martes, 12 de mayo de 2026

Miércoles de la Sexta Semana de Pascua

                    

Hch 17, 15.22-18,1

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΩ [Agnosto teo]

Dios desconocido

 

El discurso de Atenas … se presenta como un esfuerzo para expresar la fe en términos exclusivamente “paganos”, por así decirlo, sin hacer nunca referencia a las Escrituras, a las esperanzas, a la historia o a la experiencia de Israel.

Michel Gourgues

Cómo es y cómo funciona el politeísmo que tiene tantos y tantos dioses que llega a preocuparse que, de pronto, haya alguno o algunos por ahí que se les haya escapado, y de ser así, podría ofenderse y enviarles un castigo; pues, entonces, había que erigirle un altar y -preventivamente- saludar a ese “ignoto”, algo como echarle una porción de agua adicional a una sopa, por si acaso llegara un invitado extra.

 

Pero, lo interesante para nosotros es el esfuerzo que hace Pablo por partir de “su punto de vista”, él hace lo que puede para mirar desde su óptica, y, aprovecha este detalle para plantear un razonamiento y abrir la puerta a un entendimiento y dialogo con aquella cultura.  No es cualquier enunciado, es uno que busca como presentarles a Jesucristo, desde sus referentes, para hacerse entendible.

 

Así, pasa a mostrarlo como el Autor de toda la realidad, y mostrarles que Dios no es muchos, sino que es Uno, y apunta hacia su Unicidad.  De allí pasa a mostrar que Dios es como el medio natural en el que se desenvuelve nuestra existencia aun cuando lo pasemos desapercibido. Este referente continúa teniendo profunda validez, también hoy, -pasamos inconscientes- y miramos para todas partes, pero no somos capaces de ver su Presencia constante.

 

Continua con otro argumento, que también retoma de su visión del mundo; somos del linaje divino (este poeta citado aquí por San Pablo era Arato de Soli, de Cilicia, vivió en el siglo III antes de nuestra era) y, por tanto, no hemos de adorar cosas, fabricadas por mano humana, aun cuando estén hechas de “metales preciosos”, sino que la dirección a la que debe apuntar nuestra fe es la de la superación de los errores, a la que Pablo llama μετανοεῖν [metanoein] “conversión”, “cambio de mentalidad”.

 

Pasa a presentar la idea de “juicio” que Pablo señala como “juicio universal”, juicio que se caracterizará por su “Justicia”, y que Dios ha entregado para que sea conducido por Su Designado”, a Quien Él ha ἀναστήσας [anastesas] “resucitado”, “levantado” de entre los muertos. Al llegar a este punto, el auditorio encuentra punto de evasión y la asamblea se disuelve con un contra-argumento inane: “De esto te oiremos hablar en otra ocasión”, no hay argumento, en realidad, “sacan el cuerpo”, pues su apertura, no llega a más.

 

El fruto recogido de este esfuerzo fue de tan sólo algunas personas, de las cuales el hagiógrafo señala dos: Dionisio el Areopagita y Dámaris. Así termina el episodio de Pablo en Atenas.

 

Muchas veces la exegesis que se intenta habla de “fracaso”, San Pablo habría perdido su tiempo en aquel intento y San Lucas, también habría malbaratado su aplicación al contarnos esta anécdota. Hay, no obstante, otro enfoque del asunto: A medida que se ampliaba el circulo de influencia del cristianismo para ir cumpliendo el itinerario que se le había trazado (cfr. Lc 24, 47s), se planteaba la urgencia de mirar otras estrategias de evangelización. Porque no es lo mismo dirigirse a los judíos -el círculo originario, más reducido-; que pasar a tener como interlocutores a los samaritanos -segundo circulo con amplitud mayor; y, con toda seguridad, la exigencia y el nivel de dificultad iba a ser mayor cuando el espacio de dilatación los llevara “hasta los confines de la tierra”.

 

Ya una sugerencia muy aclaradora, es el hecho de encontrarnos en la presente obra lucana con tres Pentecostés diversos:

-En el primero, 2, 1-41 los interlocutores eran judíos, bien es cierto que llegados de los quince lugares que se mencionan para decir que eran judíos de todos los lugares donde los había llevado la diáspora: Partos, Medos, Elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, regiones de Libia -cerca de Cirene-, residentes de Roma, Cretenses, árabes.

-En el segundo Pentecostés, 8, 5-25, donde Felipe extiende el campo de acción al territorio Samaritano

-La apertura al círculo universal, se gatilla a partir del capítulo 10, y el Pentecostés a los paganos se nos presenta en la perícopa 10,1 – 11,18, el Espíritu Santo adviene en el verso 10, 44s.

 

Si en los otros círculos era posible partir de la Escritura y hacer pie en las sinagogas, ahora San Pablo tiene que referirse a coordenadas culturales de la literatura y de la filosofía griega. Lo que descubrimos es una adecuación del lenguaje y de la perspectiva para hacerse entendible, para tocar la comprensión de los que no conocían, ni siquiera, al Dios judío, sino que provenían del más variado politeísmo.


Miremos con atención el versículo 17,33s: “Entonces Pablo los dejó. Pero algunos lo siguieron y creyeron. Entre ellos estaba Dionisio -que era uno de los miembros del Areópago-, y también Dámaris, y otros más”. Como se citó arriba.

 

¡No fue un fracaso! Por alguna parte había que empezar y había que descubrir el “cómo”. Todavía hoy, encontramos estas pautas de inagotable riqueza para llevar el conocimiento de Jesucristo a todas las naciones.

 

Sal 148, 1bc – 2.11-12. 13. 14

La alabanza es el lenguaje del Cielo.

Aprendámoslo en la tierra para ir ensayando la eternidad.

La alabanza es la oración del momento presente.

Ni perdón del pasado ni preocupación del futuro.

Carlos G. Vallés s.j.

Este salmo es un himno. Toda la Creación llamada a bendecir al Señor. Todos, vivos e inertes, están convocados a alabar. Parece un tratamiento contra la pedigüeñería, aquí se alaba, se bendice, se gloría, se ensalza, todo el salmo es una plegaria de ADORACIÓN.

 

En le Primera Estrofa va por lo Alto, los convidados son los cuerpos celestes y los ángeles, todas las huestes Celestiales, convidadas a entonar la Alabanza.

 

En la Tercera Estrofa se invita a los gobernantes -ellos que acaudillan los pueblos, son los primeros en ser convidados, para que den el buen ejemplo, que agradezcan y bendigan; si ellos no lo hacen, todos sus subordinados pensaran que es por la inteligencia, la habilidad y la sagacidad de sus líderes que llegan los dones. Esa irreverencia tendrá su paga, más temprano que tarde. ¡No saben ustedes que la ingratitud cunde peor que una pandemia? Muy pronto todos los gobernados desplazaran la gratitud y la trasmutaran en egoísmo; la virtud de reconocer nuestra supeditación a la Generosidad y la Providencia Divinas, redundará en esterilidad y penuria por descuidar la Fuente de la Gracia. Aun cuando bien sabemos que Dios no es rencoroso ni castigador, pero esa actitud nos desconecta de la Fertilidad Real. Después de convocar a los Reyes, príncipes, jueces, y -se entiende, a toda autoridad, se invita a todas las edades, y a todas las categorías humanas a entrar en tónica de alabanza e incorporarse a los Coros Celestiales y Angélicos.


Finalmente, hace apelación al pueblo elegido, y subraya la idea que esbozamos arriba: El vigor (ha llenado nuestra cornucopia) del pueblo proviene -y no hay que buscarle otra fuente, Él es la Fuente.

 

Valga la invitación a leer el Salmo integro, mucho nos nutrirá el espíritu, daremos grandes pasos si profundizamos en él. En este himno encontramos una escuela de oración y una órtesis para ser mejores amigos del que nos brinda su Amistad. Triste y lúgubre un culto que hemos deformado, enseñando a solicitar milagros, pero incapaz de dar Adoración. No es el pueblo el que falla, hemos sido los “formadores” (no sé si la cuestión es tan grave que tenemos que llamarnos “deformadores”), los que hemos sesgado y mutilado este sentido esencial de la religión: Es tan difícil deshacer entuertos y, sin embargo, procurando educar en la gratitud y la alabanza, repetiré aquí con el Salmista: “Alaben el Nombre del Señor, el Único Nombre Sublime. Su Majestad sobre el Cielo y la tierra”.  

 

Jn 16, 12-15

Leer con la Luz de las Lenguas de Fuego, la Verdad del que Vendrá.

Él me dará Gloria,

porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.

Jn 16, 14

«La verdad es algo que se ha perseguido a lo largo de la historia de la humanidad. La filosofía, por ejemplo, desde tiempos antiguos, la ha perseguido y se ha ufanado de haberla encontrado. Pero la verdad plena es la que nos presenta el Evangelio, es Jesús mismo quien a su vez nos revela quien es el Padre y cuáles son sus designios salvíficos. Pero nuestra comprensión sobre esta verdad, sobre este misterio siempre será limitada». (Papa Francisco)


Siguiendo la Lectura de la Sagrada Escritura, nos vamos encontrando con un sentido de gradualidad. Dios, en su Misericordia Infinita, hacia su criatura, no nos descarga de golpe y porrazo la Revelación, sino que, nos la entrega con moderación y procesualidad, en un paso a paso, que va sólo un poco más allá de nuestra posibilidad, para expandir el área iluminada, día tras día, y en la misma medida que nos hacemos capaces de contenerla.

 

Si se hubiera mostrado intempestivamente, nos habría aniquilado. Su Grandeza nos habría fulminado. Por eso, había y hay un halo de Misterio en torno suyo, hasta que -con la llegada de Jesús entre nosotros- el velo del Templo se rasgó. Ahora, todo está allí, pero aún hay -como nos lo expresa hoy San Juan en el Evangelio-, cosas que ἀλλοὐ δύνασθε βαστάζειν ἄρτι· [all ou dynaste bastazein arti] “no pueden cargar con ellas, por ahora”. (La expresión encierra, en griego, un sentido de no tener aun la fuerza suficiente para poder mover el peso de esa carga. Como un bebé cuyas débiles fuerzas no le dan para levantar un objeto muy pesado).

 

Así, la zona de influencia del Malo, se reduce paulatinamente, y el Espíritu Santo va generando una campana de Luz cada vez más extensa. El Mentiroso va siendo desenmascarado, y nuestra inserción en la Verdad Total, va cristalizando: ¡La Verdad de Dios es una Verdad Dinámica! Siempre nos imaginamos en esto, la Ternura del Padre, que no pretende a los 10 meses, enseñar a su bebé a resolver una pesada ecuación de turbulencia en fluido, pero se complace en pasarle el balón y se enorgullece que sea capaz de detenerlo y re-enviarlo, a manos de su Progenitor.

 

Ahora bien, ¿vendrá el Espíritu Santo a darnos lo que Jesús no? El Evangelio nos declara que no será así. Todo viene de Jesús, a Quien el Padre instituyó y desde el Principio hizo todo pensando en Él. Pero -en cambio- si obra como una especie de Traductor, que pone en nuestro idioma, que ajusta a nuestras capacidades y nos da, y nos anuncia según nuestro nivel de asimilación se acrecienta, proceso al cual contribuye también el Santo Espíritu, que nos lleva, con su pedagogía, a ensanchar nuestras competencias espirituales.


“Todo lo que tiene el Padre es mío. El Hijo es uno con el Padre (10,30): tiene la misma vida y la misma gloria, el mismo amor y la misma voluntad de salvar el mundo. El Espíritu transmite todo esto a nosotros y nos introduce en el misterio de la Trinidad que es amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre todas las criaturas”. (Silvano Fausti)

lunes, 11 de mayo de 2026

Martes de la Sexta Semana de Pascua



Hch 16, 22-34

Nos habíamos quedado en Hch 16, 15; hoy damos un salto a Hch 16, 22, es decir, nos saltamos 6 versículos. Hoy se inicia la perícopa narrando como la gente se alborotó contra Pablo y Silas, y también cómo por órdenes de los magistrados los “molieron a palos”, y, acatando esas mismas ordenes, el carcelero los condujo a prisión y los sujetó con grilletes.

En el episodio, que no se narra, -los seis versículos que nos hemos saltado- se cuenta que había una chica con poderes de adivinación, que los identifica como enviados del Dios Altísimo y como enviados para traerles la Salvación; esto día tras día hasta que Pablo le puso el “quédate-quieto” al espíritu inmundo que le daba tales facultades, lo que fastidio enormemente a los dueños de la esclava, que ya no se podrían lucrar, en lo sucesivo, de ese “poder”; fue eso lo que detonó la revuelta de la plebe contra ellos.

 

Podemos traer a la imaginación este cuadro: Pablo y Silas, encadenados, en una mazmorra, y orando a media noche, y de repente, anunciando una Epifanía, un violento terremoto, las puertas se destraban, los cepos se caen... Un momento después, el carcelero se despierta, ve la situación y, en seguida, se figura lo que pasará cuando sus “patrones” se den cuenta que se le han fugado los presos, ¡así que resuelve suicidarse!

 

Pablo le grita que no, que ellos siguen allí, que no se han escapado. El carcelero clama, entonces por φῶτα [fota] “luz”; uno dice, pues claro, pide una linterna para ver si es cierto que no se han escapado; sin embargo, Pablo no necesitó linterna para ver que su carcelero pretendía hacerse mal. Esta petición de “luz”, es más una jaculatoria, se tendría que traducir “Ilumíname” y forma -por así decirlo- la primera parte de una plegaria elevada al Cielo y que el carcelero pronuncia a continuación: τί με δεῖ ποιεῖν ἵνα σωθῶ [ti me dei poiein ina sotho] ¿qué tengo que hacer para salvarme? Ilumínenme, Señores, y díganme, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la Salvación? Pensemos en esto: en el punto crítico, en el momento más álgido, cuando hay que dilucidar entre vida y muerte, este hombre formula la pregunta clave sobre la Salvación, es esa pregunta que en nuestro mundo se nos propone descartar, porque según se machaca día tras día, eso no se puede saber y no hay tal “salvación”, según el mundo: “el muerto al hoyo y el vivo al baile”.  ¡Qué peligroso que nosotros sucumbamos en esa ideología!


Les lava las heridas, lavándoles los pies, ¡ojo a lo que hace este carcelero! Una liturgia cristiana, un lavatorio de pies, ¿Qué significa esta liturgia? Me asocio a los que se hacen el bien los unos a los otros y paso a formar parte de los que son caritativos entre sí; los lleva a su casa, pide el bautismo y luego lo celebran con una Cena -un Agape-, es una fiesta familiar porque ¡Dios ha entrado de lleno en sus vidas!

 

Sal 138(137), 1bcd-2a. 2bc-3. 7c-8

אוֹדְךָ֥ “Alabaré”

 

Este salmo es un himno. Da un elenco de los motivos que tiene el Salmista para alabar el Señor.

 

En la primera estrofa (de la perícopa de hoy) se trasluce que el salmista es una persona de corazón agradecido. Reconoce que sus oraciones llegan a Dios, que Él las atiende; y, su manera de mostrar gratitud es acompañar su oración agradecida, con una posición muy reverencial y tocando su instrumento, en este caso, un instrumento de cuerdas.

 

En la segunda estrofa, insiste en dar gracias, y dice a Quien se las da, al Santo Nombre, reconoce que Él es un Dios Misericordioso, Leal, Cumplidor de sus Promesas, es mayor su Bondad que la Fama que Lo precede. Y ratifica que Dios lo Escuchó. Esa escucha y atención que Dios concede fortalece al orante, llenándole el alma de valentía, de Parresia, para proclamar su fe fundamentada. Se implica que su gratitud no se queda en actos intimistas de Dios-y-yo; sino que el salmista infiere que estos regalos de Bondad, reclaman acciones de gratitud que expresen y hagan tangible el agradecimiento: Irá el Templo, y confundiéndose entre los ángeles, el salmista ofrece “exhibir” delante de la gente, el actuar Misericordioso de Dios, postrándose en la dirección del Sancta Sanctorum (Santo de los santos)- valga decir, ofreciendo gracias al Dios cuya Shekina estaba allí, sobre el Kapporet, la Tapa del Arca.


Como muchas personas usan la derecha para hacer las cosas, manejar las herramientas, blandir la lanza o la espada, entonces la tercera estrofa usa este antropomorfismo para referirse a Dios, dice que Dios lo salvó usando su poder, obrando con su brazo poderoso, haciendo uso de su “Diestra”. Las obras de Dios, entiende el salmista, no quedan a medio camino, si el Señor obró favorablemente trayendo al suplicante hasta aquí, con total certeza puede decir, que Dios seguirá siendo su Protección de ahora en adelante, porque la חַסְדְּךָ֣ [jasdeka] -derivado de חָ֫סֶד [chessed] recordemos que este vocablo hebreo conlleva un sentido de “emanado de las entrañas”- “Misericordia de su Alianza”, durará por siempre.

 

(En un renglón anterior, que no se incluye en la perícopa, dice que también lo favoreció con la Izquierda: “Extiendes tu Izquierda contra la ira del enemigo”, con la Izquierda se manejaba el “escudo” mientras en el combate la derecha blandía la espada).

 

Jn 16, 5-11

Sucede que -con bastante frecuencia- cuando se mira hacia el “mañana” lo pintamos con tintes oscuros, como presagios de dolores y tristezas. Toda una mentalidad empeñada en mantenernos arrinconados en la inmovilidad del ahora: es una ideología de solo existe el minuto actual, todo lo demás no-es, son los filósofos desesperados del “ya mismo” y del “solo ahora”, la ideología del carpe diem que resulto pariente cercano del mindfulness -que enfocan la consciencia histórica comparándola con el acto rumiante de la digestión vacuna- Es muy cierto que no podemos contar con el trigo que se cosechará mañana, pero también es cierto que nuestra fe nos orienta con una visión capaz del “esjatón”. ¿Por qué ese afán de obligarnos a llevar anteojeras que solo ven el instante actual? Porque para ellos -la impotencia para modificar lo que fue y controlar lo que será- hace de todo lo demás pura ansiedad estéril.


No podemos construir toda una filosofía del inmediatismo, porque ese pensamiento es el que nos conduce a un desesperado hedonismo del “gocemos ahora, porque del mañana nada sabemos”. Es este pensamiento el que nos desalienta respecto al cumplimiento de los lineamientos que nos propone Dios. No podemos contar con los frutos del futuro -ni siquiera el más cercano-; pero si debemos saber que no somos de este “mundo” y que vamos a morir, pero no para el final-final, sino para hacernos del trigo venidero. El esjatón no es una tristeza oscura y final, un entierro, y para los que se quedan, el luto subsecuente. ¡No! Es la plenitud por la que vale la pena una coherencia de vida, similar a la conciencia del agricultor que no se limita al sudor de roturar la tierra, sino que ve, con los ojos de la “promesa”, los campos ubérrimos. ¿Creen ustedes que el agricultor, cuando siembra, no ve en su corazón, los campos ya exuberantes?

 

Muchos se creen felizmente profundos con su inmediatismo, y no alcanzan a darse cuenta que nosotros somos y habitamos la seguridad de la justicia, y no la ceguera de las anteojeras, que, al caballo le son muy útiles para no distraerse ni asustarse, pero que a nosotros no solo nos son inútiles sino además perjudiciales porque no nos dejan ver lo evitable y acariciar lo promisorio. Si de verdad crees que hay Cielo, tienes que contestarte ¿Adónde vas?

 

En la perícopa se suprime el prólogo que Jesús le da a estos enunciados de los que nos habla hoy, nos referimos al verso 16,4b: “No les dije esto desde el principio porque yo estaba con ustedes”. Pero, claro, ahora que se va a ir, es urgente que se los diga. Jesús nos guía. Mientras al carcelero que vio la Acción de Dios en el Temblor Fuerte de Tierra, la liberación de Pablo y Silas y los otros presos, pero, la no-escapatoria; a él, se le ocurrió de su propio espontaneo preguntar: “¿Qué tengo que hacer para salvarme?”. Pero a estos Discípulos, a los que Jesús anuncia su Ascensión, no se les ocurre preguntar, entendiendo que Él solamente va por delante para liderar y, por así decirlo, “abrirnos paso”. Evidentemente, la pregunta debería ser ¿para dónde te vas?, dínoslo y ¡hasta allí te seguiremos!

 

El salmista sabe que Dios no hace cosas a medias, que las hace perfectas, completas hasta su último detalle. Podríamos decir que después de la Ascensión, viene el tiempo de la Iglesia; pero, con toda seguridad, con la habilidad que tenemos para evadir el compromiso y las responsabilidades, nuestro “subconsciente” acomodaría la interpretación ¿quiénes serán esos a los que se refiere la palabra Iglesia? ¿serán los curas? ¿El Papa? ¿las monjitas? Bueno, pero ¡no, seguro que eso no es con nosotros!, ¡nosotros estamos muy ocupados, y, además, no entendemos nada de eso! eso le toca a la Iglesia, sean quienes sean “la Iglesia”. Algunos dirán, pero si les hemos dicho una y mil veces que la Iglesia somos todos los bautizados; ¡no vengan a decirnos que no saben que les está hablando a ustedes!

 

Sabemos que Jesús estaba completamente lleno del Espíritu del Padre, así que durante su “Vida terrena” gran parte de su Responsabilidad consistía en dar el impulso eclesial  y que ese ardor fuera vehemente: y ahí entramos nosotros; ahora que Él sube al Padre, se produce una trasferencia de “Poder”; por eso, Él tiene que irse para que el Consolador, en su Plenitud, venga a nosotros y nos de los tres grados del saber: en cuanto al “Juicio”, en cuanto al “pecado” y en lo que respecta a la “Justicia”.

 

No es que Jesús haya hecho la tarea incompleta, es que Él no nos arrebata nuestra libertad, queda la Ley escrita en nuestro corazón, ya no son Tablas en un Arca, ahora el Arca es nuestro propio Corazón. Nosotros entramos a ser el Cuerpo de esa Cabeza que es Jesucristo, y su Espíritu se expande a todos nosotros. Por eso ya no resuena afuera, como Shofar, ahora retumba en nuestro pecho, y lo sentimos como Fuego del Espíritu ardiéndonos por dentro. Esas lenguas que se posaron sobre nuestras cabezas ahora son poderosas calderas impulsoras que hacen bullir en nuestro corazón el dinamismo.


El Espíritu Santo viene en nuestro propio Pentecostés, y hay muchos que se dan a la tarea, en estos cincuenta días, de instalar unas estratégicas válvulas por donde se escape todo ese fervor. Y una vez la fuerza de ese ardor se haya disipado, nosotros nos regresamos a la confortable comodidad del "dulce no hacer nada".

domingo, 10 de mayo de 2026

Lunes de la Sexta Semana de Pascua


Hch 16, 11-15

Lo último que comentábamos era que, a raíz de una visión que tuvo Pablo, el Evangelio fue llevado a la región definitivamente europea. Pero ya hace tiempo que venimos diciendo que griego y griega, entonces a que nos referíamos, estábamos hablando de personas de habla griega, pero que residían en Asía menor, ha de entenderse que el griego se había convertido en la lingua franca, el idioma del imperio griego -especialmente para las relaciones comerciales, pero, que poco a poco se adueñó de todo el ámbito cultural- y que sólo paulatinamente se dio, especialmente en el imperio romano, su reemplazo por el latín. Esta prevalencia del idioma griego fue la que llevó a traducir la Biblia del Hebreo al griego, puesto que muchas personas, aunque convertidos al judaísmo, no entendían ni hablaban hebreo. El nombramiento de los 7 diáconos, todos del ala helenista, y el reclamo -de tener descuidadas a sus viudas- que fue el detonante que gatillo esta institución dentro de la Iglesia, tenía mucho que ver con este tema del idioma. También la repulsa que mostró el judaísmo para aceptar los textos bíblicos que no pertenecieran a su lengua. Hemos de resaltar aquí, que el Nuevo Testamento fue escrito en griego (no por griegos de cuna, sino por greco-parlantes).

 

Con una pincelada rauda, el hagiógrafo describe un itinerario: Se embarcan en Troade, encaminándose a Samotracia, al día siguiente, salen para Neápolis, y pasan -inmediatamente- a Filipos, colonia romana y perteneciente al distrito macedonio. El sábado, se fueron οὗ ἐνομίζομεν προσευχὴν εἶναι [ou enomizomen proseuchen einai] “donde creían que había un sitio de Oración”, o sea que no había -seguramente-una edificación que hiciera las veces de sinagoga, y, entonces se solían reunir allí; (nótese que todavía siguen el Sabbat, el cambio al Domingo vendría luego y sólo paulatinamente). Hay aquí otra suerte de ruptura -al estilo de Jesús cuando habló con la Samaritana- según los cánones del judaísmo, les estaba prohibido, a los hombres, dirigirle la palabra en público a una mujer, pero lo hacen, es decir salen, abren puertas, construyen vínculos, se acercan, rompen los exclusivismos: se trata de Lidia. Lidia, más que un nombre era un gentilicio, significaba, proveniente de la región de Lidia, de Tiatira, en el occidente del Asía Menor, península de Anatolia. No vacilan en romper “tradiciones”.

 

Por favor, no tomemos esto a la ligera como una consigna para desbaratar todo y no dejar títere con cabeza. Por el contrario, descubrimos -a todo lo largo de los Hechos- una fortísima tendencia a guardar todos los usos y costumbres, excepto, los que se había estatuido como “aduanas” para disminuir la dignidad de las personas; esas había que superarlas para llevarlos a retomar la dignidad de “hijos de Dios”. ¡Así vemos que hizo Jesús! Y ya en la Iglesia naciente, allí donde el Evangelio iba extendiéndose, los “Apóstoles” retomaban y conservaban todo lo que el judaísmo traía, pero sin dejar que eso malbaratara la conciencia de su filiación Divina, según Jesús les había mostrado.

 

Las mujeres no tenían que ser sometidas al yugo de la sumisión, como virtud femenina ideal. Lo que se narra aquí, supera con creces los límites de la mera anécdota:  Lidia era una comerciante importante porque negociaba con una tintura no tan abundante y que se obtenía de un molusco, la Stramonita haemastoma, se trata de la púrpura (azul violeta), muy cotizada, que enriqueció a los fenicios que se convirtieron en sus traficantes especializados -se han encontrado restos de vestidos Davídicos y Salomónicos teñidos de este color, por tanto, era una tintura textil muy cotizada y apreciada por la nobleza. Su importancia y peso se refleja en la aceptación de toda la familia al mensaje de Pablo. Y el hecho de haberlos invitado a alojarse en su casa -poniendo como prenda de su fidelidad a la fe anunciada, su aceptación del Señor, su bautismo- lo que le valió, todo así parece indicarlo, convertirse en la sede apostólica en Filipos, la ‘domus ecclesiae’; donde se reunían -como ya no en la sinagoga- entonces, en casas de familia, donde eran acogidos, en muchos casos clandestinamente, porque también allí, en aquella colonia de exmilitares, había persecución).

 

Lidia les ofrece su casa como prueba de su profunda pertenencia a la Iglesia y la ofreció esperando que, al acogerlos, ellos también le mostraran su aceptación al seno de la Comunidad: No sólo la brindó, sino que “los obligo” a dar ese paso que vino a ser tan trascendental y que por mucho tiempo fue lo normal. Sabemos que en muchos países donde la “misión” llega, se parte de instituir “comunidades eclesiales domesticas”, donde se va construyendo la fe y va echando raíces el Credo en Jesucristo, hasta llegar a poder edificar sitios de reunión de la “Asamblea Creyente”; por ser el lugar de convergencia de la Iglesia, hemos llegado a denominar el “edificio”, con el mismo nombre.


No obstante, no olvidemos nunca, que la Iglesia son las personas, halla o no, una edificación para reunirse, o así la comunidad tenga que darse como sitio para congregarse, la orilla de un rio como sucedía en esta perícopa-, o donde fuere, que lo que constituye la Comunidad es el hecho de estar reunidos en torno al Santísimo Nombre de Jesús.  

 

Sal 149, 1bc-2. 3-4. 5-6a y 9b

Este Salmo, el penúltimo del Salterio, es un himno. Un himno, es, un cantico de alabanza. No se ha podido establecer con seguridad si los salmos hímnicos corresponden a alguna fase litúrgica específica. Es un canto que enaltece con gratitud las deferencias de Dios con su pueblo y las victorias obtenidas con Su Auxilio. Hay una pedagogía contenida en este Salmo, pide ahuyentar lejos de nosotros todo espíritu, todo sentimiento retaliativo, inunde nuestro corazón, como sentimiento inspirado por Dios, sólo la compasión, como Dios manda: otros podrán anidar en su pecho sentimientos vengativos, Dios nos ha enseñado el valor amoroso del Perdón.

 

Vamos a tratar de mostrar la estructura de la perícopa, señalando como a cada exhortación corresponde una acción específica, a veces doble:

1ª estrofa

Canten →       un cántico nuevo

Resuene su alabanza →       en la בִּקְהַ֥ל חֲסִידִֽים [biq-hal Hasidim] “asamblea de los fieles”, “la congregación de sus Santos”;

Que se alegra Israel   →        por su Creador,

Que se alegran los hijos de Sion →             por su rey.


 

2ª estrofa

Alaben su Nombre →            con danzas

Alaben su Nombre →             con tambores y cítaras;

El Señor →     Ama a su pueblo

El Señor →     Adorna con la victoria a los humildes

 

3ª estrofa

Que los fieles (formados en filas) →             festejen su gloria

Que los fieles (formados en filas) →             canten jubilosos

Que los fieles (formados en filas) →             con vítores a Dios en la boca

Para todos sus fieles          es un honor.

 

Esta última estrofa, muestra al pueblo como un ejército en formación de batalla, y al Señor como el General (es una analogía militar) que los lidera.

 

Falta recordar que este Salmo es el penúltimo del Gran Hallel Se llaman así porque todos ellos comienzan con las palabras Hallelu Yah, "Alabad al Señor". El salmo nos deja percibir la certeza de Dios como Dueño y Señor de la Historia, que nos convoca a la responsabilidad de ser sus escogidos, sus “Santos”; Él es quien enfoca y conduce todos nuestros esfuerzos por un mañana mejor, para lo cual no tenemos que constituirnos en sociólogos, sino fiarnos de su Misericordiosa voluntad que conduce al desenlace triunfal. ¡Seguir sus órdenes de batalla es muestro honor!

 

Jn 15,26-16, 4a

Firmes más allá de nuestras fragilidades

En el salmo anterior hay un toque de responsabilidad y de darnos cuenta. En esta perícopa de San Juan, encontramos algo parecido. No se trata de aplaudir por aplaudir, No se trata de cantar por cantar. No se trata de orar por mecanización. La historia de la salvación no es una marcha de irresponsabilidad, que ve a Dios como el encargado de hacerlo todo, y a sus discípulos como borregos “atenidos”. Tenemos que llevar en la consciencia despierta y atenta, el resonar de las advertencias de Jesús en sus discursos de despedida. La Sagrada Escritura nos ha acostumbrado a estas despedidas, muy especialmente la de Moisés, nos convocan a continuar el derrotero trazado, a perseverar, a reconocer los abrojos inevitables del Camino. Estamos -esta semana- preparándonos para la Ascensión del Señor.


Importantísimo captar que Jesús, en su despedida nos ofrece un “Protector”, un “Abogado Defensor”, que nos va a levantar el ánimo, y que no es -nada más ni nada menos- que el Amor que hay entre el Hijo y el Padre. Imagínense ustedes esta transferencia, se derrama todo el Amor que hay entre Ellos, a favor nuestro. No veamos el Espíritu Santo como un “remedio tan mágico” que ni siquiera hay que untárselo (bastaría -desde esa óptica- tener la latica de pomada en el cajón-), bastaría con nombrarlo. Tampoco lo veamos como un “paraguas” que nos guarece de cualquier gota que nos quisiera mojar.

 

Si bien es cierto que nos podemos fiar de Su Amor, también es cierto que estamos llamados a superar la conciencia ingenua-mágica y dejar de invocarlo como quien recita un “hechizo” o un “mantra”. Miremos directo a la cara la historia de la Iglesia -nunca para quedarnos como masoquistas mirando las páginas del martirologio y procurando escurrir de ellas la sangre heroica que se ha derramado y ha fecundado la fe- sino para poder descifrar dos sentencias de Jesús que San Juan Evangelista nos comunica en esta perícopa, a saber: “Nos excomulgaran de las sinagogas” y “llegará incluso una hora cuando el que les dé muerte pensará que da culto a Dios”.


Entonces, si el Espíritu Paráclito no nos protegerá, ni será “paraguas” efectivo, ¿cuál es su sentido práctico?  Pregunta típica de nuestra sociedad publicitaría: ¡Compro todo cuanto me sea útil! ¡No desperdicio mis expensas en lo que no me ha de servir! Pues, aquí tenemos la respuesta muy exacta: “Él dará testimonio de mi” y si no fuera por Él, nosotros no seriamos capaces de “dar testimonio de Jesús”, porque nuestro testimonio depende de que el Espíritu Santo siembre en nosotros esa “convicción”.  Sólo la certeza que Él nos comunica nos preservará de “escandalizarnos”, porque a quien no ha recibido esta Gracia, todo esto lo escandaliza, le parece “terrible”, “ridículo”, “cursi”, “absurdo”. Esos son los que hacen y deshacen porque no han conocido el Padre ni al Hijo, y quien nos lo da a conocer, es precisamente el Espíritu Paráclito.

sábado, 9 de mayo de 2026

DIOS NOS HA PRECEDIDO EN EL AMOR

 

Hch 8:5-8, 14-17; Sal 66(65), 1-3a. 4-7a. 16. 20; 1 Pe 3:15-17; Jn 14:15-21

 

…que también nosotros podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.

DEUS CARITAS EST

Benedicto XVI

 

La Conferencia de Aparecida -V del Episcopado Latinoamericano y del Caribe- nos llamó a un tránsito de una Pastoral que miraba con orgullo el número de bautizados, a otro tipo de enfoque que hace su énfasis en la calidad de discípulos misioneros. Allí se planteaba ya, que un cambio de enfoque cuesta, pero que de no hacerse tendríamos profunda responsabilidad en la disminución, retroceso y debilitamiento de la fe, y del divorcio entre fe y vida. La liturgia de hoy nos hace voltear la mirada hacia este horizonte y, nos convoca a ponernos la mano en el corazón y recapitular si el Encuentro Personal al que convidamos a los “fieles” se está acompañando de una formación mistagógica coherente; o, seguimos estancados en el modelo doctrinal preterido. Bien es cierto que estas evaluaciones miran hacia el clero y la jerarquía, pero no es menos cierto que ellos no pueden quedarse solos en el afán y el empeño, sino que las comunidades vivas, serán las que promuevan y alienten el soplo del Espíritu, para que cooperemos de modo que, el velamen recoja todo el Viento -de ese Santo Espíritu- y su impulso.

Viene, muy a tono, reflexionar, sobre aquella sentencia del Padre Nuestro: “hágase Tu Voluntad” … Se nos llama -sin embargo- a reconocer que esto lo pronunciamos de muy buena gana, queriendo significar “hágase Señor Tu Voluntad, siempre y cuando coincida con mis gustos y anhelos”. Así, nuestra experiencia de vida, hoy por hoy, se contextualiza y nos desafía a descorrer la cortina para mirar, con mirada devota y ojos piadosísimos hacia la “Voluntad de Dios”, a la vez que hacia su Amor. Una manera de ser discípulos-misioneros es entender que el Amor de Dios está abierto a la correspondencia, es más, la espera y la supone.

 

Una y otra vez nos encontramos con el Amor, nuestra fe pivota sobre ese Eje, porque Dios es Amor, porque el amor es el corazón de nuestra fe, es Dios mismo que se nos propone como meta, como paradigma de humanidad, se nos ofrece, entonces, como una dinámica para vivir esa fe. No se trata simplemente de aceptarla y decir “creo”, se trata de vivir construyendo una Nueva Humanidad, cuyo corazón sea el Amor. El Papa Benedicto XVI inició su Deus Caritas Est citando la Primera Carta de San Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él» Y continuaba el Papa Benedicto diciendo, «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.»

El Evangelio de San Juan nos ha acompañado en estos Domingos de Pascua (con excepción del Tercer Domingo). En el Primer Domingo el foco estuvo puesto en la Resurrección; En el Segundo, El Domingo de la Misericordia, Jesús se les aparece, es el Resucitado que se les presenta, el co-protagonismo estuvo a cargo de Tomás el Incrédulo, (en el Tercer Domingo, fuimos al Evangelio según San Lucas, nos ocupamos de los dos que huían hacia Emaús), el Cuarto Domingo nos referimos a Jesús el Buen-Pastor, y estos dos Domingos –V y VI- nos remitimos a la gran perícopa –que va de Jn 13 a Jn 17, que encierra los discursos de Despedida de Jesús; discursos testamentarios que resumen su “Ultima Voluntad” antes de la Ascensión- sólo dos fragmentos: Jesús es el Camino y Jesús promete enviar su Espíritu Santo, que es el tema de este VI Domingo de Pascua. «Si ustedes leen a San Juan, ven que en todas sus páginas, a través de los pocos episodios que escoge de la vida de Jesús, de las palabras de Jesús que prefiere, se desarrolla un solo tema, siempre repetido, y es este: el Padre revela al Hijo porque ama al mundo. “Tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16).»[1]

 

Amar tiene su praxis en un estilo de vida que “guarda sus mandamientos”; pero ¿son ellos plurales? Porque -donde leemos en Juan su Mandamiento- se habla de uno sólo, el Mandamiento del Amor. Su pluralidad consiste en la diversidad de prácticas con las que se ejercita este amor. «Juan no habla ni de virtudes, ni de vicios, no hace problemas por la obediencia, ni por el perdón mutuo, ni por los deberes matrimoniales o de estado, ni por compromisos de justicia. Nada de esto se encuentra en el vocabulario de Juan: se trata de cosas importantes… Juan va a lo que constituye el sentido la culminación de todo, es decir, fe y caridad.»[2]


«… el diálogo sobre la partida y retorno de Cristo (13, 31 – 14, 31). “Voy” y “Vuelvo”, tienen el valor de fórmulas expresivas de la muerte y la resurrección de Cristo, su transitus su viaje al Padre a través de su muerte. Además, Cristo crucificado será el camino por el cual sus discípulos llegaran al mismo Padre. La unión con su Señor muerto, y sin embargo vivo, será el pasaporte para la vida eterna. Y el amor de unos hacia otros debe reproducir el amor de Dios por Cristo.»[3]

 

En el numeral 22 de la Deus Caritas est, Benedicto XVI nos actualizó al presente, la Presencia de Jesús, y nuestro compromiso con el Amor: «Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra.»[4]

«A partir del amor misericordioso con el que Jesús ha expresado el compromiso de Dios, también nosotros podemos y debemos corresponder a su amor con nuestro compromiso. Y esto sobre todo en las situaciones de mayor necesidad, donde hay más sed de esperanza. Pienso –por ejemplo– en nuestro compromiso con las personas abandonadas, con aquellos que cargan pesadas minusvalías, con los enfermos graves, con los moribundos, con los que no son capaces de manifestar reconocimiento…  En todas estas realidades nosotros llevamos la misericordia de Dios a través de un compromiso de vida, que es testimonio de nuestra fe en Cristo. Debemos siempre llevar aquella caricia de Dios –porque Dios nos ha acariciado con su misericordia– llevarla a los demás, a aquellos que tienen necesidad, a aquellos que tienen un sufrimiento en el corazón o están tristes: acercarnos con aquella caricia de Dios, que es la misma que Él nos ha dado a nosotros.»[5]

 

«No es casual que entre los símbolos cristianos de la esperanza existe uno que a mí me gusta tanto: es el ancla. Ella expresa que nuestra esperanza no es banal; no se debe confundir con el sentimiento mutable de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de manera utópica, haciendo, contando sólo en su propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en lo atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará jamás, si el inicio de toda vocación es un “Sígueme”, con el cual Él nos asegura de quedarse siempre delante de nosotros, entonces ¿Por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar donde sea… Volvamos al ancla: el ancla es aquello que los navegantes, ese instrumento, que lanzan al mar y luego se sujetan a la cuerda para acercar la barca, la barca a la orilla. Nuestra fe es el ancla del cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada al cielo. ¿Qué cosa debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre ahí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida es como un ancla que está en el cielo, en esa orilla a dónde llegaremos. Cierto, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, de que Dios nos ama tiernamente y a este mundo, entonces en seguida cambia la perspectiva. “Homo viator, spe erectus”, decían los antiguos. A lo largo del camino, la promesa de Jesús «Yo estoy con ustedes» nos hace estar de pie, erguidos, con esperanza, confiando que el Dios bueno está ya trabajando para realizar lo que humanamente parece imposible, porque el ancla está en la orilla del cielo.

El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie –“homo viator”–  y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y a donde quiera que va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no existe una parte en el mundo que escape a la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del Amor.»[6]



[1] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá. 1995 pp. 25-26

[2] Ibid.

[3] Fannon, Patrick. LOS CUATRO EVANGELIO. Ed. Herder. Barcelona 1970. p. 137

[4] BENEDICTO XVI. DEUS CARITAS EST. #22 Roma 25/12/2005

[5] Papa Francisco. Audiencia General Vat. 20 de febrero de 2016

[6] Papa Francisco. AUDIENCIA GENERAL Vat. 16 de abril de 2017