Jer 2,1-3. 7-8. 12-13
יִרְמְיָהוּ [Yirmeyahu] Jeremías es profeta de linaje
sacerdotal, hijo de Jilquías, uno de los sacerdotes del reino del sur. Oriundo
de Anatot, ubicada aproximadamente 5 kms. al noreste de Jerusalén, en
territorio Benjaminita. Cuando aún era muy joven el Señor lo llamó al
profetismo -a finales del siglo VII y comienzos del siglo VI a.C.- cuando
recibió su llamamiento, Asiria estaba en pleno declive y Babilonia todavía no
había recogido el Imperio desmigajado para construirse, con los restos, uno
propio; además, en el oeste, Egipto todavía se estaba recuperando de la
dominación asiria. Gracias a la debilidad de las grandes potencias, Judá pudo
gozar de la autonomía necesaria para gobernarse por sí misma. En este marco
circunstancial el rey Josías adelantó los inicios de su reforma religiosa,
durante su reinado se inició la recopilación y edición del Deuteronomio bajo el
liderazgo religioso del profeta Jeremías; el proyecto de Josías -que reinó durante treinta y un años- quedó
inconcluso ante la muerte del rey en Meguido en el 609 a.C.
Los
estudiosos de la obra Jeremaica la dividen en cuatro partes. La primera está
constituida por los capítulos 1 al 25, y la componen una una serie de mensajes
proféticos dirigidos a Judá y en particular a Jerusalén. Si miramos el capítulo
Segundo, que es el que nos interesa hoy, podemos desglosarlo en
-Denuncia de la infidelidad de Israel vv.
1-8
-Proceso contra Israel vv. 9-13
-Consecuencias de su infidelidad vv. 14-19
-Rebeldía de Israel vv. 20-25
-El castigo merecido vv. 26-37.
Donde
se presentan los temas cardinales del Profeta en la primera fase de su
actividad:
i.
El pueblo ha abandonado a su Dios, de donde emana su
vitalidad
ii.
Lo que le traerá, en consecuencia, muerte y destrucción.
Esto
se le anuncia, pero todavía hay un momento de posible conversión, por eso la
denuncia es una invitación al “arrepentimiento”.
El
fragmento proclamado el día de hoy se remite a los dos primeros aspectos la
denuncia de la infidelidad y el proceso que se le adelanta a Israel.
«Como
paradigma interpretativo de su mensaje político-religioso, Jeremías nos ofrece
el capítulo2, un texto rico de lirismo e intuiciones psicológicas. Felicidad
nacional, ruina causada por la apostasía, invitación insistente a la
conversión: es un esquema que tiene puntos de contacto con la impostación de la
historiografía deuteronómica (ver Jc 2, 11-19). La tradicional imagen nupcial
ambientada en el desierto (Os 2) define las relaciones religiosas: “seguir” es
verbo técnico tanto del matrimonio como de la adhesión de la fe. Por ello, en
el v. 3 la imagen se vuelve totalmente cúltica: Israel es realidad sagrada (ver
Ex 19,6 Dt 28,9) es “primicia” en sentido cualitativo además de cronológico (Nm
18,13; Lv 22,10). Como mano profana no puede violar las cosas sagradas, así
también Israel es intocable y se halla sereno bajo la protección directa de
Dios.» (Gianfranco Ravasi).
Todo el capítulo es un poema.
-Los
versos 1-3 rememoran el noviazgo de Dios con su pueblo y su travesía de
enamorados por el desierto.
-Los
versos 4-5 convocan a la casa de Jacob para que escuchen el oráculo Divino.
-Los
versos 7-8 denuncian que han tratado a Dios como si Él les hubiese fallado, en vez
de clamar agradecidos a su Libertador que los sacó de la esclavitud.
-Los
versos 9-11, que no se incluyen en lo proclamado, donde Dios les dice que se
fijen en los pueblos idolatras y vean las consecuencias de su comportamiento
por haber renunciado a gozar de la Gloria que Dios les ofrecía compartirles.
-Se
concluye la Primera Lectura delatando las dos maldades que han perjudicado al
“pueblo elegido”:
i) Abandonaron a Dios
que es la fuente del agua vital que vivifica sus campos y sus vidas
ii) Se cavaron pozos
agrietados que, lógicamente, son inútiles para almacenar el agua.
Esto
es -dicho con otras palabras- abandonaron su fidelidad al Dios Altísimo y
prefirieron caer en brazos de la idolatría.
Sal
36(35), 6-7ab. 8-9. 10-11
La vida es la esencia
de todas las bendiciones que Dios da al hombre, el roce del dedo de Dios que
convierte un montón de arcilla en un ser viviente y hace de una sombra inerte
el rey de la Creación.
Carlos G. Vallés, s.j.
Este
es un Salmo del Huésped de Yahweh. Aquí el problema está en quien puede ingresar
al Templo del Señor. No es un problema de “pasaporte”. No se trata de seguir
alguna tramitología. Sino de una disponibilidad, de una apertura, de un deseo
de ser iluminado por la Luz Esplendente de su Rostro.
Hay
otra manera de plantearlo: ¿Quién tiene sed de su Presencia? ¿Quién quiere
gozar de su amistad? Es el deseo de recobrar esos momentos “sinodales” cuando
Dios caminaba por el Jardín del Edén, "a la hora del fresco de la tarde"
(Gn 3,8). Este momento íntimo solía ser aprovechado por Adán y Eva para entrar
en Comunión con Él. Lo que afana al huésped es el anhelo de entrar en ese
estado relacional de dialogo con su יְהוָ֥ה Señor.
La primera estrofa (vv. 6-7ab), alaba la Grandeza inconmensurable de Dios: Su Misericordia, su Fidelidad, su Justicia, la Justicia que imparte.
La
segunda estrofa (vv. 8-9) Compara la Misericordia con un ave gigantesca cuyas
alas pueden dar cobijo a toda la humanidad. No solo es vivienda y da posada,
sino que es también el alimento y la bebida que nos nutre.
La
tercera estrofa descubre dos rasgos del Dios-Anfitrión:
a) Es מָקוֹר [makor]
“fuente”, “manantial” vivo, o sea que mana constante de Él. Teológicamente
hablando es “de donde mana la felicidad”: La garantía de que no se secará.
b) Es Luz
A
partir de esos dos rasgos descifra que:
a) Es fuente de
Misericordia
b) Es Luz de Justicia para
los que se esmeran en vivir la rectitud de la Justicia.
«Yo
quiero vivir, y Tú eres la fuente de la vida. Cuanto más me acerque a ti, más
vida tendré. La única verdadera fuente es la que viene de Ti, y la única manera
de participar en ella es estar cerca de Ti. Déjame beber de esa fuente, déjame meter
las manos en sus aguas para sentir su frescura, su pureza y su fuerza. Que las
aguas vivas de ese Divino Manantial fluyan a través de mi alma y de mi cuerpo, y
su corriente inunde el pozo de mi corazón. Olas de alegría en carne mortal.»
(Carlos G. Vallés, s.j.)
Mt
13, 10-17
Jesús … usa las
parábolas, que ni clavan ni dejan perder, ni acusan ni excusan, sino que
simplemente, sin respeto y discreción proponen de tal modo que el que quiere
comprender, cuando quiere, puede pedir explicaciones. El que no quiere, es
libre de hacerlo. Pero siempre queda abierto para Él el resquicio.
Silvano Fausti
Cuando
uno le habla a la gente “llamando al pan, pan; y, al vino, vino” y no aceptan
darse por enterados, hay que hablarles de otra manera. No se les pueden decir
las cosas directamente, entonces, hay que hacer un circunloquio para que la
imagen literaria que se emplea les sea más accesible. Por ejemplo, recurriendo
a “parábolas”.
Está perfectamente claro que, si uno no puede hacerle un pase directo al jugador co-equipero, habrá que imprimirle al balón una trayectoria no directa, sino “curvada”, y esta curva es lo que se denomina en geometría una parábola: En geometría, una parábola es “una curva abierta y simétrica que se obtiene al cortar un cono con un plano paralelo a su generatriz”. Olvidémoslo, eso no es importante, ni necesario. para el entendimiento de lo que queremos expresar, baste recordar aquello del pase-directo-imposible, pero hecho posible por medio de una trayectoria de curva parabólica. Gracias a la parábola, el Señor llegaba a los que no habían aceptado y recibido los μυστήρια [misteria] “misterios” del Reino de los Cielos”.
O
sea que una parábola en el sentido lingüístico es una especie de “rodeo”, es
una perífrasis para facilitar la comprensión de algo que parece complicado,
comparándolo con algo fácil y cotidiano, que precisamente por ser algo usual,
nos llega y nos ilumina muchísimo mejor.
¿Cómo
dice el Señor que ellos no logran entender?
Dice
que ellos:
a) Miran sin ver y,
b) Escuchan sin oír ni
entender.
Aquí
se nos presenta un meollo epistemológico, con la palabra “misterio”. Eso se
debe a que, para nosotros, en el lenguaje corriente, “misterio” significa
“enigma”, “algo prácticamente imposible de entender”, “arcano”, “inaccesible”. En
cambio, para nosotros, esto quiere decir -en el lenguaje teológico- que
nosotros lo hemos llegado a adquirir como “regalo de Dios”, no por esfuerzo
intelectual, sino por Gracia. No es para nada “ocultación”, ni sigilo, sino
algo que Dios nos “revela”. No es algo que se alcanza poniéndonos de puntillas,
sino que la con la inteligencia con la que Dios nos dotó puede guardarla y
atesorarla. Dios que es Luz (ver el salmo) no nos creó para mantenernos en
tinieblas. ¡Él nos participa entendimiento con su Revelación!
Algunos
estudiosos dicen que misterio es “el designio de Dios en la historia”. Nosotros
preferimos verlo como la Presencia de Dios que se trasparenta para nosotros.
Aquí estamos en lo esencial de la epistemología de la fe: el conocimiento teológico es teologal: Dios mismo nos lo entrega, Él no se oculta, sino que se nos Presenta y se manifiesta. Lo más interesante es que nos otorgó la Iglesia, para que ella “personalmente” nos abriera a su Conocimiento.



























