sábado, 1 de agosto de 2026

COMUNICAMOS LO QUE ÉL NOS DA

  

Is 55,1-3; Sal 145(144), 8-9.15-18; Rm 8,35.37-39; Mt 14,13-21

 

… ninguno tenga para sí los cinco panes y los dos peces, sino que los entregue a Jesús para que los multiplique en beneficio del mismo pueblo

Carlo María Martini

 

Partir, o al menos intentarlo;

nunca en soledad, siempre en compañía;

nunca para salvar y menos aún para sentirse salvado;

sencillamente para hacer posible el compartir,

Como Tú, Señor.

 

Florentino Ulibarri

 

La siembra. Venimos de referirnos a un Sembrador que salió a sembrar, y Jesús explicó a sus discípulos que se trataba de un λόγον [logón] “discurso” comparable a la semilla que el Sembrador esparce. Muchas veces la semilla cae entre piedras, al borde del camino o entre cardos y, en otros casos, puede caer en terreno fértil o muy fértil. Las que caen en las primeras dos clases de terreno, se diría que es semilla que quedó desperdiciada, pero ¿será esto verdad?

 

La Primera Lectura de hoy nos explica que λόγον la “Palabra” se puede comparar con la lluvia y –a pesar de lo que podamos pensar- no se evapora y regresa a la atmosfera sin haber fecundado la tierra. ¿Se contradicen Jesús e Isaías? Entendemos que no hay contradicción; aun cuando la tierra no sea buena, aún la semilla que cayó “donde no era” o “donde no debía”, aun cuando venga el Maligno y la arranque, aun la que carece de raíces profundas y se “quema” por la persecución, el “agite” y las tribulaciones; aún en estos casos “desesperados”, la Palabra baja, humedece, fecunda y hace germinar.

Sólo por mostrar un “fruto”, señalemos que esa “Semilla” es espejo de juicio (mejor, de auto-juicio) que no se podrá argumentar desconocimiento de la Alianza. La Palabra nos muestra un deber-ser que, si no lo cumplimos, si no lo aceptamos, dejará en nuestro corazón esa traza, permitiéndonos asumir la responsabilidad de nuestras opciones: pude haber optado por esa ruta, pero yo elegí la otra. No se trata de “complejos de culpa” sino de consciencia frente a nuestras opciones y las consecuencias de nuestras acciones.

 

Podríamos atrevernos a acusar a Dios de injusto si Él no hiciera llover sobre justos e injustos. Podríamos pensar o preguntar ¿por qué no nos regaló esa semilla? ¿Por qué pasamos la vida sumidos en la ignorancia? En cambio, al esparcir la semilla a diestra y siniestra, nadie tendrá el pretexto de recurrir al expediente del desconocimiento de la Ley.

 

Cuando leamos la primera Lectura encontraremos que «… En estos versos se compara la Palabra con la realidad más deseada y esperada en un mundo asolado y seco como el palestino: el agua. Y como la lluvia, la Palabra no se queda en los cielos de la trascendencia, sino que penetra en el terreno de la historia, en sus pliegues oscuros, en su aridez. Tras fecundarnos vuelve a Dios hecha carne y sangre, o sea oración y amor del hombre hacia su Señor.»[1] 


En el Plan de la Creación-Redención, se precisaba este elemento: que Dios nos hablara, nos enseñara; Dios, al darnos a conocer los Mandamientos, su gusto y sus deseos sobre lo que espera de nuestra parte, obra con total “justicia” al darnos a conocer la contrapartida de la Alianza, porque toda alianza reposa en un recibir y brindar la contrapartida, cumplir con lo ofrecido a cambio. Así pues, en Su Generosidad; crea las condiciones para la Alianza. No sería una Alianza de verdad si Él hubiera conservado en secreto sus expectativas respecto a nosotros. Sellar la Alianza con su “pueblo escogido” entrañaba el requisito de darnos a conocer nuestra parte: la contra-partida que habríamos de jugar por nuestra parte. La Justicia Divina en su perfección lo previó. Su Palabra nos llega, esa es Su Voluntad, que la “Palabra” sea fértil y “cumpla su encargo”, que nos traiga el Mensaje, que nos dé a saber.

 

Todas las obras de Dios rebozan de Amor

Esta previsión de Dios para favorecer a sus criaturas, es digna de alabanza; toda la humanidad debe reconocer esa generosidad, ese cuidado, esa responsabilidad paternal, y no sólo responsabilidad sino tierna responsabilidad, prevé todo lo necesario, es un Dios Providente. No nos creó para dejarnos librados al azar. Nos cuida, vela por nosotros, nos pastorea, nos cuida como Padre, más aún como Madre, como la mejor de las madres. No se afana por castigar o por enojarse, nos tiene paciencia, nos corrige con ternura, nos da plazos dilatados para que poco a poco vayamos aprendiendo.

 

No limita su amor al ser humano, nos advierte en la segunda estrofa de la perícopa que constituye el Salmo responsorial de este Domingo que ama a todas sus criaturas. Ahora, como una gallinita cuida a sus polluelos, así Dios abre sus Generosas manos para darnos pan a todos y todas sus criaturas sacian el hambre.


Pero ¿cómo vemos mucha gente morir de hambre? ¿No sacia Dios a todos? Y respondemos, Dios sí, pero el Malo –que ha sembrado su cizaña en tantos corazones- hace que muchos rieguen la leche “para que el precio no caiga” o quemen los alimentos, para que la oferta no devalúe sus “mercancías”, inclusive, oímos de aquellos que ocultan y secuestran los alimentos porque las “leyes de la economía” señalan esa vía: se trata -no de la Buena Nueva- sino del más triste mensaje que se puede recibir por parte de la cultura de la muerte.

 

Y, si Dios todo lo previó, ¿por qué no “destruye esta mala gente”? ¡Para darles una oportunidad! por eso no arranca la cizaña que vino a sembrar el “enemigo” por la noche; pero, llegará la hora que Él tiene señalada, y separará los peces buenos de los malos, a los buenos los pondrá en su “Cesta” a los malos los tirará donde domina el llanto y el crujir de dientes.

 

Entonces, ¿estamos condenados a ser víctimas de un Dios castigador? Todo lo contrario, nos enseña el Salmo, Él no es para nada castigador, es “lento para enojarse y generoso para perdonar”, pero es justo, especialmente contra aquellos que hacen sufrir a sus “pequeñuelos”.

 

Salimos victoriosos

Hay que reconocerlo, sus “pequeñuelos” han sufrido mucho por culpa de la “cizaña”. Diez géneros de padecimiento menciona San Pablo en le perícopa de Romanos que tematiza la Segunda Lectura de este Domingo: Demos una ojeada a estos sufrimientos que ya probaron los miembros de la Primeras Comunidades: 1) tribulaciones, 2) angustias, 3) persecución, 4) hambre, 5) desnudez, 6) Peligro 7) Espada, o sea, la crueldad y la muerte, 8) los demonios 9) lo presente y lo porvenir 10) Los poderosos del mundo.


Sin embargo, repasemos el martirologio y la conclusión es evidente: Nada, pero nada, nada nos puede hacer desistir del Amor fiel de Aquel que nos ha ofrecido ser nuestro Aliado-eterno, por los siglos de los siglos.

 

Pero, de eso es muy consciente el texto a los Romanos, nuestra victoria no emana de una fortaleza propia, sino gracias a “Aquel que nos ha amado”, es Él quien nos provee las fuerzas para mantenernos airosos y soportar toda clase de pruebas y las primeras que se nos vienen al recuerdo son los leones, los toros, el descuartizamiento, el fusilamiento. Él nos anima, y al mirarlo clavado en la cruz, sabemos que su ejemplo fue mostrarnos, con su propia vida, con sus propios dolores, derramando su propia sangre, que su Evangelio de Amor no son sólo palabras, sino que Él mismo es Palabra de Vida y de Vida-Eterna.

 

El tema del banquete providencial

Hay que tener en cuenta que este banquete que Jesús promovió está en el contexto de otro banquete, el banquete de muerte que organizó Herodes y donde encontró término la vida de San Juan Bautista. Mientras Jesús promueve y disemina felicidad nutriendo con “Pan de Vida” a una multitud; la felicidad en el banquete de Herodes consistió en presentarle la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja a Salomé. Tenemos la oposición rotunda Vida/muerte.

Dios que es total providencia, que nos cuida y prevé todos los detalles de nuestra existencia, podría haber organizado un equipo de discípulos económicamente muy pudientes de tal manera que, cuando el pueblo estuviera hambriento le habría bastado preguntar a sus discípulos ¿Qué les vais a dar para cenar? O les podría haber increpado. “¡Habéis traído suficiente para saciar a toda esta gente!”.

 

Pero no fue así. Se escogió a doce pobres pescadores, sin recursos, de quienes sólo se podría esperar la previsión de pedir que ya no les enseñara más, ni sanara más gente, sino que los enviara a los caseríos a comprar algo de comer. De todas maneras, ¡qué sensibilidad! ¡qué afán por el otro, por el prójimo! Se acordaron que hay un momento en que el alimento espiritual cede paso al hambre física y así se lo dicen al Maestro.

 

¡Oportunidad de oportunidades! Ese interés de los discípulos es aprovechado por Jesús para establecer un Mandamiento para sus discípulos, es decir, para nosotros. En vez de enviarlos a buscar algo, a comprarse alimento, es a nosotros a quienes nos corresponde alimentarlos: ¡Dadles vosotros de comer!:

 

-Pero, ¿nosotros, Maestro? ¡Si no somos más que unos pobres pelagatos!

Ahí está el punto. Si medimos todo desde nuestra órbita, efectivamente ¿cómo vamos a poder alimentar a tanta gente si escasamente tenemos para nosotros mismos? Pero, pongamos eso poco que tenemos en las manos de Jesús; entendamos y recordemos que Él es Dios, Dios humanado, pero lo de humanado no le resta nada a Su divinidad, en cambio, si le agrega, porque es un Dios que ha sentido en su propio vientre el mordisco del hambre, y ha experimentado cada una de nuestras debilidades, y sabe qué es ser hombre; y como es Dios, puede hacer rendir el pan, el trigo, el arroz, puede crear otro universo, o puede perfeccionar este con sólo llamar a los ángeles y ponerlos a escoger los peces buenos en un canasto y a tirar los malos.

 

Jesús realiza tres acciones fundantes eminentemente Eucarísticas:

1.    Alzando la mirada al Cielo, εὐλόγησεν [eulogesen] “pronuncio la bendición”

2.    Κλάσας [klasas] “Partió los panes”

3.    ἔδωκεν [edoken] “Se los dio” a los discípulos


La infinita ventaja que nosotros, los discípulos, tenemos sobre otras personas es que nosotros lo hemos visto con nuestros propios ojos, a nosotros nos consta que Él puede lo que nadie más puede. ¿Cuántos milagros ha obrado en presencia de nuestros ojos? ¿Cuántas veces lo hemos visto aquietar la tormenta y silenciar las aguas embravecidas?

 

Por esa experiencia que hemos presenciado de su enorme poder podemos poner en sus manos los cinco panes y los dos pescados y se multiplicaran hasta sobrar un canasto para cada una de las tribus del Nuevo Pueblo de Dios.

 

Recibimos cada fragmento de pan y nos toca el honor de alcanzárselo a sus destinatarios. Nosotros podremos ser coparticipes en este milagro. Depositaremos nuestra pobre nada en sus manos y Él nos la devolverá bendecida, después de habérsela presentado al Padre, en oración. Retornará a nuestras manos bendecida, con su Palabra Santa, con su Palabra Divina, la misma Palabra λόγον que pronunció para hacer del pan y el vino sus propios cuerpo y sangre que en multiplicación providencial nos ha nutrido por siglos, cumpliendo con su Palabra, la de acompañarnos por siempre, hasta el fin de los tiempos.

 

Se hizo para Sí un pueblo: Hubo en todo esto otro milagro que a veces pasa inadvertido: A aquel lugar llegaron individuos desarticulados, Él los fue articulando, haciéndolos con sus Palabras “ensamblaje”, piezas de su Cuerpo Místico, haciendo de ellos un-solo-cuerpo-en-un-solo-pan; y de gentes indiferentes fue sacando fraternidad, solidaridad, los fue enderezando, levantando; fue armando células, pequeñas comunidades donde se respirara la amistad, el compañerismo fiel. Fue edificando ciudadanos del Reino.

Hemos quedado inoculados con esta Nueva Ciudadanía, en nuestros pechos se va incubando. Como lo decíamos el Domingo antepasado, Dios provee también el tiempo y el ritmo de la incubación, a nosotros nos compete la paciencia-serena puesto que sabemos que el Señor tiene “el día y la hora señalados”. Antes de ayer celebrábamos la memoria de San Ignacio de Loyola, digamos, citándolo: “Confía en Dios como si todo dependiera de Él y nada de ti. Pero luego, aplícate a la obra como si ella no fuera de Dios sino exclusivamente tuya.”

 

Mientras tanto, se nos da la ocasión de ir diseminando el “contagio”, ¡no de la enfermedad sino de la Salud y la Vida! De esparcir el “λόγον”. «... sencillamente para hacer posible el compartir, como Tú, Señor»: ¡Tú lo partes, nosotros lo compartimos!

 

 

 

 

 

 



[1] Ravasi, Gianfranco. LOS PROFETAS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1996 p. 126

viernes, 31 de julio de 2026

Sábado de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 

Jr 26, 11-16. 24

Esta perícopa pertenece a un bloque que se ha intitulado “Jeremías, profeta auténtico”: Coherencia, firmeza, fidelidad y parresia, son rasgos muy definidos en Jeremías. Parece que él no se da cuenta del riesgo que conlleva declarar el Mensaje con tanta precisión y sin disimular nada. En ese sentido, la figura de Jeremías para nosotros es paradigmática de quien se compromete con la Palabra.

 

Hay en el pecho de Jeremías una intensa comprensión de la Voluntad que Dios tiene de comunicarse con nosotros. Los profetas -todos ellos- parasen saber que Dios habla, que habla siempre, y que el ministerio que se les ha encomendado no admite, ocultamientos, medias tintas ni melifluidades, como lo decíamos ayer, no se trata de teñir de demagogia la predicación. Si hay algo admirable en ellos, es precisamente su consciencia de estar aportando a un Proyecto Divino, y que su Ministerio es el Canal para que el Mensaje pueda transitar.

 

Parte de esa consciencia ministerial es saberse sólo una parte de una serie; no se declaran ni se piensan detentadores del proyecto total, sino piezas de un “todo mayor”: la Economía Salvífica; de Ella, los profetas se tienen por eslabones de una cadena, y no la cadena entera.

 

Junto a esto, el profeta también entiende que, si bien él representa solo un momento del proceso total, sin ese eslabón, la cadena estaría rota. Esto es lo que llamamos fe, ya que la fe no es una entidad abstracta, que uno sencillamente dice poseerla. La fe tiene diversas manifestaciones que son acciones muy concretas, que visibilizan “esa fe” y demuestran que existe (demostración que no es un espectáculo, es demostración que al propio profeta le manifiesta su coherencia. Jeremías “habla”, no calla, no se silencia, dice lo que tiene que decir, cumple su encargo, aun cuando su vida quede amenazada.

 

Detengámonos un momento para observar mejor a Jeremías, su fe consiste -no en aprovechar un buen momento, optimo para los dispuestos y los receptivos que están a la escucha, que ya en su corazón han aceptado lo que se les va a decir. Verdaderamente la parresia consiste en entregarles el mensaje a los que lo rechazan, por muy indispuestos y recalcitrantes que se muestren.

 

Evidentemente la perícopa de hoy es directa continuación de la que vimos ayer, perecería que la prenda en disputa es el Templo, pero en realidad el asunto en cuestión es la fidelidad y la respuesta del pueblo elegido; somos nosotros -seres vivos, pensantes y creyentes- los que conformamos el “pueblo de Dios”, y no algún edificio, que no es más que un lugar donde podernos congregarnos, en calidad de convocados. Corrían los tiempos del rey Josías quien, al igual que su hijo Godolías, mantuvieron sólida amistad con Jeremías, hasta el 586 a.C. cuando Jerusalén fue destruida.

 

Brota, de suyo, un teorema útil a nuestro compromiso discipular-y-misional: Nunca podremos callar lo que Dios nos ha “revelado”, porque siempre hay alguien que pende de nuestra responsabilidad para confesar y testimoniar esa “fe”. Siempre hay alguien que depende de nuestro profetismo para poder dar el paso y entrar en el área de “los llamados”. Por tanto, podemos decir que nuestro profetismo será -para alguien- una cuestión “de vida o muerte”.

 

Consciente del borde riesgoso que está pisando, Jeremías les dice que hagan con él lo que les parezca, pero si llegan a atentar contra su existencia tendrán por siempre sus manos tintas de sangre inocente.

 

De los últimos versos de la perícopa surge, entonces, un corolario: Siempre habrá alguien que sea capaz de reconocer que está en juego un encargo Divino, que mueve la comunicación profética, hoy, en la Lectura, son los magistrados los que declaran, en defensa de Jeremías: y reconocen que lo que les ha dicho no son sus propios pensamientos, sino que “les ha hablado en Nombre del Señor nuestro Dios”.


Solemos llamar “ángeles” a estas personas que ponen en juego sus artes, autoridad, cargo y oficio para -como Ajicán, oficial de alto mando- intervenir y mantener a salvo la vida del “profeta”.

 

Sal 69(68), 15-16. 30-31. 33-34

Hoy vamos a continuar con otros 6 versículos del mismo salmo de súplica, atribuido a David y que empezamos a trabajar ayer.

 

La súplica brota en un momento realmente álgido. Ya decíamos ayer que David se sentía total y absolutamente aislado, sin apoyo, sin respaldo, sin copartidarios, sin refuerzos, hoy- en algún momento- dice que “el agua le llega al cuello”.

 

Siente que no tiene donde hacer pie, porque está en un fango cenagoso, de arenas movedizas que lo dejarán hundir. Son imágenes que usa el salmista para expresar sus afanes y penurias, su soledad y abandono. También compara su situación con una persona que no puede vadear una corriente porque el agua es muy profunda y no puede caminar y avanzar usando el fondo como piso de sus pasos.

 

Refiriéndose a su clamor elevado a Dios, tiene una metáfora, es como una persona desgañitada de gritar, ronca de clamar, afónica, con su garganta ya agotada.

 

Otra imagen, muy diciente, es que en su agotamiento y desesperación siente que se le va la vida y dice que “ya se le nublan los ojos”.

 

Con los seis versículos se organizan tres estrofas:

 

En la primera: Clama para que no se hunda en el cieno y el fango lo devore. Que el agua no lo ahogue.

 

En la segunda: Él se voltea a mirar y ve en sí mismo a un “malherido” más que medio muerto. Y ruega, tratando de poner su propia imagen en los Ojos de Dios. Ofrece pagar su rescate a punta de himnos y canticos agradecidos.

 

En la tercera, invita a los humildes, a alegrarse, como si ya reconociera cabalmente que Dios simpatiza, preferencialmente, con los “humildes”. Dice que “El Señor escucha a los pobres, no desprecia a los cautivos”.

 

El verso responsorial parece reconocer que Dios obra en el momento que lo tiene previsto: ni antes, ni después. Ese es el “día de la Gracia”, que hay que saber aguardar pacientemente. ¡El Señor responderá, cuando llegue esa fecha, porque lo habrá escuchado!

Mt 14, 1-12

Juan el Bautista, profeta autentico

Lo que me impresiona es la multiplicidad de las personas, de las pasiones, de los intereses, de las mezquindades, de las bellaquerías, de las crueldades que giran alrededor de Juan Bautista: Herodes, Herodías, la hija, los invitados, los asesinos, los guardias, todos parecen esclavos de una lógica de poder, de temor, de envidia, de venganza, de sensualidad.

 Y el bautista, en medio de todas estas tragedias de la vida, lleva serenamente a término su misión de precursor de Jesús, en la vida y en la muerte.

Carlo María Martini


Herodes Antipas, -hijo de Herodes el Grande- apodado el tetrarca, es decir el gobernador de “la cuarta parte” del territorio que les heredó su papá. Será, en la perícopa de hoy, el antagonista de Juan el Bautista.

 

El episodio es traído a colación porque Herodes cree ver en Jesús, a Juan el Bautista, que vuelve resucitado. ¡El que la debe la teme!

 

¿Qué debía? Pues nada más y nada menos que la vida. Lo había mandado a encarcelar porque no le alcahueteó que viviera amancebado con Herodías, que -para colmo de males-era la esposa de su hermano Filipo (que era nieta de Herodes el Grande, o sea que venía a ser sobrina-nieta de Herodes Antipas). Por eso lo quería matar, pero “el miedo no monta en burro”, Herodes Antipas le tenía miedo a los muchos simpatizantes que tenía Juan y que veían en él a un verdadero profeta. Y, era lógico que lo vieran así, porque era el “profeta precursor”, al denunciar al poderoso que siempre tuerce la ley a su acomodo: aquello de que “la ley es para los de ruana” sigue vigente, se legisla para apabullar al que no puede “comprar” a los jueces y a los tribunales; el que los puede comprar, podrá -en consecuencia- manipular la ley. ¡Así ha sido! ¿Hasta cuándo, Dios mío?

 

Con motivo del cumpleaños de Herodes, le hicieron una fiesta y la tal Salomé lo fascinó con un bailecito, “un divertimento de cadera y vientre”, que lo llevó a ofrecerle -como diploma de premio- lo que ella quisiera pedirle.

 

Claro que la moral asesina de su mamá, no perdió la oportunidad de quitarse de encima la censura, y “alegó el libre desarrollo de la personalidad” que estaba entrabado con la crítica de Juan el Bautista que señalaba la piedra de escándalo que era Herodes como amante de la esposa de su hermano.

 

Así que en vez de diploma o medalla pidió “la cabeza de Juan el bautista”, conforme se lo insinuó la mamá. Alegando que no podía faltar a su palabra y que había hecho público juramento de darle lo que pidiera; el rey lo ordenó y le trajeron el regalito-premio en una bandeja, que ella -hija fiel- le alcanzó a su mamá para que lo pusiera en la repisa, frente al tálamo del adultero dormitorio.


«Juan se consagró totalmente a Dios y a su Enviado, Jesús. Pero al final ¿qué sucedió? Murió por causa de la verdad, cuando denunció el adulterio dl rey Herodes y Herodías. ¡Cuántas personas pagan muy caro precio por el compromiso de la verdad! Cuántos hombres rectos prefieren ir a contracorriente, con tal de no negar la voz de la consciencia, la voz de la verdad…  ¡Debemos ir a contracorriente! ¡Y estén orgullosos de hacerlo!» (Papa Francisco)

jueves, 30 de julio de 2026

Viernes de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario


Jr 26, 1-9

La destrucción de Jerusalén y del Templo

 

Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré.

Jn 2, 19b

 

La vocación no es una iluminación tranquilizadora, sino que es una petición para lanzarse, para fiarse del Señor.

Carlo María Martini

 

Dios aspira a nuestra obediencia, Dios anhela que sepamos cumplir las Leyes que Él nos ha dado a conocer; pero, con no poca decepción de Su Parte, ve que -habiéndonos regalado a los muchos Profetas que nos dio- para que pudiéramos conocer su Mensaje en nuestra propia lengua y con las palabras que entendemos; permitiría que el amado Templo de Jerusalén corriera la misma suerte que el de שילה [shiloh] Siló (en la época en que Josué dividió la tierra entre las 12 Tribus de Israel, el Tabernáculo se quedó en Shilo. Shilo fue el lugar de peregrinación para los Hijos de Israel hasta la muerte del Sumo Sacerdote Elí), a partir de entonces, se convertiría en una maldición, expresada en términos de destrucción y ruina. Y Jerusalén, que será la hermosa Ciudad - centro y corazón de la vida política y religiosa de Judá- ahora entra en la esfera de la amenaza.

 

Cuando uno tiene una Iglesia cercana, en la propia comunidad donde se habita, se habitúa y le resulta normal y cómodo, asistir a la Liturgia, y saber que con amplia facilidad podrá tener un Encuentro Personal con el Señor, entonces, el Templo se vuelve parte del paisaje, y lo damos por descontado. Pero sí, la destrucción y la ruina dan con él en tierra, sólo entonces entendemos que la posibilidad de construir una frecuentada amistad con Él ha desaparecido, el Puente que nos Lo acercaba, ha sido demolido. Es que el Templo es como una antena para recibir mejor la señal que nos llega del Cielo.

 

Si uno le dijera a las autoridades civiles y religiosas de ese sector lo que sobrevendría, indudablemente la reacción sería asesina, contra el portador de semejante vaticinio. El Alcalde, el Párroco, el Obispo de la Diócesis, reaccionarían escandalizados contra ese “pájaro de mal agüero”. ¡Todos a una contra el Profeta de malos augurios!

 

Sin embargo, pese a lo lógico que tal comportamiento pueda parecer, hay una gran dosis de absurdo: ¿No sería más lógico empezar un proceso de conversión dado que las causales del desastre son nuestro mal comportamiento y nuestra indiferencia para con ese Dios a quien decimos amar y adorar en el Templo?

 

Ciertamente que la Misión encomendada a Jeremías era una tarea peliaguda de muy amargo sabor. La gente adora recibir “profecías” positivas: habrían querido que el profeta interpretara su partitura en clave de construcción y plantado; pero ¡ay!, que áspera y violenta la reacción cuando el anuncio está en clave de arrancar, derribar, destruir y demoler, en clave de fa-talidad.

 

Si uno asume sus responsabilidades, sabría y entendería que el profeta no tiene la culpa de la cosecha, que siempre lo que se recoge proviene del tipo de semilla que se haya sembrado, y que -como hemos visto últimamente- si siembras cizaña no puedes aspirar a cosechar trigo, y gastaras amplio tiempo quemando lo que es pura vanidad.

 

En la perícopa se nos informa que esto ocurrió al inicio del reinado del rey יְהוֹיָכִין‎‎ [Yauyakin] Joaquín (que duró en el trono, apenas tres meses) 609-608 a.C. y que obró el mal que tanto ofende al Señor.

«… a pesar de toda la debilidad de Jeremías, resalta su fidelidad inamovible a la palabra de Dios…. He aquí la gracia que debemos pedir. No la de tener siempre una valentía heroica sino la gracia de decir, de hacer, de expresar cada vez lo que corresponde a nuestra misión, ser fieles a nuestro mandato, cumplir las tareas cotidianas con fidelidad… No busquéis el ser héroes, estad contentos con vivir la fidelidad a la Palabra con paciencia, día a día, no dejándoos asustar por vuestros propios miedos y cobardías … » (Carlo María Martini)

 

Sal 69(68), 5. 8-10. 14

Este es un salmo de súplica. Se dice que cuando David escribió este salmo se sentía ahogado en su soledad, sin apoyo ni partidarios que lo respaldaran. En semejante situación lo que hace David es presentarse ante la compasión de Dios e implorar su apoyo, su ayuda, que Él se ponga de su lado, en su defensa.  Ese abandono y esa indefensión acrecientan la sensación de estar en la estacada, y el gigantesco número de enemigos que son -según lo siente- incontables. Siente que ni su parentela lo acompaña, sino que todos a una lo abandonan.

 

Pero aquí vamos -desde el mismo inicio de la perícopa proclamada- al aspecto del arrepentimiento: David sabía que el primer paso para acercarse al Señor, era reconocer su culpa y el daño causado, presentarse con el corazón contrito.

 

Reconoce que faltarle al Señor es una verdadera “estupidez”. Pero todas estas angustias tienen su origen en el “celo” de David por defender la causa de su Señor.


Entonces levanta sus plegarias al Cielo, suplicando que Dios lo asista, florecen sus oraciones. Apela a la Bondad desmesurada de Dios y trae a su corazón la idea de “Dios-Fiel”, apoyado en la idea de la Lealtad-de-Dios, y a Él se acoge.

 

En el verso responsorial le pide al Señor que los Oídos de Su Infinita Bondad le presten atención a su clamor.

 

Mt 13, 54-58

¡Ay de nosotros cuando somos aplaudidos por la sociedad injusta! Esa es la señal de que hemos caído en las tentaciones.

Ivo Storniolo

 

Hemos terminado el sermón de las siete parábolas. A partir de hoy, pasamos a una nueva sección del Evangelio mateano: 13,53-17,27 donde se nos presentan diversos hechos de la vida de Jesús, antes de pasar al cuarto sermón, donde se tocará el tema de “la vida comunitaria” (18,1-35).

Jesús también es declarado reo de “abandono” porque muestra una Sabiduría para ellos inexplicable. Cuánto más cercana tenemos a una persona, menos podemos aceptar los tesoros que Dios puede haberle regalado.  Esa situación lleva a la inmediata inflamación de esa glándula que se llama “envidia”, que los mejores cardiólogos han detectado siempre en las inmediaciones del corazón.

 

¿Cómo es posible -se preguntaban los de su sinagoga, en su propia patria- que el hijo de un simple τέκτονος [tektonos] “artesano” pudiera tener tal autoridad y tal nivel de entendimiento y comprensión? Quizás lo que más los desconcertaba era su poder de obrar milagros.

 

«El diablo casi habla como si fuera un maestro espiritual. Y cuando es rechazado, entonces crece: crece y se vuelve más fuerte. Jesús lo dice: cuando el demonio es rechazado entonces gira y busca algunos compañeros y con esa banda, vuelve. Crece involucrando a otros». (Papa Francisco)

 

Entre los propios es casi imposible que veamos algo que esté más allá de nuestras propias limitaciones. Soñamos y anhelamos con fervor, que todos a nuestro alrededor, tengan todos los mismos defectos propios, pero jamás una virtud que nos desborde.

 

Y, sin embargo, -casi irónicamente- cuando no hay rechazo, debemos ponernos en estado de alerta, (tenemos hoy estos tres ejemplos de parresia que son David, Jeremías y Jesús cuya firmeza no retrocede pese a la dura denuncia con la que tienen que acusar a su pueblo), porque la aceptación, muchas veces, es sintomática que lo que decimos es “cháchara”, y que no estamos trasmitiendo la Palabra con toda la densidad con que la hemos recibido; peligroso que en tal caso, estemos devaluando el mensaje y tan sólo estemos runruneando el bla-bla-bla que a todos aquieta: extracto puro de demagogia.

 

Son los trucos del populismo: «Ha sucedido con Jesús, el demonio involucra a sus enemigos. Y lo que parecía un hilo de agua, un pequeño hilo de agua, tranquilo, se convierte en marea. Cuando Jesús predica en la Sinagoga, enseguida sus enemigos lo menosprecian diciendo: pero, ¡este es el hijo de José, el carpintero, el hijo de María! ¡Nunca ha ido a la universidad!... La tentación ha involucrado a todos, contra Jesús» (Papa Francisco)

 

Los poderosos usan trucos para disimular que son personas comunes y corrientes: grandes estatuas, mansiones ostentosas, templos alambicados, sarcófagos enormes, monumentos descomunales, todo para disimular su naturaleza mortal.  Todo por el gusto y la manía que tenemos de endiosar a supuestos “súper-humanos” porque se han afanado en hacerse disfraces deslumbrantes.

 

Dios les lleva la contraria: Él se inventó la kénosis: el abajamiento, la sencillez, el anonadamiento. ¡Que su sencillez no nos impida descubrir en Él, lo grandioso de su naturaleza Divina! 

miércoles, 29 de julio de 2026

Jueves de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 


Jr 18, 1-6

¡Ay del que pleitea con su artífice

vasija contra el alfarero!

Acaso dice la arcilla al artesano:

Qué estás haciendo

tu vasija no tiene asas?

Is 45, 9

 

TOMA MI BARRO Y VUELVE A EMPEZAR DE NUEVO

Todo parece indicar que la datación -como marco temporal para esta Lectura- es el 605 a.C. Una vasija que fabrica el alfarero siempre tiene un sentido de existencia, al cual nos referimos como su “utilidad”. Si la vasija no promete ser útil, nadie se interesará en ella; por el contrario, si la vasija está bien hecha, se hace más útil, más valiosa y se la aprecia mucho más. Si durante el proceso de moldeado, el alfarero descubre que quedó con algún defecto,  se pondrá a mejorarla y no la horneará hasta tanto haya ganado las características que la hacen cotizada, deseable, valiosa.

 

Recordemos el conocidísimo refrán popular: ¡No hay peor sordo que aquel que no quiere oír! Este pueblo al que Jeremías ha sido enviado por Dios se rancha en su testarudez, pedantería y/o presunción. Con estas trabas se dio de bruces el profeta Jeremías. Dios le da esta parábola -junto con una acción simbólica- para que Israel corrigiera y aceptara la corrección.

 

Ese es el anverso. ¿Qué hay en el reverso? La “manera” y el “momento” que Dios elige. Y, suele pasar que, nosotros queramos corregirle la “tarea” a Dios: Dios obra y nosotros le contradecimos, “No Señor, no es por ahí, yo lo quiero por allí”, o “No es el momento, te demoraste demasiado”, y añadimos, si lo hubieras hecho como te dije y cuando te dije, todo habría salido bien”, no nos acomoda ni el cómo, ni el cuándo, ni el ritmo de Dios. ¿No hemos oído hablar del “tiempo de Dios”?

 

Y, en verdad, lo que nos urge es tener la capacidad de aceptación. Nos llenamos de cirugías plásticas el rostro de la obra Divina. No pretendamos ser “los directores de la orquesta”, en una sinfonía de la que sólo tenemos la módica perspectiva de cinco minutos de la partitura, en una obra que dura por siglos.

 

Ahí está la enorme dificultad, tenemos anteojeras para no ver más allá de nuestro egoísmo, el cual, hemos tomado muchos cursos para darle hermosos y nobles nombres (eufemismos) que enmascaran. Pero la voluntad de Dios la aceptamos, sólo a condición de que se ajuste plenamente a la nuestra. Nosotros que no tenemos sino una mínima idea de los rasgos que hacen deseable y útil la vasija.

 

Visita al alfarero como acción simbólica: Uno de los enfoques primarios de nuestro desarrollo espiritual está en aprender a abandonarnos en las Manos de Dios. Permitir que Él lleve el “timón”, regule el “acelerador” y señale la “dirección”.

 

Jeremías, el “pobre” (ebión) (Jr 20,13), acaba por ponerse totalmente en manos del Señor, con una confianza sin límites que lleva en sí misma la claridad. Cuando viviendo totalmente sumergido en el mundo, el hombre se esfuerza en dejarse llevar por Dios hacia el bien y se termina por chocar en el fracaso, no queda sino esta única realidad, fuera de toda medida: ES DIOS.

Albert Gelin

 

De otro modo, lo que venga, tenderá a ser igual a lo fallido que tratamos de dejar atrás. Terminamos por pensar que ese es el curso “natural” de los eventos y que por mucho que hagamos el agua siempre correrá en esa dirección. Ese hermoso abandono y aceptación, tan grato a los Ojos de Dios, no tiene que servirnos de pretexto para dejar de asumir lo que Dios nos encarga; ahí rige el precepto de San Ignacio de Loyola: “Haz las cosas como si todo dependiera de ti y confía en Dios como si todo dependiera de Él”. Sólo tenemos que desembarazarnos de nuestros “prejuicios”, sin desistir del sentido profundo que subyace al significado del “Nombre” que Dios nos dio, iluminando, lo que nos compete, con la luz del acatamiento a su Divina Voluntad, que nos ha enviado como Discípulos-Misioneros.

 

Es por eso que urge -hablando en términos espirituales- mirarnos en el “espejo de la Sagrada Escritura” para ser capaces de distinguir los rasgos hermosos que Dios nos ha regalado como diseño existencial. Sin revolcarnos rencorosos contra el Alfarero que al ver deforme la vasija que modela en el torno, reemprende su trabajo, volviendo a moldearla conforme a su “Parecer”.

 

Hay un mensaje reconfortante y fortalecedor en esta perícopa que subyace al tema central, que el Alfarero corrige su producto tantas veces como sea necesario para que alcance la plenitud. Y esa fuente subterránea es la respuesta a la pregunta ¿Quién es el Alfarero en esta parábola? Y es que podemos estar tranquilos porque nuestro humilde חֹ֫מֶר [chomer] “barro” no está en cualquier mano, no estamos en las manos de algún principiante, de un artesano chambón, o de algún aficionado. ¡Es Dios quien nos modela y nos tornea!

 

Alfarero, tengo nostalgia de Tus manos, ven a reparar tu cacharro!

 

Sal 146(145), 1b-2. 3-4. 5-6ab

Así habla Yavé: ¡Maldito el hombre que confía en otro hombre,

que busca su apoyo en un mortal, y que aparta su corazón de Yahweh!

Es como mata de cardo en la estepa; no sentirá cuando llegue la lluvia,

pues echó sus raíces en lugares ardientes del desierto, en un solar despoblado.

Jr 17, 5-6

 

Salmo hímnico, este es el primero de los seis salmos del “Último Hallel”, son una invitación a la Alabanza, un rasgo común en ellos es que los seis empiezan y terminan con la expresión aleluya: “Alabad a Yahveh”, ante cada “Buena Nueva” la exclamación era “Aleluya”. Aquí nos encontramos con el elenco de los “preferidos del Señor”: Viudas, huérfanos, los extranjeros, los ciegos, los hambrientos, los oprimidos, los prisioneros, los desalentados.

 

Resalta en este Salmo que se nos orienta en el sentido de no confiar en los príncipes extranjeros, sino depositar nuestra entera confianza en el Señor.

 

No es algo para una faceta de la vida, que alabemos a Dios es un acto que habrá de acompañar nuestra existencia toda.


Y, no confiar en los príncipes tiene una poderosa razón de ser, ¡son seres de carne que en algún momento se volverá polvo, entonces, todos sus proyectos se irán con él al polvo.

 

Bendito sea aquel que confía en Yahweh, pues no defraudará Yahweh su confianza. Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a las orillas de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta, ni se retrae de dar fruto.

Jr 17; 7-8

 

El verdaderamente bienaventurado es el que se abandona en el Señor, sus planes hallarán continuidad en el impulso que Dios infunde a los proyectos del que ama su Voluntad.

 

Y, no en cualquier Dios, sino en el Dios de Israel (El Dios de Jacob); Dios que dio origen al cielo, la tierra y el mar. ¡Lo perdurable!

 

Mt 13, 47-53

 

¡Ser sencillos no es simplificar indebidamente, sino aceptar la complejidad!

Cuando uno estudia este Evangelio, uno piensa que Jesús -en sus planes y programas de estudio- tendría una temporada radicada en el esfuerzo de explicarle a sus seguidores, cuando decía Reino, qué quería decir. Pero, ya hemos hablado de cómo San Mateo, ejerció una labor editora sobre los textos, dándose a la tarea de agrupar temáticamente las enseñanzas de Jesús.  Estas siete parábolas han sido dispuestas por el Evangelista en la unidad de este discurso; no porque hubieran sido enseñadas en un ciclo de clases de tercer semestre.


Veíamos ayer las parábolas 5ª y 6ª acerca del Reino. Hoy tenemos la parábola culmen, la séptima: Se trata en ella de la diversidad de peces que en una misma redada pueden recogerse.

 

Nos cuenta algo muy normal para los pescadores: después de la pesca, dando continuidad a la labor, los pescadores se sientan a la orilla y van clasificando el fruto de sus esfuerzos.

 

No todos los peces son aprovechables, inclusive algunos son todavía muy pequeños, algunos no son agradables al paladar, lo que hace que se discrimine, conservando solo los buenos y regresando, a su líquido elemento, a los no utilizables. Y, si entre ellos se hallare alguno podrido, lo echaran el fuego donde será el llanto y el rechinar de dientes.


Hay aquí, ya llegando al final de la perícopa un hermosísimo cumplido que dirige a los discípulos que son ahora verdaderos “escribas”: esos discípulos que eran tomados por gente ignorante, a partir del acompañamiento que les ha brindado Jesús, han sido instruidos llegando a ser verdaderos “Escrituristas”. No se debe sólo aprender la doctrina que Jesús con su praxis nos ha enseñado, tenemos que saber interpretar esta praxis a la Luz de las enseñanzas que Dios ha comunicado en el pasado. Se trata del arte de saber sacar tanto de lo Nuevo como de lo Antiguo. Es un tejido en donde el hilo trasversal está en continuidad con las fibras perpendiculares que ya se habían puesto, para que, quedando en cruz, formen entre ambas la trama, un tapiz ricamente entretejido y sólidamente imbricado que llamamos Revelación.