lunes, 29 de junio de 2026

Martes de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario


Am 3, 1-8; 4, 11-12

Dios tiene al profeta para pasarnos preaviso

Al analizar la obra de Amós, los exegetas encuentran cuatro piezas, cuatro fragmentos bien definidos: en la primera, que abarca desde 1,3 – 2,16 el profeta pronuncia oráculos contra los pueblos extranjeros. En la segunda parte que se extiende desde 3,1 – 6,14 se proclaman los oráculos contra el propio Israel.

 

Podríamos entender la perícopa de hoy como una especie de glosa al significado de la Alianza. Dios en su Munificencia, ha querido suscribir con nosotros una Alianza. La Alianza está en el corazón de la revelación. Nos ha brindado con amplitud su Amistad. Sin merecimiento ha querido vernos como “hijos”, así hemos gozado de Su Mirada Preferencial. Cabe muy bien preguntarnos si hemos correspondido a Su Magnanimidad: ¿Hemos cumplido la parte que nos toca en aquella Dulcísima frase: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”? (Cfr. Ex 6, 7)

 

Dios ha “elegido” de todas las “familias” de la tierra a la familia de Israel. La elección no es un deber de Dios, la elección es Gracia, es pura Gracia. Como sucede con altísima frecuencia, el elegido empieza a abusar de su elección y poco a poco entre en la esfera de considerar que el amor preferencia-Paternal es algo que el Papá le adeuda y que tiene que actuar así y no puede ser de otra manera. Allí aflora un riesgo enorme, considerar que el Amor es una obligación, dar por supuesta una obligación de ser amado, perder de vista su Gratuidad, y pensar que se puede exigir. Un pensamiento del calibre de “Mi Papá opto por heredármelo a mí, los otros ‘que miren el chispero´” lo que se podría traducir como que caigan en la cuenta que se quedaron con las manos vacías. Podríamos ir un paso más allá y recordar otro aforismo que reza “a un gran privilegio corresponde una gran responsabilidad” que no es otra cosa que la enseñanza de Jesús que San Lucas nos trasmite "Al que mucho se le ha dado, mucho se le exigirá" (Lc 12, 48). Si se deja de lado este sentido de responsabilidad, cabría entender que, equivale a haber rechazado el “don”. No se puede reposar en la negligencia cuando se ha recibido un “don”, la elección implica un sentido de “hacerla “útil” como contrapartida de la “elección”. Dicho de otra manera, uno no es adoptado como hijo, para la pura vanidad de lucir el “apellido”.

 

El encono de Dios ante la ingratitud es como una especie de rugido que nos reclama en Su Pecho: “¿No sané a diez hombres? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Ninguno volvió para darle gloria a Dios excepto este extranjero?” (Cfr. Lc 17, 17-19)

 

Hay una voz de denuncia en los profetas que mucho incomoda a los impíos. La función del profeta es también la denuncia, porque cuando Dios “ruge” en el corazón del profeta, qué más puede hacer el profeta sino traducir el rugido en palabras humanas. Amós capta en su ser los ecos de la Voz de Dios: cada causa conlleva sus consecuencias y la serie de las consecuencias no se dan sin que existan sus precedentes causales, así mismo es el habla de Amós, si dice algo es porque Dios retumba en el ser de Amós, y cuando Amós oye el Rugido, ¿podría acallarlo en sí y ahogarlo?

 

¿Y qué es lo que Ruge la Voz del Señor en el pecho de Amós? Que Él los eligió, hizo de las Doce Tribus su rebaño elegido y preferido, los libró de la cautividad donde eran explotados: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios. Yo soy el SEÑOR su Dios y ustedes sabrán que fui yo quien los rescató de la opresión de los egipcios”; por eso, ahora les pide cuentas. Les había otorgado la herencia de la libertad para que pudieran “libremente” elegir honrar a su Dios-Libertador, pero decepcionaron al Señor, y correspondieron a sus ternezas con indiferencia y traición.


¿Le dicta Dios algo más a Amós? Sí, que, así como fue el castigo de Sodoma y Gomorra, así serán las penalidades de Israel: “Por eso, así voy a tratarte Israel. Sí, así voy a tratarte: prepárate al encuentro con tu Dios”.  

 

Sal 5, 5-6a. 6b-7. 8

Salmo del Huésped de YHWH. Es un salmo de abandono, él se aloja en el Templo y se ofrece a ser moldeado por la Voz del Señor. De alguna manera, el salmista intuye que el Templo es el molde que aplica el Señor para configurar el “penitente”. Pero nadie cabrá en el molde si sus “deformaciones” le impiden encajar. Así, el salmista clama para que Dios elimine sus “turupes” y lo “limpie de sus “imperfecciones”, para que no sea repugnante a las entrañas de Dios.

 

Lo que dice expresa que Dios es Pureza y que toda וּמִרְמָ֗ה [umirmath] “engaño”, “traición” “deshonestidad” es repulsiva a la limpieza que reclama la Santidad.


 En la primera estrofa suplica ser liberado de la maldad, y de la arrogancia.

 

En la segunda, le muestra al señor otras pústulas suyas: es malhechor, mentiroso, hombre sanguinario, y traicionero.

 

Finalmente, en la tercera estrofa, se halla postrado a las puertas del Templo, en el Atrio Santo, esperando la señal absolutoria que marcará el momento de la acogida, la orden de ingresar en el Templo.

 

El verso-estribillo (antífona responsorial) enmarca en esa consciencia de necesaria purificación, el afán absolutorio: “Señor, guíame con tu Justicia”. Sólo Dios puede limpiarnos y sacudirnos de los “afeantes”, ante los Ojos de Dios.

 

Mt 8; 23-27

No es retórica sino una confesión de fe

La Iglesia no puede seguir su marcha, su peregrinaje en estas tierras sin darse cuenta que se mueve en este contexto cataclísmico. La traducción nos habla de una “tempestad muy fuerte”, en griego dice σεισμός [seísmos] que es un “temblor de tierra”, y también, una “tempestad”, una “borrasca”, cualquier cataclismo. No podemos pasar por alto que en ese ambiente es que “peregrina” la Iglesia. Amamos y anhelamos la calma, es un bien inapreciable y, por lo mismo, tan anhelado. Sin embargo, no es ese el contexto de la vida eclesial. En cambio, la Iglesia, a través de la historia, se ha movido en situaciones muy difíciles, nada benignas, y ha sido víctima de la persecución ininterrumpida, en diversas modalidades.


¿Ha de ser ese el motivo de nuestra desmovilización? ¿Debemos trazar planes para desistir definitivamente y refugiarnos en catacumbas y cuevas? ¿Salimos corriendo y nos esconderemos debajo de la cama? ¿Podemos, de alguna manera evitar estas “crisis” y vivir en un ambiente calmo y tranquilo? Y la propia perícopa nos responde: Nosotros no podemos hacer nada, pero si acudimos al Señor, Él se levantará, increpará los vientos y el mar, y ¡sobrevendrá la gran calma! Porque ¡Dios cumple su Alianza!

 

Fue entonces cuando ellos se preguntaron, ¿Quién es este hombre, a quien el viento y el mar le obedecen? Hay que notar, y no pasar por alto lo que contiene esta pregunta: Sólo Dios puede reclamar la obediencia de los elementos. Solo Dios puede calmar cualquier σεισμός, ningún ser humano puede darle órdenes a la furia de las fuerzas de la naturaleza. En realidad, esta es una prerrogativa exclusivamente Divina. En realidad, la pregunta no es más que una forma retórica de decir: ¡Jesús es el mismísimo Dios!

 

Esto es algo que ningún judío podría decir en su sano juicio. Pero recordemos lo que aquí se está declarando es una paráfrasis para reconocer en Jesús, no solo a un Hombre, sino, a Dios mismo.

 

El asombro no puede quedarse en “temor”. Aun cuando el oleaje se encrespe, hay que recordar que Él es el Emmanuel. ¡Dios con nosotros! Pensamos que antes de ir a despertarlo, tenemos que contestarnos esa pregunta. Tenemos que reconocer su Divinidad y la autoridad que de Él emana, antes de mostrarle el oleaje embravecido. No se trata de hacerle una exhibición de nuestros temores inmanejables, sino de hallar -lo que sólo Dios nos revela- que Él es el Hijo de Dios, el Mesías, y sostenido en esa “fortaleza” admirar y loar, cuán Grande es el Poder de Dios.


El Señor no calma el oleaje embravecido para matarnos con su “poder”, Él usa de la Autoridad que tiene sobre los elementos, precisamente para Salvarnos y conducir la barca de la Iglesia para que sea ella, también, Salvadora, «… ya que la Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, …». (Concilio Vaticano II. LUMEN GENTIUM, Constitución Dogmática sobre la Iglesia, #1) 

domingo, 28 de junio de 2026

SANTOS PEDRO Y PABLO

 


Hch 12, 1-11

Dos vicisitudes marcan esta perícopa, Herodes – no es Herodes llamado el Grande que murió en el año 4 a.C., sino Herodes Agripa I, el nieto de aquel- el que mata al Apóstol Santiago -haciéndolo acuchillar- y toma prisionero a San Pedro. Jerusalén seguirá siendo la sede de la Iglesia Madre, pero surgirá un nuevo centro de acciones que será Antioquía de Siria.  Se sella una primera parte de la historia de la Iglesia que muestra la conclusión de la Misión Petrina.

 

Parece ser que Herodes Agripa llegó a posesionarse en la Pascua del año 41, él no era verdaderamente judío, sino que tenía ascendencia idumea, y esta persecución contra los cristianos era un intento de granjearse la simpatía de los judíos.

 

Pone en celda a San Pedro, vigilado por piquetes de 4 soldados, dos de ellos dentro de la celda, dos en el exterior.  Y, al otro día iban a presentarlo al pueblo judío. Viene el Ángel y le dice, “Date prisa”, “Ponte el cinturón y cálzate”, “abrígate con el Manto”. Se la cayeron las cadenas de las manos y caminó siguiendo al Ángel, quien lo escolto hasta el exterior, las puertas del palacio real se abrieron automáticamente; al llegar a la esquina, el Ángel desapareció.


Este relato nos deja ver que la protección de Dios no ha cesado y que el Señor sigue actuando.

 

Sal 34(33), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

A lo que acaba de suceder debe acompañarlo una intensa acción de Gracias, y también en nuestro corazón al recordarlo. Acompañemos con nuestra dicha a San Pedro que con esta salida de la prisión inicia su Éxodo, que no consiste en morir, sino en una liberación de las cadenas y en un caminar con los Ángeles hacia la Presencia.

 

Él puede decir con total sinceridad que la Alabanza para Dios se ha vuelto constante en sus labios desde aquel momento. Y no es una alabanza que sólo se oye en el Cielo, sino que su eco llega a todos los piadosos, que son el linaje de los sencillos, la parentela de los humildes.

 

Pensemos en aquellos momentos mientras estaba preso: ¿qué diría? ¿qué pensaría? Muy seguramente le relataba a Jesús sus padecimientos, ofreciéndoselos como ratificación de su amistad y como propiciación por sus negaciones. Y el Señor, “lo libró de sus angustias”.


Y con tan magnifica experiencia angelical, de la Presencia Liberadora de Dios, da testimonio: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha, y lo salva de sus angustias.

 

Y nos hace ver que el Ángel no es que, estaba muy ocupado y no llegaba, sino que el Ángel estuvo todo el tiempo “acampando” a su lado, hasta el momento exacto que Dios marcó para liberarlo. Bienaventurado todo viviente que confía plenamente en el Señor.

 

2Tim 4, 6-8. 17-18

La vida del Misionero es una Maratón Olímpica: Esta es la comparación que propone San Pablo, y él señala que ha puesto todo su empeño en cada paso de la carrera, procurando correr, dando siempre lo mejor de sí, a la Gloria del Señor. En esta competencia, se debe entender así, no será premiado un solo competidor, tampoco es el caso que haya sólo un podíum exclusivo para oro, plata y bronce; la muy merecida corona la recibirán todos los que hayan perseverado en la espera de su venida.


No se logrará si Dios no interviene proveyendo las fuerzas necesarias a esa constancia, a esa fidelidad. No solo hay que anunciar, sino que hay que anunciar con integralidad, no dejando por fuera elementos vitales para una buena comprensión de El-Dios-Revelado.

Sabe que va a ser sacrificado y no ruega para evadir el martirio, sólo implora la asistencia para no quebrarse, para experimentar ese “paso” con Fortaleza, sin deficiencias de última hora, preservado dentro de la Fidelidad que lleva al Cielo. Esto es, no para su orgullo, ni para colmar sus vanidades; sino para llevar al Reino toda la Honra, Gloria y Majestad propias del Señor.

 

Mt 16, 13-19

PRIMUS INTER PARES

Cristo y la Iglesia son como el sol y la luna. Los Padres de la Iglesia la comparaban con el misterio de la luna; porque ésta necesita siempre la luz del sol para alumbrar; lo mismo la Iglesia necesita siempre la luz de Cristo para iluminar nuestro mundo.

Milton Jordán Chigua

El marco espacial de la perícopa es el extremo norte, muy lejos de Jerusalén, en territorio pagano. Pedro en su proceso formativo alcanza un estatus de solidez probada; su fe llega a ser de piedra. Sobre esa fortaleza Dios ha decidido edificar y poner el encargo de dilucidar lo que es Eclesial y lo que está por fuera. No se ignora que toda autoridad puede eclipsarse, puede desgastarse, puede corromperse, puede contaminarse. En vez de ser algo que edifica, puede ser algo que roe la verdad, que declina y mengua la libertad.


Se trata de una trasferencia de autoridad, Jesús le entrega a San Pedro, “las llaves del Reino de los Cielos”, lo designa su עַל־בֵּיתֹ֔ו [al-bayith] “Mayordomo”, se dice en hebreo; esta que es una categoría verdaderamente “teológica” y significa que está a cargo de “gerenciar” todos los asuntos de la Casa. La definición que da el texto Evangélico dice “lo que ates en la tierra, será atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”.

 

«Atar/desatar expresa entre los rabinos, la totalidad del poder: bien sea el de prohibir o permitir; el de condenar o absolver. Cielos y tierra, expresa la universalidad, lo divino y lo humano, lo inmanente y lo trascendente» (Milton Jordán Chigua)

 

Le asigna el cargo porque pasó el examen y contestó correctamente la pregunta “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”. ¡Qué pilo San Pedro! No lo entendemos así. Entendemos que Dios-Padre lo escogió y la manera que tuvo esta comunicación del Padre al Hijo fue ser portador de la respuesta, no era algo que él sabía por su enorme agudeza teológica, fue algo que brotó de su espontaneo, señal con la que el Padre le indicó a Jesús cuál de sus Apóstoles sería el “titular del llavero”.

 

Es por esta razón que Jesús no le dice: Te pongo a cargo porque eres muy listo y con tu claridad has dilucidado con precisión mi identidad. En cambio, le dice “Dichoso tú, Simón Barjonas, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo. (Mt 16, 17bcde).

 

«Nuestra Iglesia local (parroquia, diócesis, etc.) debe tener como propósito describir la imagen de una Iglesia auténticamente apostólica, quiere trazar el rostro de una Iglesia que se alimente de las Escrituras, de los apóstoles, que acoge las palabras del Papa y de los Obispos, que cuida la recta doctrina, según la sana tradición apostólica, porque toda verdadera novedad en la Iglesia nace del descubrimiento de la raíz apostólica. Se busca una Iglesia que promueva la obediencia y la comunión con los sucesores de los apóstoles, que se sienta enviada a todo el mundo con la fuerza y la valentía de los apóstoles». (Carlo María Martini).


La Iglesia no está construida ¡y ya! Es la comunidad donde vive la fe, no es una colección de láminas ya completa -un álbum con todas las “monitas”- que lo único que debe hacerse es guardarla en la caja fuerte (o aplicarle una densa inyección de líquido momificante, como quisieran algunos). Cada creyente, que es Iglesia -de una manera no solo literaria- sino Iglesia-viva, va desarrollando una maduración y una -vivencia-y-comprensión de su ser-Iglesia; el conjunto de esas individualidades constituye un sistema de capilares por donde circula la Sangre de la Iglesia-viva-y-actuante de cada momento histórico. La Iglesia es, como ser vivo, mucho más que la Biblioteca Vaticana y estriba en ese dinamismo, que es -por mucho- tan frágil como todas nuestras limitaciones y donde la única Perfección y Completitud es el Señor.

 

Esa comunidad mundial es una Orquesta Sinfónica, y el Papa tiene a su cargo la Batuta. Que ninguno, en su atrevido egoísmo se arrogue el título de improvisar disonancias o romper el tempo que esa varita nos va señalando. A la vez, que no cejen nuestras plegarias para que el Director reciba la Inspiración del Magno-Compositor y logre armonizar todos los miembros del Cuerpo Místico, y -digámoslo nuevamente- nada por propio orgullo, ni para colmar vanidades particulares; sino para llevar al Reino toda la Honra, Gloria y Majestad.

sábado, 27 de junio de 2026

CÓMO SE CONSTRUYE EL REINO

 

2R 4, 8-11. 14-16a; Sal 89(88), 2-3. 16-17. 18-19; Ro 6,3-4.8-11; Mt 10,37-42

 

Los cristianos deben pues encontrarse siempre del “otro lado” del mundo, aquel elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino humildes; no vendedores de humo, sino subyugados a la verdad; no impostores, sino honestos.

Papa Francisco

 

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte.

Es duro rehuir la impostura. Hemos sido atrapados en sus redes. Allí donde se nos ofrece seguridad lo que encontramos es la zozobra. Los héroes-salvadores que rondan y abundan son precisamente los que toman a su cargo fomentar el desasosiego. Si buscamos –a diestra y siniestra- nos hallamos sitiados por los paladines de la intranquilidad. Y –con frecuencia- nos hacemos cajas de resonancia para atizar la angustia. En ese contexto se vive la aspereza de la persecución: conminados a ser altavoces de las tinieblas, constreñidos para repetir la proximidad de la hecatombe.


Y, sin embargo, nos negamos rotundamente a ser “vendedores de humo”. Y, no es porque dudemos de la Justicia, sino –precisamente- porque estamos seguros de ella. No creemos que Dios se hace el de la “vista gorda”, pero reiteramos que su Justicia es Misericordiosa y que sus Promesas, su Alianza no se deshace en vacío. El bautizado está destinado a “cantar eternamente las Misericordias del Señor”: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu Rostro. Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro Rey”.

 

«Tu poder es nuestra garantía. Tu fortaleza es nuestra seguridad. Nos gloriamos que seas nuestro Dios. Nos alegramos de tu poder, y nos encanta repetir las historias de tus maravillas. Tu historia es nuestra historia, y tu Espíritu es nuestra vida… Tú eres nuestro Dios, y nosotros somos tu pueblo… Nosotros podremos fallarte, pero Tú no nos fallaras nunca.»[1]


 

El futuro está asegurado

Padre de bondad… concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad…

De la Oración Colecta

 

Siempre interesa, a la mejor comprensión de la Palabra de Dios, atender a los aspectos estructurales: ¿cómo está organizado el Mensaje? ¿cómo están entretejidos los diversos estambres? Todo esto que parece alambicado, no lo es –para nada- no es el afán por volver complejo lo que Dios en su bondad nos entrega con suma sencillez, sino una responsable preocupación por captar las profundas resonancias que transmite esa Bondad-Generosa. Se vuelve indispensable acercarse, siempre a “pie enjuto”, porque la Tierra que se pisa es Tierra Sagrada. Urge, pues, un esmero por contextualizar, por profundizar, por alcanzar una más cabal inteligencia de tan magnífico don.


En el Evangelio de San Mateo, el que leemos este año del ciclo A, en el capítulo 10º, se nos revela Jesús, que nos brinda ser partícipes de su misión. Él se busca unos “colaboradores” que serán oficiosos continuadores de su acción, en esa medida, se harán miembros del Cuerpo Místico y se volverán co-corporeos con Él. Allí aprendemos que «los discípulos deben esperarse dolores y persecuciones, siguiendo la suerte de su Maestro (10, 16-25); pero no deben tener miedo: el Espíritu hablará en ellos (10, 19-20) y el Padre los custodiará (10, 24-31); ellos sólo tienen que preocuparse por ser fieles pública y valientemente a las exigencias radicales del Evangelio y a la cruz de Jesús (10, 32-39).»[2]

 

El Evangelio del 12º Domingo Ordinario, dijimos que se extraía de una “cebollita”, y dijimos también que su segunda capa se formaba, por arriba, con los versos 10, 5-15 con las instrucciones para ir a sembrar paz, advirtiéndoles que sólo algunos la recibirían; y, por la parte de abajo, dijimos que se encontraba esa enigmática consigna en torno a la paz que sembramos: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada”. Mencionamos que esta parte de abajo, de la segunda capa, la formaban los versículos finales  del capítulo 10, 34-42. No especificamos más. Pero, la perícopa de este Domingo 13º Ordinario, está tomada de esta segunda capa, y eso nos precisa entrar en mayor detalle.


Efectivamente, esta segunda capa en su parte inferior podría dividirse en dos subcapas: 10, 34-37 y 10, 38-42, ese sí, el final del capítulo. La primera sub-capa se referirá a lo que es aún- más doloroso, que nuestra propia familia se volverá contra nosotros, simplemente porque les causa repulsión vernos fieles y firmes, mantenernos en la fe. Si somos coherentes con el Camino de Jesús, nuestra parentela estará en la lista de nuestros adversarios, y se enlistaran entre nuestros enemigos, serán de los que nos persigan. Desde aquí toma la palabra nuestra perícopa de esta fecha.

 

Al ser consecuentes con esta declaración tenemos que saber priorizar ¿quién está primero, nuestros lazos de sangre o nuestra fidelidad a la Alianza? «Jesús puede no ser amado. Pero no puede ser amado menos que otro: no sería el Señor, a quien hay que amar con todo el corazón (Dt 6, 5s)»[3] Ahí se enraízan los versos 37-38: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.” «Cada uno tiene “su” cruz, que puede ser sólo suya… Cuando llevamos nuestra cruz no estamos solos. Él está delante, y lleva la parte más pesada, sobre la cual será levantado. No consiste este discipulado en coger una cruz y llevársela para la casa. Nosotros en pos de Él, llevamos la parte liviana, que será clavada en tierra y sobre ella bajará su sangre.»[4]

 

«Los discípulos en el evangelio de Mateo, no son los que han aprendido la doctrina de Jesús, sino los que viven según su Palabra y reproducen las actitudes y los gestos que han hecho de Él el Hijo obediente al Padre y a su voluntad. Así, los discípulos son exhortados a no encerrarse en los estrechos límites de la propia familia y de sus exigencias, sino abrirse al Evangelio, al programa de vida propuesto en las bienaventuranzas y al gran compromiso del amor fraterno»[5]. Aparece esta puja entre el amor a los padres y el amor a los hijos e hijas, por una parte, y de la otra, a Dios, a Jesús, a su Cruz. ¿Quiere esto significar de alguna manera que hemos de rechazar en nuestro corazón el amor por nuestra parentela? No dice nada parecido, ni podemos estirar el texto para ponerlo a decir lo que no dice. Pero lo que si dice es que, hay una “jerarquía” de los amores; y, que no se puede poner a los parientes cercanos y próximos, como pretexto para eludir las responsabilidades que nos impone la fe. La fe nos compromete a salir al mundo a llevar el anuncio. Y esa primera parte concluye afirmando que el discipulado conlleva el riesgo de la propia vida.


 

Nuestro discipulado cristiano nos concita a salir de las paredes domésticas, -y a otros de la sacristía- donde han encontrado tácito refugio para anegarse en ternuras con las ovejas cercanas dedicándose -como lo dijo tan significativamente Papa Francisco- a peinarlas; descuidando el envío que supone declararse y confesar la fe en nuestro Señor. Destaquemos rotundamente que el Señor a los que llama envía. Y que el segundo “discurso” de Jesús en el Evangelio mateano 10,1 – 11,1, es en la parte donde Jesús instruye a los apóstoles y los manda sin oro, sin plata, sin cobre (monedas en metálico), sin alforja, sin túnica de repuesto, sin sandalias, ni bastón. Este sermón concluye con la perícopa que se proclama hoy, de la cual forma la última parte.

 

Sólo queda pendiente una aclaración de este envío, de esta consigna de salida, como hemos dicho, el discurso concluye con el primer verso del capítulo 11, démosle una ojeada: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 11, 1)

 

Leídos estos dos versículos en continuidad parecen explicar cuál es la cruz: ser capaces de mirar directo a los ojos el hecho de que los que más amamos sean –muchas veces- los mayores detractores de nuestra fe. Que tengamos que verlos en las filas opositoras, a veces, agnósticos o, verdaderos Saulos de Tarso, con licencia para matar cristianos. Esa es, sin duda, una cruz terrible, pero sólo es digno del discipulado quien no la acorte, quien no le recorte pedazos para alivianarla. «Los cristianos son pues, hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: porque el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en diversas formas de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.»[6]

 

Afelpar la cruz

«… el Evangelio hace que salte por los aires el egoísmo. Si uno, con la gracia del Señor, se decide a vivir el Evangelio –es decir, el anti-egoísmo-, forzosamente encontrará dificultades. Dificultades consigo mismo y con los demás, y no sólo por parte de los gobiernos y de los poderosos, sino también por parte de los eclesiásticos. Y ni siquiera únicamente por parte de los hombres, sino también por parte de las estructuras…»[7]

 

Aquellos que, a fuer de su egoísmo, no tienen reparos en acomodarla, le pondrán a la cruz una almohadilla de terciopelo y harán con sus maderos un mueble blando y ornamental, o, tal vez, busquen a quien legársela; habrá casos en que contraten empleados por turnos, para que la sobrelleven, mientras ellos se solazan. Esos ya han perdido la vida: “El que vive su vida para sí, la perderá, y el que sacrifique su vida por mí causa la encontrará.”


 

Este versículo se refiere a que hay también otros, los coherentes, los que llevan su fe hasta sus últimas consecuencias, hasta el martirio si se les pidiera. Claro que no es porque inmolar la vida sea la meta que se nos propone; siempre insistimos en que no todos tienen ese privilegio, están los llamados a derramar su sangre por “probar”, pero lo cierto es que nosotros vivimos por el ideal de hacerlo todo supremamente bien, pese a nuestras limitaciones, lo que queremos es ofrecer la vida pero –muchas veces- simplemente en el martirio blanco, el que Papa Francisco llama el “martirio escondido”; vivir por el bien, dar testimonio de vida: «Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar sus propias ideas, y aceptan deber morir sólo por fidelidad al Evangelio», nos dijo Papa Francisco en una de sus Audiencias de los miércoles. Por eso, debemos tener muy en claro que es absurdo, hasta más allá del limite, pretender –como lo manifestó el Papa- «…utilizar la palabra mártir para referirse a los que cometen atentados suicidas… en su conducta no se halla esa manifestación de amor a Dios y al prójimo que es propia del testigo de Cristo».

 

La promesa de Dios permanecerá intacta

Bendito el que viene en Nombre del Señor: ¡Hosanna en las alturas!

Mt 21, 9c

Volvamos sobre el Evangelio de Mateo, al fragmento que estamos estudiando: Esta sub-capa se puede parcelar en dos estratos: 10, 38-39 el primero; y, 10, 40-42, el segundo; en este segundo estrato se habla de la recompensa que merecerán quienes acojan a los “apóstoles”: “El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; el que recibe a un προφήτην [profeten] “profeta” porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un δικαίου [dikaion] “justo” porque es justo tendrá paga de justo. Así mismo, el que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos μικρῶν [micrón] pequeños {pobrecillos}, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro”.

 

¿Por qué serán tan magníficamente recompensados? Primero, porque un apóstol es un “justo”, porque un apóstol es un “profeta”. Pero todavía hay una razón más fuerte: Porque quien recibe a un μαθητοῦ [mathetou] “discípulo” está recibiendo al mismísimo Jesús, y por transitividad, está recibiendo a Dios-Padre, al propio Abba.

 

Notemos el intensísimo enlace de esta parte del Evangelio con el tierno corazón de la Sunamita en la Primera Lectura: Lo que a ella le movía la conciencia era descubrir en el profeta Eliseo a אִ֥ישׁ אֱלֹהִ֖ים קָדֹ֣ושׁ ה֑וּא [Ix Elohim kadowish ju] “un hombre santo de Dios”.

Queremos concluir con las mismas palabras de Papa Francisco: «Que Dios nos done siempre la fuerza de ser sus testigos. Nos done vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer bien y con amor nuestros deberes de cada día»[8] y de acoger con sincera dulzura a todos los que lleguen a nuestra vida trayendo en sus labios y en su corazón el anuncio del Santísimo Nombre.



[1] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO-ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae. Santander. 1993 8ª ed.  pp. 170-171.

[2] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995 p. 296

[3] Ibid p. 221.

[4] Ibidem

[5] Gironi, Primo. LA CASA SOBRE LA ROCA Sociedad de San Pablo. Bogotá-Colombia 1ª ed. 2008 p. 89

[6] Papa Francisco. Loc. Cit.

[7] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Editorial Sal Terrae. Santander-España 2da ed. 1985 pp. 90-91.

[8] Papa Francisco. Loc. Cit.

viernes, 26 de junio de 2026

Sábado de la Décimo Segunda Semana del Tiempo Ordinario


Lm 2, 2.10-14. 18-19

Este Libro en hebreo se llama איכה [eika] “ay”, también se le llama קינות [kinot] que significa “cantos fúnebres”; habría que empezar diciendo que este Libro es un lloro sobre Jerusalén destruida. Se piensa que su hagiógrafo fue un testigo presencial de esta destrucción. En la Biblia Hebrea (Tanak) no está integrada a los profetas sino a los Ketubîm (Escritos). En cambio, la Biblia de los 7º lo ubica justamente después de Jeremías, este fue el motivo más probable de asignarle su autoría a Jeremías.

 

Si queremos una datación podemos suponer razonablemente el 586 a.C. Durante mucho tiempo se atribuyó a Jeremías, pero esto ha resultado no ser más que eso, una “atribución”.

 

Nuestra palabra “Lamentaciones” es de origen latino, está emparentada con la palabra “clamor” que por cierto se dice que es una onomatopeya que imita el sonido de un “gemido”. De allí viene lamentatio que significa en lengua latina “lloro”, “quejido”, “gemido”. «… Lamentaciones evidencia una interpretación Deuteronomistica de la destrucción como resultado de la desobediencia, junto con un anhelo de restitución del templo de Jerusalén…. El lugar de las ruinas se convirtió en un sitio de ritos de lamentación, en el que los habitantes del país recitaban oraciones como las que se recogen en nuestro Libro de las Lamentaciones». (Jorge Pixley)

 

Podemos intuir cuál es el marco emocional de estas lamentaciones:

      i.        Hambruna

     ii.        Sed

    iii.        Incendios

   iv.        Matanzas

     v.        Saqueos

   vi.        Desarraigo forzado

 

Podemos aquí enumerar una serie de consecuencias de la Destrucción de la Ciudad Santa (587 a.C.) representada como una viuda:

a)    El templo fue quemado

b)    Desapareció el Arca de la Alianza.

c)    Se rompió la Sucesión Davídica

d)    Las personas más pudientes y los líderes de la comunidad fueron deportados

e)    Todo esto repercutirá en la aparición de una nueva “identidad” en lo político y en lo religioso: De allí brotará el “judaísmo”, la comunidad judía.

 

Lo han perdido todo. La desesperanza lo tiñe todo. Muy a pesar de lo cual, la fe se sostiene aun cuando nimbada de dolor. «A menudo imaginamos que el territorio de Judá había quedado vacío después de que Babilonia tomó a Jerusalén y llevó mucha gente al exilio. Pero eso no es correcto: los exiliados pertenecían a la clase dirigente, intelectuales y profesionales especializados. Muchos permanecían allí, principalmente los campesinos». (Euclides Martins Balancin)

 

No hay nada que presagie una salida o la restauración. La crítica está de acuerdo en la datación de las Lamentaciones previo el 538 a.C.

i)              La primera Lamentación puede calcularse que data de poco después al 586 pero hay quienes la fechan para el 598.

ii)             La II y la IV pueden provenir de una cercana posteridad al 586 -como mínimo, un año después de la catastrófica destrucción.

iii)           La II y la V son de principios de la ocupación Babilonia 586 – 538.

 

Esta perícopa que se proclama hoy -pertenece a la Segunda lamentación (2, 1-22- trata de mostrar la Ira Divina contra Sion); Sion es simbolizada aquí por el ־רַגְלָ֖יו הֲדֹם [hadom-ragol] “estrado de sus pies”. Entra en la órbita de reconocimiento de autoridad a las profecías que anunciaban “el día terrible de la Destrucción”. Todo el mal que ha venido es consecuencia del pecado que ha sido peor que el de Sodoma. Toda la primera parte se va en la descripción de la calamidad. Nos pasan ante los ojos las distintas clases de víctimas de esta tragedia del Pueblo de Jacob:

a)    Los ancianos

b)    Las doncellas de Jerusalén

c)    El propio hagiógrafo

d)    Los niños y hasta los lactantes que mueren reclamando a sus madres por su alimento

e)    Los que quedaron heridos en los combates; que agonizan en brazos de sus madres.

 

Mientras que la segunda parte (versos 13-22) le exige a Sion que se consagre a lamentarse. Y les ruega que su llanto y sus clamores llenen los días y las noches.


Un aspecto que no hemos señalado y que ocupa un lugar importante es la denuncia de los falsos profetas, culpables de no haber corregido la dirección oportunamente y haberles profetizado visiones vanas y falsas.

 

Sal 74(73), 1b-2. 3-4. 5-7. 20-21

¿Qué queda después de una calamidad de “acabose”? ¡Gemirle al Señor para que Él se apiade! ¡Qué unja a su pueblo con el aceite de la compasión-Divina!

 

El salmista siente y lamenta el abandono definitivo, la cólera inconmensurable, el rechazo del corazón del Señor. El cantor ruega que el Señor rememore su elección sobre la tribu de Judá y, en particular, sobre el Monte Sion donde Yahweh tuvo a bien establecer su “morada”.

 

Vino el enemigo -en aquella oportunidad los babilonios- a imponerle su estandarte, a hollar con su pie las ruinas de la Ciudad-Santa. Ahora el hagiógrafo ruega a Dios, que Él, personalmente venga y recorra las calles y se conduela de los despojos de la Ciudad-que-Él-tanto-ha-amado.

 

Como si fuera un bosque, la incendiaron. Sus puertas no pudieron contener a los agresores: hachas y mazas trisaron todas sus defensas y redujeron sus trancas a puras astillas. El Santo-Templo ardió como pirotecnia para gozo de sus asaltantes y para desgarrar el corazón del pueblo elegido en girones.

 


El salmista suplica al Cielo para que ponga en su Memoria la Alianza que pactaron y los defienda de la violencia inmisericorde con la que los asediaron. Le pide que los humildes no salgan de este combate decepcionados y que los pobres y los afligidos tengan solaz y puedan arroparse envueltos en el santísimo Nombre. En esta cuarta estrofa el clamor sube de la boca de los humildes, de los pobres, y de los afligidos, de los destinatarios de su Amor-Preferencial.

 

זְכֹ֤ר  [zekor] “acuérdate”; de la familia de זִכָּרוֹן [Zikkaron] “memoria”, “recuerdo”, “memorial”. Es la palabra hebrea regente en este salmo. Donde la antífona responsorial es precisamente una apelación a la Maravillosa- Memoria-de-Dios: “No olvides sin remedio la vida de tus pobres”, estos “pobres” son los עָנִי [ani] los protegidos de YHWH (Cfr. Sal 74(73), 19).

 

Mt 8, 5-17

Bienaventurados los que pudieran llegar a causarle admiración a Jesús.

Se muestran dos episodios en los que Jesús se revela “Sanador”, su divinidad se revela a través de su Taumaturgia. Entre uno y otro se da la oportunidad de que Jesús se muestre conmovido y verdaderamente tocado por la fe de un “gentil”, se trata de un Centurión quien da una clase de teología explicitando porque la realidad toda, le obedece al Señor, de la misma manera que los soldados obedecen a sus generales.


El centurión se explaya argumentando que la orden de un Alto Mando, no se requiere darla presencialmente, él puede ordenar, mandar decir, y -a pesar de la lejanía que pueda mediar- los subalternos acataran por la “autoridad” de quien dimana la “orden”. Jesús acoge esta explicación reconociendo que los propios miembros del pueblo elegido no han tenido la penetración para reconocerlo y entender cómo se manifiesta la Misericordia Divina a favor de los “creyentes”, en cambio, este soldado sirviente del imperio romano, descubre en Jesús al Salvador.

 

Muchas veces, basados sobre una fe mínima, decimos “ya pedir, significa fe”; sin embargo, esa sólo es una fe minúscula. El siguiente paso es pedir con fe, lo cual ya entra en un proceso, tal vez aún no logrado, pero en proceso, en progreso. Existe otra manera de pedir: Pedir convencidos (Cfr. Mc 11, 24b). ¡Seguros, que lo que se pide se obtendrá!

 

Ahora bien, decirlo es supremamente fácil. Desde nuestra más tierna juventud se nos ha mostrado esta faceta: el pedir. Pero la fe que la apuntala siempre se deja de lado. El slogan ¡Pedid y se os dará! queda reducido y simplificado sólo a la presentación de “pliegos petitorios” y ¿dónde queda la fe que le sirva como base?

 

La educación en la fe ¿en qué consiste? Precisamente en evitar este descuartizamiento, por un lado, el pedigüeñismo, y, quien sabe dónde, la fe. Religión significa la re-integración de los dos componentes de la oración. Y no puede quedarse en decir “Mijito, hay que tener fe”; el asunto va mucho más allá. Si no queremos ser falsos fieles, tenemos que reunificar la fe y la petición, en particular la oración de súplica, articulándolas con la vida. Vivir con la fe puesta, con la fe en juego, con una fe “actuante”, que pudiera llegar a sorprender y admirar a Jesús: “Os aseguro, que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande”.

 

En este evangelio, a los miembros del pueblo elegido se les denomina “hijos del reino”, pero Jesús nos informa, no basta ser “hijo del reino” para ser admitidos a la mesa de Abrahán, Isaac y Jacob.

 

La fe no está huérfana en este relato, anda acompañada de su hermana mayor, la compasión. ¿Nos habíamos fijado? ¿Qué es lo que hace que el Centurión acuda a Jesús? Darse cuenta que su “criado yacía en casa paralítico con unos dolores terribles” (Cfr. Mt 8, 6). No simplemente pide para liberarse de un sirviente enfermo, pide porque se conduele de él, porque sufre sus dolencias como si fuera en carne propia. La petición ante Jesús suena como gemido, como lamentación.

 

En el segundo fragmento (Mt 8, 14-15) tenemos un muy breve cuadro: la suegra de Pedro está postrada en cama, asediada por la fiebre. Es un milagro espectacular (Atención porque lo decimos con ironía para destacar cuan sencillo es Jesús): primero suenan los redobles de tambor, luego todos los generales y los centuriones presentan armas, a continuación, habla el Primer Ministro, señalando la relación del Milagro con las promesas del Candidato Presidencial, y luego toma la palabra el Delegado Pontificio quien nos explica con sumo detalle, paso a paso, el milagro de la Sanación de la suegra de Pedro: ¡Le tocó la mano y la fiebre la dejó!

 

Simple, sencilla y modestamente, sin bombos, sin platillos. Sin discursos, ni arengas, ni aclamaciones

 

El episodio concluye cuando, la suegra pide el favor a los generales de disparar 21 cañonazos en honor al maestro. No, para nada. ¡Se levantó y se puso a servirles! ¡El mayor gesto de gratitud que se puede entregar! ¿De qué sirven 500 cañonazos? ¡será para no dejar dormir al prójimo! El servicio de la suegra de Pedro es una diaconía fundacional en la historia de la Iglesia. Igual que hará el Maestro-Divino, se quitará el Manto, se ceñirá una toalla y se pondrá a lavarles los pies.

 

Los versos 16-17 son una coda, dónde el evangelista se remite al Cuarto Cántico del Siervo Sufriente, en Isaías (Is 52,13 – 53, 12), y se apoya en ese cántico para hacer la hermenéutica de esta perícopa de su Evangelio, en los versos Is 53, 4-5. Es como si, al concluir la relación de los hechos, con el puntero laser nos señalara a qué se refiere y cómo interpretar y actualizar, en nuestra propia vida, la enseñanza.


¡Fe, Compasión y Sencillez! ¡Tomó sobre sí nuestras dolencias y cargó nuestras enfermedades!