martes, 3 de marzo de 2026

Miércoles de la Segunda Semana de Cuaresma


 Jer 18, 18-20

Contra las mitologías del dios impertérrito

יִרְמְיָ֙הוּ֙ [Yirmayahu] “Jeremías” este nombre significa “YHWH exalta”, nació en 645 y en el 626 fue llamado a ejercer el profetismo hasta el año 586 (estas tres fechas son de a.C.). así que su período profético cubre los reinados de Josías, Joacaz, Yoyaquim, Joaquín y Sedecías.

 

La obra tiene 52 capítulos, y la perícopa que proclamamos hoy está tomada del primer bloque, (Caps. 1-25) sacadas de lo que predicó Jeremías en el primer periodo -20 primeros años de su profetismo- en este bloque encontramos los Mensajes proféticos sobre Judá y Jerusalén.

 

Al terminar este período, Dios le ordenó registrar por escrito la continuidad de sus oráculos, y para el cumplimiento de esta tarea encargó a un escribano -Baruc- que fungió como amanuense, para que se encargara de trascribir toda su experiencia profética. Está orden está registrada en el capítulo 36 del Libro de Jeremías.

 

Su ´predicación encontró dolorosa y obstinada resistencia. Detectó que este pueblo de dura cerviz tenía un corazón de piedra. Y, como a nadie nos gusta que se nos canten las verdades, contra él se agruparon todas las fuerzas oscuras -sacerdotes, profetas y sabios- que conspiraron contra su vida, y en cuyas manos se hallaba el monopolio de la autoridad y el poder.

 

El gran interrogante para Jeremías es: ¿cómo puede suceder que se atente contra aquel que les ha procurado el bien y se ha afanado por redirigirlos y sacarlos del error? ¿es, acaso posible, que se pague el bien con maldad? Y, ni tuvieron en cuenta que el profeta había abogado ante Dios por ellos. Hasta allí va nuestra Primera Lectura.

 

Si continuáramos leyendo los tres versículos siguientes (18, 21-23) veríamos ante todo el rencor y el veneno que destiló este profeta. Salió a flote todo el rencor que cupo en su pecho contra los que le hicieron la guerra. ¡Qué lejos estamos de Esteban, que -según está relatado en los hechos de los Apóstoles, mientras sus contradictores lo lapidaban, imploraba al Cielo perdón para ellos! (Hch 7, 54-59)

 

Es ahí donde Jeremías clama al Señor para que los castigue con todo rigor, que los entregue al hambre y a la muerte, que se oigan desde sus casas salir los gritos desgarradores, que los ladrones se ceben robándoles todas sus propiedades. No ahorra en rencor y en animo vengativo. En conclusión, él pide que Dios los ejecute en el momento en que Dios está más airado para que tengan una muerte encarnizada.

 

El profeta no está nada afanado por apiadarse y reconocer el valor del perdón como derrotero por dónde camina el Justo.

 

¿Con qué argumento se presenta Jeremías ante el Señor? poniéndole de presente que él ha abogado a su favor, que él ha reclamado al Cielo para que les socorra su Misericordia, para que los alumbre con su Clemencia, para “apartar de ellos el חֵמָה [chemah] “furor”, “enojo”, “encono”, “ira”; al extremo de significar también “veneno”.

 

Encontramos como una carga de sorpresa mezclada de desasosiego; Jeremías no puede reconocer a Dios que permite que alguien que ha procurado hacer tanto bien y pastorear al pueblo del Señor, pueda recibir como contraprestación la impiedad y el encono.

 

Esta visión de un Dios lleno de ira, con corazón retaliativo la comparte con el profeta Ezequiel. Se debe tener en cuenta que Dios no se enoja como lo seres humanos que son víctimas del enojo que llega a fluir en ellos como una inundación intempestiva. Es el ser humano el que va rellenando la represa hasta que el agua se desborda y corre a raudales, arrasando todo a su paso. No es el corazón de Dios el que añade ira sobre ira; es el ser humano el que violenta la represa hasta reventar las compuertas.

 

Jeremías no puede salir de su asombro, asombro que se traduce en desconcierto. Aspiramos a una realidad muelle, y hacemos venías al ídolo del confort. Detrás de eso -como sucede con todo fetiche, hallamos la Ausencia de Dios, no que Dios se haya ido, sino que lo hemos tapado con nuestro coloso de barro.

 

Intentemos con Albert Gelín, una revelación-deconstructiva: «… los fracasos humanos indican la existencia del pecado: pero acaso tengan un sentido mucho más profundo y sean el medio doloroso del que se sirve Dios para conducir al hombre a una renuncia absoluta, a una especie de desnudez completa ante Él, a una purificación dramática de la fe que hace exclamar finalmente: “De lo más profundo clamo a ti Señor” … El sufrimiento no destruye al hombre, pero nos revela lo que somos en realidad… Tenemos barreras que el pensamiento, por sí solo, jamás sería capaz de atravesar. Necesitamos para cruzarlas, la experiencia de la pobreza, de la cárcel, de la enfermedad… es como si viéramos una cara distinta de las cosas que hasta entonces ni siquiera habíamos sospechado».

 

Jesús ascenderá -cuando sea levantado- a la comprensión profunda de la dimensión humana -desconocida para el dios alexitímico, fabricado por la ideología de la agnosia interoceptiva, incapaz de compadecerse, tan cara a los que jamás han vivido o padecido ser descolgados al foso- tocando en su dolor la esencia frágil de la existencia humana, siempre refugiada detrás de los mitos de facilidades físicas, económicas y tecnológicas, con su apariencia de seguridad que, minimiza (o posterga) riesgos y esfuerzos, detrás de su fachada de bienestar y estabilidad.

Jeremías alcanzará su exaltación cuando sea arrojado en בֹּאר [bour] “la cisterna” llena de lodo.

 

Sal 31(30), 5-6. 14.15-16

Este salmo tiene 24 versos y se toman 5 de ellos para organizar la perícopa que se proclama. Con ellos se organizaron tres estrofas.

 

1)    El salmista que clama, compara su situación con la de un pajarito que ha sido capturado en una red tendida como trampa. El salmista se abandona en la Bondad del socorro divino.

2)    Verdaderamente que complotan contra él. El pacto es para quitarle le vida.

3)    Pero Dios que sujeta todos los hilos manejará su liberación, sus bondadosas Manos lo libertaran, en Él se abandona.

En el responsorio clama pidiendo Misericordia porque para los débiles el Señor es el Único recurso de Salvación.


Ebed-melec abogó por Jeremías y lo hizo sacar con sogas del pozo (Cfr. Jer 38, 71).

Se trata de un Salmo del Huésped de YHWH.  Este huésped que clama es un levita, o un profeta o alguien de la burocracia del rey.

 

Mt 20, 17-28

El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.

Mt 20, 28

Abre la perícopa una enumeración, la tercera que les hace Jesús del final que le espera. Les da con suficiente detalle los momentos de su desenlace:

En el capítulo 19 están subiendo a Jerusalén

1)    El Hijo de Hombre va a ser entregado

2)    A los Sumos Sacerdotes y a los escribas.

3)    Lo condenaran a muerte

4)    Para que ejecuten esa sentencia se lo entregaran a los “gentiles”

5)    Se burlarán, lo azotarán y lo crucificarán.


Se los dice precisamente a los Doce, los de su “equipo cercano y más estable”

 

En ese preciso momento, lo aborda la madre de los “hijos de Zebedeo” y viene a pedirle que sus hijos se sienten a su derecha e izquierda cuando Él se siente en el Trono Mesiánico. Ella quiere para ellos los cargos privilegiados de Primer Ministro y Vice-Ministro respectivamente.

 

Y los otros se enfadaron con los hijos de Zebedeo porque ellos también codiciaban para sí la ocupación de los más altos ministerios del reino que el Mesías -según ellos lo entendían- venía a implantar. A veces suponemos que, en un momento dado, los discípulos -especialmente los más cercanos y, por supuesto, los Doce- se habrían sacudido esa idea triunfalista del Mesías-Rey-y-Guerrero para entender el mesianismo que hoy por hoy entendemos los cristianos. ¡Y no fue así, muy a pesar de las explicaciones frecuentes de Jesús y de sus anuncios de la pasión, ellos compartieron esa ideología hasta que Jesús bajó a la tumba y, luego, resucitó! Solo entonces se produjo la metanoia para enfocar hacia este Mesías que era Siervo Sufriente de YHWH. Por eso, en el momento del prendimiento, Simón Pedro sacó la espada y Jesús hubo de restañarle la oreja a Malco. Todavía ahí, los Apóstoles confiaban en las vías violentas para imponer su “autoridad”.

 

Destaca la comprensión exacta que tiene Jesús de la cadena de mando; Él no disimula, no disfraza de ninguna manera, que no es a Él a quien corresponde dar estos cargos. Su autoridad no supone hacer ocupar las vacantes. Es potestativo del Padre designar a quienes estarán cercanos al Mesías en el Trono de su Poder. Pero ya sabemos que todo el pueblo judío esperaba un Mesías de poderío y Majestad. ¡Todos sin excepción!

 

Es posible que Jesús ignorara que esos puestos ya estaban asignados a Gestas y Dimas.

 

Jesús les enfatiza que ellos no pueden ser como los gobernantes y reyes tradicionales que en todas las partes del mundo se agazapan tras su autoridad para cobrarse a precio de león, con dolor y crueldad. Todavía -en más de uno- sobrevive el corazón de torturador; y hay más de uno que suspira por implantar el reino por las vías de hecho. ¿Cuantos hay que pasan románticos momentos acariciando sus piezas de armamento y dándoles besitos?

 

“Los jefes de las naciones los tiranizan, y que los grandes las oprimen con su poderío. ¡Entre vosotros no debe ser así!”

 

Recordemos todas las desventajas que tener sobre si autoridades reales acarrea: padecer vejámenes y humillaciones sin término: el Profeta Samuel les advirtió el sufrimiento que las traerían los reyes, pero ellos se obstinaron, quisieron uno y Dios le dijo a Samuel: “Déselo”. (1Sam 8, 11-):

 

a) Tomará vuestros hijos y los destinará a sus carros y a sus caballos y tendrán que correr delante de su carro.

b) Los empleará como jefes de mil y jefes de cincuenta;

c) les hará labrar sus campos, segar su cosecha,

d) fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros.

e) Tomará vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas.

f)  Tomará vuestros campos, vuestras viñas y vuestros mejores olivares y se los dará a sus servidores.

g) Tomará el diezmo de vuestros cultivos y vuestras viñas para dárselo a sus eunucos y a sus servidores.

h) Tomará vuestros criados y criadas, y vuestros mejores bueyes y asnos y les hará trabajar para él.

i) Sacará el diezmo de vuestros rebaños y vosotros mismos seréis sus esclavos.

 

Lo más grave es que no habrá vuelta atrás: “Ese día os lamentaréis a causa del rey que os habéis elegido, pero entonces Yahveh no os responderá”. Quizás las más graves consecuencias no se registran allí, cabe nombrar también que:

 

      i.        Perderían su dignidad de hombres libres

     ii.        Se harían idolatras y politeístas al uso de otras culturas según se les impusiera.

    iii.        Perderían su identidad cultural, sus usos y costumbres.

   iv.        Empezarían a pensar según modos ajenos

     v.        Terminarían por desconocer la Ley que Dios les había enseñado para plegarse a modas y caprichos pasajeros.

 

Concluyamos diciendo que el Mesianismo de Jesús era totalmente diverso del Mesianismo que ellos se habían figurado. Porque los tiranos y los opresores están lejísimos de querer construir el Reino de Dios, y sólo les mueve el ansia de riqueza y la sumisión de las gentes que ellos avasallaran.


Todo reinado sustentado en el dolor, la explotación y la tiranía cocina rebelión que más tarde o más temprano revierte en asesinato y venganza.

 

Sólo el amor construye permanencia, pero el amor pasa por los parámetros de la sinodalidad: a saber, el perdón, el servicio desinteresado y la bondad. Por lo tanto, nosotros no tiranizaremos a las gentes -y de hacerlo, estaremos sembrando tempestades- nuestro lenguaje mesiánico es el del Servicio, como claramente se nos enseña hoy.

lunes, 2 de marzo de 2026

Martes de la Segunda Semana de Cuaresma


Is 1, 10. 16-20

Isaías (hoy nos referiremos al proto-Isaías) es un profeta pre-exilico, precisamente su obra termina (en el capítulo 39, con la noticia de la caída de Jerusalén y el exilio a Babilonia). El nombre Isaías [Yeshayahu] alude a un profeta que actuó del 734 al 701 a.C.. Era un “aristócrata” (pariente de reyes, hijo de Amós, quizá primo de Osías), docto, que sabía escribir y un amplio conocedor de las tradiciones del Éxodo, y de Jueces. Se dice que murió aserrado bajo el gobierno de Manases.

 

El capítulo primero de Isaías está conformado por dos porciones:

i)              Judá como ciudad pecadora

ii)             El verdadero culto a Dios, que corresponde a la perícopa que se proclama hoy

 

Empieza con un decálogo:

1)    Oigan la palabra de Dios, la palabra que usa es שִׁמְע֥וּ [shimú], directamente relacionada con el Shema “escucha”.

2)    Lávense

3)    Purifíquense

4)    Aparten de mi vista sus malas acciones

5)    Dejen de hacer el mal

6)    Aprendan a hacer el bien

7)    Busquen la Justicia

8)    Socorran al oprimido

9)    Protejan el derecho del huérfano

10) Defiendan a la viuda

 

Parecería que en esta perícopa se está dirigiendo a los gobernantes de Sodoma y al pueblo de Gomorra; no es así, en realidad les está hablando a los gobernantes de Judá. Los llama “príncipes de Sodoma”, y, al pueblo, a los gobernados, los llama “pueblo de Gomorra”, para resaltar a que grado de rebeldía, idolatría e injusticia han llegado.

 

¿Qué ha venido a simbolizar Sodoma? Las diversas formas de la perversión humana. En particular la corrupción moral. ¿Y Gomorra? La maldad en grado sumo, la impiedad, la iniquidad, la depravación. Los ángeles vinieron a visitar a Lot, a quienes Lot les insistió para que aceptaran su hospitalidad; los sodomitas vinieron a secuestrar a los visitantes celestiales, procurando יָדַע [yadá] “conocer a alguien carnalmente”, “tener relaciones sexuales” (Cfr. Gn 19, 1-5); tan es así que “sodomizar” vino a significar “someter a alguien a penetración anal”; y, “sodomita” a quienes practican la homosexualidad, el sexo anal y otros.

 

Lo primero es el rechazo de los sacrificios, el Señor se ofende y se ofusca porque vienen a quemar animales en su Altar, pero Él no quiere nada que provenga de la gente que obra el mal. Le caen mal sus oraciones y sus brazos levantados hacia Él. Dios les dice -por boca de su profeta- que primero cumplan ese decálogo y, después si les prestará atención y discutirá con ellos.

 

¿Cuál es el bien que Dios espera que obren? ¿Qué es lo que si le agrada? Que vivamos en procura de Su Justicia:

a)    Ayudar el oprimido

b)    Hacerle justicia el huérfano

c)    Defender los derechos de la viuda.

 

Es lo que hemos dado en sintetizar como trato preferencial para el marginado. Estas tres categorías eran la marginación por excelencia en el seno de aquella sociedad: oprimidos, huérfanos y viudas. Dios, por boca de su profeta, les señala por dónde empezar a construir el “bien”. No basta con no hacer el mal, hay que echarle cabeza y ponerle creatividad a cómo podemos hacer el bien y proponérnoslo.

 

Con quienes tengan el corazón abierto a estas disposiciones, con ellos sí acepta el Señor entrar en negociaciones; y al pasar a la Mesa de Dialogo les lleva esta oferta, una verdadera ganga: Perdonarles sus atroces ofensas.

 

Dios le inspira a Isaías esta hermosísima imagen para que la lleve a la mesa de negociación: “Aunque sus pecados sean como el rojo más vivo, yo los dejaré blancos como la nueve; aunque sean como tela teñida de purpura yo los dejaré blancos como la lana”.

 

Además, les ofrece que tendrán abundancia y calidad para su disfrute, si acogen obedientes lo que Él reclama.

 

Pero en el caso de insistir en su indolencia, encontraran la “espada”.

 

¿Significa esto que está ofreciendo un castigo? ¡No! ¿Es por ventura Dios, un dios-castigador?

 

El Reino de Dios, que es el Reino del Bien en grado sumo, es un Reino de Paz. Pero si optamos por irnos para el otro lado, hacia el reino de la maldad, Dios no los castigará, Él no tiene velas en ese reino. Nosotros hemos sido prevenidos que el país del mal es el territorio de la violencia y la muerte que son dos sinónimos de la misma cosa. Reino de pecado y de impiedad. El que compre pasajes para esa “república”, tiene que atenerse a las consecuencias.

 

La sabiduría popular lo ha resumido con la expresión “el que a hierro mata a hierro muere”. Si uno sabe que en un sector hay balaceras continuas y uno insiste en ir a “pasear” por allí, ¿Qué creen que encontrarán? Nada tiene de raro que intercepten algún plomo en su propia humanidad.


¡No le metan al cuerpo al pecado porque pueden salir malheridos! Arriésguense -por el contrario- a meterle todo su cuerpo al bien y seremos como “copitos de nieve”.

 

Sal 50(49), 8-9. 16bc-17. 21 y 23

Este es un Salmo de la Alianza. Con regularidad tenemos que recordar que la condición de nuestra religión, su rasgo distintivo es que vivimos en Alianza, en una relación de amistad y eso tenemos que refrendarlo con insistencia porque nuestro corazón tiende a la desmemoria y no honramos la hermosa amistad que se nos ha regalado.

 

Dios que es un Buen Amigo -el mejor que quepa imaginar- no nos retira su amistad de la noche a la mañana, tiene una increíble paciencia con sus criaturas: una y otra vez procura enderezar nuestras relaciones y edificar una sincera y amorosa relación con Él.

 

Nosotros exageramos el valor de los “sacrificios”. Algo así como un novio que sabe que a su chica le gustan las flores y -como su bolsillo se lo permite- contrata varias volquetas cargadas de hermosos rosas, y ordena que las descarguen todas encima de la chica, ¿qué resulta? Pues que ella queda sepultada bajo el arrume de rosas y, en vez de hacerle un sentido homenaje, logra que ella se enoje hasta el tope.


 ¿Qué decía Dios en la Primera lectura de hoy? “Vengan entonces y discutiremos”. Se sienta con nosotros para indicarnos que no hay que traer arrumes de rosos, que eso no es lo que le agrada, y -con toda paciencia nos explica- novamos a tener una hermosa relación con Él sin ignoramos sus Mandamientos, y si los sabemos repetir tal vez, al pie de la letra- pero no los aplicamos, no vivimos en la rectitud que ellos nos señalan, a eso Dios lo llama “echarnos a la espalda sus mandatos”, y es que cuando uno se echa algo a la espalda, lo lleva y sufre la ingratitud de la carga como un estorbo a cuestas, pero no la ve, porque no tenemos ojos en la nuca.

 

Pongamos nuestra Amistad con dios frente a nuestra vista y démonos cuenta que lo que Él quiere en verdad es que “sigamos el buen camino”, que seamos misericordiosos, como Él es Misericordioso y así se alcanza la perfección. Vida recta, justa, honesta, caritativa, fraternal. Y además, ¡que andemos sinodalmente! Con tolerancia a la diferencia. Con esa misma paciencia con la que Él se sienta y nos ofrece dialogo.

 

Mt 23, 1-12

Prolongan las filacterias

¿Si valoran en algo las advertencias que les hago en nombre de Cristo, si son capaces de escuchar la voz del amor? ¿Quieren acatar la comunión recibida del Espíritu Santo para nosotros y son capaces de compasión y ternura? Les pido algo que me llenará de alegría: pónganse de acuerdo, estén unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hagan nada por rivalidad o por orgullo. Que cada uno humildemente estime a los otros como superiores a sí mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por el beneficio de los demás.

Flp 2, 1-4

 

La kénosis tiene un profundo correlato con la sinodalidad. La sinodalidad es el quid de la construcción del Reino.


No hay que criticar -decimos-, pero Jesús vive criticando a los escribas (los intelectuales del judaísmo, sus filósofos y teólogos) y a los fariseos, que se separan para estar aparte. (La palabra fariseo viene del hebreo פרושים [perushim] o sea “separados”, "separatistas", querían estar separados porque si se le arrimaban a un impuro se contaminaban, el separatismo en este caso no es “independencia”, sino “pureza ritual”), que no se acercan a los que “los pueden manchar con sus impurezas”. Ellos seguían con extremada exactitud los ritos, ceremonias y leyes; ese “rigorismo” exagerado era para ellos la esencia de su “justicia”). Jesús los señala en este pasaje como aquellos que “alargan las filacterias y agrandan las orlas de sus mantos” (Mt 23, 5cd)

 

Una cosa es criticar y otra es denunciar. Y es que la denuncia es importante porque si no se aplica, la gente toma los errores como regla de conducta y se van por ahí, replicando y amplificando el error. Inclusive, cuando se denuncia el error se hace una obra de caridad, ¡acordaos!: “enseñar al que nos sabe y corregir al que yerra”.

 

Hagamos un paréntesis para señalar que muchas veces vetamos la “critica” porque puede poner en evidencia que somos de esos.

 

¿Qué es lo que Jesús denuncia en el caso que hoy nos ocupa? Dos punticos muy delicados:

a)    Predican, pero no aplican

b)    Son muy fantoches con sus prácticas religiosas, las cumplen para captar protagonismo, entonces las acompañan con bombos y platillos, acomodan los parlantes más potentes y los reflectores más encandelillantes. ¡Y es que eso vende! Se ha probado que ese par de recursos puede llegar a multiplicar los ingresos de taquilla

 

Lo más grave es que ellos no son los del común, sino los que están sentados en la Catedra de Moisés, o sea, se sentaron en el trono desde donde no se les puede discutir nada, porque además acaparan la autoridad para aplicar marginación, excomunión y anatema. Por eso, es fundamental desenmascararlos, misión ante la cual se corren muchos riesgos. Y Jesús aceptó correrlos, antes que incurrir en el silencio cómplice.

 

Lo primero que Jesús evidencia es que ellos Imponen “cargas pesadas” porque entre más pesadas más vistosas, más se publicitan y llaman más la atención. Además, cuanto más pesadas, más da la impresión de “acto heroico”, de “piedad deslumbrante”. Como será que la palabra “sacrificio” llegó a significar “tarea muy pesada que uno se tiene que echar al hombro”. (El verdadero significado es “hacer sagrada alguna cosa”).

 

Quisiéramos precisar la traducción de la frase ὁ δὲ μείζων ὑμῶν ἔσται ὑμῶν διάκονος

(Mt 23, 11) [o de meizon ymon estai ymon diakonos], que al traducirla bastante al pie de la letra dice: “los grandes entre ustedes se pondrán como sirvientes suyos”. Los que sean verdaderamente grandes, los que no, no son grandes, aun cuando posen de grandes.

 

A veces, sin mucha precisión, metemos -en la interpretación de esta perícopa- la palabra “hipocresía”, porque usualmente se emplea para designar al que dice una cosa y hace otra, pero falta un detalle, el hipócrita hace lo contrario de lo que dice para ¡ocultar sus sentimientos o sus móviles! Un hipócrita es un farsante, un insincero, un simulador, un impostor; hipócrita proviene del griego ὑποκριτής [hypokritḗs], que significa "actor", “intérprete", derivado a su vez de hypokrínesthai ("actuar" o "representar un papel"). En la Antigua Grecia, designaba a los actores porque ellos usaban máscaras en el teatro. Lo que denuncia el evangelio es más bien a un incoherente, su afán de protagonismo se le convierte en obsesión de exactitud, precisión e inflexibilidad; o en exhibicionismo escrupuloso, alargando las mal llamadas “filacterias” (en realidad se llaman tefilin). Ni Jesús ni el evangelista usan la palabra hipócrita aquí.


 

Ya hacia el final de la perícopa se indica quién es el verdadero héroe: el que se hace servidor, el que se pone al servicio, el que está disponible para hacer “el bien”. ¡No el que exagera el rigorismo! El rigorismo es puro formalismo. ¡Barniz exterior!

 

Nadie es Maestro, ni Padre, ni Jefe. ¿Quién es el único que es paradigma viviente? ¡Jesucristo!: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22, 27d).

domingo, 1 de marzo de 2026

Lunes de la Segunda Semana de Cuaresma

 


Dan 9, 4b-10

El servicio a Dios no se reduce por tanto al culto, sino que se despliega naturalmente en la vida de los hermanos. Así el amor fraternal (honrar a los padres, no cometer adulterio, no robar, etc.), es una exigencia de la alianza. Atentar contra los derechos de los hermanos es romper la alianza con Dios.

Equipo “Cahiers Evangile

Esta obra está ubicada dentro del profetismo, pero su lenguaje y sus recursos son los de la apocalíptica, rica en imágenes, en figuras, en visiones, en simbolismos. La apocalíptica floreció entre el siglo II a.C. y se desarrolló, hasta el siglo II d.C.

 

Es muy importante y definitivo entender que, se escribió la obra entre el 167 y el 164 a.C. -lo que corresponde a la época de los Macabeos; pero el relato está ambientado en la época de la conquista de Israel por Nabucodonosor, o sea que, los sucesos relatados habrían ocurrido, aproximadamente, cuatro siglos antes.

 

Este Libro está escrito en tres idiomas distintos:

1)    en hebreo, el capítulo 1 y los capítulos 8-12, esto quiere decir que la perícopa de hoy correspondería al texto en hebreo.

2)    En arameo, por otra parte, están escritos los capítulos 2, del 4-7 y el capítulo 28.

3)    Y, en griego, la parte deuterocanónica, la perícopa 3, 24-90 y los capítulos 13-14.

 

Para facilitar la comprensión, el Libro se puede retacear en dos partes:

·         Los capítulos 1-6, contiene los relatos “históricos” que ambientan la pieza en la época entes dicha.

·         Los capítulos 7-12 nos relatan las visiones.

 

¿Cuál sería el mensaje esencial? Que la fidelidad al judaísmo puede mantenerse a pesar de vivir inmersos en culturas paganas e idolatras.  Pero, que -además- hay que saber resistir y mantener la fe en un campo viciado y minado: eso es lo que nos dicen los 6 versos y medio que forman la cita:

 

¡Dios sostiene la palabra dada en la Alianza, siempre y cuándo, esta sea sobre guardada! Pero ¿qué fue lo que hizo este pueblo? Fracasó, no supo sostener la Alianza, han pecado y se apartaron de la senda que Dios les había demarcado con tanta claridad.

 

Todo se apuntala en בְּרִית [berith] la “Alianza”, que pasado al latín es alligare, ad-ligare; “ligados”, “atados”, explorando el significado nos encontramos con algunas sinonimias próximas: “pacto”, “acuerdo”, “unión”, “coalición”, “consorcio”, “confederación”. ¿Con qué se avala la alianza? La perícopa nos lo dice: cumpliendo los מִשְׁפָּט [mishpat] “juicios”, “veredictos”, “ley divina” y los מִצְוָה [mitzvah] “preceptos”.

 

¿Cómo se quebranta la Alianza? Con el חָטָא [chata] pecado, del cual podemos clasificar dos “modos” a cuál más de corrosivos y destructivos: la עָוָה “iniquidad” -que implica someter a otro a una carga tan pesada que lo encorve, que lo tuerza bajo su agobio- y la רָשַׁע [rasha] “impiedad”, la “falta de clemencia”, la “carencia de voluntad para indultar”, para “levantar una sanción”, en fin, para “perdonar”. Dios envió a los profetas como portadores de la palabra. Les dio también a los reyes que pidieron y quisieron. La actitud de indiferencia ante el llamado a honrar la Alianza, fue -para Dios- una verdadera decepción. Con su actitud se acarrearon la dispersión, (nos la acarreamos).

 

Sin embargo, el hagiógrafo es consciente que Dios no se cansa de velar por nosotros. Sabe que Dios no es voluble, por el contrario, es Dios-Justo-y-Fiel. La fidelidad Divina es súper excedente, porque Dios es compasivo y perdona. Esta perícopa concede mucho sentido a llamar a Dios e invocarle por Su Grandeza. ¿En qué consiste Su Grandeza? En Su Perfección, contrapuesta a nuestra fragilidad de seres deleznables.

 

La linfa que corre por las venas de esta oración es la del dolor y el arrepentimiento, es la linfa de la “Contrición”. Dado que en ella se conjugan la humildad con la adoración, la confesión y la petición. Las palabras de Daniel, aquí son reconocimiento de nuestra falibilidad y falta de lealtad: La nuestra es una rebelión porque desvergonzadamente nos hemos alejado de sus mandamientos y de la rectitud de sus preceptos, desoyendo el Mensaje entregado por sus profetas.

 

¿Qué es lo usual? ¿Solemos entregarnos al arrepentimiento y buscar la confesión de nuestras faltas? ¿O, quizás la costumbre consiste en buscar algún “chivo expiatorio” que cargue con el pecado y la pena que se infringe?

 

No se vaya a pensar que es una invitación a vivir con “escrúpulo”, pero si se trata de una sincera y urgente preocupación por reconocernos personalmente en el origen de tanto mal que ronda y se extiende. Por ejemplo, sin ir más lejos -repetimos, sólo a título de ejemplo- solemos denunciar todo el mal que se causa a la “casa común”, pero descuidamos reconocernos en cada pequeño descuido y en los malos hábitos que nos llevan a ser engordadores de la “huella de carbono” excusando que somos “causantes mínimos” y que, el nuestro, es solo un ridículo aporte al daño global. ¡Así, de gota en gota, rebozamos la copa!

 

El pecador se entrena aplicadamente para ignorar el reclamo de su conciencia; mientras el “justo” se entrena para reconocerse pecador, precisamente porque -permaneciendo próximo al Señor, se deja orientar por Él- Dios le enseña las vergüenzas de su consciencia desnuda, mientras el pecador “conchudo” no quiere ver como mete toxinas en la convivencia social y se hace impuro, generando daño, dolor, sufrimiento y desafuero a los dictados de Dios. Cada vez que se nos muestra la maldad del pecado, volteamos la mirada hacia algún prójimo, para apremiarlo al confesionario con el vivo propósito de hacerlo cambiar.

 

Debemos -antes que nada- esforzarnos por formar e ilustrar nuestra conciencia para saber con nitidez qué ofende a Dios y cómo nuestras acciones dañan al prójimo y -evidentemente- también a nosotros mismos. Esta es una de las riquezas del tiempo Cuaresmal, cuando se reviste de su carácter penitencial, ya que penitencia no es sólo oración, ni sólo abundante y generosa limosna, sino principalmente y antes que todo lo demás- afán, para no ser de los que con nuestras excusas y pretextos volvemos a crucificar al Señor, crucificando a nuestros hermanos cotidianamente.


Esta perícopa del Libro de Daniel lleva más de 1000 años iluminando nuestra conciencia en tiempo cuaresmal, ayudándonos a saber y a despertar nuestra responsabilidad de pecadores: es una perícopa que ha actuado como Natán lo hizo, poniendo la luminosidad de la lámpara para alumbrar la consciencia de David.

 

Sal 79(78), 8. 9. 11. 13

Hablamos de un pensamiento secular, que consiste en ignorar el pecado, consiste en proclamar la “libertad a ultranza”, so pretexto de “libertad” procurar cavarle una fosa a Dios en nuestra mente y en nuestro corazón. Y luego, sacar mucho el pecho y autodenominarnos “avanzados”, “progresistas”, “libertarios”, “librepensadores”, “rompedores de cadenas” y de “prejuicios pendejos”. Antes, estas ideas se detenían a las puertas de los colegios, de las casas de formación, de los hogares, y de los tribunales, donde vivamente latía el corazón de la fe y la obediencia a la “Voluntad de Dios”.

 

Hoy por hoy, y cada vez de una manera más avasalladoramente y atrevida, la inconsciencia campea a sus anchas y parece que llega hasta el mismo corazón de los progenitores y cabezas de familia, que -por física pereza y craza apatía- renuncian a la defensa de los valores y dejan caer los brazos desmayados bajo el eslogan “qué le vamos a hacer”: “¡Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad!”

 

Con esta frase inicia este salmo. Dice, a renglón seguido: “han profanado tu Santo Templo; han dejado a Jerusalén en ruinas”.


Este Salmo de súplica, tiene 13 versos, en el salmo responsorial de hoy tomamos 4 de sus renglones y se nos invita a reflexionar. ¿Qué hay que reflexionar?

 

Si la consciencia es el Sagrario del hombre, si la dignidad del hombre se devalúa para desacralizar de raíz nuestro pensamiento, ¿qué quedará en pie de la honra de Dios? El salmista clama a Dios por su defensa, porque nosotros nos hemos hecho reos de la inconsciencia social que -empezando por los padres de familia- hemos dejado entrar en nuestro ser y en nuestra casa la ignorancia de Dios y el olvido de sus preceptos.

 

Le rogamos a Dios que perdone ese gran pecado que es el descuido de darle la espalda a la Ley que Él nos enseña.

 

Somos cautivos del pecado por minimizarlo, por verlo como cosa vana, diminuta, inofensiva, imperceptible, insignificante, como simples nimiedades, uno oye a los que debieran ser guía y ejemplo vivo para sus hijos que “esas son chocheras de esos atrasados que todavía viven en la edad media”.

 

Nosotros, procuraremos guardar la Alianza y continuar propalando que de espaldas a Dios sólo recogeremos perdición, guerra, inmoralidad, violencia extrema y destrucción de la casa común. ¡No, no somos mojigatos lloriqueando por el pasado y anhelando resucitarlo! Lo que queremos es recuperar la dignidad del hombre que ha sido amado hasta el extremo de ser rescatados al precio de la Sangre Divina.

 

Lc 6, 36-38

¿Qué le dijo el Malo a Eva para inducirla a su territorio y secuestrarla bajo su control?

«¿Así que Dios les ha dicho que no coman del fruto de ningún árbol del jardín?

Y la mujer le contestó:

“Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.”

Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» (Gn 3, 1-5)


Pues bien, he aquí el núcleo de la tentación: Hacerse como Dioses. ¿Y el pecado? Aceptar esa idea de Dios, creer que Él nos manipulaba por envidia, porque Él no quería compartir su poder de discernimiento. Aceptar la falsa imagen que da el que Divide.

 

¿Por qué nos fuimos hasta por allá para examinar esta perícopa de hoy? Porque es esencial que entendamos que el pecado consiste en aceptar que Dios es egoísta, ambicioso y envidioso.

 

Hoy Jesús nos da la Vacuna-Redentora: La exacta idea de cómo es Dios.

 

¡Perdonen el recurso tan ingenuo para resaltar la importancia de esta idea! Vamos a subrayarla: El Padre Celestial es οἰκτίρμονες [oiktirmones] “Compasivo”, “misericordioso”, se pone en los zapatos del otro con un sentimiento que le brota de las entrañas, es algo que lo mueve desde adentro, que echa mano a la sensibilidad divina que como Hijo de Dios tiene. Es traducción del concepto hebreo רַחֲמִים [rajamín] es como un “cariño ilimitado” salido de lo más hondo del ser.

 

En la perícopa hay una descomposición de la palabra en cuatro elementos:

      i.        Abstenerse de juzgar. Algo que obra el corazón.

     ii.        Evitar condenar: La sentencia que externaliza el juzgamiento

    iii.        Perdonar: Condonación

   iv.        Dar. Oblación. Entregar compartiendo de lo que Dios nos ha dado. Abstenernos nosotros mismos, en favor del otro.

 

Esos son los rasgos que hacen hermenéutica de este concepto. Cuando decimos “cariño ilimitado” tendemos a deshacernos en gestos melindrosos, empalagosos, blandengues. ¡Por ahí no es! Pero. Logramos aproximarnos cuando lo ponemos en términos de “amor maternal”, que es tierno y consentidor, pero no se queda en los “arrurúes” ni en “afectaciones”. ¡Va mucho más allá!

 

Creemos que para enraizar en lo que Dios quiere, hay que aferrarse a los cuatro elementos que Jesús da como descriptores.

 

Cuando Dios manda por Boca de Su Hijo que seamos perfectos, no podemos quedarnos en una abstracción que dice tanto que no dice nada, que no nos comprometa a nada y que en 10 minutos habremos olvidado. La genialidad de la propuesta en el Evangelio está en descomponer la abstracción en ejercicios concretos y concretables.

 

No juzgar no consiste en dejar de “ver”, en voltear la cara para no darnos por enterados, o en suspender la inteligencia que nos ilumina el mal que se hace y que se debe evitar; más bien, es evitar que esa comprensión desencadene en nosotros lo más negativo, la repulsa, el rencor, las bajas pasiones, el pretexto para ser violento, los más insanos deseos de responder con “muerte”, o el pretexto para hacer lo mismo.

 

Consiste en refrenar lo respuesta criminal y criminalizante y tomar en cuenta que:

a)    No conocemos el fondo del corazón de quien se está equivocando

b)     No somos “verdugos” ni podemos revestirnos de tan asesina autoridad.


Sentimos que San Francisco hizo una actualización practica de esta perícopa cuando dijo:

Oh, Señor, hazme un instrumento de Tu Paz.
Donde hay odio, que lleve yo el Amor.
Donde haya ofensa, que lleve yo el Perdón.
Donde haya discordia, que lleve yo la Unión.
Donde haya duda, que lleve yo la Fe.
Donde haya error, que lleve yo la Verdad.
Donde haya desesperación, que lleve yo la Alegría.
Donde haya tinieblas, que lleve yo la Luz.

Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar;
ser comprendido, sino comprender;
ser amado, como amar.

Porque, Dando es como se recibe;
Perdonando, como se es perdonado;
y muriendo en ti, que se resucita a la Vida Eterna.

La Perfección Misericordiosa de Dios nos encamina a ser constructores de Paz.