miércoles, 24 de junio de 2026

Jueves de la Duodécima Semana del Tiempo Ordinario


2 R 24, 8-17

יְהוֹיָקִים [Yehoyoakin] “Joaquín”, “YHWH construirá”. Estuvo en el Trono por once años, fue el penúltimo rey de Judá. Entra también en el relato el Rey de Babilonia Nabucodonosor II, que saqueó Jerusalén tras haberlo asediado y deportó a miles de notables a Babilonia, incluyendo al profeta Ezequiel. Las pérdidas materiales fueron enormes.

 

Hoy se nos dice que su mamá era Nejustá, hija de Elnatán oriundo de Jerusalén. Junto a Joaquín fueron deportados los de la corte, empezando por la propia madre del Rey, los servidores, los ancianos y los eunucos. Los deportados contaban en número diez mil, empezando por los artesanos, los herreros y los cerrajeros. El pueblo judío quedó dividido entre los que fueron deportados (los “pudientes”), y todos los que fueran aptos para la guerra; y los que permanecieron en Judá, “la gente דַּלָּה [dal-lá] ‘pobre’ del país”.

 

Nabucodonosor profanó el templo para robarse todos los tesoros que allí reposaban y fundió los objetos sagrados que Salomón había depositado como ajuar del Templo. En lo sucesivo ya no habría sacrificios en el Templo.

 

A un tal Matanías, tío de Nabucodonosor, este lo designó como rey, y le cambió el nombre por Sedecías, que quiere decir “YHWH es justo”. Se trata de una ironía bíblica, la Justicia Divina se verá en el desenlace de este rey-títere de Nabucodonosor II y Jerusalén comida por el fuego y la destrucción.

 

Cuando Nabucodonosor II lo nombró rey tenía 21 años de edad. Solo obtuvo un reconocimiento parcial, pues algunos siguieron considerando rey a Joaquín, aunque estuviera en cautiverio ya que, durante el largo exilio en Babilonia, el pueblo judío, aunque separado, se mantuvo en contacto mediante la acción de los profetas, como Ezequiel, Jeremías y Daniel.

 

Sedecías presenció el degüello de sus hijos. También se ejecutó a los nobles y, finalmente, Sedecías fue cegado (Cfr. 2R 25, 7) -que leeremos mañana, para concluir nuestro estudio sobre estos Libros, en particular del 2R- y llevado cautivo a Babilonia.


Las realidades de la vida son cambiantes, lo que no ha de implicar el abandono de nuestra fe, por el contrario, la búsqueda y la voluntad de seguimiento tendrán que ser nuestra constante.  Allí donde nos encontremos la oportunidad habrá de ser acogida, y el rostro de Dios buscado. Él, por su parte, no se hará el evasivo, estará siempre asistiéndonos, y dándonos su Fortaleza.

 

Sal 79(78), 1b-2. 3-5. 8. 9

Este salmo parece haber sido escrito en el contexto de Joaquín-Nabucodonosor, hacia el 587 a.C. Es un salmo de súplica, que -y esto es importante resaltarlo- no es simplemente una oración de “petición insistente”, sino recordar quien era el suplicante en el co-texto del salterio. Era alguien que acudía ante un “padrino”, de un “defensor”, de alguien que podía y tenía los recursos para protegerlo y librarlo. El pueblo -aquí es “el suplicante” y viene ante Dios que es su גואל [Go-el] “redentor”; el salmista padece y se pone en las manos de Su Dios, e invoca al Señor para recurrir a su Misericordia.


Se hace un resumen de las eventualidades que los azotan:

-La invasión de los gentiles

-La profanación del Templo

-La destrucción y ruina de Jerusalén

-La muerte de tantos, entregados a las aves carroñeras y a las fieras.

-Su sangre derramada y su permanencia insepultos.

-La burla generalizada

 

La súplica es para que cese la ira del Señor. Se le ruega para que olvide las muchas faltas con las que se le ha afrentado. Y, ante una situación de tanto padecimiento se le ruega al Cielo para que empiece a derramar su compasión.

 

¿Por qué ha de socorrernos y reconfortarnos el Señor? ¿tenemos acaso algún mérito que interponer para reclamar Su salvación? No, ninguno, sólo le pedimos que obre por la Grandeza de su Nombre, apelamos a Él, cuyo nombre es sinónimo de Amparo y Protección, al Dios de Corazón Tierno y Misericordioso, para que nos asista, y nos libre de nuestros pecados. Esta es la idea que interponemos ante cada ruego, es la médula de toda nuestra súplica, no por nosotros que no tenemos disculpa que presentar, sino porque su Amor es Grande y es Eterna Su Misericordia.  Y porque Su Majestuoso Nombre resuena Glorioso por doquier.

 

Para que nuestro ser no sea el de un Templo profanado, donde los paganismos vengan a morder y desgarrar; que nuestra consciencia dé albergue a nuestra fe y la sed de santidad sea nuestro móvil. Que la fidelidad sea el norte de nuestras brújulas y que seamos un pueblo enamorado que camina tras tus Enseñanzas

 

Mt 7,21-29

Llegamos a la perícopa final del Sermón del Monte. ¿Qué se nos muestra aquí? La formalización del discípulo. Alcanzamos esta calidad y la sustentamos fielmente si la construimos sobre roca, y no sobre la fragilidad de la arena.


Muy fácilmente podemos dar algunos toques superficiales para embadurnarnos de una fe provisional, no de la que ha echado raíces en el centro mismo de nuestro ser y de nuestro corazón.

 

Aquí se nos corrige una falsa imagen que muchas veces conduce a la malformación de nuestro discipulado. Creemos que el asunto radica en predicar y profetizar su Santo Nombre, o que basta afirmar que expulsamos demonios, o que hemos hecho milagros en Su Santo Nombre y no es por esta vía que vamos a entrar en el Reino de los Cielos.

 

¿Entonces, cuál es el santo-y-seña? Cumplir con la Voluntad del Padre que está en los Cielos. Por ahí empieza nuestra perícopa mateana para el día de hoy. Por corregirnos esa falsa imagen que no llega al corazón de Dios, no nos hace sus “amigos”, ni siquiera hará que Él nos reconozca, todo lo contrario, cuando nos presentemos con ese tipo de balance de nuestra vida, Él afirmará que no nos conoce. Y, si no nos conoce ¿qué quiere decir? Qué nos somos otra cosa que operarios de la iniquidad.

 

La cuestión no es la de llevar algún gafete, o portar alguna escarapela. La cuestión será siempre la de tener sentimientos compasivos, porque Su Única Ley es la Ley del Amor. No es cuestión de atuendos o de apariencias. El asunto medular es el de la “manera de vivir”, todo consiste en vivir crísticamente, en los documentos teóricos sobre el tema se diferencia entre ortodoxia y ortopraxis. Y, muy contundentemente se afirma que no se discrimina por la ortodoxia, la cuestión doctrinal, sino que el “carnet” real es el de una práctica caritativa. El que atiende coherente al Mandamiento del amor, ese habrá edificado su Casa sobre Roca.

 

No es de poca monta la imagen que Jesús ha elegido para simbolizar el discipulado, ha elegido “la casa”. La casa es acogida, es convivencia, es fraternidad, es ternura y cuidado, es familiaridad, es protección. Fueron las casas las primeras iglesias de la cristiandad. Y fue verdad que, en los momentos de lluvia, de inundaciones, de vendavales, la fe resistió porque la solidaridad y la sinodalidad eran la casa de la fe. Pudieron y seguimos pudiendo resistir la “furia de los elementos”, todos los acosos y persecuciones, porque la sede del amor solidario está en la Casa.

 

La perícopa concluye llamándonos la atención sobre el modo de enseñar de Jesús, y apunta como rasgo primario la ἐξουσίαν [exousian] “autoridad” con la que enseñaba. ¿En qué radica esta autoridad? nos parece que, en no atenerse a la tradición de los escribas y fariseos, sino en su cuestionamiento de la “ortodoxia”, borrando el “legalismo” rayano en el “leguleyismo”, apegándose a muchísimos ritos vacíos de Amor y de fraternidad y, abriendo ese amplísimo espacio a vivir y practicar el estilo de Jesús, que consiste en que la práctica sea toda ella “Jesús-mente”.

 

La enseñanza de Jesús no reposaba sobre lo que se nos “había dicho”, para repetirlo como una grabación, sin alma, sin fuerza; en cambio, el “nos dice” y su manera de decir demuestra que habla sin depender de los juicios tradicionalistas. El tradicionalismo no es malo en sí, se vuelve malo cuando se le saca la “sangre” y se vuelve un zombi, una fe “muerta en vida”, una doctrina fantasmal que no infunde la alegría del Evangelio y por eso no soporta ni un viento suave, a la primera dificultad se viene a tierra.

 

Sin embargo, tenemos que ser cuidadosos y no caer en “poses” puesto que esta praxis no consiste en apariencias, sino que se funda sobre dos elementos anti-aparenciales.

·         Que al obrar el corazón tenga como norte el Santísimo Nombre de Dios

·    Que esa praxis esté verdadera y sólidamente apoyada en la Voluntad de Dios, de querer el bien del prójimo.

Pasa muchas veces que le ponemos todo el corazón a “querer ser discípulos”, que “frecuentamos la Palabra”, pero luego, se produce un profundo hiato entre esa “escucha” y la práctica mecánica y des-amor-ada, muchas veces indolente e indiferente, sin calor del corazón. Si queremos construir sobre roca se precisa obrar fervientemente, poniéndole “tesón” y “ternura”, procediendo “carismáticamente.

martes, 23 de junio de 2026

Natividad de San Juan Bautista

 


Is 49, 1-6

La fe es como un tejado: en época de sol y de sequía el dueño no lo cuida ni lo mira y por eso, no percibe el comején que va comiendo la madera por dentro. Cuando viene la tempestad, el tejado no resiste, el viento se lo lleva y el dueño queda en lo mojado, sin protección.

Carlos Mesters O.C.D.

Esta perícopa se trata del Segundo Cántico del Siervo de YHWH. Estamos en el Deuteroisaías, más exactamente en la primera parte del Libro de la consolación, en el cuarto ciclo de los oráculos (Is 49, 1-13). Esto históricamente quiere decir que nos hallamos en los finales del Imperio Neo-babilónico, lo que representa un in-crescendo de la hegemonía persa en la zona oriental. Este contexto nos lleva a pensar en un “Isaías” que vivió los últimos años del exilio en Babilonia, por tanto, posterior a Ezequiel. Podemos estar hablando de -alrededor- del 546 a.C.

 

Un aspecto a destacar, que nos parece muy importante es el cambio de perfil mesiánico. Se pasa de la idea de un Mesías rey poderoso militarmente hablando; a la de un Mesías diverso que enseña un camino de salvación “universalista”, que lidera enseñando y sufriendo y que conduce a la liberación a través de su propio sufrir.

 

El universalismo del que estamos hablando es la clave de lectura de la perícopa: Que se encargue de congregar a los Israelitas, no es una tarea suficiente. Llama a las islas, a las tierras lejanas, a las “naciones” se ha traducido גּוֹיִ֔ם [gouyin] “gentes”, a los “gentiles”; ojo que aquí se está superando el nacionalismo recalcitrante y abriendo el anuncio a todos, creyentes o no, fieles e incircuncisos. Ya no es un mensaje para un selecto número de “compatriotas” sino una proclamación que ha de llegar hasta los confines de la tierra. (Cfr. Is 49, 6cd).

 

El profeta se da plena cuenta que no habla de algo que se le viene a la cabeza, sino que es el portavoz de una comunicación que proviene de YHWH. Es Él Quien le ha dado a su palabra y a su lengua el valor de una espada afilada y de puntas de flecha que Dios mismo lleva en Su אַשְׁפָּה [ashpah] “Carcaj”, “bolsa especial para portar las flecha a la espalda” (carcaj en persa se dice tarkāš). Que no significan violencia sino “perfección”, “adecuación del habla para que la palabra llegue al corazón”. Es una metáfora que nombra la elocuencia de la Palabra comparándola con el raudo y punzante poder de llegada del Mensaje, traspasando las barreras de la incomprensión.

 

El propio profeta se siente transformado en una “flecha bruñida”, aquí la palabra בָּר֔וּר [barar] “bruñida”, “pulida”, “brillante” habla de ¿cómo se lograba que la herida de una flecha fuera penetrante y traspasadora? Pues puliendo delicada y pacientemente la punta, lo que conducía a que quedara brillante. Su brillo calificaba su agudeza asesina.

 

Este profeta que nos está explicando Isaías ¿es un profeta de masacres y violencia? No, ¡la flecha de la que se habla aquí no tiene por finalidad lastimar a nadie! Es una flecha bruñida porque su utilidad es la de rescatar la Luz-de-Dios que habían escamoteado y mostrarnos su destello: “Las nubes que quedaban entre el sol y la tierra eran tan oscuras, que la luz desapareció. Los hechos que quedaban entre Dios y los ojos de la fe eran tan terribles, que llagaron a esconder la Luz de la Presencia de Dios. Transformaron el día en noche. El pueblo no pudo explicar estos hechos a la luz de su fe disminuida, y se perdió”. (Carlos Mesters).

 

Leamos con atención y no vayamos a mal interpretar la profecía. No dice que le puso en las manos una espada, sino que hizo de sus labios una espada afilada. No dice que lo mando a matar a nadie, ni siquiera a causarle rasguños. Lo que dice es que lo convocó para que iluminara los ojos de aquella gente desesperada. “Cercado por todos lados, el pueblo del cautiverio ya no veía ninguna salida. Parecía el sertão (vasta región al noreste del Brasil que se caracteriza por su redomada aridez) en época de sequía. ¿Pero la esperanza de una buena lluvia no muere nunca! Y la lluvia cuando cae no necesita ni de entrada ni de salida. Cae de lo alto entre en el suelo, desierta la semilla y, de la tierra, hace brotar la planta que mata el hambre del pueblo (Is 55, 10s) ¡Eso fue lo que paso! Aquel pueblo desterrado recibió la lluvia invisible del llamado de Dios y, de aquella semilla pequeñita, nació el hilito verde de la esperanza. Nació la nueva consciencia, tan bien expresada en este segundo cántico, que leemos hoy”. (Carlos Mesters)


 «En la nueva situación en la que estaba el pueblo, allá en el cautiverio, el “Proyecto de Dios” ya no podía ser solo para el pueblo de Israel. Tenía que alcanzar necesariamente a los otros pueblos. La situación en la que vivían los ayudó a entender mejor su misión. Descubrieron que debían ser “Luz de las naciones” para que las Salvación de Dios pudiera llegar hasta el fin del mundo (Is 49,6)» (Carlos Mesters)

 

Sal 139(138), 1-3. 13-14. 15

Uno dice Omnisciente y piensa en ecuaciones que rigen y gobiernan todo el Universo. Se piensa también en leyes y decretos que rigen la tendencia general, y en bases de datos que almacenan miles de miles de datos. A este entendimiento de la omnisciencia por “universales” se le escapan los detalles particulares, la unicidad de la criatura, el hecho de no haber sido creados por moldes y en serie. El pensamiento semita tiene otro enfoque, que es el que detectamos aquí en el salmo.

 

En la primera estrofa: Él se concentra en la persona, conoce la trayectoria particular de cada uno, y las peculiaridades de las acciones que no son generales, sino que mientras uno está sentado, otro yace y un tercero está de pie, mientras el cuarto se dispone a acostarse. Él sabe en qué posición y qué propósito tiene cada uno en cada instante.

 

En la segunda estrofa, conoce nuestros órganos, con sus peculiaridades, con sus dobleces y circunvoluciones, sus repliegues, cada plisado de las entrañas, cada tejido y célula de tu miocardio, y cada gota de tu sangre con sus plaquetas, sus glóbulos y su plasma. Hasta el propio fondo del alma, no se le escapa. Cada quien es fruto de su Maravilloso Designio. Lo era el profeta, no menos lo es el Precursor.

 

Es poco este conocimiento, pues la tercera estrofa nos anuncia otro conocimiento que perfecciona hasta el límite la intensidad de nuestra presencia en el corazón Divino: Conoce hasta nuestros huesos cuando se iban gestando en el vientre materno nos conoce tan totalmente que se informó con ecografía celestial, como evolucionaba nuestro sistema óseo a medida que íbamos germinando en el seno de nuestra madre.

 

Hch 13, 22-26

San Pablo hizo un trabajo de evangelización muy minuciosos en Antioquía de Pisidia, donde predicaba muy especialmente en la sinagoga. Siguiendo el programa que Jesús les dio: predica, primero a los propios judíos, antes de ampliar el círculo a los Samaritanos y hasta los confines de la tierra (Cfr. Hch 1,8def). Esta perícopa se toma de uno de los dos discursos más desarrollados que encontramos en los Hechos de los Apóstoles, el otro es el de Pentecostés que pronunció San Pedro.


¿A quién se dirige el discurso? A los Israelitas. (13,16) En 13, 26 se precisa que les habla a los del linaje abrahamico. Luego, como va a enfocarse en el Mesías, era preciso sentar la referencia davídica, señalando que David tenía los dos rasgos esenciales para ser iniciador de la estirpe mesiánica: a) “era conforme al corazón de Dios”, y b) cumplidor de la Torá (la Ley).

 

Para que lo reconociéramos, envió (seis meses por delante) al Nuevo Elías, el Precursor, San Juan el Bautista. Que tenía por misión allanarle el camino, elevar lo que estaba hundido y abajar, aplanando, lo que estaba escarpado.


A los ojos de este pueblo era difícil discernir, y ya empezaban a confundirlo con el Mesías; él tuvo que especificarles que no era “el que estaban pensando”, y que -a pesar de su importantísima Misión- no le daba ni a los tobillos al Mesías. Su encargo, no era traer la confusión sobre la identidad del Mesías, sino encender el “reflector” e ir señalando sobre Jesús, a Quien tendríamos todos -a Él sí- que abajarnos para “desatarle las sandalias”, lo que en este caso se podría entender como “adorarlo”.

 

Lc 1, 57-66.80

Una voz grita: En el desierto preparen un camino al Señor; tracen en la llanura un sendero para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se aplanen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se nivele, y se revelará la gloria del Señor y lo verán todos los hombres juntos -ha hablado la boca del Señor-.

Is 40, 3ss

Al leer este fragmento del Evangelio según San Lucas, se nota el énfasis especial en el nombre, uno no entiende por qué se llama Juan, por qué Isabel le elige ese Nombre, menos por qué Zacarías accede -cambiando de opinión-, y se pone de acuerdo -para Zacarías solo se trataba de que “el Señor se había acordado a pesar de su ancianidad”- y, en ese momento en que cae en la cuenta de lo especial que es su hijo, que será el “Precursor”, capta la dimensión del “regalo” que Dios les entrega, y que no es solo una cuestión familiar sino que “está lleno de Gracia” para mostrar que ya viene el Salvador- se le desata por fin el habla cuando aprueba, escribiendo en la tablilla que el Nombre para su Hijo será “Juan”.


Uno puede preguntarse ¿por qué Juan? Y Lucas lo explica: Κύριος τὸ ἔλεος αὐτοῦ μετ αὐτῆς [Kyrios to eleos autou met autes] “El Señor le había hecho una gran Misericordia a ella”, haciéndola portadora del que señalaría con su dedo en la dirección del “Cordero que quita el pecado del mundo”. Mostrándonos al Mesías.

 

Si averiguamos lo que significa Juan en lengua hebrea, de inmediato se nos despegan los párpados y entendemos: Juan = “Dios es Misericordioso”, expresión helenizada que translitera la Plenitud de Gracia que Dios le había confiado.

 

זְכַרְיָה  [Zekharyah] “Zacarias” Este nombre significa “Yah se acordó” y se deriva de זיכרון  [Zikaron] que en hebreo significa “recuerdo”, “memoria”. Por otra parte, יוֹחָנָ[Yohanan] “Juan” significa “lleno de la Gracia de Yah”.

 

Uno de los signos preferidos de Dios es la esterilidad. Si fuese un hijo engendrado tan naturalmente no nos maravillaría la acción de Dios y, se disolvería Su Poder quedando ahogado el “signo” en la indiferencia de nuestra cotidianidad. Él no necesita, pero nosotros sí, y nos llama la atención, con este -que es una especie de redoble de tambor- que significa: “Presten atención”, “aquí hay algo especial, muy especial, se trata de un regalo de Dios a su pueblo”. ¡Ya viene el Salvador!

 

Isabel y Zacarías dan inicio a la obra y tarea que tendrá su Hijo. Este Nombre escogido, ya empieza a anunciar la Bondad de Dios, ya comunica y anuncia de Quien será Precursor su hijo. Ya habla de generosidad y Bondad Divina, al nacer, el hogar y todos los vecinos cambiaron su estado de ánimo, pasaron súbitamente a la alegría. Quizás ni sabían de dónde brotaba su dicha, pero su corazón si intuía que estaba naciendo una nueva Era, que Aquel Bebé, venía por delante, preparando el Camino del Señor.

 

No es predestinación, no es “mala pata”, no es ni buena ni mala suerte; es la búsqueda constante, es el empeño que ponemos, es el tesonero esfuerzo de ir hacia Dios: Todos los nombres, toda la historia de Israel, todo el Antiguo Testamento, toda la serie de las Alianzas, todo detalle y cada paso va mostrando que todos ponemos una nota de avance, de progreso, hacia el cumplimiento del Amoroso Diseño de Dios que tiene en sus manos y agrupa todas las riendas, para conducir la historia hacia la Gloria de su Gracia.


«La dignidad que el Espíritu Santo esculpe en cada uno de nosotros se reconoce también en la capacidad de reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas… En este designio, nada de lo que es verdaderamente humano se perderá, sino que todo será purificado y reunido en Aquel que recoge cada fragmento de vida, cada lágrima y cada auténtica conquista humana para sustraerlos de la nada y entregarlos, redimidos, al Padre». (Magnifica humanitas #233)

lunes, 22 de junio de 2026

Martes de la Décima Segunda Semana del Tiempo Ordinario

2 R 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36

El rey de Judá para aquel momento histórico era Ezequías. Quien vivió del 729 a.C. al 686.a.C. y gobernó durante 29 años -es decir del 715 a.C. al 686 a.C., mientras que otros historiadores afirman que su reinado abarcó del 727 a.C. hasta el 698 a.C. Impulsó reformas religiosas para eliminar la idolatría y centralizar el culto en el Templo.

 

En la perícopa de hoy, חִזְקִיָּהוּ [Ezequías] “Dios es Fuerte”, ha recibido una Carta, y esta carta es el eje en torno al cual se desarrolla el relato, ¿quién es el remitente de esta carta? Es Senaquerib, de quien diremos que fue rey de Asiria desde el 705 a. C. hasta su muerte, en el 681 a. C., así como de Babilonia entre 705 y 703, y nuevamente desde 689 a. C. hasta su muerte - víctima de una conspiración- en el 681 a.C.; lo que Senaquerib perseguía en esa carta era demoler enteramente la confianza que los de Judá tenían en su Dios, convencidos totalmente que Dios sería el protector de sus fronteras. Hemos de añadir que los asirios -con Sargón II a la cabeza-  ya habían puesto “patas arriba” a Israel -como vimos- acabando con el reino del Norte.

 

Subió Ezequías al Templo y fue a presentarle a YHWH esta afrenta, poniendo a Dios -como agredido- y solicitándole, con plena confianza, que fuera Él quien tomara en sus Manos semejante insulto a su Divina Majestad y los protegiera.

 

Es muy hermosa la respuesta que Dios -por medio del profeta Isaías- le da, prometiéndole que Jerusalén no sería mancillada y que el “famoso” Senaquerib no pondría su pie en aquella tierra que Él declaraba adornada con la promesa que había formulado en favor de David y su linaje. En cambio, los dioses asirios sólo eran piedra y madera. Los versos 21 a 31 contienen la profecía de Isaías, que no se incluye en la perícopa que hoy leemos, pero que garantiza que un “pequeño resto” surgirá y sería la defensa adecuada de la Ciudad Santa. Afirmando que Senaquerib tendría que devolverse sobre sus propios pasos y regresar frustrado en sus intentos contra Jerusalén y el reino del sur. Ante la inminente caída, Ezequías y el profeta Isaías oraron a Dios. la misma noche en que el "Ángel del Señor" mató a 185.000 soldados asirios en su campamento hizo que Senaquerib derrotado y avergonzado, se retirará a Nínive, donde fue asesinado por sus propios hijos.

 

Dicho y hecho que esa misma noche se abatió sobre el ejército Asirio una derrota en Laquis, -estos efectivos fueron muy probablemente barridos por una peste-, lo que llevó a Senaquerib a levantar sus campamentos y regresar a Nínive donde se había dado cita con las parricidas manos de sus descendientes que presentaban ofrendas a Ereshkigal y Nergal y que lo condujeron de turismo por Kur con boleto -como ya se sabe- solo de ida.

 

Para no dejar en el aire la historia de Ezequías, vamos a añadir que después de esa gran victoria de Judá amparada por el Señor, Ezequías se enfermó gravemente. Dios envió a Isaías para decirle que moriría. Ante esta noticia, Ezequías oró pidiendo misericordia y Dios escuchó su oración y envió a Isaías nuevamente con un nuevo mensaje, que tendría quince años más de vida. Como prenda de ese regalo Divino, el Señor hizo que la sombra del reloj solar retrocediera diez grados, aproximadamente 40 minutos (Cfr. 2 R 20, 8-11 e Is 38, 4-8). El suceso ocurrió como una señal divina para confirmar su sanación. Cuando el profeta Isaías le preguntó si prefería que la sombra del reloj de sol de Acaz, (según las descripciones bíblicas, parece que era una columna o estilete y una escalera o estructura escalonada donde la sombra marcaba las horas) avanzara o retrocediera diez grados, Ezequías respondió que era más difícil que retrocediera. Entonces Isaías oró y Dios hizo que la sombra retrocediera exactamente esos diez grados.


Más adelante se verá que Jerusalén no quedó intacta de otras agresiones y que de Jerusalén solo sobreviviría el “pequeño remanente” anunciado en la profecía Isaiana. De ese “resto” brotaría el descendiente Mesiánico.

 

Sal 48(47), 2-3a. 3b-4. 10-11

Muy proporcionadamente, el Salmo es un Salmo de Sion, que se concentra en la gratitud por las Acciones Celestiales en favor de Su Pueblo y defendiéndolos de sus poderosos agresores.

 

Qué se canta en el Monte Santo -Sion- sino la Grandeza de Dios, que es Digno de todas nuestras alabanzas.

 

Sion en la geografía Divina, es ya la puerta del Cielo, porque es la Ciudad que Él se ha elegido como Morada.

 

Así como Ezequiel, subimos al templo para meditar los portentos que obra el Señor y reconocer que Su Acción y su Amorosa relación con nosotros nunca cesará.  Allí hemos descubierto nuestro Tesoro, que la Mano Derecha de Dios está pletórica de Justicia, y Su Justicia es nuestra defensa.


¿De dónde brota tal conocimiento? Nos respondemos nosotros mismos con las Palabras proféticas que se nos han dispensado: “Dios ha fundado su ciudad para siempre”.  Así lo ratificamos en el estribillo. (Al descender de nuestra cabalgadura, siempre nos apoyamos en el “estribo”, así también, cada vez que elevamos una Alabanza Salmica, hacemos pie en la antífona del salmo).

 

Mt 7, 6. 12-14

Aquí tenemos que recordar que el Sermón del Monte no es la transcripción de algún discurso pronunciado por Jesús, sino un agrupamiento, realizado por el Evangelista, donde reúne los fundamentos de la vida cristiana. Hoy, puestos así por Mateo, uno al lado de otros, tenemos tres puntos -emparentados temáticamente- que Jesús nos presenta como guías, verdaderos rieles de la existencia:


El primero de ellos nos enseña que las cosas santas no se nos han entregado para que las abandonemos, por ahí, en alguna cochera (cercado donde se agrupa a los cerdos). ¿Y esto a qué viene? Recordemos que cerdos y perros eran simbólicos del paganismo. O sea, que las verdades que anuncia la “Buena Noticia” deben depositarse en las manos y los oídos atentos, de quienes tienen “hambre y sed de justica”. De otra manera, será un sembradío en tierra estéril, o -lo que con frecuencia sucede- cae en manos de los que, como los escribas y los fariseos, buscaban para acorralar e ir a denunciar al Señor, para venderlo y entregarlo.

 

Y esto no niega de ninguna manera que el Evangelio es para todos, lo que pasa es que -ejemplo esencial, no se puede dar la Comunión Sacramental, sin antes haber vivido una verdadera iniciación cristiana. Se nos llama a invitar para ser de la grey, y a los que oigan la llamada, catequizarlos adecuadamente, para que puedan llegar a ser verdaderos “cristóforos”. Dulce y responsable tarea encargada a los catequistas. Así que no hay que andar desparramando las perlas, sino adecuar los corazones para que, dónde la semilla llegue, dé frutos verdaderos de caridad y amor sinceros.

 

Y, la tercera enseñanza nos habla de la apertura para recibir el mensaje. Se puede tener una puerta estrecha (aquí se debe recordar que llamamos al bautismo el Sacramento Puerta), cuando pretendemos reducir nuestra fe a “consignas” y nuestra vida sacramental se queda limitada a los ritos sacramentales con ninguna repercusión en la vida cotidiana. La Buena Nueva tiene que llevarnos a una vida vivida en fe, a una experiencia de discipulado, donde las enseñanzas de Jesús se hagan sangre y carne de nuestro propio ser y así seamos cristianos de existencia comprometida y responsable, comprometidos con la Iglesia y verdaderamente centrados en Jesucristo.

 

No podemos desmontar la fe en Jesucristo en la idea de llevar el cabello largo como se nos muestra en sus imágenes, o vestir con manto y capa, o en portar medallas o estampas de santos y novenarios, escudos, o alguna otra bisutería; sino, en vivir acordes a las verdades, los principios y los valores que Jesús practicaba y nos dio como paradigma para su seguimiento.

 

Precisamente, en el corazón mismo de la perícopa mateana que hoy se proclama está una de las verdades fundamentales de nuestro ser de cristianos: “Todo lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ellos” Y Jesús añade, según la cita del evangelio, “esta es la Ley y los Profetas”.

 

Y es que la verdad de nuestra fe no es algún docto y complicadísimo estudio teológico inalcanzable y desalentador en su complejidad. En verdad, no hay que desentrañar desmenuzando por mínimas partículas el Evangelio, sino que basta con atenerse a esta sólida roca que condesa todo el estudio bíblico. Dicho sea de paso, así resolvió el Señor Jesús llevar la Ley a su Plenitud, no con un desglose exhaustivo y haciendo de la Sonrisa Amorosa de Dios, un mar innumerable de detalles que impidieran vivir la religión a cabalidad.


Así que, hoy se nos compendia todo en este principio anti-talión: ya no se trata de volver mal por mal, ya no tenemos que publicar extensos códigos de cómo cobrarle al prójimo las afrentas que nos hallan infringido, ni andar buscando pretextos para vivir inmersos en una cultura de la muerte; sino de vivir sembrando semillas de bondad. Por eso Jesús sintetiza su Enseñanza en el Mandamiento del Amor y desbarata todas las venganzas, en la tarea y el propósito firme de serle fiel a Dios por medio de todas las acciones de nuestra vida, y así, el verdadero protagonista de la Ley es la “Justicia del Reino” que consiste, sencillamente, en buscar para todos los demás, el mismo bien que nosotros anhelamos que nos llegue. Y nunca en trazar un plan para destruir o menoscabar al otro.

domingo, 21 de junio de 2026

Lunes de la Décimo Segunda semana del Tiempo Ordinario

 

2 R 17,5-8. 13-15a. 18

Un pueblo de dura cerviz

הושע Oseas, ese nombre significa “Yahweh es Salvación” (hijo de Elá) fue el decimonoveno y último monarca del Reino de Israel (el reino del norte). Gobernó durante nueve años (aprox. 732 a.C. - 722 a.C.) era vasallo del rey asirio Salmanasar V -rey de Asiria del 726 – 722 a.C. y le pagaba tributo. Posteriormente, se rebeló y buscó una alianza con Egipto, enviando legatarios a negociar con So, rey de Egipto, negándose a pagar más impuestos. hasta que, el Imperio Asirio conquistó Samaria y destruyó el reino.

 

Tras la caída de Samaria, el rey asirio (Salmanasar V y posteriormente su sucesor Sargón II) encarceló a Oseas y deportó a gran parte de la población israelita a Asiria, en Halah situada en la región de Habor -aun cuando no se ha podido precisar dónde, se cree que al norte de Mesopotamia en la región de los Medos, y en ciudades medas al este del Tigris; lo que provocó la desaparición del reino del norte.

 

El antecedente de buscar acercamientos y convenios con Egipto entra en franca colisión con el hecho que precisamente ellos habían esclavizado a los Israelitas y Dios tuvo que intervenir con su fuerte brazo para trozar esas cadenas. Uno de los más pesados y vergonzosos grilletes fue el sincretismo con el que paulatinamente tiñeron su fe con prácticas cultuales y ritos propios del paganismo.

 

El trato Paternal que Dios les daba incluyó advertirles por medio de profetas y videntes el sendero equivocado que estaban tomando. Muy lejos de mostrar una voluntad de enderezar su derrotero, mostraron toda la terquedad de la que eran capaces y se mantuvieron fuera de la alianza pese a las precauciones que Dios les fue señalando.

 

Fueron ascendiendo por la montaña de la perdición y llegaron a su cima cuando resolvieron caer en la idolatría y hacerse una estatuilla de Ásera - Era una representación o poste sagrado de madera asociado a la diosa cananea Aserá, deidad de la fertilidad, cuya adoración fue condenada por los profetas; y dos becerros de bronce, imágenes idolátricas fundidas. Vamos a añadir a esto los siguientes desatinos y desvíos en los que incurrieron:

      i.        Se dieron a las adoraciones astrológicas

     ii.        Ofrecieron sacrificios en los que quemaban a sus propios hijos e hijas

    iii.        Practicaron la adivinación y los augurios

   iv.        Se entregaron a hacer lo malo a los ojos de Dios.

 

El reino del norte -el que desapareció- estaba formado por diez tribus, a saber: Las diez tribus que integraban este reino eran: Rubén, Simeón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, Efraín y Manasés.

La perícopa concluye diciendo que solamente sobrevivió la tribu de Judá.


 

Sal 60(59), 3. 4-5. 12-14

Que tu Mano Salvadora nos responda

¿quién acabará con el prejuicio y la ignorancia y la indiferencia para abrirle camino a la luz no solo en el secreto del corazón de los hombres, sino en los grupos y las reuniones y las multitudes de las calles abiertas y de las plazas públicas?

Carlos G. Vallés s.j.

El salmo es consciente que Dios -con toda razón- se hallaba airado y su disgusto se mostró en su rechazo y en el hecho de haber permitido la desaparición de las diez tribus. Sin embargo, el salmista suplica: ¡Restáuranos!

 

Como un cántaro golpeado brutalmente, este Amadísimo pueblo es ahora, tan solo, un nudo de grietas. ¿Qué le sobreviene a toda alfarería que sufre sacudones y agrietamientos? Se desintegra, se pulveriza, se convierte en simples partículas de barro, en un montoncillo de carcoma. Esta situación que le ha sobrevenido a los hijos de Israel es como una borrachera mala. Como resultado de haber bebido -no la dulzura del vino- sino la descomposición de un vino tóxico; su hígado se ha revenido, ansias y vómito pueblan su garganta, y en vez del deleite de la grata bebida, solo experimenta el malestar que antecede a la muerte por envenenamiento.


Lo más ingrato de esta experiencia es que Dios los había prevenido por boca de sus profetas, que no bebieran del vino de la idolatría, que no incurrieran en la infidelidad. Que no se hicieran ídolos para adorarlos a sabiendas que el Único que merece adoración es YHWH.

 

El hagiógrafo hace consciencia y transmite esa concienciación a todo su pueblo en este salmo: ya Dios no sale a combatir al lado del ejército de su Pueblo. Si van al combate, solo cosecharán derrotas estrepitosas, porque han perdido el apoyo del Señor que antes siempre los guarecía. Entonces, el salmista clama: Su ruego es para que Dios los vuelva a escoltar en sus luchas, para que Dios los acompañe en sus travesías, para que puedan enfrentar los rigores que acompañan la existencia y el sinnúmero de sinsabores que los acosarán en lo sucesivo por todo el camino.

 

Buscaron el apoyo de ejércitos humanos sin percatarse que esas son falsas ayudas y que los que se ofrecían a ayudarlos solo esperaban cogerlos debilitados para poderles imponer el cepo y someterlos a los sinsabores del regreso a la esclavitud.

 

Solamente si regresan a su Fiel Señor, gozarán de la dulzura incomparable de su Amor; volverán a cargar sus ánforas de proezas y verán, con ojos agradecidos, la derrota de Melkor. ¡Ahora conocerán el rostro de Sauron!

 

Mt 7,1-5

El juicio humano trae condenación solo el Juicio Divino Salva.

Todo juzgamiento tiene por trasfondo un enmarcamiento forense. Ahora bien, la fe nos lleva a ganar claridad sobre el hecho de ser hermanos respecto de todos los de nuestra misma especie. Es, cuanto menos extraño, que llevemos a nuestro propio hermano al tribunal. (No es imposible, más bien lo contrario, es frecuente; no obstante, es muy extraña esta conducta).

 

Cuando juzgamos cavamos un abismo respecto del enjuiciado, lo separamos con una barrera insalvable. Lo más irónico -porque es gracioso, pero simultáneamente doloroso- es que solemos juzgar en el otro, precisamente nuestro propio defecto, que suele verse magnificado el verlo en el hermano. Es una espada sin mango, en cambio, tiene doble punta, hiere al juzgado y, me hiere a mí mismo.

 

Juicio fue el acto envidioso de Adán y Eva, que quisieron ser como su Creador. No era que Dios hiciera algo mal, era que nosotros queríamos ser como Él. Los juicios ocultan y revelan nuestras envidias. Hay aún más. Muchos que alertan contra el juzgar, lo hacen porque practican un constante juzgamiento del otro, o sea, una envidia pertinaz. Juicio fue el que levantó el brazo fratricida de Caín para exterminar a su hermano.

 

En realidad, tendríamos que alcanzar el carisma de la “identificación” y procurar ver desde la perspectiva que ve el otro. ¡Quién sabe cuántas veces descubriríamos -asombrados- que “el otro” tiene frecuentemente más razón que uno mismo! Lo que suele suceder es que nos agarramos aferradamente a nuestros prejuicios, so capa de ser los más razonables, los más ilustrados y lógicos. Si por lo menos lográramos salir de Ur e ir a ver las cosas desde Harán, tal vez pasaríamos por Betel (que antes se llamaba “Luz”), y después de dormir -recostados en una piedra como almohada- alcanzaríamos a ver la Escala de Jacob, y por ella a los Mensajeros de Dios, subiendo y bajando (Cfr. Gn 28, 10-22).

 

Tal vez “el otro” está en otro nivel de percepción, o de información, o en mejor perspectiva. Inclusive, el abismo se ahonda, cuando la rudeza de nuestros juicios nos agrede a nosotros mismos. A veces, dentro de un ánimo de superación, nos volvemos insoportable y salvajemente indolentes y exigentes con nosotros mismos, y, por el contrario, tendríamos que ser dulces y suaves en nuestro propio proceso. (Atención que nunca se ha dicho que cohonestemos con el pecado).

 

Ese rigor puede llegar a ser todavía más exasperado, si me juzgo con una “vara” (es decir, con una “medida”) a la que le he asignado el valor de “divina”, pero que sólo es una “fetichización” farisaica. Cuantas veces nuestros juicios se basan sobre ideas muy admiradas aun cuando testarudamente estrecha.

 

Al pasar por estos derroteros siempre hemos creído urgente destacar el respeto al otro, y evitar que, con la excusa de estar corrigiendo, perpetramos la ofensa o la degradación. Aquí no hay pretexto que valga. Siempre irá por delante la debida consideración del “prójimo”: “Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehena de fuego”. (Mt 5, 22).

 

Perdón que no tenemos ningún ánimo de omnisciencia, pero nos parece muy conveniente destacar algunos de los sinónimos de Imbécil: idiota, tonto, estúpido, bobo, imbécil, mentecato, inepto, asno, bruto, burro, lerdo, tardo, pánfilo retrasado, estúpido, majadero, cretino, necio, insensato, borrico. No pretendemos agotarlos, pero si destacar los más frecuentes en el habla, porque unos ofenden con el uno y otros apelan a uno diferente. Ya ha destacado la psicología el daño que infringen estos calificativos en la autoestima. Nosotros nos hemos propuesto enfatizar la agresión que significan en el contexto de la fraternidad humana.

 

Este examen de la acción de juzgar no impide darse cuenta de la sensible dificultad que atraviesan dos ingenieros cuando, por ejemplo, están construyendo un puente y uno de ellos descubre, con no poco asombro, que se ha cometido un error de cálculo en el diseño de una de los bases que ha de soportar el peso…

 

Puede darse el caso que el error se haya cometido involuntariamente, pero el punto es que -como seres humanos que somos- el desliz no se puede ocultar o minimizar so capa de alguna especie de compañerismo profesional, y esto porque todos los que transiten en un futuro por esa obra de ingeniería serían potenciales víctimas de su derrumbe, a menos que el traspié sea tan mínimo que no tenga ninguna consecuencia previsible. ¿Puede tratarse de un error minúsculo que no tendrá consecuencias! Una falla imperceptible.

 

También se presentan aquellas situaciones donde se hace destacar hasta tal punto la subjetividad que se llega a afirmar que en eso todo el mundo tiene la razón y cada uno es “libre” de opinar. Pensamos que pueden darse casos límites donde esto llegue a ser enteramente verdadero. Pero la práctica demuestra que ese no es el caso frecuente y que en la mayor parte de las veces hay criterios que permiten dilucidar con certeza.


El sentido de la responsabilidad nos ayudará a proceder con tino y prudencia y a tomar sanas decisiones para poder actuar siempre con tolerancia y construir con sinodal fraternidad y no permitir que vigas ni motas detengan la Fidelidad.