martes, 9 de junio de 2026

Miércoles de la Décima Semana del Tiempo Ordinario

1R 18, 20-39

Siempre hubo y siempre habrá profetas y profetisas ligados a los dioses falsos del poder opresor. Ellos usan la religión en beneficio propio y reducen a Dios al tamaño de sus propias ideas.

Carlos Mesters

 

Evidentemente, los libros de los reyes, no tienen como epicentro a los reyes sino a los profetas. Estamos, por ahora recorriendo el ciclo de Elías, quien se constituirá como el paradigma del profetismo, (del mismo modo que Moisés es la figura paradigmática del Legislacionismo). Ellos dos son los representantes de la Ley y los Profetas.

 

Al principio, los profetas eran figuras que acompañaban a los gobernantes y eran verdaderamente sus asesores de cabecera, consagrados en su tarea de guiar al monarca en su fidelidad. Pero, a partir de un cierto momento, el profeta es desoído y retirado como un personaje molesto que interfería las ansias de poder del monarca.

 

El ciclo de Elías cuyo núcleo temático gira en torno al yahvismo militante, defendiendo a Yahvé como único Dios Verdadero enfrentándose a la religión de Baal; sin embargo, no es de origen yahvista. Histórico-literariamente, pertenece a la historia Deuteronomista. Fue recopilado y redactado en el Reino del Norte durante el siglo IX a.C. y posteriormente integrado en los rollos de los Reyes.

 

Elías, a causa de Jezabel, se convierte en una espina para el talón de Ajab. Elías denuncia la idolatría promovida por Jezabel que trajo a Ba´al y lo puso en el centro del culto para las tribus del Norte. La sequía de la que venimos hablando no es otra cosa que la consecuencia de la traición idolátrica del pueblo que se hizo baalista.

 

Hoy presenciamos un verdadero “duelo” ente los “falsos profetas” que se han puesto de la parte del culto a Ba´al y Elías, el único defensor del culto verdadero a YHWH. Podríamos denominarlo el “duelo en el Carmelo”, puesto que este es el escenario. Se trata de ofrecer un sacrificio pasado a fuego, donde las víctimas son presentadas por el pueblo, pero el fuego será la firma de aceptación de parte de Dios. La víctima aceptada será recibida en las manos de Fuego de YHWH, que son sus Llamaradas recibirá, como homenaje, la ofrenda. En cambio, los profetas de Ba´al no logran que su dios envíe el fuego correspondiente: Elías, por su parte, se burla, preguntándoles si su dios estará muy ocupado atendiendo sus negocios, o si sería que se quedó dormido. En cambio, YHWH, pese a que la ofrenda ha sido humedecida como para que no pudiera entrarle el fuego, sucumbe ente la llamarada hambrienta de Dios. Y, no sólo la víctima, sino que “lame” toda el agua que le habían derramado encima como si los bomberos -preventivamente- hubieran operado sus mangueras para empapar la ofrenda.

 

Era usual que los falsos profetas se laceraran con chuzos para hacer manar sangre y simular que llamaban la atención del ídolo al que invocaban; o, por lo menos, resultaba bastante “espectacular y, por qué no, hasta “conmovedor” verlos llagados, gritando y desgañitándose. Se sabe que estas conductas de cutting se presentan por angustia emocional, tal vez decepcionados ante la falta de respuesta, conducta que suele expresar la frustración y e bajo autocontrol emocional. En todo caso, el derramamiento de sangre era parte integral de los sacrificios. Así los falsos profetas añadían su cuota personal de sangrado lo que, en términos de conseguir el apoyo del público, era suficientemente demagógico, valga decir, como estrategia que busca manipular la opinión pública apelando a las emociones (miedos, deseos y prejuicios) en lugar de recurrir a argumentos lógicos. Su objetivo es ganar el favor popular mediante discursos simplistas y falsas promesas.

 

Elías, por su parte, -recordemos que Ajab y Jezabel habían mandado a demoler los altares del culto al Señor- se puso a reconstruir el Altar de Yahweh, y juntó doce piedras -lo que para nosotros es suficientemente simbólico- que no era cosa de él, ni de algún combo, por ahí, sino que, lo que estaba en juego, era la fe de todo su pueblo, de las doce tribus.

 

Como ya hemos dicho, esa ofrenda estaba tan mojada que no la podrían encender ni con “soplete”.

 

Elías, lejos de recurrir al “show”, dirigió una plegaria lógicamente hilvanada pidiendo a Dios su acción para demostrar que YHWH es Dios y así convirtiera sus corazones Cfr. 1R 18, 36s.


A pesar de la humedad del Altar y de la víctima, el fuego ardió, consumiendo la leña, las piedras, el polvo y toda el agua acumulada en la zanja. Todos los presentes se postraron frente en tierra proclamando יְהוָה֙ ה֣וּא הָאֱלֹהִ֔ים יְהוָ֖ה ה֥וּא הָאֱלֹהִֽים׃ [Yahweh he ha-elohim Yahweh he ha-elohim] “¡El Señor es Dios; El Señor es Dios!”.

 

Sal 16(15), 1b-2a. 4.5 y 8. 11

Allí, dónde el paganismo ha hecho su eclosión, y donde los “falsos profetas” instalan sus caldos de cultivo, el “fiel” siempre verá con asombro que el paganismo florece y todos se apresuran a vincularse a tantas y tantas señas de impiedad y descreimiento. Es, precisamente allí, que el materialismo campea, y las supercherías abundan; es allí, exactamente, donde los vendedores de talismanes y pócimas cuelgan sus tenderetes, y los magos y adivinos levantan sus altares de idolatría.

 

Sin embargo, la fuerza de la fidelidad sostiene al creyente ante tanta depravación y desvío, su fe, permanece incólume y el Señor le presta amparo, apuntalando su confianza para que pueda mantenerse firme.

 

Sabemos que, de todas las tribus, la de Leví quedó sin asignación de tierras, para que ellos se consagraran al culto, asignándole al resto de la Comunidad Israelí, ver por su sostenimiento, para que aquellos quedaran reservados y entregados a las actividades cultuales. Para ellos su heredad era su vida de oración y de intercesión por su pueblo, la atención al culto y el cuidado del templo.


Este es, pues, un salmo del huésped de YHWH. Los Jassidim “enamorados” de Dios, rechazaban y huían de las “libaciones sangrientas”. Sus labios no se manchaban pronunciando el nombre de los ídolos, conscientes, como eran, de que nombrarlos, era ya invocarlos.

 

Sus labios vivían ocupados de pronunciar bendiciones u alabanzas para YHWH. Y ponían toda su existencia en las Manos de Dios.

 

Mt 5, 17-19

 

En un mundo superior puede ser de otra manera, pero aquí abajo, vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces.

 San John Henry Newman


Hay un enfoque muy particular tanto en San Mateo como en San Pablo. Para ellos estaba muy claro que el cristianismo no consistía en un abandono del judaísmo, sino en un perfeccionamiento, en un “llegar al fondo”, en una exploración, “a profundidad”, de la esencia de la fe que se les había “revelado”.

 

Aquí, San Mateo, en esta perícopa lo dice rotundamente: “En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley”.

 

La claridad es precisa:

a)    Nadie debe esconder o disminuir la valía de alguno de los preceptos por considerarlos de menor cuantía.

b)    Quien así obrare, y se pusiera a enseñar con espíritu minimalista la verdad de la Torah, se hará reo del desprecio en el Reino de Dios.

c)    En cambio, quien mantenga en todo su valor y esplendor la Verdad Revelada para Ese, los honores del Reino serán los mayores.

 

Muchos son los casos de quienes pretenden dejar aparte las Primeras Revelaciones pensando que al recortar y disminuir se podía llegar a una fe “más cómoda” y que esa “comodidad” repercutiría en el acrecentamiento del número de fieles, a ellos ha de recordárseles que el número no hace la calidad del Jassidim (piadoso), sino lo que vale es la manera fiel en que ese “Amor” se edifica y cumple.

 

Cuanto más se adentra uno en el cristianismo, más cuenta se da que, es cierto, si se cumple el Mandamiento del Amor, se cumple la Ley Entera. Y que contra el Amor no hay cortapisas ni subterfugios. Prácticamente, la conclusión está también expresamente manifestada en la perícopa: Jesús no vino a abolir sino a llevar a su plenificación la Ley.

 

También, evidentemente, no se trata de volverse “cositero” con las tildes de la Ley, y lo que debe observarse es el “Espíritu” de la Ley. No puede caerse en el detallismo obcecado, sino saber ir a la esencia del Mandato. Y en esto consiste que el cristianismo represente un “corrimiento del paradigma”, como suele decirse en epistemología.

 

Aquí hay un punto crucial que lleva a muchos a empantanarse y retroceder hacia el fundamentalismo del “al pie de la letra”. No se tratará nunca de la repetición de fórmulas y listados, tampoco de la memorización de extensos códigos y de sus numerales; por el contrario, se tratará de una viva e intensiva voluntad de hacer “justo la Voluntad de Dios”, lo que no se logra con el leguleyismo.


En cambio, sí con un anclaje profundo en la ética del cristiano. Es allí, exactamente donde el magisterio de la Iglesia acude solicito a orientar e interpretar, enmarcando y relacionando con los signos de los tiempos, la Voz de Dios que nos ha Revelado la Directriz: “Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré”.

lunes, 8 de junio de 2026

Martes de la Décima Semana del Tiempo Ordinario


 1R 17, 7-16

No se acabó la harina de la tinaja ni el aceite de la jarra, tal como el Señor lo había dicho por medio de Elías.

1R 17, 16

El Primer “Libro” de los Reyes comienza relatando

-1. El final del reinado de David y la entronización de Salomón capítulos 1 al 2;

-2. Se relata el reinado de Salomón, lo que ocupa los capítulos del 3 al 11;

-3. Aquí viene la más lamentable consecuencia, la división del reino que ocupa el capítulo 12, los versos 1 al 33.

-En la parte 4. Se narra lo que pasa en los dos reinos, capítulos 13-16, hasta la aparición del profeta Elías.

-En la 5ª parte -capítulos 17-21-, se narra lo que aconteció al profeta אֵלִיָּ֨הוּ [Eliyahu] “Elías” nombre que traduce “Yahveh es Dios” -cuyo ministerio se sitúa entre 874 y 853 a.C., época marcada por el auge de la idolatría y el culto al dios cananeo Baal- en tiempos de Ajab o Acab Hijo de Omrí y rey de Israel, 918-897 a.C. según lo que se nos cuenta aquí, o -si nos atenemos a documentos asirios- del 875-854 a.C. y de אחזיהו [ʼĂḥazyāhū], Ὀχοζίας [Ocozías], sexto rey de Judá, hijo de Joram y de Atalía.

 

Es de esta quinta parte de donde se extracta la perícopa de hoy: Vamos a hacer un reconocimiento geográfico, para empezar, en la región histórica de Fenicia donde ubicamos entre Tiro y Sidón, en la costa Mediterránea a Sarepta -unos 15 kilómetros al sur de Sidón -también conocida como Zarefath- era una antigua ciudad puerto fenicia -o sea en territorio Palestino, según la geografía bíblica-; en la actualidad, sus ruinas arqueológicas se encuentran en el moderno pueblo pesquero de Sarafand, ubicado en el sur del Líbano. Esta palabra צָרְפַ֙תָה֙ [Tsarefad] “Sarepta” proviene de una raíz hebrea que significa «fundir», «afinar» o «refinar» aludiendo a los metales en un horno; conllevando una connotación de “dura prueba”, “prueba rigurosa”.

 

El tiempo histórico es el de una sequía. Dios le había ordenado a Elías irse a ocultar allí, en el arroyo Querib -que corre por una quebrada estrecha y profunda, magnifica condición para ocultarse allí-, al oriente del Jordán, donde tendría agua para beber y sería alimentado por unos cuervos a quienes Dios les había encomendado la misión de sustentar al profeta (Cfr. 1R17,2-7). A causa de la sequía el arroyo se secó. Fue entonces que Dios le indicó a Elías ir a vivir en Sidón, más exactamente en Sarepta. Dios cambió a los proveedores de Elías, ya no sería los cuervos, ahora sería una viuda.

 

Tan pronto hubo entrado en Sarepta vio a una viuda recogiendo leña, y le pidió agua. En un segundo momento la apremió por “un pedazo de pan”. Ante este pedido la viuda la explicó que no tenía pan hecho, y que tan solo le quedaba un puñado de harina y el aceite necesario para hacerse un pan para ella y su hijo.

 

Elías la reconfortó, le prometió que ni la harina ni el aceite -por la Palabra del Señor- les iba a faltar hasta que la lluvia volviera por la Orden Divina.

 

Podemos derivar de aquí dos enseñanzas

i)              La viuda consagró todos sus recursos -pese a lo menguados que eran- confiando en una promesa divina y dando cumplimiento a la misión encomendada.

ii)             Una vez más, Dios señala que su protección no está delimitada por fronteras humanas o por sectarismos religiosos, como el mismo Jesús lo explicará cuando en Lc 4, 25-27 en su discurso en la sinagoga de Nazaret recordó que Dios-Padre envió al profeta Elías a socorrerse de una mujer extranjera compartiendo el pan que era de su hijo y de ella, pero retribuyéndole a la vez su generosidad, cobijándolos con su cuidado Paternal.

 

Sal 4, 2-3. 4-4. 7-8

Recuerden, el Señor prefiere al que le es fiel

Este es un salmo del “huésped de YHWH”. Aparece en este cántico una palabra clave: la que designa el “Huésped de YHWH”, al que vive gozándose del resplandor que mana de la Sonrisa de Dios. El propio salmo designa con la palabra חָסִ֣יד [hasid] “fiel”, “piadoso”, “devoto”, “volcado hacia Dios”, “misericordioso”, “santo”, “modelo de beatitud”. Podríamos estirar el significado hasta hacerlo llegar a significar “amigo de Dios”, “el que habita en su Templo”, “huésped de YHWH”.

 

Ante todo, cuando un hasid invoca el Señor, Él lo escucha, lo saca del apretón. El hasid cuenta con el poder Milagroso de Dios, que hace que los cuervos se apuren a alimentarlo antes que dejarlo conocer los rigores del hambre. El corazón del hasid está lleno alegría verdadera. No de la falsa alegría del que bufonea porque tiene lleno el granero y con copiosas botellas en su cava.


De esta manera el Salmo nos lleva a distinguir entre la falsa alegría del que posee cosas materiales; de la verdadera, que consiste en conocer la Luz resplandeciente de la Sonrisa del Señor. Es por eso que el estribillo lo que ruega es que lo deje ver el brillo de su Rostro resplandeciente fulgurando como una tutela inextinguible sobre él.

 

Como ya se habrá notado ese gozo verdadero proviene de un estar siempre ante la Presencia, ante la Shekina, habitar en su Morada, ser aceptado para vivir en Su mismo Conjunto Residencial, en su “Asentamiento”. Es un tema de cercanía, de familiaridad, es como pertenecer a la parentela del Señor, y no por ADN, sino por el sincero amor que se le tiene. Aún diremos más, es un asunto de intimidad.

 

Uno podría pensar en tres clases de personajes Veterotestamentarios que serían plausiblemente alojados en el Templo: El Rey, los levitas, los profetas.  Los estudiosos se inclinan a pensar que, en este salmo, en particular, se trata de un levita.

 

Es del mayor interés que no dice “porque hice esto o aquello Dios me dio”, sino que se trata de la Magnificencia divina que tiene a bien, pese a sus flaquezas, mirarlo con “predilección” y otorgarle su Don. El Hasid, se presenta suplicante: “ten piedad de mí y escucha mi oración”. La fidelidad no es virtuosismo propio, sino Bondad obsequiosa del Señor.

 

Mt 5, 13-16

La luz de nuestra fe, donándose, no se apaga, sino que se refuerza. Sin embargo, puede disminuir si no la alimentamos con el amor y con las obras de caridad. Así la imagen de la luz se encuentra con la de la sal. La página evangélica, de hecho, nos dice que, como discípulos de Cristo, somos también «la sal de la tierra (v. 13)». La sal es un elemento que, mientras da sabor, preserva la comida de la alteración y de la corrupción —¡en la época de Jesús no había frigoríficos! —.

Papa Francisco

La perícopa anterior a la de hoy es Mt 5, 3-12, o sea, las Bienaventuranzas. Pero hay un antecedente globalizante (Mt 4, 23-25): y es el sumario que sirve de marco al Sermón del Monte (Mt 5,1-7,29)

Continuamos en la órbita del ¡Gustad y Ved! ¿Qué hemos de degustar? ¿Qué hemos de ver? La sal y la luz, respectivamente. Nosotros estamos llamados a llegar a esa condición. ¿Cómo podemos llegar a ser sal? ¿Cómo podemos ser luz? Pues, estamos invitados a adquirirlos en Jesús, Él es el Maestro del Buen Sabor y de la Iluminación. No sólo hemos de adquirir Sabor y Luz, sino que -además- hemos de aprender a conservarlos, y a brindarlos, en transitoriedad, que otros muchos puedan percatarse del significado del lenguaje de Jesús, y seguirlo.

 

Siempre se debe enfatizar y tener muy presente que no “adquirimos” la Sal y la Luz para “almacenarlos”, sino, para ofrecerlos, para compartirlos, para comunicarlos. ¡Ese Sabor y esa Claridad evidentemente nos llenan de gozo, nos inyectan la bienaventuranza, y el corazón vive en una paz sinigual! Pero su finalidad y su sentido no consiste en las luces de bengala que chisporroteen en nuestro corazón, sino en el compromiso de llevarla hasta los “confines de la tierra”, convirtiéndonos en “animadores de la fe”.

 

¡Qué se nos note! Con todo respeto de los que con muy buen y santo ánimo quieren que nuestra dicha transparente al Señor para de esa manera promover la Evangelización; expresamos nuestras reservas. Hemos tenido la ocasión de vivirlo en carne propia: el peligroso riesgo de este beatísimo propósito, que se va diluyendo, como los fuegos artificiales, y lo escaso que queda, se deshace en humo. No somos “figuras públicas”; nuestro único afán debe ser “agradar y alabar a Dios”, el crecimiento de la obra Soteriológica debemos dejarlo en Manos del Señor, sólo Él conoce “la hora”. Lógico que no podemos andar por ahí dando el mal ejemplo, o viviendo de espaldas al Evangelio; pero eso no debe obsesionarnos porque siempre estarán los que critican porque si, y también porque no. Pensemos, la luna -que como bien sabemos, no tiene luz propia- sin embargo, con su silencioso, su modesto, pero a la vez, persistente reflejo de la luz solar, nos da un testimonio imperecedero y rompe la oscuridad de las noches más profundas.

 

Nuestra manera más contundente de dar Testimonio -a través de toda la historia- ha sido “hacer el bien”. La Iglesia registra de manera incuestionable la memoria imperecedera y el testimonio de caridad tan contundente que las instituciones caritativas de la Iglesia y algunos santos, han dejado como huella y proclamación del Poder Divino y de la Gloria de Jesús, que pasó haciendo el bien, que padeció y sufrió, que inclusive lloró con amargura por la amada ciudad en Sion. Pero que poco afán tuvo en el qué dirán, o en participar en bailes y otras actividades carnavalescas, ni en aparecer en banquetes “de caridad”, ni en arrancar aplausos o sonrisas. Pensé un ratito, y no se me ocurrió ningún chiste que Jesús hubiera pronunciado… ¡A usted -amable lector- ¿se le ocurre alguno?

El objetivo no es dar pretextos a los de ceño fruncido, que ponen los ojos en blanco, se cruzan de brazos y marcan el ritmo - con el pie- impacientes; sino justipreciar lo que verdaderamente nos debe preocupar e interesar a la hora de querer ser Sal y Luz del mundo. Una vez más pronunciemos nuestra jaculatoria: Ilumínanos, ¡Señor! con el Dulcísimo Resplandor de Tu Santo Espíritu, sólo Tú puedes guiarnos a hacer lo que Tú quieres, ¡ni más ni menos!

domingo, 7 de junio de 2026

Lunes de la Décima Semana del Tiempo Ordinario


1R 17, 1-6

Vamos a iniciar un cursillo sobre el Primer Libro de los reyes, en siete “clases”. Como vía de acceso vamos a remitirnos al “ciclo de Elías”, luego añadiremos dos clases más, tomadas del Segundo Libro de los reyes, para mostrar la continuidad que recibirá el profeta Eliseo, que recoge la heredad en lo tocante a la misión profética del norte.

 

La propuesta de estudio que nos trae la liturgia, no es lineal, ni continuada; parte -como vemos hoy- del capítulo 17, luego avanza al cap. 18, luego va al 19, el próximo lunes va al capítulo 21, y, el miércoles 17, saltará el Segundo Libro de reyes, (recordemos que son un mismo libro dividido en dos por su extensión). Con ese plan de estudio tendremos una perspectiva general de estos dos profetas.

 

Para ubicar cronológicamente los episodios que vamos a ver, conviene tener en cuenta que han pasado unos 50 años de la división del norte y el sur, Judá; el norte será el reino de Israel. En procura de un cierto “progreso” se da un desgaste, descuido y olvido de los valores que el pueblo, guardaba y cultivaba. El rey Ajab se casó con Jezabel, una sidonita (todo apunta en la dirección de un matrimonio por “pacto” con el rey de Tiro), y Jezabel indujo al culto de Ba´al. Esta divinidad venía de los cananeos y de los fenicios y era un dios agrícola que “controlaba” la fertilidad y -claro- las lluvias. De ahí se puede entender, porque el elemento base del relato de Elías, es una sequía. Es un desafío, si su deidad era poderosa, pues, ¿por qué no hacía llover?

 

Otro punto a tener en cuenta es que, estos son profetas “no-escritores”, por lo que son relatos que tuvieron un tiempo considerable de existencia en el marco de una cultura oral, antes de llegar a ser registrados por escrito. Muy distinto de lo que hacían los “periodistas” que escribían “artículos” para informar a la gente lo que estaba pasando, aquí lo que querían era enseñar a la gente a ver, con ojos de profeta, lo que hacían los “reyes”. Se quería trasmitir un pensamiento crítico, que tenía como punto de perspectiva la mirada de Dios.

 

Un profeta no es un adivino de lo que va a pasar, es un Custodio de la Alianza, es la voz de la conciencia en cada momento de la vida: Cuando nosotros hablamos de nuestra función profética, no es un uniforme, como la camiseta de un equipo, que se nos entrega el día de nuestro bautismo, sino una opción “intelectiva” para que nos acostumbremos a entender nuestra vida desde el foco de la “Justicia” de Dios. Así tendremos una identidad de fe y una conciencia de “misión”. Hay dos maneras de lograr identidad: una identidad superficial y externa, que se logra poniéndose cierta prenda, un brazalete, un escudo, una medallita; y otra identidad más clara y definitoria, la identidad existencial, para vivir, en nuestro caso, “con los mismos sentimientos de Jesucristo”, nuestra identidad no es exterior, es interior, consiste en un corazón manso y bueno, un corazón compasivo. Nuestra identidad consiste en una cristificación de nuestra vida, no a escala individual sino a nivel sinodal, comunitario.

 

Estamos aproximadamente en el año 860 antes de Cristo. Elías fue, como se lo indicó el Señor, al arroyo Querib y bebía de sus aguas y los cuervos le llevaban la comida. La sequía afectaba a los idolatras, pero para los suyos siempre había agua y pan. Que el profeta de Dios estuviera viviendo tan lejos, significaba que la Palabra de YHWH no era oída, que la adopción de Baal inducida por la consorte real, anulaba la Alianza que habían jurado respetar. Estar lejos de Dios es pasar hambre y sed y carecer de lo más vital: el agua y el pan de vida.


Ajab le construyó un templo a Baal en Samaria. Y de esa manera arrastró a todos los “convidados” al foso profundo de la aridez.

 

Sal 121(120), 1bc-2. 3-4. 5-6. 7-8

Es un salmo gradual: un acercamiento paso a paso, procesual, a Dios. Imaginemos una caravana (grupo de vecinos y amigos que van al templo), que se cuidan los unos a los otros, sin otra defensa que la protección que Dios Misericordioso les daba desde el Cielo. Y todos los riesgos que la imaginación nos puede indicar que sorteaban para cumplir su deber oracional de presentarse al Templo, y allí, ofrecer sus inmolaciones. Muchos males se cernían, y en la jornada la insolación era una amenaza constante.

 

Pero los peregrinos reconocían que todos los riesgos eran apartados por el Señor, que les daba su tutelaje por todo el camino de ida y vuelta.

 

La peregrinación siempre ha sido figura de la vida entera y de nuestro paso por la tierra. ¿Qué podemos decir sobre nuestro seguro de vida? Podemos afirmar, que “Nuestro auxilio es el Nombre del Señor”.  ¿Qué respaldo de solidez tiene esta Aseguradora? ¡Imagínense!

Fue esta misma empresa de Seguros la que “hizo el Cielo y la Tierra”.


Mejor dicho, ¡no puede haber una certeza superior!

 

Mt 5, 1-12

Afortunados los que han descubierto esta perspectiva de vida

Hoy iniciamos nuestro estudio del Evangelio según San Mateo, y dejamos aparte la infancia de Jesús (tema estudiado por Navidad), la huida a Egipto y su venida a Nazaret, la perícopa acerca de Juan el Bautista, el Bautismo de Jesús y el llamado de los primeros discípulos (estudiados por cuaresma); y pasamos directamente al “Sermón del Monte”, en el capítulo 5.


 

El Sermón del Monte se inicia con las Bienaventuranzas, que en Mateo se destinan a:

1)    Los pobres de espíritu

2)    Los afligidos.

3)    Los que lloran

4)    Los que tienen hambre y sed de Justicia.

5)    Los Misericordiosos

6)    Los limpios de corazón

7)    Los que trabajan por la paz

8)    Los perseguidos por causa del bien

9)    Ustedes, los persigan por su causa

 

Son los atributos que deben anhelar los discípulos-misioneros. Son sus rasgos distintivos, que les conseguirán la verdadera satisfacción del “deber cumplido”

1)    El Reino de Dios les pertenece

2)    Serán consolados

3)    Heredaran la tierra

4)    Disfrutaran de una realidad justa.

5)    Serán tratados misericordiosamente

6)    Verán a Dios

7)    Serán llamados hijos de Dios.

8)    El Reino de Dios les pertenece.

9)    La paga que les tiene reservada Dios es una medida generosa, sacudida, rebosante.


Entendamos que:

a)   Dice Cielo, porque ellos, los judíos, tienen vetado pronunciar el “Santo Nombre de Dios”.

b)    Bienaventurados significa “felices en grado superlativo”.

c)  La Legislación que rige en el “Reino de Dios” es la constitución llamada “Bienaventuranzas” y nuestro corazón el territorio donde flamea Su Bandera.

d)    Las Bienaventuranzas son como un salmo gradual, nos van llevando en el paso a paso hacia niveles cada vez más altos de la madurez cristiana en ese proceso que nos gasta la vida de la manera más fructífera que quepa concebirse.

sábado, 6 de junio de 2026

ENTREGARNOS PARA SER CUERPO DEL SEÑOR

 

Deut 8, 2-3. 14b-16a; Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20; 1Cor10, 16-17; Jn 6, 51-58

 

Como te escondiste Tú en una migaja de Pan

haz que nosotros nos escondamos

como humildes migajas de Tu Misterio

en la grande artesa del mundo

y así fermentar toda la harina.

Averardo Dini

 

El ser humano –con escasas limitaciones-alcanza a entender lo duro que es ver el sufrimiento de un hijo, Dios, para que entendiéramos la dimensión inusitada de su Amor, decide y deja que su Propio-Hijo sea entregado en Sacrificio; se escribe así con mayúscula para que recordemos que se trata de un Sacrificio-Divino. El Hijo se “entrega”, como un cordero se deja llevar al matadero, como precio de Rescate. Pero, antes de Sacrificar-se, establece un Acto Conmemorativo, para hacer que ese Sacrificio sea in-temporal. Recordemos que en La Última Cena Jesús establece dos Sacramentos como “herramientas” celebrativas: El Sacramento Eucarístico y el Sacramento del Orden Sacerdotal, que hace posible al anterior, estableciendo al “agente” de su confección.

 

«Hermanos; el cáliz de εὐλογίας [eulogías] “bendición” que εὐλογοῦμεν [eulougomen] “bendecimos”, ¿no es κοινωνία [koinonía] de la sangre de Cristo? Y el pan que κλῶμεν [klomen] “partimos” ¿no es comunión del Cuerpo de Cristo?» Aquí nuestro interés y nuestra curiosidad se dirigen a la Palabra κοινωνία. Vamos al diccionario de griego-español y encontramos las siguientes alternativas para traducirlo: “participación”, “compañerismo”, “comunión”, “comunicación”, “lo que se comparte o se les participa a todos los miembros de la comunidad”; esto último viene a ser una glosa de lo que es “comunión”.


Reflexionemos: Este Sacramento tiene como efecto hacernos co-corpóreos nos lo explica Jesús en el Evangelio según San Juan, -precisamente en la perícopa que leemos hoy, en la Liturgia de Corpus Christi: “El que come mi σάρκα [sarka] “carne” y bebe mi αἷμα [aima] sangre, permanece en Mí, y Yo en él” (Jn 6, 56).  “Carne Y Sangre”, significa para la mentalidad semita, la totalidad de la “persona”, y no por un instante, sino por “transformación”, por “comunión”, donde el prefijo co- (significa "junto" o "todo") y munus (significa "cargo", "función", "regalo", “oficio”, “tarea”, “oficio”) y no “unión de todos”, no “común-unión” (por qué surgen estas falsas etimologías -o etimologías populares- surgen de la necesidad humana de encontrarle un sentido lógico a palabras cuyo origen real se ignora o es muy complejo; Se originan por un fenómeno llamado analogía, donde el cerebro asocia un término extraño con palabras más familiares), en este caso es el sufijo munus presente en otras palabras de nuestro idioma como “remuneración”, “municipio”, “inmune”, “munificencia”. (que denota una unión espiritual indivisible y una participación mutua entre los creyentes y lo divino cada quien está vinculado plenamente, corazón-alma-mente-fuerzas (Cfr. Mc 12,30), comunión -etimológicamente hablando significa “participar todos de la misma misión”. Quizá lleguemos más al fondo si nos apoyamos en San Pablo (1Cor 10, 17): “Puesto que sólo hay un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan”. Comulgar es aceptar que somos Uno en Jesús Nuestro Redentor, es tomar en nuestros labios su Ser-Pan y su Ser-Vino, y aceptar como Jesús, entregarnos totalmente a ser Él. Lo cual, sin duda, implica una renuncia: renuncia a nuestro egoísmo; y –a la vez- un compromiso de fraternidad, de solidaridad, de ayuda y cariño mutuo, de sinodalidad, la misma (que como ideal de pueblo que vagó por el desierto), se dejaba guiar por la Columna de Fuego y Comulgaba con el Maná. No perdamos de vista que esta cuarentena no es otra cosa, que un tiempo de “caminar en la voluntad del Señor” (Cfr. Deut 8,2), por tierra extranjera. Es Él quien nos guía, nos lidera, nos acompaña, nos defiende y más. En griego se tiene la palabra koinonía que describe el estilo de vida de las primeras comunidades cristianas, donde se compartían los recursos materiales para que no hubiera personas necesitadas: Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común (cfr. Hch 2, 44-47).

¿Cómo podríamos no anhelar comer el Pan de Vida? No vayamos -también nosotros- a empezar a renegar contra nuestros pastores, y nos sorprenda Dios haciendo gala de la arrogancia de nuestro corazón-de-piedra e injuriando a Moisés y/o deseando volver a las cadenas de la “esclavitud”.

 

Pero, lo que sí tenemos que hacer es guardar en nuestro corazón el Amor a nuestro Dios y a nuestro prójimo. Aferrarnos a nuestra fidelidad, evitar toda y cualquier idolatría; vivir en oración, hablarLe y escucharLo; amarLo, y darLe el primer lugar en nuestro corazón; seguir haciendo de nuestra alma un Templo. Parte de esta manera de vivir-en-oración es comprender que los Sacramentos no se deben suponer, no podemos imponerle a Dios que el Sacramento sea según nuestros caprichos cuando y como queramos, Él es el Libérrimo, que hoy puede elegir estar en una Vara para ser Mostrado-y-Mirado, o… hacer llover maná. Él no es esclavo de la Liturgia, es Él-quien-se-entrega, no nosotros quienes lo “robamos”. Hay una profundísima teología de su Libertad, Él ha escogido ser Esclavo a nuestro servicio; y, nosotros… ¿qué hemos escogido? ¿dejarLo esperando…?

Sin duda, ¡Él está disponible para aceptarnos co-corporeos! ¿Estamos nosotros disponibles para ser “miembros de Su Cuerpo Místico”? Él está disponible para volverse a entregar por entero, ¿Qué podríamos ofrecer? (ya hemos cavilado en otra oportunidad que no es una transacción comercial, es un generoso y desprendido acto de Comunión; y nosotros –de sobra sabemos cómo se llama esa “Comunión”- se llama Amor). Esta mañana hemos leído una oración que dice:

«Señor, abre nuestros corazones para que

podamos escuchar el clamor de los pobres

como tú lo haces y responder

como tus manos y pies en la tierra».

 

 

 

Tratemos de poder descubrir el Cuerpo del Señor en los signos pobres y sencillos con los que se presenta. En la pobreza y en los signos sacramentales del pan y del vino y también en el cuerpo y en el espíritu de los más pobres, en la pobreza y en las limitaciones de nuestras comunidades, en la oscuridad de tantas situaciones difíciles en que vivimos, en la desolación de tantos hermanos nuestros marginados.

Card. Carlo María Martini

 

En nuestro dialogo con la Trascendencia, la humanidad ha ido postulando diversidad de actos de “acción de gracias”, variedad de expresiones de la gratitud. Nuestra liturgia fue depurando una secuencia ritual, que el mismo Dios nos fue revelando como su preferida Acción de Gracias, lo que a Él le complace. Ya desde el principio, se mostró agradado con la sangre de corderos, pero también desde el principio, nos fue insinuando un Sacrificio incruento, a la manera del Sacerdote Melquisedec: donde las ofrendas fueran Pan y Vino. Así, el Señor de la historia, el Dios que camina con nosotros y va delante en la Columna de Nube durante el día y, en la Columna de Fuego, si caminamos durante la Noche, fue revelando –detalle a detalle- la liturgia que Lo cautiva.


Así, esta acción cultual se configuró y se instauró, como anamnesis del Hijo de Dios, como revivificación de su Santo Sacrificio; y recibió su nombre directamente del griego, la llamamos Eucaristía. No será fácil aprender a agradecer –máxime cuando la cultura de la muerte es la cultura de la ingratitud- pero ser agradecidos con nuestro Dios, Dueño y Señor de todo, que con Mano Generosa y Ánimo Misericordioso da y reparte magnánimamente y que tiene nuestros pobres nombres escritos en la Palma de su Mano, a Él el Honor y la Gloria, la Alabanza y el más dulce Incienso, para Él, vayan nuestras súplicas y ruegos, nuestros cantos y nuestros himnos; permítenos –Oh Señor, cantarte y glorificarte, y darte también gracias por permitirnos ser un pueblo que ora y agradece en tu Presencia; y un pueblo que ofrece como holocausto, no el cuerpo y la sangre de cualquier víctima, sino que según Tu Preferencia nos llegamos al Altar con la Ofrenda de las Ofrendas: El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, nuestro Redentor, tu Amadísimo Hijo, y a su lado, nuestras pobres vidas ofrendadas con la voluntad de servirte y adorarte también.

 

Buen Pastor, Pan Verdadero,

¡oh, Jesús! Ten piedad.

Apaciéntanos y protégenos;

haz que veamos los bienes

En la tierra de los vivientes.

De la Secuencia de Corpus Christi

 



Cuando Dom Helder Câmara meditaba en torno a la perícopa de San Juan que leemos hoy, nos señalaba que: «En cierto modo, tal vez hayamos insistido demasiada en la sola presencia eucarística de Cristo, el cual tiene otras formas de estar presente. Por ejemplo, en cierta ocasión dijo: “Cuando dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Recuerdo que una buena religiosa hizo un día una larga caminata con el único fin de llevarme a su hospital. “Padre”, me dijo, “he recorrido todo este camino porque hace ya una semana que nos encontramos sin capellán y no he tenido la posibilidad y la dicha de recibir a Cristo. ¡Y necesito recibir a Cristo! ¡Deme la comunión, padre! Y, si es posible, proporciónenos un sacerdote…”

 

Le di la comunión, naturalmente. Pero luego le dije: “Hermana, usted está día tras día con Cristo vivo. Usted está con los enfermos, ¡y ellos son Cristo! ¡Usted está cuidando y tocando con sus manos a Cristo! ¡Es otra forma de Eucaristía, otra presencia viva de Cristo, que completa su presencia eucarística!”»[1]

 

Podemos celebrar a Dios en Jesucristo cuando somos conscientes que no sólo está en la liturgia, sino que su Misericordiosa compañía nos sale al paso porque Él celebra nuestra vida cuando con ella lo servimos en cada uno de sus “pequeños”.

Dom Helder decía sobre esta Presencia que «Tenemos la Eucaristía del Santísimo Sacramento: la presencia viva de Cristo bajo las apariencias de pan y vino. Y tenemos también la otra Eucaristía, la Eucaristía del pobre: “apariencia” de miseria? ¡De eso nada! ¡La cruda realidad del pobre!

 

Ya sé que los teólogos hacen sus distinciones y dicen que no es exactamente lo mismo…, que hay diferencia… Pero también sé que el Señor habrá de juzgarnos por la manera en que hayamos sabido reconocerle y servirle en los pobres; y nos dirá, “¡Allí estaba yo! ¡Yo era aquel pobre, y también el otro…! ¡Era yo!”»[2]

 

No queremos de ninguna manera insinuar que lo uno re-emplace a lo otro: Lo Uno siempre será lo Uno. La Sagrada Eucaristía es irreemplazable, no se puede sustituir con la más pura y noble filantropía. No, lo que queremos resaltar es la continuidad que hay de la Eucaristía con esos otros Encuentros con Jesús que son la Eucaristía vivida, la Misión en acción. La Eucaristía tiene un valor, además, preparatorio, nos marca la tónica para vivir en clave de Jesucristo, para hacer nuestra vida integra un vivir a la manera de Jesús; así cabe decir que la Eucaristía nos conduce a vivir crísticamente, a superar la división, a hacernos unidad en el Cuerpo Místico de Cristo, porque al nutrirnos de Jesús en su Comunión nos vamos “saturando” de Él y fundiéndonos en Él hasta llegar a compenetrarnos en Él.

Papa Francisco lo pone así: «La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. Nos lo ha recordado San Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su “ADN espiritual”, la construcción de la unidad.»[3] No podemos vivir divididos, unos que celebran y otros que viven su cotidianidad; sino, vivir unificados en el continuo del minuto a minuto durante las 24 horas de cada día, que ve-juzga-actúa-y-celebra.

 

 

 

 

 



[1] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Editorial Sal Terrae Santander-España1985 p. 117

[2] Ibid p. 116-117

[3] Papa Francisco. HOMILÍA DE CORPUS CHRISTI. Basílica de San Juan de Letrán 18/06/ 2017