Hch 15, 1-6
Presionando para que haya “cristianos de segunda clase”
Según manifiesta Lucas,
estamos en un momento central del libro de los Hechos y la historia de la
Iglesia: la primera reunión deliberante que tiene la mira en aclarar y decidir
la teoría y la práctica del cristianismo. Producto de esta primera gran reunión
es la claridad de que la Salvación cristiana depende exclusivamente de la fe en
Jesús, y que no es de ninguna manera necesario pasar por el judaísmo para
hacerse luego cristiano.
Ivo Storniolo
El
primer viaje misionero de San Pablo se calcula que tuvo lugar aproximadamente
entre los años 46 y 48 de nuestra era.
Llegan
unos cristianos judaizantes de Judea a Antioquía y llegan exigiendo que los
cristianos deben cumplir con la ley mosaica, en particular con la circuncisión,
es decir, que deben hacerse por entero judíos. Que se hubiera decidido
predicarle -también- a los paganos, no encerraba un gran problema, era similar
a lo que sucedía con los “temerosos de Dios”, los “prosélitos”, que se
acercaban al judaísmo; un prosélito es un guer (extranjero que se
adhiere) y debían someterse a la circuncisión y al bautismo ritual (mikve);
es un gentil -no judío- que se convierte a la religión judía, adoptando sus
leyes, creencias y prácticas, y es aceptado como miembro pleno del pueblo judío.
A lo largo de la historia de Israel y la Diáspora, personas de diversas
naciones se unieron al judaísmo.
Algo
análogo encerraba su propuesta con los cristianos venidos del paganismo, a
menos que se plegaran a la práctica estricta del judaísmo. Se puede diagnosticar
como un retroceso: se hacer dar paso atrás, -volver a los mismo con las mismas-
se está revisando para imponer lo que hasta aquel momento no se había exigido.
Y debían guardar todas las demás leyes del mosaísmo. Claro, no se tomó esta
propuesta sosegadamente, sino que, como lo dice el texto, “Esto provocó un gran
altercado”. Lo que se estaba proponiendo significaba llegar a tener cristianos
de segunda clase.
Si
esto se aceptaba significaba que la fe en Jesús no bastaba para alcanzar la
Salvación, sería la circuncisión lo que justificaría al hombre frente a Dios. No
era una conversión a Jesús, sino al judaísmo.
Un
primer conflicto se cernía entre Antioquía y Judea, a causa de la conversión de
los paganos y su ingreso a las comunidades cristianas. Comisionaron a Pablo y
Bernabé para subir a Jerusalén a consultar a los apóstoles este asunto. Esta
manera de proceder tiene una profundidad de significación que a veces no
dimensionamos: Significa que ellos no se consideraban “independientes”, sino
que tenían una intensa consciencia de pertenecer a una totalidad y que la
correa de trasmisión, estaba precisamente ligada a la “comunidad madre”, la
Iglesia de Jerusalén. Que poderoso modelo para nosotros, se nos muestra que el
sentido de pertenencia no nace de una autonomía autárquica, sino en el enlace
con los directos constructores y continuadores del proyecto de Jesucristo.
En
Jerusalén fueron recibidos con alborozo tanto por parte de los Apóstoles, como
por los Presbíteros y por la Iglesia entera. Pero, aquí se gatilla un segundo
conflicto: la exigencia de los fariseos conversos al cristianismo de la estricta
observancia del mosaísmo: encontraron también allí, un frente de oposición,
constituido por los fariseos-cristianizados.
La perícopa nos deja -por hoy- en la asamblea de Apóstoles y Presbíteros – se considera acaeció en el año 49 o 50 d.C.- que se reunieron a estudiar el asunto. Nos sentimos obligados a subrayar la honestidad del relato que no escamotea las dificultades que se presentaron, por el contrario, nos va presentando las alternativas propuestas en cada situación, indudablemente iluminadas por el Espíritu Santo que los iba movilizando para que no cayeran en el estancamiento, sino que floreciera en ellos el entusiasmo. El motor que dinamizaba la barca de la Iglesia era -y debe seguir siendo- el Espíritu Santo.
Sal
122(121), 1bc-2. 3-4b. 4c-5.
Un
salmo gradual (הַֽמַּעֲל֗וֹת [ma'alah]
“subiendo las gradas”,
“procesionar por los peldaños”), es un salmo sobre la peregrinación a
Jerusalén, a visitar el Templo. Todas las peregrinaciones tienen su antecedente
en esta marcha ritual hasta el Templo. En verdad se está hablando de otras
“subidas”, son subidas que aluden a una “liberación alcanzada”: se sube de Egipto,
se sube de la deportación de Babilonia, se sube como cada mortal asciende al
Señor “marchando en peregrinación”, a lo largo de toda la vida, y, se subirá al
final de los tiempos.
Este
poema en particular maneja un contrapunto en cada dístico: primero un verso con
tres acentos y luego el siguiente, con sólo dos acentos. Es como una emoción
contenida, casi inmanejable, declamada al compás de la alegría. Hay una dicha
incontenible que pisan ya casi los umbrales de la Ciudad Santa, בֵּ֖ית יְהוָ֣ה.[bet
Yahwe] “la “Casa del Señor”. ¡Estamos ingresando en la Ciudad que Dios se
escogió como Morada!
La primera estrofa nos habla de esta toma de consciencia, ¿qué estamos haciendo en esta sinodalidad? ¿Por qué marchamos juntos en ascenso? ¡Y, al darnos cuenta, שָׂ֭מַחְתִּי [maḥ-tî] “qué alegría!”
La
segunda estrofa evoca una idea de חָבַר [chabar] “hechizo”, hay algo mágico que la defiende, que la sustenta,
que le sirve de basamento.
Recordemos
que en sus puertas se ubicaban los jueces a impartir Justicia. Siguiendo la
“tradición” judaica, se sube para loar y adorar el Santo Nombre. Allí se
proclaman los testimonios de su Grandeza Misericordiosa.
Jn
15, 1-8
El “carácter” va impreso en el corazón
Cristo es la verdadera vid.
Él es esa sabiduría encarnada que produce frutos sabrosos de los cuales nos
habló. Así Cristo sustituye a Israel. Él y las ramas que permanecen unidas a
Él, son como un nuevo Israel. Las ramas somos nosotros, sus discípulos. Debemos
dar frutos de amor y obediencia a su Palabra.
Augusto Seubert
Nos
parece prudente iniciar con la definición del carácter que
imprime el Sacramento del bautismo: El carácter bautismal es una marca
espiritual indeleble e imborrable impresa en el alma por el bautismo, que
configura a la persona con Cristo, la incorpora a la Iglesia y la consagra al
culto divino. Hablamos de carácter como de un sello indeleble estampado en el
alma, en griego ἐσφραγισμένος. [esfragismenos] del verbo σφραγίζω [sfragizo]
sellar: "Gracias a Cristo,
también ustedes que oyeron el mensaje de la Verdad, la Buena Noticia de su Salvación,
y abrazaron la fe, fueron sellados como propiedad de Dios que Él había prometido"
(Ef 1, 13)
En el capítulo 15 de San Juan, encontramos 15 veces la palabra “permanecer”. Y, se nos plantea a modo de “Mandamiento”: Permanezcan en Mí y Yo en ustedes”. No es un mandamiento caprichoso, nos explica el por qué. Sólo injertados en Él seremos fructíferos. Y, nos da una analogía: si Jesús es la Vid, solamente unidos a la Vid, el κλῆμα [klema] “sarmiento” carga. Y, pegados a la Vid, que es Jesús, la cosecha será prolífica. Y ¿cómo llegamos a ser “sarmientos”? sólo si logramos entender nuestra fraternal “igualdad”, que consiste en no buscar escalar posiciones en Su Amor, y entender que sólo Él tiene derecho a entregar las “preferencias” de Su Amor, y que no hay “ascensos” por “adulación”. La escala de “promoción” del Señor, no es una escalera “meritocrática”. ¡El amor verdadero, ni se compra ni se vende!
Al
contextualizar este capítulo, insistimos -una vez más- que se trata de un
discurso de despedida que tiene por sentido animarnos, dejarnos cimentados en
fortaleza, convencidos que aquello que se suele llamar derrota, es sólo un
proceso de depuración, una “poda” para evitar que seamos como la higuera
estéril. La higuera estéril estaba condenada a ser arrojada al fuego; y, así
todo el que no da fruto, será cortado para despejar el terreno y dar cabida a
otros que -a su vez- serán también podados. ¡Nuestra firmeza consiste en dejar
de temer la persecución, la exclusión, la tortura, y la muerte; todo aquello
que nos condena a permanecer encerrados en “el aposento alto”!
Hay
una joya verdadera, una Joya Celestial que Jesús nos entrega, y que podemos
pasar sin darnos cuenta: “Ustedes ya están καθαρός [kataros]
“limpios” por la Palabra que les he hablado” ¿Por qué resulta aquí hablando de
pureza”? Es que podar está expresado con la palabra καθαίρει [kathairei] “podar”, “purgar”, “eliminarle los elementos
indeseables”, “extirpar”, nos hallamos ante una verdadera cirugía. «Nosotros
acostumbramos podar los palos de aguacate, mango, el café y otros árboles
frutales. Cortamos la madera seca y podamos el copete para que crezca más
ancho. Quitamos los hongos dañinos y los bejucos parásitos que enredan el palo,
absorben su fuerza y lo secan. Así también Dios Padre corta las ramas secas y
limpia las demás para que produzcan más frutos». (Augusto Seubert)
(Hay que recordar que la Viña que plantó el Señor es Israel, que no dio uvas dulces, sino “agrazones”, puro amargor y sinsabores). Pero a nosotros, Jesús nos ha “podado”, con las Palabras que han salido de su Corazón, a través de sus Labios. Esta perícopa de Juan se enlaza directamente con la apertura a los “paganos” de la que nos habla hoy en la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles: Hemos sido constituidos un Nuevo Israel. Esta parte del discurso de Despedida es una llamada clamorosa a “permanecer auténticos discípulos”. Enfaticemos: Nuestra circuncisión no es de prepucio, ¡es de corazón!




















