lunes, 6 de julio de 2026

Martes de la Décimo Cuarta Semana del tiempo Ordinario

 

Os 8, 4-7. 11-13

Ellos sembraron vientos y cosecharan tempestades

Os 8, 7ab

Oseas es un profeta del siglo VIII a.C. profetizó del 755 – 719 a.C. Su función profética abarcó el periodo de gobierno de Jeroboam II, que se estima en unos sesenta años. La perícopa que se proclama hoy está tomada de un segmento de su obra que va de 4,1 al 13, 16 y que se refiere a los pecados cometidos y a los castigos vaticinados para Israel.

 

Primero el Señor los denuncia por obrar sin su consentimiento y aprobación. A espaldas suyas designaron reyes, sin presentárselos antes al Señor para pedir su consentimiento. Y, en cambio se han dedicado a la idolatría. (vv.4-5)

 

Luego les recuerda que las figuras forjadas por artesanos no son dioses sino muñecos idolátricos. (v.6)

 

Como hemos insistido varias veces: Si alguien se dedica a la adoración de fetiches, no podrá contar con el Poder Divino para que acuda en su auxilio. Las calamidades que los aflijan, son el fruto lógico de su deslealtad. (v. 7).

 

Se salta los versos del 8-10. Retoma los versos 11 al 13 que muestran la clase de culto que Israel le ofrecía: Construían muchos altares, por aquí y por allá; ofrecían múltiples sacrificios, mataban animales en los altares y ellos mismos se comían la carne de los sacrificios. Así que esto no era un halago para Dios sino una ofensa, con esa clase de sacrificio no purgaban sus muchas ofensas. ¿Qué va a hacer Dios? Los va a volver a su condición de esclavos, los va a enviar a la deportación y allí volverán a probar el mismo servilismo que habían sufrido en Egipto.

 

«Durante treinta agitados años (752-722 a.C.) Israel vio tres golpes de estado vinculados a políticas pro-asirias (Menájem y Oseas) o anti-asiria (Pecaj). Los golpes de estado en sí no eran nuevos en la historia nacional, que conoció los de Jeroboam, Basa, Omri y Jehú. Sin embargo, todos estos golpes siguieron a la deslegitimación del rey por el profeta de Yahweh y que se pudieron entender como actos justicieros de Yahweh en defensa de los pobres. Es más, Jeroboam y Jehú fueron reconocidos por los profetas Semaías y Eliseo, respectivamente, aún antes de tomar el poder. Ahora no sucedió así. El profeta Oseas condenó estos movimientos políticos en los siguientes términos: “Han puesto reyes sin contar conmigo, han puesto príncipes, sin saberlo yo” (Os 8,4)» (Jorge Pixley)

 

Nosotros nos acostumbramos a llamarla “Presentación de Ofrendas”, ofrendas es algo que uno da de sus pertenencias. Pero a Dios ¿cómo podemos darle algo? Si todo lo que tenemos nos lo ha dado Él, y todo proviene de sus Generosísimas Manos, y si algo le apeteciera, no correría a pedírnoslo a nosotros, porque todo cuanto Él pudiera “desear” está a su alcance y todas las criaturas le pertenecen. Por eso, proponemos que se llame “presentación de los Dones”, para resaltar que le presentamos parte de los bienes que Él mismo nos ha dado (por eso “dones”).

 

Por otro lado, a veces, le presentamos los cuadernos, o los juguetes, o el uniforme del equipo, o los patines con los que planeamos concursar en un juego que se desarrolla precisamente sobre esos patines.  Pero, los “duros” de la liturgia, en los Seminarios del mundo, argumentan: “Si se los presentamos a Dios en la liturgia Eucarística, quiere decir que ya no serán nuestros, sino que se los “hemos entregado” a Dios. Lo gracioso, es que una vez culminada la Eucaristía, corremos a llevárnoslo nuevamente y hacer valer nuestros derechos de pertenencia sobre aquello a lo cual hemos renunciado para “donarlo” al Señor. A pesar de eso, es precisamente lo que dice Dios hoy, por boca de su profeta: Si me los presentan, no vengan a quitármelos. “¡Sacrificios de carne asada! Sacrificaron la carne y se la comieron. El Señor no los acepta”.

 

Precisamente el sacrificio se validaba por el hecho de que la carne era sacrificada, y ya no le pertenecía al oferente, sino que era de Dios o, de Sus Sacerdotes, quienes podían disponer de ella. Inclusive, podían, si querían, comérsela.

 

No faltaran quienes nos digan ¡Brutos! eso se valía cuando lo que se ofrendaba eran animales, pero está claro que, en la actualidad, si uno ofrenda un balón, es con carácter devolutivo, y después de la celebración tienen que devolvérnoslo.


Pues nosotros les diremos, con muchísima delicadeza: si lo van a reclamar, no lo presenten como “don”. Sólo hay que ofrendar pan ázimo, vino y un par de gotas de agua. Y además, el firme propósito de tener los mismos sentimientos de Jesús cuando Él se hace ofrenda (hostia-víctima) con toda Su Persona, en el Gólgota.

 

Sal 115(113B), 3-4. 5-6. 7ab-8. 9-10

Iguales a esos ídolos son quienes los hacen y quienes confían en ellos.

Sal 115(113B), 8

Nos encontramos aquí, en este salmo, hacia el final de la primera estrofa, en el verso 4 la palabra, עֲצַבִּים [atsab] “imagen”, “escultura”, “ídolo”. Allí leemos: “Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas”.

 

Y antes de pronunciar estas palabras, en el verso 3, nos habrá hecho una declaración maravillosa: “Nuestro אֱלֹהִים [elohim] “Dios” está en el Cielo, lo que quiere lo hace”. Hay dos ranuras en este salmo para mirar el Rostro Santísimo de Dios: a saber, “Él es su

        i.            עֶזְרָ֖ם [ez ram] “auxilio”, auxiliador”, ”ayudante”

     ii.        מָגֵן [magin maginnah] “el que se pone como escudo”, “el que ofrece amparo”, “el protector”.

 

¿Qué propone este salmo para nosotros?: Que seamos quienes confiamos en Él.

 

Este salmo a su vez hace una denuncia: Nosotros hemos puesto en el Sitial de Dios a los ídolos; los ídolos no son dioses son producto de factura humana.

 


«Y luego están los fabricantes de ídolos en el sentido más sutil de la palabra, tanto más peligroso cuanto más disimulado; y aquí es donde me veo a mí mismo y siento sobre mi cabeza todo el peso de la denuncia bíblica. Y me hago ídolos en mi propia mente, y los adoro con fidelidad escondida y sumisión obediente. Ídolos son mis prejuicios, mis inclinaciones, mis gustos y preferencias; mis ideas fijas de cómo deben ser las cosas; mis principios y valores por dignos y legítimos que parezcan; mis hábitos y costumbres; las experiencias pasadas que gobiernan mi vida presente; todo aquello que yo he supuesto, aceptado, fijado en mi mente como regla inflexible de mi conducta para mí y para todos por siempre.» (Garlos González Vallés s.j.)

 

Este es un salmo de la Alianza y lo que hace es reprocharnos que hallamos abandonado la parte que nos compete de la Alianza. Todo el salmo es una suerte de antítesis que opone Dios a los ídolos: Dios hace lo que quiere, los ídolos son totalmente impotentes: No hablan, no ven, no oyen, no tienen sentido olfatorio, no gozan de tacto y -para colmo de males, no pueden caminar. Solo son muñecos, puestos ahí.

 

El verso 8 es una autocrítica. Como quien dice: Ahora que estamos conscientes, no seguiremos con la misma tontería. ¡No más ídolos, basta de eso!

 

Mt 9, 32-38

Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a muchos hermanos y hermanas oprimidos por precarias condiciones de vida, por situaciones existenciales difíciles y a veces privados de válidos puntos de referencia.

Papa Francisco

Después del sermón del Monte, ya lo habíamos dicho, Jesús no baja con unas Tablas de Piedra que contengan Diez Palabras -Diez Mandamientos, como solemos denominarlos. Él desciende con Diez Milagros, porque lo que nosotros necesitamos no son leyes, -que son como cadenas- sino sanaciones. Nosotros necesitamos ser curados de nuestras afecciones con el Poder de Dios.

 

Hoy vamos a considerar, precisamente el Décimo Milagro: Un endemoniado mudo. ¿Qué hace Jesús? Expulsa al demonio, e inmediatamente el mudo deja de serlo. La gente reacciona reconociendo que nunca se había visto cosa igual, por lo menos, no en Israel.

 

Como pasa siempre, los del bando enemigo recurren a satanizar a Jesús y afirman que Él ha obrado con el poder del maligno, que arroja a los demonios con el poder del Jefe de los demonios.

 

¿Hemos pensado qué haríamos nosotros si Jesús estuviera en medio de nosotros obrando acciones “nunca vistas”? ¿Reaccionaríamos con un grito que durara todo lo que el aire pulmonar nos permitiera? Quizás podríamos prospectar un aplauso, una gran ovación que durara hasta que nos hiciéramos sangrar las manos. Quizás podríamos abalanzarnos a comprar sus afiches y atropellar a todo el mundo procurando hacernos una selfie con Él. Pero bien vale la pena, si sinceramente esperamos su retorno, si estamos alertas a su Parusía, contestarnos a esta pregunta: ¿Qué vamos a hacer cuando lo tengamos delante?

 

Después de unos cuantos segundos de duda, caeremos en la cuenta que Jesús nos dijo lo que habríamos de hacer:

a)    Caer en la cuenta que hay mucho por hacer, lo que en el Evangelio se llama “la mies es mucha”; esto es una metáfora que compara la obra Divina con un sembrado de trigo, o sea, lo que dice esta metáfora es que hay muchísimas espigas para que muchos segadores se pongan a la tarea;

b)    Rogarle a Dios para que el Señor Dios Misericordioso, nos regale precisamente todos los recolectores necesarios para recoger tan maravillosa cosecha y que no se vaya a perder ni una sola espiga, ni un solo granito de trigo. Pero de aquí se desprenden dos consecuencias:

                      i.        Que nosotros mismos nos visualicemos como “cosechadores” y nos pongamos manos a la obra. O…

                     ii.        Que nos hagamos los que la cuestión no es con nosotros, y que dejemos a ver de dónde vendrán esos “jornaleros”, que quizás serán enviados de otro planeta.

 

Nosotros también estamos mudos y requerimos que Él venga y nos cure la lengua, la garganta, todos los órganos de fonación, pero muy especialmente la mente y el corazón para que veamos los campos y las mieses aguardando por nuestras manos y salgamos -no con una hoz- sino felices a llevar el Anuncio de la Buena Noticia.


«En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas cansadas y agobiadas bajo el peso insoportable del abandono y la indiferencia. La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la indiferencia de los cristianos!»  (Papa Francisco)

domingo, 5 de julio de 2026

Lunes de la Décimo Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


Os 2, 16. 17b-18. 21-22

Iniciamos hoy un cursillo en cinco lecciones sobre el profeta Oseas. Profeta del reino del norte.

 

הוֹשֵׁעַ [Hōšēa] “Oseas” “Salvación de Yahwéh”, “Yahwéh ha salvado”, este nombre deriva de la raíz [Yasha] que significa “salvar”; así que está directamente entretejido con el nombre de Jesús [yeshosúa] que significa “Yah es salvación”. (Oseas era también el nombre original de Josué, sólo que Moisés se lo cambió); este profeta era hijo de Beeri. Es posible que viviera en el norte de Israel durante el siglo VII a.C. El inicio de su ministerio fue con Jeroboam II (782 – 753 a.C.) y lo continuó hasta el 721 a.C. Se han hecho pesquisas para afinar esta datación y se piensa que el ministerio debió empezar hacia el 745 a.C. y que debió ser testigo presencial de la caída de reino del Norte (722 a.C).

 

Llamamos a Oseas el profeta del amor, y ciertamente lo es, pero muchas veces se piensa que su Libro debe ser una hermosa “novela rosa”, forrada de tierno romanticismo. Por eso conviene iniciar por una rápida contextualización dentro de la vida del profeta.

 

Lo primero a decir es que el relato está en tercera persona, lo que conduce a pensar que no es un escrito directo, sino recogido por algún discípulo. Se nos ofrece un paralelismo: la esposa de Oseas es al pueblo de Dios, lo que Oseas es a Yahweh. Esta simbología que tuvo que arrastrar el profeta era de lo más vergonzoso y humillante que se podría imaginar, no se puede dejar de entender que, si para el ser humano es vejaminoso, mucho más degradante lo es para Dios, Digno de nuestro total amor y de nuestra total fidelidad.

 

La esposa de Oseas se llamaba Gomer y prontamente vemos que está inclinada a la prostitución; con ella engendró “hijos de prostitución”, a saber, el primogénito “Yizrael” (nombre de un campo de combate al norte de Palestina); el segundo [Lo´rujamah] “no-compadecida”, como quien dice, “Dios le negará el perdón”. La tercera [Lo´Ammi], “no es mi pueblo”, Dios desconoce a su pueblo como “pueblo elegido”, le niega la paternidad.

 

Es la primera vez que encontramos en la Biblia la relación Dios-pueblo expresada como relación conyugal. Y por primera vez la respuesta que su pueblo le ha dado a Dios es descubierta como prostitución y adulterio.

 

En cambio, la perícopa de hoy lo que nos muestra es todo lo contrario:  Yahweh es fiel, no traiciona su Alianza, en el Fondo de Su Corazón, confía que ella superará su ataque amnésico y volverá a llamarlo “Esposo-mío”. La perícopa está presentada como la ilusión de Dios de volver al “primer amor”. Y, El Señor, lo que hace es renovar su Alianza, definiendo Su Conyugalidad con cinco rasgos Divinos:

a)    Justicia

b)    Derecho

c)    Misericordia

d)    Ternura

e)    Fidelidad

Así es el Amor de Dios, sin importar cómo sea nuestra respuesta ingrata. Este es el “valor simbólico” del matrimonio del profeta.


 ¿Cómo se expresó esta prostitución del pueblo?

a)    En un periodo de quince años, cuatro reyes fueron asesinados (con la complicidad de los militares)

b)    Alzamientos interiores

c)    Corrupción religiosa y moral

d)    Los sacerdotes llevan el pueblo a la ruina

e)    Condena las injusticias, pero prioriza su denuncia contra la idolatría.

 

A medida que leemos, no podemos sino contristarnos por las lágrimas que Dios derrama cuando nos oye poner en nuestros labios el -para Él tan doloroso- nombre de Ba´al.

 

Quizá este paralelismo con el amor conyugal, haya sido la manera de enfocar y denunciar un tipo de “adulterio” que proliferó en esta época, se trata del culto a Ba´al sacralizando la sexualidad, lo que en las denuncias se ha entendido como “prostitución sagrada”, donde una persona ofrecía servicios sexuales en un contexto cultual, se trataba, en esencia, de sacerdotisas cuyo cometido habría sido el de ofrecer dichos servicios en rituales especiales, dentro de las dependencias del templo.

 

Las investigaciones más recientes y serias, dudan firmemente que estos ritos hayan existido.

 

Sal 145(144), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

El salmo de hoy es un salmo de la Alianza. Un salmo alefático que hace el elenco de los atributos de Dios. Hoy, especialmente enfocando en dos:

1)    Dios es Clemente

2)    Dios es Misericordioso

 

Inicia -la perícopa- mostrando que es Digno de Bendición y Alabanza por su Grandeza.


Luego señala como este recuerdo perdura y se trasmite de boca en boca a través de las generaciones. Los del pasado alaban sus hazañas y los labios de los fieles en el presente las repiten para preservar su memoria

 

En la tercera estrofa, con otro enfoque, va sobre lo mismo: los de antaño, hablaban alabando sus proezas que para los enemigos debieron ser aterradoras. Y nosotros en el presente sostenemos con fidelidad esta narrativa. La tarea es la de preservar esta זֵ֫כֶר [zeker] "memoria". "olor" (se trata de un tipo de recordación que actualiza como lo hace el olfato, la inmediatez de la experiencia evocada).

 

La cuarta estrofa nos pone en evidencia que:

a)    El Señor es Clemente y Misericordioso

b)    Lento a la cólera y Rico en piedad

c)    Bueno y Cariñoso con todas sus criaturas.

 

Como podemos advertir, el Rostro de Dios que se nos muestra es aquel de facciones paternales. Las “laudes judaicas” incluyen este salmo todos los días atendiendo a lo que dice su introito: “Bendeciré tu Nombre… día tras día lo bendeciré”. 

 

Mt 9, 18-26

La Iglesia está representada por las dos mujeres, hijas de Sion, de las cuales una toca al Señor y otra es tomada por Él de la mano.

Silvano Fausti

Los únicos testigos de estos milagros -conforme nos lo ha narrado San Mateo- son los discípulos. Un jefe de los judíos, así lo dice el Evangelio, seguramente se trataba del responsable de la Sinagoga local, se le acerca a Jesús, para pedirle que actúe, ya que su hija ha muerto; hasta este punto del Evangelio, Jesús no ha resucitado a nadie. Le pide que vaya a imponerle la mano y así resucitarla. Ellos salen para la casa donde está la niña muerta y por el camino, una hemorroísa -que venía sufriendo este mal por doce años- se les atraviesa.


Lo que destaca más impactantemente es la fe que acompaña a estos dos pedigüeños de milagros. Están absolutamente convencidos del “poder” de Jesús.

 

Sin embargo, como ya se sabe, quien tocaba sangre caía en la impureza: ¡La famosa impureza! Así que tiene que “robarle”, como una carterista, el poder a Jesús: La Ley le prohibía tocarlo. ¡Cómo la hemorroisa lo esperaba, bastó el contacto con el borde del manto y el sangrado cesó! A Jesús le importa un “pepino” el asunto de la “impureza ritual”: Que una “sangrante” lo tocara, para Dios eso no es problema, para Dios lo importante era que, a ella se le escapaba la vida, en forma de hemorragia.

 

Es tiernísima la acogida que le da Jesús: Jesús, no la pone en evidencia, no le reprocha nada, su palabra es reconfortante: Θάρσει, θύγατερ [tharsei thygaer] ¡Ánimo Hija! Aquí cabrían dos palabras que caracterizan la actitud de Jesús desde dos ángulos distintos: “fortalecer”, “empoderar”. El cariño con que la acoge Jesús es, prácticamente la ratificación de aquello que nos dirá San Juan: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (cfr. Jn 14,9) Por eso, el trato que le brinda es “paternal”.  Aún hay más, este “hija” ratifica que ella también es “hija de Abrahán”.

 

Llega a casa de la niña muerta, ya habían empezado el ritual mortuorio así que los flautistas ya tocaban sus pífanos. Jesús los retira a todos, aclarándoles que la niña no está muerta. Todos hacen gala de su incredulidad, al revés de la hemorroisa y el papá de la jovencita. Esa incredulidad se demuestra en burla dirigida contra Jesús. Es preciso apartar a los incrédulos para poder proceder. Una vez estos han salido, ¡Jesús obra!

 

No tiene que hacer algo complicado, no hay ningún gesto esotérico, lo que hace es lo más común y lo más cotidiano que quepa imaginar: Le da la mano para apoyarla que se incorpore. Ella, por su parte, se ἠγέρθη [egerthé] la palabra tiene tres traducciones válidas: “levantó”, “despertó”, “resucitó”. Las resonancias de esta tercera manera de traducir nos revelan el poder que tiene Jesús para dar la vida y recuperarla.

 

Jesús no es hierático. Jesús actúa desprovisto de todo ritualismo solemne. No envuelve su acción en excesivas y estrictas formalidades; sin ceremonias, sin procedimientos solemnes, con absoluta sencillez favorece a quienes necesitan y solo tiene a Dios por Protector.


En Él no ocurre que el cumplimiento sea un trámite, ni que lo ritual se vuelve más importante que el propósito real del acto. Jesús no tiene afán, no corre, se da el lujo de dejar que el oro fluya, saliéndose de la esfera que define el tiempo como “oro”. Él tiene tiempo para nosotros y nos da de su tiempo que es Eterno. 

sábado, 4 de julio de 2026

TU CORAZÓN MISERICORDIOSO NOS HACE LIBRES

 



Za 9, 9-10; Sal 145(144), 1-2. 8-9. 10-11. l3cd-14; Ro 8, 9. 11-13; Mt 11, 25-30

 

…a Dios no le gustan los compromisos al aire...

José-Luis Caravias s.j.

 

Me quedo con Jesús.  Quiero ir con él, aprender de él, ser manso y humilde de corazón.  No voy a cargar con la guerra.  Prefiero que me maten los enemigos, si es que no sean imaginarios, pero morirme con la conciencia tranquila.  Elijo el yugo suave de su paz.

Nathan Stone sj.

 

Para adentrarnos en este Domingo, requerimos tener una comprensión de lo que significa la Alianza que Dios ha querido con nosotros: «La iniciativa viene de Dios: es Él quien “hace salir a Israel del país de Egipto”. Subrayo esta expresión porque es la fórmula que se repite como un estribillo para exaltar la iniciativa de Dios que precede a la respuesta del hombre y le da un sentido. En definitiva. Lo primero en la Alianza es la revelación de Dios.»[1]


Este Domingo tiene un tono de fondo, tono de fiesta, se exulta de alegría. La alegría rozagante de esta liturgia proviene de la Alianza que se ha pactado, mejor aún, que se nos brindó y a la que nos hemos acogido. Sabemos que la llevamos a cuestas como llevando nuestra cruz, pero –bien vista- no es una cruz insoportable, es más bien “yugo” llevadero y “carga” liviana. Esa dicha festiva –hecha consciente- ha de ser el marco y el fondo de esta Eucaristía. Dejamos atrás el Segundo Discurso de Jesús (Mt 10, 1-11,19 donde Jesús instruyó a los apóstoles y pasamos a esta otra sección que tiende un puente (11,2 – 12,50) hacia el tercer Discurso (13,1-52): “el sermón en 7 Parábolas

 

Con ella queremos agradecerle a Dios que haya hecho pacto de Amor con nosotros y que su fidelidad sea el sello de ese pacto: “El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan”.


El Pueblo de Dios que nos presenta la Biblia iniciaba la celebración rememorando la historia del Éxodo en sus 40 años por el desierto,

 

«Uno de los canticos que más complace al pueblo es El pueblo de Dios en el desierto andaba. Cada estrofa recuerda un episodio de la travesía del pueblo de la Biblia: 1. “El pueblo de Dios en el desierto andaba…”; 2. “El pueblo de Dios también dudaba…”; 3.”El pueblo de Dios también tuvo hambre…”; 4. “El pueblo de Dios a lo lejos vio…”. En seguida el estribillo repite: “También yo soy tu pueblo, Señor, y estoy andando el mismo camino…”.

 

¡Canto curioso! Porque en sus estrofas hace que el pueblo de hoy vuelva al pasado. Y en el estribillo el pasado se hace presente. Une al pueblo de hoy con el del pasado. Es todo un pueblo, el de hoy que recorre solitario el desierto, duda, siente hambre y, de lejos, ve “la patria querida que el amor le ha preparado”.

 

Lo mismo sucedía con el pueblo de la Biblia. Todos los años, en la celebración de la Alianza, al escuchar la historia, los peregrinos volvían al pasado: caminaban por el desierto (Ex 19, 1), se reunían a los pies del monte Sinaí (Ex 19,2) y se disponían a renovar la Alianza (Ex 19, 8). Y, al mismo tiempo, recordaban el pasado para determinar el presente (Ex 19, 5; Sal 95, 7). Afirmaban “Yavé no hizo la Alianza con nuestros padres, sino con nosotros, los que hoy estamos aquí, los que vivimos” (Dt 5,3). Era un solo pueblo, el del pasado y el de hoy…. Son los peregrinos de todos los tiempos, nosotros también, que atraviesan el desierto de la vida en búsqueda de la tierra prometida, cantando: “También yo soy tu pueblo, Señor,  y estoy andando el mismo camino. Cada día más cerca de la patria esperada”.[2]

 

«El Dios de Moisés, Dios que vive en medio del pueblo en proceso de liberación, quiso celebrar una alianza que fijara para siempre su relación con aquel pueblo. Libertados ya de las estructuras opresoras, les propone Dios a los hebreos un pacto de amistad. Dios les propone: “Yo seré el Dios de ustedes. Y ustedes serán mi pueblo”. Y ellos aceptan: “Haremos todo cuanto ha dicho el Señor” (Ex 19, 8).»[3]

Ya con esa óptica podemos ir sobre la perícopa de Zacarías en la segunda parte de su Libro Profético que se dedica a mirar hacia el “Reinado del Mesías” (caps. 9-14): En la Primera Lectura, el profeta tiene un propósito claro, quiere enseñarnos a ver a nuestro “rey que viene”, un Mesías totalmente diferente, uno que deplora la guerra, que no viene con estruendos de poder o escándalos de fuerza. Zacarías nos muestra sus rasgos novedosos que son la indefensión, la humildad, la mansedumbre al límite, no pacificador, sino pacífico y, sin embargo Victorioso: “Su poder se extenderá de mar a mar y desde el gran río hasta (inclusive) los últimos rincones de la tierra”. Todo esto es fundamental porque tenemos que reconocer Quién es nuestro Aliado, saber a cabalidad en manos de Quién nos vamos entregar, de Quién nos fiamos, Quién trazará toda nuestra táctica, Quién gobernará la estrategia. Él es Quien tiene diseñado el Plan Salvífico. Y nos invita a seguirle, nos da señas para confiar, no nos recluta como soldados, nos congrega como hermanos y la verdadera fraternidad presupone un Padre común. Es Él, El Dios de la Alianza, Quien depone las armas, es Él Quien renuncia a “los carros de Efraín”, Él es Quien quiebra los arcos guerreros, Quien renuncia a los caballos de Jerusalén; y, en cambio,  ha escogido por cabalgadura –para significar que no es combatiente- un pollino. Así se rompe con toda una tradición guerrerista que envolvía la imagen del mesías y se nos revela otro Liberador distinto.

 

En este capítulo octavo está el eje de esta carta.

Carlos Mesters.

«El privilegio de conocer a Dios está reservado a los últimos. Es un don concedido a quien lo desea, lo desea quien lo necesita, y lo necesita quien carece de él…además de las palabras, existe una sabiduría silenciosa, propia del pobre. Es la “docta sabiduría” del que es puro corazón, al cual Dios se muestra (Mt 5, 8)…»[4] Pero todo el mensaje del Evangelio se vuelve incomprensible y suena absurdo a menos que contemos con la gracia clarificadora del Espíritu. Es el Espíritu Quien nos libera la mente y el corazón y nos ilumina con su resplandor. Ese es el tema de la Segunda Lectura, tomada de la carta a los Romanos.

 

El ciclo A dedica 16 Domingos a reflexionar la carta a los Romanos, de los cuales este ya es el 6º. De esos 16 dedicaremos 5 (empezando hoy) al capítulo Octavo, donde se trata la vida del cristiano inmerso en el Espíritu, la Esperanza y el Amor de Dios.

 

Hoy se nos explica, en la Carta a los Romanos, que uno no capta nada y no le haya razón de ser a la propuesta cristiana a menos que nos libremos de vivir “conforme al desorden egoísta del hombre” σαρκὶ [sarki] “carnal” (en otras versiones leemos “instinto”). Para adentrarnos en el Misterio de nuestra fe, en la Alianza con Nuestro Señor Jesucristo, tenemos que vivir, dice San Pablo, ἐν πνεύματι [en pneumati] “conforme al Espíritu”. ¿Cómo es esto de vivir en el Espíritu? San Pablo nos responde a renglón seguido: que consiste en que “El Espíritu de Dios nos habite”, la palabra griega es οἰκεῖ [ekei] “hacer casa en”, y es que, si no mora el Espíritu de Cristo en uno, uno no es de Cristo; así, fácil y sencillamente. El Espíritu es el que da sentido, el que nos da la vida.


¡Ojo! ¡Mucho cuidado! Que no vayamos a leer esto desde el dualismo de la filosofía griega que escinde a la persona en dos.

 

«Para San Pablo el hombre es una unidad, un solo bloque. En la σάρξ [sarx] “carne” él ve al ser pecador. En el espíritu, el ser del justo. La misma única persona puede vivir según la carne o según el espíritu. Muchos hoy se embarcan en ese dualismo, adoptan esa duplicidad en la persona y viven exhibiendo ese “espiritualismo”, diciendo valorar solamente las cosas del espíritu y despreciar las cosas de la carne. Pero viven atascados en ellas. Ese espiritualismo es la falsa capa de un individualismo brutal: se ve la sociedad como un montón de individuos sin tener nada que ver los unos con los otros. Son “almas” como antes se hablaba en la Iglesia. Para muchos, sobre todo los grandes, la Iglesia debe preocuparse solamente por su misión espiritual” solamente por las almas, cuidando de las personas individualmente. Cuando la Iglesia se preocupa por los problemas de la sociedad y por las verdaderas necesidades del pueblo, ellos gritan que está abandonando su misión espiritual.»[5]

 

La verdadera contraposición es entre el Espíritu que da vida y el pecado que da la muerte.


Las dos Lecturas y el Salmo actúan como prótesis correctivas para que podemos aceptar y cumplir con la Alianza que se nos propone: “Vengan a mí, todos los que estén fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré”. (Mt 11, 28). Abrimos un paréntesis para señalar que el ascenso al Sinaí no es un alejamiento de Dios que estaría “arriba” separado de nosotros. ¡No! Tengamos muy presente que Dios bajó a caminar con su pueblo y caminaba con ellos y acampaba con ellos. Aquí el ascenso es figura del esfuerzo: la Alianza y su cumplimiento por parte nuestra, entraña un esforzarse, un rigor, una fidelidad, no vivir según la carne, no dejarse sustraer por los placeres mundanos, a la cual, a falta de otra palabra, llamaremos ascética y de la cual indicaremos como rasgos distintivos dos: la sobriedad y la disciplina; aquí cerramos el paréntesis.

 

Podemos ascender al Monte, al Monte Sinaí y desde allí ver la panorámica:

 

«Por los caminos de Galilea pasó un hombre aparentemente común... Pasó tres años renovando el mismo anuncio: "¡El reino de Dios está cerca!”…  Un día entró en la ciudad de Jerusalén. El pueblo no se contuvo y empezó a aclamarlo: “Bendito el que viene, el rey, en nombre del Señor” (Lc 19, 38). Fue una fiesta, una bellísima fiesta. Todos le cedían el paso al Rey, y al mismo tiempo extendían sus mantos y ramas de los árboles por el camino… Cuatro días después, aquel mismo Jesús que fuera aclamado como enviado de Dios, estaba ante Pilato… Pilato le preguntó: “¡Eres tú el rey de los judíos?” y oyó una respuesta que lo dejó más confundido: “¡Tú lo dices! ¡Yo soy el rey! (Mt 27, 11) Por su parte el pueblo, ahora ya no lo aclamaba bendito. Por el contrario, en un solo grito decía: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” (Mt 27, 22-23)…. Algunas horas después se realizaba el deseo del pueblo… ahora estaba inmóvil, colgado en una cruz. Por ironía, habían colocado sobre la cruz una inscripción: Jesús Nazareno, rey de los judíos (Jn 19,19). Bajo la burla de algunos, el alivio de otros y el dolor de unos pocos, murió, después de haber perdonado y haber colocado su vida en manos de su Padre.

Si hubiera sido un simple rey, todo habría terminado allí. Pero, demostrando su origen divino, tres días después resucitó. Volviendo junto a su Padre, y enviando el Espíritu Santo que había prometido, garantizó la extensión de su reino. Quedaba cada vez más claro que no había venido para un pequeño grupo de personas o para determinada época. Su proyecto era y es para todas las personas, de todos los tiempos y lugares. Por tanto, es reino que no se confunde con los límites territoriales de un país, ni está formado por grupos cerrados o por personas que se consideran dueñas de la verdad. Es reino que nace y crece en donde menos se espera. Un día después de tanto oír hablar a Jesús  de él mismo, los apóstoles le preguntaron: Al fin de cuentas ¿cuándo vendrá él? Recibieron una respuesta que en ese momento no entendieron bien: “El reino de Dios ya está entre ustedes” (Lc 17,21).

 

En verdad, aunque no sea de este mundo, es aquí y ahora en donde se construye. Así, él crece cuando tú estudias o trabajas, cuando te diviertes o rezas, cuando vences la tentación o te donas al hermano necesitado. Crece cuando perdonas o eres perdonado, cuando penetras en el Misterio de Cristo o cuando llevas a otros a conocerlo; cuando formas parte de un partido político y luchas en él para introducir criterios de justicia y de fraternidad, o cuando te unes a los vecinos en un trabajo social; cuando haces un retiro espiritual o participas en la comunidad de base, cuando te indignas ante la injusticia y luchas para extirparla…

 

En cada una de esas oportunidades o en tantas otras, es Jesús quien está pasando por tu camino y te dice: “Se cumplió el tiempo y el reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Escuchando ese llamamiento y aclamando al rey que viene en nombre del Señor, estas colaborando en la extensión de ese reino que es siempre fiesta, bellísima fiesta.»[6]


“Te doy gracias, Padre, Señor de Cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor” (Mt 11, 25). Qué inmenso júbilo, qué enorme y descomunal dicha, que nos hayas tenido entre la gente sencilla para entregarnos tu revelación, para hacernos partícipes de tu economía salvífica. Esta perícopa del Evangelio de San Mateo es, también conocida como el “himno de júbilo mesiánico”.

 



[1] Equipo “Cahiers Evangile” PRIMEROS PASOS POR LA BIBLIA. #35 Ed. Verbo Divino Navarra- España 1992 p. 12

[2] Mesters, Carlos. LA BIBLIA EL LIBRO DE LA ALIANZA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá – Colombia 1995. pp. 15-17

[3] Caravias, José L. s.j. DE ABRAHÁN A JESÚS. LA EXPERIENCIA PROGRESIVA DE DIOS EN LOS PERSONAJES BÍBLICOS. Ed. Tierra Nueva y Centro Bíblico Verbo Divino. Quito-Ecuador 2001 p. 28

[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2da re-imp. 2011 p.242

[5] Mesters, Carlos. CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1995 pp.50-51

[6] Krieger, Murilo. DEJA SALIR A MI PUEBLO. Ed. Paulinas. Bogotá, D.E.-Colombia 1990. pp. 64-66

viernes, 3 de julio de 2026

Sábado de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario

 

Am 9, 11-15

Amós ha hecho arder su pasión por la justicia y su condenación de una sociedad injusta… Pero la última palabra no es la maldición: el volumen de este profeta se cierra con un cuadro luminoso, obra quizá de un redactor final del libro.

Gianfranco Ravasi

 

Este es el capítulo final del Libro del Profeta Amós. Se trata de otra visión, la quinta que tiene este profeta, sin embargo, ya no pertenece al conjunto de las visiones de la tercera parte, sino que este capítulo conforma la cuarta parte del texto. Esto es así, porque no se va a referir a profecías a corto o a mediano plazo, sino que tiene una proyección y un tinte apocalíptico, en el sentido de anunciarnos acerca de la meta final del proceso del pueblo elegido. Con esta lección, llegaremos al final de nuestro estudio sobre este Libro.

 

Los versos 1-10 enfocan la visión no sobre hechos ni sobre simbolismos, sino que ve al Señor que está junto al Altar y le habla. Se previene a los que piensan que están a salvo, simple y sencillamente porque Dios los había elegido, pero no toman en cuenta que han vivido rechazando su Amistad. El Señor les dice que para Él no hay diferencia entre ellos y los etíopes (cusitas), los filisteos y los arameos. La sentencia contra ellos es que todos los pecadores -aun los que pertenezcan al pueblo escogido- morirán a filo de espada.

 

Mientras que los versos 11-15, que forman la perícopa de hoy, se han entendido como una suerte de “epílogo” que apunta hacia la restauración futura de Israel, llamado aquí, la סֻכַּ֥ת [sukka] “choza” de David. Esta promesa mira hacia la restauración de la dinastía davídica, que volverá a ser plantada en la tierra fértil (la Tierra de Promisión), rescatados del exilio.

 

En la columna vertebral de este Libro hay un concepto que debe mantenerse claro en la consciencia del fiel, se trata de שְׁאֵרִית [she-airith] “resto”, “residuo”, “reliquia”, “sobras”, (de la comida). Quiere decir que la reconstrucción se dará partiendo de unos cuantos pobres, representantes del pueblo elegido, mirados y queridos por Dios, preservados y rescatados de las garras y las fauces del león, tal como un pastor se las gana cuando está a punto de devorarla y rescata tan solo las patas, o la punta de la oreja (Cfr. Am 3, 12)

 

El profetismo posterior se encargará de configurar con mayor precisión este concepto y alcanzarle carta de identidad dentro del contexto teológico.


Otro punto que Amós deja muy claro a lo largo de su Libro es, cómo se trenza una amistad con Dios, y revela que no se llega a ella por la visita de los Santuarios (Betel, Guilgal, Beer-shéva), sino por el proceso interior del “fiel”, que gana consciencia de su membrecía en el “pueblo de Dios”. Ya aquí está presente la pauta -por ahora sólo bocetada pero que cada vez será más clara- de la fraternidad emanada de la relación con YHWH, que mira a los otros también como miembros de la misma parentela.

 

Sal 85(84), 9. 11-12. 13-14

Este salmo es un oráculo. sí en la Primera Lectura nos encontramos una “profecía del destierro”, el Salmo nos entrega un anuncio del “retorno”. Todo ensamblado sobre el gran eje del destino final para el pueblo elegido. No se trata de episodios sueltos, todo responde a una estructura con su propia teleología, el esjatón del Reino. Pero lo hermoso es cómo se le da unidad al Amor y la Verdad.

 

La verdad no es un enunciado, ni un conjunto de los mismos formando un sistema: la verdad es una manera de discurrir del tiempo que mantiene siempre la tónica de la bondad, de la caridad, de la solidaridad conformando un tipo muy especial de sinodalidad que permite construir una koinonía fraterna: la mejor imagen para entender este tipo tan armónico de sinodalidad responde a la imagen del dialogo y la concordia. ¡A esto nos remite la perícopa del Salmo!

 

Miremos la secuencia de sus componentes:

a)    La paz para los amigos de Dios.

b)    Un romance que desemboca en boda.

a.    Caminan hacia el Altar la Misericordia y la Fidelidad

b.    Pronuncian sus votos ente el “testigo”: Ya son marido y mujer, es decir, Justicia y Paz son los recién casados. Los de la tierra, que son la “Novia” aportan la Fidelidad. Y el Dios del Cielo, El Novio, traen su alianza de Justicia.

c.     ¿Qué vendrá después de tan anhelada Boda? El Señor pondrá la lluvia para fertilizar el suelo. La Tierra, fructificará. La Justicia desbrozará el camino, e ira por delante, abriéndoles paso.

 

Nada de esto desmiente el paso inicial. El paso inicial define la melodía de fondo que permanece enmarcando la totalidad de la sinfonía: Es el clima de Serena Paz que Dios pone como ambiente global de toda la economía salvífica.

 

Mt 9,14-17

¿Aceptamos que Él contradiga nuestros puntos de vista y no esté de acuerdo con nosotros? ¿Estamos dispuestos a escucharlo? ¿Estamos dispuestos a construir con Él el mundo de paz-amor-verdad-justicia… que nos “pide” hacer?

Noël Quesson

 


No se vayan a imaginar que la construcción del Reino consiste en coger un manto viejo y tachonarlo de remiendos para decir que es una moda nueva de vestir. Tampoco se trata de re-encauchar los odres viejos, con la ilusión (más bien, con el engaño) de que toda ira bien y que no hay que preocuparse por nada. ¿Por qué no se podía continuar con el judaísmo, tal cual y venir a poner en cuestionamiento cosas tan bien fundamentadas como la circuncisión, la pureza ritual y el ayuno? (Muchos -aun hoy- piensan que Jesús había debido dejar las momias quietas y no molestarlas, porque no hay nada peor que un faraón enojado porque le fastidian su sarcófago).

 

Si pintamos una pared de rojo y luego, muy sutilmente empezamos a desvanecer la rojez y pasamos paulatinamente a un rosado cada vez más suave, podrá darse el paso a la pintura blanca sin que nadie advierta que en realidad se dio un rotundo cambio de color. ¡No nos engañemos, hubo un cambio y el ayuno que hoy -los cristianos- practicamos tiene otro enfoque!

 

¿En qué estriba el cambio? En que el ayuno hablaba de muerte, en cambio la comida habla de la vida. No en vano reconocemos que el eje cultual de nuestra fe es la invitación a un Banquete: El Banquete de Bodas del Cordero.

 

Nosotros celebramos un Banquete porque celebramos que el Señor está siempre con nosotros, el Emmanuel, y que su Presencia Triunfal, siempre nos asiste. Sería ilógico que viviéramos vestidos de luto, sabiendo -como sabemos- que el Señor ha Resucitado. La muerte no pudo retenerlo en la tumba, y ahora, todos avanzamos hacia la Galilea, donde el Señor nos está aguardando (Cfr. Mt 28, 8-15).

 

No vayamos a salir con el cuentico que es la “primera noticia”. Con siglos de antelación el Señor nos había solicitado este cambio de “odres”: “Compartir el pan con el hambriento, acoger en nuestra casa al destechado, vestir al desnudo, romper las cadenas y quebrantar todo yugo, y no evadir al necesitado (Is 58, 6-7). Para que se cumpla que la Justicia nos abra paso y la Gloria de Dios camine resguardando nuestra espalda.


Para acceder a la Cena de Bodas del Cordero requerimos vestirnos con traje de Bodas y abandonar nuestros harapos viejos; de otra manera, seremos arrojados a las tinieblas exteriores (Cfr. Mt 22, 8-14).