sábado, 20 de junio de 2026

HABLAR SIN MIEDO, DECLARARNOS DE JESÚS

 

Jer 20,10-13; Sal 69(68),8-10.14.17.33-35; Rom 5,12-15; Mt 10,26-33

 

Yo creo que si tenemos la luz y el coraje necesarios para responder que Dios ha permitido las pruebas para formarnos como ministros de la consolación, para hacernos capaces de dar palabras de consuelo, entonces habremos descubierto de verdad el dinamismo del misterio de Dios.

Card. Carlo María Martini

 

Este Domingo XII del Tiempo Ordinario –vamos al Evangelio de San Mateo, ya que estamos en el Ciclo A- somos llamados y enviados a reconocer a Jesús como nuestro norte espiritual y a no negarlo. Papa Francisco nos ha llamó a ser una Iglesia en Salida, que se sabe acompañada fielmente por su Señor, una Iglesia, de Puertas Abiertas, y no cerrada y trancada con la estaca de sus miedos, prevenciones y prejuicios. No puede quedarse cerrada en sus mañas, metida en la Sacristía como en su “cuarto de pánico”. Sino una Iglesia que sale, que se expone a equivocarse, aun cuando tenga que pedir excusas y corregir y volver a empezar. Una Iglesia Misionera.

En esta Liturgia proclamaremos el Salmo 69(68) que está estructurado en tres partes: La Lamentación, La Oración y La Acción de Gracias. De esta manera retomamos el tema de la acción de gracias. Celebraremos, esta vez, la Fiesta del Discipulado, más aún, del Envío. Regodeémonos saboreándolo:

 

Dios mío, tu Salvación me levante.

Alabaré el nombre de Dios con cantos,

proclamaré su grandeza con acción de gracias;

le agradará a Dios más que un toro,

más que un novillo con cuernos y pezuñas.

 

Miradlo los humildes y alegraos,

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Que el Señor escucha a sus pobres,

No desprecia a sus cautivos.

 

Este Salmo pertenece al género de las súplicas, donde el Salmista es consciente de encontrarse sorteando un gran peligro, en este caso la situación es verdaderamente peliaguda: Se sufre persecución por Dios, por estar de la parte del Señor-Dios es que se ve amenazado, lo odia una multitud, porque a él “lo devora el celo del Templo” de Elohim (אֱלֹהִ֑ים); este es el mismo versículo que rememoran los discípulos cuando ven arder la ira en Jesús – al ver profanado el Templo de Jerusalén- por los mercaderes y cambistas en Jn 2, 17.


Tropezamos aquí, sin embargo, con el enorme contraste entre el Primer Testamento y el Segundo. En aquel, el salmista invoca la ira de Dios para que cobre venganza contra estos que son “más duros que los huesos” y que “lo atacan injustamente”; en la Segunda Alianza, no hay rencor por parte de Jesús, Jesús es el Sacramento del Padre cuyo Misericordioso Rostro es el de Dios-Perdonador. Dios no se defiende de sus perseguidores con la retaliación, Él sufre Paciente como nos lo muestra en su Hijo, que va como manso cordero al matadero.

 

Pasemos al Evangelio y examinemos su estructura: Estamos, en esta parte del capítulo 10, en el discurso apostólico, el discurso del “envío” donde Jesús los manda a predicar, los asocia a su misión, pero es Él mismo quien parte y se encarga. Se nos presenta una “cebollita” (quiasmo). ¿Cuál es el corazón de esa cebollita? Los versos 24-25 que se refieren a la “equivalencia” entre maestro y discípulos, ninguno está por encima, si al Maestro-Amo lo han perseguido, no será distinta la suerte de los Discípulos-Siervos; Amo y siervos serán en la misión co-corporeos. La meta de los discípulos consiste en correr la suerte y alcanzar la meta del maestro, seguirlo sin perderle pisada. Cuando esto suceda “¡todo estará cumplido!”. Es la meta de la cristificación, ser como Él, correr con su mismo destino, (en otra parte comentamos que no todos están llamados a ser mártires derramando su sangre, y que muchos son mártires incruentos en el sentido que lo pone Orígenes: "Todo el que da testimonio de la verdad, bien sea con palabras o bien con hechos o trabajando de alguna manera en favor de ella, puede llamarse con todo derecho: mártir".

 

Tratemos de retomar el tema de la “cebollita”. La capa más exterior está formada por arriba, por los versos 9,35-10,5, que son los versos donde llama y nombra a sus apóstoles, les da instrucciones y los envía; y por debajo, por el verso 11,1 donde, es Jesús quien al terminar este “comisionar” a los suyos, parte a “enseñar y anunciar el mensaje en los pueblos de aquella región”. (Nos envía y se va con nosotros).


Debajo de esta capa, viene la segunda capa, que tiene por arriba los versos 10, 5-15 donde se les instruye para ir a sembrar paz, advirtiéndoles que sólo algunos la recibirán; por abajo encontramos esa enigmática consigna en torno a la paz que sembramos: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada”. La misma que probaran San Pedro y San Pablo. Son los versos 10, 34-42. Todo el final del capítulo 10.

 

Pasemos, por último, a la tercera capa, la que envuelve el corazón. Es la que se refiere a nuestro tema de hoy: Las “persecuciones”. Por arriba está conformada esta capa por los versos 10, 16-23: Él nos envía “como ovejas entre lobos, en ese contexto, estamos llamados a ser (φρόνιμος) “cautos” (prudentes-inteligentes) como serpientes y (ἀκέραιοι) “íntegros” (sencillos, auténticos, puros) como palomas”; y, por abajo, está la perícopa que leemos hoy, los versículos 26-33 del capítulo 10: «El Anuncio y la práctica de la justicia ponen al descubierto todos los fraudes y los disfraces, mostrando la debilidad de aquellos que se consideran poderosos, al explotar y oprimir al pueblo. Cuando se revelen sus engaños, quedaran furiosos y pasaran  a la violencia.

El facineroso construye su feudo apuntalado en el maltrato, la persecución y la muerte. La ignominia que el malvado quiere hacer resplandecer es la del miedo. El profeta que, en este caso es Jeremías se consagrar a arrancarle su mentiroso disfraz de oveja -que usa para colarse en el rebaño-; alza la antorcha para que con su Luz quiebre la tiniebla tras de la cual agazapa su mentira. «Jeremías se siente víctima del poder de Dios. Tiene que gritar lo que al pueblo no le gusta. Este se burla del profeta. Jeremías decide no volver a hablar, pero le resulta imposible no hacerlo. La fuerza de Dios lo domina y lo impele, y no tiene más remedio que seguir hablando»[1]

 

¿Qué hacer? Confiar en el Padre. Dios tiene conocimiento de todo, inclusive de la muerte de las avecillas. Pero el discípulo vale más que una avecilla. No debemos tener miedo a los injustos, que sólo pueden acabar con nuestro cuerpo, pero no con nuestra conciencia y nuestras convicciones. El único temor lo debemos tener a Dios, porque de Él viene la vida, y sólo Él puede destruirla. También mataron el cuerpo de Jesús, pero Él está vivo hasta hoy, y hasta hoy continúa actuando, de una manera multiplicada…»[2]

 

«El profeta culpa a Dios de su desgracia, siente hundirse en la desesperación, pero al fin tiene la certeza de que Dios está con él y es su fortaleza»[3]. Nos es duro y difícil asimilar este status de víctimas y no digerimos el misterio que encierra; pero, es una ruta de dulzura, proceso que ablanda nuestro corazón, aprendizaje de la ternura y la suavidad. En ese camino reconocemos y captamos las claves de la consolación. Nos apacigua, y nos gana para llegar a ser cautos e íntegros. Podremos presentarnos ante Dios con sencillez y pureza. Así se dulcifica nuestro corazón para hacer de él tibio nido del Espíritu Santo.

 

En este proceso se pulen las aristas de las prepotencias, la confianza en las dictaduras, la falsa convicción que dimana de las hegemonías. Se reconoce la flacidez engañosa de la fuerza y la violencia. «Me da pena ver a personas sin fe o que han dejado dormir su fe y esperanza, y que en las pruebas buscan refugiarse en el alcohol, en la droga, en el sexo, en la evasión en tantas cosas que crean más prueba, que llevan a la perdida de la esperanza y que rebajan al ser humano a profundidades o situaciones de pecado que destruyen… En esta sociedad de hoy la gente sufre. Es la sociedad en la que cada cual que se las arregle, la sociedad del entretenerse, evadirse, enmascarar el dolor y pasarla bien.»[4].

«La vida sin prueba, sin sufrimiento es una utopía… Si tengo fe, si vivo mi vida en Cristo, en el Espíritu, experimentaré que la prueba tiene una respuesta. Esos momentos duros son espacios para la “compasión”, para la ternura y la dulzura de Dios… Aún en medio del sufrimiento el Espíritu Santo me consuela, me anima, me estimula, me motiva y me empuja hacia adelante. Dentro de mí hay una fuente de esperanza que me hace saber que lo imposible se hace posible. Esto llena mi alma de consuelo. Es el momento de experimentar que el sufrimiento vivido con la fuerza y dulzura del Espíritu, del Consolador, engendra dentro de mí una paz profunda, una paz que aún en el dolor no se pierde. Es como una armonía interior, como una calma y serenidad profundas que me llevan a no tener miedo a sufrir, sino a gozarme en la prueba… Desde mi fe puedo ser “consolador”, con el Espíritu Santo, de los que me rodean. Si tengo una vida interior, una vida en el Espíritu, mi palabra, mis gestos, mi cariño y mi cercanía irradiaran en el probado consuelo, paz, confianza y bienestar.»[5]

 

«Dios quiere hacer de nosotros instrumentos elegidos de consolación de su pueblo, de una ciudad desolada, nos quiere ministros de una nueva alianza mucho  más de cuanto lo deseamos nosotros; y para realizar su Voluntad no nos escatima oscuridad y sufrimientos, para que la Palabra pueda ser pura, incisiva, convincente»[6].


«El estribillo “no temáis” (cf. “no andéis preocupados”: 6, 25, 27, 28, 31. 34bis!). Significa ante todo que nosotros somos efectivamente presa del miedo. Este es el punto de partida que hay que reconocer. Pero no debe ser el punto de llegada. De lo contrario, se renuncia desde el comienzo a todo camino. El miedo lleva a hacer lo que se teme, sólo la confianza lleva a hacer lo que se desea.»[7]

 

Muchos creen que la fe se ha apagado. ¡Vamos siendo testigos de un reverdecer creyente en el mundo! Hay más personas orando, y entregadas a una contemplación de Dios, gente que se ha entregado en brazos de la Sagrada Escritura, que ha vuelto sobre la vida de los Santos y muchos sacan tiempo para retomar la Liturgia de las Horas. En fin, hay muchos que han podido revivir una experiencia de intimidad con Jesús y han posado su oído en el Pecho de Nuestro Salvador para escuchar los latidos del Sagrado Corazón. No pocos se han asido de la mano de Santa María, la Madre de Dios, para estar cerca de Dios, para ganar amistad con el Espíritu Santo. Otras modalidades de fe –quizás desconocidas, que permanecen ocultas y que el mundo se empeña en acallar- han florecido ¡quien lo creyera! Jesús aprovecha para repetir el llamado y hacer la invitación, a quienes van descubriendo que tienen verdadera sed de Vida.

¿Qué nos pide Jesús? ¿Cómo podemos pasar de este sembrar al cosechar? Queremos encontrar, en el Evangelio de este XII Domingo Ordinario, una respuesta: Todo cuanto Él nos ha susurrado al oído, todo lo que hemos escuchado directamente de su Amoroso Corazón, toda esta experiencia de intimidad que hemos disfrutado en los meses precedentes de este año litúrgico, en Adviento, en Navidad, en la primera fase del tiempo Ordinario, en Cuaresma, en Pascua y ahora, adentrándonos en la segunda fase del tiempo Ordinario, llega el momento de proclamarlo desde las terrazas (cfr. Mt 10, 27d); y, allí mismo leemos: “No les tengáis miedo” (Mt. 10, 26) esta maravillosa experiencia que vivimos, no puede secarse estérilmente en los graneros, ¡salid y esparcid las semillas al viento, que el viento se encargará de llevarlas por doquier y hacerlas germinar generosamente!


Repasemos en Jeremías cómo les irá a los que se empeñan en ser piedras de tropiezo: “El señor es mi Fuerte Defensor, me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará… Canten al Señor, alaben al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa” (Jr 20, 11cde.13). ¡Ea, pues, manos a la obra!



[1] Carillo Alday, Salvador M.Sp.Sr. LOS PROFETAS DE ISRAEL II. Centro carismático “El Minuto de Dios” Bogotá 1986 p. 49

[2] Storniolo, Ivo. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE MATEO. EL CAMINO DE LA JUSTICIA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá- Colombia. 1999. pp. 94-95

[3] Carillo Alday, Salvador M.Sp.Sr. Loc. Cit.

[4] Mazariegos, Emilio L. ESTALLIDOS DE GOZO Y ALEGRÍA. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2003. p. 211

[5] Ibid. pp. 210-211

[6] Martini Crnal. Carlo María. VIVIR CON LA BIBLIA. MEDITAR CON LOS PROTAGONISTAS DE LA BIBLIA GUIADOS POR UN EXPERTO. Ed. Planeta. Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 305

[7] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia. 2da re-imp.2011. p. 214

viernes, 19 de junio de 2026

Sábado de la Undécima Semana del Tiempo Ordinario

2Cr 24, 17-25

Entre tantos “ires y venires”, entre intrigas, golpes y derrocamientos, donde la impiedad campea y deja en segundo término (o en tercer término) la Centralidad debida a Dios y el cumplimiento del derrotero que se la había propuesto a este “pueblo convocado”, se deja notar que la ambición y el engarce desprevenido con propuestas idolátricas ajenas, era definitivo que se rescatara el eje salvífico de la historia y mirar hacia la meta mesiánica, para hallar sentido a toda la confusión imperante.

 

Aquí, el hagiógrafo, va a esforzar la vista, para distinguir en medio del desvío, que Dios sigue confiando en sus elegidos, y -sin abandonarlos- sostiene la Fuerza de sus Promesas. Descubriendo los gérmenes que acá y allá florecen sin desfallecer ante los desafectos.

 

Hay, en todo caso, una voz de denuncia, porque las toxinas diseminadas entorpecen, y no se trata de sembrar vidrios brillantes para ocultar, sino -desde bases sólidas y depuradas, entrever y apuntar al Mesías prometido. Esta página del 2º Libro de las Crónicas (recordemos que en la Vulgata se titulan Paralipómenos que significa, “Sobre lo que se ha omitido”), corresponde perfectamente al momento que estamos estudiando en la secuencia del 2º Libro de los Reyes, (y no está de más repetir que estos Libros, tanto Reyes como Crónicas, eran un solo Libro cada uno, pero por su extensión, fueron divididos en dos tomos, y así los hemos conocido). Quedamos en cómo había ascendido יְהוֹאָשׁ   Joás -de Judá-, 835 a. C. - 796 a. C. protegido y apadrinado por יְהוֹיָדָ֣ע [Jehoiada] “Yehoyada”, “El Señor conoce” -Sumo sacerdote- y su esposa Josaba, para preservarlo de Atalía.

 

Siempre que miramos hacia este Rey, decimos “su largo reinado”, duró, en números redondos, 40 años años encargado, pero cayó en adversidad con los sacerdotes sucesivos -en particular con Zacarías, hijo de Jehoiada-  quien tuvo que “tirarle las orejas” y advertirle que no tendría el apoyo Divino por haberse apartado de Él y haber quebrantado los Mandamientos.

 

¿Cómo se manifestaba ese alejamiento y la ruptura con la Ley de Dios? en que había caído en la idolatría, adorando megalitos e ídolos y -en cambio- descuidando el Templo.

 

¿Cuál fue la respuesta de Joás? Lo mandó lapidar. Las consecuencias no se dejaron esperar mucho: un año después los sirios invadieron Judá, Jerusalén, en particular, y se apoderó de todo el Tesoro real, enviándolo a Damasco.

 

A la muerte de Joiadá, Joás y otros líderes del reino empezaron a ignorar la religión y a prestar atención a otros cultos, por ejemplo, a Aserá - madre semítica de la fertilidad, a la que los babilonios llamaban Ishtar- y otras idolatrías; los profetas que advirtieron a Joás no fueron escuchados, y Zacarías, hijo de Joiada le advirtió igualmente; sin embargo, Joás ordenó que lo maltrataran y lo ejecutó. Joás recibe de esto una grave consecuencia: los arameos se dirigen a atacar Jerusalén y asesinan a todos los jefes, Joás debe entregarles un botín con todas las cosas preciosas que había conseguido, quedando sin las obras que había realizado para el templo, tras la invasión. Los arameos se fueron, pero lo dejaron gravemente enfermo. Tras la crisis algunos de sus oficiales decidieron conspirar, lo asesinaron hiriéndolo mientras estaba en cama, en Bet-Milo. Fue sepultado en Jerusalén, pero no en el cementerio real.

 

Le sucedió su hijo Amasías.


Ya que hemos tocado estos Libros de las Crónicas, aprovechamos para no pasar indiferentes su lectura, y evitar lanzarles bombas de humo para disminuir su importancia y su interés, abandonándolos a menos. Eso sí, recordando que la “historia” como se cultivaba en ese entonces, no tenía la cientificidad con la que hoy se escribe y se formaliza. Se trata de otro tipo de historiografía.

 

Se debe tomar en cuenta que la corte había inflado su número y que el margen que daba la bolsa real para sostenerse, palpitaba como una bomba de tiempo por debajo de la doble (que cuasi triple) institución Templo-Corte-ejercito. En el sustrato de estas Crónicas está el asunto de en qué banco poner los depósitos, si en el de la tierra o en el Banco Espiritual.

 

Sal 89(88), 4-5. 29-30. 31-32. 33-34

מַשְׂכִּיל [maskiyl] según el propio salmista, este salmo es un “instructivo”, un “poema didáctico”, salmo Real que nos habla del mesianismo davídico, y, evidentemente, de su linaje,. De eso trata la primera estrofa de la perícopa proclamada: Se ha establecido una Alianza. Con David, el “siervo”, el “elegido”. Con él se da inicio a un linaje “perpetuo”, un trono imperecedero.


Esta alianza es garantizada por Dios como “estable". Su descendencia está destinada a mantenerse reinante. Dios los favorecerá por siempre. Aun, a pesar del abandono por parte de los herederos, de su falta de lealtad, de la profanación de los Mandamientos, la Alianza se sostendrá, porque el Aliado no es un hombre voluble, ¡es Dios!

 

No significa que se le pasaran por alto sus desmanes, Dios les tomará cuenta porque para ellos se estableció le heredabilidad del Trono. Recibirán su merecido por la ley de consecuentabilidad-responsable. Pero Dios no viola su Palabra, su Palabra es Firme, encontrará por sobre los vericuetos humanos, la vía de la Fidelidad Divina.

 

Se ha establecido que su estructura es la de un Salmo de entronización. El Cetro real es para el Mesías, y eso es lo que enseña y profetiza.

 

Son 52 versos, el salmo responsorial, de hoy, apela a ocho de ellos, y organiza así, 4 estrofas. La antífona lo que dice es que la Alianza es estable: “Le mantendré eternamente mi favor”.

 

Mt 6, 24-34

No vivir con cada pie en una barca distinta

¡Qué hermoso es esto! ¡Dios no se olvida de nosotros! ¡De ninguno! Con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. ¡Qué hermoso pensamiento! Esta invitación a la confianza en Dios.

Papa Francisco

Consignar en el banco Terrenal devela una visión materialista, ocupada en el ejercicio de la ambición prolongada, en la tacañería y la acumulación. Consiste en tener y tener y tener. La idea obsesiva de poseer se expresa como acumulación de dinero, el enriquecimiento es la meta idolátrica. Puede suceder, y sucede, que se coloquen, aquí y allá, algunos ribetes de “espiritualidad”, y que -por ejemplo- anualmente asistamos a ejercicios espirituales; sin embargo, tal procedimiento solo traduce un “guardado de apariencias”.


La perícopa inicia declarando que no se puede navegar con un pie en una barca y el otro… en otra. Y establece, para quienes gustan de las piruetas, que la dualidad es insostenible: muy rápido va a traicionar a uno de los bandos y optará por este, claudicando del otro: Perentoriamente declara: ¡No pueden servir a Dios y al dinero!

 

Y es que el dinero conduce a una idolatría en favor de Mammon, 'dios de la avaricia', y no podemos olvidar que este es uno de los pecados capitales.

 

Es arduo, indudablemente, en una cultura prevalentemente aparentista, descuidar el gasto, la adquisición, el “poder adquisitivo” como un sólido indicativo del status. Los restaurantes que se frecuentan y los modistos que se ocupan de su porte. Y, sin embargo, Jesús apunta en el sentido de desprenderse de estos aperos, de todas esas arandelas, de tantos y tantos aparejos que nos obstruyen.

 

Nos muestra, invitándonos a dirigir nuestra atención a la sencillez y a la sensatez orlada de austeridad. Es necesario evitar el consumismo, es necesaria una vida como la muestra Jesús, que no se afana inútilmente por el mañana, alegando la necesidad del derroche y el consumo bajo el pretexto de agilizar la circulación. Los pajaritos son elegantes, hermosos, hallan su alimento, no se afanan en tareas que -más allá de un límite razonable- tienden a convertirse en esclavitudes modernas. No hay que confundir la diligencia con la sed febril de riqueza. Nos dice el Evangelio que todo esto son formas de paganismo, porque solapadamente rinden adoración a ídolos.

 

Una mirada espiritual es importante: ¡Claro que hay que agradecer por todo el bien que tenemos hoy! recibido de sus Bondadosas-y-Generosas Manos; pero, nuestro ruego -además de la gratitud por lo que se nos ha regalado- no puede tratar de borrar de un plumazo a todos los carenciados de la tierra, tomemos por caso, a los desplazados que se han quedado de la noche a la mañana sin un techo y sin pan ni futuro porque les cayó el horror de la guerra. No se trata de agradecer a medias los privilegios personales y familiares, pero tampoco se trata de volver la oración un amasijo de egoísmo que ignore a todos los hermanos que sufren. ¡Gracias Dios mío por la maravillosa generosidad que me dispensas y a los míos, y te rogamos que tu Munificencia cobije a todos los que pasan necesidades también!


Entonces ¿nada hay que merezca aplicación y entrega? ¡Si! el Reino de Dios y su Justicia, esos son los pivotes reales de la existencia. Es sobre ellos que se debe abisagrar la vida y darle esplendor y bienaventuranza. ¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!

jueves, 18 de junio de 2026

Viernes de la Undécima Semana del Tiempo Ordinario


2R 11, 1-4. 9-18. 20

Esta página del Antiguo Testamento tiene que tratarse con particular atención y de ser posible, leída con guantes porque es un relato que chorrea sangre.

 

Ocozías hijo del rey Ajab y de la reina Jezabel fue el octavo rey de Israel. Ocozías había salido con Joram para encontrarse con Jehú, pero al enterarse de lo que Jehú había hecho, huyó y se escondió en Samaria. Sin embargo, los hombres de Jehú lo atraparon y lo llevaron preso ante Jehú, Ocozías fue herido, huyó a Meguido y lo mataron (2 Reyes 9:27). Este antecedente le da marco co-textual a la perícopa que leemos hoy.

 

Aparece aquí Atalía a quien tenemos registrada como reina de Judá entre el 842 a. C.-835 a. C. es el séptimo reinado de Judá. Era hija de Acab, rey de Israel, pero no muy probablemente hija de Jezabel. Hay estudiosos que piensan que en realidad era hermana de Acab, y no su hija. Se encargó de eliminar toda la descendencia de Ocozías, pero la esposa del sacerdote Jehoiada -Joseba, que era hija de Joram, que llegará a ser el séptimo rey de Israel, de la línea davídica- escondió en sus habitaciones, en el Templo, -durante seis años- a Joás. Al cumplir siete años llamó a los guardias y a los quereteos y le organizó una escolta de protección, constante, levantando un cerco para guardarlo de cualquier atentado.

 

La perícopa concluye mostrándonos cómo Jehoiada sentó en el Trono, ungió y coronó a יהואש [Jehoásh] “Joás”, “Yahweh lo sostiene”. Para llegar a este punto y garantizar su reinado, Atalía había sido derrocada e inmediatamente asesinada en las cercanías del palacio, en la puerta de los caballos del palacio. Lo que hizo Atalía -que era de los baalistas redomados, se lee como un intento de acabar definitivamente con la Alianza extinguiendo la descendencia davídica.

 

¿Qué le preocupa al hagiógrafo? que el linaje de David se hubiera roto. Según se nos presentan las cosas, lo que ha hecho Atalía, y cómo protegieron el Sumo sacerdote y su esposa -a Joás- lo que hace es volver el tren a su carrilera. Los quereteos no son otra cosa que mercenarios, es decir, asesinos a sueldo, para tener dentro una mafia que cubriera el riesgo contra el designado, según Jehoiada y su esposa. Ha de notarse que, en este caso, la tradición de que fuera un profeta quien unge al sucesor, se interrumpe, y es transferida a un Sacerdote. Tómese, también en cuenta que Jehoiada fue el primero en tener el “título” de “Sumo Sacerdote”, reflexionemos en este “título”, se trata del “rey” de los sacerdotes, es quien los gobierna, y ciertamente ha capitalizado una preminencia muy alta, porque está cercano a Dios, es más, es el único que se le acerca, para entrar en su Presencia; aun cuando solo sea una vez al año.

 

En torno a esta figura, cabe además, interrogarse ¿por qué había armas en el templo? Los historiadores piensan que estas armas las había arrebatado David de manos de sus oponentes y el propio David las había ofrendado a Dios como acción de gracias.  Cuando se corona a Joás, asistimos a un golpe de estado, es por eso que Atalía rasga sus ropas y grita ¡Traición, traición!

 

El templo a Baal fue derribado, su altar desmontado y un tal Matán, sacerdote de Ba´al, fue ejecutado.

 

En 2 R 12, 1-3 leemos: Joás "hizo lo recto ante los ojos del Señor todos los días en que el sacerdote Jehoiada lo dirigió". Jehoiada gerenció esta maniobra para hacerse al trono, como un paliativo necesario para insertar vitalidad a una descendencia que requería urgentemente recibir el vigor político indispensable para sustentar la teocracia.


Mañana daremos un vistazo -como por la ventana- el segundo Libro de las Crónicas y veremos en qué paró el reinado de Joás.

 

Sal132(131), 11.12. 13-14. 17-18

Este salmo cabe bien en dos categorías: es gradual, pero es de la grada final de la peregrinación al Templo, cuando por fin hemos llegado a Jerusalén y nos hallamos frente a sus Puertas. Este Salmo si se compuso cuando todavía había Templo y en el Sancta Sanctorum todavía estaba el Arca con las Tablas y la muestra de Maná.

 

Es muy coherente con el tema que hemos tratado en la Primera Lectura, el tema del linaje davídico que debería sentarse en el Trono. Así lo declara la primera estrofa de la perícopa de hoy.

 

Pero este designio nos llamaba al compromiso lógico de la coherencia, recoger los frutos de la alianza implicaba ser coherentes con ella: Dios se ofrece a ser nuestro Dios, pero… nosotros debemos cumplir nuestra parte: “ser su Pueblo”.

 

Se han subido todas las gradas de la peregrinación, ahora, nos llegamos el núcleo cultual, a la sede litúrgica del pueblo de Dios: La Ciudad santa que él se eligió como Su Morada eternal. Es aquí donde Él quiere habitar.

 

Para David y su linaje tiene la Diadema digna de estar en las Sienes del Señor. Para Cristo (que significa Ungido) tiene la Lámpara que dirige nuestro caminar.


Para los enemigos de Dios está el uniforme que los distinguirá: El Traje de la Ignominia.

 

¿Qué repetiremos como versículo responsorial? Que está muy claro que Jerusalén es la Morada que el Señor ha elegido para Sí

 

Mt 6, 19-23

El ojo enfermo mira con envidia

«Y, ¿en qué tesoros piensa Jesús? Principalmente en tres y siempre vuelve sobre el mismo argumento.

-El primero: el oro, el dinero, las riquezas

-El segundo: la vanidad. El tesoro de tener prestigio, de hacerse ver.

-Finalmente, el tercero es el orgullo, el poder.

Estos tesoros no sirven». (Papa Francisco)


 

Uno puede abrir una cuenta en un banco u otro. Y, no pocas veces, recurrimos a un buen economista que nos asesore y nos muestre los pros y los contras de invertir, de ahorrar, y dónde.

 

Para la situación que examinamos hoy hemos elegido con suma inteligencia y profunda intuición que nuestro asesor sea Jesús, es a Él, a Quien consultamos donde poner nuestros títulos-valores y acertar en los depósitos que hagamos.

 

Las firmas son muy dispares: la primera nos insiste en hacer nuestra inversión aquí en la tierra, pero solapa cuidadosamente el “contra” más delicado, que aquí hay dos “destructores” inexorables de nuestras ganancias, a saber: la polilla y la carcoma, pero no paran allí los riesgos, su uno logra aislar con éxito las ganancias y escapa a estos dos “devastadores”, están los “topos” que cavan boquetes para robárselos.

 

La otra firma bancaria, que ofrece solidas garantías y previene los anteriormente mencionados “vándalos”, es en el Cielo.

 

Y nuestro maravilloso asesor nos explica el “por qué” de su consejo: Porque donde tengamos nuestros tesoros, allí estará nuestro corazón. Y eso es muy cierto, si volteamos a mirar nuestro corazón, nos damos cuenta que donde tenemos lo que nos interesa, allí apuntará siempre la brújula de nuestros sueños y aspiraciones.

 

Pero, uno se pregunta, ¿por qué hay gente que, teniendo a mano tan Tierno, amistoso y Dulce Asesor, preferimos consultar otros “confundidores profesionales”, que nos engañan y nos orientan en dirección a la quiebra y despilfarro de todo cuanto hay de valioso en nuestra existencia?

 

Y es que, si nuestro “ojo” se enferma, nuestra alma queda desahuciada, porque todos los datos nos llegan por los ojos: Es exactamente como cuando “el que divide” le mostro a Eva el “fruto” de su mentira, lo maquillo desconcertantemente seductor, se lo hizo ver hermoso y apetecible, y para lograrlo, sencillamente le “enfermó la vista”.


Moraleja: Tenemos que usar un colirio divino, que siempre nos mantenga sana la vista, que prevenga cualquier envidia -que es el nombre de la enfermedad visual más entorpecedora- y ese colirio se llama “Oración”, porque si sinceramente le pedimos la salud de nuestra vista al Señor, tendremos una visión superior a 20/20. No pidamos regalos al Cielo para ahorrarlos en la tierra, es por lo menos absurdo; pidamos bienes espirituales que se registren en las “libretas de ahorro celestiales”, ¡eso es lo coherente!

miércoles, 17 de junio de 2026

Jueves de la Undécima Semana del Tiempo Ordinario

Eclo 48, 1-14

Podríamos pensar que lo que leemos hoy es el encomio de un profeta. ¡Todo parece indicar que así es! Sin embargo, ¿para qué se hacen encomios? Muchas veces para caerle bien a alguien que lo había nombrado para ese cargo. Podríamos pensar, quizás, a manera de ejemplo, en la muerte de un expresidente, y los panegíricos que se pronuncian el día de sus exequias; y, preguntarnos ¿para qué se hace esa enumeración de realizaciones y se elogia la manera de vivir que tuvo? Y nos conduce a pensar que estamos -por hablar de alguna manera- pensando en la conveniencia de retornar a ese momento y a ese estilo de gobierno, está claro que, con las debidas modificaciones, acordes a las nuevas circunstancias. ¿Quizás la Biblia nos está planteando hoy la validez de retomar los “hechos y hazañas” de Elías? Sin dejar de lado tener en cuenta que está en Manos de Dios, enviarnos otro profeta de esta talla o hacer que el mismísimo Elías retorne.

 

Pues sepamos y recordemos que esta espera se basa y se apuntala en la profecía de Malaquías (Mal 4, 5-6), quien anunció su regreso antes de la llegada del Mesías para traer paz y reconciliación familiar. Recobrando la tradición -como lo hemos comentado, al no haber muerto sino ascendido al cielo (2R 2, 11), Elías regresará en persona para anunciar la redención. Durante la cena familiar en el Séder de Pésaj (Cena Pascual), se deja la "Copa de Elías" llena de vino y una puerta abierta o, al menos entreabierta para invitarlo a entrar y que anuncie la inminente llegada del Mesías.

 

Con una enumeración muy sencilla, con matices poéticos, el Sirácida nos presenta un recuento de la vida de Elías, y el gran Poder que Dios puso en sus manos para comunicarnos Su Misericordia y obrar grandezas según Su Santísima Voluntad.

 

Intentemos señalar los eventos que -mencionados en esta perícopa- bien pautan la existencia y la Misión de Elías:

1.    Cuando se decretó la sequía, Dios les mostró con la hambruna que sobrevino de 40 meses, que el Poder -en realidad- le pertenece enteramente a Él.

2.    Así como interrumpió la lluvia, hizo caer fuego por tres veces.

3.    Hizo levantarse al que ya era un cadáver.

4.    Marco el triste sino de los reyes.

5.    Sanó a renombrados personajes de sus dolencias.

6.    En el Sinaí oyó los reproches que le hizo Dios

7.    En el Horeb escucho el murmullo inaudible de la dulzura de Dios que es apenas Leve Brisa.

8.    Ungió a los reyes que cumplirían los designios Divinos

9.    También ungió y entregó su Manto al que vendría a continuar su profetismo

10.  En carroza de fuego fue conducido al Cielo

11.  Su Voz sigue resonando con el correr del tiempo para apartarnos de las idolatrías.

12.  Reavivó y atizó la fogata del linaje davídico para que su lumbre no se apagara y el vaticinio mesiánico tuviera cumplimiento

Pueden sentirse bienaventurados los que hayan sabido de él porque legó para la posteridad una herencia de portentos que fortifican nuestra fe.

 

Sal 97(96), 1-2. 3-4. 5-6. 7

Este es un Salmo del Reinado de Dios. Es una verdadera convocatoria a veneir s testimoniar la Grandeza de Dios, festejarla. Se anuncia el Señorío de YHWH en este salmo, se le reconoce su Realeza, se hace notar que su Trono está en loa más Alto, Él detenta el rango Supremo.

 

Este salmo tiene 12 versículos. Los siete primeros configuran la perícopa proclamada hoy. Asistimos a los ya tantas veces mencionados signos que acompañan una Teofanía común y corriente, a saber: fuego, rayos, nubes, temblores de tierra y de montañas que se derriten como si fueran de cera, hay nubes, tinieblas, fuego y rayos. Son como los datos envolventes que despiertan los sentidos de los allí presentes para que sepan que es nada más y nada menos que, el Propio Dios quien se hace Presente.

 

Las islas -valga decir- los territorios más lejanos -pese a su distancia- saben que Dios se ha Aparecido. La tierra se alegra porque tiene oportunidad de comprobar la Potencia incontenible del Señor, pero no son sólo las señales tectónicas las que ratifican que el Señor está allí, también están la Justicia y el Derecho que son los atributos superiores y consustanciales de la Divinidad.


El fuego lo precede para ir abriéndole paso. Toda la tierra -sin excepción, saben lo que está sucediendo, todo el Universo nota que Dios se está manifestando.

 

Entonces, los cielos abren sus bocas y tocan sus Trompetas para pregonar que YHWH es El Justiciero, y todos los pueblos son deslumbrados por la Luz de su Gloria.

 

Todos los idolatras se rinden avergonzados, se sonrojan al tener que admitir que Dios-es-Uno.

 

En el versículo responsorial retornamos -un y mil veces- sobre la idea de alegrarnos -los justos, porque los impíos y los descarriados tiemblan- por estar ante tan Gran Misericordia y reconocerlo como Rey nuestro.

 

Mt 6, 7-15

PARA UNA VERDADERA LITURGIA DE LA ESPERANZA

Cuando te acerques a comulgar, no lo hagas con las palmas de las manos extendidas, ni con los dedos separados. Haz de tu mano izquierda un trono para tu mano derecha, puesto que ha de recibir al Rey, y ahuecando la palma, recibe el Cuerpo de Cristo, diciendo: "Amén".

San Cirilo de Jerusalén

 

En su Quinta Catequesis Mistagógica, San Cirilo de Jerusalén, obispo y Padre de la Iglesia del siglo IV instruía a los fieles sobre cómo debían recibir la Eucaristía, aconsejándoles formar un "trono" con sus manos para recibir al Rey.


Cuando pronuncio el Padre Nuestro, me siento como un sabio hortelano que siembra árboles para edificar futuros, porque mi sangre me dictamina que la “construcción del Reino” se equipara con la de los hortelanos que riegan meticulosamente las semillas, para que haya hermosos bosques en algún mañana.

 

Sonrío pensando que tal vez, esta haya sido la más antigua liturgia de la esperanza: cuando alguien plantó un árbol, consciente de que jamás habría de sentarse a su sombra. Sin saberlo, ese desconocido pronunció el Nombre del más Sagrado de los Sueños: El Mesías: el momento en que el poder será entregado a los mansos…

Rubem Alves

 

El Divino Maestro, nos presenta el Padre Nuestro, como una comunicación con El Padre, que economiza palabras y dice aquello que tendríamos, sin abusar del palabrerío y dirigiéndole una plegaria sin verborrea. Más bien, es un rezo lacónico.

 

Nosotros quisiéramos presentar aquí, cómo esta oración se inserta en le liturgia, y para eso recurriremos al numeral 2777 del catecismo de la Iglesia Católica:

 

En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padre Nuestro con una audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: “Atrevernos con toda confianza”, “Haznos dignos de”. Ante la zarza ardiendo, se le dijo a Moisés: “No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies” (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo lo podía franquear Jesús, el que “después de llevar a cabo la purificación de los pecados” (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: “Henos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio” (Hb 2, 13):

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos empujasen a proferir este grito: “Abbá, Padre” (Rm 8, 15) ... ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto?» (San Pedro Crisólogo, Sermón 71, 3).

 

Todo indica que se trata de una inserción que Mateo encontró oportuna, por su relación con el tema de la oración; por eso se ha dispuesto en este lugar de su Evangelio, co-textualizado dentro del Sermón de la Montaña. Jesús les advierte que no se trata de improvisar una de esas plegarias de nunca acabar, convencidos que la extensión y la duración del discurso terminará por convencer a Dios, sabiendo -como todos sabemos- que Dios conoce perfectamente nuestras necesidades y nuestras urgencias. Y nos enseña la “Oración del Señor”.

 

Se trata de una plegaría que la mayoría de nosotros hemos aprendido durante la infancia, pero que -a pesar de su importancia, por habérnosla enseñado el propio Jesús- la recitamos mecánicamente, sin llegar a sopesar su significado.

 

Su significado más profundo es -como los votos matrimoniales- el señalamiento de la especificidad de nuestra relación con nuestro Padre Celestial. Y, al ponernos en relación con Dios, nos pone también en correlación con toda la humanidad y con la realidad global que habitamos.

 

Su estructura corresponde a siete peticiones que disponen la ordenación del ser-orante. Y, en esa estructura lo que prima es la relación paterno-filial que nos enlaza y define. Sin embargo, no es simplemente el Padre, sino que -y ahí figuramos nosotros- en el otro extremo del vínculo, es “Padre Nuestro”. A nadie podemos negarle este “privilegio” verdadero que dios ha querido tener con nosotros, el de ser sus hijos. Inmediatamente empezamos a condicionar esa filialidad, estamos tergiversando la inclusividad de que contiene la oración del Señor. Muchos santos al empezar a pronunciar esta Plegaria, no pueden pasar de su enunciación y avanzar, porque es tan descomunal la profundidad omni-abarcadora, que se dice que ahí, en el que podríamos denominar “el título”, ahí se quedan.

Podríamos intentar, reflexionar, en las sucesivas veces que lo pronunciemos una de las siete peticiones, tratando de ir -progresivamente- desentrañando su maravillosa pedagogía.

 

Quepa decir que no es un problema de velocidad, a veces tendemos a prolongarlo en lento avance, creyendo que quizás así lleguemos más al fondo; se trata más bien -y particularmente cuando lo recitamos dentro de la liturgia- de recitarlo al unísono con la Comunidad, y siguiendo la “batuta” del Presidente.

 

En cualquier otro caso, debería fluir con la naturalidad que impone nuestra manera normal de hablar, y caer en la cuenta que todo dialogo -conlleva junto con su dinamismo internos- una velocidad que le es propia. Bastará con que nuestra pronunciación sea clara, pero no es recomendable introducir otros matices con el pretexto de la “solemnidad”.

 

Estas cosas son fundamentales, especialmente si atendemos a la recomendación de orar como si estuvieras hablando con un Amigo.

 

Permítasenos añadir una palabra sobre la petición de "venga a nosotros tu Reino". Aunque Nuestro Padre es Rey, lo aceptemos o no, también sabemos que Él no nos impone su Reinado, y que su Misericordia se quedará respetuosamente en el umbral de nuestra vida, si nosotros no Lo aceptamos y Lo recibimos en Su calidad de Rey. Decirle que “se haga su voluntad aquí abajo, como se hace allá arriba”, es una bufonada, como si le dijéramos a un hijo, “vaya juegue”, pero previamente le hubiéramos impuesto pesados grilletes que se lo impidieran.


 

Miremos tan solo un fragmento de un texto intitulado “El Árbol del Futuro”, que pudiera ser inspirador para ti, querid@ lector(a):

 

Voy a sembrar un árbol…

Cuál vaya a ser, no tengo idea.

La copa deberá ser grande, para que los niños puedan juntarse a su alrededor. Ojalá que sus ramas sean fuertes: recuerdo el viejo mango de mi infancia, de donde colgué un columpio. Y pienso en los pajaritos que vendrán, cuando sus frutos están madurando…

 

Pero lo más importante de todo:

 

Deberá crecer lenta,

muy lentamente.

 

Tendrá que demorar tanto para crecer que ya no viviré para poder sentarme a su sombra. Y lo amaré por los sueños que se abrigan en él.

Rubem Alves