sábado, 12 de septiembre de 2026

LE DOLEMOS A DIOS EN SUS ENTRAÑAS


                             Eclo 27,33-28, 9; Sal 103(102), 1-2. 3-4. 9-10. 11-12; Rm 14, 7-9; Mt 18, 25-31

 

Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-: que os améis unos a otros, como yo os he amado.

Jn 13, 34

 

Ante todo, es necesario tener presente que la justicia bíblica no corresponde a nuestro sentido de justica expresado con un veredicto…

Enzo Bianchi

 

La definición elemental de justicia como la disposición de dar a cada quien lo que le corresponde, puede servir, con demasiada facilidad, y sirve, con demasiada frecuencia, de pantalla para cubrir nuestros deseos incontenibles de venganza.

Alejandro Angulo Novoa, s.j.

 

El amor puede, fácilmente, ser adulterado en su profundo significado y puede desvirtuarse o edulcorarse hasta lo melifluo, hasta hacer de él un fetiche empalagoso y repugnante. Nosotros tenemos –porque se nos ha dado- un itinerario para justipreciar lo que es el amor: El primer paso es tomar consciencia de la Presencia de Jesús como nuestra compañía constante, y, ante todo, ¡mirar al que traspasaron!


Ni se vayan a imaginar que simpatizamos, lo más mínimo, con el masoquismo; tampoco –y rotundamente ¡no! No aceptamos la violencia y la tortura, de ninguna manera. Simplemente constatamos una realidad donde campea y se pavonea. Es un hecho que está ahí, flagrante. Levantamos los ojos hacia el Crucifijo y nos damos de bruces con la Víctima, el Cordero de Dios, resultado de la maldad, de una crueldad inusitada que desalojó la propuesta originaria de fraternidad. Y preguntamos, desplazando nuestra responsabilidad, (porque tan inhumano atropello salió de nosotros mismos) ¿Cómo puede Dios permitir que se dé tanto dolor, cómo puede Él, quedarse impávido testimoniando el calvario de la humanidad?

 

Llegamos necesariamente al cruce de caminos entre el Dios-Creador, infinitamente Bondadoso, que no podía hacernos a su Imagen y Semejanza sí nos hacía criaturas manipulables a su antojo, y por eso ¡nos hizo libres! Y el Camino del Mismo Señor como Siervo-Sufriente (Y el Siervo-Sufriente no es sólo el Hijo, lo es también el Padre). La criatura de Dios –se podría decir- quedó “condenada” a su libertad, al riesgo del mal uso de esa libertad. No deberíamos decir “condenada”, porque la libertad no es una cadena; todo lo contrario, es –junto con la vida- nuestro mayor bien, el carisma verdadero del ser humano, el que nos permite subir, crecer, superarnos, vivir en el bien, escoger una vida santa. Por eso, más bien, deberíamos hablar de “adornados”. Pero claro, por la concupiscencia, esa secuela del pecado, la libertad no sólo nos engalana, sino que además nos “exige”, nos pone a prueba y, nos expone a fallar, a caer, a optar mal; por tal, no sólo podemos hablar de estar “engalanados” con el carisma de la libertad (decimos carisma porque es una virtud que recibimos para hacer bien a los demás, para favorecer la comunidad, para construir en solidaridad, para avanzar sinodalmente, para edificarnos en koinonía; porque un carisma no se da para uno mismo, sino para los otros), además, en ese contexto, dado por el pecado original, hay que decir que la libertad no sólo nos adorna sino que nos deja expuestos, nos asoma al riesgo: Para poder obrar el bien, para ser agentes del bien y constructores de paz, debemos ser capaces de afrontar ese riesgo y sobreponernos a él. Esa dialéctica entre atributo y riesgo es lo que nos llevó –arriba- a hablar de estar “condenados a ser libres”, con una perspectiva casi existencialista.


Segundo paso: Pongámonos –por así decirlo- “en los zapatos” de María Santísima, al lado de la cruz, mientras su Hijo agonizaba. Tratemos tan siquiera de imaginar su dolor, su tristeza, su sufrimiento. Su dolor son “siete dolores”, es decir, todo el sufrimiento del mundo; una espada de dolor atravesó su alma (Cfr. Lc 2,35). Contemplemos el dolor de María que es el dolor de todas las madres de la tierra y de la historia que han perdido su hijo a manos del odio, la ira, la ambición…


Vamos al tercer paso: Pongámonos en contemplación ante el dolor de Dios-Padre que ve a su Hijo morir en la cruz. Si María, su Madre, sufre, ¿cómo sufrirá el Padre que lo ve todos los días de nuevo crucificado? He aquí la gran contradicción: Dios-Todopoderoso es, en este caso, la Víctima. El Padre contiene su Poder para ejercer su Poder: Dios crea, crea todo el tiempo, todo el tiempo crea seres humanos, según su Imagen y Semejanza, y los crea libres. Ahora puede retractar la libertad y salvar a su Hijo o… puede –porque el don de Dios es irrevocable- ratificar la libertad humana, conexa con el riesgo de caer, y dejar que su Hijo sea vejado, torturado y asesinado. «Ante la cólera de Dios, representada muchas veces en la Biblia, en lugar de escandalizarnos, deberíamos comprender que éste no es un capricho de Dios, no es un defecto de la Justicia, sino que es la expresión del sufrimiento de Dios, el cual sufre por el mal que ve cometer en el mundo, sufre la violencia, sufre el odio. Y, por tanto, su justicia se vuelve sufrimiento[1]


Y, aquí –ratifiquémoslo- destella la Bondad Omnipotente de Dios: Dios por Amor, resuelve sufrir antes que retirar el Don. Dios-Padre en vez de castigar y destruir, resuelve sufrir, permite que su criatura se vuelva contra Él. Así como María se hace abogada de todos los pecadores y Madre nuestra, pese a su Corazón atravesado de parte a parte, así Dios-Padre, en vez de quitar, da. Frente al peso avasallador del dolor, del sufrimiento y la muerte lo que hace es entregar, entregarse más. La Entrega es su Victoria.

 

«Mateo fundamenta la necesidad de un perdón sin límites en la parábola evangélica del siervo inmisericorde. Se trata de un funcionario, probablemente un gobernador en dependencia directa del rey, al que debía diez mil talentos… es la máxima cantidad imaginable en aquella época y es una suma simbólica que el rey perdona total y generosamente. Al oír el lector de labios de Jesús la condonación generosamente otorgada por el rey, piensa instintivamente que el agraciado repetirá el mismo gesto con su compañero. Pero no. Apenas sale agradecido de la presencia del rey, encuentra a su compañero, desata violentamente su ira contra él y le exige el pago inmediato de la ridícula cantidad de cien denarios… sin atender a las súplicas de paciencia ni a las promesas de pagar hasta el último céntimo… No se puede tener por exagerada la exigencia del perdón hecha por Jesús. Es sencillamente un gesto de agradecimiento por el perdón sin medida recibido a diario de Dios. En la parábola pone Jesús en violento contraste la deuda inmensa contraída con Dios y la pequeña cantidad que nos debemos perdonar los hombres. Con este contraste nos hace comprender que nunca puede haber motivo razonable para negarnos al perdón.»[2]


 

La palabra per-don significa “súper-regalo”, regalo-máximo. Con ese “Don” magnífico responde Dios a la violencia humana; al vicio fratricida Dios contesta con su Magnanimidad. “No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras iniquidades” (Sal 102, 9-10). Si Dios hubiera hecho gala de “poder” habría sido derrotado; como hace gala de su Generosidad Misericordiosa, entonces ha derrotado al Malvado. La Cruz es la Victoria sobre el mal y la muerte. La victoria definitiva, ya la muerte no tiene poder sobre nosotros, es el súper-Don. “¡El Señor σπλαγχνισθεὶς [splagchnizdeis] tuvo lástima de aquel empleado y lo dejo marchar, perdonándole la deuda”! (Mt 18, 27)


Hemos llegado a esa palabra clave del Evangelio según San Mateo: σπλαγχνισθεὶς del verbo σπλαγχνίζομαι [splagnizomai], “conmoverse”, “sentir piedad”, “lástima”, “tener misericordia”. La voz σπλαγχνα [splagchna] se refiere a las entrañas, André Chouraqui piensa en la “matriz” y lo expresa como sentimiento matricial: «El Dios de la Biblia. Adonaí Elohim, fue traducido al Deus del Olimpo, contra el que la idea monoteísta judía luchó. Y el Dios misericordioso es algo más en la Biblia. Es el Dios-matriz (rahem), que hace con todos los hombres y la creación entera lo que la matriz con el feto. Más que dar misericordia, o tenerla, Dios da la vida y la mantiene» es lo que nos traduce Chouraqui. Allí donde la madre siente el dolor de su hijo, dolor-uterino, ¡Hijo de mis entrañas!, donde María siente ser taladrada mientras Jesús se desangra, en ese mismo punto del alma nuestro Dios sufre con su Hijo. Dios Padre no deja a su Hijo sólo sufriendo, no lo abandona, su Poder-Inagotable lo hace “conmoverse” con sus criaturas, perdonarlas; De esas –también- cinco Llagas en el Corazón de Dios-Padre brota el perdón: el Gran Poder del Espíritu Santo.


El filósofo clava sus dedos en el muro, se arranca las uñas arañándolo y solo ve un ser delimitado por la muerte, un ser condenado a deshacerse en polvo y un polvo convocado a la nada. El Evangelio nos descubre que el ser-humano puede entenderse como un ser capaz de misericordia. El Poder de Dios crea siempre, en todo instante está creando, infundiendo nueva vida. ¡Él no abandona! Porque su Poder es Eterno, sigue acompañando, velando, reconciliando, reconstruyendo, absolviendo, resucitando. Dios es Eternamente Puro, Él es Santo, Santo, Santo. En el corazón del pecador pueden vivir ira y cólera. En cambio, para Dios, furor y cólera son odiosos (Cfr. Eclo 27, 33).

 

Sin embargo, el Amor-Victorioso de Dios (el que coronó a su Hijo con la Corona de la Resurrección, extensiva a todos los que caminan su derrotero) puede quedarse, para nosotros, en una abstracción. Ese peligro nos acecha poderosamente. Nosotros estamos siempre amenazados., en este caso la amenaza es dejar el amor reducido a un ente abstracto, en idea “pura”, cuando el amor es -ante todo- una práctica, algo que se “ejercita”. Una vez más reconocemos que el ser humano tiene su libertad como un don precioso que, –en cada encrucijada- lo capacita para optar; y optar convenientemente, haciendo uso de esa libertad. Lo que nos define como humanos es la capacidad de optar y –fundamental, no sólo optar, sino perseverar en esa opción- a menos que descubramos que habíamos optado mal, equivocadamente, entonces surge la “nueva opción”, cambiar pronto para “corregir”.

 


«Admitámoslo, el perdón… supone un esfuerzo considerable. Exige tiempo y energía de parte del ofendido que debe mantener una lucha continua contra el egoísmo siempre dispuesto a aflorar en una tarea así,…El verdadero perdón… toma tiempo, implica un largo trabajo de maduración y una conversión del corazón, tanto de aquellos que perdonan como de quienes son perdonados… si el perdón se muestra como algo tan doloroso, es porque requiere lo mejor de la persona. Y por experiencia todos sabemos que es fácil tropezar con la debilidad.»[3]

 

En esa matriz de la “Misericordia” fue donde Dios tejió nuestras células, e infundió vida y nos dio el ser que somos. Pero, ese ser-digno, precisamente “digno” porque libre, no opta por una suerte de espontaneismo sino que apela a su voluntad. Cada opción se toma y se sostiene firme con la firmeza de nuestra decisión. Eso va directamente en contra de la mentalidad que reacciona para optar según sus impulsos espontáneos, porque “le nace” o “no le nace”. (Y recordemos que, para tomar nuestras decisiones Dios no nos dejó a la deriva, nos “revelo” su Ley, y –además- nos legó la Iglesia, Madre y Maestra).

 

En cambio, el conmoverse sí es un movimiento espontaneo de nuestras “entrañas”, está en nuestro ADN-Divino, somos capaces de solidaridad, de afectarnos ante el dolor del otro, ante la debilidad del desprotegido, somos capaces de “tener entrañas de misericordia” ante el dolor del hermano, y no pasar indiferentes como el Sacerdote y el levita de la parábola del Samaritano.


Amar y perdonar son opciones que se toman y se sostienen por nuestro “compromiso”, se llama coherencia del ser humano que lucha, todos los días, por caminar los senderos del bien, por respetar la ley de Dios, por andar los caminos que el Señor nos indicó y no comer del fruto prohibido. Coherencia con el Gran Mandamiento de Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Estas opciones son –por principio- anti-homicidas, nos llaman a arrancarnos el cainismo, a detestar el fratricidio, en todas sus formas, el irrespeto, tanto como la insolencia, así como la calumnia, como percepción de enemistad, nos llaman a perdonar y a caminar con la carga ajena el doble de lejos, y si te piden la capa, darles también el manto y si te abofetearon en la mejilla izquierda, a ofréceles enseguida la derecha (Cfr. Mt. 5, 39-41). Así es, el compromiso con el Bien, es un sendero de Perfección. La coherencia es una tarea que se reinicia a cada instante, sólo el que persevere hasta el fin se salvará (Cfr. Mt 24, 13). (No limitarnos a no infringir los Mandamientos, esa es sólo la primera mitad del camino. ¡Coherencia es no desperdiciar ninguna oportunidad de hacer el bien!

 

Y para ser Vida Eterna
el Verbo quiso de mí
la carne que resucita.
Y yo le dije que sí
para no ser sólo tiempo.

P. Casaldáliga

 

Amar y perdonar están inextricablemente unidos. Son, como se suele decir, las dos caras de una misma moneda. Y no son cosas que nos salen así como al que le nace bostezar, son fruto del propósito sostenido, prolongado, incesante. Surgen de la fuerza del corazón, animado por el Espíritu Santo. ¡Nosotros solos no podemos! Es Dios quien obrando en nosotros nos da la fortaleza, la voluntad para poder perseverar. Pero esa fortaleza hay que pedirla y aceptarla, también hay que “optar” por ella, escogerla como parte de (perdónenos la metáfora belicosa) nuestro “arsenal”, pero arsenal de vida y no de muerte.

 

«La espiritualidad ni es abstracta ni es ingenua… Lo que se propone aquí es completar lo que ya estamos haciendo con ineficiencia debido al descuido generalizado de esa dimensión del amor que es la que mueve a los humanos.»[4] Apelamos a todo este tejido de valores cristianos, que constituyen lo que -verdaderamente podemos llamar- vida en el Espíritu. «… la primera pregunta no es “¿Cómo podré perdonar o favorecer el que los otros se perdonen?” sino, “¿Cómo podre lograr que la misericordia de Dios y su iniciativa de amistad aparezcan en mi vida y en la de los demás y yo me abra a esa amistad?”»[5].

 

 



[1] Enzo Bianchi. LAS PARADOJAS DE LA CRUZ Ed. San Pablo Bogotá. D.C.-Colombia. 2001 p. 55

[2] Grün, Anselm. SI ACEPTAS PERDONARTE, PERDONARAS. Narcea, S.A. de Ediciones. Madrid –España 2005 p. 19

[3] Nadeau, Marie-Thérèse PERDONAR LO IMPERDONABLE San Pablo Bogotá-Colombia 2003 p. 24

[4] Angulo Novoa, Alejandro. s.j  ESPIRITUALIDAD Y CONSTRUCCIÓN DE PAZ Bogotá D.C. CINEP/ Programa por la Paz, abril de 2014

[5] Mons. Castro Quiroga, Luis Augusto. EL CABALLERO DE LA TRISTE ARMADURA. p.83. Ed San Pablo. Bogotá Colombia.  

viernes, 11 de septiembre de 2026

Sábado de la Vigésima Tercera Semana del Tiempo Ordinario



1 Cor 10, 14-22

Formamos un solo Cuerpo

Arranca con una recomendación que da base al resto: ¡Huir de la idolatría! Un creyente no puede caer en el sincretismo de aceptar la fe en Jesucristo y añadirle una serie de remiendos ajenos que no hacen otra cosa que negar la fe. Aunque a muchos les irrita que se les diga: eso es diabólico.

 

En Corintio se celebraba la Eucaristía, con Pan y Vino. Como nos lo muestra la perícopa. Este Cáliz y este Pan que nosotros reconocemos como la Presencia Personal de nuestro Señor Jesucristo: Cuerpo, Alma, Sangre, y Divinidad de nuestro Señor, ellos lo llaman “de la bendición”.

 

A hora bien, no llamemos a las Formas Consagradas “comunión”. Se habla de “la comunión” que se establece entre todos, y que consiste en una unidad de creencia, de sentires, de fraternidad y de compasión que los pone a todos en la misma longitud de onda, como una “sintonía” que los lleva a la experiencia de fraternidad y les permite avanzar en sinodalidad.

Nosotros lo hemos convertido en un nombre como si el sacramento fuera una cosa, pero cuando hablamos de Comunión nos referimos al vínculo fraternal que nos une como verdaderos hermanos, hijos del mismo Padre. Se trata de una amistad que tenemos, donde la fuerza circulante para todos nosotros, es el Amor de Dios que nos acerca y nos llena de reciproca afinidad. San Pablo va al meollo de la cuestión cuando se adelanta a decir: “nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo”, y esa es la mejor definición de Comunión.

 

Existe el peligro de Comulgar sin comunión. Yo voy, me como el Cuerpo de Cristo, pero todos los demás que están en la Iglesia, para mí son unos extraños, gente que me es indiferente, que no me importan ni un pepino, que empujo e ignoro con atrevida insolencia. Ahí no hay Comunión. El que así come las Formas Consagradas es un “infiel”. No está en Comunión porque no se siente de un Mismo Cuerpo.

 

Cuándo nos comemos a Nuestro Señor Jesucristo, nos volvemos de la misma familia y, por lo tanto, debemos querernos, respetarnos e interesarnos los unos por los otros, empezando por un trato amable, que es el primer paso de la Comunión.

 

Digámoslo una vez más: comulgar sin construir sinodalidad es una parodia de cristianismo; no es la fe en Jesucristo, que implica la implementación de una familiaridad, de una intensa amistad, de sentirse comunidad, de confesarnos Uno en Dios.


Los no creyentes, que en aquel lenguaje se llamaban “gentiles”, ofrecen sacrificios que no están dirigidos a Dios, sino a los “demonios”. Y por hacer eso, caen automáticamente en la idolatría, y por eso, no pueden comulgar con las Formas Consagradas. Al estar practicando la idolatría, se salen de la Comunidad de Fe, abandonan en seco la Comunión, se hacen indignos de comer el Pan de la Fraternidad en Jesucristo. Por eso, empezamos diciendo que no se podía mezclar una cosa con otra, lo que constituye una profanación, porque son dos cosas muy diferentes, y apuntan en sentido contrario. El Pan y el Cáliz lo son de Salvación; los holocaustos y las victimas ofrendadas a los ídolos son “perdición”. Con eso, sólo lograremos detonar la más profunda tristeza de Dios.

 

Sal 116(115), 12-13. 17-18

Salmo de Acción de Gracias. Después de la Cena Pascual, viene este acto de agradecimiento consistente en la recitación de una serie de salmos llamados del Hallel, este es el cuarto cantico de הלל [Hallel] "alabanza".

 

Nosotros traducimos ¿Cómo le pagaré al Señor todo el Bien que me ha hecho? Como si se tratara de una tiendita. ¿Haré el pago en efectivo o con otro medio de pagó? Cuando uno paga, tiene que dar el “precio convenido”, uno no puede pagar menos; la transacción no se dará si se queda debiendo una gran diferencia; puede también suceder que uno pague, y Dios le quede debiendo, porque no le dio las vueltas completas. Ese es el problema con la palabra “pagar” que en nuestra cultura alude a una transacción monetaria.

 

En realidad, el verbo que aparece aquí es שׁוּב [shub] “volver”, “devolver”, “rendir”, “dejar”, “retornar”, “presentar (por ejemplo, una ofrenda en el Altar)”, “devolver algo inútil, dañado a su estado de utilidad”. Aquí desaparece la idea de cambio por su equivalente, simplemente hay un gesto de gratitud, que reconoce que no puede dar lo justo, sino que da algo que no amortiza pero que demuestra el agradecimiento por el favor donado.

 

Como agradecimiento, se hace un brindis, se brinda con la copa llena de Vida, y de Vida Feliz. Y, mientras se levanta la coma se pronuncia el Santo Nombre de Dios, porque se brinda reconociendo que todo nos viene de las manos de Dios, que cristo en su Sangre ha cristificado.

 

La gratitud no será un acto clandestino: se dará gratitud delante de todo el mundo para que conste a todos que Él sólo hace el bien y les hace el bien a todos, indiscriminadamente. Es un brindis propagandístico, que anuncia la verdad de su Bondad a los cuatro vientos.

 

En la segunda estrofa hay otro verbo es el verbo זָבַח [zabach], “ofrecer” especialmente un sacrificio. Este verbo se vuelve aquí explicativo del shub, admite un cambio desigual con desventaja para el donante primero, que no recibe lo que es justo, en la práctica se acepta mucho menos. Si no fuera así, nunca nos podríamos acercar al Señor, porque nunca tendríamos lo suficiente para “compensar” ese don; el “don” precisamente es don porque es gratuidad.


 

Levantar la Copa de la Salvación parece aludir a la “Elevación”, el brindis Eucarístico. Con este brindis el Señor no celebra su muerte, sino su ingreso en la Sala del Rey, en calidad de Príncipe Heredero.

 

Si todo lo que tenemos viene de Dios, ¿cómo podríamos nosotros, de forma alguna, llegar a “pagar” tal Don tan maravilloso?

 

Sin embargo, en una transacción desigual, lo que hace el salmista es presentar un tributo -desigual- por tanto, insuficiente, que es solamente una señal de gratitud: Una víctima simbólica. Presentando este sacrificio, sólo se rinde “alabanza”, ¡jamás se paga! Es un cumplido por cortesía. Dios así lo recibe, como -y esta es la imagen más aproximada que tenemos- un niño, que -sin saber escribir-, toma el esfero de su papá y le dibuja en mamarracho y se lo שׁוּב [shub] “entrega” como tarjeta de cumpleaños.

 

Pero lo Maravilloso, es que Dios visualiza en sa pobre “ofrenda”, en ese “don” ofrendado, a su Hijo, porque su Hijo -en su economía salvífica así lo previo, y así lo instituyó, para legárnoslo.

 

Lc 6, 43-49.

Un árbol se podía describir con acertada aproximación, por medio de la descripción de los frutos que da. En tal caso, hay un acomodo muy preciso entre el árbol y el fruto, Los frutos son del mismo talante que el árbol. Cuando se tiene una manzana entre las manos, se tiene la certeza que viene de un manzano. Y, al probarla, diremos, conforma a su gusto, qué clase de árbol la produjo.


Al ser humano se le nota el corazón, a la legua, con sólo escuchar sus discursos. Normalmente, acertamos a discriminar con qué clase de persona nos las vemos, escuchando su “habla”. En este caso la relación de correspondencia es paritaria con la del árbol y sus frutos. Un corazón perverso no podrá pronunciar tiernas loas cargadas de verdad, de altura, de magnanimidad.

 

Lo inverso también se cumple, no sólo podemos detectar su maldad, también podemos leer la bondad que anida en el pecho de la persona, escuchando su lengua florida que pronuncia alabanzas y encomios.  ¿Podrá un espino cargar “ricos higos”? ¿es posible que colectemos sabrosas uvas en una zarza?

 

Se podría extender este tipo de relación a un paisaje: una tierra seca y agreste ¿valdrá la pena adquirirla para cultivar trigo para muy sabroso pan? Uno puede llegar a conocerse si se mira con este mismo discernimiento:  así podrá darse a la tarea de enmendar su propio corazón, procurando corregir y desbrozar todo lo detestable de su terruño personal.

 

Se trata pues, de un encuentro con el yo-mismo, con un propósito de crecimiento para poderse presentar -algún día- ante Dios como árbol de buenos frutos.

 

En este proceso, uno puede no sólo llegar a conocerse mejor y plantearse un “plan de mejora” personal, un programa de auto-superación, planteándose sinceramente ante Dios, y tomando como referencia que a Él no lo podemos engañar y que Él conoce a fondo nuestro corazón con todas sus limitantes; a la vez que reconociendo que Él siempre nos ve con Su Infinita Misericordia.

 

A veces nos dejamos engañar pensando que somos mejores que nuestras palabras y que nuestras acciones las superan; pero lo cierto es que nuestras palabras engloban el esquema general de nuestra personalidad y de nuestro proyecto de vida. Habrá siempre que trabajar en nuestras palabras, para lograr que lleguemos a un progreso consonante en nuestras acciones.

 

En la segunda parte de la perícopa, nos encontramos con un molde perfecto para catar y mensurar nuestra palabra, y es la Palabra de Dios.  Un trabajo sincero sobre el yo implica dos pasos:

1)    Escuchar con todo el corazón las palabras de Dios y las orientaciones que Él nos da.

2)    Poner por obra la asimilación de ese Mensaje en nuestra existencia.

Esa coherencia entre los dos planos: lo que Dios nos dice y el acatamiento e implementación de su significado en nuestra existencia, el Señor la dibuja con una parábola doble: La de los dos hombres que construyeron su casa en terrenos totalmente diferentes, uno sobre roca y el otro sobre arena.


Obsérvese que la parábola no todo lo atribuye al terreno, sino a la “profundidad” de los cimientos. Una casa sólidamente construida requiere bases profundamente ancladas. El que construye sobre roca, pero deja los cimientos a ras de tierra, tampoco alcanzará una edificación resistente, así como el que edifica sobre la arena, pero cava hondo para poner el basamento bien profundo, nunca logrará la estabilidad del que construye sobre roca, pero tendrá algo mejor que aquel que no pone ningún empeño en las raíces de la estructura.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Viernes de la Vigésima Tercera Semana del Tiempo Ordinario

1 Cor 9, 16-19. 22b-27

Claro está que hay muchas tareas que asumimos por la paga, porque ese ingreso, la remuneración, es la fuente monetaria para suplir nuestros gastos, todas nuestras compras, el pago de todas nuestras necesidades, en fin, subvenir a nuestra manutención.

 

¿Entra la labor evangelizadora en este renglón? Podría ser, y efectivamente hay personas que dedican por entero su vida a la “labor” del Anuncio y Proclamación, y de alguna parte tiene que salir su “paga”.

 

Empero, no es este el enfoque que da a su labor San Pablo. Él prefiere “trabajar” y fuera de su horario laboral, ejercer su compromiso de fe. En la perícopa de hoy, nos informa que él prefiere no representar para nadie una carga; quiere evitar que se diga que el Servicio que le presta a su Señor, sea la fuente de sus ingresos, porque sabe que, con ese argumento, muchas personas lo desautorizarán y argumentarán que todo es por “lucro”.

 

En cambio, lo que todos pueden atestiguar es que, su esforzada labor, la hace para honrar con cada minuto de su vida a su Dios y Señor. En la cultura judía, cada quien debe tener un oficio, y de eso se encarga el padre, que le enseña -a su hijo- a cumplir una tarea con la que pueda ganarse la vida. El papá de Pablo, le enseñó el arte de las tiendas de campaña, y son ese oficio, que él desempeñaba, durante el día, obtenía lo necesario para mantenerse. Nadie podía acusarlo de ser un “recostado”, o de beneficiarse de los dineros que en las Iglesias se recababan. Al contrario, todos veían en él, un esforzado trabajador. Sabían que se alimentaba del esfuerzo de sus laboriosas manos.

 

Su tiempo libre, no lo dedicaba al dominó, a la pirinola o a las maquinitas de video. Todo su tiempo libre era para el Señor, y se sentía responsable de no robarle ni un segundo al compromiso que había “firmado” de consagrarse a llevar el Evangelio. Era un Keryx, un Heraldo de la Palabra de Jesucristo, como él mismo lo decía, era Apóstol de Jesucristo que era quien lo había llamado-y-enviado; y ayudaba a la gente, con todo su conocimiento de la Torah y con toda la preparación que había adquirido a los pies de Gamaliel.

 

Como Pablo permanecía “libre”, porque no dependía de nadie, ni devengaba del fondo de las comunidades, sumaron a esto que no había conocido a Jesús, personalmente, y de allí concluyeron que no se podía llamar “apóstol”. Jesús había dicho en el capítulo 10º del Evangelio mateano que el que anunciaba el Evangelio habrían de vivir de ese oficio de predicadores y que la comunidad tenía a su cargo sostenerlos y a la mujer que los atendía como dice en esta perícopa (el verso 5, de este capítulo 9).

 

Pablo da como ejemplos el soldado que trabaja en el combate y por eso recibe su “sueldo (soldado), así como el pastor, a alimentarse del producto de su rebaño, y el agricultor tiene también derecho a lucrar de su trabajo en el agro. Pero para él, lo que constituye su paga, es dar a conocer el Evangelio.  Si el no cumpliera esa tarea sería reo de irresponsabilidad evangélica, “ay de mi -dice- si no anuncio el Evangelio”.

 

«Me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos». Y para explicar este punto recurre a una metáfora deportiva, tomada del campo atlético: ¿No saben que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno sólo se lleva el premio? Y luego, enfatiza que él se ha dedicado el “entrenamiento” (o sea a la predicación) como el más consagrado atleta; lo ha hecho no para ganar una corona que se marchita -recuérdese que el trofeo atlético consistía en una corona de laureles- sino que, el que anuncia el Evangelio, ganará una corona que no se marchitará jamás.


Entonces se afana en su labor para no correr el riesgo de ser descalificado, él que les ha predicado a otros ese desvelo, no quiere fracasar, víctima de su laxitud y del débil esfuerzo al participar en la competencia. Porque alguien que ha entrenado duro, puede desmayar en la carrera y no podrá rendir para clasificar entre los que llegan a la meta.

 

Sal 84(83), 3. 4-5. 6-  12

No hay otra luz y guía

sino la que en el corazón

se mantiene encendida.

San Juan de la Cruz

 

La primera estrofa nos habla de la sed de espiritualidad, y cabe pensar en la idea de Rahner: “cristiano del siglo XXI o será un místico o no será nada”. Necesitamos hambre y sed de Dios, de una experiencia intensa de Dios, que no tiene nada que ver con “hacer cosas raras”. (Hna. Yoise Esmit Gutiérrez Pérez).

 

Nosotros como pollitos, como pajaritos, queremos hacer nuestros nidos en el alero del templo, para estar siempre en contemplación. (Este es un salmo de peregrinación: ¿hacia dónde se peregrina? ¡Claro! Hacia el Templo. Tratemos de intuir lo que significa para un Judío el Templo, nosotros que tenemos Iglesias por doquiera). “Depende de ti que esta imagen no sea únicamente la hermosa creación de un poeta, sino la patética expresión de tu experiencia espiritual”. (Noël Quesson)


Otra pregunta: ¿Quiénes son los bienaventurados? Los que viven en el Templo, en constante y permanente alabanza, los que en medio de la tempestad tienen un lugar para refugiarse. recordemos que no se trata de vivir en la Iglesia, sino de tener la clara intelección que somos “Templos del Espíritu” (1ª Cor 6, 19-20) y que “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28).

 

¿Explíquenos eso? El salmista responde: Es que Dios es a la vez: escudo y sol, da Gloria y Gracia, y le regala sus tesoros al que no tiene tachas en su conducta. Al de vida inmaculada Dios le consigna todos sus Dones. ¡Alta exigencia!

 

¡Qué repetimos en la antífona? ¡Cuán deseables son tus moradas, Señor del Universo! Zambullirnos en Tu-Amor-Ágape, ese es nuestro ideal, nuestra meta. El sentido de nuestra vida, la misión que nos encomendaste para ser verdaderos discípulos.

 

Lc 6, 39-42

Según vemos hoy, Jesús se dirige a los discípulos, mientras que, en el pasaje paralelo que está en Mateo, Jesús les está hablando a los Fariseos (Mt 15, 14-30). Se trabaja este punto desde dos ópticas: 1) ¿Cómo puede un ciego hacerse “conductor” de otros? Y, b) ¿Cómo puede alguien con un gravísimo problema ocular, tratar de reparar un pequeño daño en el ojo de su “prójimo”? esta parábola doble no se puede leer en el vacío, tiene su piso en el Mandamiento que Jesús estableció ayer: “Sean compasivos, como su Padre”. (Lc 6, 36). Sin este piso la perícopa de hoy flota en el éter.


¿Cuál es la palabra griega que ocupa el lugar de “Compasivos”? Es la palabra οἰκτίρμων [oiktirmón] “compasión visceral, uterina, si se quiere, es un sentimiento nacido de las entrañas, sólo comparable al amor de la madre por su hij@”. Es bueno saber esto porque nos da un excelente referente de lo que es “compasión”, que nosotros siempre asimilamos como lástima, como “pobrecito”, ¡qué pesar!” o, como se dice por ahí: ¡Qué pecadito!

 

Ahora, si damos un vistazo co-textual a la palabra, aquí, por relación a lo que se dice, tiene una definición cuádruple, es un amor maternal que:

i)              No juzga

ii)             No condena

iii)           Perdona

iv)           Se entrega, se da, no retiene nada para sí

 

¿Si ven? Así el drone aterriza, deja de flotar en el vacío, se vuelve una palabra repleta de significado, deja -por fin- de ser una mera abstracción. Al principio Dios creó la Luz, en la Segunda Alianza Dios creo la Compasión. Quien no la recibe y la desprecia, queda “ciego”. Jesús hará barro y nos creará unos Nuevos Ojos, ojos capaces de “darse cuenta” y de “compadecerse”. De otra manera nos daremos contra las paredes y nos enredaremos con todo.

 

¿Hay algo que podamos hacer para “abrirnos” a la capacidad para ese sentimiento Divino? ¡Lo hay! Es la Confianza. Pero, tristemente, vivimos en la era de la “desconfianza”, somos maestros de la “suspicacia”. La suspicacia es el obstáculo que el Malo le atraviesa a la “compasión”. Si el pizco ese consigue entrabar nuestras piernas con la “suspicacia” nuestro proyecto de fe va a pique. No hay un peor corrosivo para la inteligencia mística que la suspicacia.

 

En la perícopa se nos da un paso a paso: ¿Cuál es el primer paso para sacarse la “viga” del ojo propio? A ver… ¿Qué nos dice la perícopa que es lo primero?

 

¿Qué es lo primero que hace una madre? ¿Reprenderlo por el error? No, ¡lo primero que hace es ¡amarlo con todo su amor entrañable! ¿Cómo es el amor entrañable? el que nos salva de los miedos y nos da seguridad, y guía para que se acepte a sí mismo (no tiene nada de malo que seamos limitados, que fallemos… sólo hay que “persistir”), y luego le pone el sello de aprobación, ¡un beso de madre en la frente!


Esta compasión debe sufrir “adaptaciones”, no podemos andar besando a todo el mundo y actuando como una mamá con todos. También una mamá adapta su “compasión” y no la ejerce igual con el bebé que con el grandulón. ¡Pero siempre es compasiva! 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Jueves de la Vigésima Tercera Semana del Tiempo Ordinario

 

1Cor 8, 1b-7. 11-13

Entramos ahora en el cuarto “bloque” de la 1a Carta a los Corintios (8,1 – 11,1) donde el asunto es “la carne ofrecida como sacrificio idolátrico”, este cuarto bloque lo estudiaremos en lo que resta de la semana, comenzando hoy: jueves hasta el sábado.


¿En qué estribo hace pie Pablo para presentar esta temática? Él retoma el tema de las dos muy diversas sabidurías: Que son la sabiduría “mundana” y, otra La Sabiduría Suprema, que nos viene de Dios. La sabiduría intelectualista, con densos brochazos de filosofía, es la sabiduría que Pablo denuncia, llamándola de los “fuertes”.

 

La sabiduría que nos viene del Señor, es la sabiduría de los “débiles”. Esta sabiduría fraterniza, armoniza, no quiere “ganar”, quiere acercarnos los unos a los otros y llevarnos a reconocer nuestra filiación del Señor. Amar a Dios descorre la pesada reja que se interpone al Verdadero Saber; pero amar es inaccesible a los “fuertes”, el fuerte está enjaulado en sus recursos de fuerza, de violencia, de muerte. ¡Salta a la vista que el amor es una filosofía totalmente distinta! No se trata -diríamos hoy, de un duro racionalismo cerebral, sino de un razonamiento dulce, que pasa por el corazón y cuyo axioma base es la capacidad de compadecerse. (No vayamos a tratar de reducir el “amor” a un efectismo chicloso, a una acariciadera y besuqueo empalagosos que, por donde se pruebe sabe a miel y vainilla. ¡No se trata de eso! El amor también es “inteligente”, este no es el amor de Cupido que tiene los ojos vendados y dispara sus flechas a la loca. Es el amor más “lógico” porque su basamento está en Dios, Cima Perfecta de toda Sabiduría): El amor a Dios nos recubre de un dorado especial en el que los destellos del Amor de Dios, que se reflejan en nosotros, atraen la atención del Padre Celestial, que nos descubre enseguida como suyos.

 

“Sobre el hecho de comer lo sacrificado a los ídolos…” Pablo nos dice que nosotros sabemos y entendemos que los ídolos no son más que eso, fantasías inventadas por el pensamiento humano, y -también sabemos perfectamente- que no hay más que un Dios, manifestado a nosotros en la Persona de Jesucristo; aun así, conocemos un sin fin de dioses mitológicos que pueblan tanto el cielo como la tierra, todos ellos “irreales” y, un Único Señor Dios Verdadero, el Padre de quien procede todo y el Hijo por quien existe todo y Él es nuestro Dueño y Señor.

 

Eso estaba muy claro y algunos lo entendían de manera excelente. Pero, por otro lado, estaban los que, habiendo abandonado la idolatría, no habían logrado apartar de sus vidas los rezagos de tales creencias, que continuaban teniendo sus conciencias “manchadas de inseguridad”.  A estos, todavía muy frágiles, se les dificultaba aceptar y sostenerse en la verdad, y, ver que consumían carne que había pasado por un altar idólatra, los confundía y veían en ello un abandono, o al menos, una traición a su fe cristiana. Y a pesar de esta endeblez, Pablo los destaca como “hermanos”, por los que también murió Cristo.


Ahora bien, hay un cuidado sinodal que Pablo nos alerta que debemos aplicar en favor de los que todavía no gozan de la convicción suficiente y nos advierte que no podemos escandalizarlos porque si ayudamos a confundirlos estaríamos pecando contra Cristo. Para estos casos, se sienta un principio: “nunca comeré carne para no dar escándalo a mi hermano” (8, 13). Aquí ya está en acción una cultura del cuidado que es consciente de que la fe no es un asunto exclusivamente personal, sino que hay retículos de la fe que nos enlazan con todos los miembros (y aun con los no-miembros, pero que bajo ciertas circunstancias podrían alcanzar el paso a Jesucristo), y que esa responsabilidad corporativa nos asiste a todos los que confesamos a Jesús como nuestro Señor. Esa conciencia nos conecta al cuerpo Místico de Cristo.

 

Sal 139(138), 1b-3. 13-14ab. 23-24

Estamos ante un salmo del Huésped de YHWH. Un padre, o una madre, conocen a su hijo, lo conocen bastante bien, pueden intuir sus sentimientos, sus pensamientos, sus decisiones (no con una exactitud del 100%, pero sí con un porcentaje bastante alto). Pues Dios nos conoce completa y totalmente. Él nos ausculta hasta el mismísimo centro de nuestra médula y puede decir con cabal seguridad hacía que metas nos movemos y si las vamos a alcanzar o no. ¿cómo podría ser de otra manera si somos los huéspedes de la morada terrenal que Él nos otorga? ¡Opcionados, también, para llegar a la Morada Final, en la Nueva Jerusalén!

 

La consciencia del Salmista a este respecto es profunda. Se fija en sus propios pensamientos y en el alambicado y alocado fleco que los atraviesan, y sabe que Dios -previo a cualquier idea o pensamiento- se ha anticipado a observarlo y a detectarlo.

 

También como un sabio galeno, conoce nuestro organismo, todos nuestros órganos, su funcionamiento y estado de salud, y, el cantor, agradece la maravilla del organismo que Dios ha diseñado como soporte de la vida humana.


Y, le ruega que esté presente en su interior, siempre al timón de toda nuestra nave, para que sea Él quien la pilote y la prevenga de llegar a desviarse.

 

¿Para dónde va la Nave de nuestra vida? Hacia la Vida Eterna, pero qué inexpertos y cuán torpes somos para dirigir las riendas y acertar a no desviarnos. Por eso, el salmista nos da ejemplo, abandonándose en la conducción de “la carroza de la vida” hacia el Cielo y se entrega confiado al Señor que será el Auriga experto que no permitirá que erremos nuestro destino.

 

Lc 6, 27-38

El fragmento de hoy forma estrecha continuidad con el que leímos ayer y es parte de la misma perícopa. Nos hallamos en el Sermón del Valle. Es evidente que el Señor no ha venido a abolir la Ley, sino a perfeccionarla. Muchas veces se piensa que perfeccionar implica complicarla más, ponerle más artículos, y más parágrafos y llevar su casuística hasta las más mínimas variantes, así, hasta llegar a la más laberíntica exageración, a un galimatías, y reduciéndola a una maraña sólo accesible a los súper especialistas.

Este no es el camino de “perfección” que escoge Jesús, Él, lo que hace es tomar el eje y enunciarlo con tan profunda sencillez que hasta un bebé lo entienda. Para eso, desplaza los reflectores y apunta al núcleo. Veamos, concretamente, el caso de esta perícopa:

i)              Amén a sus enemigos

ii)             Hagan el bien a quienes los odian

iii)           Bendigan a quienes los maldicen

iv)           Oren por quienes los insultan

v)            Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra.

vi)           Si alguien te quita la capa, déjalo que se lleva también tu camisa

vii)          A cualquiera que te pida algo, dáselo

viii)         Al que te quite algo que es tuyo, no se lo reclames

 

Y, llega a la cúspide, con una fórmula sintética: “hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes”.

 

Todo esto no es un moralismo, es un ideal de vida tan alto como el Cielo. (Ojo que no decimos “tan difícil”, ni tampoco, “tan imposible”, o “inalcanzable”; nada de esto es imposible, sencillamente porque el amor nos hace poderosos).

 

Analicemos:

i)              Si solamente amamos a quienes nos aman, ¿hay en eso algo de extraordinario?

ii)             Si se hace bien solamente a quienes nos hacen el bien, ¿se adelanta algo con eso?

iii)       Si se les hacen préstamos sólo a aquellos que nos van a retribuir ¿se puede ver en eso algo meritorio? ¿podrá llevarnos ese enfoque a un lugar mejor?

 

Estos tres enunciados, de alguna manera, constituyen una denuncia, porque se señalan con ellos, lo que siempre se ha hecho y, que, por lo mismo, demuestran que no han desatado ningún espacio de “Justicia”. Nos atrevemos a afirmar que todos conocemos este texto prácticamente de memoria, pero, en nuestras agendas no ha tenido ninguna repercusión.

 

De ese marco de denuncias se pasa al renglón propositivo:

i)              Amar a los enemigos

ii)           Hacer el bien (Atención, a veces se subraya excesivamente lo que está prohibido -una religión de no hagas esto y no hagas aquello- pero falta el compromiso constructivo con el bien. Y es que en la predica de Jesús -especialmente en su accionar- lo que encontramos es un compromiso con el Bien, y un precepto implícito: el mayor pecado es perder toda oportunidad que Dios nos conceda para obrar ese Bien)

iii)           Presten, sin esperar nada a cambio

iv)           Sean compasivos, como su Padre es Compasivo.

 

Y vienen a continuación las dos joyas de la Corona (del Reino de Dios.  En el Reino de Dios también hay corona). Dos axiomas que nos dan la completitud de la terna y nos muestran la ruta del cristianismo:

a)    No juzgar. No condenar. Perdonar (Jesús no solamente lo mandaba, sino que lo practicaba.  En esto hay que imitar a Cristo).

b)    Dar. A lo que Jesús añade una glosa-sinóptica, que es el colmo de la sencillez: Con la misma medida que ustedes den a otros, Dios les devolverá a ustedes.


Ni siquiera se puede decir que hay en esto alguna palabra rara. Por eso la Ley es Perfecta, porque es perfectamente clara.