lunes, 25 de mayo de 2026

Martes de la Octava Semana del Tiempo Ordinario

 


1Pe 1, 10-16

Llamados a heredar del Mesías la Santidad

El profeta recibe un “Mensaje” que no tiene claridad cómo llegará a cumplirse, no puede adivinar los recónditos laberintos que recorrerá la historia y sólo intuye la luminosa claridad que reviste el “Mensaje”. Los profetas antiguos supieron de la venida del Mesías, de Él tenían unos retazos que lo prefiguraban como líder, como “Salvador”, y -tomando de lo que tenían más a mano- los datos de Moisés y de David sabían de Su Valor, de su liderazgo, de su Poder -recibido de lo Alto- en fin, que colmaría todas las expectativas. Tenían que “anunciar” una Esperanza Magnifica, que, de todas maneras, inclusive para ellos, guardaba ribetes mistéricos. En todo caso y muy en concreto, sería el Salvador de las almas.

 

El “Mensaje” tan contundente que ya -por ejemplo, Isaías- visualizaba en el Siervo Sufriente, dejaba entrever una “Pasión” que Antecedería a la Glorificación, valga decir, una Cruz que precedía la Resurrección.

 

Uno de sus rasgos prominentes era que ese “Vaticinado”, no llevaría a cabo sus Proezas para magnificar su “Nombre”, sino que su Nombre sería magnificado en provecho nuestro. Era claro pero desbordante de Misterio, ¿Por qué iba Dios a obrar tan Altos Beneficios poniendo su propio ser en nuestras “manos”? Tal vez, a imagen del egoísmo que tan esforzadamente hemos aprendido, no nos cabe en la mente que Dios mismo se jugara todo por nosotros.

 

¿Cómo podemos acercarnos a contemplar tan esplendorosa Zarza que Arde-sin-Quemarse? El propio Dios nos ha respondido. quitándonos las sandalias (valga decir purificándonos) y con reverente abandono, desprendiéndonos de las tradiciones que obnubilen nuestros sentidos impidiéndonos adentrarnos en la “Novedad” del Mensaje.

 

Esa purificación nos implica en ese proceso de perfeccionamiento que requiere la limpieza del alma, sin segundas intenciones, libres de intereses mezquinos, totalmente dados el ejercicio del Bien como Jesús, que se sacudió de todo y se desprendió hasta de sus últimas gotas de sangre y agua en favor de quienes Ama, porque el amor se define así, querer todo el bien para el amado. Y así se puede traducir, porque Jesús nos dio toda la gramática de su Mandamiento del Amor, y se abajó, y no se “aferró” a su Poder, sino que se abajó y se “anonadó”, arrancándose la piel, que no era la suya, sino la que se había tejido como Manto, con los hilos de nuestra pecaminosidad.

 

¿Cómo podía profeta alguno llegar el fondo de esta “tamaña densidad”? Y hubo uno que pudo, y fue Juan, el Precursor que, al verlo, descubrió que se trataba de “el Cordero de Dios”, que con su Sacrificio Vicario había venido a “a quitar el pecado del mundo”.

 

La perícopa nos pide una capacidad de cambio y de adaptación; no un empecinamiento con las maneras de ser y hacer y en particular con los anhelos usuales: “como hijos obedientes, no se amolden a las aspiraciones que tenían antes, en los días de su ignorancia”. ¿A qué ignorancia se refiere?  Al tiempo en el que no habíamos podido conocer el Rostro amoroso de Dios, ese semblante que salva graciosamente, esa Misericordia forrada de gratuidad. Nótese que nuestra relación con Él queda automáticamente precisada: “Como hijos obedientes”, porque él asumirá con integridad su rol de Padre.


Llamados por Dios a ser santos, pero no una santidad abstracta, sino definida y trasparentada en el ejercicio de una bondad   para nada egoísta, sino generosa, de ninguna manera “en beneficio propio”, sino buscando siempre el bien de los demás.

 

Sal 98(97), 1bcde. 2-3ab. 3c-4

Al agradecer (Eucaristía) todas las Maravillas obradas por el Señor a favor nuestro, requerimos ampliar nuestra camisa, y evidentemente ya no podemos seguir usando la que tuvimos de bebés.

 

No podemos figurarnos que ese “en favor de la Casa de Israel” consiste en un “cheque en blanco” para que podamos pisotear a nuestros semejantes y hacer del resto de la humanidad un cajón para alzar los pies y que ellos nos los sostengan mientras reposamos muellemente, algunos otros tendrán la misión de abanicarnos, mientras los demás nos tributen pleitesía, llenen nuestras copas y batan palmas para encomiarnos.

 

Bueno, y preguntaran algunos, si no es así: ¿cuál es, entonces, el “privilegio” que habremos de recibir en calidad de “pueblo escogido”? Y en el salmo se nos responde: dar a conocer su Salvación, difundir la Noticia, dar la Buena Noticia. “La justicia para todas las naciones”.


La corona de laureles, que ya ciñe nuestras sienes, es haber cumplido la tarea de lograr que en toda la tierra resuene Su Santo Nombre: proponerlo a toda la humanidad, para que todos, en glorioso coro y con Celestial armonía, aclamemos al Señor.

 

No se trata de una ovación multitudinaria, se trata de una vida que despliegue la fidelidad a sus Mandatos, una manera de vivir que signifique que hemos abierto nuestra existencia para vivir aquí, como se vive en el Cielo, la Voluntad Divina (como lo oramos en el Padre Nuestro).

 

No consiste en gritar y vitorear, en reflectores y parlantes y cámaras de humo y luces cambiantes y estroboscópicas; sino en aprender a vivir una vida, de tal manera que sea un “Cantico Nuevo”. Esa vida será el reconocimiento de que Su Reinado se ha llevado a término en nuestro corazón y hasta los confines de la tierra llegue “Todo Su Honor y Toda Su Gloria, y Toda Su Majestad”

 

 

Mc 10, 18-31

Está la imagen zen de la tasilla llena de té donde el maestro sigue sirviendo, a pesar de -ya estar llena- no puede contener más y lo que se sirva en ella, sólo se derramará. Siempre hay que soltar algo, para que podemos recibir algo más o algo nuevo. Para dar el siguiente paso, es necesario vaciarnos (kénosis) y así, darle cabida a “la nueva bebida” en la tasita de té.


Hay dos modos de recibir: de inmediato, algo que sustituya lo anterior; pero, la otra manera, es recibir en el futuro, en el esjatón: hay que cambiar algo en nuestro hoy que nos abra a lo nuevo que recibiremos en la “edad futura”, a la que solemos llamar “Vida Eterna”, y con esa fórmula pasamos a un “concepto” esencial de nuestra fe: la muerte no es el fin, tras la muerte viene, por fin, el desplegarse de las alas de la “mariposa”: ¡Ah dulce metamorfosis que nos sobrevendrá!

 

¿Entraña acaso, eso, el descuido de la realidad por la que transitamos aquí? ¿Visualizamos esta vida como el patio donde Dios manda a jugar a sus “niños”, mientras Él acaba de hacer algún “oficio muy serio” para que no lo distraigamos, para que no lo perturbemos? Nosotros lo vemos distinto, en otra parte lo hemos dicho: estamos en el “Campo de Entrenamiento”. El espacio donde “el deportista” ensaya, despliega y cultiva sus potenciales para alcanzar su mayor realización a la hora del “torneo”.

 

¿Cómo podemos ganar la Vida eterna? ¿Qué relación hay entre la vida provisional que vivimos aquí y la que viviremos en las Moradas del Señor? Pero, hoy se nos entrega una verdadera paradoja: ¿cómo es posible que los primeros se vuelvan últimos y los últimos se hagan primeros? ¿No es esa una injusticia supremamente injusta?

 

Si verdaderamente a los que llegan a trabajar a las 5:00 de la tarde les pagarán igual que a los que madrugaron, sinceramente ¡prefiero no ir a trabajar a ninguna hora, que de todas maneras me llegará el sobre con la paga a domicilio!

 

Claro que quienes lleguen muy temprano obtendrán la paga para suplir todos sus gastos personales y claro que Dios no se va a conformar con darles a los que llegaron tarde, sólo un mendrugo, (recordemos que ellos no salieron a trabajar tarde, no pudieron empezar antes porque se les había negado la oportunidad de tener trabajo en algún cultivo; porque no se les había “contratado”) (Cfr. Mt 20, 1-23).

 

Todos recibirán lo suficiente y lo necesario. Porque el Señor es Bueno y Generoso. Y aquellos que lo han abandonado todo para seguirLo, con el sólo hecho de haber estado con Él toda la Jornada ya han recibido el más anhelado jornal, una paga tan abundante, tan generosa, ¡una medida rebosante!: Aprender el Milagro de llevarles a otros el Verdadero Pan del Cielo, que no el que nos dio Moisés, sino el que nos da el Padre.

 

Queremos recibir un tazón de oro lleno de las monedas más valiosas, y no vemos que gozamos la Amistad con el Rey de Reyes, con el Señor de Señores. Aprendamos la lección de María (la hermana de Marta y de Lázaro) y embriaguémonos en las delicias de estar toda la jornada, sentados a sus pies, oyéndolo.

 

Los que llegan primero y no saben escuchar, aun cuando estén toda la jornada con Él, serán como los últimos, porque con los oídos sordos de su corazón, nada oyen; pero los que llegaron últimos, estarán tan compenetrados con sus enseñanzas por la intensidad de su escucha que aun habiendo sido “contratados” tarde, recibirán la moneda con “mayor poder adquisitivo”. Atesoremos su palabra y el dulce sonido de su Voz y de su Manera de Enseñar.


Solo valorando aquí, en los “campos de entrenamiento” el significado de la Amistad con Dios, podremos pasar al Banquete del Esjatón y reclinar en Su Pecho la cabeza, como lo hiciera el Discípulo Amado, precisamente porque al estar escuchándolo tendremos para nosotros la perla perfecta engastada en el alma.

domingo, 24 de mayo de 2026

BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA MADRE DE LA IGLESIA


Lo primero que hay que decir es que esta fiesta (memoria obligatoria) no tiene fecha fija, se celebra el lunes después de Pentecostés, o sea que, por su relación con la Pascua diremos que se celebra el día πεντηκοστός πρώτος [pentikostos protos] 51o “quincuagésimo primero”.

 

Gn 3, 9-15.20

¡El pecado se ha cometido! El ser humano tiene consciencia de su culpabilidad. Es consciente de haber desoído la advertencia. Dios, en su desvelo por el ser humano lo previno indicándole cual era la “kryptonita” que lo podría matar, y que, en diversas variantes, podría adulterar los enormes poderes con los que Dios lo creó.

Por haberse hecho pecador, cobra súbita consciencia de su estado de desnudez. Tener “vergüenza” de la desnudez constituye de por sí una anomalía excesivamente curiosa. ¿Qué puede tener de “malo” algo que Dios hizo perfecto? Fenómeno bien curioso, no ha habido ninguna trasformación especial en el ser, pero su corazón da a sus ojos otro “enfoque” que le hace reconocer en su propio ser algo “malo”. La maldad hace que queramos ocultarnos, sin saber qué ocultamos. Tal vez, en medio de nuestro afán de “tapar”, corremos a poner el “trapo del ocultamiento” allí donde no hay nada que ocultar. Ese descubrimiento lo conduce a quererse ocultar. Al percatarse de la Presencia de Dios, a Quien ya no ve como un Amigo que llega a compartir con él, a gozar de su amistad. Ahora, hay algo que interfiere esta cariñosa armonía entre Creador y criatura. Y siente que es necesario ocultar este “algo” de su-ser-humano, propio de su humanidad.

 

Otra fragilidad humana se nos descubre en este relato: se trata de un desplazamiento. El hombre achaca la culpa a la mujer; él, bien habría podido negarse a “comer del fruto prohibido, no vemos en el relato que Eva haya coaccionado de alguna manera a Adán a seguirla en el consumo del “pecaminoso pasa-bocas”, ella simplemente se la נָתַן [nazan] “dio”, “convidó”, ofreció”.

 

Esto da también inicio a una “fractura” en las relaciones interpersonales de la pareja; no sólo se ha afectado la relación Dios-ser humano, sino que esto, además, ¡ha traído un resquebrajamiento entre el hombre y la mujer! 

 

Se confeccionaron חֲגֹרֹֽת [jagorot] “taparrabos”, “especies de delantales que cubrían sus partes pudendas”.

 

La acción de la נָחָשׁ [nakjash] “serpiente” es presentada indudablemente como de נָשָׁא [nashó] “engaño”; algo parecido a lo que hacen los magos de feria que “prestidigitan” para conducir -aparentemente- hacia un “prodigio”. Obsérvese el parentesco fonético entre los dos vocablos, que tienen en común dos letras, el sonido [n] y el sonido [sh]. Dios mira hacia ella – la serpiente” como primera merecedora de sanción. La palabra serpiente deriva de un étimo latino “serpens” que significa “la que se arrastra”; arrastrarse la envilece, ella recibe esta condición como castigo “te arrastraras sobre el vientre”, y “comerás tierra” (3,14). Nos parece importante anotar que -en la cultura egipcio-faraónica- era la fuerza vital pero también la fuerza de destrucción; la representación gráfica que se ha conservado de Neheb-Kau nos la muestra con brazos, piernas y pene. Además, Neheb-Kau era larga y sinuosa y devoraba almas humanas. Neheb-Kau tenía un papel específico en el examen de la pureza y la impecabilidad de los fallecidos: el caro tema del juicio post-mortem.

 

La perícopa se salta 4 versos (16-19), y se va directo al nombre que Adán le da a la mujer: la llama חַוָּה [chavah] “vida”, porque ella fue madre de todos los חָֽי [kjay] “vivientes”, lo que tiene “vida”, lo que tiene “vitalidad”. Esta letra hebrea reúne tres factores habla-pensamiento-acción, que remiten a lo que hace el ser humano-existente, a lo que “puede”.

 

Su grafía alude al hombre-la mujer-y-el-hijo, su grafía tiene, pues, un valor trinitario. Esto vale la pena relacionarlos con el astuto argumento que le dio la serpiente a Eva: Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman del fruto de ese árbol podrán saber lo que es bueno y lo que es malo, y que entonces serán como Dios (Gn 3,5). Si confundimos al Creador con la criatura, todo el resto del análisis estará viciado. Es muy importante que comprendamos que somos “a imagen y semejanza de Dios”, pero definitivamente no somos los creadores. Tenemos un “parentesco” a valorar y respetar. Pero, definitivamente la b no es la A.

 

Observemos que la mujer “erró la puntería” (eso es lo que significa la palabra “pecado”) porque se quedó en la superficialidad, no fue a fondo, se fascinó con la apariencia, lo que la convenció fue que, al mirar el fruto, “le pareció hermoso”; ahí estuvo el “pecado”, en quedarse en la superficialidad y no fijarse más a fondo. Quedó atrapada en la apariencia, esa es la cueva donde habita la “idolatría”.

 

¿De qué estaos hablando cuando decimos el “proto-evangelio”? Muy específicamente de Gn 3,15. וְאֵיבָ֣ה ׀ אָשִׁ֗ית בֵּֽינְךָ֙ וּבֵ֣ין הָֽאִשָּׁ֔ה וּבֵ֥ין זַרְעֲךָ֖ וּבֵ֣ין זַרְעָ֑הּ ה֚וּא יְשׁוּפְךָ֣ רֹ֔אשׁ וְאַתָּ֖ה תְּשׁוּפֶ֥נּוּ עָקֵֽב׃ ס


A nuestro juicio, la médula de este versículo está en la expresión: זָ֫רַע [zerah] “descendencia”, “generación”, “linaje”, “simiente”, “posteridad”, uno podría decir “el que le sigue en la “serie”, genéticamente hablando: anuncio del Mesías, donde Dios promete que la descendencia de la mujer vencerá a la serpiente. Si se anuncia al Mesías, se implica el anuncio de la גְּבִירָה [Gebirah] “la reina Madre”.

 

Sal 87(86), 1b-3. 4-5. 6-7.

Este es un Salmo de Sion. Este tipo de Salmos está relacionado con la fiesta de las Succot, festividad que se celebra a finales de septiembre e inicios de octubre, "Fiesta de las Cabañas" o "Fiesta de los Tabernáculos" que celebra la memoria de los cuarenta años que los judíos pasaron en el desierto, viviendo en cabañas; muy diferente de “la fiesta de las Semanas”, la que nosotros llamamos Pentecostés y el judaísmo llama “Shavuot” que se celebra el sexto día del mes de Sivan que cae en alguna fecha comprendida entre el 25 de mayo y el 14 de junio (este año 2026 para los judíos se celebró desde la madrugada del 21 hasta la puesta del sol del 23 de mayo).

 

Volvamos a la fiesta de Succot El mandamiento dice que deben vivir una semana del año en “chozas” (este año 2026 será entre el atardecer del viernes 15 de septiembre hasta el atardecer del viernes 2 de octubre) para que no se olviden como les tocó hacer durante su travesía por el desierto, y -sin embargo- Dios los fue cubriendo de protección, de detalles, durante su pasaje por tan árida e inhóspita zona. Se ha comentado que había una procesión para rememorar el traslado del Arca -que hiciera David- a Jerusalén. Pero, esta procesión -también lo hemos dicho no tenía escolta militar, como si la tenía la procesión de Entronización. No es tanto un asentamiento del rey, como una subida a la Jerusalén Celestial, por eso el valor de estos salmos es eminentemente escatológico. Si releemos en el Apocalipsis del capítulo 21 el verso 2, se dará una imagen más precisa del valor escatológico de este salmo: Nueva Jerusalén, descendiendo del Cielo ataviada con traje Nupcial, engalanada para su Esposo.


Para nosotros este Salmo vaticina todo el sentido de la Iglesia en la vida de la Comunidad creyente. Está directa y muy estrechamente conectado con la Maternidad de María en relación con todos los fieles, sus hijos -entregados por Jesús en la cruz- a sus maternales cuidados. Esa maternidad se trasmite sin discontinuidad a la Iglesia.

 

Jerusalén -casi como un absurdo- es presentada en este salmo como la cuna de los peores enemigos de Israel: Egipto, Babilonia, Tiro, Filistea, precisamente los que la atropellaron, la violentaron, la incendiaron, la saquearon y tanto daño le hicieron a Jerusalén- son los mencionados en este salmo para que algún día la reconozcan como su Madre, la ciudad construida en la ladera de Sion. Pero no será por férula que será aceptada, sino porque sus habitantes sabrán proclamarla de tal manera que esos -antiguos enemigos- reconocerán su cobijo maternal. Sabrán mostrar a la Mamá como prodigadora de cariños universales. La Lumen Gentium en el número 63 dice: “La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen, como de la madre. Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno”.

 

Se han tomado 6 versos y medio de sus 7 versos, para conformar la perícopa que se proclama en esta fecha; con ellos se han agrupado 3 estrofas.

 

Empieza enunciando la preferencia fundamental de Dios por esta Ciudad, por encima de todas las otras localidades que los judíos hayan levantado. Luego enumera las ciudades rivales, y dañinas que terminaran reconociéndola como la Ciudad que el Propio Dios se construyó. No habrá mayor orgullo para los hijos de Dios que mostrar su partida de nacimiento inscrita en los archivos de Su Despacho.

 

Jn 19, 25-34

Continuando la relación estipulada entre Jesús, María y la Iglesia, queremos aquí, darle un repaso al Concilio Vaticano II, que, en la Lumen Gentium, en el numeral 58 dice: «En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2, 1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2, 29 y 51). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27)».


El título de "Madre de la Iglesia" a la Santísima Virgen María fue una designación oficial del Papa San Pablo VI, efectuada el 21 de noviembre de 1964, durante la Tercera Sesión del Concilio Vaticano II.

 

Aquí es muy importante mirar las dos palabras que pronunció Jesús en la Cruz, en su penosa agonía: “Tengo sed” (Jn 19,28) y “Todo está cumplido” (Jn 19, 30). Cuando dice “Tengo sed, cabe anotar lo que dicen los eruditos -aplicados estudiosos, que encuentran que muy seguramente a Jesús se le dieron dos clases de vino: 1) una mezcla con hiel, que él rechazó. 2) Otro que contenía mirra.

 

Aquí lo que se menciona no es propiamente vinagre, sino ὄξος [oxos] “vino ordinario”, de pésima calidad, quizás las sobras de los odres, el “cuncho”, se les donaba a los soldados para sus juergas. ¡No se vaya a pensar en el delicado destilado que, por la fermentación de los alcoholes, se transforman en ácido acético!

 

La sed no se refiere a una sed de agua, sino al anhelo profundo de encontrar refugio en nuestro corazón. Τετέλεσται [tetelestai], ¿cómo traducirlo? Hay una “misión” que implica cumplir varios pasos, una secuencia de etapas, se van cumpliendo una a una; al final, todo lo que se esperaba, se ha hecho. ¡Eso es! Todo se ha hecho, ¡está cumplido! Lo que se alcanzó, puso las bases para que -con el impulso dado- se produzcan -hasta la satisfacción- las etapas pendientes.: Inclinando la cabeza παρέδωκεν τὸ πνεῦμα [paradoken to pneuma] “entregó el Espíritu”. Una cosa más de la que se despoja. ¡Este es el despojo definitivo! ¡Ya no le queda nada que entregar!

 

Junto a Jesús estaban las mujeres, las “marías”. Hay una entrega, Jesús suele ir entregándolo todo, -como quien se va quedando con nada, se trata de un “despojarse”- le entrega su madre el “discípulos amado”. Nada nos impide leer este punto con una translación: “A ti, amado amigo, te va a ser más necesaria que a mí, ahora”. Los amigos van a requerir una “Madre” ahora que se van a quedar huérfanos de Hermano. ¿Cómo reacciona el “discípulo amado”? Acaso le contradice, acaso trata de fabricarle un destino diferente a su Maestro -como lo hizo Pedro- nada de eso; llanamente la toma como herencia, como si se tratara de su propia madre. Y se la lleva consigo a casa, ¡como la cosa más natural! ¿Qué podía haber de raro que un joven se llevara a casa a una mujer que quedaba sola, sí él era su único pariente?

 

Juan llevo a María a su casa, y, después debió huir de Jerusalén a Éfeso, en la actual Turquía. El lugar exacto, conocido como la Casa de la Virgen María (Meryem Ana Evi), se encuentra en el monte Bulbul, a unos 7 kilómetros de las ruinas de la antigua ciudad de Éfeso y cerca del pueblo de Selçuk.

 

Según la tradición religiosa, cuando Tierra Santa cayó en manos de musulmanes a finales del siglo XIII, Dios ordenó a sus ángeles desarmar pieza por pieza la casa donde vivió la Virgen María para ponerla a salvo. Los relatos cuentan que, en el año 1294, los ángeles transportaron la casa por el aire y la colocaron en Loreto, donde hoy se erige la famosa basílica.

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«Las palabras de Jesús en la cruz son un mensaje para el creyente y revelan la teología del evangelista: la maternidad que ahora asume la Iglesia en la figura del discípulo amado; la referencia a la sed ahora nos remite de nuevo al agua; y, al hecho de que todo se ha cumplido son una prueba clara de la misión de Jesús con los hombres».

 

El relato joánico nos da otros tres detalles:

1)    Los judíos pidieron que les descolgaran el cuerpo.

2)    Que a Jesús -como lo había anunciado la profecía- no le sería quebrado ningún hueso.

3)    Al traspasarle el costado broto “sangre y agua” cómo lo vemos en la imagen del Señor de la Misericordia: Es lo que se deposita en el Cáliz:  Donde en la Eucaristía prima siempre la cantidad de Vino, y el agua que se añade, es apenas un par de gotas que nos representan a nosotros: esas gotas de agua son el resto del Cuerpo Místico, donde la mayor parte es toda la sangre que Él vertió como “sacrificio” para la “propiciación de nuestros pecados”.


La beatísima función maternal de María está en el dolor que taladraba sus entrañas al ver a Su Hijo padecer la muerte redentora: ella no estaba a los pies de la cruz como presencia impávida, sino como dolorosa maternidad cuyo corazón era traspasado por la espada que simbolizaba el profundo dolor y sufrimiento emocional que ella experimentó a lo largo de la vida y la pasión de su hijo, en conformidad con la profecía de Simeón (Cfr. Lc 2,25).

sábado, 23 de mayo de 2026

SOPLO PROPULSOR

 O DE LA RESPONSABILIDAD DE DIRIGIR LAS VELAS

Hch 2, 1-11; Sal 104(103), 1ab. 24ac.29-31.34; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23

 

Extiendes los cielos como una tienda,

construyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las alas del viento;

los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante de ministro.

Sal 103, 2b-4

 

Cuando un día de fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso

Hechos 2, 1-11

 

Cuando se gestó la idea y nació la expresión “Espíritu Santo”, no existían los motores fueraborda, motores intraborda, motores dentrofueraborda y, mucho menos los motores a reacción. Todas las embarcaciones se propulsaban a remo o a vela (cierto es que la propulsión a remo es intraborda y la del viento fueraborda). Como la nave se movía muy especialmente con el impulso que le propinaba el viento sobre las velas, salió la idea que al hombre también debía dinamizarlo alguna clase de soplo: por eso la palabra hebrea para “espíritu” es רוח [ruaj] que, precisamente traduce “viento”; y en griego, “espíritu” es πνεῦμα [pneuma] que significa “soplo”, y ¿quién está detrás de ese soplo? Un tal Eolo que en la mitología griega era “el señor de los vientos”, o “el guardián de los vientos”.

 

Pues bien, para optimizar el empuje proporcionado por el viento, era preciso ajustar el velamen para que este quedara perpendicular a la dirección del viento. Si las velas estaban paralelas al curso de su soplo, el avance era prácticamente nulo. Los marineros tenían como función principal manipular las velas con los cabos; eran, de este modo, los responsables de izar, arriar, enrollar y ajustar la orientación de las velas para aprovechar el viento, lo que requería mucha destreza y no poca valentía.

 

Esto nos lleva a comprender que no basta que el Espíritu Santo sople y sople con todo sus pulmones, sino que es necesario que nosotros de nuestra parte pongamos nuestra competencia para adecuar el velamen y poner las velas, en la mejor posición, para que la barca (la de la Iglesia toda y la de cada una de las células de su Cuerpo Místico) atrapen la fuerza que ese viento les prodiga, porque podemos perder todo su empuje si las velas -como se explicó arriba- están paralelas a la dirección de su Soplo.

 

Si nosotros no actuamos como hábiles y osados marineros templando las sogas para dirigir las velas, seremos responsables de la inmovilidad del navío. Es por esto que, el gran pecado es permitir que el Espíritu Santo malgaste su esfuerzo, soplando a favor de quienes no quieren hacer que la nave progrese. Se oye muchas veces decir que hay que dejar todo a cargo del Espíritu, y se le invoca para que sople muy fuerte, pero -mientras los marineros se adormilan-, viene el Corrompido aquel y reacomoda las jarcias y los trapos (como los llaman los marinos) para garantizar que la barca permanezca varada.

 

Hay un espíritu que aplasta, que vence, que derrota, que desespera, que destroza. Hay un espíritu del desaliento, de la desesperación, de la angustia. Pero hay –por el contrario- un Espíritu luminoso, sabio, vital, esperanzado. ¡A este último lo llamamos Espíritu Santo! Hoy –como muchas veces en la historia- es preciso que hagamos consciencia de este Espíritu-Paráclito que se pone a nuestro lado y nos preserva, nos reanima, nos vitaliza, nos desata y nos colma de dinamismo. No resuelve todo por arte mágica pero lleva en su pico dos gotitas teofánicas para calmar la sed que hoy nos perturba.

«Hace ya tanto tiempo que ocurrió esto, que ni me acordaba. Pero otros si se acordaron…

Era por la mañana tempranito. María, como buena madre, cuidadosa de un legado bueno, dijo a los discípulos de su hijo: -Se nos ha prometido un Paráclito (y lo dijo así no más de corrido…). Vayamos al cenáculo, armémonos de paciencia y esperemos, porque las promesas de nuestro Dios jamás dejan de cumplirse. Y si mi Jesús me lo comunicó, tengan por cierto que, tarde o temprano, vamos a ver con nuestros propios ojos lo que Él anunció. Y como el Señor no les había avisado, antes de su Ascensión, cuando vendría el Paráclito, cargaron con sus bártulos, sus bolsas de dormir y algo para comer, porque si bien estarían en oración a la espera del Espíritu Santo, tanto a ellos como a nosotros , les sería difícil orar si el ruido de las tripas hambrientas lo impidiera.

 

¡Y allí se fueron!

 

¿Qué rezarían? ¿Cómo lo harían? ¿Con qué palabras o con qué silencios se dirigirían al Padre? ¿Habría dudas y miedos en sus corazones? ¿Creían, en serio, que ese espíritu desconocido a quien nadie puede ver, brisa suave nacida en horizontes lejanos, llegaría? ¿Qué les diría? ¿En qué idioma hablaría? ¿Cómo lo reconocerían?

 

Todos oraban, quedamente, con voces tenues… Desgranando el tiempo y aferrándose a los minutos y segundos.

 

De pronto, se oyó un ruido más fuerte. Pedro dijo a los demás: -¡Prepárense, pues parece que se viene flor de tormenta! ¡Los primeros truenos están estallando! Ojalá que aquí no haya goteras, porque se larga el aguacero. Pero después de ese ruido, que no alarmó demasiado al resto de los circunstantes, tan es así que siguieron cantando un salmo del padre Catena (El Padre Osvaldo Catena (1920-1986) -apodadado el “hermano de todos”- fue un destacado sacerdote y compositor argentino, reconocido principalmente por ser el creador de los textos y letras de la “Misa Criolla” junto al músico Ariel Ramírez), el ruido volvió, mucho  más fuerte, como si un viento intruso horadara burletes y ventanas, metiéndose sigiloso por las hendijas.

 

– ¡Mamma mia! Volvió a gritar Pedro. Me parece que esto no es viento sur, sino el Espíritu. Y la cosa se puso peliaguda cuando llamas de fuego, que parecían lenguas alargadas (exactamente como salen en algunas imágenes), se posaron sobre las cabezas de María y los discípulos. ¡Y el fuego quema! ¡Y el viento empuja y sacude! ¿No es acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que purifica y quema?

 

¡Ah…! Ahora comenzamos a entender qué es el Espíritu Santo -que procede del Padre y del Hijo-, ¡tercera Persona de la Santísima Trinidad y verdadero Dios, como el Padre y el Hijo! ¡Amor fruto de las relaciones entre el Padre y el Hijo, y el Hijo y el Padre! (Bueno… no lo dijeron con estas palabras, porque los teólogos no existían en esos tiempos y no se había escrito todavía la Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino, gordo, sabio y sesudo dominico del siglo XIII, que se pasaba el día pensando quien era Dios, a qué se dedicaba y otras menudencias). Lo que sabemos es que “todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”. Allí los carismáticos habrían estado en su salsa, hablando “en lenguas”, aunque nadie sepa de qué se trata. También se hubieran muerto de envidia los de Linguaphone, que prometen que aprenderemos cualquier idioma en tres meses, usando sus libros y sus casetes.

 

Aquí bastaron unos pocos minutos para que María y los amigos de Jesús, que tenían la inteligencia de la fe, pero que no eran universitarios, ni Premios Nobel de nada, hablaran de corrido en todo idioma conocido. Podían decir “jáu ar iú” en griego, y el otro les respondía “véri uél, ténkiu, ¿an iú?”, pero en chino y, a su vez, María podía preguntar a un turista: “comán tale vu” en francés, y recibir la respuesta “Meri, yé sui tré bián”, pero en portugués… Todos estaban muy contentos., Yo diría, “burbujeantes”, eufóricos, tanto es así, que la gente los creía borrachos, y eso que, hacía poco, el reloj había dado sólo ocho campanadas, por la mañana.

 

En esos días, Jerusalén era un hervidero, lleno de turistas y de peregrinos, porque se festejaba la fiesta del Shavuot, el Pentecostés judío en que se recordaba la entrega de la Ley, por parte de Dios a Moisés y su pueblo, en el Sinaí, durante el Éxodo por el desierto. Nos dice que había judíos, partos, medos y elamitas, y de Ponto, Frigia y Panfilia, que no tenemos idea de dónde quedan, pero que en algún lugar quedaban… Para darnos una idea, hagamos de cuenta que fueron los Yanquilandia, Inglaterra, Noruega, Japón y hasta de la Argentina, porque había una familia que comentaba, en un bar, que “los bifés eran más ricos y más baratos en el Palacio de las papas fritas en Buenos aires”, y que “la pizza de los Inmortales era mucho mejor que la de Italia”, y que, al ir de compras a una casa de productos electrónicos, varios de ellos dijeron, “déme dos”. Jerusalén estaba llena hasta estallar y muchos, al ver a los turistas, se preguntaban, con toda razón: -Pero a estos negros que son de la barra brava, ¿de dónde les viene la paquetería de hablar en franchute y en inglés? Y algo parecido decían los amigos de María y los Apóstoles, pues estos, a duras penas, hablaban el idioma local.

 

¡No sigo mucho más…! Lo más importante de este cuentito mío que recuerda una historia que no es mía, es qué hizo el Espíritu Santo. Hasta ese día, los seguidores de Jesús estaban muertos de miedo, escondidos por la persecución que había comenzado fiera. A partir del Domingo de Pentecostés y del invento del sacramento de la Confirmación, se hicieron valientes y no le tenían miedo a nadie. Hasta ese día, eran una Iglesia replegada sobre sí misma. Desde ese día, se convirtieron en una Iglesia desplegada sobre los demás.

 

Y ahora… ¡punto final!

 

Si ves en alguna ocasión a alguien que te parezca borracho, no pienses mal (por lo menos de entrada) de él, no vaya a ser que tenga “la embriaguez del Espíritu” y no te des cuenta. Si alguna vez sentís en tu corazón un viento fuerte, déjate llevar por él: a lo mejor es “el Viento” con v mayúscula.

 

Si eso te sucede, tu corazón bailará y contará con júbilo indescriptible, y no encontraras palabras para expresarlo… salvo “gemidos inefables”.»[1]

 

Festividad de origen judío

Pentecostés se inserta en una continuidad judeo-cristiana. Surge primero –como casi todas estas festividades, como una celebración con carácter agrícola, era la fiesta de las Semanas, el Shavuot, con ella se trataba de celebrar la cosecha, cincuenta días (siete semanas) después del comienzo de la Pascua, de allí su nombre griego Pentecostés, que traducido al buen español es el número ordinal “quincuagésimo”.


También es común a esas festividades judías su trasformación significativa, pues esta fiesta pasó a celebrar la entrega de la Tablas de la Ley, escritas sobre piedra por el dedo de Dios y dadas a Moisés en el Sinaí. Moisés reunió a su pueblo y les confió la Voluntad de YHWH de entregarles la Torá y ellos se ofrecieron a cumplirla, aún antes de que Él les manifestara de qué Ley se trataba, el pueblo expresó aceptación a esta Ley, simple y sencillamente porque venía de las Manos del Dios Liberador que con gran poder los había sacado de la esclavitud en Egipto.

 

¿Por qué se solapan estas dos celebraciones? (nos referimos a la entrega de la Torá a Moisés y la Venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico). Los profetas habían anunciado la entrega de una Nueva Ley por parte de Dios, que ya no estaría gravada en piedra sino sobre carne, en el corazón de los hombres; esta parece ser la explicación. El Espíritu Santo viene a implantarnos esta Ley en nuestro propio interior y es ni más ni menos que la Ley del Amor.


Así que para nosotros los cristianos, la festividad de Pentecostés tiene este grandioso significado: ¡Hemos recibido la Nueva Ley! Y, siguiendo al pueblo escogido, también nosotros la acogemos con todo el corazón, simple y sencillamente porque es regalo del Amado para los que Él tanto ama y que nosotros correspondemos con nuestro pobre amor. Permítenos amar tu Ley y regálanos el don de guardarla, de vivir enamorados de ella, de cumplirla gozosos porque ¿qué amante no quiere hacer lo que complace a su Amado? ¡Que nuestra voluntad se plegue gozosa al cumplimiento de tu Voluntad!

 

Cuando San Lucas escribe los hechos de los Apóstoles configura el relato de Pentecostés con todos los rasgos y signos propios de una teofanía, siguiendo las pautas teofánicas del Sinaí: ruido del cielo (como rugido del viento), lenguas de fuego, el Monte Sinaí estaba envuelto en fuego y humo … (en el Sinaí también sonaba más fuerte el Cuerno de Carnero, el Shofar…, véase Éxodo, caps. 19 y 20). “¿No es acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que purifica y quema?” Nos ha dicho Héctor Muñoz en su cuento “Cuando un día de fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso”.

 

El viento empuja –por ejemplo al barco, llevándolo hacía su destino, hacia su puerto; que hermosa imagen para significar que el Espíritu Santo nos anima, nos “motoriza”, con su fuerza nos impulsa; y, el fuego, no solamente purifica, sino que, además, calienta (mientras el frio congela inmovilizando), tan es así que es el fuego el que calienta en la locomotora el agua que le imprimirá fuerza de avance, propulsión…


En este punto se debe rescatar también el fuego que ardía en la zarza en la cual se manifestó Dios a Moisés al llamarlo, se trataba de un fuego que “ardía sin consumirse”, Ex 3, 1-6.9-12; y, acto seguido, conectemos con el episodio de los dos de Emaús que “sentían arder su corazón cuando Jesús les explicaba las Escrituras” (Lc 24, 32b). es este mismo fuego el fuego de las lenguas que se posaron sobre cada uno de ellos, calentándoles el corazón y haciéndolos superar todo miedo.

 

Aquí la continuidad tiene también su “corte teológico”, la fe que antes estaba reservada a un pueblo y una raza, en esta celebración se abre a “Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia alrededor de Cirene, viajeros de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes (Hch. 2, 9-10a), esta muestra de diversidad es indicativo de la universalidad de este Pentecostés, tema que ocupará el Libro de los Hechos, mostrándonos su extensión a los paganos, viajando y rebasando fronteras, haciéndose verdaderamente católica (universal).

 

Los signos, son sólo signos; y la Grandeza de Dios siempre los trasciende. No hay signo que abarque a Dios, pero estos signos son “índices”, apuntan hacia Él, pero nosotros no podemos quedarnos ahí, es más, Jesús mismo nos llama: “Vengan y vean” (Cfr. Jn 1, 39)

«¡Que no muera la paloma!

 

Zenkey Shibayama, … que era abad del monasterio Nazenji en Kioto, cita varias veces en sus obras la siguiente parábola con gran sentimiento por los sufrimientos de la humanidad y compasión íntima por su dolor (Op. Cit. pp. 136-200).

 

Una delicada paloma se dio cuenta en una ocasión

de un fuego de montaña que hacía

arder muchas millas cuadradas de bosque.

La paloma quiso extinguir

aquella terrible conflagración,

pero no había nada que pudiera hacer un pequeño

y delicado pájaro. Dándose cuenta de que no podía

hacer nada para arreglar la situación,

el ave, empero no permaneció quieta.

Con una irreprimible compasión

empezó a volar desde el fuego hasta un lago

que había lejos, desde el que trasportaba

unas cuantas gotas de agua en su pico cada vez.

Antes de que pasase mucho tiempo,

las energías abandonaron a la paloma,

que cayó muerta al suelo

sin haber alcanzado ningún resultado tangible.

 

Con mi mayor respeto al genial autor, pero yo no habría matado a la paloma. Yo la habría dejado volar mientras pudiera en su misión compasiva hacia el bosque, los animales, la naturaleza. Y la habría dejado descansar también entes de agotarse, para seguir cuando recobrara fuerzas con sus vuelos bienhechores en su tarea o en otra. No hace falta que muera. No hace falta que demos la vida por todas las causas en el mundo que merecen sacrificio. Lo importante es que trabajemos, que volemos, que llevemos agua en el pico, aunque sólo sea unas gotas, para apagar incendios y calmar sedes y dar esperanza a quienes la han perdido. Lo importante es ser paloma cuando no falten incendios.

 

La enseñanza central de la parábola, que casi se pierde de vista con la pena por la muerte de la paloma, es que hay que seguir haciendo todo lo que podamos hacer “aunque no se alcance ningún resultado tangible”. Ya sabemos que no podemos apagar el incendio. Pero no por eso debemos cruzarnos de brazos y dejar que arda el bosque. Hemos de contribuir con nuestra gota de agua. ¿Para qué, si no ha de servir para nada? ¡Sí que sirve de algo! Sirve para decir que hay alguien a quien le importa que se queme el bosque, sirve para hablar cuando todos callan; sirve para crear opinión y despertar conciencias; sirve para dar testimonio ante todos los que ven el vuelo blanco de la paloma compasiva sobre el rojo resplandor de las llamas.

 

Y sirve, más que nada, para desprendernos nosotros de esa necesidad compulsiva de obtener “resultados tangibles” para creer que nuestro trabajo es válido y nuestra vida merece la pena. Aprendamos a trabajar aunque no consigamos nada, a testimoniar aunque nadie nos haga caso, a llevar agua aunque no apaguemos el incendio. Aprendamos a cumplir con nuestro deber sin medir nuestra jornada por sus resultados. No podemos apagar incendios. No podemos solucionar los problemas del mundo. No podemos “conseguir” nada. Pero si podemos vivir, podemos volar, podemos tener fe y mostrar confianza, podemos levantar la mirada y afirmar la esperanza.


Por eso no quiero que muera la paloma. Que siga viviendo para acudir a otros incendios, para atraer otras miradas, para enseñar a otros corazones. Mientras las palomas sigan cruzando la vida del hombre, habrá esperanza sobre la tierra.»[2]

 

Volar o caminar, aunque sea a pasos muy cortos

Primero Carlos G. Vallés ha modificado el relato de Zenkey Shibayama, ahora nosotros querríamos adjuntar otra glosa, para ratificar que hay que volar para traer unas cuantas gotitas en el pico, sin esperar “resultados tangibles”; esta vez se trata de una idea de Carmen Pardo, religiosa de la Congregación Romana de Santo Domingo, ella nos propone:

 

«… quiero sugerir algunas pistas que nos sirvan de invitación al compromiso, a ponernos en marcha y salir a la vida, empeñados en ser pregoneros de buenas noticias. Y deseo hacerlo tomando prestadas las palabras de un poema de Rigoberta Menchú:

 

“Crucé la frontera, amor…

Volveré mañana…”

 

… Jesús como Voz y Palabra del Padre, traspasa el límite del desierto para ir a Galilea y adentrarse en el espesor de la historia humana, allí donde las hijas e hijos del Padre esperan recibir una Buena Noticia (Mc 1, 14-15).

… otra voz profética de nuestra historia, la de Jon Sobrino, cifraba la esperanza en un mensaje: “Es posible ser humanos”. Cada día las noticias nos hablan de inhumanidad (masacres indiscriminadas, tortura, corrupción, violencia ciudadana, abusos sexuales, tráfico de drogas…). Sin embargo, es preciso que nuestra voz se alce y se haga eco de un proyecto humano. Necesitamos narrarnos, unos a otros, historias de vida plena; de tantas mujeres, hombres y niños empeñados en dar vida; de tantas personas voluntarias para prestar un servicio y que saben vivir la gratuidad en pequeños gestos. Necesitamos creer que lo humano tiene la última palabra.

………….

 

-La frontera de las macro realizaciones.

………….

Hemos de osar cruzar esta frontera para ser capaces de arriesgar en “las cosas chiquitas” de las que habla Eduardo Galeano:

 

“Son cosas chiquitas

No acaban con la pobreza,

no nos sacan del subdesarrollo,

no socializan los medios de producción

y de cambio,

no expropian las cuevas de Alí Babá.

Pero quizá desencadenan la alegría de hacer,

y la traduzcan en actos.

Y, al fin y al cabo,

actuar sobre la realidad y cambiarla,

aunque sea un poquito,

es la única manera de probar

que la realidad es transformable”.

 


………….

“Dios nos eligió

Para mostrarnos unos a otros el Amor de Dios.

Somos el vocabulario de Dios;

palabras vivas

para dar voz a la bondad de Dios

con nuestra propia bondad;

para dar voz a la compasión, a la ternura,

la solicitud y la fidelidad de Dios

con las nuestras propias” (Leo Rock, sj.)

 

 

Y reunirnos en grupos, en comunidades eclesiales de base, en comunidades religiosas o de vecinos, para preguntarnos a través de qué signos concretos podemos llegar a ser compasión y ternura de Dios para nuestros hermanos, para preguntarnos y compartir cómo podemos dar voz a la bondad de Dios para nuestros hermanos y hermanas aplastados por la inmigración, el hambre, el desempleo, el alcohol, el sinsentido de la vida.».[3]

 

 



[1] Muñoz, Héctor. CUENTOS BÍBLICOS CORTITOS.  Ed. San Pablo. Bs. As Argentina 2004 pp. 176-179

[2] Vallés, Carlos G. sj. SALIÓ EL SEMBRADOR Ed. Sal Terrae Santander-España 1992. pp. 181-183

[3] Pardo, M. Carmen op. PORTAVOZ DE BUENAS NUEVAS PARA MI PUEBLO. Conferencia de Religiosos de Colombia. pp. 8-12