domingo, 30 de agosto de 2026

Lunes de la Vigésimo Segunda Semana del Tiempo Ordinario


1Cor 2, 1-5

Los estudiosos nos informan que justo después de partir de Corintio, y haber dejado constituida allí una comunidad cristiana -como lo hemos dicho- conformada principalmente por libertos y esclavos, Paulo escribió -entonces- la que sería la 1ª Carta a los Corintios. Sin embargo, esta no se ha conservado; por eso llamamos primera, a la que sería la Segunda, y denominamos Segunda a la que se habría conformado con fragmentos de las tres epístolas subsiguientes (3ª, 4ª y 5ª).

 

A esa comunidad fundada y configurada por Pablo, llegó posteriormente una ola de predicadores judeocristianos, que insistían que la supuesta coherencia que se debía guardar con el judaísmo para poder hacerse cristiano, consistía en cumplir con la circuncisión, con las normas de pureza ritual y las regulaciones en torno a la comida Kosher. Según estos, el cristianismo no era sino una faceta del judaísmo, como una suerte de excrecencia de aquel. Su obra y propósito fue promover una vuelta atrás a la ritualidad farisaica, contraviniendo lo estipulado por Pablo.

 

Algo que se debe anotar es que esta comunidad trajo a Pablo innumerables dolores de cabeza.

 

Pablo era un artesano, trabajaba con lonas, con las cuales hacía tiendas de acampar, era, pues, un trabajador manual. En la sociedad griega, los de baja estopa eran, precisamente, los trabajadores manuales; esclavos o cuasi-esclavos, mientras los ciudadanos despreciaban a quienes tenían que aplicarse a este tipo de trabajos, ellos de ninguna manera habrían tenido este tipo de labores.

 

La aristocracia, así, estaba emparentada con el trabajo intelectual, y como se sabe, había diversas escuelas dirigidas por verdaderos intelectuales, geómetras, filósofos, estadistas a su manera, educadores que enseñaban a los príncipes y a los hijos de los gobernantes. Los predicadores, hacían gala de su formación, presumían de la escuela en la que se habían formado y sacaban a relucir haber sido alumnos de tal o cual afamado pensador.

 

Aquí Pablo nos relata que, al presentarse, era tímido y temblaba mientras les presentaba sus testimonios. Los más prestigiosos de sus rivales, eran los que aplicaban las técnicas y los recursos aprendidos en sus cursos de oratoria. Los que brillaban con estos recursos, con sorna e ironía, eran presentados como los verdaderos “Jesús”, había que ser brillante orador para ser mínimamente tomados en cuenta.

 

Pablo, una y otra vez insiste en que la Sabiduría Verdadera, la Sabiduría que viene de Jesús, estaba expresada en el Martirio de un Hombre que con sus acciones se había comprometido contra aquel mundo de injusticia. Todo el saber que Pablo exhibe pivota en torno a Jesús, y Jesús-Crucificado.

 

Se había obliterado toda sabiduría con raíz humana; y sólo se apelaba a la sabiduría que brota directamente del Poder irrebatible, del Poder de Dios. La imagen que Pablo proyectó, no era la de una Iglesia atractiva, que invitara a muchísimos adeptos, presentándoles promesas melifluas. La que Pablo anunciaba apuntaba al Misterio de Jesucristo, que no se refiere a una temática de difícil y casi imposible comprensión; sino a algo que antes estaba oculto, pero ahora, por fin, su experiencia de Dios se encontraba lista para asimilarla, el misterio había madurado en su vaina y estaba a punto de fructificar bajo la Luz vivificante del Crucificado-Resucitado.

 

Pablo no pretendía -dados los destinatarios del mensaje- desgranar el kerigma valiéndose de los artilugios de la lógica y de la oratoria, sino “comunicarles” su vivencia personal. (Lo que no se podrá negar es que, su formación previa a los pies de Gamaliel, le valió para captar, en términos más exactos, el Mensaje que hundía su raíz en el limo de la religión semítica y ovillarlo enriqueciéndolo durante el proceso de hilado). Una experiencia bimilenaria nos enseña que no se trata de explayar nuestra “doctrina” para imponerla, tampoco se ha de pretender jugar la bola del deporte ajeno, para tratar de darles a saber de nuestra fe a los “circunstantes”, sino de tender -sin ambages- nuestras vivencias de Jesucristo, pero -imitando el ejemplo de Pablo- su desvelo por hacerse accesible, por traducir y elevar el mensaje a la altura del destinatario, no para “achicarlo” reductivamente hasta hacer de él una majadería. Cualquier globo no se empaca y se sepulta para ofrecerlo, sino que se infla y se demuestra su poder de vuelo. ¡Así podrá convencer!

 

La integridad del Keryx (del heraldo), su entereza moral, su transparencia, es lo que permite que el Espíritu hable a través suyo.

Y por caridad, no vayamos a incidir en la fantasía de “dejarle todo al Espíritu”, argumentando que será Él quien se encargue, ya que la obra, verdaderamente es de Dios, pero Dios no podrá actuar sino a través de “agentes” que se esmeren por optimizar su eficacia. Estudio y dedicación a la formación modularan el buen resultado. La oración es y siempre será ineludible, pero quedará bloqueada si no se la añade un compromiso serio y responsable en el renglón del estudio concienzudo. Por eso, un seminarista “quema tanta pestaña” para llegar al sacerdocio y una vez ordenada persiste en sus desvelos para llevar el anuncio, y en ser -con su propia vida- un testimonio fiel de la Buena Nueva de la que es portador. No queremos decir con esto, que solo al sacerdote le sea mandada esta noble disposición, sino que los hemos puesto aquí como evidencia para entender lo que quiere decir Pablo en cuanto a la secundariedad de la forma y la esencialidad del contenido, que Es Jesucristo, y no en cualquier etapa, sino en el momento crucial del Anuncio, momento cúspide donde se sintetiza la médula de la economía Salvífica, dada desde la propia cruz y con Su total Entrega.

 

Sal 119(118), 97. 98. 99. 100. 101. 102

Este salmo es una súplica, es decir, una plegaria que pide, que ruega, que implora.  No es un simple llamado, no es un saludo. Es una comunicación cariñosa, cercana, se dialoga con alguien que se tiene por íntimo, alguien que día a día ha revelado sus desvelos por mí. Hemos llegado a un alto grado de intercompenetración, cuando quiero decir algo, Él parece conocer de antemano mis anhelos, cuando es Él quien algo me va a pedir, yo me disuelvo en los afanes de complacerlo.

 

Todo cuanto me dice me satisface, todas sus peticiones están afinadas con lo que yo libremente elijo. Y, le confieso con sinceridad, Su Voz para mi es Ley, su Ley es mi complacencia.

 

Cualquier palabra que me diga, se repite en eco automático diez mil millones de veces, pero lejos de hartarme la repetición, se vuelve el himno de mi vida el ritmo de mi danza y bebo en su cantinela el “pasodoble” del Amor.

Cada sinfonía de su Canto, es en mi mente, el más sabio consejo que Amor alguno me podría regalar. Y al estudiarlo, supero con mis saber a los que se creían más iluminados. Él me doctora en teología.

 

Conocer su Ley me alza a saber más que los más lúcidos gurúes, con solo conocer la tonada de su código, sé más que los doctores de la ley adscritos a las más prestigiosas facultades de derecho.

 

Todo este saber tiene una amplísima dimensión practica: voy por caminos seguros, no hay a mi paso obstáculos, ni grietas, ni piedras de tropiezo. Mi senda es amplia y diáfana, mis caminos están iluminados por la Luz del Espíritu. Como sé que Dios es mi tutor legal, jamás me aparto un milímetro de sus enseñanzas, soy el más fiel alumno porque valoro a fondo todas sus enseñanzas.

 

Todo esto y mucho más me enseña con tan solo seis versos que se han tomado de los 176 que integran este salmo. Este salmo habla de la dulzura de la Ley, que es dulce para el que ama, pero repelente para quien no entiende las ternezas del Amor.

 

Lc 4, 16-30

Pasamos al ciclo sobre el Evangelio de San Lucas -dejando atrás el trabajo tan enriquecedor que se hizo sobre los Evangelios de San Marcos y San Mateo- que será motivo de nuestra reflexión en lo que resta del este año, en el tiempo Ordinario, en cuanto a los Evangelios que se proclaman entre semana.

No tocaremos ni el prólogo (1, 1-4); ni la Infancia de Jesús (1,5 – 2,52), ni el tiempo de la preparación para la actividad de Jesús 3,1 – 4, 13).  Iremos, de lleno, sobre la tercera parte del Evangelio Lucano, A la actividad de Jesús en Galilea, que se inicia con la perícopa que nos ocupará mañana, después del episodio de las “tentaciones de Jesús en el desierto”. Es como si saltáramos todo, hasta llegar al inicio de su “Vida pública”.

 

Jesús va al territorio de los no judíos, una zona altamente pagana y paganizada, en todas partes es acogido con benevolencia, no lo conocen, pero lo reciben, y Él se deja conocer por sus atenciones, por sus desvelos, por los cuidados que prodiga a los más necesitados. Son estos, los urgidos, los que mejor lo aceptan y -por lo tanto- los que más reciben de Él.

 

Luego va a Nazaret, donde mejor lo conocen, allí habitan sus parientes, sus conocidos, los niños -ahora crecidos- que jugaban con Él de chicos. Todos entre sí, tan familiarizados, que no puede ser nadie más que “otro”, uno de ellos, otro igual de carenciado, uno más que no puede tener nada mejor que ellos. Si es de los suyos, la lógica les dice que debe ser uno de los peores, uno de los más débiles, de los más frágiles, de los que más necesitan que el Cielo los mire; pero no puede ser que el Cielo los mira a ellos a través de Sus Ojos.

 

¡Claro que no! ¡Todos ellos se sienten pobres diablos! ¡Ahora no querrán decir que un pobre diablo es el Mesías! Si el Señor se hubiera querido manifestar entre ellos, seguro que Ese sería el de menor opción, habría escogido a uno de ellos, pero no a Ese.

 

Así que cuando lee la profecía isaiana y se la apropia, les hierve la sangre, es un loco, un abusivo, un arrogante, ¡miren este!, ¿de qué se las da?

 

Llega un momento resplandeciente, Jesús se hace consciente de su responsabilidad, de su filiación, de Dios en Él. Está muy consciente -y nos trasluce ese nivel de consciencia- que a partir de aquel momento empieza un nuevo “HOY”. Desde ese momento, cada hoy es parte de ese Nuevo Hoy. ¡Hasta ese momento, Dios se había limitado a “prometer!”, en lo sucesivo ¡la “Promesa” se hará “cumplimiento”!

 

Pero lo que los envenena, es la envidia, ¿por qué a Él? ¿por qué no a ellos? Al digerir la envidia, esta se convierte en sed asesina.

 

Jesús tiene que explicarles que sus “milagros” no son tesoros para que cada quien tenga un cofre lleno en casa, sino Luz para que muchos ojos puedan ver lo que estaba oculto, lo que era Misterio; lo que Dios quiere es desvelar el Misterio y hacerse Diafanidad. No quiere ser acaparado, no quiere ser enjaulado, no quiere una prisión, ni una carpa de circo para Él. Quiere Alas para ir a todos los que lo han esperado, lo han ansiado, ¡quiere decirles a todos que ya está aquí! Y repartir sus alas entre ellos.

 

Les muestra ejemplos de sus epifanías aquí y acullá. Les muestra que su obra no es por exclusividades. Que tenía un solo ejemplo para Sarepta y un solo ejemplo para los sirios. Que en cada territorio hubo un ejemplo suficiente para hacer inteligible el Evangelio.

 

Aquí hay una ὀφρύος [ofruos] “cumbre”, que es figura del Calvario, ellos de buena gana le habrían adelantado la crucifixión, es como si ya se cerniera sobre Él, ese propósito constante del rechazo, expresado en el anhelo de desbarrancarlo; pero la obra habría quedado incompleta, por eso διελθὼν διὰ μέσου αὐτῶν [dielton dia meson auton] Él “paso por en medio de ellos”, y se marchó de allí.

sábado, 29 de agosto de 2026

LA CRUZ NO ES LA EMPUÑADURA DE UNA ESPADA

 

PROPONER LA PLENITUD DEL EVANGELIO

Jer 20, 7-9; Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9; Rm 12, 1-2; Mt 16, 21-27

 

Tú piensas como los hombres, no como Dios

Mt. 16, 23

No podemos quedarnos con los pies en dos canoas, luchando por la justicia y disfrutando de la injusticia.

Ivo Storniolo

La vida inspirada en el egoísmo ya está muerta, perdida para siempre.

Silvano Fausti s.j.

 

Hoy las Lecturas nos muestran como la coherencia acarrea la burla y la crueldad contra el portador del Anuncio que se vuelve el hazmerreír de todo el mundo, bien sea el profeta, bien sea el propio Jesús. La respuesta al llamado es una “seducción” de Dios, de la que -sin retroceder- nos dejamos encantar. Y que podamos, enamorados de Dios, vivir en nuestras propias entrañas -como si fueran una zarza- la llamarada incesante que arda sin consumir. Incendio al que no consigo ponerle limite ni trazarle fronteras.

La cruz no es -lo hemos repetido con particular énfasis-, alguna clase de talismán, sino el distintivo y el testimonio de una fe vivida con compromiso. !Oh Dios, socórrenos amarte con tan apasionado fervor que admitamos que aun cuando intentábamos sofocarte, no pudimos!

 

En el numeral 37 de la Constitución Pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo de hoy, leemos: “La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano. A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo. Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este mundo (Rm 12, 2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres. A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro».

Nunca insistiremos suficiente –ni nos cansaremos de repetir- las dos dimensiones de la Santa Cruz, que con su poderosa síntesis nos señala en la dirección del doble Mandamiento de Jesús, que condensa toda la ley y nos da la vida eterna: El estipe, el madero vertical, –como un puente que une Cielo y tierra- señalando el «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu», y el patíbulo, el madero horizontal (de hecho, la palabra griega que aparece en el Evangelio de San Mateo 16, 24 es σταυρός [stauros] que significa estrictamente “patíbulo” recordándonos, que no termina ahí, sino que nos remonta aún más allá, convocándonos a la fraternidad y la solidaridad: «y a tu prójimo como a ti mismo», sin lo cual, el Primer Amor queda truncado, incompleto y por eso imperfecto y hasta fatuo. Ya hemos leído en 1Jn 4, 20 que «si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto; ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?»

 

Lo que nos conduce a admirar el poder Redentor del Amor y el prodigio re-Creador de la Cruz. Nos lo explicaba San Juan Pablo II, en su Primera Encíclica, la Redemptor Hominis, en el # 10: “En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! «Ya no es judío ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo… debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo... ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor»,… En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo... La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado.”


Así del Gran Misterio de Dios pasamos al Hermosísimo Misterio de Jesucristo, que es la Persona de Dios Revelada que denominamos Evangelio, porque hemos de recordar que el Evangelio no es un Libro de la Biblia, ni cuatro; el Evangelio es la Persona de Nuestro Señor Jesucristo –como lo llamara San Juan- el Logos, la Palabra. Y, de allí, para ir de Misterio en Misterio (manteniendo siempre en claro que la nuestra no es una Religión mistérica, en el sentido de mantener bajo hermetismo ciertos misterios sólo develados a sus “iniciados”), pasamos al Misterio de la Iglesia, esposa de Jesucristo, Misterio desconcertante por ser Santa pese a estar formada por seres humanos que somos todos -con la excepción de Jesús y María- tan pecadores. La Iglesia «… trata de guiar con gran amor a todos los fieles en la formación de una conciencia moral que juzgue y lleve a decisiones según verdad, como exhorta el apóstol Pablo: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12, 2). Esta obra de la Iglesia encuentra su punto de apoyo —su secreto formativo— no tanto en los enunciados doctrinales y en las exhortaciones pastorales a la vigilancia, cuanto en tener la «mirada» fija en el Señor Jesús. La Iglesia cada día mira con incansable amor a Cristo, plenamente consciente de que sólo en Él está la respuesta verdadera y definitiva al problema moral… Concretamente, en Jesús crucificado la Iglesia encuentra la respuesta al interrogante que atormenta hoy a tantos hombres: cómo puede la obediencia a las normas morales universales e inmutables respetar la unicidad e irrepetibilidad de la persona y no atentar a su libertad y dignidad.» Así nos explicó San Juan Pablo II, a los quince años de su Pontificado, en la Veritatis Splendor, el “desfase” que hay entre la vida llevada sin fe y la vida que se compromete con coherencia a ser llevada Crísticamente.

 

Existe, entonces, una amenaza al vivir “como dice la gente”, al obrar inopinadamente, acríticamente lo que el mundo nos propone. Por el contrario, lo que Jesús nos da, lo que Él nos revela, conduce a un compromiso de reflexionar lo que conviene y lo que nos daña, pudiendo dañarnos porque daña a alguien, y todos somos uno y todos tenemos responsabilidad tanto sobre el daño propio como sobre el daño a terceros, así esa responsabilidad no esté sancionada por las leyes humanas. Es más, las leyes humanas pueden aceptar y hasta promover conductas y actos anti-cristianos, y no por eso dejan de ser distanciamiento y negación de nuestra Amistad con Dios. “Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía” (Jer 20, 9): Enamorarse de la fidelidad del discipulado.


Tomar la cruz y seguirlo no consiste -como alguien llegó a imaginarse- en actos de autoflagelación, no consiste en incurrir en conductas masoquistas.  Al contrario, seguir a Jesús, con la propia cruz a cuestas, puede ser la más festiva y alegre historia de gozo y feliz vitalidad. Ya lo dice Jesús, su Yugo es suave y su Carga liviana (Cfr. Mt 11, 30). Inclusive, y esto no se nos puede quedar sin decirlo, tomar la propia cruz y seguirlo es buscar nuestra realización con la mayor plenitud posible. ¿Cómo es eso?, preguntarán muchos que viven creyendo que la vida santa es una vida triste. ¡Qué perspectiva más deformada ha difundido el Patas! Los medios de comunicación muestran a monjes y santos siempre lánguidos y llorosos mientras que en realidad –y quien los haya conocido lo afirmaran con desconcertada sorpresa: “vivía con una sonrisa permanente, sin aflicciones ni angustias… era una persona alegre y acogedora que despedía un halo de plenitud, de alegría, de paz”. Hasta, del mismo Jesús llegaron a decir que era un bebedor y un glotón (Cfr. Mt 11, 19) porque su manera de vivir, su propuesta no tiene nada que ver con vivir dolorosa o aburridamente. Ya lo reza el adagio popular: ¡“Un santo triste es un triste santo”!

 

¿Pero qué pasa entonces con el dilema obediencia-libertad? Digámoslo ya, sin prolongar más el interrogante: ¡Es falso! ¡No hay tal disyuntiva! Si queréis oírlo, con toda sinceridad, el verdadero dilema es entre egoísmo y generosidad, entre obsesión de mando y capacidad de servicio; pero nadie, menos Dios –que nos creó libres, y cuando nos vio esclavos en Egipto, obro prodigios de liberación- va a querer que retrocedamos a la condición de esclavos. «El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf. Sal 73[72], 23-28).», nos explicitaba el Papa Emérito, Benedicto XVI, en su Deus Caritas est #17.

 

Vayamos con cautela, que Dios puede rescatar, de un gran pecador, un San Agustín, por sólo hacer mención de un caso para ofrecerlo como verdadero paradigma: Nos previno Papa Francisco –diciéndolo sobre el matrimonio- en #307 de su Amoris Laetitia, y nosotros nos atrevemos a ampliarlo para alertar contra la reducción de cualquiera de las plenitudes propuestas por Nuestro Señor: “Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno […], el proyecto de Dios en toda su grandeza:... La tibieza, cualquier forma de relativismo, o un excesivo respeto a la hora de proponerlo, serían una falta de fidelidad al Evangelio y también una falta de amor de la Iglesia [...] Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano.”: Concluyamos con una verdad escatológica de a puño: “el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Mt 16, 27.


“Dios Todopoderoso, siembra en nuestros corazones el amor de tu Nombre, para que haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros, y con solicitud amorosa lo conserves”.

 

 

viernes, 28 de agosto de 2026

MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA

 


Jr 1. 17-19

 

El Señor les dio el coraje y el empuje para superar esas dificultades.

Carlo María Martini

 

En los relatos “vocacionales”, uno encuentra que Dios no va en busca de aquellos que reúnen una serie de cualidades especiales, sino que Él llama y dota de todos los atributos requeridos, poniéndolos en las personas que ha sido vocacionadas. Que no son algunos pocos, pues todos recibimos un “llamado” y miles de oportunidades para glorificar al Señor, día tras día.

 

Aquí hay un no sé qué de confianza, hasta de familiaridad, lo cierto es que -contrario al “terror pánico” que invade a muchos de los vocacionados, Jeremías, reboza confianza, a una vez que serenidad, pese a su personalidad un tanto tímida.

 

Aparece aquí la palabra מָתְנָ֫יִם [mothen] traducida por “lomos”, pero que significa también “cintura”; תֶּאְזֹ֣ר מָתְנֶ֔יךָ [tezor mateneka] “cíñete la cintura”. Consiste en atarse la vestidura para poder salir de casa. Un tanto análogo con aquel “amárrese los pantalones”, que enfatiza menos el arreglarse las vestiduras, como el “afianzarse en una decisión”, “no vacilar para nada” ante la tarea propuesta: ¡Ponte en píe y diles lo que Yo te mando!

 

Pero, además, “ceñirse los lomos” connota también un aprestarse a llevar la carga: la carga se lía a las espaldas, y si se trata de un animal caballar, se le ata al lomo, de manera muy cuidadosa para que no se vaya a aflojar por el camino y se pierda la carga. Así también, nuestra carga deba ir como en una especie de morral, bien asegurada a nuestra espalda, para que podemos llevarla hasta su destino, sin perder ni una partícula: la carga es pues, metáfora de la “misión” encomendada a cada quien.

 

Así que en este “relato vocacional”, Dios deja brillar su Accionar y su Poder, y cómo lo deposita en la personalidad del “vocacionado”, otorgándole todo lo indispensable al cumplimiento de lo encargado: ¡Ten confianza en Mí, tu misión está en Mis manos!

 

Hay dos visiones previas (Jer 1, 11-15), donde esta investidura se oferta en un doble plano:

1)    La Palabra que va a pronunciar será Palabra eficaz.

2)    La Palabra estará llena de Mensaje, rica en significación

 

Las visiones son respectivamente simbolizadas con una rama de almendro y con una olla hirviente puesta al fuego, como presagio de calamidades venideras, la olla está a punto de derramarse por su hervor.

 

Estas dotes que el Señor le entrega aparecen aquí enumeradas:

a)    Te convierto en Plaza Fuerte

b)    En columna de hierro

c)    En muralla de bronce

Jeremías, el “vocacionado” -que nos sirve de ejemplo y modelo en este relato- debe ser consciente que aun cuando él se mire a sí mismo como un “servidor frágil”, en realidad Dios le ha dado una resistencia acerada para garantizarle la capacidad necesaria.

 

Con esta solidez enfrentará a:

a)    Los reyes y los príncipes de Judá

b)    Los sacerdotes

c)    Las gentes del campo

El Señor le confiere la divisa para su escudo: “Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque Yo estoy contigo para librarte”.

 

Siempre tenemos la tentación de pensar que estos mensajes bíblicos fueron pensados para personas muy especiales, esa es la mentalidad que generalmente se nos inculca; pocas, poquísimas veces, caemos en la cuenta que en realidad están aquí para nosotros, que nos hablan a nuestro corazón y nos llaman, a cada quien, según el papel que le cabe en la historia.

 

Todos los personajes bíblicos son personas como nosotros, que -a pesar de sus debilidades y defectos (no son supermen, esas son cosas del cine)- Dios los llena de todos los atributos necesarios para su “misión”. Inclusive os más débiles -pensemos en la tartamudez de Moisés, que pese a todo Dios lo pone al frente, y le da a Aarón y a María, su hermana, para

que pueda salir adelante cumpliendo su encargo cabalmente. No leamos la historia como la espera de superhéroes, aun cuando la literatura de aventuras y el cine de acción hayan fortalecido ese mito.

 

Tampoco al leer la vida de los santos, pretendamos hacerlos personajes súper-humanos, y reconozcamos que son, hombres y mujeres que deciden ponerse por entero en la Tiernas -y-Poderosas-Manos-Divinas.


Quitémonos esa manera de leer la historia como “datos” sobre lo que otros hicieron, y comprendamos que, con estas páginas bíblicas, Dios nos hace ver que nosotros también podemos vivir coherentes y responder al llamado con seguridad, con firmeza, con carácter, con temple. Entendamos que ¡Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los llamados!

 

Sal 71(70), 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17

Se trata de un salmo de súplica. Al leer el salmo integro, nos damos cuenta que el Salmo se orienta a rogar ante la llegada de los años seniles y las debilidades que les son connaturales. Sin embargo, la perícopa proclamada lo hace extenso a una situación más general, ante la acechanza de peligros y enemigos que van brotando en el camino y sirviendo de obstáculos insuperables, rogamos para que el Señor sea nuestro defensor y nos brinde su defensa y nos socorra con fuerzas suficientes para remontar los percances que la vida nos presente, hasta que lleguemos al Culmen, que es Su Presencia.


Cuando la lluvia arrecia, y estamos a la intemperie, siempre buscamos, afanosos, un alero, bajo el cual nos podemos proteger. Aquí las amenazas que se ensañan son la lluvia tempestuosa, y Dios, el refugio que nos resguarda. Él no vacila, ni atraviesa remilgos, para ser Paraguas, contra el más torrencial chaparrón. Por eso lo llamamos Justo, porque no es discriminatorio. Además, Él inclina la cabeza -con Ternura- para escuchar mejor nuestras plegarias y permitir que en Su Corazón florezca la solución que nosotros le suplicamos.

 

Si nos atacan a pedradas, Él es una roca que sirve de farallón inexpugnable, es una barrera de acero que no puede ser penetrada por el proyectil más poderoso. Y le rogamos que, con Su Misericordia, haga tullida, toda mano que pretenda descalabrarnos.

 

Agradezcamos al salmista que hace manifiesta la Presencia de Dios en nuestras vidas, que llega tan pronto a nuestro ser que ya está en nuestra juventud, en nuestros más infantiles años e incluso antes de nuestro nacimiento, cuando nos hemos vuelto sueño ilusionado en el corazón de nuestros padres, porque ya Él estaba Pensándonos y Escribiendo un nombre para nosotros en el Libro de la Vida.

 

Aprovechamos esta súplica para declarar y reconocer que ha sido Dios quien nos dotó de labios y pensamiento que conocieran palabras y entendieran cómo glorificarlo, para que, desde nuestro primer momento, con nuestras primeras palabras y hasta el fin de nuestros días, estemos siempre cantándole alabanzas y glorificando Su Santísimo Nombre, que es Justicia, que es Rectitud, que es Derecho, porque Él vela por todos nuestros derechos y los defiende de todo depredador. No sólo nos ha dado Mandamientos, también nos ha dado “profetas”, “precursores” que denuncian, que nos señalan donde reina la injusticia, el atropello, la impiedad, la iniquidad, donde Él quiere que llevemos la Voz de la Denuncia.

 

Mc 6, 17-29

Lo que me impresiona es la multiplicidad de las personas, de las pasiones, de los intereses, de las mezquindades, de las bellaquerías, de las crueldades que giran alrededor de Juan Bautista: Herodes, Herodías, la hija, los invitados, los asesinos, los guardias, todos parecen esclavos de una lógica del poder, de temor, de envidia, de venganza, de sensualidad.

Carlo María Martini

 

Jesús envía a sus discípulos comisionados para anunciar el Reino de Dios. Tal vez el hagiógrafo tendría que seguir su relato narrando cómo les fue en su tarea, después de ser preparados por el propio Jesús, uno esperaría que continuara en esa línea. Pero eso no es lo que hace Marcos. Antes de contar que regresaron y cómo les fue, y que digan que obraron prodigios y que hasta los demonios les obedecían, él pasa a relatar el “Martirio de San Juan -El Bautista”. Esta interpolación nos permitiría decir que este evento, pinta cómo les fue. Que el producto fue la expulsión de demonios, es cierto, pero, antes de que los demonios sean ahuyentados, ellos tuvieron que asperjar la historia con su propia sangre.

Por eso es que este relato está insertado aquí, para dejarnos ver que la Evangelización que señaliza la ruta salvífica, está pintado con tinta sangre, la de los “precursores”: «Son los que han lavado y emblanquecido sus ropas en la sangre del Cordero. Por eso están delante del Trono de Dios, y le rinden culto en su Templo de día y de noche; y el que está sentado en el trono los protege con su presencia»» (Ap 7, 14-15).

 

¿Cómo se engancha y que pieza les sirve de puente, a lo que se viene relatando, para insertar la decapitación del “precursor”? Las noticias que le runruneaban al oído a Herodes acerca de Jesús. Aquí se introduce una idea muy cristiana, la de “resurrección”. (Aquí habría que recordar que Marcos no tiene los relatos “resurreccionales” de Jesús, y sólo nos relata de un “joven” que les dijo a las mujeres que no lo buscaran entre los muertos porque Él había Resucitado).

 

Nos dice, también que algunos pensaban que Juan era el esperado profeta Elías, que aún los judíos siguen esperando que vuelva, puesto que se había augurado que Elías habría de volver -por eso no había muerto, sino que sólo había sido llevado por una carroza- poco antes que llegara el Mesías.

 

En conclusión, ¿qué explicación había escogido Herodes? Se había ido por la de Juan resucitado.

 

¿Cómo empezó esta bronca? Juan le había dicho que no era licito que él viviera en adulterio con la esposa de su hermano, se granjeó el encono de Herodes y de su mujer, así que Herodes lo mando a apresar y lo tenía encarcelado.

 

Con motivo de una fiesta-banquete que se ofreció por el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó, uno de esos meneos de cinturita que dejó enloquecido y con ojos desorbitados a Herodes, y le ofreció que le daría cualquier cosa que pidiera inclusive medio país del que le habían entregado en administración. Debe anotarse que Herodes no tenía real autoridad para entregar nada, el país le “pertenecía” a los romanos que lo sujetaban bajo su imperio, él no era más que un administrador títere; pero aquí resulta presumiendo de poder repartir lo que no le pertenecía. Sin embargo, los investigadores no dudan que quizás lo ofreciera, puesto que la gente alcoholizada -se pasan de lengua- y suelen ofrecer hasta su ropa interior.

 

La chica en cuestión -azuzada por la mamá, que ya se sabe “madre no hay sino una y a Salomé le vino a tocar esa tal Herodías”- pidió la cabeza de Juan, y un verdugo fue inmediatamente -enviado por Herodes- para cumplir la ejecución y traerle a la joven la satisfacción de su cruento capricho.

 

Esto es lo que traemos hoy al corazón: La memoria del “precursor”, no solo por ir delante anunciando su venida -como heraldo-, sino, la más grande, honra y honor de su vida y su fidelidad, por haber caminado por delante de Jesús en la entrega de su propia vida por la causa del Reino.


Juan fue precursor entapetando, el Camino del Cordero de Dios, con la tinta sangre de su propio martirio.

jueves, 27 de agosto de 2026

Viernes de la Vigésimo Primera Semana del Tiempo Ordinario

1Cor 1, 17-25

La perícopa de hoy, con la que iniciamos el estudio de este documento Paulino, hace un paralelo entre la sabiduría “mundana” y la sabiduría cristiana. Uno podría, perfectamente hablar de la contraposición entre la falsa sabiduría y la verdadera.

 

El primer argumento que encontramos es que Cristo no envió a Pablo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio. Este es el primerísimo punto.

 

Sin ninguna interrupción, establece el segundo elemento: “este anuncio no se hace con sabiduría mundana, no estriba en “palabras”; sino en una “necedad”, algo ilógico, algo fuera de la órbita del pensamiento griego, de su muy sonada y famosa “lógica”. Este anuncio está asentado sobre la Cruz.

 

¿Quiere esto decir que el bautismo es lo de menos? ¡Absolutamente! Lo que quiere decir es que su misión es la del “heraldo”, la del “Keryx”, y, otros tienen a cargo la Sacramentalidad. Algo así como si en agricultura dijéramos, a uno corresponde esparcir la semilla y otros operarios tienen a su cargo, despejar, limpiar, abonar, regar. Todos, toditos somos operarios del mismo Señor, Dueño del Campo. ¡No es cosa de nombres! aun hoy unos quieren mantener en sus manos los méritos y hacerse dueños y señores de lo que pertenece a Cristo Nuestro Señor. Esto es introducir divisionismo. Aquí no hay otro Señor que Nuestro Dueño.

 

¿Nuestro Dueño? ¡Si! Porque Él nos compró a precio de Su sangre; pero nos compró, no para retenernos esclavos, sino para que fuéramos Libres en Jesucristo. Todo intento de someternos es una labor diabólica: Que se sepa bien, nuestra formación no contiene procedimientos de sujeción, no hay un sacramento de “cortarnos las alas”, al contrario, los “pastores” que Dios nos ha dado están allí para darnos alas, y esas alas sirven para volar, más alto que las águilas, hacia Dios.

 

Aquí se nos presenta un verdadero axioma del “sistema del pensamiento cristiano”: «El mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad, de la predicación, para salvar a los que crean». 

 

Cuando hablamos de la Cruz como anuncio esencial, como médula del kerigma, tenemos que entender que la cruz lleva asociado un mensaje de “no-violencia”. Los de la sabiduría del mundo inmediatamente se acomodan el cinturón para asegurarse que no se les escurran los pantalones, porque les están tocando su “intachable-ideología” la de la guerra, su tan acariciado belicismo, su tan comercial armamentismo. ¡Que no nos hablen de paz, -dicen ellos- que no nos toquen el negocito!

 

Podríamos dejar preparado un dispositivo de comprensión y discernimiento: Nuestra fe es cristocéntrica- y no son los agentes de pastoral los que podrán venir a sacarlo de su legítimo Centro.  Y nosotros, que hemos sido llamados a ser “agentes” -no estamos para tratar de suplantar el Centro- que nuestra misión es señalar en dirección a Jesús como centro inamovible, como “piedra angular”.

 

«Según San Pablo, la fe cristiana no se reduce a creer en una serie de “dogmas”, ni a cumplir una serie de leyes, ni a practicar ritos religiosos especiales. Su fe se centra en una persona: Jesús, a quien quiere conocer a fondo para poderlo querer de veras y ser capaz así de seguirlo cada vez más de cerca. Se trata de querer y seguir a alguien que es plenamente Dios y plenamente hombre, imagen humana de la divinidad, camino nuevo y vivo para llegar a Dios con confianza y seguridad». (José Luis Caravias s.j.).

 

Hay quienes, como los griegos se dedican a perseguir la sabiduría y compran pasajes hasta el mismo rincón del mundo donde les digan que encontraran su “guru”; están los judíos, cuyo afán y desvelo consiste en ver los “signos”, y montan sus observatorios y ensamblan sus laboratorios bajo carpa o a la intemperie, para procurar registrar uno o algunos de ellos, que cuantos más mejor y más contundente será la prueba.


¿Y, nosotros, qué buscamos, en qué carrusel de influencers estamos pivotando?

 

La sabiduría de Dios, si la queremos aprender, está en el Crucificado: ¡Mirad al que traspasaron!

 

Sal 33(32), 1-2. 4-5. 10-12

Vamos buscando a Dios como si Él estuviera, como el cofre de un tesoro, en algún único sitio. Caminamos leguas y leguas buscando al Emmanuel, es más, acostumbrados a mirar al firmamento -confundiéndolo cielo con Cielo- precisamos su Presencia en las alturas, cuando la fe nos habla de las Alturas para estipular su Inabarcable Grandeza. Alturas simboliza que lo llena todo y Emmanuel que va siempre con nosotros. Habita en nuestro corazón y los sensores se deben dirigir a nuestro interior, a nuestro corazón, donde ha venido a habitar. Ese Habitante Grandioso, Altísimo (no tiene nada que ver con estatura), tiene dos Talantes que configuran su Perfil: Justicia y Rectitud. No hay que mirar sólo hacia arriba: ¡Él llena toda la tierra!

 

Prestemos atención a lo que nos “revela” este himno” que se proclama hoy: “Su Misericordia llena la tierra”.

¿No están estas dos perspectivas en contradicción? ¿Llena la tierra o está en nuestro corazón? Una de dos… ¡Pues no! Él llena la tierra porque en toda la tierra hay habitantes que creen en Él, que Lo llevan en su corazón, de esa manera llena la tierra con su Presencia, porque está Presente en todos los que se reclaman discípulos suyos. Llena también la tierra de manera sacramental, en los Elementos que el santificó para que fueran soporte de su Presencia Universal, demos dos ejemplos: Dónde haya agua que potencialmente llegue a servir para bautizar -porque cuando Él fue bautizado, santifico todas las aguas de la tierra; segundo, en cada Sagrario donde haya formas consagradas; para limitarnos solo a estos dos. Su Presencia Sacramental es, por antonomasia- Misericordia que llena la tierra.

 

Esto no es cualquier cosa, que Dios sea Dios-con-nosotros, es algo verdaderamente digno de festejar, no sólo los consagrados, sino todos los que tengan algo de bueno, algo de anhelo de Encontrarlo, estamos llamados a entonar -acompañados por la cítara- los cantos y los himnos más hermosos. Busquemos con diligencia un arpa decacorde (de diez cuerdas) para tocar en Su Honor.

 

Lo que viene de Dios son todas, acciones leales y todas las Palabras que pronuncian Sus Labios, son Palabras Sinceras. ¿Por qué lo adornan la Justicia y la Rectitud? Muy sencillo, porque estos dos rasgos son las características que Él más ama y a través de las cuales nos muestra sus destellos.

 

Ya sabemos que hay dos clases de sabiduría -la mala y la buena- la mala es la que tienen los perversos, los que obran el mal, sus planes Dios los desbaratará; también está la sabiduría Divina, que traza siempre planes justos, dirigidos por el Espíritu de la Rectitud, esos proyectos son eternamente duraderos, porque son los planes de Dios Omnipotente, que lo único que no puede es obrar el mal, porque se saldría de su Justica y de su Rectitud. Lo único que Dios no puede es negar la Inquebrantable Bondad de su Propia Misericordia.

 

Nos unimos al salmo proclamando por triplicado que “La Misericordia del Señor llena la tierra”. חֶ֥סֶד יְ֝הוָ֗ה מָלְאָ֥ה הָאָֽרֶץ׃ [Jesed Yahweh ma-leja hajares] Más exactamente dice: “La Lealtad del Señor a Su Alianza, llena toda la tierra”. En tal caso, la Misericordia queda definida como “Fidelidad de Dios a sus Pactos”.

 

Mt 25, 1-13

Vamos a proceder con una parábola, es otra parábola donde se explicita en qué consiste el Reino de los Cielos. Viene bien reiterar que el judaísmo no pronuncia el Nombre de Dios, por ser algo tan Santo, es el superlativo de la santidad; se abstienen de pronunciarlo para que la pecaminosidad de nuestros labios no Lo manchen. Mateo que es un judío, hablándoles a los judíos, no puede pronunciar el Nombre Santísimo, por eso en vez de nombrarlo dice “de los Cielos”.


Esta zona del Evangelio Mateano nos presenta un estudio escatológico. De nuevo, no nos da datos sobre fechas, ni pistas para ponerle “fecha fija” y “etiqueta de caducidad”. El, permanece incognito, pero -lo que sí es definitivo- es que nos enseña que debemos prepararnos, hacer los trámites de pasaporte, pagar los impuestos de aduana, preparar las valijas, y poner al día todos los tramites que estén pendientes.

 

El tema que hoy nos ha tenido atentos es el tema de la sabiduría dúplex. Muchas veces pensamos que hay una sola sabiduría y que toda sabiduría tiene que ser buena y no sabíamos que hay una sabiduría engañosa, una falsa sabiduría, en realidad se trata de una ignorancia engalanada, prepotente, maquillada, con muchísimas cirugías plásticas a cuestas.

 

En las bodas judías de aquel entonces, el primer paso era el desposorio llamado Kiddushin o Erusín, que era el matrimonio “formal”: La pareja ya se consideraba legalmente casada, pero no vivían juntos, ni tenían intimidad. Después de lo cual, la novia seguía durante un año en la casa de su propio padre. Durante este tiempo, ella se preparaba para su nueva vida y demostraba su fidelidad, mientras el novio preparaba el nuevo hogar, que con mucha frecuencia era simplemente una habitación añadida a la casa de su papá.

 

La boda (Nisuín), propiamente dicha, sucedía después de trascurrido ese año: el novio, acompañado de sus amigos, iba a la casa del padre de la novia acompañado de un cortejo integrado por sus amigos. Recogía a la novia para llevársela, a su nueva casa, donde se celebraba el banquete de bodas, a menudo, en medio de una especie de procesión nocturna, con lámparas de aceite de oliva que llevaban las amigas de la novia para iluminar el camino, y comenzaba, ahí sí, la convivencia definitiva.

 

La falsa sabiduría es inmediatista: no lleva aceite extra para su lámpara, porque piensa que todo sobrevendrá cuando se les antoje, es por eso que no son previsivas, sino arrogantes y altaneras. Para esa sabiduría, el novio tiene que llegar -y eso les pasa a las “novias” caprichosas, que en el relato se les llama μωραὶ [morai] “necias”, “tontas”, “insensatas”, “carentes de seso”- cuando ellas se lo ordenen: para esa clase de novias, el Novio es un mequetrefe, y según su dictadura, tendrá que acceder a sus horarios y ceder por completo a sus caprichos. He ahí su insensatez.

 

Como así se han acostumbrado, a la hora que se anuncie la Llegada, pretenderán confundir con patrañas la “sabiduría verdadera” y sonsacarles el aceite a las muchachas previsivas. Con carita mañosa, tentarán a las verdaderamente sabias, presentándoles sus alcuzas vacías, pidiéndoles que compartan lo que no se puede compartir. ¡Atención! ¡Este tipo de aceite es “personal e intransferible”!

 

Esta parábola contiene una enseñanza preciosa: Cuando se abra la puerta de la verdad, no habrá, aplazamientos, ni entradas alcahuetas saltando la cerca, o por la ventana rompiendo el vidrio, o por la puerta falsa; sólo habrá una entrada, y sólo estará abierta cuando “suene la trompeta” que anuncia el principio del banquete de Bodas del Cordero.

 

Cuando lleguen las de la falsa sabiduría, el Señor no podrá mentir: no las podrá reconocer porque ¡nunca antes las ha visto! Él, que siempre habla con Verdad, no podrá mentir en aquella Hora, aun cuando ellas afirmen haber bailado con Él en alguna fiesta, o en algún carnaval.

No le demos tantas vueltas al asunto:¡Tengamos siempre la alcuza repleta de aceite! Hay una sola solución. ¡Estar siempre alertas, velando, porque desconocemos el día y la hora!