martes, 11 de agosto de 2026

Miércoles de la Décimo Novena Semana del Tiempo Ordinario


Ez 9, 1-7; 10, 18-22

Mensajeros que marcan y Dios que abandona su Templo

 

Moisés, pues, llamó a los jefes de Israel y les dijo: «No demoren en buscar una res para cada una de sus familias e inmolen la Pascua. Tomen un manojo de hisopo mojado con la sangre y marquen los dos postes y la parte superior de la puerta. Y luego ninguno de ustedes saldrá de su casa hasta la mañana. Pues Yavé, con su plaga, va a recorrer todo Egipto y, al ver la sangre en la entrada, pasará de largo y no permitirá que el Exterminador entre en sus casas y los mate.

Ustedes observarán este rito, y también lo observarán sus hijos para siempre. Estas mismas ceremonias las harán cuando entren en la tierra que Yavé les dará, como les tiene prometido. Y cuando sus hijos les pregunten qué significa este rito, les responderán: Este es el sacrificio de la Pascua para Yavé, que pasó de largo por las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando mató a los egipcios, dejando a salvo nuestras casas.» Al oír esto, todo el pueblo se postró y adoró.

Ex 12, 21-27

 

Los judíos suelen tener en las puertas de sus casas un pergamino, que debe estar escrito a mano, por un escriba experto y especializado que se llama Sofer, y en él estan Escritos el Dt 6,4–9 (Shemá Israel) y el Dt 11,13–21 (Vehaya im Shamoa); y se deposita en un estuche que se llama Mezuzá, en plural Mezuzót, expresión que se traduce “jamba” y que se suele pegar a la entrada, todo esto alude al paso del Ángel Exterminador de la 10ª Plaga, y hay quienes la ponen también en las puertas interiores, excepto en las del baño, donde nunca se pone. Así como nosotros acostumbramos santiguarnos al salir de casa, ellos acostumbran tocarla al pasar por su lado.

 

En la perícopa de hoy, nos volvemos a encontrar con la orden de ser marcados para ser exceptuados del Exterminio, encargado a un Querubín en la profecía de Ezequiel, y los que quedaban excluidos del exterminio eran los que llevaban el signo ׳ת [tav] “señal”, "marca de la exención del juicio”, “firma” la vigésimo segunda letra del alefato. Esta letra significa “fuerza”, al Querubín se le ordena תָּ֜ו וְהִתְוִ֨יתָ [e-isbita tav] “poner esta señal”. Cuando se hizo la versión al griego, se puso allí, en su lugar, la letra griega tau, que vino a constituirse en el signo de la cruz franciscana.

 

¿Qué viene a representar, entonces el signo tav? Las personas que se habían apartado del pecado y llevaban una vida de bondad, ellas fueron salvadas de la destrucción. Se da en ese caso un arrepentimiento, aunado a una conversión. Los demás, indiscriminadamente -nos lo informa la perícopa- sin importar, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, fueron arrasados. Una de las tareas era profanar el templo, encharcando de sangre los atrios.

 

Nótese bien que, para proceder a la profanación, el Señor alzó con su Gloria y se ausentó. ¡Es muy interesante que en paleohebreo el signo tav es una cruz!

 

Los Querubines se alzaron y partieron y reaparecen, en el relato ezequiano- en el Rio Quebar (significa “poderoso”), en Babilonia, en el Éufrates, aun cuando no sabemos exactamente dónde, pero lo que si nos ha llegado es que allí había una numerosa colonia israelita, sometidos a esclavitud. Recordemos que cuando Ezequiel tuvo la visión del carro tetra-morfo se hallaba a orillas del Quebar. Aquí también se nos reitera: “cada uno tenía cuatro rostros y cuatro alas y bajo las alas una especie de Manos Humanas”.

 

Como Dios ya no estaba en el templo, su desacralización no afectaba su Gloria.  Se había ido por la Puerta Oriental a la que se llamaba, “El Portal de la Casa del Señor”: Para ellos la impureza había invadido el Templo por el derramamiento de sangre en sus Umbrales; a nosotros, lo que nos desacraliza, ya que somos Templos vivos de Dios, es la sangre derramada a causa del pecado.

 

¿Qué destruye nuestra pureza? El hecho de ser una raza violenta, sanguinaria, que se goza en el derramamiento de la sangre, es decir, en destruir la vida.

 

Sal 113 (112), 1b-2. 3-4. 5-6

Los salmos 113-118 (112-117), son seis salmos que forman el que se denomina Hallel egipcio y que se canta en la Cena Pascual, lo que nos autoriza a afirmar que Jesús debió entonarlo en el curso del jueves que llamamos Santo. La perícopa está tomada del primer salmo del Hallel.

 

La primera estrofa es entonada por los levitas y las otras dos forman la respuesta de los peregrinos. En la perícopa no se incluye la última estrofa, sino las dos primeras. Las dos primeras estrofas se enfocan en Dios Altísimo, y la última en su “opción preferencial”, por los desvalidos, los pobres y las estériles.

 

Como vemos en la Primera Lectura, Dios para abandonar el Templo se eleva cabalgando en Querubines. Aquí, declaramos, ratificando: “La Gloria del Señor se eleva sobre los Cielos”. Y lo reiteramos 4 veces.

 

Una palabra adicional relacionando la Primera Lectura con el Salmo para destacar que allá la opción preferencial es por los que trabajan en su proyecto de Conversión, aquí, en el salmo, está dirigida al débil, al marginal, aun cuando, como ya se ha dicho, esa estrofa no se toca en la proclamación de hoy.

 

La Alabanza a la que se invita es por siempre, año tras año, día tras día; pero también se indica, durante todo el día, o sea, en todo momento.


El puente entre Dios y el pueblo se tiende en la última estrofa de hoy, donde dice que el Señor no se queda lejano, sino que se abaja, despliega su kénosis, para acercarse y estar a nuestro lado, mucho más, cuando con mayor necesidad lo requerimos.

 

Mt 18, 15-20

Haciendo Iglesia; aprender a “ser con”

Entramos de lleno en el sermón de la vida en comunidad, lo que hoy en día mencionaríamos con el tecnicismo “sinodalidad”.


En aquellos tiempos a los que se refiere la Primera Lectura, era necesario -seguramente- una corrección severa e inexorable; Jesús también corrige, pero Él propone una sanción comprensiva, forrada de dulzura, con la afabilidad de un Pastor que no osa dañar a la oveja extremándose en la rigurosidad del castigo. El propone corregir como un “hermano” que fraternalmente corrige al otro consanguíneo que ha fallado: Nos hallamos ante la joya de la corona, en la Enseñanza sinodal que nos entrega el Divino Maestro.

 

Hoy, y en todo el capítulo 18, vamos a trabajar el “Discurso” donde Jesús nos muestra cómo vivir en comunidad, se le ha llamado “Discurso eclesiástico”; la columna vertebral se apoya en la consciencia de ser perdonados para entender que siempre fallamos, que no podemos evitar herir a los demás con nuestras aristas y nuestros garfios, así urge aprender a perdonar, precisamente porque nos perdonan. Luego, en los capítulos 19 a 23, este decir se implementará en un estilo de “hacer”, en una práctica de fraternidad, en una praxis de edificación comunitaria.

 

Jesús no nos da un “código” entero, sería una contradicción frente a su rechazo a multiplicar las normas. Lo que nos encontraremos será, más bien la exhibición de un eje, de un espíritu comprensivo, solidario, tolerante. Pero, a la vez, no se trata de hacer la vista gorda, ni barrer debajo del tapete. Se trata de hablar las cosas en el mejor espíritu de quienes trabajan conjuntamente en la realización del Proyecto de Dios.

 

¡No se trata de castigar, ni de excluir sistemáticamente! Lo que tuvimos como preámbulo fue la colocación de un niño en el centro como paradigma de sencillez, disponibilidad y confianza. Un niño, además. retrata con exactitud la convicción de su Padre: ¡No será niño por siempre! ¡Ya crecerá! Quisiéramos acompañar este aserto con batir de tambores y el resonar del Shofar, porque esto es muy importante, ser niño no es una condición permanente, es la simbología más neta del proceso que vive el ser humano, un niño no es un hombre, pero es una promesa de llegarlo a ser.

 

La manía por arrancar la cizaña, nos impide ser más tolerantes, ejercitar más a fondo nuestra paciencia. Hay que dejar de ver las dificultades y los tropiezos como causales de la deserción y el rencor y visualizarlos -mejor- como taller de entrenamiento y fortalecimiento: nos encanta la idea de verlos como el espacio del cotidiano aprestamiento de un deportista que pasa años “entrenando” y perfeccionando cada detalle de su disciplina, para alcanzar ejecuciones impecables.

 

No hay que permitir que el error campee a sus anchas, no hay que dejar que las salidas de tono y los desafines invadan toda la partitura en su ejecución. Primero, el director, o uno de los músicos tiene que dar un re-direccionamiento, indicar o que hay que “mejorar”,

 

No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos.

Dt 19, 15

 

y si no funciona, vendrán dos experimentados a brindar sus orientaciones. Si no hubiere avance, si la persona no aprovecha estos llamados, la comunidad entera tendrá que tomar cartas en el asunto.

 

A esta metodología se la ha denominado “la corrección fraterna”. Y no podemos imaginárnosla como un “acto de magia”, requiere tacto, madurez, dulzura, pero, a la vez, firmeza. No es algo para improvisar, se debe meditar, reflexionar y orar antes de proceder.

 

Fijarnos bien, si la falla no está de nuestra parte, y -quizá- la estamos proyectando en otro u otros. Históricamente se da la situación de los caucus ideológicos (a los que en lenguaje común los denominamos roscas, o sectas) que se constituyen para presionar contra alguien, que -no está en error o desviación- pero que no complace a los errados, para obligarlo a dar su brazo a torcer y desistir de su perspectiva. Estos grupúsculos de presión se convierten en perseguidores profesionales apoyados en la fuerza de su “rosca”. Nótese aquí que ya no se trata de un pecado, sino de un ángulo de enfoque. Y lo que se está forzando no es para “ganar al hermano”, sino para imponer la ´propia apreciación. No se puede obviar que la metodología está prevista para tratar con una “hermano que peca contra ti”; y no para imponer ideas.

 

Otro aspecto a tener en cuenta, es el proceso de cada persona. No todo el mundo avanza y se adentra al mismo ritmo. Alcanzar cierto nivel de compenetración en la Iglesia (Asamblea, qahal), depende del ritmo muy personal de adaptación y de la capacidad de soltar amarras para dar los pasos decisivos y entrar en la lógica del Reino.

 

Aún hay que considerar otro aspecto, nada desdeñable: es la consciencia de ser Iglesia superando el enfoque meramente individualista para dar el paso a la consciencia corporativa. Se trata de aprender a caminar juntos, lo que se descuidó cuando la Iglesia se enfocó en una imagen de aprendizaje de oraciones y memorización de dogmas. Eso inevitablemente condujo a un descuido de Jesús como Centro y Cúspide de la fe. El Santo Nombre de Jesús es muchísimo más que una palabra bisílaba. Como hemos aprendido, nos convoca a un estilo de vida. Para ese estilo queremos ganar “católicos” y eso va mucho más allá de darle clic a un “like”. ¡Es un compromiso de vida!


Esta faceta de construcción de Iglesia y, de la sinodalidad que implica, se imbrica con la “corrección fraterna” en el eje del perdón. El perdón se fundamenta en el proceso de hacernos miembros del Cuerpo Místico de Cristo: al perdón de Jesucristo tenemos acceso por la vía sacramental, y el grandioso Sacramento, que llamamos muchas veces sacramento del perdón, no por pura casualidad se llama también “sacramento de la reconciliación”, y -no hablamos de la reconciliación de dos enamorados-  nos enfocamos en restañar el reguero de heridas que vamos dejando -como el que siembra vidrio molido- para aprender una de las facetas cruciales del aprendizaje: aprender a “ser con”, valga decir, aprender a vivir y a avanzar como comunidad, a dar juntos cada paso.

lunes, 10 de agosto de 2026

Martes de la Décimo Novena Semana del Tiempo Ordinario

Ez 2, 8 -3,4

Lo primero que llama la atención es la expresión que usa Dios, como vocativo, para abrir la comunicación con el profeta: lo llama “hijo de hombre” (giro que encontraremos 93 veces en Ezequiel); entendemos que con esta expresión se subraya que no se trata de ningún súper-hombre, que no ha elegido a uno especial, que es uno más del pueblo, que no es un ángel, sino una persona común y corriente. Hay otra expresión que aparece en otras partes y que le es sinónima: “hijo de Adán”. Podríamos traducirla como “otro hecho también de barro”. Bien es cierto que esta expresión adquirirá, con Daniel, un significado casi contrario, llegará a entenderse como “Un Hombre cualquiera, pero -en realidad- Dios, porque la elección lo ha constituido en su representante”, en suma, ahí pasa a significar “Mesías”.

 

“No seas rebelde”. Con esta expresión entramos de lleno en el Mensaje, en el cariz profético de esta perícopa. En el verso 3, que precede al fragmento que se proclama, Dios se ha referido el pueblo de Israel como un “pueblo desobediente que se ha rebelado contra Mi”. Y, luego le dice, en la segunda parte del verso 4: “Pues te voy a enviar a ellos para que les digas”. Se trata pues, de una vocación y un envío: se le ha elegido, uno común y silvestre, tomado de en medio de los suyos, para que hable por sus labios, el “Mensaje” que se le confía. Estamos en presencia de una rebelión, el pueblo que se había comprometido en alianza, se ha levantado en rebelión y los va a re-encausar, por medio de su profeta; sin embargo, lo primero es que reconozcan que entre ellos hay una boca que actúa como “portavoz” del Mensaje; es decir, urge, ante todo, que ellos reconozcan a Ezequiel como “Profeta”.

 

Pero Dios los conoce ya, se trata de un pueblo “sordo”, no por una disfunción del oído, sino por una rudeza recalcitrante que llevan en el corazón. Y Dios previene a Ezequiel: puede ocurrir que no lo escuchen, ¡Eso no tiene por qué preocuparle, a él, tan sólo le compete anunciar, lo oigan o no!

 

El profeta recibe la Palabra-Mensaje en forma de un “rollo”, en aquel tiempo no habían “libros” -en formato códice-, sino rollos; recibe el Mensaje al igual que nosotros, de forma escrita, y la Palabra de Dios en su boca es un Mensaje de sabor dulce. Ya el leer, se da cuenta que está allí plasmada la historia y toda la experiencia de su pueblo, y son tristes páginas, llenas de ayes, de lamentos, de dolor, y lo más duro, de pronósticos amenazadores: ya, al leer, el mensaje tiene un “retrogusto” amargo.

 

Pero, él no puede callarlo, tiene que proclamarlo, la orden recibida es perentoria: “Ve y comunica el pueblo de Israel lo que tengo que decirle” (Ez 3, 4bsd).

 

Nosotros, que por el bautismo hemos recibido el triple carisma de “Sacerdotes, Profetas y Reyes”, estamos puestos ante la encrucijada: ¿Tomares la cruz para seguirle o seremos solamente miembros de un pueblo rebelde? Recibimos el Mensaje, pero lo dejamos ahí, sepultado en nuestro pecho, sin cumplir el encargo de irlo a proclamar.

 

Ahora bien, me disculpo con ustedes, queridos lectores, porque puede sonar algo sentencioso, pero mecho me temo que es así: Si nosotros no cumplimos con nuestra parte de la Alianza sellada (recordemos que el bautismo nos entrega un sello, que técnicamente denominamos “carácter”) no seremos pueblo escogido, estaremos marginados -por propia desidia- de ser llamados y tenidos como “Su Pueblo”.

 

Así están las cosas, no basta hacernos llamar “discípulos” si no asumimos el envío y completamos nuestro perfil haciéndonos Misioneros. Entonces todo habrá sido en vano. Religión es algo que vuelve a conectar, cuando la Alianza se ha roto. Pese a todo, si no se cumple la Misión, no se reconecta nada, la línea telefónica, con Dios, sigue interrumpida y todo ritual será un fingimiento, ¡pura simulación!


Realmente cuando se da la compenetración con la Palabra, como en este caso en que el profeta comulga con la palabra, la Palabra adquiere su “Presencia sacramental”. Sólo cuando Ezequiel -como también muchas veces nosotros- verdaderamente nos nutrimos en Ella. La Palabra como presencia sacramental nos lleva a pensar en los sacramentos pre-cristianos, la manera como Dios estaba a nuestro lado y como extendía su Protección, como cumplimiento de su relación con su pueblo al que Él, de ninguna manera, desamparó: Eran sacramentos el Arca, los rollos de la Escritura y los profetas.

 

Sal 119(118), 14. 24. 72. 103. 111. 131

Salmo de súplica. es un salmo alefático, pero no hay un verso por cada letra del alefato, ¡Hay una estrofa completa! Cada estrofa es un octeto -ocho versos- o sea, en total 176 versos, y en cada verso, alguna palabra que significa “Ley”. El salmo más largo del salterio nos informa hasta qué punto, la Ley es el eje, en esta religión. Y es que esta Ley fue entregada por el Propio Dios. La Ley eran -no piezas jurídicas- sino el protocolo domestico del matrimonio entre Dios y su pueblo.

 

Esto es un encuentro de enamorados, no están hablando de la ley, sino del color de la luz, de la trasparencia del aire, de la hermosa música que sonaba la noche de su primer encuentro, del perfume encantador que despedían las flores del ramillete y del romántico beso que selló el inicio del “noviazgo”.


Vamos a tomar hoy, tan solo seis versos y dejaremos al margen los otros 170, convencidos que, con una muestra bien seleccionada podemos retratar, sinópticamente, el Salmo entero.

 

El primer recuerdo que les viene a la memoria, hoy, es el de la alegría compartida gracias a los “preceptos”.

 

Luego la novia declara que los “preceptos” hacen para ella la delicia y que las “enseñanzas” actúan como sus consejeros.

 

Compara la “ley” que Él ha pronunciado con un enorme baúl de monedas de oro y plata y confiesa que, la Ley es más valiosa.

 

Luego, se remite al sentido del gusto, ahora, la comparación está referida a la dulzura, y declara que la Ley es muchísimo más dulce que la miel más almibarada.

 

En la quinta estrofa, la comparación se hace referida a una herencia vitalicia, y ella manifiesta que la seguridad y la generosidad de su peculio fundamenta su alegría.

 

Ahora bien, tantos adornos, tantas galanuras, tantos piropos, hacen que la Ley sea algo deseable, intensamente ambicionado, como el mismísimo aire. Así que ella ansía que Él pronuncie sus “deseos”.

 

La conclusión podría ser pronunciada y repetida (7 veces), por el profeta Ezequiel, después de nutrirse con las mieles del “rollo”: ¡Qué dulce al paladar tu Promesa, señor!

 

Mt 18-1-5.10.12-14

Pensemos en tantos “pequeños” que forman parte de nuestras sociedades y a quienes Dios dirige una atención especial: drogadictos, prostitutas, presos, desplazados, indigentes y tantos otros.

 

Los “discípulos” -y eso pasa muy frecuentemente porque en nuestro medio ambiente, el sentimiento que el Maligno inculca, es el de la competencia- están obsesionados por saber “quién es el mayor del Reino”.


¿Qué les contesta el Señor? La respuesta es un παιδίον [paidion] “un niño en edad de estar en la escuela primaria”; con mucha frecuencia se ha dicho que los marginales de aquellas sociedades eran, junto con los niños, las mujeres, los ancianos, las viudas, los extranjeros y los “impuros”. Aquí, niño significa indefenso, dependiente, despreciado. Pero también, confiado, en particular, confiado en sus padres, que él sabe, velaran por todas sus necesidades hasta llevarlo a la independencia de un joven autosuficiente.

 

Jesús nos propone asumir esa actitud, fiarnos del Padre Celestial, dejar que Abba se ocupe, ser enteramente confiado, no vayamos a pensar que vagos-atenidos y entregados al juego y a la holgazanería, que, aquellos niños tenían que colaborar, en la medida de su posibilidad en las responsabilidades que se les entregaban, pero no tenían que soportar las presiones del pago de impuestos y de ver por la manutención de su familia.

 

«Una canción dice: “¿Qué tendrá lo pequeño, que a Dios tanto le agrada?”. Cristo nos enseña en este Evangelio que ser pequeño significa volver a ser niño. Implica un cambio, recuperar cada día aquel tesoro que se va desgatando con los años…» (Papa Francisco).

 

Si uno es capaz de asumir esa “dependencia” de las Mano de Dios, ha cogido el Reino a dos manos; por el contrario, si por a, b o c circunstancia, pierdes ese atributo de “segura-dependencia”, entonces habrás franqueado el umbral de las preocupaciones, los desvelos y la infelicidad.

 

Pues bien, los discípulos cuando saben asumir su dependencia a la vez que su responsabilidad de hijos, junto con el respeto que los Mandamientos pedían para todos, respecto de sus padres, entonces, cada persona del grupo, asumiría su padrinazgo llegada la situación de que su Padre no lo pudiera proteger. A esos que velarán por sus “discípulos” para que estén seguros bajo la paternal protección del Cielo, Jesús les ofrece, que será como si ese bien que les hacen, lo hubieran hecho con Él mismo.

 

Pasa Jesús a una segunda comparación, con la misma temática: Él vela por sus “niños” como un Pastor vela con todo denuedo favoreciendo a sus ovejas. Los desvelos del Pastor son tales que cuida de todas y de cada una, sin negarle a ninguna su salvaguarda. Y les dice que si una cualquiera de su rebaño fuera amenazada por el más leve peligro, él saldría en su defensa, descuidando, brevemente a las otras de su grey, pero porque su seguridad está garantizada, para acudir presuroso a defender a la que está en riesgo.

 

¡Ni uno solo de los que le confió el Padre se perderá! (Cfr. Jn 17, 12) ¡Él será el Fiel Pastor por toda la Eternidad!

 

Este desvelo por la oveja amenazada es lo que en el lenguaje técnico de nuestros estudios hemos llamado “opción preferencial”; nunca porque no ame a las otras, o porque las ame menos, sino porque los colmillos del lobo se ciernen sobre sus gargantas. Para ellas, la situación es angustiosa, por eso se activa la “preferencialidad” hasta cuando las justas relaciones se restablezcan.


«Un niño tiene las manos pequeñas. Todo le queda grande, todo le sobrepasa, en todas las sillas sus pies quedan colgando. Pero, es feliz, aunque no tenga el control de todo. Más aún: su felicidad consiste en que no quiere controlarlo todo. El niño vive para recibir, para descubrir, para sorprenderse.» (Papa Francisco).

domingo, 9 de agosto de 2026

SAN LORENZO, DIACONO Y MARTIR


2Cor 9, 6-10

Con toda la situación, en Jerusalén la estaban pasando negra. Cuando Pablo estuvo en Jerusalén lo que le solicitaron -la única petición hecha- fue acordarse de los pobres, y esta consigna quedó hondamente gravada en su corazón. Y, la idea llegó a ser un leitmotiv, particularmente hacia el año 55. La manera de allegar estos fondos era un proceso de “colecta”. Pablo, por su parte, no la llama así, para mostrar el verdadero espíritu que anima esa campaña, la llama de varias maneras: “tesoro de generosidad”, “gracia”, “generosidad”, “servicio en favor de los santos”. Las cosas son -en gran parte- de acuerdo al nombre que se les da. En este caso, un ejercicio de sincera espiritualidad, manifestado con gestos de desprendimiento.

 

Toda la perícopa de hoy apunta en ese sentido: descifrar cómo debe ser la entrega. Las pautas que dan propenden a purificar la donación de toda arrogancia, además, con total trasparencia, porque en estos asuntos pecuniarios, siempre asoma el riesgo de la desconfianza y la sospecha de estar amasando para el engorde de la propia billetera.

 

La que nosotros llamamos Segunda Carta a los Corintios, y lo han comprobado hasta la saciedad los avezados investigadores que constataron que no se trata de una unidad, sino de un conjunto de “cartas” con diversos destinatarios y escritas en diversos momentos, bajo una diversidad de propósitos. Nos imaginamos como una caja donde se van juntando todas las cartas, y que luego, con “algún” criterio, se anexan para darles unidad: todo un  proceso editorial.

 

Este capítulo es una de esas cartas que, por medio de Tito, él les habría remitido. Pablo les pone a los macedonios como modelo de solidaridad a las comunidades acadias.

 

Hagamos ahora el elenco de las cualidades que deben perfilar la generosidad:

a)    Evitar la mezquindad, dar sin dolerse del desprendimiento.

b)    Dejar que sea el corazón el que señale los límites de lo donado

c)    Evitar renegar del sentido fraternal que respalda el gesto donativo.

d)    No dar como si uno sufriera un atraco y se viera obligado.

e)    Recordando que Dios socorre, de manera que cuando se da, siempre queda suficiente para suplirse a sí mismo.

f)     Con espíritu Eucarístico: es decir, agradeciendo a Dios que mueve nuestro corazón a tal desprendimiento, que no es un gesto “natural”, sino un milagro que logra Dios en nuestro corazón, poniendo por delante al prójimo, anteponiéndolo a nuestro “egoísmo”. ¡Loado sea el Señor!


Ese desvelo por nuestro prójimo es la corona, más aún, constituye la piedra preciosa que está en la cúspide de la Aureola que resplandece en la Acción Litúrgica que celebra el corazón de carne que Dios nos ha dado, porque el Diamante de la Corona de la Santificación, es la Justicia que -siendo adorno de la Divinidad- comparte Dios con su criatura, enseñándole que, el Dueño Verdadero de Todo lo Creado, es el Señor: “De modo que teniendo siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aun sobrante para toda obra buena”.

 

Sal 112(111), 1-2. 5-6. 7-8. 9

Este es un Salmo de la Alianza.

 

Este salmo tiene 22 versos, de nuevo, nos hallamos ante un salmo alefático -cada verso va con cada una de las letras del alfabeto hebreo (alefato)-, lo que significa que quiere abarcar la integralidad de la ley. ¿Cuáles son los pilares esenciales del edifico de la Ley?, recordemos que Jesús los puso de manifiesto cuando lo interrogaron sobre los Mandamientos esenciales de toda la Ley, cuando la gente se sentía extraviada ante el farrago legislativo de los expertos del fariseísmo, los maestros legalistas, Jesús, por el contrario, resumió: Un Pilar es el Amor a Dios; el otro, el amor al prójimo.

 

¿Por qué no decirlo? Después de hablar de la “colecta paulina”, hablamos de la plenitud de la Ley, para ver cómo se delinea el Perfil de San Lorenzo Diacono y Mártir, uno de los siete diáconos regionarios de Roma, quien fuera martirizado -por órdenes del emperador Valeriano- en una parrilla, el 10 de agosto del 258 de nuestra era, cuatro días después del martirio del Papa Sixto II, -San Lorenzo estaba encargado de ayudarle al Papa en la administración de la Iglesia Romana. El Papa reconoció la trasparencia de Lorenzo y, a pesar de su corta edad (alrededor de los 30), lo eligió como uno de sus siete diáconos. Incluso, lo había nombrado su asistente principal, (archidiácono).


Lo recordamos -muy a tono con lo que las Lecturas nos dicen-, por su compromiso radical y ayuda incansable para con los necesitados: Según cuenta San León Magno, recibió de aquel tirano la orden de entregar los tesoros de la Iglesia, y él, burlándose, le presentó a los pobres -los enfermos, los lisiados, los ancianos-, en cuyo sustento y abrigo había gastado abundantes riquezas.

 

Dice el salmo que el Señor hará poderoso el linaje del que pone todo su corazón a la orden de los Mandatos Divinos, ¡Nosotros somos la descendencia de San Lorenzo! ¡Él ganó para nosotros la corona del martirio en la parrilla!

 

De él podemos decir ¡dichoso! Porque administraba bien los tesoros de la Iglesia, se apiadaba y prestaba.

 

Desde el Cielo, sigue firme y su corazón sólo una cosa aguarda, el Día de la Parusía.

 

Es paradigma de la Santidad, porque repartió limosna a los pobres y su caridad fue constante. El verso 9, será citado por San Pablo e 2Cor 9,9.

 

Digamos de San Lorenzo, dedicándole esta jaculatoria: ¡Dichoso el que se apiada y presta!

 

Jn 12, 24-26

En esta perícopa hay un verbo regente que muchas veces se queda marginado. Es el verbo “ver”. Está en el verso 12, 21 (por eso es tan importante no dejar la perícopa aislada y huérfana sino hacer pie en el co-texto bíblico); allí dice que durante las fiestas unos griegos que habían subido a Jerusalén, se le acercaron a Felipe y le manifestaron querer “ver” a Jesús.


Uno piensa en simple curiosidad, pero en realidad lo que mueve a estos “curiosos” es un interés por “ver” qué es lo que hay de fondo en este “profeta”, cuál es la sustancia primera y máxima del que ha despertado tanto revuelo. Ya tienen la información superficial y periférica que los lleva ante Felipe, ahora, quieren ver a fondo, ir a la médula de la persona; en suma, quieren conocerlo de verdad, para -si es el caso- hacerse ellos también seguidores. Y -esta sana curiosidad la expresan con una petición que suena a súplica-: Los griegos están aquí como figura de todos los no judíos que se acercaran paulatinamente y Felipe y los otros discípulos, son figura de todos los que -como bautizados- tenemos el encargo de “acercarlos” a Jesús y hacérselo ver.

 

Jesús no pasa a mostrarles su imagen, su forma de vestir, las marquillas de su ropa, la firma de los altos modistos, sus más recientes videos, ni la calidad de su calzado; no les muestra nada de lo “aparencial”, Jesús va directamente al núcleo de su enseñanza y pasa a mostrarles las condiciones de la fraternidad y de la sinodalidad: La entrega, el servicio.

 

El evangelio será una verdadera lección sobre la generosidad y el desprendimiento: Con una mirada panorámica, que otea hacia el esjatón, nos deja profetizar que el sentido de la vida -como pasa con el grano de trigo- consiste en caer en tierra, geminar y dar el ciento por uno.

 

Muchas veces nos guardamos, nos sustraemos, nos mezquinamos, y olvidamos esa consigna que los ubérrimos granos del trigo aplican con tanta generosidad: "El que no vive para servir, no sirve para vivir", dicho que se atribuye a Santa Teresa de Calcuta. Digno de tatuarlo en la piel como fórmula para superar toda tacañería. Olvidarla es perder el norte de la existencia. Tenemos que guardarnos, pero para la vida eterna. No para la duración, sino para ser fertilizante de la vida de la fe, de la espiritualidad.

 

Donde pervivan los beneficiarios de la generosidad, allí se está prolongando la tan anhelada vida eterna que persigue con obstinación nuestro más sincero anhelo: trascender los límites de la temporalidad.

 

Decimos seguir a Jesús en alguna definición dogmática, pero lo que se nos enseña en este fragmento evangélico es el Servicio, nada abstracto, sino algo tan concreto que libra, socorre, favorece, alegra, consuela. No nos revolquemos desesperados en la infecundidad, renunciemos a todo rastro de egoísmo, no porque no amemos el don de la vida recibida, sino precisamente porque darse es el servicio excelso que Él, Jesús, nos propone.


¿Ambicionamos un premio venido de las Manos de Dios-Padre? Habrá que servir a Jesús, sirviéndole en el prójimo. 

sábado, 8 de agosto de 2026

VOLAR COMO FLECHAS HACIA EL INFINITO

 


1 Re 19, 9a.11-13a; Sal 85(84), 9ab-10. 11-12. 13-14; Rm 9,1-5; Mt 14,22-33

 

Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!

1 Reyes 19, 11

 

Hoy Jesús no está entre nosotros, pero dejó a la Iglesia como continuadora de su mediación para alcanzar la fe.

Segundo Galilea

 

Nuestra religión no vuela en virtud del milagro, sino que se nutre de la savia de la fe. El árbol de la fe nos habla de la vida y nos enseña a vivirla. La fe es el impulso del Espíritu Santo que nos eleva a la trascendencia. La Santa Cruz nos explica la existencia y la dota de sentido. Son sencillamente dos maderos como la vida misma, un “puente” para caminar a través del tiempo que se nos concede estar aquí, en nuestro peregrinaje por la tierra, donde no establecemos morada definitiva, sino, donde -somos conscientes- sólo construimos “tiendas provisionales” סֻכָּה [sukkah], como enramadas. (Más “provisionalidad” no significa ni negligencia, ni superficialidad, ni descuido, mucho menos cuando estamos en “el tiempo” durante el cual todo se pone en juego; más bien supone celo, devoción, aplicación y vigilancia en el sentido en que nos enseñó Jesús de “permanecer siempre alertas” cfr. Lc 21, 34). El palo vertical, el estipe, encierra  como una simbología de “antena”, nos habla de algo que viene de “arriba” y lo “capta” y –a la vez- significa nuestra respuesta al “mensaje” que nos llega; la respuesta humana  es precisamente la fe. Lo que viene de arriba hacia abajo es el Amor-Fiel de Dios por su creatura. Por eso el estipe nos habla, en esencia, de la Alianza. “Yo seré tu Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Cfr. Ex 6, 7; Jr 30,22. 32,38); lo que va de abajo hacia arriba es la fe, la respuesta comprometida del ser humano a Dios. La circulación de la sabia en el árbol de la fe es “creer”. Esa es la dinámica que liga lo terreno con lo “Celestial”. Pero, este puente es “corto”, toca la tierra pero no alcanza el “Cielo”, sólo apunta hacia Él, señalando la dirección, por eso es analógico más que con el “puente”, con la “antena”.


Pero la cruz no es solo verticalidad, puro estipe. La cruz es además patíbulo: Su dimensión horizontal. Y en ese espacio -es el espacio de una práctica, de una manera de vivir, de un estilo existencial, en clave de “aquí” y de “ahora”: ¡es sinodalidad! Hay varias palabras que nos definen este travesaño, en este instante estamos pensando en la Caridad, en el Perdón, en la Compasión, en la Reconciliación, en la Comunidad, en la Solidaridad, en la Fraternidad, en la Comunión; y, en aquello que lo ensambla todo, para el ejercicio de esa fe, (la barca en donde van los discípulos desafiando las tempestades): la Iglesia. «…el Dios que llama “pueblo mío” con un amor apasionado, con un grito ardiente, con una violencia celosa, que le hace comprender al pueblo que es su pueblo, que es importante, que es alguien; nos hace comprender también a cada uno de nosotros que no somos una dispersión de acontecimientos sin sentido, sino que somos una persona a la que se le dice: ¡hijo, hijo mío! Entrando en la historia de cada hombre con este apelativo, afligido y poderoso, Dios reconstituye la unidad, la integridad rota por el pecado, por el desorden, por el escepticismo, vuelve a dar calor y fuerza.»[1]

¿Qué queremos decir? Que el fenómeno de la vida religiosa trasciende la toma de postura, trasciende la temporalidad, re-liga lo pasajero con lo permanente, lo caduco con lo estable, con lo eterno. Supera lo momentáneo, la brevedad del puente y alcanza lo que “todavía no”: Es el concepto de lo “escatológico”: La cruz parece acabarse en la muerte, pero –de la madera del árbol se hacen flechas- que apuntan hacia la Resurrección, que es su Victoria, donde la flecha, inventada para ser arma de muerte, se hace “vehículo” para alcanzar lo que el árbol no lograba tocar. ¡Una flecha es un árbol volador!


«Recorrer el camino de la vida, según la fe, es dejarse conducir por Dios. Es dejarse guiar por la Palabra de Dios, por la cual Cristo ha dicho y dice hoy en la Iglesia, la cual no siempre coincide con lo que nos sugieren los sentidos y sentimientos y a menudo deja insatisfecha nuestra razón, pues las palabras de Dios provienen de Su Inteligencia, que totalmente sobrepasa a la nuestra. Al caminar y vivir por fe no comprendemos todo; por eso el compromiso de la fe requiere siempre el concurso de la voluntad: querer creer y actuar en consecuencia.»[2]


En el punto de “cruce” del par de maderos camina San Pedro sobre el agua, es decir, caminamos todos porque en este trance San Pedro nos personifica a cada uno y a todos, con nuestras dudas, que muchas veces no son desmotivadas sino que surgen ente condiciones muy reales, muy tangibles, patentes sobremanera, crudas y rotundas, como es la contundencia de “la fuerza del viento”. Si el madero vertical deja de fijarse en el rostro luminoso de Jesucristo, pierde el empuje, el impulso que anima la flecha; ahí mismo empieza el temor y se hunde. «Ha puesto el pie en el mar, en el agua, en la ola. No lo ha puesto en la Palabra de Jesús. No sabe mirar a Jesús. Desconfía de la realidad que está viviendo. No cabe en sus esquemas mentales. Y no es capaz de mantener el equilibrio en la cuerda floja. El viento es violento. Se asusta y empieza a hundirse. Se hunde con sus miedos. Se hunde en sus miedos. Ha puesto sus ojos en la violencia de la ola y ha dejado de lado a Jesús.»[3] Pero nosotros “tenemos” que fijar los ojos, es decir, enraizar la fe en Nuestro Señor Jesucristo: Es Él quien nos llamó y pronunció el “¡Ven!”. Esto se llama “arraigo en Jesucristo”.

 


Nosotros procedemos con nuestra propia lógica, tenemos nuestra forma de pensar adherida a nuestro raciocinio, pegada como una segunda piel, «Nosotros hacemos contratos de compra-venta, trabajo y salario, mérito y premio. Nada de esto existe en las relaciones con Dios. Sólo hay gratuidad, gracia, don. Él es de otra naturaleza, distinta de la nuestra; estamos en diferentes órbitas.»[4] Cuando le pidamos a Jesús que nos “mande caminar sobre las aguas”, no será porque queramos ensalzarnos, divinizarnos; sino porque queremos cristificarnos, pensar con su lógica –no con la humana- sino con la lógica Misericordiosa: «Actuar según la fe (esta supuesta) no es difícil si esto nos exige poco y nuestra vida ha de seguir más o menos igual. Ello no es la prueba de una fe fuerte; su prueba es cuando por ella pagamos un alto precio y nuestra vida se trastorna.  Una cosa es creerle a Dios cuando nos dice que Él es el origen de la creación y de la vida; y otra cosa es creerle a Dios cuando nos dice que hay que compartir con los necesitados y no atesorar para nosotros. Una cosa es creerle a Dios cuando nos pide participar en la Misa del Domingo (lo cual implica reservarle parte de la jornada); y otra cosa es creerle a Dios cuando nos pide no abandonar la fe en una situación de persecución religiosa…»[5] Aceptar lo primero, refutando lo segundo, hace de ese “creer” una rampante falacia.


 

Las pruebas, pero especialmente las duras pruebas, acrisolan nuestra fe, o –dicho de otra manera- prolongan el alcance de nuestro “puente” facilitándonos poder llegar más allá, intensificando el “impulso” que anima nuestra “flecha”. En la Transfiguración del Señor, Dios mismo nos dirá que Jesús es su Hijo amado, que debemos escucharlo; pero si el viento arrecia, vacilamos y empezamos a hundirnos. Cuando Jesús tiende a nosotros su Mano y nos ἐπιλαμβάνομαι “agarra” (verbo emparentado con el λαμβάνω y el παραλαμβάνω, -con el “suceder” y el “acoger”), entonces nos “salvamos” y cuando pasa la tormenta, otra vez somos capaces de adorarlo, postrándonos y declarando convencidos que, “Verdaderamente Es el Hijo de Dios”. Pero no alternativamente, no pendularmente. ¡La fe no es un columpio!

 

«Faltar a la confianza deshonra a Dios, en cuanto que supone que Dios nos ha faltado, lo cual es imposible, pues somos siempre nosotros quienes no ponemos nuestra parte y colocamos impedimento a la acción de su gracia; en adelante, en lugar de faltar a la confianza, pondré una confianza humilde, segura de que cuanto más reconozca mi miseria, tanto más amplio será el campo en el cual podrá actuar su bondad”.»[6]


En estas palabras descubrimos el nombre del “impulso que anima la flecha”, se llama “Gracia”. A un tiempo, descubrimos cómo podemos truncar el impulso y aprendemos que lo que frustra su alcance es la “duda”, la “desconfianza”. No juzguemos con dureza a San Pedro porque –como ya lo hemos dicho- él simplemente nos representa a todos en nuestros titubeos. En cambio, despleguemos las “alas” (y es que a las “flechas” se les ponen “alas” que son las plumitas que llevan “pegadas” en su extremo posterior) para mantener el curso y para prolongar el “alcance” y extender su “vuelo”.



[1] Martini, Carlo María. ITINERARIO ESPIRITUAL DEL CRISTIANO. Ed. Paulinas Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1992 p. 56

[2] Galilea, Segundo. LA LUZ DEL CORAZÓN. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1995. p.16

[3] Mazariegos, Emilio L.  DE AMOR HERIDO. Ed. San Pablo Bogotá D.C. –Colombia 2001 pp. 99-100

[4] Martini, Carlo María. Op.Cit. p. 50

[5] Galilea, Segundo. Loc. Cit.

[6] Ibid. Citando palabras de Santa Francisca Javier Cabrini.