1Cor 4, 1-5
No hay que anticipar el Juicio
Si el agente de
pastoral no se orienta hacia Jesús crucificado, crea una caricatura de
comunidad. En primer lugar, él mismo es infiel, pues se hace señor y no
servidor. Además, impulsa en la comunidad la competencia de los fuertes en
perjuicio de los débiles. Aun el mismo agente que se pone al lado de los
débiles es marginado.
José Bortolini
Dios,
en la Persona de Su Hijo, Jesucristo, se ha elegido un pueblo, una comunidad de
creyentes que lo asisten en el Anuncio del Reino. Se concentra en mostrar a
Jesús, no como un triunfador constante al que todo le sale bien; por el
contrario, mostramos las dificultades reales y los tropiezos constantes que
salpican la Misión. No escondemos a Jesús Crucificado, pero eso no nos lleva a
disimular que Jesús Resucitó. No disimulamos el martirio como compañero
constante de nuestras procesiones, pero no nos empeñamos en sembrar
desasosiego, sino que sacamos a flote todo el destello enceguecedor del
Resucitado que resplandece Victorioso como un Adalid que nos lleva certeros y
seguros hacia la Jerusalén Celestial; tampoco mostramos el Malo como una
caricatura bonachona, porque sabemos que es definitivamente “puerco” y que nos
alza barreras para desalentarnos y tratar de hacernos desistir.
Quienes
quieren animar a otros al seguimiento de Jesús, no lo lograran con palabras
altisonantes y “discursos veinte-julieros”. Su máximo riesgo es que, en lugar
de ser servidor, se quiera convertir en señor; y en vez de pastor que vela,
quiera ser arriero que maltrata. Los agentes de pastoral no pueden ser
capataces que hagan restañar sus laticos en las espaldas de los fieles. La
pesca de los discípulos no es para hacerse banquetes propios y dar opíparas
cenas. El agente de pastoral tiene claro que es servidor y que el rol que
desempeña no es de capataz sino de “ministro” (la palabra ministro está
emparentada con la palabra minus,
que significa “el menor”, o sea, “el que sirve”).
En
este proceso, la falla está en dar “privilegios” y poner por delante a los “Más
fuertes” a los aristócratas, a los importantes, a los que desempeñan roles
gubernamentales, y a los que están enamorados del poder. El fuerte tiende a
marginar a los débiles.
Que
la gente no vea en nosotros “capataces”, que vea servidores y ministros de su
Bondad. Nosotros seremos trasparencia del Misterio, pero no se debe entender el
misterio como “lo misterioso”, sino como aquellas maneras como Dios nos habla,
se nos comunica, pero nosotros en nuestro afán, en nuestra distracción, en
nuestra des-espiritualidad, no nos damos por aludidos, menos por enterados.
¿Qué
rol jugamos nosotros ante el misterio?, ¿Damos acceso a Él?: ¿Acercamos?. ¿Nos
convertimos en “facilitadores de Dios”?. (No vayamos a entender esto como un
abuso de simplificación, como un exceso de facilismo; hay que facilitar la
entrada, no hay que reducir a Dios a un montoncito de puerilidad, de niñería, de
simpleza. Hay que ayudar a las personas a acceder, no a caer en el
“sencillismo” que -por el contrario- lo único que logra es trancar la puerta
de acceso.
Ya
hemos advertido para que no entremos en el marco de una religión mistérica que
bloquea el paso declarando la Verdad de Dios una Verdad inaccesible. El
misterio es revelable, lo que siempre recordamos es que no lo podemos agotar,
no podemos consumirlo, ni apresarlo, ni abarcarlo, ni meterlo en una caja, ni
hacerle una prisión disfrazada de altar.
Por
el otro lado, está la prohibición de juzgar, pero lo prohibimos para poner
barrera que nos proteja, no para defender a Dios, (que no necesita que lo
defendamos) ya que, nunca se siente amenazado. Ahí está la clave de Dios, Dios
nunca se siente amenazado porque su Grandeza es tal que no podrá ser jamás
alcanzado; no obstante, nosotros al defender su Grandeza, -como somos
limitados- sentimos que se van a apoderar de la zona de Misterio que queremos
acaparar. La raya de tiza que trazamos alrededor es para proteger nuestro
monopolio, ¡no para proteger a Dios! Quién no necesita ser protegido (lo hemos
reiterado tres veces porque es una realidad fundamental de la teología).
Hay
otra verdad fundamental que está aquí anidada y que todos podemos pronunciar
asumiendo sus consecuencias: ¡Mi Juez es el Señor!
De
esta verdad se desprende un corolario, no nos pongamos a adelantar el Juicio
Divino tomando a nuestro cargo juzgar a los demás: lo que hay que hacer es
esperar a que el Señor venga y sea Él quien juzgue.
Y
es que siempre hay campos de sombra que no podemos penetrar, sólo el Señor
cuando llegue Glorioso, con Su Brillo iluminará todo rincón -por más secreto
que sea- y se podrá al descubierto todo lo que tan celosamente hemos ocultado;
entonces saldrán a la Luz todos los “guardados”.
Traduzcamos la palabra “guardado”: lo que se oculta para tratar de sacar provecho de la fe; distinto a las intimidades de cada quien, que tanto adoran los cultores de los “realities”, pero que son informaciones que a los demás no les sirven para nada, aun cuando haya profesionales del periodismo amarillista es una atronadora forma de cultura que consiste en meterse en la ropa interior del prójimo para escandalizar, con el lema de “eso vende”.
Sal
37(36), 3-4. 5-6. 27-28. 39-40
Este
salmo es uno de la Alianza. Son 8 versos organizados formando cuatro estrofas.
La antífona nos garantiza que el Señor es la Fuente de la Salvación. Y precisa,
no todos pueden beber de esa Fuente, que está reservada a los “Justos”. Lo que
en la antigua Alianza se llamaba un “justo”, es lo que en la Nueva Alianza se
llama un “santo”. Sólo quien se mueve dentro de los parámetros de la santidad
podrá beber de las aguas de la Salvación.
La Alianza que promete una Salvación nos habla de una bina muy liviana (como lo es el yugo del Señor): descanso y espera. La cultura de la muerte está inmersa en una atmosfera de afán, de precipitud, de angustia, de inmediatez, de peligro, de zozobra, de muerte súbita e inopinada. Nosotros también hemos caído en el engaño, tenemos que tener un ritmo frenético, tenemos que saltar de actividad en actividad, esos son los parámetros del Malo, corra, afánese, desespérese, angústiese, viva cautivo de la adrenalina. Todas estas palabras nos alejan de la confianza en el Señor y nos urgen a entrar en un juego de “rápida productividad”, el ritmo tiene que ser demencial, sin un respiro… Inclusive llegamos a la consigna de “cualquier momento de descanso es pábulo para que el Diablo te ataque”. Y, entonces, ¡Urra, que viva el activismo!
¿Cuál
es la consecuencia más inmediata? no hay tiempo para orar, no hay tiempo para
hablar con Dios, no hay tiempo para nada relacionado con la fe (ellos dicen que
“son bobadas de lambe-ladrillos”) tampoco hay tiempo para participar en la Eucaristía.
No hay tiempo para un retiro, no hay tiempo para nada que sea vida espiritual.
¡Sólo hay tiempo para “no tener tiempo”!
Miremos
los peldaños del salmo
i)
Confía en el Señor y haz el bien.
ii)
Encomienda tu camino al Señor, confía en Él.
iii)
Apártate del mal y haz el bien.
iv)
El Señor protege y libra a los justos de los malvados.
Y,
en vez de tanta desazón desesperada entrar en la calma para construir una
relación de verdadera y profunda amistad con Dios. Tomar la firme e inamovible
determinación de servir al Señor; pero en vez de un servicio abstracto,
indefinido, consagrarnos a servirle en el hermano/hermana, en cada pequeño,
preferencialmente en los desvalidos, en los vulnerables: eso es lo que
significa apartarse del mal y hacer el bien.
En
síntesis: ¡Confía en Él y Él obrará!
Lc
5, 33-39
El hombre nuevo se revestirá de una vestidura nueva
La libertad cristiana y la obediencia
cristiana son docilidad a la Palabra de Dios, y hay que tener esa valentía de
convertirse en odres nuevos, para este vino nuevo que viene continuamente. Esta
valentía de discernir siempre: discernir, digo, no relativizar.
Papa Francisco
Hemos
dejado atrás ciertos episodios muy interesantes de la actividad de Jesús en
Galilea, que leemos en el ciclo impar-, a) El llamado de los discípulos, b) la
cura del leproso, c) el perdón y la cura del paralítico, d) el llamado de Leví.
Mientras Jesús esté con nosotros, no podemos refrenar la dicha, nuestro corazón y toda la espiritualidad de nuestra vida debe desbordar su alegría. Resulta casi inimaginable, impensable que vivamos sumidos en una religiosidad depresiva y que no trasparentemos la dicha de estar con el Señor. Nos inventamos rutinas “piadosas” para aparecer muy dolidos y rotundamente lánguidos; pero, eso sí, que no nos pidan que anunciemos el Evangelio, porque eso es tarea de “profesionales: sacerdotes, monjas y frailes”. Nosotros asumimos el rol de las plañideras en el velorio, y el Anuncio, lo relegamos porque estamos muy comprometidos con la parte contrita, con el rol lloroso, con el canto del réquiem y con la faz cariacontecida.
Según
este lineamiento, alcanzamos la aprobación de los fariseos recostándonos -por
ejemplo- en el ayuno; en cambio, los que trasparentan el gozo de Jesús en sus
vidas, a esos se les desautoriza, porque no están de luto y bañados en
lágrimas, quizás -inclusive- flagelándose.
Los
discípulos de Jesús siempre se visualizan como personas alegres, quizás en
algún momento especialmente difícil derramen alguna lágrima, pero su condición
normal es la de alguien que está en una “Boda” celebrando que Dios se ha casado
con su pueblo y que el pueblo de Dios somos nosotros.
La
contradicción de estar con cara de luto en un matrimonio se decodifica con una
parábola doble: la del remiendo con tela nueva en un manto raído y con la del
uso de odres viejos para curar vino nuevo. En ambos casos se debe dar una adecuación,
no son compatibles ni los remiendos de tela nueva, ni los odres viejos, porque
la tela vieja y el vino nuevo no son acordes; lo cual está directamente
relacionado con la necesidad de cambio que examinábamos ayer: Hoy el cambio
consiste en fijarse bien y ponerle un remiendo de tela vieja a un manto viejo y
empacar el vino nuevo en odres nuevos, para que todo marche bien.
Si
se descuidan estos factores no se podrá construir comunidad y la obra eclesial
se irá a pique. El paso de las rutinas tradicionales a una nueva ruta siempre
implica un margen de riesgos, hay que jugársela con las variables imprevisibles
y por eso el paso no se da, se la dan largas y se evade porque el riesgo
conlleva unos márgenes de impredecibilidad.
El
cálculo de riesgo nos conduce a plantear una matriz:
Viejo Nuevo
Ausencia Presencia
Ayunar/orar Comer/beber
La
primera columna está directamente relacionada con una tendencia que se injertó
y que aparecía como alterna a la línea cristiana, y era una tendencia farisaica.
Estas comunidades que captaron la propuesta de Jesús, no eran monolíticas,
tenían a su interior otras influencias que las matizaban, y aún más. Los que
vienen aquí a cuestionar la línea de Jesús, que son descritos como “los mismos
fariseos y escribas”, recogieron la influencia farisaica, para cuestionar y
tenderle emboscadas a Jesús.
Por su parte, Jesús les plantea su momento como una urgencia de superación y -a la vez- un momento de apuntar al cambio; como exigencia de contextualización: «La libertad cristiana está en la docilidad a la Palabra de Dios. Debemos estar siempre preparados a acoger la “novedad” del Evangelio y las “sorpresas de Dios” … Discernir siempre qué hace el Espíritu en mi corazón, qué quiere el Espíritu en mi corazón, dónde me lleva el Espíritu en mi corazón. Y obedecer. Discernir y obedecer. Pidamos hoy la gracia de la docilidad a la Palabra de Dios, a esta Palabra de Dios, y esta Palabra que es viva y eficaz, que discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón». (Papa Francisco).



















