Hch 11, 21b-26. 13, 1-3
Antioquía, donde por
primera vez llamaron a los discípulos cristianos
Jerusalén era el centro del judaísmo y se
convirtió también en el corazón de la Cristiandad, pero a raíz de las
persecuciones los cristianos judíos y los cristianos helenistas tuvieron que
abandonar la “Ciudad Santa” y se dispersaron por todo el mediterráneo y el
oriente medio, de manera tal que, hubo un geo-desplazamiento y poco a poco la
tercera ciudad en importancia en aquella época -Roma, Alejandría, Antioquia de
Siria- nucleó el centro de convergencia
de oriente y occidente, donde llegaron los chipriotas, los cireneos, y se dio
la conversión al cristianismo de paganos, judíos y judíos helenistas.
Muy paulatinamente se fue dando un cambio
de óptica de los que al principio se sentían judíos de origen y cristianos
conversos, con una neta identidad propia, abrieron sus puertas y su corazón a
la aceptación de los paganos que no se habían convertido al judaísmo, ni
siquiera en la categoría de simpatizantes, que ellos denominaban “temerosos de
Dios”.
Esta situación los llevó a precisar su
identidad y así fue como -bien sabemos- finalmente en Antioquia empezaron a
llamarlos “cristianos”; de otro lado, conforme Jesús era declarado y tenido por
Señor, se oponía a los intereses del imperio, con conflictos encontrados de sus
intereses políticos y económicos. La evangelización se declaraba como directa
contradictora de los que habían y querían seguir detentando el monopolio
político, ellos se consideraban los “señores únicos”. Pero ahora, aquellos
“anunciadores” predicaban un Señor que estaba por encima de ellos, en tanto y
cuanto, era el Señor del Cielo.
Ante el crecimiento de la comunidad
creyente en Antioquía, y habiendo alcanzado la noticia a Jerusalén, fue enviado
Bernabé. ¿Reparó en celos y
prevenciones? No, sino que saludó este avance y se alegró y les recomendó
seguir unidos y mantenerse activos y vigilantes. ¿Por qué procedió tan
positivamente Bernabé? Porque era un hombre de bien y estaba lleno del Espíritu
Santo. No cayó en melindres ni se puso en guardia, sino que los aceptó
Se nos informa, en esta perícopa que en
Antioquía había profetas y maestros. Los doctos investigadores nos han traído
la noticia de que allí nacieron comunidades muy semejantes a las que hoy
llamamos “pequeñas”, donde se reunían para considerar las Escrituras y para
celebrar cenas ágapes, orar y ayunar.
Este Bernabé, levita de origen chipriota, jugará un rol sobresaliente en este giro, fue él quien tuvo la iniciativa de ir a buscar a Pablo para aprovechar su hondo conocimiento de las Escrituras, se quedaron allí, en Antioquía todo un año, y se les unió para asumir la tarea evangelizadora e itinerante que condujo el ciclo de viajes de Pablo, que conocemos en el número de cuatro. Esta decisión fue tomada a la luz del impulso generado por el Espíritu Santo, como se nos narra, un día en el que se encontraban unidos en oración y ayuno. Antes de la partida, hubo consagración en el Espíritu, con la “imposición de las manos”, simbolizando el Envió y la Gracia que los iba a acompañar.
Sal 98(97), 1. 2-3ab, 3c-4. 5-6
“El Señor da a conocer su Victoria,
revela a las naciones su Justicia”. Es en este preciso momento, cuando
descubrimos su Grandeza y la Maravilla de sus Obras, que nosotros nos vemos
obligados a cambiar la melodía de fondo y la letra de nuestros himnos, no
podemos seguir cantando el mismo cántico de ayer, se precisa incluir en el
texto la nueva perspectiva:
Su Santo Brazo nos ha dado la Victoria.
Él no ha olvidado sus promesas, lo que le ofreció a su pueblo escogido, si bien ha habido un cambio y los destinatarios de su predilección se han visto acrecentados con pueblos y pueblos que se han sumado, sustituyendo a los que no quisieron aceptarlo. Así ha manifestado que su Justicia es aún mayor de lo que nos habíamos imaginado.
Este Victoria inefable a traspasado todas
las fronteras, a los que ayer se les negaba el pasaporte para pertenecer a sus
tribus, hoy les ha abierto las puertas y los brazos de par en par. ¿Cómo no
cantar a grito en cuello, con un ruidaraje -espantoso para los que son
envidiosos- que ya no se cuentan los fieles por miles, que ahora su número
supera los quintillones?
Todos en la tierra, de extremo a extremo,
gritan. vitorean, y tocan. Es la Teruah, estrepito hecho por las trompetas, el
silbido de una gran reunión de personas gritando a una sola voz (cfr. Nm 10,
5-6), es la aclamación que lo reconoce como Rey: Kyrios, será la aclamación en
griego.
¿Cómo podemos negarnos a alabarlo si Él
rige ya y regirá por siempre el Orbe y su Justicia y la Rectitud de su Mandato,
destellará cada vez más como Insigne Lumbrera?
Es un salmo del Reino, ¡Es YHWH El que
Reina!
Mt 10, 7-13
Los envió
La fidelidad de la misión es liberar del
espíritu inmundo y dar el Espíritu Santo. No se trata de lavarnos la cabeza y
recibir un Cirio encendido, se trata de una misión que tenemos con esa luz que
se nos ha entregado. Se trata de tomarnos en serio el bautismo y llevar la
claridad de la Luz de Cristo, allende las fronteras. Hasta los mismísimos
confines de la tierra. Llegándonos hasta las periferias existenciales, como nos
encargó Papa Francisco.
Se refiere, pues al Envío. Estamos ante
un llamado a ser discípulos. Pero de una Iglesia en Salida. No se trata de una
llamada para pastorear melindrosos a unas cuantas y muy pocas ovejas. Hay que
anunciar que el Reino de Dios está cerca.
Se trata de ondas concéntricas: este
estudio del Envío nos muestra nítidamente que, al principio, Jesús nos envió a
los cercanos, en un segundo momento expandió el circulo a los samaritanos, en
el tercer momento pasamos a los judíos de habla griega, y luego a los paganos,
así cada vez a regiones más amplias y a pueblos sin discriminación.
Demos una mirada eulógica a la Oración
Colecta de esta memoria obligatoria que celebramos hoy día, que en su parte
petitoria dice: “Concédenos, te rogamos, que el Evangelio de Cristo, que San
Bernabé anunció con tanta firmeza, sea siempre proclamado en la Iglesia con
fidelidad, de palabra y de obra”.
Con el cuidado de una Madre y la
Sabiduría de una Maestra, la Iglesia nos descifra el sentido de nuestra misión,
para que podemos ser discípulos-misioneros como nos ha esclarecido Aparecida.
No se trata de estar adentro, sino de
entrar para luego ir a caminar juntos (sinodalidad). En verdad que el Llamado se
ha hecho, no para un selecto y refinado grupo, no se ha convocado a una elite.
No somos ni sabios, ni perfectos. No hemos sido entresacados de en medio de los
escribas y los fariseos. No somos doctores de la ley, ni piadosos que se
arrinconan con sus devociones en los altares de sus casas. No hemos estudiado
teología, ni derecho canónico, no tenemos ningún título ni carnet que nos
avale. Solamente nos hemos sentado a sus pies, fascinados, a escucharlo, y
ahora nos arde el pecho de ansias de salir a proclamarlo.
Vamos a enumerar, aquí, las cuatro
misiones que Jesús nos confía, porque son las bases de nuestro “servicio”, el
fundamento de nuestras diakonías:
1)
Curad enfermos
2)
Resucitad muertos
3)
Purificad leprosos
4)
Expulsad los
demonios
Como estos poderes se nos han confiado
gratuitamente, gratuitamente -también nosotros- los hemos de entregar.
La paz que iremos entregando se quedará, doquiera sea aceptada, y donde fuere rechazada, volverá -cual bumerang- a nuestras manos.



















