domingo, 11 de octubre de 2026

Lunes de la Vigésima Octava Semana del Tiempo Ordinario

Gl 4, 22-24. 26-27. 31-5,1

Para la libertad nos ha liberado Cristo

En relación con Dios, somos perfectamente libres, porque Dios, que no está dominado por nada, ni busca dominar, no tiene que defender su libertad dominando.

Dumitru Staniloaë

 

«… el “consenso universal”, fruto del discernimiento, nace de la escucha de todos. Vale la pena reiterar lo que dijo el Santo Padre en el 50º aniversario de la institución del Sínodo: «una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha», en la que todos – el pueblo santo de Dios, el Colegio Episcopal, el Obispo de Roma – están llamados a escucharse unos a otros para escuchar lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Para garantizar que esta escucha sea de todos y siempre involucre a todos – es decir, a la Iglesia – hemos implementado el principio de restitución. Siempre, en cada paso que fijaba en un texto el discernimiento eclesial en curso, hemos restituido a las Iglesias el fruto de la escucha».

 

En una interpretación superficial de la perícopa que hoy nos ocupa, uno diría: Los que pertenecen a la descendencia de la libre, es decir, de Sara-la-esposa-libre-de-Abrahán, serían los libres. Por otro lado, los que descienden de la esclava -Agar- serían los esclavos. De Agar descienden los paganos, entonces, los paganos serían los que tendrían que estar atrapados en la Ley. El hijo de Agar (Ismael) era, según la carne; el hijo de Sara -en cambio- era el hijo-de-la-promesa.

 

Pero Pablo, siguiendo un estilo rabínico, emparentado con la Mishná oral, con un enfoque ἀλληγορούμενα [alegoroumena] “alegórico”, dice (4,24): “Las dos mujeres representan dos Alianzas”; siguiendo nuestra manera de hablar, hoy día, diríamos Viejo y Nuevo Testamento. La manera alegórica de hablar, lleva en primer término, a una analogía entre libre y esclava, Viejo y Nuevo Testamento; la esposa libre de Abrahán-vs-la concubina/esclava; los que descendían de la libre eran libres, los que descendían de la esclava, eran esclavos. Pero el Tárgum paulino, o sea, la manera específica de interpretar que usa San Pablo tiene otro cause distinto.

 

San Pablo introduce otro eje hermenéutico, el de “la Jerusalén de Arriba”. San Pablo toma en cuenta que la Ley fue entregada en el Sinaí, pero, el Sinaí no está en territorio israelita, sino en territorio árabe, o sea que la Ley lleva a la esclavitud de los que se adhieren a la Ley; pero los que se adhieren a la Nueva Alianza, la de Jesucristo, esos dependen de la Libre, porque en la nueva Alianza no se toma en cuenta la descendencia genética, sino que la Nueva Jerusalén se cuida también de los “gentiles” con la única exigencia de ser discípulos de la Nueva Alianza en Jesucristo: Rey incuestionable de la Jerusalén de Arriba.

 

Llegamos de este modo a la conclusión que se impone desde la perspectiva esclava/libre, y, en simetría, la oposición Jerusalén de aquí - abajo/ Jerusalén de Arriba.

 

La Jerusalén de arriba siempre será la libre, porque es la que sigue el hilo de la Alianza, que atraviesa desde Abrahán hasta Jesús, tomando en cuenta que Abrahán tampoco era israelita, sino que venía de Ur de Caldea, o sea, era externo a la Israel geográfica, como los Gálatas, ahora, son también externos a la progenie de Abrahán/Sara. Pese a lo cual, San Pablo declara: “Así pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre”.

 

Lo que no quiere decir que los judíos, o los paganos, o -en este caso- los gálatas, sean libres y ya; sino que se requiere un esforzarse, una perseverancia en la pertenencia a esta nueva Alianza construida por referencia con la Jerusalén de Arriba; hay que rechazar que vuelvan a ser encerrados en la jaula de las “tradiciones judías”, como pretendían los judaizantes que querían forzarlos a regresar a los temas de la “dieta pura”, la “circuncisión” y el “ritualismo” que promovía el judaísmo. Con esta advertencia final, concluye San Pablo la perícopa: “στήκετε [stequete] «Manténgase, pues, firmes”, y no dejen que vuelvan a someterlos al ζυγῷ δουλείας [zugo douleia] “yugo de esclavitud”.

 

Cuando el ser humano se aferra empecinadamente en el “legalismo”, lo que consigue es caer en la esclavitud; y, precisamente es contra eso que nos previene aquí San Pablo; él se dirigía a los Gálatas para señalares el gran riesgo de perder la libertad conquistada si accedían a abandonar el kerigma que el propio Pablo les había entregado; las enseñanzas recibidas en su “primer amor” en la fe; y venían a sucumbir ante la imposición de estos “yugos” tradicionales en el judaísmo, pero que de hecho, -y esto es lo que se da en la Iglesia naciente- la revocatoria del legalismo, en favor de la libertad que nos ha traído Jesucristo.

 

En todo este co-texto, cuando se habla de la “promesa”, el asunto en cuestión es la Jerusalén de Arriba, que desde antiguo se tenía afirmada como heredad traída por el Mesías = Cristo. Y la heredad no es genética, sino espiritual.

 

Cuándo Isaac se salvó de ser sacrificado, quedó garantizada esta promesa: los que eran desesperadamente ajenos a la libertad, fueron adoptados y herederos, y para disfrutar de esa resurrección que consiste en no ser “llevados” a la muerte, sino ser exceptuados de ella por la muerte del “Cordero Vicario”: Jesús, que nos sustituyó en el Sacrificio, en el Altar de la Cruz. Sus cuernos estaban allí, trabados con las ramas, para que nos sustituyera vicarialmente, a nosotros los que merecíamos morir. El Cordero-Vicario era total y completamente inocente, no tenía por qué morir.

 

Nótese que este salto se ha producido “alegóricamente” por el salto “lógico” que da San Pablo. En ese sentido se puede hablar de dos clases de alegoría, una “alegoría propiamente tal”; y, otra “alegoría histórica”, porque se remite a un hecho que tiene un sustrato histórico, y al que se le da una lectura y un tratamiento especial.


Vale la pena enfatizar, que esta exención de la ley no se da para que podamos “pararnos de cabeza” y pretender que estamos por fuera del alcance de la moral. Esto es lo que quiere decir “mantenerse firme”, que no es sólo no dejarse llevar a la tendencia judaizante sino, vivir coherente en la Ley Única del Amor. Tomando siempre en cuenta que el cristiano es por definición “libre”. La libertad estriba en poder ser capaz y entregado a todo lo que lleva a la auto-realización en la plenitud del bien. Vida en el esplendor de la Justicia Divina. Vida en la libertad de los “hijos de Dios”.

 

Sal 113(112), 1b-2. 3-4. 5a y 6-7

Tres estrofas forman la parte del Salmo que se proclama hoy. Se trata de un himno. Este himno alaba una generosidad desconcertante de Dios.

 

Pensemos por un momento en una droga, al alcance de la gente de escasos recursos, que una “Entidad” lanza al mercado precisamente para socorrer a quienes en otro caso no tendrían ninguna opción de allegarla.

 

Hablaríamos quizás de una “opción preferencial”. Un tratamiento “providencial” destinado a pacientes de bajos recursos. Se trataría de un “laboratorio” que piensa y se preocupa de los que carecen de recursos. Quizás un especulador censuraría: “Qué perdida de oportunidad: Un gran margen de ganancia despilfarrado”.


Si miramos lo que San Pablo nos plantea en la perícopa de la carta a los gálatas, podríamos hasta llegar a preguntarnos con extrañeza: ¿por qué ese afán de apadrinar a los “gentiles”, ¿por qué no concentrarse en los “hijos de la libre”?

 

El salmo nos trae la respuesta: ¡El Señor se eleva sobre todos los pueblos! Él no empieza recortando el mercado y haciéndolo exclusividad de los de mayor poder adquisitivo. No busca enriquecerse. Busca lo mismo que nos está enseñando, que llevemos el Bien, hasta el último rincón.

 

¿Quién es como Dios, que opera desde la kénosis? En vez de alejarse, de poner barreras, de contratar guardaespaldas, de poner barricadas; Él lo que hace es darse, entregarse, ponerse en nuestras manos, tener las puertas abiertas de día y de noche, atender su “negocio” 24 X 7, y nunca encarecer, por el contrario, siempre abaratar.

 

¡Y, se desvela por el que está más caído, por el más necesitado!

 

Entonces, ¿por qué -sin embargo- hay tanto dolor en la tierra? ¡Porque si Él lo suprimiera, no tendríamos ninguna oportunidad de ser como Él!

 

Cuando vemos este cuadro, así, de conjunto, ¿qué podemos comentar? Lo único que podemos hacer es cantar un himno: ¡Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre!

 

Lc 11, 29-32

En esta perícopa del Evangelio vamos a atacar otra “alegoría histórica”: se tomarán como referentes a Jonás y a la Reina del Sur. Se trata de hacer una exegesis particular de estas dos figuras-tipo para realzar y justipreciar que Jesús es el Mesías = Cristo. ¡Jesucristo es “Uno que es más”!


Cuando aquí se dice γενεά [genea] “generación”, podemos entenderlo como “esta raza de hombres”, es un uso metafórico de la palabra, todos los que viven en esta época, que estáis escuchando y toda vuestra prosapia”, es una manera de generalizar, ninguno queda exceptuado. ¿Cómo somos? Πονηρά [ponera] ¡Perversos! Esta palabra subraya el “dolor que genera el mal que se hace”.

 

Esta generación ha sido “generada” en la fe, para que su “comunión” forme un tapiz de religiosidad. Pero, para eso se necesita que cada quien se sienta parte del tapiz; de otra manera se quedaran exigiendo prodigios, pidiendo demostraciones, reclamando “milagros” pero ellos no alcanzan este nivel de respuesta, se conforman con pedir “milagros”, que, si los complacen, aplauden, dan la espalda y se van tan orondos.

 

Y ¿qué denuncia Jesús de “esta generación”? Que pedimos σημεῖον [semeion] “un signo”. Reclamar un signo es una manera de dudar, está en contravía de la fe, la fe no reclama “demostración”. La fe rebosa confianza, seguridad, certeza. A la fe no se le ocurre ni por casualidad pedir que le deje meter el dedo en el costado.

 

Lo que es irónicamente-doloroso, es que so capa de su pertenencia al “club de fans” (porque eso no alcanza a ser religiosidad), se creen con derecho de cercarlo, en un rincón, y pedirle demostraciones. Como a mago de feria, y si el truco no me complace, exijo el re-embolso de mi dinero. ¡Porque a mí no me van a estafar!

 

Jonás fue “signo” porque detonó -así fuera a regañadientes- un proceso de conversión en Nínive. Todos se dejaron tocar, no por algún prodigio, sino por el mismísimo mensaje de Dios, que su profeta les comunicaba: עֹ֚וד אַרְבָּעִ֣ים יֹ֔ום וְנִֽינְוֵ֖ה נֶהְפָּֽכֶת [aud arbaim yaun weninive nepaket] “De aquí a cuarenta días, Nínive será destruida”. Se trata de lo menos espectacular del mundo, una frase de cinco palabras, eso era todo. Es un signo extraordinariamente lacónico, seguramente este “mago” no recibió aplausos, pero cumplió; lo hizo de muy mala gana porque él consideraba que Nínive merecía el “castigo” y sudaba ira, porque en el fondo, ya sabía que Dios es Misericordioso, que los iba a perdonar, y que él, Jonás, quedaría como un tonto.

 

La fe es -en realidad de verdad- la capacidad de Escucha: Los ninivitas supieron oír, supieron identificar en la voz de Jonás la Palabra de Dios. Aquella profecía de Jonás, era, para Nínive el “kerigma”. La palabra “kerigma”, es una voz técnica, que significa “mensaje de Dios que nos deja ver que Dios actúa, que Él hace promesas, y de ahí se desprende la certeza de que tales promesas se verificaran. Le fe consiste pues en escuchar el kerigma, saber que es Palabra de Dios y que lo que Dios dice está garantizado.

 

Ahora, velozmente, miremos a la Reina de שְׁבָא [Shiva] “territorio del Sur-oeste de Arabia”, ojo, también ella era una “pagana”; ¿qué vino a hacer? ¿Venía a ver algún mausoleo, una gigantesca estatua? ¿quizás venía para complacerse viendo un palacio maravilloso?; de acuerdo a lo que nos explica San Pablo hoy, en esta perícopa de la Carta a los Gálatas, vino para ἀκοῦσαι [akousai] “escuchar” la “Sabiduría de Salomón”.

 

En síntesis, la cuestión de la fe no es la de ver espectacularidades, sino la de tener un oído sutil, capaz de discernir el “kerigma”, y ser fieles a él, permanecer firmes en el “primer amor”.

 

Mencionamos lo que dijo el Cardenal católico maltés que ocupa el cargo de Secretario general del Sínodo de los Obispos en la Primera Congregación General de la segunda sesión del Sínodo de la Sinodalidad: «El discernimiento eclesial puede ser un desafío y un ejemplo para cualquier tipo de asamblea que deba encontrar en la escucha mutua de sus miembros la regla de oro para la búsqueda de la verdad y el bien común. Sin olvidar que el discernimiento es un "puente" a través del cual creyentes y no creyentes pueden escucharse y comprenderse utilizando una gramática común» (Palabras del Cardenal Mario Grech).


El sínodo de la sinodalidad nos llama a la “escucha”, y nos conmina para que, entre los verbos de la eclesialidad, “escuchar” esté entre los principales. ¡Que sea la llave maestra para poder andar juntos!

sábado, 10 de octubre de 2026

EL REINO YA HA LLEGADO, PERO SOLO EN SEMILLA

 

IMPORTANCIA DE LA JUSTICIA

Is 25, 6-10a; Sal 23(22), 1-3a. 3b-4. 5. 6; Fil 4, 12-14. 19-20; Mt 22, 1-14

 

Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.

Is 5, 7

 

La eternidad de Dios es Fidelidad

En este Domingo concluimos la contemplación de las tres parábolas que nos propuso Jesús en el Evangelio según San Mateo para revelarnos su Reino. San Juan Pablo II, de tan grata recordación, nos propuso la inclusión de los Misterios de Luz en el Santo Rosario, los llamó «misterios de luz», pues en su vida pública, Cristo se manifiesta como «misterio de luz»: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9, 5); el tercero de ellos –como quien dice, el Misterio Central- se refiere precisamente a la proclamación del Reino de Dios. Según las informaciones que tenemos, Jesús vivió, actuó y murió apasionado por una causa: la llegada del Reino de Dios, o nueva humanidad fraterna (Jesús Espeja. o.p.).


“En ninguna parte del evangelio hallamos una explicación de lo que es el Reino de Dios. Jesús renunció a definirlo o explicarlo teóricamente. Podemos afirmar que él daba por supuesto que sus oyentes sabían lo que quería decir (aunque solo en parte) con lo del Reino de Dios.” (J. Gnilka). Pero Puebla nos legó una aclaración muy explícita: “Porque el Reino es lo absoluto, abarca todas las cosas, la historia sagrada y la historia profana, la Iglesia y el mundo, los hombres y el cosmos. Bajo signos diferentes en lo sagrado y en lo profano, el Reino está siempre presente donde los hombres realizan la justicia, buscan la fraternidad, se perdonan mutuamente y promueven la vida”. (Puebla 227-228).


Hay, en el Evangelio de San Mateo, un puente que une la perícopa del Domingo XXVII con la parábola del Rey que celebra las Bodas de su Hijo –Lectura correspondiente para este Domingo XXVIII(A)-, observemos ese puente con detenimiento:

 

Jesús agregó: “¿No han leído nunca lo que dice la Escritura? Dice así: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular; es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Por eso les digo: Se les quitará el Reino de los Cielos, para dárselo a la gente que rinda frutos; y en cuanto a la piedra, el que se estrelle contra ella será hecho pedazos, y si la piedra cae sobre alguno, lo hará polvo.” Al oír estos ejemplos, los jefes de los sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús se refería a ellos. Hubieran querido arrestarlo, pero tuvieron miedo del pueblo que lo miraba como profeta. (Mt 21, 42-46)



«Antiguamente el maestro de obra examinaba y aprobaba o no las piedras que debían entrar en la construcción. Las que no servían eran dejadas de lado. Jesús, y Dios con Él, es dejado de lado en la construcción de la sociedad injusta, pero de Él saldrá el pueblo justo, abierto a todos aquellos que desean volver a la justicia, para que esta sea el fundamento de un mundo nuevo, donde todos podrán tener libertad y vida, en la fraternidad y en la participación. Es una piedra peligrosa para los injustos, pero liberadora para los hijos de Dios.»[1] Nos vemos abocados a reconocer nuestra tremenda responsabilidad: Nosotros somos ese “pueblo justo” que brota de Él. ¿Honramos esa responsabilidad? ¿Sí damos frutos de solidaridad y justicia, de libertad y misericordia?


 

Queremos proponer una parábola: SOLO SEMILLAS

 

Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: "La Felicidad".

 

Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó.

 

- "Por favor, ¿qué venden aquí ustedes?"

 

- "¿Aquí? -respondió el ángel-. Aquí vendemos absolutamente de todo".

 

"¡Ah! - dijo asombrado el joven -. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos..."

 

Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo: "Perdone usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas."


¿Dónde nos quedamos en el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (A), o sea, el Domingo pasado? El Señor nos preparó una Viña y la puso a punto para arrendárnosla. ¡Afortunados de nosotros a quienes nos correspondió ser sus inquilinos! Ahí tenemos espacio para sembrar nuestras semillas y producir buen fruto. Ya vendrá el Señor –a su tiempo- a recoger su parte de la cosecha.

 

El Reinado de Dios es Eterno

Jesús nos enseña por medio de esta tercera parábola que se nos presenta en el Evangelio de este Domingo, apelando a la imagen de un banquete para mostrarnos la naturaleza del Reino de Dios. Recordemos que San Mateo organiza su evangelio como una especie de Pentateuco, y que esta perícopa está ubicada en el centro del bloque conformado por los capítulos 19 a 25 que constituyen el Quinto Libro donde se nos indica, en definitiva, cómo será ese Reino. También vale la pena recordar que, al decir Reino de los Cielos no quiere decir un reino que se construye como una realidad escatológica, para la otra vida, sino que, como los judíos no podían (poder ético-teológico) pronunciar el Santo Nombre de Dios, el evangelista apela a este giro y lo llama Reino de los Cielos. No se trata entonces de un Reino Aeróstato, que flotaría entre las nubes, sino de una realidad terrena, campo de prácticas donde nos entrenaremos para vivir nuestra vida resucitada. Es algo que nos dice cómo vivir nuestro hoy, apuntando hacía el mañana y no algo que nos dice cómo vivir el mañana o el pasado mañana, que a su debida hora el Señor nos mostrará cómo, ya que “cada día trae su propio afán” (Mt 6, 34). Conocer a Jesús significa empezar hoy mismo –no dejarlo para mañana- a vivir como sus verdaderos discípulos.

 

En el Apocalipsis Mayor de Isaías, es decir en los capítulos 24 a 27, ya encontramos esta imagen del “festín de manjares suculentos y vinos de solera” (Is 25, 6) Como podemos darnos cuenta esta realidad parabólica es de muy sencilla captación puesto que uno de los mejores momentos, plenos  de amistad, de relación interpersonal agradable y rebosante de alegría es el de un banquete. Isaías completa la imagen de plenitud del banquete con estas notas que incorpora en Is 25, 7-8:


a) “Arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones”. Se trata de un “develar”, de retirar el velo que oculta, que impide ver, ese que causa que miren y no vean y por más que escuchen no comprendan (cfr. Mt 13, 13) donde Jesús hace alusión a Is 6, 9-10. Está hablando pues de “revelarles” por fin lo que antes era impenetrablemente incomprensible. A lo cual corresponde el verbo griego ἀποκαλύπτω [apokalupto] de dónde proviene el título del último libro bíblico, el Apocalipsis. Lo que se revela es que el reino es ya, y no al morirnos.

b) “Aniquilará la muerte para siempre” lo cual nos afirma en la certeza de que una vez resucitados no volveremos a morir. Pero el irresponsable –entendemos- siempre corre el riesgo de quedarse eternamente muerto, así como el responsable cuenta con la garantía de no morir para siempre.

c) “Enjugará las lágrimas de todos los rostros y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país” esto se tiene que entender como una protección que nunca se nos retirará, aquí Dios nos manifiesta que podemos contar con Él, que al fin de cuentas, podemos contar con su bondad y su Misericordia puesto que va con nosotros todos los días de nuestra vida.


Esta tercera nota de Isaías nos conduce directamente a otro banquete, se trata del Salmo 22 donde el Señor nos prepara la mesa, nos sirve una copa rebosante y nos unge la cabeza con perfume. Este salmo es un salmo del huésped de YHWH, es decir de uno de sus amigos, de uno de sus invitados, que permanece fiel en el Templo, que habitará en la Casa del Señor (el Templo escatológico) por años sin término, es decir, se trata de uno de sus escogidos, un miembro del pueblo elegido, que en términos cristianos no es un tema de raza sino de fidelidad y cumplimiento de sus mandatos, de responsabilidad, de dar frutos, de dar al Señor la parte de la cosecha que le pertenece.


San Pablo en Filipenses, capítulo 4, nos dice que, a una buena obra nuestra, como la solidaridad que mostraron los filipenses con él -que le fue transmitida por Epafrodito- noble acción que sube a Dios como sacrificio agradable, como incienso de grato olor a Dios, que será seguido de la espléndida recompensa de Dios que se encargará de cubrir todas sus necesidades, y las suplirá con creces.

 

La Alianza sellada exige responsabilidad

Por eso el Rey-Dios no limita la invitación a una raza, al pueblo judío, sino que envía a sus criados (en la versión griega se habla de “esclavos” δοῦλοι [douloi], porque –como nos lo dice San Pablo en la 1Cor 9, 16-19 – anunciar el evangelio es una obligación ineludible, y añade, “aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas”) para que conviden a “don Raimundo y a todo el mundo”, van hasta donde terminan los caminos de la ciudad διεξόδους [diexoodous] y empiezan los caminos que llevan a los pueblos extranjeros sin hacer acepción de persona: « El término original que utiliza el evangelista Mateo se refiere a los límites de los caminos, es decir, esos puntos donde terminan las calles de la ciudad y comienzan los senderos que conducen al campo, lejos de las zonas habitadas, donde la vida es precaria. A esta humanidad de las encrucijadas es a la que el rey de la parábola envía a sus siervos, con la certeza de encontrar personas dispuestas a sentarse a la mesa. Así, la sala del banquete se llena de “excluidos”, los que están “fuera”, de aquellos que nunca habían parecido dignos de asistir a una fiesta, a un banquete de bodas. Al contrario: el amo, el rey, dice a los mensajeros: “Llamad a todos, buenos y malos. ¡A Todos!”» (Papa Francisco); observemos que en el evangelio dice específicamente que se convidaron no sólo a los buenos, sino también a los malos. Lo que no implica que todos los “llamados” serán “elegidos”, sino tan sólo los que se hayan revestido con el traje de la justicia: «no basta con aceptar la invitación, sino que hay que aceptar vestirse con la ropa nupcial. Haberse revestido de esta ropa es lo que señala la entrada definitiva en el reino.»[2] «No basta ser pobre y marginado para entrar en el reino de Dios. Ese reino es de justicia y, sin la vestidura de la justicia, o no se entra en él o no se permanece en él… Sí. El prepara la fiesta de la libertad y de la vida para todos. Pero sólo entra el que usa el pasaporte de la justicia.»[3]

 

«Que María Santísima nos ayude a imitar a los siervos de la parábola evangélica y salir de nuestros esquemas y estrechez de miras, anunciando a todos que el Señor nos invita a su banquete, para ofrecernos la gracia que salva, para darnos su don». (Papa Francisco)

La invitación de un Rey -en ese tiempo- incluía, como regalo, el vestido apropiado; y, en la parábola no se trata de ropa, sino de un vestido “Sacramental”, aquel que nos proporciona el bautismo y, que luego, si se llega a manchar o ensuciar, podemos llevarlo a la lavandería que en términos sacramentales es el Sacramento de la Conversión, también llamado “Confesión” o “Reconciliación”. Cantemos la Misericordia de mi Señor, el Rey que nos ha invitado al ¡Banquete de Bodas!, se celebran las Bodas del Cordero con su Prometida, la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, en cuyas manos está asumir su responsabilidad histórica en la construcción del Reino si cultiva las semillas recibidas.


¡Al Dios y Padre nuestro sea la Gloria por los siglos de los siglos!

 

 



[1] Storniolo, Ivo. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE MATEO. EL CAMINO DE LA JUSTICIA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 186

[2] Le Poittevian P. Charpentier, Etienne. EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO. 16ª ed. Ed. Verbo Divino Estella-Navarra 1999 p. 58

[3] Storniolo, Ivo. Op. Cit. p. 190

viernes, 9 de octubre de 2026

Sábado de la Vigésima Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 

Gl 3, 22-29

La ecualización

Pablo propone que la utopía de la unidad en Cristo conduzca a la comunidad a vivir en igualdad y libertad.

Joel Antonio Ferreira

 

A manera de preámbulo, vamos a incluir el verso 21, el anterior a la perícopa que hoy se proclama. Allí se dice: “¿Según esto, ¿la Ley se opone a las promesas de Dios? ¡De ningún modo! Si se nos hubiera dado una Ley capaz de dar vida, en ese caso la justicia vendría realmente de la Ley.”

 

Estamos, actualmente, navegando en la sección de la Carta (3,1 - 5,12) donde se nos muestra cómo la fe tiene una fuerza liberadora, y al haberla recibido, inauguramos un nuevo marco relacional de la Amistad de Dios con los seres humanos y entre nosotros. Aquí nos vamos a encontrar con el corazón de la carta: Un par de versículos que encierran la esencia y la pirósfera de toda la Epístola.

 

En la que llamamos, en nuestro mapa de la Carta, la Primera Sección, se nos muestra el estado de cosas en las que se encontraban en aquel momento: “Jesucristo se entregó a la muerte por nuestros pecados, para librarnos del estado perverso actual del mundo” (1, 4). En la médula de la carta se nos presentará, en cambio, un “deber ser”, un polo direccional, un telos, hacia el que marcharemos en lo sucesivo, y que cambiará el estado de cosas, del “estado perverso”, hacia un estado relacional “cristiano”:

 

Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Todos ustedes fueron bautizados en Cristo y se revistieron de Cristo. Ya no hay diferencia entre quien es judío y quien es griego, entre quien es esclavo y quien hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer. Pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, son por lo tanto los descendientes de Abrahán; ustedes son los herederos en los que se cumplen las promesas de Dios.

Gl 3, 26-29

 

¿Cómo estábamos antes? ἐφρουρούμεθα [efrouroumetha] ¡Éramos prisioneros! Y, ¿qué le pone fin a esa cautividad? ¡la llegada de la fe! (3, 23) ¡estábamos enjaulados y es Jesús, con su Acto Redentor, Él que nos trajo a las condiciones de libertad; pero libertad en la fe!

 

La palabra pedagogo, que significa “el que lleva un niño”, “que lo conduce”, “que lo guía”, se refería a un esclavo que llevaba al niño de su casa paterna a donde su educador, o, más adelante, a la escuela. Pero hay un detalle más y de gran alcance: Siempre resaltamos en la definición de “pedagogo” el hecho de ser un esclavo que llevaba al niño a estudiar. Pero descuidamos una atribución legal que le estaba asignada: Cuando un niño era menor de 16 años, su albacea era el pedagogo que velaba por sus bienes.

 

Aquí San Pablo dice que la Ley era un pedagogo, provisional, puesto que desempeñaba este rol mientras era el momento de la llegada de Cristo. Pero, y lo explica muy claramente, ya habiendo llegado Él, es la fe la que nos justifica.

 

Con el bautismo, quedamos revestidos de Cristo, el pedagogo es ahora inútil, “Pues todos son hijos de Dios por la fe en Cristo. La Promesa se cumple. Pero para que su cumplimiento se dé, tenemos que tomar a nuestro cargo toda la responsabilidad que eso implica.

 

En Gl 3, 26-29, se consignas las dos condiciones y responsabilidades para que podamos considerarnos hijos adoptivos legalmente reconocibles:

-La fe

-La incorporación -como miembros- en el Cuerpo Místico de Cristo.

 

Se puede condensar esta consigna paulina en dos puntos nucleares para el apóstol de los gentiles:

-       Apertura universal al Evangelio (según la predicación de San Pablo y contra la propuesta de los judaizantes).

-       La base de todo el edificio es la fe en Cristo


Uno se convierte a Jesucristo en el Bautismo. Esta conversión se plasmó -ya desde entonces- en la liturgia bautismal donde el leit motiv era la superación de las barreras entre griegos y judíos, entre esclavos y libres y entre hombre y mujeres. Se establece la estructura “católica” de nuestra fe.

 

Sal 105(104), 2-3. 4-5. 6-7

Volvemos a tener como antífona: “El Señor se acuerda de su Alianza eternamente”.

 

-Primera estrofa: El canto que elevamos -y que el salmista nos insta a entonar- es un canto apreciativo, donde los instrumentos realzan y enfocan las obras maravillosas del Señor. Podemos estar sinceramente orgullosos de Dios, porque Él nos ha hecho objeto de su Amor; hay aún más, los que lo buscan pueden alegrarse con buen motivo.

 

-Segunda estrofa: Somos invitados a recurrir al Señor, a apoyarnos en Él, porque Él es Poderoso, más que suficiente razón para buscar Su Rostro, no esperamos encontrar claro está, un rostro adusto, sino uno complacido, aprobatorio. ¿Podemos esperar eso? ¡si! Basta recordar tres evocaciones que tenemos estampadas en el corazón: 1) las maravillas que hizo, 2) sus prodigios, 3) las “sentencias” que manan de sus labios, sentencias siempre Justas y Misericordiosas.

 

-Tercera estrofa: Sentirnos Su Propiedad.

 

Saber, como nos lo ha explicado la Primera Lectura, que con su Infinita Gratuidad Él nos ha constituido “estirpe de Abrahán”, y no por motivos raciales; nos ha hecho miembros legales de las tribus de Jacob.

 

Experimentar ese sentido de profunda pertenencia: Que Él es nuestro Dios, y que estamos bajo su Gobierno.


 

El Salmo es, pues, una glosa para que entendamos que no estamos ahí, en el Patio más externo del Templo, sino que nos ha llamado para estar cercanos a Su Orla, envueltos en Su Nube.

 

¡Qué honor que nuestra firma esté al pie de la Suya, como tributarios de su Alianza Eterna!

 

Lc 11, 27-28

La contemplación que deja afuera a los demás es un engaño

«Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que “no tienen con qué recompensarte” (Lc 14,14) No deben quedar dudas, ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, “los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio.»

Papa Francisco, citando a Benedicto XVI

 

Estamos ante una Bienaventuranza. Quiere decir que esta es una de las piezas de la “Alegría del Evangelio”. El Evangelio es una Maravillosa Noticia que pone nuestros corazones en tónica de suprema felicidad, arrebolados de Entusiasmo, rebosantes de su Gratuidad.


 ¿Qué es lo que nos lleva a tamaña dicha? Son dos cosas: Escuchar su Palabra y ponerla por obra.

 

Nos sentimos exageradamente eufóricos por los alumbrados de nuestras calles, pero ¡qué triste! Esas luces no logran ahuyentar la depravación y la violencia, más bien logran que la corrupción y la maldad resplandezcan con sus perversos maquillajes. Hay luces que horrorizan la vista y hacen sangrar el corazón: Mancha siniestra de la civilización.

 

«El Apóstol Santiago, cuando habla de fe, habla precisamente de la doctrina, de lo que es el contenido de la fe. Pero ustedes pueden conocer todos los mandamientos, todas las profecías, todas las verdades de la fe, pero si esto no se pone en práctica y no va a las obras, no sirve. Podemos recitar el Credo teóricamente, también sin fe, y hay tantas personas que lo hacen así. ¡también los demonios! Los demonios conocen bien lo que se dice en el Credo y saben que es verdad». (Papa Francisco)

 

Hay Luces-acústicas que son Palabras de Vida Eterna, que conceden sosiego y solaz, que nos traen serenidad y reconfortan, que son como un concierto de Ángeles entonando el Gloria in Excelsis.

 

Pero esta Buena Noticia espera nuestra reacción, aguarda para que nos comprometamos y hagamos de ella un estilo de vida. Son Palabras que acceden por los oídos al alma y se trasmutan en energía de vida, en impulso incontenible, en el anhelo de actuar según su Consejo. Son un Faro para nuestra acción y garantizan que no nos llevan a estrellarnos contra acantilados autodestructivos.

 

Constituyen un Verdadero llamado hacia la Fraternidad, la Solidaridad, la Sinodalidad.  Nos guían para hacernos voluntariamente Piedras-Vivas de la Nueva Jerusalén. Bienaventurados quienes las oyen y ritman toda su existencia al compás de la Sinfonía Celestial.


«Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” (EVANGELII GAUDIUM #49, Papa Francisco). 

jueves, 8 de octubre de 2026

Viernes de la Vigésima Séptima Semana del Tiempo Ordinario


Gl 3, 7-14

… la ley… no puede comunicar la vida porque los seres humanos no están en condiciones de observar todas sus prescripciones y, por ende, como transgresores caen bajo su sanción de muerte.

Rinaldo Fabris

«Suponemos que los misioneros judeocristianos hacían apología contra Pablo partiendo de la biblia. Ellos probablemente conocían bien el Antiguo Testamento. Pablo también. Y usa la misma herramienta. Haremos así:

a)    3, 6-9. Los que se adhirieron a la fe son bendecidos porque son hijos de Abrahán.

b)    3, 10-12. Los que se adhirieron a las obras de la Ley son malditos.

c)    3, 13-14. La bendición de Abrahán es dada a los que tienen fe por medio de Cristo». (Joel Antonio Ferreira)

 

¿En qué tierra fueron sembrados, para que pudieran nutrirse con la savia de la fe, y que esta se convirtiera en su linfa espiritual? ¿Cómo pudieron vincularse a la familia de la fe para que su sangre estuviera genéticamente emparentada con el linaje de Jesús nuestro Señor y Redentor? ¿Era, acaso, la pertenencia directa a las tribus de Israel la que les daba el título de Aliados -por alianza con el Señor? ¿quizás el injerto se dio andaregueando por el desierto juntos durante los 40 años? ¿o, quizás fue la recepción del Código Sinaítico lo que los autenticó cómo familia de Dios, su pueblo elegido? Pablo entra en este rastreo del ADN mitocondrial en procura de establecer qué es lo que realmente nos hace entrar en esta familia de fe. Así San Pablo se adentra en la cuestión de los haplogrupos, y a eso nos invita hoy.

 

Dios ha entrado en nuestra historia de nuevo, facilitándonos le Reconciliación, y haciéndonos oferta de renuevo de su Amistad hace más de cuarenta siglos, en los tiempos de Abrahán y Sara que fueron los primeros en re-conocer a Dios. Así que Dios entra en la historia con Abrahán, y hasta allí se remonta San Pablo para buscar la médula de la identidad de nuestra fe.

 

Sin duda alguna llamamos a Abrahán, Padre de la fe, porque fue él quien creyó contra toda esperanza y porque nunca dudó que Dios sí cumple lo que promete, aunque parezca imposible. ¡Creyó y esperó! (Rm 4,18-21). Ellos y su clan adoraron a Dios, mientras todos los demás pueblos continuaron siendo paganos que adoraban ídolos. Por eso hoy -hablando a los paganos, porque recordemos que en Galacia la aplastante mayoría lo eran, Pablo establece: “Hermanos: reconozcan que hijos de Abrahán son los de la fe” (Gl 3,7).

 

Y continua su muy científica investigación y nos reporta los resultados diciendo: “En efecto, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la noticia de que ‘por ti serán benditas todas las naciones’.

 

Y esto tiene consecuencias asombrosas, y que uno, por lo general, no se molesta en reconocer, siendo que son de vital importancia para la vida espiritual: “los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán el fiel. En cambio, cuantos viven de las obras de la Ley están bajo maldición…” Llegando a esta esquina, es necesario detenerse un momento para tomar un segundo aire, antes de proceder a profundizar las consecuencias.

 

Pero, ¿por qué el que se atiene a la Ley está maldito? Eso no se entiende claro, ni se desprende automáticamente… Ah, es que para captar este detalle hay que conocer las Escrituras y llegar allí donde dice: “Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el Libro de la Ley, cumpliéndolo” (Dt 27, 26). Uno lee esta cita y se explica porque los judíos son tan obsesivos en el cumplimiento de cada coma y cada tilde (teniendo en cuenta que el hebreo no tiene ni lo uno ni lo otro, y que esta es sólo una manera de hablar, y confiamos que se entienda).

 

Atenidos a esta incisiva manera de leer la Escritura, se debe llegar a que la Ley no es ningún salvavidas, ya que en otra parte la propia Escritura lo dice: “El Justo vivirá por la fe”. Pero la Ley lo que hace es desplazar el foco de atención hacia otro lado, hacia el legalismo que raya en el leguleyismo, diciendo: “Hay que cumplir los mandatos para tener vida por medio de ellos” (Sal 119(118), 93-117).

 

Ah, pero entonces ¿si se puede obtener la “vida” por vía de coherencia con ella, con la ley? Pero, nos damos cuenta que nadie puede guardar la Ley en todos sus puntos, o sea que, se nos cierra la puerta de acceso a la “Vida” con un grosero portazo en la nariz: ¡Nadie entra!

 

Prestemos atención a lo que nos dirá San Pablo en el capítulo final de esta Carta: “Los que quieren ser vistos en lo humano, esos os fuerzan a circuncidaros, con el fin de evitar la persecución por la cruz de Cristo. Pues ni siquiera esos mismos que se circuncidan cumplen la ley; sólo desean veros circuncidados para gloriarse en vuestra carne” (Gl 6, 12-13).

 

¿Qué fue lo que realizó Cristo con su sacrificio en el Altar-del-Calvario? ¡Nos rescató de la maldición de la Ley! ¿Y, cómo logró eso que está más allá del poder humano? El mismo se subió al Árbol Maldito de la Cruz, para cargar en su propia piel, y se echó a sus hombros toda la fuerza de la Maldición y con ello, todo el poder del pecado. Él, que es Dios, asumió toda la pecaminosidad y se abajó hasta estar “al nivel de los que pecan” y absorber sobre Sí el peso de la “Maldición del Madero” (Dt 21, 23).

 

«… las bendiciones son prometidas a “todos los pueblos” (naciones). No son propiedad de una sola persona, de un grupo o de una nación especifica. Por eso, no es el descendiente biológico quien se vuelve hijo de Abrahán, sino todo aquel que tiene fe.» (Joel Antonio Ferreira)


Mejor dicho, las promesas favorables a los paganos que Dios hizo a Abrahán, se realizan a cabalidad en el Redentor, cuando Él se hace “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

 

Sal 111(110), 1b-2. 3-4. 5-6

¿Qué significa que el Señor recuerda siempre su Alianza? Quiere decir que Él no es voluble, que su amor y su compromiso son inquebrantables, que cuando Él se decidió a amarnos fue una decisión de una vez por todas, Él, que es eterno, es Fiel a sus empeños, no nos va a fallar, su vínculo con nosotros es inalterable. Nos podemos confiar de sus promesas.

 

Es una oración comunitaria. Se convoca para este ruego a todos los que siguen con rectitud las pautas de la Revelación. No está orando el salmista solo, sino que se une a la Asamblea de los Justos. Son todos los que comulgan con el Proyecto del Reino que entrelazan sus ruegos para -en cadena de oración- garantizar que su Súplica se alce hasta el Trono del Omnipotente.

 

Uno mira la Creación y ven en toda ella que su Belleza nos habla de su Creador, el Poder Infinito del Artífice no está fuera del alcance de nuestros sentidos, y cuanto más nos esforzamos en entenderla, más grande y sorprendente es su armonía, sus ecuaciones, la lógica entrelazada de todos sus componentes, el prodigio de su reproducción, que está alojado en ella misma, la capacidad sanativa de sus criaturas, la recomposición de sus equilibrios. La música e sus esferas, valga decir la armonía de sus estrellas, galaxias, planetas, lunas, nebulosas, cometas, meteoros.

Y, como Padre Providentísimo Él nos nutre a todos, poniendo fuentes nutricias para las distintas especies que pueblan el Globo.


En medio de este sinfín de criaturas, como un eje está firme y sólida su Alianza, Pacto que tuvo a bien contraer con nosotros, que, sin mayores atributos de merecimiento, quiso tenernos en el hueco de Su mano Protectora y Amorosa, quiso tener Alianza con nosotros para que, siendo su pueblo, actuáramos como verdaderos hijos, con corazón agradecido.

 

Lc 11, 15-.26

El que ha escapado del señorío de Satán, no por ello debe creerse inexpugnable y completamente seguro. El estado final de una persona que se ha convertido, si no persevera como tal, puede ser peor que el anterior a la conversión.

 

El dedo de Dios, así como nosotros -cuando queremos despachar a alguien- apuntamos en dirección a la puerta de salida con el índice, así Dios también expulsa con su dedo que no sólo señala una dirección, sino que cargado de “fuerza performativa”, le basta mostrar la ruta de salida para cumplir la expulsión. El dedo en la cultura semítica es simbólico de “factura”, pero, Dios ni siquiera necesita de toda la mano, a Él la basta el dedo. Nosotros también tenemos la figura literaria: “con una mano en la espalda y con un solo dedo”. La mano en la espalda comunica “muy relajado”, y “con un dedo” se simboliza el monopolio de la autoridad.


Dios gobierna Cielos y tierra con su dedo y creó todo con el poder de sus dedos aunado a la Voluntad Generativa de su Palabra. Cuando somete los poderes malignos lo hace como despreocupadamente, porque, para Él, no son verdaderos rivales; también los seres humanos podemos hacer que alguien se movilice con el simple gesto de un dedo, o que se suma en absoluto silencio si lo apoyamos sobre nuestros labios.

 

Cuando Jesús tomó el rollo de Isaías en la Sinagoga y leyó, en aquel rollo ya se profetizaba que el Poder Divino se haría patente entre nosotros y expulsaría los demonios. Dice allí que esa es una de sus Misiones: Expulsar los demonios. Cuando tal se cumple, quiere decir que el Señor ha inaugurado el Año de Gracia del Señor: ¡El Jubileo!

 

¿Han notado ustedes que una de las estrategias que el Perverso suele tomar en su abuso es la de despotricar contra el buen nombre de los Fieles? Aquella vez no fue la excepción. Había que procurar confundir a los concurrentes diciendo que Jesús recibía poder de “las fuerzas Inferiores” y gritaban con desespero, conectando sus más potentes parlantes, que El aliado de Jesús era Belcebú (En los cultos satánicos, se considera uno de los demonios principales que conforman la falsa trinidad demoníaca junto a Lucifer y Leviatán. Baal-Sebub, que significaba el señor de las moscas, y que originariamente era uno de los nombres del dios semítico Baal); para ellos, Dios-Bondad, no tenía poder, el poder provenía del dios-maldad.

 

Notemos que Jesús apela a la lógica (pero no a la falsa lógica, Jesús nunca apela a falacias), para señalarles que si eso fuera cierto, haría tiempo que el Malvado habría sido derrotado, porque un reino sumido en disensiones no dura ni la más corta brevedad. Si el Perverso ha podido sobrevivir es porque él y sus secuaces conspiran, es decir, planean para aparecer como muy “acordes” y de esa manera poder engañar.

 

Irónicamente Jesús les interroga: Si los expulso con el poder de Belcebú, ¿con qué poder obran ustedes y sus discípulos? ¿Si Jesús tenía ocupado el poder de los malos, se habían quedado desarmados los que acusaban a Jesús? Porque tampoco es que el poder de la maldad sea tan amplio para que cupieran dos pilotos en el mismo trono, aun ¡cuando el puerco es sucio!

 

Lo que si sucede es que, al arrojar a un demonio, si el exorcizado no se cuida de trabajar su “conversión”, el “Puerco” regresará, con una septena de sus compinches, a re-acomodarse allí donde antes vivía, porque le dará gusto encontrar la casa “limpia y deshabitada”, y “el muy cochino” ya se había amañado con ese “refugio”.


En ese caso ¿habría mejorado la situación del poseso liberado? ¡por el contrario! Estaría peor que antes.