domingo, 9 de agosto de 2026

SAN LORENZO, DIACONO Y MARTIR


2Cor 9, 6-10

Con toda la situación, en Jerusalén la estaban pasando negra. Cuando Pablo estuvo en Jerusalén lo que le solicitaron -la única petición hecha- fue acordarse de los pobres, y esta consigna quedó hondamente gravada en su corazón. Y, la idea llegó a ser un leitmotiv, particularmente hacia el año 55. La manera de allegar estos fondos era un proceso de “colecta”. Pablo, por su parte, no la llama así, para mostrar el verdadero espíritu que anima esa campaña, la llama de varias maneras: “tesoro de generosidad”, “gracia”, “generosidad”, “servicio en favor de los santos”. Las cosas son -en gran parte- de acuerdo al nombre que se les da. En este caso, un ejercicio de sincera espiritualidad, manifestado con gestos de desprendimiento.

 

Toda la perícopa de hoy apunta en ese sentido: descifrar cómo debe ser la entrega. Las pautas que dan propenden a purificar la donación de toda arrogancia, además, con total trasparencia, porque en estos asuntos pecuniarios, siempre asoma el riesgo de la desconfianza y la sospecha de estar amasando para el engorde de la propia billetera.

 

La que nosotros llamamos Segunda Carta a los Corintios, y lo han comprobado hasta la saciedad los avezados investigadores que constataron que no se trata de una unidad, sino de un conjunto de “cartas” con diversos destinatarios y escritas en diversos momentos, bajo una diversidad de propósitos. Nos imaginamos como una caja donde se van juntando todas las cartas, y que luego, con “algún” criterio, se anexan para darles unidad: todo un  proceso editorial.

 

Este capítulo es una de esas cartas que, por medio de Tito, él les habría remitido. Pablo les pone a los macedonios como modelo de solidaridad a las comunidades acadias.

 

Hagamos ahora el elenco de las cualidades que deben perfilar la generosidad:

a)    Evitar la mezquindad, dar sin dolerse del desprendimiento.

b)    Dejar que sea el corazón el que señale los límites de lo donado

c)    Evitar renegar del sentido fraternal que respalda el gesto donativo.

d)    No dar como si uno sufriera un atraco y se viera obligado.

e)    Recordando que Dios socorre, de manera que cuando se da, siempre queda suficiente para suplirse a sí mismo.

f)     Con espíritu Eucarístico: es decir, agradeciendo a Dios que mueve nuestro corazón a tal desprendimiento, que no es un gesto “natural”, sino un milagro que logra Dios en nuestro corazón, poniendo por delante al prójimo, anteponiéndolo a nuestro “egoísmo”. ¡Loado sea el Señor!


Ese desvelo por nuestro prójimo es la corona, más aún, constituye la piedra preciosa que está en la cúspide de la Aureola que resplandece en la Acción Litúrgica que celebra el corazón de carne que Dios nos ha dado, porque el Diamante de la Corona de la Santificación, es la Justicia que -siendo adorno de la Divinidad- comparte Dios con su criatura, enseñándole que, el Dueño Verdadero de Todo lo Creado, es el Señor: “De modo que teniendo siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aun sobrante para toda obra buena”.

 

Sal 112(111), 1-2. 5-6. 7-8. 9

Este es un Salmo de la Alianza.

 

Este salmo tiene 22 versos, de nuevo, nos hallamos ante un salmo alefático -cada verso va con cada una de las letras del alfabeto hebreo (alefato)-, lo que significa que quiere abarcar la integralidad de la ley. ¿Cuáles son los pilares esenciales del edifico de la Ley?, recordemos que Jesús los puso de manifiesto cuando lo interrogaron sobre los Mandamientos esenciales de toda la Ley, cuando la gente se sentía extraviada ante el farrago legislativo de los expertos del fariseísmo, los maestros legalistas, Jesús, por el contrario, resumió: Un Pilar es el Amor a Dios; el otro, el amor al prójimo.

 

¿Por qué no decirlo? Después de hablar de la “colecta paulina”, hablamos de la plenitud de la Ley, para ver cómo se delinea el Perfil de San Lorenzo Diacono y Mártir, uno de los siete diáconos regionarios de Roma, quien fuera martirizado -por órdenes del emperador Valeriano- en una parrilla, el 10 de agosto del 258 de nuestra era, cuatro días después del martirio del Papa Sixto II, -San Lorenzo estaba encargado de ayudarle al Papa en la administración de la Iglesia Romana. El Papa reconoció la trasparencia de Lorenzo y, a pesar de su corta edad (alrededor de los 30), lo eligió como uno de sus siete diáconos. Incluso, lo había nombrado su asistente principal, (archidiácono).


Lo recordamos -muy a tono con lo que las Lecturas nos dicen-, por su compromiso radical y ayuda incansable para con los necesitados: Según cuenta San León Magno, recibió de aquel tirano la orden de entregar los tesoros de la Iglesia, y él, burlándose, le presentó a los pobres -los enfermos, los lisiados, los ancianos-, en cuyo sustento y abrigo había gastado abundantes riquezas.

 

Dice el salmo que el Señor hará poderoso el linaje del que pone todo su corazón a la orden de los Mandatos Divinos, ¡Nosotros somos la descendencia de San Lorenzo! ¡Él ganó para nosotros la corona del martirio en la parrilla!

 

De él podemos decir ¡dichoso! Porque administraba bien los tesoros de la Iglesia, se apiadaba y prestaba.

 

Desde el Cielo, sigue firme y su corazón sólo una cosa aguarda, el Día de la Parusía.

 

Es paradigma de la Santidad, porque repartió limosna a los pobres y su caridad fue constante. El verso 9, será citado por San Pablo e 2Cor 9,9.

 

Digamos de San Lorenzo, dedicándole esta jaculatoria: ¡Dichoso el que se apiada y presta!

 

Jn 12, 24-26

En esta perícopa hay un verbo regente que muchas veces se queda marginado. Es el verbo “ver”. Está en el verso 12, 21 (por eso es tan importante no dejar la perícopa aislada y huérfana sino hacer pie en el co-texto bíblico); allí dice que durante las fiestas unos griegos que habían subido a Jerusalén, se le acercaron a Felipe y le manifestaron querer “ver” a Jesús.


Uno piensa en simple curiosidad, pero en realidad lo que mueve a estos “curiosos” es un interés por “ver” qué es lo que hay de fondo en este “profeta”, cuál es la sustancia primera y máxima del que ha despertado tanto revuelo. Ya tienen la información superficial y periférica que los lleva ante Felipe, ahora, quieren ver a fondo, ir a la médula de la persona; en suma, quieren conocerlo de verdad, para -si es el caso- hacerse ellos también seguidores. Y -esta sana curiosidad la expresan con una petición que suena a súplica-: Los griegos están aquí como figura de todos los no judíos que se acercaran paulatinamente y Felipe y los otros discípulos, son figura de todos los que -como bautizados- tenemos el encargo de “acercarlos” a Jesús y hacérselo ver.

 

Jesús no pasa a mostrarles su imagen, su forma de vestir, las marquillas de su ropa, la firma de los altos modistos, sus más recientes videos, ni la calidad de su calzado; no les muestra nada de lo “aparencial”, Jesús va directamente al núcleo de su enseñanza y pasa a mostrarles las condiciones de la fraternidad y de la sinodalidad: La entrega, el servicio.

 

El evangelio será una verdadera lección sobre la generosidad y el desprendimiento: Con una mirada panorámica, que otea hacia el esjatón, nos deja profetizar que el sentido de la vida -como pasa con el grano de trigo- consiste en caer en tierra, geminar y dar el ciento por uno.

 

Muchas veces nos guardamos, nos sustraemos, nos mezquinamos, y olvidamos esa consigna que los ubérrimos granos del trigo aplican con tanta generosidad: "El que no vive para servir, no sirve para vivir", dicho que se atribuye a Santa Teresa de Calcuta. Digno de tatuarlo en la piel como fórmula para superar toda tacañería. Olvidarla es perder el norte de la existencia. Tenemos que guardarnos, pero para la vida eterna. No para la duración, sino para ser fertilizante de la vida de la fe, de la espiritualidad.

 

Donde pervivan los beneficiarios de la generosidad, allí se está prolongando la tan anhelada vida eterna que persigue con obstinación nuestro más sincero anhelo: trascender los límites de la temporalidad.

 

Decimos seguir a Jesús en alguna definición dogmática, pero lo que se nos enseña en este fragmento evangélico es el Servicio, nada abstracto, sino algo tan concreto que libra, socorre, favorece, alegra, consuela. No nos revolquemos desesperados en la infecundidad, renunciemos a todo rastro de egoísmo, no porque no amemos el don de la vida recibida, sino precisamente porque darse es el servicio excelso que Él, Jesús, nos propone.


¿Ambicionamos un premio venido de las Manos de Dios-Padre? Habrá que servir a Jesús, sirviéndole en el prójimo. 

sábado, 8 de agosto de 2026

VOLAR COMO FLECHAS HACIA EL INFINITO

 


1 Re 19, 9a.11-13a; Sal 85(84), 9ab-10. 11-12. 13-14; Rm 9,1-5; Mt 14,22-33

 

Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!

1 Reyes 19, 11

 

Hoy Jesús no está entre nosotros, pero dejó a la Iglesia como continuadora de su mediación para alcanzar la fe.

Segundo Galilea

 

Nuestra religión no vuela en virtud del milagro, sino que se nutre de la savia de la fe. El árbol de la fe nos habla de la vida y nos enseña a vivirla. La fe es el impulso del Espíritu Santo que nos eleva a la trascendencia. La Santa Cruz nos explica la existencia y la dota de sentido. Son sencillamente dos maderos como la vida misma, un “puente” para caminar a través del tiempo que se nos concede estar aquí, en nuestro peregrinaje por la tierra, donde no establecemos morada definitiva, sino, donde -somos conscientes- sólo construimos “tiendas provisionales” סֻכָּה [sukkah], como enramadas. (Más “provisionalidad” no significa ni negligencia, ni superficialidad, ni descuido, mucho menos cuando estamos en “el tiempo” durante el cual todo se pone en juego; más bien supone celo, devoción, aplicación y vigilancia en el sentido en que nos enseñó Jesús de “permanecer siempre alertas” cfr. Lc 21, 34). El palo vertical, el estipe, encierra  como una simbología de “antena”, nos habla de algo que viene de “arriba” y lo “capta” y –a la vez- significa nuestra respuesta al “mensaje” que nos llega; la respuesta humana  es precisamente la fe. Lo que viene de arriba hacia abajo es el Amor-Fiel de Dios por su creatura. Por eso el estipe nos habla, en esencia, de la Alianza. “Yo seré tu Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Cfr. Ex 6, 7; Jr 30,22. 32,38); lo que va de abajo hacia arriba es la fe, la respuesta comprometida del ser humano a Dios. La circulación de la sabia en el árbol de la fe es “creer”. Esa es la dinámica que liga lo terreno con lo “Celestial”. Pero, este puente es “corto”, toca la tierra pero no alcanza el “Cielo”, sólo apunta hacia Él, señalando la dirección, por eso es analógico más que con el “puente”, con la “antena”.


Pero la cruz no es solo verticalidad, puro estipe. La cruz es además patíbulo: Su dimensión horizontal. Y en ese espacio -es el espacio de una práctica, de una manera de vivir, de un estilo existencial, en clave de “aquí” y de “ahora”: ¡es sinodalidad! Hay varias palabras que nos definen este travesaño, en este instante estamos pensando en la Caridad, en el Perdón, en la Compasión, en la Reconciliación, en la Comunidad, en la Solidaridad, en la Fraternidad, en la Comunión; y, en aquello que lo ensambla todo, para el ejercicio de esa fe, (la barca en donde van los discípulos desafiando las tempestades): la Iglesia. «…el Dios que llama “pueblo mío” con un amor apasionado, con un grito ardiente, con una violencia celosa, que le hace comprender al pueblo que es su pueblo, que es importante, que es alguien; nos hace comprender también a cada uno de nosotros que no somos una dispersión de acontecimientos sin sentido, sino que somos una persona a la que se le dice: ¡hijo, hijo mío! Entrando en la historia de cada hombre con este apelativo, afligido y poderoso, Dios reconstituye la unidad, la integridad rota por el pecado, por el desorden, por el escepticismo, vuelve a dar calor y fuerza.»[1]

¿Qué queremos decir? Que el fenómeno de la vida religiosa trasciende la toma de postura, trasciende la temporalidad, re-liga lo pasajero con lo permanente, lo caduco con lo estable, con lo eterno. Supera lo momentáneo, la brevedad del puente y alcanza lo que “todavía no”: Es el concepto de lo “escatológico”: La cruz parece acabarse en la muerte, pero –de la madera del árbol se hacen flechas- que apuntan hacia la Resurrección, que es su Victoria, donde la flecha, inventada para ser arma de muerte, se hace “vehículo” para alcanzar lo que el árbol no lograba tocar. ¡Una flecha es un árbol volador!


«Recorrer el camino de la vida, según la fe, es dejarse conducir por Dios. Es dejarse guiar por la Palabra de Dios, por la cual Cristo ha dicho y dice hoy en la Iglesia, la cual no siempre coincide con lo que nos sugieren los sentidos y sentimientos y a menudo deja insatisfecha nuestra razón, pues las palabras de Dios provienen de Su Inteligencia, que totalmente sobrepasa a la nuestra. Al caminar y vivir por fe no comprendemos todo; por eso el compromiso de la fe requiere siempre el concurso de la voluntad: querer creer y actuar en consecuencia.»[2]


En el punto de “cruce” del par de maderos camina San Pedro sobre el agua, es decir, caminamos todos porque en este trance San Pedro nos personifica a cada uno y a todos, con nuestras dudas, que muchas veces no son desmotivadas sino que surgen ente condiciones muy reales, muy tangibles, patentes sobremanera, crudas y rotundas, como es la contundencia de “la fuerza del viento”. Si el madero vertical deja de fijarse en el rostro luminoso de Jesucristo, pierde el empuje, el impulso que anima la flecha; ahí mismo empieza el temor y se hunde. «Ha puesto el pie en el mar, en el agua, en la ola. No lo ha puesto en la Palabra de Jesús. No sabe mirar a Jesús. Desconfía de la realidad que está viviendo. No cabe en sus esquemas mentales. Y no es capaz de mantener el equilibrio en la cuerda floja. El viento es violento. Se asusta y empieza a hundirse. Se hunde con sus miedos. Se hunde en sus miedos. Ha puesto sus ojos en la violencia de la ola y ha dejado de lado a Jesús.»[3] Pero nosotros “tenemos” que fijar los ojos, es decir, enraizar la fe en Nuestro Señor Jesucristo: Es Él quien nos llamó y pronunció el “¡Ven!”. Esto se llama “arraigo en Jesucristo”.

 


Nosotros procedemos con nuestra propia lógica, tenemos nuestra forma de pensar adherida a nuestro raciocinio, pegada como una segunda piel, «Nosotros hacemos contratos de compra-venta, trabajo y salario, mérito y premio. Nada de esto existe en las relaciones con Dios. Sólo hay gratuidad, gracia, don. Él es de otra naturaleza, distinta de la nuestra; estamos en diferentes órbitas.»[4] Cuando le pidamos a Jesús que nos “mande caminar sobre las aguas”, no será porque queramos ensalzarnos, divinizarnos; sino porque queremos cristificarnos, pensar con su lógica –no con la humana- sino con la lógica Misericordiosa: «Actuar según la fe (esta supuesta) no es difícil si esto nos exige poco y nuestra vida ha de seguir más o menos igual. Ello no es la prueba de una fe fuerte; su prueba es cuando por ella pagamos un alto precio y nuestra vida se trastorna.  Una cosa es creerle a Dios cuando nos dice que Él es el origen de la creación y de la vida; y otra cosa es creerle a Dios cuando nos dice que hay que compartir con los necesitados y no atesorar para nosotros. Una cosa es creerle a Dios cuando nos pide participar en la Misa del Domingo (lo cual implica reservarle parte de la jornada); y otra cosa es creerle a Dios cuando nos pide no abandonar la fe en una situación de persecución religiosa…»[5] Aceptar lo primero, refutando lo segundo, hace de ese “creer” una rampante falacia.


 

Las pruebas, pero especialmente las duras pruebas, acrisolan nuestra fe, o –dicho de otra manera- prolongan el alcance de nuestro “puente” facilitándonos poder llegar más allá, intensificando el “impulso” que anima nuestra “flecha”. En la Transfiguración del Señor, Dios mismo nos dirá que Jesús es su Hijo amado, que debemos escucharlo; pero si el viento arrecia, vacilamos y empezamos a hundirnos. Cuando Jesús tiende a nosotros su Mano y nos ἐπιλαμβάνομαι “agarra” (verbo emparentado con el λαμβάνω y el παραλαμβάνω, -con el “suceder” y el “acoger”), entonces nos “salvamos” y cuando pasa la tormenta, otra vez somos capaces de adorarlo, postrándonos y declarando convencidos que, “Verdaderamente Es el Hijo de Dios”. Pero no alternativamente, no pendularmente. ¡La fe no es un columpio!

 

«Faltar a la confianza deshonra a Dios, en cuanto que supone que Dios nos ha faltado, lo cual es imposible, pues somos siempre nosotros quienes no ponemos nuestra parte y colocamos impedimento a la acción de su gracia; en adelante, en lugar de faltar a la confianza, pondré una confianza humilde, segura de que cuanto más reconozca mi miseria, tanto más amplio será el campo en el cual podrá actuar su bondad”.»[6]


En estas palabras descubrimos el nombre del “impulso que anima la flecha”, se llama “Gracia”. A un tiempo, descubrimos cómo podemos truncar el impulso y aprendemos que lo que frustra su alcance es la “duda”, la “desconfianza”. No juzguemos con dureza a San Pedro porque –como ya lo hemos dicho- él simplemente nos representa a todos en nuestros titubeos. En cambio, despleguemos las “alas” (y es que a las “flechas” se les ponen “alas” que son las plumitas que llevan “pegadas” en su extremo posterior) para mantener el curso y para prolongar el “alcance” y extender su “vuelo”.



[1] Martini, Carlo María. ITINERARIO ESPIRITUAL DEL CRISTIANO. Ed. Paulinas Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1992 p. 56

[2] Galilea, Segundo. LA LUZ DEL CORAZÓN. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1995. p.16

[3] Mazariegos, Emilio L.  DE AMOR HERIDO. Ed. San Pablo Bogotá D.C. –Colombia 2001 pp. 99-100

[4] Martini, Carlo María. Op.Cit. p. 50

[5] Galilea, Segundo. Loc. Cit.

[6] Ibid. Citando palabras de Santa Francisca Javier Cabrini.

viernes, 7 de agosto de 2026

Sábado de la Décimo Octava Semana del Tiempo Ordinario

Hab 1,12-2,4

En efecto, el Señor está por enviar “un pueblo feroz y terrible” que impondrá “su derecho y su grandeza”, a saber, los babilonios.

Gianfranco Ravasi

Estamos ante un episodio bíblico muy particular. Nadie se atrevió jamás a cuestionar a Dios en su gestión del mundo y de la historia. Como dice Gianfranco Ravasi, de Habacuc lo ignoramos casi todo: Estamos ante un profeta de quien se ignora su procedencia, en otros varios casos se nos da informes del papá o de su cuna, aquí, no tenemos ninguna información. Los estudiosos sitúan la composición de este Libro entre los años 605 – 594 a.C. después de la victoria de Karkemich -cuando los Babilonios derrotan la alianza egipcio-asiria- y la invasión de Nabuchadnezzar al reino del sur, que trajo consigo la caída de Jerusalén.

 

La perícopa de hoy se toma de un bloque, el primero del Libro que va de 1,2 hasta 2,4; donde la temática es la de un dialogo entre Dios y el profeta. La profecía que hay aquí se refiere a un episodio previo a la caída de Nínive en el 612 a.C. El rol que cumplen los babilonios es instrumental: Dios los ha usado para castigar a su pueblo; pero no por eso los abandona, sino que Él mismo saldrá a defenderlos.

 

Viene ahí la petición de cuentas que le hace el profeta a Dios: ¿Por qué precisamente los babilonios tenían que ser el fuete del castigo?: «Por qué castiga Dios a un malo por manos de otro más perverso? ¿Por qué parece que Dios ayuda al triunfo de la fuerza injusta?» (Salvador Carrillo Alday M. Sp. S.)

 

«Esa respuesta no satisface al profeta pues el invasor no surge para hacer justicia sino para sustituir una violencia por otra peor (1.12-17). Habacuc continúa esperando una respuesta satisfactoria de Dios. Esta llega y ahora, con una propuesta diferente pero difícil, que exige paciencia, pero no falla: “el justo vivirá por su fidelidad” (2,4)». (Ivo Storniolo. Euclides Martins Balancin).

 

En el verso 2,4 nos encontramos la palabra אֱמוּנָה [emunah] “fidelidad”, “firmeza”, “estabilidad” -pariente muy cercana de la palabra אמן [amén]- que al verterla al griego se tradujo por πίστις [pistis] “fe”, más exactamente “confianza”. No podemos permitir que la “fe” se interprete como un poder mágico. Lo que Dios nos dice es que la fe es poderosa, y la fe tampoco ha de verse como una ritualidad que recibirá premio si se sigue; lade lo que se habla aquí es de ese permanecer en la amistad de Dios, so es la fidelidad, la persistencia en que -pase lo que pase, muy a pesar de las dificultades- nunca nos alejemos del Gran Amigo.

 

«Los que sufren las consecuencias de la violencia son ahora llamados a ser agentes de la historia, oponiéndose firmemente a los que no son rectos. Esto solo será posible si ese grupo es fiel a la Voluntad de Dios, si está permanentemente vigilante en la realización de la justicia. En el momento en el que los que han sufrido se descubren no solo como victimas sino principalmente como agentes de una trasformación en la historia, surge la posibilidad y el valor de desenmascarar a los opresores y de celebrar su caída o el surgimiento de una nueva era, de un mundo nuevo.» (Ivo Storniolo. Euclides Martins Balancin). אֱמוּנָה es ante todo persistencia, mantenerse en relación con Dios, ¡amarlo por sobre todo y al prójimo!

 

Con toda seguridad vendrá y nos asistirá sin tardanza. Pero en nuestras manos está recibirlo y recibir sus dones. “El altanero no triunfará; pero, el justo por su fidelidad vivirá”. Y vivirá -no algunos años- sino con “vida perdurable”.


Ser llamado “justo” no es mera palabra, Dios no nos llama así porque no tiene otra alternativa para nombrarnos; podría llamarnos “injustos”, si no lo imitamos con nuestra imparcialidad, Él cambiará la palabra y nos designará “impíos”: el Justo es el que obra con justicia coherente, su fidelidad está comprometida con la rectitud.  Es siempre probo. ¡Es cabal!

 

Sal 9, 8-9. 10-11. 12-13

Este salmo tiene un doble carácter:

1.    Es un salmo de acción de gracias

2.    Pero, en cierto punto se vuelve una súplica

 

Desde el primer versículo de la perícopa proclamada del salmo 9, encontramos un ambiente forense: El Señor es un Alto Juez que ha fijado su Tribunal, poniendo su Trono como sede de Justicia: Ha establecido un lugar para su Juzgado. Desde allí impartirá su Entereza. Su justicia no es arbitraria: está definida y se guía por la rectitud: Valga decir, su recto enfoque.


En la segunda estrofa señala que en este tribunal hay equidad y los oprimidos no encuentran discriminación desfavorable. Saben a qué atenerse, porque Dios no favorece al poderoso, no tuerce ni adultera la balanza judicial. Dios es Justo y no abandona a los que lo buscan. Los que lo buscan conocen Su Nombre. El Nombre es Su-Ser-Entero, (para nosotros nombre es una palabra con la que determinamos a alguien; en hebreo no es así: el Nombre comprende todos los atributos de la persona, es una palabra que lo “globaliza”), con las virtudes que lo configuran. El Nombre en hebreo es la persona global con todos sus rasgos característicos.

 

En la tercera estrofa se precisan cuatro rasgos de Dios:

      i.        Cantar acompañándose al son de arpas y liras para alabar a Dios que vive en Sion.

     ii.        Nos propone narrarles a todos los pueblos las hazañas de Dios.

    iii.        La sangre que haya sido derramada, Él la cobrará

   iv.        Dios recuerda y nunca olvida la voz de los humildes que claman a Él

 

El versículo responsorial proviene del versículo 9, 10 del cual es su segunda parte: “Tú, Señor, jamás abandonas a los que te buscan". Es una promesa consoladora, que nos levante la moral. Proclama la fidelidad Divina.

 

Mt 17, 14-20

Pensar que la liberación depende de nuestra capacidad o esfuerzo es, como mínimo, una ingenuidad y como máximo, una gran pretensión. El Reino de la justicia es un don de Dios que se realiza a través de nuestra disponibilidad para con los interesas de Él, y no los nuestros.

Ivo Storniolo

A veces entendemos la fe de manera truncada. La fe sería un permiso que le concedemos a Dios para que el obre cómo y cuándo a Él bien plazca. Otra interpretación -también recortada- dice que Dios está ahí, mirando, pero que no hará absolutamente nada más que juzgar nuestra reacción y mirarnos.


Se nos ha ocurrido pensar: ¿por qué Dios nos creó libres? Pues precisamente para ver cómo entendemos nuestra calidad de hijos suyos. Un buen padre -a medida que el hijo crece- va delegándole tareas, que forman parte de la manera de ganarse la vida que tiene esa familia. A veces, son labores sencillas, sin mayor complejidad; pero, ciertamente a medida que el chico se hace mayor, su padre le delega más y mayor responsabilidad, hasta que aprenda el oficio entero y pueda decir que ha alcanzado un grado de pericia comparable al de su padre.

 

Cuando se lee este pasaje de Mateo, estamos muy dispuestos a decir: “se lo tienen bien merecido estos discípulos a los que Jesús con tanto esmero ha enseñado y les ha dado todos los poderes, pero, como han sido discípulos flojos, no han practicado todo lo necesario y no han aprendido a sostener la varita mágica con los dos dedos exactos”.

¡Por eso decepcionan a Jesús y no pueden expulsar el demonio aquel! Tráiganlos aquí que nosotros les arrojaremos tomates y huevos podridos para apoyar a Jesús en su “regaño”.

 

Aun añadimos otro apunte: ¡Que pesar que no aprendieron bien! ¡Cómo nos habría gustado que trasladaran un monte de aquí para allá! ¡habríamos sido los primeros en aplaudir a rabiar!

 

Pensemos dos veces ese tema: ¿en qué parte de la Sagrada Escritura se cambian los montes de ubicación? ¿Qué utilidad o que gracias tendría trastear un monte de aquí para allá? ¡Nos encantan los actos espectaculares aun cuando inútiles!

 

Lo que pasa es que Jerusalén estaba en la Montaña de Sion, donde estaban los poderosos en lo económico, en lo político y en lo religioso. Es ese poderío el que hay que desplazar. ¡Es Sion la que tiene que ser movida! ¡la fe no se ha de confundir con un acto circense!

 

Como se dice por ahí: “Poseemos problemas”. Y Jesús es muy claro al desenmascararnos: “Generación incrédula y perversa”; esta segunda palabra en griego es διαστρέφω [diastrefo] que significa “que entienden mal”, “que mal interpretan”.

 

¿Hasta cuándo tendré que estar a su lado enseñándoles? Aparece la palabra ἀνέχομαι [anechomai] que traducimos como “soportar”. “¡Hasta cuándo tendré que soportarlos? Pero esta palabra significa ¿Cuándo les falta para estar enteramente capacitados? “¿cuánto les falta para completar su formación? ¿por cuánto tiempo más tendré que prolongarles su discipulado?

 

¿Qué hizo Jesús con el “demonio”? La palabra en griego es ἐπιτιμάω que significa “redirigirlo”, “corregirlo”, “señalarle que va por mal camino”. Y, ¿el demonio? ¿qué pasó con él? “¡Salió!”

 

Aquí hay dos elementos que completan su formación, aparecen en el verso 21 (aun cuando en muchos manuscritos este versículo no aparece), que no se incluye en la liturgia de hoy (tal vez por eso), sin embargo, nos hemos atrevido a mencionarlos: el ayuno y la oración.

 

El ayuno rompe con uno de los trucos del Malo para mantenernos sujetos a su dominio: El consumismo. El ayuno es como la oración del cuerpo.


Y, ¿la oración? Como con una brújula, con ella nuestra mente y nuestro corazón dirigen la mirada hacia el norte de la fe, hacia la Voluntad que Dios ha preparado desde siempre, como heredad, para nosotros. 

jueves, 6 de agosto de 2026

Viernes de la Décimo Octava Semana del Tiempo Ordinario


Nah 2, 1.3; 3,1-3. 6-7

Encontramos cierto parentesco entre el Libro de Nahúm y el Libro de Jonás (recordemos que esta última es una noveleta); el eje de similitud es el tema de Nínive, capital de Asiria: que había sido dolor de cabeza, maldición y continua pesadilla para los hebreos; la ciudad fue tomada por una alianza estratégica entre medos y babilonios, en el 612 a.C. Y la profecía es de algunos años antes. La compilación de Libro se piensa que data del 612-609 a.C.

 

El nombre de este profeta נַח֖וּם [nak-jum] “consolación”, y fue contemporáneo de Jeremías. Su manera de relatar tiene algo de cinematográfico, por su riqueza de simbologías e imágenes, con elementos bordados de terror, devastación y aciago. Domina en su profecía la idea de que el Único que maneja el “devanador” de los hilos históricos -aun cuando, superficialmente, parezca los contrario- es el Señor. Altibajos y tropiezos no deben desdibujar que las riendas están en Las Manos de YHWH.

 

Quien merezca arrostrar las consecuencias, no pueden confiar en la impunidad, y de eso pueden estar convencidos, como decimos en el lenguaje popular “Dios no se queda con nada ajeno”, y “quien siembra vientos cosechará tempestades”. No obstante, está la contracara, los “justos” contarán con Su Socorro y Defensa. El Señor los rodeará de fortaleza, de pesadas y protectoras murallas.

 

En la perícopa hay una imagen regente: “Los pies del Mensajero que anuncia la Paz”. Y le dice a Judá que puede cesar en sus afanes y desvelos, ya que el enemigo será aniquilado y ya la perversidad no pisará más el suelo hebreo. Luego, viene la voz consoladora con la palabra שָׁ֤ב [sab] “restauración”; esta palabra deriva de la palabra  שׁוּב [shub] “volver”, “regresar a atrás”, como una imagen conservadora, que devuelve la película para volver a ver los episodios más felices del pasado.

 

Aquí sigue la parte cinematográfica: ruido de látigo (efectos sonoros), estrepito de ruedas (carros bélicos invasores), asalto de caballería (ejércitos despiadados), espadas, fulgor de lanzas, heridos innumerables (la faceta armamentista que no puede faltar), cadáveres amontonados, muertos a granel, baño de inmundicia. El cuadro es una imagen vejatoria para Asiria. ¿De quién tanto dolor sembró, quién se apiadará? ¿Será que al destructor se le dará algún consuelo?

 

Nosotros entendemos que los pies de los que se habla aquí, son los pies de los discípulos-misioneros; pero hay una condición para que la gente se alegre, que sean anunciadores de la paz. Si son portadores de anuncios bélicos, no traerán fiesta, ni se celebrará con dicha y beneplácito su llegada.

 

Los pies de estos “mensajeros” son los mismos pies que lavó Jesús: se lavaban los pies, más para refrescar al caminante y aliviar al peregrino por su andadura, retirando con el agua refrescante su fatiga, que no por quitar la mugre de sus pies. A quien se le lavaban los pies, quedaba restaurado, restablecido para seguir su caminar y avanzar más y más lejos.


Estructuralmente podemos considerar que la unidad 2. 4-3,19 encierra la caída de Nínive. Hoy consideramos tres momentos consecutivos.

i)              La toma de la ciudad

ii)             Las amenazas al “León de Assur”.

iii)           La sentencia proferida contra Nínive como agresor criminal de suma deshonra.

 

Sal Dt 32, 35cd-36ab. 39abcd. 41

Estamos ante un fragmento extenso del Cantico de Moisés que comprende 32,1-43, que él proclamó ante la Comunidad en Pleno. Permítasenos recordar que antes de este cántico, Moisés había profetizado (porque Dios así se lo había mostrado) que Israel recaería en su desobediencia.

 

Estamos retomando el tema de la Justicia que obliga al Señor. Él no es un Dios castigador, por el contrario, su Divino Corazón es el de un Dios Perdonador. Pero la realidad histórica obra como una máquina ciega, y reparte palos allí donde las espaldas culpables pasan. Cuando -por el contrario- es el justo el que circula bajo su garrote, la máquina se entraba, y cesa su golpeteo.


La Voz consoladora predice que el Señor se apiadará de los justos, la Alianza que tiene con su pueblo no será totalmente diluida. Su efecto protector perdurará.

 

Volvemos sobre el asunto de quién es el que maneja los hilos de la historia y Dios muestra que todo le está sujeto: da la vida, da la muerte, hiere, pero también cura.

 

Pero los enemigos y los que aborrecen a Dios -seguramente porque tienen negocios -por debajo de la mesa- con el Malo, a esos, la hoja de la acerada cuchilla, no les tendrá ninguna compasión.

 

Como explicación de la protección que se recibe del Cielo está la imagen de la “roca” que encierra los significados de protección y firmeza (fidelidad).

 

El versículo que reiteramos -como estribillo- condensa muy bien la Justicia con la que Dios siempre obra: Dios da la muerte y premia con la vida.

 

Mt 16, 24-28

Quien sigue a Cristo tiene que aceptar llevar su cruz. Lo dice Jesús, en seguida, para hacer comprender a sus discípulos que sería una ilusión pensar en seguirlo, pero sin llevar con Él la cruz.

Papa Francisco

El Señor nos enseña los requerimientos de su discipulado. No se trata de un seguimiento demagógico, sino de un compromiso radical, hay que “abandonar” el egoísmo, y optar por una “prueba” que en este caso está simbolizada por la cruz: se trata de aceptar pasar por la misma inflexión del camino por donde pasó Él. ¿Qué quiere decir? Exactamente que el “seguimiento” no es ningún “camino muelle de blandos cojines”, implica un desacomodo, una renuncia, una oblatividad, hay que tomarse molestias, llegada la situación, ser capaces de sacrificio (ese sacrificio está representado en la parábola del Reino con la venta del “todo”, para así “comprar” la perla de Gran Valor). ¡Todo lo que vale, cuesta!


Era muy importante decirlo, allí donde muchos de los seguidores lo que perseguían era alcanzar prebendas y lograr privilegios, Jesús les indica con franqueza que esas no son las señales camineras que van a encontrar.

 

Sin embargo, esto no se debe interpretar como que la vida del creyente tenga que ser de continua zozobra, y que tengamos que adecuar nuestra mente y toda nuestra existencia a una idea de constante inestabilidad. La vida se puede volver -si la tomamos desde esta perspectiva-, como la del militar que vive al borde del constante riesgo y termina por encadenarse a la descarga de adrenalina que conlleva el “peligro”, esclavo de la descarga hormonal. Por el contrario, hay que saber degustar los constantes regalos que Dios nos provee.

 

En realidad, el seguimiento mira, no al padecimiento que eventualmente pueda sobrevenir, sino al esjatón, que de seguro será de dulce bienestar: Paz como sólo el Señor la puede dar.

 

Quizás lo que debemos aprender a obtener no se trata del inmediato gusto y efervescencia; que muchos esperan como “paga” de su entrega, sino saber diferir y dilatar la recepción de los incentivos hasta el momento que Dios quiera depositarlos a nuestro alcance y abonarlos a nuestra cuenta.  En verdad, en verdad decimos, que ninguna cruz adolecerá de resurrección.

 

Negarnos a nosotros mismos es aprender a diferir los alicientes, para multiplicarlos e intensificarlos a la larga. Evitando, eso sí, el cálculo de intereses, como si el recto obrar fuere un ahorro a “termino fijo”, como si se tratara de un CDT, confiando en mejores réditos en cuanto más largo sea el tiempo de espera. En verdad en verdad decimos, la Bondad se obra como profunda satisfacción, admiración y contemplación de que Dios sea así, y loamos por ese modo de ser que nos alcanza y nos envuelve en su Generosidad; y no como un título valor para atesorar con ambición su crecimiento y acopio.

 

«No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor -por los padres, los hijos, la familia los amigos, también por los enemigos-, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse con la justicia y la paz.» (Papa Francisco)


En verdad, el seguimiento es un derroche de desprendimiento y entrega que no se eclipsa por el cálculo interesado. Lo da todo, al ver que Jesús se desprendió hasta de su última gota de sangre, ¡y no era por su bien! ¡Era por la Mayor Gloria del Padre! ¡Y por nuestra Salvación!