1Cor 15, 1-8
La Resurrección
de Cristo es el punto central de la fe … Negarla es, entonces, negar la fe
misma y poner una barrera insuperable en el camino de la comunidad.
José
Bortolini
Tal vez no justipreciamos la magna importancia de la
Resurrección. “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación,
vana es también vuestra fe” (1Cor 15, 14). Esta cita está un poco más allá de
la perícopa que hoy estamos tratando, pero, nos viene como anillo al dedo y
como justificación a su estudio. Si se recorta esta Verdad, nuestra fe queda
totalmente invalidada e impotente. Si no se acepta la Resurrección, se está
diciendo que Dios permitió la Victoria de la injusticia; un poco más y peor de
grave, se está diciendo que, a Dios, nosotros no le importamos ni un bledo, que
nos creó como un padre-irresponsable, de esos que echan hijos al mundo por el
afán de mostrar su poder de engendrar, por su malentendido “machismo”. Creer en
Dios es aceptar que Él-es-Justo y que su Plan de Salvación comprende haber
creado, también, las condiciones para construir esa Justicia.
En Corintio el tema de la resurrección dividía a los
cristianos y a los simpatizantes que iban apareciendo:
a) Los
que decían que es absurdo hablar o pensar en la resurrección: que después de la
vida hay nada.
b) Otros
pensaban que el alma es inmortal pero que la materia es un asco, sólo
resucitaba lo “espiritual”.
c) Había
otra tendencia que creía que sólo iban a resucitar los que estuvieran vivos
cuando Jesús volviera, pero que los que ya habían muerto, “muertitos” se iban a
quedar.
d) Para
varios, resurrección significaba profesar la religión con mucha fe, pero nada
tenía que ver con el futuro trans-mortal.
A muchas personas, muy “concretas”, no les gusta tocar el
tema. Dicen que de eso no vale la pena hablar, porque de eso “nada sabemos y
nada podemos saber”.
Sin embargo, hay que decirlo con todas las letras como lo
dijera San Pablo -parafraseándolo-: Si la Resurrección no se acepta, es como
tener una lancha a la cual le robaron el motor, con ella, sólo flotamos, no
vamos a ninguna parte, cuando mucho llegaremos donde nos lleve el capricho del
oleaje y de las corrientes líquidas; y se ponen en cuatro patas a buscar a ver
si encuentran perforaciones en el casco, convencidos que Dios creó la lancha
agujereada. O, en otras palabras, es una religión -no que ora de rodillas- sino
que vive y muere arrodillada, en la más fatal acepción de la palabra.
Recordemos que nos arrodillamos conscientes de la Real Majestad de Jesucristo,
pero después nos ponemos y nos quedamos de pie para significar que Él nos
comparte el regalo de Su Resurrección, no para volver a caer de rodillas, como Lázaro,
que fue resucitado para esta vida mortal -provisionalmente-, y volvió a caer a
la tumba.
En esta perícopa el hagiógrafo hace pie en el kerigma, pero
sólo como antecedente, para después elevarse a lo esencial:
1) Cristo
murió por nuestros pecados
2) Fue
sepultado
3) Resucitó
el tercer día.
Lo esencial es hablar de la Resurrección. Hacer ver la
Victoria en medio del decaimiento y el desánimo: Resucitado, se “apareció” al
menos seis veces, como lo nombra el Apóstol de los Gentiles:
1) Se
le apareció a Cefas.
2) A
los Doce,
3) A
más de quinientos hermanos
4) Después
a Santiago
5) Después
a todos los apóstoles
6) Y,
por último, también a San Pablo.
«En medio de una sociedad idolatra, la comunidad pierde toda capacidad de resistencia y confrontación, porque si es cierto que la sociedad injusta mató a Jesús para siempre, no vale la pena luchar. El Evangelio sería mala nueva, pura fantasía». (José Bortolini)
Sal 19(18), 2-3. 4-5
Son Sólo 4 versos los que conforman las dos estrofas de la
perícopa del Salmo Responsorial de hoy, que es un himno que plantea una lógica
supremamente interesante: Dios no sólo ha regalado el mundo físico -con sus
asombrosas ecuaciones- sino que también ha reglamentado la vida moral. Los 4
versos se toman de la parte donde se expresa el asombro por la Grandeza Divina
plasmado en el orden Cósmico; y, se atribuye a un hagiógrafo distinto del que
compuso la segunda parte, la del Dios-moral, donde reconoce que los preceptos
de la Ley son otro regalo de Dios para la vida armónica de las criaturas.
En la primera estrofa: La sucesión ininterrumpida de días y
noches y el vaivén ordenado de los planetas y de todos los cuerpos celestes,
dan testimonio del portento de Dios. Y. esos fenómenos naturales, alaban al
Señor, y -con el cumplimiento de sus matemáticos designios-, van trasmitiendo
entre ellos, el murmullo de la hermosa armonía que Dios les enseñó y les
infundió.
Nadie escucha palabra alguna, no hay ordenes, ni comandos, ni gritos castrenses, ni semáforos en la naturaleza, pero -cualquiera que se detenga un momento a observarla- no puede menos que quedar atónito ante la concordia de la máquina celeste. Nuestros telescopios, nuestras sondas espaciales, sólo son mudos testigos de la sinfonía universal.
Este bando es proclamado por el heraldo universal. Es el
“kerigma” del orden natural. Nuestros ojos, y todos nuestros sentidos palidecen
de asombro.
Jn 14, 6-14
Su resurrección
no es un tema de futurología, es el hoy de Su Presencia en nuestras vidas.
Es sorprendente que, por medio de afirmaciones muy confusas,
muy ambiguas, muy densas, Jesús -en el Evangelio Joánico- nos va revelando su
perfil, hasta que las piezas muestran una claridad que se alcanza por medio del
entretejido de esas frases tupidas y enigmáticas. Todo esto es constitutivo de
este Evangelio tan altamente teológico.
Hay una sentencia de Carlo María Martini que nos lleva a reflexionar muchísimo: «Si el cristiano se deja llevar por la tristeza y el desánimo, aunque sea desanimo por los propios pecados, sin seguir creyendo en la fuerza de la Resurrección de Cristo, no vive bajo la acción del Espíritu de la Verdad». Y es que muchas veces ponemos el freno de mano allí donde nuestra fragilidad nos congela y parece demostrar nuestra incapacidad. En vez de ese entumecimiento, debemos sobreponernos, levantarnos, no sobre nuestras propias fuerzas, sino sobre las que nos concede el resucitado. El resucitado nos resucita, y nos incorpora con su Munificencia.
Jesús nos da una especie de eje, para que todo lo demás
pivote en torno suyo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6): Cuando
dice camino, no es para trazarlo en un plano, o buscar en él una dirección, o
la vivienda de alguien, o el Centro Comercial; cuando dice que es la Verdad, no
se refiere a la solución a las disputas de los intelectuales, de los
conferencistas, de los grandes teóricos; y cuando dice Vida, no hace alusión al
resumen final de una conciencia manchada que se presenta ante un tribunal para
ser “sentenciada”. No es la vida vista desde la perspectiva de un “contador”
que hace un “inventario”.
Está allí para caminar “sinodalmente”, construyendo
comunidad, incorporándonos al Cuerpo Místico; está allí para tener certeza y
desechar las dudas, y cuando dice Vida está allí para resumir todos nuestros
fracasos y desvíos con sus gestos siempre Misericordiosos. No hace que lo malo
se convierta en bueno, pero puede vencer toda la maldad junta para demostrar
que el tamaño de su Amor es inabarcable, inconmensurable. Él podría
perfectamente decir Yo-Soy la Ley que puede Salvar, Ley que no lleva a la
condenación; Yo-Soy la Verdad porque soy Trasparencia del Padre; Yo-Soy la
Vida, porque Soy-Eterno-Amor.
Cuando con la Ascensión, pasamos de la fase presencial-corpórea
a la fase espiritual, la Presencia no se disminuye, se reencarna en nosotros, para
que nosotros no nos quedemos
Ahí tirados, sino que seamos capaces de levantarnos. No nos
caemos para que quede demostrada nuestra impotencia; nos caemos para que, al
levantarnos, reconozcamos que solo La Fuerza Divina puede recuperarnos del
penoso resbalón hacia el abismo.
Muchos de nosotros al caer, nos quedamos muy orgullosos sollozando
sobre nuestra rodilla raspada, haciendo aspavientos sobre la -prácticamente
imperceptible- laceración, como si ante un raspón, todos los médicos de mundo
debieran acudir a participar de un coro quejumbroso, resignado, plañidero:
¡Nada se puede hacer! (Añádanse sollozos en off).
La Divinidad no usa la pedagogía de retenernos hospitalizados
por años, sino que ¡nos da de alta en seguida y nos re-envía!
A nosotros -que fuimos creados a Su Imagen y Semejanza-, Jesús
Resucitado se nos presenta como boceto general de nuestro propio Yo, para que
-muy a pesar de nuestras deformaciones- seamos capaces de calcar lo que
podamos; y cualquier matachín que nos resulte, Él lo re-hará, agradable a los
Ojos del Padre.
No esperemos que nos reproche el largo tiempo que ha pasado a
nuestro lado, porque toda nuestra duración terrenal, es para Él, nada más que
un parpadeo y Él lo puede convertir en Guiño-Sonriente de Dios. Nosotros, -después
de siglos de teología- aún nos cuesta asimilar la Presencia Sacramental del
Padre en el Hijo. Lo decimos muy rápido, pero baja muy lentamente al corazón.
Nos pide creerle, y lo que nos cuesta no es tener fe, sino
deshacer el intríngulis que significa “Yo estoy en el Padre y el Padre está en
mí”; se nos dificulta porque en nuestra realidad lo que es continente no puede
ser contenido y a la vez, viceversa. No es que sea difícil creerTe, lo que nos
parece problemático es entenderTe; pero, en vez de esforzarme, me doy por
rendido, y sencillamente lo acepto: “Si tú, Señor, lo dices, así Es”. Y lo
capto envolviéndolo en Amor.
No te pido que me muestres el Rostro del Padre, te suplico
que me envuelvas en tu Abrazo, que me llenes de tu Luz para continuar tu Obra,
y que todos seamos Uno en el propósito de darle continuidad a la Misión. ¡Que
me dé cuenta que, si te miro, estoy mirando el Rostro del Padre! Y entonces,
procedo a pedir que me empaques en Tu Amor, y como Dios es Amor, lograré
contener lo incontenible de tu Misericordia.
Lo pido en Tu Santísimo Nombre. ¡Nombre sobre todo nombre!




















