miércoles, 17 de junio de 2026

Jueves de la Undécima Semana del Tiempo Ordinario

Eclo 48, 1-14

Podríamos pensar que lo que leemos hoy es el encomio de un profeta. ¡Todo parece indicar que así es! Sin embargo, ¿para qué se hacen encomios? Muchas veces para caerle bien a alguien que lo había nombrado para ese cargo. Podríamos pensar, quizás, a manera de ejemplo, en la muerte de un expresidente, y los panegíricos que se pronuncian el día de sus exequias; y, preguntarnos ¿para qué se hace esa enumeración de realizaciones y se elogia la manera de vivir que tuvo? Y nos conduce a pensar que estamos -por hablar de alguna manera- pensando en la conveniencia de retornar a ese momento y a ese estilo de gobierno, está claro que, con las debidas modificaciones, acordes a las nuevas circunstancias. ¿Quizás la Biblia nos está planteando hoy la validez de retomar los “hechos y hazañas” de Elías? Sin dejar de lado tener en cuenta que está en Manos de Dios, enviarnos otro profeta de esta talla o hacer que el mismísimo Elías retorne.

 

Pues sepamos y recordemos que esta espera se basa y se apuntala en la profecía de Malaquías (Mal 4, 5-6), quien anunció su regreso antes de la llegada del Mesías para traer paz y reconciliación familiar. Recobrando la tradición -como lo hemos comentado, al no haber muerto sino ascendido al cielo (2R 2, 11), Elías regresará en persona para anunciar la redención. Durante la cena familiar en el Séder de Pésaj (Cena Pascual), se deja la "Copa de Elías" llena de vino y una puerta abierta o, al menos entreabierta para invitarlo a entrar y que anuncie la inminente llegada del Mesías.

 

Con una enumeración muy sencilla, con matices poéticos, el Sirácida nos presenta un recuento de la vida de Elías, y el gran Poder que Dios puso en sus manos para comunicarnos Su Misericordia y obrar grandezas según Su Santísima Voluntad.

 

Intentemos señalar los eventos que -mencionados en esta perícopa- bien pautan la existencia y la Misión de Elías:

1.    Cuando se decretó la sequía, Dios les mostró con la hambruna que sobrevino de 40 meses, que el Poder -en realidad- le pertenece enteramente a Él.

2.    Así como interrumpió la lluvia, hizo caer fuego por tres veces.

3.    Hizo levantarse al que ya era un cadáver.

4.    Marco el triste sino de los reyes.

5.    Sanó a renombrados personajes de sus dolencias.

6.    En el Sinaí oyó los reproches que le hizo Dios

7.    En el Horeb escucho el murmullo inaudible de la dulzura de Dios que es apenas Leve Brisa.

8.    Ungió a los reyes que cumplirían los designios Divinos

9.    También ungió y entregó su Manto al que vendría a continuar su profetismo

10.  En carroza de fuego fue conducido al Cielo

11.  Su Voz sigue resonando con el correr del tiempo para apartarnos de las idolatrías.

12.  Reavivó y atizó la fogata del linaje davídico para que su lumbre no se apagara y el vaticinio mesiánico tuviera cumplimiento

Pueden sentirse bienaventurados los que hayan sabido de él porque legó para la posteridad una herencia de portentos que fortifican nuestra fe.

 

Sal 97(96), 1-2. 3-4. 5-6. 7

Este es un Salmo del Reinado de Dios. Es una verdadera convocatoria a veneir s testimoniar la Grandeza de Dios, festejarla. Se anuncia el Señorío de YHWH en este salmo, se le reconoce su Realeza, se hace notar que su Trono está en loa más Alto, Él detenta el rango Supremo.

 

Este salmo tiene 12 versículos. Los siete primeros configuran la perícopa proclamada hoy. Asistimos a los ya tantas veces mencionados signos que acompañan una Teofanía común y corriente, a saber: fuego, rayos, nubes, temblores de tierra y de montañas que se derriten como si fueran de cera, hay nubes, tinieblas, fuego y rayos. Son como los datos envolventes que despiertan los sentidos de los allí presentes para que sepan que es nada más y nada menos que, el Propio Dios quien se hace Presente.

 

Las islas -valga decir- los territorios más lejanos -pese a su distancia- saben que Dios se ha Aparecido. La tierra se alegra porque tiene oportunidad de comprobar la Potencia incontenible del Señor, pero no son sólo las señales tectónicas las que ratifican que el Señor está allí, también están la Justicia y el Derecho que son los atributos superiores y consustanciales de la Divinidad.


El fuego lo precede para ir abriéndole paso. Toda la tierra -sin excepción, saben lo que está sucediendo, todo el Universo nota que Dios se está manifestando.

 

Entonces, los cielos abren sus bocas y tocan sus Trompetas para pregonar que YHWH es El Justiciero, y todos los pueblos son deslumbrados por la Luz de su Gloria.

 

Todos los idolatras se rinden avergonzados, se sonrojan al tener que admitir que Dios-es-Uno.

 

En el versículo responsorial retornamos -un y mil veces- sobre la idea de alegrarnos -los justos, porque los impíos y los descarriados tiemblan- por estar ante tan Gran Misericordia y reconocerlo como Rey nuestro.

 

Mt 6, 7-15

PARA UNA VERDADERA LITURGIA DE LA ESPERANZA

Cuando te acerques a comulgar, no lo hagas con las palmas de las manos extendidas, ni con los dedos separados. Haz de tu mano izquierda un trono para tu mano derecha, puesto que ha de recibir al Rey, y ahuecando la palma, recibe el Cuerpo de Cristo, diciendo: "Amén".

San Cirilo de Jerusalén

 

En su Quinta Catequesis Mistagógica, San Cirilo de Jerusalén, obispo y Padre de la Iglesia del siglo IV instruía a los fieles sobre cómo debían recibir la Eucaristía, aconsejándoles formar un "trono" con sus manos para recibir al Rey.


Cuando pronuncio el Padre Nuestro, me siento como un sabio hortelano que siembra árboles para edificar futuros, porque mi sangre me dictamina que la “construcción del Reino” se equipara con la de los hortelanos que riegan meticulosamente las semillas, para que haya hermosos bosques en algún mañana.

 

Sonrío pensando que tal vez, esta haya sido la más antigua liturgia de la esperanza: cuando alguien plantó un árbol, consciente de que jamás habría de sentarse a su sombra. Sin saberlo, ese desconocido pronunció el Nombre del más Sagrado de los Sueños: El Mesías: el momento en que el poder será entregado a los mansos…

Rubem Alves

 

El Divino Maestro, nos presenta el Padre Nuestro, como una comunicación con El Padre, que economiza palabras y dice aquello que tendríamos, sin abusar del palabrerío y dirigiéndole una plegaria sin verborrea. Más bien, es un rezo lacónico.

 

Nosotros quisiéramos presentar aquí, cómo esta oración se inserta en le liturgia, y para eso recurriremos al numeral 2777 del catecismo de la Iglesia Católica:

 

En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padre Nuestro con una audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: “Atrevernos con toda confianza”, “Haznos dignos de”. Ante la zarza ardiendo, se le dijo a Moisés: “No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies” (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo lo podía franquear Jesús, el que “después de llevar a cabo la purificación de los pecados” (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: “Henos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio” (Hb 2, 13):

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos empujasen a proferir este grito: “Abbá, Padre” (Rm 8, 15) ... ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto?» (San Pedro Crisólogo, Sermón 71, 3).

 

Todo indica que se trata de una inserción que Mateo encontró oportuna, por su relación con el tema de la oración; por eso se ha dispuesto en este lugar de su Evangelio, co-textualizado dentro del Sermón de la Montaña. Jesús les advierte que no se trata de improvisar una de esas plegarias de nunca acabar, convencidos que la extensión y la duración del discurso terminará por convencer a Dios, sabiendo -como todos sabemos- que Dios conoce perfectamente nuestras necesidades y nuestras urgencias. Y nos enseña la “Oración del Señor”.

 

Se trata de una plegaría que la mayoría de nosotros hemos aprendido durante la infancia, pero que -a pesar de su importancia, por habérnosla enseñado el propio Jesús- la recitamos mecánicamente, sin llegar a sopesar su significado.

 

Su significado más profundo es -como los votos matrimoniales- el señalamiento de la especificidad de nuestra relación con nuestro Padre Celestial. Y, al ponernos en relación con Dios, nos pone también en correlación con toda la humanidad y con la realidad global que habitamos.

 

Su estructura corresponde a siete peticiones que disponen la ordenación del ser-orante. Y, en esa estructura lo que prima es la relación paterno-filial que nos enlaza y define. Sin embargo, no es simplemente el Padre, sino que -y ahí figuramos nosotros- en el otro extremo del vínculo, es “Padre Nuestro”. A nadie podemos negarle este “privilegio” verdadero que dios ha querido tener con nosotros, el de ser sus hijos. Inmediatamente empezamos a condicionar esa filialidad, estamos tergiversando la inclusividad de que contiene la oración del Señor. Muchos santos al empezar a pronunciar esta Plegaria, no pueden pasar de su enunciación y avanzar, porque es tan descomunal la profundidad omni-abarcadora, que se dice que ahí, en el que podríamos denominar “el título”, ahí se quedan.

Podríamos intentar, reflexionar, en las sucesivas veces que lo pronunciemos una de las siete peticiones, tratando de ir -progresivamente- desentrañando su maravillosa pedagogía.

 

Quepa decir que no es un problema de velocidad, a veces tendemos a prolongarlo en lento avance, creyendo que quizás así lleguemos más al fondo; se trata más bien -y particularmente cuando lo recitamos dentro de la liturgia- de recitarlo al unísono con la Comunidad, y siguiendo la “batuta” del Presidente.

 

En cualquier otro caso, debería fluir con la naturalidad que impone nuestra manera normal de hablar, y caer en la cuenta que todo dialogo -conlleva junto con su dinamismo internos- una velocidad que le es propia. Bastará con que nuestra pronunciación sea clara, pero no es recomendable introducir otros matices con el pretexto de la “solemnidad”.

 

Estas cosas son fundamentales, especialmente si atendemos a la recomendación de orar como si estuvieras hablando con un Amigo.

 

Permítasenos añadir una palabra sobre la petición de "venga a nosotros tu Reino". Aunque Nuestro Padre es Rey, lo aceptemos o no, también sabemos que Él no nos impone su Reinado, y que su Misericordia se quedará respetuosamente en el umbral de nuestra vida, si nosotros no Lo aceptamos y Lo recibimos en Su calidad de Rey. Decirle que “se haga su voluntad aquí abajo, como se hace allá arriba”, es una bufonada, como si le dijéramos a un hijo, “vaya juegue”, pero previamente le hubiéramos impuesto pesados grilletes que se lo impidieran.


 

Miremos tan solo un fragmento de un texto intitulado “El Árbol del Futuro”, que pudiera ser inspirador para ti, querid@ lector(a):

 

Voy a sembrar un árbol…

Cuál vaya a ser, no tengo idea.

La copa deberá ser grande, para que los niños puedan juntarse a su alrededor. Ojalá que sus ramas sean fuertes: recuerdo el viejo mango de mi infancia, de donde colgué un columpio. Y pienso en los pajaritos que vendrán, cuando sus frutos están madurando…

 

Pero lo más importante de todo:

 

Deberá crecer lenta,

muy lentamente.

 

Tendrá que demorar tanto para crecer que ya no viviré para poder sentarme a su sombra. Y lo amaré por los sueños que se abrigan en él.

Rubem Alves

martes, 16 de junio de 2026

Miércoles de la Undécima Semana del Tiempo Ordinario


2R 2, 1. 6-14

Iniciamos hoy, un cursillo de seis encuentros en torno al Segundo Libro de los reyes, ya hemos dicho que para nosotros estos son libros “históricos”, sin embargo, para la Biblia judía son Libros proféticos, que se refieren a lo que denominan, los profetas anteriores (Josué, Jueces, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes y 2 Reyes), son anteriores porque cubren los siglos XIII al VII a.C.). En este cursillo, vamos a dedicar los dos primeros encuentros al ciclo de Eliseo, que ocupa en 2R los capítulos del 2-13. Nosotros tomaremos dos perícopas, una del capítulo 2 y otra del capítulo 11.

 

Eliseo fue profeta durante un periodo muy largo: desde los tiempos de Joram, pasando por el reinado de Jehú, hasta el reinado de Joás. Se calcula su muerte hacia el año 790 a.C. El hagiógrafo que compilo las tradiciones de los Libros de los reyes, debió poner por escrito el manuscrito hacia el año 550 a.C. las fuentes a las que recurrió el hagiógrafo se remiten al círculo de profetas que compartieron personalmente con Eliseo, por allá en los años 750 a.C. De él se nos dice que es “hombre de Dios” (23 veces) y que es “profeta” (8 veces), se sobrepone a su titulación por la que proclama lo que Dios nos comunica el oficio de obrar milagros (por eso decimos de él, el “profeta taumaturgo”). Ya hemos dicho algo sobre el ciclo de Eliseo que leemos empezando en 1R 19, 19-21 y 2R 2,1-13,21. Eliseo, era originario de un Valle del Jordán, provenía de una familia bastante acomodada, su padre era Shafat, de אָבֵל מְחוֹלָה [Abel-Meholá] “pradera de la danza”, al sur de Bet-Seán.

 

Tenemos que captar con precisión el objetivo de la perícopa de hoy, como se nota, el foco no se pone en el “rapto” de Elías -que nos enfrenta con el trazo cuasi-mágico, nimbado de misterio-inaccesible-, sino en demostrar que Eliseo ganó la sucesión profética de Elías. Como se nota, no se dice nada de adonde o cómo fue la partida de Elías, se habla, si, sobre el manto, el poder que tiene este manto de Elías, que permite el gran milagro de separar las aguas del Jordán para poder cruzar sin mojarse los pies.

 

Hay que saber que, al primogénito, le correspondía una parte doble de la herencia paternal, ese es el significado de la petición hecha por Eliseo, lo que le pide es que sea tratado como el hijo mayor para heredar el poder doble.

 

Pero, habiendo ya partido Elías, no logra dividir las aguas de un solo golpe, sino que tiene que pedir el prodigio, por dos veces.

 

Esta heredad hace de Eliseo un profeta al que se ha apodado “taumaturgo”, por los múltiples milagros y curaciones que obra, sus mayores prodigios se cuentan en los capítulos 4-6. (que no se contemplan en nuestra liturgia).


 

Se nombran cincuenta profetas que escoltaban tanto a Elías como luego a Eliseo, y estas cofradías fueron corrientes entre los profetas del reino del norte, pero no se ha de suponer que vivían en comunidad, sino que cada uno tenía su casa, su propia familia y sus cultivos familiares.

 

Sal 31(30), 20. 21. 24

Ante un gran milagro, la gratitud es grande y el esfuerzo por mostrar gratitud apela a la creatividad y procura expresar esa gratitud a todo lo ancho. Eso requiere valentía, se hace necesaria la firmeza, no siempre sale todo bien. Cabe aquí recordar que, de este salmo (toma el Crucificado el primer verso) lo recita Jesús desde la cruz, a pocos instantes de entregarse en brazos del Padre. Fue, Su Última Palabra. Por tal, lo proclamamos los Viernes Santos.

 

El verso responsorial (v.24), es el último del salmo, con él concluye. Es precisamente la convocatoria para esa valentía.


La primera estrofa de la perícopa reconoce la Bondad de Dios, dada integralmente a los que le son fieles (ofrecen reverencia al Señor) y su generosidad es manifiesta para los que abiertamente se acogen a Él.

 

Para los “justos”, el Señor tiene Asilo, los resguarda bajo Su Presencia. Para resguardarlos de todo lo que urden los humanos contra él; lo lleva a resguardar el Sancta Sanctorum, para preservarlo de las lenguas impías que atentan contra Dios y contra sus fieles. Las malas lenguas se traban como serpientes conjuradas para levantar una nube de calumnias e insidias.

 

En la tercera estrofa, se nos invita a erigir un monumento de gigante amor para el Señor. Y se les advierte a los soberbios que reptaran precipitándose hacia el abismo.

 

Mt 6, 1-6. 16-18

Continuamos en el Sermón del Monte, que va de 5, 1 hasta 7,29, o sea los capítulos 5 al 7 completos. El Sermón del Monte ocupa estos 3 capítulos. Nosotros lo hemos empezado a reflexionar el pasado Lunes 8 de junio y lo seguiremos trabajándolo hasta el jueves 25 de este mes, inclusive; excepto el miércoles 24, cuando por la Natividad de San Juan Bautista, leeremos del Evangelio según San Lucas.


El Señor nos sigue guiando hacia la perfección de la Ley; pero ahora la perfección apunta hacia los tres actos de adoración para ejercerlos de acuerdo a la Enseñanza. Los actos de culto (limosna, oración y ayuno), lejos de estar dejados al arbitrio del adorador, son guiados por Dios, el Verdadero Dueño del Culto; el culto se rinde a gusto de quien lo recibe, no y nunca bajo el capricho del adorador, que ha de ofrecer culto según las pautas que Dios en su Bondad nos proporciona. y en este caso nos previene del daño de obrar hechos de justicia para posar con ellos ante los hombres. Al obrar de tal manera, Dios no nos dará ningún trofeo y nuestras preses permanecerán estériles.

 

Como ejemplo de obra de justicia nos menciona el acto de dar limosna para que otros nos vean ejercitando la “caridad”. Pero la caridad en vitrina no conlleva mérito alguno. No sirve contratar cámaras para difundir esa aparente “munificencia”, que puede tener otros propósitos como reducir impuestos, o conquistar votos a favor; pero que -en realidad- está totalmente lejos de llegar al Corazón de Dios.

 

Entonces, ¿cómo hemos de obrar la misericordia? con profundo recato y total discreción, la frase que usa Jesús es supremamente ilustrativa: “que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”, hay que dar caridad con circunspección, a tal punto, que yo mismo no sea muy consciente de lo que estoy haciendo, porque el mucho énfasis en el corazón tuerce mi bondad, que ahora es un acto de egolatría: ¡Qué generoso soy! ¡Esta era una virtud que no me conocía! Se hace caridad por amor al otro, al necesitado, no por propia vanidad.

 

Para el Único que tiene que ser visible mi gesto es para Dios, porque a Él nada se le oculta.

 

Pasa algo muy similar con la oración: Muchas veces entramos al templo con amplitud de gestos que nos exhiban, el político, por ejemplo, cercano las elecciones, manda llamar los periodistas para que lo publiquen cuando muy piadoso ora en el templo; cuando por allí nadie los ha visto, desde la última ronda electoral.

 

Al ayunar, también podemos devaluar este acto si lo acompañamos de palidez, de enflaquecimiento, de hondos bostezos sólo explicables en aquel que no desayuno o que lleva desde la tarde anterior sin pasar bocado. Dice Jesús que obremos lo contrario, llegando hasta poner algo de color en nuestras mejillas con algún discreto recurso cosmético, para que ese ayuno sea sólo una cuenta entre Dios y tú.

 

El ayuno inclusive puede llegar a ser objetable,

«El ayuno por dieta ni es necesario a la salud, es también señal de absolutización del propio cuerpo, y lleva a desviaciones.

 

La anorexia y la bulimia tienden a coincidir en las dietas hipocalóricas, en las cuales uno, comiendo no come, ¡puede llenarse de nada hasta el infinito! La carne sin proteínas, la leche sin crema, el dulce sin azúcar, la pasta sin almidón -donde es importante el estar carente, es decir, pura apariencia-, son los nuevos ídolos, que hacen a las personas semejantes a los que los adoran (Sal 115, 8)»

Silvano Fausti


En fin, ya vemos, que no se trata de convertir en “payasada” la práctica de las virtudes, sino en tener la más sincera relación con Dios, porque la virtud no es negocio de la tierra, sino mensaje que se envía en alas de los ángeles a la Divina Morada, roguemos que ascienda a los Cielos como Incienso agradable en Su Presencia.

lunes, 15 de junio de 2026

Martes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario

 

1R, 21, 17-29

La moral termina por tener menor importancia que tiene un rábano

Nosotros, hemos llevado al otro extremo la apreciación del pecado y lo hemos convertido en un asunto “puramente personal”, esto es un gran avance si no tenemos el defecto pendular de irnos al otro extremo. Sin embargo, el pecado tiene un matiz social, que es muy difícil, sino imposible de eliminar: Se trata del “mal ejemplo”, su poder de “difundirse”.  Es inevitable que cuando el pecado se comunica y otras personas se enteran -sobre todo- cuando el pecado es cometido  por una figura pública como un político, un miembro de la farándula, o del “jet set”, la gente del común empieza a pensar que, si personajes tan “notables” actúan así, de tal manera, debe ser que “eso no es pecado”, y que si lo es, no importa, porque eso da renombre e importancia y contribuye -como lo hacen siempre los escándalos- a poner en el orden del día al personaje de marras, así que su pecado tiene un efecto publicitario que agiliza las ventas de su producto o de su imagen.

 

Se ha llegado al límite que, cuando una de esas “figuras” decae en su fama, su agencia de publicidad le fabrica “un pecado” para que su rating se vuelva a disparar y el interés de sus seguidores se reanime. Uno de los más graves inconvenientes de estas estrategias es que las bases morales de la sociedad se corroen y ya la gente no sabe que le agrada a Dios y qué es lo que Dios manda. Es una especie de Babel moral.

 

Vienen, en consecuencia, estallidos de inmoralidad y todo el mundo quiere apuntarse al pecado de moda, para poder surfear en la “onda”. Y, es por esto, que las figuras de relieve, las que llamamos “figuras públicas” conllevan una honda responsabilidad en lo pertinente a las buenas costumbres y en la orientación moral de la comunidad. El daño que causan sus pecados se expande y tiende a adquirir la configuración de una “pandemia”: Las figuras públicas tiene una especie de función de “brújula” en la orientación de los valores que apuntalan y los vicios que asuelan a una comunidad.

 

Perfectamente puede suceder que, el intenso arrepentimiento y las muestras de recomposición del pecador le ganen -de parte de Dios- la remisión del pecado. Pero el “pésimo” ejemplo, se vuelve un contagio que repercute en sus descendientes, que, siguiendo los malos pasos, terminan por recoger las desgracias que son producto de las acciones que sus mayores les inculcaron y promovieron.

 

Ejemplos de estas situaciones los tenemos tanto en David como en Ajab. Ambos, reconocieron su pecado y se impusieron severas penitencias, tratando de purgar sus asesinas culpas. Lograron por este camino, detener las consecuencia nefastas de sus actos; sin embargo, la cadena de pecado se había disparado y -como una verdadera onda sísmica- los terremotos en la vida de sus hijos, de sus nietos y de la descendencia que debería haber ocupado dignamente el Trono que por derecho mesiánico les correspondía, eclipsó totalmente su brillo, y sólo recogieron las réplicas sísmicas, los venenosos frutos que correspondían a su infidelidad, a su idolatría, a su perversión, en fin- a todo el mal cuyas semillas dañosas desperdigaron.

 

Habrá que decirlo nuevamente, aun cuando lo hemos repetido ya n-veces, que no se trata de castigos, porque Dios no es Dios-de-rencores. Se trata de consecuencias, nadie que siembre, digamos, frijoles, esperará recoger una cosecha de nueces o de bananos. Lo que se hace, tiene resultados y da frutos consonantes con el sembradío.

 

Muchos se preguntarán: ¿Cómo se expande esta clase de contagios? Y no se puede dudar ni un instante del valioso papel que pueden jugar los medios de comunicación, donde el Malo los usa -como una “caja de resonancia”- para contaminar las consciencias del pueblo de Dios. Por eso, a nosotros nos cabe la aplicación responsable del “discernimiento”. Todo cuanto se nos propone y todo lo que se impulsa como corrientes de “moda” tiene que ser cuidadosamente sopesado por el “discernimiento” que Dios nos ha regalado, la “voz de la consciencia” juega este papel vital, y hemos de cuidar que la consciencia no sea vulnerada por espejismos que la adulteren.

 

El papel profético, que toca a todos los bautizados, puede como en la perícopa de hoy, ser leído como “enemistad”. Ajab llama a Elías, su “enemigo”, porque los caminos del Malo son cuidadosamente camuflados para hacerlos parecer correctos, los idóneos, los recomendables, y no falta quienes les trabajan a las campañas de la “inmoralidad” para hacer creer a otros que no son actos inmorales, sino el verdadero y pleno uso de la “moral”, y que, aquellos que los señalan como prohibidos, lo que quieren es recortar y coartar la “libertad”, misma que por ser falsa, nosotros la denominamos “libertinaje”. Según ellos, nosotros lo que hacemos es privarlos de sus “derechos”, porque para ellos el mal hay que disfrazarlo de “derecho”, y así llevan a tantos y tantos por los caminos de la perdición. Sí, así es, la bandera que enarbolan es la del derecho -muy legítimo- de irse al Infierno.


 

Llegado a este punto, ellos, muy enojados y poniendo su cara más seria, nos sacan la lengua, nos trataran de todo, “retrasados”, “anticuados”, “momias de museo”, “mojigatos”. Y todos los que están sumidos en la “ola”, aplaudirán y les harán coro, para poder seguir cavando, no hacia la superficie, sino hacia el fondo de la Gehena.

 

Sal 51(50), 3-4. 5-6b. 11 y 16

Hemos pecado

Este salmo es de súplica. Claro está, se suplica por el perdón, casi toda la perícopa está dedicada a reconocerse culpable y a rogar para ser perdonado. Sólo el último versículo -el verso 16- la segunda mitad de la tercera estrofa- tiene otro propósito, ofrecer como exvoto, asumir la misión catequética de anunciar y proclamar esta verdad tan promisoria. Dios es un Dios Misericordioso.

 

En la primera estrofa, el pecador reconoce su culpa decidido a responder por sus faltas. Se trata de una liturgia de expiación: liturgia de arrepentimiento de corazón, de un arrepentimiento sincero, se ha fallado, había una relación armoniosa con Dios, Él nos había otorgado todo lo ancho y lo amplio de su Amistad, nosotros en cambio, hemos defraudado, hemos deshonrado la sagrada “Comunión”, nos hemos caracterizado como quebrantadores de la Ley.


La Halajá, exégesis de la Torah, identifica eso como traición profética, un conjunto de depravaciones que van desde la profanación del templo, los actos de idolatría, la explotación de los pobres y los delitos políticos, donde también se incluye el “mal ejemplo”

Que perfectamente encaja entre los ejercicios de pastoreo “engañoso” y de tergiversación de las enseñanzas.

 

Quien no asume su pecado tiene la conciencia dañada, deformada, no se abre paso hacia el perdón y -como si fuera poco- desvirtúa al propio Dios, entendiéndolo como un Dios severo, amante de la rigurosidad, con una paternidad endeble, un Dios que no se asume en su Paternidad y, entonces, no nos puede acoger en filiación. Ese Dios, es un dios que inspira temor. Dios no nos ha escogido para ser temerosos de Él, pues ningún hijo vive temiéndole a su padre, al revés, a Abbá se le tiene la más sólida y estable confianza.

 

Hay -en la primera mitad de la tercera estrofa- una solicitud dirigida a nuestro Padre Celestial, que Él retire sus ojos de nuestro pecado, que no lo mire más, para que así se inicie el camino del perdón: Al no mirar la falta, la olvidará, es la ¡ternura del olvido Divino”. Al olvidarla, quedará totalmente borrada toda culpa. El olvido de Dios lleva a que ya no exista, no es un olvido amnésico sino un gesto derivado de Su Infinita Misericordia

 

¿Qué le pedimos en el responsorio? Al ser conscientes de nuestro pecado, recurrimos a Él para que nos regale de su Misericordia. La Misericordia limpia de la sangre, la del derramamiento de sangre y de las manchas, que atestiguan contra nosotros, que denuncian que hemos matado o que hemos comido de lo impuro, por no haber desangrado sistemáticamente los animales que se habrían de comer (hacer previamente Kosher los alimentos).

 

Mt 5, 43-48

Poner todo de nuestra parte y Él hará el resto

… que sea la Misericordia la que guie nuestros pasos, la que inspire nuestras reformas, la que ilumine nuestras decisiones. Que sea el soporte maestro de nuestro trabajo. Que sea la que nos enseñe cuando hemos de ir adelante y cuando debemos dar un paso atrás.

Papa Francisco

Una manera de recortar la Ley y acomodarla según nuestro acomodo es reconocer a Dios como Padre, pero no admitir como hermanos sino a algún sub-grupo de sus hijos, por ejemplo, decir que solo son hermanos los de la misma raza, o los que han nacido en el mismo pueblo, o solo mis amigos, excluyendo a los que no sean nuestros vecinos, o a los que no asisten al mismo culto o no hablan la misma lengua. A todos los demás los englobamos en la categoría de “enemigos”. Entonces, adaptamos las palabras, para estar seguros que los únicos “hijos de Dios” son los que yo acepto reconocer por tales, a los demás los excluyo de su Paternidad.


Jesús, en el Sermón del Monte, nos da una definición de quienes han de tomarse como hermanos: Nos dice que debemos usar el mismo criterio que usa Dios, que saca el sol y con él alumbra a todos, y también envía su lluvia indiscriminadamente, hace llover sobre “justos e injustos”.

 

Con toda especificidad dictamina: ¿si solo amamos a quienes nos aman, nos podemos pensar acreedores de algún premio? ¿Si sólo saludamos a los “hermanos”, estamos haciendo algo que merezca aprecio? No, eso lo hace todo el mundo, actúan como amigos de sus amigos y derraman su desprecio y su rechazo a diestra y siniestra. Y luego, venimos a sacar pecho y a creernos “los chachos de la película”. El Evangelio enfoca nuestra atención precisamente en lo que sería un incienso agradable ante la Presencia del Señor

 

Este es el sexto caso que Jesús nos propone en la línea de examinar qué dice la “ley”, y cómo -Él no pretende abolirla, sino que sinceramente pasemos del plano memorístico de la repetición de preceptos al plano de una vida coherente con la Revelación y es que muchas veces tomamos esta como si se tratara de monopolizar la verdad, aun cuando la verdad esté muy lejos de nuestras vidas. Volvemos al punto, Jesús no vino a derogar un código, ni a impulsar una constituyente que modificara el reglamento vigente, sino a enfocarnos hacia el punto crucial: el cumplimiento de la Divina-Voluntad.

 

Tanto como el judaísmo despreciaba a los publicanos y a los gentiles, y aquí Jesús -como siempre lo hacía- viene y nos los propone como ejemplo y modelo, porque en realidad de verdad, los que más despreciamos y marginamos, son -por lo regular- los que, a la hora de la verdad, tienen ortopraxis. Nosotros, por nuestra parte, estamos hinchados por nuestra ortodoxia, pero nos falta recorrer el largo trecho que media entre el decir y el vivir conformes con lo que Jesús proclamó. «Que sea la Misericordia la que nos haga ver la pequeñez de nuestros actos en el gran plan de salvación de Dios y en la majestuosidad y el misterio de su obra». (Papa Francisco)

 

¿En qué momento los publicanos y los gentiles dejan de ser modelo? Cuando se pegan a la letra y segregan a la gente entre prójimos y enemigos.

 

Los mejores candidatos para entrar a llenar la columna de los enemigos son los “perseguidores”. ¿Quién es un διώκω [dioko] “perseguidor”? El que sale a cazarnos y con su “persecución” nos obliga al “desplazamiento forzoso”, nos lleva a pagar escondederos al más caro precio.  Para ellos, ¿qué nos propone Jesús? ¡Rezar por ellos! Este rezar es προσεύχεσθε [proseuchesde] “exponerle a Dios nuestros deseos, llenos de buena voluntad”, “acudir a Dios a suplicarle”, venido del griego εύχομαι [euchomai] “deseo”, “ruego”, “rezo”. Anotemos aquí que la palabra rezar es de origen latino recitāre y originalmente significaba “pronunciar un discurso”, posteriormente pasó a significar “leer en voz alta”, “declamar un poema”, y -en la Iglesia- “recitar letanías” o “pronunciar oraciones dirigidas a una divinidad”, con el sentido de interactuar con Dios para que Él trasforme nuestra voluntad según su Voluntad.

 

Queda diluida la frontera entre el “prójimo” y el “enemigo”. Se manda a amar tanto al uno como al otro. Y se dice que es algo que exige nuestra respuesta comprometida. Hoy el Evangelio empieza por ahí. La Sagrada Escritura va subiendo lentamente hasta el Sinaí del Nuevo Testamento, que es el Calvario. Llegar a esta cumbre que es el amor que incluye inclusive al que nos persigue solo se dará de manera expresa en nuestro Salvador.

 

Pues bien, el que se cree tan “buena gente” que no tiene enemigos es que todavía no   puede oír ni ha abierto los ojos, como esos cachorritos que nacen “sordos y ciegos”. Mientras se está sordo y ciego estamos bloqueados “adentro de nosotros”, como presos. Presos estamos muy lejos de alcanzar la perfección que es la meta que nos propone hoy la perícopa que se proclama. ¡Atención! ¡Jesús no dice: pequen a sus anchas con tal que se arrepientan! Tampoco dice: ¡Dejen que todo salga como salga, que yo voy barriendo detrás! Cuando nos manda a ser perfectos, ¿Creen ustedes, acaso, que es una propaganda política y que lo dijo porque la frase sonaba bonita? ¡Lo que nos dice es que pongamos todo de nuestra parte! Jesús nos propone alcanzar la cúspide del ascenso llegando a ser τέλειός [teleios] “el que alcanzó su finalidad”, “quien logró llegar a la meta”, “el que fue lo más lejos posible”, “el que desplegó al máximo todas sus potencialidades”.


Pero no es cualquier clase de “perfección” allí hay un adjetivo que explica a qué perfección se refiere: Dice οὐράνιος τέλειός [uranios teleios] “celestialmente perfectos”. Este οὐράνιος nos remite a la perfección en los términos de la “dimensión” donde habita Dios. Se da la vuelta completa… ¿queda aparentemente abierta la definición de cómo es la perfección divina? ¡No! ¡Nada de eso! Solo hay que devolverse un par de versículos antes: «… hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos» (cfr. Mt 5, 45). En otras palabras, ¡borra toda discriminación entre prójimo y enemigo, hasta que no quedan enemigos, sino que todos son prójimos ¡en eso consiste la perfección!