viernes, 30 de octubre de 2026

Sábado de la Trigésima Semana del Tiempo Ordinario


Flp 1, 18b-26

«…todo lleva a creer que la Carta a los filipenses es un conjunto de tres cartas distintas. Los estudiosos del asunto afirman que el trecho más antiguo se encuentra en 4, 10-20 (primera carta); en seguida, viene la parte más larga: 1,1-3,1 + 4,2 - 7, 21-23 (segunda carta) y, finalmente 3, 2-4,1 + 4,8-9 (tercera carta)». (José Bortolini)

 

Esto nos lleva a pensar que la perícopa que estudiamos hoy pertenece a la segunda carta. «Pablo todavía está en la misma prisión. En ese espacio de tiempo, Epafrodito cayó gravemente enfermo, probablemente él es el portador de la segunda carta». (Ibid)

 

Después de la introducción (1,1 – 11) viene un bloque (1,12-26), donde se ocupa de hacer una breve narrativa del “progreso del evangelio”. Este relato lo que hace es una relectura de las situaciones y circunstancias que han llevado a Pablo a esta etapa de prisión.

 

Constatamos que Pablo encuentra una división rotunda en dos tipos diversos y prácticamente opuestos de predicación: el anuncio se está llevando de maneras diversas y, hasta opuestas; sin embargo, Pablo no valora esto como detrimento, sino que lo que aprecia es que, pese a todo, el enuncio se está llevando. «Pablo sentía esta seguridad en Cristo respecto a su propia misión apostólica: “Tengo la certeza de que, en esta ocasión, como siempre, Cristo aparecerá más grande a través de mí, sea que yo viva, sea que yo muera” (Flp 1,20) (José Luis Caravias s.j.)

 

Casi que San Pablo rotula los dos estilos: al uno lo llama “con hipocresía” y al otro “con sinceridad”, pero no se deja atrapar en el pesimismo y afirma que muy a pesar, se alegra y se seguirá alegrando. Y, descubre, algo enigmático, ve que detrás de esta oposición, esto se está dando para su conveniencia, y lo que regula el resultado son dos factores: las oraciones y la intervención favorable del Espíritu Santo.

 

Continúa diciendo: “Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero si el vivir esta vida mortal supone trabajo fructífero, no sé qué escoger”. Vemos y entendemos aquí una entrega misional absoluta y un compromiso de vida en la tarea asignada por Jesús, él acepta lo que Dios quiera elegir para él.

 

Pablo habla de συνέχομαι [synechomai] “presionado de lado y lado”, “atrapado en medio”, “entre la espada y la pared”, “abocado a la disyuntiva”: o bien partir, o bien quedarse. Por él fuera, se iría, para irse a encontrar con Jesucristo; pero San Pablo piensa que quedarse es más provechoso a la causa del Evangelio, porque él podría seguir llevando el anuncio y apoyando las comunidades cristianas nacientes hasta dejarlas fortalecidas y estabilizadas.


Parece que dijera, si me libro de esta, allá estaré para visitarlos y manifestarles personalmente mi gratitud. Parecería que Pablo logró su libertad y pudo continuar su tarea, pero esto no se dice, sino que nos atrevemos a conjeturarlo: «Probablemente Pablo tomó la decisión de hacer valer sus derechos como ciudadano romano. Con este recurso obtendré nuevamente la libertad y podré ver de nuevo la comunidad de Filipos». (José Bortolini)

 

Sal 42(41), 2,3,5cdef

Si alguien tiene sed, venga a mí, y el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura, del interior de aquel correrán ríos de agua viva.

Jn 7, 38

Este es un salmo de súplica: es el primer salmo del segundo Libro de Salmos, que comprende los salmos 42(41)-72(71). Es de los salmos que se atribuyen a los hijos de Coré, que cumplían diversas funciones en el Templo, en tiempos de David. Aquí, hijos, se debe entender como miembros de su descendencia: nietos y bisnietos.

 

Pide, el salmista, tener acceso al Rostro de Dios. El salmista sabe que el sentido esencial y final de la vida es loar a Dios, estar en su Presencia, cantar las alabanzas de su Santísimo Nombre.

 

Inicia con un lenguaje parabólico buscando cómo manifestar el hondo anhelo que tiene de trabar Amistad con Dios y encuentre, punto de referencia en una cervatilla que, padece la sed y va por todo el bosque procurando encontrar una fuente de aguas límpidas donde saciar su sed. Dice, pues, que su alma es comparable a la cierva sedienta.

 

En la segunda estrofa, que aquí corresponde el verso tres del salmo, lo ratifica: su alma tiene sed y la sed del alma solo se calma con el Rostro de Dios, nada hay que pueda sustituirlo.

 


¿Cómo encontrarse con el Rostro Divino sin tener que morir? Es cuando el salmista nos revela que él entró a buscarlo en el Templo; y nos relata que por todo el camino de su peregrinar, iba él entonando cánticos jubilosos con sabor de fiesta. Saber que su andar desembocaba en el Templo, hacía que su corazón destilara esplendores de Amor Santo.

 

Hemos querido incluir, aquí la estrofa que se repite tres veces a lo largo del salmo, definiendo como tres partes que lo componen:

¿Por qué voy a desanimarme?

¿Por qué voy a estar preocupado? 

Mi esperanza he puesto en Dios.

A quien todavía seguiré alabando.

¡Él es mi Dios y mi Salvador!

La perícopa de hoy, es tomada de la primera parte.

 

El verso que se ha escogido como responsorial, muestra el espíritu que anima todo el Salmo: ¡Entrar en el Templo y gozar de la Presencia Divina!

 

Lc 14, 1. 7-11

Lo que Ignacio llama “tercer grado de humildad o de amor” -estar libres del orgullo y del egoísmo, que cubren con un velo el conocimiento de Dios.

Silvano Fausti

Hay cosas que la sociedad nos enseña y que siempre han estado ahí, como consignas que se nos proponen, verdaderas “metas” para la vida de cada quien, y que en la escuela también formaban parte de esas frases que encabezaban los tableros. “Usted tiene que ser el mejor” era, o sigue siendo, una formación para ponerse por encima de todos los demás, lo que muchas veces se denominó “meritocracia extrema”.


Durante siglos, desde que se inició la “escuela” -y antes también-, los papás alentaban a sus hijos con este eslogan, y muchos padres de familia podían premiar a su hijo con una fuetera porque habían quedado en el segundo lugar o más lejos.

 

Hay muchos concursos, contiendas y encuentros deportivos basados en la búsqueda y procura del “mejor”. Esos concursos donde se azuza el ánimo competitivo para sembrar división. Donde ser cualquier otra cosa distinta al primero, es derrota, mediocridad, segundo-lugar, fracaso, capitulación, ruina. Y en medio de la “competencia” se dice, poniéndolo como pretexto lógico, que no se puede colaborar de ninguna manera porque “es una competencia”: La solidaridad y la fraternidad se minimizan y se erradican.

 

Lo que propone Jesús es, por eso, algo análogo, con el derribamiento de las mesas de los cambistas en el Templo de Jerusalén. Parece una idea loca, descabellada, una puesta de valores patas-arriba; ¿cómo se le puede ocurrir a Jesús que no se procure el primer puesto, la primera mesa, la del rey, la del político de turno, la silla al lado del trono real, el sitial del primer ministro, y, en el podio, ¡no lo dude! ¡debe estar en la plataforma más elevada, eso de plata o bronce son solo caramelos de contentillo.

 

Ahora bien, aunque suene muy mal, habrá que decirlo, la obsesión por la cultura del “primer lugar” es la peor enemiga de la sinodalidad. «La riqueza, la vanagloria y la soberbia son las tres gradas que precipitan hacia la perdición. Esta es la “estructura del mundo” (cf. 1Jn 2, 16), la mano de Satanás que se mueve en el guante de la historia. Pero Jesús coloca allí adentro su mano mediante la pobreza, la humillación y la humildad -el poseer, el poder y el aparecer “menos”. Eso permite vivir en el mundo, sin ser del mundo, así como lo lleno puede estar en lo vacío». (Silvano Fausti)

 

A nosotros nos gusta la idea que el único primer lugar sea el de Jesús, porque Él es Dios, y todos nosotros, estamos aquí, por debajito, en el siguiente lugar, siempre recibiendo su apoyo para que podamos ascender a su lado.

 

Atención, no vayamos a reducir este asunto a una cuestión de “etiqueta y protocolo”; no se trata de eso. Esto es algo completamente distinto. No es otra medalla para añadir condecoraciones en el pecho. ¡Se trata de no jugar para nada a eso de que los seres humanos estemos los unos arriba de los otros y que a todos nos parezca muy incómodo estar abajo! Se trata de estar abajo, ¡no debajo!

 

Cuando sea el momento del Banquete, Jesús no va a poner a nadie a llevar a los otros en “palanquín” porque este fue diseñado exclusivamente para gente vividora y holgazana. Tampoco nos creó Dios para que fuéramos “ganapanes”, es decir, estibadores de nuestros congéneres. Es pasar a estar abajo, como Jesús, que se quitó la túnica y ciñéndose una toalla como fajón, se puso a lavarnos los pies.

 

Todo esto nos encamina hacia el antídoto de esta obcecación por ser “el mejor”, de ese empeño de hacernos a lo que no nos pertenece, de apropiarnos de lo que es del Único verdadero Amigo que se hizo Amigo del Padre, tratando a todos sus hijos adoptivos como verdaderos hijos de sangre. Jesús nos ha enseñado en qué consiste “sentarse en el último puesto”: Se trata de lo que se ha denominado la kénosis (sobre la que aspiramos poder decir algo enriquecedor en la reflexión de la primera Lectura del próximo martes 3 de noviembre cuando nos asomemos a Flp 2, 5-11).


 

Por lo pronto diremos que se trata de “despojarse”, de lograr “abajarse”, de un vaciamiento de esa obcecación a la que nos estamos refiriendo. La enseñanza primordial que nos presenta la kénosis es la sorprendente actitud de Jesús, quien, siendo de condición divina, no la puso por delante para reclamar sus privilegios, sino que se “humilló” hasta el punto de ofrecerse en sacrificio de muerte en una cruz, lo más degradante que cabía. Así, en vez de entrar reclamando su legítimo trono, se despojó, y se fue al fondo de la sala, al último puesto, donde, estando tan cerca del Padre, lo llamó y le dijo: Amigo e Hijo, sube al mismísimo Cielo y siéntate a Mi Derecha.

jueves, 29 de octubre de 2026

Viernes de la Trigésima Semana del Tiempo Ordinario


Flp 1, 1-11

Filipos … fue famosa entre otras cosas, por la batalla librada en el año 42 a.C., entre Octavio y Antonio por una parte y Bruto y Casio por otra. El triunfador Octavio dio a la ciudad la categoría de colonia romana, por lo cual llegó a convertirse en una reproducción de la ciudad imperial de Roma.

José Miguel Miranda

«Las cartas de Pablo suelen ser escritos de circunstancias: responden a las preguntas de una comunidad o reacciona contra ciertos desordenes doctrinales o morales. Su carta a los filipenses (que reúne quizás tres misivas distintas) … la escribe sencillamente porque quiere a sus filipenses, los únicos de quienes aceptó una ayuda económica; tenía suficiente confianza en su amor desinteresado para saber que no estaría atado por esta ayuda». (Etienne Charpentier)

 

Esta es una Carta escrita desde la prisión y sin embargo está atravesada por un espíritu de alegría capaz de contagiarnos y que no puede pasar desapercibido. La alegría que conlleva la carta parece estar basada sobre el hondo compromiso que los filipenses mostraron desde el principio en el anuncio y difusión del evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

 

Al norte de Macedonia estaba Filipo, llamada así por Filipo II de Macedonia, el papá de Alejandro Magno. Sus habitantes gozaban en plenitud de la calidad de ciudadanos romanos, portaban atuendo de romanos y hablaban latín. «Filipos gozaba de ciertos privilegios, en razón de que muchos de sus habitantes eran militares del Imperio Romano estacionados allí. Se supone, por tanto, que el culto al emperador era muy fuerte en esa ciudad, y coexistía con otras religiones venidas de Oriente, llamadas religiones mistéricas» (José Bortolini). Estaba a tal punto romanizada que no había suficientes judíos para que existiera allí una sinagoga. Eso podría explicar porque San Pablo no pone en esta Carta ninguna cita bíblica.

 

Pablo, Silvano y Timoteo había pasado por allí en el año 50, en el Segundo Viaje Paulino. Allí fundaron una comunidad cristiana de no judíos. La cautividad desde la cual San Pablo les escribió fue, muy probablemente la romana.

 

«El tema principal de esta epístola es la Iglesia como Cuerpo de Cristo» (José Miguel Miranda). La carta abre con un saludo corto y formal, según la estructura usual de San Pablo en sus cartas, donde se nombra el emisor y a los destinatarios. Los emisarios se nombran a sí mismos como simples esclavos del Señor, y se identifican como servidores del Evangelio; ni como apóstoles, ni como autores. Y los destinatarios son los agentes eclesiales reconocidos como responsables de la vida comunitaria. En esta perícopa, en el verso 1, los destinatarios son denominados ἁγίοις [hagios] “santos”, “sagrados”, “consagrados”, “puesto aparte”, “separado”; y anota que esto incluye a los diáconos y obispos que tiene la comunidad, uno pensaría que bajo el título de “santos”, incluye a todos los bautizados de esa comunidad. Debemos subrayar que el significado no es el mismo que tenemos en la actualidad, que corresponde a “canonizado”. Por otra parte, el diacono no era otra cosa que el ayudante del episkopo.

 

Conviene empezar a identificar esta responsabilidad con la figura obispal, nombre que deriva de la palabra griega “episkopos” que significa “supervisor”, en atención al servicio que se les había asignado, no por nombramiento sino por encargo, de estar al tanto de la organizada marcha de todos los asuntos y del cuidado de la grey. Su misión consistía en predicar, enseñar y prevenir el error y la desviación. La palabra “obispo” permanecerá en las gavetas, esperando su turno de presentación hasta el siglo II de la era cristiana. Aun cuando se le encuentra ya en las cartas pastorales su significado no llegará a empalmar con el actual, sino hasta muy posteriormente. Así que hablar de jerarquía, en aquel momento es casi un anacronismo. El cargo y el encargo lo eran más bien y solo desde la óptica práctica del servicio ministerial.

 

Extractamos aquí la oración paulina, que nos trae la perícopa, a favor de los Filipenses: “Y esto pido en oración, que su amor abunde cada vez más en conocimiento y en pleno discernimiento, para que sepan distinguir lo que es realmente importante; a fin de que, en el día de Cristo, sean puros e irreprochables, habiendo dado el fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”. (Flp 1, 9-11)


Nuestro estudio de la Carta a los Filipenses ocupará -contando con la reflexión de hoy- siete lecciones, seguiremos mañana y retomaremos el martes, 2 de noviembre, hasta el sábado, 7 del mes entrante.

 

Sal 111(110), 1b-2. 3-4. 5-6

Este es un Salmo de la Alianza: «Este “salmo del ritual de la Alianza” servía en las ceremonias en que el pueblo se volvía a comprometer a observar la Ley y renovaba así su “Alianza” con Dios» (Noëll Quesson).

 

1)    Empieza con una acción de Gracias.

-Pero no agradece en soledad, sino que se une a todos los “rectos” para conformar la Asamblea de los Agradecidos.

-Reconoce la grandeza en las acciones Divinas

-E indica que esas acciones adornadas de grandeza están para ser “estudiadas”, claro que no todos se dedicaran a ese proceder de agradecimiento, sino tan solo los que tienen el corazón lleno de Amor por Dios.

 

2)    El primer producto del estudio agradecido consiste en leer el esplendor y la belleza plasmada en esas obras

-Surge el primer descubrimiento: La justicia Divina es perenne

-Las obras de Dios son prodigios inolvidables

-Porque el Señor es “piadoso” y es “clemente”.

 

3)    ¿En qué se traduce la clemencia y la piedad de Dios?

-Dios alimenta a los que tienen presente el Amor a Dios y no descuidan la Alianza que hay entre el, nuestro Rey, y nosotros, sus aliados

-El eñor ha hecho gala de su Poderío, sacando a relucir toda la fuerza de su Brazo favoreciéndonos

-Quitando a los incrédulos para darle a sus fieles.


El verso responsorial afirma la Grandeza de las Obras de Dios.

 

Lc 14; 1-6

Un acto de sincero amor está muy por encima de cualquier formalismo

Hemos venido subidos en la ola del rencor que se fue cocinando contra Jesús. Él es observado desde todos los ángulos, pero no con una mirada sedienta de encontrar la Revelación, sino de gente que quiere encontrar cualquier pretexto para acusar, condenar y llevar a Jesús a perder su vida: De los que se trata es de buscar el conducto más expedito para condenarlos a muerte. Y la cuestión tiene tal sesgo que juntan los factores y cavan hoyos a su paso para que Él meta el pie y caiga. Parecen cazadores en el bosque buscando como sacrificar cualquier animalito para convertir su cabeza en adornos para la pared de sus salones.


¿Cuál es el contexto espacial de hoy? La casa de uno de los principales fariseos. Llegó allí para comer, pero ellos lo aguardaban ya con el cepo dispuesto. Nos encontramos con la palabra παρατηρούμενοι [parateroumenoi] “Lo estaban espiando”; en realidad podemos descomponer esta palabra en dos: el prefijo παρα [para] “muy cercanamente”, y el afijo τηρέω [tereo] “observar con mucha atención”, juntando los dos, tenemos, en español, la palabra “acechando”. Lo que nos permite ver el corazón de estos asesinos agazapados.

 

¿Cuál era el cebo de la trampa? ¡Un hidrópico! ¿Estaba allí porque sí? o, ¿Había sido llevado para dar el motivo? ¡No se dice!

 

En cambio, Jesús toma la palabra inmediatamente y acompaña el interrogante que les propone con un gesto “provocador”, casi diríamos “desafiante”. Y, como si se tratara de un silogismo, y sin solución de continuidad, postula la “conclusión. Pongamos juntos los tres elementos y, apreciemos la belleza compasiva del argumento:

i)      Premisa mayor: “¿Es lícito curar los sábados, o no?

ii)     Premisa menor: “Tocando al enfermo, lo curo y lo despidió”

iii)   Conclusión: ¿A quien de ustedes se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida en día de sábado (Día de reposo)?

 

Hay algo que flota ahí, en el ambiente, aun cuando no se dice: y es que quizás, en el corazón de alguno de ellos estaría el argumento: “Asno o buey forman parte del patrimonio, pero ¿un hidrópico, que puede importar?

 

Ya van tres veces que Jesús se pasa por la faja el Sabbat:

1.    Jesús, en la sinagoga, sana a un hombre que tenía seca la mano derecha (Mc 3, 1-6)

2.    Jesús sana a una mujer encorvada, también un sábado, Lc 13. 10-17.

3.    Y, el de hoy, sanación del hidrópico en sábado.

 

La cuestión es muy difícil, verdaderamente peliaguda, porque la gente idolatra vivir en la jaula de sus “excusas” jurídicamente respaldadas, para aquel judaísmo el hombre siempre estaba después del “legalismo”, la postergación del ser humano predominaba. El cuestionamiento es urticante. Jesús quiere desamordazar la religión que crea diques e impone talanqueras para hacer que el ser humano quede relegado y dar pretexto para desentendernos de la obligación moral que nos asiste de darle -ante todo- solución al dolor humano, de inmediato. No permitamos que el leguleyismo o el qué-dirán nos detengan. Solamente es lo suficientemente libre para saltarse los formalismos legales aquel que tenga Entrañas de Misericordia.


¿Qué religión es esa que tiene pretextos para ser inhumana? ¡Es una religión que Jesús tiene que venir a corregir personalmente!

miércoles, 28 de octubre de 2026

Jueves de la Trigésima Semana del Tiempo Ordinario


Ef 6, 10-20

Si un hombre con una enfermedad huérfana viniera a nosotros y nosotros le recomendáramos, como tratamiento para su mal, que vaya a venus, recoja una roca y se la aplique sobre las zonas comprometidas de su cuerpo o que raspe un poco de ella y la mezcle con agua y la beba, pues bueno, sería una especie de tontería, porque no es nada fácil que uno pueda recoger esa muestra en venus, por lo pronto -hasta donde sabemos- no está a mano una tecnología para recoger esa muestra de la superficie venusina. (Hasta donde sabemos, la superficie de venus no está hecha de “rocas”, sino de un magma fluido…)

 

Lo que San Pablo predicaba, no era nada parecido a la recolección de muestras de la superficie venusina. En general, la enseñanza bíblica, no se trata de imposibles e inalcanzables. Puede ser que, en ciertos puntos, la Biblia nos proponga ideales y metas por las cuales debemos movernos y que nos ayudan apuntando en cierta dirección. Pero no nos dirige hacia “tonterías” inútiles e irrealizables.

 

Al ir caminando por aquí, y muy accidentalmente hemos pateado una lata marcada con el rótulo realpolitik. Al querer averigua de qué se trataba, nos hemos topado con la siguiente definición: “es la política basada principalmente en consideraciones de circunstancias y factores dados, en lugar de nociones ideológicas explícitas o premisas éticas y morales”, mejor dicho, lo que realmente se puede hacer y es que la política no permite implementar en la vida real ciertas cosas, como, por ejemplo, ir a Venus a traer una roca. O abolir la esclavitud, aunque mucho lo deseáramos y nos parezca -desde todo punto de vista- realmente deplorable que persista.

 

Como San Pablo no estaba en la real posibilidad de abolir la esclavitud, introduce unos “elementos reflexivo-cuestionantes” que lleven a madurar una nueva actitud frente a este fenómeno, a saber:

a)    El respeto mutuo

b)    La consciencia de que todos están bajo el mismo y único Señorío, el de Jesucristo.

 

Si este principio se echa a andar con honestidad y rectitud, en un breve plazo, el esclavismo habría auto-desenmascarado su rostro inhumano y, una sana moral lo habría llevado a término. Estos principios, que pone aquí San Pablo, le habrían cavado su digna tumba a una práctica indigna de los que se consideran “discípulos” de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Claro está que para vivir el discipulado coherentemente se requiere tener “corazones compasivos”, cuyo misericordioso palpitar este por encima de la sed de enriquecimiento a costa del sufrimiento del otro.

 

En el capítulo 7º de la 1ª Carta a los Corintios leemos: “Si cuando fuiste llamado eras esclavo, no te preocupes; aunque si tienes oportunidad de conseguir tu libertad debes aprovecharla. Pues el que era esclavo cuando fue llamado a la fe ahora es un hombre libre al servicio de Dios; y de la misma manera, el que era hombre libre cuando fue llamado, ahora es esclavo de Cristo” (vv. 21s).

 

Descubrimos aquí una recomendación: procuren ante todo y como lo preferible, llegar al estado de Libertad, y salir de toda esclavitud; eso sí, haciéndonos libremente -esclavos de Nuestro Señor-, lo que no es sino una manera de decir que, acojamos lo que Dios nos da, porque la aceptación de su Santa Voluntad, nos hace libres y nos da alas para remontarnos hacia la Vida Eterna.

 

No quiere decir que nos sentemos o nos arrodillemos ahí, inconscientes y “recostados”; nos lo viene a recalcar hoy la perícopa: se nos llama a una actitud “militante”, comprometida, responsable y coherente. Como un soldado, que no se conforma con un distintivo o con un uniforme, sino que toma sus armas y se entrena y, además, se disciplina, para asumir el “combate”. Es un lenguaje parabólico, no quiere decir que nos metamos al ejército, sino que la actitud que hemos de asumir se parezca a la de un militar comprometido con el ejercicio de su oficio: debemos tomar todas las piezas de la armadura del militar de aquel entonces: el cinturón, la coraza, las sandalias, el escudo, el casco y la espada, y revestirnos.

 

Cada elemento militar de estos, tiene su análogo en la tarea de la fe y en el ejercicio del cristianismo, veamos las equivalencias: verdad, justicia, ἑτοιμασίᾳ [etoimasia] “prontitud”, estrictamente hablando “preparación, “entrenamiento” (o celo), fe, la salvación y el Espíritu.

 

Aún hay otro detalle, que recalca que lo que se pide no es volverse un “peleador”, un “fanático”, alguna clase de buscapleitos, so capa de estar luchando por la defensa de la fe; que la milicia a la que se nos convida es la milicia espiritual, que tiene mucho que ver con la oración. Por eso, dice el autor de la carta: “Siempre en oración y súplica, oren en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia y suplicando por todos los santos (bautizados). Pidan también por mí, para que cuando abra mi boca, se me conceda el don de la Palabra y anuncie con παρρησίᾳ [parresia] “valentía” (estrictamente significa “la audacia total”) el misterio del Evangelio, del que soy embajador encadenado, y παρρησιάσωμαι [parresiasomai] “tenga valor”, “con osadía”, “con denuedo”, “con arrojo” para hablar de Él como se debe”: ¡Somos soldados no bélicos sino orantes!


Los versos 21-24 conforman la conclusión y despedida, cuya médula es la perseverancia en una ἀφθαρσίᾳ [aftharsia] “vida incorruptible”. De esta manera se concluye nuestro estudio de esta Carta. Bendigamos al Señor que nos ha permitido llevar a cabo este encargo y que podamos perseverar -conforme nos lo indica el hagiógrafo- puros y constantes en el Espíritu.

 

Sal 143(142), 1bcd. 2. 9-10

El salvo se sigue moviendo en esta metáfora, (que casi alegoría) de la fe como milicia. Bendice a Dios, comparándolo con la trinchera, donde se haya a salvo. Más aún con la fortificación y el blindaje que lo escuda. Es un salmo de súplica. Porque cada día de la vida puede traer el presagio de un nuevo ataque, de algún nuevo bombardeo, con el que el Malévolo nos quiere exterminar. En muchas formas, cada creyente experimenta cotidianamente el mismo asalto que Jesús enfrentó en las Tentaciones. Sin olvidar que fue el Espíritu quien lo condujo a encarar la prueba, porque la prueba nos tiempla, nos acrisola.

 

San Pablo se refiera al entrenamiento, aquí el salmista agradece y bendice porque quien lo ha entrenado, su asesor de combate ha sido el Propio Dios y Él se ha encargado de dotarle las manos con pericia y hacer que sus dedos sean agiles en cada estocada. Este Entrenador que es Roca, nos reviste de rocosa Fortaleza.


Tres elementos sirven para explicar, en la segunda estrofa, cómo es Dios, en esa metáfora castrense: alcázar, baluarte, escudo. Lo compara con una fortaleza inexpugnable, con una ciudadela fortificada, con un broquel de segura protección.

Es el señor quien administra las victorias y las derrotas, por eso este salmista, que es consciente de estar en combate, alaba a Dios con cánticos, con himnos y ruega que le comparta la Victoria que les ha concedido a tantos reyes, como se lo otorgó a David, su favorito, el nombre David significa, el “amado por Dios”.

 

Este salmo penitencial muestra nuestra debilidad ante el dardo envenenado del Maligno que quiere inocularnos su ponzoña, y nuestra endeblez que el pecado original nos dejó lisiados, arrastrando con nuestra concupiscencia.

 

Lc 13, 31-35

En el capítulo 10º del Evangelio según San Juan leemos: “Por eso me ama el Padre, porque doy la vida para después recobrarla. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y para después recobrarla. Este es el encargo que he recibido del Padre”.


 

Permítasenos desglosar puntualmente algunos puntos de estas palabras de Jesús que San Juan nos transmite:

i)      Doy la vida para recobrarla

ii)     Nadie me la quita

iii)   La doy voluntariamente.

iv)   Tengo poder para darla y recobrarla.

v)    Este es el encargo que he recibido del Padre

 

Dios, desde el Principio, se planteó un “Plan”. Ese Plan nos lo entregó, y al pronunciarlo, se convirtió en una “Promesa”. La inquebrantabilidad de la Palabra de Dios hace que podamos contar con el cumplimiento del Plan.

 

Dios Padre y Dios-Hijo concordaron en la entrega de este Don Supremo para la Humanidad. El Don de Dios es tan Grande que al ser humano le cuesta soportarlo. No podemos entender por qué nos ama tanto. No podemos entender que se sacrifique por nosotros. Y, luego, nuestra propia dureza se niega a aceptar la Resurrección. Todo esto está fuera de nuestro alcance y eso se debe a que son experiencias religiosas, no son datos biológicos o históricos, son eventos excepcionales: son la economía salvífica que Dios nos da por Gracia.

 

En la perícopa encontramos a los fariseos, tratando de torcer este “Proyecto Soteriológico”. Con ningún éxito. Eso es lo que significa “está escrito”. Significa que son las piezas inamovibles del Plan Salvífico de Dios. Si cualquier fariseo pudiera tronchar el Plan de Dios, tendríamos confianza en ese Dios. Porque Dios, ni su Hijo desisten, es por lo que nuestra fe se ve fortalecida.

 

Que el Plan Salvífico resista a todo asalto, es el piso de nuestra fe. A la base de la creencia están los datos de lealtad que Dios nos muestra siempre.

 

Muchas veces nos desconcertamos con los milagros y no nos caben en la mente. Queremos encontrar explicaciones “físico-químicas” para negar que Dios nos va jalonando el camino con sus “signos” para sostenernos y vigorizar nuestra fe. Así como nos da “santos” para que veamos que el camino que apunta hacia Él, no es un imposible, sino que muy a pesar de nuestra fragilidad podemos recorrerlo.

 

Hoy y mañana, tenemos expulsión de demonios y curación de muchos males.

 

Luego sobrevendrá el “tercer tiempo”, el día decisivo, la fecha del cumplimiento de todo lo prometido. En el día prometido, el tercero, se cumplirá todo cuanto se había ofrecido. Así al descolgar sobre su pecho la cabeza, en gesto mortal, pronunciará el santo y seña del cumplimiento perfecto: “Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30).

 

En estos dos días que aún quedan, Jesús tiene que subir a Jerusalén, porque es allí, donde está simbólicamente prescrita su muerte.

 

Jesús pronuncia este dolorido ay sobre la Ciudad de la Paz, su amada ciudad, la que Él tenía destinada a la mayor honra, se ha trasformado -ella misma ha elegido ese destino- para ser tumba de los profetas asesinados. Esto no desvirtúa el Plan Soteriológico. Esto no desvía el cumplimiento de la promesa. Esta es más bien el sarcasmo en el que los humanos trasformamos la dulzura de la historia que Dios quiere escribir con nuestro aporte. Dios nos da profetas y nosotros los lapidamos. Dios nos prodiga su personal Amistad, y nosotros lo matamos: ¡Qué ironía!

 

La lucha de los cristianos consistía y consiste no en el uso de la violencia, sino en el hecho de que ellos estaban y están todavía dispuestos a sufrir por el bien, por Dios. Consiste en que los cristianos, como buenos ciudadanos, respetan el derecho y hacen lo que es justo y bueno. Consiste en que rechazan lo que en los ordenamientos jurídicos vigentes no es derecho, sino injusticia. La lucha de los mártires consistía en su “no” concreto a la injusticia: rechazando la participación en el culto idolátrico, en la adoración del emperador, no aceptaban doblegarse a la falsedad, a adorar personas humanas y su poder. (Benedicto XVI)

 

Jesús, no por rencor, no por ira, ve nítido el devenir que le aguarda a Jerusalén. Jerusalén, la casa, (casa porque es la Ciudad del Templo, será arrasada. Quedará en ruinas). Y el templo será borrado del mapa para convertirse en lugar de culto a Alá: la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al Aqsa: la explanada de las Mezquitas. Jesús dice a los fariseos: “Miren su casa será abandonada”. Abandonada, porque Dios se ausentará del Templo y ya no habitará más con ellos.


Las legiones romanas bajo las órdenes de Tito conquistaron y destruyeron la mayor parte de Jerusalén y el Segundo Templo: Solo quedan de él las ruinas que hoy se conocen como “Muro de las lamentaciones”. En ese muro resuena el Ay de Jesús: “Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no han querido.

martes, 27 de octubre de 2026

SIMÓN Y JUDAS TADEO, APÓSTOLES


Ef 2, 19-22

Hay un proyecto, con planos, y todo tipo de análisis y detalles para iniciar una construcción. No faltará quienes contraten las camionadas de piedra, y pidan a las volquetas que descarguen las rocas y -tengan en mente- dejarlas como caigan. Pueden esperar que este reguero de piedras y materiales de construcción, configuren una edificación. Nosotros como pueblo de Dios, respondemos a una construcción que tiene en su basamento a los profetas y los apóstoles, y, la Piedra Angular, es Cristo Jesús.

 

La perícopa de hoy tiene por objeto llamarnos la atención sobre esta disposición, no es un desorden espontaneo, ni un reguero de piedras abandonadas a “puntos suspensivos” a ver si el viento, la lluvia o alguna otra fuerza llega a esculpir -de pura casualidad- una hermosa Catedral.

 

Los versos 19-22 sacan conclusiones:

      i.        Los paganos ya no son tenidos por extranjeros

     ii.        Comparten con el “pueblo santo” igualdad de derechos, se retoma el tema de la “ecualización”.

    iii.        Se ha formado un “edificio” fundamentado en los profetas y los apóstoles, que son encabezados por la ἀκρογωνιαίου [acrogoniaiou] “Piedra Angular”, la “piedra esquinera”, Jesucristo.

   iv.        El pueblo de Dios no es una obra hecha y finalizada de una vez por todas, sino un Proyecto siempre en avance, esto lo expresa Pablo diciendo que está αὔξει [auxei] “en crecimiento” hasta que llegue a ser un “Templo Santo en el Señor”.

 

Así, en este bloque de conclusiones, San Pablo consigna el planteamiento del Templo como un Templo Vivo, construido con Piedras Vivas, y que tiene por “arquitecto” al Espíritu Santo.

 

Al contrario, cada vez que, en algún lugar del mundo se eleva un Templo, podemos descubrir -en el trasfondo- el Proyecto de Dios, su Voluntad que nos armoniza, nos convoca, nos explica las Escritura y parte para nosotros el Pan. Cada predicación, cada Encíclica, cada documento de las Conferencias Episcopales, cada Padre Nuestro de todo fiel, todo tiene como aval, la Impronta del Espíritu Santo, que es el Arquitecto de la colosal obra mundial.

 

No es que la piedra -en bruto- se haga caber a la fuerza en los sitiales vacíos; hay una labor de paciente labrado y ajuste para que cada uno sea una agradable y conmovedora nota de la Sinfonía. En el capítulo 4 de esta misma Carta, nos hallamos ante una muestra de este Proyecto y de su articulación en el tiempo y en sus respectivas funciones:

 

«¿Dónde están sus dones? Unos son apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros. Así prepara a los suyos para las obras del ministerio en vista a la construcción del Cuerpo de Cristo; hasta que todos alcancemos la unidad en la fe y el conocimiento del Hijo de Dios y lleguemos a ser el Hombre perfecto, con esa madurez que no es menos que la plenitud de Cristo.

 

Entonces no seremos ya niños a los que mueve cualquier oleaje o viento de doctrina o cualquier invento de personas astutas, expertas en el arte de engañar. Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a Aquel que es la cabeza, Cristo. El hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor. (Ef 4, 11-16)


El lote donde se eleva esta Catedral maravillosa, es el amor; no en otra tierra sino en la tienda fecunda del amor Fraternal y la Sinodalidad, van trabajando los Apóstoles, para que se levanten las voces y anuncien la Salvación que nos trae el Señor.

 

Sal 19(18), 2-3. 4-5 

Este salmo tiene dos partes: Una primera parte -de donde tomamos los versos para la perícopa de hoy- se maravilla con la hermosura y la admirable naturaleza; la segunda parte, es mucho más reciente, y en ella, este segundo hagiógrafo, experimenta el mismo asombro ante la perfección de la legislación con la que dios instituye a su pueblo.

Este salmo es un himno. Hace mucho que el hombre empezó con la ideología anárquica, comenzó su sueño con la hipótesis que, quizás, una sociedad sin leyes fuera más llevadera y de ella brotara espontáneamente una armonía. Este espontaneísmo es uno de los caldos experimentales del Maligno, con que logra seducir con la teoría de que todo -no ha sido creado- sino que ha surgido por feliz coincidencia. Como poner un tarro en el patio y confiar que, -después de la lluvia-, quede en él, un sabroso ajiaco. ¡Todo por una afortunada coincidencia! Porque la tendencia cósmica natural tiende a producir ajiacos.

 

Entonces, es lícito esperar, por ahí en tres o cuatro años, que el ordenamiento concomitante conducirá a un afinamiento de las “leyes”, y estas se irán acomodando, hasta que todo concierte. ¡Sólo les rogamos una módica dosis de paciencia!

 

Eso sí, dicen ellos, cuentan con nuestro aporte para que, cada vez que surja una ley, nos manifestemos en contra, la desobedezcamos sistemáticamente y de ser posible la quememos, antes de que se dé a público conocimiento. (Todo parece indicar que la teoría de marras, no contiene la tendencia espontanea a la autodestrucción de las leyes. Por el contrario, parece que el cosmos se empecina en ir en contravía, y preservarlas).


Pensamos que, esa tendencia a despreciar y desprestigiar la ley dimana de dos fuerzas presentes en la pecaminosidad humana -esa cadena de pecados que viene sucediéndose, cual reacción en cadena, y ellos son: el orgullo y la arrogancia.

 

¿Cuál es la posición de nosotros los creyentes? Nosotros estamos por el reinado de Dios, no creemos y no podemos convenir con esos “azarosos gajes”, creemos que Una Inteligencia Superior rige el curso de esos eventos, y es Ella, quien los coordina. Somos los que descubrimos esa Voluntad canalizadora, que va modelando y trazando el glorioso Curso.

 

Tampoco las voces de los fieles que alaban es casual; la glorificación va avanzando por un derrotero que forma un retículo de voces -en un proceso no-lineal, sino con avances y retrocesos- pero, que va cobijando hasta cubrir todas las distancias, hasta abrigar todas las superficies, y así, toda la tierra.

 

Lc 6, 12-19

El primer paso, antes de tomar cualquier decisión: Consiste en presentarle todo el Padre y ponerlo todo en sus Preciosísimas Manos. Escuchar su Voluntad y recibir de Él las directrices.


La montaña tiene, en sí, un tinte Místico, parece hablarnos de Dios, sí, parece hablarnos de Dios, muestra en su naturaleza, un ambiente pleno y propicio a la oración. Uno podría hablar de un Altar natural. Jesús -con su divina Lógica- va a la Montaña a orar. No es una oración afanada, presurosa, por cumplir. Es una estadía prolongada, una charla que no la apresura nada, que no la interrumpe nada: Su propia duración habla de “agradable”, de “enamorada ternura”, de “remanso de amistad”. Son de esos diálogos filiales que uno querría prolongar indefinidamente, hasta la misma eternidad. A San Lucas le gusta mostrarnos esta circunstancia del “tiempo orante de Jesús”, sus rasgos son el referente para entender qué significa eternidad. Estar orando es un tiempo de Gracia, un kairós, es un paso a otra dimensión. Entendemos aquella propuesta de San Pedro que muchas veces nos suena disparatada: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» ¡Tal vez el Señor habría aceptado, de no estar la humanidad -abajo- esperando la Redención!

 

Esto es definitivo, iniciar una tradición que garantizara la continuidad de una obra, perdurable por todo el tiempo, cuanto fuese necesario. Una tarea a escala mundial, que no iba a requerir de un personal tan excesivamente entrenado y capacitado, porque su Solidez y Potencia no dimanan de sus miembros, sino de su Fundamento. Inclusive, se nos muestra que había entre ellos “levadura de la mala”, porque aquel organismo -ahora lo estamos empezando a entender, aun cuando el Señor ya nos había prevenido- no estaba pensado para integrarse con los sanos, sino para restañar a los más enfermos, a los más accidentados, a los más “defectuosos”. Era un organismo -no una organización- constituida por ex-esclavos y esclavos, para la liberación de todos, porque -a todos en algún momento los habían mordido los grilletes, o todavía los arrastraban- eso significaba la “levadura de Judas Iscariote* mezclada en la masa.

 

Esa proto-estructura- con todos sus peros- tenían a su cargo “ir”, “salir”, dar paso a esa dinámica que Papa Francisco nos pone de presente con ahínco: ¡Una Iglesia en salida! Por una necesidad en el proceso de su “construcción” se recalcó en la Iglesia su rasgo geográfico y arquitectónico, y fuimos diluyendo en nuestro ser eclesial el “Envío”.  Ahora reflexionemos, cuando pensamos en el Envió, pensamos en los plegables, las vistosas chaquetas distintivas, el camión publicitario, las “muestras gratis”, los stickers y el Jingle promocional.  ¡Por ahí no es! Tenemos que cambiarnos el “chip”. No es que no podemos valernos de estos recursos y otros, muchos, todos los posibles, los más llamativos, incluso de las tecnologías más nuevas, inclúyanse las novísimas. Pero esas son solamente mediaciones formales -que saludamos con optimismo- pero, cualquier publicista nos dirá que debe existir una coherencia interna entre la forma y el contenido de lo que se pretende llevar. ¡Aquí está el quid del asunto!


 

La solución más ramplona consiste en “seguir haciendo lo mismo”, porque esta es la solución que no requiere ningún esfuerzo, la que me permite no desacomodarme de mis propias tradiciones. Todo enviado, todo discípulo misionero, tiene que enfrentarse muy seriamente al reto: ¿Cómo lo vamos a hacer en este segundo cuarto del Tercer Milenio que ya llegó? ¿Vamos a seguir machaconamente repitiendo lo que se hizo en sus albores, que era lo mismo que se venía haciendo en el Segundo Milenio? (Lo decimos quitándonos el sombrero frente a tantos que se han desvelado y han procurado asumir la labor con aires de frescura y con renovada creatividad, pero a los que lamentablemente hemos hecho poco caso).

 

Notemos qué pasa en la perícopa: designó apóstoles y ¿se fue de retiro? ¡Nada de eso! Continua su obra, y así sigue hoy: Predicando, sanando, liberando de “espíritus inmundos”, acompañándonos, impulsándonos con su Sinodalidad que nos va enseñando todos los días el tesón para caminar juntos sin desmayar.