María asunta al cielo, símbolo de la Iglesia y del pueblo de Dios
Ap 11, 19a; 12,
1. 3-6a. 10ab
María no se atribuye
más que el "título" de sierva: es "la esclava del Señor" (Lc
1,38). No dice nada más de sí misma, no busca nada más para sí misma.
Papa Francisco
«Tenemos
en este capítulo dos mitos fundamentales y antagónicos: una mujer y un
monstruo. Ambos aparecen como señales en el cielo. Las señales trasmiten un
mensaje y orientan nuestra acción. La primera gran señal en el cielo es una
mujer hermosa: aparece vestida de sol, con la luna bajo los pies y con doce
estrellas sobre su cabeza. La otra señal es un monstruo horrible: grande, rojo,
con siete cabezas y 10 cuernos. La mujer aparece como señal de vida; está en
cinta y a punto de dar a luz; luego da a luz un hijo varón. El monstruo es
señal de muerte: está ahí para matar al hijo de la mujer; además con su cola
arrastra un tercio de las estrellas. Así pues, el sentido fundamental de estos
dos mitos es el enfrentamiento entre la vida y la muerte. La vida parece
hermosa, pero débil y frágil; la muerte aparece como una fuerza horrorosa y
poderosa» (Pablo Richard)
Se
abrió el Cielo ¿Está, acaso, cerrado el Cielo? ¡Apareció el Arca de la Alianza!
Una figura portentosa apareció en el Cielo: Una mujer.
Ahora,
viene otra señal, esta vez una de carácter negativo: Un enorme dragón rojo
(color de fuego). Allí se plantea una oposición, un enfrentamiento con el
dragón. El dragón se encuentra acechando a la mujer que va a dar a luz. Su
propósito es devorar al niño, tan pronto nazca.
Nació
el varón, pero sus guardianes no estaban dormidos, lo rescataron y lo llevaron
junto al Trono de Dios. La mujer huyó al
desierto, allí Dios le tiene un “lugar” dispuesto para albergarla todo lo que durará
la acechanza, hasta la derrota final del dragón. ¿Por qué la huida es al
desierto? ¿Por qué no se oculta en otro lugar? El desierto -si evocamos el
Éxodo- sabemos que fue un prolongado taller, una escuela donde tomar un curso
de 40 años, un verdadero laboratorio de depuración donde deshacerse de las
cadenas a las que estábamos tan habituados.
Se
hace oír la voz del Señor, potente que anuncia la llegada definitiva del
Reinado del Ungido.
Son
verdaderamente toda una sería de “signos” que nos proponen una lucha, no
concluida, pero también nos vaticinan el desenlace y la Victoria de Jesucristo
que reducirá todas las fuerzas malignas que complotan contra el pueblo Elegido.
Estos
signos no son arbitrarios, no se han sacado de la fantasía de algún “inventor
de códigos secretos”, no se trata -de ninguna manera- de señales espectaculares
y fantasiosas para dar colorido al relato; estos signos tienen una profunda
raigambre bíblica, y, nos hablan, se articulan a través de un gran “signo”
central: Una Mujer. En la historia de la humanidad, hemos encontrado a la mujer
como la representante de las grandes batallas, parecería que el hombre tiene
una especial fortaleza para los enfrentamientos puntuales, de corta duración,
así sean muy fuertes. Sin embargo, la
mujer, parece la representante de esas luchas de larga duración que parecen
durar siglos, ella tiene ese aguante que le da la resistencia de “largo
aliento”. Quizás su capacitación para la espera -propia del embarazo- la hace
más apta para resistir el sitio de asalto a la fortaleza. Honramos en la Mujer
esa característica, por ejemplo, para hacer llegar alimentos a los que están en
el frente, para animarlos, para elevarles la moral, para llamar a los hijos a
permanecer fieles a los valores y principios.
El
signo del Arca de la Alianza, que en el Antiguo Testamento conservaba las
Tablas de la Ley, atesora -en el Nuevo Testamento- la Tabla Viviente de la
Nueva Ley: la Ley del Amor. María, que aceptó ser Portadora de esa Nueva
Alianza, es el Arca que había permanecido oculta. Ella está revestida con un
traje sideral, de sol, luna y estrellas, Su Claridad capta -del cosmos- todas
las fuentes de Luz.
Volvamos
a la pregunta: ¿está cerrado el Cielo? ¡Si! Sabemos que nuestra ruptura de la
Alianza nos bloqueó el acceso a la Patria Celestial. Pero Jesús ha traído la
Llave que nos abre de nuevo las Puertas. ¡Oh Sorpresa, esa llave tiene forma de
Cruz!
«Y
la mujer no es ya Isis, Leto o Roma, sino el pueblo de Dios, del cual nace el
Mesías Jesús». (Pablo Richard)
«Si la mujer es la Iglesia, entendida como nuevo pueblo de Dios, deberíamos decir que su fecundidad y su parto tiene como objeto a Cristo mismo: un Cristo que, en cierto sentido nace de la Iglesia… el Cristo que nace de la Iglesia se realiza indudablemente ante todo desde el interior de los cristianos, pero se expresa y crece en la dimensión de la historia ocupando progresivamente, con su presencia, con sus valores, los vacíos que la “historia” presenta. … cualquier forma de bien, aunque tenue, que los cristianos logren expresar, será una contribución de ellos al crecimiento de Cristo … La Iglesia, por lo tanto, reflejándose en la figura de la mujer, ante todo tendrá que tomar consciencia de “estar en cinta”, es decir, darse cuenta de los valores cristológicos de que es portadora… tendrá que sentirse impulsada asumir a fondo la responsabilidad de expresar a Cristo en el ambiente heterogéneo, o incluso hostil, en el que tiene que vivir. Esta tarea, como sucede a veces en el parto- podrá hasta costarle la vida» (Ugo Vanni).
Sal
45(44), 10bc. 11-12ab. 16
Este
es un Salmo Real. Pero ningún Rey es dios, el Legitimo Rey, el Ungido, recibe
el respaldo de Dios, pero para ejercer con fidelidad y honestidad el pastoreo
al que está llamado, desde el cargo que Dios le ha establecido. Otros pueblos
pensaban que aquel que llegaba a rey era porque tenía sangre divina y de
inmediato lo reconocían como de la familia de ese dios, y le daban el trato de
hijo “de ese dios”. Este fenómeno siempre se acompaña de un lenguaje y un
protocolo que da a saber que tal dios habría puesto en el trono a “su hijo”.
Aquí,
para el pueblo judío, estos salmos tienen sólo el valor de demarcar en qué
momento de la entronización estaban. El rey era “coronado” y esa fase se
cumplía en el Templo, en el segundo momento se le hacía entrega de su manual de
funciones, escrito en un “rollo”.
En este salmo, en particular, nos encontramos en presencia de dos partes: la primera dedicada al Rey, la segunda a su Consorte, o, en este caso, a la Madre del Rey. En este salmo, esta parte de la “Reina Madre” inicia en el verso 10 y se prolonga hasta el verso 17, que es el último del Salmo.
Recordemos
que Salomón recibía un tributo trienal, llegado de Ofir (supuestamente en el
Yemen actual, al suroeste de arabia), de oro -muy precioso-, sándalos y
perfumes. Sin embargo, este tesoro paso a significar, con el tiempo, la
espiritualidad intensiva de una persona. La Reina-Madre está revestida de la
innumerable espiritualidad intensiva, y no a cualquier lado ni en cualquier
parte, sino a la derecha del Rey, revestida de dignidad y las más ricas “joyas
místicas”.
Todo
su pasado y su parentela ha de pasar al olvido, ahora lo que cuenta es el
profuso Amor que le concede el Príncipe Real. Él está enamoradísimo de Ella, la
ama con Tierno amor de Hijo.
Los
corazones se alegran y tintinean, parece que en su pecho hay festejo y
campaneos y trinos, y gorjeos, así hacen su ingreso al Palacio Real. ¡Qué
algarabía! ¡Qué Fiesta!
1Cor
15, 20-27a.
Tenemos
dos hitos históricos: Adán y -el Segundo Adán- Jesús. El primero fue como un
ensayo fallido, el Segundo fue el Logro. Adán nos acarreó la muerte, Jesús nos
ha traído la Resurrección.
Pero,
los que no pueden soportar la idea de la Resurrección, prefieren afirmar que la
muerte de Jesús refleja el fracaso del Plan de Dios. En verdad lo que hacen es
procurar ratificar la muerte de Jesús, para no tener que reconocer su propia
derrota. Lo que ellos querrían sería dejar a Jesús bajo lápida, para garantizar
que su violencia y su capitalización de la muerte ya ha vencido.
Si
la muerte ha sido vencida, quiere decir que su injusticia no se mantendrá, que
nada la sostiene y que su derrota es segura y está en firme. Quiere decir que tarde o temprano su ruido
será silenciado por la Verdad. Entonces se les acaba el ruido de su motor y su
máscara se derrite, porque su supuesta victoria, no es más que eso, una máscara
plástica y cuando pasa un momento se derrite y se escurre, y entonces, ¿qué es
lo que queda? ¡Nada, ni siquiera una chorreadura de plástico desleído!
Levantemos
todo este tinglado de falsedad, dejemos que resplandezca la Verdad. Ellos
seguirán haciendo preguntas y pidiendo demostraciones, porque no pueden
reconocer su derrota y mirarla a los ojos.
¿Quién
es el Primero en volver? El Ungido, Su-Real-Majestad. Todas las potencias y
jerarquías del Malo, estarán atafagadas celebrando sus propias exequias.
Quedaran allí regados, como tapetes a la entrada para que otros pasen y se
limpien los pies. Al final ¿qué habrá? la muerte aniquilada, -nos lo dice la
perícopa de la Primera a los Corintios-
y la Vida será la Triunfadora.
A Jesucristo, todo le ha sido sometido. Gloria al Señor, que nos entregó esta Revelación en esta Carta, en Jesucristo, ¡El Ungido!
Lc
1, 39-56
«El cantico atribuido a
María es un resumen de la Biblia: en él está todo. Está la polémica implacable
contra la riqueza económica y contra la suficiencia del que sintiéndose seguro,
desecha la enseñanza. Está la renuncia total a la seguridad, sustituida por la
mayor seguridad que el hombre puede encontrar: la que no proviene de los
bienes, de valores -dependientes del espacio y del tiempo- …
Arturo Paoli
…
sino la de hallarse en un plano histórico que supera el caso personal y que, por
esto mismo, tiene el signo de la infalibilidad y de lo concreto, y en el cual
la persona, liberada de sus quimeras, de sí misma, del temor, de lo irreal,
entregándose a la pobreza total entre a formar parte de una historia que será,
forzosamente, historia de salvación». (Arturo Paoli)
Presteza, ¡uno de los maravillosos atributos de María! María, nuestra Señora, la “Llena de Gracia” tiene entre todas esas Gracias: la Celeridad, la Prontitud, la Diligencia. Nos encanta cuando ante nuestra necesidad recibimos pronta respuesta, nos fascina el slogan de María, así como se lo dijo a Juan Dieguito, ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? Madre Santísima que con igual rapidez vas el Tepeyac, antes a Cæsaraugusta -a fortalecer a Santiago-, y primero que todo, a Ein Karen, “Fuente del Viñedo”.
Allá,
en casa de זְכַרְיָה [Zacarías] “de quien YHWH se acordó”,
llegó la Santísima Virgen y saludo a אלישבע [Elisheva] “YHWH le hizo una Promesa”, y יְהוֹחָנָן
[Yehojanan] Juan, “YHWH es Misericordioso”, fue él, el primero en reaccionar y
saltó en el vientre de su mamá. Con ese salto en el vientre de Isabel, saludaba
a la que sería Asunta a los Cielos y que en aquel momento era Arca de la
Alianza.
Dijo
-en aquel trance- la madre del bautista, reconociendo en María a “la Madre de
su Señor”. Expresando el sentimiento de indignidad que la embargaba. εὐλογημένος ὁ καρπὸς τῆς κοιλίας σου. [Eulegomenos ho karpos tes koillias sou]
¡Bendito el fruto de tu
seno!
Fijémonos
que אלישבע
[elisheva] tiene
una videncia que le permite saber que el Señor le había hablado a María, le
había Anunciado la Encarnación, y que todo cuanto YHWH le había dicho, se
cumpliría.
Pronuncia, entonces, María Santísima este
himno, el Magnificat, tan diciente, tan expresivo, que articula férreamente al nuevo
Testamento con el Antiguo: si no hubiera hundido tan estrechamente su raíz con
el Primer Testamento, no tendríamos la identidad de Jesús; es María, en este
cántico, la que nos indica donde podemos y debemos buscar para entender que Él
es el Hijo del Altísimo, que obra con Poder, que se fija en los pequeños, en
los sencillos.
¿Quién es el Padre? El tres veces Santo,
El que se tendrá que mencionar, recordar y proclamar, de padres a hijos por
generaciones para que todos, unos tras otros, vayamos teniendo noticia de Él.
No se quedó reprimiendo la fuerza de su Brazo. Que bien podría haber escogido ese derrotero y guardar un silencio eterno -desesperante para nosotros- y haberse auto-escamoteado, hasta el Final de los Tiempos. Pero, para que no viviéramos en la desesperanza, en el total vació-de-Promesas, tuvo a bien anticiparnos y dejarnos vislumbrar sus Planes e Intenciones. Y, nos ha convocado y hecho coparticipes de su Economía-de-Salvación, para que pudiéramos colaborar en la edificación de su Reino.
… por la intercesión de la Santísima Virgen
María, que ha subido a los cielos, haz que nuestros corazones abrazados en tu
amor vivan siempre orientados hacia Ti.
De la Oración sobre las Ofrendas.
Esto no lo entregó a los que lo pudieran
acaparar, lo dio para Todo Su Pueblo, a todo el que quisiera hacerse de los de
Israel, a todos los que fueran capaces de vivir toda la noche, todo el tiempo
de oscuridad, luchando aun sin ver el Rostro ni saber el Nombre de su rival. En
cambio, nosotros, por medio de la Asunta, hemos sabido que se llama Jesús, el
Emmanuel.
Están los que vemos a Dios desde nuestra
limitación, lo vemos alcanzar restringidamente hasta donde llegan nuestros
pobres alcances, María sólo descubre que donde quiera que mire, Él siempre es
más Vasto que la Infinita Vastedad, por eso lo Engrandece, en vez de
circunscribirlo.
¡Madre Nuestra, que aprendamos a reconocer y no a “embotellar”! ¡Que sepamos ensanchar, y no “encuadrar”! ¡Madre Santa, que sepamos echar a volar y no “enjaular”! Porque Él se llama Misericordia. Porque la ampliación creciente, se abre en un Circulo Concéntrico -su centro en cada corazón que irradie Amor- y su Radio, Infinito, en favor de Abrahán y toda su descendencia. ¡De la cual somos parte!
¡Por siempre!






















