lunes, 23 de febrero de 2026

Martes de la Primera Semana de Cuaresma


Is 55, 10-11

Ya hemos refrendado que el Deuteroisaías es conocido como el Libro de la Consolación, porque les hablaba de una promesa alentadora, que el exilio en Babilonia iba a terminar, ¿qué podía haber que fuera mayor consuelo?

 

Ya no es Asiria el opresor, ahora es Babilonia. Este escrito remita al destierro y al próximo retorno. Intuye que el porvenir, más próximo, se está cocinando en el hoy de su momento. No se proyecta en lo remoto, sino en lo próximo, a lo que desde ya se pueden tender las manos. La dominante desde la que habla el Deuteroisaías es, por decirlo menos cuasi-épica. Un rasgo que lo opone al proto-Isaías es que este nos dejó apuntes y chispas autobiográficas, aquí y allí; en cambio, el Deuteroisaías prescinde de ellos. Para poner fechas vamos a decir que La ubicación va entre el 539-533 A.C.

 

En el capítulo 55 lo primero que nos encontramos es una invitación a regresar, que no despilfarren su trabajo en tierras extranjeras, porque si regresan, allí se encontraran con los elementos prometidos: agua, vino y leche (55, vv1-2). Pasa a hablarles de la Alianza Eterna. Y establece una analogía con la Alianza pactada con Noé. Para entenderlo hay que descifrar la escatología contenida en el Deuteroisaías: Viene la liberación definitiva. Entendida como una salvación para todas las “naciones”. A esto sucede, pues, una llamada a la “Conversión”. Ofreciendo que el Señor tendrá רָחַם [rajam]” Misericordia”. Y, llegamos a la perícopa de hoy, que gira en torno a la eficacia de la Palabra de Dios.

 

Se trata de una parábola, las imágenes son, tanto la lluvia como la nieve, el referente es la Palabra, la Palabra se hace fecunda, la palabra es eficaz, el agua fertiliza la tierra y la hace feraz. ¡Y la Palabra -del mismo modo- fertiliza el alma y hace feraz la vida espiritual!

 

Hay un aspecto esencial, el agua de la lluvia se evapora y ese es su regreso, vuelve a su origen; la Palabra pronunciada por la Boca-Divina comparte este rasgo, pero no es un simple bajar y volver a subir, es que la Palabra cumple todo un ciclo de fecundidad en la tierra espiritual de los corazones que la “escuchan” de verdad, que hace dar mucho fruto. Así, cuando regresa al Padre, la Palabra, que es su Enviado-y-su-Envío, lleva toda su fertilidad como agradecida respuesta que fecundó los corazones.

 

La Palabra es enviada en Misión y al retornar a la Fuente, llega habiendo cumplido a cabalidad.

 

Examinemos la otra cara de la moneda: Si la Palabra nos llega, ¿cómo es posible que pase por la “tierra” de nuestro corazón y no se coseche nada? ¿La resequedad de nuestro corazón hace de él una tierra infecunda? O, ¿quizás? El malo ha rociado -tal vez- un polvillo que condena a la sequedad las plántulas que pudieran brotar. Tal vez la harina que el malo desparrama sea la incapacidad de la atención. Quizás la manera como se ha condenado nuestro suelo a permanecer infecundo es el hambre de emociones fuertes, de muertos, balas, escenas eróticas, riñas y enfrentamientos, escándalos y calamidades, incendios y temblores de tierra, huracanes e inundaciones. Esas cosas nos han hecho dependientes de la dopamina, el cortisol, las endorfinas la adrenalina y la oxitocina.  Es interesante que el malo -aprovechándose de nuestras propios recursos emocionales- haya neutralizado la feracidad de la Palabra en nuestra vida.

 

Una emoción fuerte podría haber sido trasformar piedras en panes; un deporte extremo podría haber sido saltar desde el alero del Templo y ver -en vez de un paracaídas sorprendente- a los mismísimos ángeles sosteniendo la caída; y, probablemente habría deslumbrado las pasiones políticas ver a Jesús ejerciendo dominio y usufructo sobre “todos los reinos de la tierra”.  Más que todo y, antes que nada, lo que el malo quiere es que Jesús entre en este juego de la espectacularidad. Que descontrole pasiones y reine sobre fanáticos eufóricos, ansiosos, victimas del pánico.

 

A este capítulo 55 se le ha asignado un título, como apoyo interpretativo, lo llamamos: “Ofrecimiento generoso de Dios”. Como referencia co-textual, presentamos el versículo 1º: “Todos los que tengan sed, vengan a beber agua;

Los que no tengan dinero, vengan y consigan trigo de balde y coman;

Consigan vino y leche sin pagar nada”.

 

Pero, en este capítulo se señala que no es trigo, ni vino, ni leche lo que sacia verdaderamente y es tan urgente a nuestra vida. Dios dice -por medio de su augur- que hay un nutrimento más vital, y más poderoso para la vida humana. Cuando obtengamos estas vitaminas todo el universo estallará en aplausos y todas las generaciones nos felicitaran, porque allí donde otrora crecían zarzas ahora veremos crecer pinos; y donde antes brotaban ortigas ahora veremos enhiestos los arrayanes y eso es lo que hará Glorioso al Santísimo Nombre de Dios y esa será la Divina Señal que nada ni nadie podrá destruir (Cfr. Is 55, 13)

 

Sal 34(33), 4-5. 6-7. 16-17. 18-19

La Acción Divina está contorneada por un halo de efectividad:

      I.        Responde

    II.        Libera

   III.        Escucha

  IV.        Salva

    V.        Vigila

 

Pertenecemos al grupo de los “humildes”, o sea que compartimos la cualidad fundamental del “humus”: somos tierra fértil. ¡Tierra negra! ¡Vital!

 

Somos del grupo de los que escuchamos. De los que abrimos nuestro oído atento. Entregados a la escucha. Pendientes de su Voz.

 

Este salmo es de Acción de Gracias. A la atención de nuestra Escucha, el Señor responde con la generosidad de sus cuidados.

 

Somos los del grupo que salimos a repartir invitaciones para que vengan a oírlo. Y damos testimonio: en nuestro propio caso al clamar a Él, nos ha respondido: ¡Dejemos constancia!

 

Fijen sus ojos en Él. Mírenlo allí, en su Santo Templo, ofrecido en el Altar, sin ninguna defensa, sin parapetos, expuesto en su Custodia. No se preocupen: El que lo llama recibe de Él su Protección y Bendición.

 

El Señor tiene abiertos todos sus sentidos para recibir nuestras sencillas palabras de alabanza. Pero aquellos que cierran sus sentidos con blindajes de rechazo y desprecio, esos recogerán los amargos frutos de su indiferencia. Ellos sucumbirán a la penosa muerte que se llama olvido.


Dios se ha consagrado a Sí mismo, nos ha escogido como sentido de Su Existencia: Ha querido protegernos y se ha hecho para nosotros Padre-Pastor-Esposo. Él se apresura a atender a los afligidos y atribulados. Su Misericordia se especializa en demoler toda tristeza y aflicción.

 

Repitamos continuamente con sinceridad, con fe: “Dios libra a los justos de sus angustias”.

 

Mt 6, 7-15

Hablar con Dios-Padre

Esta semana, excepto el miércoles, estaremos leyendo del Evangelio de San Mateo.

 

Que no seamos como los motores dañados que causan continuo y desesperante ruido, de motor sin aceite y con las piezas sueltas. Silenciemos nuestro barullo que el Señor lo sabe todo, Él sabe de lo que tenemos menester. Presentemos en nuestras plegarias y ruegos solamente el silencio de nuestra presencia y la dulzura del amor.

 

Se han desarrollado verdaderas obsesiones por los Novenarios, siendo así que las personas saltan de uno a otro, como testeando cuál es el mejor intercesor, llegando al extremo de olvidar totalmente a Dios en el ruego, y concentrándonos por entero en el santo de turno que estamos poniendo como abogado. Allí, el foco de la fe no está puesto en el “dialogo” con Dios, Nuestro Señor, sino en el despacho de la petición presentada. Así la plegaría tiende a parecerse a un “derecho de petición”, en aras de una pronta respuesta.

 

Nosotros no argumentamos que esto esté mal. Son modalidades desconcertantes de oración: Solo lo ponemos lado a lado con el mensaje de la perícopa, que nos llama a ser mesurados en la extensión y a no priorizar la verborrea -dice allí- “como lo hacen los gentiles”.


Sabemos de memoria el Padre Nuestro, la oración paradigmática que nos entregó el Mismo Jesús; nos gustaría subrayar algunos de los ejes a los que apunta esta Plegaria:

1.    Pone al Padre Nuestro (a Dios) como destinatario de la oración. Es con el Padre con quien requerimos hablar. Pero -y ese es un rasgo sustantivo de nuestra fe- Dios no es mío: tenemos plena consciencia que es Dios de todos, Padre de todos, nadie puede pretender llevárselo para él/ella solit@, Dios no es monopolizable. Y, eso hay que trabajarlo, en una cultura donde se impulsa el egocentrismo.

2.    Y, hace depender toda la oración y lo que se solicita, de la Voluntad Divina. Porque, suele suceder, que no sabemos lo que pedimos, y -a veces- pedimos con tremendo desenfoque.

3.    Intensamente ligado con la petición de “Venga a nosotros tu Reino”, donde se pide que se implemente todo el Proyecto de Dios, su Economía Salvífica, que no es otra cosa que el Reino de Dios.

4.    Se pide -en función del perdón que nosotros seamos capaces de dar- que Dios también nos regale Perdón.

5.    El Pan aparece aquí con una mención polisémica, pide

5.1.          El pan que es central en la dieta mediterránea, junto con el vino, el aceite, el queso, las aceitunas.

5.2.          El Pan como símbolo de todo alimento, de todo lo que se come y nutre nuestro cuerpo

5.3.          El Pan como alimento Eucarístico, con una insinuación -nada tácita- de Comulgar siempre, todos los días, todas las veces que se pueda, como mediación para nuestro crecimiento en la Santidad. La Eucaristía como oración perfecta, porque en Ella se ofrece el Hijo de Dios con su desbordante Amor; y, en ese acto de Donación, se perfecciona la Fe, se ejercita la Oración.

6.    Una de estas peticiones no es simplemente una más, es la columna Vertebral: “Santificado sea Tu Nombre”, es lo primero que ha de llegar a nuestra consciencia, la claridad de que la Oración, sí bien es un dialogo, es un dialogo muy especial, que hacemos con el que es El-Más-Grande-del-Universo, Principio y Fin de todas las cosas. Este dialogo se fundamenta en el reconocimiento de que Él es Rey de toda la Creación y Rey de la Dimensión de su Eterna-Presencia.

7.    Que Él es el Rey de la realidad entera, nos imaginamos que -así como los reyes de la tierra-  para ejercer su reinado, vienen de vez en cuando, por ahí una vez al año, visitan sus “dominios” y se devuelve a Su palacio. A los “Cielos”. Y en nuestro imaginario, lo dejamos allá, bien guardadito, bien juicioso, que no vaya andar por ahí molestando, porque no le hemos dado permiso de venir sino en esa fecha).

 

Resulta que los Cielos no es por allá lejos. Donde Él no se entera de nada, hasta su próxima visita. El Cielo es una dimensión entreverada con la que llamamos “realidad”, su Presencia está en “nuestra realidad”, es pues constante. Siempre está a nuestro lado. Por eso lo llamamos Emmanuel. Esta el simbolismo de Rey para significar su Grandeza, su Poder de Supremo Juez; pero está también el simbolismo del Pastor, porque es Compañía-y-Protección constante, ¡ininterrumpida! ¡No es un inspector del gobierno que viene a calcular la posibilidad de cargarnos otro impuesto!

 

En el Éxodo, una de las experiencias más importantes para la religiosidad, fue que Él pusiera “La Tienda del Encuentro” en medio de su pueblo, para hacer manifiesta su Presencia constante, y la expresaba liderándolos con la Sombra refrescante de la Nube durante el Día y de la Columna de Fuego que además les proporcionaba abrigo, durante la noche. Los Cielos no es por allá, en otra galaxia. Su Amor-Tutelar está tan Siempre-Presente que la teología tiene la expresión “Omnipresente” para aclarar de qué se está hablando. 

 

En el fondo, sabemos esto, porque cuando queremos orar, no levantamos el teléfono ni decimos aló, sino que de inmediato, lo saludamos y establecemos ese Dialogo. Zambullirnos en esta oración implica superar uno de los grandes peligros de la fe: ¡Pensar que eso es algo para después de muertos! ¡Que son frases y pronunciamientos que hacemos para el Día del Juicio!

 

El tiempo de la oración es el presente-proyectivo. Se cumple ahora y se trabaja en cada segundo que podamos vivir y que Dios nos regale. Orienta y dirige nuestro día a día.


Y el otro peligro, pensar que, para profundizar su significado, tenemos que ponerla en la velocidad más baja posible, y pronunciarla tan lentamente que nos tardemos un siglo en decirla. Y es peligroso, porque acarrea otra deformación, que, en vez de centrarnos en el Mensaje, nos quedemos auto-centrados en el tema de la velocidad (mejor dicho, de la lentitud), fascinados por nuestra propia voz y por la lentitud aplicada (o sea en aspectos puramente formales y para nada de fondo). Abandonamos por entero la relación de Amor para preocuparnos en hablarle muy despacio porque si uno habla rápido, Dios no entiende: Él sería como un niño pequeño a quien hay que hablarle muy lentamente.

domingo, 22 de febrero de 2026

Lunes de la Primera Semana de Cuaresma

 


Lv 19, 1-2. 11-18

El Levítico, que en la Tanak se llama (ויקרא [Vayikra], “y él llamó”, porque son las primeras palabras de este “rollo”), tiene una estructura quiásmica:

a)    1-7: Los rituales que se deben cumplir y respetar; y 23-25 Las 7 festividades del judaísmo.

b)    Sacerdocio: La mediación sacerdotal: 8-10: Su Consagración y 21-22 requisitos para ser sacerdotes

c)    Vías para que Israel alcance la Pureza: 11-15 La pureza ritual de todos los Israelitas 18- 20: Moralidad que el pueblo debe respetar: Cuidado de los más débiles y marginales; integridad sexual; y, respeto a la Justicia.

d)    La sección central: 16-17 Describe “El Día de le Expiación”: Con su Sacrificio doble: el Animal sacrificado y el “chivo expiatorio” que era despachado al destierro, llevándose consigo el pecado. (Cuando Jesús es sacado de Jerusalén y llevado a morir en las afueras, está siendo revestido de Chivo expiatorio; cuando Jesús es llevado por el Espíritu al Desierto, está prefigurando proféticamente lo que le sobrevendrá, pero ya sabemos que el desenlace no será el abandono de su Padre, sino la Protección que hará que los ángeles le sirvan).

e)    26-27 Coda: Moisés los llama a guardar la fidelidad a la Alianza.

 

Está claro que la perícopa de hoy se ha tomado de la sección siguiente a la sección central; es decir, de la sección que explica la moralidad que debe guardar el pueblo elegido. ¿Qué debía caracterizar a Israel, en oposición a lo que caracterizaba a los cananeos? “Debes ser Santo, porque, Yo, Tu Dios, Soy Santo”.

 

Evidentemente la estructura de la perícopa guarda paralelo con el Decálogo. Lo hermoso es cómo se dan y se precisan las pautas del avance y acercamiento a esa condición de santidad que se nos reclama, no dejándola en palabras abstractas, como “conversión” sino dotándola de concreción práctica.

 

Y se nos dice con precisión que esa Santidad se verifica en el trato que demos a nuestros prójimos. No robando, no defraudando, no haciendo uso del Santísimo Nombre con falsedad e hipocresía, no explotándolos, pagándoles a la fecha su salario, no atropellando a sordos, mudos y discapacitados, evitando privilegiar y favorecer a los ricos y poderosos en detrimento de los débiles. Se prohíbe y se rechaza el rencor y la vengatividad.


Inmediatamente se echan a andar estos lineamientos se deja ver la abundancia de bienes y la plenitud de las mesas, así como la cantidad de sacos de sobras que se recogen, donde también alcanza para guardarle a los que no llegaron y llevarles a los que no pudieron venir.

 

Cuando se vive esta experiencia en el marco de la Cuaresma, tenemos que -además- llevarnos la mano al corazón y mirar dónde estamos situados, respecto de lo que Dios quiere.

 

Sal 19(18), 8. 9. 11. 15

Este es un himno. Los himnos en el salterio no entonan loas a los rasgos abstractos de la Divinidad. Van a momentos precisos de la historia, y, a partir de uno o algunos de ellos, elevan su loa. Varias veces nos hemos admirado de Dios como Legislador. Lo que venimos considerando de la Primera Lectura se refiera a eso: Dios nos dicta leyes, que no están establecidas para hacer notar nuestra dependencia, para que luzcamos con orgullo nuestra prisión, para que alabemos a un opresor, ni para mantenernos a raya, detrás de una legislación que acomode bien a un tirano de turno.


Lo maravilloso -y por eso entonamos este himno- es que Dios nos enseña a vivir como hermanos, reconociendo en toda la creación la necesidad de respetar unos límites que favorezcan el cuidado de la que hoy en día llamamos “la casa común”: Casa Paterna donde convivamos con toda “nuestra familia” remontándonos por encima de distingos de nacionalidad, raza, religión, clase o género: son manuales de sinodalidad para que todos podamos gozar del mismo sol y de la misma lluvia, bajo el mismo Cielo.

 

Al contrario, hemos ido cultivando una ideología en la que toda ley debe ser revocada, y en la que todo reglamento se mira con prejuicialidad y animadversión. (Bueno, a veces, entre esta misma gente, encontramos los que aman algunas leyes que les vienen muy bien y les casan como anillo al dedo, son sus amadas “leyes del embudo”, todo para mí, y lo demás también).

 

Como buenos cientificistas, adoran las leyes de la física. Pero se oponen a las leyes que regulan la convivencia y que resguardan a los que sólo tienen la voz de la ley para que los defienda. A esos les viene bien todas las leyes divinas, pero excluyen sistemáticamente la Doctrina Social de la Iglesia (que tiene en el Levítico elementos de su “cuaderno borrador”, “borradores preliminares”).

 

Dios ha pronunciado una Ley que se pone como pivote de toda juridicidad “justa”: La Ley del Amor. Se parece al armado de una máquina de altísima tecnología, las piezas son puestas en orden justo y sistemáticamente ensambladas, y a medida que se engranan, se van ejecutando pautas de control en el montaje:

a)    La ley del Señor es perfecta

b)    (Primera pauta de control) ¿Es descanso del alma? Si es fatigosa y pesada, no es ley-divina.

c)    Es בָּ֝רָ֗ה [barah] “fiel”. “puro”, de alguna manera diríamos “santo”, porque es conforme a su Santa Voluntad.

d)    Instruye al ignorante. Todos somos ignorantes respecto de la convivencia humana, nos parece buena la ley que beneficia nuestros egoísmos, y eso es todo; fuera de eso, todo nos parece injusto.

e)    Son rectos (su rectitud tiene que ver con la coherencia que antes se nombró), toda criatura conserva rezagos de su creador y lleva inscritas las huellas de quien con sus manos y su tacto nos fue fraguando.

f)     (Segunda pauta de control): “Alegran el corazón”; si le dan al corazón un sabor amargo, está incorrecta, es una ley de hiel, porque la hiel es el sabor de las toxinas diabólicas.

g)    Es “límpida” porque empalma bien con las demás leyes, guarda uniformidad estructural, todas propenden a lo mismo, no hay algún principio de incongruencia que las haga mutuamente contradictorias.

h)    Son “perdurables” porque el respeto interpersonal es permanente. No se puede ofender al hermano, menos tras el pretexto de una ley. La convivencia del hombre con el hombre, como comunidad de hermanos, amerita y ameritará siempre un trato de ternura mutua, como corresponde a hermanos, hijos todos de la misma Voluntad Cariñosa. No son “tontos”, aun cuando de vez en vez estén en el error, son -pese a sus errores- hijos de Dios.

i)      Quien se ponga a meditar en estas Leyes, tendrá un corazón grato al Señor, porque el Señor sostiene con sus Ternuras a quien medita su Ley día y noche y procura que sea la guía de su vida.

 

¿Qué repetimos como estribillo para cada estrofa? La Ley ha sido comunicada con Palabras de Vida, de las que salen de los Labios de Dios, entonces están cuajadas de Su Sabiduría, y son Espíritu y Vida. No tenemos por qué despreciarlas, son senderos salvíficos que Él traza.

 

Mt 25, 31-46

Toda la Liturgia de la Palabra gira en torno a la misma temática: ¿Cómo hemos de relacionarnos unos con otros? Quizás el Antiguo Testamento nos dirigía con pautas de bloqueo, “evite hacer tal cosa”. El Nuevo Testamento, va por la vía positiva y nos señala “lo que debemos hacer”. Así que vamos a escuchar, cómo nos lo ha relatado Mateo, el Código según la Redacción Crística. Así lo estableció el Legislador Divino.


Se trata de una escena escatológica. Es, parecido al final de una operación matemática, donde se traza una raya, para separar los datos, del resultado, que vendrá después de esa línea. A la entrada de esta escena se ha colocado un cartel explicativo “El Juicio de las Naciones”.

 

Recuerdan que el Señor nos puso delante la doble opción: Vida - muerte; bien - mal. Pues los nombres de los bandos estaban dados, la parábola de hoy los llama con nombres parabólicos: ovejas – cabras. (Los que están conmigo y los que están contra mi).

 

Algo que reviste un supremo interés y que de verdad tendría que llamarnos muchísimo la atención: No hay ninguna alusión al Decálogo, (nosotros solemos enseñar la fe partiendo de él), aquí, al llegar al Gran Momento de la decisión no se les menciona. Tampoco se tiene en cuenta, cuantas Eucaristías se han fallado, o cuantos Rosarios se han ofrecido. No dice nada de la importancia de las Peregrinaciones, ni de las Novenas.

 

Confesamos que no hemos estado nunca presentes al momento en que el Pastor ejecuta la separación. No sabemos si esos momentos son de rudeza o de ternura, si son momentos de mimo o de acritud. En todo caso, dice que se hará, como un Pastor segrega las cabras de las ovejas. En la parábola unas irán a la derecha y las otras a la izquierda (consideramos que todo esto son sólo elementos para mostrar que habrá una separación según se haya obrado y según el destino que habrá -en Justicia- para cada quien.

 

Lo que rige esta discriminación son las que llamamos “Obras de Misericordia”. A este detalle hay que darle toda la trascendencia que realmente reviste. ¡Ni más ni menos!

 

Lo que se toma en cuenta -en definitiva- no son unas leyes, sino la ternura del corazón: cómo hemos trasparentado el amor de Dios con nuestra compasión. Aún hay otro “detallito” muy sobresaliente. Jesús, el Supremo Juez del Juicio de las Naciones, pregunta por lo que se ha hecho a favor Suyo, identificándose por entero con aquellos pobres, desnudos, hambrientos, presos, marginados que se han visto beneficiados con nuestras misericordias. Es -tal y como se oye- como si cada vez que se hiciera una obra caritativa, se hubiera hecho con Él, dirigida al Propio Jesús, porque Él se ha ataviado para hacerse pasar por alguno de ellos.

 

Esto hay que tomárnoslo muy en serio, porque de verdad, cada vez que ejercitamos nuestra Caridad, estamos haciendo que el Reino de Dios esté en medio de nosotros. Estamos trayendo la Presencia de Dios, bajo su “revestimiento” de ἐλαχίστων [elachistón] “pequeñines”.


Esta Lectura del Evangelio mateano se refiere a la Caridad que es el otro elemento (además del ayuno y la oración) que conforman el cuadro de la penitencialidad que la Cuaresma pone en escena y nos llama a practicar.

sábado, 21 de febrero de 2026

AVANZAR EN LA INTELIGENCIA DEL MISTERIO SALVÍFICO

 


Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11

 

La Cuaresma no es el momento de derramar moralismos inútiles sobre la gente, sino de reconocer que nuestras miserables cenizas son amadas por Dios

Papa Francisco

 

Hoy celebramos el Primer Domingo de Cuaresma: La Cuaresma consta de cinco Domingos + el Domingo de Ramos, que también forma parte de la Cuaresma. Hemos de recordar que la Cuaresma va desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo -que este año cae 2 de abril-, en el momento en que se inicia la Celebración de la Cena del Señor, momento en el cual se dará inicio al Triduo Pascual.

 

Entramos en Cuaresma, se trata de abordar la ruta de la Conversión, o sea, se trata de corregir el derrotero y optar por el seguimiento fiel, por el discipulado, aceptado con obediencia, con la docilidad del hijo que escucha el pedido que le hace el Padre.  Es muy frecuente que nos reclamemos cristianos católicos hasta llegar a esta frontera: el desierto. Estamos afirmando que hay un cristianismo cómodo, que asume la fe como un talismán, simplemente como una defensa “mágica” contra todo aquello que nos pudiera “des-confortar”. ¡Sí! Así es, como reza el adagio popular, “unas son de cal, otras son de arena”, para indicar que nunca se podrá aislar la existencia aspirando a que todo en ella sea “color de rosa”; que no nos pase desapercibido que también está el “desierto” con sus tintes ora arenosos, ora rojo oxidado, ora terroso-resecos; y en él encontraremos un Masá, un Meribá, y allí, está la “tentación”, el “retar a Dios”: La Cuaresma nos lleva –es el Espíritu quien nos conduce hasta allí- para que revisemos en el fondo de nuestro corazón dónde están las fuerzas, dónde el empuje, dónde la fortaleza que nos permita acoger, con la dulzura de María, el pedido que nos va presentando Dios, y que va mudando, a cada paso de la vida, según su Santa Voluntad, según lo requiera la Economía Salvífica. 

 

El Árbol de la Vida

La libertad es gozo y tormento al mismo tiempo. A cada rato tengo que escoger…entre el polvo de las estrellas y el lodo de la tierra.

Averardo Dini

 

Disyuntiva, dilema, alternativa, dualidad, opción, elección, todas estas palabras nos ponen en contacto con una misma realidad humana, tan humana que no estamos exentos de afrontarla y que no podemos evadir. No hace mucho que leíamos (VI Domingo Ordinario, ciclo A) en el Libro del Sirácida 15, 15-20, (12 de febrero), como Dios nos pone en frente de “el agua y el fuego” y un versículo anterior afirma que Dios, en el principio, cuando creó al hombre, lo hizo sujeto a su propio albedrío, que le dio libertad de tomar sus decisiones, (cfr. Sir 15, 14). Inclusive, cuando pretendemos no decidir, no elegir, estamos eligiendo “no elegir”, “no optar” esa también es una decisión, y la tomamos nosotros muchas veces por nuestra falta de firmeza para optar o por la negligencia de esforzarnos en dilucidar por qué lado debemos irnos, esta pereza es a veces la pereza de informarnos, la flojera para ilustrar nuestra conciencia para saber decidir.


Es en el juego de las opciones donde el ser humano se juega todo. «Las cenizas recuerdan dos caminos: el camino de nuestra existencia, del polvo a la vida. Y el camino opuesto, que va de la vida al polvo»[1] El hecho de tener libertad para decidir y no decidir simplemente por pulsiones, por instinto, está a la raíz de nuestra definición como humanos, hace de nosotros seres éticos, con responsabilidad; responsabilidad por nuestros actos, pero también por nuestras omisiones, responsabilidad por nuestro propio ser y por nuestras relaciones interpersonales. Responsabilidad social y responsabilidad ecológica. Responsabilidad ante nosotros mismos, ante nuestra comunidad de “prójimos” y responsabilidad ante Dios, aun cuando pretendamos ignorarlo, aun cuando lo negamos. «El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley: animal dotado de razón, capaz de comprender y de discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha sometido todo» (Tertuliano, Adversus Marcionem, 2, 4, 5). Así vamos avanzando por el camino de nuestra existencia: decidiendo.

 

Al avanzar por el camino de la vida, a cada paso encontramos alguna bifurcación, ¿cómo decidimos por cuál tomar? ¿Acaso tomamos la decisión a la “loca” o a la “ciega”? No, si ese fuera el caso no seríamos verdaderamente libres, seríamos absolutamente esclavos de nuestra ignorancia y esclavos de las consecuencias de nuestras acciones. Al contrario, Dios nos creó y acto seguido –al ponernos en un contexto, porque dice el relato bíblico que nos creó afuera y luego nos puso en el huerto del Edén que Él había plantado con toda clase de árboles hermosos y apetecibles (cfr. Gn 2, 8-9)- nos señaló lo que podíamos hacer y nos llevaba al bien, nos daba vida y también nos prohibió aquello que nos dañaba, que nos mataba. Este “mapa” para saber en cada bifurcación del camino por donde nos conviene optar estaba condensado en la regla maestra: “Sólo del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios ‘no coman de él, ni lo toquen siquiera, bajo pena de muerte” (Gn 3, 3). O sea que desde el primer momento nos faculto para saber discernir y así poder tomar opciones a ciencia y conciencia. Momento oportuno para visitar el catecismo de la Iglesia Católica y leer el numeral 1950: «La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y amable en sus promesas».


Ejercitarnos optando y optando bien nos fortalece, nos hace más sólidos, nos acrisola. De la misma manera que optar por la senda alternativa nos debilita, nos hace cada vez mejoras víctimas del error; como cuando decimos que una mentira lleva a otra mentira, así cada desviación, no sólo la mentira sino todo “pecado” nos inclina a pecar más, digamos que, en la medida en que practicamos el pecado nos vamos convirtiendo en especialistas de la pecaminosidad, nos vamos pervirtiendo.


Así, podemos decir que  Dios estampó en nosotros un mapa de las sendas por las que debemos ir y aquellas que nos dañaran para que fuéramos verdaderamente libres al optar. Volvamos al Catecismo de la Iglesia Católica para recordar unas deliciosas palabras de León XIII a este respecto: «La ley natural [...] está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres porque es la razón humana que ordena hacer el bien y prohíbe pecar. Pero esta prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz y el intérprete de una razón más alta a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos» (León XIII, Carta Enc. Libertas praestantissimum).

 

Dios se solidariza plenamente con el hombre

La vida de la Gracia, es decir la vida donde decidimos aceptar la Ley de Dios –no perdamos de vista ni por un instante que al decir Ley de Dios estamos refiriéndonos a una ley amable, a la vía de la felicidad verdadera, aun cuando no sea la ruta aparentemente más cómoda, si es la ruta más feliz- es un derrotero trazado con Amor, con Amor Paternal. De esta misma manera, es Dios, en la Persona del Espíritu Santo –como lo dijimos arriba- quien nos conduce al desierto y nos pone en la vía de la tentación.


Esto puede sonar infinitamente absurdo. ¡Cómo puede un Padre amoroso, un Dios Bueno ponernos en la ruta de la “amenaza”! Y ponemos signos de admiración y no de interrogación porque esto nos deja completamente atónitos. También, cuando éramos niños, nos dejaba atónitos que papá o mamá nos llevaran al Colegio o al jardín Infantil y nos dejaran allí “abandonados”; o que nos llevaran al médico, donde una persona muy “cruel” nos inyectaba – ¡uy! ¡las jeringas!, esos terribles aparatos de torturas infantiles que arrancaba de nosotros los más atronadores gritos-; o, tener la impiedad de llevarnos al odontólogo, esas también eran para nosotros conductas infinitamente absurdas. Y, sin embargo, “el Espíritu conduce a Jesús al desierto ¡para que sea tentado por el Diablo!”, pero ¿qué es esto? ¿Es este el Dios que Jesús llama Padre?

 

Nuestra sorpresa es equiparable a la que nos producen otros dos apartes bíblicos: Abrahán llevando a su hijo para sacrificarlo, e imaginarlo alzar el cuchillo sobre Isaac; o, Dios Padre entregando a su Hijo, el Tres veces Santo, a una muerte de cruz… Es cierto, nuestro entendimiento se muestra impotente ante los amorosísimos designios de Dios.  ¿Cómo podría nuestra pobre mente alcanzar la Infinita sabiduría del Señor?

 

Revisando la perícopa de este Primer Domingo de Cuaresma, ciclo A, en su contexto, nos encontramos que está inserta en el Evangelio según San Mateo, inmediatamente después del Bautismo de Jesús; Dios acaba de abrir las puertas del Cielo para manifestar de Propia Voz su paternidad respecto de Jesús, acaba de reconocerlo como Hijo suyo y, acto seguido, ¡purrumpum, tome!, ¡las tentaciones! Ese es el contexto de esta perícopa. Cuando leímos la perícopa del bautismo nos encontramos con otro inexplicable: ¿Para qué se hace bautizar Jesús si Él no es un pecador? Él no tiene de qué arrepentirse, no necesita conversión y sin embargo se bautiza. Tratando de penetrar este “misterio” nos dimos de frente con una categoría de la Misericordia Divina: La solidaridad. Él se hace bautizar para solidarizarse con nosotros.

 

Cuando leíamos a los clásicos, y llegábamos a esas páginas homéricas donde los héroes Odiséicos iban a la guerra y sus “generales” combatían al lado y hombro a hombro con los soldados rasos, vislumbramos con sorpresa esa solidaridad que los llevaba a exponer su propio pecho en primera fila de combate. También, en el mundo laboral, admiramos esos “ingenieros” que se embarran junto a sus obreros y se ponen las botas de trabajo y no se emperezan de estar codo a codo con su brigada de trabajo. De manera simétrica, nos decepcionan los que sólo trabajan desde su escritorio, tanto como nos desalientan los sacerdotes que predican y no aplican y no viven el espíritu de sus propias homilías; fue así como nació el proverbio popular de “el cura que predica, pero no aplica” "Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. (Mt 23, 2-4). Visto esto, podemos empezar a aproximarnos a este concepto de solidaridad: Porque Dios se hizo verdaderamente hombre: «No se puede afirmar que la tentación de Jesús tenga un sentido moralizante: algo así como “Jesús no fue tentado, sino que hizo como si hubiera sido tentado para dar ejemplo al hombre; en esta forma la persona y la obra de Jesús serían una apariencia, una comedia, Jesús no habría sido un hombre verdadero. Equivaldría a imponer al evangelio un preconcepto sobre la forma como es y debe actuar y presentarse Jesús, una imagen preconcebida de lo que debe ser el Hijo de Dios. Es no correr el riesgo de que Dios se acerque al hombre hasta la identidad total con él y hasta el amor que, porque respeta y acepta la contradicción que padece la creatura, se compromete totalmente en el amor y se solidariza en la ambigüedad de lo humano para salvarlo desde lo interior del hombre.»[2]




Así que Jesús, el Dios-humanado, en virtud de su infinita Bondad, se abaja, se pone la camiseta y la suda, no la suda aparencialmente, la suda de verdad-verdad; se pone las botas con sus obreros y se embarra, no se embarra de “mentiritas” sino que se pone hombro a hombro y codo a codo, a nuestro lado y de nuestra parte. No se disfraza de hombre, sino que ¡se hace hombre! Para rescatarnos ofrece todo, lo entrega todo, se presenta Él para estar de rehén en vez de nosotros y, ¡paga con su Preciosísima Sangre todas nuestras culpas!

 

De esta forma, si Él no hubiera sido tentado, sería un hombre de mentiras. ¡Dios no se habría humanado! Esta es la sustancia esencial del concepto de solidaridad cuando se refiere a Dios respecto al hombre, que Él se hizo en todo igual al hombre, excepto en el pecado, y esa es la única excepción. Y en eso estriba el Plan Salvífico de Dios para redimirnos. El meollo de la salvación es la Divina Solidaridad con nosotros, con nuestra fragilidad, con nuestra debilidad, con nuestra imperfección.

 

Acrisolados

El cristiano no se arrastra bajo el peso de la ley; corre libremente impulsado por el amor.

Florentino Ulibarri

 

La tentación es un proceso que nos purifica, nos fortalece, nos robustece. Nos hacemos fuertes rechazando la tentación. Podríamos resumirlo diciendo de forma muy breve: La tentación en sí misma no es mala, lo malo de la tentación está en ceder a ella.

 

Observemos en primer término que el Malo, al tentar a Jesús, entra en un verdadero tenis Escriturístico con Él. También él hace gala de conocer la Sagrada Escritura y de conocerla muy bien. ¡Caray! Entonces no basta con conocer la Escritura, ni siquiera basta con conocerla perfectamente y declamarla al pie de la letra. Así es. Porque está escrito: “… la letra mata,  más el espíritu vivifica.” (2Cor 3, 6c).


Así, el Malo usa de la Palabra torciendo su espíritu, desvirtuándola, insertando en ella sus embustes. Notemos que cuando engaña a Eva le dice que Dios prohibió, y eso es verdad, que comieran algún fruto de algún árbol, lo cual también es verdad, pero la falsedad que él introduce consiste en decir que “no coman de ningún” (Gn 3, 1b) Eva es consciente que está mintiendo y lo corrige precisando que sólo les prohibió un árbol, el que está en medio del huerto. ¡De la espléndida variedad a disposición, la limitación se reduce al límite mínimo! (Gn 3, 3).

 

Después de la tentación Jesús estará listo para iniciar su vida pública, habrá salido airoso de la prueba, no se ha dejado engañar con la apetitosa hermosura del “fruto” ofrecido, viene a magnifica colación unas palabras de Papa Francisco: “… la necesidad de no dejarse dominar por las cosas que tienen apariencia: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los demás o del éxito, sino de lo que tenemos dentro”.[3]

 

«En las tres tentaciones se presenta, de un modo orgánico el pecado de Adán, que es el mismo de Israel, de la Iglesia y de cada uno de nosotros: robar lo que ha sido regalado. Dios es don: la posesión representa el anti-dios, principio de des-creación, origen de todos los males… Los ídolos del tener, el poder y del aparecer son la estructura misma del mundo: su “nulidad nulificante”, a la cual Dios responde respectivamente con el dar y servir con amor y humildad. Jesús realizó la opción del Hijo: la solidaridad con los hermanos. Ahora existe un choque entre dos caminos de salvación: el suyo, que lleva a unirse a los otros y el diabólico, que lleva a distinguirse de ellos mediante la riqueza, el honor y la arrogancia. El camino de Dios, que es amor y es compartir, es opuesto al de Santanas, que es egoísmo y división. Es una oposición interna que atraviesa el corazón de cada hombre.»[4]


Roguemos –con el salmo penitencial por excelencia- al Espíritu Santo para que frente a cada tentación su Luz nos ilumine permitiéndonos distinguir su oferta de aquella del Enemigo; e imploremos también la asistencia de su fortaleza para que sepamos optar y mantenernos. Sabemos que seremos tentados, no tres sino miles de veces; pero no con pesimismo sino con la alegría de los redimidos, enfrentemos el combate, sabiendo que saldremos airosos apoyados en Aquel que llevó su solidaridad con nosotros hasta identificarse con la debilidad humana en todo, menos en el pecado:

 

Oh Dios,

crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu Santo Espíritu.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.[5]

 



[1] Papa Francisco. HOMILIA EN LA SANTA MISA, CON EL RITO DE LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS. Iglesia de San Anselmo en el Monte Aventino de Roma, 2020

[2] Zea, Virgilio s.j. JESÚS, EL HIJO DE DIOS. Ed. USTA Facultad de filosofía de la Universidad Santo Tomás de Aquino.  Bogotá- Colombia 1989 pp. 57-58.

[3] HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Basílica de Santa Sabina Miércoles 5 de marzo de 2014.

[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2da re-impresión 2011 pp. 49-50

[5] Sal 51(50), 12-14.17.