Ef 1, 11-14
… este dinamismo que,
supone un pasado que debe ser abandonado y un futuro diferente que debe ser
asumido.
José Bortolini
En
esta zona, se constituye la alabanza a Dios por su obra salvadora. Acompañada
de un elogio a los creyentes, que estudiaremos mañana. Hoy nos movemos
holgadamente en la parte hímnica: que llamamos “la gran bendición”.
Primero
se dirige a los de la Comunidad Judía. Y Jesucristo se presenta en su dimensión
icónica de Dios. Es Cristo quien les puede dar un sentido de plenitud, de
realización y cumplimiento del proyecto que Él había trazado. La referencia que
se hace no es a toda criatura, sino a los que han acogido el Llamado. Los que
han sido llamados para testimoniar la llegada del Mesías. Muchos, sin embargo,
se quedaron marginales, aguardando la “llegada” porque para ellos, Jesús no era
su Cumplimiento. Son los que hoy siguen aguardándolo.
Luego,
cuando dice, καὶ ὑμεῖς [kai hymeis] “también ustedes”, pasa a dirigirse a los
“paganos”, a la “gentilidad”, refiriéndose a los que han escuchado la Palabra y
han discernido en ella el “evangelio de su Salvación”. Este ingreso ha pasado
por un signo de “iniciación” en el pueblo santo cual es el ἐσφραγίσθητε [esfragisthete] “sello” del Espíritu
Santo, que es cumplimiento de lo ἐπαγγελίας [epangelias] “prometido”.
Nos
encontramos frente al concepto de promesa: que es el anuncio o compromiso firme
de Dios para otorgar bendiciones y cumplir su propósito a favor de la humanidad:
A diferencia
de los seres humanos, Dios no miente, ni cambia de opinión; lo que promete, lo
cumple (Nm 23,19); En el
Primer Testamento no hay un término específico que corresponda a prometer o a
promesa. En hebreo se recurre para expresar esta idea a varias palabras:
juramento, herencia, palabra. En el Nuevo, aparece el término griego ἐπαγγελίας significa “anuncio”, “mensaje” en el que Dios se compromete
voluntariamente a dar algo bueno. La promesa es correlativa al amor de Dios y a
la fe que quiere suscitar en el corazón del hombre.
La
quinta bendición 1, 11-12, está, pues, dirigida a los que por su pertenencia al
pueblo de la elección la “heredan”. La sexta bendición 1, 13-14 se dirige a los
cristianos que no provenían del judaísmo.
La
entrega del Espíritu apunta hacia la llegada al culmen señalando que se ha
llegado a la etapa final. Representa la superación de la edad de esclavitud
moral que se vivió en la era pre-cristiana. Lo que se comparte aquí, es la
libertad que Jesucristo el Señor nos ha traído, a lo que corresponde nuestra
puesta confiada en sus manos.
El
Reino ha llegado, pero se nos han entregado solamente las claves y aguardamos
la plenitud de su cumplimiento que vendrá junto con su llegada en Gloria. Este trabajo
de culminación salvífica ya se ha gatillado con su Encarnación.
El
Espíritu que nos sella es el garante del pleno cumplimiento que se está
cocinando mientras afinamos nuestros laúdes para entonar sus δόξης [doxes] Glorias.
(δόξης es el plural de δόξα [doxa] “gloria”, “majestad”, “honor”, “honra”).
El designio de Dios es la herencia eterna que él mismo nos ha reservado. No exclusivamente para los judíos sino también para los no judíos: «En una composición de estilo rítmico, inspirada en formulas tradicionales litúrgicas, el autor presenta el rol unificante de Cristo, el cual por medio de su autodonación en la muerte ha hecho de los pueblos divididos un solo hombre nuevo…» (Rinaldo Fabris)
Sal 33(32), 1-2. 4-5. 12-13
Nada se puede entender bien sin un elemento
de este salmo: El señor ama lo justo y lo recto; ¡su amor llena toda la tierra!
Este es un himno. La invitación que presenta
este himno, está dirigida -curiosamente- a sí mismo, al propio salmista.
Los gestos que propone el salmo son de
gratitud, expresada como alabanza.
Hay, además, en la segunda estrofa de hoy
(versos 4-5) un encomio a la sinceridad y a la fidelidad de Dios. Precisando
que Dios es justo y recto en todo y su Misericordia mantiene repleto el
universo.
Felicidad אַשְׁרֵ֣י [esher] expresada como “bienaventuranza”, “dichoso” los que Dios ha designado como receptores de su Favor. Su cuidado por la humanidad es un desvelo generalizado, sin discriminar. Su Mirada Celestial, cobija todo el Universo: El Señor mira desde el Cielo, רָאָה [ra aj] “cuida”, “los vive mirando” a todos los hijos de los hombres, a toda la estirpe adámica.
Esta bienaventuranza es la médula del verso responsorial:
“Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como נַחֲלָה [nachalah] “heredad”, “patrimonio”.
Lc 12, 1-7
Temer el juicio de Dios,
no el de los hombres.
El discípulo está llamado a discernir el fermento que mueve su vida: ¿es
el miedo a la muerte, que lleva a la hipocresía de la acumulación de bienes, o
el temor de Dios, que lleva a la verdad y a la libertad de la misericordia?
Silvano Fausti
No
nos cabe en la imaginación el valor descomunal que tenemos ante los ojos de
Dios. Vemos la injusticia, con su aparente victoria, correteando a sus anchas
por toda la llanura. Y, de sus víctimas solo nos dejan ver el cementerio.
La primera denuncia que hace Jesús en la Lectura del Evangelio lucano para hoy, es desenmascarando la “hipocresía” de los fariseos. La voz de Jesús en ese momento se dirige a sus discípulos.
La
hipocresía aquí es mostrada como una capa de encubrimiento. La hipocresía se
arroga la seguridad de esconder y ocultar la “verdad” para siempre «su preocupación es preservar lo que tienen
dentro: su propio egoísmo; que nadie los moleste; la seguridad. Y cuando hay
algo que los pone en dificultad, miran hacia otro lado». (Papa
Francisco)
Jesús,
por el contrario, nos advierte que ella será desenmascarada más temprano que
tarde.
A
renglón seguido Jesús afirma que no hay que vivir cobijados por el temor. Ellos
-los hipócritas- insisten en que la vida es lo único que tenemos y nos amenazan
con dejarnos en la inopia.
Pero,
al que debemos tener es el Juez Eterno que puede pagar a los déspotas su merecido
salario.
Y
es entonces cuando tomando cinco criaturas mínimas, nos lleva a descubrir que
por ellos se dan “dos céntimos”. En esta parábola mercantil “dos céntimos”
deben ser un enorme tesoro celestial, un altísimo precio que el Divino-Mercader
pagará por nosotros. Y nos ratifica: Nosotros somos supremamente más valiosos
que muchísimos pajaritos juntos.
Quizás
esta “parábola” sobre nuestro precio para Dios, debe abrir paso a considerar el
desmedido crecimiento del “público” que busca y viene a oír al Maestro.
Después
de considerar el creciente auditorio que escucha a Jesús, la parábola trae un
elemento contaminante, una enzima que corrompe y deprava la masa. Es la
levadura. La levadura -tan valorada para hacer crecer el pan, tiene aquí un
efecto pervertidor, francamente perverso: La levadura inexorablemente llevara
el pan a su descomposición, a mohosearse; rápidamente las ricas piezas de pan irán
a la caneca, y se volverán incomibles, venenosas, tóxicas. Luego, antes de
morder el pan, tengamos cuidado pues es posible que hasta anoche fueran
apetitosas y hoy, ya hayan amanecido podridas.
Sin
duda, Jesús tiene razón en advertirnos que, el purismo farisaico hará que nuestra
fe se vuelva estéril y quede resumida en pura bazofia. Ha de saberse que más
allá de las manchas verde-azulosas del pan nacido, la corrupción del pan se ve
afectada por raíces pútridas, llamadas hifas, que son los filamentos que se originan a partir de
las esporas en hongos, pseudohongos y actinobacterias, portadoras de las micotoxinas.
No nos dejemos arrinconar
por las amenazas. Aprendamos a resistir con las fuerzas descomunales de Dios
providente: «Desde el principio hay una valoración enorme del hombre ante los
ojos de Dios, el cual “todo era muy bueno” (Gn 1, 31; cf. Is 43,4). El temor de
Dios se basa en este “amor excesivo” (Ef 2,4 Vg) que Dios tiene hacia nosotros,
y es una vibración nuestra frente a su corazón: es principio de sabiduría
porque nos da a conocer nuestra verdad y nos libera de todo miedo». (Silvano
Fausti)
«… debemos ser cristianos, porque también hay cristianos hipócritas que no aceptan la levadura del Espíritu Santo. Precisamente por esta razón Jesús nos advierte: “Cuidado con la levadura de los fariseos”. No debe olvidarse que la levadura de los cristianos es el Espíritu Santo, que nos empuja, nos hace crecer, con todas las dificultades del viaje, incluso con todos los pecados, pero siempre con esperanza. Y el Espíritu Santo es precisamente el anticipo de esa esperanza, de esa alabanza, de ese gozo. Por esta razón, en el corazón de estas personas, que tienen el Espíritu Santo como levadura, están felices, incluso en sus problemas y dificultades». En cambio, los hipócritas han olvidado lo que significa estar alegre». (Papa Francisco)














