lunes, 7 de septiembre de 2026

NATIVIDAD DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA


Mi 5, 1-4a

El tema de la minoridad es evidente. Dios escoge lo pequeño, lo insignificante para manifestarse portentosamente; hermosa paradoja y moraleja para nosotros los seres humanos quienes con frecuencia buscamos a Dios en las grandes manifestaciones y no en las cosas pequeñas, menos aún en las cotidianas. Se necesita fe para descubrir lo divino en lo insignificante.

Milton Jordán Chigua.

Miqueas es un profeta campesino de Judá, cuya cuna era Moréshet; su profecía es un Libro con dosis de denuncia, de peligros e invasiones inminentes, de destrucción y castigo, hasta rayar en el destierro, pero, por otra parte, tiene fuertes dosis de consolación y promesa.  Miqueas vivió y escribió en el siglo -VIII, pero tiene algunas inserciones -lo que ha dado cabida a hablar de un Deutero-Miqueas, analógicamente con Isaías, un contemporáneo suyo a quien probablemente conoció cuando tuvo que abandonar su patria chica como producto de la invasión asiria. Las adiciones son post-exilicas y corresponden a finales del siglo V e inicios del IV. De esa manera el Libro canónico que nos ha llegado se puede entender como resultado de un trabajoso proceso “editorial”.

 

La perícopa de hoy, con bastante probabilidad es una de tales adiciones, tomando en cuenta la ardua discusión sobre los capítulos 4 y 5. A esta profecía se referirá San Mateo en su Evangelio.

 

¿Cuál puede ser su sentido? Posiblemente, mostrar cómo -desde el inicio de Su Vida Humanada- se da la Opción Preferencial de Dios por los צָעִיר “pequeños” “insignificantes”; al entenderlo, quienes oyeron cuál era su cuna, enseguida captaron el trasfondo de absurdez; el adjetivo explicativo que se le yuxtapone es el de “pequeña”, como quien dice, “de todas las ciudades de Judá, la más mínima” (¡hurra por los pleonasmos!). En el lenguaje de Dios, la elección de este caserío de Efratá, muestra su Predilección, por los pobres, y su antagonismo respecto de la soberbia. Efratá, - ¡déjense de bromas sarcásticas! - significa “fértil”, fructífero”, pues ¡cómo será de fértil que de su tierra ha brotado el “Pan de Vida” de generación en generación para el mundo entero: ¡Ese sí que es un Pan-católico, Manjar-nutricio-Universal!

 

Otros explicativos comparten términos con el de “pequeña” que sobresale por ocupar el primer puesto: que Jesús está en existencia desde los orígenes y es previo a Aquel. Leyendo atentamente se encuentra la afirmación de que, si hubiéramos de hablar de un principio en Jesús, el “Jefe de Israel”, habría que fijarlo מִימֵ֥י עֹולָֽם [mi-me oulan] “desde los días de la Eternidad. ¿No les resuena como pariente del gran titular del Prefacio Joánico?

 

Estaremos librados al mordisco del Malo-el-gran-mentiroso, hasta cuando la Madre de Jesús Lo dé a Luz. El Pastor, en términos veterotestamentarios se refiere al “gobernante”.  Y, nos dice que el “Jefe de Israel, nos pastoreará, o sea, ejercerá su Gobierno, basado sobre la Fuerza del Señor Glorioso, Gloria sobre toda Gloria, sin apoyar su “autoridad” sobre Fuerza distinta a la que dimana de יְהוָ֣ה YHWH.

 

Entonces, habrá una “conversión” definitiva de la historia: ¡Toda esta zozobra a la que nos hemos habituado como el clima normal de la realidad, desaparecerá! Esta atmosfera incesante de violencia y atropello, de nerviosismo y afán, de consternación y desastre cesará.


En cambio, viene aquí esa palabra hebrea, tan rica en significado, שָׁל֑וֹם [shaloum] que nosotros solemos traducir por Paz, pero que es supresión de todo nerviosismo y preocupación, salud, con ausencia de toda enfermedad, bienestar, buenaventura, serenidad espiritual, dicha, quietud, prosperidad.

 

El Pastor es el Real-Gobernante, es el Mesías. Por tanto, María es גְּבִירָה [Gebirah] Reina-Madre.

 

Sal 13(12), 6ab. 6cd

Salmo de súplica. ¡A ti oh Señor, elevamos nuestro clamor! No es una simple oración de Petición, es ir al Go-El, y ponerse incondicionalmente bajo su amparo. Es elegir un Redentor y sometérsele. Solicitar que nos apadrina -ni más ni menos- que, Dios-Mismo.

 

Este salmo fracasa ocultando las humanas dudas respecto de Dios: ¿Dios es indiferente a nuestro clamor? ¿Dios nos creó y nos dejó ahí, “colgados de la brocha”? ¿Será que el Señor ha preferido entregarle la victoria al Malo? ¿Hasta cuándo, Señor?, ¿hasta cuándo? ¿No ves que ya no puedo más? Le falta dar el maravilloso salto de la confianza: ¡Dejarse todo en manos del Santo-Padrino!

Pero aquí, con un solo verso, partido en dos para configurar dos estrofas; toma impulso y se lanza al vacío:

a)    Confía y se gana la alegría

b)    Al reconocer que Dios lo ha atendido, se lanza a entonar cánticos.

En síntesis: Salta y reboza de alegría, se vuelve puro gozo.

 

Mt 1, 1-16. 18-23

El Reino es al mismo tiempo don y promesa. Ya se nos ha dado en Jesús, pero aún debe cumplirse en plenitud. La alegría del Evangelio brota de un corazón pobre, que sabe regocijarse y maravillarse por las obras de Dios, como el corazón de la Virgen a quien todas las generaciones llaman “Dichosa”.

Papa Francisco

Casi siempre a uno le da muchísima pereza escuchar esta lista de nombres hebreos, que para nosotros no pasan de ser nombres raros, y muchas veces difíciles de pronunciar. Pero, pensemos en esas familias que arman sus árboles genealógicos y procuran forzar la memoria de sus mayores hasta las generaciones más lejanas, procurando conocer los nombres de sus ancestros e investigar, de dónde eran, si tenían propiedades, si fueron famosos, qué hicieron digno de recordación. Muchas veces se topan con la agradable sorpresa de tener entre su parentela nobles, marqueses, duques, condes, legendarios personajes de la historia, ser parientes remotos de algún bravo combatiente, de un guerrero valiente; fundadores de ciudades, en fin, forjadores de civilización y cultura.

En más frecuentes ocasiones, la persona se da con un personaje, digno de ocultación, una vergüenza familiar, algún bandido, bandolero, pervertido, degenerado… mejor, no haberlo sabido. ¡Esas cosas marcan!

 

Algunos de los nombres nos resultan memorables, a partir de su mención en el Sagrada Escritura: demos por caso Isaac, Jacob y Judá. En este caso hay dos personajes que dan su impronta y marcan el abolengo de Jesús: son Abrahán y David. La aseveración más rotunda que se infiere es que Jesús, indudablemente, era un Judío de Ley. Nombrar a Abrahán, ya es entroncarlo en la veta primigenia de nuestra fe. Y citar el nombre de David, equivale a decir, del linaje mesiánico.

 

Hay, sin embargo, ciertas menciones de esta genealogía que rompen el flujo del judaísmo puro: Tamar, Rajab, Rut, Betsabé “la mujer de Urías (el hitita)”. Tamar fue “víctima” de una violación planeada por parte de su medio-hermano Amnón; Rajab era una prostituta que acogió a los espías que Josué había delegado para ir a explorar la “Tierra Prometida”; Rut, era moabita, emparentó por fidelidad con su suegra, a través de Booz; y Betsabé entró en esta genealogía, porque David se antojó de ella cuando la vio desnuda bañándose y no tuvo reparos en condenar a la muerte -en el frente de combate- a su esposo Urías, un mercenario, así ella concibió a Salomón, y pasó a formar parte de una estirpe, (como será que ni se da el nombre, sólo se la cita en cuanto madre de Salomón).

 

Acostumbrados, como estamos, a ver las manipulaciones noticiosas, y el ocultamiento de las facetas más oscuras de la historia personal de los políticos, quedamos atónitos, cómo pudo el hagiógrafo manchar de manera tan desastrosa este parentesco consiguiendo tan solo desmoronar lo que creíamos que era su objetivo demostrar: Jesús era del más límpido abolengo del pueblo de Israel, el “pueblo elegido”.

 

Será, quizás, que el hagiógrafo quiere dejar puestos los fundamentos para enseñarnos que a la familia de Jesús se llega por otra vía distinta a los lazos raciales y consanguíneos. ¡La insinuación es fortísima! José romperá el ritmo del relato, él no engendró a nadie, fue -oficialmente y según lo entendía la gente- el esposo de María. José está en el borde de la cima de esta genealogía, pero, abruptamente, la quiebra, allí hay un hiato abismal, un salto del Cielo a la tierra.

 

Se quiebra allí, la línea de descendencia, y se abre la historia por medio del quiebre de lo que es -según entendemos nosotros- histórico. Y es que Jesús no es un ser histórico, es un Excepcional, es Divino, se abaja y humildemente se solidariza con los ínfimos, sus descendientes no serán los pequeños, serán los mínimos, los exiguos. Nos lleva a pensar en el concepto matemático del límite, cuando una cantidad tiende a cero            , esto es, se pasa de una cantidad pequeña a una que es ridículamente chica, minúscula, insignificante. Y sólo dado el salto al “límite” podemos verdaderamente acercarnos al quid, al “meollo”, a la “esencia”: Cuando x tiende a 0.

 

¡Él es Trascendente! Paso a paso, y en la media en la que vamos conociendo a Jesús, vemos que Él nos hace de su parentela por vía de su propia Sangre, que tiñe el dintel y las jambas de nuestro hogar, signándolas con Sangre Sacrificial, vertida de Sus Propias Venas. ¡Si, así llegamos a ser verdaderos consanguíneos con el Salvador!

 

«Uno de los grandes santos que ha tenido la historia de la Iglesia cristiana es San Francisco de Asís, un hombre que, habiendo nacido entre comodidades, se quiso hacer pobre, menor. Precisamente el acontecimiento de Belén le conmovía hasta el extremo. Por eso pidió a sus hermanos que fueran “menores”». (Milton Jordán Chigua)


 

Muy iluminados hagiógrafos trataron de hacer bien la tarea, de explicar que YHWH les pertenecía, que era del pueblo “elegido”, pero ellos –a pasar de ser tan “iluminados”- no podían concebir que las fronteras de ese pueblo de elección, fueran muchísimo más allá de las barreras raciales y geográficas, que la elección apuntaba a la raza humana, y que Él era de todos y para todos. Así, al encuadrar la genealogía -y como su iluminación era sincera y verdadera- se les escapó por las rendijas y se difundió por todo el Universo, allí donde hubiera un corazón abierto, amoroso, hasta allí llegó, hasta las mismísimas periferias existenciales, donde se agazapa la marginación y el sufrimiento, el rechazo, el desprecio, la marginación.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Lunes de la Vigésima Tercera Semana del Tiempo Ordinario


1Cor 5, 1-8

Cuando algo no es acorde con la Ley de Dios, el agente de pastoral debe denunciarlo, además, de ser posible, ha de sugerir pautas de corrección. Hoy ingresamos en el Segundo bloque, que va desde 5,1 hasta 6,20. Donde Pablo corrige ciertos comportamientos totalmente anti-cristianos. Se trata de:

a)    Un hombre que convive con su madrastra.

b)    Alguien de la Comunidad que lleva a juicio a otro, que también es miembro de la Comunidad.

c)    La prostitución, que era un problema que los tenía azotados.

 

Estableciendo una parábola, Pablo compara la Comunidad por él fundada con una “masa ázima”. La ventaja sobre la masa con levadura, es que esta última se corrompe prontamente, le sale hongo y el pan se echa a perder. La masa ázima es mucho más duradera y mucho menos corruptible. La levadura significaba la corrupción que sintomatiza que la sociedad era injusta. La levadura era el signo de la corrupción y del pecado.

 

Sin embargo, en la sociedad hay un expediente: recurrir a la “mundanidad”, que maquilla -con toneladas de afeites- lo que es manifiestamente una perversidad, y le pone algún título rimbombante, lo que llamamos un “eufemismo”, que haga pasar lo bueno por malo o viceversa. Por ejemplo, del que vive con la madrastra se dirá que es un “verdadero macho”; del que lleva a su hermano de comunidad ante los tribunales, se dice “ese si no es bobo”; y, del que practica la prostitución se dirá “esa vaina se hizo para usarla, no sea pendejo”.

 

El que llevó la información a Pablo le pareció bonito chiste lo que estaba haciendo el que vivía con su madrastra.  La misma manera de contarlo traslucía que para tal caso, aquel podía ser considerado un “verdadero héroe”. Era una manera de cubrir la falta con una tonelada de tierra (o de maquillaje). Así lo que se alcahueteaba era un incesto. Los corintios veían todo esto como expresión de su libertad maximizada. En cambio, sin darse cuenta y tomar consciencia, estaban cayendo en el empecatamiento.

 

La medida recomendada es la de sacar a esta persona de la comunidad. Hacer evidente que no se cohonesta con estas cosas. No es un procedimiento ni un recurso personal de solución, se obra de tal manera ateniéndose a la autoridad que Jesús les ha otorgado. Este recurso es el que denominamos de “excomunión”.

 

No se vaya a pensar que este recurso es sólo una aplicación del poder recibido; por el contrario, se quiere favorecer tanto al pecador como a la comunidad, salvándola de su contagio. La comunidad debe ser favorecida para preservarlos del pecado como influjo endémico. A la vez, se busca que el pecador se arrepienta y regrese a los brazos perdonadores de la Comunidad.

 

Jesucristo está creando (horneando) esta camada de panes, que procede con masa ázima y mantiene pura su obra. Jesucristo es nuestra “Pascua”. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El castigo propuesto no rinde culto al castigo mismo, sino que es un recurso terapéutico para recuperar tanto a la persona como a la comunidad.

 

La comunidad se implica en la corrección, porque tiene que hacerse cargo de identificar el pecado y hacerse cargo del daño que causa y de cómo desmoraliza a la comunidad. Por su parte, el pecador, es “entregado a Satanás”, para que en su condición de abandono y desprotección se dé cuenta que el pecado lo conduce a su propio fin, que el pecado es autodestructivo.

 

En todo caso, lo que se quiere no es la perdición de aquella persona sino su regreso al cauce, para que en el Día del Juicio se haya restablecido la fraternidad.

La parábola del pan ázimo es contundente: Uno de los indicativos de la Pascua era el Pan Ázimo, no se podía permitir que se introdujera ni un poco de masa leudada, porque -la levadura, por poca que sea- hacía que toda la masa se corrompiera. Esto pasa con el pecado y con esta clase de personas que lo importan, soterradamente, traen la contaminación de la injusticia y la corrupción a toda la masa de la comunidad.

 

Sal 5, 5-6a. 6b-7. 12

Notamos que este salmo no tiene doble numeración capitular, hasta el salmo 9 la numeración es unificada, a partir del salmo 10 de la numeración según el texto masorético, comienza a ser diferente de la numeración litúrgica, según la Septuaginta.

 

Este es un salmo del huésped de YHWH. Todo lo que le inquieta en su propia vida, el hagiógrafo lo pone en las Manos de Dios, para que sea Él quien lo dirige, lo encamine y le dé las soluciones. En esto hay mucho -con cariz muy positivo- del abandono del hijo que se fía enteramente de su padre.

 

El sentimiento preponderante es el de un fiel que se siente resguardado por el blindaje que le concede Dios, es un blindaje inexpugnable, bajo su Manto protector nos volvemos victoriosos y nuestra victoria está asegurada.


Sin embargo, no quiere decir que el malvado, porque se siente “hijo” pueda contar también con esa protección: ni el malvado, ni el que ama la maldad, ni el arrogante cuentan con el respaldo de Dios.

 

El salmo rechaza esa suposición: Dios no es cómplice de los malhechores, Dios destruye a los mentirosos; a los traidores y, a los violentos los aborrece YHWH. Dios no será anfitrión de ninguno de estos perversos.

 

Entonces, ¿Quiénes serán los huéspedes de Dios? Los que se acogen al Señor, se llenarán de gozo y radiaran júbilo los que aman el Santísimo Nombre.

 

La antífona es el verso 12: “Porque tú, oh SEÑOR, bendices al justo, como con un escudo lo rodeas de Tu Favor”, ese favor es Su Blindaje. Nuestro ruego es para que Dios nos conceda este favor a nosotros, sus fieles seguidores. Donde hemos traducido “justo” dice צַ֫דִּ֥יק [saddik] en otra parte comentábamos, el “justo” del Primer Testamento es el que nosotros llamamos “Santo”, aquel que se ajusta enteramente a la Voluntad Divina, a Su Justicia.

 

Lc 6, 6-11

Seguimos viendo le relativo a la observancia del sábado y la controversia que implica la visión farisea frente a la visión cristiana. Para los fariseos, curar estaba prohibido en sábado. El escenario de la perícopa, esta vez, es la sinagoga, una vez más debemos recordar que esta palabra significa “lugar de congregación”. Aquí hay alguien que tiene paralizada la mano derecha, ¿qué significa?  Que no puede valerse, que no puede trabajar porque esta es la mano hábil, la mano que labora, que produce.

Uno pensaría que lo que se quiere es que todos puedan trabajar, y que el interés central es que todos puedan aportar al lucro y subvenir a la propia manutención. Pero no es así, en este caso, necesitan tener uno que esté incapacitado, porque sin él, no podrían ponerle la emboscada a Jesús, este “desvalido” es útil al sistema, porque les da la oportunidad de “marginalizar” al Mismísimo-Señor: Así podrán declarar que Jesús es impío. Impío en este caso es otro disfemismo (lo contrario de eufemismo) para maquillar el bien como maldad. Son las manipulaciones de la Verdad, tan caras al Maligno.

 

Podrían alegrarse de la sanación de la mano tullida, ¡pero no! a ellos les entristece que haya salud, que haya salvación; Dios -que nunca para de crear- recrea la mano tullida, destullece. Que alguien pueda trabajar, lo que llamamos “la disminución del paro forzoso”, o la “disminución del desempleo”, es una dicha para todos nosotros; la sociedad enferma -en todo caso- requiere siempre una capa de desempleados que abarate la mano de obra que labora: es así como tienen a la mano el argumento, “si no le sirve, hay doscientos en la puerta esperando hacer lo mismo por menos”.

 

La regla de no poder sanar en sábado podía exceptuarse cuando la vida de alguien estaba en peligro. Sin embargo, aquí se podría decir que no había peligro, que, si había estado desempleado mucho tiempo, un día más no cambiaba las cosas.  (hoy sabemos que cada día mueren personas de hambre y que un día más de estar pasando necesidad, no se justifica, porque es un día más de desesperación).

 

La vida no puede perderse ni permanecer disminuida por el padecimiento de la necesidad, por las angustias del desempleo, por las condiciones infrahumanas: Dios vivo no puede sostener ese estado de cosas, no puede ni quiere permitirlo ni un segundo más.  Los escribas y los fariseos, por su parte, darán un rodeo, como los levitas y los sacerdotes para no contaminarse con estas impurezas.


 

Cae como anillo justo al dedo, este Evangelio en el Día Nacional de los Derechos Humanos en Colombia, en la memoria de San Pedro Claver, Defensor de la igualdad y el respeto para todas las personas.

sábado, 5 de septiembre de 2026

SIGNIFICADO DE LA SINODALIDAD

 

Ez 33, 7-9; Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20

 

Dios nos ama con corazón de Padre.

Papa Francisco

 

El que tiene amor no hace mal al prójimo; así que en el amor se cumple perfectamente la ley.

Rm 13, 10

 

Pensemos -para iniciar- en el Escala de Jacob, esa bellísima imagen de una ruta para los mensajeros de Dios –los ángeles- que a través de ella suben y bajan en ocupado tránsito, uniendo las dos realidades, y transportando en doble sentido las dimensiones de lo humano y lo Divino, conectando, re-ligando en dinámica comunicación de ida-y-vuelta, con lo Celestial. La Escala de Jacob nos dice que no estamos solos: “Yo estoy contigo; te protegeré a donde quiera que vayas…” (Gn 28, 15a), es una metafórica manera de decir que el ser-humano es misericordiado por Dios. Un rasgo encantador de esta imagen consiste en que no es sólo de subida, con lo que inmediatamente recordamos que el Monte de la Transfiguración no estaba para quedarse a vivir allí; ni siquiera, para acampar en él, haciendo chozas. El Tabor, entrañaba un llamado al “descenso”, un desafío de aterrizar, de bajar a hacer contacto. Bueno, aún añadimos otro dato: Toda escala está constituida de elementos que facilitan subir o bajar, a los que llamamos “escalones” o “peldaños”. En la escala de Jacob, ¿en qué consisten, o cómo están diseñados los peldaños? Se trata de palabras-concepto que “iluminan al ser humano”, por permitirnos avizorar las realidades trascendentes los llamaremos peldaños teologales. Los peldaños teologales de la Liturgia de este Domingo XXIII Ordinario(A) son: en la 1ª Lectura: centinela, alertar al malvado; en el salmo: “nosotros el pueblo que apacienta, el rebaño que El guía”, Meribá y Masa (no dejemos escapar que estos nombres de lugar significan “querellar” y “tentar”, respectivamente; en la 2da Lectura: Amarás; y en el Evangelio: “si tu hermano te ofende”, el concepto fundante del “perdón”.

 

El profeta Ezequiel lo dice –oráculo del Señor- con suprema claridad, nos presenta sintéticamente nuestro encargo-misión: “Si yo digo al malvado: "¡Malvado, eres reo de muerte!", y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuentas de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida”. ¡Estamos avisados, se nos pedirá cuenta! ¡Tenemos que hablar! ¡No podemos quedarnos callados, ni, mucho menos, indiferentes! ¡Poniéndonos la camiseta de “yo en esas vainas no me meto”!


Esta responsabilidad que nos remarca la Primera Lectura, repasa la parte del Mandamiento del Amor que subraya el cuidado amoroso que debemos prodigarle al prójimo, como si de nosotros mismos se tratara. Es como si, de nuevo, le preguntáramos a Dios: “Soy yo acaso el guardia de mi hermano?” (Gn 4, 9) Y el Señor nos respondiera con ternura ¡Claro! ¿no te das cuenta que cada prójimo es tu hermano en Cristo Jesús

 

A San Pedro le fueron entregadas las Llaves, quedando así designado para ser primus inter pares, hoy –empero- el Evangelio, entrado de lleno en esa parte de Mateo -el cuarto sermón sobre la vida de la comunidad (Mt 18, 1-35)- que transfiere la tarea de la construcción del Reino encargada originalmente a los judíos, que es ahora delegada en nuestras manos, mientras en el Antiguo Testamento la medula de la comunidad discipular era el estricto cumplimiento de la Ley, ahora, en el Nuevo Testamento, es el Cristo-centrismo punto-pivota: Antes eran la palabras de la Ley lo que atraía la Santa Presencia, ahora lo que convoca la Shekina es el Santo Nombre de Jesús (Cfr. Mt 18, 20). En este caso “Nombre” se ha de entender como acogida a sus enseñanzas.

 

Según Isaías 22, 22 la llave se llevaba colgando del hombro de mayordomo: El que llevaba la llave al hombro tenía la autoridad para resolver quien podía entrara ver al rey y quién no. Caen ahora las Llaves bajo nuestra potestad y, para el encargo de ser mayordomos, somos quienes llevamos la cinta-cordón terciada; en el capítulo 18, verso 18- nos recuerda que la potestad inherente a ser mayordomo se entrega a todos los miembros de la Comunidad. No se trata de un honor, sino de una responsabilidad: cuidar y servir a nuestros hermanos. Y, esta responsabilidad que es compromiso de servicio es, pese a todo, honorifica, porque el Mismo Dios nos ha confiado servirlo a Él en el cuidado de nuestro prójimo. «… ahora confía a los discípulos el poder de “atar –desatar” … “se asiste a la trasmisión de un poder que, antes de Pascua, ejercía sólo Cristo de forma soberana”»[1]. Queremos decir con esto que vamos a volver sobre el significado de la mayordomía que hemos recibido, pero concentrándonos en una de las facetas de ese servicio: La corrección fraterna.


La que llamamos “la corrección fraterna” tiene su antecedente en una propuesta de los Esenios, nombre proviene del hebreo עשים [asaim] "hacedores", “cumplidores” ya que ellos decían "si la Torah lo dice, lo hacemos". Ellos en su metodología ponían tres fases:

i)      La falta ha de corregirse el mismo día que se comete.

ii)     Primero se le increpará ante “testigos”

iii)   Finalmente, será presentado ante el Consejo de Ancianos de la Comunidad

Compartieron mucho con otros judíos, como la Torá y los Profetas, pero reclamaron una interpretación especial, a veces esotérica, de las Escrituras.

 

Aquí en el Evangelio, esta metodología se adopta así:

i)      Hablar a solas con el que cometió la falta

ii)     Llamar testigos, en número plural

iii)   Llevar la acusación ante los “convocados”, para que se le trate, entonces, como si fuera un pagano o un publicano.

 

Sí, es interesante y placentero saber que Dios nos confió un Encargo, sin embargo, no será de mucha ayuda saber que estamos “encargados” si no podemos discernir las funciones que derivan de esa co-misión. Para dar la vuelta, en círculo, reiteremos que se ha entregado –en la persona de San Pedro- a todos los fieles, por eso no es misión sino comisión. Pero, otra vez tenemos que decir ¡Cuidado!, que no se vaya a suponer que, si se entregó a todos, podemos diluir la responsabilidad entendiendo que se dio a tantos que, así repartida, la que nos corresponde, tiende a cero y, por tanto, es nula. Al llegar a este Evangelio, por el contrario, lo que tenemos que lograr es sentir toda la densidad de la parte que nos toca. Es como si, el Evangelio quisiera recordarnos, con nombre propio, a todos los “ahijados” que tenemos. Así es, aun cuando no los hayamos acompañado a la Pila Bautismal, aun cuando no los hayamos ayudado a sostener para ser recibidos como miembros de la Iglesia, somos sus “responsables” y ese es uno de los significados de la palabra “Comunidad”: somos la Comunidad de los Convocados, entre otras cosas porque nos atañe una densa responsabilidad para con todos los miembros de la Iglesia, como si fuéramos todos padrinos los unos de los otros.

 

Esta ruta está decorada con señales de tráfico que nos orientan a cada paso. Una de las primeras reza así: La que llamamos “corrección fraterna” no puede manipularse como un pretexto para hornear rencores. Antes que nada, y primero que todo, el ejercicio de la corrección fraterna es el ámbito del perdón. En esta procesión, el adalid es el estandarte del perdón. La rectitud y la fuerza de la corrección fraterna se valida bebiendo en la fuente del perdón. Para llegar a la corrección fraterna tenemos que bautizarnos en el agua de la indulgencia, de la clemencia. No hay otra vía para poderla aplicar.


No se trataba de quién llevaba la llave colgada al hombre, sino del nuevo criterio que se aplica: antes el objetivo era “sacarlo”, “dejarlo por fuera”. “excomulgarlo”. Ahora, en cambio, la autoridad se ha dado para “recobrarlo”, para “rescatarlo”, para “dar una nueva oportunidad”; de manera que el que estuviera muerto volviera a vivir y el que se hubiera perdido fuera reencontrado (Cfr. Lc 15, 32).

 

La segunda señal de tránsito, eminentemente preventiva, nos indica: ¡Cuidado con usar la corrección fraterna como excusa para armar corrillos de insidia, para organizar círculos de discordia que envenenen con la crítica y el chismorreo! Se da el caso que –so capa de aplicar la corrección fraterna- se apela a otros rencorosos para armar un club contra alguien; o, para ir con acusaciones ante un superior, o simplemente, para no estar sólo en el ataque o, porque viendo a otro caído se experimenta la sensación que nuestro podio personal es más alto. Estas sociedades de intriga se atarean apilando acusaciones y arrumando exageraciones corrosivas. ¿Qué podría tener semejante conducta de “fraterno”? Así es, tenemos que comprender intensamente que el propósito de la corrección fraterna no es la persecución y el acoso; sino, muy por el contrario, se persigue salvar a “nuestro hermano”, nunca y en ningún caso, clavarle una daga. Lo que queremos es que el “caído” pueda levantarse y re-incorporarse a nuestro peregrinaje hacia la patria eterna, la Celestial, donde la Shekinah, la Presencia de Dios es Todo en todos. Sí, colguemos –en nuestra alma- un ancho pasacalles donde pueda leerse: “La corrección fraterna es para crecer, no para hundir”. «La crítica es útil en la comunidad, que debe reformarse siempre y tratar de corregir sus propias imperfecciones. En muchos casos le ayuda a dar un nuevo paso hacia adelante. Pero, si viene del Espíritu Santo, la crítica no puede menos de estar animada por el deseo de progreso en la verdad y en la caridad. No puede hacerse con amargura; no puede traducirse en ofensas, en actos o juicios que vayan en perjuicio del honor de personas o grupos. Debe estar llena de respeto y afecto fraterno y filial, evitando el recurso a formas inoportunas de publicidad; y debe atenerse a las indicaciones dadas por el Señor para la corrección fraterna»[2]

 

Tal vez conviene recordar aquí cómo –con el uso y el abuso- se desgastan las palabras: Es el caso de la palabra amor que fue degenerando para significar sólo las conductas y hechos sexuales, marginando así lo sustantivo, el anhelo de hacer el bien, de alcanzar el bien, de que el semejante alcance su plenificación, logre realizarse; así el amor se volvió un reducto de egoísmo, donde todo vale si propende a mi satisfacción, así sea la de las pasiones más bajas. Y cuando decimos aquí “semejante” no estamos haciendo alusión del que piensa similar, del que está acorde con lo que nosotros pensamos, «Como dijo un campesino: la gran desviación es que solemos confundir al prójimo con el semejante…»[3] No, cuando decimos semejante queremos decir semejante en cuanto es otro ser humano, aun cuando diste por leguas de nuestros pareceres. Otra palabra que se ha venido desgastando y desluciendo es la palabra “Padre”, y su decadencia y su venirse a menos es responsabilidad de nuestra fragilidad para comprometernos con las implicaciones de ser padres y de ser capaces de obrar como verdaderos padres, porque ponemos por delante nuestros egocentrismos. Suponemos que el Malo es feliz con este declive de las palabras, especialmente porque son las categorías medulares de la Salvación: Nosotros necesitamos entender que Dios es Amor, pero si la palabra “amor” ya no nombra lo que Él es ¿qué hacemos? Y si nuestra fe ha remarcado que Dios es Padre, ¿qué entenderemos por Padre si el papá se va por otro lado abandonando a su prole y dejándola librada al azar? No ha sido menos mala la suerte de la palabra hermano, cuando hemos perdido la tolerancia para sobrellevar la fraternidad y hemos abandonado todo esfuerzo por apoyarnos como verdaderos hermanos y más bien nos hemos acomodado a conductas francamente cainescas. Y, “hermano” es otra categoría fundamental para hablar de la Comunidad Eclesial, nos cuesta ejercer la fraternidad en la comunidad familiar, pues al hacerla extensiva a la Comunidad de la Fe la palabra queda desvaída y francamente raída, para decirlo con brevedad: ¡no sabemos ser hermanos!

La evangelización tiene que llegar hasta allá, y ser capaz de ir aún más lejos: Hay que recobrar esos significados, hay que deseducar en el egoísmo y aprender a caminar por las rutas del desprendimiento, de la generosidad, del servicio. Tenemos que comprender que la fe está hecha de esas materias: de saber amar, de reconocer en Dios a un Padre y   de ser capaces de reconocer en cada prójimo a un hermano. Y, el siguiente paso será llevarlos siempre en mente, para aplicarlos a todo momento y en toda circunstancia.

 

En una tercera señal caminera leemos: ¡No nos quedemos cortos no haciendo el mal porque el cristiano se caracteriza por hacer el bien! Cuando alguien cae se torna, aun sin quererlo en un Caín –figura del pecado contra nuestro hermanos- esa persona necesita ser “rescatada”, tenemos que volverla a adquirir para su Salud. Eso es lo que nos reclama Jesús, llamarle la atención, invitarlo a volver, ganarlo. El verbo griego en el evangelio es ἐκέρδησας conjugación de κερδαίνω adquirir. Ahí conecta con Caín [Qayin] este nombre etimológicamente significa “me he adquirido” como nos lo explica Gn 4,1 por boca de Eva: “Gracias a Yavé me he adquirido un hijo”. Así, por nuestra naturaleza pecadora estamos inclinados a fallar, pero gracias a Yavé, Sólo Misericordia, estamos previstos a ser re-adquiridos, no a quedarnos perdidos. Dios nos ha marcado en la frente, con la señal de la Cruz, en el bautismo, señal ya vaticinada en Gn 4, 15d, para impedir que nos maten, porque el Mismo Dios nos preserva pese a haber caído. Pero, no nos contentemos con no castigar matando, comprometámonos a rescatar, a re-adquirir. Inclusive si alguien nos fuerza a excomunicar, será un recurso extremo en procura de su redención. Como un clamor de campana que gritara: “Te has hecho el sordo a la corrección, ahora tocamos la campana de la excomunión para que no puedas pretextar que no oíste, que no te diste cuenta de nuestro llamado clamoroso a volver por el buen camino”.

 

Leamos, además, otra seña vial que nos advierte contra la actitud sectaria que aglutina comités, cortes, tribunales, y que bajo el expediente de la defensa de la “doctrina” condena con el satánico esfuerzo de inocular la división. Ay de los que atentan contra la unidad, la que quería Jesús, sólida y firme como la que se da entre el Padre y el Hijo. A ellos los honra su fortísimo deseo de preservar la ortodoxia; los degrada el incurrir –quizá involuntariamente- en el fanatismo. La Iglesia está llamada a preservar lo tradicional, pero, también está obligada a un constante aggiornamento, eso sí, sin desviarse ni un ápice de la Verdad de Jesucristo. Mantener la indisoluble unidad de esta moneda: la cara (la tradición apostólica) y el sello (la necesidad histórica de abrir la ventana y dejar que el Espíritu Santo sople con los vientos de la actualización; la Iglesia para ser fiel a Jesucristo no puede oler a moho). «La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. La humanidad alardea de sus recientes conquistas en el campo científico y técnico, pero sufre también las consecuencias de un orden temporal que algunos han querido organizar prescindiendo de Dios. Por esto, el progreso espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán desordenado por los placeres de la tierra, que el progreso técnico pone con tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha invadido ya a muchos pueblos.»[4] En medio de ese marasmo navega la Iglesia, nuestra nave, en la que vamos juntos. No podemos callar ni –mucho menos- ignorar.


Con estos peldaños teologales firmes, respetando estas señales camineras, congregados como verdaderos hermanos de Jesús; Papa Francisco citaba a San Alberto Hurtado para clarificar estas responsabilidades, esta mayordomía: «Serán, pues, métodos falsos todos los que sean impuestos por uniformidad; todos los que pretendan dirigirnos a Dios haciéndonos olvidar de nuestros hermanos; todos los que nos hagan cerrar los ojos sobre el universo, en lugar de enseñarnos a abrirlos para elevar todo al Creador de todo ser; todos los que nos hagan egoístas y nos replieguen sobre nosotros mismos». Y, añadía: “El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, hombres y mujeres consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano, que sepan detenerse ante el caído y, al igual que Jesús, ayuden a salir de ese círculo de «masticar» la desolación que envenena el alma”[5].


 

P.S.

«…en Cristo por el bautismo, estamos confiados los unos a los otros» (Por una Iglesia Sinodal. Documento final #46).



[1] Le Poittevin, P. Charpentier, Etienne. EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO. Ed. Verbo Divino Estella-Navarra 1999. p. 54 Citando a E. Cothenet. SAINTETÉ DE L´EGLISE ET PECHÉS DES CHRÉTIENS : Nouvelle Revue Theologique 1974 p. 469

[2] JUAN PABLO II AUDIENCIA GENERAL miércoles 24 de junio de 1992

[3] Mesters, Carlos CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999. p. 62.

[4] JUAN XXIII.  CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA HUMANAE SALUTIS.

[5] DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO. ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS, CONSAGRADOS/AS Y SEMINARISTAS.  Catedral de Santiago, martes, 16 de enero 2018.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Sábado de la Vigésimo Segunda Semana del Tiempo Ordinario

1Cor 4, 6b-15

Soy yo quien los ha engendrado para Cristo Jesús

Según nuestro mapa de la estructura de este Libro que, como ya lo dijimos, para efectos de su estudio, lo hemos parcelado en siete bloques, hoy entramos a la cuarta y última parte del primer bloque. En esta perícopa de hoy, se hace un contrapunto entre la situación de los que se han dado a la tarea de llevar el anuncio, y -como contraparte- los miembros de esta comunidad que como hijos han heredado un tesoro, el tesoro del Reino que Jesucristo les ha traído y que Pablo, junto con Apolo les llevaron, junto con otros predicadores que fundaron la Comunidad Corintia.

 

No deben enfrentarse ni crear separaciones entre unos y otros, porque unos hayan recibido el anuncio por vía de un portador y otros por el trabajo y desvelos de otro. Lo importante es mantenerse firmes en la Verdad del Mensaje y no andar fracturando la Unidad porque unos sean discípulos del uno y otros de otro. Quien haya llevado “la carta” no es lo valioso, no importa quien haya actuado como cartero, importa que les haya llegado la carta -portadora del mensaje- a sus manos.

 

La comunidad se aleja de Pablo y es la arrogancia la que los aparta y los va llevando al desvío. Siempre es amenazante cuando los frutos de nuestra fe nos embriagan y en nosotros viene a florecer la toxina del éxito. Pensamos que en muchas oportunidades nuestros poderes -los que Dios nos da para respaldar nuestro testimonio-, se bloquean, precisamente porque al ejercerlos, nos descresta la obra de Dios por medio de nosotros: llegamos a dudar si es obra de Dios, o quizás, somos nosotros solos, los que traemos tanto poder. Por eso se seca la fuente y no fluye más.

 

Sería grave que los carteros por el camino abrieran los sobres y adulteraran el contenido. ¡Eso sería muy preocupante! Pero, mientras el contenido de la correspondencia se mantenga intacto, todos deberían estar felices de las abundantes contrataciones de la “oficina de correos”, porque a mayor número de carteros, más pronto y con mayor eficacia llegará la correspondencia a su destino, así no tendremos que quejarnos por “falta de obreros para la mies” (Cfr. Mt 9, 37-38 y Lc 10, 2).

 

Es asombroso que en una comunidad surjan envidias y se generen roces porque hay abundancia de “carteros”, ¡bendito sea Dios que ha socorrido más jornaleros! La siembra será más amplia y más pronta. Lo que hay que cuidar es la fidelidad del Mensaje.

 

Los que actúan como “apóstoles” los que se ponen en la punta de la lanza en la tarea del anuncio, les corresponde jugar el papel de “locos por Cristo”. Y pese a todo, tenemos que soportar ser tratados como a la “basura del mundo”.

 

Dice San Pablo que él es -por así decirlo- el papá de la comunidad en tanto que fundador, y que esa gloria no le puede ser hurtada, porque su existencia como Comunidad parte del hecho fundacional; y al padre se le podrá reprochar otros defectos, pero el dar vida a la fe, ya lo indemniza de cualquier otra falla de que se le pudiera acusar.


No le damos suficiente importancia a la paternidad espiritual. ¡Bienaventurados los que llaman y abren las puertas de la fe, ellos serán llamados discípulos de Jesús, inclusive, apóstoles!

 

Sal 145(144), 17-18. 19-20. 21

Todas las épocas tienen sus altibajos, sus dificultades, sus laceraciones y sus piedras de tropiezo. Es difícil compararlas: a veces nos parece que la nuestra es de las peores, pero en cada edad “se han cocido habas”. A nosotros nos ha tocado como caldo de cultivo una era de incredulidad y ateísmo, y cierto que la navegación se dificulta bastante con tantos icebergs flotando acelerados en el oleaje que nosotros tratamos de sortear.

 

Jesús es nuestro radar para detectar, ya desde lejos, las amenazas flotantes que se nos vienen encima, y nos va llevando con su Sapientísima Guía por entre todos esos gigantes de hielo portadores de desgracia y del congelamiento de la fe.

Como si fuera poco Jesús nos trae un nutrimento vitamínico que nos hace agiles para todas las maniobras, que, para estar a salvo, requerimos. Este es un salmo de la Alianza, un salmo alefático, donde cada estrofa -como un acróstico, inicia con una de las letras del alefato. La fórmula es magistral, todos los días “hablar bien” de Dios, traer al escenario de nuestra consciencia, la claridad del Dios que nos protege, del Dios que es Salvación, del Dios que es Digno de toda Alabanza. Del Dios que reina en nuestras vidas y al que le ofrecemos nuestro corazón por Trono: ¡Dios cuyo reinado es perpetuo!

 

En la primera estrofa tenemos tres rasgos divinos que queremos bendecir: a) Dios es Justo b) Dios es bondadoso en todo lo que hace, c) Dios es un Dios cercano, no interpone ninguna distancia, no saca pretextos de lejanía para descuidarnos.

 

En la segunda estrofa, nos explica cómo se desvela y como nos tutora como “Tierno y Dulce Pastor”: a) satisface nuestros deseos, b) escucha nuestros clamores de salvación, c) guarda a los que lo aman, d) sólo permite el castigo de los malvados.

 

En la tercera estrofa nos dice que, por los motivos antes señalados, la misión de nuestra vida es cantar y contar bendiciones para nuestro Dios y Señor.

 

La antífona nos lleva a repetir por cuatro veces que Dios es “cercano” y especialmente lo es, con aquellos que a Él claman.

 

Lc 6-1-5

Solideo: Por encima del hombre, solo Dios

Seguimos viendo la actividad de Jesús en Galilea. Jesús pone todo su esfuerzo en sacarnos de la “cuadricula religiosa”, la que ritualiza la fe en fórmulas culticas, la que prefiere el legalismo -como fetichización de la fe-  y le sacrifica a ese ídolo la Bondad Divina, que siempre fluye, libre y sanadora, siempre priorizando la dignidad de la persona por encima de los bloqueos sabáticos. En esta parte del evangelio lucano, Jesús levanta blindajes y libra el poder de Dios de las férreas interpretaciones cultuales relativas al Sabbath.

Para mostrarles cómo hay que flexibilizar y “humanizar” la ley, Jesús les da un ejemplo Davídico: "el Pan de la Presencia," o "el Pan de los Rostros." Quiere decir que estaban continuamente delante de su Rostro, en el Lugar Santo, sobre la Mesa de los Panes de la Proposición, que se podría traducir “Panes del Ofrecimiento”, 12 panes que representaban a las 12 tribus de Israel, presentados y puestos en el Templo de Jerusalén, en la Presencia de Dios. Los panes eran un reconocimiento simbólico de que Dios era el recurso para la vida y el sustento de su pueblo, Israel; y también servían como un acto de agradecimiento de Israel a Dios. Estaban destinados a que Dios los comiera.

 

Y Jesús lo que nos trae a la memoria es que, en cierta situación, en la que David y los suyos tuvieron hambre, no se pararon en “leyes”, y pusieron por delante la necesidad humana. Con este ejemplo, Jesús nos lleva de la mano hasta una poderosa conclusión: El Hijo del hombre es Señor del Sabbath.

 

Sólo que si hay una cosa que empodera la testarudez de los ritualistas es la fuerza de la letra. A ellos no les bastó la enseñanza, y una y otra vez lo cuestionaron y lo juzgaron, porque para ellos la visión “cuadriculada de la fe”, convertida en un amasijo de fórmulas y preceptos era más importante. Es más, todo el odio que descargaron contra Él y que lo llevó a la crucifixión, estaba empapado de ira por contradecirles su fetichización del legalismo como fundamento de la fe. Así como para otros, el tema era “de quien se era discípulo”, para estos la cuestión está en la preceptualidad del Sábado. Para ellos, el precepto era su padre: se llaman “Bar Mitzvah” hijo del precepto, o “Bat Mitzvah” en el caso de una mujer.  Según ellos, El Sabbath estaba totalmente por encima del Hijo del hombre.

Nosotros nos sorprendemos y nos escandalizamos de esto, pero tenemos nuestros propios “fetichismos” religiosos, que no queremos que nadie nos toque. No podemos quedarnos en la anécdota; hay que superar la historieta y revisar ¿qué anquilosamientos de la fe nos victimizan y nos condenan a la parálisis? Citamos el caso de aquellos aspectos en los que la Iglesia abre sus brazos al diálogo interreligioso y nosotros decimos: “me importa un rábano, yo, por mi parte, mantengo mi persecución, al horno con ellos”. Por solo dar un ejemplo.