Seis
días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de Santiago y
se fue aparte con ellos a un cerro muy alto. Allí, delante de ellos, cambio la
apariencia de Jesús. Su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como
la luz.
Mt 17,
1s
Hch 4, 33; 5, 12. 27-33: 12,2
Como se nota esta perícopa está estructurada con fragmentos
tomados de tres capítulos distintos: 4. 5. 12. de los Hechos de los apóstoles.
Del capítulo 4 tomamos la idea del trabajo incesante que los
apóstoles asumieron con su encargo de testimoniar la Resurrección. No era algo
secundario en sus vidas, era algo que obraban con valentía y acompañando la
predicación con “signos y prodigios”.
Luego, se señala -y la manera como está dispuesto dentro de
la perícopa lo convierte en una “razón” para que fueran llevados ante el
Sanedrín, que, queremos reiterar era la Corte Suprema de la ley judía
cuya misión era administrar justicia interpretando y aplicando la Torah, que
era el código referencial en el que apoyaban sus decisiones. Allí se enfoca el
interrogatorio preguntándoles: ¿Si les habían prohibido, por qué -sin embargo-
andaban enseñando en nombre de “ese”? Habían hecho todo lo contrario de lo
establecido en la tal prohibición, ya que no sólo enseñaban la Resurrección,
sino que, de paso, los señalaban a ellos, como los asesinos responsables del
crimen de darle muerte a un Inocente.
Pedro les da una respuesta contundente: La prohibición de
predicar el Santísimo Nombre de Jesús era una disposición humana, por lo tanto
¡no obligaba! En cambio, la tarea que ellos ejercían y a la que daban
cumplimiento, era una tarea impuesta por Dios; inaplazable, siendo una comisión
Divina, estaban obligados a satisfacerla porque había pasado a ser el sentido
de sus vidas.
Ellos lo colgaron del madero de la cruz, pero Dios no se
quedó impávido ante tamaña injusticia, sino que lo Resucitó y lo “exaltó” a su
Diestra, lo que significa que lo constituyó Jefe Supremo de la Economía
Salvífica, y con esta acción le entregó -a su Pueblo Elegido- la conversión. La
conversión es el lado esencial de la moneda, pero la otra cara de la moneda es
el perdón de los pecados: ¡ninguna moneda existe con un solo lado!
Esta “moneda” es la Gracia del Espíritu Santo, la reciben
todos aquellos que le son obedientes.
Las piezas de esta respuesta encajan con total solidez, lo
que hacía de ella una respuesta incontrovertible. ¿Qué opción le quedaba al
Sanedrín? Hoy en día, cuando la historia nos ha dejado ver la corrupción de
tantos y tantos Tribunales Gubernamentales, ya sabemos la respuesta: ¡Segar
vidas! ¡Poner en acción sus aparatos sicariales!
La perícopa concluye señalando a una de sus víctimas: Santiago, el hermano de Juan, al que para distinguirlo del otro Santiago (llamamos el Mayor), sucumbió bajo la orden de Herodes Agripa I.
Sal 67(66), 2-3. 5. 7-8
Ese es un salmo de bendición, lleno de gratitud (una
verdadera “acción de Gracias”). El espíritu que anima el salmo es que pide una
“Sonrisa celestial” y se ofrece a hacerse evangelizador como gesto de Gratitud.
Es muy interesante que recurre a la Misericordia de Dios y la relaciona
directamente con la Misión de proclamar el Santísimo Nombre para que todos los
pueblos lleguen a saber dos cosas esenciales
1) Los
caminos que llevan a Dios.
2) Que
Dios es un Dios-Salvador.
En la segunda estrofa, da continuidad en la misma línea de
pensamiento: El Señor es Digno de ser conocido allende las fronteras, porque Él,
es un Dios-Justo, es un Dios que regenta aplicando la Rectitud en su manera de
Gobernar. Cómo se puede entender tal Rectitud, el camino Derecho es el de
cuidar prioritariamente la vulnerable.
La visión hebrea de la fe la relaciona directamente con el temor, a Dios se la ama, pero ese Amor conlleva el sentimiento de Temor, Dios -cuya imagen en la mente de estos pueblos era análoga con la que se tenía de los reyes de la tierra, que con cualquier gesto disponían de la vida y daban muerte a sus súbditos. (Hay una predisposición -prácticamente ancestral y automática- a pensar que Dios es nada más que el rey del Cielo y, también un germen atávico a identificar a los gobernantes de la tierra como parientes muy cercanos del Dios Celestial, en muchos casos, su propio Hijo).
El verso 5, dice más exactamente, canten a Dios, alaben al que
cabalga sobre las nubes. El verso 7, se traduciría “los rebeldes vivirán en
tierras estériles”.
Si Dios tuviera tarjetas de presentación, según este salmo
diría: “Dios de los despreciados”. Todo el salmo está en una atmosfera de
celebración de una Victoria. Y, por su género literario podemos clasificarlo
como una “oda épica”.
La universalidad de este Dios es el tema que inspira el verso
responsorial: “¡Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te
alaben!”. No es Dios exclusivo del “pueblo elegido”, es un Dios mundial.
Mt 20, 20-28
Es
importante que la autoridad en la Iglesia no la ejerzan según los criterios,
evangélicamente estúpidos, de la vanagloria.
Silvano
Fausti
Las mamás siempre se empeñan en la defensa y el bienestar de sus hijos. Ellas -sin importar donde tengan que ir, acuden a defenderlos, a “palanquearlos”, a abogar a su favor, a pedir para ellos ascensos y promociones. Es -prácticamente lógico- que busquen los mejores puestos para sus hijos, y no escatiman ningún esfuerzo que pueda propulsarlos. La mujer del Zebedeo es de esta clase de madres, aprovecha que Jesús se dirige a Jerusalén para interceptar su paso y venir a pedir que ellos ganen los puestos de los dos ministros más prestantes del Reino cuando Jesús se siente en su Trono. Esta madre no es la excepción, ella también quiere que sus hijos sean los de mayor importancia en toda la corte, sólo por debajo del Rey.
Tal vez nos parezca muy prosaico, inclusive una petición
ingenua; nosotros acostumbrados a espiritualizar a Jesús, instantáneamente lo
visualizamos como un Rey de Arriba, cuando es cierto, y muy cierto, que la
mayoría lo que entendían y esperaban era un Mesías terrenal, un caudillo
semejante al César, a los Emperadores de la época.
Cuando Jesús les pregunta – a lo que para ellos sería
seguramente como el “examen” de admisión al cargo, sí ellos podían beber la
copa que Él iba a beber, ellos se apresuraron a responder afirmativamente:
¡Podemos! Se imaginarían que estaba relacionado con los repetidos brindis del
día de la coronación y entronización.
El pecado aquí está en sobrevaluar nuestras capacidades y
talentos. La clave de nuestros sueños y anhelos es el egoísmo, ese es el
líquido que llena toda la piscina de nuestra existencia, es el aire de nuestra
atmosfera, es el riel que encamina el tren de todas nuestras aspiraciones: es
la cultura del ¡Usted tiene que ser el mejor! (Bajo ese lema subyace el
principio ¡todos los demás tienen que ser “peores”).
Él lo que les pregunta es si podrían sumergirse en el
bautismo de sangre que le aguarda, si serían capaces de asumir el dolor propio
como dolor redentor. Ellos lo que entienden es ¿serían capaces de beber la
bebida muy fina y elegante que beben los reyes? ¿El vino de la más refinada
importación? Ellos creían que les estaban preguntando si les gustaban los vinos
de solera
Recordemos que antes de tener reyes, Dios -por boca de
Samuel- los previno de todos los males que les acarrearía ser gobernados por un
rey; sin embargo, ellos pensaban que esa era la gran solución. Hoy Jesús les
repasa la lista de los inconvenientes que conlleva la realeza como estilo
gubernamental: “Saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los
grandes los oprimen.
Po les advierte muy claramente que nuestro “gobierno” tiene que
ser diferente. Nuestro gobierno será de “abajamiento”, de “servicio”, de “abnegación”,
que se caracteriza por ser “oblativo”.
Hay palabras tan exigentes que, para eliminar su carácter tan
fuerte, tan demandante, se han sacado de circulación: Entre ellas está esta: “oblativo”,
que nos señala hacía la
capacidad de ofrecerse, de entregarse, inclusive de sacrificarse por el
bienestar de los demás ¡sin esperar algo a cambio! Su etimología está entrelazada
con dos palabras que entendemos bien: “ofrenda” y “sacrificio”.
“No será así entre ustedes:
el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que
quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo
del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en
rescate por muchos”.
Aquí resuena la clave de nuestra sublimación: ¡El sacrificio! Como nos ejemplificó Jesús. ¡El Servicio! En vez del mando, del dominio o la opresión; está el servicio que nos enaltece, el que, de verdad, puede llegar a exaltarnos.
























