Ex
19, 2-6a; Sal 100(99), 1b-2. 3. 5; Rm 5, 6-11; Mt 9, 36 - 10,8
Lucas llama a la
comitiva synodia –“comunidad en camino”- el término técnico para la
caravana.
Benedicto XVI
En
la Declaración Dignitas infinita del Dicasterio para la Doctrina
de la fe encontramos lo siguiente: Identificándose con los más pequeños de la sociedad
(cf. Mt 25,31-46), «Jesús aportó la gran novedad del reconocimiento de la dignidad
de toda persona, y también, y, sobre todo, de aquellas personas que eran
calificadas de “indignas”. Este nuevo principio de la historia humana, por el que
el ser humano es más “digno” de respeto y amor cuanto más débil, miserable y
sufriente, hasta el punto de perder la propia “figura” humana, ha cambiado la
faz del mundo, dando lugar a instituciones que se ocupan de personas en condiciones
inhumanas: los neonatos abandonados, los huérfanos, los ancianos en soledad, los
enfermos mentales, personas con enfermedades incurables o graves malformaciones
y aquellos que viven en la calle». Esta cita está un poquitín traída de
cabellos, pero señala hacia una de las discriminaciones más extendidas que nos
hacen inválidos para el ejercicio de la sinodalidad. Pero es que el ejercicio
de la sinodalidad está en la mismísima identidad del pueblo de Dios. Y, cada
ciudadano de este Reino posee precisamente eso que se le niega. La dignidad de
hijo de Dios en el Hijo.
¿Qué pasa cuando aceptamos que cada quien tenga su propia comprensión de la realidad y que cada cual elabora su definición de “dignidad” que -en vistas del relativismo imperante- se deba tomar como válida? ¿A dónde nos lleva la idea de que no existen principios morales universales? A aceptar que el bien, el mal, lo justo y lo injusto dependan enteramente de factores subjetivos, históricos, o culturales. De ahí que cada quien queda flotando a la deriva, como si fuéramos icebergs. Nada nos cohesiona, es más, la formación de comunidad, inclusive de núcleos familiares se imposibilita; se vuelve irrealizable que aceptemos nuestra unificación bajo el cayado del Pastor y bloqueamos la posibilidad de la escucha. Nos adueñamos del fruto del bien y del mal y, de ahí para allá, “cada loco con su tema”. Y yo, por mi parte, seré miembro de la Iglesia, mientras acepten decir y creer lo que yo creo.
El
judaísmo -por el contrario- era una religión que contenía en sí el germen de la
sinodalidad. Del saber andar juntos. Su culto, en uno de sus rasgos esenciales,
tenía las peregrinaciones al Templo, donde las comunidades aprendían a
caravanear juntas, a marchar unidas, a defenderse y apoyarse entre sí. Los
israelitas tenían la obligación religiosa de ascender al Templo tres veces al
año (Éx 23,14-17. 34,23; Dt 16, 16s), durante las Shalosh Regalim “festivales
de los tres-pies”, festividades principales (Pesaj, Shavuot y Succot) que
entretejen los momentos básicos del proceso agrícola con la celebración de los
eventos históricos de este pueblo; el propósito era lograr cohesión, fomentar
una profunda conexión espiritual y comunitaria.
Familias enteras viajaban desde distintas regiones de Judea y de la Diáspora (Grecia, Egipto y Asiria). Historiadores como Flavio Josefo registraron que durante las festividades principales se reunían multitudes masivas en Jerusalén, estimadas en millones de personas.
Estos
cursillos de fraternidad y solidaridad tuvieron una etapa de experimentación, desarrollo
y consolidación en el Éxodo: con una marcha general de ¡cuarenta años!
Enfrentaron entonces talleres-prácticos muy exigentes y arriesgados donde
tuvieron que ponerse a prueba ante la dureza de esa travesía.
Cuando Jesús murió torturado y desangrado en la Cruz, nos privamos del Pastor y ahora andamos por ahí, extraviados, como ovejas que no tienen Pastor. A renglón seguido tenemos el deber de recordar y recordarnos que Él prometió no abandonarnos y estar siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos; Él es Dios-con-nosotros.
El
Éxodo puede agruparse en seis secciones la primera nos rememora la época de la
esclavitud en Egipto; la segunda el caminar de los israelitas por el desierto;
y, la tercera (integrada por los capítulos 19-24) la Alianza del Sinaí. Alianza
es -por decirlo de alguna manera- una clase de contrato. En la época de la
Alianza del Sinaí, ya desde mucho antes, los hititas pusieron en boga este tipo
de convenio de los cuales los arqueólogos han encontrado modelos donde se
sellaban alianzas entre los vasallos y su soberano: lo que nos remite a los
siglos XIV y XIII a.C. (redondeando fechas estamos diciendo, entre 1350 y 1200
a.C. mientras el Éxodo se estima ocurrió en el 1445 o en el 1225 a.C. los historiadores
no lo han podido precisar).
Notemos que en su salida de Egipto el pueblo llegó al desierto del Sinaí -al tercer mes de su efugio de Egipto- súbitamente encontraron a su paso la Montaña del חֹרֵב Horeb esta palabra significa “lugar desolado”, algo así como “peladero”. El Señor וַיִּקְרָ֨א [wayikra] “lo llamó”, “hablo con voz potente”, “proclamó”; derivado de la palabra קָרָא. [qara] “llamar dando voces”. Les pone de presente las Proezas que ha obrado a favor de este pueblo, sacándolos de la esclavitud. Llevándolos עַל־כַּנְפֵ֣י נְשָׁרִ֔ים [al campe nesarim] “sobre alas de águila”.
Es
importante hacer notorio que la estadía allí no fue provisional, en realidad
estuvieron en aquel lugar el resto de Éxodo, todo el tiempo narrado en el
Levítico y la parte inicial de Números. En Nm 10, 11-13 encontramos que los
israelitas reanudan su marcha el día veinte del segundo mes del segundo año.
Entonces oí la Voz del
Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién será nuestro mensajero? Yo respondí ¡Aquí
estoy, envíame!
Is 6, 8
Moisés sube y baja, para hacerse pontífice entre Dios y su pueblo. Pero, y allí hay que enfocar la linterna: no se reserva la “vocación” a Moisés, ni a Aarón y María -su hermana- define a su pueblo como una pueblo-todo él- con unción sacerdotal. Todo el pueblo será una וְגֹ֣וי קָדֹ֑ושׁ [wedow kadosh] “nación santa”.
Toda
Alianza debe comprometer a las partes, cada cual al cumplimiento de lo que se
pacte: Aquí es muy claro que el vasallaje exige la obediencia a Su Voz y
cumplimiento de la
בְּרִיתִ֑י
[beriti] “Alianza”.
La
Alianza fue rota, no una -sino muchas veces- así que, el Sacerdote Jesucristo
se ofreció a Sí mismo, victima, en el Altar Calvario para Justificarnos (la
justificación está consignada en la frase “Perdónalos porque no saben lo que hacen”
(Lc 23,34). Notemos que, al momento del sacrificio, no se había restablecido la
Alianza ni habíamos logrado reconciliar nuestra Amistad con el que es Señor,
Dueño y Amo nuestro. El Sacrificio fue pues un acto de Reconciliación. El Amor
que Dios nos tiene se probó muriendo por nuestra expiación. ¿Cómo va a ser que
habiendo sido justificados no seamos salvos? Y no nos quedamos en la pura salvación,
sino que somos asumidos en la gloria de Jesucristo Resucitado que, con el dolor
de su Pasión, nos compartió su Victoria. Él lo da todo. No se queda para sí con
el premio por su sufrimiento, sino que lo comparte, porque -precisamente- decir
amor es decir donación, desprendimiento, generosidad.
Hay una cosa interesantísima en los Evangelios: Cada vez que se hace la lista de los apóstoles, muestra diferencias y los nombres no son los mismos. A eso se le pretende dar “alguna” explicación, por ejemplo, que las personas tenían dos nombres -o más- y por eso aquí y allá se les nombra de otra manera; también hemos oído pretextar que se debía a que algunos eran nombrados por sus apodos. Les ruego nos regalen la posibilidad de intercalar aquí nuestra propia “lectura” de esa curiosidad de las listas divergentes: Los nombres son lo de menos, no nos pongamos a perderle tiempo a eso, sencillamente intercalemos nuestros propios nombres allí y asumamos responsablemente las consecuencias de pertenecer a esa digna y honorable lista en la que tuvo cabida hasta un traidor.
Sean
los que sean los nombres, lo importante es que ellos fueron los “quijotes” al
frente de las doce tribus de la Nueva Alianza. Por ellos nuestra Iglesia se
honra de llamarse apostólica porque pisamos sobre las huellas de su ejemplo, y
nos alzamos altísimos hasta la altura de gigantes. Seguimos su rastro y no
queremos desviarnos ni un infinitésimo a derecha o izquierda.
Pero -y siempre hay un “pero”- para caminar derechito tras ellos tenemos que hacer -nosotros también- escuela de sinodalidad. Derechito no significa dogmáticos, repartiendo cachiporrazos para que la uniformidad sea perfecta. ¡No! Lo que se espera es que procuremos con toda nuestra buena fe y el Auxilio del Espíritu Santo, sintonizar con Su Enseñanza y serle fieles. No todos iguales, sino todos con los ojos y el corazón mirando hacia Él.




















