viernes, 27 de marzo de 2026

Sábado de la Quinta Semana de Cuaresma


Ez 37, 21-28

Esperanza de Salvación

Quitaré de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil. Pondré en ustedes mi espíritu y haré que cumplan mis leyes y decretos; vivirán en el país que di a sus padres, y serán mi pueblo y yo seré su Dios

Ez 36, 26b-28

En el capítulo 33 de Ezequiel, llega un fugitivo, viene de Jerusalén trayendo las peores noticias, la ciudad ha caído y el Templo ha sido profanado y destruido. Entonces empieza una trasformación del mensaje de este profeta. Va a entrar en una etapa de siembra de la esperanza.

 

Esta misión de sembrar esperanza parte de la presentación de augurios para Israel. Parte de la presentación del Mesías, como nuevo David, en el capítulo 34 hay una denuncia contra los pastores (gobernantes de Israel) quienes en vez de pastorear a su rebaño se engordan a sí mismos, Dios les promete trasplantarles un corazón de ternura para sustituir el corazón de pedernal que han traído y con el cual han hecho sufrir a su pueblo y lo han conducido a la ruina.

 

La penúltima parte de este Libro -caps. 33-39- nos trae las promesas de Salvación. La profecía de Ezequiel -en este capítulo 37-  lo que les ofrece es constituirlos nuevamente, en una sola nación, como ocurría en el esplendor Davídico. Ofrece Dios, actuar como Juez y defensor de las ovejas “flacas” que han sido víctimas del aprovechamiento de estos pastores, que las empujan disimuladamente a condiciones paupérrimas y eliminará e estos lobos -que no tienen corazón de pastores.  Este oráculo de la perícopa de hoy promete darles un corazón humanizado, ablandado, capaz de Misericordia.

 

Con la imagen de los huesos secos a los que el corazón Tiernísimo de Señor, les hará crecer carne y recobrar vida -en una como imagen paralela de la Creación del género humano en el Génesis (segundo relato) aquí el punto de partida ya no es barro originario, sino huesos revitalizados-, se ilustra, con imágenes, el oráculo del capítulo 36. Esta profecía les ofrece la reunificación de los dos reinos que ya no volverán a dividirse. También profetiza que se superará la idolatría con las acciones deplorables que ella traía aparejada. Se volverán fieles cumplidores de los estatutos que Dios les dé. Les propone -para ese futuro- una Alianza de Paz que durará eternamente. Y, en medio de este Paraíso Terrenal, pondrá su Santuario para siempre.

 

Algunos elementos de este oráculo deben tenerse muy presentes: Ezequiel aparece como un agente activo de esta recreación. YHWH hará una contra-diáspora, llamándolos de la dispersión a la unidad. Los llevará de nuevo a la tierra que le otorgó a Jacob, pero en estado de deportación, ellos no son vivos, ni un pueblo viviente, porque carecen del culto, y un pueblo sin su culto no es más que un montón de huesos sin alma, sin ánima, inanimados. Repatriarlos y reconstituirlos es propiciar que vuelvan a tener su Templo, que vuelvan a adorar, que resurjan a la vida de nuevo: ¡Una Verdadera Resurrección!

 

Esta profecía luminosa no pretendo eclipsar el hecho de que muchos de los deportados se asimilaron en Babilonia, y allí se quedaron.


El propio Yahvé, se encargará de su purificación. Otra vez, ellos serán su pueblo y Dios será su Dios. El Mesías será el “príncipe” como se le llama en el verso 25. El Gran Pastor será el propio Yahvé. Ha surgido una teocracia donde Dios está Presente, actuando. Esta acción será una actuación Misericordiosa, de Santidad. Este prodigio será verdaderamente como sacarlos del sepulcro y reconstituirlos en su patria, la tierra que había sido dada a sus padres.

 

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Sal Jr 31, 10. 11-12ab. 13

Por fin llega el retorno a la patria

No son propiamente un Salmo, son tres estrofas entresacadas del Libro de la restauración (caps. 30 y 31 de Jeremías). Se requiere una Nueva Alianza para poder reconstituir a este pueblo que ha sido descuartizado y desmantelado en el exilio y que ha perdido su unidad y su identidad. No tiene Gobernante, no tiene Templo, no tienen culto y andan como “ovejas que no tienen pastor”.

 

En la primera se plantea la necesidad de un liderazgo de regeneración, de un pastor para este rebaño: YHWH los llevó a la dispersión y los hizo probar los sinsabores del ostracismo. Así como los llevó en deportación, así ahora, nuevamente, lo reunirá y lo cuidará. Como corren los ríos por su cauce, así estos desbandados convergerán hacia las tierras que son propiedad del Señor, así los hará retornar a su patria, en torno a Jerusalén. ¡Cómo una carne que se agolpa, resucitada, en torno al corazón!


Por eso, ahora, después de la diáspora sobrevendrá la risa, la fiesta, el danzar, el gozarse y solazarse de todos, en el pueblo elegido, los niños, los jóvenes y las jovencitas, los adultos y hasta los viejos, mudaran su tristeza en alegría. El Señor se los dice:  hay esperanza de un porvenir, el sol no se ha apagado; habrá regreso a la patria, como hubo que desechar la Antigua Alianza, la esperanza se dibuja con las letras de la palabra NUEVA; será la Nueva Alianza la amistad duradera y estable del pueblo con su Dios YHWH.

 

El rasgo preminente de la Nueva Alianza es que -ya no estará escrita en Tablas de Piedra- sino que, ahora estará impresa en nuestro propio corazón. La Palabra germinará en el corazón humano, y de él brotará la Bondad misma que será fruto de todo corazón honesto.

 

 

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Jn 11, 45-56

Me gustaría entrar -aunque solo fuera por un momento- en la mente de estos terroristas del absurdo. Conocer por qué intrincados caminos mentales llegaron a esa demencia de la violencia inútil y salvaje. Saber cómo fueron sus vidas. Entender quién les mutiló a ellos el alma antes de que ellos intentasen mutilar una estatua o destruir el recuerdo de un hombre milagroso que vivió hace siglos. Me gustaría entenderles, no condenarles.

José Luis Martín Descalzo

El nombre Lázaro significa “ayudado por Dios”. Vaya ayuda suprema que Dios le brindo: ¡regresarlo a la vida! Algo nos parece muy curioso, en el sexto “signo”, Jesús da la vista al ciego de nacimiento, y él da testimonio, incluso con una actitud algo desafiante, con un tono abiertamente crítico, y con clara parresia; tal vez los padres se muestran un poco timoratos al declarar y evaden tener mayor responsabilidad, pretextando que aquel “ya es mayor de edad y puede dar testimonio por sí mismo”.  En cambio, en el caso de Lázaro, no pronuncia palabra alguna. ¡Lázaro quizás temía que esta vida de resucitado iba a necesitar muy urgentemente hacer uso de su Resurrección! Lázaro, tanto como Jesús, quedan condenados con este “Séptimo signo”, la muerte empezará inmediatamente a pendular sobre sus cabezas.


Muy, muy interesante resulta esta decisión del Sanedrín de condenarlos a muerte. Pensemos un poco: La familia de Lázaro quiere hacerle un homenaje, lo convidan para una Cena, como es muy lógico están felices con lo que ha pasado. Pero, ¿por qué el resto está más bien alarmado? ¿cómo puede ser que la vida genere preocupación? ¿por qué a estos se les detona sus instintos asesinos?

 

Dentro del dialogo que sigue nos encontramos dos tendencias muy claras:

a)    La mayoría, ἐπίστευσαν* [episteusan] “creyeron” en Jesús. Con esa información se abre la perícopa (v. 45). *Deriva del verbo πιστεύω [pisteuo] “creer”.

b)    τινὲς [tines] “Algunos”, (dice en el verso 46); lo entendemos como “unos pocos”, puede significar, también, “un cierto uno”, “de todos los demás sólo uno”. (Como dice cierto proverbio popular, “un garbanzo basta para echar a perder la olla”).

 

Estos últimos ¡croac, croac!, (me disculpo con los sapos que fuera de dar saltos, no tienen nada que ver con este tema), saltan a contárselo a los fariseos, y estos -junto con los Sumos sacerdotes- son los correveidiles del συνέδριον [senedrión] “Sanedrín”, “Junta Suprema”. Es este “organismo” -que podemos entenderlo como la “Corte Suprema”, con competencias, civiles, religiosas y penales-, el autor intelectual de la muerte de Jesús. Sin embargo, esto no resuelve el problema de “sobre quien cae la sangre” y “qué fue lo que los llevó a decidir así”. En San Juan, la lectura -de superficie- pretende justificar y desplazar el motivo al miedo “imperialista”: Si los romanos se percataban de que “Este - Tipo” está haciendo todos estos “signos” «Si lo dejamos, todos van a creer en Él, y las autoridades romanas vendrán a destruir nuestro templo y nuestra nación”» (Jn 11, 48), las consecuencias afectarían a la nación entera -pueden llegar a bombardearnos y a invadirnos. Uno se interroga, ¿es miedo o son pretextos?

 

No se necesita gran astucia para darnos cuenta que, si ellos no lo hubieran mirado con ojos de “enemigo”, habrían procedido, al contrario: lo habrían cuidado, lo habrían protegido, hasta lo habrían “ocultado”: si lo hubieran visto con ojos de “compatriota” lo habrían prohijado, lo habrían patrocinado como a uno de los suyos, se habrían adherido a su causa. ¡Pero no! Ellos lo ven como un “rival”, como una “competencia”, como un “opositor”. Ahí está el quid de este crimen. Son intereses y posiciones tendenciosas los que mueven a los asesinos. (Se trata de un complot para arrestar a Jesús).

 

Hay una parte -sumamente importante a nuestro parecer- Caifás (este nombre es de origen arameo y significa algo así como “hombre de corto entender”, “persona pusilánime”), “profetiza” que Jesús va a morir, no sólo por el pueblo, sino para unir a los que están más allá, los de otras etnias, fuera de los hebreos, pero también “hijos de Dios” como quedó señalado en la profecía caifásica.


La perícopa se cierra señalando que Jesús se vio obligado a reforzar su “clandestinidad” en Efraín, cercano al desierto, en territorio de Samaria; y que la “orden de captura”, fue expedida y publicada, en circular roja (nos parece que ahora se dice así).

jueves, 26 de marzo de 2026

Viernes de la Quinta Semana de Cuaresma

Jr 20, 10-13

Entre todos los profetas del Antiguo Testamento, Jeremías es sin duda la figura más semejante a Jesús.

Carlo María Martini

Jeremías significa “YHWH levanta”, nació en el 650 a.C. de familia sacerdotal, se cree que descendiente de Abiatar -sacerdote de David- desterrado por Salomón. Actuó en la misma época de Sofonías, Nahúm y Habacuc. Del 1, 1 hasta el 25, 14 contiene los oráculos a Jerusalén y Judá; Está perícopa -que se lee hoy- viene del bloque formado por 7,1 – 20,18, que registra los oráculos pronunciados en la época de יוֹיָקִים Yoyaquim, 609 – 598 a.C. fue una época durísima para el profeta, estamos exactamente en el primerísimo bloque de este Libro, donde se nos presentan esos mensajes sobre Judá y Jerusalén; se suele decir que este tiempo fue el “Getsemaní de Jeremías”. El profetizó en la era de los últimos cinco reyes de Judá: Josías, Joacaz, Yoyaquim, Joaquín y Sedecías.

 

La perícopa está insertada -como un sándwich- entre dos perícopas que se refieren a la crisis vocacional de este profeta (20, 7-9. 14-18), una confesión que hace Jeremías de su desespero ante la crueldad de su experiencia profética: Allí declara que profetizar “violencia y destrucción” se le ha convertido en escarnio constante, y dice que preferiría no haber nacido y que nadie les hubiera dicho a sus padres que él estaba en camino. Está crisis vocacional se inicia con la manifestación de que el llamado fue una seducción de parte de Dios y él se considera seducido, forzado y violado.

 

Se debe decir e insistir que hay una evidente similitud entre la vida de este profeta y la de Jesús, y que ya en los tiempos de Jesús ese paralelismo era evidente. Aquí, lo que se toca hoy, es precisamente esa amenaza a la vida de los dos, ese riesgo de ser lapidados, Sus “amigos” -dice él, con acento irónico- le buscan el “quiebre”, tratan de engañarlo con preguntas amañadas a ver si les da materia de acusación y condena. Es -como si hubiéramos saltado al Evangelio y leyéramos algún trozo entresacado de esta unidad de San Juan, comprendida entre los dos signos, el sexto y el séptimo, a saber, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, donde Jesús se muestra como el Yo-Soy.

 

Concluye la perícopa dejando todo en manos del Señor, rogándole que libre al אֶבְיוֹן [ebyon] “pobre” (“menesteroso”) de las manos de la gente רָעַע [ra´a] “perversa”, “hacedores de maldad”, “buenos para nada”. Por esta razón lo alabamos, es por eso que le cantamos, porque nos ha liberado de las manos de la “gente perversa”.

 

Si contextualizamos con las otras Lecturas de Hoy y de esta quinta semana de cuaresma, encontramos la persecución y el acoso por parte de las propias gentes, sus cercanos, que en vez de apoyarlo y protegerlo, lo azuzan, lo desprecian y lo persiguen en la misma tónica que Jesús se muestra perseguido y acorralado por su propio pueblo, sus amigos más íntimos, en especial en los capítulos 7-8; pero, no menos en la perícopa del capítulo 10 -el del Buen Pastor-, de San Juan del que vamos a leer hoy, donde el prólogo muestra -nuevamente- las manos de los judíos crispadas sobre las piedras donde no ven en ellas otra cosa que armas asesinas, su voluntad -como veremos- es apedrear a muerte a Jesús.

 

Cómo puede ser esto, al Señor no se le escapan las santas intenciones del profeta, su honestidad. Dios mismo ha escaneado con minuciosidad las entrañas de Jeremías, y, ¿qué se ha encontrado en ellas? A una persona coherente, un profeta modelo de fidelidad, que cumple su misión a pesar de los tropiezos y descalabros con los que se enfrenta a cada paso.

 

Para concluir por hoy, queremos llamar la atención sobre esa extraña sinonimia que plantea Jeremías entre el אֶבְיוֹן [ebyon] “pobre” (“menesteroso”) y el צַדִּ֔יק [saddik] “el Justo", “el hombre recto”. No hay otra manera para adentrarse en la rectitud, para poder vivir la coherencia que buscando los caminos de la rectitud: alinear la conducta propia con principios rectos, con la verdad y con el bien común, es -por lo tanto- una cualidad moral de integridad, honestidad y justicia. La rectitud sufre de honda compatibilidad con la coherencia y con la procura del bien común, de esa posición que prioriza la projimidad por encima de la indiferencia egoísta.


«Señor, Dios fiel, ayúdanos a descubrirte en nuestras crisis; en ellas es donde tu amor y grandeza nos salvan. Ayúdanos a desenterrar semillas de esperanza para dejarlas germinar, crecer y dar fruto. ¡Señor, hoy somos Jeremías!» (José Luis Caravias s.j.)

 

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Sal 18(17), 2-3a. 3bc-4. 5-6. 7

Salmo de acción de Gracias. Porque Dios -más temprano que tarde- nos asiste con logros y liberaciones, sanaciones y prodigios, porque todo cuanto recibimos de Él es puro Don y su Único Motivo -detrás de todo- es el Amor. Dios es eso: un castillo amurallado, estratégicamente ubicado para hacerlo inexpugnable, por eso lo llamamos “fortaleza”, מְצוּדָה [matsu´d] “alcázar”, porque Es la sólida edificación fortificada que me resguarda del ataque enemigo.

 

Y decimos mi fortaleza, mi alcázar, mi libertador, mi baluarte, Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora ¡no porque pretendamos adueñarnos de las cosas santas!, ya sabemos que todo lo Santo sólo es de Dios. Pero les anteponemos el “posesivo” para declarar que Lo hemos aceptado, que es el Dueño de cuanto somos y de todo lo que Él nos ha dado, que Él es el Único Rey de todo nuestro existir. Y sabemos -también- que no le podemos quitar a nadie, ni un poquitín de aquello que les da a los que también lo han aceptado y reconocido como su Dios y su Rey. “¡Envidiosos, apartaos! No sois sus dueños, en cambio ¡Él sí!


 

Lo invoco, porque Él es mi Libertador, El que me protege de los que actúan en contra mía y se ponen en contra Suya, Él nunca desatiende mis ruegos, Él presta Su Oído a mis gritos desesperados, Él me escucha y me autoriza a llamarlo a gritos siempre que tenga menester de Él. Por mucho que grite, no lo ensordeceré; pero cuanto más grite, más sabrá que sólo me fío de Él.

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Jn 10, 31-42

Esta perícopa se inserta en el Libro de los “signos” como se ha llamado a la primera parte del Evangelio de San Juan, que inicia con el prólogo (1,1-18), luego si viene el Libro de las señales:(1, 19 – 12,50) -que se pueden separar en dos bloques: los capítulos 2-6 los signos de vida; y, los capítulos 7 al 12 los signos de “muerte”, que alcanzan hasta “la hora llegada”; emparedada entre el penúltimo y el último “signos” (9, 1-41 y 11,1-44), el del Ciego y el de la Resurrección de Lázaro.


Podríamos estudiarla en 5 segmentos:

1.    Se dispone el conato de lapidación.

2.    Razón para lapidarlo, dicen ellos que, porque Él “se hace pasar por Dios”.

3.    El hace las obras que el Padre le ha confiado y para las cuales lo ha revestido de Poder.

4.    No pueden detenerlo y se les “evade” de las manos.

5.    Alusión al Testimonio que a favor de Jesús dio Juan el Bautista.

 

Como podemos ver, la acusación es porque ellos creen que se hace pasar por Dios, y no descubren que su filiación con el Padre está respaldada y testimoniada por las Obras Prodigiosas que son “Signo” precisamente de ser el Hijo, ya que sólo dotado del poder de Dios-Hijo se puede obrar lo que Jesús realizó.

 

Esto los delata como “ciegos” que no aceptan ser curados de su ceguera. Pero, en ese contraste, se trasluce que Jesús Es el “Yo Soy”. Quizás de allí nació el adagio, “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Esta ceguera no es la del pueblo, el pueblo sencillo lo acepta, lo reconoce, lo aclama, lo recibe, bate palmas, tienden los mantos a su paso; son los “judíos” -que, como ya lo hemos dicho, deben entenderse como “aquellos que no aceptan el mensaje de Jesús”, y no como distinción racial-  de la clase sacerdotal y de los escribas y maestros de la Ley, que se aferran y se cierran apretando estrechamente su interpretación y su dogmatismo, y bloqueando toda nueva interpretación, estos lo que quieren es defender a capa y espada sus odres viejos, y derramar el Vino Nuevo a los pies de una Cruz.

 

Pero hoy en día, la historia se repite, hay muchos que están empecinados con su versión tradicional, lo ven llegar y le gritan “blasfemo”, “se rasgan las vestiduras”, y sacan sus ahorros para poder reunir las 30 monedas de plata. Quieren que Dios sea como ellos lo han venido pintando, tiene que ajustarse a las medidas y caber exactamente en la camisa que le fabricaron. No pueden abrirse a ver que esto ya sucedió, que nosotros esperábamos a un cierto Mesías, pero Dios nos sorprendió con otra Versión, no con uno “poderoso”, sino con Uno-Manso-y-Débil.

 

El predicador puede afirmar que la historia no cambia, que la fe -sin tomar en cuenta la época, sigue incólume- toda la fe se muestra como un “fenómeno” a-histórico, rígido como un riel, y siempre igual. Así que cuando Dios manda y ordena explorar nuevas rutas, probando nuevos senderos, todos se encrespan y se ponen nerviosos, ¿por qué? Porque ese enfoque les hemos entregado, les hemos “enseñado” que todo tiene que seguir igual.

 

Pero evidentemente, Dios no se empecina en enseñarle el Credo a un hispano-parlante en alemán, o en latín; y no le pide a la Iglesia que mecánicamente repita las rutas del siglo pasado. Pero hay que puntualizar, lo que cambia es lo superficial, la exterioridad, porque la esencia si permanece inalterable. ¡La esencia es Jesucristo!

 

Hace su aparición otro testigo: se trata del precursor, Juan el Bautista. La referencia tiene un detonante topológico, están en el mismo marco espacial que Juan el Bautista tenía para    su labor bautismal; se aclara que Juan no hacía “ningún signo”; más ahora, está aquí Jesús que hace signos que solo Dios puede hacer. Si Jesús es un hacedor de bondades, ¿cómo pueden estos pretender que Jesús es sirviente del mal? El Malo solo obra maldades y de su árbol solo se recogen frutos podridos. Jesús, por su parte, hace las obras de Bondad que Dios había ofrecido, las que había predicho ¿de dónde y de cuándo acá el Malo se va a dedicar a las Obras Misericordiosas de Dios? ¿No se han dado cuenta que el Malo es impotente para obrar las acciones del Bien? ¡Si el malo tratara de hacer algo bueno, inmediatamente caería muerto de un infarto de sus glándulas perversas que no pueden secretar nada distinto a la maldad!

 


Estos engañadores profesionales, estos “judíos” redomados e impenitentes quieren hacer creer que ¡alguien puede ordeñar una vaca y hacerle salir duraznos de las ubres! O que Belcebú puede cosechar de una vid gorrioncillos petirrojos.   

miércoles, 25 de marzo de 2026

Jueves de la Quinta Semana de Cuaresma


Gn 17, 3-9

Podríamos, para su estudio y comprensión, dividir el Génesis en dos partes:

a)    Hasta el capítulo 11, inclusive, es la Creación del mundo y la introducción de la humanidad, y cómo el pecado se coló en la realidad de esa Creación.

b)    El linaje del pueblo hebreo, y -en general- de la humanidad que reconoce a YHWH como su Dios. (caps. 12-50).

Esta segunda parte, aun podríamos descomponerla en dos ciclos

-       Las parentelas y clanes que dieron origen al Pueblo Elegido. (Caps. 12-36)

-       Los diversos hechos que muestran que Dios acompaña a su Pueblo y actúa favorable y misericordiosamente con él. (Caps. 37-50)

 

Si queremos rastrear el desarrollo del Génesis hasta llegar a la perícopa que se lee hoy, podríamos marcar las siguientes etapas:

a)    La vocación de Abram (Gn 12, 1-19.)

b)    La lucha por mantenerse libre y conseguir una tierra propia donde habitar. (Gn 14, 10-24).

c)    Establecimiento de una relación con YHWH, donde Dios le promete y él le cree. (Gn 15, 1-20)

d)    La alianza se arraiga (Gn 17, 1-27).

 

La perícopa de hoy tiene dos elementos, definitivos para que la Alianza eche raíces:

-       YHWH le cambia el nombre (o sea que le cambia la vida), de Abram, que significa “Padre excelso” por Abraham que significa לְאַ֖ב הֲמֹ֥ון גֹּויִֽם׃ [le ab hamoun gouyim] “Padre de una multitud de Pueblos”.

-       La Promesa de YHWH

 

Veamos cuales son los elementos (clausulas) de esta Promesa:

a)    Hacer a Abraham especialmente fecundo y padre de reyes.

b)    Dios mantendrá con su descendencia una Alianza Perpetua: Será su Dios y el de toda su descendencia.

c)    Les entregará la tierra en la que -en ese momento- eran sólo transeúntes (Canaán).


El texto de la Alianza concluye con una sola condición de reciprocidad: Que tanto él como su descendencia mantengan el cumplimiento de la Alianza: Es decir, ser siempre conscientes de que YHWH es nuestro Dios. El compromiso es mantenernos apegados a nuestro monoteísmo, a ese Dios-Único, en Tres-Personas-Distintas.

 

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Sal 105(104), 4-5. 6-7. 8-9.

Este es un Salmo de la Alianza, insistiremos hasta el cansancio que este es una clase de salmos con una destinación litúrgica muy precisa: renovar la Alianza. Lo más similar que tenemos a la mano son la renovación de Votos, por parte de los cónyuges. Uno se podría preguntar, ¿para qué se hacen renovaciones de votos? Y la respuesta es tajante: ¡Para revitalizar la relación! ¡Para poner al orden del día la clara consciencia del vínculo que los une! ¡Para significar que la fuerza del amor sigue tan viva como el primer día! ¡Para significar que, si hoy me lo volvieran a preguntar, gozosamente volvería a dar el “Si”!

Hay otra alianza que renovamos con mucha frecuencia los católicos: ¡La Eucaristía!

Con la Eucaristía actualizamos la Entrega hasta el Sacrificio del Hijo de Dios, que nuevamente se nos da en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, valga decir, que de nuevo se entrega integralmente para nuestra Salvación, y nosotros le respondemos que, el Amor Agradecido que le profesamos sigue vivo en todo su esplendor.

En la primera estrofa la parénesis es de apoyarnos en Él, fiarnos de Él, amarrarnos a su Poder. Y, hacer memoria agradecida de sus favores, y de su Palabra.


En la Segunda estrofa dice a Quién le habla el Salmo, estas palabras ¿a Quién están dirigidas? Al Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, al Dios de nuestros padres. Y, al mismo tiempo, tiene una tiernísima connotación: Él nos inserta en su Pueblo, nos reconoce miembros de este linaje, el que empezó en Abraham. Sea para Él, ¡el Dominio, la Potestad y la Soberanía sobre toda la tierra!

 

Por fin, en la tercera estrofa se garantiza que Dios tiene una Memoria portentosa, una Memoria que nunca olvidará y que sostiene en el lugar privilegiado de sus Recuerdos, el haberse Aliado con nosotros.

 

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Jn 8, 51-59

Antigüedad de Jesús en la historia de Israel

Jesús ha venido al mundo para hacernos conocer al Padre, para guiarnos hacia Él, para reconciliarnos con Él.

Papa Francisco

La perícopa del Evangelio está articulada con Abraham como Padre de nuestra fe, como patriarca de nuestro linaje, como ascendiente de nuestra estirpe de creyentes. En ella se manejan, cuatro aspectos íntimamente articulados


     1)    No morirá para siempre, quien guarde la Palabra de Dios.

2)    Si Abraham murió y los profetas murieron, ¿cómo es que Jesús pretende poder dar la Vida Eterna? Le preguntan los judíos.

3)    Jesús tiene que reconocer que Él conoce a Dios-Padre, porque no puede volverse mentiroso negándolo: es Dios-Padre quien glorifica a Dios-Hijo; así lo declara aquí el mismo Jesús.

4)    Abraham se alegrará de ver cuando Jesús se Encarnó: a eso Jesús lo llama τὴν ἡμέραν [ten emerán] “su Día”.

 

En el verso (Jn 8, 58) se engarza -nuevamente- la identidad de Jesús con el Santo Nombre de Dios, cuando Él se auto-denomina “Yo-Soy”. De esta manera, la perícopa no resulta como un elemento más del discurso, sino que hilvana perfectamente con la totalidad del capítulo que pone de manifiesto que es Dios, en cuanto es el Hijo-de-Dios. ¿Quién, sino Dios, podría otorgar la Vida Eterna?

 

Se recordará que el Evangelio de Juan se consignó precisamente en el contexto de la expulsión de los cristianos de las sinagogas, y del rechazo por parte de los fariseos de esta que, para ellos era una secta. Pero, también ha de tenerse presente que Jesús era judío, era el rey de los judíos, que los Apóstoles eran judíos, y que muchos de los primeros seguidores del cristianismo lo eran. Después de la Resurrección ellos siguen frecuentando el Templo. Cabe destacar que San Pedro y San Pablo, también eran judíos. Cuando, en este Evangelio se habla de judíos, se debe recordar que el contexto ha cambiado. Y la actitud de los judíos hacia el cristianismo se volvió recalcitrante. Sin embargo, también cabe recordar que ellos siguen siendo la raíz del Pueblo escogido, que la promesa de la Alianza es una promesa Eterna, que somos hermanos en el linaje abrahamico, y que esta expresión -como se usa aquí- no debe dar pie al fomento del antisemitismo. En Jn 4, 22 podemos leer que “la Salvación viene de los judíos”.

 

Aquellas expresiones despectivas, y muchas veces peyorativas, hacía el judaísmo, eran -a falta de otra palabra y para evitar complicaciones explicativas- una manera de denotar a cierto núcleo jerosolimitano de dirigentes y de autoridades del Templo. En los versos precedentes a la perícopa de hoy, encontramos que -por labios de Jesús- son declarados “de su padre el Diablo y quieren realizar los deseos de su padre” (Jn 8, 44).

 

Pretenden lapidarlo, -de tal manera, el sujeto de la lapidación ha cambiado radicalmente: al inicio del capítulo, es la adultera, al final, será Jesús; ya habíamos dicho que, de todos modos, el propósito era acorralar a Jesús y encontrar pretexto para asesinarlo- hay aquí, entonces, una denuncia en retrospectiva, cuando señala que ellos lo quieren matar, y muestra la decidida voluntad que tenían de hacerlo; a todo ello se refiere el Evangelio según  San Juan, como previo, siendo que la redacción del documento se efectuó después del año 60, y muy probablemente, llegando el 100.


Mientras la propuesta de Jesús es una propuesta de Vida, los dirigentes del Templo optaron por una religión de muerte -contra lo que muchos pensarían-, que la cultura de la muerte es de esta época, ¡no es así! (lo que pasa es que esta cultura en nuestros días se incrementa en su tecnificación, en su eficacia para generar muerte), sus corifeos se han mantenido activos a todo lo largo de la historia. 

martes, 24 de marzo de 2026

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR


Is 7, 10-14; 8,10

Se trata del Primer Isaías -Profeta Pre-exilico- de Jerusalén, en el reino del sur, cuando ya se había dado la división respecto de Judá en el norte. Inicia con una introducción 1, 1- 5, 30 donde se exponen las desviaciones que se están cometiendo en este tiempo: hay acaparamiento de tierras, los tribunales -a sabiendas- dictan fallos injustos, se desmandan en orgias y se rinde pleitesía a los Baales, y se idolatra el dinero. El culto se propone ocultar, de manera cómplice, la injusticia social que perjudica a los más débiles de la sociedad.

Todo el capítulo sexto se ocupa de la vocación del profeta y 7,1 – 9, 6 integran el Libro del Inmanu-El. De aquí tomamos la perícopa de hoy.

Es el primer aviso para Acaz (o Ajaz), hijo de Jotán rey de Judá entre el 734 y el 715 a. C. (aproximadamente, otros investigadores dan fechas distintas). Isaías le trasmite de parte de Dios a pedirla una א֔וֹת [oth] “señal”, pero esta se puede entender de una manera dual: desde una óptica significa, pruébeme que, si lo cumplirá, desde otra óptica significa: deme un recibo contrato con el que pueda demandar el cumplimiento de lo ofertado. Acaz da unas razones religioso-bíblicas para no pedir la señal, lo cierto es que él prefiere comprometerse con las potencias vecinas antes que confiar verdaderamente en Dios. En su época, una manera de sellar un pacto con los extranjeros era asumir la religión ajena y adorar sus dioses. Es exactamente lo que hace Acaz, quema incienso y llega hasta sacrificarle su propio hijo -atentando contra la dinastía davídica-  al Baal, en el שְׁאוֹל Sheol (valle de Hinóm). (2Cr 28, 2-4)

Acaz no pide la señal, entonces, YHWH de su propia iniciativa, le propone una promesa que no tiene fecha de cumplimiento: הָעַלְמָ֗ה Ha’almah [ja- almáh] “una doncella” está en cinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Immanu-El que significa “con-nosotros-Dios”. Si hubiera querido decir “Virgen” habría usado la expresión בתולה [betulah]. Ha sido el traductor al griego -quien socorrido por el Espíritu Santo- tradujo “Virgen” con la connotación que nosotros veneramos. Subrayamos también el hecho del artículo indefinido הָעַ [ja] “una”, que deja abierto de quién se trata, y la incertidumbre de en qué época vendrá a concretizarse históricamente.


Según el uso de aquellas culturas, cuando un hijo estaba destinado a ser rey, era engendrado por la divinidad, y el papá biológico no tenía nada que ver. Así el “designado” era hijo del dios y su madre, quien para resaltar la divinidad del heredero era la llamada a darle el nombre. Esto tiene respaldo en documentos egipcios encontrados.

Que sea “con-nosotros-Dios” recoge lo que ellos vagamente habían visto -aun cuando mal comprendido- que Dios no es un dios-local, sino un Dios-sinodal, que no cesa de ir con nosotros y que no está preso en el Templo, sino que es Libérrimo.

 

 

                       

 

Sal 40(39), 7-8a. 8b-9. 10.11.

בָ֑אתִי [bati] “Aquí estoy” es una expresión de apertura, de disponibilidad, de acatamiento, de entrega, de donación. La expresión significa: “doy un paso al frente”, “me acerco” (dispuesto, disponible), “camino hacia el altar para hacerme hostia”. quizás una de las aproximaciones más cercanas a esta expresión es la “vida consagrada”: al hacer sus votos, habiendo procesado todo el peso y la resonancia del compromiso de la entrega, el monje o la monja, se acercan al altar y el Abad, la Abadesa o el Obispo le preguntan, desde su libertad, sobre la disponibilidad, sobre la capacidad de su entrega. La persona sabe que se da completamente, sin cortapisas, llevando la obediencia como Confianza, porque es al Enamorado a quien se entrega, y esa aventura le conducirá -quien sabe dónde- pero siempre junto a su Amado. Lo que se pide no son ofrendas, ni sacrificios, lo que se da voluntariamente es “La Vida”: «Para hacer Tu Voluntad, lo quiero y llevo tu Ley en mis entrañas». Como hemos insistido, es un Amor “entrañable”.


 

Uno de los votos que hace el “comprometido” es el de בָּשַׂר [dabar] la proclamación de la Salvación que es el regalo que retorna el Amado. El “comprometido” se convierte en un “anunciador”, en alguien que no para de dar la “noticia”. ¿De qué nos habla la noticia? De la חָ֫סֶד [chesed] “misericordia”, “bondad”, “clemencia”; de su אֱמֶת [emeth] “firmeza”, “rectitud”, “verdad”.

 

Aquí hay un canje, una especie de “conversión” por parte de Dios, Él ya no quiere ovejas, vacas, corderitos; Él ahora quiere que seamos nosotros mismos los que voluntariamente subamos a la piedra de los sacrificios, nos brindemos, y estemos dispuestos a vivir para glorificarlo, para anunciarlo, para mostrar sus proezas a favor nuestro; todo, todo nuestro ser es ofrecido y ofrendado. Hasta nuestras fallas y pecados, para que Él los sane.

 

                       

 

Hb 10, 4-10

Nadie me la quita, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo poder para entregarla, y también tengo poder para volver a recibirla. Esto es lo que mi Padre me ordenó»

Jn 10, 18abc

Jesucristo es Sumo y Eterno Sacerdote, el ofrece el Sacrificio; y Él mismo se hace Sacrificio, Él es la Víctima propiciatoria, Él paga el Rescate y así se convierte en el Redentor. En aquellas culturas -en la que vivió el pueblo judío antes y durante el Éxodo-, matar una res era un sacrificio bastante grande, era privarse de algo bastante necesario, era la carne de la comida, significaba abstenerse varios días, quedarse sin la dosis de proteína. ¡tenía su mérito!

Pero la deslealtad de ese pueblo se manifestó en que “el precio” de redención no les dolía. Tenían tantas vacas y tantos animales para sacrificar, que dejó de ser valioso y significativo.

Entonces, Dios se humanó, se ofreció a Sí mismo. La Víctima era lo más Grandioso que quepa imaginar: era Nuestro-Propio-Dios, ¡era el Amado el que era asesinado!

Ya desde los orígenes de nuestra religión, Dios nos puso a pensar lo que significa llevar al Ara al amado; en el episodio del sacrificio de Isaac, vemos a Abraham caminando hacia el Monte Moriah, y le solicita al hijo que se acueste en el Altar. Ya sabemos que Dios no permitió el sacrificio, pero nos dejó pensando: ¿qué clase de locura era aquella? ¿Cómo podía pedirle al pobre viejo que sacrificara a su hijo único?

Si nos ponemos a pensar los que Dios Padre hizo para redimirnos, y si vemos como Jesús se acostó voluntariamente en la cruz, entonces, en ese momento entendemos que Todo Dios, no sólo Jesús, sino Todo-Dios se sacrifican por su Pueblo, por sus Elegidos. En esta perícopa de Hebreos podemos escuchar la expresión de libre aceptación por parte de Jesús: “Aquí estoy yo para hacer tu Voluntad”.

 

                       

 

Lc 1, 26-38

Dios entra, … Como con miedo de llevarse en sus aguas, en su ola, todo el mundo de ilusiones. Y cae como lluvia temprana en el corazón virgen, bello, trasparente y puro de María. Pone su pie como sobre nieve de cumbre. Pone sus ojos como el viento sobre la montaña. Pone sus manos como la primavera, sus flores en el almendro. Pone sus labios como la madre sobre la mejilla del niño. Pone su corazón sobre el corazón de María. Así Dios.

Emilio L. Mazariegos

Se dice que la Encarnación de Dios es el salto más largo que da la Divinidad. En la cruz, Jesús salta de vivo a muerto, pero en la Encarnación el salto es de Dios a Hombre. Hay una hermosísima Alianza en este episodio que llamamos la Anunciación, Dios pide -a su Criatura- que, desde su entera libertad, acepte participar en la Aventura Redentora.


«En Lucas parece haber un texto hebreo subyacente. En cualquier caso, toda la descripción está caracterizada por semitismos que, por lo general, no son típicos en él. Se ha intentado entender las propiedades de estos dos capítulos, Lucas 1-2, a partir de un antiguo género literario judío, y se habla de un “midrash-haggadico”, es decir, una interpretación de la Escritura, mediante narraciones. La semejanza literaria es innegable. Y, sin embargo, está claro que el relator lucano de la infancia no se sitúa en el judaísmo antiguo, sino precisamente en el cristianismo antiguo. Pero este relato es también algo más: en él se describe una historia que explica la Escritura y, viceversa, aquello que la Escritura ha querido decir en muchos lugares, sólo se hace visible ahora por medio de esta nueva historia… Esta no era reconocible en las palabras por sí solas, pero las palabras alcanzan su pleno significado a través del evento en el que ellas se hacen realidad». (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI)

 

No se trata de volverse גְּבִירָה la Madre del Rey [gəḇîrāh], de la raíz hebrea [gbyrh] "Gran Dama" o "Reina Madre" era una figura política y religiosa decisiva en el Reino de Judá, no en el del Norte. A diferencia de las esposas, la madre del rey ostentaba el máximo poder femenino. Sólo la madre de un hijo rey puede llamarse reina, apareciendo como Gebirah: grande y poderosa. Ese título implicaba dignidad y poderes especiales, como lo muestra el caso de Betsabé, la madre de Salomón (1 Re 2, 19; cf. 2 Re 11, 1ss; 5, 21); actuando como consejera principal y defensora del pueblo ante el monarca; no se trataba de sentarse cómodamente en el Trono de David. No se trataba de los honores y reverencias que recibiría la Reina-Madre. No se trataba de ropas finas y elegantes y de coronas reales.

 

Se trata, por el contrario, de lo inexplicable, de lo imprevisible, de lo incomprensible, de lo inabarcable. Por eso, decimos que se trata de una experiencia inefable: ¡No hay palabras para acercarnos! Lo que dice el relato del diálogo entre María y el Arcángel San Gabriel resulta poco informativo. Es como periférico. Da la vuelta alrededor de la Luz, pero no llega a la Luz. Es prácticamente un relato anecdótico.

 

κεχαριτωμένη [kejaritomene] “Favorecida con toda la Gracia estable de Dios” El Ángel le dice que Ella está totalmente repleta del Amor de Dios, que ha sido preparada, purificada, limpiada, y que ese proceso es un “empaque al vacío” eterno, perfecto, que nunca se debilitará, que conservará esa condición de plenitud “por los siglos de los Siglos”. Alcanza a insinuarle, sin entrar en filosofías, ni en categorías “intelectuales”, que no habrá participación humana en la paternidad; será de lo más simple, Πνεῦμα Ἅγιον ἐπελεύσεται ἐπὶ σέ, καὶ δύναμις Ὑψίστου ἐπισκιάσει σοι· “El poder del Altísimo te cubrirá con su Sombra” Para nosotros la palabra clave aquí es ἐπισκιάσει [episkiasei] de las raíces epi: “sobre” y skiazo “echarle sombra”, “eclipsar”.  

 

Durante la Eucaristía hay un momento metafórico, es el momento en que el Sacerdote coloca las manos “sobre” las especies del pan y del vino, para “hacerle sombra”. Esa sombra no es la que obra la “transustanciación”, sino el “poder” del Espíritu Santo, pero obrando sobre elementos materiales y concretos de nuestra realidad, se evoca lo que de ninguna otra manera podríamos “entender” de lo sacramental. La Unción sacramental que ha recibido el Sacerdote, la Iglesia le otorga la capacidad de obrar semejante “prodigio”: Invocar al Espíritu Santo y garantizar su Presencia.

 

La sombra que cubrió a la Virgen Santísima debió ser totalmente invisible, ella no podía ser mínimamente eclipsada. La expresión “sacramental” nos deja ver cómo obró Dios en Ella Ἰδοὺ δούλη Κυρίου· [idou e doule Kyrión] “He aquí la esclava del Señor”. Ella da el paso al frente y se pone a disposición. Su respuesta es de dulcísima sumisión, se ofrece como “esclava”. Le toca a Ella el turno de pronunciar su propio “Heme aquí”. Y ella “admitió”, pronunció el permiso, el asentimiento: γένοιτό μοι κατὰ τὸ ῥῆμά σου. [genoito moi kata rema sou] “Hágase en Mí según tu palabra”. Ella no fue esclavizada, pero se ofrece voluntariamente a asumir la Divina Voluntad como si fuera la suya-propia, ofreciéndose con suma disponibilidad, con total asentimiento.


 

Vamos a redundar incluyendo aquí el #2617 del Catecismo de la Iglesia Católica:

«La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la Encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo (cf Lc 1, 38); en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo (cf Hch 1, 14). En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho “llena de gracia” responde con la ofrenda de todo su ser: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de Él, ya que Él es todo nuestro».

 

«Dios se acerca de puntillas como para no sorprender a la joven María. Dios ha esperado la cita y llega como un enamorado… Es la hora de comenzar de nuevo la Historia… y Dios vocaciona a María. Dios le presenta su plan… Dios le ofrece un proyecto… María se estremece. Dios calla. María se anonada. Dios espera. María hace silencio. Dios escucha. María pregunta. Dios salta de gozo. María no entiende con la cabeza. Dios le habla al corazón. María se abre a la llamada. Dios derrama sobre ella la fuerza del Espíritu». (Emilio L. Mazariegos)