lunes, 13 de abril de 2026

Martes de la Segunda Semana de Pascua


                    

Hch 4, 32-37

Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno.

Hch 2, 45s

 

Hoy continuamos en el capítulo 4, podríamos decir, que con su segunda mitad. Ayer tomábamos el título que se sugería para la perícopa de ayer: “Los creyentes piden confianza y valor”. Hoy también tenemos el título propuesto: “Todas las cosas eran de todos”. Porque nos ayuda a entender qué es la koinonía.

 

Si vamos con atención, avanzando en los Hechos de los apóstoles, descubrimos que en los cinco primeros capítulos se presentan tres “sumarios”: 2, 42-47; 4, 32-35; 5, 12-14. Es decir, que hoy nos las vemos con el segundo “sumario”. Su carácter de sumarios, es muy claro y desarrollado, los sumarios serían un género bíblico donde se resume el modo de ser, los rasgos esenciales de la vida comunitaria. Aquí se habla de cómo los cristianos compartían sus bienes. Luego, vendrá un ejemplo que ilustra qué es esto de la koinonía, con el relato de la generosidad de Bernabé.

 

El hagiógrafo -San Lucas- nos presenta una descripción de la Comunidad- condensándola en una fórmula: “tenían un solo corazón y una sola alma”. Era una comunidad cuya solidaridad les había permitido alcanzar la “unanimidad”; allí donde se da la unanimidad, se salvan de salida las discusiones, las divergencias, el sectarismo, el grupismo. Esta unanimidad se expresaba en un carisma que borraba todo tipo de egoísmo, y de avaricia personalista. “lo poseían todo en común”. Supuesta esta condición de koinonía, se daban las condiciones para que “no hubiera necesitados”. Los apóstoles eran los encargados de administrar y enfocar la destinación de estos fondos que se recababan entre todos. La unanimidad trasparenta la Presencia del Resucitado.

 

En la actualidad hemos viralizado otro tipo de relación, ¡todos somos y todos pensamos diferente! Si en una habitación hay cuatro personas, suponemos -como punto de partida y base lógica- que habrá 4 posiciones discordantes. Atención a la palabra “discordante” que significa “corazones diferentes”: que en Babel fue llevado a su máxima potencia. Y nosotros mismos -so capa de impulsar la “inclusión”- operamos a partir de esta misma premisa. E incurrimos, muy seguro que por ingenuidad- en la ideología del “individualismo”, estimulando lo que constituye la razón de ser del único-enemigo: “la división”. Se produce un paulatino alejamiento de la fe, y una progresiva eliminación de nuestra “imagen y semejanza”. ¡Cuán democráticos somos!

 

La perícopa de hoy concluye señalando el ejemplo de un levita. Los levitas, pertenecientes a la tribu de Leví, no poseían tierras propias en Israel, esta tribu había sido delegada al culto, desempeñaban unas funciones en el Templo que los hacen asimilables, en cierto sentido, a los sacristanes, y en otro sentido a los monaguillos; encargándose de la música, la custodia, el transporte del arca y la enseñanza de la ley. Los levitas actuaban como asistentes de los sacerdotes, que tenían que ser del linaje Aaronico. El primer sumo sacerdote fue Aarón, hermano de Moisés. Sus hijos y sus descendientes heredaron el servicio como sumos sacerdotes de la nación de Israel (Éxodo 29). Solamente el sumo sacerdote tenía autorización para entrar en el Lugar Santísimo en el tabernáculo del Templo, y eso solo una vez al año en el Día de la Expiación. El sumo sacerdote encabezaba el Sanedrín -que era como la Corte Suprema- pero no tenían autoridad para imponer la pena de muerte. De hecho, los sumos sacerdotes judíos estuvieron implicados en la condena a muerte de Jesús.

 

El levita al que se refiere hoy la perícopa, era de origen chipriota -se llamaba José y los apóstoles lo nombraban como Bernabé, o sea, “hijo de la consolación”- que era dueño de un campo, y lo vendió para poner ese dinero, también él, a disposición de los apóstoles y para el bien de toda la comunidad creyente.

 

El concepto que cobra vigor hoy, es pues este, de la κοινωνία [Koinonía] “comunión”, “compañerismo”, “puesta en común”. Que designa la distribución o puesta en común de los bienes materiales. No se puede añadir agua a los conceptos que propone la Sagrada Escritura hasta diluirlos tanto, que terminen en nada, completamente aguados. Baste leer lo que dice la perícopa que hoy nos ocupa para saber cuál era la propuesta apostólica a la que le apostaban: la que les iluminaba el Espíritu Santo.


Además de la simpatía que desataban, los creyentes se habían atraído la admiración por el mucho valor con el que daban testimonio de la Resurrección del Señor.

 

Sal 93(92), 1ab. 1c-2.5

Salmo para acompañar el cortejo real que marchaba hacia la entrega al “monarca” de los emblemas reales y a la presentación de armas por parte de su ejército. En la primera estrofa de la perícopa proclamada hoy, nos llama la atención y nos enfoca en la Vestimenta Real, uno de los emblemas reales. Es indudable que por su porte y su elegancia distinguimos al Rey.


Miremos la Segunda Estrofa: En la Realeza de Dios, el Atuendo es la firmeza del cosmos, que ha sido cimentado para siempre.  Las estrellas y todas las constelaciones serían el bordado del Manto Divino. La Creación no titubea, el Cosmos -quizás a alguien le parezca verlo tambalear, pero no nos cansamos de ver como recompone su estabilidad, y guiado por la Misericordia, se restaura. Su ecuación entraña la recomposición autónoma de los valores reparadores.

 

¿Con qué atuendo asistiremos al Templo a rendir honores a su Eterna Majestad? ¡No lo dudéis, con las galas de la Santidad! No se trata de finos ropajes con marca de modistos internacionales. Nos acicalaremos con el traje de la fidelidad a sus Tiernos Mandatos. Nuestras Galas serán siempre las Vestimentas Blancas del Bautismo, lavadas en la Sangre del Cordero.

 

Jn 3, 7b-15

Hoy vamos adelante con el dialogo entre Jesús y Nicodemo. Es importante tomar en cuenta el vocativo que le dirige Nicodemo a Jesús, porque con la palabra que lo “llama” define la relación que quiere establecer con Jesús, y cómo visualiza a Jesús en su corazón. Le dice: Ῥαββί [Rabí] “maestro”, más específicamente “Maestro de la Ley”, es el apocope de la palabra rabino, que deriva de la raíz hebrea רַב [rav], la cual significa, en hebreo bíblico, «abundante», o sea que, había acumulado en su mente una abundante cantidad de hechos (conocimientos) bíblicos. Esta Ley remite a la Torá. No es la Ley Civil, sino la Ley del Judaísmo, dada por Dios, a través de Moisés.


¡Cuántas veces nos habrá ocurrido que percibamos el ulular del viento, pero -a falta de una veleta- no podamos determinar su dirección! También, en muchas oportunidades, una veleta, o una tira de tela o un gallardete de papel nos permite determinar la dirección -provisional- del viento pese a lo cual, no podemos saber, en sus caprichos, cuantos segundos más tarde, el viento cambiará completamente de dirección. A veces, hasta los meteorólogos apoyados en su instrumental y en la información satelital, no logran precisar -al final de cuentas- para donde ira la ráfaga… Los hijos del “espíritu”, llevan en sus venas este ADN, de la sorpresiva, variable e impredecible multi-direccionalidad.

 

Ciertos saberes, quedan -para nuestros sentidos- completamente a trasmano. No sabemos a dónde van las exhalaciones del “viento”; tampoco, podemos comprender el encadenamiento de los sucesos espirituales. Escasamente -y dentro de un margen muy limitado- podemos hablar de las cosas de la carne, las cuales -aun cuando somos de la carne- nos cuesta entender. Mucho mayor es nuestra limitación para los saberes del espíritu. Es Jesús, Quien viene de lo Más-Altamente-Espiritual Quien nos puede dar razón. Es Él quien ha estado Allí, es el Quien conoce la Voluntad del Altísimo, para Él, nada de lo Celestial es misterioso. Deberíamos saber aceptar su Palabra y no dudar de su Revelación. Él conoce el Secreto de la Misericordia, Él sabe descifrar Su Gigantesco Amor.

 

Jesús pone en el tinglado un reproche: Los Maestros de Israel, como lo era Nicodemo, debían saber perfectamente los temas terrenales y suficientemente, los angelicales.

 

Nicodemo era fariseo, maestro de la ley y miembro del Sanedrín. Con estos tres títulos alineados, se entiende que Jesús dijera que “debían” saber y entender muy bien las cosas de la fe para poder guiar el pueblo de Dios y resolverles sus dudas. En particular, como maestro de la Ley, tendría que ser un verdadero “entendido” de las realidades espirituales y de los anhelos que Dios ha depositado en su humanidad, en sus criaturas. Por eso, Jesús parece asombrarse que Nicodemo, como maestro de la Ley, no “entienda”.

 

De nada nos sirve y para nada nos vale aprender de memoria los largos códigos y los detallados catálogos legales; vano y estéril será el esfuerzo si solo evitamos infringir la Ley y no alcanzamos a sembrar las semillas del Amor.

 

Levantar a Jesús en la Cruz, sintonizar con ese ímpetu que lleva a Jesús hacia las Alturas, es apenas iniciar una tendencia. Pero, será el Padre quien lo haga sentar a su Derecha. Nosotros, en nuestra contemplación podemos volver nuestra mirada hacia Él, procurar no perderlo de vista, conscientes de que al mirar la Serpiente de Bronce sanaremos de la picadura mortal y ganaremos Vida Eterna. Cómo expertos marinos, debemos estar atentos a ver por dónde sopla el Espíritu-Amor, para tender el velamen y aprovechar al máximo su ímpetu.

 

Jesús, refiriéndose a Sí mismo y a sus discípulos le aclara que ellos hablan de lo que “saben” y que dan testimonio de lo que “les consta a sus ojos”. Ellos están bloqueados en su “ignorancia” y esa ignorancia es la que se traduce en “increencia”.

 

Pero ellos de estas realidades no saben nada, porque ni sus oídos han escuchado las Voces Celestiales, ni sus ojos han visto las realidades Divinas.  El Único que ha estado previamente allí y ha recibido la experiencia de la “Vida Eterna” con sus propios sentidos es Jesús, porque es el “Hijo de Dios” y Él viene de Allá. Siendo Hijo de Dios se ha hecho Hijo del Hombre, o sea “ser humano”, para solidarizarse con nuestras limitaciones y subsanar nuestras ignorancias.

 

Para liberarnos de las consecuencias de nuestros extravíos Él tendrá que dar un paso más: es el Paso Redentor. ¡tendrá que sacrificarse y dejarse levantar como l serpiente del Desierto, en la asta de una lanza. El colmo de este Sacrificio será que la asta lo atravesará y romperá su costado y de allí manará la Iglesia-Sacramental, como Sangre y Agua Redentoras.


El que acepte al Crucificado como Redentor, gozará de su Fruto que es tener Vida-Eterna.

domingo, 12 de abril de 2026

Lunes de la Segunda Semana de Pascua

 


Hch 4, 23-31

Toda la perícopa se desarrolla en un clima de oración. Pero la propia oración transcurre en diferentes momentos: La comunidad vive una cierta experiencia, y puede suceder que percibamos la vida como una sucesión de episodios en los que pasan ciertas “cosas”; de ser así, nos quedamos en la superficie de los “hechos”, sin lograr “vivirlos”, es como si las cosas que pasaran nos “vivieran” a nosotros, como avatares, como entes y versiones diferentes del “multiverso”. Donde las circunstancias nos manejan. Esta perícopa se ha intitulado “Los creyentes piden confianza y valor”, ¿a quién se la piden? ¡Al Señor!

 

¡No es lo que sucede aquí! Primero la comunidad evalúa ¿qué es lo que ha pasado? Toda la comunidad pone estos hechos ante el Señor. A continuación, -se eleva a un nivel mucho más alto- va a la Palabra de Dios, y confronta lo que le ha sucedido, con lo que Dios dice: Lee la experiencia a la Luz de la Palabra de Dios. No sólo se presenta una cierta Lectura Bíblica, sino que esa Lectura Bíblica ilumina la realidad para “interpretarla”.

 

Luego, vienen una serie de ruegos (Oración Universal de los Fieles), donde una vez entendida la “experiencia” a la “Luz de la Palabra” se ruega a Dios que haga su intervención. Lo que muy frecuentemente se pide es que Dios impida que esto pase, o que las consecuencias del hecho nos atropellen, o que Dios castigue, o premie y que logremos huir a salvo de la “experiencia”. Pero aquí, las peticiones presentadas piden otra cosa: «Concede a tus siervos predicar con valentía, llamando a cada cosa por su nombre”, sobreponiéndose al temor y a las amenazas que intentan presionar para difuminar el significado de los hechos y sus implicaciones. Que el Cielo extienda Su Mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios por el Nombre de tu Santo Siervo Jesús». (Hch 4,30)

 

Dios “habla” concediendo los dones necesarios a la misión encomendada, ratifica Su Presencia, Su Escucha, Su Acompañamiento; y da la señal de asentimiento, un ¡Yo estoy aquí respaldándolos!, «estas comunidades no piden, no obstante, que Dios las proteja o las libre de dificultades o persecuciones. Piden que se les dé le valor para que sus miembros sigan anunciando la palabra liberadora y coraje para llevar a efecto las acciones concretas que dan testimonio de liberación» (Ivo Storniolo)


Ese respaldo, en este ejemplo es un ἐσαλεύθη [esaleuthe] “temblor”, “la sacudió”, “la agitó”, una “agitación”, un “estremecimiento”, verbo -en este caso- puesto en voz pasiva. Y, viene ahora, el compromiso con el cumplimiento de la misión encomendada: Se ponen a predicar con παρρησίας [parresias] “valentía”, “abiertamente”, “duélale al que le duela”, “con total franqueza”, “con entera decisión”.

 

Comparemos esta oración, que va desde Hch 4, 24-30; con esta isaiana, que citamos ahora a continuación:

 

"Señor de los ejércitos, Dios de Israel, que tienes tu trono sobre los querubines: tú solo eres el Dios de todos los reinos de la tierra, tú has hecho el cielo y la tierra. Inclina tu oído, Señor, y escucha; abre tus ojos, Señor, y mira. Escucha todas las palabras que Senaquerib ha mandado decir, para insultar al Dios viviente. Es verdad, Señor, que los reyes de Asiria han arrasado todas las naciones y sus territorios. Ellos han arrojado sus dioses al fuego, porque no son dioses, sino obra de las manos del hombre, nada más que madera y piedra. Por eso los hicieron desaparecer. Pero ahora, Señor, Dios nuestro, ¡sálvanos de su mano! y que todos los reinos de la tierra reconozcan que ¡Tú sólo, Señor, eres Dios!". (Is 37, 16-20)

 

Separando los “legos” de la perícopa:

Versículo 23: Se rinde un informe de lo que les ha ocurrido a Pedro y Juan en cumplimiento de su consigna de proclamar el Evangelio.

vv. 24-26 Se da inicio a una oración que, como ya se dijo, es un paralelismo con una, que proviene del Primer Testamento.

vv. 27-28 Se muestra como el paralelismo descubre un complot de los “poderosos” contra el “Siervo Sufriente”. Se trata de una relectura de la Palabra de Dios a la Luz de Jesucristo.

vv. 29-30 No se ruega a Dios que “elimine a los poderosos” sino que los desenmascare derramando Misericordia.

v. 31 el Señor, el Espíritu Paráclito, expresa su aquiescencia, como diciendo: “Lo que has pedido os lo concedo”: Dios vence el temor con παρρησίας [parresias] injertando en ellos el don de la “convicción”. Cuando se está poseído por la convicción se anuncia con “total libertad de expresión”.

 


«La garantía de la comunidad radica en el hecho de que ella está procediendo de acuerdo con la inspiración de Dios, como si por su medio Dios mismo estuviera actuando, comunicando la Palabra que libera. Dios es omnipotente, pero depende de la boca de las manos y de los pies de las personas humanas, para que su proyecto se haga históricamente visible» (Ivo Storniolo)

 

Sal 2, 1-3. 4-6. 7-9

Para “digerir” esta experiencia que Pedro y Juan han vivido de encarcelamiento y puesta en libertad, la Lectura Bíblica elegida es el Salmo 2. Efectivamente, como lo explica Hch 4, 27, Herodes y Pilatos han conspirado contra “tu Santo Siervo Jesús”, conforme en este Salmo se anunciaba: que habría conspiración contra el מָשִׁ֫יחַ [Masiash] “Mesías”. Este Santo Siervo fue Ungido por Dios, es decir, establecido por YHWH como Mesías. Cumpliéndose, además, que los gentiles cohonestaron con los Israelitas para urdir contra el Salvador.

 

En el verso 3, se habla de מוֹסֵר [moserah] “coyundas”, "ataduras"; en el sentido de romperlas, de liberarlos; y de suprimir las עֲבֹת [ab-oth] “ataduras”, “cuerdas” “yugo” que pesaba sobre ellos.

 

Dice que el Propio YHWH ha puesto, o sea ha elegido, ha designado como Rey de Sion, Lugar Santo de la preferencia Divina, sede y Capital de su Celestial Delegación para el gobierno de toda la tierra, a su Mesías.


En la Tercera Estrofa, señala la designación Real que ha hecho el Señor de su Hijo para este Encargo Liberador, designación que ha quedado consignada en un Escrito, no es algo dicho de paso, sino algo que ha sido Notariado incluyéndolo en las Escrituras: esta designación no abarca una pequeña territorialidad, no está recluida en cierta zona, sino que llega más allá de toda demarcación limítrofe; además, ostenta Total y Plena Autoridad, es nombrado “Rey con Soberanía Total”. En esta tercera estrofa de la perícopa de hoy aparece el verbo “engendrar” que uno lo lleva automáticamente a pensar en “ser puesto en el vientre materno”; sin embargo, en este caso, esta palabra se tiene que entender como “resucitar”, «Tú eres mi Hijo: yo te he יָלַד [yalad] “engendrado” hoy» (Sal 2, 7), o sea, “te he resucitado”, en el sentido de establecer con ese acto un linaje, al ResucitarLo -re-(reiteración o intensidad: "de nuevo", "hacia atrás") y el verbo suscitāre ("levantar", "mover" o "despertar") y lo ha sentado en el Trono Mesiánico y ahí empezó un linaje que no se interrumpirá jamás, en síntesis, lo ha engendrado Rey, entregándole la mismísima Filiación Divina. Lo que Dios ha hecho no es sólo procrear un hijo, lo que ha realizado es todo un Evento, ha dado a Luz Su Dinastía. Por eso, se trata de un Salmo Real, donde el Mesías es Entronizado.

 

Jn, 3, 11-3.

Desde hoy, y por cuatro días de esta Segunda Semana de Pascua, nos ocupará el capítulo tercero del Evangelio según San Juan. Encontramos a Nicodemo en dialogo con Jesús, hablando de un asunto esencial del cristianismo: el bautismo. Pero, quizás, lo primero a decir es que no es un bautismo de agua; sino un bautismo de agua y de Espíritu.

Y lo segundo, es -de nuevo- el asunto de las “fronteras”, el alcance de la autoridad y la validez de cobertura del sacramento, implícitamente se está hablando de qué pueblos o qué culturas recibirán este Sacramento, sobre quiénes podrán recibir este Don. Iremos podo a poco, esclareciendo, el tema conforme nos adentremos en el capítulo.

 

Nicodemo era un judío, y no un judío cualquiera, sino -conforme se nos informa al inicio de la perícopa, un ἄρχων τῶν Ἰουδαίων “jefe judío”, “un magistrado”, “un gobernante”; además, un fariseo, que significaba “purista”, “uno que voluntariamente se había puesto aparte para conservar y practicar más a fondo las “reglas” y/o “leyes” de su grupo. Este personaje, viene a “dialogar” con Jesús, ¿en qué momento? ¡de noche! (Cfr. Jn 3,2). Nicodemo personifica la Ley. En la perícopa lo vemos personificar otro significado, la “vejez”, que él mismo trae a cuento cuando pregunta “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? Es como si preguntara: ¿cómo yo que ya soy viejo puedo beneficiarme de lo que me estás diciendo sobre “nacer de nuevo”?

 

Esto es lo que nos suele suceder, Dios pronuncia sus palabras y nosotros las enclaustramos en la zona de lo “ilógico”, de los “imposibles”. Decimos que Dios lo puede todo, que su realidad no está delimitada por las leyes “naturales”; pero, al momento de aceptar su Palabra, decimos: “absurdo”, como puedo “renacer” si ya llevo mis estudios de mortalidad muy adelantados y estoy al borde de graduarme y ocupar espacio en una tumba.

 

La visión que tiene Nicodemo es que Jesús tiene por misión hacerle a la Ley los ajustes necesarios para remozarla. Podemos figurarnos la situación efectiva como la de un magistrado que viene a consultar a un prestigioso jurisconsulto sobre las adecuaciones urgentes que se deben hacer a la Ley, hagan de cuenta, una consulta para disparar una constituyente: Para Nicodemo, desde su posición, Jesús es un Rabí, un preclaro jurista ¡y ya!

 

Tengamos en cuenta al leer este capítulo 3 según San Juan, que aquí se está presentando la teología fundante sobre la Santísima Trinidad: y en esta perícopa, en particular, al Espíritu Santo y al Hijo. Con todo lo importante y lo esencial que es conocer la Ley, no se puede perder de vista que se puede vivir con entero ajuste a la Ley y, sin embargo, no haber amado nunca a nadie más que a uno mismo, o -todavía más grave- a nadie, ni siquiera a sí mismo. ¿Quién es el Espíritu? La Fuerza que nos mueve, la energía que dinamiza la vida, las acciones, el Resplandor que ilumina nuestra mente con cada uno de sus pensamientos, y nuestro corazón con cada una de sus emociones; el Espíritu, Es el Soplo que exhala Dios sobre nosotros como si fuéramos un barquichuelo y Él soplara sobre nuestro velamen dándonos el “impulso”- es este Mandamiento que lo compendia todo y sirve de guía a la vida entera. (Cfr. Jn 13, 34; 1Jn 4,7).

 

El Sanedrín, esa institución judía, termina estando movida por un espíritu de muerte; Jesús -por otra parte- nos pide que nazcamos de nuevo (de lo alto) ἄνωθεν [anothen] que significa “de lo Alto” (hay quienes quieren mermarle la fuerza a la Palabra de Dios y se quedan en “desde lo alto”, y no pasan a ver qué más significa este “de nuevo”), porque además, también significa, “de nuevo”, “desde el principio”, “de arriba a abajo”, “de cabo a rabo”, o sea, “por entero”; no se trata de que una parte sea nueva, no estamos hablando de re-parchar los odres viejos, sino de estrenar “odres”; un nacer de nuevo por completo. Eso es lo que significa “conversión”, un cambio radical de mentalidad, una nueva manera de ver el mundo y nuestra realidad. En ese sentido es que insistimos que el bautismo es un Sacramento que nos lleva a ser una “nueva criatura”, y -por tanto- a nacer de nuevo y totalmente renovados. Ver la historia -incluida la historia personal, familiar, nacional- con unos ojos totalmente nuevos.

 

Es muy claro: “un re-nacer completo y definitivo”, que anula las pautas decrepitas y nos hace Nuevos, no como algo a lo que se le dio una capa de pintura para hacerlo aparentar novedad, sino rotunda y verdaderamente Nuevo, como si -en realidad- hubiera entrado en el vientre materno y hubiera comenzado a ¡vivir una Nueva Historia, una Nueva Vida! ¡Como si hubiera vuelto a nacer!


Ese es el significado bautismal: “Crearnos de nuevo “perfectos” como todo lo que Crea Dios. ¡Se baja a la fosa y se nace de nuevo, una Nueva creación!

sábado, 11 de abril de 2026

CITADOS EN GALILEA

 


Hech 2,42-47; Sal 118(117), 2-4.13-15.22-24; 1Pe 1,3-9; Jn 20, 19-31

 

Sopló entonces sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo

Jn 20, 22

 

Para marchar hacia adelante, todos en la Iglesia necesitamos sumergirnos en el agua bautismal del Primer Amor, lo cual exige la revitalización de la memoria, para hacer pie en ella y proyectarnos en la esperanza, sumergirnos en su Misericordia, que muchas veces consistirá en llevar -también nosotros- los dedos a la Llaga de su Costado. Y salir a cumplirle la cita que Él nos dejó: ir a encontrarlo en Galilea, allí donde todo tuvo su inicio. Hacer un acopio de fortaleza, alacridad y parresia para abandonar el Cenáculo y salir, y mirar el futuro con confianza.


Nos dice San Agustín. «… cuando cumplas un acto de misericordia compórtate [así]: si ofreces un pan, trata de participar de la pena de quien tiene hambre; si das de beber, participa de la pena de quien tiene sed; si ofreces ropa, comparte la pena de quien no está vestido; si ofreces hospitalidad, comparte la pena de quien es peregrino; si visitas a un enfermo, de quien tiene una dolencia; si vas a un funeral, te entristezca el difunto y si pones la paz entre litigantes piensa en el afán de quien tenga una queja. Si amamos a Dios y al prójimo no podemos hacer esto sin una pena en el corazón (Sermón 358ª)»[1] La Misericordia no está fuera, tiene que brotar de las “entrañas” mismas del corazón, allí la ha soplado Jesús, con su Aliento de Vida.

 

De Él nos podemos fiar

La resurrección es algo que los fieles damos por descontado, es un dogma de nuestra fe y estamos habituados a este concepto. Pero, cuando alguien nos cuenta algo, nos refiere un suceso insólito, nada común, nuestra primera reacción crítica es someterlo al tamiz de la duda. Es más, algunos de nosotros nos enorgullecemos de ser altamente críticos y no tragar entero. Algunos otros, rayando en la altanería, nos negamos a creer en nada y desconfiamos de todos y de todo cuanto se nos dice. Nuestra bandera rebelde consiste en no aceptar “nada” y rebelarnos contra todo. Especialmente, la modernidad nos heredó un tipo de pensamiento que dice no reconocer sino aquello que podemos reproducir, bajo situaciones controladas, replicándolo punto a punto en sus condiciones para repetirlo tal cual; ese sería el único criterio de certeza.

 

Todo esto está bien, inclusive es un antídoto magnifico para evitar un pensamiento pueril, para caer ingenuamente en diversos engaños y ser muchas veces víctimas de estafadores y engañadores de toda laya. ¿Cuántas veces y cuántos no se valen de un sinfín de patrañas para sonsacar nuestro dinero, manosear nuestros sentimientos o, simplemente, lucrarse de algún modo de nuestra credulidad, manipulándonos al servicio de sus intereses?


Pero, acercarnos a Jesús, quien, definitivamente, sabemos que no quiere estafarnos ni someternos de ninguna manera, ¡es otra cosa! De Él podemos fiarnos y en el podemos confiar con plenitud, sabiendo que siempre nos dará mucho más de lo que nos pudiera quitar. Por otra parte, cuanto nos quite es, porque antes Él mismo nos lo ha dado. Por eso, ser cristiano significa aceptar la voluntad de Dios y el conocimiento que Él mismo nos brinda, dándonos con generosidad “saberes” que de otra forma nos serían inaccesibles y por eso, a ese “saber” lo denominamos “Revelación”. Dios Padre nos ha Revelado su Rostro dándonos a su Hijo y, Jesús mismo nos ha declarado que Él es el Rostro Humanado del Padre (Cfr. Jn 14, 9b) Y en Jn 11, 25 nos revela “Yo soy la Resurrección. El que crea en mí, aunque muera vivirá”.

La fe, por tanto, la hemos clasificado entre las virtudes teologales, es decir, aquellas que no brotan de nosotros mismos, sino que son don de Dios. Es Dios mismo quien nos las da y Él mismo las sostiene y las fortifica. «… se llaman teologales o divinas: no solamente porque se refieren a Dios, sino también porque es Dios quien las hace posibles, quien nos ofrece la gracia de creer… tienen a Dios como objeto y juntamente nos vienen de su benevolencia, son la vida divina en nosotros, la respuesta que el Espíritu Santo suscita en nosotros frente a la Palabra de Dios.»[2] Entonces, ¿no podemos hacer nada para tenerla? Si, basta con pedirla intensamente al Espíritu Santo para que Él, gustosamente nos las otorgue. Como diversas cosas en la vida, ¡basta quererlas, para tenerlas! ¡Son pura gracia! Hay algo más que podemos hacer a favor de la fe: a) Fortalecerla b) Ejercitarla. Estas dos cosas son casi una y la misma: es una especie de dialéctica. Si la ejercitas la fortaleces, si la fortaleces es porque la estas ejercitando. Frente a lo que Dios nos ha revelado es necesaria una especie de terquedad: Sí Dios lo ha dicho y nos lo ha comunicado, lo aceptamos y lo sostenemos a rajatabla, digan lo que digan, pase lo que pase.

 

Un tercer elemento para tener la fe consiste en instruirla. A la fe hay que formarla e informarla. Dios no se nos revela a cada uno personalmente, se ha ido revelando paulatinamente -a través de la historia- a la Iglesia, a la que Él instituyó precisamente como guardiana. Nosotros debemos acercarnos a la Fuente para beber en ella y saciar nuestra sed; además, para poderla comunicar, asumiendo nuestra misión de difusores. A esta misión nos llama el propio Jesús que –ya lo hemos dicho en otra parte- no quiere que dejemos de hacer lo que hemos elegido en nuestra vida como oficio, sino que transformemos, ese hacer, en un hacer a la mayor gloria de Dios. Para esto llamó a pescadores, a quienes re-dirigió, haciéndolos, ya no pescadores de peces, sino pescadores de hombres (Cfr. Mt 4, 19).

A algunos les cuesta más el seguimiento confiado y entonces Jesús, Infinitamente Misericordioso, les da más, se les presenta en Persona, y los invita a meter el dedo en sus llagas. Si, esta oportunidad que da Jesús es para que dejemos de ser incrédulos μὴ γίνου ἄπιστος y seamos creyentes ἀλλὰ πιστός. Ese es el sentido de la perícopa del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan que leemos hoy día: Jn 20, 19-30. Que abandonemos nuestra terquedad de incrédulos, terquedad que es altanería mezclada con rebeldía y; con docilidad, demos a torcer nuestro brazo a Dios, para reconocerlo “Señor y Dios nuestro”. Ὁ κύριός μου καὶ ὁ θεός μου

 

Sin embargo, y aquí está el quid del asunto, muchas veces, teniendo la fe, encontramos cómodo negarla porque nuestro pecado nos acusa en la conciencia, entonces es cuando desautorizamos a Dios y, en medio de nuestra rebelión, decidimos negar cuanto Él nos ha manifestado en su Revelación. Es entonces cuando pateamos a la Iglesia y, con ella a todos los que se mantienen fieles a Jesús. «Cuando,… opto por obrar contra los mandamientos, preferiría que Dios no existiera y por consiguiente estoy dispuesto a prestar fácilmente oído a las objeciones acerca de la fe. No pocas objeciones derivan lamentablemente del hecho que nuestra vida cristiana, nuestros comportamientos no son conformes con el Evangelio. Entonces se requiere un camino de conversión que nos lleve a pensar y obrar según la verdad y la existencia de Dios. Entonces el creer nos resultará mucho más fácil.»[3]

 

Lo hizo todo Nuevo

La perícopa del Evangelio inicia declarando un marco circunstancial de tiempo: Es “el primer día de la semana” τῇ ἡμέρᾳ ἐκείνῃ τῇ μιᾷ σαββάτων, podríamos, perfectamente entenderlo como el Primer día de la Nueva creación. En el Principio, en el Primer Día, encontramos que todo era oscuridad, fue “entonces que Dios dijo ‘¡Que haya Luz!’ y hubo luz Cfr. Gn 1, 1-3. ¿Cómo era la oscuridad? ¿Cuál era el rostro de esa oscuridad? En el evangelio de San Juan, en Jn 20, 19 se nos informa que, esta oscuridad en particular, tenía el rostro del miedo τὸν φόβον, miedo de los perseguidores, que en este caso eran los “judíos”: ὅπουἦσαν οἱ μαθηταὶ διὰ τὸν φόβον τῶν Ἰουδαίων.

Y, entonces, Jesús, que se presenta, y puede entrar, aun cuando las puertas estén cerradas, se pone en medio de ellos, e inicia la obra de la Nueva Creación; ¡les da la Luz! ¿De qué Luz se trata? La paz, esa paz que significa superar el temor, ya no tener miedo. No hay nada que neutralice más al ser, que lo aliene más, que el miedo: el miedo nos hace “inválidos”, el miedo nos “enmudece”, el miedo anula la opción de ser testigos, el miedo nos silencia para llevar el anuncio del Evangelio. Miedo es lo que usan todos los totalitarismos: Policías secretas, aparatos paramilitares, delatores, propaganda de omnipotencia y omnipresencia, terrorismo sicológico, conciencia policiva de vigilancia constante; cualquier cosa que usted haga la estamos vigilando y sabemos, inclusive, lo que usted está pensando, así que no piense, no disienta, permanezca quieto, callado…

 

En ese ambiente Jesús-Resucitado inicia la Nueva Creación, la del Segundo Adán, con un Acto de des-acobardamiento, combatiendo nuestro miedo. Jesús infunde Valor, nos da la Luz que permitirá que nos convirtamos en testigos valientes y decididos, que no temamos al perseguidor porque no nos puede quitar “la vida”, porque Jesús ha demostrado que no nos pueden robar la vida, porque Él es la Vida, es la Resurrección; podemos dar la vida, porque Él nos la restituirá. (Cfr. Jn 10, 17-18). Porque Jesús a nosotros nos hace una delegación exactamente análoga a la delegación que el Padre le hizo a Él: “Así como el Padre me envió a mí, yo los envío a ustedes” (Jn 20, 21b).

Y aquí viene el gesto de Jesús que nos confirma que se nos está narrando con Juan la Segunda Creación: Se trata del soplo de Jesús. En el versículo 22 Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, conforme el Creador sopló en nosotros – a través de nuestras narices- el aliento de vida, el mismísimo נֶפֶשׁ [Nefesh] “Aliento de Vida”.

 

Queremos hacer paráfrasis y decir que quien no tiene vida es el acobardado que no testimonia, ese carece del “Soplo”, del “Espíritu” (como sabemos las dos palabras son la misma en Griego), ese Espíritu soplado por Jesús, es el aliento de la valentía, de la decisión de ser “testigos”. Así Jesús, Señor y Dios nuestro, nos a re-creado. ¡Ha hecho todo nuevo! (Cfr. Ap 21, 5b.) Ha soplado e insuflado la Misericordia que en cada quien se expresará como carismas, o sea poder para servir a la Comunidad. La Misericordia, no es que Él sienta lástima por nosotros, ¡no!, es que Él co-padece y se solidariza entregándonos todo lo necesario para salir airosos y avante; la Misericordia ni es un “pobrecitos” pronunciado por Dios, sino una fuerza que –dignificándonos- se nos entrega; porque somos “dignificados” nuestro ejercicio de la Misericordia lo puede Glorificar.

 

No ocultar lo esencial del Mensaje

Este domingo se denomina ahora el Domingo de la Misericordia y tiene en su primera lectura –como en todos los domingos de la Pascua y en todas las misas semanales también- una perícopa  tomada de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-35. Su núcleo es la siguiente frase: “Todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.” (He 4, 32b).


Hay una estrofa de Casaldáliga que nos servirá como “llave maestra” para adentrarnos en el significado profundísimo del concepto de koinonía:

 

Yo no sé si podría convivir con los Pobres

si no topara a Dios en sus harapos;

si no estuviera Dios, como una brasa,

quemando mi egoísmo lentamente.

(Dios no es simplemente la Justicia)[4]

 


«En nuestros días, también el amor nos pide ser testigos, ser santos: “Si el martirio es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan en la Iglesia” … Se trata de la decisión fundamental de dejar de considerar la utilidad, la ganancia, la carrera y el éxito como el objetivo último de la vida, para reconocer sin embargo como criterios auténticos la verdad y el amor»[5] Y, estas palabras retumban hoy, 16 de abril de 2023, con una actualidad y una exigencia que urgen.

 

Ante la forma consagrada

«Tomás ha sido un buen discípulo de Jesús, pero un poco lento para captar los altos conceptos de Jesús (11,16; 14, 5). Aquí también exige pruebas palpables de que Cristo realmente vive. Ejemplo de esa fe inadecuada, condenada en 4, 48: “Si no ven señales y prodigios, no creen” (Cfr. 2, 23-25; 6, 26; 12, 18). Tomás en su rol de “dudoso”, aparece sólo en este cuarto Evangelio. Pero, no sólo él dudaba: El representaría a todos esos discípulos de los primeros años que “dudaban” (Mt 28, 17); tenían “dudas en su corazón” (Lc 24,38); “no creyeron a quienes habían visto al Resucitado” (Mc 16, 14)»[6].


A través de la historia de la Iglesia hemos alabado y nuestro corazón ha hecho eco de esta frase tan hermosa. «Con esta proclamación asombrosa de Tomás, se termina este Evangelio. El Evangelio comenzó con “la Palabra estaba con Dios y era Dios” (1,1). Ahora lo repite al final: “Mi Señor y mi Dios”. A los cristianos de todos los tiempos que aceptan eso con fe, nos dice “Felices los que creen sin haber visto” (20, 29)»[7]

Esta es la puerta del Señor:

Los vencedores entrarán por ella. (Sal 117, 20)

 

Una fe para toda la vida

Podemos aislar la Eucaristía en un vacío litúrgico: una hora escasa robada a nuestros afanes y premuras, durante la cual cumplimos un ritual: “¡Ya fui a misa!”.

 

Pero hay más y ya lo hemos visto. Ya sabemos que la fe des-acobardada es una que da testimonio, que no se puede callar, que va por todas partes gritando lo que Jesús quiere. Es el compromiso de prestarle la garganta, la voz, las manos y la inteligencia a Jesús para que Él, en pleno siglo XXI, siga diciendo en todas partes y ante todos que ama la justicia, que Él no es un pretexto para que se siga maltratando a los más débiles. Que hay que construir una sociedad de otra manera, sin violencia, sin explotación, sin injusticia. Que si se puede levantar una sociedad donde la cultura de la muerte estará definitivamente derrotada y la cultura de la vida será triunfante y que ese será el Reino de Dios, y que su Reinado, entonces, no tendrá fin.


La Resurrección, para los bienaventurados que creen sin haber visto, significa aceptar, aún en medio de la oscuridad más densa, que en el fondo, como al final del túnel, hay un destello Resplandeciente, Cegador, Rutilante, Glorioso: Es Jesucristo, el Vencedor de la muerte. Jesús de la Misericordia, y,… Su Misericordia es eterna. Sin embargo, la proyección hacía la esperanza implica una sólida raigambre en el “Primer Amor”. «… cuando has olvidado ese primer amor, cuando has pasado por alto ese primer encuentro, ha comenzado a depositarse el polvo en tu corazón. Y experimentaste la tristeza y, como les ocurrió a los discípulos, todo parecía sin perspectiva, como si una piedra sellara la esperanza. Pero hoy la fuerza de la Pascua nos invita a quitar las lápidas de la desilusión y la desconfianza» «¿qué significa ir a Galilea? Dos cosas: por una parte, salir del encierro del cenáculo para ir a la región habitada por las gentes (cf. Mt 4,15), salir de lo escondido para abrirse a la misión, escapar del miedo para caminar hacia el futuro. Por otra parte, afirmó Francisco significa volver a los orígenes, porque precisamente en Galilea había comenzado todo. Allí el Señor encontró y llamó por primera vez a los discípulos. Por tanto, ir a Galilea significa volver a la gracia originaria; significa recuperar la memoria que regenera la esperanza, la “memoria del futuro” con la que hemos sido marcados por el Resucitado»[8]. 

Hablando a la joven generación de catequistas en el Congo, en su visita, Papa Francisco les dijo: «como una inmersión en el presente proyectado hacia el futuro. ¡Pensemos en la fuerza de renovación que puede llevar a esa nueva generación de cristianos, formados y animados por la alegría del Evangelio! A ellos les indiqué cinco caminos: la oración, la comunidad, la honestidad, el perdón y el servicio. A los jóvenes del Congo les he dicho: su camino es este, la oración, la vida comunitaria, honestidad, perdón y servicio». Por supuesto, la Misericordia es una inmersión en la práctica de la Misericordia, «Somos llamados a la divinización y es segura la promesa de Dios. El viaje sería menos agotador si llenáramos nuestras mentes más a menudo con este pensamiento. Bernardo de Claraval predicó una gran devoción al Cielo. En uno de sus sermones, incluye una corta aclamación lírica que resume, en unas pocas líneas su teología. El cielo es un lugar donde todo lo bueno se hace tan intensamente presente que, cualquier cosa que quede del mal pasado, se seca y desaparece. Al cielo le falta transitoriedad; dura para siempre.»[9]

 

“Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.” (1Jn 5, 6b)

 

 



[1] Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización. LA MISERICORDIA EN LOS PADRES DE LA IGLESIA. Ed. San Pablo Bogotá – Colombia 2015 p. 38

[2] Martini, Carlo María. LAS VIRTUDES DEL CRISTIANO QUE VIGILA. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2003 p. 46

[3] Ibid

[4] Casaldáliga, Pedro. DIOS ES DIOS en TODAVÍA ESTAS PALABRAS. Ed. Verbo Divino Estela Navarra. 1990 p.59

[5] Guerra Héctor. L.C. Ledesma, Juan Pablo. L.C. ¡VENID Y VEREÍS! Ed. Planeta. Barcelona – España 2009 p. 273. La cita que contiene proviene del #42 de la Lumen Gentium

[6] Seubert, Augusto COMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá 1999. pp.151-152

[7] Ibíd. p.152

[8] Papa Francisco, Vigilia Pascual en la Noche Santa. 8 de abril 2023

[9] Casey, Michael. PLENAMENTE HUMANO PLENAMENTE DIVINO. Ed. San Pablo. Bogotá Colombia 2007 p. 305

viernes, 10 de abril de 2026

Sábado de la Octava de Pascua

                          

Hch 4, 13-21

Pero Pedro y Juan les contestaron: “Juzguen ustedes mismos si es justo delante de Dios obedecerlos a ustedes en lugar de obedecerlo a Él”

Hch 4, 19.

Estamos, recordémoslo, en la zona de Hechos donde se nos cuenta como se predicaba el Evangelio en Jerusalén. La perícopa de hoy continua el juicio de San Pedro y San Juan en el tribunal del Sanedrín. Recordemos que el Sanedrín era el tribunal supremo y consejo de ancianos del antiguo Israel, compuesto por 71 miembros (incluyendo al sumo sacerdote), administraban justicia basándose en la Torá. Actuaba como la máxima autoridad política, religiosa y civil en Jerusalén durante la época del Segundo Templo.  Se disolvió hacia el año 425, por la persecución romana.

 

¿Por qué los juzgaban? Porque -argumentaban ellos, Pedro y Juan, que “la resurrección de los muertos había quedado demostrada en el caso de Jesús” (Hech 44,2de). Se proclamaba con esto una Gran Victoria: y la derrotada era νεκρῶν [nekron] “la muerte”. La muerte es el arma y el objetivo de este tipo de “doctos” que no quieren ni pueden permitir que se declare que la muerte ha sido sometida bajo el peso de su propio yugo.

 

Algo que escandaliza a los “poderosos” es que la defensa y la proclamación de Jesús viene por cuenta de gente ἀγράμματοί [agramatoi] “sin letras”, “iletrados”, “analfabetas”, “sin estudios”, “sin mayor educación”, gente del “vulgo”, gente “chabacana” -seguramente, dirían ellos- lo que contrastaba con la seguridad y la parresia con la que se expresaban. Los reconocían como “elementos” que Ἰησοῦ ἦσαν [Iesou esan] “andaban con Jesús”, “eran de los que lo acompañaban”, “eran de los que estaban con Jesús”, aquí lo que se usa es la palabra ἦσαν [esan] “ser o estar” (en imperfecto indicativo activo) del verbo [eimi] en griego, pero -al verlos escoltados por el antes paralitico- no se les ocurría ninguna respuesta. Les dan orden de salirse de la reunión -muy apropiado para poder complotar a sus espaldas y urdir, a sus anchas las “tácticas”- para eliminar esta “molestia”.

 

En su forma de hablar se advierte que a estas “autoridades” ni les interesa la verdad, ni les preocupa Dios; el paralitico allí parado, en medio de los discípulos, resulta un argumento imbatible, porque todos lo habían visto, toda la vida, mendigando en el Templo. Se ve que todo el respaldo de sus argumentos, se saca de la injusticia y del abuso, del miedo y la represión.

 

La posición de Pedro y Juan es obedecer a Dios, costárales lo que les costase; puesto que, obediencia a Dios es lo que exige la recta consciencia. Callar era una opción no disponible. Nuestro “envío” no es compatible con el acallamiento del “mensaje” que se nos ha entregado. La misión de llevar el anuncio y propagarlo no puede detenerse. Es la razón de ser de la “Iglesia”. El foco, como se evidencia, no está en ser “santos”, sino en cumplir la misión que entraña el “envío”. Lo que no se puede callar es que al cumplir a cabalidad el “envío”, se ganará la presea de la santidad. Aquí es muy importante entender y diferenciar la santidad de la santurronería, que es una forma de beatería, mojigatería, gazmoñería, fariseísmo, en suma, de hipocresía. Nuestra misión como cristianos no consiste en ganar la aprobación de zutano, mengano o perencejo; y, en cambio, muchas veces, ser fiel a la misión nos acarreará la crítica, el rechazo y la desaprobación. Pero, “al único que hay que tener contento es a Dios”, de acuerdo con un dicho que popularizo Santo Toribio de Mogrovejo.

 

En este cuadro podemos ver un trasfondo, importante y de gran relieve: la comunidad naciente tenía una formación mixta, donde había gente con alguna formación cultural judía, junto con muchos que no tenían ninguna calificación intelectual, pero no se establecían ni se manejaban discriminaciones por eso, Dios y Jesús -piedra angular de la comunidad-, eran y deben ser, igualmente accesible para todos, no era requisito algún nivel particular de educación. Dios estaba al alcance de todos.


¿Qué se podía hacer? No les quedó otro remedio que soltarlos. Se nota que el remedio que esperaban fuera suficiente para silenciarlos, la “prohibición”, sólo era una “carabina de Ambrosio”, porque no era justo que los discípulos obedecieran más a los jefes del pueblo, a los ancianos y a los escribas, y pasaran por encima de Dios.

 

Sal 118(117), 1 y 14-15. 18-18. 19-21

Es el mismo salmo de ayer, pero se han escogido tres versos distintos.

 

Se ha traducido: ¡Dad gracias al Señor porque es Bueno! הֹוד֣וּ לַיהוָ֣ה aquí, la expresión יָדָה [yadah] “dad gracias” puede traducirse por “Cantad”, o por “Alabad”, o “Load”, o -también- por “Gloriad”, algunos especialistas proponen traducirlo por “Proclamad”, o por “Pregonad”.

 

El Señor ha sido mi fuerza, ha sido mi pilar de Salvación, se oye un clamor jubiloso en las tiendas de los justos. Quizás estas “tiendas de los justos son las “enramadas” que se usaban para celebrar la fiesta de Sukkot (las cabañas, las enramadas, los tabernáculos); no es la אֹהֶל מוֹעֵד [Ohel moed] “Tienda del Encuentro” porque a esta se la llamaba la Tienda de YHWH.


En la segunda estrofa está el tema de la Resurrección, “no lo entregó a la muerte”, “vivirá para contar las hazañas del Señor”. esta es la razón que motiva la presencia de este salmo en la liturgia de hoy.

 

En la tercera estrofa, para que pueda entrar el Rey y su sequito de vasallos -el pueblo entero- los levitas y los sacerdotes abren la Puerta. El Rey, entonces, caminara hacia el Altar para “proclamar la Salvación”.

 

Mc 16, 9-15

Los discípulos son los que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones.

Papa Francisco

Esta perícopa, nos presenta una sinopsis de las apariciones del Resucitado y la misión de la Iglesia. Como sabemos este capítulo no es marqueano, sino una adición que los miembros de la escuela de Marcos tuvieron a bien añadir para “redondear” el Evangelio que parecía haberse interrumpido sin un cierre propio, sin una culminación adecuada, este añadido comprendería toda la sección Mc 16, 9-20.


Después de haber resumido las otras apariciones pasa a presentar el encuentro con los Once, en torno a la Mesa (Eucarística), donde Jesús les reprocha su falta de entendimiento y su dureza de corazón para asimilar los testimonios recibidos. Jerusalén quedará atrás como ciudad de muerte, Galilea, el lugar de la cita con el Resucitado, será el lugar de la Vida Renovada. Será entonces cuando les dé el Envío de proclamar el Evangelio a toda la Creación.

 

En la base de la comprensión de esta perícopa está la observación de un Jesús que no se queda estancado en el reproche, que corrige para direccionar, no calla la debilidad, la menciona para que allí florezca -en lo sucesivo- la apertura de corazón para el Anuncio. Pero sigue confiando en ellos, pasa a enviarlos, no los amenaza con un “despido” colectivo, sino que les muestra que después de su Ascensión, les corresponderá, como lo han enfatizado los Obispos en Aparecida: no hay discipulado sin misión; ser discípulos-misioneros es el perfil de cualquier seguimiento sincero.


«Los discípulos a su vez han recibido la llamada a estar con Jesús y a ser enviados por Él para predicar el Evangelio, y así se ven colmados de alegría. ¿Por qué no entrarnos también nosotros en este torrente de alegría?» (Papa Francisco).