilladero; mientras al que Él quiere lo asciende a la tribuna, al más alto pedestal.

4ª) Al desvalido lo rescata del polvo, a los pobres los saca del botadero de basura y los lleva a convivir con príncipes, designándolos herederos de magnificas fortunas.

 

El versículo responsorial reitera: ¡La alegría del corazón proviene de Dios que es Señor-Salvador!

 

Lc 2, 41-51

Siempre peligramos perder a Jesús y siempre andamos buscándolo

Israel sigue siendo, por así decirlo, un pueblo de Dios en marcha, un pueblo que está siempre en camino hacia Dios, y recibe su identidad siempre nuevamente del encuentro con Dios en el único templo. La sagrada familia se inserta en esta gran comunidad en el camino hacia el templo y hacia Dios.

Benedicto XVI

«El bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad … Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2, 51s). Después del momento en que había hecho resplandecer la obediencia más grande en la cual vivía (obediencia a “todos los asuntos de su Padre”), Jesús vuelve a la situación normal de su familia: a la humidad de la vida sencilla y a la obediencia a sus padres terrenales. (Benedicto XVI)


Podemos visualizar la estructura de este fragmento del evangelio lucano como un quiasmo (del griego chiasmós, cruzamiento) que es una figura literaria y retórica que consiste en la repetición de ideas, palabras o estructuras gramaticales en orden inverso, creando un efecto de simetría o "espejo", cada “temática” constituye un “estrato” o una “capa”, esos estratos concéntricos rodean al núcleo; dentro de un mismo estrato se trabaja el desarrollo de unos elementos que, con determinados caracteres comunes, se ha integrado con otros conjuntos previos o posteriores para la conformación de un cierto plano, contribuyendo todos los “planos” o “capas” a la determinación de lo que se quiere proponer y explicar.

 

En este caso, podríamos decir que, la parte superior del quiasmo es la llegada al Templo mientras la inferior es el regreso y el descubrimiento de que el Niño, no va con ellos. La estructura en este caso sería:

a)    El verso 40 “iba creciendo”

b)    Los versos 41-43 “Todos los años”, lo que normalmente hacían en su vida.

c)    Los versos 44-45 “Lo buscaban”

d)    El corazón de la cebollita: vv. 46s “Jesús sentado en medio de los maestros escuchándolos y haciéndoles preguntas”.

c’) Versos 48-50 “Por qué me buscaban

b’) Bajó a Nazaret y vivía…” v. 51, o sea que retomó a la normalidad y la cotidianidad de su “humana” existencia.

a’) Lo mismo que a, “iba creciendo” v. 52

 

A continuación, vamos a poner juntos los elementos de cada estrato, para evidenciar la relación.

Vamos a unir a con a’:

a)    40 El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

a’) 52 Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres.

Ahora b con b’:

b)    41 Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. 42 Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, 43 y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta.

b’) 48 Al ver, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Luego, unimos c y c’, en este estrato el tema es la “búsqueda”:


c) 44 Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. 45 Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.


c’)
49 Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de lo de mi Padre?». 50 Ellos no entendieron lo que les decía.

 

El núcleo de toda la perícopa -donde se produce el “cruzamiento”-, es La sorprendente inteligencia de Jesús:

d)    46 Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. 47 Y todos los que los oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.

 

¿Dónde se había quedado Jesús? Es interesante porque contesta a la pregunta ¿qué buscamos cuando vamos al Templo? Jesús estaba en lo de su Padre. Y añade, que nosotros debemos entender que Jesús tiene como labor-eje de su vida, ocuparse de lo que compete a su Padre. Y nos hereda esta encomienda, a todos los cristianos.

«El evangelista nos dice que solo después de tres días encontraron a Jesús en el Templo, donde estaba sentado en medio de los doctores, mientras los escuchaba y les hacía preguntas. (Cf. Lc 2, 46) … es preciso sin embargo dar la razón a René Laurentin cuando nota aquí una callada referencia a los tres días entre la cruz y la resurrección… En aquellos momentos se hace sentir en María algo del dolor de la espada que Simeón le había anunciado (cf. Lc 2, 35)» (Benedicto XVI)