Ez 12, 1-12
Serán
deportados, irán al destierro
Esta
perícopa de hoy se ha tomado de la segunda parte -de las cinco en que se ha
propuesto subdividir el Libro de Ezequiel- donde se trabaja la temática de la
predicación de Ezequiel hasta la caída de Jerusalén. O sea que en esta parte estamos
ante una referencia pre-exilica.
El
nombreיְחֶזְקֵאל [Yejeskiel] traduce "Dios fortalecerá". Ejerció su
ministerio profético entre 586 y 538 a. C. que corresponde al periodo del
cautiverio judío en Babilonia. Se tiene por contemporáneo de Jeremías. Jerusalén
fue arrasada, el Templo fue incendiado, y los principales, fueron exiliados. Lo
que lo encuadra entre los profetas del periodo exilico, sin importar que la
perícopa de hoy sea pre-exillica.
El fragmento proclamado hoy se refiere a una
acción simbólica. ¿Qué quiere significar este conjunto de simbologías? Nos
representa la deportación de los Hierosolimitanos a Babilonia. Primero nos
habla de la comunidad deportada y luego, se refiere al rey Sedequías, que
también será llevado a Babilonia. No lo verán ser arrastrado al exilio, pero
hay más, él mismo, tampoco se verá. Esto suena un tanto enigmático, pero se
aclara enseguida si recordamos que, en su noveno año en el trono, Sedequías se
rebeló contra Nabucodonosor y, como resultado, Nabucodonosor puso sitio a
Jerusalén. Sedequías confiaba en la ayuda de Egipto, que nunca se presentó. Así
las cosas, en el undécimo año del reinado de Sedequías, la ciudad cayó en manos
de Babilonia, a sus hijos los degollaron en la ciudad de Ribla, ante su
presencia, por orden de Nabucodonosor. Luego le sacaron los ojos, para que lo
último que Sedequías viera, fuera el recuerdo de la muerte espantosa de sus
hijos.
Así que hay una denuncia de lo que “este pueblo
rebelde” se negó y se sigue negando a ver y oír: la rebeldía consiste
precisamente en negarnos a darnos cuenta que estamos rechazando a Dios para
preferir la muerte y el asesinato.
El segundo tema es el de la deportación: Le
dice que aliste el equipaje para ser llevado al destierro. Lo que todo el
pueblo atestiguará será cómo les tocó salir con sus “chiritos” hacia Babilonia.
La partida será al “atardecer”, valga decir, cuando todo empezará a oscurecerse
ante este cuadro de expatriación. En el año 586 a. C., tras un largo asedio a
Jerusalén, el ejército del rey Nabucodonosor de Babilonia abrió un hueco en la
muralla. Al ver esto, el rey Sedequías y sus soldados huyeron de noche por el
jardín real, por la puerta entre los dos muros hacia el Arabá; pero, lo
alcanzaron en las llanuras de Jericó y sus soldados lo abandonaron. Esto fue lo
que precedió a la sacada de sus ojos.
Hemos mencionado que Dios habla un lenguaje
signico, una semiosis de “acciones simbólicas”. En este caso, todo lo que les
está acaeciendo, este doloroso episodio que da inicio a los años de exilio es
el מוֹפֵת [mofeth] “signo”, el “token que
pronostica”, “un suceso admirable”, un “hecho fuera de lo común” que Dios da
para toda la לְבֵ֥ית
יִשְׂרָאֵֽל [lebet Yisrael] “Casa de Israel”. En un lenguaje prosaico
diríamos que, para los que creen que Dios está cañando, que lo que ha
sentenciado es puro blufeo, hace de su “amado pueblo elegido” el “escarmiento”
para todas las naciones. Con honda aflicción, tiene que ceder el paso al dolor
que Israel se ha fraguado, a las consecuencias que Israel ha cosechado. Dios les
había propuesto una siembre de fidelidad ellos prefirieron tener cultivos de
idolatría e impiedad.
Como siempre, ante un inmenso dolor, llevamos las manos al rostro y lo cubrimos como si fuéramos a conservar las lágrimas en el cuenco de nuestras propias manos; como tratando de no ver la oscurísima realidad.
Sal 77,
56-57. 58-59. 61-62
Este
es un salmo de la Alianza. Una alianza, como hemos comentado, es el resultado
de una negociación que lleva a pactar una serie de condiciones que afectan a
los firmantes. Sin embargo, hemos de tomar en cuenta que no es un tratado entre
dos partes; en realidad, aquí estamos ante una liturgia, es decir, ante un acto
cultual, donde se establece un pacto entre Dios y los seres humanos, que,
pactan acatar a Dios en sus disposiciones. En la liturgia actúan varios “coros”
cada uno de los cuales asume un cierto rol: Sacerdote, el levita, el pueblo en
general, los testigos, el príncipe vencedor, el príncipe vencido.
En
la primera estrofa, Está, contundente, la denuncia: la rebelión es
desenmascarada, y, son exhibidos como una herramienta bélica inútil: se trata
de un arco que es incapaz de propulsar la flecha, ¿para que un arco así? ¡Es
puro estorbo! ¡Solo merece ser arrojado al fuego!
La segunda estrofa señala la hipocresía de los altares que levantaban en cada montículo, como gente que se quiere mostrar muy religiosa y presumir de su piedad, pero, donde no hay devoción porque en realidad, están entregados a la idolatría. Por eso Dios ha rechazado a su pueblo. Ya no encuentra cobijo en sus afectos.
Dejó
solos a los guerreros, ¡no eran sus soldados! Tan solo eran esbirros haciendo
pantomimas, mercenarios de adorno, que el Señor permitió que los derrotaran
para mostrarle a todos que Él no se deja engañar ni se engaña.
En
el verso responsorial nos advierte: Recuerden que Yo lo sé todo, y conozco las
verdaderas patrañas de sus corazones que ni me honran ni guardan con sinceridad
mis preceptos.
¡Con
decepción, Dios se reconoce traicionado! ¡Se ha marchado! ¡Dios se ausenta de
dónde no es querido!
Mt 18,
21-19,1
Es
muy interesante nuestra mentalidad: Buscar un límite al ejercicio de la bondad,
más allá del cual, estoy acreditado para obrar el mal y buscar desquite, buscar
retaliación. Por ejemplo, si alguien me ofende, y la cuenta es corta -tomemos
por caso- siete veces; eso implica, que al llegar a ocho puedo cobrármelas
todas juntas. Pero, si la norma está planteada con un número grande, -tomemos
por ejemplo el numero 490 veces- entonces ya no es nada fácil llevar la cuenta
y señalar el momento en que estaré libre de cualquier contención. En este caso,
490 veces equivale a decir “siempre”. Va a ser muy problemático estar
registrando caso a caso, y por malo que sea el otro, se le iría la vida
juntando 490 ofensas.
La otra cara de la moneda sería que el ofendido, no podría juntar las 490 veces de “perdón” para poder desencadenar sus procesos de retaliación. Y, si desarrolla algún algoritmo para poder llevar el conteo, entonces, su manera de perdonar ya no sería sincera porque estaría atrapado en la obsesión, pensando siempre en que el ofensor está consagrado a seguirlo ofendiendo más allá de cualquier límite cuantitativo de perdón.
Antes
de caer en esta obsesión de morderse la cola persiguiéndose a sí mismo, estaría
la convicción de que ninguno de los dos quiere llegar a la frontera donde el
perdón nos cambia y nos reconcilia con el más pertinaz.
Llegados
a ese punto, ofendido y ofensor llegan a la certeza que no son buscadores de la
concordia sino, cerrados a la banda, con el propósito de iniciar una guerra sin
tregua con el otro. Jesús quiere abordar hoy este asunto, y lo va a tratar por
medio de una parábola, con la que se cierra la parte IX del Evangelio mateano
–(18,1 – 19, 1) intitulada “Sermón sobre la vida comunitaria”- según la manera
como hemos estructurado para su estudio este Evangelio. Y ¡Qué manera tan
concluyente para cerrar este discurso que enseñarnos sobre el perdón en
relación con el Reino de Dios, la parábola pone en relación al Rey y a sus δοῦλος [doulos]
esta palabra se traduce “esclavos”, “siervos”, “sirvientes” nosotros hemos
querida traducirla por “funcionarios”, e inclusive, hemos estado tentados a
traducirla por “ministros”; y quiere pedirles cuenta sobre la sinodalidad con
la que van a avanzar mientras llevan adelante sus correspondientes funciones
en la edificación del Reino.
La
parábola no dice que el Reino sea algo de un Rey y sus funcionarios, sino que,
en cierto plano, puede hablarse de Él “como”, o sea, que dentro de ciertos
límites hay una analogía muy clara y especifica; lo que queremos decir es que
no la vayamos a leer como si no tuviera nada que ver con nosotros; siempre en
estos casos ratificamos que el Sacramento del Bautismo nos instituyó “sacerdotes,
profetas y reyes”- entonces si se dirige específicamente a cada uno de nosotros.
Ninguno de los aspectos esenciales de esta similitud puede descartarse. Ahí
encontramos el poderoso valor de la “parábola” la similitud -aun cuando el
referente es una realidad terrenal-, difiera de su homólogo en la esfera
espiritual.
Hay
un “funcionarios que tiene una deuda descomunal con su Señor; y, por otra
parte, este deudor tiene, a su vez, un sub-deudor que le adeuda una minucia,
una verdadera insignificancia.
Al
gran deudor toda su deuda le fue condonada; el sub-deudor, a pesar de adeudar
tan solo
una
fruslería, lo apercolló estrangulándolo y lo hizo llevar a la mazmorra y le
obligó a pagar hasta lo más mínimo, hasta la última monedita de 50 pesos.
El
Rey había tenido un gesto de magnanimidad perdonándole la enorme deuda; con eso
quiso enseñarles a todos que esa era una virtud verdaderamente noble, digna de
ser ejercitada y aplicada con la misma munificencia. Fueron a rendirle informes
al Señor sobre esta vergonzosa conducta que difuminaba el brillo de la
Enseñanza que el Rey quiso darnos y, claro está, el Señor se decepcionó y le
reclamó airado, porque no había cumplido con el noble ejemplo. ¿Por qué no
practicaste la ἐλεῆσαι [elensai]
“compasión” que te enseñé?
¡O
sea que el eje de la enseñanza es la compasión! ¡Si1 No es una enseñanza nueva,
o diferente, es la misma compasión misericordiosa la que agita el corazón del
Rey-y-Señor nuestro! ¡No está hablando de alguna otra virtud o de otro
mandamiento distinto! ¡Está hablando de nuevo del agape que debe reinar entre
nosotros!
De
nuevo, al hablar del Reino, con una nueva y muy original parábola, nos está
hablando de lo único que siempre nos ha querido decir: de amarnos unos a otros
como Él nos ha amado, hasta dar su vida por nosotros.
No
defraudemos a Dios en su Única petición que es el fundamento de la Alianza: no
obliguemos al Rey de Reyes a entregarnos a los βασανιστής “verdugos”,
estrictamente hablando, a los “carceleros”.
Jesús, acto seguido, dejó Galilea y se fue a Judea, al oriente del Jordán. Entramos así, en un nuevo bloque del Evangelio mateano, el X –(19,2-23,39)- que lleva por título “Diversos hechos de Jesús”.



























