2S 24, 2.9-17
Joab dio al rey la cifra del censo del pueblo: había en Israel ochocientos mil
guerreros, que podían empuñar la espada y Judá contaba con quinientos mil
hombres aptos para la guerra.
2S 24, 9
El
capítulo 24 es el último capítulo de este Libro de Samuel. En el capítulo 23
nos encontramos las últimas palabras de David, con las cuales él ratifica la perdurabilidad
de su descendencia en el Trono. “Mi descendencia está firme en Dios, pues Él
hizo conmigo una alianza eterna, totalmente reglamentada y segura.”
Cuando
David encontró en Jerusalén una corte organizada con sus respectivas burocracias,
además de un sistema de recaudo de impuestos con sus postas de recaudo
estratégicamente dispuestas y con todo el equipo de funcionarios necesarios,
encontró también cronistas que tenían por tarea elaborar las noticas y
adecuarlas según el gobernante de turno y encontró quienes contaran su historia
como se debía. Los episodios de Saúl y David se contaron entonces de una manera
optimizada, y se pusieron como apéndices de esta segundo Libro de Samuel,
ocupando el lugar de los capítulos 21-24 como hoy en día los leemos. Este
añadido es considerablemente diferente tanto en estilo -lo formal-, como en su
contenido. Por ejemplo, la hazaña de matar a Goliat, es atribuida allí a אלחנן Eljanán,
nombre que traduce “el misericordioso” (2S 21, 19).
La
estructuración es como sigue: Un paralelo del gobierno de Saúl contrapuesto al
de David. Son seis textos independientes muy inteligentemente dispuestos: El
primero (cap. 21, primera parte: 21, 1-14) muestra las “fallas de Saúl” y el
último (cap. 24, 1-25) “las fallas de David”, y todo el daño causado por ambos
y comparable en su perversidad. El capítulo 21, en su segunda parte 21, 15-22 y
23 en su segunda parte (23, 8-39), muestra al ejercito de los “bravos” de
David, enfrentando muy valerosamente a los filisteos, pero a un David de
fragilidades, de debilidad, de dependencia de otros; los capítulos 22, 1-51 y,
23, 1-7 en su primera parte, nos dejan ver la reflexión que hace David sobre su
propia historia, es una mirada reflexiva a su autobiografía, y descubre que fue
Dios quien veló por él y lo rescató siempre. Como un retoño de esta reflexión
descubre el significado de la Fidelidad de Yahweh: Y, resplandece cómo un Sol
de Esperanza el Mesías, la Promesa del Gobernante Perfecto.
Es
importante que la Plegaria de Ana que abre el libro de Samuel, reverbera como
el embrión que palpita en aquel Cántico, y que brota ahora como imagen
teleológica en el esjatón Mesiánico de estos poemas Davídicos.
Hoy
concluimos nuestro cursillo sobre los Libros de Samuel. Pasaremos -a partir de
mañana 5 de febrero- a hacer un nuevo cursillo -en 7 lecciones- sobre el Primer
Libro de los Reyes. Sólo estudiaremos 1R los capítulos 1-11, que es la parte
que se ocupa de Salomón, y se tocará el sábado 14 de febrero el tema de la
División del reino Davídico protagonizado por Roboam 1R 12, 1-24 -segmento que
no leeremos pese a que tiene una importancia esencial para entender el origen
de la división-; y por Jeroboam 1R12, 25-33 que es de donde se toma la perícopa
que leeremos ese sábado.
Miremos
la perícopa de hoy, que quiere darnos el resumen final de la vida de David. Uno
tras otro se acumularon los “pecados” de David. Cada vez más su conducta “erra
el blanco” y hace precisamente aquello que ofende, que desagrada a Dios. Pero
sólo, a posteriori- advierte el daño que causa su desacierto. La conversión de
David es completamente superficial, le dice a Dios que reconoce su “necedad”, y
luego, casi de inmediato, incurre en otra o en la misma falta. Parece que su
error con Betsabé y Urías dejó -de manera permanente- averiado su sistema de
navegación. De allá para acá sólo acumula desaciertos.
Quiere
esto decir que ¿antes de aquel episodio, él siempre acertaba? Cómo, entonces,
explicaríamos su alineación con los filisteos -enemigos tan principales de
Israel- a quienes sirvió como mercenario, y sus hurtos con la guerrilla que
implementó y lideró, acompañada de masacres, y para que los filisteos no se
dieran cuenta de que aprovechándose de la amistad que la brindaron se
enriqueció zaqueando a los poblados de sus compatriotas, diezmando a todo el
mundo para que no sobrevivieran testigos oculares. Hasta que, por no terminar
como enemigos, lo desterraron de su territorio.
Lo
que se puede concluir es que hubo un propósito apologista por parte de la forma
de historiar la vida de David, que ha venido ocultando ciertas facetas y
mostrando otras, a la vez que minimizando la gravedad y las consecuencias de su
realidad para mostrarnos un “ídolo”, mientras que Dios, en su Escritura, le dio
al hagiógrafo todos los datos para que no quedara oculta la “verdad”.
El
error de hoy estriba en que David ordenó hacer un censo. Censar la población
tenía sobre todo propósitos militares, buscando establecer el potencial bélico
de aquel pueblo, lo que trata es de contestar la pregunta de cuanta gente
estaba en posición de combatir. ¿Qué tiene eso de malo? Sencillo, es contar y
poner todo en manos humanas, cerrando la puerta en la cara de YHWH, a quien no
se le permite intervenir, y se da por descontada su Omnipotencia, obliterándola,
y ateniéndose a simples fuerzas humanas.
En el verso 10 leemos la toma de consciencia de David: “he cometido un grave pecado al hacer esto. Pero te ruego, Señor, que perdones ahora el pecado de este siervo tuyo, pues me he portado como un necio”.
El
profeta Gad le plantea las tres posibilidades que Dios le presenta para escoger
una de las tres, y el escoge una peste. Estaban en el periodo de la siega del
trigo y vino la peste y murieron 70.000 hombres…
En
medio de semejante “catástrofe” tiene David una palabra, quizás la única
valiosa y honorable, le dijo al ángel encargado de ir derramando el contagio:
“Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué
han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre”.
Después
de esta lectura que hemos proclamado hoy, viene otra perícopa, 2S 24, 18-25,
que no se leerá, que se refiere a un Mensaje que el profeta Gad (profeta sin
libro, que es mencionado en 1 y 2 Reyes y en 1 Crónicas), le trasmite a David,
donde Dios le ordena “Levantar un Altar”, para lo cual David le compra a Arauna
el jebuseo, el “patio” donde trillaba su trigo. En esa misma explanada, Salomón
construirá el Templo de Jerusalén, como podemos leerlo en el Libro de las Crónicas.
Mañana pasaremos al siguiente Libro: Al de Reyes. Solo leeremos del Primero de
Reyes porque el Segundo de Reyes lo tocaremos por allá en la décimo segunda
Semana del Tiempo Ordinario, en la cuarta semana de junio.
Sal
32(31), 1b-2. 5.6.7
Este
es un salmo de Acción de Gracias y la Iglesia le ha dado una aplicación
Penitencial; esto se debe a que el salmo entrecruza y los entreteje, los dos
ejes:
a) Marca pautas para
hacer una efectiva conversión
b) Agradece que los
pecados sean perdonados.
Su
forma es la de una bienaventuranza: אַשְׁרֵ֥י [asher] “Dichoso”.
«Dichoso el que es absuelto de sus culpas y le ha sido sepultado su pecado». Y
todavía refuerza la bienaventuranza repitiendo: «Bienaventurado aquel a
quien el Señor no tiene ya de qué acusarlo».
El versículo responsorial implora esa absolución: «Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado». Algo bien notorio a través de todo el Salmo es la escucha que el orante presta a la voz de su consciencia; para nosotros que hemos logrado ensordecer la consciencia hasta silenciarla y dotarla de un corazón pétreo: No hay peor desvarío que hacer pasar los pecados por acciones innocuas, es mentirse a sí mismo para condenarse a la perdición.
En cambio, en cierta parte del Salmo -que no se proclama hoy-
dice hermosamente, como estableciendo un compromiso de Dios con el hombre que
en Él confía, aquí el hagiógrafo es consciente de su error, de sus desvíos de
la Ley, de haber cesado en la escucha de Dios y sus Leyes incurriendo en el
pecado: «… al que confía en el Señor la Misericordia lo rodea» y esa escucha a
lo que le habla dios por su consciencia, lo lleva a sentirse responsable,
arrepentido y a suplicarle a Dios que lo perdone.
¿Qué es lo que debemos hacer? Cuando sentimos que el agua nos
da al cuello el “fiel” ha de suplicar, la crecida no lo ahogará.
Tres regalos le hace Dios, a quien en Él confía:
1) Le da refugio,
2) le permite esquivar
los peligros y
3) le hace audibles los
Canticos de Liberación.
El pecado es la fractura de la Alianza, el penitente alcanza
su restauración. Sin embargo, la historia de David nos muestra algo de suma
importancia para nuestra formación moral: Dios no castiga, pero el ser humano
es un excelente cultivador de “rencores”. No hay que confundir castigo con
rencor. Hay al menos dos diferencias vitales, esenciales:
·
El castigo se merece
·
El rencor puede ser gratuito.
Hay un principio teológico esencial, “Dios no castiga”, pero
el hombre puede desatar sus justas o muy injustas “torturas” porque nuestra
fragilidad está herida a consecuencia del Pecado.
Leyendo atentamente la Escritura descubrimos que Dios está
-como el bien lo ha dicho, lento a la cólera y pronto al perdón. El ser humano,
en cambio, fragua sus odios con su envidia, egoísmo, celos, codicia, anhelos de
dominación, de sometimiento, con su arrogancia.
Mc
6, 1-6
No desprecian a un
profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
Sus
parientes lo trataban de estar “fuera de sí”, su familia más cercana, fueron a
rescatarlo para ¿…someterlo a tratamiento?, ¿para recluirlo? ¿para que, no los
hiciera pasar vergüenzas?; ayer no más, se burlaban de Él porque creían que
confundía un muerto con alguien “durmiendo”. Hoy serán aquellos que lo
conocían, desde muy pequeño, que habían compartido con Él desde su tierna
infancia, los que son presa de la incredulidad. ¿Cómo puede ese “tipo” que es
un simple hijo de τέκτων [tektón]
“artesano” al que su papá le ha enseñado el oficio, y por lo tanto, Él mismo es
un simple “artesano, “carpintero”, de dónde acá toda esa “sabiduría”?
Observemos cómo es la mente de refractaria: Ellos mismos, por sus propios ojos y demás sentidos han presenciado y les ha llegado la noticia de su “autoridad”, de su “poder”, y, sin embargo, “no lo pueden creer”. ¿Cómo puede ser que un vecino, simple y sencillo, que lo hemos visto jugar con los otros chicos, y crecer al lado de nuestros propios hijos y ante nuestros propios ojos, ¡sea el Mesías!
Llegamos pues al final de esta parte del Evangelio Marqueano,
cerramos esta sección que se refiere -no sólo a los milagros, como la llamamos
muchas veces, “sección de los milagros”, sino, sobre todo, a la reflexión en
torno a le fe, donde la hay abundante, habrá descomunales milagros, donde
escasea -como aquí en su propia patria- sólo un par de curaciones, y no más.
Jesús se admiraba hasta qué punto llegaba la incredulidad de
sus paisanos. Allí donde se podría esperar la mayor fe. «Los hombres buscan
siempre señales en el cielo y sobre la tierra, pero no están en condiciones de
reconocer las sencillas señales cotidianas, de darles un significado. En cambio,
es necesario captar, cada día, con sabiduría, el presente silencioso de Dios.» (Beck,
Benedetti, Brambillesca, etal).
Nos pasa también a nosotros, se está leyendo la Escritura, y
pensamos que esa historieta ya le hemos oído varias veces, y preferimos hacer
algo “más importante”, y, nos ponemos a mirar el teléfono móvil, convencidos
que allí encontraremos algo más interesante, o más gracioso.
O con el Sacratísimo Cuerpo, Sangre Alma y Divinidad de
nuestro Señor Jesucristo, ah, un pedacito de galleta allá metido entre vidrios,
en cambio, aquí a mi lado- está el vecino de al lado en mi conjunto
residencial, y podemos acordar que vamos a decir en la próxima Asamblea Comunal
que ya pronto tendrá lugar.
O, en la Eucaristía, creo en Dios, con todas mis fuerzas,
pero me entró una llamada de un amigo y nos vamos a poner de acuerdo para ir al
partido de fútbol o para comprar las boletas del mundial.
Nuestra fe se cotidianiza de tal manera que Dios siempre
podrá esperar, al fin de cuentas, Él es Eterno. No es que nos falte fe, es que
la hemos dejado en casa, y como es “tan valiosa”, la dejamos guardada en la
caja fuerte.
Se imaginan cómo estará sorprendido Jesús con nuestra indiferencia hacia Él. Todo porque somos sus “más cercanos” y con tanta proximidad se nos ha vuelto imposible verlo, reconocerlo, aceptarlo. Se puede -sin exagerar mucho-, pensar que le tenemos más respeto al cantante de moda (que también merece respeto, pero guardadas las proporciones).






















