domingo, 1 de noviembre de 2026

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS


Todo el pueblo que se arrepiente

Lm 3, 17-26

Los profetas habían alertado al pueblo israelita que quebrantar la Alianza traería sus consecuencias. La alianza era la protección y el beneplácito de Dios con su pueblo; la advertencia era la ruptura de ese convenio de protección que acarrearía que Dios los abandonara. Así visualizaban a Dios, como un rey de alguna nación que garantizaba la defensa de los enemigos y el bienestar del pueblo, así entendían la Alianza, y su infidelidad era, precisamente pensar que podían elegir en cuál divinidad creer, la Alianza era totalmente interesada y se hacía por conveniencia. El pueblo, llegaba a pensar que, tal vez, podría romper con ese rey y pactar con otro que les trajera “mejores” condiciones. El ser humano no conoce los términos de la fidelidad. Va desquiciado a buscar mayores ventajas en alguna otra madriguera.

 

Esas consecuencias por contrariar la Alianza se vieron de manera patente con la caída de Jerusalén en el 586 a.C. cuando sobrevino la destrucción del Primer Templo y del Reino de Judá que se vio asolado por el ejército del Imperio neobabilónico bajo el mando del rey Nabucodonosor II, el sitio de la ciudad duró 18 meses y desató una hambruna inenarrable. Podríamos decir -aludiendo al pasaje de la historia griega- que, ¡ahí si fue Troya!: El General Nabuzardán arrasó la ciudad, entregó al fuego el Primer Templo (o Templo de Salomón) hasta los cimientos, saqueó los objetos sagrados y derribó las murallas; así se dio inicio al periodo conocido como el Cautiverio de Babilonia; para narrar de manera resumida esta dolorosísima página de la historia.

 

El capítulo 1 es el Primer Lamento nos habla de una viuda -ya hemos dicho que las viudas estaban en la condición paupérrimamente más vulnerable, sin derechos económicos y mucho menos políticos o civiles; esta viuda es la personificación de Jerusalén y se alude a ella como “princesa de Sion”. Varias veces hemos comentado que Sion es la loma sobre la cual está construida Jerusalén.

 

En el capítulo 2, viene el Segundo Lamento, la mujer, “la bella Sion”, esta desprotegida, sin amantes, sin amigos, sin puertas, totalmente inerme.  Su consorte era Shalom (la paz) que la ha dejado abandonada, asolada, arruinada, borrada del mapa.

 

En el Tercer Lamento, la lamentación está en labios de un personaje plural, ya no es uno solo el que se queja y añora, ahora es toda la comunidad y se entienden distintas voces clamorosas y dolientes. Hay estilo y alusiones al lenguaje de Job, al estilo de los salmos de luto, y menciones intercaladas del lenguaje del Deutero-Isaías, cuando nos da a conocer al Siervo Sufriente. Este lenguaje ya habla de futuro, y augura el dolor y el pesar de un Crucificado dispuesto a ofrecerse como Redentor, entregándose para redimir con su propio dolor el de sus hermanos, para paliar tanto padecimiento y tanta devastación.

 

La presentación de la perícopa parece la voz de un difunto que se mira a sí mismo y descubre que a partir de ese momento ira en progresivo y acelerado declive, y añade que su propio esplendor ha sucumbido.

 

Pasa de la vista, al sentido el gusto y, el amargo es el propio del ajenjo, la amargura resbala, no por la garganta, sino por el alma. La perspicacia del ánima tiene lo suficiencia para desenmascarar, detrás de ese sabor, los corrosivos efectos del veneno, que le permite evocar algo que duerme impreso en su memoria: que el fin es aparencial, que cuanto más se avanza en el túnel de la tiniebla, más se evidencia la certeza de la esperanza. Que es como un raudal de Luz que aguarda en el trasfondo.

 

Entonces puede leer en las huellas dactilares del Tacto Divino sus rasgos más característicos: la Bondad, la Misericordia, la Fidelidad. Todo cuanto el ingrato no llega a ver, por eso es infiel.

 

Empero, todo este caudal de esperanza parece sumido en la latencia y estar aguardando -como óvulos- a que venga la ternura maternal a encubarlos: Seguirán como aire presto a ser aspirado hasta que los seres humanos demuestren que lo aguardan y que quieren contenerlo en el seno de su alma.

 

Es el momento exacto en que, abrir los párpados y volver a la realidad de la amada ciudad vuelta ruinas y lamida por el fuego y la violencia despiadada del que nada sabe de ternuras, arrullos, abrigo, lactancia, cariño, amor. Con los ojos abiertos vuelve al inicio y reafirma: ¡He perdido la paz, he olvidado la dicha!


No vendrá esa que -no es solo ausencia de guerra- sino que se aúna al bienestar, a la prosperidad general, y a una existencia plenaria del ejercicio cabal de la justicia. Que abran los ojos los bienaventurados que conocen el significado de la confianza en el Señor. Los otros que sigan durmiendo sus sueños de muertos eternos.

 

Sal 130(129), 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8

En el verso 1 de este salmo se indica que es un salmo “gradual” o, como se les denomina en hebreo, שִׁ֥יר הַֽמַּעֲלֹ֑ות [Shir Hama'alot] “cánticos de subida”, más estrictamente “Cánticos graduales”. Estos son quince salmos consecutivos, que van del 120(119) al 134(133), son, por decirlo así, un itinerario de la peregrinación a Jerusalén. Se ha dicho con insistencia que los judíos tenían tres festividades que obligaban a subir a Jerusalén, se las denomina שְׁלֹשֶׁת הַרְגָלִים Sheloshet HaRegalim: a saber, Pesaj, Shavuot y Succot (Pascua, las Semanas -al que nosotros llamamos Pentecostés- y, las Tiendas); nosotros los entendemos como una especie de Mandamiento de ir al Templo, pero lo esencial está en el modo como en este viaje se cultiva la fraternidad y la solidaridad, porque peregrinar, significa “ir juntos”, “convivir”, “compartir”, “untarse de pueblo”, “reconocerse miembros de esa comunidad de fe”. Hay mucho de esto cuando en nuestras peregrinaciones religiosas, compartimos dulces, galletas, frutas, emparedados, el pollo que llevamos, y fraternizamos con honda sinceridad y generoso desprendimiento. Nos gusta entender estas “peregrinaciones” como verdaderos talleres de sinodalidad.


Pues, los salmos graduales van describiendo estas “etapas” del viaje hasta el Templo. En específico, este salmo 130, enfoca el tema del sacrificio expiatorio por haber quebrantado la Alianza.

 

Jn 14, 1-6

… la adhesión a Jesús en favor de la vida hace que las personas se vuelvan hijas de Dios, formando una sola familia con Jesús y el Padre.

José Bortolini

Lo que nos aporta el Evangelio joánico es la imagen del Redentor que se ha adelantado precisamente para irse a prepararnos moradas amplias, acogedoras y suficientes: es la manera de señalar que serán lugares luminosos, llenos de vida, alegría y amor. Hay vivienda abundante en la dimensión de Dios Padre. Allí no hay dificultades urbanísticas, no hay escases de viviendas.


Aquí leemos una aclaración fundamental: Jesús no se va porque lo hayamos logrado ahuyentar; Jesús parte a la Patria Celestial porque va a organizarnos nuestra recepción. Se adelanta para hacer oportunidad para adelantar todos los preparativos. Y, ahí sí, cuando todo haya quedado convenientemente previsto, vendrá a convidarnos y a llevarnos con Él.

 

Lo que se persigue es andar un nuevo derrotero, la ruta de los que πιστεύετε [pisteute] “creen”, “confían”; lo que implica ταρασσέσθω [tarassestho] “superar la angustia”, “no agitarse”, “escapar a la perturbación”, “no hacerse blanco de la preocupación y el nerviosismo”.

 

Cuando te ofrecen un obsequio, por lo menos hay que estirar la mano para recibirlo.  Cuando Dios te ofrece garantías y bienestar, más que alargar la mano, conviene que ensanchemos el espíritu y demos claras señas de aceptarlo, de acogerlo, de confiar en Él.

 

Atención, que solo el hijo malcriado exige atención inmediata; solo la prole desconsiderada piensa que su Padre ha de darle lo que quiere, enseguida pues, de otra manera, sacará a relucir sus mañosas pataletas.

 

Para disipar nuestras inquietudes y contener nuestros berrinches, él dice: ¡Los voy a llevar a mi Reino, pues quiero que estéis conmigo siempre, me gozo en vuestra compañía!

 

Los Doce nos personifican, los doce son “el pueblo de Dios”, y siempre, entre los del pueblo de Dios hay algún despistado total:

1.    No sabemos a dónde vas

2.    No tenemos ni la más remota idea

3.    ¿Cómo vamos a saber el camino?

 

Cuando Dios pronunció delante de Moisés su Nombre, le dijo que se llamaba YHWH, “Yo Soy”; A Jesús le satisfizo que Pedro lo reconociera como Mesías, pero Él sabía que no era por propia inteligencia que lo reconocía; pero este Tomas que se desvela hoy, si está enteramente extraviado, a Jesús le toca confirmarle que está hablando con el “Hijo de Dios y le dice, Él mismo: “Yo Soy” que resonó desde la Zarza Ardiente.

 

De las siete veces que Jesús se identifica como “Yo soy” estamos hoy, frente a la sexta: Y lo que le dice, es, nada más ni nada menos que: “Yo soy” el camino, la verdad y la vida».

 

No son tres cosas distintas: es una sola cosa, o sea una sola definición de su naturaleza orientadora, que dirige: Dios es un Buen Pastor que nos conduce hacia Pastos Tranquilos. Él es:

i)              Un camino para que uno lo recorra

ii)             Un camino que es el verdadero camino, que contiene el verdadero sentido de “caminar”.

iii)           No es un camino para salir a hacer ejercicio un rato, o algún día de la vida, sino el camino total que se recorrerá durante toda nuestra estadía en este estado que llamamos Vida.

En síntesis, Jesús lo dice: te estás dirigiendo a la Persona que encarna a la ruta única que lleva hacia Dios-Padre. “Nadie va al Padre sino transitando por esta Vía”. Este es un paradigma de vida sin alternativa, solo respetando el modelo de Jesús, iremos por camino certero hacia la Patria Celestial.

 

«El camino está siempre como referencia a la casa paterna, de la cual o hacia la cual se encamina. El “camino” es tradicionalmente la ley. Ahora es Jesús (cf. Hch 9, 2; 18, 25s; 24, 22), que nos vuelve a llevar a la casa. La “verdad” es su carne como Hijo, que hace ver al Padre. La “vida” es el amor entre el Padre y el Hijo, que Jesús nos ha testimoniado al vivir y al morir. Otros caminos desvían, otras verdades son falaces, otras propuestas de vida son mortíferas. El Hijo es el único camino a seguir para volver al Padre: por medio de Él conocemos a Dios y reconocemos a los otros como hermanos. Eso no significa que el que no lo conoce esté perdido. En efecto, la Palabra eterna del Padre está actuando desde siempre, en una infinidad de modos, para iluminar a cada hombre y darle a conocer la verdad del amor (cf. 1,9.14)» (Silvano Fausti).


«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida es central en el Evangelio de Juan, y resume al mismo tiempo la práctica del Hijo de Dios y la práctica de la comunidad… junto con el mandamiento del amor (13, 34-35), constituye la herencia o testamento de Jesús a la comunidad de los que lo siguen… Jesús se despide de los suyos dejándoles una herencia y una misión: la herencia es su amor sin límites que lo lleva a dar la vida por amor, la misión es hacer lo que Él hizo, es decir, comprometerse con la vida hasta el punto de entregarla por amor» (José Bortolini).

sábado, 31 de octubre de 2026

TODOS LOS SANTOS


Ap 7, 2-4. 9-14

En la esfera de la fe, también hay amarillismo, sensacionalismo, terrorismo literario, -cosas estas que uno cree están circunscritas a la prensa y el cine. Sueñan y acarician su anhelo de recibir como regalo un lanzallamas, o en su defecto unos cuantos galones de Napalm. Personas hay fascinadas con la “lluvia de fuego”, se frotan las manos con energía -con evidente regocijo ante la perspectiva-  y se saborean la comisura de la boca, presagiando la catástrofe cósmica; ¿y, lo demás? -no podemos entender cómo, lo pasan desapercibido.

 

Hoy, en medio de todo el catastrofismo, -vemos que Dios no procede indiscriminadamente- Él hará separar muy cuidadosamente los santos de los opresores, los projimales (ya hemos hablado sobre la condición de “prójimo”: no se es porque vive al lado, sino porque uno -al ver su dolor o su necesidad- se acerca a ayudarlo, al acercarse, se hace “prójimo”; no se es prójimo por accidente, por casualidad, sino porque uno mueve los piecitos para allegarse allí donde el socorro se precisa), serán separados de los crueles, las cabras de las ovejas. No tocará nada que sea Santo y Puro, porque para ellos tiene reservada una realidad soteriológica. Soteriológica está relacionada con la Salvación, una realidad salvífica.

 

¿Eran 144.000? ¡No! Leamos con cuidado y atención: “… una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, ´pueblo y lengua, … ”, ¿Por qué tenemos la manía de reducir las entradas y acaparar los boletos haciendo que solo circulen los VIP? Más abajo leemos que “el Señor extenderá su Tienda sobre ellos” (Ap 7, 15), ahí está pintada la Benevolencia, la Acogida, la Protección, la Misericordia del Señor que hará su Templo ilimitado, para que quepan todos los Santos, no sólo los que han sido canonizados.


 

Así es, ¡serán Huéspedes del Señor, no sólo los que se hayan peinado con gel! Pero, ahí saltan muchos para elevar su voz de protesta: «tantos años como llevo sirviéndote, no te he desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para deleitarme con mis amigos. Pero llega este “hijo tuyo”, que se ha gastado la herencia con prostitutas, y le has hecho matar el ternero cebado».

 

Se acuerdan que al hijo que “estaba perdido” lo hace vestir, y ponerle sandalias y recibe de nuevo el anillo-filial; pues miren cuán coherente es el Señor: a estos que acoge en el Templo de su Amor y su aprobación, les da vestiduras blancas y los hace -a cada uno- portador de la palma de la victoria. ¿Se imaginan tamaña alegría? Gritan por siempre -sin quedarse nunca roncos: «La Victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el Trono del Cordero». ¿Alguien necesitará que se le recuerde quién es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo?

 

¿Qué merece este Victorioso? ¡Veámoslo!

1.    La Alabanza

2.    La Gloria

3.    La sabiduría

4.    Acción de Gracias

5.    Honor

6.    Poder, y

7.    Fuerza.

 

En particular, recibirán los sitiales preferenciales aquellos que han lavado y obtenido la Blancura Suprema, enjuagando sus vestiduras en ¡La Sangre del Cordero!


A los que les pesa la consciencia, a los que han hecho flagrante mal, a los sanguinarios que no han vacilado en martirizar a estos Santos, a esos desalmados, que les tiemblen las vestiduras desde la capucha hasta el propio borde de la botamanga. Pero -como reza la sabiduría popular- ¡el que nada debe, que nada tema!

 

Sal 24(23), 1-2. 3-4ab. 5-6

Decir: “Venga tu Reino”, es comprometerse a hacer cualquier cosa para vivir según sus exigencias.

Noël Quesson

 

No basta que cantemos, ni que batamos palmas y muy piamente levantemos los brazos para luego postrarnos. Todo eso queda en nada si no nos esforzamos por vivir cristianamente: Por ejercer la caridad, por hacer las obras de misericordia, por portarnos como samaritanos conmovidos que socorremos al que está caído al borde del camino, mal herido. Su Trono serán nuestras acciones movidas por el amor a Jesucristo.

 

La Nueva Jerusalén es el Reino, ya consumado, llevado a Su Más Alto Grado de Perfección; de eso es que estamos hablando, por eso hoy tenemos un Salmo del Reino. Acompañamos al Cordero a posesionarse, para toda la Eternidad, de su Trono, en su Palacio. Ahora ya es Rey de Israel, y de todas las naciones y pueblos de la tierra, del Cosmos entero y de toda criatura. ¡A Él Honor y Gloria y Majestad! Para Él, todo el bien que quepa en nuestras pobres manos, todas las sonrisas que puedan animar al desalentado, al descorazonado.

 

Nuestro actuar inspirados en el paradigma del Hijo, son los que se constituyen en Trono, Manto Real, Cetro y Corona; si no fructificamos, no habrá Realeza para Él, nuestros actos desmentirán la fe que decimos proclamar.


La primera parte de este salmo habla de los requisitos para acceder al Templo dignamente: Contesta a la pregunta: ¡Quién puede subir al Monte del Señor? ¿Quién puede permanecer en el Templo Santo? Y da los requisitos:

1.    Tener manos inocentes

2.    Tener el corazón puro

3.    No ser idólatra.

Esta tercera condición es, en realidad, una condición múltiple, porque hay un sinfín de idolatrías.

Aún hay otra condición que dice mucho e implica más:

4.    Ser miembro del grupo de los que דָּרַשׁ [darash] “buscan”, “seguir diligentemente”, “le consultan todo” al Señor. En el mismo verso se usa otro verbo, בָּקַשׁ [baqash] “lo buscan para rogarle”, “se esfuerzan en hallarlo”.

 

1Jn 3, 1-3

No perdamos de vista lo que nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos: Nos hace co-herederos y nos comparte su Gloria, nos “conglorifica”. En el Salmo de hoy, nos asombramos ante su Misericordia extendida sin fronteras, y agradecemos su Amor que, nos baña a todos, que podemos bañarnos en la filiación que Jesús tiene a bien compartirnos.

 

También nos recuerda San Pablo que hemos de afianzarnos en la “Esperanza”, que cuando Él se manifieste, derramará la Benevolencia de su Sangre para asimilarnos a Él. Esa Esperanza es una especie de Agua bautismal-escatológica, que nos asimilará a Él: Todo el que tiene esperanza en Él, se purifica a sí mismo, como Él es puro.


A tener en cuenta que Juan no usa esta palabra, sino muy rara vez, la única vez que la encontramos es aquí: ἐλπίδα [elpida] “expectativa con certeza”, “lo que se espera porque está garantizado”. Hay un testimonio que avala la “expectativa”, es el Testimonio que está dando aquí Juan, y eso nos permite mirar al futuro y prever lo que sucederá: recibiremos una “purificación”, es lo que San Pablo llama -desde sus categorías- “Justificación.

 

Su Reino no es de Imposición, sino de Conglorificación. Atendamos al significado de esta hermosa palabra que implica que Él nos revaloriza, alzándonos del fango, nos dejará ver cuán preciosos somos a sus Ojos. Por eso estamos llamados a gozar de la Alegría del Evangelio: Esa es la Buena Nueva. Jesucristo, cuyo “regreso” aguardamos, nos purificará, y nos lavará nuestras manchadas vestiduras en la blancura nívea de su Sangre.

 

Mt 5, 1-12a

Para entender las bienaventuranzas hay que partir de la ἀπόδοσις [apódosis], es decir, de la “promesa” vinculada a cada una de ellas.

Raniero Cantalamessa

 

Nos parece imposible. ¿Cómo nos van a invitar a nosotros? ¿De dónde vamos a sacar para adquirir el smoking? (Porque en el Cine, esos banquetes son con smoking, pajarita al cuello y llegada en limousine).

 

Pero este Banquete Celestial, en la Nueva Jerusalén, ha cambiado la lógica de la tierra al Cielo. Esta Gloria aquí, es propiedad de los πτωχός [ptochos] “un pobre que está en la inopia”, no es un pobre que tiene bajos ingresos, sino uno que tiene que acuclillarse y reducirse a su mínima expresión para pedir, este pobre es tan miserable que, tiene que mendigar. ¡Ven como se ha revertido la Gloria? El dueño del Reino es un menesteroso, una persona encorvada en su opresión, gibado con el sobrepeso que ha soportado toda una vida, por su carencia. Decía San Agustín: «El verdadero pobre evangélico es el cliente de Dios que ha apostado todo por Dios, en la fe. En el judaísmo de la época el término “pobre” era prácticamente sinónimo de santo (hassid) y de devoto».


Hay otra categoría que, sin dilación alguna, ya goza de las herencias prometidas, son aquellos que son calumniados, despreciados y perseguidos por ser fieles a la Causa de Dios.

 

La palabra μακάριος [makarios], que solemos traducir “bienaventurado”, significa “la persona que ha alcanzado la dicha de tener para sí, los beneficios que Dios concede, y que tiene a su favor la alegría que se desprende de tan magna bendición.

 

Las otras seis “bienaventuranzas” son promesas para reclamar en el futuro, son escatológicas, todavía no se pueden hacer efectivas (prótasis):

1.    Los que lloran

2.    Los sufridos,

3.    Los que tienen hambre y sed de justicia

4.    Los misericordiosos

5.    Los limpios de corazón

6.    Los que trabajan por la paz

 

Leyéndolas despacio, es como si leyéramos los Evangelio y nos mostraran diversos cuadros de la vida de Jesús. Es una sinopsis apretada de Jesús que pasó haciendo el Bien. Pero Jesús es Sacramento del Padre, o sea que -a través de ellas-, nos muestra el perfil de su Padre.

 

Y. si nosotros somos imagen del Creador, nos proponen nuestro verdadero perfil, o sea que son paradigmáticas para nuestra plenificación. Son la única manera de no incurrir en la inautenticidad. Por otra parte, podemos leer en ellas las pautas para la sinodalidad, para construir comunidad, y hacer de la fraternidad una oikodome -valga decir- como un cemento espiritual que consolida nuestras relaciones, los vínculos interpersonales. Dirigen nuestras miras para apuntarle a las razones escatológicas de la existencia, al destino final. En fin, nos dan el entramado de nuestra ortopraxis existencial. 

 

No son situaciones que debemos procurarnos, son oportunidades que Dios -que reparte sus Tesoros, según la amplitud de su Corazón- propone (apódosis):

1.    Serán consolados

2.    Heredarán la tierra

3.    Quedaran saciados

4.    Alcanzaran misericordia

5.    Verán a Dios.

6.    Se llamarán “hijos de Dios”.

 

No hay que salir con una pancarta a gritar. No hay que ponerse en alguna posición muy extraña y permanecer en absoluta quietud durante tres años. No hay que rociarse con un bidón de combustible y luego arder en llamas. No es un mantra para repetir 15 veces diarias. Y lo que es más importante, no se trata de leerlas mirando desde arriba hacia abajo para denunciar los “pobres diablos que somos”.

 

No son consignas de desprecio. Hay que leerlas, de abajo hacia arriba: ¡Mirando el Crucificado! No son imposibles para reducirnos a la impotencia. ¡Son Gracia! Y, como Gracia Pura se pueden aceptar. Son afirmaciones acerca de Jesucristo, a la vez que, una profecía sobre el “Hombre Nuevo”.

 

Cuando decimos Hombre Nuevo queremos decir un retículo cristológico, teológico, antropológico, soteriológico, eclesiológico, escatológico y moral (no moralista); Una superación de nuestra condición adámica.

 

Atención -permítasenos repetirlo-, hay que mirar de abajo hacia arriba (y no por encima del hombro): «Los valores se han trastocado. La serie sucesiva de dichas nuevas se pone en contrapunto de las míseras jerarquías terrestres. Dichosos son los mansos, los hambrientos, los sedientos de justicia, los misericordiosos. La novedad saca de quicio. Estas dichas queman como un tizón cuando se coge con las manos… Nunca fueron tan zarandeadas las clasificaciones oficiales, los rangos, por obra no de una insurrección, sino bajo el impulso de una alegría desconocida para los poderosos… Su novedad todavía no ha encontrado lugar en la tierra»[1]

 

Cuando se cumplan, entonces:

1.    Dios con nosotros extenderá su Tienda de Campaña para que al Encuentro entren todos.

2.    Desaparecerán hambre y sed.

3.    El sol no producirá cáncer de piel, sino dulce tibieza y abrigo.

4.    El Cordero, personalmente, nos apacentará

5.    Nos conducirá a remansos de aguas tranquilas.

6.    Con sus Tiernas Manos enjugará toda lágrima.

7.    Ya no habrá muerte, ni pena, ni llanto, ni dolor.

 

¡Vengan a ver, la Novia del Cordero!

 



[1] E de Luca – G. Marino. SOTTOSOPRA. Mondadori, Milan 2007 21s.

viernes, 30 de octubre de 2026

Sábado de la Trigésima Semana del Tiempo Ordinario


Flp 1, 18b-26

«…todo lleva a creer que la Carta a los filipenses es un conjunto de tres cartas distintas. Los estudiosos del asunto afirman que el trecho más antiguo se encuentra en 4, 10-20 (primera carta); en seguida, viene la parte más larga: 1,1-3,1 + 4,2 - 7, 21-23 (segunda carta) y, finalmente 3, 2-4,1 + 4,8-9 (tercera carta)». (José Bortolini)

 

Esto nos lleva a pensar que la perícopa que estudiamos hoy pertenece a la segunda carta. «Pablo todavía está en la misma prisión. En ese espacio de tiempo, Epafrodito cayó gravemente enfermo, probablemente él es el portador de la segunda carta». (Ibid)

 

Después de la introducción (1,1 – 11) viene un bloque (1,12-26), donde se ocupa de hacer una breve narrativa del “progreso del evangelio”. Este relato lo que hace es una relectura de las situaciones y circunstancias que han llevado a Pablo a esta etapa de prisión.

 

Constatamos que Pablo encuentra una división rotunda en dos tipos diversos y prácticamente opuestos de predicación: el anuncio se está llevando de maneras diversas y, hasta opuestas; sin embargo, Pablo no valora esto como detrimento, sino que lo que aprecia es que, pese a todo, el enuncio se está llevando. «Pablo sentía esta seguridad en Cristo respecto a su propia misión apostólica: “Tengo la certeza de que, en esta ocasión, como siempre, Cristo aparecerá más grande a través de mí, sea que yo viva, sea que yo muera” (Flp 1,20) (José Luis Caravias s.j.)

 

Casi que San Pablo rotula los dos estilos: al uno lo llama “con hipocresía” y al otro “con sinceridad”, pero no se deja atrapar en el pesimismo y afirma que muy a pesar, se alegra y se seguirá alegrando. Y, descubre, algo enigmático, ve que detrás de esta oposición, esto se está dando para su conveniencia, y lo que regula el resultado son dos factores: las oraciones y la intervención favorable del Espíritu Santo.

 

Continúa diciendo: “Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero si el vivir esta vida mortal supone trabajo fructífero, no sé qué escoger”. Vemos y entendemos aquí una entrega misional absoluta y un compromiso de vida en la tarea asignada por Jesús, él acepta lo que Dios quiera elegir para él.

 

Pablo habla de συνέχομαι [synechomai] “presionado de lado y lado”, “atrapado en medio”, “entre la espada y la pared”, “abocado a la disyuntiva”: o bien partir, o bien quedarse. Por él fuera, se iría, para irse a encontrar con Jesucristo; pero San Pablo piensa que quedarse es más provechoso a la causa del Evangelio, porque él podría seguir llevando el anuncio y apoyando las comunidades cristianas nacientes hasta dejarlas fortalecidas y estabilizadas.


Parece que dijera, si me libro de esta, allá estaré para visitarlos y manifestarles personalmente mi gratitud. Parecería que Pablo logró su libertad y pudo continuar su tarea, pero esto no se dice, sino que nos atrevemos a conjeturarlo: «Probablemente Pablo tomó la decisión de hacer valer sus derechos como ciudadano romano. Con este recurso obtendré nuevamente la libertad y podré ver de nuevo la comunidad de Filipos». (José Bortolini)

 

Sal 42(41), 2,3,5cdef

Si alguien tiene sed, venga a mí, y el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura, del interior de aquel correrán ríos de agua viva.

Jn 7, 38

Este es un salmo de súplica: es el primer salmo del segundo Libro de Salmos, que comprende los salmos 42(41)-72(71). Es de los salmos que se atribuyen a los hijos de Coré, que cumplían diversas funciones en el Templo, en tiempos de David. Aquí, hijos, se debe entender como miembros de su descendencia: nietos y bisnietos.

 

Pide, el salmista, tener acceso al Rostro de Dios. El salmista sabe que el sentido esencial y final de la vida es loar a Dios, estar en su Presencia, cantar las alabanzas de su Santísimo Nombre.

 

Inicia con un lenguaje parabólico buscando cómo manifestar el hondo anhelo que tiene de trabar Amistad con Dios y encuentre, punto de referencia en una cervatilla que, padece la sed y va por todo el bosque procurando encontrar una fuente de aguas límpidas donde saciar su sed. Dice, pues, que su alma es comparable a la cierva sedienta.

 

En la segunda estrofa, que aquí corresponde el verso tres del salmo, lo ratifica: su alma tiene sed y la sed del alma solo se calma con el Rostro de Dios, nada hay que pueda sustituirlo.

 


¿Cómo encontrarse con el Rostro Divino sin tener que morir? Es cuando el salmista nos revela que él entró a buscarlo en el Templo; y nos relata que por todo el camino de su peregrinar, iba él entonando cánticos jubilosos con sabor de fiesta. Saber que su andar desembocaba en el Templo, hacía que su corazón destilara esplendores de Amor Santo.

 

Hemos querido incluir, aquí la estrofa que se repite tres veces a lo largo del salmo, definiendo como tres partes que lo componen:

¿Por qué voy a desanimarme?

¿Por qué voy a estar preocupado? 

Mi esperanza he puesto en Dios.

A quien todavía seguiré alabando.

¡Él es mi Dios y mi Salvador!

La perícopa de hoy, es tomada de la primera parte.

 

El verso que se ha escogido como responsorial, muestra el espíritu que anima todo el Salmo: ¡Entrar en el Templo y gozar de la Presencia Divina!

 

Lc 14, 1. 7-11

Lo que Ignacio llama “tercer grado de humildad o de amor” -estar libres del orgullo y del egoísmo, que cubren con un velo el conocimiento de Dios.

Silvano Fausti

Hay cosas que la sociedad nos enseña y que siempre han estado ahí, como consignas que se nos proponen, verdaderas “metas” para la vida de cada quien, y que en la escuela también formaban parte de esas frases que encabezaban los tableros. “Usted tiene que ser el mejor” era, o sigue siendo, una formación para ponerse por encima de todos los demás, lo que muchas veces se denominó “meritocracia extrema”.


Durante siglos, desde que se inició la “escuela” -y antes también-, los papás alentaban a sus hijos con este eslogan, y muchos padres de familia podían premiar a su hijo con una fuetera porque habían quedado en el segundo lugar o más lejos.

 

Hay muchos concursos, contiendas y encuentros deportivos basados en la búsqueda y procura del “mejor”. Esos concursos donde se azuza el ánimo competitivo para sembrar división. Donde ser cualquier otra cosa distinta al primero, es derrota, mediocridad, segundo-lugar, fracaso, capitulación, ruina. Y en medio de la “competencia” se dice, poniéndolo como pretexto lógico, que no se puede colaborar de ninguna manera porque “es una competencia”: La solidaridad y la fraternidad se minimizan y se erradican.

 

Lo que propone Jesús es, por eso, algo análogo, con el derribamiento de las mesas de los cambistas en el Templo de Jerusalén. Parece una idea loca, descabellada, una puesta de valores patas-arriba; ¿cómo se le puede ocurrir a Jesús que no se procure el primer puesto, la primera mesa, la del rey, la del político de turno, la silla al lado del trono real, el sitial del primer ministro, y, en el podio, ¡no lo dude! ¡debe estar en la plataforma más elevada, eso de plata o bronce son solo caramelos de contentillo.

 

Ahora bien, aunque suene muy mal, habrá que decirlo, la obsesión por la cultura del “primer lugar” es la peor enemiga de la sinodalidad. «La riqueza, la vanagloria y la soberbia son las tres gradas que precipitan hacia la perdición. Esta es la “estructura del mundo” (cf. 1Jn 2, 16), la mano de Satanás que se mueve en el guante de la historia. Pero Jesús coloca allí adentro su mano mediante la pobreza, la humillación y la humildad -el poseer, el poder y el aparecer “menos”. Eso permite vivir en el mundo, sin ser del mundo, así como lo lleno puede estar en lo vacío». (Silvano Fausti)

 

A nosotros nos gusta la idea que el único primer lugar sea el de Jesús, porque Él es Dios, y todos nosotros, estamos aquí, por debajito, en el siguiente lugar, siempre recibiendo su apoyo para que podamos ascender a su lado.

 

Atención, no vayamos a reducir este asunto a una cuestión de “etiqueta y protocolo”; no se trata de eso. Esto es algo completamente distinto. No es otra medalla para añadir condecoraciones en el pecho. ¡Se trata de no jugar para nada a eso de que los seres humanos estemos los unos arriba de los otros y que a todos nos parezca muy incómodo estar abajo! Se trata de estar abajo, ¡no debajo!

 

Cuando sea el momento del Banquete, Jesús no va a poner a nadie a llevar a los otros en “palanquín” porque este fue diseñado exclusivamente para gente vividora y holgazana. Tampoco nos creó Dios para que fuéramos “ganapanes”, es decir, estibadores de nuestros congéneres. Es pasar a estar abajo, como Jesús, que se quitó la túnica y ciñéndose una toalla como fajón, se puso a lavarnos los pies.

 

Todo esto nos encamina hacia el antídoto de esta obcecación por ser “el mejor”, de ese empeño de hacernos a lo que no nos pertenece, de apropiarnos de lo que es del Único verdadero Amigo que se hizo Amigo del Padre, tratando a todos sus hijos adoptivos como verdaderos hijos de sangre. Jesús nos ha enseñado en qué consiste “sentarse en el último puesto”: Se trata de lo que se ha denominado la kénosis (sobre la que aspiramos poder decir algo enriquecedor en la reflexión de la primera Lectura del próximo martes 3 de noviembre cuando nos asomemos a Flp 2, 5-11).


 

Por lo pronto diremos que se trata de “despojarse”, de lograr “abajarse”, de un vaciamiento de esa obcecación a la que nos estamos refiriendo. La enseñanza primordial que nos presenta la kénosis es la sorprendente actitud de Jesús, quien, siendo de condición divina, no la puso por delante para reclamar sus privilegios, sino que se “humilló” hasta el punto de ofrecerse en sacrificio de muerte en una cruz, lo más degradante que cabía. Así, en vez de entrar reclamando su legítimo trono, se despojó, y se fue al fondo de la sala, al último puesto, donde, estando tan cerca del Padre, lo llamó y le dijo: Amigo e Hijo, sube al mismísimo Cielo y siéntate a Mi Derecha.