martes, 27 de octubre de 2026

SIMÓN Y JUDAS TADEO, APÓSTOLES


Ef 2, 19-22

Hay un proyecto, con planos, y todo tipo de análisis y detalles para iniciar una construcción. No faltará quienes contraten las camionadas de piedra, y pidan a las volquetas que descarguen las rocas y -tengan en mente- dejarlas como caigan. Pueden esperar que este reguero de piedras y materiales de construcción, configuren una edificación. Nosotros como pueblo de Dios, respondemos a una construcción que tiene en su basamento a los profetas y los apóstoles, y, la Piedra Angular, es Cristo Jesús.

 

La perícopa de hoy tiene por objeto llamarnos la atención sobre esta disposición, no es un desorden espontaneo, ni un reguero de piedras abandonadas a “puntos suspensivos” a ver si el viento, la lluvia o alguna otra fuerza llega a esculpir -de pura casualidad- una hermosa Catedral.

 

Los versos 19-22 sacan conclusiones:

      i.        Los paganos ya no son tenidos por extranjeros

     ii.        Comparten con el “pueblo santo” igualdad de derechos, se retoma el tema de la “ecualización”.

    iii.        Se ha formado un “edificio” fundamentado en los profetas y los apóstoles, que son encabezados por la ἀκρογωνιαίου [acrogoniaiou] “Piedra Angular”, la “piedra esquinera”, Jesucristo.

   iv.        El pueblo de Dios no es una obra hecha y finalizada de una vez por todas, sino un Proyecto siempre en avance, esto lo expresa Pablo diciendo que está αὔξει [auxei] “en crecimiento” hasta que llegue a ser un “Templo Santo en el Señor”.

 

Así, en este bloque de conclusiones, San Pablo consigna el planteamiento del Templo como un Templo Vivo, construido con Piedras Vivas, y que tiene por “arquitecto” al Espíritu Santo.

 

Al contrario, cada vez que, en algún lugar del mundo se eleva un Templo, podemos descubrir -en el trasfondo- el Proyecto de Dios, su Voluntad que nos armoniza, nos convoca, nos explica las Escritura y parte para nosotros el Pan. Cada predicación, cada Encíclica, cada documento de las Conferencias Episcopales, cada Padre Nuestro de todo fiel, todo tiene como aval, la Impronta del Espíritu Santo, que es el Arquitecto de la colosal obra mundial.

 

No es que la piedra -en bruto- se haga caber a la fuerza en los sitiales vacíos; hay una labor de paciente labrado y ajuste para que cada uno sea una agradable y conmovedora nota de la Sinfonía. En el capítulo 4 de esta misma Carta, nos hallamos ante una muestra de este Proyecto y de su articulación en el tiempo y en sus respectivas funciones:

 

«¿Dónde están sus dones? Unos son apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros. Así prepara a los suyos para las obras del ministerio en vista a la construcción del Cuerpo de Cristo; hasta que todos alcancemos la unidad en la fe y el conocimiento del Hijo de Dios y lleguemos a ser el Hombre perfecto, con esa madurez que no es menos que la plenitud de Cristo.

 

Entonces no seremos ya niños a los que mueve cualquier oleaje o viento de doctrina o cualquier invento de personas astutas, expertas en el arte de engañar. Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a Aquel que es la cabeza, Cristo. El hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor. (Ef 4, 11-16)


El lote donde se eleva esta Catedral maravillosa, es el amor; no en otra tierra sino en la tienda fecunda del amor Fraternal y la Sinodalidad, van trabajando los Apóstoles, para que se levanten las voces y anuncien la Salvación que nos trae el Señor.

 

Sal 19(18), 2-3. 4-5 

Este salmo tiene dos partes: Una primera parte -de donde tomamos los versos para la perícopa de hoy- se maravilla con la hermosura y la admirable naturaleza; la segunda parte, es mucho más reciente, y en ella, este segundo hagiógrafo, experimenta el mismo asombro ante la perfección de la legislación con la que dios instituye a su pueblo.

Este salmo es un himno. Hace mucho que el hombre empezó con la ideología anárquica, comenzó su sueño con la hipótesis que, quizás, una sociedad sin leyes fuera más llevadera y de ella brotara espontáneamente una armonía. Este espontaneísmo es uno de los caldos experimentales del Maligno, con que logra seducir con la teoría de que todo -no ha sido creado- sino que ha surgido por feliz coincidencia. Como poner un tarro en el patio y confiar que, -después de la lluvia-, quede en él, un sabroso ajiaco. ¡Todo por una afortunada coincidencia! Porque la tendencia cósmica natural tiende a producir ajiacos.

 

Entonces, es lícito esperar, por ahí en tres o cuatro años, que el ordenamiento concomitante conducirá a un afinamiento de las “leyes”, y estas se irán acomodando, hasta que todo concierte. ¡Sólo les rogamos una módica dosis de paciencia!

 

Eso sí, dicen ellos, cuentan con nuestro aporte para que, cada vez que surja una ley, nos manifestemos en contra, la desobedezcamos sistemáticamente y de ser posible la quememos, antes de que se dé a público conocimiento. (Todo parece indicar que la teoría de marras, no contiene la tendencia espontanea a la autodestrucción de las leyes. Por el contrario, parece que el cosmos se empecina en ir en contravía, y preservarlas).


Pensamos que, esa tendencia a despreciar y desprestigiar la ley dimana de dos fuerzas presentes en la pecaminosidad humana -esa cadena de pecados que viene sucediéndose, cual reacción en cadena, y ellos son: el orgullo y la arrogancia.

 

¿Cuál es la posición de nosotros los creyentes? Nosotros estamos por el reinado de Dios, no creemos y no podemos convenir con esos “azarosos gajes”, creemos que Una Inteligencia Superior rige el curso de esos eventos, y es Ella, quien los coordina. Somos los que descubrimos esa Voluntad canalizadora, que va modelando y trazando el glorioso Curso.

 

Tampoco las voces de los fieles que alaban es casual; la glorificación va avanzando por un derrotero que forma un retículo de voces -en un proceso no-lineal, sino con avances y retrocesos- pero, que va cobijando hasta cubrir todas las distancias, hasta abrigar todas las superficies, y así, toda la tierra.

 

Lc 6, 12-19

El primer paso, antes de tomar cualquier decisión: Consiste en presentarle todo el Padre y ponerlo todo en sus Preciosísimas Manos. Escuchar su Voluntad y recibir de Él las directrices.


La montaña tiene, en sí, un tinte Místico, parece hablarnos de Dios, sí, parece hablarnos de Dios, muestra en su naturaleza, un ambiente pleno y propicio a la oración. Uno podría hablar de un Altar natural. Jesús -con su divina Lógica- va a la Montaña a orar. No es una oración afanada, presurosa, por cumplir. Es una estadía prolongada, una charla que no la apresura nada, que no la interrumpe nada: Su propia duración habla de “agradable”, de “enamorada ternura”, de “remanso de amistad”. Son de esos diálogos filiales que uno querría prolongar indefinidamente, hasta la misma eternidad. A San Lucas le gusta mostrarnos esta circunstancia del “tiempo orante de Jesús”, sus rasgos son el referente para entender qué significa eternidad. Estar orando es un tiempo de Gracia, un kairós, es un paso a otra dimensión. Entendemos aquella propuesta de San Pedro que muchas veces nos suena disparatada: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» ¡Tal vez el Señor habría aceptado, de no estar la humanidad -abajo- esperando la Redención!

 

Esto es definitivo, iniciar una tradición que garantizara la continuidad de una obra, perdurable por todo el tiempo, cuanto fuese necesario. Una tarea a escala mundial, que no iba a requerir de un personal tan excesivamente entrenado y capacitado, porque su Solidez y Potencia no dimanan de sus miembros, sino de su Fundamento. Inclusive, se nos muestra que había entre ellos “levadura de la mala”, porque aquel organismo -ahora lo estamos empezando a entender, aun cuando el Señor ya nos había prevenido- no estaba pensado para integrarse con los sanos, sino para restañar a los más enfermos, a los más accidentados, a los más “defectuosos”. Era un organismo -no una organización- constituida por ex-esclavos y esclavos, para la liberación de todos, porque -a todos en algún momento los habían mordido los grilletes, o todavía los arrastraban- eso significaba la “levadura de Judas Iscariote* mezclada en la masa.

 

Esa proto-estructura- con todos sus peros- tenían a su cargo “ir”, “salir”, dar paso a esa dinámica que Papa Francisco nos pone de presente con ahínco: ¡Una Iglesia en salida! Por una necesidad en el proceso de su “construcción” se recalcó en la Iglesia su rasgo geográfico y arquitectónico, y fuimos diluyendo en nuestro ser eclesial el “Envío”.  Ahora reflexionemos, cuando pensamos en el Envió, pensamos en los plegables, las vistosas chaquetas distintivas, el camión publicitario, las “muestras gratis”, los stickers y el Jingle promocional.  ¡Por ahí no es! Tenemos que cambiarnos el “chip”. No es que no podemos valernos de estos recursos y otros, muchos, todos los posibles, los más llamativos, incluso de las tecnologías más nuevas, inclúyanse las novísimas. Pero esas son solamente mediaciones formales -que saludamos con optimismo- pero, cualquier publicista nos dirá que debe existir una coherencia interna entre la forma y el contenido de lo que se pretende llevar. ¡Aquí está el quid del asunto!


 

La solución más ramplona consiste en “seguir haciendo lo mismo”, porque esta es la solución que no requiere ningún esfuerzo, la que me permite no desacomodarme de mis propias tradiciones. Todo enviado, todo discípulo misionero, tiene que enfrentarse muy seriamente al reto: ¿Cómo lo vamos a hacer en este segundo cuarto del Tercer Milenio que ya llegó? ¿Vamos a seguir machaconamente repitiendo lo que se hizo en sus albores, que era lo mismo que se venía haciendo en el Segundo Milenio? (Lo decimos quitándonos el sombrero frente a tantos que se han desvelado y han procurado asumir la labor con aires de frescura y con renovada creatividad, pero a los que lamentablemente hemos hecho poco caso).

 

Notemos qué pasa en la perícopa: designó apóstoles y ¿se fue de retiro? ¡Nada de eso! Continua su obra, y así sigue hoy: Predicando, sanando, liberando de “espíritus inmundos”, acompañándonos, impulsándonos con su Sinodalidad que nos va enseñando todos los días el tesón para caminar juntos sin desmayar.

lunes, 26 de octubre de 2026

Martes de la Trigésima Semana del Tiempo Ordinario


Ef 5, 21-33

El error de Pablo fue haber aplicado sobre la relación de Cristo-Iglesia, las relaciones sociales de la gran familia de aquel tiempo.

José Bortolini

 

La segunda parte de la Carta a los Efesios nos brinda pautas para vivir a la manera cristiana -tomando como contexto- la realidad social del momento. Ahora -en la penúltima parte de la Carta, enfoca el tema de la familia cristiana (5,21-6,9). En primer término, va a tratar la relación de los esposos (5, 21-33).

 

Su eje es la ὑποτασσόμενοι [hipotasomenoi] “sumisión”, “sometido”, “sujeto a obediencia”, y como la propone San Pablo, ha de ser un someterse reciproco; y esto no es porque sí, o porque un cierto esquema lo proponga, sino porque Jesús los recubre con su Manto amoroso. La sumisión se da en este relacionarse tripartito, porque no se relacionan directamente, sino que su amor está pautado desde la perspectiva de Cristo, que es quien conduce su vínculo.

 

El primer molde que se les muestra es, cómo están dadas las relaciones entre Dios y la Comunidad eclesial, esta última le está sometida a Dios, porque Dios es el Esposo y, Él es la Cabeza de esa dupla. Jesús se ha puesto como Salvador y esa donación le ha valido ser erigido Cabeza de la pareja. Si la Iglesia le rinde sumisión a su Salvador-y-Redentor, así mismo la mujer ha de estarle sometida enteramente a su esposo, que ejerce una suerte de “capitanía”.

 

Como la mujer es verdaderamente “carne de la carne de su esposo”, los hombres deben amar tiernamente a sus esposas porque al amarlas, no están amando a algún otro, sino a sí mismos. Se han entregado como rescate para hacerlas perfectas, sin defecto ni mácula alguna, sino que con su amor las “santifican”.

 

Entonces San Pablo, toma la siguiente referencia comprobadora, amar a la esposa es amarse a sí mismo, porque nadie ha detestado a su propia carne. (Y ella es carne de nuestra carne). Por el contrario, toda persona se abriga a sí misma y se nutre, así mismo debemos proceder con nuestra pareja, cumpliendo la lógica del autocuidado.

 

La consecuencia lógica es que, al formar pareja, se abandona la familia de origen y se funda un nuevo hogar. Se deja tanto al padre como a la madre, y la pareja se vuelve “una sola carne” se funden y su individualismo se fusiona en una soldadura sacramental.

 

Esta reciproca donación no es de sencilla comprensión. La fuerza de su vínculo radica en ser imagen y reflejo de la realidad de Cristo y la Iglesia, -como dijimos, el molde y patrón referencial que fundamenta el lazo de la unión: El hombre ha de amar y la mujer debe φοβῆται [fobetai] “respetar”, “temer”, “tenerle miedo”; lo que define el carácter de este ligamen que es el vínculo de la conyugalidad.

 

«No obstante, hoy la Iglesia no desprecia nada de todo lo bueno que el Espíritu Santo nos regaló a lo largo de los siglos, sabiendo que siempre será posible reconocer un significado más claro y pleno a ciertos detalles de la devoción, o comprender y desplegar nuevos aspectos de la misma». (DILEXIT NOS, Papa Francisco #109)


En cualquier caso, la reciprocidad es la clave interpretativa de esta perícopa que no señala hacia una simetría dispar; sino hacia un devolver con equivalencia, los cuidados y cariños que circulan de aquí para allá y viceversa. 

 

Sal 128(127), 1bc-2. 3. 4-5

Cada comida tiene también su liturgia, y quiero ajustarme a sus rubricas por la reverencia que le debo a mi cuerpo, objeto directo de la Creación de Dios.

Carlos González Vallés s.j.

La mesa es símbolo de la fraternidad. Tanto si es con la familia, los hermanos, la mesa familiar, los compañeros, los amigos; sentarse a la mesa eleva las relaciones a otro plano. Con el simple hecho de comer juntos, ya las relaciones se han “sacralizado”. No nos debe extrañar que -intuitivamente- cuando hay algo qué celebrar, de inmediato nos viene a la mente que lo mejor para certificar la celebración es sentarnos a manteles.


El salmo señala que también la mesa es capaz de hacernos ver cómo se da el fruto de nuestro esfuerzo. Nuestros esfuerzos se materializan en los manjares que ponemos en la mesa. ¡Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien!

 

Ver a nuestros seres queridos en torno a la mesa es como mirar una hacienda o un sembradío, miramos a los amados y los vemos como frondosas plantas frutecidas, como higueras cargadas, como viñas jugosas: son renuevos de olivo, aceitunas tupidas.

 

El ser humano que es fiel al Señor recoge con abundancia la prodigalidad que caracteriza al Señor: Abba siempre se expresa en abundancia y exuberancia.

 

Haciendo consciencia de todo esto, le suplicamos al Cielo que se manifieste como prosperidad y que desde el Templo derrame la Luz de su Mirada sobre nosotros representada en abundante derroche.

 

Todo el salmo es una bienaventuranza: Bienaventurado quien se pone en Manos de Dios, porque Sus Benditas Manos son provisorias.

 

Sólo un paso más y la mesa será Mensa Domini, donde el Mismo Señor se ofrece en Sacrificio. Y Él será, entonces, el pan que nos dejará encumbrar la Escala de Jacob.

 

Lc 13, 18-21

La semilla es una fuerza vital invisible, pero irresistible, que germina según su naturaleza y al morir desarrolla precisamente toda su potencialidad de vida.

Silvano Fausti

Hemos aprendido a despreciar lo pequeño, lo sencillo, lo mínimo. En cambio, se nos ha adiestrado tesoneramente para que admiremos lo grande, lo estrepitoso, lo monumental, lo exagerado, la grandeza.


Hoy Jesús nos lleva a dos talleres muy prácticos: la minúscula pepita de mostaza y la medida de levadura.

 

Hemos vivido la experiencia de la enorme dificultad de los talleristas para asimilar que de una semillita de mostaza se puede llegar a tener un arbusto sólido y firme, donde hasta las aves, si lo quieren, pueden tejer sus nidos. También hay un asombro pasmoso cuando a una masa se le pone o no levadura. El contraste nos deja atónitos. La levadura es “eficaz”. El Reino seguirá siendo utópico hasta que Dios decida poner la levadura indispensable… ¡quizás ya está leudando!

 

Una vez se han vivido este par de talleres, nos queda claro que el Señor puede sembrar su Reinado de Misericordia con personas frágiles, endebles, sencillas, pecadoras. Y, para mayor asombro, tenemos que decir que, en esta labor de edificación del Reino, los poderosos fallan: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja” (Cfr. Mt 19, 23)

 

Los “pequeños” tienen los ojos privilegiados para ver las cosas más rasas, las más humildes (son especialistas en nanotecnologías).

 

De aquí hay que sacar una poderosa lección: poderosa e inolvidable. Porque esperamos que el proyecto de Dios lo implemente un titán, un robot gigante y complejo, un ejército multitudinario o una maquinaria babélica. ¡Aténganse y no corran!

 

Vamos a dar un ejemplo de quienes podrán llegar a tomar a responsabilidad de tan hermoso Proyecto, como se trata de la Edificación del Reino, encarguémosela a un grupito de bebés de una guardería.

 

Es sólo un ejemplo, no sabemos a quién tendrá a bien el Señor encomendarle la tarea. Pero podemos hacernos a una idea, en vez de estar esperando un gigante robótico cinematográfico.


En medio de la semilla de mostaza y la manotada de levadura que se mezcla con la masa, está el grano de trigo, que es la tercera parábola a tener en cuenta cuando buscamos hacia dónde mirar y buscar a los artesanos del Reino: “Les aseguro que, si un grano de trigo no cae en tierra y muere, queda sólo. Pero si muere, producirá mucho fruto”. (Jn 12, 24)

domingo, 25 de octubre de 2026

Lunes de la Trigésima Semana del Tiempo Ordinario


Ef 4,32 -5,8

Una vez más aparece una lista de características del “hombre viejo”, ahora presentado como “tinieblas”. Lo opuesto a las tinieblas es la luz. La sociedad injusta es tiniebla y produce tinieblas … Los cristianos dejaron las tinieblas y son luz, produciendo luz.

José Bortolini

El bloque Ef 4,25 – 5,5 se intitulará: Algunas aplicaciones concretas: Implementar la unidad -muy a pesar de la diversidad- es poner el reflector precisamente dónde es más urgente. No se trata de hablar sobre virtudes abstractas y, creer que ellas, prodigiosamente se impondrán por sí solas, porque nos parecen convenientes y muy deseables, no por eso se van a cumplir, van a desenvolverse y a lograr automáticamente fortalecer la comunidad.

 

La perícopa que proclamamos hoy tiene un preámbulo trascendental que nos prepara para reconocer de qué se está hablando hoy. Dice así: “Alejen de ustedes la amargura, la ira, los enojos, los gritos, toda clase de maledicencia y toda malicia” (Ef 4, 31)

 

Es poderosamente interesante el realismo de San Pablo, que, se da cuenta que, para hacer prosperar la unidad hay unos valores condicionantes, sine quo non se gestará unidad alguna.

 

Hay tres que son el basamento triple de este edificio, vamos a dar el significado según los diccionarios tradicionales, y a continuación, la traducción que las investigaciones más recientes nos aportan:

1)    Χρηστοί [chrestoi] “Bondad”; “servicialidad”, “benevolente”

2)    εὔσπλαγχνοι [eusplagchnoi] “comprensivo; compasivo”, “empático”

3)    χαριζόμενοι [charizomenoi] Indulgente; “que rescata”, “que paga lo que otro debe”. Así como Jesús nos rescató y puso su propia sangre como “prenda de expiación”.

 

Jesús se ofreció en el Altar del Calvario como oblación de agradable olor a Dios. Esto es lo que Dios espera de nosotros como rasgos distintivos.

 

Pasa luego a la enumeración de lo que no complace a Dios:

§  No mencionen ninguna especie de inmoralidad sexual ni lleven a sus labios temas de impureza.

§  No se corrompan permitiendo la entrada en ustedes de la avaricia, que es una forma de la idolatría.

§  No digan indecencias, ni tonterías, mucho menos vulgaridades.

Que quien comete esto, no tendrá cabida en el Reino -que es de Cristo y del Padre.

 

Ahora, por el contrario, San Pablo cita las cosas que nos impedirán entrar al Reino:

1)    La fornicación

2)    La impureza

3)    El afán de dinero, que como se dijo, es pura idolatría.

 

Lo que pasa es que muchos se dejan convencer con argumentos alambicados, que, en su complicación, parecen demostrar que en eso “no hay nada de malo”. Pero esas, precisamente, son las cosas que nos señalan en la frente que somos sencillamente “rebeldes”.

 

Los rebeldes son los que siguen viviendo y perteneciéndoles a las tinieblas. Con la venida de Jesucristo y su anuncio evangelizador ha iniciado una nueva era. Ahora pertenecemos a la Luz. Los estudiosos gustan de remitir esta imagen al lenguaje del profeta Isaías, con cuyos materiales se habría construido este himno litúrgico.

 

En estos señalamientos ya se anida la idea del fiel que se sabe Templo del Espíritu de Jesucristo levantado (Resucitado).

 

Nosotros no podemos hacernos partícipes de estos actos que son propios de la vida pecaminosa de los incrédulos, los hechos de cuando éramos de la “oscuridad”. Situación superada por el bautismo, lo que nos hace hijos de la Luz.

 

Solemos imaginar la vida de la fe en las comunidades de los primeros tiempos como comunidades perfectas, lo que solo resulta de una imagen idealizada cuando en realidad las comunidades de los primeros creyentes se vieron permeadas por la inmoralidad que los rodeaba.

 

Esto no está aquí simplemente por llenar espacio, sino que debemos mirarnos a fondo y descubrir cómo nuestra moral apunta hacia un testimonio coherente o si vivimos bajo pautas que para nada elevan nuestro estándar moral: Nuestra forma de actuar ¿nos está acercando a Dios o alejándonos de Él?


«Las relaciones sociales serían mejores si todos nos dejáramos guiar por esa sabiduría que produce la luz para nosotros mismos y también para los demás». (José Bortolini)

 

Sal 1, 1-2.3.4 y 6

La aventura humana no pasa de una experiencia a otra: es una aventura que va de una decisión a otra, y toda decisión compromete el futuro del hombre.

Carlo M. Martini

Viene expresada aquí la urgencia del discernimiento. Para llevar adelante una amistad, para sostener una relación, es necesarios que las partes implicadas hagan conciencia de ese propósito. El amor de pareja puede señalarse como “tipo” de esa relación que no implica solamente a los provisional, sino que se proyecta hacia el futuro.

 

Cuando Papa Francisco entra a explicar el concepto de “primerear”, denota que esta relación interpersonal -véase el numeral 24 de la Evangelii Gaudium- tiene como mínimo cuatro pautas:

      i.        Se involucran, se involucra e involucra a los suyos.

     ii.        Acompañan

    iii.        Fructifican

   iv.        Festejan

Y luego precisa: “Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva”. Esto es lo que está en la raíz de la Alianza.

 

Antes de continuar, quisiéramos señalar que este salmo se clasifica como un Salmo de la Alianza, que se puede entender como un compromiso mutuo de ayudarse, sellado entre Dios y el hombre.


Esta idea de Alianza es crucial y capital en la edificación de una concepción antropológica que fundamente la existencia. El hombre es, y existe porque es capaz de aliarse, y no solamente con sus congéneres, sino que es capaz de Alianza con el Otro, con el que le ha dado su dimensión creatural.

 

Cuando Dios se “involucra” con nosotros, inmediatamente pasa a recomendarnos: “seréis felices si hacéis esto” (Jn 13, 17)

 

Precisamente este salmo comienza con esta misma idea, el salmo en sí, es una bienaventuranza: Su primera palabra es אַ֥שְֽׁרֵי־ [asre] que es el sustantivo אַשְׁרֵי [esher] “dichoso”. El inicio del salmo puede ponerse entre signos de exclamación ¡Cuán dichosos seréis!

 

Y es cierto, cuán dichosos si no nos coligamos -porque hay que tener cuidado con quien nos aliamos- y, lógicamente, nuestra alianza no ha de ser con רְשָׁ֫עִ֥ים “impíos”. ¿Qué es un impío? ¿Simplemente un “malo”? No, no tan solamente “malo”, sino un “pecador”, “un condenado”, “uno que desprecia lo Sagrado”, “alguien que carece de devoción religiosa”. La palabra hebrea da campo para más, porque le acomoda al dedo para alguien con una moral torcida o acomodadiza.

 

Más adelante encontramos la palabra לֵ֝צִ֗ים [luts] que se ha traducida por “cínico”, la palabra hebrea remite a quien “se burla remedando”, “al que ataca con muecas y gestos”, “el que se mofa para humillar, ultrajar, ofender”.

 

El camino de Dios está marcado con dos parámetros:

      i.        Medita la Palabra de Dios día y noche.

     ii.        La ley de Dios es su tibio nicho.

 

Se nos da una parábola para definir a un hombre pio:

      i.        Se le compara con un árbol sembrado en la rivera de un cauce, que como goza de agua continua, siempre estará vestido frondosamente

     ii.        Y se añade, que dará frutos abundantes.

 

Decía Carlo M. Martini: “… sabemos que en Palestina son escasas las corrientes de agua, y un árbol plantado cerca del agua es un lujo, es algo más bien raro, y por tanto es una situación excepcionalmente favorable.

 

Con otra parábola -de signo contrario- se define al impío. Al asimilarlo con

      i.        La paja que desgarra el viento

     ii.        Se agrega que Dios hará que todo le salga mal.

 

«Este salmo está lleno de un sentido dramático de la existencia humana, que es una elección. Una elección que puede ser equivocada, y equivocada definitivamente; una elección en la que el hombre se pone en juego a sí mismo, su porvenir, su mismo ser como hombre. El hombre se hace o se destruye en sus decisiones; se encuentra ante decisiones constructivas o destructivas respecto de él o de los demás; nadie escapa de esta realidad dramática». (Carlo M. Martini)

 

El verso responsorial está tejido con los mismos hilos que aquella frase Paulina que reza “tengan los mismos sentimientos de Cristo” (Flp 2, 5). Nos llama a procurar pensar, reaccionar y actuar con la misma actitud de amor, humildad y entrega que tuvo Jesús de Nazaret. Y a superar el egoísmo obcecado, preocupándose no solo por los intereses propios, sino también por el bienestar, las necesidades y el dolor de los demás.

 

Lc 13, 10-17

Aquella mujer ni siquiera pide ayuda a Jesús como han hecho otros. Es Jesús el que se compadece de ella y la cura. También podemos imaginar a Jesús inclinándose para mirarla a los ojos y volverla a poner de pie. Quienes no saben apiadarse no logran comprender tampoco este milagro y acusan.

Vincenzo Paglia

Estar encorvado es estar apabullado, es una afectación a nuestra dignidad, el hombre -el ser humano- que en la plenitud de su dignidad va derecho, erguido, y no torcido y giboso. Pensando en una persona torcida, agobiada, viene a nuestra mente Jesús, cargando la cruz, rumbo al Calvario. ¿Qué lleva Jesús a cuestas? El pesado yugo del oprobio humano. Él les impone las manos a estas cargas y las alza, las recoge, las hace suyas. Él carga el patíbulo.


Estas cargas descomunales nos agobian. Uno lo ve día tras día: Mucha gente que apachurrada por los pesos brutales que les imponen, quedan doblados, se les deforma la columna, pierden sus extremidades -bien en accidentes laborales, bien en el combate de sus guerras- son personas que ya no se pueden enderezar, que han sido deformadas en su integridad humana, algunos de ellos, amputados.

 

Qué dice el Jefe de la sinagoga: ¿Por qué no siguen así tranquilos un día más?, ¿Cuál es el afán de sacudirse de las cargas?, Si tantos años las han soportado, sopórtenlas otro poco. Ante todo, presten atención a las sacratísimas leyes que decretan la legalidad y justicia de estos yugos. ¡El que quiera comer que cargue! ¡qué deforme su espalda! ¡No sois sino una recua de flojos! ¡Perezosos!

 

Continúa diciendo el Jefe de la sinagoga: Aprendan de esta mujer encorvada, lleva ya diez y ocho años así. ¿Qué prisa corre en cambiar las cosas?

 

Jesús no podía dilatar esta situación un minuto más. Piensa para sus adentros ni que ella fuera un buey o un burro. La tratan como a un animal de carga. Y así lo hace evidente: Cuando Jesús le impuso las manos y la mujer se pudo enderezar, él -el jefe de la sinagoga- y todo su corro de - ἀντίκειμαι [antikeimai], “opositores”- quedaron abochornados. Pero están otros, los que van con Jesús, los que lo admiran y lo reconocen, son los ὄχλος [ochlos] “multitud”, los que no se alegran de la injusticia y -que, por el contrario- se alegran de las maravillas que Jesús hacía por doquier, liberando, sanando, en este caso, en la mismísima sinagoga.

sábado, 24 de octubre de 2026

LLAMADOS A FLORECER EN EL AMOR

Ex  22, 20-26; Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47. 5lab; 1Tes, 5c-10; Mt 22, 34-40

 

¡El deseo de ser como Dios no se realiza en tenerlo todo en las propias manos, sino en ponerse en las manos del Padre y de los hermanos por amor!

Silvano Fausti

 


Aquel que es víctima es, a los oídos de Dios, la primera voz a escuchar, oráculo del Señor. Este texto viene del Éxodo. Dios crea la humanidad, y –en un clima de libertad- lo deja evolucionar, lo deja crecer, le brinda condiciones para que pueda madurar. Cuando, por fin, alcanza cierto desarrollo, le da un nuevo contexto histórico para que llegue a hacerse pueblo. No es un pueblo más; es ¡el pueblo que será su pueblo!

 

Testimoniamos, al leer la Sagrada Biblia, la Mano Poderosa de Dios que actúa, porque es un Dios providente, que cuida a su pueblo, que lo pastorea y lo conduce a pastos abundantes. No cesan allí sus cuidados paternales, lo libra del lobo, lo guarda de las fieras acechantes, lo lleva a Egipto, y allí le muestra que sus cuidados no se han interrumpido. Que no lo descuida, que está muy al tanto de sus penurias, que está enterado de sus carencias.


Tierna y dulce es –por ejemplo- la historia de José vendido como esclavo para llegar a convertirse en Mayordomo de los tesoros de Faraón, y cómo –previsivo, inspirado por Dios mismo, atesora el grano para las épocas de las vacas flacas, siendo así como este trigo, terminará nutriendo –no tan sólo a los egipcios, sino también a los hambrientos del pueblo de Dios. Dios provee –por mano de José- a su pueblo para que sobreviva la hambruna.

 

Cuando al final del Padre Nuestro, rogamos a Dios para que prolongue sus cuidados y extienda sus desvelos por nosotros, proveyéndonos “el Pan Nuestro de cada día” hasta el final de los tiempos, le pedimos que nos “libre de todo mal”, porque Él es un Dios Libertador. Así lo proclama el Salmo de la Liturgia de este Domingo Trigésimo Ordinario del ciclo A -que es por antonomasia el repaso de tantos y tantos prodigios que Dios ha obrado en nuestro favor-: “Tú eres mi fortaleza; Señor, mi Roca, mi Alcázar, mi Libertador”. En el siguiente verso dice “Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.” Este salmo, todo él, insiste en mostrar a Dios como el Dios que “me libró”.

 

Cuando nos libra, nos liberta; y nos liberta para hacernos libres y nos dignifica haciendo, de nosotros, un pueblo suyo: un pueblo libre. Como dice San Pablo, no nos creó con un espíritu de esclavos: “No hemos recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que hemos recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”.(Ro 8, 15), quiere decir que nos llamó a la libertad para que las bocas que lo declaran Padre, no sean boca de esclavos, sino labios de libertos. «La mayor dificultad del oprimido radica precisamente en iniciar su vida en libertad,… La esclavitud resulta cómoda, puesto que no implica peligros y riesgos, a condición de que se obedezca. La libertad, por el contrario, acarrea desacomodación, responsabilidad y riesgos. El mayor peligro consiste precisamente en que el pueblo no asuma responsabilidades y riesgos. El mayor peligro consiste precisamente en que el pueblo no asuma las responsabilidades que provienen de su propia liberación.»[1]

No con esclavos, ¡no! sino que, con personas libres se ha dado, a Sí mismo, un pueblo que pueda decirle tiernamente, como dulces bebés: ¡Papito! Que es la traducción de la expresión Abbá.

 

Luego de tener hijos por medio del Acto Creador, y dejarlos crecer y educarlos en la libertad, los llamó a hacer con Él Alianza. Este vocablo –por su etimología- es portador de una doble connotación: De un lado está el hecho de significar unión; por otro, el de quedar atados, ligados, amarrados. Su más antigua raigambre está en la voz indoeuropea para atar. Dos cosas (o más) que están atadas, pasan a ser una sola. A su vez, ¿Cómo puede la humanidad hacerse una sola cosa con Dios, siendo por su naturaleza tan disimiles? ¡No exageremos la dis-similitud! Bástenos recordar que nos hizo a su “imagen y semejanza”, un poquitín menos que los ángeles, coronados de gloria y majestad (cfr. Sal 8, 5). No se vaya a implicar que al atarlos se hagan iguales, no se trata de eso; se podría atar una rama de eucalipto y una de manzanilla, y no por eso alguna se convertiría en la otra planta. Pero, si podría llegar a suceder que una ganara el aroma de la otra, que la rama de humanidad se divinizará; y, como lo hemos mencionado tantas veces, Dios en su Misericordia ilimitada se “abajó”, se humanó, para brindarnos ocasión de ganar su aroma, de ser portadores de su perfume, de Cristificarnos.

 

Pero, nos hemos adelantado muchísimo y nos saltamos etapas muy importantes de esta historia salvífica; tendremos que hacer un fly back a los tiempos de “la educación para vivir en libertad”. Dios nos enseñó su Ley, nos la dio tabulada en piedra. «Las normas básicas, que darán el cimiento para ese nuevo pueblo, están contenidas en el Decálogo, que se convirtió en una verdadera Constitución para el pueblo de Dios (cf. Ex 20, 1-17; Dt 5, 1-22). Centrada en el respeto a la vida (No matar), esa Constitución se abre como un abanico para todas las relaciones sociales, dando los fundamentos básicos y provocadores de vida para el pueblo. En el transcurrir del tiempo, se necesitó elaborar normas básicas en situaciones diferentes.»[2]. Nosotros, pueblo de dura cerviz, tardamos lo que un merengue en la puerta de un colegio, para infringirla. Esta necedad humana, tan propia de nuestra rebeldía in-causada, ya se dibujó en la conducta de Adán y Eva y la anécdota del “fruto prohibido”; y se repite –en el Éxodo- en la página del “becerro de oro”, que es la página de la idolatría. Y luego, con terquedad inusitada, cientos de veces, abusando del amor inquebrantable del Padre.


La Primera Lectura está tomada del Libro del Éxodo, precisamente de la sección donde se nos ofrece el –así llamado- Código de la Alianza: «Los investigadores modernos han reconocido que una buena parte del amplio cuerpo legal de Israel… tuvo su origen y se trasmitió como ley popular. Los ancianos reunidos a las puertas de los pueblos eran los portadores de la tradición. Allí oían las disputas que surgían en el pueblo y, sobre la base de la ley de YHWH que habían recibido de sus padres, emitían fallos (Rt 4, 1-8; Am. 5, 10.12)…En el proceso de recopilación de estas leyes se formaron tres grandes códigos legales, que hoy se encuentran en el Pentateuco. Son el Código de la Alianza (Ex. 20, 22-23, 29) el Código Deuterocanónico (Deut. 12-26) y el código de Santidad (Lev. 17-26), que se recopilaron en este orden cronológico.»[3]

 

«El código de la Alianza proporciona varios ejemplos de la preocupación de Israel por los pobres: el trato al extranjero (Ex 22, 21-23) y al miserable (Ex 22, 24). El sujeto que habla en estas leyes es YHWH, el Dios del éxodo y el destinatario es el israelita que ha sido liberado de Egipto. Tanto la ley que exige restituir lo robado (Ex. 21, 37) como la prohibición de usura vista antes (Ex. 22, 24) indican cómo la ley privilegiaba la vida sobre la propiedad.»[4]

 

Y, sin embargo, la Ley de Dios no es el cauce mismo para enfocar nuestra libertad, sino tan sólo un campo de entrenamiento. El Amor, por ejemplo, no puede hacerse Mandamiento, el amor debe brotar espontaneo, autónomo, silvestre. La ruta del amor no se puede hacer recorrer a la fuerza. Por eso precisamente es que los que entran al reino son los que se hacen como niños, porque son ellos los que aman así, sin esperar nada a cambio, saltan a tu cuello y te enredan en sus abrazos y en sus ternuras; sucede inclusive, que –un momento después de haber sido reprendidos, abandonando cualquier clase de rencor, vuelven a florecer con sus dulces expresiones de afecto. Ellos, nos complacemos en constatarlo, cinco segundos después de haberse disgustado con su amiguito por cualquier causa, retoman su amistad, sanando las heridas, perdonando la ofensa, en fin, superando lo que separa y restañando la unión. Recordémoslo siempre: ¡Si no nos hacemos como niños….!

Retomemos la idea: La ley es un campo de entrenamiento, pero lo que nos Diviniza, no es la ley sino el Amor. ¡También con la Ley se corre el riesgo de fabricarse un fetiche! El pueblo judío, llegó a “fabricarse” 613 leyes que se podían descomponer en 365 prohibitivas y 248 incitativas. Y, en general, abusando de la multiplicación de los entes, vamos multiplicando ademanes que parecen –so capa de engaño- acercarnos a Dios: …la oración A y la jaculatoria B y así sucesivamente, sin trascender el plano ritual. ¡Hemos visto -lado a lado-, los fieles que se retan a enhebrar la más prolongada serie de jaculatorias! Ay, con cada uno de estos gestos, ¡qué pobreza! si lo comparamos con un sencillo acto de amor; pero realizado “con alma, vida y sombrero”. ¡Como niños!

 

Aun cuando parece desviarnos del propósito, cabe señalar que ni siquiera la frase “amor con amor se paga” es lícita; porque, el amor no se paga con nada, el amor no es una transacción de toma y daca. El verdadero amor no espera nada a cambio… Y, sin embargo, la dialéctica salvífica aguarda “una contraprestación” (la hemos llamado así, aun cuando tampoco es la palabra más afortunada, porque también conlleva un sentido de dar-por-un-esperado-recibir. ¡Y no es así! Dios nos ama, nos da, pero Él no necesita nada: Él lo tiene todo y es el Dueño de Todo; ni nuestras oraciones lo hacen más grande, ni nuestra ingratitud lo disminuye, en una palabra: “No necesita nada nuestro” pero le complacen nuestras ternezas, que Él, Dulce y Amoroso Padre, las descubre y las lee como Incienso agradable en su Presencia.


Entonces, la ley no conlleva un sinnúmero de arandelas; sino, como nos lo muestra Jesús en una maravillosa y apretada síntesis, (la Navaja de Ockham llevada al extremo de la simplificación): Dos cosas solamente: el Querer de Dios y las necesidades de nuestros hermanos que, como nos lo recordaba Helder Câmara, en nuestro blog del Domingo XXIX, “toda criatura humana es hermana nuestra, hija del mismo Padre”. «El mandato es doble, amar a Dios y al prójimo, porque nosotros, sólo amando al Padre y a los hermanos, llegamos a ser lo que somos: hijos. Así logramos nuestra identidad, sanando la ruptura originada con el Otro, con nosotros mismos y con los otros.»[5]

 

«De lo que más largamente habla el código de la Alianza es del derecho de los pobres (22,20 al 23,13). Manda de una manera insistente a que se les ayude. Prohíbe cobrar intereses en los préstamos a los necesitados. Enseña que el mínimo vital para poder vivir como Dios quiere está por encima de cualquier otro interés. En resumen, los creyentes en este Dios deben prestarse servicios los unos a los otros con sinceridad, integridad y justicia. Más tarde este espíritu de servicio mutuo se resumirá en aquella célebre frase de “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,34).»[6]

Este Amor-Ágape que Dios tiene por nosotros y nosotros por Él, da como fruto la Alianza que es un amor no pagado sino bien retribuido, a Dios que lo da, le damos con largura nuestra gratitud, nuestro amor. Él nos habló, nosotros le respondemos. Él nos ama, ¡Quién lo amara tanto que de Amor muriera!

 

Con el fiel, Tú eres Fiel,

con el integro, Tú eres Integro;

con el sincero, Tú eres Sincero;

con el astuto, Tú eres Sagaz.

Tú salvas al pueblo afligido

Y humillas los ojos soberbios. (Sal 17, 25-27)

 


«A través del amor, lo que está en el Cielo, sucede también sobre la tierra: el hombre entra en la misma vida de Dios, en la Trinidad.»[7]



[1] Balancin, Euclides Martins. Storniolo, Ivo. CÓMO LEER EL LIBRO DEL ÉXODO. UN CAMINO HACIA LA LIBERTAD Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1995. pp. 48-49

[2] Martins Balancin, Euclides. HISTORIA DEL PUEBLO DE DIOS. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2005. pp 33-34

[3] Napole, Gabriel. O.P. DIOS OPTA POR LOS POBRES. EL TESTIMONIO DE LA BIBLIA. Ed. San Pablo BB. AA.-Argentina 1994 p. 21.

[4] Ibid p. 22

[5] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia. 2011 2da reimpresión. P.498.

[6] Caravias, José Luis. s.j.  DE ABRAHÁN A JESÚS. LA EXPERIENCIA PROGRESIVA DE DIOS EN LOS PERSONAJES BÍBLICOS. Ed. Tierra Nueva y Centro Bíblico “Verbo divino” Quito-Ecuador 2011. p. 31

[7] Fausti, Silvano. Op. Cit. p. 501