domingo, 12 de julio de 2026

Lunes de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario


Is 1, 10-17

En el templo se celebra un culto esplendido; pero es sólo ritualismo y falta lo principal: la abstención del pecado y el ejercicio de la justicia.

Salvado Carrillo Alday M Sp. S.

 

Retomamos la clave interpretativa del Libro de Isaías que fue redactado en tres épocas distintas: la que estamos estudiando -la del proto-Isaías- es pre-exilica; la del Deutero Isaías es exilica; y la del trito-Isaías -varios otros escritores- que es post-exilica.

 

¿A quién se está dirigiendo el profeta en esta perícopa? Los vocativos que emplea el hagiógrafo son: ¡Príncipes de Sodoma, pueblo de Sodoma! … El capítulo 1, del Libro de Isaías, -que actúa a manera de prólogo de la obra- es una compilación de cinco oráculos, juntados por allá -después del 701 a.C. pero antes de la muerte de Isaías- datada en el 695 a.C.

 

¿Cómo puede ser esto, sí sabemos con bastante certeza que Sodoma y Gomorra fueron destruidas el 29 de junio del año 3123? ¡esta destrucción fue producto de la ignominia en la que cayeron estos pueblos y está relatada en Gn 19, 24-38. Una lluvia de fuego y azufre cayó sobre Sodoma y Gomorra y las destruyó, junto con todos los que vivían en ellas, y acabó con todo lo que crecía en aquel valle. Entonces resulta que esta gente se convirtió en el paradigma de la perdición, y aquí, a quienes se dirige el profeta es a los habitantes de Judá, el Reino del sur, formado por las tribus de Judá y Benjamín, mientras las otras nueve tribus conformaban el reino de Norte (las tribus de Rubén, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Efraín y Manasés que cayó en el 722 a.C.), queda por fuera la tribu de Leví, a la que no le fue asignada tierra, pues estaban destinados al servicio de Dios y fueron entregados a los sacerdotes como ayudantes. Entonces esta es una fina ironía para evidenciar el nivel de descomposición que alcanzó Judá. Todos los oráculos de los capítulos 1-12 -que forman la primera parte del Libro del proto-Isaías, está dirigida a tal fin, mostrar el camino ignominioso de Judá y, en particular, de Jerusalén. Les está hablando el profeta, entonces, a los gobernantes y al pueblo entero del Reino del Sur: Dios no quiere tener nada que ver con gente de manos ensangrentadas, con una ralea pecaminosa.

 

“No me traigan más inútiles ofrendas, son para mí como incienso detestable … no soporto iniquidad y solemne asamblea” (Is 1, 13). El proto-Isaías lo que ataca -pero ¡tengamos bien presente que no es un decir del profeta, sino la Voz de Dios a la que él le presta servicio de ventriloquía! - es la doblez entre la vida moral -por una parte-  y la ritualidad por otra. Esta falsa ritualidad está enfocada y concentrada en los sacrificios. Y, por su degradación moral, los sacrificios tienen hastiado a Dios, a quien esos sacrificios le parecen insoportables, porque no van asociados a una sincera vida de integridad y limpieza moral.

 

Dios les dice -por boca del profeta- que no los quiere ver pisando el atrio del Templo, cuando Él no les ha pedido nada.  De unos falsarios que cometen el “adulterio” del pecado, Dios no acepta ningún culto, porque este se vuelve pura hipocresía: ¡Son un “incienso insoportable! Dios no puede tolerar esa bina iniquidad y solemne asamblea. ¡Eso Dios no lo soporta!

 

Antes que una liturgia proveniente de manos cargadas de pecado hay que empezar por un proceso de purificación de las obras, sólo cuando las manos y el corazón se hayan vuelto hacia el acatamiento de la moral divina, podrán -de manera legítima- acercarse al Altar y ofrecer de forma válida una Oblación Santa.

 

La fórmula es específica. ¡dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien!

 

Y el Señor explica con cuatro pautas lo que significa hacer el bien:

1)    Buscar los caminos de la Justicia.

2)    Socorrer al oprimido.

3)    Proteger el derecho de los huérfanos

4)    Defender a las viudas.


Se trata de una opción preferencial por el marginado, por el vulnerable. Dios no saca a los demás de su “rebaño”, lo que pasa es que Él no permite que, bajo su Nombre, Tres Veces Santo, se esconda y se solape la discriminación y el olvido de los débiles, de los “pobres de Yahweh”.

 

Sal 50(49), 8-9. 16bc-17. 21 y 23

Este es un salmo de la Alianza. Como una brújula eficaz su aguja señala el norte: Ofrecer acción de Gracias, eso honra al Señor.

 

La aguja de la brújula no sólo señala el norte, la parte “trasera de la brújula” apunta al sur: el sur -teológicamente hablando- es la alternativa infiel que quebranta la Alianza: “Detestar la Alianza y apartar los ojos de sus mandatos, mirando siempre hacia otra parte”. El que detesta la Alianza pone la Ley de Dios fuera de sus ojos, la pone a su espalda, porque así, por mucho que gire, nunca la verá.


Muchas veces se puede poner a la visita al templo como único momento de “oración” y vivir el resto de la vida con la Ley de Dios en la espalda. Y así, girar día y noche, mes tras mes y año tras año “asociados” a una religión que “desconocemos”.

 

Cuando Dios nos invita Domingo a Domingo, -y a veces día a día- a su Templo, lo hace, no por mantenernos atados a la ritualidad, sino para brindarnos muchas oportunidades de descargar el morral, ponerlo sobre nuestras piernas y contemplar -inclusive medir y constatar- nuestra real fidelidad a sus mandatos.

 

Hoy nos proponer una verdad de a puño: ¡Sólo quien sigue el “buen camino” podrá ver la Salvación de Dios!

 

Esto pertenece a la misma familia del llamado del proto-Isaías, cuando denuncia a quienes visitan el Templo con asiduidad, y llevan siempre algún corderito para ensangrentar el Altar, pero -aun cuando sus labios están llenos de “Padre nuestro” y “Ave María”- su corazón no descansa de cometer injusticias.

 

El salmo atiza en nuestro ser la propuesta Divina: “Misericordia quiero y no sacrificios”.

 

Mt 10, 34-11,1

No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos

Mt 9, 10-13

 

Jesús quiere ratificarnos estas enseñanzas adecuándolas lo más posible a las limitaciones de los corazones endurecidos: “El que recibe a un justo con corazón de justo, tendrá recompensa de justo”.


 ¿Eso está claro? O creemos que podemos recibir a los justos con corazón de injustos y que Dios se dejará engañar. En una sociedad de injusticias, donde la gente se ha dado a la tarea de sentarse en al atrio de los tribunales, a esperar que las legislaciones sean emitidas para , antes de dejarlas circular, encontrar la manera de tergiversarlas y recortar su alcance acomodaticiamente, para lograr lucro personal, cabe -tal vez- suponer que también podemos acudir al atrio Catedralicio, o llegando más lejos, sentarnos a las puertas del mismísimo Vaticano para “manipular” los pronunciamientos y tildarlos para que esas tildes nos dejen manipularlos, neutralizarlos, embardunarlos con nuestros  amaños y terminar haciendo solo aquello que nos da la “reverendísima gana”.

 

No podemos cohonestar con semejante procedimiento. No se puede callar ante el atropello. No podemos dejar campear la ignominia. Muchos creen que lo mandado es sostener la falsedad para contener la denuncia, acuden al maquillaje para tapar las “marrullas”; todo en aras de una supuesta “paz”. Pues sépase que Jesús no ha venido a traer esa “paz”; frente a la marrullería y a la artimaña, Jesús ha traído “la espada”.

 

¿Quiere decir que Jesús también es un guerrerista vende armas?   ¿Estamos acaso ante otro promotor de violencia? ¡De ninguna manera! Lo que nos dice Jesús hoy, al concluir el segundo discurso -al que se ha denominado el “Discurso apostólico”-, lo que Él dice sólo es el diagnostico de cómo se está reaccionando contra su propuesta. Dice que Él desempeña el rol de un médico, que va con los pacientes y -lo único que puede hacer- es decirles, honestamente, de qué va su enfermedad.

 

Tiene que llegar -inclusive a decirles- como va a reaccionar su organismo ante el medicamento conveniente; no puede decirles “hagamos lo siguiente siga enfermo y no haga nada”; tiene que decirles que el medicamento les va a dar un poco de sueño, que durante ese tiempo no podrán asumir tareas que requieran atención o que generan riesgo, que tienen que tomar más agua, y dormir mejor, bien, todo lo que sea…. Y les da recomendaciones particulares a los “enfermeros”, que son sus discípulos… en eso está, instruyendo al “cuerpo de cuidadores”:

 

¡Entendamos bien!

­       El que nos recibe como si lo estuvieran recibiendo a Él, está recibiendo al Padre.

­       El que recibe a un profeta, aceptándolo en su calidad de profeta, será aceptado en el Reino, como si él fuera también un profeta.

­       El que recibe a un justo, recibirá trato de justo.

­       El que da lo más mínimo a un “pequeño” porque es discípulo de Jesús, tendrá asegurada su recompensa en el Reino.

 

Termina su discurso y se va a continuar con su quehacer, con la misión que el Padre le dio.

¡Seguir enseñando y predicando! El Evangelio no está predicado en términos de ajuste a nuestras estrecheces mentales o morales.  El Señor va adelante con su “tarea”, enseñando con la Grandeza y la Altura que Dios provee para sus hijos.


La espada sirve para cortar con la complicidad y el disimulo que -a veces- son precisamente nuestros cercanos, los que nos las imponen (a veces estrangulándonos con sus cartelones de “la verdad”). ¡No para herir ni lastimar a alguien! ¡Herir y lastimar serán vías exclusivas de los que portan corazón de asesinos y esos no podrán ambicionar ninguna recompensa! El asesino sólo tendrá paga de asesino. ¡Treinta amargas monedas de plata!

sábado, 11 de julio de 2026

LLAMADOS A FRUCTIFICAR

Is 55,10-11; Sal 65(64), 10-14; Rm 8,18-23; Mt 13,1-23

 

Si no sintonizamos con Jesús, difícilmente entenderemos sus parábolas.

J. A. Pagola

 

… cada uno… está comprometido o acostumbrado a un estilo de vida que puede volverlo incapaz de comprender lo que significa la liberación, para descubrir finalmente, lo que es la vida humana que Dios quiere.

Ivo Storniolo

 

 

Hay unos temas capitales en la Liturgia de este Domingo XV -del ciclo A- del tiempo Ordinario, que como estambres de un tejido se entrelazan y entretejen su sentido profundo, que consiste en revelarnos a Dios como un Dios que da, que derrama hasta el derroche, que se entrega en la más generosa y efusiva donación. Esos temas son, según nuestra óptica: las parábolas, la escatología y la Palabra.

 

Si empezamos por la Primera Lectura, es el profeta Isaías quien nos transmite la Palabra de Dios, y lo hace precisamente con una parábola. En ella, la parábola se establece entre la “lluvia”, como realidad conocida y entendida, y, por otra parte, la Palabra de Dios, que es la realidad que se quiere presentar, pero de la que no se puede hablar directamente: Así, como nos lo explica el Padre Gustavo Baena, s.j. La parábola “Es una similitud o comparación en forma de narración que tomada en su conjunto describe el acontecer de Dios como Creador del hombre, tal como Jesús lo experimentaba y del cual solo se tiene una comprensión oscura, por medio de otro acontecer comúnmente conocido y aceptado por el oyente, a fin de hacer tomar conciencia más clara del primero y comprometer al oyente a asumir, frente a él, una postura vital responsable como criatura”. Allí, en el texto isaiano, el acontecimiento comúnmente conocido y aceptado es “la lluvia”, y aquel del cual se tiene una comprensión oscura es “la Palabra de Dios”; cabe recordar que para el pueblo judío, era una experiencia muy exclusiva, sólo experimentada por profetas especiales, como Moisés, el hablar con Dios y, más bien se tenía la concepción que semejante dialogo conducía a la muerte.

Antes de entrar en materia, nos gustaría intentar una aproximación al significado de este término. ¿Qué es una parábola? Para tratar de responder, nos atrae una “definición” del Padre José Antonio Pagola, «Cada parábola es una invitación a pasar de un mundo viejo, convencional y poco humano a un “país nuevo”, lleno de vida, tal como lo quiere Dios para sus hijos e hijas. Jesús lo llamaba “reino de Dios”. Si no seguimos a Jesús trabajando por un mundo más humano, ¿cómo vamos a entender sus parábolas?» Lo que nos hace caer en la cuenta que las parábolas pretenden llevarnos a vivir en una realidad “superior”, un “mundo transformado” no por la fuerza de la violencia, de la coerción; sino transformado por el “hombre nuevo”, que tiene una manera de vivir verdaderamente motivadora, que dan ganas de vivir así. El poder transformador de Dios es un poder que se basa en la ternura, en el convencimiento, en la profunda convicción. Así, palabras comunes y corrientes se transforman en Palabras que nos “revelan” realidades trascendentes, místicas. A estas realidades Jesús las llama μυστήρια “misterios” y no cualquier clase de misterio, sino μυστήρια τῆς βασιλείας τῶν οὐρανῶν [misteria tes vasileias ton uranon] “misterios del Reino de los Cielos”. (Es preciso, aquí, nuevamente, recordar que de los cielos no significa “después de muertos”, sino que al judaísmo no se le permite pronunciar el Santísimo Nombre, en su lugar, aquí, se le nombra indirectamente, pero se ha de entender como Reino de Dios).



«Jesús siembra su mensaje “en el corazón”, es decir, en el interior de las personas. Ahí se produce la verdadera conversión. No basta predicar las parábolas. Si el “corazón” de la Iglesia y de los cristianos no se abre a Jesús, nunca captaremos su fuerza transformadora.» -nos dice Pagola. Pero contra esa “eficacia de la Palabra” cabe aun preguntarnos, ¿y qué pasa si a pesar de estar el campo repleto de frutos, con una cosecha deslumbrante, nosotros no nos “mosqueamos” por recoger esa producción desbordante y, sencillamente, la dejamos ahí…?

 

Vayamos sobre la Segunda Lectura. Siguiendo con la carta a los Romanos, la perícopa inicia así: “…los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Al introducir así este trozo, se nos está presentando una disyuntiva entre el tiempo (cronológico) en que vivimos el “hoy”, y un tiempo “esperado”, el tiempo kairótico de la “promesa”, el de la “gloria”; entramos –así- en lo escatológico. El “tiempo” de la gloria, también los fieles, que ya tienen en su haber de “hoy” las que, San Pablo llama, “primicias del Espíritu”, lo aguardamos igualmente, anhelándolo, ansiándolo afanosamente, que ya quisiéramos tenerlo entre nuestros manos; -para decirlo con las palabras que se usan en la carta- dice “gemimos en nuestro interior”. Este texto de hoy nos identifica y nos da a reconocer la médula de ese anhelo: “que la creación misma se vea liberada de la esclavitud de la corrupción”. Eso nos pone de cara a una “tarea”, la “libertad de los hijos de Dios”, cuya premisa ya quedó sentada en el versículo 15, o sea el que precede a la perícopa de hoy: “…ustedes no recibieron un espíritu de esclavos, sino el espíritu propio de los hijos, que nos permite gritar: ¡Abba!”. Esa es la disyuntiva, vivir como esclavos, o vivir como hijos de Dios. Si nos aferramos a vivir el “sólo ahora”, escogemos vivir como esclavos, si –por el contrario- escogemos la libertad de los hijos de Dios, podemos clamar y proclamar a nuestro Dios llamándolo Padre, como nos lo enseña su Hijo, pero para eso, requerimos caminar con los ojos dirigidos a la “meta”, es decir, hacia la “gloria”. «Puede ser chocante la palabra “esclavo”. Pero ser “esclavo de la justicia”, o “esclavo de Dios” es una expresión que tiene mucha fuerza por su contraste. El cristiano tiene que ser tan radicalmente libre que se puede decir de él que es “esclavo de la libertad”.»[1] Insistimos, en «el nivel cósmico es la creación entera la que participa de este movimiento en que es arrebatada la naturaleza humana. Desde ahora la creación aspira a compartir, a su manera, la gloria de los hijos de Dios, que se manifestará en la Parusía de Cristo»[2]

Devolvámonos al salmo, a este himno donde Dios nos invita a la vez que nos reta: “Venid y ved las obras de Dios” (Sal 65(64), 5). Es Otra “parábola”. Dios es el “Agricultor”, es el “Sembrador”, es el “Jardinero”, es el “Hortelano” (Gn 2, 8) (no estaba tan despistada María Magdalena al creer que se trataba del “Hortelano” (Jn 20, 15)); que cuida su campo y atiende vigilante sobre las semillas que ha plantado, y toma todas las medidas tendientes a garantizar la copiosa abundancia de la mies. ¿Accedemos el reto?, ¿admitimos la invitación?, ¿si queremos ir y ver, de verdad? «No te contentes con escuchar, o leer, o estudiar. Te has pasado toda la vida estudiando y leyendo y abstrayendo y discutiendo. Todo eso está muy bien, pero es sólo evidencia de segunda mano… Ven y ve. Busca y encuentra. Entra y disfruta. El Señor te ha invitado a su corte…Tus palabras no dejan lugar a duda, y tu invitación es seria y deliberada. Sin embargo yo me dejo llevar por la timidez, me resigno, me refugio en excusas… prefiero seguir el camino trillado,… me contento con la espiritualidad rutinaria… Me temo que, si de veras me encuentro contigo, mi vida habrá de cambiar, mis apegos habrán de soltarse y mi tranquilidad se acabará… Sé que en mí es pereza, inercia y cobardía… falta de confianza en Ti, y quizá en mí mismo. Reconozco mi pusilanimidad, y te ruego que no retires tu invitación… Siervos tuyos en todas las religiones hablan de la experiencia que cambia sus vidas, la visión que satisface todas sus aspiraciones, la iluminación que da sentido a toda  su existencia. Yo, en mi humildad, deseo también esa iluminación, y la espero de tu Rostro, que es lo único que puede dar luz sobre su propia existencia a ojos mortales. Quiero ver, y al decir eso quiero decir que, quiero verte a Ti, que eres la única realidad que merece verse; a Ti, que con el resplandor de Tu Rostro das luz a la creación entera y a mi vida en ella. Ese es mi deseo y esa es mi esperanza… Voy, Señor, Dame la gracia de ver.»[3]


Pero ahí mismo sobreviene la tercera idea medular de esta fecha litúrgica: “La Palabra”. Para ir y ver tengo que llegarme asiduo a la Palabra.

 

Con mucha frecuencia entendemos de manera floja la transustanciación de la semilla en la Presencia Integra de Nuestro Señor Jesucristo, como si la única transustanciación fuera  la de la semilla de trigo, pero está también la semilla de la palabra: la parábola de hoy, la del sembrador, de la que siempre concluimos que Jesús es el Sembrador, pero, no sólo, sino también la Semilla. La semilla es de trigo, el trigo se hace pan, el pan se ofrenda como hostia, la hostia se hace comida y quien se hace alimento es Jesús. Pero, de la misma manera, la Palabra es semilla, nuestro pecho es su tierra, fértil o llena de abrojos, o pedregosa, o borde-caminera. Quizá nuestra “tierra” sea perezosa, cobarde, tímida, falta de confianza en Jesús, temblorosa en su exceso de egoísmo. Y, debería ser todo lo contrario, nuestra vida integra, debería estar iluminada y calentada por la Palabra.

«Hay que vivir el primado de la Palabra. Ahora no se lo vive. Nuestra vida está lejos de que se pueda decir de ella que está alimentada y regulada por la Palabra. Nos regulamos, aun en el bien, sobre las bases de algunas buenas costumbres, de algunos principios de buen sentido, nos referimos a un contexto tradicional de creencias religiosas y de normas morales recibidas… experimentamos por lo general muy poco cómo la Palabra de Dios pueda llegar a ser nuestro verdadero apoyo y consuelo, cómo pueda iluminarnos sobre el “verdadero Dios” cuya manifestación nos llenaría el corazón de alegría. Sólo muy raramente experimentamos cómo el Jesús de los Evangelios conocido a través de la escucha y la meditación de las páginas bíblicas, puede llegar a ser en realidad de verdad “buena noticia” para nosotros… La Misa dominical pasa a menudo sobre nuestras cabezas sin llenarnos el corazón y cambiar la vida. Nos parece que la palabra de Dios y la crónica cotidiana constituyen como dos mundos separados. Nuestra vida podría llenarse de luz al contacto prolongado con la Palabra, pero nosotros la pasamos en una penumbra perezosa y resignada. ¿Por qué no sacudirnos, hacer algo para que los tesoros que tenemos entre las manos den sus frutos?»[4]

 

                                                        



[1] Mesters. Carlos. CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo 4ª ed. Santafé de Bogotá-Colombia 1999.  p. 41

[2] Cerfaux, Lucien. LA TEOLOGÍA Y LA GRACIA SEGÚN SAN PABLO.  en SELECCIONES DE TEOLOGÍA Facultad de Teología San Francisco de Borja. Barcelona-España Ene-Mar 1967. Vol. M 6 No. 21 p. 12.

[3] Vallés, Carlos G. sj. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae Santander-España 8va ed. 1993. p. 123-124

[4] Martini, Carlo María. Card. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1995. pp. 440-441.

viernes, 10 de julio de 2026

Sábado de la Décimo Cuarta Semana del Tiempo Ordinario

Is 6, 1-8

Iniciamos hoy un cursillo en seis secciones sobre el Proto-Isaías. Mañana tendremos una Lectura de Isaías -en la Primera Lectura- pero no es del proto-Isaías, sino del Trito-Isaías, por eso no la incluimos en el conteo de este cursillo. Recientemente dimos un vistazo al profeta Amós, cabe decir que el Proto-Isaías puede entenderse como un discípulo de Amós en lo tocante a los géneros literarios que trabaja, en los que descubrimos una poética vital, que los profetas posteriores quisieron copiar.

 

ישעיה [Yeshayah] “Isaías”, “Salva Yah”  recibió su vocación hacia el 734 a.C. La perícopa que estudiamos hoy es un oráculo del Libro del Immanu-El, que da marco a un momento histórico muy preciso, la guerra Siro-efraimita, entre los años 734 – 732 a.C. ¿Qué contemplamos en esta visión? ¡Dios-Santísimo sentado en su Trono en el Templo! ¡Rodeado de criaturas celestiales (los Serafines)! Son los Ángeles más cercanos a Dios, su nombre deriva de la palabra שָׂרָף [saraf] que traducida del hebreo significa “ardientes”, “quemantes”.

 

Si recordamos las “quemantes” que atacaban a los israelitas en el desierto, entendemos que ellas fueron -como en el caso de Eva-, las que introdujeron la “muerte” y a eso se debe que aparezcan en nuestra cultura, como seres verdaderamente deleznables. Pero antes, y en muchas tradiciones, las serpientes eran seres con poderes celestiales y ayudantes de Dios, y estaban allí para velar y proteger, incluso de los ataques demoniacos. Eran símbolo de la sabiduría y el conocimiento; portadoras de los conocimientos herméticos.

 

Al dios egipcio Tot, se le atribuían conocimientos esotéricos y de alquimia. Esta veta cultural del hermetismo está poderosa y directamente emparentada con las religiones mistéricas, a las que les gusta apelar a los “místicos” que, presentan “misterios” que no se pueden explicitar, y donde las verdades doctrinales sólo pueden conocerse por medio de una experiencia iniciática ritual, y no mediante la palabra o la razón. Este enfoque es el propio de los que quieren hacer, de la fe, su exclusivo monopolio, consanguíneos de los gnósticos.

 

En cambio, aquí, los Serafines revelan que Dios es El-Santísimo, que llena la tierra de su Gloria: Contemplar esta imagen de Gloria Excelsa, se yuxtapone a la realidad de pecado e idolatría en la que nadaba el pueblo. Esa Gloria que llenaba el Templo tiene aquí su expresión Teofánica en el temblor de las jambas de las puertas y de sus umbrales, y el humo, otro signo emparentado con el de la Nube que era signo de la Presencia de Dios, de su Shejiná.

 

Como suele suceder con estas Manifestaciones, quienes las reciben se creen amenazados de muerte, Isaías se siente “perdido”, fatalmente condenado a perder la vida; pero un Serafín tomo uno de los carbones del Altar (lo que simboliza el poder purificador de los sacrificios que se quemaban en aquel fuego, le purificó la boca, tocando sus labios con la brasa-ardiente). El carbón en ascuas tiene -aquí- poder absolutorio. Al quemarle los labios sus pecados quedan expiados.

 

Al quedar los labios purificados, su boca podrá repetir, a la gente, lo que Dios le revele: se trata de una vocación al profetismo, acompañada de una absolución, sin la cual, sus labios no podrían hablar las Palabras que Dios le decía. Yahvé le da la autoridad para que sea su “ventrílocuo”: esta quemadura de los labios se los purifica para que, “comunicara” a los seres humanos, los “Pensamientos de Dios”.

 

Hasta aquí nos trae la perícopa de hoy. ¡Dios no busca personas “dignas”! ¡Nadie es digno! Pero a quien Él decide llamar, ¡¡¡lo hace digno!!!


Este es el esquema: la dignidad no proviene del hombre. ¡Siempre es Dios el que se adelanta y nos “primerea”! ¡Él hará aplicar el carbón, al rojo, donde y a quien le plazca!

 

Sal 93(92), 1ab. 1c-2. 5

Cuando los judíos fueron llevados a Babilonia en deportación, tuvieron la oportunidad de ver que Marduk, que todo parece indicar que se pronunciaba Marutuk, que significa “becerro del dios sol, Utuk; o sea que Amar-utu, era re-elegido, anualmente, después de enfrentarse a Tiamat, deidad del Mal; y -en virtud de su victoria- llevado al templo de Esagila: Se trataba de un ritual de entronización. Este salmo entra en esa órbita, Yahweh no necesitaba ser entronizado una y otra vez, porque Él es Dios-Eterno, nunca abandona ni es desplazado de su Trono; pero el honor que le querían dar se le tributaban parodiando estas procesiones.

 

Este salmo es un "salmo del reino". ¡YHWH reina! Por su vestido y su fajón, se nota que está vestido de rey.

 

El Universo entero reposa sobre la firmeza de su trono. Sobre el Trono de Yahweh reposa la firmeza de toda la Creación: Todo está firme porque Su Trono Real está firme.


 

Qué diremos en la antífona: reconoceremos que Dios, por sus Vestiduras, es identificado como rey, porque su atuendo es vestidura de Majestad.

 

Mt 10, 24-33

Metodología de la usurpación del Reino

Repito mucho esto. Una Iglesia que no sale es una Iglesia “de exquisitos”. Un movimiento eclesial que no sale en misión es un movimiento “de exquisitos”.

Papa Francisco

Jesús continúa desarrollando las bases del seguimiento para todos los que recibirán y acogerán el llamado a ser constructores del Reino, Discípulos-Misioneros. «Es decir, salir de nosotros mismos. Una Iglesia o un movimiento, una comunidad cerrada se enferma. Tiene todas las enfermedades de la cerrazón y se equivoca». (Papa Francisco) Callar la proclamación es lo mismo que negarlo; ¡tenemos que anunciarlo, proclamarlo, anunciar a tiempo y a destiempo!


La base de este discipulado no puede acurrucarse debajo del pretexto de ser tratados -porque somos sus discípulos-, mejor de lo que trataron al Maestro. No podemos sacar la excusa que los tiempos son muy difíciles y la persecución desalentadora.

 

Muchas veces pensamos que el asunto está en el buen entendimiento del Mensaje. Que los perseguidores sanguinarios son los que no han podido entender el Mensaje y que la dificultad se superaría fácilmente si supiéramos traducir las ideas del cristianismo al nivel de las comprensiones lentas. Pero la dificultad va más lejos. Los “puntos ciegos” son insalvables para cada individuo. Por eso la custodia de esta “heredad” no fue entregada a personas, sino a una Comunidad, es el trabajo sinodal, hombro a hombro el que nos edifica en la fe verdadera, no la acumulación y almacenamiento personal de doctrinas, sino la aplicación al anuncio evangelizador lo que nos hace sus “fieles”. La Iglesia, la comunidad de los creyentes iluminados por el Espíritu Santo, que originalmente eran los que habían asumido el discipulado, los que caminaron con Él, los que fueron llamados y aceptaron el envío. Y muchísimas veces el envío era coronado por la diadema del testimonio: Ese ha sido el camino abnegado del martirio, palabra esta que -no nos cansamos de revalidar- significa “testimonio”. Se trata, entonces, de entregar la vida para llevar ese testimonio hasta el límite de nuestras fuerzas, siempre y sólo gracias a la fuerza que nos comunica el Espíritu Paráclito. (¡Atención! no confundir “testimonio” con “fanatismo”).

 

Desconfiar o tartamudear en la firmeza de la fe, esa sí que es una derrota para nuestro ser total, que pierde pie para afianzar su paso en la convicción de su creencia. La escapatoria es la seducción del “papá de la mentira”: Haciendo gala de sus engaños -el Evangelio nos relata- que, a Jesús se le llegó a llamar Belcebú; una de las peores blasfemias que cabe, dado que este era un dios de los filisteos el que se le rendía culto en Ecrón, era una de las manifestaciones del Baal de los cananeos. Para los judíos y los cristianos terminó siendo el nombre del demonio. Con esa misma palabra los cristianos, significamos a Satanás. Esta es una falsedad usual del mentiroso, uno de sus trucos favoritos, llamar con el nombre del malo, al que es el Sumo Bien. Es la táctica del “Golpista Asesino”. Cambiarle el rotulo al frasco para que caigamos en la trampa y bebamos el veneno.

 

Con estas falsedades, el Malo va llevándonos la mano, para que tracemos los mapas de la violencia y de la destrucción letal, la cartografía de la ignominia. Con ese disfraz la confusión llega a obnubilar nuestro pensamiento haciéndolo incapaz de la real distinción entre el bien y el mal. Entonces el Malo echa a andar la máquina de la confusión. Y nosotros quedamos incapacitados para reconocer el lobo tras la piel de oveja con la que se cobija.

 

No nos dejemos inmovilizar por tanta mentira desparramada. Jesús nos lo ha dejado trasparente y nítido: “A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los Cielos; pero el que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los Cielos”.


Hay un detalle muy importante que nos puede orientar para discernir la fidelidad al anuncio del fanatismo, nos lo propone Papa León XIV en el 213 de la Magnifica Humanitas: «“No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza” La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización». 

jueves, 9 de julio de 2026

Viernes de la Décimo Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


 Os 14, 2-10

Los profetas tienen siempre esta característica de ir a contracorriente, de desestabilizar a los tranquilos. El pueblo estaba viviendo muy bien, no veía peligros que atentaran contra su comodidad, se han olvidado de Dios, actitud frecuente en quienes alcanzan abundancia de riquezas.

Milton Jordán Chigua

Llegamos a nuestra lección final del Libro del profeta Oseas. El capítulo 14 podemos dividirlo en 4 enfoques:

1)    El verso que hace de apertura del capítulo es una amenaza escalofriante: “Samaria pagará la culpa / de revelarse contra su Dios;/los pasarán a cuchillo / estrellarán a las criaturas, / abrirán el vientre de las embarazadas.

 

2)    Luego viene el bloque 14, 2-4 un clamor del profeta que convida vivamente a Israel para que vuelva a Dios.

a.    Abre y domina una expresión de conversión: שׁוּב [shub], “vuelve”.

b.    Les muestra el fallo, el error, les señala que כָּשַׁל [kashal] “tropezaron y cayeron”,

c.     Les dice que preparen unas דָּבָר [dabar] “palabras”, un “discurso”, para mostrarle a Dios su arrepentimiento, ya no se apoyaran en Asiria, ya no pondrán su confianza en los caballos que monten para el combate.

d.    Pero, aquí viene la reconvención más precisa que desenmascara su triste y lamentable idolatría “no volveremos a llamar “dios” a la obra de nuestras manos”.

 

3)    Este tercer bloque está conformado por los versículos 14, 5-9 donde YHWH les responde:

a.    Dios acudirá a “sanar”, Él es un Dios “sanador”

b.    Su Amor es fiel, es inquebrantable, en su Corazón no puede anidar la cólera.

c.     Hay aquí una nueva “imagen”: Dios como el rocío matutino que cubre todo el césped.

d.    El Rocío Divino hará florecer a Israel como florece el “lirio”.

 

4)    Es un añadido que puso el “editor” de la obra del profeta con un toque, un acento y con sabor sapiencial:

a.    Toda la enseñanza del profeta no cabe en cualquier corazón, esto solo lo capta el que es verdaderamente “sabio”.

b.    Se requiere una inteligencia venida del Cielo.

c.     En todo lo revelado por Oseas se descubre que Dios traza caminos rectos.

d.    Pero en un camino recto, la impiedad de los “rebeldes” se vuelve tropiezo y -en consecuencia- caída.

 

«En esta situación de confort, el profeta lanza su mensaje. Después de anunciar su amenaza y su castigo, expande su mensaje de esperanza y de vida nueva. El poema final es una llamada a la conversión». (Milton Jordán Chigua)


La madera del ciprés es conocida por su durabilidad a toda prueba, resistente a la putrefacción y muy agradable aroma. Por eso, en las profecías, simboliza la transformación espiritual y la renovación: el בְּרוֹשׁ [berosh] “ciprés” simboliza “la fuerza”, “la rectitud moral”, “la inmortalidad”, en fin, “la providencia divina”; para este profeta representa “la Presencia constante y protectora de Dios”. Y no perdamos de vista el rasgo que la Voz Profética de Oseas nos trae como carta de presentación de la parte del Propio Dios: “Soy como un ciprés siempre verde”. 

 

Sal 51(50), 3-4. 8-9. 12-13. 14 y 17

En la Primera Lectura ya encontramos ese cambio tan rotundo que consiste en pasar del sacrificio de animales, a presentar el corazón arrepentido. Allí le dice que prepare un “discurso”, unas “palabras”; no le dice que ofrezca mucho derramamiento de sangre, no pide inmolación de novillos y le da la pauta de corrección: eso no alegra ni apacigua al Señor; en cambio, lo que el Señor no desprecia es el corazón sinceramente contrito por el pecado cometido.

 

Para poder acceder a este Salmo, se requiere bajar a beber en las fuentes de la parábola de “los dos hermanos y el padre perdonador” (Lc 15,11-32).  Sin esta referencia la puerta del salmo sólo quedará entre-abierta, y nosotros en el exterior, sin lograr ingresar.

 

Cabe recomendar la atenta lectura del salmo, observando los verbos que van marcando la procesualidad del perdón. El ruego en este salmo es un ruego “bautismal”, que Dios lo lave, ahogando en las aguas, la impiedad de su corazón.


No podemos dejar el salmo suspendido como un globo sin fuerzas para subir, pero feliz de seguir flotando -resignado con su estancamiento-; hay un versículo que nos hace recrudecer el nivel de conciencia, cuando en él se expresa que Sion ha sido demolida, y Jerusalén está allí escueta, desprovista de murallas protectoras: el daño se hizo y el poder socavador del pecado corroe, y arrastra sus consecuencias sobre el pueblo escarnecido, flagelado y despojado. Esa gente que sufrirá las consecuencias del capricho lascivo de David, será el pueblo arrastrado a la idolatría y llevado en doloroso exilio a Babilonia.

 

La toxina que se introduce en la sangre social del organismo humano, no se suprime con sayal y ceniza. Bueno es reconocer la culpa, magnifico el espíritu penitencial, pero las consecuencias “temporales” del pecado mordieron -con dientes de hiena- las carnes del linaje davídico.

 

¡El propio Mesías tuvo que cargar la cruz Calvario arriba!

 

Mt 10, 16-23

El evangelio dice entre otras cosas ‘Serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero el que persevere hasta el fin se salvará’ estas palabras del Señor no turban las celebraciones, sino que las despojan del falso revestimiento empalagoso que no les pertenece. Nos hacen comprender que, en las pruebas aceptadas a causa de la fe, la violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida.

Papa Francisco 

“Yo los envío como ovejas entre lobos”, este enunciado define bien el riesgo de la “Misión”. El discípulo-misionero, no recibe un envío sobre seguro; por el contrario, se nos previene -como punto de partida- de la complejidad y el riesgo que reviste este “envío”.


Precisamente por eso, hay dos cualidades que nos propone esta perícopa, que debemos desarrollar, activar y manejar a lo largo de la misión: φρόνιμοι [fronimoi]” prudentes”, que en la perícopa se nos dice es una cualidad de las “serpientes”; ἀκέραιος [akeraios] “no contaminados por la ambición” y esta -según leemos allí- es un atributo propio de las palomas.

 

Hay más, no basta con ser prudentes y poner coto a nuestras ambiciones; hay que cuidarse de la gente que tiene unos rasgos generales que las identifican:

a)    Nos entregan a los tribunales

b)    Nos llevan a azotar en las sinagogas (sus lugares de reunión)

c)    Nos arrastraran a comparecer ante los tribunales y ante los gobernantes

Así lo harán, precisamente porque somos Cristóforos. Nos conducen allí para que demos testimonio ante creyentes e incrédulos.

 

Lo cierto es que no debemos angustiarnos reflexionando qué debemos decir y qué debemos callar; el santo espíritu -que nos mueve- el podrá en nuestros labios los argumentos precisos. No los que nos inmunizan, sino los que en la libertad de los hijos de Dios estamos llamados a declarar para no desinflar el Mensaje encargado, sino para preservar la calidad cristológica del anuncio.

 

¿Quiénes se harán cargo de implementar la persecución? Nuestros parientes cercanos, nuestros propios familiares. Por causa de Jesús, seremos “odiados por todos”.

 

En suma, ¿Qué nos aguarda? La perseverancia. Permanecer fieles “hasta el final” es lo que lleva a la Salvación.

 

«Es decir, testimoniar a Jesús en la humildad, en el servicio silencioso, sin miedo a ir contracorriente y pagar en persona. A todo cristiano se le pide, sin embargo, que sea coherente en cada circunstancia con la fe que profesa. Es la coherencia cristiana. Es una gracia que debemos pedir al Señor. Ser coherentes, vivir como cristianos. Y no decir 'soy cristiano' y vivir como pagano. La coherencia es una gracia que hay que pedir hoy». (Papa Francisco)


Hay una recomendación que nos llama a trabajar por la defensa de nuestra propia vida: Si aquí nos persiguen, huyamos a otra parte. ¿Se irán agotando los lugares donde podemos continuar la labor? Sí, poco a poco escasearan, pero antes de que se agoten definitivamente, será la Parusía. Entonces, ¡perseveremos en el Señor!