martes, 16 de junio de 2026

Miércoles de la Undécima Semana del Tiempo Ordinario


2R 2, 1. 6-14

Iniciamos hoy, un cursillo de seis encuentros en torno al Segundo Libro de los reyes, ya hemos dicho que para nosotros estos son libros “históricos”, sin embargo, para la Biblia judía son Libros proféticos, que se refieren a lo que denominan, los profetas anteriores (Josué, Jueces, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes y 2 Reyes), son anteriores porque cubren los siglos XIII al VII a.C.). En este cursillo, vamos a dedicar los dos primeros encuentros al ciclo de Eliseo, que ocupa en 2R los capítulos del 2-13. Nosotros tomaremos dos perícopas, una del capítulo 2 y otra del capítulo 11.

 

Eliseo fue profeta durante un periodo muy largo: desde los tiempos de Joram, pasando por el reinado de Jehú, hasta el reinado de Joás. Se calcula su muerte hacia el año 790 a.C. El hagiógrafo que compilo las tradiciones de los Libros de los reyes, debió poner por escrito el manuscrito hacia el año 550 a.C. las fuentes a las que recurrió el hagiógrafo se remiten al círculo de profetas que compartieron personalmente con Eliseo, por allá en los años 750 a.C. De él se nos dice que es “hombre de Dios” (23 veces) y que es “profeta” (8 veces), se sobrepone a su titulación por la que proclama lo que Dios nos comunica el oficio de obrar milagros (por eso decimos de él, el “profeta taumaturgo”). Ya hemos dicho algo sobre el ciclo de Eliseo que leemos empezando en 1R 19, 19-21 y 2R 2,1-13,21. Eliseo, era originario de un Valle del Jordán, provenía de una familia bastante acomodada, su padre era Shafat, de אָבֵל מְחוֹלָה [Abel-Meholá] “pradera de la danza”, al sur de Bet-Seán.

 

Tenemos que captar con precisión el objetivo de la perícopa de hoy, como se nota, el foco no se pone en el “rapto” de Elías -que nos enfrenta con el trazo cuasi-mágico, nimbado de misterio-inaccesible-, sino en demostrar que Eliseo ganó la sucesión profética de Elías. Como se nota, no se dice nada de adonde o cómo fue la partida de Elías, se habla, si, sobre el manto, el poder que tiene este manto de Elías, que permite el gran milagro de separar las aguas del Jordán para poder cruzar sin mojarse los pies.

 

Hay que saber que, al primogénito, le correspondía una parte doble de la herencia paternal, ese es el significado de la petición hecha por Eliseo, lo que le pide es que sea tratado como el hijo mayor para heredar el poder doble.

 

Pero, habiendo ya partido Elías, no logra dividir las aguas de un solo golpe, sino que tiene que pedir el prodigio, por dos veces.

 

Esta heredad hace de Eliseo un profeta al que se ha apodado “taumaturgo”, por los múltiples milagros y curaciones que obra, sus mayores prodigios se cuentan en los capítulos 4-6. (que no se contemplan en nuestra liturgia).


 

Se nombran cincuenta profetas que escoltaban tanto a Elías como luego a Eliseo, y estas cofradías fueron corrientes entre los profetas del reino del norte, pero no se ha de suponer que vivían en comunidad, sino que cada uno tenía su casa, su propia familia y sus cultivos familiares.

 

Sal 31(30), 20. 21. 24

Ante un gran milagro, la gratitud es grande y el esfuerzo por mostrar gratitud apela a la creatividad y procura expresar esa gratitud a todo lo ancho. Eso requiere valentía, se hace necesaria la firmeza, no siempre sale todo bien. Cabe aquí recordar que, de este salmo (toma el Crucificado el primer verso) lo recita Jesús desde la cruz, a pocos instantes de entregarse en brazos del Padre. Fue, Su Última Palabra. Por tal, lo proclamamos los Viernes Santos.

 

El verso responsorial (v.24), es el último del salmo, con él concluye. Es precisamente la convocatoria para esa valentía.


La primera estrofa de la perícopa reconoce la Bondad de Dios, dada integralmente a los que le son fieles (ofrecen reverencia al Señor) y su generosidad es manifiesta para los que abiertamente se acogen a Él.

 

Para los “justos”, el Señor tiene Asilo, los resguarda bajo Su Presencia. Para resguardarlos de todo lo que urden los humanos contra él; lo lleva a resguardar el Sancta Sanctorum, para preservarlo de las lenguas impías que atentan contra Dios y contra sus fieles. Las malas lenguas se traban como serpientes conjuradas para levantar una nube de calumnias e insidias.

 

En la tercera estrofa, se nos invita a erigir un monumento de gigante amor para el Señor. Y se les advierte a los soberbios que reptaran precipitándose hacia el abismo.

 

Mt 6, 1-6. 16-18

Continuamos en el Sermón del Monte, que va de 5, 1 hasta 7,29, o sea los capítulos 5 al 7 completos. El Sermón del Monte ocupa estos 3 capítulos. Nosotros lo hemos empezado a reflexionar el pasado Lunes 8 de junio y lo seguiremos trabajándolo hasta el jueves 25 de este mes, inclusive; excepto el miércoles 24, cuando por la Natividad de San Juan Bautista, leeremos del Evangelio según San Lucas.


El Señor nos sigue guiando hacia la perfección de la Ley; pero ahora la perfección apunta hacia los tres actos de adoración para ejercerlos de acuerdo a la Enseñanza. Los actos de culto (limosna, oración y ayuno), lejos de estar dejados al arbitrio del adorador, son guiados por Dios, el Verdadero Dueño del Culto; el culto se rinde a gusto de quien lo recibe, no y nunca bajo el capricho del adorador, que ha de ofrecer culto según las pautas que Dios en su Bondad nos proporciona. y en este caso nos previene del daño de obrar hechos de justicia para posar con ellos ante los hombres. Al obrar de tal manera, Dios no nos dará ningún trofeo y nuestras preses permanecerán estériles.

 

Como ejemplo de obra de justicia nos menciona el acto de dar limosna para que otros nos vean ejercitando la “caridad”. Pero la caridad en vitrina no conlleva mérito alguno. No sirve contratar cámaras para difundir esa aparente “munificencia”, que puede tener otros propósitos como reducir impuestos, o conquistar votos a favor; pero que -en realidad- está totalmente lejos de llegar al Corazón de Dios.

 

Entonces, ¿cómo hemos de obrar la misericordia? con profundo recato y total discreción, la frase que usa Jesús es supremamente ilustrativa: “que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”, hay que dar caridad con circunspección, a tal punto, que yo mismo no sea muy consciente de lo que estoy haciendo, porque el mucho énfasis en el corazón tuerce mi bondad, que ahora es un acto de egolatría: ¡Qué generoso soy! ¡Esta era una virtud que no me conocía! Se hace caridad por amor al otro, al necesitado, no por propia vanidad.

 

Para el Único que tiene que ser visible mi gesto es para Dios, porque a Él nada se le oculta.

 

Pasa algo muy similar con la oración: Muchas veces entramos al templo con amplitud de gestos que nos exhiban, el político, por ejemplo, cercano las elecciones, manda llamar los periodistas para que lo publiquen cuando muy piadoso ora en el templo; cuando por allí nadie los ha visto, desde la última ronda electoral.

 

Al ayunar, también podemos devaluar este acto si lo acompañamos de palidez, de enflaquecimiento, de hondos bostezos sólo explicables en aquel que no desayuno o que lleva desde la tarde anterior sin pasar bocado. Dice Jesús que obremos lo contrario, llegando hasta poner algo de color en nuestras mejillas con algún discreto recurso cosmético, para que ese ayuno sea sólo una cuenta entre Dios y tú.

 

El ayuno inclusive puede llegar a ser objetable,

«El ayuno por dieta ni es necesario a la salud, es también señal de absolutización del propio cuerpo, y lleva a desviaciones.

 

La anorexia y la bulimia tienden a coincidir en las dietas hipocalóricas, en las cuales uno, comiendo no come, ¡puede llenarse de nada hasta el infinito! La carne sin proteínas, la leche sin crema, el dulce sin azúcar, la pasta sin almidón -donde es importante el estar carente, es decir, pura apariencia-, son los nuevos ídolos, que hacen a las personas semejantes a los que los adoran (Sal 115, 8)»

Silvano Fausti


En fin, ya vemos, que no se trata de convertir en “payasada” la práctica de las virtudes, sino en tener la más sincera relación con Dios, porque la virtud no es negocio de la tierra, sino mensaje que se envía en alas de los ángeles a la Divina Morada, roguemos que ascienda a los Cielos como Incienso agradable en Su Presencia.

lunes, 15 de junio de 2026

Martes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario

 

1R, 21, 17-29

La moral termina por tener menor importancia que tiene un rábano

Nosotros, hemos llevado al otro extremo la apreciación del pecado y lo hemos convertido en un asunto “puramente personal”, esto es un gran avance si no tenemos el defecto pendular de irnos al otro extremo. Sin embargo, el pecado tiene un matiz social, que es muy difícil, sino imposible de eliminar: Se trata del “mal ejemplo”, su poder de “difundirse”.  Es inevitable que cuando el pecado se comunica y otras personas se enteran -sobre todo- cuando el pecado es cometido  por una figura pública como un político, un miembro de la farándula, o del “jet set”, la gente del común empieza a pensar que, si personajes tan “notables” actúan así, de tal manera, debe ser que “eso no es pecado”, y que si lo es, no importa, porque eso da renombre e importancia y contribuye -como lo hacen siempre los escándalos- a poner en el orden del día al personaje de marras, así que su pecado tiene un efecto publicitario que agiliza las ventas de su producto o de su imagen.

 

Se ha llegado al límite que, cuando una de esas “figuras” decae en su fama, su agencia de publicidad le fabrica “un pecado” para que su rating se vuelva a disparar y el interés de sus seguidores se reanime. Uno de los más graves inconvenientes de estas estrategias es que las bases morales de la sociedad se corroen y ya la gente no sabe que le agrada a Dios y qué es lo que Dios manda. Es una especie de Babel moral.

 

Vienen, en consecuencia, estallidos de inmoralidad y todo el mundo quiere apuntarse al pecado de moda, para poder surfear en la “onda”. Y, es por esto, que las figuras de relieve, las que llamamos “figuras públicas” conllevan una honda responsabilidad en lo pertinente a las buenas costumbres y en la orientación moral de la comunidad. El daño que causan sus pecados se expande y tiende a adquirir la configuración de una “pandemia”: Las figuras públicas tiene una especie de función de “brújula” en la orientación de los valores que apuntalan y los vicios que asuelan a una comunidad.

 

Perfectamente puede suceder que, el intenso arrepentimiento y las muestras de recomposición del pecador le ganen -de parte de Dios- la remisión del pecado. Pero el “pésimo” ejemplo, se vuelve un contagio que repercute en sus descendientes, que, siguiendo los malos pasos, terminan por recoger las desgracias que son producto de las acciones que sus mayores les inculcaron y promovieron.

 

Ejemplos de estas situaciones los tenemos tanto en David como en Ajab. Ambos, reconocieron su pecado y se impusieron severas penitencias, tratando de purgar sus asesinas culpas. Lograron por este camino, detener las consecuencia nefastas de sus actos; sin embargo, la cadena de pecado se había disparado y -como una verdadera onda sísmica- los terremotos en la vida de sus hijos, de sus nietos y de la descendencia que debería haber ocupado dignamente el Trono que por derecho mesiánico les correspondía, eclipsó totalmente su brillo, y sólo recogieron las réplicas sísmicas, los venenosos frutos que correspondían a su infidelidad, a su idolatría, a su perversión, en fin- a todo el mal cuyas semillas dañosas desperdigaron.

 

Habrá que decirlo nuevamente, aun cuando lo hemos repetido ya n-veces, que no se trata de castigos, porque Dios no es Dios-de-rencores. Se trata de consecuencias, nadie que siembre, digamos, frijoles, esperará recoger una cosecha de nueces o de bananos. Lo que se hace, tiene resultados y da frutos consonantes con el sembradío.

 

Muchos se preguntarán: ¿Cómo se expande esta clase de contagios? Y no se puede dudar ni un instante del valioso papel que pueden jugar los medios de comunicación, donde el Malo los usa -como una “caja de resonancia”- para contaminar las consciencias del pueblo de Dios. Por eso, a nosotros nos cabe la aplicación responsable del “discernimiento”. Todo cuanto se nos propone y todo lo que se impulsa como corrientes de “moda” tiene que ser cuidadosamente sopesado por el “discernimiento” que Dios nos ha regalado, la “voz de la consciencia” juega este papel vital, y hemos de cuidar que la consciencia no sea vulnerada por espejismos que la adulteren.

 

El papel profético, que toca a todos los bautizados, puede como en la perícopa de hoy, ser leído como “enemistad”. Ajab llama a Elías, su “enemigo”, porque los caminos del Malo son cuidadosamente camuflados para hacerlos parecer correctos, los idóneos, los recomendables, y no falta quienes les trabajan a las campañas de la “inmoralidad” para hacer creer a otros que no son actos inmorales, sino el verdadero y pleno uso de la “moral”, y que, aquellos que los señalan como prohibidos, lo que quieren es recortar y coartar la “libertad”, misma que por ser falsa, nosotros la denominamos “libertinaje”. Según ellos, nosotros lo que hacemos es privarlos de sus “derechos”, porque para ellos el mal hay que disfrazarlo de “derecho”, y así llevan a tantos y tantos por los caminos de la perdición. Sí, así es, la bandera que enarbolan es la del derecho -muy legítimo- de irse al Infierno.


 

Llegado a este punto, ellos, muy enojados y poniendo su cara más seria, nos sacan la lengua, nos trataran de todo, “retrasados”, “anticuados”, “momias de museo”, “mojigatos”. Y todos los que están sumidos en la “ola”, aplaudirán y les harán coro, para poder seguir cavando, no hacia la superficie, sino hacia el fondo de la Gehena.

 

Sal 51(50), 3-4. 5-6b. 11 y 16

Hemos pecado

Este salmo es de súplica. Claro está, se suplica por el perdón, casi toda la perícopa está dedicada a reconocerse culpable y a rogar para ser perdonado. Sólo el último versículo -el verso 16- la segunda mitad de la tercera estrofa- tiene otro propósito, ofrecer como exvoto, asumir la misión catequética de anunciar y proclamar esta verdad tan promisoria. Dios es un Dios Misericordioso.

 

En la primera estrofa, el pecador reconoce su culpa decidido a responder por sus faltas. Se trata de una liturgia de expiación: liturgia de arrepentimiento de corazón, de un arrepentimiento sincero, se ha fallado, había una relación armoniosa con Dios, Él nos había otorgado todo lo ancho y lo amplio de su Amistad, nosotros en cambio, hemos defraudado, hemos deshonrado la sagrada “Comunión”, nos hemos caracterizado como quebrantadores de la Ley.


La Halajá, exégesis de la Torah, identifica eso como traición profética, un conjunto de depravaciones que van desde la profanación del templo, los actos de idolatría, la explotación de los pobres y los delitos políticos, donde también se incluye el “mal ejemplo”

Que perfectamente encaja entre los ejercicios de pastoreo “engañoso” y de tergiversación de las enseñanzas.

 

Quien no asume su pecado tiene la conciencia dañada, deformada, no se abre paso hacia el perdón y -como si fuera poco- desvirtúa al propio Dios, entendiéndolo como un Dios severo, amante de la rigurosidad, con una paternidad endeble, un Dios que no se asume en su Paternidad y, entonces, no nos puede acoger en filiación. Ese Dios, es un dios que inspira temor. Dios no nos ha escogido para ser temerosos de Él, pues ningún hijo vive temiéndole a su padre, al revés, a Abbá se le tiene la más sólida y estable confianza.

 

Hay -en la primera mitad de la tercera estrofa- una solicitud dirigida a nuestro Padre Celestial, que Él retire sus ojos de nuestro pecado, que no lo mire más, para que así se inicie el camino del perdón: Al no mirar la falta, la olvidará, es la ¡ternura del olvido Divino”. Al olvidarla, quedará totalmente borrada toda culpa. El olvido de Dios lleva a que ya no exista, no es un olvido amnésico sino un gesto derivado de Su Infinita Misericordia

 

¿Qué le pedimos en el responsorio? Al ser conscientes de nuestro pecado, recurrimos a Él para que nos regale de su Misericordia. La Misericordia limpia de la sangre, la del derramamiento de sangre y de las manchas, que atestiguan contra nosotros, que denuncian que hemos matado o que hemos comido de lo impuro, por no haber desangrado sistemáticamente los animales que se habrían de comer (hacer previamente Kosher los alimentos).

 

Mt 5, 43-48

Poner todo de nuestra parte y Él hará el resto

… que sea la Misericordia la que guie nuestros pasos, la que inspire nuestras reformas, la que ilumine nuestras decisiones. Que sea el soporte maestro de nuestro trabajo. Que sea la que nos enseñe cuando hemos de ir adelante y cuando debemos dar un paso atrás.

Papa Francisco

Una manera de recortar la Ley y acomodarla según nuestro acomodo es reconocer a Dios como Padre, pero no admitir como hermanos sino a algún sub-grupo de sus hijos, por ejemplo, decir que solo son hermanos los de la misma raza, o los que han nacido en el mismo pueblo, o solo mis amigos, excluyendo a los que no sean nuestros vecinos, o a los que no asisten al mismo culto o no hablan la misma lengua. A todos los demás los englobamos en la categoría de “enemigos”. Entonces, adaptamos las palabras, para estar seguros que los únicos “hijos de Dios” son los que yo acepto reconocer por tales, a los demás los excluyo de su Paternidad.


Jesús, en el Sermón del Monte, nos da una definición de quienes han de tomarse como hermanos: Nos dice que debemos usar el mismo criterio que usa Dios, que saca el sol y con él alumbra a todos, y también envía su lluvia indiscriminadamente, hace llover sobre “justos e injustos”.

 

Con toda especificidad dictamina: ¿si solo amamos a quienes nos aman, nos podemos pensar acreedores de algún premio? ¿Si sólo saludamos a los “hermanos”, estamos haciendo algo que merezca aprecio? No, eso lo hace todo el mundo, actúan como amigos de sus amigos y derraman su desprecio y su rechazo a diestra y siniestra. Y luego, venimos a sacar pecho y a creernos “los chachos de la película”. El Evangelio enfoca nuestra atención precisamente en lo que sería un incienso agradable ante la Presencia del Señor

 

Este es el sexto caso que Jesús nos propone en la línea de examinar qué dice la “ley”, y cómo -Él no pretende abolirla, sino que sinceramente pasemos del plano memorístico de la repetición de preceptos al plano de una vida coherente con la Revelación y es que muchas veces tomamos esta como si se tratara de monopolizar la verdad, aun cuando la verdad esté muy lejos de nuestras vidas. Volvemos al punto, Jesús no vino a derogar un código, ni a impulsar una constituyente que modificara el reglamento vigente, sino a enfocarnos hacia el punto crucial: el cumplimiento de la Divina-Voluntad.

 

Tanto como el judaísmo despreciaba a los publicanos y a los gentiles, y aquí Jesús -como siempre lo hacía- viene y nos los propone como ejemplo y modelo, porque en realidad de verdad, los que más despreciamos y marginamos, son -por lo regular- los que, a la hora de la verdad, tienen ortopraxis. Nosotros, por nuestra parte, estamos hinchados por nuestra ortodoxia, pero nos falta recorrer el largo trecho que media entre el decir y el vivir conformes con lo que Jesús proclamó. «Que sea la Misericordia la que nos haga ver la pequeñez de nuestros actos en el gran plan de salvación de Dios y en la majestuosidad y el misterio de su obra». (Papa Francisco)

 

¿En qué momento los publicanos y los gentiles dejan de ser modelo? Cuando se pegan a la letra y segregan a la gente entre prójimos y enemigos.

 

Los mejores candidatos para entrar a llenar la columna de los enemigos son los “perseguidores”. ¿Quién es un διώκω [dioko] “perseguidor”? El que sale a cazarnos y con su “persecución” nos obliga al “desplazamiento forzoso”, nos lleva a pagar escondederos al más caro precio.  Para ellos, ¿qué nos propone Jesús? ¡Rezar por ellos! Este rezar es προσεύχεσθε [proseuchesde] “exponerle a Dios nuestros deseos, llenos de buena voluntad”, “acudir a Dios a suplicarle”, venido del griego εύχομαι [euchomai] “deseo”, “ruego”, “rezo”. Anotemos aquí que la palabra rezar es de origen latino recitāre y originalmente significaba “pronunciar un discurso”, posteriormente pasó a significar “leer en voz alta”, “declamar un poema”, y -en la Iglesia- “recitar letanías” o “pronunciar oraciones dirigidas a una divinidad”, con el sentido de interactuar con Dios para que Él trasforme nuestra voluntad según su Voluntad.

 

Queda diluida la frontera entre el “prójimo” y el “enemigo”. Se manda a amar tanto al uno como al otro. Y se dice que es algo que exige nuestra respuesta comprometida. Hoy el Evangelio empieza por ahí. La Sagrada Escritura va subiendo lentamente hasta el Sinaí del Nuevo Testamento, que es el Calvario. Llegar a esta cumbre que es el amor que incluye inclusive al que nos persigue solo se dará de manera expresa en nuestro Salvador.

 

Pues bien, el que se cree tan “buena gente” que no tiene enemigos es que todavía no   puede oír ni ha abierto los ojos, como esos cachorritos que nacen “sordos y ciegos”. Mientras se está sordo y ciego estamos bloqueados “adentro de nosotros”, como presos. Presos estamos muy lejos de alcanzar la perfección que es la meta que nos propone hoy la perícopa que se proclama. ¡Atención! ¡Jesús no dice: pequen a sus anchas con tal que se arrepientan! Tampoco dice: ¡Dejen que todo salga como salga, que yo voy barriendo detrás! Cuando nos manda a ser perfectos, ¿Creen ustedes, acaso, que es una propaganda política y que lo dijo porque la frase sonaba bonita? ¡Lo que nos dice es que pongamos todo de nuestra parte! Jesús nos propone alcanzar la cúspide del ascenso llegando a ser τέλειός [teleios] “el que alcanzó su finalidad”, “quien logró llegar a la meta”, “el que fue lo más lejos posible”, “el que desplegó al máximo todas sus potencialidades”.


Pero no es cualquier clase de “perfección” allí hay un adjetivo que explica a qué perfección se refiere: Dice οὐράνιος τέλειός [uranios teleios] “celestialmente perfectos”. Este οὐράνιος nos remite a la perfección en los términos de la “dimensión” donde habita Dios. Se da la vuelta completa… ¿queda aparentemente abierta la definición de cómo es la perfección divina? ¡No! ¡Nada de eso! Solo hay que devolverse un par de versículos antes: «… hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos» (cfr. Mt 5, 45). En otras palabras, ¡borra toda discriminación entre prójimo y enemigo, hasta que no quedan enemigos, sino que todos son prójimos ¡en eso consiste la perfección! 

domingo, 14 de junio de 2026

Lunes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario

 


1R, 21, 1-16

Para Israel, la "viña” simboliza la elección, el cuidado providencial, la misión de este pueblo elegido por Dios y destinado a dar "buenos frutos", frutos de justicia y obediencia. Dios esperaba que Israel reflejara su amor y justicia a todo el mundo.

Los más dedicados estudiosos de la Biblia descubren una serie de contradicciones e inconsistencias inexplicables, que se han tratado de resolver con la hipótesis de las “dos corrientes”, son como dos perspectivas diferentes desde las cuales se mira a Elías y Ajab. Los documentos se encontraron y se ordenaron tratando de dar un sentido que sólo se reconoce leyendo con profunda atención. Ya la Biblia de los Setenta altera el orden y propone primero, los capítulos 20 y 21; luego los capítulos 17-19 (los episodios de la Sequía y de Elías en el Horeb) y después sí, el cap. 22, donde se nos plantean las Guerras con los arameos y la muerte de Ajab.

 

En el capítulo 21, encontramos el tema de la Viña de Nabot. Aquí se descubren, no solo dos tradiciones, sino más de dos, con formulaciones muy típicas de las corrientes deuteronomistas. Ajab y אִיזֶבֶל [Izebel] “Consagrada a Baal”, “Baal es príncipe”, “Jezabel”; tenían una residencia secundaria en Yezrael (donde todo parece indicar que Ajab tenía negocios), y, casualmente, cerca de su palacete, quedaba la viña de Nabot, que este había heredado de su familia y allí él tenía sepultada su parentela. Seguramente Nabot era un personaje prestante (Nâboth en hebreo significa “preminente”, también “frutos” o “frutas”), lo que le permitía a Nabot rechazar las pretensiones de Ajab sobre su viña donde el rey pretendía hacerse una huerta ofreciéndole, a cambio, la viña que él eligiera o, de quererlo así, se la pagaría en contante y sonante; cosa que Nabot -apoyado en el derecho consuetudinario de propiedad- rehusó.

 

Como un mocoso caprichoso llegó a su casa y se arrunchó a dolerse de su capricho insatisfecho, arrinconado con la cara contra la pared; y, así se lo confió a Jezabel, quien, para animar a su marido, lo pellizcó dónde su vanidad más enquistada estaba: le preguntó, si él -que era el rey- manejaba así su poder y su autoridad, ¡valiente rey era! O sea que le disparó ¡directo a su real -prepotencia! En otras palabras, le dijo actué como rey, así sea un rey de la peor laya, y hágase a la viña por los caminos oscuros de la injusticia. Detentando la posición gubernativa que él tenía, nadie la podría cobrar los oprobios que cometiera, para salirse con la suya.

 

Sólo le dice que se anime, pero es ella quien solicita por medio de cartas, que se busquen en la comunidad dos embusteros -la Escritura los llama “hijos de בְּלִיַּ֫עַל Belial” (Belial es lo contrario de nabot; Nabot es “frutos”, Belial es “inútil”, “sin valor”) ese par de beliales tenían que estar disponibles para levantar un perjurio, afirmando que Nabot había maldecido a Dios y al rey. Calumnia a causa de la cual, lo ¡sacaron de la ciudad! y lo lapidaron. Subrayamos que lo sacaron, porque siempre sucede, -como para que la ciudad no pueda ser tenida por culpable; como quien dice que los “ciudadanos” no tenían la culpa sino que los responsables eran “fuereños”-, que el crimen se comete en las afueras, también en las afueras de Jerusalén quedaba el Calvario, los culpables son siempre los de las periferias; y siempre el cordero que se ofrecía como “sacrificio vicario” le imponían las manos para descargar el pecado sobre él, y lo enviaban a morir victimado por los lobos, en zona agreste. Los ciudadanos que le habían “impuesto las manos” quedaban -como diríamos hoy día, “sanos”.

 

Jezabel, entonces, le da pedal a su marido, y lo impulsa a que vaya a “tomar posesión” de la Viña en cuestión. La manera como se cuenta, hace ver a Ajab como inocente, caprichoso pero inocente, de la muerte de aquel “Justo”, la impudicia, está enteramente achacada a Jezabel (la pagana idolatra): “La mujer que me disté por compañera me convidó el fruto -en hebreo dice del עֵץ [ets] “árbol”, “del palo”, “del árbol que sirve para ahorcar”- y comí” (Gn 3,12bdc). En Génesis 12, no habla de “fruto” que sería “nâboth”.

 

Se nota el paralelo exacto de este pecado con aquel que el profeta Natán le descubrió a David (2Sm 11,1 -12,9). El objeto del capricho ha cambiado, allá era la mujer de Urías, aquí es la Viña de Nabot, el crimen es el mismo, allá muere Urías, aquí paga el pato Nabot: dos hombres pierden la vida por los caprichos de poseer lo ajeno. En ambos casos es el rey, el que abusa de su autoridad para adueñarse de lo que, respetablemente, le pertenece en justicia a otro. Cabe aquí hacer mención de René Girard - filósofo, antropólogo e historiador francés-: él habla del deseo humano que no está apuntalado en un deseo que brota del corazón como si este fuera una glándula y su secreción natural fuera el deseo de cierta propiedad apetecible, o sea que el deseo no es ni innato ni original; sino que es fruto de una imitación, el deseo es mimético. Los seres humanos no deseamos las cosas por ellas en sí mismas, sino porque vemos a otros desearlas-poseerlas. Esta imitación genera violencia cuando dos o más personas compiten por el mismo objeto- desde el plano consumista diríamos que su deseabilidad depende de su “demanda”. El deseo es prioritariamente envidia. Esto es -a pinceladas gordas- lo que René Girard denomina el “deseo mimético”.

 

Y aquí el objeto de la envidia es la viña “fructífera”, mejor dicho, la viña de Nabot. El deseo no es un “comportamiento”, el deseo es copia. Cuando el “propietario” legitimo se convierte en un impedimento para obtener el “objeto deseado”, es cuando se detona la rivalidad, el odio, la agresión, la guerra. Y entran en vigor todas las manifestaciones del “poder adquisitivo”. Una manera comercial de exacerbar este “deseo mimético” es poner un objeto de “moda”, hacer que las mayorías lo deseen.

 

Aquí, ya no será Natán el encargado de desenmascarar al rey, ese rol se le ha asignado, ahora, a Elías: “¿Has asesinado y encima robas? Por eso, así dice el Señor: en el mismo sitio donde los perros han lamido la sangre de Nabot, a ti también los perros te lamerán la sangre” (“El que a hierro mata a hierro muere”, y también aquel, “con la vara que mides seréis medido”)

 

También aquí para conservar el paralelo, Ajab se arrepiente -como lo hiciera David-, en cuanto oyó aquellas palabras, rasgó sus vestiduras, vistió sayal y guardó ayuno, andaba por ahí, taciturno. (Cfr. 1R 21, 27-29) Y el castigo es provisionalmente levantado, aun cuando recaerá sobre su descendencia.

 

Sal 5, 2-3ab. 5-6a. 6b-7

El salmo es del huésped de YHWH. En este salmo se quiere depositar la vida en Manos de Dios. Ese es el sentido de esta plegaria. Se muestra docilidad y entrega para que sea Dios quien corrige, Dios quien guía, Dios quien atiende. Y la ofrenda presentada, como claramente lo dice la antífona responsorial, son los “gemidos”.

 

Este hombre que ora, implora ser escuchado en sus gritos y gemidos, quiere ser atendido y se presenta ante su Señor y Rey, depositando ante Él su Oración.


Mira hacia Dios y descubre en Él dos pautas de identidad: Él no es un Dios Malvado; eso, por una parte, y por la otra, sus huéspedes tampoco pueden ser malvados, ni gente arrogante.

 

Profundiza identificando a los que pueden ser sus huéspedes: definitivamente no pueden serlo los malhechores, tampoco los asesinos sanguinarios y, mucho menos, los traidores; a todos esos los aborrece el Señor.

 

El salmo lo dirá, aun cuando hoy no se cite este aspecto, el Señor acoge al fiel.

 

Mt 5, 38-42

Remontarse por sobre la Justicia como venganza

El Señor Jesús nos sigue guiando hacia la plenitud de la Ley. Hoy tomará la que en el Primer testamento es la “Ley del talión” (Cfr. Ex 21,23-25) que fue un enorme progreso en Acadia y Babilonia como cortapisa para la vengatividad, poniendo freno a la sed de retaliación por medio del bloqueo de no llevar la sentencia más allá del daño, sino tratando de equilibrar el daño con su contra-paga, el castigo. Y que, sin embargo, fuera de ser un intento de contención, lo que hacía era coger un mal y sacarle una fotocopia, para no tener un solo mal sino su doble (su principio se basaba en la tabla de la multiplicación: para hacer Justicia se recurriría a la fabricación de otra “injusticia” de sentido contrario), con la ingenuidad de que la una contrarrestaría a la otra, idealizando que tal era la solución, muchos siguen idolatrando esa fantasía, suponiendo que así se logrará restañar la herida, y sin visualizar que eso solamente continua la “sería en cadena”. Sacan el pecho y hablan de desalentar a otros que quieran repetir la afrenta, y quieren, tapándose un ojo, pensar que -contra toda evidencia- la cadena de males se interrumpirá.


La ley del talión es una obra literaria con un tristísimo epílogo: “si un ojo se paga con otro ojo, muy pronto, todos estaremos ciegos”. Hay un punto de soldadura que nos ofrece Gandhi, entre la Primera Lectura y el Evangelio de hoy: “Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”.

 

La Ley perfecta de Jesús no consiste en enfrentar los agravios, miremos las pautas que Él nos da:

a)    Su alguien nos abofetea la mejilla derecha, la propuesta consiste en ofrecerle la otra mejilla para que pueda asestarnos su revés.

b)    A quien quiera adueñarse de nuestro manto, démosle también la capa.

c)    Si alguien nos impone acompañamiento por la distancia de una milla, vayamos junto con él, dos millas.

d)    Si alguien nos pide démosle.

e)    No le saquemos el cuerpo a quien nos pida un préstamo.

 

Se trata pues de un total desprendimiento, de manera tal que aquel que pretenda nuestra viña, la pueda tomar, sin necesidad de calumniarnos ni de conducirnos a la lapidación.

 

Quien tiene, siempre será objeto del envidioso. Las posesiones siempre estarán sujetas a la codicia ajena. La injusticia estará pronta a gatillarse en toda cultura que se cimienta sobre la posesión. Sólo el desapego es invulnerable.

 

El Reino se tiene que basar sobre el desprendimiento y la generosidad. Solemos decir que Dios no se deja ganar en munificencia, como para decir que es demasiado arduo, para el ser humano promedio, vivir en el marco de la prodigalidad generosa. Y, al volver los ojos al Crucificado, descubrimos una religión y una cultura de la “entrega”: Hasta la perfección de la donación (per-don).

 

Aun cuando hemos cubierto, por pudor, su desnudez, para rescatar sus imágenes; lo cierto es que lo entregó todo, hasta quedar desnudo. Para usar la fórmula manoseada lo dio todo “hasta Su Última Gota de Sangre” y era ¡La Sangre Divina!

 

Por mucho que nos incomode, esa es la perfección que Jesús nos entrega, esa es la asombrosa valentía que aquel muchacho acomodado asumió como paradigma de su vida y que tanta admiración nos provoca, estamos pensando en San Francisco de Asís.

 

El cinismo, que es una de las crueldades del ser humano, lo primero que saca del baúl de la concupiscencia, promoviéndola y justificándola bajo el título de “justicia”, es espetarnos: ¡Pues venga y le quitamos a usted todo, y después nos cuenta!

 

Nietzsche nos reprochaba estar en una religión de esclavos. Friedrich Nietzsche consideraba el cristianismo como la "moral de los esclavos" y una negación de la vida, él sostenía que nuestra religión glorificaba la debilidad, el sufrimiento y la sumisión, reprimiendo el instinto natural que busca el poder y la grandeza. Para él, el cristianismo era un sistema de valores que inventaba un "más allá" ilusorio para despreciar la vida terrenal. Porque su propuesta apuntaba hacia la fuerza, la arrogancia, el poder. Miraba exclusivamente hacia la propuesta de un súper-hombre.

 

Su vitalismo-nihilista, que exalta los instintos, la creatividad y la voluntad de poder, no puede descifrar nada en el fondo de la fuerza verdadera que implica una cultura de la debilidad, ¿qué podría decirles a ellos, la donación voluntaria, el abandono, la mansedumbre?


A todos, estas líneas del Evangelio Mateano nos cuestionan hondamente, sabemos que se nos está hablando de algo novísimo, que, en realidad, todavía no se ha ensayado. ¡Qué reto tan grande nos propone Jesús hoy, en este Evangelio!

sábado, 13 de junio de 2026

SU PUEBLO

 

Ex 19, 2-6a; Sal 100(99), 1b-2. 3. 5; Rm 5, 6-11; Mt 9, 36 - 10,8

 

Lucas llama a la comitiva synodia –“comunidad en camino”- el término técnico para la caravana.

Benedicto XVI

En la Declaración Dignitas infinita del Dicasterio para la Doctrina de la fe encontramos lo siguiente: Identificándose con los más pequeños de la sociedad (cf. Mt 25,31-46), «Jesús aportó la gran novedad del reconocimiento de la dignidad de toda persona, y también, y, sobre todo, de aquellas personas que eran calificadas de “indignas”. Este nuevo principio de la historia humana, por el que el ser humano es más “digno” de respeto y amor cuanto más débil, miserable y sufriente, hasta el punto de perder la propia “figura” humana, ha cambiado la faz del mundo, dando lugar a instituciones que se ocupan de personas en condiciones inhumanas: los neonatos abandonados, los huérfanos, los ancianos en soledad, los enfermos mentales, personas con enfermedades incurables o graves malformaciones y aquellos que viven en la calle». Esta cita está un poquitín traída de cabellos, pero señala hacia una de las discriminaciones más extendidas que nos hacen inválidos para el ejercicio de la sinodalidad. Pero es que el ejercicio de la sinodalidad está en la mismísima identidad del pueblo de Dios. Y, cada ciudadano de este Reino posee precisamente eso que se le niega. La dignidad de hijo de Dios en el Hijo.

 

¿Qué pasa cuando aceptamos que cada quien tenga su propia comprensión de la realidad y que cada cual elabora su definición de “dignidad” que -en vistas del relativismo imperante-   se deba tomar como válida? ¿A dónde nos lleva la idea de que no existen principios morales universales? A aceptar que el bien, el mal, lo justo y lo injusto dependan enteramente de factores subjetivos, históricos, o culturales. De ahí que cada quien queda flotando a la deriva, como si fuéramos icebergs. Nada nos cohesiona, es más, la formación de comunidad, inclusive de núcleos familiares se imposibilita; se vuelve irrealizable que aceptemos nuestra unificación bajo el cayado del Pastor y bloqueamos la posibilidad de la escucha. Nos adueñamos del fruto del bien y del mal y, de ahí para allá, “cada loco con su tema”. Y yo, por mi parte, seré miembro de la Iglesia, mientras acepten decir y creer lo que yo creo.

 

El judaísmo -por el contrario- era una religión que contenía en sí el germen de la sinodalidad. Del saber andar juntos. Su culto, en uno de sus rasgos esenciales, tenía las peregrinaciones al Templo, donde las comunidades aprendían a caravanear juntas, a marchar unidas, a defenderse y apoyarse entre sí. Los israelitas tenían la obligación religiosa de ascender al Templo tres veces al año (Éx 23,14-17. 34,23; Dt 16, 16s), durante las Shalosh Regalim “festivales de los tres-pies”, festividades principales (Pesaj, Shavuot y Succot) que entretejen los momentos básicos del proceso agrícola con la celebración de los eventos históricos de este pueblo; el propósito era lograr cohesión, fomentar una profunda conexión espiritual y comunitaria.


Familias enteras viajaban desde distintas regiones de Judea y de la Diáspora (Grecia, Egipto y Asiria). Historiadores como Flavio Josefo registraron que durante las festividades principales se reunían multitudes masivas en Jerusalén, estimadas en millones de personas.

 

Estos cursillos de fraternidad y solidaridad tuvieron una etapa de experimentación, desarrollo y consolidación en el Éxodo: con una marcha general de ¡cuarenta años! Enfrentaron entonces talleres-prácticos muy exigentes y arriesgados donde tuvieron que ponerse a prueba ante la dureza de esa travesía.

Cuando Jesús murió torturado y desangrado en la Cruz, nos privamos del Pastor y ahora andamos por ahí, extraviados, como ovejas que no tienen Pastor. A renglón seguido tenemos el deber de recordar y recordarnos que Él prometió no abandonarnos y estar siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos; Él es Dios-con-nosotros.

 

El Éxodo puede agruparse en seis secciones la primera nos rememora la época de la esclavitud en Egipto; la segunda el caminar de los israelitas por el desierto; y, la tercera (integrada por los capítulos 19-24) la Alianza del Sinaí. Alianza es -por decirlo de alguna manera- una clase de contrato. En la época de la Alianza del Sinaí, ya desde mucho antes, los hititas pusieron en boga este tipo de convenio de los cuales los arqueólogos han encontrado modelos donde se sellaban alianzas entre los vasallos y su soberano: lo que nos remite a los siglos XIV y XIII a.C. (redondeando fechas estamos diciendo, entre 1350 y 1200 a.C. mientras el Éxodo se estima ocurrió en el 1445 o en el 1225 a.C. los historiadores no lo han podido precisar).

Notemos que en su salida de Egipto el pueblo llegó al desierto del Sinaí -al tercer mes de su efugio de Egipto- súbitamente encontraron a su paso la Montaña del חֹרֵב Horeb esta palabra significa “lugar desolado”, algo así como “peladero”. El Señor וַיִּקְרָ֨א [wayikra] “lo llamó”, “hablo con voz potente”, “proclamó”; derivado de la palabra קָרָא. [qara] “llamar dando voces”. Les pone de presente las Proezas que ha obrado a favor de este pueblo, sacándolos de la esclavitud. Llevándolos עַל־כַּנְפֵ֣י נְשָׁרִ֔ים [al campe nesarim] “sobre alas de águila”.

 

Es importante hacer notorio que la estadía allí no fue provisional, en realidad estuvieron en aquel lugar el resto de Éxodo, todo el tiempo narrado en el Levítico y la parte inicial de Números. En Nm 10, 11-13 encontramos que los israelitas reanudan su marcha el día veinte del segundo mes del segundo año.

 

Entonces oí la Voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién será nuestro mensajero? Yo respondí ¡Aquí estoy, envíame!

Is 6, 8

 

Moisés sube y baja, para hacerse pontífice entre Dios y su pueblo. Pero, y allí hay que enfocar la linterna: no se reserva la “vocación” a Moisés, ni a Aarón y María -su hermana- define a su pueblo como una pueblo-todo él- con unción sacerdotal. Todo el pueblo será una וְגֹ֣וי קָדֹ֑ושׁ [wedow kadosh] “nación santa”.

 

Toda Alianza debe comprometer a las partes, cada cual al cumplimiento de lo que se pacte: Aquí es muy claro que el vasallaje exige la obediencia a Su Voz y cumplimiento de la בְּרִיתִ֑י [beriti] “Alianza”.  

 

La Alianza fue rota, no una -sino muchas veces- así que, el Sacerdote Jesucristo se ofreció a Sí mismo, victima, en el Altar Calvario para Justificarnos (la justificación está consignada en la frase “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Notemos que, al momento del sacrificio, no se había restablecido la Alianza ni habíamos logrado reconciliar nuestra Amistad con el que es Señor, Dueño y Amo nuestro. El Sacrificio fue pues un acto de Reconciliación. El Amor que Dios nos tiene se probó muriendo por nuestra expiación. ¿Cómo va a ser que habiendo sido justificados no seamos salvos? Y no nos quedamos en la pura salvación, sino que somos asumidos en la gloria de Jesucristo Resucitado que, con el dolor de su Pasión, nos compartió su Victoria. Él lo da todo. No se queda para sí con el premio por su sufrimiento, sino que lo comparte, porque -precisamente- decir amor es decir donación, desprendimiento, generosidad. 

Hay una cosa interesantísima en los Evangelios: Cada vez que se hace la lista de los apóstoles, muestra diferencias y los nombres no son los mismos. A eso se le pretende dar “alguna” explicación, por ejemplo, que las personas tenían dos nombres -o más- y por eso aquí y allá se les nombra de otra manera; también hemos oído pretextar que se debía a que algunos eran nombrados por sus apodos. Les ruego nos regalen la posibilidad de intercalar aquí nuestra propia “lectura” de esa curiosidad de las listas divergentes: Los nombres son lo de menos, no nos pongamos a perderle tiempo a eso, sencillamente intercalemos nuestros propios nombres allí y asumamos responsablemente las consecuencias de pertenecer a esa digna y honorable lista en la que tuvo cabida hasta un traidor.

 

Sean los que sean los nombres, lo importante es que ellos fueron los “quijotes” al frente de las doce tribus de la Nueva Alianza. Por ellos nuestra Iglesia se honra de llamarse apostólica porque pisamos sobre las huellas de su ejemplo, y nos alzamos altísimos hasta la altura de gigantes. Seguimos su rastro y no queremos desviarnos ni un infinitésimo a derecha o izquierda.

Pero -y siempre hay un “pero”- para caminar derechito tras ellos tenemos que hacer -nosotros también- escuela de sinodalidad. Derechito no significa dogmáticos, repartiendo cachiporrazos para que la uniformidad sea perfecta. ¡No! Lo que se espera es que procuremos con toda nuestra buena fe y el Auxilio del Espíritu Santo, sintonizar con Su Enseñanza y serle fieles. No todos iguales, sino todos con los ojos y el corazón mirando hacia Él.