Flp 1, 18b-26
«…todo
lleva a creer que la Carta a los filipenses es un conjunto de tres cartas
distintas. Los estudiosos del asunto afirman que el trecho más antiguo se
encuentra en 4, 10-20 (primera carta); en seguida, viene la parte más larga:
1,1-3,1 + 4,2 - 7, 21-23 (segunda carta) y, finalmente 3, 2-4,1 + 4,8-9
(tercera carta)». (José Bortolini)
Esto
nos lleva a pensar que la perícopa que estudiamos hoy pertenece a la segunda
carta. «Pablo todavía está en la misma prisión. En ese espacio de tiempo,
Epafrodito cayó gravemente enfermo, probablemente él es el portador de la
segunda carta». (Ibid)
Después
de la introducción (1,1 – 11) viene un bloque (1,12-26), donde se ocupa de
hacer una breve narrativa del “progreso del evangelio”. Este relato lo que hace
es una relectura de las situaciones y circunstancias que han llevado a Pablo a
esta etapa de prisión.
Constatamos
que Pablo encuentra una división rotunda en dos tipos diversos y prácticamente
opuestos de predicación: el anuncio se está llevando de maneras diversas y,
hasta opuestas; sin embargo, Pablo no valora esto como detrimento, sino que lo
que aprecia es que, pese a todo, el enuncio se está llevando. «Pablo sentía
esta seguridad en Cristo respecto a su propia misión apostólica: “Tengo la
certeza de que, en esta ocasión, como siempre, Cristo aparecerá más grande a
través de mí, sea que yo viva, sea que yo muera” (Flp 1,20) (José Luis Caravias
s.j.)
Casi
que San Pablo rotula los dos estilos: al uno lo llama “con hipocresía” y al
otro “con sinceridad”, pero no se deja atrapar en el pesimismo y afirma que muy
a pesar, se alegra y se seguirá alegrando. Y, descubre, algo enigmático, ve que
detrás de esta oposición, esto se está dando para su conveniencia, y lo que
regula el resultado son dos factores: las oraciones y la intervención favorable
del Espíritu Santo.
Continúa
diciendo: “Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero si el vivir
esta vida mortal supone trabajo fructífero, no sé qué escoger”. Vemos y
entendemos aquí una entrega misional absoluta y un compromiso de vida en la
tarea asignada por Jesús, él acepta lo que Dios quiera elegir para él.
Pablo
habla de συνέχομαι [synechomai]
“presionado de lado y lado”, “atrapado en medio”, “entre la espada y la pared”,
“abocado a la disyuntiva”: o bien partir, o bien quedarse. Por él fuera, se
iría, para irse a encontrar con Jesucristo; pero San Pablo piensa que quedarse
es más provechoso a la causa del Evangelio, porque él podría seguir llevando el
anuncio y apoyando las comunidades cristianas nacientes hasta dejarlas
fortalecidas y estabilizadas.
Parece que dijera, si me libro de esta, allá estaré para visitarlos y manifestarles personalmente mi gratitud. Parecería que Pablo logró su libertad y pudo continuar su tarea, pero esto no se dice, sino que nos atrevemos a conjeturarlo: «Probablemente Pablo tomó la decisión de hacer valer sus derechos como ciudadano romano. Con este recurso obtendré nuevamente la libertad y podré ver de nuevo la comunidad de Filipos». (José Bortolini)
Sal 42(41),
2,3,5cdef
Si alguien tiene sed, venga a mí, y el que cree
en mí, que beba. Como dice la Escritura, del interior de aquel correrán ríos de
agua viva.
Jn 7, 38
Este es un salmo de súplica: es el primer
salmo del segundo Libro de Salmos, que comprende los salmos 42(41)-72(71). Es
de los salmos que se atribuyen a los hijos de Coré, que cumplían diversas
funciones en el Templo, en tiempos de David. Aquí, hijos, se debe entender como
miembros de su descendencia: nietos y bisnietos.
Pide, el salmista, tener acceso al Rostro
de Dios. El salmista sabe que el sentido esencial y final de la vida es loar a
Dios, estar en su Presencia, cantar las alabanzas de su Santísimo Nombre.
Inicia con un lenguaje parabólico
buscando cómo manifestar el hondo anhelo que tiene de trabar Amistad con Dios y
encuentre, punto de referencia en una cervatilla que, padece la sed y va por
todo el bosque procurando encontrar una fuente de aguas límpidas donde saciar
su sed. Dice, pues, que su alma es comparable a la cierva sedienta.
En la segunda estrofa, que aquí
corresponde el verso tres del salmo, lo ratifica: su alma tiene sed y la sed
del alma solo se calma con el Rostro de Dios, nada hay que pueda sustituirlo.
¿Cómo encontrarse con el Rostro Divino sin
tener que morir? Es cuando el salmista nos revela que él entró a buscarlo en el
Templo; y nos relata que por todo el camino de su peregrinar, iba él entonando
cánticos jubilosos con sabor de fiesta. Saber que su andar desembocaba en el
Templo, hacía que su corazón destilara esplendores de Amor Santo.
Hemos querido incluir, aquí la estrofa
que se repite tres veces a lo largo del salmo, definiendo como tres partes que
lo componen:
¿Por qué voy a
desanimarme?
¿Por qué
voy a estar preocupado?
Mi
esperanza he puesto en Dios.
A quien
todavía seguiré alabando.
¡Él es mi Dios
y mi Salvador!
La
perícopa de hoy, es tomada de la primera parte.
El
verso que se ha escogido como responsorial, muestra el espíritu que anima todo
el Salmo: ¡Entrar en el Templo y gozar de la Presencia Divina!
Lc 14, 1. 7-11
Lo que Ignacio llama “tercer grado de humildad
o de amor” -estar libres del orgullo y del egoísmo, que cubren con un velo el
conocimiento de Dios.
Silvano Fausti
Hay
cosas que la sociedad nos enseña y que siempre han estado ahí, como consignas
que se nos proponen, verdaderas “metas” para la vida de cada quien, y que en la
escuela también formaban parte de esas frases que encabezaban los tableros. “Usted
tiene que ser el mejor” era, o sigue siendo, una formación para ponerse por
encima de todos los demás, lo que muchas veces se denominó “meritocracia
extrema”.
Durante siglos, desde que se inició la “escuela” -y antes también-, los papás alentaban a sus hijos con este eslogan, y muchos padres de familia podían premiar a su hijo con una fuetera porque habían quedado en el segundo lugar o más lejos.
Hay
muchos concursos, contiendas y encuentros deportivos basados en la búsqueda y
procura del “mejor”. Esos concursos donde se azuza el ánimo competitivo para
sembrar división. Donde ser cualquier otra cosa distinta al primero, es
derrota, mediocridad, segundo-lugar, fracaso, capitulación, ruina. Y en medio
de la “competencia” se dice, poniéndolo como pretexto lógico, que no se puede
colaborar de ninguna manera porque “es una competencia”: La solidaridad y la
fraternidad se minimizan y se erradican.
Lo
que propone Jesús es, por eso, algo análogo, con el derribamiento de las mesas
de los cambistas en el Templo de Jerusalén. Parece una idea loca, descabellada,
una puesta de valores patas-arriba; ¿cómo se le puede ocurrir a Jesús que no se
procure el primer puesto, la primera mesa, la del rey, la del político de
turno, la silla al lado del trono real, el sitial del primer ministro, y, en el
podio, ¡no lo dude! ¡debe estar en la plataforma más elevada, eso de plata o
bronce son solo caramelos de contentillo.
Ahora
bien, aunque suene muy mal, habrá que decirlo, la obsesión por la cultura del
“primer lugar” es la peor enemiga de la sinodalidad. «La riqueza, la vanagloria
y la soberbia son las tres gradas que precipitan hacia la perdición. Esta es la
“estructura del mundo” (cf. 1Jn 2, 16), la mano de Satanás que se mueve en el
guante de la historia. Pero Jesús coloca allí adentro su mano mediante la
pobreza, la humillación y la humildad -el poseer, el poder y el aparecer
“menos”. Eso permite vivir en el mundo, sin ser del mundo, así como lo lleno
puede estar en lo vacío». (Silvano Fausti)
A
nosotros nos gusta la idea que el único primer lugar sea el de Jesús, porque Él
es Dios, y todos nosotros, estamos aquí, por debajito, en el siguiente lugar,
siempre recibiendo su apoyo para que podamos ascender a su lado.
Atención,
no vayamos a reducir este asunto a una cuestión de “etiqueta y protocolo”; no
se trata de eso. Esto es algo completamente distinto. No es otra medalla para
añadir condecoraciones en el pecho. ¡Se trata de no jugar para nada a eso de
que los seres humanos estemos los unos arriba de los otros y que a todos nos
parezca muy incómodo estar abajo! Se trata de estar abajo, ¡no debajo!
Cuando
sea el momento del Banquete, Jesús no va a poner a nadie a llevar a los otros
en “palanquín” porque este fue diseñado exclusivamente para gente vividora y
holgazana. Tampoco nos creó Dios para que fuéramos “ganapanes”, es decir,
estibadores de nuestros congéneres. Es pasar a estar abajo, como Jesús, que se
quitó la túnica y ciñéndose una toalla como fajón, se puso a lavarnos los pies.
Todo
esto nos encamina hacia el antídoto de esta obcecación por ser “el mejor”, de
ese empeño de hacernos a lo que no nos pertenece, de apropiarnos de lo que es
del Único verdadero Amigo que se hizo Amigo del Padre, tratando a todos sus
hijos adoptivos como verdaderos hijos de sangre. Jesús nos ha enseñado en qué consiste “sentarse en el último puesto”: Se trata de lo que se ha denominado la
kénosis (sobre la que aspiramos poder decir algo enriquecedor en la reflexión
de la primera Lectura del próximo martes 3 de noviembre cuando nos asomemos a
Flp 2, 5-11).
Por
lo pronto diremos que se trata de “despojarse”, de lograr “abajarse”, de un
vaciamiento de esa obcecación a la que nos estamos refiriendo. La enseñanza
primordial que nos presenta la kénosis es la sorprendente actitud de Jesús,
quien, siendo de condición divina, no la puso por delante para reclamar sus
privilegios, sino que se “humilló” hasta el punto de ofrecerse en sacrificio de
muerte en una cruz, lo más degradante que cabía. Así, en vez de entrar
reclamando su legítimo trono, se despojó, y se fue al fondo de la sala, al
último puesto, donde, estando tan cerca del Padre, lo llamó y le dijo: Amigo e
Hijo, sube al mismísimo Cielo y siéntate a Mi Derecha.



















