martes, 7 de abril de 2026

Miércoles de la Octava de Pascua


Hch 3,1-10

Los doce primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles los llamamos “el ciclo de Pedro”. Los versos 1-2 del capítulo I, nos dan una suerte de prólogo, los verso 3-5 en una de las presentaciones del Resucitado, les ofrece -recordándoles que se los había prometido- que van a ser bautizados con Espíritu Santo. Luego, en los versos 6-7, encontramos la Ascensión de Jesús. Los versos 12-14, nos relatan el regreso de los discípulos a Jerusalén y su permanencia en oración en el ὑπερῷον [uper-oom] “aposento alto”, el “piso de arriba”, “la sala en el segundo piso”.

 

En el capítulo II, tenemos el Pentecostés y el solemne testimonio kerigmático de Pedro y los Once, conforme lo hemos leído anteayer y ayer. Con el paso al capítulo III -y hasta el capítulo VII (miércoles de la III Semana de Pascua), estaremos reflexionando la Misión de los discípulos en Jerusalén, que es el primer círculo de la “expansión” misionera que está destinada a dilatarse paulatinamente hasta alcanzar los confines del mundo.

 

Pedro y Juan van al templo, para la oración de la hora ἐνάτην [enaten] “nona”, como las 3 de la tarde, para nosotros. Ven que vienen cargando a un lisiado de nacimiento -se nos informa en el texto que lo ponían a mendigar en la Puerta Hermosa- (su hermosura no consiste en que sea muy bien hecha, o decorada con finos detalles o forjada con arte; ¡no!, la palabra que se usa es Ὡραίαν [Oraian] que alude a la ὥρα [ora] “hora”; su hermosura consiste en lo “oportuna” que es, en el “tiempo”, en el “momento adecuado y oportuno”, en “la justa ocasión”, como cuando Jesús dice que “ha llegado la hora”, como quien dice “por fin el tiempo humano concuerda con el tiempo Divino”, no es cronológica sino kairótica); era la puerta que comunicaba el patio de los gentiles con el patio de los judíos, o sea que mendigaba a los judíos y no a los gentiles, que podían darle monedas de la gentilidad -que eran impuras y comunicaban la impureza a quienes las tocaran-; les pide limosna esperando recibir algo en “metálico”, Pedro -en cambio- no pretende darle dinero, puesto que eso lo deshonraba más, agravando su condición de “invalido” que se suponía ya, era resultado de algún pecado suyo o de sus mayores y su condición era leída como fruto del enojo del Cielo.

 

Muchas veces pasamos por alto el valor tan inmensamente significativo de acciones que construyen la comunicación interpersonal. Todos sabemos lo que implica “no mirar” a alguien, lo que llamamos “ignorar” a esa persona, hoy se aplica mucho en la comunicación con teléfonos móviles, cuando “nos dejan en visto”. ¡Pedro fijó su mirada intensamente en él y le conmino para que le correspondiera! Está estableciendo el nexo de la comunicación con el propósito de que él se dignifique, que entre en el proceso de autovaloración, que sea consciente de que “es alguien”.

 

El Segundo paso consiste en πιάσας [piasas] el “con-tacto”, la palabra supone un contacto con mano firme, no es un roce, ni un simple tocar, es un sostener, sujetar, obrar con mano firme que trasparente el poder que conlleva. Inmediatamente evocamos a Jesús y su contacto con el “leproso”, sin reparar en posibles contagios, sin cuidarse de pureza-impureza; desvalorando toda la prejuicialidad que se venía tejiendo para “aislar”, “alejar”, “separar”; no hay alternativa, tenemos que conectar aquí con la palabra “fariseo” del arameo pĕrīšayyā, y esta del hebreo pĕrūšīm 'separados [de los demás]'. Se rompe la fraternidad, se destroza la solidaridad, se arruma al “despreciado”, se le hiere en el alma, se proscribe, se le ofende reduciéndolo a cero, haciendo de él un ausente. Tocar -por el contrario- sana, restaña el desangramiento, masajea, acaricia, acerca, projimiza y evidencia la projimidad (proximidad), incorpora, hermana. Este lenguaje lo aprendió Pedro de Jesús.

 

Aún hay otro “acto”: ἤγειρεν [egeiren] “levantarlo”, “resucitarlo”, “despertarlo”, sacar de su postración”. Aquí más que una actuación que cambia la relación espacial, un desplazar “hacia arriba”, nos encontramos con un gesto “prodigioso”, de un daño físico permanente e incurable, a la persona le sobrevienen unos efectos que sólo venidos de Dios se pueden producir, a saber, a) fortalecérsele los tobillos y los pies, b) ponerse de pie ¡de un salto!, echar a andar y entrar al Templo por propio pie con brincos: todo esto tiene una “música de fondo”, “dando brincos y alabando a Dios”. ¡La danza de David siguiendo al Arca!

 

Nuevamente hemos de declarar: nada de esto viene de Pedro y Juan, todo se da y tiene su fuente en el “Nombre de Jesús Nazareno”. En el Nombre significa “por su Autoridad, Potestad y Soberanía”.

 

Todos los que pudieron verlo quedaron θάμβους [thambous] “estupefactos” y κστάσεως [ekstaseos] “estado que hace comprensible aquello que de otra manera no se podría entender”.


Tenemos aquí a Jesús, que obra, no personalmente, sino a través de sus “enviados”, los que Él ha instituido para continuar su accionar en el mundo y mantener su Presencia -que viene del latín praesentia, que significa "cualidad de estar delante" o "existencia en un lugar"- hasta el fin de los tiempos, porque Él es el Emmanuel, el que está ahí, delante de nosotros por los siglos de los siglos, por interpuesta persona sacerdotal.

 

Sal 105(104), 1-2. 3-4.6-7. 8-9.

“Yo soy hoy lo que soy, porque Tu Palabra ha ido delante de mi despejando el camino y quitando peligros. Tu palabra es mi biografía”.

Carlos González Vallés, s.j.

 

Este Salmo tiene su anclaje, precisamente en el Santo Nombre. Inicia convocando a un ejercicio invocatorio. Es una Salmo de Renovación de la Alianza. Toma ciertos personajes de la historia de Israel y los emplaza, como llamando a rendir testimonio a las figuras cimeras del pueblo elegido. Vacaciona ante el jurado a Abraham, a José, a Moisés, y -remite al Éxodo como evento que jalonó su historia, cuando bajo Su Liderazgo los condujo a la Tierra Prometida.

 

¿Cuál es la Alianza que se refrenda? La orden de respetar a sus Ungidos por el camino que ellos tendrán que recorrer. La Palabra que conjurará a los adversarios y contendrá a los atacantes es “Su Santo Nombre”.


No se gloriarán en nada diferente al Santo Nombre de Dios que ha hecho Alianza con ellos. Habrán de recurrir al Señor y su Poder, porque a otro auxilio que recurran los llevará a equivocar el camino y a errar el blanco. Confianzas diferentes los hará frágiles y los conducirá a la debilidad y la derrota.

 

La Alianza que se está rememorando y renovando es la Alianza que YHWH hizo con Abraham, juramento de Dios a Isaac. Es la Alianza casada con el linaje de Abraham, con la estirpe de Jacob, su elegido. Esa Alianza permanece en la Mente y el Corazón de Dios, que no olvida nunca la Palabra empeñada.

 

Lc 24, 13-35

Una especie de segundo reclutamiento

Sin esperar más se pusieron en camino y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once apóstoles y a sus compañeros, que les dijeron: -De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón

Lc 24, 33

 


Hacia el final de la perícopa, en el antepenúltimo versículo, se nos narra que los apóstoles y su “combo” estaban reunidos, lo que se opone a la actitud de los dos de Emaús, que se habían desgajado, y se habían separado del grupo. Siempre hemos visualizado esto como un abandono, como una deserción, estos dos se habían ido a su casa, donde su gente, porque para ellos, la historia de Jesús ya había tocado a su fin. Estas cosas suelen pasar, cuando un contratiempo o una adversidad nos alcanzan, nosotros nos desarticulamos y renunciamos, dándonos por vencidos. Ya no había nada más que decir o hacer. Simplemente el Líder había muerto.

 

Puede ser que nosotros opinemos que a los que se habían desbandado el Señor -por inconsistentes- debía dejarlos ir, y sólo seguir con los que habían resistido -y así fuera, escondidos y agazapados bajo llave- seguían juntos. Pero el Señor entiende la fragilidad y los temores que enfrentaron los que habían claudicado y, les sale al encuentro, para recuperarlos, para llenarlos de su Espíritu, de su Fortaleza, para “reanimarlos en tiempo de hambre” (cfr. Sal 33(32), 19) espiritual, de flaqueza de ánimo, para superar su decepción. ¡el Señor nos enseña qué hay que hacer con los que se han ido!

 

En el versículo 26 Jesús introduce la novedad del Nuevo Testamento al hablarles de un παθεῖν τὸν Χριστὸν [pathei tou Criston] “Mesías sufriente”. Así Jesús mismo recupera la presentación mesiánica que hace el Deutero-Isaías del “Siervo sufriente”.

 

En el verso 29 -que introduce el momento de la “Comunión”, ellos lo “obligan a quedarse”, y, de no haber sido así, Él habría seguido de largo. Pero esta “exigencia” muestra un síntoma de sus corazones: ellos lo necesitan, no pueden perderlo, no pueden dejar ir la oportunidad de ofrecerse abrigo en su corazón -si bien frio- necesitaban que su Presencia lo entibiase: “Jesús entró para quedarse con ellos” (Lc 24, 29d). ¡Basta que se lo pidamos, y Él gustoso permanecerá!

 

No es cuestión de poca monta que Jesús, siendo el invitado, sea quien preside. Uno se puede imaginar que como era, ni más ni menos que “Jesús”, por eso fue él quien actuó como anfitrión y por eso fue Él, quien partió el pan. También nos parece literariamente necesario porque, precisamente al “partir el pan”, lo iban a reconocer. Pero, cederle la presidencia es mucho más que eso, es la acogida especial que se da al foráneo, al extranjero. Este gesto de acogida es un dato de “abajamiento”, de kénosis. Se deja el invitado que parta el pan. No es el pan lo central, es el gesto cordial, la acogida desprendida, la donación hacia el fuereño, lo que humaniza el momento y permite descubrir, tras el pan, al hombre, al hijo-de-hombre. Lo esencial no es el pan, lo esencial es el acto de compartir.

 

En el verso 30 hay una idea que ha desaparecido totalmente en las traducciones: para comer, ellos no se sentaban, sino que se reclinaban. En el Evangelio está el verbo κατακλίνω [kataklino] “recostarse”; “Cuando estaban reclinados a la mesa…”, leemos allí.

 

Una vez lo han reconocido y simultáneamente ha desaparecido ellos inmediatamente “se ponen en camino para regresar a Jerusalén. El verbo que aparece allí en griego es ὑπέστρεψαν [upestrepsan] aoristo indicativo activo del verbo ὑποστρέφω [upestrefo] que es el verbo que implica “conversión”.  La cuestión no es tanto el regreso al lugar de donde venían sino el regreso a su pertenencia, a su adhesión a Jesucristo, a su ser de cristianos. Ellos regresan para reintegrarse a su comunión, la palabra comunión tiene por etimología la misión, el trabajo, el encargo que tenían cuando pertenecían al equipo de labores. Comunión es el grupo que comparte el mismo “munus” que significa “cargo”, “servicio”, “responsabilidad”, “obligación” sobre todo moral. (Hay muchos casos de falsa etimologías, como este de suponer que las raíces son “común” y “unión”, que sería algo que todos tenemos sin saber que lo tenemos, ni qué es, ni qué hacer con ello).

 

Aquí estamos ante una doble consciencia, bíblica y litúrgica: ellos caen en la cuenta que su

“cargo”, “servicio”, “responsabilidad”, “obligación” es la proclamación del mensaje de Jesucristo. La tarea que nos ha encomendado este discipulado es la de anunciar y compartir la experiencia que hemos vivido en la Persona de Jesús (eso es lo que tenemos y estamos llamados a compartir, eses es el servicio que se nos comisionó y que es el encargo de la Iglesia toda).

 

Vamos a acompañar la Eucaristía apoyándonos en esta perícopa de San Lucas (es importante que tomemos el Evangelio lucano en nuestras manos y vayamos a la perícopa en cuestión, y procedamos a identificar los momentos litúrgicos y su correspondencia versicular, yendo versículo a versículo):

 

¿Cuándo se celebra la Eucaristía?: “Aquel mismo Día, el primero de la semana” (v. 13). El inicio de la Eucaristía es la procesión que lleva al Sacerdote hasta el presbiterio, justo hasta la “Sede”: (vv. 13-18): “Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos”.

 

Suceden ahora, las Lecturas: (vv. 19-24) “Se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras

 

Viene, luego, la homilía. (vv. 25-27).

 

En los versos 28-30 se da la presentación de ofrendas, la plegaria Eucarística y la Comunión con el Pan de Vida. Finalmente, (v.31) los ritos conclusivos que incluyen la bendición final.

 

¿Cómo ha de quedar nuestro corazón después de haber asistido a esta maravillosa celebración? Incendiado por las Palabras que son Palabras de Dios y Palabras del Señor, y además por la homilía, dónde el propio Señor nos ha explicado su Mensaje.


Ha sido el propio Resucitado quien ha Presidido la celebración de la Primera Eucaristía, después de que Esta fuera instituida en la Última Cena. Luego, la trasparencia de la Persona de Jesús, se da por la vía sacerdotal del que preside “in persona Christi”, según lo estipula el Sagrado Orden Sacerdotal que hace, estas acciones, no propias, sino visibilizadas a través del “Presidente”. 

lunes, 6 de abril de 2026

Martes de la Octava de Pascua


Hch 2, 36-41

La fecha señalada como marco temporal de esta perícopa es el Día de Pentecostés. Es interesante, después de la introducción, que empalma perfectamente con el final del Evangelio Lucano, centrándose en la Ascensión, va directamente a Pentecostés; en eso nosotros experimentamos que la metanoia apostólica, tuvo necesidad de esa cincuentena, para poder asumir, de una buena vez y con todas sus implicaciones la Misión que el Señor les había encomendado. Él los envió a algo, concreto, su sentido de vida había sido especificado, faltaba dar el paso esencial de asumirla. En la perícopa que se leyó ayer, se dio una “solemne declaración kerigmática” donde Pedro, hace una glosa del capítulo 3 del profeta Joel, para mostrarnos que, al mirar hacia Jesús, podemos reconocer en Él, al Señor y Mesías profetizado, puesto por Dios. Este razonamiento lo respalda con la enseñanza que se deriva -como se vio ayer- del Salmo 16(15).

 

Los que estaban allí congregados, preguntan ¿qué les corresponde a ellos?, ¿cuál es el siguiente paso a dar? En la pregunta se connota la aceptación y el reconocimiento sobre estos “principios doctrinales” de los que podían echar mano para iniciar el camino discipular. Esta actitud de aceptación se engloba en la expresión “Lo que oyeron les llegó al corazón”.

 

Pedro, les da -como respuesta- y nos parece clave, una respuesta sencilla, son sólo dos pasos a dar, que implican el reconocimiento de que la promesa no era una exclusividad, sino que estaba destinada a los allí presentes y a sus generaciones venideras:

a)    Bautícense, invocando el Nombre de Jesucristo

b)    Y, se les perdonarán los pecados, así recibirán el Espíritu Santo.

 

Pero, no queda la aceptación allí, se da un lineamiento general que entraña muchas cosas: “Pónganse a salvo y apártense de esta generación malvada”. ¿Quiénes y qué representa esa generación malvada? Los que crucificaron a Jesús. O sea, a los mismos a los que les está hablando. O sea que deben dejar de practicar una religión que enseña una cosa, pero no le cumple a Dios la enseñanza recibida. Entroncando con una enseñanza de Jesús dada en Mt 23, 3: ¡Hagan lo que dicen, pero no se les ocurra hacer lo que ellos hacen!

 

Detengámonos ahí por un momento: ¿qué es lo que ellos dicen, pero no hacen? ¡Pensemos! Porque es clave ese discernimiento. Gastemos el tiempo que sea necesarios para mirar que es lo que dicen y no hacen.

 

Se ofrece la posibilidad de hacerse discípulo siempre y cuando aceptemos mantener coherencia con la enseñanza de Jesucristo, que no consiste en un apego a las “manías” correligionarias, sino en la aceptación de un “estilo de vida”, que pone el Espíritu Santo en nosotros, en primerísimo lugar, valga decir, vivir a la manera de Jesús, ser fieles a su ejemplo.

 

Lógico que ese ejemplo no es una moda en el corte de cabello, ni las usanzas de vestuario de la época, sino a Su Espíritu, el que se ha trasmitido por medio del Evangelio, y el que se ha entregado a la Iglesia -Preciosísimo encargo- para que sea fiel albacea del “Testamento”, ejecutora instituida para velar por ese Divino-Encargo.

 

¡Es que fulano pone un platón lleno de agua encima del armario! ¿Jesús hacia eso? ¿De dónde salió esa costumbre? ¿Cómo puede lograr un platón de agua encima de un mueble acercarnos a Jesús?

Es que un vecino mío enciende doce lamparitas en fila y las acompaña hasta que se derriten completamente. ¿Qué relación guarda eso con Jesús, con la fe que les entregó a los discípulos y que Él les encargó?

 

Es que “perencejo” se antigua tres veces seguidas, y nos cuenta que así lo hacían también los abuelos. Es muy posible que uno de los primeros pasos para vivir la fe sea expurgar todas nuestras manías tradicionales a la Luz de la enseñanza de Jesús-Señor-y-Mesías.

 

Sentimos una llamarada en el pecho que relaciona esto de “Salvarse de esta generación perversa” de aquello que le enseñó a la mujer sorprendida en adulterio: “Vete y no peques más”. (Cfr. Jn 8, 11)


Sacramentos como el Bautismo y la Conversión, nos llaman al compromiso y la fidelidad del ser-humano con los Mandamientos, en particular con el Mandamiento crucial de Jesús, el del Amor. Porque lo trascendente en Jesucristo es el Amor. Convertirse y ser bautizado alude a esta coherencia cristiana.    

 

Sal 33(32), 4-5. 18-19. 20 y 22

Fiel a su Alianza

Un himno es un canto que presenta una estructura poética, y expresa alegría; alaba y/o ensalza a Dios o un cierto hecho histórico que lo da a conocer; manifiesta pues, el poder Divino y la Bondad de todo cuanto Él hace. En su estructura, que no se sigue al pie de la letra en todos los salmos de alabanza, se da una invitación a componer y/o entonar el himno, a lo que sucede la enumeración de los diversos aspectos y hechos que motivaron el cántico, para concluir -a veces- con un “lema” que hace la sinopsis y se deduce del contenido del propio himno a modo de inventario.

 

El himno que nos ocupa, es interesante notar que, se forma a partir de versos dísticos, donde, primero se alaba cierta “cualidad o hecho divino” y, en el segundo verso se adjunta otro detalle que funciona como refuerzo, llevando la cualidad a su máximo esplendor y sugiriendo que todo rasgo Divino alcanza su perfección, y que Él no escatima en Dones.


Tomemos un ejemplo de los versos que leemos hoy:

En la primera parte del primer dístico que se lee (v.4), dice: “La Palabra del Señor es Sincera, y todas sus Acciones son Leales”;

Y, en la Segunda Parte (v.5), complementa: “Él ama la Justicia y el Derecho, y su Misericordia llena la tierra”.

 

Así, se imprime un ritmo “andante”, que es ágil, pero sin llegar a veloz; es como caminando, pero no tan rápido como si fuera corriendo (cuando se corre se diluye en la consciencia todo el mansaje y no queda nada para el corazón. En cambio, cuando se da paso a paso, la cadencia que se imprime es muy agradable y muy apta para la alabanza. A medida que se “camina”, -con la oscilación pie izquierdo-pie derecho, asociada con primer verso, segundo verso- vamos como saboreando la acción Poderosa de YHWH, y empapándonos en la Fragancia de su Amor.

 

En el ambiente de Resurrección -en este día prolongado en los ocho días de su “octava”- viene muy bien Alabar. Acompaña este sentimiento la alegría, y una esperanza que se ha hecho, bien fundamentada.

 

No se alaba a Dios por los rasgos que nosotros queremos ponerle (como si Dios requiriera tomar en préstamo un “gato hidráulico” que le ayudara a levantar su auto, ese “artilugio” sería un subproducto de nuestra “inteligencia”, como si Él hubiera menester de prótesis de fabricación “humana”), con lo que quizás pretendemos alzarlo más Alto -descuidando que Él ya Vive en la Plenitud Total, Él no necesita que le pongamos Corno, porque su Ser-Dios ya implica la corona más alta, superior a la Mitra. El himno -en cambio- se fundamenta, como ya lo insinuábamos más arriba, en la inserción de su Poder en un hecho o momento histórico, donde podemos testimoniar el Amor que vela sobre nosotros y el poder inenarrable de Su Brazo.

 

El “lema” que compila el mensaje del salmo reza así: “Que tu חָ֫סֶד [chessed] “Misericordia” Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti” (v.22). Esta palabra hebrea arrastra consigo una idea suplementaria, no sólo se refiere a la conmoción de Sus Entrañas ante nuestra debilidad y nuestros fracasos, sino que adjunta el hecho de que Él lo ofreció, al pactar Alianza con nosotros, y ya sabemos que Él permanece fiel a Sus Promesas.

 

Jn 20, 11-18

Noli me tangere (Jn 20, 17)

No es lo mismo tocar, pongamos por caso, la superficie de una tabla para comprobar su suavidad que, tocar la mejilla de la persona amada. Al tocar la madera la sensación es unilateral, solo siente el que toca. Pero al tocar a una persona, podemos introducir una emoción, o al menos una sensación en el destinatario del contacto. En este caso, el “toque” es más que simple toque, el toque se vuelve “mensaje”.


En griego es Μή μου ἅπτου [me mou aptou] “No me retengas”, “no te me apegues”. La palabra ἅπτου significa tocar a alguien de manera que al tocarlo lo cambia, o le hace cambiar su propósito, su decisión, “lo hace desistir”; es un contacto que “compromete”, o que “frena”. El amor fácilmente deviene “apego”, que consiste en la incapacidad para desprenderse.

 

Amar no es “poseer”, no es “agarrar”. Definitivamente hay maneras de tocar y de “tocar”. Ya en el pasaje de la hemorroisa nos encontramos con una diferencia sustancial que Jesús implica, entre el contacto de los muchos que lo tocan y el tacto del κρασπέδου [kraspedou] contacto hecho al tocar el “borde del manto” para “sacar de esa fuente poder sanador”, que es el contacto que hace la mujer que arrastraba su dolencia ya 12 años (Lc 8, 43-48) (y no es por el uso de un verbo diferente, que siempre es el mismo ἅπτομαι). La diferencia ha de buscarse en la propia pregunta que los discípulos le dirigen a Jesús, aun cuando para ellos “toque” es “toque”, y no ven ninguna diferencia. Es clarísimo que para Jesús la hay, este otro toque tiene una determinada “intencionalidad” y no pasa desapercibido para el Señor.

 

El borde del manto “talit” (manto de oración utilizado en el judaísmo) en hebreo se llama צִיצִת [tzitzit] “fleco”, “borla”, y son unos nudos especiales -8 hilos (formados al pasar 4 hilos dobles) y 5 nudos dobles- en el manto judío, que evocan los Mandamientos.

 

 Aquí también habrá que esmerarse en saber que significa esta “prohibición” que establece Jesús a María de Magdala. Continuemos leyendo el versículo, para co-textualizar la frase: “No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”. ¿Cómo interpretamos esta afirmación? Dios es de cada uno, pero, a la vez, de todos los demás, mío y de todos ustedes. Por eso no trates de “capturarlo”, no pretendas “enjaularlo”, Él-Es totalmente Libre, su amor es de cada quien como si cada uno fuera el único, pero nadie lo tiene en exclusividad. ¡Atentos a esto cuando digamos “Dios mío”!

 

En este verso 17, está el prodigio de Su Amor, que llena todo, pero no se agota jamás, que envuelve en Su Abrazo con Infinita Ternura, hasta hacer que seamos conscientes de ser Amados-Sin-Límites, pero es tal Su Grandeza que todos los otros sentirán igualmente como si fueran los únicos-amados; pero esa consciencia de enormidad amorosa, espera que reconozcamos que todo prójimo es un hermano, igualmente amado con Amor Indescriptible, con Amor especial, con Amor personalizado, Justo a la medida. Así que hay que prestar mucha atención a la enseñanza de San Pablo: “El amor … es χρηστεύεται [krestenetai] “bondadoso”, οὐ ζηλοῖ [ou zeloi] “no es envidioso”, “no es celoso” … (1Cor 13, 4bc). No envidiemos a nadie, reconozcamos que todos somos Infinitamente Amados en el Amor de un Padre que alcanza para todos y que a nadie excluye.

 

Caigamos en la cuenta que, a través de los siglos, hemos comulgado, y el “Pan de Vida” no se ha agotado, ¡ni se agotará jamás! porque el Amor es así, ¡cuanto más se dona, más abundante es! ¿No nos ha pasado? Que cuanto más amamos a alguien, ¡más grande se vuelve ese Amor!


En esta perícopa Jesús es el Maestro del Amor.

domingo, 5 de abril de 2026

Lunes de la Octava de Pascua



Hch 2, 14. 22-33

Durante este tiempo Pascual, la Iglesia ha previsto la Lectura de los Hechos de los Apóstoles, como Primera Lectura. Esto incluye también a la Liturgia de la Palabra de este tiempo.

 

Podemos trazar un mapa del Libro de los Hechos de los Apóstoles, lo cual siempre es muy útil, para orientarnos en una exploración.

Podemos plantear que el Libro empieza con una introducción la que ocupa por entero el capítulo 1: (1, 1-26). Este capítulo, a su vez, puede subdividirse en dos subsecciones

i)              La promesa del Espíritu Santo (1,1-11)

ii)             La elección de Matías para que completara el grupo de los Doce, que ahora, sin Judas Iscariote estaba truncado (1, 12-26)

 

Una primera parte, que va de (,1-8,3) relata la predicación del Evangelio en Jerusalén: (2,1-8,3). Salta a la vista que la perícopa que hoy nos ocupará forma parte de esta “Primera parte”.

 

En la segunda parte: (8,4-9,43) Se refiere a la predicación del Evangelio en Samaria y Judea.

 

La tercera parte nos presentará cómo fue llevado el Evangelio a los paganos: (10, 1 – 28,31). Es decir, hasta el final de libro.

 

Nos hayamos hoy, ante una “pieza” kerigmática. De estos kerigmas encontramos salpicado este Libro donde hallaremos 6 de ellos: cinco en labios de San Pedro y el sexto y último en labios de San Pablo. Un resumen esencial de nuestra fe. Intentemos descomponer esta “solemne declaración” de Pedro:

a)    Pedro muestra las “credenciales” que, a Jesús el Nazareno, le ha dado su Padre, a saber, ‘δυνάμεσι [dunamesi] “milagros”, τέρασι [terasi] “prodigios” y σημείοις [semeiois] “signos”’.

b)    Jesús, entregado -como estaba consignado en “el Plan de Dios”-, fue matado por estos judíos y vecinos de Jerusalén, hecho este que fue instrumentalizado por “manos de hombres ἀνόμων [ánomon] “inicuos”. “gente sin Dios y sin Ley”.

c)    Dios lo resucitó, ya que no podía permitirse que la muerte lo κρατεῖσθαι [krateisthai] “retuviera”, “detuviera”, “lo trabara” bajo su dominio.

d)    Muestra que la profecía, del Salmo 16(15) no se refiere a David, sino que en ella David -con su mirada puesta en el futuro- se refiere al Descendiente de su Linaje que sería enviado Mesías; y Pedro nos descubre que Ese es, Jesús, el Resucitado.

e)    Quien, por la Diestra de Dios Padre, ha sido exaltado, en conformidad con la Promesa que el Espíritu Santo le comunicó.

El “Plan” y “promesa” remiten a la πρόγνωσις [prognosis], forma de Conocimiento Divino, que le permite saber los que habrá de suceder, como Aquel que va modelando los acontecimientos y los dirige.

 

El kerygma anuncia en primer lugar el acontecimiento y en quien se ha cumplido: Jesucristo es el evangelio de Dios. Proclamación hecha por los apóstoles tras la muerte de Jesús -hacia el año 30- para anunciar la salvación y suscitar la fe inicial. El kerygma (es una palabra de origen griego κήρυγμα, “proclamación”, o “anuncio”, su etimología sería “proclama que hace el heraldo”), es un género literario bíblico y oratorio del Nuevo Testamento que proclama el núcleo central de la fe cristiana: la vida, muerte y resurrección de Jesús como Salvador. Funciona como el primer anuncio misionero, con un estilo testimonial, directo y pascual. Para leer estos puntos que arman la perícopa vamos a presentar una estructura que caracteriza las proclamas kerigmáticas, con tres ejes:

I.              La declaración de la pasión y muerte y su llevada en cuerpo y alma a la Gloria.

II.            El testimonio de Juan el Bautista, los milagros y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. Su ascensión a los cielos y la donación del Espíritu Santo dado a sus discípulos.

III.           La puesta en relación de la vida y obras de Jesús refiriéndolas al Antiguo Testamento y mostrando que en ellas se da cumplimiento a las promesas Mesiánicas de Dios convocándolos a todos -judíos y paganos- para una conversión como preparación para la Segunda Venida del Señor.

 

Si logramos entender este llamado entonces podemos sustentar con total convicción que Jesús no experimentó la corrupción, puesto que su Padre lo preservó.


Cuando decimos primer anuncio, no queremos decir que se dice como gatillante del proceso catequético, sino que, sobre este testimonio-proclama, habrá que volver una y otra vez, como núcleo del mensaje que comporta la Evangelización.

 

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Sal 16(15), 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

Veamos el “título” del salmo, porque nos pone en co-texto, שָֽׁמְרֵ֥נִי אֵ֝֗ל [sa-me-re-ni El] “Protégeme, Oh, Dios mío”. Es un salmo del Huésped de Yahvé. Que vive en un ambiente de politeísmo, donde cada vez más proliferan los ídolos, y donde se degusta beber la sangre de esos rituales idolátricos. El salmista, -que se confía enteramente a YHWH- afirma que el no manchará sus labios pronunciando el nombre de esos dioses.



Aun cuando para todos los demás la pía devoción del salmista es incomprensible, él -en cambio- tiene una felicidad que lo llena completamente y lo lleva a descansar con serena apacibilidad. Sabe que será rescatado de la sombría zona de los muertos y Dios mismo se encargará כִּ֤י ׀ לֹא־תַעֲזֹ֣ב נַפְשִׁ֣י לִשְׁאֹ֑ול [ki lo ta o zob nap-si lis-ol] “para que su alma no se quede atrapada en el Sheol”.

 

Las estrofas 3ª y 4ª de la perícopa de hoy, son el material referencial para la “solemne declaración” de Pedro en la Primera Lectura, donde se “justifica” la Acción Resucitadora de Dios Padre a favor de חֲ֝סִידְךָ֗ [ja-si-de-ka] “su fiel”, de “su santo”, “amante”, “amigo de Dios”, deriva de la palabra חָסִיד [Hassid] “amigo”, “el-que-ama”. 

 

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Mt 28, 8-15

En el verso 1 del capítulo 28 nos señala que “Pasado el sábado, en la alborada del Primer Día de la Semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro”, se trata del Evangelio que se leyó en la vigilia Pascual (Mt 28, 1-10); nos encontramos con un “signo” teofánico: el “temblor de tierra” que quiere decir que lo que sucede allí, es algo que Dios mismo nos revela, en este caso por medio de su ἄγγελος [angelos] “Mensajero”. Notemos lo teofánico de su vestimenta y de toda su apariencia en general: como relámpago, y que la blancura de su traje es nívea.



Este contacto con el Ángel, se da en un espacio de emociones encontradas: de una parte, se da el φόβου [fobón] “temor”, “reverencia”, “sentirse indigno”; y -a la vez- de una χαρᾶς [charas] “gran alegría”, “gozo”. Es importante la misión exegética que tiene el Ángel, es él quien les interpreta los signos, les deja ver detrás de ellos el correo del que son “portadoras”, se narra cómo supieron y captaron que Jesús había Resucitado. Los datos fueron:

·         No estaba allí, en el Sepulcro.

·         El Ángel introduce el concepto de Resurrección; las dirige a “ver” el sitio donde había quedado, (les traduce esa “ausencia”, ese “vacío”), algo que no está, prepara a entender al-que-se-Encontrarán.

·         Las comisiona para llevar la convocatoria para que lo vayan a encontrar en Galilea.   

 

Desde allí, vamos -hoy- directamente al verso 8-. Lo que hizo el Ángel, fue prepararlas, darles los elementos indispensables para “abordar” ahora, el encuentro con El Resucitado: les reveló a las “mujeres” que Jesús había resucitado, -pensemos, sin esta “mensajería” previa ¿cómo habrían encarado el Encuentro? - quizás espantadas, se estarían tropezando (v.9) con un “difunto”, con un “cadáver”, y, este ¡les hablaba! … ¡Habrían quedado despavoridas!

 

En lugar de eso, ellas tienen un gesto supremamente tierno: le abrazan las piernas. Indudablemente es un gesto de gran ternura, que en el lenguaje no verbal pide que no se vaya; si alguien tiene los pies trabados por un abrazo, no puede caminar, así que no podrá separarse de ellas. Se aferran a Él y adornan su gesto con actos de adoración. Gesto que se puede ver como un cierre de paréntesis: al principio del Evangelio, los Magos lo adoran; ahora, en el cierre, son las mujeres las que rinden homenaje de adoración.

 

Jesús, ahora, les da un nuevo cometido: comunicar, pero para poder comunicar, tendrían que llegar a los que se habían desperdigado, a los que -víctimas de la decepción y el miedo- se habían dispersado; era, llevarles el recado -reanimador- de que se les adelantaría a esperarlos en Galilea, que allí era la “cita”, en el contexto de “discípulos” dispersos, desmoralizados, ellas tendrían que infundir el coraje, Jesús las ha delegado emisarias de bravura y denuedo.

 

Propio es afirmar, aquí, que la mujer siempre ha demostrado una gran capacidad emotiva, su afectuosidad es un rasgo innegable de su personalidad, lo que en nada niega su valentía, su decisión -a menos, claro, que se las haya educado melindrosas-; su firmeza, -que no riñe, para nada, con su fuerza de carácter- ni con la capacidad para el idioma del amor. Venimos de respirar los aromas del amor, en el Salmo responsorial, se ha señalado la floreciente amistad entre Dios y el hombre, entre el salmista y YHWH. El lunes anterior, recordábamos la unción de los pies de Jesús -por María, la de Betania- y recordamos como las fragancias del Amor, inundaron la estancia. Todos estos signos de Amor y muchos más, nos van centrando en Jesús, como el Sacramento del Amor de Dios por su rebaño, que sabe ver a cada uno con amor inefable; y nos permite enfocar la mirada y el entendimiento en el Mandamiento del Amor. Jesús, le sale al encuentro para borrarles todo afecto negativo -y, por el contrario- incentivar y acendrarles la Alegría. Las instituye Apóstoles de los Apóstoles. Es un mensaje de amor que inculca valentía.

 

Pero, tenemos también la imagen de los soldados -su propio nombre nos recuerda que operan “a sueldo”, (aun cuando la palabra griega no tiene, para nada, relación con lo salarial: στρατιώταις [stratiotais] de la raíz griega στρατώς [stratos] “ejercito”, “armada”, “flota” y τιώταις [tiotais] sufijo para “integrante”, “miembro”, “uno de ellos”). Ellos también son instituidos -por los sumos sacerdotes- para ser “mensajeros”, pero en este caso, mensajeros de falsedad. Tomaron el dinero y se fueron a “obrar mentira”.



A quién queremos servir: ese es el punto para la actualización del Evangelio: podemos ser como sus apóstolas y servir a la verdad; o, como hacen los “soldados”, se venden y se dedican a servirle al “padre de la mentira”.