martes, 15 de septiembre de 2026

Miércoles de la Vigésima Cuarta Semana del Tiempo Ordinario

 


1 Cor 12,31 – 13,13

Una comunidad donde todo es mano o todo es ojo, quiere decir que se acaba la pluralidad para ser una uniformidad dañina.

Gustavo Baena s.j.

 

Carisma es la persona humana que sirve dándose con amor

Ayer, hemos entrado de lleno en el sexto bloque de la 1a carta a los Corintios. Quedamos, ayer, en la recomendación que nos hace Pablo de “ambicionar los carismas mejores” (12, 31). Hoy, retomamos justo ahí. Usamos como peldaño de partida el último versículo de la perícopa de ayer.

 

Y tenemos que vérnosla con este “tecnicismo”:  χαρίσματα [charismata] “carisma” que nosotros solemos traducir por “don”, “recibido gratuitamente”, “virtud”, “fuerza”. Su etimología es χάρις [charis] “gracia”, “dotado por Dios”; y, μα [ma] “lo que produce”, “lo que resulta”, “el producto”, o sea, “lo que sale de recibir Gracia”. Y se puede enfocar desde dos perspectivas. Por un lado, es vista como un poder que lo hace a uno “especial”, “fuerte”, “le da dominio”, “capacidad para oprimir”. «Todo esto nos lleva a constatar que la comunidad privilegiaba a los “fuertes” en detrimento de los “débiles”. Los pobres eran víctimas de un complejo de inferioridad creado por las personas “de bien”. Pablo afirma que, si es necesario privilegiar a alguien en la comunidad, que sea justamente a los pobres y marginados… ¡Ahí está la intocable opción de Pablo por los pobres! Marginarlos es mutilar el cuerpo de Cristo, pero promoverlos es reconstruirlo» (José Bortolini).

 

Otro enfoque la ve, no como cualidades, sino como la “persona” misma, alguien que es transpenetrado por el Espíritu Santo, es un “don de Dios para la comunidad”. El carisma es el don Divino que sirve a la comunidad. No está al servicio del “dueño” (muchas veces se toma al portador como “dueño” del carisma), sino que Dios se la ha dado a alguien para que sirva a la Comunidad (no es el “dueño” sino el “canal” de Dios), el verdadero dueño del carisma, no es una persona que lo “detenta”, sino la Comunidad a la que le sirve. El carisma es la persona entregándose misericordiosamente al servicio del otro, haciéndose prójimo, sirviendo en un ministerio.

 

Nos pregunta el Padre Baena: «¿Habrán notado que la mano le discuta al pie? ¿Qué cualquier día diga el ojo, estoy furioso con la boca, no les parece que sería lo más ridículo y lo más desproporcionado que hubiera una división de nuestras partes del cuerpo? ¿Qué no se pongan de acuerdo?».

 

Ayer alcanzamos a ver que los carismas son variados y diversos, uno es pie, otro es mano, otro es ojo, otro es boca. Esa diversidad sirve a la Unidad, (no a la uniformidad).

 

Hoy, San Pablo nos habla del mayor carisma, del más excelente. En griego hay cómo mínimo cuatro clases de amor y cada uno tiene una palabra distinta para nombrarlo. El que nos ocupa hoy es el ἀγάπη [ágape], “amor preferencial”, “divino”, “desinteresado”, “que no espera ser compensado”, “incondicional”, “que se entrega por entero”.

 

¿Qué quiere decir? Que no se trata de un amor de telenovela, de historia de amor, no está hablando de amor romanticón. Está hablando de un amor que se interesa por el otro con generosidad, con desprendimiento, con benevolencia, con el único interés de que el otro salga favorecido, que logre sus más altas cotas de realización, de plenitud. ¡No estamos hablando de melado concentrado!

 

Este amor es fraternal, es solidario, es sinodal en el mejor de los sentidos. La perícopa no es a propósito para imprimir postales y venderla por “amor y amistad”. Este amor es el que hace que mi desprendimiento para darlo todo, no valga nada, a menos que se haga presente mi voluntad de que el otro crezca, que salga adelante, que florezca como el mejor rosal en tiempo de flores, y no para que yo las corte y las revenda, ni para tener un rosal que decore mi jardín, ni siquiera para tener un gesto galante con alguna persona que me atrae muchísimo. ¡No va por ahí!

 

Miremos sus características, (pero separándolas de lo que tendría que ser mi relación con el “ser amado”, porque esta consigna está para aplicarla aún con los que me caen gordos, aun con los que les caigo gordo, es para usarla con el enemigo, con el que me ha hecho daño, con el que me casó guerra, con el que me pinta la vida a cuadritos.

 

Uno tiene que ser:

1)    Paciente y benigno

2)    No envidioso, ni presumido. Ni engreído.

3)    No ser indecoroso, ni egoísta.

4)    No irritarse.

5)    No llevar cuentas del mal.

6)    No alegrarse de la injusticia, sino gozarse en la verdad.

7)    Todo lo excusa.

8)    Todo lo cree

9)    Todo lo espera

10) Todo lo soporta

 

Y concluye diciendo que no tiene fin, (no pasa nunca), ¡los amores que pasan son otra cosa, no ágape!

 

Claro que hemos tergiversado el amor radicalmente, como niños, que hablan como niños, sienten como niños, razonan como niños. Hay que tener mucha paciencia y saber aguardar hasta que salgamos y superemos esta edad de niños y empecemos a pensar como hombres. Sólo entonces podremos superar esta mirada infantil del amor y empezar a asumirlo con una actitud adulta.

 

Tengámonos paciencia, como Dios nos tiene paciencia, porque por ahora vemos el amor como a través de un espejo defectuoso. Por ahora, la visión es confusa, limitada.

 

Nuestra fe nos llama a ser pacientes los unos con los otros hasta cuando desarrollemos nuestros sentidos y conozcamos y se nos conozca como Dios lo hace con nosotros.

 

Por ahora -porque la situación está tan viche- tenemos tres herramientas: fe, esperanza, y amor. Pero cuando llegue la Plenitud, en la Parusía, sólo quedará el Amor y las otras dos desaparecerán, porque serán, entonces, inútiles.


En conclusión: “Si hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles y no tuviera amor-ágape sería como un bronce que resuena o como una simple campana que tintinea”. Y, como esa es nuestra situación actual, tenemos que seguir trabajando por el carisma más excelente.

 

Sal 33(32), 2-3. 4-5. 12 y 22

La estructura de este salmo podríamos llamarla de “eco”. Uno lanza una primera voz, y ella, resuena con una acústica algo disímil, pero en el fondo igual. Veamos:

Primera voz: Dad gracias al Señor con la citara,

Eco: toquen en su honor el arpa de diez cuerdas (decacordio).

 

Otro ejemplo:

Primera voz: Cántenle un cantico nuevo.

Eco: Acompañando los vítores con bordones. El bordón es un “bastón”, un palo grueso, con el cual se iba golpeando el suelo, rítmicamente, para marcar la cadencia.

 

A este tipo de resonancia se la llama “paralelismo”. Es un efecto que se logra, es mucho más que explicar, es reforzar y potenciar la “primera voz”. Es una estructura hímnica.


En la segunda estrofa se enuncia cómo es la Palabra de Dios: sincera, justiciera y que orienta en la rectitud.

 

La tercera estrofa, habla de una de las propiedades del Amor-ágape, es un amor de elección, que bienaventuranza que hayamos sido nosotros la “nación elegida”. ¿Qué tendrá la nación elegida? Será bendecida con la Misericordia de Dios, en esa bendición confiamos, eso es lo que esperamos, en eso se cifra toda nuestra espera.

 

Cuatro veces volvemos sobre la idea de la elección, regocijándonos en su predilección.

 

Lc 7, 31-35

Y así se entienden los diálogos fuertes de Jesús, con la clase dirigente de su tiempo: se pelean, lo ponen a prueba, le ponen trampas para ver si cae porque se trata de la resistencia a ser salvados.

Papa Francisco

 

Decimos que Dios nos tiene paciencia, y entonces, nos dormimos en “su paciencia” y no entendemos que Él nos tiene paciencia, pero, que mientras tanto, la injusticia campea a sus anchas y muchos sufren y muchos pierden la vida por ese motivo. Nuestra demora en reconocer su Autoridad, lo vuelve a crucificar, una y mil veces, en la misma cruz, cada vez con el rostro de otro hermano: El mismo Jesús, con el rostro de otro de sus “pequeños”. Eso no puede quedar así. No quedará impune el sufrimiento que se trae y que otros padecen, mientras nosotros dilatamos la Parusía.


Nos parecemos a esos niños que, un amiguito trae el balón de futbol y ellos dicen, “no nos gusta el futbol”. Y otro va corriendo y trae el lazo para saltar, y nosotros les decimos: ¡qué pena, tenemos un tobillo tronchado! ¡Qué significa? Que siempre tenemos pretextos para no asumir el discipulado a cabalidad. Siempre pedimos que se retrase la programación mientras vamos a buscar el yo-yo. Y, luego, que no lo encontramos, que vamos a traer las canicas, y así sucesivamente. «¡Queremos salvarnos como nos gusta!” Es este siempre el cierre al mundo de Dios… ¿Cómo quiero ser salvado? ¿A mi manera? ¿Con una espiritualidad que es buena, que me hace bien, pero está fija, tiene todo claro y no hay riesgo? ¿O de modo Divino? O sea, en la vía de Jesús» (Papa Francisco).

 

¿Cuántos profetas, cuántos santos, cuántos precursores nos ha enviado Dios? y nosotros, siempre damos alargue. Vino el propio Señor, y todos los “hijos de la sabiduría” lo han avalado, y nosotros, ahí, seguimos…  Viéndolo sangrar, colgado del par de maderos.


No nos hagamos los que no entienden… No abusemos de su paciencia. Permitamos que por fin ¡Venga a nosotros Su Reino!

lunes, 14 de septiembre de 2026

BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA DE LOS DOLORES


Hb 5, 7-9

Todo está consumado (Jn 19, 30)

El judaísmo fue fraguando -al hilo de la Revelación- una manera de sostener la amistad con Dios, por medio de una práctica cultual. Los gestos esenciales de esa manera de mostrar amistad y fidelidad con Dios corrían a cargo del Templo como institución oficial del culto, y este culto era “mediado” por el sacerdocio que llevaba sobre sus hombros el ejercicio cultual de los sacrificios.

 

En este Libro “A los hebreos”, se va a mostrar cómo entra Cristo en la esfera sacerdotal. El sacrificio presenta la “hostia”, o sea la víctima, para que su sangre pague la expiación de los pecados. Jesús, estaba destinado a ofrecerse como víctima propiciatoria ante el Señor-Dios, su Padre. Estaba destinado a ser el Cordero que, inmolado al Señor, lograra “quitar el pecado del mundo”, ese “mundo” no se refiere a la esfera terráquea, sino a todos los seres humanos que la habitan, la han habitado y la llegaran a habitar. La cumbre de su “existencia”, de la misión existencial que su Nombre le asigna, es llegar a ser el “Salvador” del mundo, a través de su personal inmolación.

 

Convertirse en el “Cordero expiatorio” era su meta de perfección. Ofrecer su Persona Integra en sacrificio, lo llevaba a cumplir el significado de la palabra יֵשׁוּעַ [Yeshua] "Salvador". Cuando Él se hace Hostia Santa en el Altar del Calvario -la Cruz- el propósito existencial del Ungido se alcanza, llega a su perfección, a la cumbre de Su realización, a su cabal cumplimiento.

 

¿De qué estamos hablando? Siempre hemos vuelto sobre la temática del significado del nombre de una persona en la cultura semita, como objetivo de la existencia. El nombre encierra el “propósito”. Cuando se cumple ese propósito, se ha llevado la tarea a su meta esencial. Entonces, y sólo entonces se podrá decir: “Todo está cumplido”. Yeshua dice todavía más, porque su exacto significado es “Yahweh salva”.

 

Cumplir el cometido asignado es alcanzar la τέλειοι [teleioi] “perfección”. Cristo tenía que alcanzar la perfección de su Nombre “Yeshua”. Y a eso se refiere la perícopa tomada como Primera lectura de hoy. Aparece el concepto de τελειόω [teleioo] “completamente realizado”, “llevado a perfección”, “cabalmente llevado a término”, “consumado”.

 

El Ungido llevó su misión de Cordero Sacrificial, hasta la cumbre de su cumplimiento a cabalidad. No se entregó un poquito, no se dio mesuradamente, su servicio no fue reservándose para sí, ahorrándose incomodidades y dolores, tacaño en su Donación. Para poder decir de Él que logró ser el “autor de la Salvación Eterna”, se entregó por entero, no se reservó nada para Sí, entregó, inclusive, a su Madre (Jn 19, 26).

 

No que estuviera buscando, con masoquista propósito el “dolor”, como quien quiere “deleitarse” o “regocijarse” con su propio padecimiento. La perícopa deja constancia que rogó para no tener que llegar a esos extremos; pero su suplica -suplica elevada con gritos y llanto- no fue un ultimátum, una carta de renuncia a su cargo y un rechazo a sus oficios. Le pidió al Padre, pero -en la oración en el huerto de los Olivos, puesto en la prensa de exprimir las aceitunas, valga decir, alcanzando la más profunda comprensión de su misión-  añadió: “que no se haga mi voluntad, sino la Tuya” (Lc 22,42).

 

Se presenta ante el Padre, dándole la cara a lo que se le viene encima, consciente del padecimiento que va a cargar en sus hombros y -no se detiene a refocilarse en la perspectiva del dolor- sino que, con voz de Hijo, eleva su petición de clemencia, llegando a la hematidrosis (Lc 22, 44).

 

Hay que prestar atención a la calidad de esta suplica. No es cualquiera el que ruega: Es el Hijo, el Ungido, de quien el propio Padre Celestial dijo ἀγαπητός [agapetos] “amadísimo” durante su bautismo (Mt 3, 17), el que “me complace en grado sumo”. Y no lo desoyó, escuchó su ruego, y lo salvo de la muerte, lo cubrió con la piedad filial que merecía y lo Resucitó, librándolo de la muerte.


No lo sustrajo a la densidad de su Nombre que lo comisionaba como Salvador-Redentor, pero no lo dejó hundido en el abismo mortal, sino que lo ensalzó Glorioso a su Derecha. ¡En el trono de la Inmortalidad!

 

Sal 31(30), 2-3a. 3bc-4. 5-6. 15-16. 20

Salmo del que anhela vivir en las moradas de YHWH. A esta clase de salmos los llamamos salmos del “huésped”.

 

Este salmo, para profundizar en él, podemos segmentarlo en tres episodios:

i)              Abandonarse en el Señor con entera confianza

ii)             Relato de la angustia que nos atrapa

iii)           Agradecimiento al Dios que salva.

 

En el primer segmento, está el abandono, la más cabal actitud del “amenazado”. Lo que no hace que ignore la gravedad de su estado: Él pinta con rasgos precisos su situación, su contexto, pero pasa la brocha, con rapidez, sin detenerse en minucias. No se retrata para los lastimeros.

En el relato de la situación amenazante, va enhebrando la gratitud que lo acompañará hasta salir airoso.

 

No se encomienda para salvar todos sus cherevecos; pero ruega para que alcance a salvar lo que tiene de valor.

 

Así, podremos ir fragmentando las piezas que trae este peregrino:

a)    Se acoge a la Bondad Divina

b)    Ruega “salvación” al que Salvación ha prometido.

c)    Le pide que le preste oído, que no deje sus súplicas en el abandono del que no oye.

d)    Que Él sea su refugio, su punto invulnerable, y recuerda el significado de su Nombre, por eso apela a que lo salve.

e)    Se da cuenta que los enemigos han tendido una red para atraparlo, pero Dios -que es leal- desenreda la golondrina de la red del cazador.

f)     El salmista, reconoce en Dios al Libertador de las trampas; Dios será quien lo desenreda de los hilos que ya lo aseguran y lo retiene maniatado. Esos “hilos” son “clavos”.

g)    Todos los azares incontrolables que pueden presentarse en una vida, sólo Dios los puede desenredar. Dios viene a supervisar la malla, y no deja ni un solo gorrioncillo cautivo.

h)     Los que valoran el amor de Dios son atendidos

i)      Dados sin falta por el Señor. a los que teman a YHWH, Dios lo preserva indemnes.

 

Fariseos, escribas, bribones… se burlaban de Él. No se contentaron con matarlo, se ensañaron y lo envilecieron, entregándolo a los ultrajes de la soldadesca… El motivo mismo de la condenación era una burla de desprecio, escrita en tres idiomas: ¡Jesús Nazareno, rey de los judíos escrita en tres idiomas:” Jesús Nazareno, ¡Rey de los judíos!

 

Jn 19, 25-27

María es un "espejo sin mancha" de la divinidad y anticipa la vida futura de la Iglesia

Este Evangelio nunca da nombre ni a “la madre de Jesús”, ni al discípulo amado. Hace sospechar que, como tantos otros personajes de este Evangelio, tiene significados más profundos, son personajes colectivos: representan a grupos o a pueblos. El discípulo amado sería el discípulo ideal…

Augusto Seubert

En Jn 19, 23 nos encontramos la palabra griega ἄραφος [arafos] que significa “inconsútil”, “de una sola pieza”, “entera, de arriba a abajo”, “sin rasgadura”, “sin costura”. Esta palabra caracteriza el Manto de Jesús, que no tenía costura, sino que estaba hecho de una sola pieza, de arriba abajo (Jn 19, 23s). En el verso 24 nos encontramos con la siguiente noticia: ante esta perfección de la túnica, los soldados resolvieron no trocearla, sino mantenerla indemne, y mejor sortearla entre ellos y a quien le cayera la suerte, se la llevaría, “en una sola pieza”.


La túnica inconsútil es imagen de María Santísima que representa la Unidad de la Iglesia. La “inconsutilidad (del latín tardío inconsutĭlis), de María Santísima proviene de su fe probada y de su docilidad para acoger la Palabra. ¿A qué Palabra nos referimos? La respuesta está en la primera declaración del Evangelio Joánico: «En el Principio ya existía Λόγος [logos] “la Palabra”; y aquel que es la Palabra estaba con Dios, y era Dios». (Jn 1,1).

 

Este título refleja que, por su fe y obediencia a Dios, María colaboró en la salvación de los hombres y se convirtió en la madre de todos los creyentes que nacen en la Iglesia. María, como Madre de la Iglesia fue solemnemente confirmada -por el Papa Pablo VI, en su discurso al clausurar la Tercera Sesión- en el Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964. Se celebra la memoria de Mariae, mater eclessiam, el lunes siguiente a Pentecostés.

 

El evangelio joánico renuncia a darle nombre propio de María Santísima -es “mujer” a secas, sin más títulos-, así como tampoco le da nombre al “discípulo amado”, que nosotros llamamos Juan.

 

Nuestra Señora la Dolorosa asocia sus dolores, simbolizados en la daga que atraviesa su corazón, conmemora el sufrimiento y la compasión de la Virgen María por la Pasión y Muerte de Jesús. Su fiesta se celebra precisamente hoy, su imagen suele llevar túnicas oscuras, un corazón traspasado por espadas (los Siete Dolores) y una expresión de profunda tristeza. La figura de La Dolorosa es un símbolo de luto, consuelo y solidaridad.

 

Por la perícopa se nos informa que María tenía una hermana, y que estaba con ella al pie de la cruz. Y otras dos Marías: la de Cleofás y la Magdalena. Ellas están aquí, en la “hora”, para ser la representación de los que desde el principio se unieron, personifican al “pueblo fiel”. Sin embargo, más adelante, tampoco se las menciona. Este “resto” fue el primero en intuir en este siervo sufriente, el verdadero sentido de la palabra Mesías aplicada a Jesús. Desenmascararon la Antigua Alianza como un pueblo al que le “faltaba el vino”, ¡qué rápido se quedaron sin vino”.


 Se puede descubrir en el par Madre-Discípulo-Amado, como un cumplimiento simbólico del “Levirato”. Esta pareja estaba llamado a darle hijos, al Hermano que había muerto sin dejar descendencia. Esos hijos somos nosotros, los convocados.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Lunes de la Vigésima Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


1 Cor 11, 17-26. 33

Entramos hoy en el quinto bloque de esta Carta, que trata los problemas de la vida en Comunidad. Este bloque lo podemos seccionar en dos sub-bloques, para mejorar nuestra aproximación. El primer sub-bloque, que no vamos a estudiar, trata el tema de las mujeres en el culto (11,2 – 16). Vamos a trabajar el segundo sub-bloque que abarca (11, 17-34) y cuya temática es la celebración Eucarística en conformidad con su institución. Lo que empalma muy bien con lo que estudiamos el sábado pasado.

 

Se trata aquí, de lo que podríamos llamar un “abuso”: Dice San Pablo, que, llegando aquí, no puede felicitarlos por lo que le han informado: Se le ha dicho que “cuando la comunidad se reúne, hay divisiones entre ustedes”. Está muy claro que cuando las divisiones se presentan, empieza -inmediatamente- un proceso de corrupción de la comunidad, de disolución, de descomposición. No hay un problema, lo que hay es un “problemazo”. Esto lo indica Pablo, diciendo: la cena que ustedes toman en sus reuniones, ya no es realmente “la cena del Señor”.

 

Unos comen muy opíparamente, otros, pasan hambre. ¡esa es la situación! ¿Puede ser esta la caracterización del ágape Eucarístico? Cómo es posible que, la “Cena del Señor” se haya convertido en la oportunidad para que unos lleven una lonchera descomunal, y humillen a los que no pueden llevar sino un mendrugo o, aún menos.

 

Nótese que Pablo no prohíbe que los que tiene en abundancia se reúnan en sus casas y se atraganten hasta el gaznate. Pero Pablo no puede barrer bajo el tapete la dificultad que esto plantea. Se ha tergiversado completamente el sentido fraternal del Agape. Así no se construye sinodalidad, sino que se fomenta el faccionalismo. Esta conducta es un verdadero ácido virulento que corroe la sinodalidad. Quienes así actúan condenan a la comunidad inexorablemente a su fin. Así las cosas, comprendemos que Pablo no puede “felicitarlos” por semejante comportamiento.

 

A continuación, la Carta nos trae el relato más antiguo sobre la Eucaristía, se estima que fue escrito hacia los años 55 y 56 de la era cristiana. Nos revela que Pablo les dejó las pautas para esta celebración, de acuerdo a lo que él mismo había aprendido en su formación, y cuyo patrón litúrgico se fue extendiendo e instituyendo una verdadera “tradición”, como él mismo la llama. Provenía del Señor, según nos la legó en la “Última Cena”.

a)    Celebrada la tarde de la noche en que iba a ser “traicionado”.

b)    Tomo en sus Manos Pan, dio gracias al Padre, lo partió y les dijo que “ese era Su Cuerpo”, el Cuerpo que Él entregaba a la muerte, para favorecerlos con la vida, Vida Redimida. Y les mando a repetir esta acción “en memoria” suya.

c)    Después de la cena, tomo la copa entre sus Manos y les enseñó que esa Copa era la Nueva Alianza, y que esta Nueva Alianza era ratificada por el ofrecimiento sacrificial de su propia Sangre. De nuevo les mando repetir esta acción, en “memoria de Él.

d)    Y, concluye en el verso 26 insistiendo que la acción de comer el pan y beber de la copa, es, mucho más que un ritual alimenticio, es la proclamación del Valor Salvífico de si muerte. Sólo cesará de repetirse cuando llegue la Parusía.


Así la esencia de la reiteración Eucarística, consiste en ser un acto “Memorial”. No se trata de traer al recuerdo un retazo del pasado. Se trata de traer al momento presente a Quien, en Virtud del Pacto de Amor, se actualiza en el hoy y en el ahora.

 

Sal 40(39), 7-8a. 8b-9. 10. 17

Este Salmo es Eucarístico, valga decir, de “acción de Gracias”. A un mismo tiempo que muestra gratitud, eleva una súplica. La tonalidad de fondo es la gratitud, pero en primer plano, en el salmo, se mueve el apremio, el peligro, el cerco tendido en torno, las amenazas que aprietan y ahorcan, inclusive, la enfermedad que clava sus fauces en la debilidad del salmista.

 

Sí, es un clamor de auxilio, el que se ahoga gime que le arrojen el salvavidas. Pero hay un envoltorio aislante, es la convicción de que el Señor no defrauda.

 

Sabe, ante todo, que el señor no reclama pagos por adelantado, que no apremia condicionando su apoyo al pago de una altísima cuota inicial. Sólo espera que nos presentemos ante su Presencia, mostrándonos disponibles para reconocerlo.


Reconoce que está Escrito, no en un código legalista, ni en un contrato formalizante; está escrito en el Libro de cada vida, porque el Señor no nos ata a una predestinación, pero dirige todo con su Misericordiosa Providencia para que el saldo final nos sea favorable.

 

La tercera estrofa de nuestra perícopa confiesa que el salmista se ha gastado cumpliendo la tarea de proclamarlo, de anunciarlo delante de todos, poniendo en riesgo su vida, que poco vale, comparada con la preciosa valía de haberlo proclamado.

 

En la cuarta estrofa, declara algo muy importante, los que se salvan no son los muy buenos, los santitos juiciosos de la foto, sino los que tienen sed de Salvación.  Los que lo buscan, esos son los que siempre tienen un canto en los labios y saben pronunciar las Cuatro Hermosas palabras: “Grande es el Señor”. Ellos forman un corro de dicha y júbilo. ¿En qué consiste esta Grandeza de Dios? En que Él no interpone אָחַר "tardanza", Él es pronto en atender nuestras súplicas. (Lento -en cambio- para airarse en contra nuestra).

 

El verso antifonal conecta excelentemente con la primera Lectura. Se refiere al encargo que nos dejó el Señor, que le pone cimientos a nuestra fe: la tarea de proclamar la muerte del Señor, hasta que Él vuelva. Nuestra vida ha de traducir, del arameo, una constante: Ven Señor Jesús.

 

Lc 7, 1-10

Pasó el Sermón del Valle, que nos ocupó el viernes y el sábado de la semana anterior; hoy, Jesús entra en Cafarnaúm, de la que, recientemente decíamos era como la base de operaciones de Jesús.


Un centurión, que tenía un criado a quien apreciaba mucho, viene a Jesús para implorarle por la salud de su criado (su esclavo). Al ser un “gentil”, recurre al Señor por interpuestas personas. Eleva su ruego por medio de la intercesión de unos ancianos judíos.  Este centurión se había ganado la estima de los judíos porque les había hecho adecuar un lugar para sus reuniones cultuales, una sinagoga.

 

Jesús salió para allá, pero, cuando ya estaban cercanos, el centurión le envió otra delegación para decirle que se avergonzaba de su atrevimiento al pedirle que lo visitara. Muy seguramente el Centurión, que había tratado con ellos, recordó que pedirle a un judío que entrara en casa de un pagano, lo condenaba a la “impureza ritual”.

 

No es que la fe del centurión se hubiera debilitado, al contrario, a pesar de estarle pidiendo más allá de lo que el judaísmo permitía, para no forzarlo a caer en esa situación que lo impurificaba, le pide que “lo sane a distancia”: Y lo hace con una comparación. Así como él tiene la autoridad que le concede el Emperador de mandar a lo lejos órdenes a sus subalternos, y ellos tienen que acatarlo, pese a esa distancia; así Jesús, con el Poder Celestial, que lo llena de “autoridad” puede pronunciar la “Palabra de Sanación” y, de inmediato, la enfermedad sería expulsada.

 

Este era, insistimos, un “gentil” y, a Jesús le asombra que entre los gentiles haya fe, y una fe mayor que la que florecía en Israel. Israel, era el pueblo elegido, pero este relato lo que nos muestra es que esa elección, no hacía más férrea la fe de este pueblo, sino que, por el contrario, a veces llegaron a mostrar una fe más débil, una fe enclenque.

 

Así las cosas, esta perícopa enfoca ya que, el cristianismo no sería un monopolio racial, o cultural, o político, o económico, de cierta gente, sino que sería una fe “católica”, es decir, abierta a todos los que tengan fe. Esta catolicidad se fue descubriendo paulatinamente y, a algunos -en especial a los judaizantes- les costó muchísimo aceptarla. Al volver a la casa, el Poder de Jesús, ya había llegado, y el esclavo estaba completamente sano.


Aquí encontramos la raíz histórica de esa frase que nosotros pronunciamos al acercarnos a recibir el Pan y el Vino Consagrados: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una Palabra tuya bastará para sanar”. ¡Fue -precisamente- lo que dijo el Centurión!

sábado, 12 de septiembre de 2026

LE DOLEMOS A DIOS EN SUS ENTRAÑAS


                             Eclo 27,33-28, 9; Sal 103(102), 1-2. 3-4. 9-10. 11-12; Rm 14, 7-9; Mt 18, 25-31

 

Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-: que os améis unos a otros, como yo os he amado.

Jn 13, 34

 

Ante todo, es necesario tener presente que la justicia bíblica no corresponde a nuestro sentido de justica expresado con un veredicto…

Enzo Bianchi

 

La definición elemental de justicia como la disposición de dar a cada quien lo que le corresponde, puede servir, con demasiada facilidad, y sirve, con demasiada frecuencia, de pantalla para cubrir nuestros deseos incontenibles de venganza.

Alejandro Angulo Novoa, s.j.

 

El amor puede, fácilmente, ser adulterado en su profundo significado y puede desvirtuarse o edulcorarse hasta lo melifluo, hasta hacer de él un fetiche empalagoso y repugnante. Nosotros tenemos –porque se nos ha dado- un itinerario para justipreciar lo que es el amor: El primer paso es tomar consciencia de la Presencia de Jesús como nuestra compañía constante, y, ante todo, ¡mirar al que traspasaron!


Ni se vayan a imaginar que simpatizamos, lo más mínimo, con el masoquismo; tampoco –y rotundamente ¡no! No aceptamos la violencia y la tortura, de ninguna manera. Simplemente constatamos una realidad donde campea y se pavonea. Es un hecho que está ahí, flagrante. Levantamos los ojos hacia el Crucifijo y nos damos de bruces con la Víctima, el Cordero de Dios, resultado de la maldad, de una crueldad inusitada que desalojó la propuesta originaria de fraternidad. Y preguntamos, desplazando nuestra responsabilidad, (porque tan inhumano atropello salió de nosotros mismos) ¿Cómo puede Dios permitir que se dé tanto dolor, cómo puede Él, quedarse impávido testimoniando el calvario de la humanidad?

 

Llegamos necesariamente al cruce de caminos entre el Dios-Creador, infinitamente Bondadoso, que no podía hacernos a su Imagen y Semejanza sí nos hacía criaturas manipulables a su antojo, y por eso ¡nos hizo libres! Y el Camino del Mismo Señor como Siervo-Sufriente (Y el Siervo-Sufriente no es sólo el Hijo, lo es también el Padre). La criatura de Dios –se podría decir- quedó “condenada” a su libertad, al riesgo del mal uso de esa libertad. No deberíamos decir “condenada”, porque la libertad no es una cadena; todo lo contrario, es –junto con la vida- nuestro mayor bien, el carisma verdadero del ser humano, el que nos permite subir, crecer, superarnos, vivir en el bien, escoger una vida santa. Por eso, más bien, deberíamos hablar de “adornados”. Pero claro, por la concupiscencia, esa secuela del pecado, la libertad no sólo nos engalana, sino que además nos “exige”, nos pone a prueba y, nos expone a fallar, a caer, a optar mal; por tal, no sólo podemos hablar de estar “engalanados” con el carisma de la libertad (decimos carisma porque es una virtud que recibimos para hacer bien a los demás, para favorecer la comunidad, para construir en solidaridad, para avanzar sinodalmente, para edificarnos en koinonía; porque un carisma no se da para uno mismo, sino para los otros), además, en ese contexto, dado por el pecado original, hay que decir que la libertad no sólo nos adorna sino que nos deja expuestos, nos asoma al riesgo: Para poder obrar el bien, para ser agentes del bien y constructores de paz, debemos ser capaces de afrontar ese riesgo y sobreponernos a él. Esa dialéctica entre atributo y riesgo es lo que nos llevó –arriba- a hablar de estar “condenados a ser libres”, con una perspectiva casi existencialista.


Segundo paso: Pongámonos –por así decirlo- “en los zapatos” de María Santísima, al lado de la cruz, mientras su Hijo agonizaba. Tratemos tan siquiera de imaginar su dolor, su tristeza, su sufrimiento. Su dolor son “siete dolores”, es decir, todo el sufrimiento del mundo; una espada de dolor atravesó su alma (Cfr. Lc 2,35). Contemplemos el dolor de María que es el dolor de todas las madres de la tierra y de la historia que han perdido su hijo a manos del odio, la ira, la ambición…


Vamos al tercer paso: Pongámonos en contemplación ante el dolor de Dios-Padre que ve a su Hijo morir en la cruz. Si María, su Madre, sufre, ¿cómo sufrirá el Padre que lo ve todos los días de nuevo crucificado? He aquí la gran contradicción: Dios-Todopoderoso es, en este caso, la Víctima. El Padre contiene su Poder para ejercer su Poder: Dios crea, crea todo el tiempo, todo el tiempo crea seres humanos, según su Imagen y Semejanza, y los crea libres. Ahora puede retractar la libertad y salvar a su Hijo o… puede –porque el don de Dios es irrevocable- ratificar la libertad humana, conexa con el riesgo de caer, y dejar que su Hijo sea vejado, torturado y asesinado. «Ante la cólera de Dios, representada muchas veces en la Biblia, en lugar de escandalizarnos, deberíamos comprender que éste no es un capricho de Dios, no es un defecto de la Justicia, sino que es la expresión del sufrimiento de Dios, el cual sufre por el mal que ve cometer en el mundo, sufre la violencia, sufre el odio. Y, por tanto, su justicia se vuelve sufrimiento[1]


Y, aquí –ratifiquémoslo- destella la Bondad Omnipotente de Dios: Dios por Amor, resuelve sufrir antes que retirar el Don. Dios-Padre en vez de castigar y destruir, resuelve sufrir, permite que su criatura se vuelva contra Él. Así como María se hace abogada de todos los pecadores y Madre nuestra, pese a su Corazón atravesado de parte a parte, así Dios-Padre, en vez de quitar, da. Frente al peso avasallador del dolor, del sufrimiento y la muerte lo que hace es entregar, entregarse más. La Entrega es su Victoria.

 

«Mateo fundamenta la necesidad de un perdón sin límites en la parábola evangélica del siervo inmisericorde. Se trata de un funcionario, probablemente un gobernador en dependencia directa del rey, al que debía diez mil talentos… es la máxima cantidad imaginable en aquella época y es una suma simbólica que el rey perdona total y generosamente. Al oír el lector de labios de Jesús la condonación generosamente otorgada por el rey, piensa instintivamente que el agraciado repetirá el mismo gesto con su compañero. Pero no. Apenas sale agradecido de la presencia del rey, encuentra a su compañero, desata violentamente su ira contra él y le exige el pago inmediato de la ridícula cantidad de cien denarios… sin atender a las súplicas de paciencia ni a las promesas de pagar hasta el último céntimo… No se puede tener por exagerada la exigencia del perdón hecha por Jesús. Es sencillamente un gesto de agradecimiento por el perdón sin medida recibido a diario de Dios. En la parábola pone Jesús en violento contraste la deuda inmensa contraída con Dios y la pequeña cantidad que nos debemos perdonar los hombres. Con este contraste nos hace comprender que nunca puede haber motivo razonable para negarnos al perdón.»[2]


 

La palabra per-don significa “súper-regalo”, regalo-máximo. Con ese “Don” magnífico responde Dios a la violencia humana; al vicio fratricida Dios contesta con su Magnanimidad. “No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras iniquidades” (Sal 102, 9-10). Si Dios hubiera hecho gala de “poder” habría sido derrotado; como hace gala de su Generosidad Misericordiosa, entonces ha derrotado al Malvado. La Cruz es la Victoria sobre el mal y la muerte. La victoria definitiva, ya la muerte no tiene poder sobre nosotros, es el súper-Don. “¡El Señor σπλαγχνισθεὶς [splagchnizdeis] tuvo lástima de aquel empleado y lo dejo marchar, perdonándole la deuda”! (Mt 18, 27)


Hemos llegado a esa palabra clave del Evangelio según San Mateo: σπλαγχνισθεὶς del verbo σπλαγχνίζομαι [splagnizomai], “conmoverse”, “sentir piedad”, “lástima”, “tener misericordia”. La voz σπλαγχνα [splagchna] se refiere a las entrañas, André Chouraqui piensa en la “matriz” y lo expresa como sentimiento matricial: «El Dios de la Biblia. Adonaí Elohim, fue traducido al Deus del Olimpo, contra el que la idea monoteísta judía luchó. Y el Dios misericordioso es algo más en la Biblia. Es el Dios-matriz (rahem), que hace con todos los hombres y la creación entera lo que la matriz con el feto. Más que dar misericordia, o tenerla, Dios da la vida y la mantiene» es lo que nos traduce Chouraqui. Allí donde la madre siente el dolor de su hijo, dolor-uterino, ¡Hijo de mis entrañas!, donde María siente ser taladrada mientras Jesús se desangra, en ese mismo punto del alma nuestro Dios sufre con su Hijo. Dios Padre no deja a su Hijo sólo sufriendo, no lo abandona, su Poder-Inagotable lo hace “conmoverse” con sus criaturas, perdonarlas; De esas –también- cinco Llagas en el Corazón de Dios-Padre brota el perdón: el Gran Poder del Espíritu Santo.


El filósofo clava sus dedos en el muro, se arranca las uñas arañándolo y solo ve un ser delimitado por la muerte, un ser condenado a deshacerse en polvo y un polvo convocado a la nada. El Evangelio nos descubre que el ser-humano puede entenderse como un ser capaz de misericordia. El Poder de Dios crea siempre, en todo instante está creando, infundiendo nueva vida. ¡Él no abandona! Porque su Poder es Eterno, sigue acompañando, velando, reconciliando, reconstruyendo, absolviendo, resucitando. Dios es Eternamente Puro, Él es Santo, Santo, Santo. En el corazón del pecador pueden vivir ira y cólera. En cambio, para Dios, furor y cólera son odiosos (Cfr. Eclo 27, 33).

 

Sin embargo, el Amor-Victorioso de Dios (el que coronó a su Hijo con la Corona de la Resurrección, extensiva a todos los que caminan su derrotero) puede quedarse, para nosotros, en una abstracción. Ese peligro nos acecha poderosamente. Nosotros estamos siempre amenazados., en este caso la amenaza es dejar el amor reducido a un ente abstracto, en idea “pura”, cuando el amor es -ante todo- una práctica, algo que se “ejercita”. Una vez más reconocemos que el ser humano tiene su libertad como un don precioso que, –en cada encrucijada- lo capacita para optar; y optar convenientemente, haciendo uso de esa libertad. Lo que nos define como humanos es la capacidad de optar y –fundamental, no sólo optar, sino perseverar en esa opción- a menos que descubramos que habíamos optado mal, equivocadamente, entonces surge la “nueva opción”, cambiar pronto para “corregir”.

 


«Admitámoslo, el perdón… supone un esfuerzo considerable. Exige tiempo y energía de parte del ofendido que debe mantener una lucha continua contra el egoísmo siempre dispuesto a aflorar en una tarea así,…El verdadero perdón… toma tiempo, implica un largo trabajo de maduración y una conversión del corazón, tanto de aquellos que perdonan como de quienes son perdonados… si el perdón se muestra como algo tan doloroso, es porque requiere lo mejor de la persona. Y por experiencia todos sabemos que es fácil tropezar con la debilidad.»[3]

 

En esa matriz de la “Misericordia” fue donde Dios tejió nuestras células, e infundió vida y nos dio el ser que somos. Pero, ese ser-digno, precisamente “digno” porque libre, no opta por una suerte de espontaneismo sino que apela a su voluntad. Cada opción se toma y se sostiene firme con la firmeza de nuestra decisión. Eso va directamente en contra de la mentalidad que reacciona para optar según sus impulsos espontáneos, porque “le nace” o “no le nace”. (Y recordemos que, para tomar nuestras decisiones Dios no nos dejó a la deriva, nos “revelo” su Ley, y –además- nos legó la Iglesia, Madre y Maestra).

 

En cambio, el conmoverse sí es un movimiento espontaneo de nuestras “entrañas”, está en nuestro ADN-Divino, somos capaces de solidaridad, de afectarnos ante el dolor del otro, ante la debilidad del desprotegido, somos capaces de “tener entrañas de misericordia” ante el dolor del hermano, y no pasar indiferentes como el Sacerdote y el levita de la parábola del Samaritano.


Amar y perdonar son opciones que se toman y se sostienen por nuestro “compromiso”, se llama coherencia del ser humano que lucha, todos los días, por caminar los senderos del bien, por respetar la ley de Dios, por andar los caminos que el Señor nos indicó y no comer del fruto prohibido. Coherencia con el Gran Mandamiento de Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Estas opciones son –por principio- anti-homicidas, nos llaman a arrancarnos el cainismo, a detestar el fratricidio, en todas sus formas, el irrespeto, tanto como la insolencia, así como la calumnia, como percepción de enemistad, nos llaman a perdonar y a caminar con la carga ajena el doble de lejos, y si te piden la capa, darles también el manto y si te abofetearon en la mejilla izquierda, a ofréceles enseguida la derecha (Cfr. Mt. 5, 39-41). Así es, el compromiso con el Bien, es un sendero de Perfección. La coherencia es una tarea que se reinicia a cada instante, sólo el que persevere hasta el fin se salvará (Cfr. Mt 24, 13). (No limitarnos a no infringir los Mandamientos, esa es sólo la primera mitad del camino. ¡Coherencia es no desperdiciar ninguna oportunidad de hacer el bien!

 

Y para ser Vida Eterna
el Verbo quiso de mí
la carne que resucita.
Y yo le dije que sí
para no ser sólo tiempo.

P. Casaldáliga

 

Amar y perdonar están inextricablemente unidos. Son, como se suele decir, las dos caras de una misma moneda. Y no son cosas que nos salen así como al que le nace bostezar, son fruto del propósito sostenido, prolongado, incesante. Surgen de la fuerza del corazón, animado por el Espíritu Santo. ¡Nosotros solos no podemos! Es Dios quien obrando en nosotros nos da la fortaleza, la voluntad para poder perseverar. Pero esa fortaleza hay que pedirla y aceptarla, también hay que “optar” por ella, escogerla como parte de (perdónenos la metáfora belicosa) nuestro “arsenal”, pero arsenal de vida y no de muerte.

 

«La espiritualidad ni es abstracta ni es ingenua… Lo que se propone aquí es completar lo que ya estamos haciendo con ineficiencia debido al descuido generalizado de esa dimensión del amor que es la que mueve a los humanos.»[4] Apelamos a todo este tejido de valores cristianos, que constituyen lo que -verdaderamente podemos llamar- vida en el Espíritu. «… la primera pregunta no es “¿Cómo podré perdonar o favorecer el que los otros se perdonen?” sino, “¿Cómo podre lograr que la misericordia de Dios y su iniciativa de amistad aparezcan en mi vida y en la de los demás y yo me abra a esa amistad?”»[5].

 

 



[1] Enzo Bianchi. LAS PARADOJAS DE LA CRUZ Ed. San Pablo Bogotá. D.C.-Colombia. 2001 p. 55

[2] Grün, Anselm. SI ACEPTAS PERDONARTE, PERDONARAS. Narcea, S.A. de Ediciones. Madrid –España 2005 p. 19

[3] Nadeau, Marie-Thérèse PERDONAR LO IMPERDONABLE San Pablo Bogotá-Colombia 2003 p. 24

[4] Angulo Novoa, Alejandro. s.j  ESPIRITUALIDAD Y CONSTRUCCIÓN DE PAZ Bogotá D.C. CINEP/ Programa por la Paz, abril de 2014

[5] Mons. Castro Quiroga, Luis Augusto. EL CABALLERO DE LA TRISTE ARMADURA. p.83. Ed San Pablo. Bogotá Colombia.