viernes, 31 de julio de 2026

Sábado de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 

Jr 26, 11-16. 24

Esta perícopa pertenece a un bloque que se ha intitulado “Jeremías, profeta auténtico”: Coherencia, firmeza, fidelidad y parresia, son rasgos muy definidos en Jeremías. Parece que él no se da cuenta del riesgo que conlleva declarar el Mensaje con tanta precisión y sin disimular nada. En ese sentido, la figura de Jeremías para nosotros es paradigmática de quien se compromete con la Palabra.

 

Hay en el pecho de Jeremías una intensa comprensión de la Voluntad que Dios tiene de comunicarse con nosotros. Los profetas -todos ellos- parasen saber que Dios habla, que habla siempre, y que el ministerio que se les ha encomendado no admite, ocultamientos, medias tintas ni melifluidades, como lo decíamos ayer, no se trata de teñir de demagogia la predicación. Si hay algo admirable en ellos, es precisamente su consciencia de estar aportando a un Proyecto Divino, y que su Ministerio es el Canal para que el Mensaje pueda transitar.

 

Parte de esa consciencia ministerial es saberse sólo una parte de una serie; no se declaran ni se piensan detentadores del proyecto total, sino piezas de un “todo mayor”: la Economía Salvífica; de Ella, los profetas se tienen por eslabones de una cadena, y no la cadena entera.

 

Junto a esto, el profeta también entiende que, si bien él representa solo un momento del proceso total, sin ese eslabón, la cadena estaría rota. Esto es lo que llamamos fe, ya que la fe no es una entidad abstracta, que uno sencillamente dice poseerla. La fe tiene diversas manifestaciones que son acciones muy concretas, que visibilizan “esa fe” y demuestran que existe (demostración que no es un espectáculo, es demostración que al propio profeta le manifiesta su coherencia. Jeremías “habla”, no calla, no se silencia, dice lo que tiene que decir, cumple su encargo, aun cuando su vida quede amenazada.

 

Detengámonos un momento para observar mejor a Jeremías, su fe consiste -no en aprovechar un buen momento, optimo para los dispuestos y los receptivos que están a la escucha, que ya en su corazón han aceptado lo que se les va a decir. Verdaderamente la parresia consiste en entregarles el mensaje a los que lo rechazan, por muy indispuestos y recalcitrantes que se muestren.

 

Evidentemente la perícopa de hoy es directa continuación de la que vimos ayer, perecería que la prenda en disputa es el Templo, pero en realidad el asunto en cuestión es la fidelidad y la respuesta del pueblo elegido; somos nosotros -seres vivos, pensantes y creyentes- los que conformamos el “pueblo de Dios”, y no algún edificio, que no es más que un lugar donde podernos congregarnos, en calidad de convocados. Corrían los tiempos del rey Josías quien, al igual que su hijo Godolías, mantuvieron sólida amistad con Jeremías, hasta el 586 a.C. cuando Jerusalén fue destruida.

 

Brota, de suyo, un teorema útil a nuestro compromiso discipular-y-misional: Nunca podremos callar lo que Dios nos ha “revelado”, porque siempre hay alguien que pende de nuestra responsabilidad para confesar y testimoniar esa “fe”. Siempre hay alguien que depende de nuestro profetismo para poder dar el paso y entrar en el área de “los llamados”. Por tanto, podemos decir que nuestro profetismo será -para alguien- una cuestión “de vida o muerte”.

 

Consciente del borde riesgoso que está pisando, Jeremías les dice que hagan con él lo que les parezca, pero si llegan a atentar contra su existencia tendrán por siempre sus manos tintas de sangre inocente.

 

De los últimos versos de la perícopa surge, entonces, un corolario: Siempre habrá alguien que sea capaz de reconocer que está en juego un encargo Divino, que mueve la comunicación profética, hoy, en la Lectura, son los magistrados los que declaran, en defensa de Jeremías: y reconocen que lo que les ha dicho no son sus propios pensamientos, sino que “les ha hablado en Nombre del Señor nuestro Dios”.


Solemos llamar “ángeles” a estas personas que ponen en juego sus artes, autoridad, cargo y oficio para -como Ajicán, oficial de alto mando- intervenir y mantener a salvo la vida del “profeta”.

 

Sal 69(68), 15-16. 30-31. 33-34

Hoy vamos a continuar con otros 6 versículos del mismo salmo de súplica, atribuido a David y que empezamos a trabajar ayer.

 

La súplica brota en un momento realmente álgido. Ya decíamos ayer que David se sentía total y absolutamente aislado, sin apoyo, sin respaldo, sin copartidarios, sin refuerzos, hoy- en algún momento- dice que “el agua le llega al cuello”.

 

Siente que no tiene donde hacer pie, porque está en un fango cenagoso, de arenas movedizas que lo dejarán hundir. Son imágenes que usa el salmista para expresar sus afanes y penurias, su soledad y abandono. También compara su situación con una persona que no puede vadear una corriente porque el agua es muy profunda y no puede caminar y avanzar usando el fondo como piso de sus pasos.

 

Refiriéndose a su clamor elevado a Dios, tiene una metáfora, es como una persona desgañitada de gritar, ronca de clamar, afónica, con su garganta ya agotada.

 

Otra imagen, muy diciente, es que en su agotamiento y desesperación siente que se le va la vida y dice que “ya se le nublan los ojos”.

 

Con los seis versículos se organizan tres estrofas:

 

En la primera: Clama para que no se hunda en el cieno y el fango lo devore. Que el agua no lo ahogue.

 

En la segunda: Él se voltea a mirar y ve en sí mismo a un “malherido” más que medio muerto. Y ruega, tratando de poner su propia imagen en los Ojos de Dios. Ofrece pagar su rescate a punta de himnos y canticos agradecidos.

 

En la tercera, invita a los humildes, a alegrarse, como si ya reconociera cabalmente que Dios simpatiza, preferencialmente, con los “humildes”. Dice que “El Señor escucha a los pobres, no desprecia a los cautivos”.

 

El verso responsorial parece reconocer que Dios obra en el momento que lo tiene previsto: ni antes, ni después. Ese es el “día de la Gracia”, que hay que saber aguardar pacientemente. ¡El Señor responderá, cuando llegue esa fecha, porque lo habrá escuchado!

Mt 14, 1-12

Juan el Bautista, profeta autentico

Lo que me impresiona es la multiplicidad de las personas, de las pasiones, de los intereses, de las mezquindades, de las bellaquerías, de las crueldades que giran alrededor de Juan Bautista: Herodes, Herodías, la hija, los invitados, los asesinos, los guardias, todos parecen esclavos de una lógica de poder, de temor, de envidia, de venganza, de sensualidad.

 Y el bautista, en medio de todas estas tragedias de la vida, lleva serenamente a término su misión de precursor de Jesús, en la vida y en la muerte.

Carlo María Martini


Herodes Antipas, -hijo de Herodes el Grande- apodado el tetrarca, es decir el gobernador de “la cuarta parte” del territorio que les heredó su papá. Será, en la perícopa de hoy, el antagonista de Juan el Bautista.

 

El episodio es traído a colación porque Herodes cree ver en Jesús, a Juan el Bautista, que vuelve resucitado. ¡El que la debe la teme!

 

¿Qué debía? Pues nada más y nada menos que la vida. Lo había mandado a encarcelar porque no le alcahueteó que viviera amancebado con Herodías, que -para colmo de males-era la esposa de su hermano Filipo (que era nieta de Herodes el Grande, o sea que venía a ser sobrina-nieta de Herodes Antipas). Por eso lo quería matar, pero “el miedo no monta en burro”, Herodes Antipas le tenía miedo a los muchos simpatizantes que tenía Juan y que veían en él a un verdadero profeta. Y, era lógico que lo vieran así, porque era el “profeta precursor”, al denunciar al poderoso que siempre tuerce la ley a su acomodo: aquello de que “la ley es para los de ruana” sigue vigente, se legisla para apabullar al que no puede “comprar” a los jueces y a los tribunales; el que los puede comprar, podrá -en consecuencia- manipular la ley. ¡Así ha sido! ¿Hasta cuándo, Dios mío?

 

Con motivo del cumpleaños de Herodes, le hicieron una fiesta y la tal Salomé lo fascinó con un bailecito, “un divertimento de cadera y vientre”, que lo llevó a ofrecerle -como diploma de premio- lo que ella quisiera pedirle.

 

Claro que la moral asesina de su mamá, no perdió la oportunidad de quitarse de encima la censura, y “alegó el libre desarrollo de la personalidad” que estaba entrabado con la crítica de Juan el Bautista que señalaba la piedra de escándalo que era Herodes como amante de la esposa de su hermano.

 

Así que en vez de diploma o medalla pidió “la cabeza de Juan el bautista”, conforme se lo insinuó la mamá. Alegando que no podía faltar a su palabra y que había hecho público juramento de darle lo que pidiera; el rey lo ordenó y le trajeron el regalito-premio en una bandeja, que ella -hija fiel- le alcanzó a su mamá para que lo pusiera en la repisa, frente al tálamo del adultero dormitorio.


«Juan se consagró totalmente a Dios y a su Enviado, Jesús. Pero al final ¿qué sucedió? Murió por causa de la verdad, cuando denunció el adulterio dl rey Herodes y Herodías. ¡Cuántas personas pagan muy caro precio por el compromiso de la verdad! Cuántos hombres rectos prefieren ir a contracorriente, con tal de no negar la voz de la consciencia, la voz de la verdad…  ¡Debemos ir a contracorriente! ¡Y estén orgullosos de hacerlo!» (Papa Francisco)

jueves, 30 de julio de 2026

Viernes de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario


Jr 26, 1-9

La destrucción de Jerusalén y del Templo

 

Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré.

Jn 2, 19b

 

La vocación no es una iluminación tranquilizadora, sino que es una petición para lanzarse, para fiarse del Señor.

Carlo María Martini

 

Dios aspira a nuestra obediencia, Dios anhela que sepamos cumplir las Leyes que Él nos ha dado a conocer; pero, con no poca decepción de Su Parte, ve que -habiéndonos regalado a los muchos Profetas que nos dio- para que pudiéramos conocer su Mensaje en nuestra propia lengua y con las palabras que entendemos; permitiría que el amado Templo de Jerusalén corriera la misma suerte que el de שילה [shiloh] Siló (en la época en que Josué dividió la tierra entre las 12 Tribus de Israel, el Tabernáculo se quedó en Shilo. Shilo fue el lugar de peregrinación para los Hijos de Israel hasta la muerte del Sumo Sacerdote Elí), a partir de entonces, se convertiría en una maldición, expresada en términos de destrucción y ruina. Y Jerusalén, que será la hermosa Ciudad - centro y corazón de la vida política y religiosa de Judá- ahora entra en la esfera de la amenaza.

 

Cuando uno tiene una Iglesia cercana, en la propia comunidad donde se habita, se habitúa y le resulta normal y cómodo, asistir a la Liturgia, y saber que con amplia facilidad podrá tener un Encuentro Personal con el Señor, entonces, el Templo se vuelve parte del paisaje, y lo damos por descontado. Pero sí, la destrucción y la ruina dan con él en tierra, sólo entonces entendemos que la posibilidad de construir una frecuentada amistad con Él ha desaparecido, el Puente que nos Lo acercaba, ha sido demolido. Es que el Templo es como una antena para recibir mejor la señal que nos llega del Cielo.

 

Si uno le dijera a las autoridades civiles y religiosas de ese sector lo que sobrevendría, indudablemente la reacción sería asesina, contra el portador de semejante vaticinio. El Alcalde, el Párroco, el Obispo de la Diócesis, reaccionarían escandalizados contra ese “pájaro de mal agüero”. ¡Todos a una contra el Profeta de malos augurios!

 

Sin embargo, pese a lo lógico que tal comportamiento pueda parecer, hay una gran dosis de absurdo: ¿No sería más lógico empezar un proceso de conversión dado que las causales del desastre son nuestro mal comportamiento y nuestra indiferencia para con ese Dios a quien decimos amar y adorar en el Templo?

 

Ciertamente que la Misión encomendada a Jeremías era una tarea peliaguda de muy amargo sabor. La gente adora recibir “profecías” positivas: habrían querido que el profeta interpretara su partitura en clave de construcción y plantado; pero ¡ay!, que áspera y violenta la reacción cuando el anuncio está en clave de arrancar, derribar, destruir y demoler, en clave de fa-talidad.

 

Si uno asume sus responsabilidades, sabría y entendería que el profeta no tiene la culpa de la cosecha, que siempre lo que se recoge proviene del tipo de semilla que se haya sembrado, y que -como hemos visto últimamente- si siembras cizaña no puedes aspirar a cosechar trigo, y gastaras amplio tiempo quemando lo que es pura vanidad.

 

En la perícopa se nos informa que esto ocurrió al inicio del reinado del rey יְהוֹיָכִין‎‎ [Yauyakin] Joaquín (que duró en el trono, apenas tres meses) 609-608 a.C. y que obró el mal que tanto ofende al Señor.

«… a pesar de toda la debilidad de Jeremías, resalta su fidelidad inamovible a la palabra de Dios…. He aquí la gracia que debemos pedir. No la de tener siempre una valentía heroica sino la gracia de decir, de hacer, de expresar cada vez lo que corresponde a nuestra misión, ser fieles a nuestro mandato, cumplir las tareas cotidianas con fidelidad… No busquéis el ser héroes, estad contentos con vivir la fidelidad a la Palabra con paciencia, día a día, no dejándoos asustar por vuestros propios miedos y cobardías … » (Carlo María Martini)

 

Sal 69(68), 5. 8-10. 14

Este es un salmo de súplica. Se dice que cuando David escribió este salmo se sentía ahogado en su soledad, sin apoyo ni partidarios que lo respaldaran. En semejante situación lo que hace David es presentarse ante la compasión de Dios e implorar su apoyo, su ayuda, que Él se ponga de su lado, en su defensa.  Ese abandono y esa indefensión acrecientan la sensación de estar en la estacada, y el gigantesco número de enemigos que son -según lo siente- incontables. Siente que ni su parentela lo acompaña, sino que todos a una lo abandonan.

 

Pero aquí vamos -desde el mismo inicio de la perícopa proclamada- al aspecto del arrepentimiento: David sabía que el primer paso para acercarse al Señor, era reconocer su culpa y el daño causado, presentarse con el corazón contrito.

 

Reconoce que faltarle al Señor es una verdadera “estupidez”. Pero todas estas angustias tienen su origen en el “celo” de David por defender la causa de su Señor.


Entonces levanta sus plegarias al Cielo, suplicando que Dios lo asista, florecen sus oraciones. Apela a la Bondad desmesurada de Dios y trae a su corazón la idea de “Dios-Fiel”, apoyado en la idea de la Lealtad-de-Dios, y a Él se acoge.

 

En el verso responsorial le pide al Señor que los Oídos de Su Infinita Bondad le presten atención a su clamor.

 

Mt 13, 54-58

¡Ay de nosotros cuando somos aplaudidos por la sociedad injusta! Esa es la señal de que hemos caído en las tentaciones.

Ivo Storniolo

 

Hemos terminado el sermón de las siete parábolas. A partir de hoy, pasamos a una nueva sección del Evangelio mateano: 13,53-17,27 donde se nos presentan diversos hechos de la vida de Jesús, antes de pasar al cuarto sermón, donde se tocará el tema de “la vida comunitaria” (18,1-35).

Jesús también es declarado reo de “abandono” porque muestra una Sabiduría para ellos inexplicable. Cuánto más cercana tenemos a una persona, menos podemos aceptar los tesoros que Dios puede haberle regalado.  Esa situación lleva a la inmediata inflamación de esa glándula que se llama “envidia”, que los mejores cardiólogos han detectado siempre en las inmediaciones del corazón.

 

¿Cómo es posible -se preguntaban los de su sinagoga, en su propia patria- que el hijo de un simple τέκτονος [tektonos] “artesano” pudiera tener tal autoridad y tal nivel de entendimiento y comprensión? Quizás lo que más los desconcertaba era su poder de obrar milagros.

 

«El diablo casi habla como si fuera un maestro espiritual. Y cuando es rechazado, entonces crece: crece y se vuelve más fuerte. Jesús lo dice: cuando el demonio es rechazado entonces gira y busca algunos compañeros y con esa banda, vuelve. Crece involucrando a otros». (Papa Francisco)

 

Entre los propios es casi imposible que veamos algo que esté más allá de nuestras propias limitaciones. Soñamos y anhelamos con fervor, que todos a nuestro alrededor, tengan todos los mismos defectos propios, pero jamás una virtud que nos desborde.

 

Y, sin embargo, -casi irónicamente- cuando no hay rechazo, debemos ponernos en estado de alerta, (tenemos hoy estos tres ejemplos de parresia que son David, Jeremías y Jesús cuya firmeza no retrocede pese a la dura denuncia con la que tienen que acusar a su pueblo), porque la aceptación, muchas veces, es sintomática que lo que decimos es “cháchara”, y que no estamos trasmitiendo la Palabra con toda la densidad con que la hemos recibido; peligroso que en tal caso, estemos devaluando el mensaje y tan sólo estemos runruneando el bla-bla-bla que a todos aquieta: extracto puro de demagogia.

 

Son los trucos del populismo: «Ha sucedido con Jesús, el demonio involucra a sus enemigos. Y lo que parecía un hilo de agua, un pequeño hilo de agua, tranquilo, se convierte en marea. Cuando Jesús predica en la Sinagoga, enseguida sus enemigos lo menosprecian diciendo: pero, ¡este es el hijo de José, el carpintero, el hijo de María! ¡Nunca ha ido a la universidad!... La tentación ha involucrado a todos, contra Jesús» (Papa Francisco)

 

Los poderosos usan trucos para disimular que son personas comunes y corrientes: grandes estatuas, mansiones ostentosas, templos alambicados, sarcófagos enormes, monumentos descomunales, todo para disimular su naturaleza mortal.  Todo por el gusto y la manía que tenemos de endiosar a supuestos “súper-humanos” porque se han afanado en hacerse disfraces deslumbrantes.

 

Dios les lleva la contraria: Él se inventó la kénosis: el abajamiento, la sencillez, el anonadamiento. ¡Que su sencillez no nos impida descubrir en Él, lo grandioso de su naturaleza Divina! 

miércoles, 29 de julio de 2026

Jueves de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 


Jr 18, 1-6

¡Ay del que pleitea con su artífice

vasija contra el alfarero!

Acaso dice la arcilla al artesano:

Qué estás haciendo

tu vasija no tiene asas?

Is 45, 9

 

TOMA MI BARRO Y VUELVE A EMPEZAR DE NUEVO

Todo parece indicar que la datación -como marco temporal para esta Lectura- es el 605 a.C. Una vasija que fabrica el alfarero siempre tiene un sentido de existencia, al cual nos referimos como su “utilidad”. Si la vasija no promete ser útil, nadie se interesará en ella; por el contrario, si la vasija está bien hecha, se hace más útil, más valiosa y se la aprecia mucho más. Si durante el proceso de moldeado, el alfarero descubre que quedó con algún defecto,  se pondrá a mejorarla y no la horneará hasta tanto haya ganado las características que la hacen cotizada, deseable, valiosa.

 

Recordemos el conocidísimo refrán popular: ¡No hay peor sordo que aquel que no quiere oír! Este pueblo al que Jeremías ha sido enviado por Dios se rancha en su testarudez, pedantería y/o presunción. Con estas trabas se dio de bruces el profeta Jeremías. Dios le da esta parábola -junto con una acción simbólica- para que Israel corrigiera y aceptara la corrección.

 

Ese es el anverso. ¿Qué hay en el reverso? La “manera” y el “momento” que Dios elige. Y, suele pasar que, nosotros queramos corregirle la “tarea” a Dios: Dios obra y nosotros le contradecimos, “No Señor, no es por ahí, yo lo quiero por allí”, o “No es el momento, te demoraste demasiado”, y añadimos, si lo hubieras hecho como te dije y cuando te dije, todo habría salido bien”, no nos acomoda ni el cómo, ni el cuándo, ni el ritmo de Dios. ¿No hemos oído hablar del “tiempo de Dios”?

 

Y, en verdad, lo que nos urge es tener la capacidad de aceptación. Nos llenamos de cirugías plásticas el rostro de la obra Divina. No pretendamos ser “los directores de la orquesta”, en una sinfonía de la que sólo tenemos la módica perspectiva de cinco minutos de la partitura, en una obra que dura por siglos.

 

Ahí está la enorme dificultad, tenemos anteojeras para no ver más allá de nuestro egoísmo, el cual, hemos tomado muchos cursos para darle hermosos y nobles nombres (eufemismos) que enmascaran. Pero la voluntad de Dios la aceptamos, sólo a condición de que se ajuste plenamente a la nuestra. Nosotros que no tenemos sino una mínima idea de los rasgos que hacen deseable y útil la vasija.

 

Visita al alfarero como acción simbólica: Uno de los enfoques primarios de nuestro desarrollo espiritual está en aprender a abandonarnos en las Manos de Dios. Permitir que Él lleve el “timón”, regule el “acelerador” y señale la “dirección”.

 

Jeremías, el “pobre” (ebión) (Jr 20,13), acaba por ponerse totalmente en manos del Señor, con una confianza sin límites que lleva en sí misma la claridad. Cuando viviendo totalmente sumergido en el mundo, el hombre se esfuerza en dejarse llevar por Dios hacia el bien y se termina por chocar en el fracaso, no queda sino esta única realidad, fuera de toda medida: ES DIOS.

Albert Gelin

 

De otro modo, lo que venga, tenderá a ser igual a lo fallido que tratamos de dejar atrás. Terminamos por pensar que ese es el curso “natural” de los eventos y que por mucho que hagamos el agua siempre correrá en esa dirección. Ese hermoso abandono y aceptación, tan grato a los Ojos de Dios, no tiene que servirnos de pretexto para dejar de asumir lo que Dios nos encarga; ahí rige el precepto de San Ignacio de Loyola: “Haz las cosas como si todo dependiera de ti y confía en Dios como si todo dependiera de Él”. Sólo tenemos que desembarazarnos de nuestros “prejuicios”, sin desistir del sentido profundo que subyace al significado del “Nombre” que Dios nos dio, iluminando, lo que nos compete, con la luz del acatamiento a su Divina Voluntad, que nos ha enviado como Discípulos-Misioneros.

 

Es por eso que urge -hablando en términos espirituales- mirarnos en el “espejo de la Sagrada Escritura” para ser capaces de distinguir los rasgos hermosos que Dios nos ha regalado como diseño existencial. Sin revolcarnos rencorosos contra el Alfarero que al ver deforme la vasija que modela en el torno, reemprende su trabajo, volviendo a moldearla conforme a su “Parecer”.

 

Hay un mensaje reconfortante y fortalecedor en esta perícopa que subyace al tema central, que el Alfarero corrige su producto tantas veces como sea necesario para que alcance la plenitud. Y esa fuente subterránea es la respuesta a la pregunta ¿Quién es el Alfarero en esta parábola? Y es que podemos estar tranquilos porque nuestro humilde חֹ֫מֶר [chomer] “barro” no está en cualquier mano, no estamos en las manos de algún principiante, de un artesano chambón, o de algún aficionado. ¡Es Dios quien nos modela y nos tornea!

 

Alfarero, tengo nostalgia de Tus manos, ven a reparar tu cacharro!

 

Sal 146(145), 1b-2. 3-4. 5-6ab

Así habla Yavé: ¡Maldito el hombre que confía en otro hombre,

que busca su apoyo en un mortal, y que aparta su corazón de Yahweh!

Es como mata de cardo en la estepa; no sentirá cuando llegue la lluvia,

pues echó sus raíces en lugares ardientes del desierto, en un solar despoblado.

Jr 17, 5-6

 

Salmo hímnico, este es el primero de los seis salmos del “Último Hallel”, son una invitación a la Alabanza, un rasgo común en ellos es que los seis empiezan y terminan con la expresión aleluya: “Alabad a Yahveh”, ante cada “Buena Nueva” la exclamación era “Aleluya”. Aquí nos encontramos con el elenco de los “preferidos del Señor”: Viudas, huérfanos, los extranjeros, los ciegos, los hambrientos, los oprimidos, los prisioneros, los desalentados.

 

Resalta en este Salmo que se nos orienta en el sentido de no confiar en los príncipes extranjeros, sino depositar nuestra entera confianza en el Señor.

 

No es algo para una faceta de la vida, que alabemos a Dios es un acto que habrá de acompañar nuestra existencia toda.


Y, no confiar en los príncipes tiene una poderosa razón de ser, ¡son seres de carne que en algún momento se volverá polvo, entonces, todos sus proyectos se irán con él al polvo.

 

Bendito sea aquel que confía en Yahweh, pues no defraudará Yahweh su confianza. Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a las orillas de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta, ni se retrae de dar fruto.

Jr 17; 7-8

 

El verdaderamente bienaventurado es el que se abandona en el Señor, sus planes hallarán continuidad en el impulso que Dios infunde a los proyectos del que ama su Voluntad.

 

Y, no en cualquier Dios, sino en el Dios de Israel (El Dios de Jacob); Dios que dio origen al cielo, la tierra y el mar. ¡Lo perdurable!

 

Mt 13, 47-53

 

¡Ser sencillos no es simplificar indebidamente, sino aceptar la complejidad!

Cuando uno estudia este Evangelio, uno piensa que Jesús -en sus planes y programas de estudio- tendría una temporada radicada en el esfuerzo de explicarle a sus seguidores, cuando decía Reino, qué quería decir. Pero, ya hemos hablado de cómo San Mateo, ejerció una labor editora sobre los textos, dándose a la tarea de agrupar temáticamente las enseñanzas de Jesús.  Estas siete parábolas han sido dispuestas por el Evangelista en la unidad de este discurso; no porque hubieran sido enseñadas en un ciclo de clases de tercer semestre.


Veíamos ayer las parábolas 5ª y 6ª acerca del Reino. Hoy tenemos la parábola culmen, la séptima: Se trata en ella de la diversidad de peces que en una misma redada pueden recogerse.

 

Nos cuenta algo muy normal para los pescadores: después de la pesca, dando continuidad a la labor, los pescadores se sientan a la orilla y van clasificando el fruto de sus esfuerzos.

 

No todos los peces son aprovechables, inclusive algunos son todavía muy pequeños, algunos no son agradables al paladar, lo que hace que se discrimine, conservando solo los buenos y regresando, a su líquido elemento, a los no utilizables. Y, si entre ellos se hallare alguno podrido, lo echaran el fuego donde será el llanto y el rechinar de dientes.


Hay aquí, ya llegando al final de la perícopa un hermosísimo cumplido que dirige a los discípulos que son ahora verdaderos “escribas”: esos discípulos que eran tomados por gente ignorante, a partir del acompañamiento que les ha brindado Jesús, han sido instruidos llegando a ser verdaderos “Escrituristas”. No se debe sólo aprender la doctrina que Jesús con su praxis nos ha enseñado, tenemos que saber interpretar esta praxis a la Luz de las enseñanzas que Dios ha comunicado en el pasado. Se trata del arte de saber sacar tanto de lo Nuevo como de lo Antiguo. Es un tejido en donde el hilo trasversal está en continuidad con las fibras perpendiculares que ya se habían puesto, para que, quedando en cruz, formen entre ambas la trama, un tapiz ricamente entretejido y sólidamente imbricado que llamamos Revelación.

martes, 28 de julio de 2026

SANTOS MARTA, MARÍA Y LÁZARO

 

1Jn 4, 7-16

… la justicia nunca puede hacer superfluo el amor. Más allá de la justicia, el hombre siempre necesitará el amor, el único que da un alma a la justicia.

Benedicto XVI

Para edificar se pone primero el fundamento y después se afianzan los cimientos. ¿Cuál es el fundamento de esta Lectura? Y, ¿cuáles son los cimientos?

 

En cuanto a lo primero, Aquí va la respuesta: Amémonos unos a otros, ya que el ἀγάπη [agape] “amor” es de Dios. Lo fundamental es que nos amemos ¡unos a otros! Y queremos llamar la atención que no dice, “amémonos con los de nuestra familia”, ni “amémonos con los vecinos”, ni “amémonos con los que van por el mismo equipo de futbol”, ni “amémonos con los de la misma raza”, tampoco dice “amémonos con nuestros connacionales”. Este amarnos es de unos con otros, lo cual -puesto así- no puede significar otra cosa que “amémonos sin discriminaciones de ninguna especie”.

 

Este fundamento está “cruzado” (a cada estipe le corresponde su patíbulo; ninguna cruz se forma con un solo palo) con otro para darle firmeza a toda prueba, y en este caso nos señala cuál es la Fuente del Amor: “Ya que el Amor es de Dios”.

 

Vale la pena tomar consciencia de lo que quiere decir esto. Podemos hacer lo que se nos ocurra, lo que nos quepa imaginarnos, pero si esto no brota de la Fuente-Divina, no es un acto religioso. Puede ser un hábito, puede ser una tradición familiar, puede ser una ideología cocida a nuestra piel, pero si no se fundamenta en el Amor, no es relativa a Dios.

 

Antes de pasar adelante, urge preguntarnos -y responder con sinceridad- ¿mi religión está verdaderamente fundamentada en el amor?

 

Esta Lectura nos habla de dos consecuencias que tiene esta fundamentación en el Amor:

      I.        El que ama ha nacido de Dios: podemos traducirlo así: el que ama puede honestamente llamar a Dios “Padre”.

    II.        Si no hemos tenido una experiencia de Dios iluminada por la experiencia del amor, podemos estar seguros que desconocemos a Dios por entero. Nunca hemos sabido nada de Él. Aun cuando hayamos vivido puntualmente la ruta sacramental, y sepamos de memoria una enorme cantidad de “oraciones” y jaculatorias.

 

No pasemos por alto el amor del que habla aquí la Primera de San Juan: ἀγάπη [agape] no es cualquier clase de amor, es el amor a la manera de Dios. Lo que está -por así decirlo- en el Corazón de Dios. Si hemos visto la famosa imagen del Sagrado Corazón, podemos saber que esa “llamarada” es el “agape”. Con su permiso hacemos una pequeña digresión, ¿recuerdan que a los Dos de Emaús les ardía el corazón mientras Jesús les explicaba las Escrituras? Es que esa experiencia con el Resucitado fue lo que les permitió dar el paso y llenar sus existencias con el sentido del Amor-Divino.

 

El amor-agape es teologal, porque -como dice en esta Lectura, su fuente es Dios, “el amor antes que ser un mandato, un deber, es un don ofrecido por Dios”. (Enzo Bianchi); otras formas de amor podemos aprenderlas -inclusive, distorsionadas y falseadas formas del amor se pueden aprender en el cine y en la televisión-; muchas veces hemos visto que el amor se envuelve en almíbar para transformarlo en melcochudo empalago, en pura melosería.


Papa Benedicto, en su Deus Caritas est, nos previene de tratar de extirparle el “eros” al amor humano, tal vez so capa de alcanzar un amor más parecido al Amor-Divino: «… el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle preguntar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser. … no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza… El eros degradado a puro “sexo”, se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se trasforma en mercancía… Ciertamente el eros quiere remontarnos en “éxtasis” hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación.  (Benedicto XVI)

 

Sal 34(33), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 10-11

 

¿Cómo podríamos sin hipocresía decir: “óiganlo y alégrense hombres humildes” si al mismo tiempo no nos comprometemos de veras para que de alguna manera esto sea realidad?

Noël Quesson

Este es un salmo alefático de Acción de Gracias. Esta clase de salmos están integrados a la liturgia, formando parte del Sacrificio de Acción de Gracias. Observando las palabras del salmo sabremos a cuál fase de la liturgia corresponde. Esto es lo que los caracteriza frente a los himnos, que en todo lo demás son iguales.

 

El salmo contrapone la dialéctica vida/muerte. La gratitud brota de haberse salvado de la muerte. La gratitud no es por cualquier causa, es porque la persona ha sorteado una amenaza que ponía en riesgo su vida y amenazaba con barrerla. El salmista agradece haberse librado de pasar al Sheol.

 

Una vez el salmista se allega a la piedra sacrificial y antes de presentar su oblación cuanta a los presentes su testimonio que declara cómo fue la intervención divina, señala las puntualidades del peligro que afrontó, como le presentó a Dios su situación y concluye relatando la acción de Dios y su victoria sobre el peligro y la muerte.


Hoy encontramos en cada una de las cuatro estrofas:

1.    El salmista consagrará su vida a bendecir al Señor

2.    Invita a los asistentes a unírsele en la acción de ensalzar el Santísimo Nombre.

3.    Ratifica que cuando una persona está en riesgo basta con llamar al Señor, y Él responderá.

4.    Señala en la estrofa conclusiva que los que “temen” al Señor son los que confían toda su existencia, en cada segundo, a Dios. Explicando que el temor a Dios no es un permanente estado de preocupación, un sudar frio en todo momento por peligros imaginados, sino una constante búsqueda de su Amistad.

 

El verso responsorial repite confirmando que dedicará cada instante de su vida a dar gracias por medio de la Bendición del Santo Nombre.

 

Jn 11, 19-27

Toda la revelación divina es fruto del dialogo entre Dios y su pueblo, y también le fe en la Resurrección está unida a este dialogo, que acompaña el camino del pueblo de Dios en la historia. No hay que maravillarse de que un misterio tan grande, tan decisivo, tan sobrehumano como el de la Resurrección haya requerido todo el recorrido, todo el tiempo necesario hasta Jesucristo.

Papa Francisco

El reconocimiento de Jesús era el de ser un gran taumaturgo. Ante su mando, todas las enfermedades cedían el paso a la Presencia vitalizante y sanadora. Pero aquí, ya no hay nada que hacer, la muerte llegó primero y lo único que queda es lamentarse que el Señor no hubiera estado allí antes para vencer la enfermedad, antes que esta hiciera sucumbir a Lazaro. Este es el enfoque de María, que ve así las cosas: Una vez muerto su hermano, “ya no hay tutía que valga”.


Hará falta dar un paso para desayunarnos de Quién es Dios. Hasta allí, Dios era un Transeúnte que andaba con nosotros en el breve paréntesis de la vida que se abría con el nacimiento y se cerraba con el cementerio.

 

Jesús, en su proceso de abrirnos hacia el Padre, va mostrando como es la naturaleza Divina enfrentada a las limitaciones humanas. Nos muestra con su propio rostro el de su Padre por medio de los siete solemnes Ἐγώ εἰμι [ego eimi] “Yo soy”:

­       El pan de vida (Juan 6, 35)

­       La luz del mundo (Juan 8, 12)

­       La puerta de las ovejas (Juan 10, 7)

­       El buen pastor (Juan 10, 11)

­       La resurrección y la vida (Juan 11, 25)

­       El camino, la verdad y la vida (Juan 14, 6)

­       La vid verdadera (Juan 15, 1)

 

Hoy estamos ante el quinto:  Ἐγώ εἰμι ἀνάστασις καὶ ζωή [ego eimi e anastasis kai e zoe] “Yo soy la Resurrección y la vida”. La palabra anastasis significa “levantarse de nuevo”, significa la victoria sobre la muerte y el pecado original, simbolizando no solo la vuelta a la vida corporal, sino una revolución espiritual, la redención no es solamente una victoria sobre el pecado sino además una liberación de su más terrible consecuencia: la muerte. El pecado nos hizo mortales, perdiendo nuestra imagen y semejanza con Dios, que es Eterno.

 

La victoria que atestiguamos hoy, parece solamente un beneficio exclusivo para Lazaro; pero, ¡resulta que no!

 

La verdadera esencia del signo de hoy -no está en ser signo para Lazaro- sino en tener ante nuestros ojos un signo válido para todos los que creemos en Jesucristo. En el episodio de hoy cobra un valor esencial la “Amistad” con Jesús. Sus amigos somos los beneficiarios de la vida que Jesús nos restablece por el simple hecho de ser sus amigos. Digámosle así, despacito, deletreándolo silaba por silaba: La resurrección es para todos sus amigos y ser amigos suyos sólo exige πιστεύων εἰς ἐμὲ [o pisteuon eis eme] “aquel que cree en mi”. ¡Gracias, Señor, por llevarme nuevamente a la Inmortalidad, que me habías infundido al crearme!

 

«Llama pues fuera a tu siervo. Porque, envuelto en el lazo de mis pecados, tenía yo mis pies atados, ligadas mis manos, sepultado en mis pensamientos y en las “obras muertas”, pero a tu llamada, saldré libre y seré “uno de los comensales”. Y tu casa se llenará de fragante perfume, y yo guardaré celosamente lo que Tú te has dignado redimir». (San Ambrosio).

 

En el verso 16, -que no se lee hoy- el “gemelo” dice: “Vayamos también nosotros a morir con Él”.  Y es que Betania está a solo tres kilómetros de Jerusalén, y Jerusalén tenía por todos sus rincones los edictos de muerte para Jesús. Visto con la óptica de Tomás, subir a Betania era la recepción de la pena de muerte para todos ellos. Jesús no solo subía a Resucitar a Lazaro, subía a dar la vida por sus amigos.

 

El propio Evangelio Joánico nos narra que Jesús obró este signo y se fue a la ciudad de Efraín y ya no podía mostrarse en público ante los judíos (cfr. Jn 11, 54): ¡Su vida ya tenía precio! ¡Treinta monedas de plata! Pero su amistad, que es fiel, no escatimaba ni un céntimo de su sangre para darnos vida y vida en plenitud.


«Él puede decir: “Yo soy la resurrección y la vida” porque en Él ese misterio no solo se revela plenamente, sino que se cumple, sucede, por primera y definitiva vez se convierte en realidad» (Papa Francisco) Así, todos los que nos reconocemos discípulos suyos, resucitamos desde aquel día. Antes, ni idea teníamos.