lunes, 27 de julio de 2026

Martes de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario

 

Jr 14, 17-22

El profeta mira hacia todas partes, y en todas partes descubre la situación tan dura que se está viviendo. Jeremías se deshace en llanto, no es un espectador indiferente, no se alegra de los sin sabores que están pasando sus paisanos, no les echa en cara su responsabilidad por la situación; se conduele, no puede pasar indolente. Decimos que Dios es el novio, y el pueblo es la novia: Jeremías dice que es una doncella y está sufriendo de una dolorosa herida.

 

A través de su mirada contemplamos el panorama:

a)    En el campo, ve muertos caídos a filo de espada

b)    En la ciudad, la gente se está muriendo de hambre

c)    Profetas y sacerdotes quedan convertidos en vagabundos.

 

Adolorido y compadecido, interroga a Dios, para algo es su amigo y su Portavoz:

a)    ¿De dónde le sale el rechazo por Judá?

b)    ¿Le da asco Sion?

c)    ¿Por qué ha permitido que la espada se clavara en sus carnes?

d)    Estaban dispuestos a recibir tiempos de paz y en cambio sobrevienen tiempos de malestar.

e)    Esperaban ser sanados y -por el- contrario- lo que llega es la turbación.

 

A estas alturas ya conocemos esa debilidad de Dios frente a nuestro arrepentimiento, así que el profeta pasa a asumir la culpa, dice que han pecado.

 

Y, como un magnifico abogado, le da rezones convincentes para que los perdone

a)    Por Su Altísimo Nombre

b)    Por el prestigio de Su Glorioso Trono

c)    Porque a Él nunca se le pierde de la Memoria la Alianza que pactó con su Pueblo-elegido.

 

Jeremías, además trae a cuento que Dios les ha probado que:

a)    Nadie, sino sólo Él gobierna la lluvia y previene la sequía

b)    Que los cielos no producen la lluvia si El Señor no les da la orden.

c)    Porque sólo Él puede satisfacer nuestras expectativas.

d)    Porque Dios es el Único Creador de todo lo que existe, obrador de todo cuanto ocurre.

 


Como se ve, estamos ante una pieza forense, nos parece estar oyendo al abogado defensor pronunciando el Discurso de Cierre, el “alegato final”.

 

Sal 79(78), 8.9.11 y 13

Este es un salmo de súplica. En medio de una situación tan fuerte y dura, tan rigurosa y cruda, el salmista se refiere al pueblo de Dios como si fuera una viña y le ruega que la restituya a su plena lozanía.

 

En la primera estrofa ve las acciones de la generación de los padres, la generación previa, como la culpable de tantas desgracias y suplica que no sea la generación presente la que tenga que cargar las culpas de sus predecesores.

 

En la segunda estrofa pide el perdón de los pecados y presenta como justificación -ya que no tienen una propia- la honra y el honor del Nombre Tres Veces Santo.


Pide que el Señor se deje tocar y el pueblo alcance la compasión, para que Dios active su Brazo Poderoso, en defensa de este pueblo, que sabe perfectamente que son un rebañito de Divina Propiedad, que son ovejitas de ese redil que necesita ser salvado. Y, garantiza que, si Dios lo salva, la gratitud será duradera y por todos los siglos cantará sus Alabanzas.

 

El eje de este salmo, es no tener nada que presentar como tributo de redención y lo Único que podría llegar a salvarlos es el Señor, porque Él es Misericordioso, y cantar loas a su Nombre es prenda de Expiación.

 

Mt 13, 36-46

La Iglesia en algunas partes es simbolizada por la Barca, porque al principio se congregaban en la playa y Jesús les hablaba desde esa Barca; otro punto de convocatoria de la Iglesia (los convocados) era la “Casa”, que alguien ofrecía para alojar sus Asambleas en las que se ofrecía la “Fracción del Pan”.


Al iniciar la perícopa de hoy, Jesús deja a los “simpatizantes” (la gente), y se retira para irse a una “asamblea discipular”. ¿Cuál es el tema de la convocatoria en la Asamblea de hoy? ¡La parábola de la cizaña en el campo!

 

Cuando se compara un solo asunto con alguna realidad, para explicarla, nos hallamos ante una “parábola” propiamente dicha. Pero cunado toda una serie sirve de referencia para hablar de otra serie, estamos ante una “alegoría”. Una alegoría es un par de ciclos de parábolas inter-relacionadas y unidas por ejes respectivamente paralelos, ejes en los que se apoya la analogía.

 

Hoy tenemos una de esas series: el que siembra la buena semilla / el campo / la buena semilla / la cizaña / el enemigo / la cosecha /los segadores. Una serie de siete elementos. Y cada uno de ellos representa y tiene su par en la otra serie, a la que llamaremos la serie del Reino.

 

El arte de construir una buena alegoría (lo buena que sea depende de lo mucho que aclare las relaciones de la segunda serie), aquí, la imagen referente es un “sembradío”, y la imagen referenciada es el Reino, en un momento dado muy preciso: “al final de los tiempos”. Uno hablaría de una excelente alegoría, porque partiendo de algo muy conocido, llega a descifrar algo que es absolutamente desconocido: La realidad escatológica.

 

Lo más sano de este paralelismo es que no pretende incurrir en el “terror” como arma de proselitismo.

 

Todo el mundo sabe cuál es la relación básica que enlaza, uno con otro, los 7 elementos de referencia. Para enriquecer la interpretación, lo que hace Jesús es resaltar algunos de los vínculos que se darán en la “serie escatológica”.

 

El sembrador de Buena Semilla …………….. El Hijo del hombre

El campo ……………………………………….. el mundo

La buena semilla ……………………………… Los ciudadanos del reino

La cizaña ………………………………………. Los partidarios del Maligno

El sembrador enemigo ……………………….. El maligno

La cosecha …………………………………….. El final de los tiempos

Los segadores ………………………………… Los ángeles

 

Aclaraciones complementarias, que enriquecen la decodificación de la alegoría, son:

a)    ¿Qué se hace con la cizaña? Se corta y se echa al fuego.

b)    Y, ¿cuál será el destino de la cizaña? padecerán el dolor del fuego que se clava en sus carnes: llorarán y rechinarán los dientes

c)    ¿Qué pasará con los Ciudadanos del Reino? Brillarán como el sol en el Reino del Padre


No faltará el que quiera hacerse “de la vista gorda” (los que alegan que “no vemos bien porque tenemos inflamados los ojos”). No pasa nada, no necesitan los ojos, porque la alegoría no es para verla. ¡Basta que tenga oídos!

domingo, 26 de julio de 2026

Lunes de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario

Jr 13, 31-35

En el lenguaje profético, y junto con las sentencias oraculares, hay que poner las “imágenes simbólicas” que son hechos, algo esnob, quizás no siempre, que el profeta ejecuta por orden divina, y que luego, el propio Dios, los decodifica para establecer una especie de parábola -no hablada- sino figurada en estas extrañas acciones.

 

Hoy, el mensaje girará en torno a un “cinturón de lino”. Una prenda bastante elegante, y muy personal, puesto que está en directo contacto con la piel untado de la “grasa personal”, propia de su dueño. Y, se lo ciñe. Luego Dios le ordena que vaya y lo entierre -entre la piedras- a orillas del Éufrates (aquí llamado Perad) este rio que bañaba a Babilonia, vendrá a mojar el cinturón con la corruptela de sus manías, de su pecaminosidad, de su cultura politeísta y sincrética.

 

Pasado algún tiempo, ahora, le pide que lo recupere, y que lea en sus residuos la profecía: se había echado a perder, estaba definitivamente deteriorado, inservible: así como el cinturón había llegado a ese nivel de desgaste, así el Señor iba a acabar con la soberbia de Judá y con la gran soberbia de Israel.

 

En qué consiste la mencionada soberbia que encontramos aquí, airando al Señor. Veamos sus rasgos:

a)    Se niega a escuchar la Palabra de dios

b)    Su comportamiento es el de aquel que tiene el corazón obstinado y testarudo.

c)    Sigue a dioses extranjeros.

 

El que ahora es un reino dividido, Dios -con su Alianza- lo había constituido ceñidor de su cintura. Ahora de él solo resta un trapo, desgastado, desvaído, raído, inservible. ¡Estaba totalmente “contaminado”!

 

Un cinturón es algo tan querido, que tiene acceso a nuestra piel: Asó Dios le había atraído a su Tierna Cercanía, y él -imbuido de secreciones traidoras- le dio la espalda a su Dios y se hizo servidor de los ídolos, de los Baales.

 

El cinto de lino era una prenda con un simbolismo sacerdotal, con cierto valor analógico con el cíngulo, el cinto de lino podrido es inútil, ya no sostiene las prendas en su lugar, y no mantiene unidos la pureza a la fidelidad del rito: esta prenda dice “me ciño Señor a lo que Tú quieres que haga, nada por mi cuenta, todo según Tu Palabra”. Pero un pueblo idolatra, desprecia ceñirse.


Hay que cuidarse mucho de la idolatría, está entre las piedras y corre natural y espontanea entre las aguas que atraviesan los “ríos” culturales de los pueblos, llenos de lindos y atractivos colorcillos, y de refulgentes brillos exteriores que suelen fascinar nuestros sentidos pero que al examinarlos a fondo son como esos frutos “vanos” a los que la Biblia se refiere con frecuencia, y que se camuflan con su vacuidad entre los frutos ricos y sabrosos que -de verdad- tiene el Reino.

 

Sal Dt 32, 18-19. 20. 21

El reproche está lleno del dolor que tortura el corazón de Dios: Porque este pueblo desagradecido despreció al Dios que lo engendró. El que le dio la vida. Se trata de un fragmento del cántico de Moisés, antes de su muerte. El cántico ocupa 43 versículos de este capítulo 32. Después de él, en el capítulo 33 tendremos otro ejercicio de lirismo de Moisés antes de morir, cuando bendecirá las tribus de Israel (Dt 33, 1-29).

 

Este salmo está tomado del capítulo trigésimo segundo del Deuteronomio. Interpreta la traición del pueblo escogido, ofendiendo a su Dios.

 

El verso antifonal denuncia la traición del pueblo elegido hacia su Dios, su Dios Padre-Madre que lo engendró y lo llevo en su Seno maternal, en sus Entrañas.

En la primera estrofa, habla del desprecio y el olvido de su Dios. Y, dolido por la traición, el Señor apartó a sus hijos e hijas de su Presencia, los retiró de su Vista. Les volteó la espalda.

 

Por ser una generación pervertida, por ser hijos desleales el Señor les ocultó su Rostro y los dejó librados a su suerte.

 

Ellos han despertado los celos del Señor, -el Amor-Agape es un amor celoso, exclusivista- al tributarle adoración a un dios ajeno. Ahora, como consecuencia de sus actos, Él, tributará sus desvelos a un pueblo distinto, a otras criaturas. Nos sigue amando, pero se ocupará de otros pueblos para que probemos en nuestra propia carne, el amargo sabor de la traición, de abandonar al Amado.

 

Mt 13, 31-35

 

¿Queréis ver la semilla del Reino humanada? ¡Mirad la caja de comida del ganado, en el portal de Belén!

 

Uno se imagina que el Reino, desde el principio, debe ser magno, poderoso, esplendente, y que transparente su poderío. La enseñanza que Jesús nos trae -es todo lo contrario- nos advierte que su inicio es minúsculo, imperceptible, insignificante: ¡será apenas un granito de mostaza! ¡Por su pequeñez, al principio, pasará desapercibido!


Esta es una clave maravillosa: ¡desconcertante para los que aspiran a su prepotencia inmediata! ¡desesperante para los impacientes! ¡y, para nosotros, de suma utilidad, porque sabemos que al principio no pasará de ser apenas una nubecilla, silente como el rumor de un soplo, callado como el árbol que en el centro del bosque se derrumba.

 

Mientras germina, mientras despliega sus ramas y los pájaros empiezan a hacer sus nidos en sus ramas, nosotros continuaremos sintiendo su fuerza palpitando en nuestro pecho y dejando que, como un Amor sin igual, se vaya arraigando y nos envíe con su impulso a develarlo a los que lo esperan y lo quieran aceptar.

 

Hay dos clases de levadura: la levadura de los fariseos, de la que tanto debemos cuidarnos, porque es solamente una levadura ritual, llena de leyes fetichistas; pero, hay otra levadura, la “levadura del Reino”, la que hace que, lo que por ahora es una imperceptible semilla, mañana se troque en la Incontenible Fuerza de Dios.

 

Se nos revela también que hay dos maneras de expresarse:

-       Por conceptos

-       Por imágenes

 

Jesús prefiere este segundo lenguaje, y nosotros tenemos una leve sospecha del por qué: porque los conceptos son una jaula (así sea de oro), para andar en círculos, y sin poder volar. En cambio, las “imágenes” son como las alas con las que solemos representar (figurar) a los ángeles, para que llegan de inmediato a su destino. Las alas nos hacen “competentes” para alcanzar los logros del Reino. Los conceptos -peligrosamente- no son más que grilletes.

 

Permítanos proponerles una pregunta: ¿Qué pasaría si olvidamos poner la medida de levadura a las tres medidas de harina de la mezcla panadera? ¿O, si no damos el tiempo suficiente para que la levadura actúe y la masa levante y se haga suave y esponjosa? Y, lo que es vital en esta imagen: ¿a qué equivale la levadura en la construcción del Reino?

 

La levadura es el paso del discipulado a la fase misionera. Es dejar de ser exclusivamente aprendiz para empezar, cada vez con mayor compromiso a asumir la responsabilidad de ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Esto implica, poner manos a la obra, ayudar a preparar la argamasa, a traer los ladrillos, a estudiar los planos, a tender las cuerdas señaladoras por dónde van los muros y, a comprometerse cabalmente en todo el proceso de edificación.

 

No basta con pasar por el lote -de vez en cuando- dar una ojeada y reconocer que el proceso avanza. ¡Es preciso echar una mano!

 

También en el amasado. Hay que ayudar a amasar. Y el amasado implica unos momentos de actuar sobre la masa “masajeándola” y alternar con momentos de reposo, con unos ritmos y con periodos definidos de alternancia. Preguntemos a cualquier panadero sobre estos procedimientos para alcanzar una mejor conciencia de nuestras responsabilidades en lo pertinente a la maduración de le fe. ¡Es el arte de sobar la masa, para que el Reino en el horno, levante y crezca!

 

Ha de ser así, porque así está escrito:

“Hablaré por medio de parábolas;

Diré cosas que han estado en secreto

Desde que Dios hizo el mundo.” 

sábado, 25 de julio de 2026

ENSÉÑANOS, SEÑOR, EL AMOR FRATERNAL

1R 3,5.7-12; Sal 118, 57.72.76-77.127-130; Ro 8, 28-30; Mt 13, 44-52.

Caracterización de la Sabiduría.

 

Te damos gracias, Jesús, porque nos propones tu amistad;… nos ofreces una relación verdadera, real, contigo, de la que depende cualquier otra relación con los demás.

Carlo María Martini

 

Los reyes del Reino de Dios no son reyes de capa de armiño y corona de oro, tampoco su reinado los pone sobre los demás, no es uno que gobierna; en el Reino de Dios, todos reinan, todos sirven, todos se afanan por ser el último, pero tampoco hay uno que quiere quedar de últimas para que se volteen a ver al rey “colero”. Todos se abajan, todos practican con sincero corazón la humildad, todos lavan con ternura los pies de sus hermanos. Se supera la cultura del “mejor” y se aprende la kénosis (κενόω) valga decir, el anonadamiento: "Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por los demás. Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: El, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz." (Flp 2, 3b-8)



Hay un elemento profundamente hermoso y sólidamente pedagógico en la petición de Salomón: Salomón no pide Sabiduría, así no más, lo que pide es un discernimiento del bien y del mal –y no cualquier discernimiento, no se trata de una capacidad puramente intelectiva, de una sabiduría metafísica- sino un discernimiento que le sirva para “gobernar a tu pueblo,… para administrar justicia”. Nosotros leemos en esta petición el anhelo de tener un corazón sabio y prudente una espiritualidad que quiere servir a la caridad, que quiere ser como el mismo corazón de Dios, un corazón Misericordioso, porque el corazón de los hijos debe parecerse al corazón del Padre. La sabiduría a la que aspira Salomón –y a la que debemos aspirar todos los creyentes- es una sabiduría no eminentemente teórica- sino orientada a una praxis, a una ortopraxis; él se sabía puesto por Dios en una misión “pastoral”: “Tú has hecho rey a este siervo tuyo”.

 

La Primera Lectura, tomada del Primer libro de los Reyes, nos cuenta lo que pidió Salomón a Dios cuando se le presentó en una visión onírica: Pidió לְהָבִ֖ין [bin] que es el verbo discernir, entender, actuar sabiamente, en una traducción que tenemos a mano encontramos así: “dame un corazón atento”; lo cual está muy estrechamente relacionado con el verbo שָׁמַע [shama] oír, escucha obediente, eso es lo que le pide Salomón al Señor; se trata del mismo שְׁמַ֖ע que el Señor le pide a Israel en Deut 6,4:

 

Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor. 

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. 

Y las atarás como una señal a tu mano, y estarán como insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas.

 

Leamos con “corazón atento” lo que significa: Escuchar; no es un despliegue de oído agudo, -no les está pidiendo que le regalen un potente y sensitivo audífono), sino un ejercicio comprometido del corazón. El corazón se compromete AMANDO; si este “Pueblo Escogido” quiere escuchar a Dios, oírlo obedientemente, lo que tiene que hacer es “Amar al Señor-Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda su fuerza”, en un despliegue total, de todas sus facultades. Hacer del Amor a Dios el eje fundamental de cada latido: ¡Barro dócil en Manos del Alfarero!

 


¡Aún hay más!: Nosotros, que hemos sido puestos en la sucesión davídica, por ser hermanos de Jesucristo, quien es hijo de David (Lc 18, 39b), hijos todos del mismo Padre, tenemos que pedir a Dios la sabiduría para “gobernar a su Pueblo”, es decir, para lidiar con amorosa paciencia en las relaciones con nuestros semejantes. Es eso lo que agrada a Dios que nosotros le pidamos: no que le pidamos vida larga, ni riqueza, ni liquidar a los “enemigos”, porque –perdónesenos la reiteración- ¡todos somos hijos del mismo Padre! ¿Cómo podemos –ante ese parentesco- visualizar a alguien como enemigo? Estimar y aquilatar con mayor delicia los preceptos que Dios nos ha regalado que “miles de monedas de oro y plata, aquí viene relievado el rasgo de una sabiduría que valora, que aprecia. Destaquemos que la palabra κυβερνέιν [kubernein] “gobierno”, que en griego era la palabra para significar “pilotar una embarcación”, esto es, conducirnos con control en las “dulces” relaciones con nuestros semejantes; sólo con el desgaste de la palabra por acción del tiempo y por extensión fue que esta derivó haciéndose cargo de designar la función política de manejo del estado y su correspondiente gabinete ministerial. No se trata de la clase de los políticos, se trata del “rey” que anida en cada uno de nosotros para conducir nuestras relaciones como el hábil marino lleva el timón entre las encrespadas olas.

Queremos insistir un poquitín en la temática de ser sucesores de David, porque para nosotros a la consanguinidad de David le corresponde a Jesús, pero dejamos de lado el carácter transitivo de nuestro linaje personal. Tenemos que cobrar una consciencia pujante sobre la triple unción bautismal como Sacerdotes, Profetas y Reyes; y, reconocer que nuestra realeza está –precisamente- en la línea davídica, tan lo es, como nuestro Sacerdocio está en la línea de Melquisedec y nuestro Profetismo tiene su raigambre en el propio Jesús. Somos reyes, pero –volvemos a trillar el mismo trigo- para ser Misericordiosos, no para ser déspotas autócratas, amos de látigo y férula, sanguijuelas pegadas a las venas de nuestros “siervos”, olvidando que “el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10, 44). Nosotros, que somos de la estirpe Davídica, debemos –como en la mejor faceta de Salomón- ansiar sabiduría para gobernar con corazón dócil.

 

Entonces, el Domingo anterior nos llamaba a reconocer la importancia y la urgencia de la Sabiduría, y este Domingo se nos explica con lujo de detalles que la sabiduría no es erudita, sino tierna y misericorde; que no es oficio y prebenda de escribas, sino dulzura hospitalaria y compasiva. El Evangelio nos da unas notas que caracterizan esa Sabiduría: la sabiduría que sabe gobernar, que está siempre atenta al amor de amistad, φιλíα [filia] “al amor fraterno”. Un amor fraternal que impulsa a la construcción del Reino, con condiciones de justicia y perdón. Nos explica que lo vende y lo deja todo (sabiduría que valora, que aprecia), porque al reconocer el verdadero tesoro se alegra: ese Tesoro, es el proyecto de construcción del Reino. Esa alegría no puede nacer de otra fuente que de la inspiración del Espíritu Santo. Es Él quien hace de la Voluntad Divina sus delicias (Sal 119(118), 77cd.) Por esa razón, nos aclara San Pablo en su Epístola a los Romanos, “sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rm 8, 28). Si no logramos amarlo, todo nos duele, no queremos renunciar a nada vano, porque hasta lo vano nos parece más importante, más apetecible; en cambio, sus Mandatos nos suenan deleznables, flojos, temporales. No se anda en la sabiduría sino que se discurre en la necedad.


Aquí, pedimos permiso para una digresión, –en la perícopa de la carta a los Romanos- hay una palabra “problema” para nosotros los creyentes, que somos tan adversos a los temas pre-determinísticos, dado que ellos nos robarían toda libertad verdadera. Se trata de la palabra προορίζω [proorizo] que traducimos por “predestinó” y que efectivamente muchas veces se traduce acertadamente así. En algunas versiones leemos, en vez de predestinó, “de antemano conoció”; en otra, aún leemos “a los que había destinado”. Sin embargo, parece que lo que quiso significar San Pablo, en el fragmento de hoy, significa más otra acepción de προορίζω que se refiera a “dispuso”, “los creó ya capaces” mejor dicho, que “lo hizo capaz de”. Así, podríamos quizás traducir: “A los que capacitó, los llamó, a los que llamó los justificó, a los que justificó, los glorificó”. Que es más acorde a nuestra perspectiva de que Dios nos da aquello que requerimos para podernos realizar a plenitud alcanzando nuestra plenificación de hombres nuevos en Cristo-Jesús.

Pero volvamos sobre las notas características de la Sabiduría que nos da el Evangelio. Un comerciante en perlas finas,  no se trata de un profano en el tema, sino de todo un especialista, que puede distinguir entre fina y vulgar, entre barata y cotizada; este rasgo de la verdadera Sabiduría nos conduce de nuevo a Salomón, quien pidió poder “discernir” el mal del bien, la sabiduría conduce a una experticia para el discernimiento. «Mediante el ejercicio continuo del “dokimazein[1] el hombre nuevo, creado en Cristo Jesús, se convierte en una persona unificada en inteligencia y corazón, en comprensión y en generosidad, en teoría y en práctica.»[2] Así pues, la Sabiduría que busca el discípulo de Jesús sabe discernir claramente. El perito en los temas del Reino evita la volubilidad, la inconstancia, la vanidad y la superficialidad. Lo que se nos propone es más bien una especie de “alpinismo” que exige constancia, tesón, empeño sin desmayo, se trata de la constancia discipular del buscador de perlas finas; y, quizás también por eso, se nos llama y se nos invita siempre a “profundizar”, para no quedarnos a ras de la superficie. Esa profundización nos conduce hacia donde propone el Salmista: “la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes”. El “alpinismo” es una ascenso a la “profundidad” de la Palabra, allí iremos a beber del Manantial de la Sabiduría.

 

Hay todavía tres notas más sobre la Sabiduría que estamos llamados a glosar:


 

La primera: En la misma línea del Domingo anterior donde se permite la coexistencia de la cizaña con el trigo bueno, también hoy se nos recalca que la red “recoge toda clase de peces”; porque nuestra Santa Iglesia no es una comunidad de los perfectos, no se trata de una asamblea de cátaros, «Bernanos solía decir que daba gracias a Dios de que la Iglesia no fuera perfecta, porque si lo fuera él ni siquiera se atrevería a entrar en ella y se quedaría a la puerta dándole vueltas a la gorra»[3]

 

La segunda, nos habla de lo escatológico. No es que el discernimiento no implique separación. No que no se haya de segregar “buenos” de “malos”, no que todos –indiferentemente- correrán la misma suerte. No que unos no merezcan ir a los cestos y los otros “se tiren”. Pero, recordemos la parábola del Domingo previo, serán los ángeles los encargados de esa discriminación, y para eso debemos aguardar el tiempo de la siega, será entonces, cuando arrastren las redes a la orilla y se sienten a separar. Dicho en otras palabras, la sabiduría es paciente, espera que llegue el tiempo de Dios, se pone a su ritmo, porque no somos jueces, sino “amigos”. Eso sucederá al συντελείᾳ τοῦ αἰῶνος [sinteleia tou aionos] “final del tiempo”, los ángeles ἀφοριοῦσιν [aforiousin] “separarán”, el verbo está en indicativo futuro-activo, tiempo eminentemente escatológico.


Para concluir, miremos esa tercera nota característica: queremos referirnos al padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo. Para llegar al “hombre nuevo” no basta lo nuevo, hay que ἐκβάλλει “ir sacando” de ambos. Demos un ejemplo, Jesús nos indicó en el Sermón del Monte que Él no había venido a derogar la ley y los profetas sino a πληρῶσαι [plerosai] plenificarla. Entendamos que la Biblia no está para descuartizarla y –con una óptica simplista- amputarle el Primer Testamento. Así, por ejemplo, el Salmo 119(118) de donde proviene el Salmo responsorial de esta Liturgia, nos habla de la Ley de Dios, dándole muchos y variados nombres: promesas, preceptos, sendas, decretos, estatutos, palabras… Se trata del Salmo más extenso de los 150, es un salmo de 22 estrofas (Salmo alefático con una estrofa por dada letra hebrea), cada una de ellas de ocho versos. Si se entrega a un “escriba inexperto en cuestiones del reino”, le parecerá farisaica, en el sentido despectivo. Sin embargo, «La Ley para un hebreo, no era este código jurídico, rígido, de “permitido y prohibido”, trasmitido por la herencia romana. La Ley era el más bello regalo de Dios, el don de Dios al Pueblo que Él amaba, con el que había hecho Alianza. El hombre sin Ley, es un hombre abandonado a sí mismo, que no sabe cómo comportarse, que no conoce las normas de su propio ser….»[4]. Pero el “Padre de familia” va sacando del uno y del otro, «Ningún moralista de la historia relacionó como Jesús la “obediencia” y el “amor”… no olvidemos que el único mandamiento, la única voluntad de Dios, es que nos amemos… Cuando dos personas se aman, están ligados la una a la otra por una especie de Ley, pero una Ley que no tiene nada que ver con los juridismos, o los formalismos: “Puesto que te amo, me siento íntimamente obligado a escucharte, a darte gusto, a cumplir tus deseos. Dime que deseas. Seré feliz haciéndolo”»[5]

 

La búsqueda del Reino, la búsqueda de la Sabiduría, la búsqueda del tesoro y de la perla preciosa –nos lo ha enseñado nuestra fe- no es la búsqueda de una idea preclara, sino el discipulado de la Persona que los encarna que los vive y nos permite vivirlos, que nos los ofrece en heredad: «Quiero contarles un hecho que me impresionó mucho, una historieta antigua que leí durante unos ejercicios en lengua copta, que se habla en el Antiguo Egipto, que se estudia en el Bíblico para profundizar mejor en el conocimiento del Nuevo Testamento. En esa lengua se han conservado bellísimas sentencias de los primeros Padres del desierto, que sabían narrar con pocas palabras situaciones humanas muy profundas.

 


En este episodio se dice que un tal fue donde uno de estos Padres del desierto y le dijo: Padre mío, tú que tienes tanta experiencia, explícame ¿por qué vienen al desierto tantos jóvenes monjes, y después muchos se devuelven; por qué perseveran tan pocos? Entonces el anciano monje dijo: “Mira, sucede como cuando un perro corre detrás de las liebres, ladrando. Muchos otros perros, oyéndolo ladrar y viéndolo correr, lo siguen. Pero solamente uno ve la liebre; pronto sucede que los que corren sólo porque el primero corre, se cansan y se detienen. Solamente el que tiene ante sus ojos la liebre, sigue adelante hasta alcanzarla”. Así, dice el anciano monje, solamente quien ha puesto los ojos verdaderamente en el Señor crucificado, sabe en realidad a quién sigue y sabe que vale la pena seguirlo.»[6]


 

Así nosotros, escribas neotestamentarios del siglo veintiuno, -que nos hemos vuelto discípulos del Reino de los Cielos- tenemos que ver a Jesús y “escucharlo”, para seguirlo con fidelidad y no decaer en entusiasmo, y no solo correr desaforados, porque otros corren (por oír ladridos). Los que corren sin haberlo visto, ¡pronto desistirán! Bienaventurados los que persistan, porque ellos entrarán en El Reino.

 

 



[1] “Discernimiento” en griego

[2] Matos, Henrique Cristiano José. LA VIDA CONSAGRADA A LA LUZ DE LA ESPIRITUALIDAD PAULINA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 2000. p. 46

[3] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS. Ed. Planeta. Barcelona-España 1998.  p. 198

[4] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. Tomo II. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1996. pp. 190-191

[5] Ibid

[6] Martini. Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1996 p.77