miércoles, 4 de marzo de 2026

Jueves de la Segunda semana de Cuaresma

 

Jer 17, 5-10

Prácticamente todo lo que se dijo ayer como contextuación de la perícopa de la Primera Lectura, es válido, porque hoy se lee del capítulo inmediatamente anterior.

 

Hay personas -que se llaman a sí mismas devotas y fieles que usan la siguiente estrategia para el estudio y difusión de la Palabra: primero buscan una maceta adecuada para aplastarle a alguien los dedos, luego la esconden detrás de la espalda, y -acto seguido- vienen muy modosos y cariñosos, pidiéndote que pongas la mano sobre la mesa, tan solo un instante.

 

¿Cómo eligen la maceta?  No por el mensaje que trasmite, porque la “cita” se escoge como para la elaboración de una propaganda, lo importante es que suene bonito y que triture duro. Veamos un ejemplo de una maceta normal, de las que frecuentemente ve uno en acción por ahí, reventando dedos: “Maldito aquel que aparta de mí su corazón, que pone su confianza en los hombres y en ellos busca apoyo”.

 

Para que aplaste dedos adecuadamente debe cumplir los siguientes requisitos:

a)    Debe ser suficientemente breve.

b)    Su sonoridad debe hacerla suave a la memoria, para que sea fácilmente recordable.

c)    Debe ser multiusos, de tal manera que pueda destrozar igual un meñique que un pulgar o un índice.

d)    Y que nadie pueda decir que fue injusto suprimirle ese dedo (o esos dedos) al “prójimo” que haya sido escogido para el “experimento”.

 

A veces se ha utilizado -este que hemos tomado como ejemplo- para sembrar desconfianzas al seno de una comunidad y que unos a otros se dirijan miradas de desconfianza, que se le pueda amarrar en el muñón del dedo un rotulo de “demencia”, o de “toxicidad”, o de “arrogancia”, bueno, hay tantos, no recordamos -en este momento-cuales más…

 

A veces se ha usado para desviar lealtades y entonces el rotulo dice “Maldito el que confía en un hombre, por confiar en otros y no en mí”. Pero el que pronuncia este “mí”, no es más que otro hombre, taladrado por la rivalidad, por una sorda competitividad. ¡Que nadie se atreva a tomar prestado mi pedestal!  

 

Pero, el uso más frecuente que ha tenido es para argumentar que ¡uno no tiene por qué confesar sus pecados con un hombre -dicen ellos- que es más pecador que uno mismo! Y, evidentemente, estos “tales”, desconocen el Evangelio de San Juan, donde dice “a quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos (Jn 20, 21-23).

 

¿Quiere eso decir que la Palabra está mal? No, lo que quiere decir es que no podemos recortar la Biblia en tiritas para hacer “galletitas chinas”; quiere decir que la Sagrada Escritura no es una colección de “frases célebres” adecuadas a cualquier situación. También quiere decir que, en Ella, Dios nos habla, pero que está construida con “palabras humanas” -para que las pudiéramos entender, pero por ser “humanas” pueden ser astutamente manipuladas para llevar al error: por eso hay que leerlas con espiritualidad, con devoción estudiosa y aplicadamente, esforzándonos por oír la Voz de Dios que Él-Mismo ha puesto allí por la acción de su Santo Espíritu. ¡No leerlas acomodaticiamente!


Muy particularmente implica:

a)    Cabalgar siempre con una espiritualidad de honesta y humilde búsqueda.

b)     Unirnos a otros para buscar juntos: no somos individuos sueltos, desperdigados, somos un pueblo que va en Éxodo, que procura confiar en Moisés -aun cuando es un simple hombre, un pobre tartamudo, pero Dios lo ha puesto a encabezar esa marcha. Dios bendice -lo creemos muy ferviente y sinceramente- al pueblo que avanza sinodalmente buscando, con ardoroso amor, el Amor que anida en su Palabra.

 

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6

El mal no es lo contrario del bien; el mal es una ranura de angustia -sólo una ranura; el bien es gigantesco, es enorme, lo abarca todo, es el Universal-Divino; en cambio, el Mal es más angosto y deleznable que una línea (que, geométricamente hablando, no tiene ancho). Algunos ingenuos piensan que es la otra mitad ¡Nada más lejos de la verdad!

 

Lo que pasa es que “El mal hace mucho ruido”, en cambio, ¡el bien es discreto, es silencioso! Papa Benedicto trabajó por dinamizar esa idea.

 

El que “confía en el Señor, y pone en Él su confianza será un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces, no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde, en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto” (Cfr. Jer 17, 7-8). Esta cita del profeta Jeremías es una glosa de la segunda estrofa de nuestro salmo de hoy, formada por el verso 3 del Salmo 1.


Cuando dice que “da fruto”, lo dice -evidentemente- con sentido metafórico, se trata del crecimiento espiritual, se trata de estar enrumbado hacia Dios, caminando por sus sendas, y no divagando en terrenos desérticos y áridos donde la esterilidad se adueña del ser.

 

El Salmo muestra qué destino se depara para el “justo” y “qué puede esperar cosechar el impío”.  Nos hace patente que nuestra vida está marcada por la opción radical y que en la encrucijada tenemos que saber elegir el sendero que lleva a la vida, sino queremos desbarrancarnos por las escarpadas laderas del sacrilegio.

 

Con crudeza, pero con sincera honestidad el salmo nos muestra lo que puede esperar el impío:

a)    Será paja que se lleva el viento

b)    Acabará mal.

 

Sumando estas dos Lecturas: la Primera y el Salmo, ahora sabemos quién es el “hombre maldito”. Y no sólo “el maldito” sino, también, אַ֥שְֽׁרֵי־ el “Dichoso”, “el Bienaventurado”:

 

El bienaventurado:

1)    No sigue el consejo de los impíos,

2)    Ni entra por la senda de los pecadores,

3)    Ni se sienta en la reunión de los cínicos

4)    Su gozo es la תּוֹרָה ley del Señor

5)    Medita su תּוֹרָה ley día y noche

 

Y el impío, el malaventurado, pues, todo lo contrario. No descarga su entera confianza en el Señor, entra en pacto con los que tienen ejércitos poderosos y no tienen ninguna ética en el respeto al prójimo.

 

En cambio, el “justo” se deja guiar por la תּוֹרָה [Torah] “Ley de Dios”.

 

La Ley de Dios es el camino de la felicidad, el pecado es el sendero que lleva a la desdicha. No alcanza la categoría de camino, ¡es puro extravío! El extravío conduce a la nada.

 

Lc 16, 19-31

Si el extravío conduce a la nada, la nada no puede saciarnos. Jesús en cambio, se compadece, porque estamos como ovejas sin pastor, y multiplica los panes:

a)    El que quita el hambre material

b)    El Pan de su Palabra

c)    El Pan Eucarístico.


Nació en Belén, “Casa de pan”.

 

El Evangelio lucano, nos trae esta parábola que ilustra la disyuntiva que ha sido el tema de hoy:

1)    El camino de los Justos que es protegido por el Señor

2)    El camino de los impíos que acaba mal

 

En la parábola el impío ni siquiera tiene nombre.

El justo se llama אֶלְעָזָר Lázaro, “ayudado por Dios”, “Dios es mi ayuda”.

 

Lo primero que hace la parábola es descubrirnos el terrible error en el que siempre caemos, porque pensamos que el que banquetea hasta la hartura, y se viste con las más finas prendas de los altos modistos, ese debe ser el “privilegiado” a los ojos de Dios. Y vemos en el pobre, eso, “un pobre diablo”, y cambiamos de anden aun cuando el rodeo nos alargue el camino.

 

Lázaro -este nombre proviene del hebreo אֶלְעָזָר [El-azar] y significa “Dios lo ha ayudado”, así es, si los Adanes lo ignoran, El propio Dios lo toma bajo su Auxilio-, para extremar el contraste, tiene llagas, y -si esto fuera poco- los perros le lamían las llagas. Viene ahora lo más desconcertante, al morir, Lázaro es llevado directamente el Cielo (Seno de Abraham) en brazos de ángeles.

 

El rico, por contraste, va a parar al infierno. Acostumbrado a que los pobres les hagan los mandados, el “sin-nombre” interpela a Abraham pidiéndole que mande a Lázaro a refrescarlo empapándole la lengua, así sea sólo con alguna gota que se pegue a su dedo, si Lázaro lo humedece. Pero, que el “sin-nombre” lo alcance a ver no significa que estén cerca, al contrario, la distancia que los separa es χάσμα μέγα [chasma mega] “abismo inmenso”. No se trata de una “pequeña distancia” sino de una diferencia descomunal.

 

Cuando el “sin nombre” cae en la cuenta y comprende su situación, al menos tiene una gota -pequeña, casi ni alcanza a ser una molécula- su ruego no parece un interés sincero por la salvación de sus hermanos, sino un argumento a ver si puede engatusar a su interlocutor, Abrahán; no es por honesta “projimidad” que se interesa por sus cinco hermanos que viven en las mismas, y que están cocinando un destino similar y comprando boletas directas y sin escala para venir a compartir con “el sin-nombre”, (lo repetimos con insistencia porque significa que su indolencia, su falta de solidaridad, su egoísmo recalcitrante, lo han llevado a perder hasta su nombre, ahora carece de identidad, es verdaderamente un “don-nadie”, no sabe quién es él mismo y por eso, ni siquiera supo buscar oportunamente el camino que le convenía, la ruta de la Salvación; y es que, precisamente la Salvación es el ejercicio de la “projimidad” sincera, saber caminar con los otros, saberse donar por entero, compartir de lo que se tiene).

 

Abrahán profetiza, si viniera el mismísimo Jesucristo-Resucitado, le pasaría lo que pasó con Moisés, tampoco se convencerían. El que ha endurecido su corazón amando lo “material” se hace indiferente al hombre, respecto de sus semejantes y de Dios, no tiene oídos para oír, ni ojos para ver. Se da cuenta de lo que codicia, pero no del “prójimo”, el ser humano tirado en su mismísimo portal, cundido de llagas, anhelando poderse beneficiar de, al menos alguna migaja caída de la mesa opípara. Es imposible injertarle la fe, a uno que adquirió un corazón de pedernal. Y, sólo la fe es Salvadora-y-Redentora.


El “justo” es el que ha puesto su confianza en el Señor. Demuestra su confianza acogiendo lo que Dios le dice por medio de un “llagado” que encuentra atravesado en su vida. El “justo” tiene el corazón blandito y poroso (es sinónimo de “absorbente”), como una esponja está dispuesto a empaparse por completo.

martes, 3 de marzo de 2026

Miércoles de la Segunda Semana de Cuaresma


 Jer 18, 18-20

Contra las mitologías del dios impertérrito

יִרְמְיָ֙הוּ֙ [Yirmayahu] “Jeremías” este nombre significa “YHWH exalta”, nació en 645 y en el 626 fue llamado a ejercer el profetismo hasta el año 586 (estas tres fechas son de a.C.). así que su período profético cubre los reinados de Josías, Joacaz, Yoyaquim, Joaquín y Sedecías.

 

La obra tiene 52 capítulos, y la perícopa que proclamamos hoy está tomada del primer bloque, (Caps. 1-25) sacadas de lo que predicó Jeremías en el primer periodo -20 primeros años de su profetismo- en este bloque encontramos los Mensajes proféticos sobre Judá y Jerusalén.

 

Al terminar este período, Dios le ordenó registrar por escrito la continuidad de sus oráculos, y para el cumplimiento de esta tarea encargó a un escribano -Baruc- que fungió como amanuense, para que se encargara de trascribir toda su experiencia profética. Está orden está registrada en el capítulo 36 del Libro de Jeremías.

 

Su ´predicación encontró dolorosa y obstinada resistencia. Detectó que este pueblo de dura cerviz tenía un corazón de piedra. Y, como a nadie nos gusta que se nos canten las verdades, contra él se agruparon todas las fuerzas oscuras -sacerdotes, profetas y sabios- que conspiraron contra su vida, y en cuyas manos se hallaba el monopolio de la autoridad y el poder.

 

El gran interrogante para Jeremías es: ¿cómo puede suceder que se atente contra aquel que les ha procurado el bien y se ha afanado por redirigirlos y sacarlos del error? ¿es, acaso posible, que se pague el bien con maldad? Y, ni tuvieron en cuenta que el profeta había abogado ante Dios por ellos. Hasta allí va nuestra Primera Lectura.

 

Si continuáramos leyendo los tres versículos siguientes (18, 21-23) veríamos ante todo el rencor y el veneno que destiló este profeta. Salió a flote todo el rencor que cupo en su pecho contra los que le hicieron la guerra. ¡Qué lejos estamos de Esteban, que -según está relatado en los hechos de los Apóstoles, mientras sus contradictores lo lapidaban, imploraba al Cielo perdón para ellos! (Hch 7, 54-59)

 

Es ahí donde Jeremías clama al Señor para que los castigue con todo rigor, que los entregue al hambre y a la muerte, que se oigan desde sus casas salir los gritos desgarradores, que los ladrones se ceben robándoles todas sus propiedades. No ahorra en rencor y en animo vengativo. En conclusión, él pide que Dios los ejecute en el momento en que Dios está más airado para que tengan una muerte encarnizada.

 

El profeta no está nada afanado por apiadarse y reconocer el valor del perdón como derrotero por dónde camina el Justo.

 

¿Con qué argumento se presenta Jeremías ante el Señor? poniéndole de presente que él ha abogado a su favor, que él ha reclamado al Cielo para que les socorra su Misericordia, para que los alumbre con su Clemencia, para “apartar de ellos el חֵמָה [chemah] “furor”, “enojo”, “encono”, “ira”; al extremo de significar también “veneno”.

 

Encontramos como una carga de sorpresa mezclada de desasosiego; Jeremías no puede reconocer a Dios que permite que alguien que ha procurado hacer tanto bien y pastorear al pueblo del Señor, pueda recibir como contraprestación la impiedad y el encono.

 

Esta visión de un Dios lleno de ira, con corazón retaliativo la comparte con el profeta Ezequiel. Se debe tener en cuenta que Dios no se enoja como lo seres humanos que son víctimas del enojo que llega a fluir en ellos como una inundación intempestiva. Es el ser humano el que va rellenando la represa hasta que el agua se desborda y corre a raudales, arrasando todo a su paso. No es el corazón de Dios el que añade ira sobre ira; es el ser humano el que violenta la represa hasta reventar las compuertas.

 

Jeremías no puede salir de su asombro, asombro que se traduce en desconcierto. Aspiramos a una realidad muelle, y hacemos venías al ídolo del confort. Detrás de eso -como sucede con todo fetiche, hallamos la Ausencia de Dios, no que Dios se haya ido, sino que lo hemos tapado con nuestro coloso de barro.

 

Intentemos con Albert Gelín, una revelación-deconstructiva: «… los fracasos humanos indican la existencia del pecado: pero acaso tengan un sentido mucho más profundo y sean el medio doloroso del que se sirve Dios para conducir al hombre a una renuncia absoluta, a una especie de desnudez completa ante Él, a una purificación dramática de la fe que hace exclamar finalmente: “De lo más profundo clamo a ti Señor” … El sufrimiento no destruye al hombre, pero nos revela lo que somos en realidad… Tenemos barreras que el pensamiento, por sí solo, jamás sería capaz de atravesar. Necesitamos para cruzarlas, la experiencia de la pobreza, de la cárcel, de la enfermedad… es como si viéramos una cara distinta de las cosas que hasta entonces ni siquiera habíamos sospechado».

 

Jesús ascenderá -cuando sea levantado- a la comprensión profunda de la dimensión humana -desconocida para el dios alexitímico, fabricado por la ideología de la agnosia interoceptiva, incapaz de compadecerse, tan cara a los que jamás han vivido o padecido ser descolgados al foso- tocando en su dolor la esencia frágil de la existencia humana, siempre refugiada detrás de los mitos de facilidades físicas, económicas y tecnológicas, con su apariencia de seguridad que, minimiza (o posterga) riesgos y esfuerzos, detrás de su fachada de bienestar y estabilidad.

Jeremías alcanzará su exaltación cuando sea arrojado en בֹּאר [bour] “la cisterna” llena de lodo.

 

Sal 31(30), 5-6. 14.15-16

Este salmo tiene 24 versos y se toman 5 de ellos para organizar la perícopa que se proclama. Con ellos se organizaron tres estrofas.

 

1)    El salmista que clama, compara su situación con la de un pajarito que ha sido capturado en una red tendida como trampa. El salmista se abandona en la Bondad del socorro divino.

2)    Verdaderamente que complotan contra él. El pacto es para quitarle le vida.

3)    Pero Dios que sujeta todos los hilos manejará su liberación, sus bondadosas Manos lo libertaran, en Él se abandona.

En el responsorio clama pidiendo Misericordia porque para los débiles el Señor es el Único recurso de Salvación.


Ebed-melec abogó por Jeremías y lo hizo sacar con sogas del pozo (Cfr. Jer 38, 71).

Se trata de un Salmo del Huésped de YHWH.  Este huésped que clama es un levita, o un profeta o alguien de la burocracia del rey.

 

Mt 20, 17-28

El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.

Mt 20, 28

Abre la perícopa una enumeración, la tercera que les hace Jesús del final que le espera. Les da con suficiente detalle los momentos de su desenlace:

En el capítulo 19 están subiendo a Jerusalén

1)    El Hijo de Hombre va a ser entregado

2)    A los Sumos Sacerdotes y a los escribas.

3)    Lo condenaran a muerte

4)    Para que ejecuten esa sentencia se lo entregaran a los “gentiles”

5)    Se burlarán, lo azotarán y lo crucificarán.


Se los dice precisamente a los Doce, los de su “equipo cercano y más estable”

 

En ese preciso momento, lo aborda la madre de los “hijos de Zebedeo” y viene a pedirle que sus hijos se sienten a su derecha e izquierda cuando Él se siente en el Trono Mesiánico. Ella quiere para ellos los cargos privilegiados de Primer Ministro y Vice-Ministro respectivamente.

 

Y los otros se enfadaron con los hijos de Zebedeo porque ellos también codiciaban para sí la ocupación de los más altos ministerios del reino que el Mesías -según ellos lo entendían- venía a implantar. A veces suponemos que, en un momento dado, los discípulos -especialmente los más cercanos y, por supuesto, los Doce- se habrían sacudido esa idea triunfalista del Mesías-Rey-y-Guerrero para entender el mesianismo que hoy por hoy entendemos los cristianos. ¡Y no fue así, muy a pesar de las explicaciones frecuentes de Jesús y de sus anuncios de la pasión, ellos compartieron esa ideología hasta que Jesús bajó a la tumba y, luego, resucitó! Solo entonces se produjo la metanoia para enfocar hacia este Mesías que era Siervo Sufriente de YHWH. Por eso, en el momento del prendimiento, Simón Pedro sacó la espada y Jesús hubo de restañarle la oreja a Malco. Todavía ahí, los Apóstoles confiaban en las vías violentas para imponer su “autoridad”.

 

Destaca la comprensión exacta que tiene Jesús de la cadena de mando; Él no disimula, no disfraza de ninguna manera, que no es a Él a quien corresponde dar estos cargos. Su autoridad no supone hacer ocupar las vacantes. Es potestativo del Padre designar a quienes estarán cercanos al Mesías en el Trono de su Poder. Pero ya sabemos que todo el pueblo judío esperaba un Mesías de poderío y Majestad. ¡Todos sin excepción!

 

Es posible que Jesús ignorara que esos puestos ya estaban asignados a Gestas y Dimas.

 

Jesús les enfatiza que ellos no pueden ser como los gobernantes y reyes tradicionales que en todas las partes del mundo se agazapan tras su autoridad para cobrarse a precio de león, con dolor y crueldad. Todavía -en más de uno- sobrevive el corazón de torturador; y hay más de uno que suspira por implantar el reino por las vías de hecho. ¿Cuantos hay que pasan románticos momentos acariciando sus piezas de armamento y dándoles besitos?

 

“Los jefes de las naciones los tiranizan, y que los grandes las oprimen con su poderío. ¡Entre vosotros no debe ser así!”

 

Recordemos todas las desventajas que tener sobre si autoridades reales acarrea: padecer vejámenes y humillaciones sin término: el Profeta Samuel les advirtió el sufrimiento que las traerían los reyes, pero ellos se obstinaron, quisieron uno y Dios le dijo a Samuel: “Déselo”. (1Sam 8, 11-):

 

a) Tomará vuestros hijos y los destinará a sus carros y a sus caballos y tendrán que correr delante de su carro.

b) Los empleará como jefes de mil y jefes de cincuenta;

c) les hará labrar sus campos, segar su cosecha,

d) fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros.

e) Tomará vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas.

f)  Tomará vuestros campos, vuestras viñas y vuestros mejores olivares y se los dará a sus servidores.

g) Tomará el diezmo de vuestros cultivos y vuestras viñas para dárselo a sus eunucos y a sus servidores.

h) Tomará vuestros criados y criadas, y vuestros mejores bueyes y asnos y les hará trabajar para él.

i) Sacará el diezmo de vuestros rebaños y vosotros mismos seréis sus esclavos.

 

Lo más grave es que no habrá vuelta atrás: “Ese día os lamentaréis a causa del rey que os habéis elegido, pero entonces Yahveh no os responderá”. Quizás las más graves consecuencias no se registran allí, cabe nombrar también que:

 

      i.        Perderían su dignidad de hombres libres

     ii.        Se harían idolatras y politeístas al uso de otras culturas según se les impusiera.

    iii.        Perderían su identidad cultural, sus usos y costumbres.

   iv.        Empezarían a pensar según modos ajenos

     v.        Terminarían por desconocer la Ley que Dios les había enseñado para plegarse a modas y caprichos pasajeros.

 

Concluyamos diciendo que el Mesianismo de Jesús era totalmente diverso del Mesianismo que ellos se habían figurado. Porque los tiranos y los opresores están lejísimos de querer construir el Reino de Dios, y sólo les mueve el ansia de riqueza y la sumisión de las gentes que ellos avasallaran.


Todo reinado sustentado en el dolor, la explotación y la tiranía cocina rebelión que más tarde o más temprano revierte en asesinato y venganza.

 

Sólo el amor construye permanencia, pero el amor pasa por los parámetros de la sinodalidad: a saber, el perdón, el servicio desinteresado y la bondad. Por lo tanto, nosotros no tiranizaremos a las gentes -y de hacerlo, estaremos sembrando tempestades- nuestro lenguaje mesiánico es el del Servicio, como claramente se nos enseña hoy.

lunes, 2 de marzo de 2026

Martes de la Segunda Semana de Cuaresma


Is 1, 10. 16-20

Isaías (hoy nos referiremos al proto-Isaías) es un profeta pre-exilico, precisamente su obra termina (en el capítulo 39, con la noticia de la caída de Jerusalén y el exilio a Babilonia). El nombre Isaías [Yeshayahu] alude a un profeta que actuó del 734 al 701 a.C.. Era un “aristócrata” (pariente de reyes, hijo de Amós, quizá primo de Osías), docto, que sabía escribir y un amplio conocedor de las tradiciones del Éxodo, y de Jueces. Se dice que murió aserrado bajo el gobierno de Manases.

 

El capítulo primero de Isaías está conformado por dos porciones:

i)              Judá como ciudad pecadora

ii)             El verdadero culto a Dios, que corresponde a la perícopa que se proclama hoy

 

Empieza con un decálogo:

1)    Oigan la palabra de Dios, la palabra que usa es שִׁמְע֥וּ [shimú], directamente relacionada con el Shema “escucha”.

2)    Lávense

3)    Purifíquense

4)    Aparten de mi vista sus malas acciones

5)    Dejen de hacer el mal

6)    Aprendan a hacer el bien

7)    Busquen la Justicia

8)    Socorran al oprimido

9)    Protejan el derecho del huérfano

10) Defiendan a la viuda

 

Parecería que en esta perícopa se está dirigiendo a los gobernantes de Sodoma y al pueblo de Gomorra; no es así, en realidad les está hablando a los gobernantes de Judá. Los llama “príncipes de Sodoma”, y, al pueblo, a los gobernados, los llama “pueblo de Gomorra”, para resaltar a que grado de rebeldía, idolatría e injusticia han llegado.

 

¿Qué ha venido a simbolizar Sodoma? Las diversas formas de la perversión humana. En particular la corrupción moral. ¿Y Gomorra? La maldad en grado sumo, la impiedad, la iniquidad, la depravación. Los ángeles vinieron a visitar a Lot, a quienes Lot les insistió para que aceptaran su hospitalidad; los sodomitas vinieron a secuestrar a los visitantes celestiales, procurando יָדַע [yadá] “conocer a alguien carnalmente”, “tener relaciones sexuales” (Cfr. Gn 19, 1-5); tan es así que “sodomizar” vino a significar “someter a alguien a penetración anal”; y, “sodomita” a quienes practican la homosexualidad, el sexo anal y otros.

 

Lo primero es el rechazo de los sacrificios, el Señor se ofende y se ofusca porque vienen a quemar animales en su Altar, pero Él no quiere nada que provenga de la gente que obra el mal. Le caen mal sus oraciones y sus brazos levantados hacia Él. Dios les dice -por boca de su profeta- que primero cumplan ese decálogo y, después si les prestará atención y discutirá con ellos.

 

¿Cuál es el bien que Dios espera que obren? ¿Qué es lo que si le agrada? Que vivamos en procura de Su Justicia:

a)    Ayudar el oprimido

b)    Hacerle justicia el huérfano

c)    Defender los derechos de la viuda.

 

Es lo que hemos dado en sintetizar como trato preferencial para el marginado. Estas tres categorías eran la marginación por excelencia en el seno de aquella sociedad: oprimidos, huérfanos y viudas. Dios, por boca de su profeta, les señala por dónde empezar a construir el “bien”. No basta con no hacer el mal, hay que echarle cabeza y ponerle creatividad a cómo podemos hacer el bien y proponérnoslo.

 

Con quienes tengan el corazón abierto a estas disposiciones, con ellos sí acepta el Señor entrar en negociaciones; y al pasar a la Mesa de Dialogo les lleva esta oferta, una verdadera ganga: Perdonarles sus atroces ofensas.

 

Dios le inspira a Isaías esta hermosísima imagen para que la lleve a la mesa de negociación: “Aunque sus pecados sean como el rojo más vivo, yo los dejaré blancos como la nueve; aunque sean como tela teñida de purpura yo los dejaré blancos como la lana”.

 

Además, les ofrece que tendrán abundancia y calidad para su disfrute, si acogen obedientes lo que Él reclama.

 

Pero en el caso de insistir en su indolencia, encontraran la “espada”.

 

¿Significa esto que está ofreciendo un castigo? ¡No! ¿Es por ventura Dios, un dios-castigador?

 

El Reino de Dios, que es el Reino del Bien en grado sumo, es un Reino de Paz. Pero si optamos por irnos para el otro lado, hacia el reino de la maldad, Dios no los castigará, Él no tiene velas en ese reino. Nosotros hemos sido prevenidos que el país del mal es el territorio de la violencia y la muerte que son dos sinónimos de la misma cosa. Reino de pecado y de impiedad. El que compre pasajes para esa “república”, tiene que atenerse a las consecuencias.

 

La sabiduría popular lo ha resumido con la expresión “el que a hierro mata a hierro muere”. Si uno sabe que en un sector hay balaceras continuas y uno insiste en ir a “pasear” por allí, ¿Qué creen que encontrarán? Nada tiene de raro que intercepten algún plomo en su propia humanidad.


¡No le metan al cuerpo al pecado porque pueden salir malheridos! Arriésguense -por el contrario- a meterle todo su cuerpo al bien y seremos como “copitos de nieve”.

 

Sal 50(49), 8-9. 16bc-17. 21 y 23

Este es un Salmo de la Alianza. Con regularidad tenemos que recordar que la condición de nuestra religión, su rasgo distintivo es que vivimos en Alianza, en una relación de amistad y eso tenemos que refrendarlo con insistencia porque nuestro corazón tiende a la desmemoria y no honramos la hermosa amistad que se nos ha regalado.

 

Dios que es un Buen Amigo -el mejor que quepa imaginar- no nos retira su amistad de la noche a la mañana, tiene una increíble paciencia con sus criaturas: una y otra vez procura enderezar nuestras relaciones y edificar una sincera y amorosa relación con Él.

 

Nosotros exageramos el valor de los “sacrificios”. Algo así como un novio que sabe que a su chica le gustan las flores y -como su bolsillo se lo permite- contrata varias volquetas cargadas de hermosos rosas, y ordena que las descarguen todas encima de la chica, ¿qué resulta? Pues que ella queda sepultada bajo el arrume de rosas y, en vez de hacerle un sentido homenaje, logra que ella se enoje hasta el tope.


 ¿Qué decía Dios en la Primera lectura de hoy? “Vengan entonces y discutiremos”. Se sienta con nosotros para indicarnos que no hay que traer arrumes de rosos, que eso no es lo que le agrada, y -con toda paciencia nos explica- novamos a tener una hermosa relación con Él sin ignoramos sus Mandamientos, y si los sabemos repetir tal vez, al pie de la letra- pero no los aplicamos, no vivimos en la rectitud que ellos nos señalan, a eso Dios lo llama “echarnos a la espalda sus mandatos”, y es que cuando uno se echa algo a la espalda, lo lleva y sufre la ingratitud de la carga como un estorbo a cuestas, pero no la ve, porque no tenemos ojos en la nuca.

 

Pongamos nuestra Amistad con dios frente a nuestra vista y démonos cuenta que lo que Él quiere en verdad es que “sigamos el buen camino”, que seamos misericordiosos, como Él es Misericordioso y así se alcanza la perfección. Vida recta, justa, honesta, caritativa, fraternal. Y además, ¡que andemos sinodalmente! Con tolerancia a la diferencia. Con esa misma paciencia con la que Él se sienta y nos ofrece dialogo.

 

Mt 23, 1-12

Prolongan las filacterias

¿Si valoran en algo las advertencias que les hago en nombre de Cristo, si son capaces de escuchar la voz del amor? ¿Quieren acatar la comunión recibida del Espíritu Santo para nosotros y son capaces de compasión y ternura? Les pido algo que me llenará de alegría: pónganse de acuerdo, estén unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hagan nada por rivalidad o por orgullo. Que cada uno humildemente estime a los otros como superiores a sí mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por el beneficio de los demás.

Flp 2, 1-4

 

La kénosis tiene un profundo correlato con la sinodalidad. La sinodalidad es el quid de la construcción del Reino.


No hay que criticar -decimos-, pero Jesús vive criticando a los escribas (los intelectuales del judaísmo, sus filósofos y teólogos) y a los fariseos, que se separan para estar aparte. (La palabra fariseo viene del hebreo פרושים [perushim] o sea “separados”, "separatistas", querían estar separados porque si se le arrimaban a un impuro se contaminaban, el separatismo en este caso no es “independencia”, sino “pureza ritual”), que no se acercan a los que “los pueden manchar con sus impurezas”. Ellos seguían con extremada exactitud los ritos, ceremonias y leyes; ese “rigorismo” exagerado era para ellos la esencia de su “justicia”). Jesús los señala en este pasaje como aquellos que “alargan las filacterias y agrandan las orlas de sus mantos” (Mt 23, 5cd)

 

Una cosa es criticar y otra es denunciar. Y es que la denuncia es importante porque si no se aplica, la gente toma los errores como regla de conducta y se van por ahí, replicando y amplificando el error. Inclusive, cuando se denuncia el error se hace una obra de caridad, ¡acordaos!: “enseñar al que nos sabe y corregir al que yerra”.

 

Hagamos un paréntesis para señalar que muchas veces vetamos la “critica” porque puede poner en evidencia que somos de esos.

 

¿Qué es lo que Jesús denuncia en el caso que hoy nos ocupa? Dos punticos muy delicados:

a)    Predican, pero no aplican

b)    Son muy fantoches con sus prácticas religiosas, las cumplen para captar protagonismo, entonces las acompañan con bombos y platillos, acomodan los parlantes más potentes y los reflectores más encandelillantes. ¡Y es que eso vende! Se ha probado que ese par de recursos puede llegar a multiplicar los ingresos de taquilla

 

Lo más grave es que ellos no son los del común, sino los que están sentados en la Catedra de Moisés, o sea, se sentaron en el trono desde donde no se les puede discutir nada, porque además acaparan la autoridad para aplicar marginación, excomunión y anatema. Por eso, es fundamental desenmascararlos, misión ante la cual se corren muchos riesgos. Y Jesús aceptó correrlos, antes que incurrir en el silencio cómplice.

 

Lo primero que Jesús evidencia es que ellos Imponen “cargas pesadas” porque entre más pesadas más vistosas, más se publicitan y llaman más la atención. Además, cuanto más pesadas, más da la impresión de “acto heroico”, de “piedad deslumbrante”. Como será que la palabra “sacrificio” llegó a significar “tarea muy pesada que uno se tiene que echar al hombro”. (El verdadero significado es “hacer sagrada alguna cosa”).

 

Quisiéramos precisar la traducción de la frase ὁ δὲ μείζων ὑμῶν ἔσται ὑμῶν διάκονος

(Mt 23, 11) [o de meizon ymon estai ymon diakonos], que al traducirla bastante al pie de la letra dice: “los grandes entre ustedes se pondrán como sirvientes suyos”. Los que sean verdaderamente grandes, los que no, no son grandes, aun cuando posen de grandes.

 

A veces, sin mucha precisión, metemos -en la interpretación de esta perícopa- la palabra “hipocresía”, porque usualmente se emplea para designar al que dice una cosa y hace otra, pero falta un detalle, el hipócrita hace lo contrario de lo que dice para ¡ocultar sus sentimientos o sus móviles! Un hipócrita es un farsante, un insincero, un simulador, un impostor; hipócrita proviene del griego ὑποκριτής [hypokritḗs], que significa "actor", “intérprete", derivado a su vez de hypokrínesthai ("actuar" o "representar un papel"). En la Antigua Grecia, designaba a los actores porque ellos usaban máscaras en el teatro. Lo que denuncia el evangelio es más bien a un incoherente, su afán de protagonismo se le convierte en obsesión de exactitud, precisión e inflexibilidad; o en exhibicionismo escrupuloso, alargando las mal llamadas “filacterias” (en realidad se llaman tefilin). Ni Jesús ni el evangelista usan la palabra hipócrita aquí.


 

Ya hacia el final de la perícopa se indica quién es el verdadero héroe: el que se hace servidor, el que se pone al servicio, el que está disponible para hacer “el bien”. ¡No el que exagera el rigorismo! El rigorismo es puro formalismo. ¡Barniz exterior!

 

Nadie es Maestro, ni Padre, ni Jefe. ¿Quién es el único que es paradigma viviente? ¡Jesucristo!: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22, 27d).