sábado, 4 de julio de 2026

TU CORAZÓN MISERICORDIOSO NOS HACE LIBRES

 



Za 9, 9-10; Sal 145(144), 1-2. 8-9. 10-11. l3cd-14; Ro 8, 9. 11-13; Mt 11, 25-30

 

…a Dios no le gustan los compromisos al aire...

José-Luis Caravias s.j.

 

Me quedo con Jesús.  Quiero ir con él, aprender de él, ser manso y humilde de corazón.  No voy a cargar con la guerra.  Prefiero que me maten los enemigos, si es que no sean imaginarios, pero morirme con la conciencia tranquila.  Elijo el yugo suave de su paz.

Nathan Stone sj.

 

Para adentrarnos en este Domingo, requerimos tener una comprensión de lo que significa la Alianza que Dios ha querido con nosotros: «La iniciativa viene de Dios: es Él quien “hace salir a Israel del país de Egipto”. Subrayo esta expresión porque es la fórmula que se repite como un estribillo para exaltar la iniciativa de Dios que precede a la respuesta del hombre y le da un sentido. En definitiva. Lo primero en la Alianza es la revelación de Dios.»[1]


Este Domingo tiene un tono de fondo, tono de fiesta, se exulta de alegría. La alegría rozagante de esta liturgia proviene de la Alianza que se ha pactado, mejor aún, que se nos brindó y a la que nos hemos acogido. Sabemos que la llevamos a cuestas como llevando nuestra cruz, pero –bien vista- no es una cruz insoportable, es más bien “yugo” llevadero y “carga” liviana. Esa dicha festiva –hecha consciente- ha de ser el marco y el fondo de esta Eucaristía. Dejamos atrás el Segundo Discurso de Jesús (Mt 10, 1-11,19 donde Jesús instruyó a los apóstoles y pasamos a esta otra sección que tiende un puente (11,2 – 12,50) hacia el tercer Discurso (13,1-52): “el sermón en 7 Parábolas

 

Con ella queremos agradecerle a Dios que haya hecho pacto de Amor con nosotros y que su fidelidad sea el sello de ese pacto: “El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan”.


El Pueblo de Dios que nos presenta la Biblia iniciaba la celebración rememorando la historia del Éxodo en sus 40 años por el desierto,

 

«Uno de los canticos que más complace al pueblo es El pueblo de Dios en el desierto andaba. Cada estrofa recuerda un episodio de la travesía del pueblo de la Biblia: 1. “El pueblo de Dios en el desierto andaba…”; 2. “El pueblo de Dios también dudaba…”; 3.”El pueblo de Dios también tuvo hambre…”; 4. “El pueblo de Dios a lo lejos vio…”. En seguida el estribillo repite: “También yo soy tu pueblo, Señor, y estoy andando el mismo camino…”.

 

¡Canto curioso! Porque en sus estrofas hace que el pueblo de hoy vuelva al pasado. Y en el estribillo el pasado se hace presente. Une al pueblo de hoy con el del pasado. Es todo un pueblo, el de hoy que recorre solitario el desierto, duda, siente hambre y, de lejos, ve “la patria querida que el amor le ha preparado”.

 

Lo mismo sucedía con el pueblo de la Biblia. Todos los años, en la celebración de la Alianza, al escuchar la historia, los peregrinos volvían al pasado: caminaban por el desierto (Ex 19, 1), se reunían a los pies del monte Sinaí (Ex 19,2) y se disponían a renovar la Alianza (Ex 19, 8). Y, al mismo tiempo, recordaban el pasado para determinar el presente (Ex 19, 5; Sal 95, 7). Afirmaban “Yavé no hizo la Alianza con nuestros padres, sino con nosotros, los que hoy estamos aquí, los que vivimos” (Dt 5,3). Era un solo pueblo, el del pasado y el de hoy…. Son los peregrinos de todos los tiempos, nosotros también, que atraviesan el desierto de la vida en búsqueda de la tierra prometida, cantando: “También yo soy tu pueblo, Señor,  y estoy andando el mismo camino. Cada día más cerca de la patria esperada”.[2]

 

«El Dios de Moisés, Dios que vive en medio del pueblo en proceso de liberación, quiso celebrar una alianza que fijara para siempre su relación con aquel pueblo. Libertados ya de las estructuras opresoras, les propone Dios a los hebreos un pacto de amistad. Dios les propone: “Yo seré el Dios de ustedes. Y ustedes serán mi pueblo”. Y ellos aceptan: “Haremos todo cuanto ha dicho el Señor” (Ex 19, 8).»[3]

Ya con esa óptica podemos ir sobre la perícopa de Zacarías en la segunda parte de su Libro Profético que se dedica a mirar hacia el “Reinado del Mesías” (caps. 9-14): En la Primera Lectura, el profeta tiene un propósito claro, quiere enseñarnos a ver a nuestro “rey que viene”, un Mesías totalmente diferente, uno que deplora la guerra, que no viene con estruendos de poder o escándalos de fuerza. Zacarías nos muestra sus rasgos novedosos que son la indefensión, la humildad, la mansedumbre al límite, no pacificador, sino pacífico y, sin embargo Victorioso: “Su poder se extenderá de mar a mar y desde el gran río hasta (inclusive) los últimos rincones de la tierra”. Todo esto es fundamental porque tenemos que reconocer Quién es nuestro Aliado, saber a cabalidad en manos de Quién nos vamos entregar, de Quién nos fiamos, Quién trazará toda nuestra táctica, Quién gobernará la estrategia. Él es Quien tiene diseñado el Plan Salvífico. Y nos invita a seguirle, nos da señas para confiar, no nos recluta como soldados, nos congrega como hermanos y la verdadera fraternidad presupone un Padre común. Es Él, El Dios de la Alianza, Quien depone las armas, es Él Quien renuncia a “los carros de Efraín”, Él es Quien quiebra los arcos guerreros, Quien renuncia a los caballos de Jerusalén; y, en cambio,  ha escogido por cabalgadura –para significar que no es combatiente- un pollino. Así se rompe con toda una tradición guerrerista que envolvía la imagen del mesías y se nos revela otro Liberador distinto.

 

En este capítulo octavo está el eje de esta carta.

Carlos Mesters.

«El privilegio de conocer a Dios está reservado a los últimos. Es un don concedido a quien lo desea, lo desea quien lo necesita, y lo necesita quien carece de él…además de las palabras, existe una sabiduría silenciosa, propia del pobre. Es la “docta sabiduría” del que es puro corazón, al cual Dios se muestra (Mt 5, 8)…»[4] Pero todo el mensaje del Evangelio se vuelve incomprensible y suena absurdo a menos que contemos con la gracia clarificadora del Espíritu. Es el Espíritu Quien nos libera la mente y el corazón y nos ilumina con su resplandor. Ese es el tema de la Segunda Lectura, tomada de la carta a los Romanos.

 

El ciclo A dedica 16 Domingos a reflexionar la carta a los Romanos, de los cuales este ya es el 6º. De esos 16 dedicaremos 5 (empezando hoy) al capítulo Octavo, donde se trata la vida del cristiano inmerso en el Espíritu, la Esperanza y el Amor de Dios.

 

Hoy se nos explica, en la Carta a los Romanos, que uno no capta nada y no le haya razón de ser a la propuesta cristiana a menos que nos libremos de vivir “conforme al desorden egoísta del hombre” σαρκὶ [sarki] “carnal” (en otras versiones leemos “instinto”). Para adentrarnos en el Misterio de nuestra fe, en la Alianza con Nuestro Señor Jesucristo, tenemos que vivir, dice San Pablo, ἐν πνεύματι [en pneumati] “conforme al Espíritu”. ¿Cómo es esto de vivir en el Espíritu? San Pablo nos responde a renglón seguido: que consiste en que “El Espíritu de Dios nos habite”, la palabra griega es οἰκεῖ [ekei] “hacer casa en”, y es que, si no mora el Espíritu de Cristo en uno, uno no es de Cristo; así, fácil y sencillamente. El Espíritu es el que da sentido, el que nos da la vida.


¡Ojo! ¡Mucho cuidado! Que no vayamos a leer esto desde el dualismo de la filosofía griega que escinde a la persona en dos.

 

«Para San Pablo el hombre es una unidad, un solo bloque. En la σάρξ [sarx] “carne” él ve al ser pecador. En el espíritu, el ser del justo. La misma única persona puede vivir según la carne o según el espíritu. Muchos hoy se embarcan en ese dualismo, adoptan esa duplicidad en la persona y viven exhibiendo ese “espiritualismo”, diciendo valorar solamente las cosas del espíritu y despreciar las cosas de la carne. Pero viven atascados en ellas. Ese espiritualismo es la falsa capa de un individualismo brutal: se ve la sociedad como un montón de individuos sin tener nada que ver los unos con los otros. Son “almas” como antes se hablaba en la Iglesia. Para muchos, sobre todo los grandes, la Iglesia debe preocuparse solamente por su misión espiritual” solamente por las almas, cuidando de las personas individualmente. Cuando la Iglesia se preocupa por los problemas de la sociedad y por las verdaderas necesidades del pueblo, ellos gritan que está abandonando su misión espiritual.»[5]

 

La verdadera contraposición es entre el Espíritu que da vida y el pecado que da la muerte.


Las dos Lecturas y el Salmo actúan como prótesis correctivas para que podemos aceptar y cumplir con la Alianza que se nos propone: “Vengan a mí, todos los que estén fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré”. (Mt 11, 28). Abrimos un paréntesis para señalar que el ascenso al Sinaí no es un alejamiento de Dios que estaría “arriba” separado de nosotros. ¡No! Tengamos muy presente que Dios bajó a caminar con su pueblo y caminaba con ellos y acampaba con ellos. Aquí el ascenso es figura del esfuerzo: la Alianza y su cumplimiento por parte nuestra, entraña un esforzarse, un rigor, una fidelidad, no vivir según la carne, no dejarse sustraer por los placeres mundanos, a la cual, a falta de otra palabra, llamaremos ascética y de la cual indicaremos como rasgos distintivos dos: la sobriedad y la disciplina; aquí cerramos el paréntesis.

 

Podemos ascender al Monte, al Monte Sinaí y desde allí ver la panorámica:

 

«Por los caminos de Galilea pasó un hombre aparentemente común... Pasó tres años renovando el mismo anuncio: "¡El reino de Dios está cerca!”…  Un día entró en la ciudad de Jerusalén. El pueblo no se contuvo y empezó a aclamarlo: “Bendito el que viene, el rey, en nombre del Señor” (Lc 19, 38). Fue una fiesta, una bellísima fiesta. Todos le cedían el paso al Rey, y al mismo tiempo extendían sus mantos y ramas de los árboles por el camino… Cuatro días después, aquel mismo Jesús que fuera aclamado como enviado de Dios, estaba ante Pilato… Pilato le preguntó: “¡Eres tú el rey de los judíos?” y oyó una respuesta que lo dejó más confundido: “¡Tú lo dices! ¡Yo soy el rey! (Mt 27, 11) Por su parte el pueblo, ahora ya no lo aclamaba bendito. Por el contrario, en un solo grito decía: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” (Mt 27, 22-23)…. Algunas horas después se realizaba el deseo del pueblo… ahora estaba inmóvil, colgado en una cruz. Por ironía, habían colocado sobre la cruz una inscripción: Jesús Nazareno, rey de los judíos (Jn 19,19). Bajo la burla de algunos, el alivio de otros y el dolor de unos pocos, murió, después de haber perdonado y haber colocado su vida en manos de su Padre.

Si hubiera sido un simple rey, todo habría terminado allí. Pero, demostrando su origen divino, tres días después resucitó. Volviendo junto a su Padre, y enviando el Espíritu Santo que había prometido, garantizó la extensión de su reino. Quedaba cada vez más claro que no había venido para un pequeño grupo de personas o para determinada época. Su proyecto era y es para todas las personas, de todos los tiempos y lugares. Por tanto, es reino que no se confunde con los límites territoriales de un país, ni está formado por grupos cerrados o por personas que se consideran dueñas de la verdad. Es reino que nace y crece en donde menos se espera. Un día después de tanto oír hablar a Jesús  de él mismo, los apóstoles le preguntaron: Al fin de cuentas ¿cuándo vendrá él? Recibieron una respuesta que en ese momento no entendieron bien: “El reino de Dios ya está entre ustedes” (Lc 17,21).

 

En verdad, aunque no sea de este mundo, es aquí y ahora en donde se construye. Así, él crece cuando tú estudias o trabajas, cuando te diviertes o rezas, cuando vences la tentación o te donas al hermano necesitado. Crece cuando perdonas o eres perdonado, cuando penetras en el Misterio de Cristo o cuando llevas a otros a conocerlo; cuando formas parte de un partido político y luchas en él para introducir criterios de justicia y de fraternidad, o cuando te unes a los vecinos en un trabajo social; cuando haces un retiro espiritual o participas en la comunidad de base, cuando te indignas ante la injusticia y luchas para extirparla…

 

En cada una de esas oportunidades o en tantas otras, es Jesús quien está pasando por tu camino y te dice: “Se cumplió el tiempo y el reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Escuchando ese llamamiento y aclamando al rey que viene en nombre del Señor, estas colaborando en la extensión de ese reino que es siempre fiesta, bellísima fiesta.»[6]


“Te doy gracias, Padre, Señor de Cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor” (Mt 11, 25). Qué inmenso júbilo, qué enorme y descomunal dicha, que nos hayas tenido entre la gente sencilla para entregarnos tu revelación, para hacernos partícipes de tu economía salvífica. Esta perícopa del Evangelio de San Mateo es, también conocida como el “himno de júbilo mesiánico”.

 



[1] Equipo “Cahiers Evangile” PRIMEROS PASOS POR LA BIBLIA. #35 Ed. Verbo Divino Navarra- España 1992 p. 12

[2] Mesters, Carlos. LA BIBLIA EL LIBRO DE LA ALIANZA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá – Colombia 1995. pp. 15-17

[3] Caravias, José L. s.j. DE ABRAHÁN A JESÚS. LA EXPERIENCIA PROGRESIVA DE DIOS EN LOS PERSONAJES BÍBLICOS. Ed. Tierra Nueva y Centro Bíblico Verbo Divino. Quito-Ecuador 2001 p. 28

[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2da re-imp. 2011 p.242

[5] Mesters, Carlos. CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1995 pp.50-51

[6] Krieger, Murilo. DEJA SALIR A MI PUEBLO. Ed. Paulinas. Bogotá, D.E.-Colombia 1990. pp. 64-66

viernes, 3 de julio de 2026

Sábado de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario

 

Am 9, 11-15

Amós ha hecho arder su pasión por la justicia y su condenación de una sociedad injusta… Pero la última palabra no es la maldición: el volumen de este profeta se cierra con un cuadro luminoso, obra quizá de un redactor final del libro.

Gianfranco Ravasi

 

Este es el capítulo final del Libro del Profeta Amós. Se trata de otra visión, la quinta que tiene este profeta, sin embargo, ya no pertenece al conjunto de las visiones de la tercera parte, sino que este capítulo conforma la cuarta parte del texto. Esto es así, porque no se va a referir a profecías a corto o a mediano plazo, sino que tiene una proyección y un tinte apocalíptico, en el sentido de anunciarnos acerca de la meta final del proceso del pueblo elegido. Con esta lección, llegaremos al final de nuestro estudio sobre este Libro.

 

Los versos 1-10 enfocan la visión no sobre hechos ni sobre simbolismos, sino que ve al Señor que está junto al Altar y le habla. Se previene a los que piensan que están a salvo, simple y sencillamente porque Dios los había elegido, pero no toman en cuenta que han vivido rechazando su Amistad. El Señor les dice que para Él no hay diferencia entre ellos y los etíopes (cusitas), los filisteos y los arameos. La sentencia contra ellos es que todos los pecadores -aun los que pertenezcan al pueblo escogido- morirán a filo de espada.

 

Mientras que los versos 11-15, que forman la perícopa de hoy, se han entendido como una suerte de “epílogo” que apunta hacia la restauración futura de Israel, llamado aquí, la סֻכַּ֥ת [sukka] “choza” de David. Esta promesa mira hacia la restauración de la dinastía davídica, que volverá a ser plantada en la tierra fértil (la Tierra de Promisión), rescatados del exilio.

 

En la columna vertebral de este Libro hay un concepto que debe mantenerse claro en la consciencia del fiel, se trata de שְׁאֵרִית [she-airith] “resto”, “residuo”, “reliquia”, “sobras”, (de la comida). Quiere decir que la reconstrucción se dará partiendo de unos cuantos pobres, representantes del pueblo elegido, mirados y queridos por Dios, preservados y rescatados de las garras y las fauces del león, tal como un pastor se las gana cuando está a punto de devorarla y rescata tan solo las patas, o la punta de la oreja (Cfr. Am 3, 12)

 

El profetismo posterior se encargará de configurar con mayor precisión este concepto y alcanzarle carta de identidad dentro del contexto teológico.


Otro punto que Amós deja muy claro a lo largo de su Libro es, cómo se trenza una amistad con Dios, y revela que no se llega a ella por la visita de los Santuarios (Betel, Guilgal, Beer-shéva), sino por el proceso interior del “fiel”, que gana consciencia de su membrecía en el “pueblo de Dios”. Ya aquí está presente la pauta -por ahora sólo bocetada pero que cada vez será más clara- de la fraternidad emanada de la relación con YHWH, que mira a los otros también como miembros de la misma parentela.

 

Sal 85(84), 9. 11-12. 13-14

Este salmo es un oráculo. sí en la Primera Lectura nos encontramos una “profecía del destierro”, el Salmo nos entrega un anuncio del “retorno”. Todo ensamblado sobre el gran eje del destino final para el pueblo elegido. No se trata de episodios sueltos, todo responde a una estructura con su propia teleología, el esjatón del Reino. Pero lo hermoso es cómo se le da unidad al Amor y la Verdad.

 

La verdad no es un enunciado, ni un conjunto de los mismos formando un sistema: la verdad es una manera de discurrir del tiempo que mantiene siempre la tónica de la bondad, de la caridad, de la solidaridad conformando un tipo muy especial de sinodalidad que permite construir una koinonía fraterna: la mejor imagen para entender este tipo tan armónico de sinodalidad responde a la imagen del dialogo y la concordia. ¡A esto nos remite la perícopa del Salmo!

 

Miremos la secuencia de sus componentes:

a)    La paz para los amigos de Dios.

b)    Un romance que desemboca en boda.

a.    Caminan hacia el Altar la Misericordia y la Fidelidad

b.    Pronuncian sus votos ente el “testigo”: Ya son marido y mujer, es decir, Justicia y Paz son los recién casados. Los de la tierra, que son la “Novia” aportan la Fidelidad. Y el Dios del Cielo, El Novio, traen su alianza de Justicia.

c.     ¿Qué vendrá después de tan anhelada Boda? El Señor pondrá la lluvia para fertilizar el suelo. La Tierra, fructificará. La Justicia desbrozará el camino, e ira por delante, abriéndoles paso.

 

Nada de esto desmiente el paso inicial. El paso inicial define la melodía de fondo que permanece enmarcando la totalidad de la sinfonía: Es el clima de Serena Paz que Dios pone como ambiente global de toda la economía salvífica.

 

Mt 9,14-17

¿Aceptamos que Él contradiga nuestros puntos de vista y no esté de acuerdo con nosotros? ¿Estamos dispuestos a escucharlo? ¿Estamos dispuestos a construir con Él el mundo de paz-amor-verdad-justicia… que nos “pide” hacer?

Noël Quesson

 


No se vayan a imaginar que la construcción del Reino consiste en coger un manto viejo y tachonarlo de remiendos para decir que es una moda nueva de vestir. Tampoco se trata de re-encauchar los odres viejos, con la ilusión (más bien, con el engaño) de que toda ira bien y que no hay que preocuparse por nada. ¿Por qué no se podía continuar con el judaísmo, tal cual y venir a poner en cuestionamiento cosas tan bien fundamentadas como la circuncisión, la pureza ritual y el ayuno? (Muchos -aun hoy- piensan que Jesús había debido dejar las momias quietas y no molestarlas, porque no hay nada peor que un faraón enojado porque le fastidian su sarcófago).

 

Si pintamos una pared de rojo y luego, muy sutilmente empezamos a desvanecer la rojez y pasamos paulatinamente a un rosado cada vez más suave, podrá darse el paso a la pintura blanca sin que nadie advierta que en realidad se dio un rotundo cambio de color. ¡No nos engañemos, hubo un cambio y el ayuno que hoy -los cristianos- practicamos tiene otro enfoque!

 

¿En qué estriba el cambio? En que el ayuno hablaba de muerte, en cambio la comida habla de la vida. No en vano reconocemos que el eje cultual de nuestra fe es la invitación a un Banquete: El Banquete de Bodas del Cordero.

 

Nosotros celebramos un Banquete porque celebramos que el Señor está siempre con nosotros, el Emmanuel, y que su Presencia Triunfal, siempre nos asiste. Sería ilógico que viviéramos vestidos de luto, sabiendo -como sabemos- que el Señor ha Resucitado. La muerte no pudo retenerlo en la tumba, y ahora, todos avanzamos hacia la Galilea, donde el Señor nos está aguardando (Cfr. Mt 28, 8-15).

 

No vayamos a salir con el cuentico que es la “primera noticia”. Con siglos de antelación el Señor nos había solicitado este cambio de “odres”: “Compartir el pan con el hambriento, acoger en nuestra casa al destechado, vestir al desnudo, romper las cadenas y quebrantar todo yugo, y no evadir al necesitado (Is 58, 6-7). Para que se cumpla que la Justicia nos abra paso y la Gloria de Dios camine resguardando nuestra espalda.


Para acceder a la Cena de Bodas del Cordero requerimos vestirnos con traje de Bodas y abandonar nuestros harapos viejos; de otra manera, seremos arrojados a las tinieblas exteriores (Cfr. Mt 22, 8-14).

jueves, 2 de julio de 2026

El Apóstol Santo Tomás

Ef 2, 19-22

Por Él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios.

Ef 2 22

Tenemos hoy, una alegoría arquitectónica. Se nos refiere la estructura de la Iglesia asimilándola a la de una edificación. Ante todo, tenemos la palabra “construcción” -de origen latino- que tiene el prefijo con que significa “en compañía”, “conjuntamente”, “entre todos”, “en colaboración”, “sinodalmente”; y el sufijo struere, que significa “el armazón”, “la edificación”, “fabrica”. En griego, la palabra que se usa en los evangelios es συνοικοδομέω [sunoikodomeo] “hacer una casa entre juntos”.

 

Para estudiar mejor este “sermón” a los Efesios podríamos repartirlo en dos partes: La primera parte iría hasta 3, 21 (suprimiendo 1, 1-2, que, según los más entendidos, se trata de una adición posterior); y la segunda, de 4, 1 hasta 6,24.

 

Después de afirmar que Cristo es el Centro de la totalidad (1, 20-23); inicia señalando como Jesús entra a recogerlo y compendiarlo todo (2,1-18) configurando un solo cuerpo. La perícopa de hoy, recopila todo esto a manera de conclusión, como se ha dicho, en una alegoría mampostera. Lo primero que concluye es que los paganos han sido integrados con plenitud de derechos, de manera que ya no pueden ser vistos como extraños, ni como foráneos, sino como conciudadanos, todos parientes de la familia de Dios. Vistos desde la óptica del albañil, son piezas y materiales legítimamente constitutivos de la construcción.

 

No están en el aire, ni puestos ahí, al lado, sin integrarse; sino que ellos también, constituyen y se entraban con la ἀκρογωνιαίου [acrogoniaiu] “Piedra Angular”, Piedra que articula y encaja las demás, de allí su importancia fundante. Ninguna parte de una edificación está simplemente allí, sino que todas se funden gracias a su Unidad Funcional, que a veces puede parecer -sencillamente ornamental- pero no por eso, menos vital al todo de la composición que en su interdependencia genera el concepto de Unidad Estructural.

 

¿Qué clase de edificio se forma? ¡Un Templo! Ese Templo, del que nos hacemos parte, está “reservado” a Dios, no puede ser, en otro horario, restaurante, y más tarde sala de cine o galería. Y, se pone -como desenlace- una idea de gradualidad: no nos convertimos en parte integral del Templo, de una vez, sino que nos “vamos integrando” paulatinamente, hasta que nos hacemos “residencia” idónea de Dios.

 

Cada uno con su fe, se convierte en material de la Edificación Cultual. Con toda razón Jesús se refirió a Sí mismo como Templo:  Derriben este santuario que yo en tres días lo re-construiré (Cfr. Jn 2, 19). Esta sentencia de Jesús proviene del episodio joánico que nos remite a la Pascua Judía que se avecinaba, y Jesús actúa para “purificar el Templo”.

 

Para mejor profesar que somos Templo -así no seamos más que una modesta piedra en un rincón de la Edificación-, y que estamos “integrando” la construcción eclesial, rememoremos la enseñanza de San Pablo en 1Cor 6, 19 ¿No saben que su cuerpo es santuario del Espíritu Santo?

 

La pregunta es directa, y va al fondo del alma: ¿No conocemos nuestra definición humana como Santuarios? ¿No nos damos cuenta que somos criaturas destinadas a ser “moradas del Santo de los Santos?

En ambas citas -la de San Juan y la de 1ª de Corintios- la palabra en griego es ναός [naos] que se podría traducir como “Residencia Divina”, “Morada de Dios”, “Lugar Sagrado destinado a Dios”. Por eso en ambos casos hemos traducido “Santuario”

 

Sal 117(116), 1. 2

Si todos los que estábamos marginalizados por la exclusividad del pueblo elegido, ahora estamos “estructurados” junto con ellos, ¿qué más podemos hacer que rebozar de jolgorio ensalzarlo.



Y esta “incorporación” no es provisional, no se trata de ser formaletas mientras se seca la argamasa; ¡no!, somos verdaderos “compatriotas”, y esta es una Alianza imperecedera.

 

De estos dos puntos se desprende nuestro compromiso evangelizador.

 

Jn 20, 24-29

A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota.

Atribuido a la Madre Teresa de Calcuta

 

Nos hallamos ante un Encuentro con el Resucitado. Si las cosas funcionaran como Santo Tomas lo entiende, nosotros no tendríamos ninguna oportunidad de acercarnos a Jesús y tener un “encuentro personal” con Él; nadie podría alcanzar la bienaventuranza que Jesús nos heredó para la posteridad: “felices los que crean sin haber visto”. Esta bienaventuranza nos habla de superar los condicionamientos de percepción directa para poderle apostar a la fe.


Uno puede imaginarse que después de verlo morir en la Cruz y saber que fue llevado a enterrar, debe ser bastante difícil y casi imposible de recuperarse: la fe debe quedar apabullada. Por eso Jesús mismo había previsto -retomando una profecía de Zacarías 13, 7- que ¡Ataca al pastor, y se dispersarán las ovejas!” y que Jesús pronuncia en el evangelio mateano diciéndola “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”

 

El nombre Tomás viene de la palabra aramea תום [tom] que significa “gemelo”; en griego Δίδυμος [dídimos]. Gemelo de todos nosotros, que llevamos nuestra vida en la incapacidad de depositar la fe y superar la increencia. Anda por allá desarticulado, marginado, desgarrado de la comunidad. Una de las maneras típicas de mostrar nuestra deserción: quedarse separado, no volverse a reunir con “esos”. En el lenguaje proxémico significa: “no pertenezco”, “me declaro desvinculado”.

 

Cuántas veces blandimos con arrogancia el argumento de la sensorialidad confiándonos tozudamente en la garantía de nuestros “cinco sentidos” como si ellos fueran realmente infalibles y como si con ellos pudiéramos abarcar realmente el universo entero. Siempre vamos por ahí muy “científicos” exigiendo la comprobación experimental, por vías de “repetición” -bajo las mismas condiciones- de aquello que estamos empecinados en rechazar. Y es que Tomás nos salió, tamaño empirista, que solo se fiaría de su vista y su tacto para aceptar la Resurrección.

 

Santo Tomás es precisamente nuestro gemelo: Es curioso y nos hace reflexionar, ya que ante las dudas de este “gemelo” el Señor podría haber acudido en cualquier momento, nos preguntamos ¿por qué hubo de esperar “ocho días”? (Esto alude al porqué de la importancia del “´Primer Día”, y por qué el Octavo Día devino ser el “Día del Señor”: El Amanecer de la Nueva Creación). Jesús estaba esperando a encontrarlos reunidos, en asamblea, y no a cada uno por su lado, y no a Tomás por allá por su cuenta.

 

Este es un verdadero milagro: Jesús no gasta tres días para reconstruirle el templo de su alma-corazón a Tomas, con este simple instante de confrontación, de Encuentro, de Presencia, el templo de su fe renació más sólido y más pujante que nunca. Tomás necesitaba ser sanado de su “empirismo” contumaz. Cuando Tomás dice “Señor mío y Dios mío, la Catedral de su fe está nuevamente enhiesta.

 

La vez anterior, cuando se presentó en medio de ellos, era el atardecer del “Primer Día” de la semana. Es decir, de alguna manera podemos argumentar que estaban reunidos y se instituye con esta visita del Resucitado, la celebración en Día Domingo, de la Cena del Señor. Y, se nos está indicando, la importancia de encontrarnos en Comunidad para revitalizar la fe: Así podemos acceder a lo que no pueden los sentidos, pero que la presencia de los hermanos creyentes, permite “intuir”. Recordemos que la palabra intuición nos habla de una capacidad de “visión interior”, aparentemente emparentada con la “introspección”, que es totalmente diferente, porque en ese caso la palabra alude a la capacidad de revisarse uno mismo y valorar las propias acciones o los pensamientos de uno mismo. En cambio, “ver adentro”, es darse cuenta de lo que no se puede ver en el exterior, pero se puede saber “indubitablemente” porque se proyecta en la pantalla epistémica de nuestro Yo-trascendente. Nuestra fe se teje en sinodal compañía.

 

Claro que quien rehúsa creer, se revuelca con la misma desesperación que el condenado a muerte defendiendo su vida. Aquí, en todo caso, el desesperado, lo que defiende es su cerrazón.


Mientras uno persista en el aislamiento, mientras uno encienda velas idólatras a la soledad y se crea que separado y recluso en su intimismo podrá atraerse la Misericordia; el Señor, por su parte mantendrá su mutismo, pero no dejará de contemplarnos Compadecido, ansioso y nostálgico de tenernos cerca de sus mimos y ternuras. Recordemos que Él no quiere que se pierda, ni uno sólo de los que el Padre le entregó (cfr. Jn 6, 39), sino reconducirnos a todos a sus Verdes Prados Celestiales.

  

miércoles, 1 de julio de 2026

Jueves de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario

 

Am 7, 10-17

Condenar al profeta al destierro

Esa es la función del carisma profético: desenmascarar, desengañar, iluminar la verdad.

Luis Alonso Schökel/Gustavo Gutiérrez

 

Ayer hablábamos sobre la estructura del Libro del profeta Amós, y decíamos que podía dividirse, para su estudio en cuatro secciones, y mencionamos las dos primeras que contiene oráculos, respectivamente contra las “naciones, y contra el propio reino del norte. Nombramos esas dos, porque ahí íbamos. Hoy vamos a pasar a la tercera sección, la de las “visiones” que abarca del 7,9 – 9,10.

 

El antagonista de la perícopa es Jeroboam II desde el 783 a.C. hasta el 743 a. C. Vemos aquí al sacerdote de Betel, Amasias, en connivencia con el rey, se trata -y lo hemos visto en el Nuevo testamento- cómo se alían los que gobiernan desde el Templo con los que gobiernan desde palacio, para defender sus intereses, azuzando tanto los unos como los otros contra el “enemigo” común, el profeta.

 

Jeroboam había establecido dos santuarios: uno en Betel y el otro en Dan, puestos simétricamente en el reino del norte, como polaridades en los límites norte y sur de sus dominios. “Jeroboam, hizo dos becerros de oro, y dijo al pueblo: «Basta ya de subir a Jerusalén, aquí está tu Elohim Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto», y puso uno en Betel, y el otro en Dan”.

 

¿Cómo incomodaba Amós a Amasias (el noveno rey de Judá)? Pues que Amós se había radicado en Betel a ejercer su profetismo. Le estaba pisando la “manguera”.  El problema es, evidentemente, un tema jurisdiccional.  Pero el profeta está encargado de entregar un mensaje, no a los templos, ni al rey, tampoco al sacerdote. Este mensaje está destinado a la grey de Dios: “ustedes serán mi pueblo”. La Boca de Dios no puede coserse, su Derecho a pronunciarla respalda al profeta.

 

Dado que el rey toma partido a favor de su “empleado” el sacerdote, Dios le envía una sentencia a Jeroboam:

­       Su mujer sería deshonrada

­       Sus hijas morirían pasadas a espada

­       Sus tierras serían medidas a cuerda para hacer minifundios entregados a labradores

­       El propio rey, sería muerto por la espada en tierra de paganos.

­       Los israelitas serían llevados en cautividad lejos de su tierra.

 

Que es lo que hace Amasias, procura desterrar al profeta, enviándolo de vuelta a su casa. No sabemos si Amós se fue, pero lo que consta en la perícopa es que el sacerdote exilia al profeta.

 

Amos por su parte le dice que él no posa de profeta ni pretende venir en nombre de ningún gremio profético, lo que dice lo dice porque Dios se lo inculca, fue el propio Dios quien tomo a este pastor (es interesante que Dios siempre llama a sus “líderes y vicarios” -así lo hizo con Moisés, también con David- del sector pastoril, gente entrenada en el cuidado de una grey”, ciertamente la labor que se les va a encomendar está emparentada con la cuidadosa atención que se le da al “rebaño”) y picador de sicomoros y le enraizó en el corazón los mensajes proféticos. Y le revela su triste destino al rey. Para eso sirven los funcionarios, como el sacerdote, para llevarle a su “jefe” los recados de Dios.

 


Cuando los pastores se vuelven contra sus ovejas, el Señor pone al Profeta, para llamarlos al orden, a ver si reaccionan. Muchas veces la voz de los profetas se ha hecho responsable de la defensa del oprimido porque Dios -como un León- ruge en su defensa. El profeta solo es la caja de resonancia que amplifica y hace audible el Rugido.

 

Sal 19(18), 8. 9.10.11

El salmo de hoy es un himno. La nuestra es una religión capaz de recibir una Constitución que encarrile nuestras relaciones interpersonales para que podamos funcionar como comunidad. Nuestro credo no mira hacia el sol -al que sólo fetichistamente podemos nombrarlo fuente de vida- sino a un Dios que Crea y que organiza armonizando.

 

La ley, empieza diciendo la perícopa de hoy, es perfecta y en ella el alma encuentra su entera comodidad. Como una almohada comodísima, como el más muelle colchón. Esa misma Ley es “fiel”, porque la Ley Divina no está para acomodos o manipulaciones, y da sabiduría al que no sabe mucho, al que no ha hecho estudios de derecho, al que no se pretende “profeta” dueño de sabiduría pontifical.

 

Las leyes del Señor, se nos dice en la segunda estrofa, no son sesgadas ni trocables, no son acomodables al interés mezquino, su rectitud es incuestionable, cualquiera que las sigue encuentra dicha y buenaventura en ellas. Es tan diáfana como un clarísimo hilo de luz.


En el verso 10 hay una palabra un tanto enigmática a la vez que problemática, es יִרְאָה [yirá] que se puede traducir perfectamente como “temor”, pero a la que cabe también traducirla por “reverencia”, e inclusive por “piedad”. Ensayemos con esta última, el verso quedaría así: «La piedad presentada al Señor es pura y eternamente estable; los veredictos del Señor son “Verdad” y son “Justica” en plenitud”». ¡Qué es la piedad? La piedad es un cariño delicado por aquello que es Santo, es un amor que brota desde el mismo centro del corazón. ¿Qué sería lo tan amado aquí? Los Veredictos, la Legislación Divina.

 

La verdad que se anida en la Ley de Dios es -si la comparamos por su valía- más valiosa que el oro de mayor quilataje; pero si lo que comparamos es su dulzura, aventaja de lejos a la miel, de un panal rebosante que chorrea.

 

La antífona se recrea mirando los dos rasgos esenciales de los Mandamientos: Verdad y Justicia incuestionables.

 

Mt 9, 1-8

No el Don, sino el perdón

En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir -; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Rm 5, 6-8


 

“¡Ánimo, hijo! tus pecados te son perdonados” Más de uno cae en el desconcierto, ¿qué le pasa a Jesús? ¿No ve que el pobre está paralitico? ¡Pero si es evidente!

 

¡Sí, esta es la lógica que estamos habituados a usar! Ver y concluir. A nosotros nos parece por lo menos raro que Jesús les pregunte a muchos de sus pacientes: “¿Qué quieres que haga por ti?

 

Queremos darle a alguien lo que nos suponemos que quiere o que necesita… Porque nos parece muy “lógico”. Esa lógica nos parece de puro “sentido común”. Un ciego, necesita la vista; un muerto, ser resucitado; un endemoniado, un exorcismo, a uno con jaqueca, un acetaminofén, y así podríamos continuar.

 

Pero nos cabe preguntarnos: ¿Qué podría hacer un paralitico al que se le concediera la movilidad plena y su amplia autonomía, pero siguiera estando empecatado? ¿de qué le serviría?

 

Muchas veces pensamos que sanar de una deficiencia física, o superar un problema de salud, o salir de un vicio, ya es todo. Y creemos -a fe viva- que no hay nada más que pueda ser urgente. Es la lógica del inmediatismo. Sin entender que para alguien que está perdido, lo más urgente es un mapa y una brújula; y para el que está enviciado, un sentido de vida y un reconocimiento claro de su valía como persona, van primero y sin ellos no hay vida ni futuro.

 

O sea, que esa “lógica”, tan clara, tan fuerte y poderosa, tan sólidamente cimentada: está errada. Por ahí no se llega a parte alguna.

 

Cuando Jesús libera del pecado, está “redimiendo” al que estaba cautivo, al que el Maligno sostenía amarrado por sus cuatro extremidades, y con una cadena adicional a la cintura, para garantizar su condición de alienación. Se llama “alienación” porque significa que no es dueño de sí, que fue secuestrado por las seducciones del Patas, que para que re-encuentre sentido, alguien tiene que venir y pagar el rescate.

 

Pero todas estas cosas se nos escapan, nuestro “sentido común” no lo ve, nuestros apetitos y anhelos van por otro lado: el tener, el aparentar, el poderío…

 

A Jesús lo designamos “Salvador” porque Él va directo a negociar nuestra liberación, y no se detiene “dando” algo, ¡lo da todo! Paga el rescate con el precio de Su Preciosísima Sangre.


Esta frase la hemos oído cientos de veces y nos parece la promesa básica para promover algún producto, pero, si no reconocemos nuestra valía, no podemos captar que Alguien, el Mismísimo Dios- se haya sacrificado por nosotros. ¡No es un regalo cualquiera, es el súper-regalo!