sábado, 21 de febrero de 2026

AVANZAR EN LA INTELIGENCIA DEL MISTERIO SALVÍFICO

 


Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11

 

La Cuaresma no es el momento de derramar moralismos inútiles sobre la gente, sino de reconocer que nuestras miserables cenizas son amadas por Dios

Papa Francisco

 

Hoy celebramos el Primer Domingo de Cuaresma: La Cuaresma consta de cinco Domingos + el Domingo de Ramos, que también forma parte de la Cuaresma. Hemos de recordar que la Cuaresma va desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo -que este año cae 2 de abril-, en el momento en que se inicia la Celebración de la Cena del Señor, momento en el cual se dará inicio al Triduo Pascual.

 

Entramos en Cuaresma, se trata de abordar la ruta de la Conversión, o sea, se trata de corregir el derrotero y optar por el seguimiento fiel, por el discipulado, aceptado con obediencia, con la docilidad del hijo que escucha el pedido que le hace el Padre.  Es muy frecuente que nos reclamemos cristianos católicos hasta llegar a esta frontera: el desierto. Estamos afirmando que hay un cristianismo cómodo, que asume la fe como un talismán, simplemente como una defensa “mágica” contra todo aquello que nos pudiera “des-confortar”. ¡Sí! Así es, como reza el adagio popular, “unas son de cal, otras son de arena”, para indicar que nunca se podrá aislar la existencia aspirando a que todo en ella sea “color de rosa”; que no nos pase desapercibido que también está el “desierto” con sus tintes ora arenosos, ora rojo oxidado, ora terroso-resecos; y en él encontraremos un Masá, un Meribá, y allí, está la “tentación”, el “retar a Dios”: La Cuaresma nos lleva –es el Espíritu quien nos conduce hasta allí- para que revisemos en el fondo de nuestro corazón dónde están las fuerzas, dónde el empuje, dónde la fortaleza que nos permita acoger, con la dulzura de María, el pedido que nos va presentando Dios, y que va mudando, a cada paso de la vida, según su Santa Voluntad, según lo requiera la Economía Salvífica. 

 

El Árbol de la Vida

La libertad es gozo y tormento al mismo tiempo. A cada rato tengo que escoger…entre el polvo de las estrellas y el lodo de la tierra.

Averardo Dini

 

Disyuntiva, dilema, alternativa, dualidad, opción, elección, todas estas palabras nos ponen en contacto con una misma realidad humana, tan humana que no estamos exentos de afrontarla y que no podemos evadir. No hace mucho que leíamos (VI Domingo Ordinario, ciclo A) en el Libro del Sirácida 15, 15-20, (12 de febrero), como Dios nos pone en frente de “el agua y el fuego” y un versículo anterior afirma que Dios, en el principio, cuando creó al hombre, lo hizo sujeto a su propio albedrío, que le dio libertad de tomar sus decisiones, (cfr. Sir 15, 14). Inclusive, cuando pretendemos no decidir, no elegir, estamos eligiendo “no elegir”, “no optar” esa también es una decisión, y la tomamos nosotros muchas veces por nuestra falta de firmeza para optar o por la negligencia de esforzarnos en dilucidar por qué lado debemos irnos, esta pereza es a veces la pereza de informarnos, la flojera para ilustrar nuestra conciencia para saber decidir.


Es en el juego de las opciones donde el ser humano se juega todo. «Las cenizas recuerdan dos caminos: el camino de nuestra existencia, del polvo a la vida. Y el camino opuesto, que va de la vida al polvo»[1] El hecho de tener libertad para decidir y no decidir simplemente por pulsiones, por instinto, está a la raíz de nuestra definición como humanos, hace de nosotros seres éticos, con responsabilidad; responsabilidad por nuestros actos, pero también por nuestras omisiones, responsabilidad por nuestro propio ser y por nuestras relaciones interpersonales. Responsabilidad social y responsabilidad ecológica. Responsabilidad ante nosotros mismos, ante nuestra comunidad de “prójimos” y responsabilidad ante Dios, aun cuando pretendamos ignorarlo, aun cuando lo negamos. «El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley: animal dotado de razón, capaz de comprender y de discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha sometido todo» (Tertuliano, Adversus Marcionem, 2, 4, 5). Así vamos avanzando por el camino de nuestra existencia: decidiendo.

 

Al avanzar por el camino de la vida, a cada paso encontramos alguna bifurcación, ¿cómo decidimos por cuál tomar? ¿Acaso tomamos la decisión a la “loca” o a la “ciega”? No, si ese fuera el caso no seríamos verdaderamente libres, seríamos absolutamente esclavos de nuestra ignorancia y esclavos de las consecuencias de nuestras acciones. Al contrario, Dios nos creó y acto seguido –al ponernos en un contexto, porque dice el relato bíblico que nos creó afuera y luego nos puso en el huerto del Edén que Él había plantado con toda clase de árboles hermosos y apetecibles (cfr. Gn 2, 8-9)- nos señaló lo que podíamos hacer y nos llevaba al bien, nos daba vida y también nos prohibió aquello que nos dañaba, que nos mataba. Este “mapa” para saber en cada bifurcación del camino por donde nos conviene optar estaba condensado en la regla maestra: “Sólo del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios ‘no coman de él, ni lo toquen siquiera, bajo pena de muerte” (Gn 3, 3). O sea que desde el primer momento nos faculto para saber discernir y así poder tomar opciones a ciencia y conciencia. Momento oportuno para visitar el catecismo de la Iglesia Católica y leer el numeral 1950: «La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y amable en sus promesas».


Ejercitarnos optando y optando bien nos fortalece, nos hace más sólidos, nos acrisola. De la misma manera que optar por la senda alternativa nos debilita, nos hace cada vez mejoras víctimas del error; como cuando decimos que una mentira lleva a otra mentira, así cada desviación, no sólo la mentira sino todo “pecado” nos inclina a pecar más, digamos que, en la medida en que practicamos el pecado nos vamos convirtiendo en especialistas de la pecaminosidad, nos vamos pervirtiendo.


Así, podemos decir que  Dios estampó en nosotros un mapa de las sendas por las que debemos ir y aquellas que nos dañaran para que fuéramos verdaderamente libres al optar. Volvamos al Catecismo de la Iglesia Católica para recordar unas deliciosas palabras de León XIII a este respecto: «La ley natural [...] está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres porque es la razón humana que ordena hacer el bien y prohíbe pecar. Pero esta prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz y el intérprete de una razón más alta a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos» (León XIII, Carta Enc. Libertas praestantissimum).

 

Dios se solidariza plenamente con el hombre

La vida de la Gracia, es decir la vida donde decidimos aceptar la Ley de Dios –no perdamos de vista ni por un instante que al decir Ley de Dios estamos refiriéndonos a una ley amable, a la vía de la felicidad verdadera, aun cuando no sea la ruta aparentemente más cómoda, si es la ruta más feliz- es un derrotero trazado con Amor, con Amor Paternal. De esta misma manera, es Dios, en la Persona del Espíritu Santo –como lo dijimos arriba- quien nos conduce al desierto y nos pone en la vía de la tentación.


Esto puede sonar infinitamente absurdo. ¡Cómo puede un Padre amoroso, un Dios Bueno ponernos en la ruta de la “amenaza”! Y ponemos signos de admiración y no de interrogación porque esto nos deja completamente atónitos. También, cuando éramos niños, nos dejaba atónitos que papá o mamá nos llevaran al Colegio o al jardín Infantil y nos dejaran allí “abandonados”; o que nos llevaran al médico, donde una persona muy “cruel” nos inyectaba – ¡uy! ¡las jeringas!, esos terribles aparatos de torturas infantiles que arrancaba de nosotros los más atronadores gritos-; o, tener la impiedad de llevarnos al odontólogo, esas también eran para nosotros conductas infinitamente absurdas. Y, sin embargo, “el Espíritu conduce a Jesús al desierto ¡para que sea tentado por el Diablo!”, pero ¿qué es esto? ¿Es este el Dios que Jesús llama Padre?

 

Nuestra sorpresa es equiparable a la que nos producen otros dos apartes bíblicos: Abrahán llevando a su hijo para sacrificarlo, e imaginarlo alzar el cuchillo sobre Isaac; o, Dios Padre entregando a su Hijo, el Tres veces Santo, a una muerte de cruz… Es cierto, nuestro entendimiento se muestra impotente ante los amorosísimos designios de Dios.  ¿Cómo podría nuestra pobre mente alcanzar la Infinita sabiduría del Señor?

 

Revisando la perícopa de este Primer Domingo de Cuaresma, ciclo A, en su contexto, nos encontramos que está inserta en el Evangelio según San Mateo, inmediatamente después del Bautismo de Jesús; Dios acaba de abrir las puertas del Cielo para manifestar de Propia Voz su paternidad respecto de Jesús, acaba de reconocerlo como Hijo suyo y, acto seguido, ¡purrumpum, tome!, ¡las tentaciones! Ese es el contexto de esta perícopa. Cuando leímos la perícopa del bautismo nos encontramos con otro inexplicable: ¿Para qué se hace bautizar Jesús si Él no es un pecador? Él no tiene de qué arrepentirse, no necesita conversión y sin embargo se bautiza. Tratando de penetrar este “misterio” nos dimos de frente con una categoría de la Misericordia Divina: La solidaridad. Él se hace bautizar para solidarizarse con nosotros.

 

Cuando leíamos a los clásicos, y llegábamos a esas páginas homéricas donde los héroes Odiséicos iban a la guerra y sus “generales” combatían al lado y hombro a hombro con los soldados rasos, vislumbramos con sorpresa esa solidaridad que los llevaba a exponer su propio pecho en primera fila de combate. También, en el mundo laboral, admiramos esos “ingenieros” que se embarran junto a sus obreros y se ponen las botas de trabajo y no se emperezan de estar codo a codo con su brigada de trabajo. De manera simétrica, nos decepcionan los que sólo trabajan desde su escritorio, tanto como nos desalientan los sacerdotes que predican y no aplican y no viven el espíritu de sus propias homilías; fue así como nació el proverbio popular de “el cura que predica, pero no aplica” "Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. (Mt 23, 2-4). Visto esto, podemos empezar a aproximarnos a este concepto de solidaridad: Porque Dios se hizo verdaderamente hombre: «No se puede afirmar que la tentación de Jesús tenga un sentido moralizante: algo así como “Jesús no fue tentado, sino que hizo como si hubiera sido tentado para dar ejemplo al hombre; en esta forma la persona y la obra de Jesús serían una apariencia, una comedia, Jesús no habría sido un hombre verdadero. Equivaldría a imponer al evangelio un preconcepto sobre la forma como es y debe actuar y presentarse Jesús, una imagen preconcebida de lo que debe ser el Hijo de Dios. Es no correr el riesgo de que Dios se acerque al hombre hasta la identidad total con él y hasta el amor que, porque respeta y acepta la contradicción que padece la creatura, se compromete totalmente en el amor y se solidariza en la ambigüedad de lo humano para salvarlo desde lo interior del hombre.»[2]




Así que Jesús, el Dios-humanado, en virtud de su infinita Bondad, se abaja, se pone la camiseta y la suda, no la suda aparencialmente, la suda de verdad-verdad; se pone las botas con sus obreros y se embarra, no se embarra de “mentiritas” sino que se pone hombro a hombro y codo a codo, a nuestro lado y de nuestra parte. No se disfraza de hombre, sino que ¡se hace hombre! Para rescatarnos ofrece todo, lo entrega todo, se presenta Él para estar de rehén en vez de nosotros y, ¡paga con su Preciosísima Sangre todas nuestras culpas!

 

De esta forma, si Él no hubiera sido tentado, sería un hombre de mentiras. ¡Dios no se habría humanado! Esta es la sustancia esencial del concepto de solidaridad cuando se refiere a Dios respecto al hombre, que Él se hizo en todo igual al hombre, excepto en el pecado, y esa es la única excepción. Y en eso estriba el Plan Salvífico de Dios para redimirnos. El meollo de la salvación es la Divina Solidaridad con nosotros, con nuestra fragilidad, con nuestra debilidad, con nuestra imperfección.

 

Acrisolados

El cristiano no se arrastra bajo el peso de la ley; corre libremente impulsado por el amor.

Florentino Ulibarri

 

La tentación es un proceso que nos purifica, nos fortalece, nos robustece. Nos hacemos fuertes rechazando la tentación. Podríamos resumirlo diciendo de forma muy breve: La tentación en sí misma no es mala, lo malo de la tentación está en ceder a ella.

 

Observemos en primer término que el Malo, al tentar a Jesús, entra en un verdadero tenis Escriturístico con Él. También él hace gala de conocer la Sagrada Escritura y de conocerla muy bien. ¡Caray! Entonces no basta con conocer la Escritura, ni siquiera basta con conocerla perfectamente y declamarla al pie de la letra. Así es. Porque está escrito: “… la letra mata,  más el espíritu vivifica.” (2Cor 3, 6c).


Así, el Malo usa de la Palabra torciendo su espíritu, desvirtuándola, insertando en ella sus embustes. Notemos que cuando engaña a Eva le dice que Dios prohibió, y eso es verdad, que comieran algún fruto de algún árbol, lo cual también es verdad, pero la falsedad que él introduce consiste en decir que “no coman de ningún” (Gn 3, 1b) Eva es consciente que está mintiendo y lo corrige precisando que sólo les prohibió un árbol, el que está en medio del huerto. ¡De la espléndida variedad a disposición, la limitación se reduce al límite mínimo! (Gn 3, 3).

 

Después de la tentación Jesús estará listo para iniciar su vida pública, habrá salido airoso de la prueba, no se ha dejado engañar con la apetitosa hermosura del “fruto” ofrecido, viene a magnifica colación unas palabras de Papa Francisco: “… la necesidad de no dejarse dominar por las cosas que tienen apariencia: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los demás o del éxito, sino de lo que tenemos dentro”.[3]

 

«En las tres tentaciones se presenta, de un modo orgánico el pecado de Adán, que es el mismo de Israel, de la Iglesia y de cada uno de nosotros: robar lo que ha sido regalado. Dios es don: la posesión representa el anti-dios, principio de des-creación, origen de todos los males… Los ídolos del tener, el poder y del aparecer son la estructura misma del mundo: su “nulidad nulificante”, a la cual Dios responde respectivamente con el dar y servir con amor y humildad. Jesús realizó la opción del Hijo: la solidaridad con los hermanos. Ahora existe un choque entre dos caminos de salvación: el suyo, que lleva a unirse a los otros y el diabólico, que lleva a distinguirse de ellos mediante la riqueza, el honor y la arrogancia. El camino de Dios, que es amor y es compartir, es opuesto al de Santanas, que es egoísmo y división. Es una oposición interna que atraviesa el corazón de cada hombre.»[4]


Roguemos –con el salmo penitencial por excelencia- al Espíritu Santo para que frente a cada tentación su Luz nos ilumine permitiéndonos distinguir su oferta de aquella del Enemigo; e imploremos también la asistencia de su fortaleza para que sepamos optar y mantenernos. Sabemos que seremos tentados, no tres sino miles de veces; pero no con pesimismo sino con la alegría de los redimidos, enfrentemos el combate, sabiendo que saldremos airosos apoyados en Aquel que llevó su solidaridad con nosotros hasta identificarse con la debilidad humana en todo, menos en el pecado:

 

Oh Dios,

crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu Santo Espíritu.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.[5]

 



[1] Papa Francisco. HOMILIA EN LA SANTA MISA, CON EL RITO DE LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS. Iglesia de San Anselmo en el Monte Aventino de Roma, 2020

[2] Zea, Virgilio s.j. JESÚS, EL HIJO DE DIOS. Ed. USTA Facultad de filosofía de la Universidad Santo Tomás de Aquino.  Bogotá- Colombia 1989 pp. 57-58.

[3] HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Basílica de Santa Sabina Miércoles 5 de marzo de 2014.

[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2da re-impresión 2011 pp. 49-50

[5] Sal 51(50), 12-14.17.

viernes, 20 de febrero de 2026

Sábado (Después de Ceniza)


Is 58, 9b-14

Ayer quedamos en el versículo 9a de este texto tomado del capítulo 58, es decir, del Tritoisaías, hoy continuamos -sin solución de continuidad- con el 9b.

 

Hay un cuándo para la acción de Dios; evidentemente Dios quiere actuar a favor nuestro, con todo Su Poder. Pero, nosotros tenemos que acoger esa Bondad-Misericordiosa, y darle a Él la “bienvenida”. Para darle la señal de “aprobación” y decirle que nos fiamos enteramente a Él, se presentan unos “requisitos”, y aquí Dios dice cuáles son, por medio del Trito-Isaías (“trito” significa “tercer”). El Señor nos está explicando qué es lo que realmente le complace, porque muchas veces queremos hacer cosas que le gusten a Dios y -por no prestar atención a sus Enseñanzas- erramos el camino y hacemos cosas que le desagradan, y, todavía más grave, muchas veces resultamos haciendo completamente lo contrario de lo que está en su Voluntad.

 

El Señor empieza a manifestarse a través del oráculo profético, llamandonos a evitar dos cosas en particular:

a)    ser un “opresor”

b)    acusar y calumniar. Seguir comprometidos en agarrones y querellas. Y lo más triste, muchas veces, engreídos por esas cosas.

 

En cambio, nos da dos cosas -en positivo-, dos misiones a cumplir, tareas para hacer:

c)    Ofrecerle al hambriento de lo que nosotros tenemos

d)    Y al afligido socorrerlo para que no pase necesidades.

 

Esto tendrá dos consecuencias poderosas a favor de quien lo cumpla:

1)    Nuestra Luz brillará en las tinieblas y se cambiará nuestra oscuridad en intensa claridad

2)    El Señor nos socorrerá con Abundancia y nos concederá salud.

Y, explicándonos como se realizarán estas dos consecuencias favorables hace dos comparaciones, dice que seremos como un “huerto fructífero”, y también, y como “una fuente que nunca se seca”.

 

Recuerden que es un oráculo en el contexto de la ruina que encontraron al volver del exilio de Babilonia, entonces les dice a los del pueblo elegido, a los que regresaron, que las edificaciones -desde sus propias bases- se reconstruirán, y a los habitantes los llamaran “reparadores de brechas” y “restauradores de senderos” porque con su trabajo y su esfuerzo por agradar al Señor harán de aquella tierra nuevamente un país acogedor, agradable para vivir en él.

 

Pasa a resaltar que una parte esencial de la Ley, el Sabbat, Día de oración y glorificación, no es día de negocios, ni de discutir otros asuntos. Guardar el Sabbat es un pilar de la fe judía; para nosotros ¡es el Domingo! -Día de Gratitud y Glorificación al Señor, Día de Oración y Lectura de la Palabra, Día de reflexión y de Acción de Gracias porque el culto sincero abarca pasar una jornada de trato y fuerte relación con nuestro Dios. ¿Cómo se puede reforzar la amistad con Dios? Hay un movimiento esencial y fundamental, ¡es la Eucaristía! este es el Día de reforzar que, si bien murió Crucificado, no se quedó en la tumba, sino que es el Resucitado. La Cuaresma nos llama a poner bajo la luz de un faro resplandeciente que, el Plan de Salvación, destrabó las Puertas de la Eternidad y nos franqueó el paso, no con lo uno y sin lo otro, sino las dos juntas: con Su Cruz y Su Resurrección.


Así que la Ley de Dios o consiste en memorizar “códigos” sino en penetrar profundamente esa Enseñanza y llegar el núcleo de su “verdad”, que podríamos denominarlo el “espíritu de la Ley”, Jesús no vino a revocar la Ley sino a plenificarla, valga traducir esto como a enfocarnos en ese Espíritu: No la Ley por la Ley, sino la Ley desde una perspectiva compasiva y misericordiosa.

 

Sal 86(85), 1b-2. 3-4. 5-6.

Le pedimos a Dios que nos enseñe sus caminos: Los cursos son gratuitos, la escuela está constantemente abierta, todos los días hay clases, se ofrecen diversidad de horarios, se ofrecen todos los servicios litúrgicos, los Sacramentos también se brindan, pero lo que falta es nuestra parte. Asistir, no dejar las aulas de la fe -a las que llamamos Iglesias- vacías, es urgente que cumplamos nuestro rol, no pidamos “escuela de fe” si no estamos dispuesto a tomar sus cursos.

 

Pongamos el ojo muy atento a darnos cuenta que estos “cursos” son una condición para poder andar por las sendas de la Verdad de Dios.

 

Uno puede leer el salmo y decir que es cierto que somos unos “desamparados”, que “somos sus fieles”, que confiamos en Él. Pero… aquí viene el quid del asunto, no cultivamos su Amistad, y lo dejamos hablando solo.


En la segunda estrofa decimos que levantamos nuestra alma hacia Él.   Y eso ¿qué implica? Cumplir con el ayuno que le agrada a Él, santificar los Domingos y Fiestas de Guardar. Leer la Palabra y empeñarnos en cumplirla. Si es así, a no dudarlo que Él nos mostrará su complacencia. Él nos pide escucha, porque la da a Manos Llenas. El nunca deja desatendidas nuestras súplicas. Los que lo invocan no quedan jamás defraudados. ¿Cómo lo sabemos? Por dos razones:

1)    Él es Bueno y Clemente

2)    Es Rico en Misericordia.

 

¡Ahí está la garantía!

 

Lc 5, 27-32

Evitemos caer prisioneros de nuestro “virtuosismo”

Que para ser discípulo no se requiere ser “santo”, sino tener la disponibilidad para esforzarnos en el proceso de “conversión” es lo que parece querernos recordar la perícopa del Evangelio. Se trata del llamado a Leví (Mateo), lo llamó porque era un santo, ¡no, era un publicano! Un impuro, manipulador de viles monedas “romanas”. Para pagar el impuesto y todos los tributos había que ir a la “casa de cambios” y cambiar las monedas judías por monedas del Imperio. Entonces, todo cobrador de impuestos permanecía en la “impureza ritual” era un “indigno”, pero Jesús -que, si algo nos ha enseñado irrefutablemente, es a evadir las discriminaciones- lo llamó.

 

¿Cómo sabemos que Leví estaba bien dispuesto a la conversión? Porque -esa es la única explicación- lo dejó todo para seguirlo. (Seguro que, si lo hubiera dejado todo, por otra razón, la historia empezaría de otra manera, diciendo: “había un cobrador de impuestos, aburrido de ese trabajo y desesperado por dejarlo, y -por pura casualidad- pasó Jesús por allí. El publicano le dijo, Señor, cómo me gustaría ser discípulo suyo, porque este empleo es un asco”. Pero eso no es lo que dice la perícopa. Por el contrario: lo que resalta es el corazón generoso para asumir el desafío, un rotundo cambio ante la salvífica oferta de Quien lo llamó al “seguimiento”.

 

Aparecen los fariseos y sus escribas (aquí los escribas parecen fungir la función de los periodistas y promotores de imagen que van escoltando a los políticos para describir en sus notas las bondades de su escoltado, eran -por así decirlo- la comitiva de propaganda, los publicistas a cargo, los corifeos), vienen a poner en cuestión -contraviniendo lo que Dios les había prohibido por medio del Tritoisaías, ¿recuerdan?: “acusar y calumniar”.

 

Otra cosa es, si lo hacían de malos… No, ¡eran fundamentalistas! eran de esos ultra-ortodoxos que andan buscándole arrugas a cualquier casulla, y cuestionando la Iglesia antes que acatarla. Exageraban su piedad poniendo reparos y vigilando las discriminaciones. Se sentían “muy fieles”, y su quehacer era mantener esa “estricta vigilancia” que los consagraba como guardianes de la ortodoxia. (De esos se encuentra en todas las esquinas, los que hacen de la Ley un bozal).


A veces predicamos el Evangelio poniendo los requisitos por delante, y exigiendo previamente el certificado de Santidad. ¡Y es el revés!

jueves, 19 de febrero de 2026

Viernes (Después de Ceniza)

 


Is 58, 1-9a

Para muchos, Isaías es Isaías, el gran profeta que, por la extensión de este Libro, está colocado entre los profetas mayores. Vivió por allá en el año 765 a.C. y su profetismo se ejerció durante los tiempos de los reyes Urías, Jotán, Ajaz, y Ezequías. Pero hay que tener en cuenta que este es el Proto-Isaías, que dio lugar a una escuela y que su obra, que abarca los caps. 1-39, se prolonga en el Deutero-Isaías, caps. 40-55, llamado el profeta de la Consolación, porque profetizó durante el destierro, y aún hay más, con la repatriación, se dio lugar a un Trito-Isaías (caps. 56-66, que animó los proyectos de re-construcción.

 

La perícopa que nos ocupa hoy está tomada del Trito-Isaías. (esta clase de datos son importantes a la hora de leer, para entender que hay detrás de la Voz del profeta, porque el profeta no habla en el vacío, no es un tipo de sermón prêt-à-porter, que se acomoda a toda situación y que podemos coaccionar para que diga lo que se nos antoja). Tenemos que pasar por la situación de ver las ruinas del Templo, y de llorar sobre ellas, y ver y comprender que haya personas afanadas por su propia casa, o por sus cultivos, o por sus negocios, y no estén tan afanados por el Edificio-Cultual. Sentir, junto con ellos -con ánimo empático- el tan amado Templo destruido, deshonrado, profanado. La Honra-del-Dios-de-Israel venida a menos.

 

Estamos listos para oír estas palabras -francamente cuaresmales- que nos concitan a superar la exterioridad y la superficialidad de lo aparente; a trabajar en una justicia y a expresar nuestra religiosidad más allá de lo puramente externo.

 

Ante todo, el profeta nos llama a la denuncia, a no callar, a no quedar cómplices, sino a tocar el corno de alerta donde el pecado empieza a construir su nicho. Hay que empalmar la observancia exterior con la espiritualidad interior. El judaísmo tiene una celebración de expiación que guarda hondo parentesco con nuestro Miércoles de Ceniza, y es el Día llamado יום כיפור Yom Kippur, “Día de la Expiación”. Allí, en el corazón de esta celebración está puesto el ayuno. Los elementos de ese ayuno, que se deben enumerar para entenderlo son:

      I.        Abstenerse de entrar al lecho conyugal.

    II.        Abstenerse de usar calzado de cuero.

   III.        Abstenerse del uso de adornos de oro.

  IV.        No se pueden bañar: sino “acostarse sobre saco y ceniza”.

    V.        No pueden comer ni beber. (Este es el elemento exclusivo de nuestro ayuno).

 

La palabra ayuno viene del latín ieiuno y significa “hambre”, por eso, para nosotros “ayuno” es prioritariamente la tarea de pasar hambre por precepto religioso, (palabras como desayuno, significaría lo-que-quita-el-hambre, o lo que rompe el ayuno). En cambio, en hebreo es צ֔וֹם [tsom], y ya nos damos cuenta qué es.

 

Tienen sus propias formas de ayuno otras religiones como el islam, el judaísmo, el hinduismo y el budismo. A nosotros nos compete saber de qué se trata el ayuno del que habla Dios y cuál es el ayuno aceptable a su querer.

 

Ahora bien, en contraposición, la perícopa del Tritoisaías nos señala las características del ayuno que quiere el Señor:

      I.        Soltar las cadenas injustas

    II.        Desatar las correas del yugo

   III.        Liberar a los oprimidos

  IV.        Quebrar todos los yugos (¿qué queremos imaginarnos para que este compromiso no nos toque? que se trataba de romper los aperos agrícolas)

    V.        Partir tu pan con el hambriento

  VI.        Hospedar a los pobres sin techo

 VII.        Cubrir a quien ves desnudo

VIII.        No desentenderte de tu parentela, con truquitos como el “corbán”.

 

Ah, pues esto es otra cosa. Aquí el judaísmo da un paso gigantesco para convertirse en otra cosa totalmente distinta. Nos hallamos frente a una religión Nueva, de otro tipo.


La profecía que estamos leyendo nos exige desenmascarar los “gatos” que estamos promoviendo y poniendo en circulación haciéndolos pasar por “liebres”.

a)    El día de ayuno es un Día comercial, para hacer negocios.

b)    Apremian a los empleados y trabajadores para que les rinda más y la producción sea mayor que otros días.

c)    Arman bonches, y se pelean que da miedo para cumplir con todo decoro su ayuno, inclusive, aprovechan la fecha para uno que otro bombardeo: “Hieren con furibundos puñetazos”, así lo decía el profeta porque en esa época no existían nuestras contemporáneas tecnologías de muerte.

 

El profeta resume el asunto así: “No ayunen de esta manera si quieren que se oiga su voz en el Cielo”.

 

Verdaderamente, ¿queremos ser escuchados?

 

No desoigamos estas sirenas que son la voz del profeta -recordemos que el profeta lo único que hace es prestar la voz a YHWH- nos pone bajo alerta, pensemos en los bombardeos y las sirenas que los anuncian, esa es la alarma que nos advierte el bombardeo del pecado en nuestra vida. Que esta Cuaresma sea la oportunidad de entender, por fin, cuál es el ayuno que complace al Señor.

 

Sal 51(50), 3-4. 5-6ab. 18-19.

En la primera parte del Tiempo ordinario, estuvimos considerando en el Libro de Samuel, la narración de David y su “pecadillo” con Betsabé, la de Urías, el hitita. Y, la denuncia que el profeta Natán hizo para hacerlo caer en cuenta de la “tamaña embarrada” que había cometido”.

 

Nos parece hermoso que El salmo presenta una conducta de reparación, este pecador que nos presenta el Salmo, es alguien consciente que no se puede conformar con hacerse el arrepentido, sino que de alguna manera tiene que “reparar” el daño causado. Y ¿qué es lo que ofrece? Hacerse apóstol del Señor, proclamar y anunciarlo:


“Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza”.

 

No es suficiente decir “me arrepiento”. Hay que sentar las bases para construir otra realidad donde no domine nuestro pecado. Es preciso plantar una carrilera recta, sin desvíos, integra, que no introduzca injusticias para sacar provecho.

 

Pero hay algo que acrecienta la enseñanza que se nos da en este Salmo, y es que la complacencia de Dios no está en los זֶ֫בַח [zebach] “Sacrificios”. Sino en un corazón quebrantado y humillado, eso, ¡Dios no lo desprecia!

 

De nuevo nos encontramos en un traslado hacia la interioridad, hacia lo profundo del corazón, porque es en ese territorio donde se sacraliza lo que se entrega. El corazón es el Altar -por excelencia- donde el hombre puede colocar su ofrenda para hacerla cercana a YHWH. Por eso, este dístico (vv. 18-19), forma el eco responsorial que se repite como conclusión de las tres estrofas:

 

Mt 9, 14-15

No nos lo dejemos arrebatar

Ayuno -venimos ratificando, significa “no comer”. ¿Quiénes son los que no comen? ¡Los muertos! Los muertos por el pecado, ayunan porque el pecado los ha matado y lo único que arrastramos -como un contrapeso que no nos deja volar- es un cuerpo biológico.


Nosotros, ¿por qué no ayunamos? Porque Jesús murió por nosotros, para que nosotros no muriéramos, para ganarnos la Vida de la Gracia, la Vida Eterna. ¡Nosotros si comemos porque el pecado no nos pudo matar, ¡Jesús nos dio el elixir de su sangre-redentora!

 

Tenemos que ser muy conscientes que dónde está Jesús no cabe la muerte, que Él la derrotó completamente, y que Él es Dios-con-nosotros. ¡Si! Él está aquí, acompañándonos, y lo reconocemos como el Emmanuel, por eso tenemos que saber que no necesitamos ayunar, pasando hambre porque Él se quedó como Banquete Eucarístico, y ¿es que pueden guardar luto los amigos del Novio mientras Él está con ellos?

 

Durante el Santo Sacrificio de la Misa, el Cuerpo y la Sangre se separan, como sucede en toda muerte; pero con la Inmixtión, in- (en, hacia dentro) y mixtio (mezcla), derivado del verbo miscere (mezclar): Cuerpo y Sangre se vuelven a juntar y celebramos regocijados la Resurrección. La Inmixtión define el acto de mezclar o introducir una cosa en otra; en el ámbito litúrgico señala la unión del Cuerpo y la Sangre. Ya no estamos ofreciendo el Sacrificio, sino Festeando la Resurrección. Y, a partir de tal momento, Él nos hace co-participes de su Victoria sobre la muerte, entonces, para celebrarlo, no ayunaremos más, pasaremos a comerlo: Manjar de Resurrección que correrá por nuestras venas y transustanciará nuestra Carne Pecadora en su Carne Inmortal.

 

«Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y en el compartir. Es un signo de toma de consciencia y de responsabilidad ante las injusticias, los atropellos, especialmente respecto a los pobres y los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia». Papa Francisco


Tenemos el ayuno que es solidaridad con el pobre, con el subyugado. Y el des-ayuno sacramental que es himno de Victoria por el Resucitado que nos restauró y nos libró de las pesarosas consecuencias del pecado.

 

No ignoremos tanto poder que Libera. Pero, para eso, hay que vivir apasionadamente la Vida Sacramental.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Jueves (Después de Ceniza)


Dt 30, 15-20

Si dividimos el Deuteronomio en cinco partes, -tomando en cuenta los discursos de Moisés: 1º Es el discurso introductorio, capítulos 1 al 4; 2º. El Segundo Discurso de Moisés, formado por los capítulos 5 al 11, incluye el Decálogo: Dt 5, 1-21; 3ª. Está dedicada al “código Deuterocanónico, son los capítulos del 12 al 26; 4ª: La Celebración de la Alianza, capítulos 27 y 28, 5ª formada por los capítulos 29 y 30; la perícopa de hoy cierra la cuarta parte. La cuarta parte nos habla de recompensas y castigos. En particular, el capítulo 30 nos habla de “las condiciones para la restauración y la bendición”: El Señor nos pone en la encrucijada, se trata de una bifurcación del camino, donde Dios nos da a elegir entre la חָי [chai] “vida” y el טוֹב [toub] “bien”, “prosperidad” -de una parte, y la מָ֫וֶת [maved] “muerte” y el רָע [rah] “mal”, “adversidad” -por el otro. Constituye el último discurso de Moisés. Luego vendrá una especie de epílogo, donde se establece a Josué como sucesor de Moisés; Dios le permite a Moisés contemplar desde el Monte Nebo la Tierra de Promisión, en la que no entrará; y, finalmente, Moisés da su bendición a las tribus de Israel, muere en tierra moabita, y es sepultado. Con lo que se cierra el Pentateuco

 

Según el Deuteronomio, la Primera Alianza se casó en el Horeb, pero hubo una Segunda Alianza que se casó en Moab Dt 29-33.

 

Si se elige lo primero, vida y bien, habremos de seguir los caminos que Dios nos ha marcado con sus preceptos, mandatos y decretos. Y recibiremos bendición. ¿Qué significa la bendición? Que, si elegimos seguir al Señor, recibiremos vida para nosotros y para nuestros descendientes. Implica amar al Señor, servirle, escuchar su Voz y adherirnos a Él.

 

En cambio, si resolvemos irnos por el camino de la idolatría, de la infidelidad al Señor, nuestra heredad será la muerte, porque esa es la herencia de la ignominia, la que da el Malo.

 

Esta Nueva Alianza es testimoniada, no por divinidades cósmicas (como se hacía en los pactos del Antiguo Oriente), sino por el Cielo y la tierra, valga decir, todo lo que Dios creó actúa como jurado, para dar el veredicto “justo” según nuestra manera de obrar. Por eso la ira de la naturaleza se vuelca contra los infractores, arrastrando a su paso, a los inocentes que recibirán holgadas compensaciones, por el daño que ellos no cohonestaron.

 

Esta oferta nos llama a liberarnos de fuerzas egoístas, las fuerzas hedonistas, las de la inmediatez del placer. Algo así como ser capaces de posponer el deseo y la auto-indulgencia, en aras de satisfacer la Alianza, cumpliendo lo que a nosotros toca en tal Pacto.

 

Téngase muy en cuenta que esa cohibición la cumplimos, nunca como satisfacción de los caprichos de alguna divinidad, sino como preservación de los males que acarrean, porque -aunque se nos pase desapercibido- son sendas de perdición y autodestrucción.

 

No estamos -en todo caso- coaccionados para la elección. Somos libres para equivocarnos y atentar contra nosotros.


Estamos obligados a recalcar -así sonemos reiterativos- que la libertad conlleva el riesgo de irnos “barranca abajo”, si no fuera así, nuestra libertad sería una mentira. Pero el precipicio no lo creó Dios: somos nosotros los zanjadores; los barrancos los hacemos nosotros con una retroexcavadora que se llama “pecado”.

 

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6

Al que escoge armonizándose con la Voluntad Divina lo llamaremos “justo”. Por el contrario, al que elige antagónicamente, es el “impío”. En esta bifurcación se estructura toda una antropología cristiana. Porque va más allá, el que elige el bien, no solamente gana lo que ha elegido, sino que gana además lo “mejor”. No se trata de una elección cualquiera, en ello va una apuesta de toda la vida: el cero contra el infinito. Y recordemos que “pieza tocada, pieza jugada”.

 

Por lo general nos parapetamos en el pretexto de “yo no sabía”. Pero, en realidad está siempre a nuestro lado, con las Escrituras, y con la Iglesia. Por esos conductos nos mantiene actualizados. Si entramos en dialogo con estos “conductos”, tendremos información necesaria y suficiente para optar en cada circunstancia y podremos decir que somos seres morales, como quien dice, mucho más que seres escasamente biológicos. Seres morales son los que tiene “responsabilidad”.  Dios nos “invita” y, como nosotros somos seres morales tenemos la capacidad de responder “a sabiendas”. Esta capacidad de dar respuesta es lo que se llama “responsabilidad”.

 


Viene el siguiente subterfugio: ¡No tenemos tiempo! Pero, para algo tan trascendental, tendríamos que poder sacar tiempo. Tal vez sabiendo jerarquizar lo más importante de lo secundario y de lo superfluo y relegar lo menos importante para abrirle campo a lo definitivo.

 

Ahora, frente a este momento de penitencia, podemos empezar por este examen: ¿Qué podemos relegar en nuestra vida para abrirle espacio a Dios? Sabiendo que Dios está ahí, a nuestro lado, pronunciando el Effetá.

 

Hoy tenemos los primeros tres peldaños de esta escala:

1º Poner toda nuestra complacencia en Manos del Señor: No seguir los malos consejos de la gente descarriada. No andar por las sendas de los extraviados, no reunirse con aquellos que se empeñan en nublar nuestra mirada y oscurecer nuestra visión. Por el contrario, sintonizar nuestra vida con la Ley de Dios.

2º. De aceptar el punto anterior, todo cuanto proyectemos ira bien, seremos frondosos y fructuosos. Están protegidos nuestros caminos.

3º De escoger la senda opuesta, seremos como la paja, que el viento juega con ella y se la lleva; y ¿A dónde va a parar? Al montón de escombros que se quema. La paja será presa del fuego.

 

El salmo responsorial retoma la אַשְׁרֵי [esher] “bienaventuranza”: Bienaventurado el que abandona todo poniéndose en las manos de Dios.

 

Lc 9, 22-25

Mi siervo tendrá éxito, será levantado y puesto muy en alto. Así como muchos se asombraron de Él al ver que tenía el rostro tan desfigurado que apenas parecía un ser humano, y por su aspecto, no se veía como un hombre.

Is 52, 13s

Esta perícopa evangélica lucana puede subdividirse en tres partes:

a)    Un Mesías cuyo trono es una cruz y cuya corona es de espinas.

b)    Para seguirlo, está la opción de los “justos”.

c)    Paradójicamente el que lucha por aferrarse se le deshace de las manos; el que se abandona, a ese Dios le traerá todo y se lo entregará como heredad.

Esta paradoja se aclara, tan pronto nos fijamos que lo que perseguíamos con tanta ansiedad eran las riquezas mundanas y no los bienes trascendentes. Ahí fue donde hicimos nuestra elección: al Cielo o al barranco.


Está perícopa viene tan pronto Pedro hace su confesión de fe y reconoce a Jesús por Cristo -en griego- (Mesías en lengua hebrea). Después de ella vendrá la Transfiguración (según el orden observado en el relato lucano).

 

Jesús les habla de su coronación y su entronización en los siguientes términos:

a)    Padecer mucho y ser ἀποδοκιμασθῆναι [apodokimasdenai] “rechazado”, “descartado”, “declarado no apto”, “indigno”. Este descarte lo realizan los sacerdotes y los escribas; (desde el bautismo nosotros somos sacerdotes y escribas, rememoremos que el bautismo nos instituyó “sacerdotes, profetas y reyes”.

b)    Ser ejecutado

c)    Resucitar al tercer día.

 

Para el seguimiento (discipulado) se precisan los pasos a dar:

a)    Negarse a sí mismo

b)    Tomar la cruz cotidiana (cada día trae su afán). Se debe tomar en cuenta que la cruz no es estándar, es “personalizada”, hecha sobre medidas; cada quien llevará la propia.

c)    Seguirlo, cumplidas las dos condiciones anteriores ¡no se pide más!

 

La gran paradoja:

a)    El que quiera salvar su vida la perderá

b)    El que pierda la vida en aras del seguimiento fiel, salvará rotundamente su vida.

 

Y la “piedra de toque”:

¡De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?

 

Ahí es cuando se cae en la cuenta por qué debemos amarnos a nosotros mismos para poder amar a los demás. Sólo cuando justipreciamos lo que valemos, velamos por nuestra verdadera salvación. Sino, andaremos detrás de los bienes transitorios, esos que, por fútiles, se los lleva al viento directo a la hoguera. Así será nuestro evangelio, lleno de patochadas y vanidades.


 Para llegar a fondo de esta revelación se requiere, mirar a los ojos, al que fue abofeteado, flagelado, coronado de espinas y traspasado por una lanza.