miércoles, 4 de noviembre de 2026

Jueves de la Trigésima Primera Semana del Tiempo Ordinario


Flp 3, 3-8a

Volvemos a encontrar el tema de los judaizantes. Hemos mencionado -porque para ellos era importantísimo- que procuraban a toda costa mostrarles como obligatoria la circuncisión, junto con la práctica de toda la normatividad de la que se hablaba en la Torah, específicamente, la del Levítico. Para San Pablo, la verdadera circuncisión no era la que se practicaba en la carne, sino la honra y culto al Espíritu Santo y la glorificación de Jesucristo.

 

Dice San Pablo que, si se tratara, de la circuncisión en la carne, él mismo estaría en la vanguardia, puesto que él había sido circuncidado, dentro del plazo de los ocho días contados a partir de su nacimiento, según las tradiciones judaicas; perteneciente -como él mismo lo aclara- al linaje de Benjamín, y celoso observante de la Ley, como lo presumían todos los que como él se alineaban entre los fariseos.

 

Acorde con ese purismo, él mismo había perseguido a los cristianos para ser tenido por “irreprochable”, categoría otorgada a los judíos observantes de su ortodoxia a pie juntillas.

 

Pero señala una ruptura, una discontinuidad y la resalta como un “punto aparte”, mostrando que él ha llegado a un nuevo γνώσεως [gnoseos] “conocimiento”, que no es cualquier tipo de conocimiento, sino que San Pablo lo clasifica en el estrato del conocimiento ὑπερέχον [hiperechon] “excelente”, “superiorísimo”, “eminente”, “excelso”, uno diría “un conocimiento insuperable”, o “saber de punta”.

 

Este γνώσεως [gnoseos] no es como el conocimiento en general que abarca esa palabra en nuestro idioma, este “conocimiento” es un conocimiento directo, es una experiencia que uno ha tenido y la ha vivido. Es un conocimiento por relación directa, personal, nada teórico, es un saber que, al haberlo vivido en carne propia, es claro, rotundo, es diáfano, es transparente, es existencial.

 

Parangona estos dos acercamientos que ha tenido Pablo en cuanto a su fe y encuentra que la experiencia de fe que ha tenido a través del cristianismo hace que el anterior sea insignificante, fue una experiencia que lo llevó a valorarla como tiempo perdido de su vida, como el que cambio -por fin y afortunadamente- el oropel, la baratija, por un tesoro espiritual de incalculable valía. Por eso dice que este nuevo conocimiento es un “conocimiento excelente”


No era que, el primero fuera algo malo, lo que pasa es que, comparativamente, ahora se vio que era innecesario circuncidarse y que eran vanos todos los demás formalismos.  En el devenir, todo eso se hizo superfluo. Ahora, tiene en todos sus sentidos la cabal consciencia de ὑπερέχον τῆς γνώσεως [yperecho tes gnoseos]; ὑπερέχον es la “Excelencia del conocimiento”, “un saber que los sobrepuja todo”, “saber excelso”, que “está por encima de todo lo otro”, y que es, Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

Sal 105(104), 2-3.4-5.6-7

Una falla, seguramente tallada por el Malo en nuestro ser, esculpida o tatuada en el pericardio, es la ingratitud. Ese es como un virus que se introduce en la fragilidad de la memoria, se aprovecha y se vale del olvido. Tristemente el olvido mella hasta el amor. Y la ingratitud corroe toda nuestra herencia histórica de la Creación, la Liberación de Egipto, de las Gracias personales que cotidianamente recibimos, de toda la Economía salvífica con que Dios nos ha beneficiado. (Ojo a la diferencia: el “proyecto” delimita la trayectoria a lado y lado, empujando siempre hacia adelante, con factores de “previsión”, tiene mucho de “predeterminación”; en cambio, la economía se va ajustando sobre la marcha, a medida que surgen las situaciones, se busca clarificar el derrotero a seguir).

 

Este salmo viene a traernos algunos antídotos contra el olvido y la ingratitud. Es un salmo de la Alianza. Todo salmo de la Alianza tiene, esencialmente, la misión de curar la memoria, de revivir y ratificar en el ser, que hemos sido agraciados con los Favores Divinos y tenemos una “deuda” de reconocimiento, podríamos abusar del concepto y llevarlos hasta la frontera de la “retribución”, un amor correspondido.

 

Un antídoto es cantar. Cantar sincronizando el canto con la línea instrumental, cantar haciendo consciencia de su Maravillosa Grandeza, de su Misericordiosa Bondad. Que Toda su Divina Persona es Providencia, es Salvación. Y esa consciencia ha de saltar en nosotros como una fuente viva de Júbilo.


 

Otros elementos-antídoto a) Acudir siempre a Él. Cuando uno recurre siempre a Él lo tenemos siempre en la mente y el corazón y sabemos que en sus Manos está toda nuestra vida. b) Buscarlo, siempre atentos a dónde ir y cómo obrar, qué hacer para que nuestra vida sea una resonancia de su Poder. Descubrir en toda Maravilla, hasta en el reflejo de la luz en una gota de agua, que Él todo la ha hecho perfecto y que en esa chispa de luz que resplandece allí, se expresa la fotografía de su Hermoso Rostro. Admirar no sólo la Creación sino, además, la Magnanimidad de sus Enseñanzas, de toda Palabra que Él ha proferido y de las que profiere y proferirá.

 

En la tercera estrofa nos llama a nosotros, a que despertemos y nos demos cuenta que nos está hablando a nosotros. Antiguamente se dirigía a la prosapia de Abraham, al linaje de Jacob por línea genética, hoy a nosotros, que hemos devenido su Familia y que nos Ama como su pueblo elegido, ya no por línea hereditario-racial, sino por pura Gracia de su Infinita Gratuidad.

 

¿Cuál es nuestra exclamación antifonal? Ahora que tenemos conciencia de nuestra doble categoría:

1.    Que lo busquemos le complace y demuestra la honestidad de nuestro seguimiento.

2.    Al caminar en su búsqueda, no hay que aguardar a alguna manifestación espectacular que nos diga “lo encontraste”, sino, sin encontrarlo física ni factualmente ser conscientes que mientras andamos tratando de contemplar su Rostro, Él está ahí, más allá de nuestro pobre equipo sensorial incapaz registrarlo. Sabiendo que, no lo detectamos pero que está siempre allí (Dios-con-nosotros), con su alegría Divina (la perfecta Felicidad), Padre Celestial feliz de jugar con nosotros a las “escondidillas”, Padre-Hijo-y-Espíritu Santo que reboza porque lo buscamos con amor.

 

Así, pues, “Que se alegren los que buscan al Señor”

 

Lc 15, 1-10

En el mundo hay dos categorías de personas: los pecadores y los que se creen justos.

Pascal

Entramos en el terreno de las parábolas de la Misericordia. Hay una sed de oírte Señor, pero el barullo nos confunde, nos distrae, hurta nuestra sed, como pasa con aquellos que mueren de ansia, pero el mensaje del organismo no les toca el cerebro. Es una manera de desconexión, digamos, una suerte de enajenamiento, una esquizofrenia que nos fracciona, nos hace divergir, como si nuestra unidad y nuestra identidad se volvieran una desbandada: ¡Tener sed y tener la bebida, pero no poder “cruzar el puente” que los une!


Acariciamos tus palabras, pero no logramos recomponerlas en una unidad que se consolide en nuestro yo. Así el tesoro de tu Mensaje y la unión que nos propone se disuelve en desintegración, en disgregación, en fisura. Víctimas de ambas: la ingratitud y el olvido.

 

El enemigo se las ingenia para seducirnos al distanciamiento: en vez de experimentar el anhelo de la convergencia, tenemos arrebatos de quiebre, fiebre de estrellar los pocillos contra la pared. En vez de fraternidad tenemos las manos repletas de quijadas de burro. En vez de sinodalidad prodigamos desbandada. En vez de koinonía, ansia de poder y control. A la caridad le ponemos un disfraz de egoísmo e inhumanidad.

 

Tú en cambio, eres el enamorado fiel, no eres un simple “pastor hermoso” eres un Amador Infatigable que ten pronto nos extrañas, te levantas -sea cual sea la hora- y sales en nuestra busca. Y al reintegrarnos a nuestro redil, armas fiesta para enseñar a todas las hermanas y a todos los hermanos la felicidad de estar juntos, de permanecer en convivencia en las mismas moradas que nos hacen a todas y a todos “prójimos”. Tu nos rescatas de nuestros extravíos y nos restituyes al seno de nuestros rebaños para que comprendamos que al alejarnos tendremos todos los sinsabores y riesgos de la soledad.

 

Solo Tú, dejas tus fatigas a un lado para cargarnos, para conducirnos sobre tus propios hombros, para soslayar nuestras fatigas y acelerar nuestra llegada a “casa segura”.

 

Si observamos -a todo lo largo de los Evangelio- Jesús siempre está fastidiado y recrimina a los que proponen una religión formalista, una religión exclusivista, discriminatoria. Siempre deplora la actitud de los que sacan, de los que anuncia un Evangelio con cupos limitados.

 

¿Piensan que Jesús detestaba a los escribas y a los fariseos? ¡Claro que no! Él siempre enfoca bien su “lucha”, no es contra el ser humano, sino contra el pecado que es la “piedra de tropiezo” que aleja de Dios. ¡Pensamos que los escribas y los fariseos eran los que andaban con camiseta café, o con sombrero de fieltro, o con chaleco y flor en el ojal?, tampoco era porque sus reuniones fueran en la Sinagoga o en el Templo, (inclusive, lo que había motivado su elección como pueblo elegido iba por ahí, porque eso le agradaba al Señor). Su problema – y eso fue lo que cambió su gusto preferencial por ellos- radica en que ponían “taquillas” y “peajes” que ellos arbitrariamente diseñaban, para entorpecer la entrada de los que él amaba (notemos que sus amados eran los recaudadores de impuestos y los pecadores en general; precisamente los que el fariseísmo quería descartar).

 

En la otra parábola, Jesús compara a los despreciados con una moneda valiosa, muy querida por su propietaria, que la busca afanosamente; pues con mayor tesón, Jesús ha venido a buscarnos a los que caemos y fallamos, no a descartarnos y marginalizarnos.

 

Muchas veces nos afanamos a ver, ¿cómo podemos actualizar en nuestras vidas el Evangelio? Su hermenéutica no lleva hacia algo misterioso, sencillamente, trabajemos para no ser de los que excluyen, aprendamos a ser “inclusivos” aun cuando a veces los prejuicios nos propongan satanizar por aquí y por allá.

 

Estemos alerta y observemos para aprender de Jesús que no satanizaba nada, su apertura siempre estaba dispuesta a la acogida, para todos, los niños, los adultos mayores, los samaritanos, los leprosos, las adúlteras (y los adúlteros que contaban con la complicidad social), no excluía a nadie. Y siempre anda como un Rescatista muy responsable, tras las ovejas descarriadas.


Recordemos en el Evangelio según San Mateo, que la separación entre cabras y ovejas será el “final de los tiempos” (será una instancia escatológica) y no nos toca a nosotros; Él, personalmente, tomará a su cargo seleccionarlas y apartarlas. No nos arroguemos el rol que sólo a Él se lo ha entregado Dios Padre.

martes, 3 de noviembre de 2026

Miércoles de la Trigésima Primera Semana del tiempo Ordinario

Flp 2, 12-18

El sacrificio de lo más preciado es el verdadero acto de fe, un acto que va, más allá de la comprensión humana.

Kierkegaard

¿Qué puede venir después del Himno Cristológico que nos exhibe la kénosis? Un llamado, una verdadera exhortación a trabajar con -y viene esa celebérrima expresión que tan profundo llevó a Kierkegaard-: μετὰ φόβου καὶ τρόμου [meta fobou kai tromou] “superando lo que causa el temor y lo que nos trae temblor”.

 

Ya que hemos mencionado a Søren Kierkegaard, diremos que él ha referido, la experiencia de “temor y temblor” a Abrahán y al incidente que lo llevó a atentar contra el fruto de la Promesa de Dios para él. Pero, para Kierkegaard, este enunciado tenía un mensaje críptico, que era preciso “luchar” para poderlo decodificar. Vivimos el temor y el temblor cuando nos adentramos en el sentimiento que debía cargar aquel “viejo” mientras ascendía al Moriah y encendía el fuego. Moriah significa “según lo ha mandado YHWH”.

 

Y, ahora retomamos a Pablo que nos indica que, con ese enfoque, hemos de trabajar por la Salvación. La salvación no es un boleto de ingreso al Edén, partiendo de saber que no es algo que busco, que consigo, que “capitalizo”. No es algo que llegó a poseer, algo que una vez tenido me lo adueño y, a lo que me refiero anteponiéndole el adjetivo posesivo “mi”.

 

Se debe aclarar, y -esto es algo que se ha mantenido obcecadamente en la penumbra- que la salvación no es un palanquín desde el cual disfruto muellemente los dividendos del “culto a la personalidad”, mucho menos un nicho en un retablo, tampoco un pase para entrar y salir de una “corte”.

 

“Dios es glorificado cuando la gente reconoce en Jesús al ser humano que pasó por la encarnación de las realidades más dolorosas y humillantes, hasta culminar con la muerte de cruz, condena impuesta a los criminales. Evangelio es, pues, el anuncio de aquel que se hizo siervo…” (J. Bortolini)

 

Lo hermoso que resplandece en esta perícopa es la definición de la Salvación: es algo que Dios activa en nosotros para que seamos capaces de realizar su designio de amor.

 

Nos encontramos aquí con otra sorpresa: Pablo viene del judaísmo, de la cultura de los sacrificios en el Templo. Pero descubre -y comparte con nosotros ese descubrimiento- que la Nueva Alianza tiene una liturgia diferente, una que hace de las personas víctimas sacrificiales, y él, en vez de oponerse o salir en fuga, aspira a estar entre los sacrificados y aportar su sangre personalmente a esta nueva liturgia de la Segunda Alianza.

 

Sin embargo, así como Abrahán sube al Moriah y sólo lo sostiene la fe en su camino hacia el filicidio, así Pablo, lo que presenta en el Altar de su martirio, cuyo preámbulo vive en este encarcelamiento que padece, es la fe de los miembros de las comunidades -sus hijos en la fe- en las que él ha laborado y sentado las bases.

 

Propone que cada fase de este camino, que le toca recorrer, aunado a la persecución, al aprisionamiento, las torturas, lo vivan sin protestas, sin reniegos, sin discusiones para que sean tenidos por irreprochables y por sencillos, hijos de Dios sin tacha.

 

La corona no viene ahora. La corona vendrá “cuando venga Cristo” (v. 16), en la Parusía. Mientras tanto vivimos en una Babilonia “perversa y depravada”.

 

Nos dice que brillamos como lumbreras, y ese brillo resplandece a los ojos de Jesucristo que reina desde la Derecha del Padre. No está en carteles y en redes sociales, es un brillo espiritual, evidente sólo a los Ojos Trascendentes.


La fe nos impulsa allende nuestra pusilanimidad: “La fe no conoce límites ni barreras, se abre camino en la oscuridad del alma y guía al individuo hacia la luz de lo desconocido”. (S. Kierkegaard)

 

Sal 27(26), 1bcde. 4. 13-14

Aspirar a estar ante Él. Vivir la enormidad de la experiencia de su Presencia. Si, el Señor es quien ilumina con su Luz mi existencia, ¿hay algo más que perseguir? ¿tengo que correr y precipitarme sobre algún otro afán?

 

Si el Señor es mi Suma Protección, ¿hay alguien a quien rendirle pleitesía? ¿De verdad hay que hacer lobby?

 

Caminando nuestro peregrinar en la tierra revisemos cómo contestar a la pregunta ¿cuál es la misión que he recibido como encargo que Tú me has comisionado? Esperar en Ti. Lleno de חֲ֭זַק [chazad] “fortaleza”, “ser fuerte”; אָמַץ [ametz] "anímate, ¡upa!". No desvíes tu atención ni a derecha, ni a izquierda; no confíes en otras fuentes de esperanza: confía y espera en el Señor.

 

No esperes que te llame a parte. No cuentes con revelaciones privadas. Lo que Él te dice no es para que lo acapares, es para que lo grites en las plazas y desde las azoteas. Lo que Él nos enseña es para compartirla, para hacerlo nuestro.


Es un salmo del Huésped, ruego para ser acogido en sus Moradas, pero, las habitaciones no están contadas, no hay suites presidenciales, ni cámaras reales. Él reparte y comparte su Realeza; no tiene miedo de perder algo, Él sabe quién es, y Sabe que su Realeza dura por siempre.

 

Nosotros que somos provisionales en la tierra, no tenemos parámetros para imaginarnos como es no-morir. En vez de preocuparnos por eso, esperemos llegar a gozar de Su Dicha Eterna. De nuevo, la clave es la Esperanza: Confiar en sus Promesas.

 

El Señor es mi Luz y mi Salvación. Ambas cosas: no sólo la Luz, ni sólo la Salvación. En el Señor lo tenemos Todo.

 

Lc 14, 25-33

Kénosis es vaciamiento

La decisión de seguir a Jesús, en suma, es anterior a cualquier afecto o interés.

Vincenzo Paglia

Una idea sirve de subsuelo a esta construcción que se está levantando: una comunidad integrada por personas libres, sin ataduras que los detengan o los entorpezcan: “Ninguna pretensión ni voluntad carnal está en condiciones de hacernos discípulo. Es sólo un don de la gracia, que Dios concede al humilde y al pobre. Pero, si todo es acción de Dios, también todo es libertad del hombre, que puede acogerla o rechazarla”. (S. Fausti)

Somos como barcos que no están anclados en un único puerto, sino que cientos de cadenas y de anclas, nos retienen por todas partes. Una suerte de cabalgadura amarrada por miles de riendas con nudos ciegos.

 

Esta es la perspectiva del discipulado y antes de pretender seguirlo, hemos de preguntarnos sinceramente: ¿Cuento con todos los factores para poderme entregar al seguimiento? ¿Hay muchas ataduras que me contienen y que no tengo fuerzas para reventarlas? ¿Estoy maniatado por cientos de apegos que malogran mi despegue?

 

Recordemos que lo que queremos lograr es ser sinceros y comprometidos discípulos del Evangelio y que el Evangelio no es un Escrito, es la Persona de Jesucristo. ¡El esclavo no puede ser discípulo! Al discipulado se llega por medio de la libérrima decisión de caminar en pos suya. Una libertad extrema que se llega a definir como μισεῖ [misei] “odio” pero desde la perspectiva semítica, tiene más la idea de “renuncia”, “desplazar y posponer al lugar no preferencial”, para desatarnos de las cosas que -de primera mano- consideramos “dulces ataduras”.

 

Esta forma de ruptura que camina hacia el discipulado se puede percibir en la siguiente reflexión que nos propone Toni de Mello para odiar una de las cadenas principales que nos roban la disponibilidad y la apertura al Llamado: el propio “yo”. Vamos a suponer que el título de la reflexión es “La oquedad de la Flauta”:

 

Subhuti, discípulo de Buda, descubrió de pronto la riqueza y fecundidad del vaciamiento de sí, cuando cayó en la cuenta de que ninguna cosa es permanente ni satisfactoria y de que todas las cosas están vacías de «yo». Y con este talante de divino vaciamiento se sentó, arrobado, a la sombra de un árbol, y de repente empezaron a llover flores alrededor de él. Y los dioses le susurraron: «Estamos embelesados con tus sublimes enseñanzas sobre el vaciamiento». «¡Pero si yo no he dicho una sola palabra acerca del vaciamiento...!»

 

«¡Pero si yo no he dicho una sola palabra acerca del vaciamiento...!»

 

«Es cierto», le replicaron los dioses, «ni tú has hablado del vaciamiento ni nosotros te hemos oído hablar de él. Ese es el verdadero vaciamiento». Y la lluvia de flores siguió cayendo. Si yo hubiera hablado de mi vaciamiento o hubiera tenido conciencia del mismo, ¿habría sido vaciamiento? La música necesita la oquedad de la flauta; las cartas, la blancura del papel; la luz, el hueco de la ventana; la santidad, la ausencia de «yo".

 

Este “vaciamiento” es, precisamente, en lo que consiste la kénosis.

 

No se trata de emprender el Camino y mirar a ver que sobreviene, “a ver qué pasa”. Él nos llama con su Infinita Acogida, pero quiere que sopesemos si estamos en condiciones de irnos tras Él. Para que tengamos claridad sobre el tipo de entrega que significa ser discípulo nos trae dos parábolas:

1)    La de quien se propone edificar una torre

2)    La de un rey que tiene la intención de declararle la guerra a un adversario

 

Como punto de partida nos da unos ejes de referencia:

1)    Ponerlo en el Primer Lugar

2)    Cargar con la cruz “discipular”.


Se trata de la práctica de la abnegación. La decisión tiene que ser de extrema libertad para que podamos recoger la consigna que nos formula San Pablo en su Carta a los Filipenses: “Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros”. Sólo desde las coordenadas de libertad entera podemos desplazar los ídolos y poner en el justo Centro el Cristo-centrismo. Y esa es la definición, en la práctica, del “cristianismo”.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Martes de la Trigésimo Primera Semana del Tiempo Ordinario


Flp 2, 5-11

El gozo del cristiano consiste en anunciar el Evangelio por la palabra, pero también por la vida, poniéndose al servicio de los demás. Porque la comunión con Jesús crea la comunión entre los hermanos: fijaos en el amor apasionado de pablo por sus cristianos.

Etienne Charpentier.

Ayer se incluía la palabra φρονέω [froneo] “pensar”, “entender”, “enfocar la mente” y “disponer el pensamiento para algo específico”; hoy la tenemos en esta perícopa de filipenses, como φρονεῖτε [froneite] “permite que tu mente sea”, es un presente imperativo activo: “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús”. Leemos en el verso 5 -el primero de la perícopa, que nos dice que tenemos que sacar del mismísimo fondo del corazón y con toda sinceridad, la manera de comportarse que es la propia de un seguidor de Jesucristo. No es algo que hay que impostar, sino que, donde hay verdadero discipulado, esa manera de ver las cosas es la que naturalmente brota del corazón (ya se ha dicho que, desde esta perspectiva, el corazón es la sede del pensamiento y no la razón albergada en el cerebro, (según nuestra episteme occidental). “Tengan unos con otros…” es lo que constituye los “vasos comunicantes” de la sinodalidad, que debe circular en la comunidad como savia nutricia y soporte parenquimatoso.

 

Se tiene por sentado que este himno no es de la autoría de San Pablo, sino fruto de la apropiación de la fe por parte de las comunidades, Pablo lo toma porque compendia muy bien, el kerigma que él les anuncia.

 

Insistimos que estamos en el tercer segmento de nuestro mapa de la carta, que, como dijimos ayer, tiene que ver con “el modo de ser propio del cristiano”. Podríamos subdividir la perícopa en dos sub-segmentos:  i) 2,6 - 8 y ii) 2,9 -11. Se suele decir que en el primer segmento rige un movimiento que va de arriba hacia abajo,, Jesús despega de la cima y da inicio a una caída que lo precipita hasta el mismísimo fondo del Sheol, llegándose a la muerte, y una muerte vejaminosa, la de un criminal que muere crucificado; mientras que en el segundo segmento, Dios-Padre lo alza desde ese fondo y lo Eleva a Su Máxima Altura, donde recibe el Nombre sobre todo Nombre y todos se postran de rodillas, reconociéndolo Soberano Supremo, con el Preciosísimo Título de Señor.

 

Muchas veces nos quedamos ahí, y convertimos el himno en una especie de dispositivo de “sube y baja”, como una especie de ascensor que se toma ya sea subiendo y bajando; si obramos de tal manera, nos perdemos de la esencia del Mensaje.

 

Y es que Jesús bajó, y Dios-Padre lo elevó, porque se abajó: atención, ¡no lo abajaron! ¡El decidió “humillarse a Sí Mismo”! Pensando en el ser-humano y en todas las criaturas caídas, y resolvió -por compasión antropológica- fundar la más Alta Kénosis, la Kénosis-Redentora.

 

¡Si, uno no puede ir del piso tal al piso pascual, alienado de la razón de ser de este “edificio” y de este “Ascensor”! La kénosis tiene un propósito Salvífico, se inserta en le Economía de la Salvación que Dios -desde el Principio de los Tiempos-, había diseñado para no dejar a sus “Ovejas extraviadas” sino rescatarlas.

 

En la perícopa de ayer quedó definida la Kénosis: “Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros”. Retomando nuestra glosa, repetimos: “desechar nuestros intereses egocéntricos y mirar hacia el bien común.”.

 

El tema no es que Jesús bajó y luego subió, sino cuál era su “móvil”, ¿qué lo motivó a bajar? El significado de su entrega y de haberse “encarnado” se tiene que leer desde la perspectiva de la “renuncia”: “Renunció a lo que era suyo (la condición Divina), no se aferró a Su Igualdad con Él, y tomó naturaleza de δούλου [doulou] se traduce como “siervo”, pero su significado propio es “esclavo”; haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera”.


Por eso queremos concentrar y enfocarlo todo, en lo que aclara y explica el “sube-y-baja”, porque no estamos montando en columpio, sino entendiendo esta “dialéctica” de la “obediencia” -que no es la de un niño juicioso y muy bien peinado con gel- sino la de un Dios Compasivo y Misericordioso. 

 

Sal 22(21), 26b-27.28-30a. 31-32

אֵלִ֣י אֵ֭לִי לָמָ֣ה עֲזַבְתָּ֑נִי

Elí, Elí, lama Zabactaní

Salmo de Acción de Gracias. Este salmo contiene aquel grito profundo de Jesús desde la cruz, clamando la intervención de su Padre. Para pronunciarlo hay que procurar ponerse en los zapatos de Jesús. Asomarnos al Umbral del Corazón de Jesús y procurar entender cómo ha sido posible tanto Amor. Y, en medio de esa “composición de experiencia”, dejar que mane de nosotros el gesto de la gratitud infinita.

 

Nosotros no somos capaces de gestos de dimensión infinita, porque nuestra naturaleza no ensaya a trascender nuestra limitación y preferimos considerarnos solamente mortales. Para generar esta gratitud desmedida tenemos que agudizar la vista y hacer todos los sentidos más penetrantes, para sentir y vivenciar que Dios nos quiere levantar por encima de nuestra bajeza. Nos quiere ensalzar para que inmersos en Su Amor, dejemos de vivir como simples mortales y -abriendo los ojos, hasta que se nos revienten los parpados, nos remontemos y percibamos que somos “hijos” no por merecimiento sino por su Desmedida Generosidad, por si Inefable Misericordia.

 

Solo mediante este ejercicio alcanzamos a medio divisar, a entrever, así, a lo lejos, que Jesús -en virtud de su Kénosis- tampoco podía percibirlo con su -bajo esas condiciones- limitada sensorialidad, y por eso, puesto en nuestras mismas condiciones, lo llama sintiéndose -como cualquier hombre se sentiría, “abandonado”.

 

De día te grito y no me respondes; también de noche, y no me haces caso”; Él no estaba teatralizando su muerte, estaba muriendo, sumido como los humanos, en la “noche oscura” de esa Pascua. El terrible salto: de hombre a muerto.


Sólo pasará a sentarse a la Derecha, en el Sitial del Gobierno Trascendente, el que se duerme en la tierra sin desconfiar de su Lealtad. Dios sostenga la fe, la de hoy, y la de los tiempos venideros, para que a toda tiniebla alcance la Luz del que es señor de la Vida.

 

Cuando se agolpen los creyentes que puedan caer, de rodillas, ante tu Cuerpo y tu Sangre Eucaristizadas para proclamar que Tú Vives y Reinas por los Siglos de los Siglos.

 

Lc 14, 15-24

Entrar en la Iglesia es una gracia; entrar en la Iglesia es una invitación. Entra en la Iglesia es hacer comunidad, comunidad de la Iglesia, entrar en la Iglesia es participar de todo aquello que tenemos, de las virtudes, de las cualidades que el Señor nos ha dado, en el servicio del uno para el otro. Además, entrar en la Iglesia significa estar disponible para aquello que el Señor Jesús nos pide.

Papa Francisco

Se plantea el máximo problema que siempre ha acosado al ser humano: Estamos llamados e invitados al Banquete de Bodas del Cordero, pero nosotros sólo estamos sentados, dejando trascurrir la vida y sólo preocupados de inventar excusas para no asistir.


Unos se niegan a ir porque les parece que ni conocen al Novio, y menos a la Novia.

 

Otros dicen que no irán porque ellos no entienden esas “ceremonias” y aconsejan, mejor que se vayan a vivir sin tanta cosa, y añaden, por mi parte, les doy mi permiso. (Pero ¿quién te crees para decirle a alguien que viva ignorando a Dios, que viva y actúe como si Dios no existiera?).

 

Otros se justifican diciendo que están muy ocupados para esos perendengues. Que tal vez si fuera en otra fecha, pero es que ese Día, preciso, tienen un importantísimo negocio entre manos.

 

Cómo puedo aceptar el terreno que compré sin ir a revisarlo y si no me parece, anular el negocio y pedir la restitución de la cuota inicial que había dado, a modo de arras. O, si uno compró un excelente tractor para adelantar las labores agrícolas de arado y remoción de la tierra para su mejor y mayor nitrogenización, y ruega -encarecidamente- que lo disculpen de no irlo a recibir, pero que confía en el vendedor. Y, muchísimas otras invenciones para no ponerla el pecho a la responsabilidad del creyente. Preciso ahí, con los ojos desorbitados dirán: ¿Responsabilidad? ¿No que Dios se hace cargo de todo? ¡Jamás nos hablaron de responsabilidades!

 

Otro pretexta su reciente matrimonio. Para ir a ver que otros se casen. ¿No ven que estamos recién casados? ¡Hasta ahora celebramos los 25 añitos de matrimonio! ¡Hasta ahora vamos en bodas de plata! ¡Por eso no podemos ir a las Bodas del Cordero!


Por eso es que, Dios ha optado por invitar a los que están en la plaza, desempleados, a todos los minusválidos, a todos los marginados, los rechazados, los que nadie invita. El Señor preferirá llenar su Casa con aquellos que son tomados a menos. Con los menos importantes, con los desdeñados. Y estará muy contento de que tanta gente se alegra y están felices y se coman la Cena de Matrimonio que Él les había preparado. Porque su dicha es ver a los demás dichosos. Qué bueno que al ser invitados no tengamos ningún compromiso -y en caso de tenerlo sepamos postergarlo para asistir a lo verdaderamente importante- porque seremos la dicha en el corazón del Gran Anfitrión: ¡Nuestro Señor!

domingo, 1 de noviembre de 2026

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS


Todo el pueblo que se arrepiente

Lm 3, 17-26

Los profetas habían alertado al pueblo israelita que quebrantar la Alianza traería sus consecuencias. La alianza era la protección y el beneplácito de Dios con su pueblo; la advertencia era la ruptura de ese convenio de protección que acarrearía que Dios los abandonara. Así visualizaban a Dios, como un rey de alguna nación que garantizaba la defensa de los enemigos y el bienestar del pueblo, así entendían la Alianza, y su infidelidad era, precisamente pensar que podían elegir en cuál divinidad creer, la Alianza era totalmente interesada y se hacía por conveniencia. El pueblo, llegaba a pensar que, tal vez, podría romper con ese rey y pactar con otro que les trajera “mejores” condiciones. El ser humano no conoce los términos de la fidelidad. Va desquiciado a buscar mayores ventajas en alguna otra madriguera.

 

Esas consecuencias por contrariar la Alianza se vieron de manera patente con la caída de Jerusalén en el 586 a.C. cuando sobrevino la destrucción del Primer Templo y del Reino de Judá que se vio asolado por el ejército del Imperio neobabilónico bajo el mando del rey Nabucodonosor II, el sitio de la ciudad duró 18 meses y desató una hambruna inenarrable. Podríamos decir -aludiendo al pasaje de la historia griega- que, ¡ahí si fue Troya!: El General Nabuzardán arrasó la ciudad, entregó al fuego el Primer Templo (o Templo de Salomón) hasta los cimientos, saqueó los objetos sagrados y derribó las murallas; así se dio inicio al periodo conocido como el Cautiverio de Babilonia; para narrar de manera resumida esta dolorosísima página de la historia.

 

El capítulo 1 es el Primer Lamento nos habla de una viuda -ya hemos dicho que las viudas estaban en la condición paupérrimamente más vulnerable, sin derechos económicos y mucho menos políticos o civiles; esta viuda es la personificación de Jerusalén y se alude a ella como “princesa de Sion”. Varias veces hemos comentado que Sion es la loma sobre la cual está construida Jerusalén.

 

En el capítulo 2, viene el Segundo Lamento, la mujer, “la bella Sion”, esta desprotegida, sin amantes, sin amigos, sin puertas, totalmente inerme.  Su consorte era Shalom (la paz) que la ha dejado abandonada, asolada, arruinada, borrada del mapa.

 

En el Tercer Lamento, la lamentación está en labios de un personaje plural, ya no es uno solo el que se queja y añora, ahora es toda la comunidad y se entienden distintas voces clamorosas y dolientes. Hay estilo y alusiones al lenguaje de Job, al estilo de los salmos de luto, y menciones intercaladas del lenguaje del Deutero-Isaías, cuando nos da a conocer al Siervo Sufriente. Este lenguaje ya habla de futuro, y augura el dolor y el pesar de un Crucificado dispuesto a ofrecerse como Redentor, entregándose para redimir con su propio dolor el de sus hermanos, para paliar tanto padecimiento y tanta devastación.

 

La presentación de la perícopa parece la voz de un difunto que se mira a sí mismo y descubre que a partir de ese momento ira en progresivo y acelerado declive, y añade que su propio esplendor ha sucumbido.

 

Pasa de la vista, al sentido el gusto y, el amargo es el propio del ajenjo, la amargura resbala, no por la garganta, sino por el alma. La perspicacia del ánima tiene lo suficiencia para desenmascarar, detrás de ese sabor, los corrosivos efectos del veneno, que le permite evocar algo que duerme impreso en su memoria: que el fin es aparencial, que cuanto más se avanza en el túnel de la tiniebla, más se evidencia la certeza de la esperanza. Que es como un raudal de Luz que aguarda en el trasfondo.

 

Entonces puede leer en las huellas dactilares del Tacto Divino sus rasgos más característicos: la Bondad, la Misericordia, la Fidelidad. Todo cuanto el ingrato no llega a ver, por eso es infiel.

 

Empero, todo este caudal de esperanza parece sumido en la latencia y estar aguardando -como óvulos- a que venga la ternura maternal a encubarlos: Seguirán como aire presto a ser aspirado hasta que los seres humanos demuestren que lo aguardan y que quieren contenerlo en el seno de su alma.

 

Es el momento exacto en que, abrir los párpados y volver a la realidad de la amada ciudad vuelta ruinas y lamida por el fuego y la violencia despiadada del que nada sabe de ternuras, arrullos, abrigo, lactancia, cariño, amor. Con los ojos abiertos vuelve al inicio y reafirma: ¡He perdido la paz, he olvidado la dicha!


No vendrá esa que -no es solo ausencia de guerra- sino que se aúna al bienestar, a la prosperidad general, y a una existencia plenaria del ejercicio cabal de la justicia. Que abran los ojos los bienaventurados que conocen el significado de la confianza en el Señor. Los otros que sigan durmiendo sus sueños de muertos eternos.

 

Sal 130(129), 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8

En el verso 1 de este salmo se indica que es un salmo “gradual” o, como se les denomina en hebreo, שִׁ֥יר הַֽמַּעֲלֹ֑ות [Shir Hama'alot] “cánticos de subida”, más estrictamente “Cánticos graduales”. Estos son quince salmos consecutivos, que van del 120(119) al 134(133), son, por decirlo así, un itinerario de la peregrinación a Jerusalén. Se ha dicho con insistencia que los judíos tenían tres festividades que obligaban a subir a Jerusalén, se las denomina שְׁלֹשֶׁת הַרְגָלִים Sheloshet HaRegalim: a saber, Pesaj, Shavuot y Succot (Pascua, las Semanas -al que nosotros llamamos Pentecostés- y, las Tiendas); nosotros los entendemos como una especie de Mandamiento de ir al Templo, pero lo esencial está en el modo como en este viaje se cultiva la fraternidad y la solidaridad, porque peregrinar, significa “ir juntos”, “convivir”, “compartir”, “untarse de pueblo”, “reconocerse miembros de esa comunidad de fe”. Hay mucho de esto cuando en nuestras peregrinaciones religiosas, compartimos dulces, galletas, frutas, emparedados, el pollo que llevamos, y fraternizamos con honda sinceridad y generoso desprendimiento. Nos gusta entender estas “peregrinaciones” como verdaderos talleres de sinodalidad.


Pues, los salmos graduales van describiendo estas “etapas” del viaje hasta el Templo. En específico, este salmo 130, enfoca el tema del sacrificio expiatorio por haber quebrantado la Alianza.

 

Jn 14, 1-6

… la adhesión a Jesús en favor de la vida hace que las personas se vuelvan hijas de Dios, formando una sola familia con Jesús y el Padre.

José Bortolini

Lo que nos aporta el Evangelio joánico es la imagen del Redentor que se ha adelantado precisamente para irse a prepararnos moradas amplias, acogedoras y suficientes: es la manera de señalar que serán lugares luminosos, llenos de vida, alegría y amor. Hay vivienda abundante en la dimensión de Dios Padre. Allí no hay dificultades urbanísticas, no hay escases de viviendas.


Aquí leemos una aclaración fundamental: Jesús no se va porque lo hayamos logrado ahuyentar; Jesús parte a la Patria Celestial porque va a organizarnos nuestra recepción. Se adelanta para hacer oportunidad para adelantar todos los preparativos. Y, ahí sí, cuando todo haya quedado convenientemente previsto, vendrá a convidarnos y a llevarnos con Él.

 

Lo que se persigue es andar un nuevo derrotero, la ruta de los que πιστεύετε [pisteute] “creen”, “confían”; lo que implica ταρασσέσθω [tarassestho] “superar la angustia”, “no agitarse”, “escapar a la perturbación”, “no hacerse blanco de la preocupación y el nerviosismo”.

 

Cuando te ofrecen un obsequio, por lo menos hay que estirar la mano para recibirlo.  Cuando Dios te ofrece garantías y bienestar, más que alargar la mano, conviene que ensanchemos el espíritu y demos claras señas de aceptarlo, de acogerlo, de confiar en Él.

 

Atención, que solo el hijo malcriado exige atención inmediata; solo la prole desconsiderada piensa que su Padre ha de darle lo que quiere, enseguida pues, de otra manera, sacará a relucir sus mañosas pataletas.

 

Para disipar nuestras inquietudes y contener nuestros berrinches, él dice: ¡Los voy a llevar a mi Reino, pues quiero que estéis conmigo siempre, me gozo en vuestra compañía!

 

Los Doce nos personifican, los doce son “el pueblo de Dios”, y siempre, entre los del pueblo de Dios hay algún despistado total:

1.    No sabemos a dónde vas

2.    No tenemos ni la más remota idea

3.    ¿Cómo vamos a saber el camino?

 

Cuando Dios pronunció delante de Moisés su Nombre, le dijo que se llamaba YHWH, “Yo Soy”; A Jesús le satisfizo que Pedro lo reconociera como Mesías, pero Él sabía que no era por propia inteligencia que lo reconocía; pero este Tomas que se desvela hoy, si está enteramente extraviado, a Jesús le toca confirmarle que está hablando con el “Hijo de Dios y le dice, Él mismo: “Yo Soy” que resonó desde la Zarza Ardiente.

 

De las siete veces que Jesús se identifica como “Yo soy” estamos hoy, frente a la sexta: Y lo que le dice, es, nada más ni nada menos que: “Yo soy” el camino, la verdad y la vida».

 

No son tres cosas distintas: es una sola cosa, o sea una sola definición de su naturaleza orientadora, que dirige: Dios es un Buen Pastor que nos conduce hacia Pastos Tranquilos. Él es:

i)              Un camino para que uno lo recorra

ii)             Un camino que es el verdadero camino, que contiene el verdadero sentido de “caminar”.

iii)           No es un camino para salir a hacer ejercicio un rato, o algún día de la vida, sino el camino total que se recorrerá durante toda nuestra estadía en este estado que llamamos Vida.

En síntesis, Jesús lo dice: te estás dirigiendo a la Persona que encarna a la ruta única que lleva hacia Dios-Padre. “Nadie va al Padre sino transitando por esta Vía”. Este es un paradigma de vida sin alternativa, solo respetando el modelo de Jesús, iremos por camino certero hacia la Patria Celestial.

 

«El camino está siempre como referencia a la casa paterna, de la cual o hacia la cual se encamina. El “camino” es tradicionalmente la ley. Ahora es Jesús (cf. Hch 9, 2; 18, 25s; 24, 22), que nos vuelve a llevar a la casa. La “verdad” es su carne como Hijo, que hace ver al Padre. La “vida” es el amor entre el Padre y el Hijo, que Jesús nos ha testimoniado al vivir y al morir. Otros caminos desvían, otras verdades son falaces, otras propuestas de vida son mortíferas. El Hijo es el único camino a seguir para volver al Padre: por medio de Él conocemos a Dios y reconocemos a los otros como hermanos. Eso no significa que el que no lo conoce esté perdido. En efecto, la Palabra eterna del Padre está actuando desde siempre, en una infinidad de modos, para iluminar a cada hombre y darle a conocer la verdad del amor (cf. 1,9.14)» (Silvano Fausti).


«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida es central en el Evangelio de Juan, y resume al mismo tiempo la práctica del Hijo de Dios y la práctica de la comunidad… junto con el mandamiento del amor (13, 34-35), constituye la herencia o testamento de Jesús a la comunidad de los que lo siguen… Jesús se despide de los suyos dejándoles una herencia y una misión: la herencia es su amor sin límites que lo lleva a dar la vida por amor, la misión es hacer lo que Él hizo, es decir, comprometerse con la vida hasta el punto de entregarla por amor» (José Bortolini).