domingo, 19 de julio de 2026

Lunes de la Décima Sexta Semana del tiempo Ordinario

 

Miq 6, 1-4. 6-8

En la casa de los malvados hay riquezas mal habidas.

Miq 6, 10

Empecemos dando un marco contextual: Miqueas es un profeta pre-exilico: El profeta Miqueas ejerció su ministerio durante la segunda mitad del siglo VIII a. C. -estamos hablando de período comprendido entre el 750 y el 700 a. C. aproximadamente- es decir, un profeta contemporáneo de Isaías, Oseas y Amós. Su época abarcó los reinados de tres de los reyes de Judá: Jotán, Acaz y Ezequías.

 

Podemos, para su estudio, dividir el Libro de este profeta en cuatro partes:

      i.        Proceso a Israel del 1,2 - 3,12

     ii.        Promesas a Sion 4,1 – 5,14

    iii.        Otro enjuiciamiento de Israel 6,1- 7,7

   iv.        Restauración y prosperidad del pueblo 7, 8-20

 

La perícopa de hoy está dada dentro de una atmósfera de tribunal, en ámbito forense. Con el lenguaje propio de los juicios de Israel. Los accidentes de la naturaleza, en particular las montañas, son convocadas en calidad de testigos. YHWH es el Juez. El reo es el pueblo, a quien el Señor interroga: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿En qué te he molestado?

 

Se presentan los “cargos”: viene una recriminación doble:

1)    Yo te saque de Egipto y te libre de la servidumbre

2)    Yo te envié a Moisés, Aarón y María.

 

El pueblo reflexiona y en su interior se interroga, que sacrificios le serán útiles para apacentar al Señor:

a)    Terneros de un año

b)    Mil bueyes

c)    Miríadas de ríos de aceite

d)    Sus propios hijos

Se nota que le quieren ofrecer al Señor de los mismos tesoros que ellos le esquilman al pueblo, lo que se traduce en compartirle los frutos de su explotación, para hacerlo su cómplice, manchando al Señor con su iniquidad.

 

Y Dios le replica que ya se lo ha hecho saber una y mil veces: ¡Nada de eso le agrada ni les pide Dios! ¡Lo que Dios está pidiendo no es que lo asocien en su empresa de latrocinio! Dios les ha dicho, insistentemente, lo que le agrada:

      I.        La práctica del derecho

    II.        El amor a la bondad; y,

   III.        וְהַצְנֵ֥עַ לֶ֖כֶת עִם־אֱלֹהֶֽיךָ [wejasnea leket im Elojeka] Caminar humildemente con su Dios.

 

En este caso Dios está nombrado con la palabra hebrea Elojim que se puede entender, y aún más en el contexto jurídico, como “Magistrado Supremo”, “Juez de Jueces”, “La más alta Autoridad Judicial”.


En los versos 9-12, que son los que siguen a nuestra Lectura de hoy, se presentan con toda nitidez los cargos:

1)    La violencia inusitada de los ricos

2)    Las mentiras que la gente desparrama

3)    La alteración de los pesos y medidas para estafar al pueblo

4)    La idolatría que sigue el mal-ejemplo de los pueblos del norte; calificándolos de opresores, mentirosos y engañadores: Establecedores de la injusticia social.

 

Sal 50(49), 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23

Y, lo peor, Señor, es que a veces pongo precisamente todo el cuidado en los ritos de la liturgia porque he sido negligente en la observancia de tus preceptos. Me fijo en los detalles de tus ceremonias para compensar el haberme olvidado de mi hermano. Me afano en el culto porque he fallado en la caridad. Y me temo que no te hace mucha gracia esa clase de culto.

Carlos G. Vallés, s.j.

Este salmo es un salmo de la Alianza. La Alianza se pactaba y se refrendaba con sacrificios. Pero la sinceridad del sacrificio tiene que ser avalada con la pureza del corazón de quine la ofrece. ¿De qué puede servir el derramamiento de sangre de los animales ofrendados si en nuestro corazón no hay contrición acompañada de la firme resolución de cuidar al prójimo y sembrar todo el bien a nuestro alcance?

 

La Alianza tiene doble faz: de una parte, consiste en recordarla y ser capaces de recitarla, pero del otro lado está nuestro desvelo en su implementación. Que sea verdad cunado pedimos que venga su Reino, lo que significa poner todo de parte nuestra para que su Voluntad se cumpla en la tierra, así como se cumple exactamente y sin ninguna desviación en el Cielo.

 

Cuando se presenta una oración, decimos: Señor, sabemos que eres Omnisciente y que todo lo sabes, que nada se te escapa. Pero, como nos señaló el profeta Miqueas en la perícopa de hoy: Dios no acepta que tratemos de mancharle sus Purísimas Manos, haciéndolo partícipe de nuestras ganancias mal habidas. Se nos ha vuelto una manía tratar de que el otro se vuelva cómplice nuestro, aceptando las “mordidas” que le ofrecemos. Dios no cohonesta con el pícaro. No se hace encubridor interesado de fechorías. Ha de saberse que su Manto no tiene bolsillos y en su casa no hay caja de caudales ni bóvedas blindadas.


¿Cuántas veces mi culto ha pretendido sobornar a Dios?

 

No pensemos que Dios sufre de avaricia y que esta podría corromperlo. El prefijo “co” en la palabra corrupción supone que es cierto que “todos tenemos un precio” y que, llegado a su límite de honestidad, se subirá al mismo bus de los inmorales. El colmo de este cinismo es medir a Dios con la misma medida con la que se mide a los “impíos”. A estos cínicos Dios les dice, antes de que abran sus pícaros labios: “No aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños”.

 

«Lo reconozco, Señor; con frecuencia me he portado mal con mis hermanos; y ¿qué valor pueden tener mis sacrificios cuando he herido a mi hermano antes de llegarme a tu Altar? Gracias por decírmelo, Señor; gracias por abrirme los ojos y recordarme cuál es el verdadero sacrificio que quieres de mí. Nada de toros o machos cabríos, de sangre o ritualismo, sino amor y servicio, rectitud y entrega, justicia y honradez. Servirte a Ti en mi hermano antes de adorarte en tu Altar».  (Carlos G. Vallés, s.j.)

 

Mt 12. 38-42

Podemos conservar la esperanza y la paz interior, porque poseemos la profunda certeza de que hemos nacido para la Pascua, para la Pascua eterna.

Dom Helder Câmara

Vienen los escribas y los fariseos a pedirle a Jesús un σημεῖον [semeion] “signo”. Y Jesús no se los niega, les ofrece un signo especifico, el signo de Jonás: Un hombre que estuvo muerto tres días en el vientre de un cetáceo, y después, fue devuelto a la vida.


Jesús califica a esta gente que se le presenta con tal reclamo como Γενεὰ πονηρὰ καὶ μοιχαλὶς [genea ponera kai moichalis] nos atrevemos a traducir Γενεὰ [genea] no por generación, como siempre se ha hecho, sino por “ralea”, “casta”, “linaje”, porque en este caso lo que significa es una agrupación de gentes con un denominador común, que verdaderamente denigra de lo que es la “persona humana”. Estos tales, ¡son una vergüenza, a la vez que una tristeza! Son los carentes de fe.

 

Si no aceptamos a Jesús quiere decir que no aceptamos los dulces dones de Dios -que por ser Dones Divinos se llaman teologales- es como tener un rayo destructor desintegrador para aniquilar la “piedra angular”. ¡Sin “piedra angular” no hay edificio alguno! El único acceso a la trascendencia es la aceptación por “fe” del Hijo. ¿Cuál sería el rayo desintegrador? ¡El signo probatorio! Así es, si tenemos un signo que nos prueba que Jesús es el Hijo de Dios, se habrá acabado para siempre la opción de creer por fe. ¡Es mejor que no tengamos ningún signo y que Jesús no haya entrado en ese Juego! “¡Dichosos los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29cd)

 

Este punto del signo de Jonás no es simplemente una “especie de castigo” para escribas y fariseos. «La señal de Jonás… ¿Significa que Jesús estuviera anunciando su enterramiento? Significa, sobre todo, que anuncia su resurrección. ¡Qué razón tiene San Pablo!

 

El viernes santo podía haber significado el fracaso total de Cristo. Había predicado como nadie lo había hecho jamás. Había dado ejemplo. A su paso se habían arremolinado las multitudes. Su mirada, su sonrisa y su presencia había conmovido a la gente. Había hecho milagros… Y de pronto, ahí está, cargado con una cruz y clavado después sobre ella, como uno de tantos seres débiles…» (Dom Helder Câmara)

 

Realmente anunciar que algún día vamos a morir, es una profecía, pero, ¡valiente profecía! La verdadera profecía es el Anuncio de la resurrección. Y, sin embargo, a la resurrección tampoco tenemos acceso con alguna “prueba”. No hay ningún signo que la demuestre. ¡La tumba vacía no prueba nada!

 

Necesitamos la fe para poder ingresar al territorio de lo trascendente. La cuestión del “signo” que se le pide al Señor no es de poca monta. Hoy mismo seguimos rodeados de empiristas obcecados con “la prueba”. ¡Y no recibirán ninguna!

 

Volvamos a Dom Helder Câmara: «Pero Cristo resucitó. Yo no lo dudo en absoluto. Miles y miles de mártires han dado su vida por anunciar la resurrección de Cristo.

Por eso, en los momentos más críticos, más angustiosos, nosotros, los cristianos, no tenemos derecho a olvidar que no hemos nacido para la muerte, sino para la vida».

sábado, 18 de julio de 2026

AL RITMO DE DIOS


Sb 12,13.16-19; Sal 86(85),5-6.9-10,15-16a; Rm 8,26-27; Mt 13,24-43

 

El mal no perjudica el bien, sino que colabora a su pleno triunfo: no es para la perdición sino para la salvación. Realmente todo coopera al bien… El mal no es originario, sino parasitario.

Silvano Fausti

 

A mí me encanta cuando el propietario dice a sus servidores que no tengan prisa y que dejen que la cizaña crezca con el trigo.

Helder Câmara

 

Este Domingo XVI del ciclo A, del Tiempo Ordinario, gira en torno a la justicia. Pero la idea de “justicia” hay que ponerla en contexto bíblico, porque no se trata de la justicia que llamamos “ley del embudo”, no es, tampoco, –como siempre insistimos- una justicia de carácter retaliativo, lejos de Dios toda expresión de rencor, que por definición de su Divinidad, le es ajena. En las Lecturas de este Domingo se entrecruzan hilos de Perdón, Misericordia, Espíritu y siembra de la buena y -por parte de un infiltrado- siembre de la cizaña (la mala semilla).

 

En la dialéctica del entretejido de esas hebras sale a resplandecer el concepto de Justicia. Analicemos como se traban estas fibras para entregarnos su “Revelación”; procuremos adentrarnos en el Misterio del Tiempo de Dios, “hágase tu Voluntad” tiene que ver con esa armonía entre lo que queremos hacer para la mayor Gloria de Dios y el momento de hacerlo; no basta preguntarle a Dios que quiere que hagamos, también tenemos que estar atentos a descubrir cuándo quiere -la ocasión oportuna, el kairós- para que lo hagamos y, tratar de cumplirlo ni antes, ni después.

Con frecuencia argumentamos que queremos conocer la Voluntad de Dios, que queremos saber lo que Él quiere, lo que le gusta, para honrarlo siguiendo sus Enseñanzas. Antes de pasar a examinar las Lecturas de este Domingo, nos gustaría señalar cómo es el Señor enumerando los rasgos que se nos muestran en estas Lecturas: Donde se aprende que el justo debe tener esos rasgos de ser “humano”, que nos vienen de su “imagen y semejanza”. Pero ¿en qué consiste ser humano?

­       En cuidar de todo y de todos

­       Justicia y su Señorío se muestran en que se es indulgente para con todos.

­       ¿Cómo entender la omnipotencia? Por dos rasgos: “Él juzga con moderación y gobierna con mucha indulgencia”. ¿En qué consiste esto de la indulgencia? En la disposición a perdonar, en ser clemente, en tener el corazón listo a la compasión.

­       Él es Bueno, Clemente y Rico en Misericordia

­       Lento a la cólera y rico en piedad

­       Es Leal

­       Sabiéndonos débiles, acude a socorrernos

­       Una de nuestras debilidades es la de no saber pedir, entonces, su Espíritu pide por nosotros, con gemidos -para nosotros- inexpresables.

­       Y el gran teorema: Toda semilla que Él siembra, es buena.

 

A veces nos preguntamos: Si todo su sembradío es de buena semilla, entonces ¿de dónde salió el mal? Pues también hoy tenemos la respuesta al alcance de nuestra mano: ¡El enemigo es quien lo ha sembrado!

 

Del Libro de la Sabiduría

Para la Primera Lectura, la perícopa que leemos este Domingo, proviene de la tercera sección de este Libro, donde se habla de la Sabiduría Divina manifestada a través de los aconteceres históricos del pueblo escogido (capítulos 10-19), La primera parte se ocupa de distinguir cómo actúan los buenos y los malos, señalando que –al término- serán juzgados por Dios revestido de su “armadura” de justicia; la segunda parte, nos propone como proyecto de vida, la búsqueda de la sabiduría; y, finalmente la tercera, señala que la Sabiduría dejó el Cielo para venir a habitar en el cronos, en la dimensión que nos es propia: la temporalidad, así se puso a nuestro alcance.

 

Entremos en el contexto de esta perícopa, donde se nos dice que Dios “aborreció a los antiguos habitantes de Canaán” porque se dedicaban a la magia y practicaban rituales donde se comían órganos y hasta sangre humana y se sacrificaban niños. Pese a eso, Dios no los aniquiló de repente, sino que uso una metodología de “poco a poco”, dándoles oportunidad para el arrepentimiento.

 

Aquí encontramos un tesoro de Revelación: la explicación del poder de Dios. Normalmente visualizamos el poder –desde nuestra óptica humana- como “fuerza”, como autoridad de dominación, como capacidad hegemónica para someter. En cambio, el poder omnímodo de Dios  “precisamente porque dispones de tan gran poder, juzgas con bondad y nos gobiernas con gran misericordia, porque puedes usar de tu poder en el momento que quieras.” (Sb 12, 18). «Precisamente porque puedes hacer cuanto quieres podrías atropellarnos, podrías pisotearnos, podrías torturarnos, podrías tratarnos cruelmente; pero no, precisamente porque puedes hacer lo que quieres, nos amas, porque tienes los recursos para ser misericordioso y esperar que los hombres vuelvan al buen camino.»[1] Así, teniendo “tan gran poder”, no tiene ninguna premura en ejercerlo, no lo desata de buenas a primeras, sino –por el contrario- nos da largas, como lo dice en el verso de Sb 12,10, “para darles oportunidad de arrepentirse”. Él no se arroga –porque no lo necesita, porque está por encima de las arrogancias, de las apariencias, de la prepotencia- demostrar ese poderío; sino que da prioridad a la bondad y al perdón. Así podemos, en consecuencia, reconocer la omnipotencia de Dios como justicia, bondad y perdón, lo cual es todo lo contrario de nuestra comprensión del poder que tiene prisa en aplastar, explotar, oprimir y subyugar. Dios prefiere “prorrogar”.

¿Qué nos enseña Dios con esta, su manera de actuar? ¿Cómo debemos obrar nosotros –los que aspiramos a ser llamados justos- si así obra nuestro Padre Celestial? (recordemos que en el contexto judaico lo que ellos denominaban “justo”, es lo que nosotros llamamos santo). “El hombre justo debe ser bondadoso”. Ahí tenemos la respuesta, y esa respuesta nos lleva al eje que hemos propuesto: Justicia compasiva, no retaliativa; justicia misericordiosa, no vengativa. Pero no se queda ahí la enseñanza que recibimos, a esta enseñanza se añade la que el texto llama “una bella esperanza”: La oportunidad que tenemos de arrepentirnos de nuestros pecados. (Sb 12, 19c). La prórroga es el lienzo para plasmar la obra de la “Bella Esperanza”.

 

La plegaria de David

Los Salmos y los Profetas, en diversas oportunidades nos advierten que Dios es un Dios “lento a la cólera y rico en clemencia” que no ansía la perdición sino que es Generosísimo en perdón y su Misericordia está siempre ahí cerca del pecador arrepentido. Teniendo esto en mente, podemos comprender mejor lo que Dios espera de nosotros: No buscar que nadie se pierda sino abrir, nosotros también, nuestro corazón para que todos se salven.

En esta oportunidad, el salmo responsorial es “La plegaria de David”, nos encontramos, allí, con la siguiente afirmación: “Dios entrañable y compasivo, todo amor y lealtad, lento a la cólera, … [abundante en fidelidad a la Alianza y verdadero]” (Sal 85, 15). Esos dos rasgos nos revelan dos precisiones del Perfil de nuestro Padre del Cielo, ya en los versos 5-6, con los que abrimos el Salmo responsorial de hoy, nos encontramos con dos revelaciones:

a) כִּֽי־אַתָּ֣ה אֲ֭דֹנָי טֹ֣וב וְסַלָּ֑ח וְרַב־חֶ֝֗סֶד לְכָל־קֹרְאֶֽיךָ׃ Tú Señor, eres bueno y perdonas

b) eres todo amor con los que te invocan (observemos que nuevamente se repite la expresión que alude a la fidelidad con lo pactado: חֶ֝֗סֶד. Esta Hessed (bondad amorosa, se nos dice, es amor, porque Dios es Amor).

 

Fidelidad significa, entonces, que ¡Dios mantiene su Alianza con el hombre! ¡No la quebrantará jamás!

 

La epístola

Seguimos en la Carta a los Romanos. Hoy tenemos una idea muy importante para entender nuestra existencia insertada en la trama histórica. En un continuo histórico de siglos y siglos, generaciones y generaciones, nosotros somos pequeños como hormiguitas, muchas veces nos visualizamos simplemente como un número: un número de turno en la fila de atención, un número de identificación, un número en la lista del aula, un número en la seguridad social que si no está debidamente codificado y con cuota al día, ni  siquiera recibirá atención y se le dejará morir sin asistencia.

 

¡Y en ese “inextricable” nos vemos insignificantes! Muchas personas dicen y verdaderamente se ven menores que “un cero a la izquierda”; asistimos a una desvalorización de la persona humana tan curiosa como peligrosa que se puede explicar como parte de un proceso de alienación que nos convierte en seres manipulables: Si realmente soy tan insignificante y lo que yo haga no vale nada y no implica nada ¿qué más da si hago “a” o si hago “b”? y si opto por vida o muerte ¿eso qué puede importar? Esa devaluación de la persona abre las puertas del individualismo más solitario, a la vez que al relativismo más recalcitrante; pero, lo que nos parece más grave todavía, desemboca en una inmoralidad desesperada: si todo es relativo ¡todo vale nada y el resto vale menos!


Si soy sólo yo y sólo yo valgo y sólo mi opinión tiene “valor” quedo reducido a nadie, porque los demás no me importan, porque los demás no valen, porque los demás no existen. ¡A mí qué me importa si al otro le duele o lo que le pasa, si sólo yo soy! Si me hablan yo no oigo, no atiendo, y tengo la impresión de que sólo lo que yo hablo, tiene importancia, y el otro piensa lo mismo, así vamos a parar a diálogos de sordos, donde todos hablan y nadie escucha. Quedamos reducidos a seres a-sociales, pero –aún peor- si no tomo en cuenta a los demás –automáticamente- mi asocialidad se convierte en anti-socialidad porque mis actos y mis decisiones dañan a otros pero yo me hago el que no se da cuenta, que el otro existe o, por lo menos, que si existe a mi qué me importa (¿Soy yo acaso el guardia de mi hermano? (Gn 4, 9c)). Vayamos de regreso al Libro de la Sabiduría, donde casualmente el capítulo 12 inicia con la siguiente exclamación: “Porque en todos los seres está Tu Espíritu Inmortal”.

 

Ese Espíritu que nos inhabita,…Él no nos creó para que nos perdiéramos; y, en ese Proyecto Salvífico se incluyó Él mismo, comprometió lo que Él más ama. Como un padre o una madre no dudan en dar una parte de sí mismos, un órgano y hasta su propia vida, así Dios Padre decidió entregar a Su Propio Hijo Jesucristo Nuestro Señor para redimirnos. …“somos  insignificantes e intrascendentes” ¡Eso quiere el Malo que creamos, para sumirnos en la impotencia, para que no hagamos nada o lo que es más destructivo, para que torzamos el camino y obremos en contra de “lo que debemos”! (Una de las patrañas del Malo ha consistido en inculcarnos una reacción alérgica contra todo lo que nos suene a “deber”, su slogan es “lo único que tengo es que morirme”, no es raro, porque él sabe que ya está muerto).


¿Cuánto valemos, cada uno de nosotros, para que Dios se la hubiera jugado toda por nosotros? El Espíritu que está en nosotros y por ser Espíritu de Dios si tiene la Sabiduría necesaria que brota de conocernos hasta la médula, Él sí sabe lo que pide y sabe pedir, podemos estar seguros que pide exactamente con un pedido “hecho a la medida”. En medio de nuestra obnubilación de pecadores no entendemos el idioma Celestial con el que habla el Espíritu, para nosotros son simplemente “gemidos inefables”. En eso consiste la inhabitación por el Espíritu: Precisamente valemos tanto porque Dios despliega toda su “Hessed” en favor nuestro. Cuando se dice que somos un pueblo escogido se debería añadir: Somos un pueblo que Dios se ha escogido para amarnos. ¡Y en verdad que nos ama!

 

¡Hay que dejar que la cizaña “conviva” con la semilla buena!

Seguimos en la línea del Reino de Dios. Hay una continuidad entre la parábola del Domingo anterior y las de hoy. Se trataba de un sembrar, de un sembrador y de un sembradío. Vimos con sorpresa el Domingo pasado cómo siembra Dios, no usa las altas tecnologías de maximización del beneficio. Él siembra aventando la semilla a diestra y siniestra sin preocuparse si habrá despilfarro de la semilla, sin entrar en cálculos previos de eficiencia en el sembrado. Él no aplica ningún tipo de discriminación, lo hemos visto sembrar entre cardos y abrojos, entre piedras y en terreno áspero. ¡Sorpresa! Muchas veces, esa semilla -la menos favorecida por el tipo de terreno en que cayó- ha cargado más de treinta, más de sesenta, más del cien por ciento.


Cuando alguien cultiva, no está exento de las envidias; no nos debe extrañar que algún vecino “malvado” quisiera venir a perjudicar los cultivos y viniera a sembrar cizaña entre la “semilla buena”. Claro que el enemigo no obra abiertamente, aprovecha la oscuridad y viene de noche “mientras los trabajadores duermen” (por eso en varias partes Jesús nos recomienda que velemos y estemos alertas, y en otra parte - nos reprochaba que no pudimos velar ni una hora con Él Mt 26, 40b). ¿Qué hacer con la cizaña?“¿Quieres que vayamos a arrancarla?” preguntan los discípulos. Siempre hemos intentado separar, segregar, discriminar, descartar, ir a arrancar precipitadamente lo que el enemigo intruso vino a plantar; pero Jesús nos corrige, ¡Dejen que crezcan juntas!

 

La justicia consiste en dar a cada uno según sus merecimientos. Pero nosotros somos débiles, y el Señor nos conoce mejor que nosotros mismos.  Para el Señor, que tan perfectamente nos conoce, no es ninguna sorpresa el que los débiles sean débiles, el que la arcilla sea arcilla. Él lo sabe estupendamente bien, porque nos ha creado, porque nos sigue a cada instante. Lo sabe. Sabe que en esta tierra de los hombres hay mucha más debilidad que malicia. Que, en la raíz, lo que hay sobre todo es debilidad. Y el Señor nos ve siempre por la raíz…[2]

 

La paciente espera frente a la cizaña que crece entreverada con el trigo proviene de la Paciencia Misericordiosa de Dios con los pecadores, a quienes da abundante plazo para corregirse, el plazo también es Gracia y nuestra paciencia es hija de su Misericordia; la parábola de Jesús explicita mucho mejor la Misericordia: “al arrancar la cizaña puede llegar a ocurrir que también ἐκριζόω[3] [ekrizou] “arranquemos” el trigo” (Mt 13, 29).

 

¿Qué debemos hacer? ¡Vivir reconciliados! Permitir la coexistencia, no pasivamente, no dejando a la cizaña crecer a sus anchas, sino oponiéndole resistencia. Hay que velar y resistir: A esta perseverancia la podemos catalogar de resistencia activa. ¡Ojo! No podemos permitirnos una resistencia pasiva, no podemos abandonarnos al dolce far niente, el tema de la fe no es el tema de la modorra y la pereza ¡Hemos de ser diligentes!

 

La resistencia está conectada con los “ritmos de Dios”. Uno de nuestros aprendizajes está orientado a sincronizar nuestro reloj vital con el Reloj de Dios. Hay que ajustarse a la “cadencia” divina. Nada de desespero, nada de angustias, paciencia (no pasividad). Vienen entonces dos parábolas breves que ilustran este tema: Cuando se siembre la semilla de mostaza, aun cuando sea minúscula llegará a ser arbusto habitable para pájaros, no para uno sino para una pluralidad de ellos (Comunidad), puesto que el arbusto no será diminuto, sino de amplio ramaje. Pero de semilla a arbusto hay un tiempo, el tiempo de Dios, tiempo de paciencia, de espera vigilante. Otro tanto pasa con la levadura, se mezcla con el triple de harina, y -los panaderos lo saben- ¡no hay que meterle prisa sino concederle su tiempo!

Hay una razón muy profunda para esta benevolencia paciente, nadie puede presumir de santidad, ni siquiera los que después serán canonizados, la vida es una oportunidad maravillosa para vivirla en perfección, procurando enderezarnos a diario del barro; y, tampoco, nadie es perfecta e irreversiblemente malo que no merezca la coyuntura de abandonar ese pasado y hacerse a un proceso de metanoía. Ese es el trasfondo de Su Misericordiosa Paciencia.

 

«Jesús quisiera que fuéramos como Él. Esto significa dejar el puesto del conductor y dejar que el plan de Dios se desarrolle, desempeñando nuestra pequeña parte con iniciativa y energía, nunca asignándonos ni por un momento el papel del supervisor, que pertenece sólo a Dios. Es el Reino de Dios, no el nuestro; apenas sembramos y regamos, pero es Dios quien hace que las cosas crezcan (1Co 3, 6).»[4]

 

 



[1] Romero, Oscar Arnulfo HOMILIA XVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A (23 de julio de 1978)

http://www.servicioskoinonia.org

[2] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER Ed. Sal Terrae Santander–España. 2ª ed. 1985 p. 107

[3] Quisiéramos llamar la atención sobre el verbo griego ἐκ-ριζόω (sin raíz), arrancar por la raíz, quitarle la raíz; quitarle la raíz al trigo, en el contexto de la parábola, nosotros lo entendemos como privarlos de su fe; si arrancamos la cizaña, ¿qué creyente podría sostenerse en su fe? o ¿quién podría sentirse atraído por una religión así? sería un “anti-testimonio.

[4] Casey, Michael. PLENAMENTE HUMANO PLENAMENTE DIVINO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2007 p. 113. 

viernes, 17 de julio de 2026

Sábado de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario

 

Miq 2, 1-5

La urgencia de avanzar en la edificación del Reino de Justicia

Una de las pesadillas de Miqueas fueron los falsos profetas… el falso profeta es interesado y cobarde, porque cede a los deseos y caprichos de sus oyentes; el profeta verdadero es desinteresado y valiente, porque está investido de una fuerza superior. El desinterés es condición de valentía. Dios no quiere halagar, sino denunciar para convertir.

Luis Alonso Schökel

 

Hoy damos inicio a un brevísimo cursillo -un curso relámpago, con sólo tres sesiones; sobre el profeta Miqueas. En este profeta, del reino de Judá, de origen campesino, proveniente de Moréshet​ una pequeña aldea de la fructífera llanura de Sefelá a unos 30 kilómetros al suroccidente de Jerusalén, encontramos, un sentido de continuidad con relación al proto-Isaías, podríamos -inclusive- visualizarlo como un discípulo. Se trata de un profeta de denuncia social, que apunta su dedo acusador hacia la expoliación de tierras y plantíos, le denuncia de los aparatos de explotación (estructuras de poder) y la corrupción imperante.

 

Son ejes de su denuncia

a)    Los abusos

b)    La violencia como recurso de explotación

c)    La exacerbación de la pobreza: proceso de pauperización

d)    El atropello del campesinado.

 

La perícopa de hoy denuncia a los que traman crímenes y planean acciones pérfidas. Dice que se acuestan a urdir sus insidias y madrugan a implementarlas. Luego señala -desenmascarando la expoliación de las tierras- que desean los campos y las casas y se adueñan de ellas. Se concentran en hacer blanco a los cabezas de familia para clavar en ellos el colmillo explotador.

 

El Señor no se queda indiferente, y declara por boca del profeta que también Él ha pensado como corresponder, con su Brazo, a tanta felonía, y les advierte que les van a sobrevenir “malos tiempos”. Los tiempos de vacas flacas no se deben a contingencias agropecuarias sino a la ruptura de la Alianza. Nosotros solemos interpretar estos fenómenos de escasísima productividad como avatares climáticos y nos gusta achacárselos a la lluvia o a la sequía, a los vientos y a otros diversos fenómenos atmosféricos antes que tener que reconocer nuestro derrumbe moral.

 

Lo que ellos han hurtado, vendrá el momento en que sea nuevamente repartido y los terrenos asignados y loteados, irán en demérito de sus propiedades, por ser posesiones mal-habidas. En la Asamblea-de-Dios, ante el Tribunal Divino, nadie las asignará ni un pobre terruño, y esa será la paga recibida por tanta iniquidad.

 

Si uno continúa leyendo encontrará que denuncia a los que se adueñan de los mantos y las túnicas, porque su campaña de despojo no se fijaba que el pobre padecía desnudez y desabrigo. También los acusa de comerse la carne de “mi pueblo”, porque el Señor se pone como גּוֹאֵל Go-el “la persona que puede tomar la justicia por su mano con el fin de vengar a quien atenta contra un ser amado, puede tratarse del pariente más cercano que tenía la responsabilidad legal y moral de rescatar a su familia, lo que incluía ayudar a su pariente endeudado liberándolo de la esclavitud, volver a adquirir las tierras familiares perdidas, o vengar su asesinato”; asumiendo la defensa del que no tiene quien los defienda.

 

El profeta dirige el ojo acusador hacia esa campaña de explotación que hace de todo un pueblo, “carne picada para echarla en la olla del puchero”. Denuncia que ellos declaran una guerra “que llaman santa”, para que les permitan llenar sus arcas y se dejan avasallar sin chistar.


Esta es una clara muestra de la denuncia que adelanta Miqueas en su profetismo. Podemos ubicar su ministerio profético entre el 727-701 a.C. Cubriendo los reinados de Jotán, Ajaz y Ezequías.

 

Sal 85(84), 2-4. 5-6. 7-8

Estamos ante un salmo con carácter oracular. Por lo general estos salmos constan de dos partes:

-       Se pide que el oráculo sea proferido

-       Y se dicen, a consecuencia del oráculo ¿qué pasará?

 

Y, también aparece una consigna que apunta a la convicción que brota del oráculo, de que la promesa será cumplida.

 

Representa un salto en el tiempo, mientras la Primera Lectura es pre-exilica- este salmo es cuasi-post-exilico, se refiere a la autorización que dará Ciro para volver a la Patria.


Aquí el salmista descubre todas las Bondades que Dios les regala, pero observa -también- el sinfín de penalidades que los envuelven. Y se interroga si la fuetera recibida -o sea el exilio soportado- no ha aplacado aún la Ira del Señor.

 

Mirando después de estas penalidades, el salmista descubre una promesa luminosa:

“La Salvación está ya cerca de sus fieles

y la Gloria habitará en nuestra tierra”.

 

Es cierto que Dios anuncia la Paz, pero está condicionada a que el pueblo se convierta, y tiene que ser una “conversión sincera”, el salmista la llama “conversión de corazón”.

 

El salmo tiene un eje en la idea del regreso: שׁוּב [shub] "volver", en su doble acepción, ese doble sentido: volver a la patria pero, además, convertirse.

 

Mt 12, 14-21

Jesús es peligroso para aquellos que logran una buena situación a costa de la miseria de los demás.

Ivo Storniolo

Tal vez los perseguidores de siempre tenían en su pecho la opción de -usar su supuesta autoridad para acallar a Jesús- seguramente su confianza estribaba en ir paulatinamente debilitándolo hasta arrinconarlo en el silencio.


Contra ese supuesto, Jesús iba adelante. En el evangelio de ayer vimos que lo arrinconaban para tratar de obligarlo a asumir un “irresponsable e inhumano respeto del sábado”. «Al reducir el sábado a una casuística de lo permitido y de lo prohibido, se cierran los ojos ante la realidad del sábado. No es el culto con todas sus prescripciones lo que tiene que ser la medida, sino la misericordia, la piedad, lo que da consistencia al compromiso del hombre en la acción de Dios» (P. Le Poittevin-Etienne Charpentier). Jesús se encuentra de frente a los “falsos profetas”, manteniéndose firme, cuestiona la institucionalidad de una religión que quiere preservar la injusticia.

 

Mantiene su coherencia, pero no quiere liberar las fieras para acarrear su fin; al contrario, hay una especie de retirada, de pausa, en su petición de que no lo pusieran en evidencia por haber sanado a muchos. Para Jesús, esto no se trata de una campaña promocional de un detergente en caja, mucho menos de gritar consignas a tono con los intereses de los poderosos.

 

Pese a lo cual, sus maneras, su tono y su acento son los de la mansedumbre. Se aúnan la gentileza con la suavidad. Nos queda claro que nuestro estilo, que heredamos de Él, está exento de toda violencia, de cualquier amenaza y de cualquier prepotencia. Por el contrario, nuestra manera ensambla la comprensión y la paciencia.

 

Nuestro anuncio no se parece al de los comerciantes que fundan todas sus ventas en la repetición rabiosa y desesperante de su propaganda; por el contrario, confiamos en la escucha comprensiva y en la aceptación inteligente de los que tienen su corazón ajeno a las cadenas. (Los falsos profetas -con su arrogancia- nos mandan a sentarnos porque ellos creen que son más los que viven engañados y que pueden prolongar indefinidamente su farsa).

 

Cuando dice que lo seguían muchos, esforcémonos para descifrar ¿quiénes lo seguían?: eran las ovejas que andaban sin pastor, y llegaban a la consciencia de su situación.

 

Viendo que la realidad experimentaba un recalentamiento, se retiró y se marchó de allí. Su objetivo no es su muerte, pero sabe que tiene obligaciones indisolubles con la Justicia, y que su ligazón con sus valores, está por encima de las tácticas evasivas.

 

Para una Lectura correcta de estos eventos, el evangelio mateano, liga su comprensión con un pasaje del Deutero-Isaías: 42, 1-4. Cuando leemos esto, entendemos porque Jesús se definía como “manso y humilde de corazón”. Porque Jesús da entero cumplimiento a la profecía:

a)    No lo oirán -como a politiquero de turno- dando gritos en las plazas.

b)    Es una caña debilitada, pero no la quebraran

c)    Es un pabilo con apenas una chispa, pero esa chispa se vuelve claridad indeleble,

d)    El Universo entero cifra en Él su confianza.

 

«Jesús no es el juez que viene a condenar sino el siervo humilde que cumple su misión sin gritos y dejándole a cada uno su oportunidad» (P. Le Poittevin-Etienne Charpentier).