lunes, 9 de marzo de 2026

Martes de la Tercera Semana de Cuaresma

 


Dn 3, 25. 34-43

Nabuconodosor I, Nabucodonosor I, Nabukudirriusur I o Nabushadrezzar I, que era, aparentemente, el papá de Nabucodonosor II - (606-562 a. C.), fue este el que arrasó Judea y conquistó Jerusalén (597 a. C.) fue el último gran imperio independiente en aquella zona. Con él, el templo fue saqueado, el rey Joaquim y parte de la población deportados a Babilonia. Estos reyes tenían otra manera de enfocar su imperialismo, llevaban los líderes deportados a su tierra y allá eran sometidos a un acartillamiento, en materias como “sabiduría”, “lengua” y “literatura” caldeas. Su eficiencia en el aprendizaje los calificaba para ser los burócratas y asesores del gobierno. Entre ellos estaban cuatro jovencitos judíos: Daniel, Ananías, Misael y Azarías.

 

En la Biblia Caldeos y Babilonios es lo mismo. Puestos a cargo de un eunuco de confianza -Aspenaz- quien les cambio los nombres a nombres caldeos, los llamó: Belsazar, Sidrac, Misac y Abed-Nego respectivamente.

 

Daniel demostró una inusitada habilidad para descifrar sueños y le interpretó un sueño a Nabucodonosor, lo que le valió ser colmado de honores y riquezas.

 

Más adelante este rey puso una gigantesca estatua de oro y ordenó que todos debían adorarla. Sin embargo, los jóvenes judíos -que guardaban muy estrictamente las leyes de Dios, se negaron a adorarla y fueron condenados al horno. Por tratarse de un desacato abiertamente sostenido por los jóvenes, el horno fue encendido siete veces más caliente de lo normal. Sin embargo, los jóvenes en el horno, no eran tocados por las llamas, y todos los que se acercaban el fuego los consumía.

 

Entre las llamaradas, Azarías pronunció una plegaria tan hermosamente penitencial, que:

a)    En primer lugar, reconoce que todo castigo venido de las manos de Dios es merecido, por haber pecado como el pueblo judío en Jerusalén lo había hecho. Por desacato a lo que Dios les había enseñado, se habían hecho reos dignos de sanción (nótese que todavía aquí se identifica a Dios con un ser castigador).

b)    Un punto de sanción fue haber caído en manos de un pueblo idolatra.

c)    Pero Dios no los abandonó, y la oración de Azarías ruega que pese a sus faltas Dios les mantenga Su Parte de la Alianza. En esta se prometía convertirlos en un pueblo numerosísimo, pero -en cambio- son solo un pueblo muy pequeño en número.

d)    Llevados a una situación de desintegración, carentes de liderazgo, sin príncipes, sin profetas, sin poder ofrecer sacrificios, ni ofrendas, ni incienso, ni pudiendo ofrecer las primicias, están desvalidos de recurso para implorar misericordia.

e)    Entonces Azarías, a cambio de las ofrendas tradicionales (consistentes en carneros, toros y corderos cebados en gran cantidad) ofrece sus “corazones contritos y el espíritu humilde”.

f)     Suplica al Cielo que acoja esta “ofrenda” tan personal y la reciba con agrado, con el argumento de que quien en el Señor confía, no queda nunca defraudado.


La oración de Azarías concluye apelando a la Piedad divina y a su gran Misericordia y a su poder maravilloso. Y le pide que con esa Misericordia le dé gloria a Su Santo Nombre. 

 

Se puede ver el carácter paradigmático de esta plegaria que sintetiza en sí el espíritu penitencial que YHWH espera de nosotros. Nos proporciona un marco de “arrepentimiento” para vivir a profundidad la preparación cuaresmal.

 

Sal 25(24), 4-5a. 6 y 7bc. 8-9

Es un salmo de súplica que está puesto en la misma tónica con el clamor de Azarías, que acabamos de escuchar.

a)    Se suplica a Dios que Él nos enseñe los derroteros para el cumplimiento de la ley, y que los sigamos con lealtad. Sólo Él nos puede conducir para superar todos los obstáculos y engaños.

b)    El salmista pone ante los ojos de Dios, para reforzar su ruego, la durabilidad de la ternura de Dios equiparable en duración, sólo a Su Misericordia.

c)    Junto a la Ternura de Dios y a su Misericordia, están puestos otros dos atributos: Su Bondad y Su Rectitud. Estos dos atributos, puede compartírselos a los חַטָּאִ֣ים [jataim] “pecadores”, a sus עֲנָוִ֣ים [anawin] “humildes”, “pobres”, “afligidos”.


Esta súplica triple (en sus estrofas) es reforzada en cada responsorio, donde apela a laזְכֹר־ [zekor] “memoria” de YHWH, que no olvida jamás su Palabra y es eternamente Fiel. Así como la Palabra de Dios crea, su “memoria” renueva, vitaliza, actualiza y reitera su vigencia, lo que el “pensó” ayer, hoy se vuelve a hacer realidad por su Recordación. ¡Así es la Mente de Dios! Que al “recordar” actualiza; y así obra.

 

Mt 18, 21-35

Antes de la perícopa de hoy, Mateo nos trae un Manual de Sinodalidad que nos ha regalado Jesús, donde se nos dice “Cómo conviven los hermanos en la fe”:

a)    Si alguien ha “pecado contra mí”, lo invito a un rinconcito para “hablar a solas”, sí logro llegar a buenos términos con él, ¡Gol en el Cielo!

b)    En caso de no lograrlo, apelo a alguien que me ayude a presentar “La Luz de la Justicia” mejor, quizás no sea muy docto al hacerlo y requiero de consultores.

c)    Pero, si no se alcanza tampoco con este consejero, habrá que llevar el asunto a la Asamblea entera, para que “en pleno”, con el apoyo de todos, se le muestre el desvió a ese “hermano extraviado”.

A esta metodología la hemos bautizado “de la corrección fraterna”.


No se limita a “corregir desvíos”; también es útil para solicitar el favor de Cielo, y entonces, a esta otra metodología nos hemos habituado a llamarla “cadena de oración”. A Dios le fascina que hagamos plantones frente al Antejardín de su Mansión Celestial, para rogarle algo.

 

Este es el peldaño previo para ir sobre la parábola del que no perdonó a su compañero.

 

Nuestra sensibilidad espiritual es muy reducida, ofrecemos una “gota de perdón” y ya creemos haber hecho las mil maravillas. Ahí tenemos nuestra imagen en el espejo, bastaría mirar a San Pedro, orgulloso con su meta limitada a siete perdones consecutivos, contrapuesta a la oferta Divina de “perdonar siempre”.

 

El Perdón para Dios, no tiene pasado, ni lleva cuentas de cuantas veces ha sido otorgado, Él sólo recuerda que si una vez perdonó el contrajo una Alianza de Perdón con quien se vio favorecido otrora, y con gusto, le renueva el “contrato” para volverlo a perdonar.

 

Él nos enseña algo completamente diferente, cambia nuestra manera de pensar. Él no es de los que dicen una cosa y hacen otra, su Prodigiosa Memoria tiene una sola falla -diríamos nosotros- que es “Infinitamente Olvidadizo” respecto de nuestros pecados y desvíos. ¿Qué sería de nosotros sí Él no olvidara siempre, hasta “setenta veces siete”, es decir sin conteos ni límites?

 

Para ilustrarnos, nos regala la Parábola de hoy:  Vayamos directo al corazón de la parábola. -A veces para entender la circunferencia hay que establecer primero que todo el centro-: σπλαγχνισθεὶς δὲ κύριος [splagchnisdeis de o kyrios] “al Amo se le conmovieron las entrañas”. Esta conmoción visceral es lo que denominamos “compasión”; esta palabra quiere decir “ponerse en el lugar del otro”, experimentar su padecimiento en la propia carne”, no se trata de pasarle por alto la deuda, esa es apenas la consecuencia, pero lo esencial es hacerlo porque entendemos que el otro también es un ser humano y que le duele, o lo atormenta, o está sufriendo, o aguanta las duras y las maduras. En fin, se trata de asumir ese sufrimiento como algo muy propio que muerde en las propias carnes. Esta compasión es el pivote de toda. La materia prima dela fe consiste en solidarizarse, en saberse poner en los zapatos del prójimo.

 

Ahora, el contraste entre la deuda del empleado del Rey (moneda más, moneda menos, le debía 10 millones de monedas de oro), y la deuda del compañero, que era una deuda minúscula en comparación (redondeémoslo en cien monedas, para tener un punto de referencia), esta puesta aquí para entender que el Amo es Dios -Señor nuestro- y que Él nos perdona deudas siempre muy grandes, descomunales, inmensas. Frente a nuestras ofensas contra Él, las ofensas que pueden hacernos nuestro “compañeros” son diminutas, insignificantes.

 

Ahora bien, nuestra tarea discipular es la Construcción del Reino, la sinodalidad con nuestros “hermanos”, nuestros “prójimos”, y eso requiere, ante todo, la aplicación del “principio de perdonabilidad constante”. No podemos pensar que podremos abrir la puerta para acceder al rostro Luminoso de Dios en el Cielo, a menos que nosotros aprovechemos nuestro paso por este planeta “entrenándonos” concienzudamente para que, al llegar Allí, tengamos el brazo muy musculoso y al empujar se abra.

 

Hemos cultivado el mito de que San Pedro estará allí en la puerta y que él se encargará de darnos el acceso y los ángeles descorrerán la puerta a nuestro paso. Ellos serán -quizás- el Comité de Acogida, pero abrir requiere que nos preparemos cabalmente desarrollando el musculo que puede abrir. Ese músculo se llama “compasión”.

 

No nos vayamos a engañar, no se trata de darse la mano como a veces obligan a los pequeñines a sellar una paz de apariencia, y luego ir arrastrando un rencor sordo y corrosivo; no se trata de solo darse la mano, se trata de explicarle al corazón para que entienda que los rencores guardados nos envenenan. Se trata de impulsar un proceso de sanación verdadera. Lo cual no es nada fácil. Hay situaciones de bullying que se eternizan y personas que se ensañan en seguir haciendo daño. Y esto no es exclusivo de niños y jovencitos en edad escolar; hay personas adultas que siguen recreándose en herir y gotear zumo de limón en la herida y restregarle sal. Y tampoco se trata de acomodarse en la situación de víctima.


Lo que resulta vital y esencial es que, el proceso de “sanación” esté restringido, por todos los costados, a ser desarrollado en clave de no-violencia.  Y no caer en la trampa de responder a la agresión con más agresión. 

domingo, 8 de marzo de 2026

Lunes de la Tercera Semana de Cuaresma

2R 5, 1-15a

Eliseo es un profeta del Norte, del siglo IX a.C.  Los investigadores datan su nacimiento en el 885 a.C. en Abel-Meholah, y se estima su muerte en Samaría en el 790 a.C. Es un “hombre de Dios”, un personaje carismático capaz de hacer dulces las aguas salobres, de multiplicar el aceite y los panes, de resucitar un niño ya muerto, y de sanar leprosos, como nos lo muestra la perícopa de hoy.

 

Como muy seguramente se recordará Eliseo da continuidad a la Misión de profeta Elías. Eliseo -en la trasmisión del profetismo mediada, o mejor, simbolizada con la trasmisión del Manto- le pide a Elías el doble de poder; en cumplimiento de lo cual, Elías tiene a su haber 7 “milagros”, mientras que en el relato bíblico Eliseo obra 14 “prodigios”.

 

Eliseo aparece en 2R, en el capítulo 2, que da inicio al ciclo de Eliseo, que se extiende hasta el capítulo 13,14-21, donde se relata la muerte de Eliseo.

 

En la perícopa de hoy vamos a conocer un personaje Naamán, jefe del ejército sirio, que, sin embargo, era “leproso”. Se entrecruzan hechos nimios para que llegue a oídos de este poderoso militar extranjero, la noticia de un profeta en Israel capaz de sanarlo. Unos arameos capturaron a una muchacha y esta fue vendida como esclava para ser sirvienta de la mujer de Naamán.

 

Oyó Naamán el asunto y fue a contárselo al rey -pensamos que se trataba de Ben-Hadad II, quien juntó un tesoro, que respaldaba la petición, le escribió a Jorán rey de Israel una carta pidiéndole que su General fuera curado. Jorán vio en este escrito -simplemente- una amenaza contra su reino, una especie de pretexto, pues él se reconocía incapaz de cumplirle la petición que se le exigía.

 

Cuando Eliseo se enteró del espanto en el que había caído su rey le mando decir sencillamente que lo enviaran donde él para que viera el Gran Poder de YHWH que había puesto un tal profeta en Israel para avalar a su pueblo.

 

Llegado Naamán a la casa del profeta, este ni siquiera lo salió a recibir, sólo le mando un sirviente a decirle que se fuera a bañar siete veces en el Jordán. Esta respuesta ofuscó muchísimo al sirio, escandalizado porque, en su tierra había ríos más caudalosos -por ejemplo, el Abaná y el Farfar en Damasco-.

 

Notable es la inteligencia de los sirvientes en su comitiva, que le dicen -con lógica práctica- que, si le hubieran mandado algo extraordinariamente difícil, seguramente él, por aprecio a su salud, lo haría; ahora bien, lo mandado, es algo sencillo, ¿por qué no cumplirlo, sí no había nada que perder?

 

Lo hizo y la piel le quedó como la de un bebé.  Ante lo que, maravillado, regresó a casa del profeta y allí declaró: “Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”.  Esta declaratoria es trascendental porque implica un gigantesco salto de la idolatría pagana al Monoteísmo del Dios de Israel.

 

Es cierto que los ríos sirios que nombró Naamán son ríos grandes, caudalosos, de aguas limpias, mientras las aguas del Jordán son embarradas. Lo mismo, el detalle de que no saliera personalmente el profeta, todo confluye a dejar ver que, el poder actuante de YHWH no pasa por esos filtros de brillo y pompa; sí Eliseo hubiera salido, muy seguramente Naamán le habría atribuido el prodigio a él, y el otro habría tenido oportunidad de “pagarle” la sanación con el botín que traía.


 

Muy seguramente lo que traía Naamán en su imaginario era que, el profeta, con unos pases mágicos y, quizás la pronunciación de alguna fórmula hechicera lo sanaría.

 

Es precisamente la negativa al oropel lo que arroja tan contundente claridad: que no era el agua, ni el profeta, ni el rio, ni la carta del rey sirio, ni los regalos-chantaje, ni la autoridad del rey de Israel, ni el poderío insinuado del rey sirio, sino la Misericordia del Dios de Israel lo que brillaba sobre toda la parafernalia cortesana-y-hechicera, la única que podía sanarlo tratándose de aquella enfermedad incurable.

 

Todo lo que se dejó de lado fue para demostrar que el Nombre sobre todo nombre era el Nombre de YHWH.

 

Sal 42(41), 2. 3; 43(42), 3. 4

La perícopa se forma con dos versos de un salmo y dos versos del siguiente. Ambos son salmos de súplica. Antiguamente eran uno solo, ambos salmos acarician el regreso al Templo, donde se palpe la cercanía de Dios, donde se viva la experiencia de su proximidad, donde podamos sumergirnos en su Amistad.

 

Lo que se quiere plantear es la sed de inmortalidad, de pureza, el anhelo del alma por lo divino. Ese anhelo está retratado en la imagen de “la cierva sedienta”: imagen simbólica y metafórica, que data de este Salmo, que representa el alma anhelante, la búsqueda espiritual intensa de Dios, a un mismo tiempo que el deseo profundo de un amor inalcanzable. Es la misma sed de Dios que vive el alma. Es ese anhelo de contemplar la Luz del Rostro Divino que nos deja intuir de cerca la calidad de su Amor perdurable.

 

Para lograr ese regreso necesitamos una estrella -como los Reyes Magos- que nos guie: ¡somos torpes para encontrar el camino a casa, sólo con la ayuda de Dios podremos volver y superar nuestro extravío.

 


Con cantos -acompañados de cítara- iremos al Altar para entonar canticos de gratitud, a Dios, Señor nuestro.

 

El responsorio entraña una nota melancólica: parecería que nunca volveremos a visitar sus atrios, ni a pisar las naves de su Santísimo Templo: ¿cómo podemos pasar, en nuestra ceguera devocional- temporadas larguísimas sin ir a los oficios religiosos, sin gozar los deleites Eucarísticos?

 

Lc 4, 24-30

Cuando la Iglesia es humilde y pobre y también cuando confiesa sus miserias, que, además, todos las tenemos, la Iglesia es fiel. Es como si ella dijera: Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí. Y esto, nos hace mucho bien. Entonces recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro, a fin de que nos enseñe a ser Iglesia de ese modo, renunciando a todo lo que tenemos y a no tener nada para nosotros sino todo para el Señor y para el prójimo. Siempre humildes y sin gloriarnos de tener luz propia, sino buscando siempre la luz que viene del Señor.

Papa Francisco

Ante todo, hay que notar que Jesús no abandona las sinagogas, ni el Templo, sigue fielmente asistiendo a “las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.


Constata, con tristeza, que -y no deja de ser raro que seamos así- nadie está mejor dispuesto a rechazar al “Profeta” que sus vecinos más cercanos. Quizás podríamos apoyarlo más fácilmente, porque es un conocido, alguien a quien quizás hemos visto crecer, tal vez hemos compartido con él/ella momentos de juventud o de infancia, quizás lo hemos visto jugar balón en el patio de barrio; pese a lo cual, nos parece que es alguien tan común y corriente que preferimos irnos a conocer otra gente que no sabemos ni de donde han salido, ni qué clase de personas serán, no sabemos ni a que dios honran, pero ahí vamos detrás. Con una cierta xenofilia.

 

Por eso, para compensar esa desproporción, Elías le llevó consuelo y socorrió a una viuda de Sarepta, una sidonia, que enfrentaba una gran hambruna. En esa misma línea, Eliseo sanó a Naamán, pese a que había muchos leprosos en Israel, el socorrido fue un sirio. Vemos que el Dios de Abrahán, el Dios de Jacob, el Dios de Israel, siempre revienta los nacionalismos, porque las fronteras trazadas en el mapa son líneas discriminatorias que ha dibujado el ser humano, ¡no el Señor!

 

¿Cómo reaccionaron sus paisanos en la Sinagoga? ¡Furiosos! ¡Con rabia asesina! ¿Cómo sino? Ellos que siempre han desembocado automáticamente en la “patriotería”. Fingían admirarlo, como se dice en los dos versos previos a la perícopa del Evangelio de hoy, pero es común que tras unas pinceladas de admiración se esconda, por el contrario, una rabia ciega y sorda, cocinada en los jugos de la envidia.

 

Todos aportaron crayones y cartulinas para hacerle unos carteles que fácilmente podrían colgarle al cuello, donde se leyera, -no lo que proclamaría un delegado del Cesar, temeroso que quisieran derribar a su reyezuelo-emperador: INRI- sino, en este caso, lo que querrían declarar sería una acusación de “falso profeta”, “anatema”. El legítimo Mesías tenía que ser -según ellos- una exclusividad del pueblo judío. Y Jesús, lo que está declarando es que, Él no solo había sido enviado para ellos.

 

¡Seguro que nosotros también preferiríamos irnos a sanar al Abaná o al Farfar -ríos lujosos de aguas cristalinas, antes que meternos al barroso Jordán! ¡Seguros -con toda seguridad- que cuanto más excéntrico, más confiable! ¡Con toda seguridad que para ellos Jesús era sinónimo de un rio lleno de fango y pantano!


Volvamos al meollo: No hagamos escandalo con el tema de Caín si nosotros también estamos dispuestos a matar al hermano por ocuparse de otros, por compadecerse de esos “extranjeros” -esos que nos son de los nuestros-, y a falta de -según la tradición artística y literaria- una quijada de burro, buena es una cruz y un Gólgota. 

sábado, 7 de marzo de 2026

NI GARIZÍN NI JERUSALÉN, AHORA NOSOTROS SOMOS EL TEMPLO

 

Ex 17,3-7; Sal 95(94), 1-2. 6-7c. 7d-9; Rom 5,1-2.5-8; Jn 4, 5-42

 

…, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas.

De la Oración Colecta.

 

Incapacitados para ver una salida

«Cuando yo era chico me encantaban los circos. Y lo que más me gustaba de ellos eran los animales. También a mí, como a otros, me llamaba la atención el elefante. Durante la función la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal…

 

Pero después de su actuación, y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.


Sin embargo, la estaca era solamente un minúsculo pedazo de madera apenas enterrada unos centímetros en la tierra.  Y aunque la cadena era gruesa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol con su propia fuerza, podría, de una forma muy sencilla, arrancar la estaca y huir.

 

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, pregunté a algún maestro, a mi padre o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque está amaestrado.

 

Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, entonces ¿Por qué lo encadenan?... No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

 

Hace algunos años descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: "El elefante del circo no escapa por que ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño".


Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, y tiró de aquella cadena tratando de soltarse.  Y a pesar de todo su esfuerzo no lo logró. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar y también al otro sin tener buenos resultados… hasta que un día, un terrible día para su historia el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

 

Este elefante enorme y poderoso no escapa porque CREE QUE NO PUEDE.

 

Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que se siente poco después de nacer. Y lo peor es que jamás. Jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

 

Cada uno de nosotros somos un poco como ese elefante: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que hay un montón de cosas "no podemos hacer" simplemente porque alguna vez probamos y no pudimos.


Grabamos en nuestro recuerdo "no puedo... no puedo y nunca podré'', perdiendo una de las mayores bendiciones con que puede contar un ser humano: La fe. La única manera de saber es intentar de nuevo, poniendo en ello TODO NUESTRO CORAZÓN y todo nuestro esfuerzo, como si todo dependiera de nosotros, pero, al mismo tiempo, confiando totalmente en Dios como si todo dependiera de Él.»[1]

 

Sin ser esclavos propiamente, vivían esclavizados

El pueblo de Israel que había terminado por vivir en esclavitud  en Egipto, donde llegaron y fueron bien acogidos originalmente, y se hicieron prácticamente ricos, y crecieron en gran número, todo lo cual produjo preocupación en los egipcios que vieron en su desarrollo una amenaza, así que les aumentaron los impuestos, y, les impusieron mayor impuesto de trabajo, también les impusieron capataces despiadados que los maltrataban, fue precisamente en esa situación que Moisés mató a un capataz y tuvo que huir. Por eso también, cuando YHWH habló a Moisés le dijo: “claramente he visto como sufre mi pueblo que está en Egipto. Los he oído quejarse por culpa de sus capataces, y sé muy bien lo que sufren. Por eso he bajado a salvarlos del poder de los egipcios; voy a sacarlos de ese país y llevarlos a una tierra grande y buena donde la leche y la miel corran como el agua.” (Ex 3, 7b-8c).


Toda la historia de opresión y explotación los había llevado a sentir que no podían ya sacudirse del yugo opresor. ¿Cuál es pues el rol de Moisés? Levantar el ánimo de su pueblo, mostrarles que sí podían “arrancar la pequeña estaca de madera”. Moisés fue el instrumento liberador de YHWH para que su pueblo “elegido” saliera de su lamentable condición en Egipto.

 

Pero cuando se ha vivido largo tiempo la condición del explotado, podemos aplicar aquí la imagen del elefante y decir que estamos atados a estacas parecidas desde que éramos muy pequeños. Esa mentalidad de explotado se ha internalizado de tal manera que terminamos acariciando esa condición, al punto que, después en el desierto, añoramos la carne y las cebollas que comíamos en Egipto. Viene luego el episodio que nos narra la perícopa de este Domingo Ex 17, 3-7, donde el pueblo se queja de sed y Dios les da agua que mana de la roca que golpea Moisés con su vara, según las instrucciones que el propio YHWH le había dado. Toda la escena tiene como marco espacial Masá y Meribá, lugar geográfico en la ruta del desierto, cuyos nombres traducen -precisamente- “prueba” y “querella”, porque esto fue lo que hizo el pueblo allá: retar y querellarse con Dios.

 

Nunca será suficiente insistir que YHWH los hizo vagar 40 años por el desierto precisamente para que se purificaran de su mentalidad servil, de su acomodo al pensamiento de explotados, de su conciencia de oprimidos ¡40 años de errar por el desierto! Así sería de profunda la alienación de ese pueblo y su olvido del valor inapreciable de la libertad. El cruce del Mar Rojo es una figura de esa limpieza mental necesaria para sacudirse esa situación y remontar la resignación de vivir subyugados, requerimos reaprender la libertad con la que Dios nos creó.


También el agua bautismal alude a esta desintoxicación. Cuando nos hemos habituado a vivir en el pecado, es preciso un proceso de limpieza mental y del corazón, para ser capaces de asumir el precio de vivir por fuera de él. Muchas veces oímos del combate que dan los santos contra el Maligno, que los ataca y los tortura despiadadamente, lo que quiere es arrastrarlos -de nuevo- de cabeza hasta el fondo. ¡Esas son las tentaciones! El apego a “las cebollas de Egipto”.

 

Cruzar un Mar de Sangre

La libertad tiene un precio, la libertad dignifica, pero no es gratuita. ¡Hay que atravesar al otro lado del Mar de Sangre que derramó el Redentor!

 

El Salmo celebra la Alianza. En este Salmo 95(94) se convida al pueblo a restablecer la Alianza. Se lo llama a dejar la actitud que tuvieron en Masá-Meribá y a reconocer que Dios es Grande, es Bondadoso, es Dios-Creador, es amoroso-protector y defensor, Dueño de todo lo creado. Se retoma la idea de haber quebrantado la Alianza. Consecuencia, vagar 40 años por el desierto, no poder entrar en el “descanso” del Señor.


La Alianza implica una relación de toma y da-acá. Dios bendice, Dios protege, cuida y alimenta; da de comer y de beber, pero el pueblo también tiene su parte contractual en el pacto de la Alianza: Debe vivir su condición filial, reconocerse hijo del Padre Celestial, asumir la obediencia, la fidelidad; respetar sus mandatos, vivir coherentemente lo que Él ha enseñado.

 

Me encanta ver a Cristo hablar de ese modo con una pecadora, con una mujer que vivía con su sexto hombre. Y me encanta ver a esa pecadora transformarse en apóstol: regresó al pueblo para anunciar al Mesías. ¡Es formidable!

Dom Helder Câmara

 

En el año 721 a.C. Samaria, capital del Reino del Norte, fue invadida por los asirios. La política de dominación adoptada por Asiria era acabar con la organización del país dominado. Ese imperio deportaba a los pueblos dominados de una región a otra. Para poblar la región de Samaria, Asiria deportó sus colonos de cinco regiones diferentes: Babilonia, Cutá, Avá, Jamat y Sefarvayím (2 R 17, 24). Cada pueblo llevó consigo su cultura y sus dioses. Con el correr del tiempo, esos colonos asirios se unieron con los judíos, formando un nuevo pueblo. Los samaritanos.»[2]


«Los samaritanos tuvieron un papel decisivo en la formación de la comunidad del Discípulo amado. Por eso el evangelio de Juan presenta el episodio de Jesús con la samaritana y muestra que ha llegado el final del culto que discrimina y margina personas y grupos. La samaritana no tiene nombre, y ese detalle indica que ella representa a todos los samaritanos, que eran considerados por los judíos como personas impuras e idólatras»[3].

 

También la Samaritana del evangelio padece una triple cadena: i) Es Samaritana, es decir extranjera; ii) es mujer, tremenda alienación en esa cultura donde la mujer era prácticamente menos que un mueble, algo así como un burro; y la “cadena” de iii) el amor-fetichizado, de tener “maridos” que no son “marido” porque “no eran suyos”, eran hombres transeúntes por su vida, no compañeros de vida, no co-constructores de un hogar, de una familia, compañeros de una misma “lucha”. «El corazón del hombre no puede vivir “sin un dueño”. Cuando el corazón anda de ídolo en ídolo, de cosa en cosa, de dependencia en dependencia, al final se siente vacío, desganado, perdido y solo. El corazón duele cuando no lo llena quien es la medida de nuestro corazón: Dios. Al corazón no se le puede mentir. No se le puede enmascarar. No va en juegos de mentira. Al corazón se llega sin razones, sin manejos; se llega por la intuición. El corazón sufre cuando es maltratado, golpeado por una vida “sin corazón”. Al corazón no se le engaña dándole a beber “aguas contaminadas, aguas sucias”. Le gusta el agua limpia, el agua fresca y pura. Al corazón no le van los postizos, no le cuadran los disfraces. Porque el corazón del hombre lo creó Dios, salió de sus manos, tiene su marca, su sello, su hechura. Y nada lo satisface sino el mismo Dios.»[4]


 «Un corazón herido es un corazón indigente. El corazón herido de Jesús, plenamente humano, necesitaba y necesita amistad. Rechazado, necesita fe, confianza y fidelidad. ¿No era eso lo que buscaba en sus discípulos y seguidores durante su misión, que creyeran en Él, que demostraran su caridad amando al prójimo y permaneciendo en su amor? ¿No eran causas de su tristeza y soledad la falta de fe y confianza que hallaba en sus seguidores y discípulos?»[5]

 

La samaritana atraviesa un verdadero proceso:

1)    Ve en él a un judío común y corriente

2)    Descubre en Él a uno superior a Jacob

3)    En este tercer momento comprende que no es un cualquiera, sino que puede obrar prodigiosamente

4)    Reconoce que se trata de un Profeta.

5)    Asciende un peldaño más y descubre que se trata del Mesías.

6)    Que es nadie menos que el “Salvador del Mundo”

 

Reconciliación y Paz

Como busca la cierva, corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío.

Sal 41, 2

 

¡Si nos diéramos cuenta de cuánto valemos a los ojos de Dios! ¡Si fuéramos conscientes del ánimo redentor que mueve a Jesús cuando le habla a la samaritana! Este par está en continuidad: El agua que le dará Jesús, es agua purificadora, re-dignificadora, que le enseña a vivir al margen del pecado, a vivir libre. La levanta; no la discrimina[6] sino que la trata de Tú a tú. Le habla por encima de las segregaciones raciales y de género y también, la va -como llevando- de la mano, para hacerle entender que lo que ella llama “maridos” dista mucho de serlo. «Ahora ella es una mujer diferente. Mujer nueva. Mujer regenerada. Mujer limpia y feliz. Mujer profunda y cercana. Mujer fuerte.»[7] Junto al pozo de Sicar hemos sido testigos de este milagro: En ella se ha dado la conversión.


A la samaritana la sucedía otro tanto que, al elefante atado simbólicamente, pero contenido por su “prejuicio”. Jesús le ha quitado la mordaza que la coartaba, «… todo lo que me limite, me está impidiendo llegar a esa plenitud, a esa totalidad, a esa abundancia de vida, en la Gracia para hacer todo lo que yo puedo, quiero y debo ser …»[8]


En la Segunda Lectura, de la carta a los Romanos, llegamos al capítulo V, «Hasta aquí, el asunto central era la justificación. De aquí en adelante, el asunto será la salvación. Fue lo nuevo que se construyó. La justificación queda en el pasado, la salvación se abre al futuro… La justificación está unida a la muerte de Cristo. La salvación está unida a la vida-resurrección y al Espíritu Santo que es como el “arquitecto” de esa nueva construcción.»[9] antes de pasar a hablarnos de la liberación del pecado (5, 12 ss.), nos da una clarísima iluminación sobre el contexto soteriológico que implica (5, 1-11). «…podemos renovar en nosotros la gracia del bautismo, saciarnos en la fuente de la Palabra de Dios y de su Santo Espíritu, es así descubrir la gloria de convertimos en artífices de reconciliación e instrumentos de paz en la vida cotidiana.»[10]  En la perícopa de hoy se reconoce que Jesús al sacrificarse por nosotros reveló nuestro valor a los ojos de Dios. Por encima de nuestros defectos y virtudes, tanto y tantísimo valemos para Él que, aun cuando no seamos ἀγαθοῦ [agathou] “el bueno”, Dios no escatimó a su Hijo, su Amado, en quien tiene sus complacencias, y lo entregó por nosotros. Reflexionemos y justipreciemos cuánto nos ama y cuánto valemos a Sus Ojos. ¡Él tiene sed, sed de nuestro amor! Y, a la vez, ¡Él es el pozo, el remanso de las Aguas de la salvación!

 

 

 



[1] Agudelo C.  Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU 2. Ed. Paulinas. Bogotá – Colombia 3ra RE-IMPRESIÓN 2005 pp.263-264

[2] Centro Bíblico Verbo LA NUEVA VIDA NACE DE LA COMUNIDAD. EL EVANGELIO DE SAN JUAN. SUBSIDIOS PARA ENCUENTROS. Ed. San Pablo. Bogotá- Colombia 2010. p. 40.

[3] Bortolini, José. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE JUAN. EL CAMINO DE LA VIDA. Ed. San pablo Bogotá Colombia. 2002

[4] Mazariegos, Emilio L. DE AMOR HERIDO Ed. San Pablo. 3a Edición 2001 Bogotá-Colombia. p, 126

[5] Galilea, Segundo. LAS LUZ DEL CORAZÓN. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995 p. 116

[6] Los samaritanos se dan cuenta que Cristo NO es un Mesías limitado a los “judíos”, sino abierto a todas las razas y marginados del mundo, incluso a ellos (Jn 4, 41-42). Seubert, Augusto. CÓMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá – Colombia. 1999 p. 45

[7] Mazariegos, Emilio L. Op. Cit.  p. 131

[8] Vallés, Carlos G. s.j. TESTIGOS DE CRISTO EN UN MUNDO NUEVO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá 1995. p. 52

[9] Mesters, Carlos. CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá. 1999  pp. 35-36

[10] Papa Francisco. NOSOTROS SOMOS LA SAMARITANA. 19 de marzo de 2017

viernes, 6 de marzo de 2026

Sábado de la Segunda Semana de Cuaresma

 


Mi 7m 14-15. 18-20

Entre el pecado y la Tierna Misericordia de Dios hay una distancia, un gran abismo, para cruzarlo requerimos de un puente que se denomina “arrepentimiento”: De eso se trata la cuaresma, de tener un tiempo penitencial para atravesar ese puente.

 

De Egipto salió un pueblo, el que llegó a la Tierra de promisión era otro pueblo distinto. Por el camino, caminar de 40 años, murieron aquellos que salieron y surgió otra generación. Esta imagen es parabólica, establece un signo de muerte y renacimiento, así tendría que ser nuestra travesía cuaresmal, para que, al llegar a la Semana Santa, lleguemos otros, cambiados, libres del pecado, purificados en la Gracia Penitencial, y el que estaba habituado al pecado se haya quedado muerto, por el camino.

 

Mucha atención que la Absolución re-produce las Aguas Bautismales. En su Misericordia Divina el Señor -sabedor de nuestra fragilidad- nos ha regalado una “Segunda tabla de Salvación”: el Sacramento de la Conversión.

 

Nos sentimos en la obligación de ratificar que el primer paso es reconocer nuestros pecados -no según nuestra subjetividad, sino de conformidad con la Ley de Dios, (fatal que inventemos una ley diferente a la que Él instituyó, para hacer pasar nuestros pecados por beatitudes). Pero, ahí no para el asunto, nuestro reconocimiento del pecado se devalúa en la misma medida que no lo acompañamos de una firme y férrea decisión de no volver a caer en él. ¡Esa decisión cuenta mucho y está a la base de nuestra absolución!

 

¿Qué pasa si, a pesar de nuestra decisión, reincidimos? No pasa nada, habrá que volverlo a confesar y nosotros tendremos que reincidir en nuestra firme decisión de sacudirnos de ese “mal hábito”. Pero, si hay una condición, que de verdad hayamos puesto y agotado todos nuestros recursos por librarnos de ese pecado. La decisión de no recaída es falsa si nosotros vivimos como polillas voloteando alrededor de la llama, hasta quemarnos. Ya lo dice el sabio popular: “El que juega con fuego, termina chamuscado”. ¡No había firme decisión de “cambio”!

 

El perdón concedido a Abrahán y a Jacob, lleva a rememorar también el favor que hizo YHWH a todo el pueblo de Israel sacado de Egipto y llevado en Éxodo.



Miqueas -cuyo nombre significa “quien como YHWH”, nombre en la misma línea que Miguel- nació en Moresheth-Gath a 35 kms. al suroeste de Jerusalén. Su trabajo profético toca los reinados de Jotán, Acaz y Ezequías. En este Libro de Miqueas que nació en el 740 a. C., y se estima que murió en el 670 a. C. – a la edad de 70 años- sin embargo, encontramos el bloque 7, 8-20 que los investigadores sitúan en el post-Exilio que se fecha en el 538, o sea, por lo menos 130 años después. Está muy claro que el Libro es producto de una labor redaccional donde hay adiciones que no pueden atribuirse al profeta. (Con esta sección pasa lo mismo que con los capítulos 4 y 5). ¿Quiere esto decir que esta sección es falsa? De ninguna manera, pertenece también a la Biblia canónica y no hay ninguna razón para suponerla apócrifa.


 

Profeta de raigambre campesina. Es supremamente interesante la atención que concede al tema social enfocado en ese tipo de pecaminosidad:

·         Explotación por parte de los ricos que se aprovechan de los menos favorecidos.

·         Abusos de los ciudadanos sencillos y del campesinado

·         Violencia, lo que es denominador común y una tradición que ha hecho carrera en la historia.

 

Sal 103(102), 1bc-2. 3-4. 9-10. 11-12

Salmo de acción de Gracias. Un penitente sube al Templo para ofrecer este sacrificio. Lo predominante en este salmo es la relación de amor que domina la escena relacional de Dios con el Hombre. Hay otra palabra que frecuenta este salmo y es la palabra “ternura”.

 

El salmo corrige de fondo una visión superficial que muestra el Primer Testamento como una relación dominada por el “miedo”; según esta visión desenfocada, el Segundo Testamento sería el portador del mensaje de amor de Dios.

 

Hemos señalado otro desenfoque que se publicita pero que es igualmente falso: la religión es un asunto de intimidad de Dios con la persona, y con esa mirada se soslaya que la fe es un fenómeno hondamente comunitario. Si bien el salmo empieza desde una perspectiva del yo, y el mí, en la segunda parte -a partir del verso 7- la óptica es la del “nosotros”, en esta parte la referencia es mosaica. Aún más, desemboca en una panorámica donde el sujeto “penitencial” es “global”.


 

El verso 9 nos conecta con un género forense, el del “litigio: רִיב [rib] que aparece aquí יָרִ֑יב con el significado de [ya-rib] “contender”, “disputar”, “pleitear”. Dios ha llevado a su pueblo ante el Tribunal, lo demanda porque ha infringido el “pacto”.

 

En la tercera estrofa de la perícopa de hoy, lo que se dice es que Dios no frecuenta los tribuales, no está constantemente apelando a jueces y litigios.  Lo más importante es precisamente eso, que Dios no es rencoroso, ni tiene “base de datos” para llevar registro de nuestra hoja de vida jurídica.

 

Los versos finales nos convocan a בָּרֲכ֤וּ [baraky] “bendecir”, lo que redondea el carácter de acción de Gracias de este Salmo.

 

Lc 15, 1-3. 11-32

Reunió todo lo que tenía, partió a un lugar lejano

Sabemos que Jesús aceptaba abiertamente el trato con publicanos y pecadores. Por eso, los fariseos y escribas, apuntaban su dedo hacía Él. Ante este desvelo de los opositores de Jesús para encontrarle un “talón de Aquiles”, por dónde meterle muela. Jesús decide contarles tres parábolas, que anidan en un fuerte sentido polémico, y ponen en escena la causa de incomprensión que hace ciegos a estos “rivales”. No entienden que un médico no tiene nada que ir a hacer a la casa de los “sanos”. El visitará con toda seguridad y plena lógica, a los enfermos, que tienen que hacerse ver urgentemente:

1)    La oveja perdida

2)    La mujer que pierde una de sus 10 monedas. En Lucas dice δραχμή [drachme] que nosotros hemos españolizado “dracma”, (que era una moneda de plata con un peso aproximado de 4,3 gramos y que se internacionalizó en el gobierno de Alejandro Magno hasta circular en la india).

3)    Y la de los dos hijos y el Padre Misericordioso.


En el caso de esta tercera parábola la situación es mucho más grave; ya no se trata de un simple enfermo, en este caso “uno de los dos hijos ha muerto”. Entrar en contacto con un muerto, esa era -según fariseos y escribas- la causa de mayor impureza. Jesús trata con pecadores y -aún peor, con cadáveres- las críticas y murmuraciones estaban más que justificadas. Por eso, era muy urgente que ellos hicieran “metanoia” y lograran empezar a ver las cosas desde otro ángulo completamente distinto; captando y discerniendo quienes son los que realmente necesitan “sanación”, sólo así lograran entender por qué Jesús trata con ellos.

 

Los fariseos y los escribas tenían la misma ceguera que sufría el hijo que no se había ido, el que le servía a su padre sin desobedecerlo jamás, el “santito”, el “justo”. (Según su prejuicio egoísta).

 

Es posible que, viviendo en la Iglesia, uno no llegue jamás a entender lo que puede pasarles a los hijos que se han alejado; es muy probable que, al alejarse, al pasar hambre y necesidades, al tener que trabajar con cerdos, “la impureza de las impurezas”, uno llegue a entender con claridad lo que implica estar lejos de “la Casa del Padre”. (No es necesario pasar hambres y sinsabores para ganar la Sonrisa de Dios. Pero en cambio, si es preciso entender las penurias que otros han vivido y ser comprensivos con ellos, en el sentido de ponerse en sus zapatos. También es importante que no juzguemos al “sacerdote que va a la casa de una prostituta”).

 

Aún hay algo mucho más interesante, es ver con los ojos con los que lo vio el padre, ya desde lejos. Nada le importó, nada lo retuvo, nada se interpuso, corrió a su encuentro y lo acogió. Ni siquiera le dio campo a pronunciar el discurso que había preparado… ¡Sencillamente le abrió los brazos de par en par! (Y no le importó abrazar su “impureza”)

 

Este papá no tenía un hijo muerto. Tenía dos cadáveres, sólo que uno de ellos permanecía en casa. Cuando no es capaz de llamar “hermano” al que se había ido, y al verlo volver lo único que le viene a la mente es su orgullosa permanencia en la casa paterna y la supuesta obediencia que le profesaba al padre, deja ver la pobre “virtud” que anidaba en su pecho. En verdad que en aquel momento se le cayó la máscara de cordero y descubrió su rosto de lobo. Este hijo “bueno” -que ahora ha quedado desenmascarado- representa a escribas y fariseos. A este gremio pertenecen todos los que se creen “justos” porque dizque “no han desobedecido” jamás. Todos hemos abandonado al Padre, es menester tomar la decisión de “ir a la Casa del Padre”, esa es la dirección correcta: acercarnos a Él.

 

Una “religiosidad” de la obediencia, el hermano mayor hizo de ella un fetiche. Lo único malo de la obediencia es que sea ciega, que no alcance a ver y discernir, hasta qué punto se obedece a Dios, y a partir de dónde lo que impera es el puro egoísmo, y la tergiversación del Maligno, donde el engaño se produce por el maquillaje con el que reviste el fruto prohibido para hacerlo ver sabroso.

 

Lo que ordena el Señor es “Escuchar” que significa.

·         Oír atentamente la Palabra de Dios

·         Pedirle a Dios la fuerza y el discernimiento para acatar lo que Dios dice.

·         Evitar la falsificación de los valores cristianos, con la asistencia de Dios, de su Espíritu Santo y con el soporte de la Santa Madre Iglesia que nos hace patente la voz del Espíritu Santo cuando nos cuesta entenderla o, cuando nos parece no alcanzarla a oír.

 

Reflexionemos: El hijo que se había ido, pensaba que la cercanía de su papá le impedía ver el “ancho mundo”. Tenía la idea que “su Papá” era una limitante. Nos ha ocurrido desplazarnos para ir a buscar, ¿quién sabe qué? Y es que muy en el fondo, hay un anhelo escondido de ir a probar las bellotas que les dan a los cerdos, convencidos que encontraremos trufas espolvoreadas de oro fino, puro espejismo. Buscar y encontrarnos con el fondo de nuestra mismidad, para reconocer qué estamos huyendo de nuestra imagen reflejada en el espejo. Como aquel perro que al mirarse en el lago le parecía que el pedazo de carne reflejada en el líquido elemento era más grande que la que sostenía en su propio hocico. También Eva cambió el Paraíso por un mordisco al fruto prohibido.


 Su hermano no era en nada mejor: Su espejismo lo hacía ver en su “propio hermano” a su “enemigo”. Solo esperaba -durante años- a que su papá muriera para poderse reclamar “dueño”. Estaba contento con su hermano “muerto”, porque así nadie impugnaría su “legitima” herencia. En cambio, ahora, el recién llegado, ya le estaba robando “el becerro más gordo”. Según él, en mala hora había vuelto.