viernes, 20 de febrero de 2026

Sábado (Después de Ceniza)


Is 58, 9b-14

Ayer quedamos en el versículo 9a de este texto tomado del capítulo 58, es decir, del Tritoisaías, hoy continuamos -sin solución de continuidad- con el 9b.

 

Hay un cuándo para la acción de Dios; evidentemente Dios quiere actuar a favor nuestro, con todo Su Poder. Pero, nosotros tenemos que acoger esa Bondad-Misericordiosa, y darle a Él la “bienvenida”. Para darle la señal de “aprobación” y decirle que nos fiamos enteramente a Él, se presentan unos “requisitos”, y aquí Dios dice cuáles son, por medio del Trito-Isaías (“trito” significa “tercer”). El Señor nos está explicando qué es lo que realmente le complace, porque muchas veces queremos hacer cosas que le gusten a Dios y -por no prestar atención a sus Enseñanzas- erramos el camino y hacemos cosas que le desagradan, y, todavía más grave, muchas veces resultamos haciendo completamente lo contrario de lo que está en su Voluntad.

 

El Señor empieza a manifestarse a través del oráculo profético, llamandonos a evitar dos cosas en particular:

a)    ser un “opresor”

b)    acusar y calumniar. Seguir comprometidos en agarrones y querellas. Y lo más triste, muchas veces, engreídos por esas cosas.

 

En cambio, nos da dos cosas -en positivo-, dos misiones a cumplir, tareas para hacer:

c)    Ofrecerle al hambriento de lo que nosotros tenemos

d)    Y al afligido socorrerlo para que no pase necesidades.

 

Esto tendrá dos consecuencias poderosas a favor de quien lo cumpla:

1)    Nuestra Luz brillará en las tinieblas y se cambiará nuestra oscuridad en intensa claridad

2)    El Señor nos socorrerá con Abundancia y nos concederá salud.

Y, explicándonos como se realizarán estas dos consecuencias favorables hace dos comparaciones, dice que seremos como un “huerto fructífero”, y también, y como “una fuente que nunca se seca”.

 

Recuerden que es un oráculo en el contexto de la ruina que encontraron al volver del exilio de Babilonia, entonces les dice a los del pueblo elegido, a los que regresaron, que las edificaciones -desde sus propias bases- se reconstruirán, y a los habitantes los llamaran “reparadores de brechas” y “restauradores de senderos” porque con su trabajo y su esfuerzo por agradar al Señor harán de aquella tierra nuevamente un país acogedor, agradable para vivir en él.

 

Pasa a resaltar que una parte esencial de la Ley, el Sabbat, Día de oración y glorificación, no es día de negocios, ni de discutir otros asuntos. Guardar el Sabbat es un pilar de la fe judía; para nosotros ¡es el Domingo! -Día de Gratitud y Glorificación al Señor, Día de Oración y Lectura de la Palabra, Día de reflexión y de Acción de Gracias porque el culto sincero abarca pasar una jornada de trato y fuerte relación con nuestro Dios. ¿Cómo se puede reforzar la amistad con Dios? Hay un movimiento esencial y fundamental, ¡es la Eucaristía! este es el Día de reforzar que, si bien murió Crucificado, no se quedó en la tumba, sino que es el Resucitado. La Cuaresma nos llama a poner bajo la luz de un faro resplandeciente que, el Plan de Salvación, destrabó las Puertas de la Eternidad y nos franqueó el paso, no con lo uno y sin lo otro, sino las dos juntas: con Su Cruz y Su Resurrección.


Así que la Ley de Dios o consiste en memorizar “códigos” sino en penetrar profundamente esa Enseñanza y llegar el núcleo de su “verdad”, que podríamos denominarlo el “espíritu de la Ley”, Jesús no vino a revocar la Ley sino a plenificarla, valga traducir esto como a enfocarnos en ese Espíritu: No la Ley por la Ley, sino la Ley desde una perspectiva compasiva y misericordiosa.

 

Sal 86(85), 1b-2. 3-4. 5-6.

Le pedimos a Dios que nos enseñe sus caminos: Los cursos son gratuitos, la escuela está constantemente abierta, todos los días hay clases, se ofrecen diversidad de horarios, se ofrecen todos los servicios litúrgicos, los Sacramentos también se brindan, pero lo que falta es nuestra parte. Asistir, no dejar las aulas de la fe -a las que llamamos Iglesias- vacías, es urgente que cumplamos nuestro rol, no pidamos “escuela de fe” si no estamos dispuesto a tomar sus cursos.

 

Pongamos el ojo muy atento a darnos cuenta que estos “cursos” son una condición para poder andar por las sendas de la Verdad de Dios.

 

Uno puede leer el salmo y decir que es cierto que somos unos “desamparados”, que “somos sus fieles”, que confiamos en Él. Pero… aquí viene el quid del asunto, no cultivamos su Amistad, y lo dejamos hablando solo.


En la segunda estrofa decimos que levantamos nuestra alma hacia Él.   Y eso ¿qué implica? Cumplir con el ayuno que le agrada a Él, santificar los Domingos y Fiestas de Guardar. Leer la Palabra y empeñarnos en cumplirla. Si es así, a no dudarlo que Él nos mostrará su complacencia. Él nos pide escucha, porque la da a Manos Llenas. El nunca deja desatendidas nuestras súplicas. Los que lo invocan no quedan jamás defraudados. ¿Cómo lo sabemos? Por dos razones:

1)    Él es Bueno y Clemente

2)    Es Rico en Misericordia.

 

¡Ahí está la garantía!

 

Lc 5, 27-32

Evitemos caer prisioneros de nuestro “virtuosismo”

Que para ser discípulo no se requiere ser “santo”, sino tener la disponibilidad para esforzarnos en el proceso de “conversión” es lo que parece querernos recordar la perícopa del Evangelio. Se trata del llamado a Leví (Mateo), lo llamó porque era un santo, ¡no, era un publicano! Un impuro, manipulador de viles monedas “romanas”. Para pagar el impuesto y todos los tributos había que ir a la “casa de cambios” y cambiar las monedas judías por monedas del Imperio. Entonces, todo cobrador de impuestos permanecía en la “impureza ritual” era un “indigno”, pero Jesús -que, si algo nos ha enseñado irrefutablemente, es a evadir las discriminaciones- lo llamó.

 

¿Cómo sabemos que Leví estaba bien dispuesto a la conversión? Porque -esa es la única explicación- lo dejó todo para seguirlo. (Seguro que, si lo hubiera dejado todo, por otra razón, la historia empezaría de otra manera, diciendo: “había un cobrador de impuestos, aburrido de ese trabajo y desesperado por dejarlo, y -por pura casualidad- pasó Jesús por allí. El publicano le dijo, Señor, cómo me gustaría ser discípulo suyo, porque este empleo es un asco”. Pero eso no es lo que dice la perícopa. Por el contrario: lo que resalta es el corazón generoso para asumir el desafío, un rotundo cambio ante la salvífica oferta de Quien lo llamó al “seguimiento”.

 

Aparecen los fariseos y sus escribas (aquí los escribas parecen fungir la función de los periodistas y promotores de imagen que van escoltando a los políticos para describir en sus notas las bondades de su escoltado, eran -por así decirlo- la comitiva de propaganda, los publicistas a cargo, los corifeos), vienen a poner en cuestión -contraviniendo lo que Dios les había prohibido por medio del Tritoisaías, ¿recuerdan?: “acusar y calumniar”.

 

Otra cosa es, si lo hacían de malos… No, ¡eran fundamentalistas! eran de esos ultra-ortodoxos que andan buscándole arrugas a cualquier casulla, y cuestionando la Iglesia antes que acatarla. Exageraban su piedad poniendo reparos y vigilando las discriminaciones. Se sentían “muy fieles”, y su quehacer era mantener esa “estricta vigilancia” que los consagraba como guardianes de la ortodoxia. (De esos se encuentra en todas las esquinas, los que hacen de la Ley un bozal).


A veces predicamos el Evangelio poniendo los requisitos por delante, y exigiendo previamente el certificado de Santidad. ¡Y es el revés!

jueves, 19 de febrero de 2026

Viernes (Después de Ceniza)

 


Is 58, 1-9a

Para muchos, Isaías es Isaías, el gran profeta que, por la extensión de este Libro, está colocado entre los profetas mayores. Vivió por allá en el año 765 a.C. y su profetismo se ejerció durante los tiempos de los reyes Urías, Jotán, Ajaz, y Ezequías. Pero hay que tener en cuenta que este es el Proto-Isaías, que dio lugar a una escuela y que su obra, que abarca los caps. 1-39, se prolonga en el Deutero-Isaías, caps. 40-55, llamado el profeta de la Consolación, porque profetizó durante el destierro, y aún hay más, con la repatriación, se dio lugar a un Trito-Isaías (caps. 56-66, que animó los proyectos de re-construcción.

 

La perícopa que nos ocupa hoy está tomada del Trito-Isaías. (esta clase de datos son importantes a la hora de leer, para entender que hay detrás de la Voz del profeta, porque el profeta no habla en el vacío, no es un tipo de sermón prêt-à-porter, que se acomoda a toda situación y que podemos coaccionar para que diga lo que se nos antoja). Tenemos que pasar por la situación de ver las ruinas del Templo, y de llorar sobre ellas, y ver y comprender que haya personas afanadas por su propia casa, o por sus cultivos, o por sus negocios, y no estén tan afanados por el Edificio-Cultual. Sentir, junto con ellos -con ánimo empático- el tan amado Templo destruido, deshonrado, profanado. La Honra-del-Dios-de-Israel venida a menos.

 

Estamos listos para oír estas palabras -francamente cuaresmales- que nos concitan a superar la exterioridad y la superficialidad de lo aparente; a trabajar en una justicia y a expresar nuestra religiosidad más allá de lo puramente externo.

 

Ante todo, el profeta nos llama a la denuncia, a no callar, a no quedar cómplices, sino a tocar el corno de alerta donde el pecado empieza a construir su nicho. Hay que empalmar la observancia exterior con la espiritualidad interior. El judaísmo tiene una celebración de expiación que guarda hondo parentesco con nuestro Miércoles de Ceniza, y es el Día llamado יום כיפור Yom Kippur, “Día de la Expiación”. Allí, en el corazón de esta celebración está puesto el ayuno. Los elementos de ese ayuno, que se deben enumerar para entenderlo son:

      I.        Abstenerse de entrar al lecho conyugal.

    II.        Abstenerse de usar calzado de cuero.

   III.        Abstenerse del uso de adornos de oro.

  IV.        No se pueden bañar: sino “acostarse sobre saco y ceniza”.

    V.        No pueden comer ni beber. (Este es el elemento exclusivo de nuestro ayuno).

 

La palabra ayuno viene del latín ieiuno y significa “hambre”, por eso, para nosotros “ayuno” es prioritariamente la tarea de pasar hambre por precepto religioso, (palabras como desayuno, significaría lo-que-quita-el-hambre, o lo que rompe el ayuno). En cambio, en hebreo es צ֔וֹם [tsom], y ya nos damos cuenta qué es.

 

Tienen sus propias formas de ayuno otras religiones como el islam, el judaísmo, el hinduismo y el budismo. A nosotros nos compete saber de qué se trata el ayuno del que habla Dios y cuál es el ayuno aceptable a su querer.

 

Ahora bien, en contraposición, la perícopa del Tritoisaías nos señala las características del ayuno que quiere el Señor:

      I.        Soltar las cadenas injustas

    II.        Desatar las correas del yugo

   III.        Liberar a los oprimidos

  IV.        Quebrar todos los yugos (¿qué queremos imaginarnos para que este compromiso no nos toque? que se trataba de romper los aperos agrícolas)

    V.        Partir tu pan con el hambriento

  VI.        Hospedar a los pobres sin techo

 VII.        Cubrir a quien ves desnudo

VIII.        No desentenderte de tu parentela, con truquitos como el “corbán”.

 

Ah, pues esto es otra cosa. Aquí el judaísmo da un paso gigantesco para convertirse en otra cosa totalmente distinta. Nos hallamos frente a una religión Nueva, de otro tipo.


La profecía que estamos leyendo nos exige desenmascarar los “gatos” que estamos promoviendo y poniendo en circulación haciéndolos pasar por “liebres”.

a)    El día de ayuno es un Día comercial, para hacer negocios.

b)    Apremian a los empleados y trabajadores para que les rinda más y la producción sea mayor que otros días.

c)    Arman bonches, y se pelean que da miedo para cumplir con todo decoro su ayuno, inclusive, aprovechan la fecha para uno que otro bombardeo: “Hieren con furibundos puñetazos”, así lo decía el profeta porque en esa época no existían nuestras contemporáneas tecnologías de muerte.

 

El profeta resume el asunto así: “No ayunen de esta manera si quieren que se oiga su voz en el Cielo”.

 

Verdaderamente, ¿queremos ser escuchados?

 

No desoigamos estas sirenas que son la voz del profeta -recordemos que el profeta lo único que hace es prestar la voz a YHWH- nos pone bajo alerta, pensemos en los bombardeos y las sirenas que los anuncian, esa es la alarma que nos advierte el bombardeo del pecado en nuestra vida. Que esta Cuaresma sea la oportunidad de entender, por fin, cuál es el ayuno que complace al Señor.

 

Sal 51(50), 3-4. 5-6ab. 18-19.

En la primera parte del Tiempo ordinario, estuvimos considerando en el Libro de Samuel, la narración de David y su “pecadillo” con Betsabé, la de Urías, el hitita. Y, la denuncia que el profeta Natán hizo para hacerlo caer en cuenta de la “tamaña embarrada” que había cometido”.

 

Nos parece hermoso que El salmo presenta una conducta de reparación, este pecador que nos presenta el Salmo, es alguien consciente que no se puede conformar con hacerse el arrepentido, sino que de alguna manera tiene que “reparar” el daño causado. Y ¿qué es lo que ofrece? Hacerse apóstol del Señor, proclamar y anunciarlo:


“Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza”.

 

No es suficiente decir “me arrepiento”. Hay que sentar las bases para construir otra realidad donde no domine nuestro pecado. Es preciso plantar una carrilera recta, sin desvíos, integra, que no introduzca injusticias para sacar provecho.

 

Pero hay algo que acrecienta la enseñanza que se nos da en este Salmo, y es que la complacencia de Dios no está en los זֶ֫בַח [zebach] “Sacrificios”. Sino en un corazón quebrantado y humillado, eso, ¡Dios no lo desprecia!

 

De nuevo nos encontramos en un traslado hacia la interioridad, hacia lo profundo del corazón, porque es en ese territorio donde se sacraliza lo que se entrega. El corazón es el Altar -por excelencia- donde el hombre puede colocar su ofrenda para hacerla cercana a YHWH. Por eso, este dístico (vv. 18-19), forma el eco responsorial que se repite como conclusión de las tres estrofas:

 

Mt 9, 14-15

No nos lo dejemos arrebatar

Ayuno -venimos ratificando, significa “no comer”. ¿Quiénes son los que no comen? ¡Los muertos! Los muertos por el pecado, ayunan porque el pecado los ha matado y lo único que arrastramos -como un contrapeso que no nos deja volar- es un cuerpo biológico.


Nosotros, ¿por qué no ayunamos? Porque Jesús murió por nosotros, para que nosotros no muriéramos, para ganarnos la Vida de la Gracia, la Vida Eterna. ¡Nosotros si comemos porque el pecado no nos pudo matar, ¡Jesús nos dio el elixir de su sangre-redentora!

 

Tenemos que ser muy conscientes que dónde está Jesús no cabe la muerte, que Él la derrotó completamente, y que Él es Dios-con-nosotros. ¡Si! Él está aquí, acompañándonos, y lo reconocemos como el Emmanuel, por eso tenemos que saber que no necesitamos ayunar, pasando hambre porque Él se quedó como Banquete Eucarístico, y ¿es que pueden guardar luto los amigos del Novio mientras Él está con ellos?

 

Durante el Santo Sacrificio de la Misa, el Cuerpo y la Sangre se separan, como sucede en toda muerte; pero con la Inmixtión, in- (en, hacia dentro) y mixtio (mezcla), derivado del verbo miscere (mezclar): Cuerpo y Sangre se vuelven a juntar y celebramos regocijados la Resurrección. La Inmixtión define el acto de mezclar o introducir una cosa en otra; en el ámbito litúrgico señala la unión del Cuerpo y la Sangre. Ya no estamos ofreciendo el Sacrificio, sino Festeando la Resurrección. Y, a partir de tal momento, Él nos hace co-participes de su Victoria sobre la muerte, entonces, para celebrarlo, no ayunaremos más, pasaremos a comerlo: Manjar de Resurrección que correrá por nuestras venas y transustanciará nuestra Carne Pecadora en su Carne Inmortal.

 

«Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y en el compartir. Es un signo de toma de consciencia y de responsabilidad ante las injusticias, los atropellos, especialmente respecto a los pobres y los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia». Papa Francisco


Tenemos el ayuno que es solidaridad con el pobre, con el subyugado. Y el des-ayuno sacramental que es himno de Victoria por el Resucitado que nos restauró y nos libró de las pesarosas consecuencias del pecado.

 

No ignoremos tanto poder que Libera. Pero, para eso, hay que vivir apasionadamente la Vida Sacramental.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Jueves (Después de Ceniza)


Dt 30, 15-20

Si dividimos el Deuteronomio en cinco partes, -tomando en cuenta los discursos de Moisés: 1º Es el discurso introductorio, capítulos 1 al 4; 2º. El Segundo Discurso de Moisés, formado por los capítulos 5 al 11, incluye el Decálogo: Dt 5, 1-21; 3ª. Está dedicada al “código Deuterocanónico, son los capítulos del 12 al 26; 4ª: La Celebración de la Alianza, capítulos 27 y 28, 5ª formada por los capítulos 29 y 30; la perícopa de hoy cierra la cuarta parte. La cuarta parte nos habla de recompensas y castigos. En particular, el capítulo 30 nos habla de “las condiciones para la restauración y la bendición”: El Señor nos pone en la encrucijada, se trata de una bifurcación del camino, donde Dios nos da a elegir entre la חָי [chai] “vida” y el טוֹב [toub] “bien”, “prosperidad” -de una parte, y la מָ֫וֶת [maved] “muerte” y el רָע [rah] “mal”, “adversidad” -por el otro. Constituye el último discurso de Moisés. Luego vendrá una especie de epílogo, donde se establece a Josué como sucesor de Moisés; Dios le permite a Moisés contemplar desde el Monte Nebo la Tierra de Promisión, en la que no entrará; y, finalmente, Moisés da su bendición a las tribus de Israel, muere en tierra moabita, y es sepultado. Con lo que se cierra el Pentateuco

 

Según el Deuteronomio, la Primera Alianza se casó en el Horeb, pero hubo una Segunda Alianza que se casó en Moab Dt 29-33.

 

Si se elige lo primero, vida y bien, habremos de seguir los caminos que Dios nos ha marcado con sus preceptos, mandatos y decretos. Y recibiremos bendición. ¿Qué significa la bendición? Que, si elegimos seguir al Señor, recibiremos vida para nosotros y para nuestros descendientes. Implica amar al Señor, servirle, escuchar su Voz y adherirnos a Él.

 

En cambio, si resolvemos irnos por el camino de la idolatría, de la infidelidad al Señor, nuestra heredad será la muerte, porque esa es la herencia de la ignominia, la que da el Malo.

 

Esta Nueva Alianza es testimoniada, no por divinidades cósmicas (como se hacía en los pactos del Antiguo Oriente), sino por el Cielo y la tierra, valga decir, todo lo que Dios creó actúa como jurado, para dar el veredicto “justo” según nuestra manera de obrar. Por eso la ira de la naturaleza se vuelca contra los infractores, arrastrando a su paso, a los inocentes que recibirán holgadas compensaciones, por el daño que ellos no cohonestaron.

 

Esta oferta nos llama a liberarnos de fuerzas egoístas, las fuerzas hedonistas, las de la inmediatez del placer. Algo así como ser capaces de posponer el deseo y la auto-indulgencia, en aras de satisfacer la Alianza, cumpliendo lo que a nosotros toca en tal Pacto.

 

Téngase muy en cuenta que esa cohibición la cumplimos, nunca como satisfacción de los caprichos de alguna divinidad, sino como preservación de los males que acarrean, porque -aunque se nos pase desapercibido- son sendas de perdición y autodestrucción.

 

No estamos -en todo caso- coaccionados para la elección. Somos libres para equivocarnos y atentar contra nosotros.


Estamos obligados a recalcar -así sonemos reiterativos- que la libertad conlleva el riesgo de irnos “barranca abajo”, si no fuera así, nuestra libertad sería una mentira. Pero el precipicio no lo creó Dios: somos nosotros los zanjadores; los barrancos los hacemos nosotros con una retroexcavadora que se llama “pecado”.

 

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6

Al que escoge armonizándose con la Voluntad Divina lo llamaremos “justo”. Por el contrario, al que elige antagónicamente, es el “impío”. En esta bifurcación se estructura toda una antropología cristiana. Porque va más allá, el que elige el bien, no solamente gana lo que ha elegido, sino que gana además lo “mejor”. No se trata de una elección cualquiera, en ello va una apuesta de toda la vida: el cero contra el infinito. Y recordemos que “pieza tocada, pieza jugada”.

 

Por lo general nos parapetamos en el pretexto de “yo no sabía”. Pero, en realidad está siempre a nuestro lado, con las Escrituras, y con la Iglesia. Por esos conductos nos mantiene actualizados. Si entramos en dialogo con estos “conductos”, tendremos información necesaria y suficiente para optar en cada circunstancia y podremos decir que somos seres morales, como quien dice, mucho más que seres escasamente biológicos. Seres morales son los que tiene “responsabilidad”.  Dios nos “invita” y, como nosotros somos seres morales tenemos la capacidad de responder “a sabiendas”. Esta capacidad de dar respuesta es lo que se llama “responsabilidad”.

 


Viene el siguiente subterfugio: ¡No tenemos tiempo! Pero, para algo tan trascendental, tendríamos que poder sacar tiempo. Tal vez sabiendo jerarquizar lo más importante de lo secundario y de lo superfluo y relegar lo menos importante para abrirle campo a lo definitivo.

 

Ahora, frente a este momento de penitencia, podemos empezar por este examen: ¿Qué podemos relegar en nuestra vida para abrirle espacio a Dios? Sabiendo que Dios está ahí, a nuestro lado, pronunciando el Effetá.

 

Hoy tenemos los primeros tres peldaños de esta escala:

1º Poner toda nuestra complacencia en Manos del Señor: No seguir los malos consejos de la gente descarriada. No andar por las sendas de los extraviados, no reunirse con aquellos que se empeñan en nublar nuestra mirada y oscurecer nuestra visión. Por el contrario, sintonizar nuestra vida con la Ley de Dios.

2º. De aceptar el punto anterior, todo cuanto proyectemos ira bien, seremos frondosos y fructuosos. Están protegidos nuestros caminos.

3º De escoger la senda opuesta, seremos como la paja, que el viento juega con ella y se la lleva; y ¿A dónde va a parar? Al montón de escombros que se quema. La paja será presa del fuego.

 

El salmo responsorial retoma la אַשְׁרֵי [esher] “bienaventuranza”: Bienaventurado el que abandona todo poniéndose en las manos de Dios.

 

Lc 9, 22-25

Mi siervo tendrá éxito, será levantado y puesto muy en alto. Así como muchos se asombraron de Él al ver que tenía el rostro tan desfigurado que apenas parecía un ser humano, y por su aspecto, no se veía como un hombre.

Is 52, 13s

Esta perícopa evangélica lucana puede subdividirse en tres partes:

a)    Un Mesías cuyo trono es una cruz y cuya corona es de espinas.

b)    Para seguirlo, está la opción de los “justos”.

c)    Paradójicamente el que lucha por aferrarse se le deshace de las manos; el que se abandona, a ese Dios le traerá todo y se lo entregará como heredad.

Esta paradoja se aclara, tan pronto nos fijamos que lo que perseguíamos con tanta ansiedad eran las riquezas mundanas y no los bienes trascendentes. Ahí fue donde hicimos nuestra elección: al Cielo o al barranco.


Está perícopa viene tan pronto Pedro hace su confesión de fe y reconoce a Jesús por Cristo -en griego- (Mesías en lengua hebrea). Después de ella vendrá la Transfiguración (según el orden observado en el relato lucano).

 

Jesús les habla de su coronación y su entronización en los siguientes términos:

a)    Padecer mucho y ser ἀποδοκιμασθῆναι [apodokimasdenai] “rechazado”, “descartado”, “declarado no apto”, “indigno”. Este descarte lo realizan los sacerdotes y los escribas; (desde el bautismo nosotros somos sacerdotes y escribas, rememoremos que el bautismo nos instituyó “sacerdotes, profetas y reyes”.

b)    Ser ejecutado

c)    Resucitar al tercer día.

 

Para el seguimiento (discipulado) se precisan los pasos a dar:

a)    Negarse a sí mismo

b)    Tomar la cruz cotidiana (cada día trae su afán). Se debe tomar en cuenta que la cruz no es estándar, es “personalizada”, hecha sobre medidas; cada quien llevará la propia.

c)    Seguirlo, cumplidas las dos condiciones anteriores ¡no se pide más!

 

La gran paradoja:

a)    El que quiera salvar su vida la perderá

b)    El que pierda la vida en aras del seguimiento fiel, salvará rotundamente su vida.

 

Y la “piedra de toque”:

¡De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?

 

Ahí es cuando se cae en la cuenta por qué debemos amarnos a nosotros mismos para poder amar a los demás. Sólo cuando justipreciamos lo que valemos, velamos por nuestra verdadera salvación. Sino, andaremos detrás de los bienes transitorios, esos que, por fútiles, se los lleva al viento directo a la hoguera. Así será nuestro evangelio, lleno de patochadas y vanidades.


 Para llegar a fondo de esta revelación se requiere, mirar a los ojos, al que fue abofeteado, flagelado, coronado de espinas y traspasado por una lanza. 

martes, 17 de febrero de 2026

MIÉRCOLES DE CENIZA

 


Jl 2, 12-16

“Dios es compasivo y clemente, paciente y misericordioso”. Por supuesto que no nos podemos conformar con recitar dicha expresión y llevar una vida disoluta y corrupta.

Milton Jordán Chigua

El Profeta יוֹאֵ֖ל Joel (nombre que significa “Yahveh es Dios”), es tenido por el profeta de la penitencia y la oración. Dado que su obra no contiene menciones de Asiria o Babilonia, nos lleva a pensar que debe corresponder al periodo persa, es decir entre el 539 – 331 a. C. si continuamos profundizando para ubicarlo cronológicamente, llegaremos a pensar que su vida está situada entre el 400 y el 350 a.C. por tanto, dataremos esa obra profética en el 400 a.C. estaríamos tentados a datarlo en la era de la reconstrucción post-exilica, post Esdras-Nehemías. Este profeta está relacionado con el culto y era hijo de Petuel (que a veces se translitera Fatuel). Es posterior a Ageo y a Zacarías.

 

Joel es un sistemático conocedor de las Escrituras, y lo que busca es precisamente, articular sentido a todo lo que le ha ocurrido a Israel. La perícopa que nos ocupa es una exhortación penitencial. La sustancia es la identidad de Dios que es “compasivo y clemente, paciente y misericordioso”. Él no quiere nuestra perdición, todo lo contrario, lleva sus desvelos hasta el límite, para que ni uno sólo se pierda.

 

El alma de la penitencia es su esencia: esta puesta como columna vertebral de la perícopa: Es el verbo שֻׁ֥בוּ [shub] “convertíos”, “vuélvanse al Señor de todo corazón”, “retornen”, “regresen”; este concepto de conversión implica una vuelta atrás, un acercamiento, al Bien de Dios; y, a la vez, un alejarse, esa es la dialéctica de la conversión: uno se acerca a lo que antes estaba dejando lejos; y empieza a alejarse de los que antes atraía, llamaba, se acercaba.

 

No se trata de un pequeño cambio, se trata -por el contrario- de un cambio integral, involucra todas las dimensiones de la persona; no se logrará de la noche a la mañana, siempre enfatizamos que reviste un carácter procesual. (Cuarenta días es la duración de un “semestre” rabínico: Un taller de conversión, prepara su plataforma de despegue, en 40 días: Son cuarenta años condensados, de manera supremamente apretada. Permítasenos añadir que 40 “años” es la duración simbólica de una generación, luego, al decir cuarenta, se está diciendo “la totalidad del tiempo”, “toda una vida”. En este caso, la idea central que soporta el esquema Cuaresmal, es que el ayuno de Jesús en el desierto fue exactamente ese: Cfr. Mc 1,12s; siguiendo el esquema mosaico que estuvo 40 días en el Sinaí envuelto en la עָנָן [anan] “nube”, que simboliza la שכינה [Shekinah] “Presencia”, “que acampaba junto con ellos”, “que tenía su Morada con ellos”.(Cfr. Ex 24, 18). Uno podría traducir esos “cuarenta días” como que la tentación no fue sólo durante su estancia de ayuno en el desierto, sino que duró toda su vida, en la que estuvo tentado y amenazado constantemente por la σκανδαλον [skándalon] “piedra de tropiezo”, “trampa” puesta por todos cuantos lo acechaban.

 

Algo sustantivo es que no se refiere a cambios exteriores, a ritos. Se trata de rasgar el corazón, no de desgarrarse las vestiduras. Supera lo puramente aparencial.

 

En la ruta penitencial nos propone tres cánones:

1)    Ayunos

2)    Llantos y lamentos

3)    Rasquen su corazón y no sus vestidos.

 

Pero desarrolla la idea posteriormente, enumerando una serie de pautas que hacen realidad la ruta penitencial:

·         Toquen la trompeta en Sion

·         Proclamen un ayuno santo

·         Convoquen a la asamblea, reúnan a la gente, santifiquen a la comunidad.

·         Llamen a los ancianos, congreguen a los muchachos, y a los niños de pecho

·         Salga el esposo de la alcoba y la esposa del tálamo

·         Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes

 

Notemos que el planteamiento de la penitencia no apunta a lo que cada cual hace por su cuenta, sino a congregarse, a celebrar la penitencia. A tener consciencia del carácter social del pecado, que cunde como una virosis. Notemos que, si unos evaden la cuaresma y su penitencialidad, otros, especialmente los jóvenes, dirán, no tiene nada de malo, mis mayores van por ahí, de espaldas a Dios, pues, haré lo mismo, caminaré por esas sendas que los mojigatos llaman “de perdición”.


El pecado es definitivamente pandémico; y estas “pestes” tienen sus incidencias destructivas en todo, en particular, sobre los recursos de vida: la figura que se aplica es la de las langostas que todo lo devoran y destruyen todas las cosechas y condenan a la gente a sufrir de hambre desesperada: Así fue la invasión que todo lo destruyó: la invasión militar que los llevó al exilio, los invasores venían y atacaban a caballo, donde sus cascos hollaban, el suelo quedaba estéril. Igual que las langostas, se colaron por sus ventanas para atacar a sus familias.

 

Este profeta post-exilico llama al “resto”, los que han regresado, a vivir penitencialmente, el signo penitencial por excelencia era cubrirse de saco y ceniza. ¡Convoquen un ayuno, santifiquen la comunidad! En este caso el ayuno tiene un carácter de purificación, de limpieza, de lavado de a corrupción.

 

Sal 51(50); 3-4. 5-6ab. 12-13. 14 y 17

El idioma tiene su evolución: a veces decimos “piedad” y “misericordia”, como si estuviéramos pidiendo dos cosas distintas. Antiguamente había una diferencia más o menos rotunda entre los uno y lo otro, actualmente, y sobre todo, en español, ha venido a significar estrictamente lo mismo. El Salmo inicia con esa petición de Misericordia: חָנַן [janan] “misericordia “… [janan] significa tener piedad, tener misericordia, tener benevolencia con alguien…

 

¿Por qué clama por misericordia? porque ha cometido tres desvíos: חָנַן [jataáh] “pecado”, la עָווֹן [avon] “iniquidad” (nosotros solemos traducirlo por “culpa”), y la פֶּ֫שַׁע [pesha]maldad”, “transgresión”, “rebelión”.

 

El pecado se limpia, la iniquidad se borra, la rebelión se controla y se restablece la juridicidad rota.


La reparación requiere que Dios obre un prodigio: acabe con el ser que falló y cree uno completamente nuevo. Además, que Dios lo vuelva a mirar con la mirada con la que se mira a los inocentes. Que lo cobije de nuevo con la Luz que emana de su Rostro. Que lo envuelva en su Shekinah.

 

Como resultado de esa re-creación, se recobra la herencia perdida: se recobra la alegría que trae la Reconciliación; y se siente uno sólido, inamovible, reforzado y remachado por la Gracia que proviene de Dios.

 

A uno se le nota que el milagro de la recreación se produjo, porque los labios no cesan de proferir alabanzas.

 

El responsorio enfatiza que esta no es una cuestión de individuos, así como el pecado inyecta sangre mala a en el organismo social, así la limpieza se recobra trabajando como comunidad en alcanzarla: ahí está la razón de ser de la sinodalidad. Nadie se salva solo, todos -a una- nos apoyamos e intercedemos los unos por los otros. La ayuda mutua es esencial y la comprensión del daño colectivo que genera el pecador individual, por muy solito y secreto que mantenga el daño generado.

 

2Cor 5, 20 – 6, 2

Los falsos agentes de pastoral … defienden sus intereses para conservar sus privilegios: actúan secretamente, con astucia, falsificando la Palabra de Dios y predicándose a sí mismos. Son agentes de pastoral exhibicionistas que no anuncian a Jesucristo…

José Bortolini

Hay una religión de apariencias, que se revuelca en su “poderío”, siempre que vemos a alguien que se conforma con su “fuerza”, podemos asumir que en vez de acercarse a Dios se está revelando contra los valores cristianos. La humildad no consiste en humillar al otro poniendo en su nuca el pie (y que el otro lo permita ingenuamente, pensando que hay algún mandamiento que él desconoce y que obliga a dejarse avasallar), la humildad verdadera consiste en renunciar a todo recurso a la “fuerza”, al “poder”. No le pidamos a otro que sea humilde, de eso no se trata; se trata de que nosotros mismos no recurramos a la violencia, a la cultura de la muerte, no pongamos en vigencia aparatos de opresión para subyugar.


Los que se ranchan en la violencia, el fanatismo, la intimidación y todo tipo de terrorismo, han equivocado el camino y no siguen los senderos de Jesucristo, que murió por todos para que ya no vivan para sí. No hay caminos rápidos que nos llevan a la Salvación aun cuando la guerra y la beligerancia parezcan resolverlo todo muy prontamente.

 

¿Cuántas veces descuartizamos nuestra fe y reprochamos que otros usen la violencia, pero nosotros argumentamos que “ese tal por cual se merece un tiro en la frente”? Y, en el cine saludamos con generosos aplausos que la violencia se imponga. Suenan como el eco de cadenas, los discursos guerreristas que arrastramos pesadamente -pero que lustramos con pomada brilla metales- porque nuestra “justicia” detenta el monopolio legal de hacer relucir la muerte como argumento definitorio. Para eso ¡Somos los “justos”!

 

Rechazamos todo eso porque “el que está en Cristo, es una nueva creación”. Cesen pues las palabras altisonantes que llaman a la humildad muy emocionadas con la Nueva Creación y esconcen, tras la espalda, las cananas provistas de toda clase de municiones.


“Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en Él.”

 

Mt 6, 1-6. 16-18

El Señor no se cansa nunca de tener misericordia con nosotros, … invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, por las lágrimas, …

Papa Francisco

¿Cuál es la justicia que no debemos alardear delante de los demás? La justica de mostrarnos muy “dadores de limosna”, limosna que acompañamos con fanfarrias para que todos lo presencien y chorreen babitas por la comisura, porque es increíble esa generosidad, ese desprendimiento. Esos no recibirán ningún premio en el Cielo, ya con su publicidad se han pagado por derecha.


¿Qué hay que hacer entonces? Prodigar la caridad con suprema discreción, sin que nadie lo note. 

 

Ese es el primer punto que trae el Evangelio según San Mateo.  A continuación, nos plantea el tema de la oración: Oran de pie, en la sinagoga para que todos los vean. O rezan en las plazas con actitud beligerante y provocativa, en vez de paz tratan de poner a otros quisquillosos. No se trata tanto de orar como de retar.


Entonces ¿siempre que oremos tenemos que hacerlo en nuestro dormitorio a puerta cerrada, bajo llave? Consideramos que no es esa el alma de esta perícopa, sino que podemos orar juntos, pero sin aspavientos, sin buscar broncas, sin dar la cachetada con el guante para pactar el desafío.  No podemos concebir que orar juntos sea malo, en cambio nos parece muy sinodal, la oración comunitaria está en lo vivo de la médula de la oración.

 

Finalmente, se toca el punto del ayuno: y otra vez el problema es hacerlo por apariencias, como dijo el profeta: “No se rasguen las vestiduras, lo que hay que rasgarse es el corazón” (Cfr. Jl 2, 13) ante tanto dolor y tanto sufrimiento que se ha sembrado.

 


Ante cada recomendación se añade: Dios se da cuenta, Él no ignora nada, Él ve tu bondad y la pagará con la preciosa moneda de su Bondad. No te afanes Él ve en lo escondido y no quedará estéril tu gesto cristiano.