Lm 2, 2.10-14. 18-19
Este
Libro en hebreo se llama איכה [eika] “ay”, también se le llama קינות
[kinot] que significa
“cantos fúnebres”; habría que empezar diciendo que este Libro es un lloro sobre
Jerusalén destruida. Se piensa que su hagiógrafo fue un testigo presencial de
esta destrucción. En la Biblia Hebrea (Tanak) no está integrada a los profetas
sino a los Ketubîm (Escritos). En cambio, la Biblia de los 7º lo ubica
justamente después de Jeremías, este fue el motivo más probable de asignarle su
autoría a Jeremías.
Si
queremos una datación podemos suponer razonablemente el 586 a.C. Durante mucho
tiempo se atribuyó a Jeremías, pero esto ha resultado no ser más que eso, una
“atribución”.
Nuestra
palabra “Lamentaciones” es de origen latino, está emparentada con la palabra
“clamor” que por cierto se dice que es una onomatopeya que imita el sonido de
un “gemido”. De allí viene lamentatio que significa en lengua latina “lloro”,
“quejido”, “gemido”. «… Lamentaciones evidencia una interpretación Deuteronomistica
de la destrucción como resultado de la desobediencia, junto con un anhelo de
restitución del templo de Jerusalén…. El lugar de las ruinas se convirtió en un
sitio de ritos de lamentación, en el que los habitantes del país recitaban
oraciones como las que se recogen en nuestro Libro de las Lamentaciones». (Jorge
Pixley)
Podemos
intuir cuál es el marco emocional de estas lamentaciones:
i.
Hambruna
ii.
Sed
iii.
Incendios
iv.
Matanzas
v.
Saqueos
vi.
Desarraigo forzado
Podemos
aquí enumerar una serie de consecuencias de la Destrucción de la Ciudad Santa (587
a.C.) representada como una viuda:
a) El templo fue
quemado
b) Desapareció el Arca
de la Alianza.
c) Se rompió la
Sucesión Davídica
d) Las personas más
pudientes y los líderes de la comunidad fueron deportados
e) Todo esto
repercutirá en la aparición de una nueva “identidad” en lo político y en lo
religioso: De allí brotará el “judaísmo”, la comunidad judía.
Lo
han perdido todo. La desesperanza lo tiñe todo. Muy a pesar de lo cual, la fe
se sostiene aun cuando nimbada de dolor. «A menudo imaginamos que el territorio
de Judá había quedado vacío después de que Babilonia tomó a Jerusalén y llevó
mucha gente al exilio. Pero eso no es correcto: los exiliados pertenecían a la
clase dirigente, intelectuales y profesionales especializados. Muchos
permanecían allí, principalmente los campesinos». (Euclides Martins Balancin)
No
hay nada que presagie una salida o la restauración. La crítica está de acuerdo
en la datación de las Lamentaciones previo el 538 a.C.
i)
La primera Lamentación puede calcularse que data de poco
después al 586 pero hay quienes la fechan para el 598.
ii)
La II y la IV pueden provenir de una cercana posteridad al
586 -como mínimo, un año después de la catastrófica destrucción.
iii)
La II y la V son de principios de la ocupación Babilonia
586 – 538.
Esta
perícopa que se proclama hoy -pertenece a la Segunda lamentación (2, 1-22- trata
de mostrar la Ira Divina contra Sion); Sion es simbolizada aquí por el ־רַגְלָ֖יו הֲדֹם
[hadom-ragol] “estrado de sus pies”. Entra en la órbita de reconocimiento de
autoridad a las profecías que anunciaban “el día terrible de la Destrucción”. Todo
el mal que ha venido es consecuencia del pecado que ha sido peor que el de
Sodoma. Toda la primera parte se va en la descripción de la calamidad. Nos pasan ante los ojos las distintas clases de víctimas de esta tragedia del Pueblo de
Jacob:
a) Los ancianos
b) Las doncellas de
Jerusalén
c) El propio
hagiógrafo
d) Los niños y hasta
los lactantes que mueren reclamando a sus madres por su alimento
e) Los que quedaron
heridos en los combates; que agonizan en brazos de sus madres.
Mientras
que la segunda parte (versos 13-22) le exige a Sion que se consagre a
lamentarse. Y les ruega que su llanto y sus clamores llenen los días y las
noches.
Un aspecto que no hemos señalado y que ocupa un lugar importante es la denuncia de los falsos profetas, culpables de no haber corregido la dirección oportunamente y haberles profetizado visiones vanas y falsas.
Sal
74(73), 1b-2. 3-4. 5-7. 20-21
¿Qué
queda después de una calamidad de “acabose”? ¡Gemirle al Señor para que Él se
apiade! ¡Qué unja a su pueblo con el aceite de la compasión-Divina!
El
salmista siente y lamenta el abandono definitivo, la cólera inconmensurable, el
rechazo del corazón del Señor. El cantor ruega que el Señor rememore su
elección sobre la tribu de Judá y, en particular, sobre el Monte Sion donde
Yahweh tuvo a bien establecer su “morada”.
Vino
el enemigo -en aquella oportunidad los babilonios- a imponerle su estandarte, a
hollar con su pie las ruinas de la Ciudad-Santa. Ahora el hagiógrafo ruega a
Dios, que Él, personalmente venga y recorra las calles y se conduela de los
despojos de la Ciudad-que-Él-tanto-ha-amado.
Como
si fuera un bosque, la incendiaron. Sus puertas no pudieron contener a los
agresores: hachas y mazas trisaron todas sus defensas y redujeron sus trancas a
puras astillas. El Santo-Templo ardió como pirotecnia para gozo de sus
asaltantes y para desgarrar el corazón del pueblo elegido en girones.
El
salmista suplica al Cielo para que ponga en su Memoria la Alianza que pactaron
y los defienda de la violencia inmisericorde con la que los asediaron. Le pide
que los humildes no salgan de este combate decepcionados y que los pobres y los
afligidos tengan solaz y puedan arroparse envueltos en el santísimo Nombre. En
esta cuarta estrofa el clamor sube de la boca de los humildes, de los pobres, y
de los afligidos, de los destinatarios de su Amor-Preferencial.
זְכֹ֤ר [zekor] “acuérdate”; de la familia de זִכָּרוֹן
[Zikkaron] “memoria”,
“recuerdo”, “memorial”. Es la palabra hebrea regente en este salmo. Donde la antífona
responsorial es precisamente una apelación a la Maravillosa- Memoria-de-Dios:
“No olvides sin remedio la vida de tus pobres”, estos “pobres” son los עָנִי [ani] los protegidos de YHWH (Cfr. Sal 74(73), 19).
Mt 8, 5-17
Bienaventurados
los que pudieran llegar a causarle admiración a Jesús.
Se
muestran dos episodios en los que Jesús se revela “Sanador”, su divinidad se
revela a través de su Taumaturgia. Entre uno y otro se da la oportunidad de que
Jesús se muestre conmovido y verdaderamente tocado por la fe de un “gentil”, se
trata de un Centurión quien da una clase de teología explicitando porque la
realidad toda, le obedece al Señor, de la misma manera que los soldados
obedecen a sus generales.
El centurión se explaya argumentando que la orden de un Alto Mando, no se requiere darla presencialmente, él puede ordenar, mandar decir, y -a pesar de la lejanía que pueda mediar- los subalternos acataran por la “autoridad” de quien dimana la “orden”. Jesús acoge esta explicación reconociendo que los propios miembros del pueblo elegido no han tenido la penetración para reconocerlo y entender cómo se manifiesta la Misericordia Divina a favor de los “creyentes”, en cambio, este soldado sirviente del imperio romano, descubre en Jesús al Salvador.
Muchas
veces, basados sobre una fe mínima, decimos “ya pedir, significa fe”; sin
embargo, esa sólo es una fe minúscula. El siguiente paso es pedir con fe, lo
cual ya entra en un proceso, tal vez aún no logrado, pero en proceso, en progreso.
Existe otra manera de pedir: Pedir convencidos (Cfr. Mc 11, 24b). ¡Seguros, que
lo que se pide se obtendrá!
Ahora
bien, decirlo es supremamente fácil. Desde nuestra más tierna juventud se nos
ha mostrado esta faceta: el pedir. Pero la fe que la apuntala siempre se deja
de lado. El slogan ¡Pedid y se os dará! queda reducido y simplificado sólo a la
presentación de “pliegos petitorios” y ¿dónde queda la fe que le sirva como
base?
La
educación en la fe ¿en qué consiste? Precisamente en evitar este
descuartizamiento, por un lado, el pedigüeñismo, y, quien sabe dónde, la fe.
Religión significa la re-integración de los dos componentes de la oración. Y no
puede quedarse en decir “Mijito, hay que tener fe”; el asunto va mucho más
allá. Si no queremos ser falsos fieles, tenemos que reunificar la fe y la
petición, en particular la oración de súplica, articulándolas con la vida.
Vivir con la fe puesta, con la fe en juego, con una fe “actuante”, que pudiera
llegar a sorprender y admirar a Jesús: “Os aseguro, que en Israel no he
encontrado en nadie una fe tan grande”.
En
este evangelio, a los miembros del pueblo elegido se les denomina “hijos del
reino”, pero Jesús nos informa, no basta ser “hijo del reino” para ser
admitidos a la mesa de Abrahán, Isaac y Jacob.
La
fe no está huérfana en este relato, anda acompañada de su hermana mayor, la
compasión. ¿Nos habíamos fijado? ¿Qué es lo que hace que el Centurión acuda a
Jesús? Darse cuenta que su “criado yacía en casa paralítico con unos dolores
terribles” (Cfr. Mt 8, 6). No simplemente pide para liberarse de un sirviente
enfermo, pide porque se conduele de él, porque sufre sus dolencias como si
fuera en carne propia. La petición ante Jesús suena como gemido, como
lamentación.
En
el segundo fragmento (Mt 8, 14-15) tenemos un muy breve cuadro: la suegra de
Pedro está postrada en cama, asediada por la fiebre. Es un milagro espectacular
(Atención porque lo decimos con ironía para destacar cuan sencillo es Jesús):
primero suenan los redobles de tambor, luego todos los generales y los
centuriones presentan armas, a continuación, habla el Primer Ministro,
señalando la relación del Milagro con las promesas del Candidato Presidencial,
y luego toma la palabra el Delegado Pontificio quien nos explica con sumo
detalle, paso a paso, el milagro de la Sanación de la suegra de Pedro: ¡Le tocó
la mano y la fiebre la dejó!
Simple,
sencilla y modestamente, sin bombos, sin platillos. Sin discursos, ni arengas,
ni aclamaciones
El
episodio concluye cuando, la suegra pide el favor a los generales de disparar
21 cañonazos en honor al maestro. No, para nada. ¡Se levantó y se puso a
servirles! ¡El mayor gesto de gratitud que se puede entregar! ¿De qué sirven
500 cañonazos? ¡será para no dejar dormir al prójimo! El servicio de la suegra
de Pedro es una diaconía fundacional en la historia de la Iglesia. Igual que
hará el Maestro-Divino, se quitará el Manto, se ceñirá una toalla y se pondrá a
lavarles los pies.
Los
versos 16-17 son una coda, dónde el evangelista se remite al Cuarto Cántico del
Siervo Sufriente, en Isaías (Is 52,13 – 53, 12), y se apoya en ese cántico para
hacer la hermenéutica de esta perícopa de su Evangelio, en los versos Is 53,
4-5. Es como si, al concluir la relación de los hechos, con el puntero laser
nos señalara a qué se refiere y cómo interpretar y actualizar, en nuestra
propia vida, la enseñanza.
¡Fe, Compasión y Sencillez! ¡Tomó sobre sí nuestras dolencias y cargó nuestras enfermedades!





















