2 R 17,5-8. 13-15a. 18
Un pueblo de dura cerviz
הושע Oseas, ese
nombre significa “Yahweh es Salvación” (hijo de Elá) fue el decimonoveno y
último monarca del Reino de Israel (el reino del norte). Gobernó durante nueve
años (aprox. 732 a.C. - 722 a.C.) era vasallo del rey asirio Salmanasar V -rey
de Asiria del 726 – 722 a.C. y le pagaba tributo. Posteriormente, se rebeló y
buscó una alianza con Egipto, enviando legatarios a negociar con So, rey de
Egipto, negándose a pagar más impuestos. hasta que, el Imperio Asirio conquistó
Samaria y destruyó el reino.
Tras
la caída de Samaria, el rey asirio (Salmanasar V y posteriormente su sucesor
Sargón II) encarceló a Oseas y deportó a gran parte de la población israelita a
Asiria, en Halah situada en la región de Habor -aun cuando no se ha podido
precisar dónde, se cree que al norte de Mesopotamia en la región de los Medos,
y en ciudades medas al este del Tigris; lo que provocó la desaparición del
reino del norte.
El
antecedente de buscar acercamientos y convenios con Egipto entra en franca
colisión con el hecho que precisamente ellos habían esclavizado a los
Israelitas y Dios tuvo que intervenir con su fuerte brazo para trozar esas
cadenas. Uno de los más pesados y vergonzosos grilletes fue el sincretismo con
el que paulatinamente tiñeron su fe con prácticas cultuales y ritos propios del
paganismo.
El
trato Paternal que Dios les daba incluyó advertirles por medio de profetas y
videntes el sendero equivocado que estaban tomando. Muy lejos de mostrar una
voluntad de enderezar su derrotero, mostraron toda la terquedad de la que eran
capaces y se mantuvieron fuera de la alianza pese a las precauciones que Dios
les fue señalando.
Fueron
ascendiendo por la montaña de la perdición y llegaron a su cima cuando
resolvieron caer en la idolatría y hacerse una estatuilla de Ásera - Era una
representación o poste sagrado de madera asociado a la diosa cananea Aserá,
deidad de la fertilidad, cuya adoración fue condenada por los profetas; y dos
becerros de bronce, imágenes idolátricas fundidas. Vamos a añadir a esto los
siguientes desatinos y desvíos en los que incurrieron:
i.
Se dieron a las adoraciones astrológicas
ii.
Ofrecieron sacrificios en los que quemaban a sus propios hijos
e hijas
iii.
Practicaron la adivinación y los augurios
iv.
Se entregaron a hacer lo malo a los ojos de Dios.
El
reino del norte -el que desapareció- estaba formado por diez tribus, a saber: Las diez tribus que integraban
este reino eran: Rubén, Simeón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, Efraín
y Manasés.
La perícopa concluye diciendo que solamente
sobrevivió la tribu de Judá.
Sal
60(59), 3. 4-5. 12-14
Que tu Mano Salvadora nos responda
¿quién acabará con el
prejuicio y la ignorancia y la indiferencia para abrirle camino a la luz no
solo en el secreto del corazón de los hombres, sino en los grupos y las
reuniones y las multitudes de las calles abiertas y de las plazas públicas?
Carlos G. Vallés s.j.
El
salmo es consciente que Dios -con toda razón- se hallaba airado y su disgusto
se mostró en su rechazo y en el hecho de haber permitido la desaparición de las
diez tribus. Sin embargo, el salmista suplica: ¡Restáuranos!
Como
un cántaro golpeado brutalmente, este Amadísimo pueblo es ahora, tan solo, un
nudo de grietas. ¿Qué le sobreviene a toda alfarería que sufre sacudones y
agrietamientos? Se desintegra, se pulveriza, se convierte en simples partículas
de barro, en un montoncillo de carcoma. Esta situación que le ha sobrevenido a
los hijos de Israel es como una borrachera mala. Como resultado de haber bebido
-no la dulzura del vino- sino la descomposición de un vino tóxico; su hígado se
ha revenido, ansias y vómito pueblan su garganta, y en vez del deleite de la
grata bebida, solo experimenta el malestar que antecede a la muerte por
envenenamiento.
Lo más ingrato de esta experiencia es que Dios los había prevenido por boca de sus profetas, que no bebieran del vino de la idolatría, que no incurrieran en la infidelidad. Que no se hicieran ídolos para adorarlos a sabiendas que el Único que merece adoración es YHWH.
El
hagiógrafo hace consciencia y transmite esa concienciación a todo su pueblo en
este salmo: ya Dios no sale a combatir al lado del ejército de su Pueblo. Si
van al combate, solo cosecharán derrotas estrepitosas, porque han perdido el
apoyo del Señor que antes siempre los guarecía. Entonces, el salmista clama: Su
ruego es para que Dios los vuelva a escoltar en sus luchas, para que Dios los
acompañe en sus travesías, para que puedan enfrentar los rigores que acompañan
la existencia y el sinnúmero de sinsabores que los acosarán en lo sucesivo por
todo el camino.
Buscaron
el apoyo de ejércitos humanos sin percatarse que esas son falsas ayudas y que
los que se ofrecían a ayudarlos solo esperaban cogerlos debilitados para
poderles imponer el cepo y someterlos a los sinsabores del regreso a la
esclavitud.
Solamente
si regresan a su Fiel Señor, gozarán de la dulzura incomparable de su Amor; volverán
a cargar sus ánforas de proezas y verán, con ojos agradecidos, la derrota de Melkor.
¡Ahora conocerán el rostro de Sauron!
Mt
7,1-5
El juicio humano trae
condenación solo el Juicio Divino Salva.
Todo
juzgamiento tiene por trasfondo un enmarcamiento forense. Ahora bien, la fe nos
lleva a ganar claridad sobre el hecho de ser hermanos respecto de todos los de
nuestra misma especie. Es, cuanto menos extraño, que llevemos a nuestro propio
hermano al tribunal. (No es imposible, más bien lo contrario, es frecuente; no obstante,
es muy extraña esta conducta).
Cuando
juzgamos cavamos un abismo respecto del enjuiciado, lo separamos con una
barrera insalvable. Lo más irónico -porque es gracioso, pero simultáneamente
doloroso- es que solemos juzgar en el otro, precisamente nuestro propio
defecto, que suele verse magnificado el verlo en el hermano. Es una espada sin
mango, en cambio, tiene doble punta, hiere al juzgado y, me hiere a mí mismo.
Juicio
fue el acto envidioso de Adán y Eva, que quisieron ser como su Creador. No era
que Dios hiciera algo mal, era que nosotros queríamos ser como Él. Los juicios
ocultan y revelan nuestras envidias. Hay aún más. Muchos que alertan contra el
juzgar, lo hacen porque practican un constante juzgamiento del otro, o sea, una
envidia pertinaz. Juicio fue el que levantó el brazo fratricida de Caín para exterminar
a su hermano.
En
realidad, tendríamos que alcanzar el carisma de la “identificación” y procurar
ver desde la perspectiva que ve el otro. ¡Quién sabe cuántas veces
descubriríamos -asombrados- que “el otro” tiene frecuentemente más razón que
uno mismo! Lo que suele suceder es que nos agarramos aferradamente a nuestros
prejuicios, so capa de ser los más razonables, los más ilustrados y lógicos. Si
por lo menos lográramos salir de Ur e ir a ver las cosas desde Harán, tal vez
pasaríamos por Betel (que antes se llamaba “Luz”), y después de dormir
-recostados en una piedra como almohada- alcanzaríamos a ver la Escala de
Jacob, y por ella a los Mensajeros de Dios, subiendo y bajando (Cfr. Gn 28,
10-22).
Tal
vez “el otro” está en otro nivel de percepción, o de información, o en mejor
perspectiva. Inclusive, el abismo se ahonda, cuando la rudeza de nuestros
juicios nos agrede a nosotros mismos. A veces, dentro de un ánimo de
superación, nos volvemos insoportable y salvajemente indolentes y exigentes con
nosotros mismos, y, por el contrario, tendríamos que ser dulces y suaves en
nuestro propio proceso. (Atención que nunca se ha dicho que cohonestemos con el
pecado).
Ese
rigor puede llegar a ser todavía más exasperado, si me juzgo con una “vara” (es
decir, con una “medida”) a la que le he asignado el valor de “divina”, pero que
sólo es una “fetichización” farisaica. Cuantas veces nuestros juicios se basan
sobre ideas muy admiradas aun cuando testarudamente estrecha.
Al
pasar por estos derroteros siempre hemos creído urgente destacar el respeto al
otro, y evitar que, con la excusa de estar corrigiendo, perpetramos la ofensa o
la degradación. Aquí no hay pretexto que valga. Siempre irá por delante la
debida consideración del “prójimo”: “Todo aquel que se encolerice contra su
hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano
"imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame
"renegado", será reo de la gehena de fuego”. (Mt 5, 22).
Perdón
que no tenemos ningún ánimo de omnisciencia, pero nos parece muy conveniente
destacar algunos de los sinónimos de Imbécil: idiota, tonto, estúpido, bobo,
imbécil, mentecato, inepto, asno, bruto, burro, lerdo, tardo, pánfilo
retrasado, estúpido, majadero, cretino, necio, insensato, borrico. No
pretendemos agotarlos, pero si destacar los más frecuentes en el habla, porque
unos ofenden con el uno y otros apelan a uno diferente. Ya ha destacado la
psicología el daño que infringen estos calificativos en la autoestima. Nosotros
nos hemos propuesto enfatizar la agresión que significan en el contexto de la
fraternidad humana.
Este
examen de la acción de juzgar no impide darse cuenta de la sensible dificultad que
atraviesan dos ingenieros cuando, por ejemplo, están construyendo un puente y
uno de ellos descubre, con no poco asombro, que se ha cometido un error de cálculo
en el diseño de una de los bases que ha de soportar el peso…
Puede
darse el caso que el error se haya cometido involuntariamente, pero el punto es
que -como seres humanos que somos- el desliz no se puede ocultar o minimizar so
capa de alguna especie de compañerismo profesional, y esto porque todos los que
transiten en un futuro por esa obra de ingeniería serían potenciales víctimas
de su derrumbe, a menos que el traspié sea tan mínimo que no tenga ninguna
consecuencia previsible. ¿Puede tratarse de un error minúsculo que no tendrá
consecuencias! Una falla imperceptible.
También
se presentan aquellas situaciones donde se hace destacar hasta tal punto la
subjetividad que se llega a afirmar que en eso todo el mundo tiene la razón y
cada uno es “libre” de opinar. Pensamos que pueden darse casos límites donde
esto llegue a ser enteramente verdadero. Pero la práctica demuestra que ese no
es el caso frecuente y que en la mayor parte de las veces hay criterios que
permiten dilucidar con certeza.
El
sentido de la responsabilidad nos ayudará a proceder con tino y prudencia y a
tomar sanas decisiones para poder actuar siempre con tolerancia y construir con
sinodal fraternidad y no permitir que vigas ni motas detengan la Fidelidad.



























