miércoles, 15 de julio de 2026

Jueves de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario

Is 26, 7-9. 12. 16-19

La tierra que a través de las tumbas es devoradora de hombres, fecundada por el rocío y la luz celestiales, vuelve a ser madre fecunda de seres vivos.

Gianfranco Ravasi

 

Viene a nuestra memoria la imagen de una persona totalmente zambullida en el periódico. Para muchas personas, leer el periódico de cabo a rabo era algo más que una obligación moral. También recordamos “profesores” que nos hablaban de esa responsabilidad: La responsabilidad moral de estar bien enterados de cómo giraba el mundo, y de no quedarnos encerrados en nuestro provincianismo.

 

Al lado de esta imagen, está el preciso momento en que la persona levantaba la vista del “diario” y con sorpresa descubría “otra realidad”, la que estaba transcurriendo directamente frente a sí, pero que, había permanecido oculta tras el telón del “impreso noticioso”. ¡Se trata de un salto “olímpico” de una realidad a otra!

 

Bueno, esta introducción está motivada por la función social que desempeña el “profeta”: ¡hacernos levantar la vista y que podamos ver lo que tenemos ante nosotros! Y, además, desengancharnos del inmediatismo y proyectar la visión para “trascender”, que seamos capaces de contestarnos a la pregunta, ¿en dónde estamos? Y ¿para dónde vamos?

 

Está muy claro que el profeta ni cree ni piensa que él sea un adivino. Tampoco se sienta a “soñar” futuros para poner en circulación sus desvaríos personales. Está bien claro que este fenómeno, que llamamos “profetismo”, responde a la Voluntad Divina, de darnos los elementos decisivos que conduzcan a nuestra Salvación.

 

No podemos clavarnos de cabeza en una perspectiva solamente humana, ni un periódico, ni la televisión, ni las diversas pantallas que sitian nuestra vida. Para trazar nuestro derrotero y elegir entre nuestras opciones, es preciso recibir una pauta iluminadora, algo así como unos “binoculares trascendentales” que nos auxilien hacia una panorámica que se pueda enfocar y entretejer con los hilos de la Economía Salvífica. Ayer hablábamos de cómo el haz de hilos de la historia -en último término- está en las Manos de Dios. ¡Hay que tomar la decisión de levantar los ojos y mirar “más allá”!

 

¡La fe acude en nuestro auxilio! Hay elementos escatológicos que se nos prodigan, ¡Todo es Gracia! Para que tengamos un claro enfoque telescópico y podamos captar una perspectiva allende nuestras propias narices. Uno, cuando hace esta reflexión, de lo primero que se da cuanta es de nuestras limitadas perspectivas. A nivel físico, podemos usar un drone, o todavía mejor, conectarnos a un satélite para tener una “perspectiva” más amplia. ¡Eso en lo inmanente!  Pero para la mirada trascendente, ¿cómo expandir nuestra óptica?

 

No estamos hablando para nada de “bolas de cristal”, el instrumento al que hacemos referencia está muy por fuera de estas fruslerías. Se trata, más bien, del género apocalíptico que desentraña las “tendencias” y las “dinámicas internas” que germinan en el seno del trascurrir histórico: y así, poder penetrar en el eje del “devenir”, y no entender la realidad como un ir y venir caótico que en su incomprensibilidad nos arrebata hacia la desesperación, hacia la angustia.  La historiografía que anida en el corazón del creyente lo sostiene exento del desespero, porque le permite ver que hay un “Sentido” detrás de lo que está pasando que no está sujeto ni al azar, ni a la fatalidad.

 

Recordemos que la profecía le entregó a Ajaz una “promesa”, pero esta no estaba sujeta a su cumplimento al pie de la letra, sino que dependía de la “fe”, de una confianza superior, de una aceptación a ultranza para dejarle a Dios las Manos libres. Y -lo que hemos visto, nos descubre que el “haz de las fibras históricas” entreteje el futuro con la política y la lógica contextual. Ajaz optó por venderse a Tiglat Pileser el asirio -quien se declaraba “rey del universo”, asumió todo cuanto le impuso a Jerusalén. Además, ofreció en holocausto a su propio hijo.

 

Ante todo, llover sobre mojado: No es que Dios sea algún tipo de entidad vengativa. Cuando uno tuerce las leyes morales, lo que hace es una “nueva composición vectorial” que le da el garrotazo en la cabeza. No es que Dios coja el bate y juegue béisbol con nuestras cabezas, es que nosotros mismos -con nuestra demencial urdimbre- nos volvemos chiflados y cogemos el bate para tratar de hacer home run con nuestra propia cabeza.

 

La perícopa de hoy, proviene del Apocalipsis mayor de Isaías, que abarca los capítulos 24-27. Este apocalipsis toca los temas

a)    El juicio divino lleva su merecido -la demencia- a los rebeldes que dan la espalda a la ley moral que nos resguarda.

b)    La “naturaleza” -en este caso es un nombre que le damos a las fuerzas dañinas que, nos perjudicaran, algo así como pagarle a un ejército de mercenarios para que “nos dañen a nosotros mismos”- esas fuerzas que desatamos con nuestro desvarío, intervienen y se vuelcan a consecuencia de nuestra rebeldía.

c)    El “pequeño resto” se encarga de anidar en sí, el germen de la “promesa”, y garantiza su cumplimiento. Serán el equivalente de los que se salvaron en el Arca de Noé para reiniciar una “nueva Creación”.

d)    Un Gran banquete inaugurará El Reino Definitivo de Dios.

Podríamos intitular la perícopa de hoy como el “canto de la Resurrección”, la Biblia de Jerusalén lo intitula “Canto de la Victoria”. Todo lo que parecía reducido a cadáver, se alzará, reanimado por la acción de Dios que, Isaías muestra como un טָל [tal] “Rocío de Luz”, un “Rocío Luminoso” que expulsará la muerte.

 

Sal 102(101), 13-14 y 15. 16 y 18. 19-21

Se trata de un salmo Penitencial. Nadie está en una fase más desesperanzadora que quien vive en pecado. Este es un salmo de súplica. ¡El penitente ruega!

 

Es consciente que, a pesar de la ruina presente, El Señor perdura Eternamente y le pide que prontamente se Alce y muestre Su Misericordia. Tiene ante sí la Jerusalén derruida, pero es capaz de alzar la vista sobre los escombros y descubrir el Rocío Luminoso y Su Poder Resucitador.

 

Descubre -con su mirada apocalíptica- que Dios es un Dios-Reconstructor y que Sion no permanecerá en su actual estado, en ruinas.

Y deja constancia escrita, para todas las generaciones futuras, que Dios puso su mirada en Jerusalén y no perdurará como sólo escombros, sino que Dios que la Mira desde Su Excelso Santuario en el Cielo, escucha el gemido de los cautivos y libra a los condenados a muerte.

 

Dios no tiene miradas furtivas, cuando Dios obra -así sea sólo dirigiendo su Mirada- la Bondad de Su Mirada dura por Siempre. Eso es lo que declara la antífona del Salmo de hoy.

 

Tu permaneces por siempre,

y tu Nombre de generación en generación.

Levántate y ten Misericordia de Sion,

que es hora y tiempo de Misericordia.

Tus siervos aman sus piedras,

Se compadecen de sus ruinas.

Los gentiles temerán tu Nombre;

Los reyes del mundo tu Gloria,

cuando el Señor reconstruya Sion

y aparezca en su Gloria.

 

Mt 11, 28-30

Paraos en los caminos, y preguntad por los senderos antiguos, cuál es el camino bueno y andad por él y encontrareis sosiego para vuestras almas”.

Jr 6, 16


El tema del yugo, nos lleva a la imagen del dispositivo agrícola para arar. Por medio de él, la misión de llevar el arado, no le corresponde a uno solo, sino que hay “otro” que hala y entre los dos remolcan el peso y la dificultad de ir roturando la tierra. Automáticamente, acude a la mente el “envío” que hace Jesús a sus apóstoles, para que vayan de dos en dos. ¡Aprended a conllevar la carga! ¡A llevarla entre juntos! ¡Aprended a caminar y arar sinodalmente!

 

La sinodalidad tiene que ver con un aprender a trabajar juntos, no en soledad, no en aislamiento, sino cooperando uno con otro. No necesariamente sólo con otro, pero ese es el mínimo para constituir una célula “evangelizadora”.

 

Ahora, tengamos presente que en esta parte del Evangelio Mateano que estamos trabajando Jesús ha llamado a personas que quieran venir a trabajar en la edificación del Reino, Los ha invitado a ser cooperadores, y no les oculta que ir con “otro” y compartir la tarea, implica saber “colaborar” llevando el yugo, y que no pocas veces, ir lado a lado con “otro”, conlleva roces, discrepancias, diferencias “estilísticas”, perspectivas diferentes.

 

«Pero debemos tener el corazón de los pequeños, de “los pobres en espíritu”, para reconocer que nos somos autosuficientes, que no podemos construir nuestra vida solos, que necesitamos de Dios, necesitamos encontrarlo, escucharlo, hablarle» (Papa Francisco).

 

El Señor verdaderamente sostiene su Misericordia y su Bondad por siempre. Jesús hoy nos muestra su Abrazo compasivo; se da un reconocimiento de nuestra fragilidad por parte de Dios, y a esa condición Él responde con su “Abrazo Reconfortante”.

 

Llama y prodiga su acogida a todos los que están agobiados y les ofrece su alivio. Alivio es comprender que el rostro del “otro” -del que nos Acompaña- siempre esconde el propio Rostro de Jesús que nos está ayudando a arrastrar el peso, la carga. (Tomemos como símil, la sociedad conyugal).

 

Dios no se apega a los cultos legalistas, que se convierten en extensas restricciones y prolijas legislaciones, excesivas en minucias y pendientes de detalles mínimos. La religión que traduce en yugo la ley, esa no es la religión que anuncia el Evangelio. En vez del farrago legalista, lo que nos encontramos al entrar en su Abrazo es la Mansedumbre y la Humildad de Su Corazón. Y la acogida del “Descanso”, que más que tregua es “Alivio”.

 

Sin embargo, no se trata de inventar mandamientos nuevos, ni de abolir las enseñanzas primeras, por eso Jeremías nos llama a “averiguar por los senderos antiguos”, porque desde el Principio Dios nos ha dado pautas para llevar el yugo cooperativamente.

 

La palabra yugo proviene del latín iugum, que se deriva del indoeuropeo yeug-, y que traduce "unir". Lo que pasa es que se le ha unido una connotación negativa de “incomodidad”, de “trabajo pesado”. Pero su significado primigenio es la “unión”. Contra una tradición farisaica, la propuesta de Jesús es la de un “Yugo liviano”. ¿Con qué palabra podríamos traducir “yugo” en el lenguaje de Jesús? ¡Nos parece que la palabra “Amor” vendría bien! Amor es una palabra que limpia y barre totalmente la connotación negativa.

 

A veces nos ha parecido que podría hablarse de “dulzura”, “afabilidad”, “ternura”, pero preferimos quedarnos con Amor. El yugo que nos propone Jesús es puro amor, sin embargo, hasta la mayor dulzura tiene sus aristas: “Las espinas tiene rosas”!!! Lo hemos oído cientos de veces (aun cuando por lo general, organizado al revés).


¡No es solamente llevar el “palo” ese, ahí maltratando la nuca! Es recordar que, la barra de madera nos une precisamente con Jesús que va del otro lado, ayudándonos a sobrellevarla con amortiguamiento de su peso. La Justicia que conlleva la construcción del Reino, también tiene sus propias talladuras: ¡Pero -con Jesús- son peso liviano y llevadero! 

martes, 14 de julio de 2026

Miércoles de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario


Is 10, 5-7. 13-16

Estamos en la parte del Proto-Isaías, donde él comunica oráculos de YHWH dirigidos contra Judá y Jerusalén. Por medio de Asiria, Él dará merecidos azotes a este pueblo infiel, borracho, inmoral e idolatra. Las consonancias de las palabras hebreas, parecen ser los efectos de sonido de los cascos de caballos y de las ruedas de las carretas bélicas. Sin embargo, si escuchamos con atención, oiremos el corazón de Dios herido, que sufre y llora por la traición de su pueblo.  En medio de su tristeza, mirando su Alianza pisoteada, ignora la violencia con que marchan estos ejércitos invasores que se comparan a un hacha que -despiadadamente- deforesta toda la naturaleza, echando abajo los hermosos y altos árboles que Dios les había regalado.

 

Estos bosques devastados personifican a las figuras gubernamentales del reino del sur. Ellos son los ramos altos de los árboles en los que se desfoga el destructor Asirio. Como lo dice el oráculo, no es el poderío de estos invasores-destructores el que se manifiesta, ellos son solo la vara de la ira divina.

 

Toda la perícopa tiene por protagonista y conductor de las acciones, la Mano de Dios que pasa como cirujano descartando y extrayendo todo tumor. No se puede dejar que la impiedad se multiplique e invada todo el organismo. Este pueblo infiel será pisoteado como se pisotea el barro, sin consideración.

 

Nos hace tomar conciencia que, los que han usado del hacha y de la sierra para desbrozarles el camino -han obrado por la orden de quien los ha puesto y dotado de autoridad; y ellos, los malagradecidos, se voltean ingratos como cojos que no agradecen al bastón que les da apoyo, tenemos que comprender, que el bastón no es el que da el avance, sino sólo un punto de referencia que sirve de sostén. (Trata siempre de descubrir quién fue bondadoso y te dio el “bordón”).

 

Los que sirvieron de vara y bastón se van a debilitar y se quebrarán para que entendamos que no ha sido ningún “superhéroe” el que los ayudó, sino la Voluntad Cariñosa del Señor. ¡Sólo Dios es Dueño y Señor, Amo de toda la tierra! Él obra incluso a través de impíos e incrédulos.

 

Tal vez lo que se nombra como “vara” punitiva, se remita a la invasión de Senaquerib en el 701 a. C. Sin saberlo, creyendo tan sólo estar cumpliendo con sus planes ambiciosos, Senaquerib (véase el Segundo Libro de las Crónicas en el cap. 32). Todo cuanto Senaquerib hizo, Él lo veía sencillamente como la implementación de sus planes y caprichos. Era su proyecto personal. No se daba cuenta a quién servía con sus campañas militares invasoras y destructivas. ¡Senaquerib es la terapia correctiva!


Lo que resplandece en medio del relato y nos sirve como lineamiento práctico, es el potencial que tenemos para estar al servicio de Dios como sustancia maleable y dócil que se complace en cumplir sus designios, sin revelarse, sin revolcarse con resistencias. Como lo resumió tan maravillosamente la Virgen con su expresión “Hágase en mí, según tu Palabra” (Lc 1, 38).

 

Sal 94(93), 5-6. 7-8. 9-10. 14-15

Se trata de un tema candente: la injusticia empoderada. Pero, contra los mercenarios, no se trata de jugar con sus reglas. La justicia no puede convertirse -con pretextos- en retaliación. No se debe añadir a la muerte más muerte y al delito, jugarle son sus reglas sucias. ¡No hay que entrar en su juego! Hay que mantenerse incólume, siempre dentro de la Palabra de Dios. Que es un Dios de Vida. ¡El Dios Viviente!

 

Veamos los renglones de denuncia:

a)    Trituran al pueblo

b)    Oprimen al linaje de los herederos

c)    Asesinan a viudas y forasteros

d)    Degüellan a los huérfanos

 

Pero están absolutamente convencidos que Dios está Dormido, que Él no se entera, ni se da cuenta. Necios e ignorantes: No ven que Él fue quien creo el oído y puso los labios. Él puso el ojo, y lo conectó a su Memoria. La memoria está en Red con la Justicia. No es una Justicia amordazada, ni deja nada impune. Con razón se dice que Dios es Omnisciente.

 

La otra idea totalmente falsa es que la injusticia se ha impuesto -el mal es el que domina- y que Dios, les ha dado carta blanca a los “atropelladores”. ¡Despiértense! Dios se levantó de la tumba, y despertó para reactivar la Justicia. ¡Dios tiene ya regadas y abonadas la semilla de la Justicia! La Maldad ha prendido todos sus parlantes y encendido todos sus reflectores tratando de confundir nuestros sentidos y que no podamos leer los signos de los tiempos, pero el profeta dice, oráculo del Señor, ¡la hora es llegada!

 

Se creen muy justos y se acuclillan al lado de Dios, para desconcertarnos, pero el Señor lo ha dicho, y su Palabra no se desmiente: todos los errores de su pueblo hallaran Misericordia, porque su pecado viene del dolor y no de la maldad.

 

Mt 11, 25-27

De Dios se habla solamente por medio de opuestos (coincidentia oppositorum, dice Nicolás de Cusa), para no reducirlo a un ídolo: es cercano y altísimo, tierno y omnipotente, pequeño y grande, madre y padre, misericordioso y justo.

Silvano Fausti

 

Del verso 11, 1 – 13, 52, nos encontramos en una parte del Evangelio Mateano donde se evidencia que la Justicia del Reino nos cuesta entenderla. Está fundamentada en otra clase de visión distinta a la que se ha promovido. ¡Funciona con otra lógica!


Muy agazapados, ocultos con su camuflaje, están los impíos, convencidos de cierta institucionalidad cómplice, se trata de un entramado que encubre, que alcahuetea, que promueve la injusticia.

 

Jesús, por el contrario, alaba al Padre porque les pone en claro todo esto, a los pobres y oprimidos, empezando por las viudas, los forasteros y los huérfanos. Se trata de restituirles a todos los débiles y marginados lo que se les ha arrebatado, siendo que les pertenece, que es su heredad. ¿Dios ha obrado así porque así le place!

 

Por eso, a los pobres no les cuesta ver en Jesús a su “Redentor”. Sólo la verdadera Justicia es invencible e imperecedera. Tal vez no tenemos títulos académicos que sustenten nuestro “saber”; tal vez no conocemos las jerigonzas de sus “conjuros”. Pero nos basta mirar el Rostro de Dios para descubrir su Sonrisa, nos basta la limpieza de corazón y la generosidad de nuestra ignorancia. Tenemos nada más que Su exuberante Prodigalidad. O sea, ¡lo tenemos todo!

 

No se tiene que saber tanto, pero si se necesita anhelar con todas las fuerzas del alma, la edificación del Reino. El Reino viene con una cultura de vida, de perdón, de Amor, de sinodalidad.

 

Es un tipo de “saber”, una clase de conocimiento muy particular, es el conocer que Salva. No accesible para dominar, y no exclusivista, no está destinado a alguna “elite”, es para todos los νηπίοις [nepios] «Simples”, “Sencillos”, “sin ninguna sofisticación mental”. (“indocto”, si cabe decirse).

 

Quisiéramos comparar las Enseñanzas de Jesús con una linterna, quien quiera puede activarla, no requiere estudios especiales de electricidad y profundas comprensiones de óptica, basta oprimir el “botón” y, si tiene “batería” brotará el haz luminoso. Sin embargo, con esa linterna, quizás ya hemos iluminado lo más general, pero puede ser que nos falta llegar a otros “rincones”, y, esa tarea no se puede relegar a ciertos “especialistas”, nuestra vocación consiste en aprovechar la “linterna” hasta completar la exploración que nos “toca”, la que se nos ha sido asignada.


No se requiere de títulos, se requiere de la voluntad de darle a la linterna recibida su mejor uso, y tratar de llegar allí donde no hemos “alumbrado” todavía. Con limpio corazón y, lo que encontremos aplicarlo y compartirlo. Y repetir nuestro agradecimiento: Gracias Señor, porque todo esto está puesto -por tu Bondad- a nuestro alcance, y no has establecido exclusivismos, sino con generosa entrega, lo has donado a todos. Concédenos que nuestra “linterna” alumbre bien y la sepamos dirigir hasta los rincones recónditos donde no hemos mirado todavía, allí donde Tú nos has dejado el “Tesoro”. 

lunes, 13 de julio de 2026

Martes de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario

Is 7, 1-9

Aliarse con el gran Imperio Asirio conlleva una contaminación religiosa del pueblo, pues deberán someterse a otros dioses.

Milton Jordán Chigua

El marco contextual es la guerra siro-efraimita -la coalición de los sirios (Damasco) y de Israel(Samaría) ataca a Jerusalén-, años 735-734 a.C. reinaba en Siria, Rasin, y Pekaj en Israel -aquí llamado Efraín-, y en Judá el gobernante era Ajaz. Siria e Israel trataron de convencer a Ajaz, del reino del sur, de que se les uniera en una alianza militar contra Siria, pero, Israel temía que, Ajaz se fuera con Asiria, contra ellos, cosa que -por lo demás- no era nada descabellada.

 

Cuando Ajaz se enteró que Asiria y su aliada, Israel, estaban al umbral de su territorio, tembló como “los árboles tiemblan bajo el influjo del viento”. El miedo no monta en burro, Ajaz ya había sido derrotado por la alianza Siro-Efraimita.

 

Bajo este marco contextual viene la intervención del profeta Isaías. Le Biblia nos nombre dos hijos de Isaías: Shear Yashub, “un resto volverá” y Majer-Shalal-Jash-Baz, “Pronto-botín, pronto-pillaje”.

 

Dios manda al profeta a hacerse el encontradizo -con Ajaz- en una alberca, donde la gente iba a lavar su ropa, le dice que lo intercepte y lleve consigo a su hijo וּשְׁאָ֖ר יָשׁ֣וּב [Shear Yeashub], (ya hemos hablado de la palabra hebrea [shub], que nos remite al regreso físico y, a la vez, a la conversión moral). La palabra “resto”, “residuo”, “los sobrevivientes” se relaciona con una experiencia muy directa para el profeta y el pasado de los Israelitas: de una guerra o una calamidad, la mayor parte de las veces, sólo quedaban “unos cuantos”, pero esos pocos, eran el “tocón” del árbol, que nuevamente se elevaba y restablecía el “linaje”, volviendo a ser un árbol frondoso. Los adversarios la alianza Siro-efraimita son ya -nada más- que carbones apagados que botan su último humillo.

 

La profecía le anuncia a Ajaz, lo que habían planeado los Siro-efraimitas, reemplazarlos con un arameo, el “hijo de Tabeel”. Y le dice que sí confía en el Señor y es fiel a Él, nada les saldrá bien a sus enemigos y todo eso caerá desinflado. Le augura que Efraín será destruido y borrado. Que ellos eran el pueblo elegido, estaba fuera de discusión. Pero todo dependía de la sinceridad de la fe.

 

Pero, todo dependía de que “creyera”. Aquí, en la profecía, la fe está nombrada como “conocimiento”, y, efectivamente, es una forma de conocimiento que exige la entrega absoluta. Algo que se sabe, pero está mediado por la confianza. ¡Qué duro en una cultura cimentada sobre la desconfianza! Y sabemos que no creyó.

 

En vez de creer, se alió con Tiglat Pileser, asumió su idolatría y se la impuso a Jerusalén. Además, ofreció en holocausto a su propio hijo, lo que significaba que él mismo iba contra el linaje davídico. Su descreimiento es su defección. Esa traición lo arrastrará a sucumbir. «Ubicando el texto en su co-texto, se puede descubrir que se trata de la promesa que el profeta le hace a Ajaz y que está colocada en el gran bloque sobre el Emmanuel. Hay un tono amenazador en la voz del profeta que invita al rey a confiar en Yahweh» (Milton Jordán Chigua). Para él llamar a Yahweh, “Dios con nosotros” no significaba nada. Nada “conocía” él del Immanu-Él. Lo des-conoció completamente. Dios se dolerá de este pueblo que ha desconocido a Su Padre. Y el Verdadero Auxilio que Él les dará.

Podemos interpretar la perícopa de hoy como un prólogo de la que leeremos mañana.

 

Sal 48(47), 2-3a. 3b-4. 5-6. 7-8

Es un salmo de Sion. El salmo parecería estar contando todo lo contrario de lo que pasó con la Ciudad Santa. Podríamos decir que es una anti-profecía. El salmo canta lo que habría ocurrido su Ajaz hubiera confiado.

 

Claro que canta hechos si acaecidos, victorias primeras que gozó Jerusalén y que la llevaron a sus momentos de esplendor. Pero, relacionado hoy con Ajaz, muestra la antítesis: el triste producto de la falta de fe.

 

Y también canta, algo que aún no vemos, pero que el alma debe ser capaz de entrever, de auscultar: el esjatón, pero que Jerusalén llegará a ser la Nueva Jerusalén, la Ciudad futura, donde Jesucristo será el centro de Todo y donde lo veremos Reinar Glorioso.

 

Recordemos viva e intensamente que en la nueva Jerusalén se cumple: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y El-Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.» Entonces dijo el que está sentado en el trono: «Mira que hago un mundo nuevo.»

 

Este salmo no tiene que ser proclamado con ceguera de la Gran Promesa Mesiánica de su Regreso. Ha de entonarse con la Luz de Jesús en los ojos del corazón y en clave de Fe-Esperanza y Amor. Sobre estos valores ha fundado Dios su Ciudad Santa.

 

Mt 11, 20-24

Cuán grande dolor le infligimos

En efecto, la cruz es su juicio, donde Él se revela como Dios, tan diferente de nosotros. Allí vence el mal cargándolo sobre sí, y salva a todos los malvados. Si fuera justo como nosotros habría ajusticiado a todos. Pero, entonces no sería bueno o no sería omnipotente. De todos modos, no sería Dios, y el mal reinaría soberano: habría un fracaso y un odio eterno del cual Él no querría o no podría rescatar.

Silvano Fausti

Hay una dialéctica muy especial que se muestra en este pasaje: es el modo de pensar-actuar de Dios. Dios no responde como nosotros que, tristemente, hemos encubado en nuestro pecho el rencor y la represalia. ¡Dios está por encima de todo eso! El progenitor humano puede correr a buscar el fuete. Dios, donde encuentra el entuerto, lo endereza y donde descubre la herida la sana. Su omnipotencia estriba en borrar toda cicatriz, y allí donde hubo la marca de la lesión, recrea la tersura de la piel. Las únicas marcas que permanecen son las de sus propias “llagas”, que no son rastros para recordar la ofensa del “pecado” sino las señas inconfundibles del Amor. Perecería un encono y una amenaza, una ira contenida a punto de desbordarse. Pero en vez de ello, lo que se tiene es el corazón contrito de Jesús que se duele por sus hermanos, a los que Él, de todas maneras, Salvará. De ahí su interjección: ¡Ay!


Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm tres ciudades que Jesús había frecuentado reciben la recriminación por parte del Señor, ellas habían sido enriquecidas no solamente con su Presencia sino favorecidas con sus prodigios.

 

Les pone una marca de comparación, un parangón: Si Él hubiera cumplido en Tiro y Sidón lo que hizo en aquellas tres ciudades, aun cuando tenían gran fama de incrédulas, se habrían convertido hace rato. Por eso, cuando suenen para ellas las trompetas del Juicio Final, será con Tiro y Sidón más compasivo que con esos lugares y esos corazones que con los que han contado con su testimonio personal.

 

Cafarnaúm, por su parte se siente ya, de antemano, dueña y reina del cielo. Jesús las desengaña, mostrándole que le falta “mucho pelo para moña”. En vez de ir hacia “arriba” su pasaje las conducirá al abismo, porque vieron directamente tantos y tales milagros que hasta los sodomitas habrían practicado el arrepentimiento y puesto en práctica la conversión si sus ojos también hubieran gozado de las obras de Jesús. El Juicio final será más llevadero para Sodoma que para Cafarnaúm. Ignorar al Padre invisible vaya y pase -dice la Bondad Infinita de Dios-, pero desconocer al Enviado, al Prometido, era nítido reflejo de su rechazo a la Paternidad Divina comprometida en su Alianza: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”

 

¡Para corregir el mal no se pueden aplicar cataplasmas de maldad! Igual que la Libertad no consiste en hacer lo que se me venga en gana; la Omnipotencia -que es el nombre de la Libertad de Dios- no consiste en añadirle mal al mal, y no se trata de negar la vida que Él dio, destruyéndola con dosis mortíferas; así el mal habría triunfado. El Mesías prometido no era un Vengador, sino un Salvador: «Quien comete el mal todavía no es libre. No conoce el amor: todavía está en el infierno de sus necesidades, irresponsables e incapaces de amar». (Silvano Fausti)

domingo, 12 de julio de 2026

Lunes de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario


Is 1, 10-17

En el templo se celebra un culto esplendido; pero es sólo ritualismo y falta lo principal: la abstención del pecado y el ejercicio de la justicia.

Salvado Carrillo Alday M Sp. S.

 

Retomamos la clave interpretativa del Libro de Isaías que fue redactado en tres épocas distintas: la que estamos estudiando -la del proto-Isaías- es pre-exilica; la del Deutero Isaías es exilica; y la del trito-Isaías -varios otros escritores- que es post-exilica.

 

¿A quién se está dirigiendo el profeta en esta perícopa? Los vocativos que emplea el hagiógrafo son: ¡Príncipes de Sodoma, pueblo de Sodoma! … El capítulo 1, del Libro de Isaías, -que actúa a manera de prólogo de la obra- es una compilación de cinco oráculos, juntados por allá -después del 701 a.C. pero antes de la muerte de Isaías- datada en el 695 a.C.

 

¿Cómo puede ser esto, sí sabemos con bastante certeza que Sodoma y Gomorra fueron destruidas el 29 de junio del año 3123? ¡esta destrucción fue producto de la ignominia en la que cayeron estos pueblos y está relatada en Gn 19, 24-38. Una lluvia de fuego y azufre cayó sobre Sodoma y Gomorra y las destruyó, junto con todos los que vivían en ellas, y acabó con todo lo que crecía en aquel valle. Entonces resulta que esta gente se convirtió en el paradigma de la perdición, y aquí, a quienes se dirige el profeta es a los habitantes de Judá, el Reino del sur, formado por las tribus de Judá y Benjamín, mientras las otras nueve tribus conformaban el reino de Norte (las tribus de Rubén, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Efraín y Manasés que cayó en el 722 a.C.), queda por fuera la tribu de Leví, a la que no le fue asignada tierra, pues estaban destinados al servicio de Dios y fueron entregados a los sacerdotes como ayudantes. Entonces esta es una fina ironía para evidenciar el nivel de descomposición que alcanzó Judá. Todos los oráculos de los capítulos 1-12 -que forman la primera parte del Libro del proto-Isaías, está dirigida a tal fin, mostrar el camino ignominioso de Judá y, en particular, de Jerusalén. Les está hablando el profeta, entonces, a los gobernantes y al pueblo entero del Reino del Sur: Dios no quiere tener nada que ver con gente de manos ensangrentadas, con una ralea pecaminosa.

 

“No me traigan más inútiles ofrendas, son para mí como incienso detestable … no soporto iniquidad y solemne asamblea” (Is 1, 13). El proto-Isaías lo que ataca -pero ¡tengamos bien presente que no es un decir del profeta, sino la Voz de Dios a la que él le presta servicio de ventriloquía! - es la doblez entre la vida moral -por una parte-  y la ritualidad por otra. Esta falsa ritualidad está enfocada y concentrada en los sacrificios. Y, por su degradación moral, los sacrificios tienen hastiado a Dios, a quien esos sacrificios le parecen insoportables, porque no van asociados a una sincera vida de integridad y limpieza moral.

 

Dios les dice -por boca del profeta- que no los quiere ver pisando el atrio del Templo, cuando Él no les ha pedido nada.  De unos falsarios que cometen el “adulterio” del pecado, Dios no acepta ningún culto, porque este se vuelve pura hipocresía: ¡Son un “incienso insoportable! Dios no puede tolerar esa bina iniquidad y solemne asamblea. ¡Eso Dios no lo soporta!

 

Antes que una liturgia proveniente de manos cargadas de pecado hay que empezar por un proceso de purificación de las obras, sólo cuando las manos y el corazón se hayan vuelto hacia el acatamiento de la moral divina, podrán -de manera legítima- acercarse al Altar y ofrecer de forma válida una Oblación Santa.

 

La fórmula es específica. ¡dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien!

 

Y el Señor explica con cuatro pautas lo que significa hacer el bien:

1)    Buscar los caminos de la Justicia.

2)    Socorrer al oprimido.

3)    Proteger el derecho de los huérfanos

4)    Defender a las viudas.


Se trata de una opción preferencial por el marginado, por el vulnerable. Dios no saca a los demás de su “rebaño”, lo que pasa es que Él no permite que, bajo su Nombre, Tres Veces Santo, se esconda y se solape la discriminación y el olvido de los débiles, de los “pobres de Yahweh”.

 

Sal 50(49), 8-9. 16bc-17. 21 y 23

Este es un salmo de la Alianza. Como una brújula eficaz su aguja señala el norte: Ofrecer acción de Gracias, eso honra al Señor.

 

La aguja de la brújula no sólo señala el norte, la parte “trasera de la brújula” apunta al sur: el sur -teológicamente hablando- es la alternativa infiel que quebranta la Alianza: “Detestar la Alianza y apartar los ojos de sus mandatos, mirando siempre hacia otra parte”. El que detesta la Alianza pone la Ley de Dios fuera de sus ojos, la pone a su espalda, porque así, por mucho que gire, nunca la verá.


Muchas veces se puede poner a la visita al templo como único momento de “oración” y vivir el resto de la vida con la Ley de Dios en la espalda. Y así, girar día y noche, mes tras mes y año tras año “asociados” a una religión que “desconocemos”.

 

Cuando Dios nos invita Domingo a Domingo, -y a veces día a día- a su Templo, lo hace, no por mantenernos atados a la ritualidad, sino para brindarnos muchas oportunidades de descargar el morral, ponerlo sobre nuestras piernas y contemplar -inclusive medir y constatar- nuestra real fidelidad a sus mandatos.

 

Hoy nos proponer una verdad de a puño: ¡Sólo quien sigue el “buen camino” podrá ver la Salvación de Dios!

 

Esto pertenece a la misma familia del llamado del proto-Isaías, cuando denuncia a quienes visitan el Templo con asiduidad, y llevan siempre algún corderito para ensangrentar el Altar, pero -aun cuando sus labios están llenos de “Padre nuestro” y “Ave María”- su corazón no descansa de cometer injusticias.

 

El salmo atiza en nuestro ser la propuesta Divina: “Misericordia quiero y no sacrificios”.

 

Mt 10, 34-11,1

No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos

Mt 9, 10-13

 

Jesús quiere ratificarnos estas enseñanzas adecuándolas lo más posible a las limitaciones de los corazones endurecidos: “El que recibe a un justo con corazón de justo, tendrá recompensa de justo”.


 ¿Eso está claro? O creemos que podemos recibir a los justos con corazón de injustos y que Dios se dejará engañar. En una sociedad de injusticias, donde la gente se ha dado a la tarea de sentarse en al atrio de los tribunales, a esperar que las legislaciones sean emitidas para , antes de dejarlas circular, encontrar la manera de tergiversarlas y recortar su alcance acomodaticiamente, para lograr lucro personal, cabe -tal vez- suponer que también podemos acudir al atrio Catedralicio, o llegando más lejos, sentarnos a las puertas del mismísimo Vaticano para “manipular” los pronunciamientos y tildarlos para que esas tildes nos dejen manipularlos, neutralizarlos, embardunarlos con nuestros  amaños y terminar haciendo solo aquello que nos da la “reverendísima gana”.

 

No podemos cohonestar con semejante procedimiento. No se puede callar ante el atropello. No podemos dejar campear la ignominia. Muchos creen que lo mandado es sostener la falsedad para contener la denuncia, acuden al maquillaje para tapar las “marrullas”; todo en aras de una supuesta “paz”. Pues sépase que Jesús no ha venido a traer esa “paz”; frente a la marrullería y a la artimaña, Jesús ha traído “la espada”.

 

¿Quiere decir que Jesús también es un guerrerista vende armas?   ¿Estamos acaso ante otro promotor de violencia? ¡De ninguna manera! Lo que nos dice Jesús hoy, al concluir el segundo discurso -al que se ha denominado el “Discurso apostólico”-, lo que Él dice sólo es el diagnostico de cómo se está reaccionando contra su propuesta. Dice que Él desempeña el rol de un médico, que va con los pacientes y -lo único que puede hacer- es decirles, honestamente, de qué va su enfermedad.

 

Tiene que llegar -inclusive a decirles- como va a reaccionar su organismo ante el medicamento conveniente; no puede decirles “hagamos lo siguiente siga enfermo y no haga nada”; tiene que decirles que el medicamento les va a dar un poco de sueño, que durante ese tiempo no podrán asumir tareas que requieran atención o que generan riesgo, que tienen que tomar más agua, y dormir mejor, bien, todo lo que sea…. Y les da recomendaciones particulares a los “enfermeros”, que son sus discípulos… en eso está, instruyendo al “cuerpo de cuidadores”:

 

¡Entendamos bien!

­       El que nos recibe como si lo estuvieran recibiendo a Él, está recibiendo al Padre.

­       El que recibe a un profeta, aceptándolo en su calidad de profeta, será aceptado en el Reino, como si él fuera también un profeta.

­       El que recibe a un justo, recibirá trato de justo.

­       El que da lo más mínimo a un “pequeño” porque es discípulo de Jesús, tendrá asegurada su recompensa en el Reino.

 

Termina su discurso y se va a continuar con su quehacer, con la misión que el Padre le dio.

¡Seguir enseñando y predicando! El Evangelio no está predicado en términos de ajuste a nuestras estrecheces mentales o morales.  El Señor va adelante con su “tarea”, enseñando con la Grandeza y la Altura que Dios provee para sus hijos.


La espada sirve para cortar con la complicidad y el disimulo que -a veces- son precisamente nuestros cercanos, los que nos las imponen (a veces estrangulándonos con sus cartelones de “la verdad”). ¡No para herir ni lastimar a alguien! ¡Herir y lastimar serán vías exclusivas de los que portan corazón de asesinos y esos no podrán ambicionar ninguna recompensa! El asesino sólo tendrá paga de asesino. ¡Treinta amargas monedas de plata!

sábado, 11 de julio de 2026

LLAMADOS A FRUCTIFICAR

Is 55,10-11; Sal 65(64), 10-14; Rm 8,18-23; Mt 13,1-23

 

Si no sintonizamos con Jesús, difícilmente entenderemos sus parábolas.

J. A. Pagola

 

… cada uno… está comprometido o acostumbrado a un estilo de vida que puede volverlo incapaz de comprender lo que significa la liberación, para descubrir finalmente, lo que es la vida humana que Dios quiere.

Ivo Storniolo

 

 

Hay unos temas capitales en la Liturgia de este Domingo XV -del ciclo A- del tiempo Ordinario, que como estambres de un tejido se entrelazan y entretejen su sentido profundo, que consiste en revelarnos a Dios como un Dios que da, que derrama hasta el derroche, que se entrega en la más generosa y efusiva donación. Esos temas son, según nuestra óptica: las parábolas, la escatología y la Palabra.

 

Si empezamos por la Primera Lectura, es el profeta Isaías quien nos transmite la Palabra de Dios, y lo hace precisamente con una parábola. En ella, la parábola se establece entre la “lluvia”, como realidad conocida y entendida, y, por otra parte, la Palabra de Dios, que es la realidad que se quiere presentar, pero de la que no se puede hablar directamente: Así, como nos lo explica el Padre Gustavo Baena, s.j. La parábola “Es una similitud o comparación en forma de narración que tomada en su conjunto describe el acontecer de Dios como Creador del hombre, tal como Jesús lo experimentaba y del cual solo se tiene una comprensión oscura, por medio de otro acontecer comúnmente conocido y aceptado por el oyente, a fin de hacer tomar conciencia más clara del primero y comprometer al oyente a asumir, frente a él, una postura vital responsable como criatura”. Allí, en el texto isaiano, el acontecimiento comúnmente conocido y aceptado es “la lluvia”, y aquel del cual se tiene una comprensión oscura es “la Palabra de Dios”; cabe recordar que para el pueblo judío, era una experiencia muy exclusiva, sólo experimentada por profetas especiales, como Moisés, el hablar con Dios y, más bien se tenía la concepción que semejante dialogo conducía a la muerte.

Antes de entrar en materia, nos gustaría intentar una aproximación al significado de este término. ¿Qué es una parábola? Para tratar de responder, nos atrae una “definición” del Padre José Antonio Pagola, «Cada parábola es una invitación a pasar de un mundo viejo, convencional y poco humano a un “país nuevo”, lleno de vida, tal como lo quiere Dios para sus hijos e hijas. Jesús lo llamaba “reino de Dios”. Si no seguimos a Jesús trabajando por un mundo más humano, ¿cómo vamos a entender sus parábolas?» Lo que nos hace caer en la cuenta que las parábolas pretenden llevarnos a vivir en una realidad “superior”, un “mundo transformado” no por la fuerza de la violencia, de la coerción; sino transformado por el “hombre nuevo”, que tiene una manera de vivir verdaderamente motivadora, que dan ganas de vivir así. El poder transformador de Dios es un poder que se basa en la ternura, en el convencimiento, en la profunda convicción. Así, palabras comunes y corrientes se transforman en Palabras que nos “revelan” realidades trascendentes, místicas. A estas realidades Jesús las llama μυστήρια “misterios” y no cualquier clase de misterio, sino μυστήρια τῆς βασιλείας τῶν οὐρανῶν [misteria tes vasileias ton uranon] “misterios del Reino de los Cielos”. (Es preciso, aquí, nuevamente, recordar que de los cielos no significa “después de muertos”, sino que al judaísmo no se le permite pronunciar el Santísimo Nombre, en su lugar, aquí, se le nombra indirectamente, pero se ha de entender como Reino de Dios).



«Jesús siembra su mensaje “en el corazón”, es decir, en el interior de las personas. Ahí se produce la verdadera conversión. No basta predicar las parábolas. Si el “corazón” de la Iglesia y de los cristianos no se abre a Jesús, nunca captaremos su fuerza transformadora.» -nos dice Pagola. Pero contra esa “eficacia de la Palabra” cabe aun preguntarnos, ¿y qué pasa si a pesar de estar el campo repleto de frutos, con una cosecha deslumbrante, nosotros no nos “mosqueamos” por recoger esa producción desbordante y, sencillamente, la dejamos ahí…?

 

Vayamos sobre la Segunda Lectura. Siguiendo con la carta a los Romanos, la perícopa inicia así: “…los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Al introducir así este trozo, se nos está presentando una disyuntiva entre el tiempo (cronológico) en que vivimos el “hoy”, y un tiempo “esperado”, el tiempo kairótico de la “promesa”, el de la “gloria”; entramos –así- en lo escatológico. El “tiempo” de la gloria, también los fieles, que ya tienen en su haber de “hoy” las que, San Pablo llama, “primicias del Espíritu”, lo aguardamos igualmente, anhelándolo, ansiándolo afanosamente, que ya quisiéramos tenerlo entre nuestros manos; -para decirlo con las palabras que se usan en la carta- dice “gemimos en nuestro interior”. Este texto de hoy nos identifica y nos da a reconocer la médula de ese anhelo: “que la creación misma se vea liberada de la esclavitud de la corrupción”. Eso nos pone de cara a una “tarea”, la “libertad de los hijos de Dios”, cuya premisa ya quedó sentada en el versículo 15, o sea el que precede a la perícopa de hoy: “…ustedes no recibieron un espíritu de esclavos, sino el espíritu propio de los hijos, que nos permite gritar: ¡Abba!”. Esa es la disyuntiva, vivir como esclavos, o vivir como hijos de Dios. Si nos aferramos a vivir el “sólo ahora”, escogemos vivir como esclavos, si –por el contrario- escogemos la libertad de los hijos de Dios, podemos clamar y proclamar a nuestro Dios llamándolo Padre, como nos lo enseña su Hijo, pero para eso, requerimos caminar con los ojos dirigidos a la “meta”, es decir, hacia la “gloria”. «Puede ser chocante la palabra “esclavo”. Pero ser “esclavo de la justicia”, o “esclavo de Dios” es una expresión que tiene mucha fuerza por su contraste. El cristiano tiene que ser tan radicalmente libre que se puede decir de él que es “esclavo de la libertad”.»[1] Insistimos, en «el nivel cósmico es la creación entera la que participa de este movimiento en que es arrebatada la naturaleza humana. Desde ahora la creación aspira a compartir, a su manera, la gloria de los hijos de Dios, que se manifestará en la Parusía de Cristo»[2]

Devolvámonos al salmo, a este himno donde Dios nos invita a la vez que nos reta: “Venid y ved las obras de Dios” (Sal 65(64), 5). Es Otra “parábola”. Dios es el “Agricultor”, es el “Sembrador”, es el “Jardinero”, es el “Hortelano” (Gn 2, 8) (no estaba tan despistada María Magdalena al creer que se trataba del “Hortelano” (Jn 20, 15)); que cuida su campo y atiende vigilante sobre las semillas que ha plantado, y toma todas las medidas tendientes a garantizar la copiosa abundancia de la mies. ¿Accedemos el reto?, ¿admitimos la invitación?, ¿si queremos ir y ver, de verdad? «No te contentes con escuchar, o leer, o estudiar. Te has pasado toda la vida estudiando y leyendo y abstrayendo y discutiendo. Todo eso está muy bien, pero es sólo evidencia de segunda mano… Ven y ve. Busca y encuentra. Entra y disfruta. El Señor te ha invitado a su corte…Tus palabras no dejan lugar a duda, y tu invitación es seria y deliberada. Sin embargo yo me dejo llevar por la timidez, me resigno, me refugio en excusas… prefiero seguir el camino trillado,… me contento con la espiritualidad rutinaria… Me temo que, si de veras me encuentro contigo, mi vida habrá de cambiar, mis apegos habrán de soltarse y mi tranquilidad se acabará… Sé que en mí es pereza, inercia y cobardía… falta de confianza en Ti, y quizá en mí mismo. Reconozco mi pusilanimidad, y te ruego que no retires tu invitación… Siervos tuyos en todas las religiones hablan de la experiencia que cambia sus vidas, la visión que satisface todas sus aspiraciones, la iluminación que da sentido a toda  su existencia. Yo, en mi humildad, deseo también esa iluminación, y la espero de tu Rostro, que es lo único que puede dar luz sobre su propia existencia a ojos mortales. Quiero ver, y al decir eso quiero decir que, quiero verte a Ti, que eres la única realidad que merece verse; a Ti, que con el resplandor de Tu Rostro das luz a la creación entera y a mi vida en ella. Ese es mi deseo y esa es mi esperanza… Voy, Señor, Dame la gracia de ver.»[3]


Pero ahí mismo sobreviene la tercera idea medular de esta fecha litúrgica: “La Palabra”. Para ir y ver tengo que llegarme asiduo a la Palabra.

 

Con mucha frecuencia entendemos de manera floja la transustanciación de la semilla en la Presencia Integra de Nuestro Señor Jesucristo, como si la única transustanciación fuera  la de la semilla de trigo, pero está también la semilla de la palabra: la parábola de hoy, la del sembrador, de la que siempre concluimos que Jesús es el Sembrador, pero, no sólo, sino también la Semilla. La semilla es de trigo, el trigo se hace pan, el pan se ofrenda como hostia, la hostia se hace comida y quien se hace alimento es Jesús. Pero, de la misma manera, la Palabra es semilla, nuestro pecho es su tierra, fértil o llena de abrojos, o pedregosa, o borde-caminera. Quizá nuestra “tierra” sea perezosa, cobarde, tímida, falta de confianza en Jesús, temblorosa en su exceso de egoísmo. Y, debería ser todo lo contrario, nuestra vida integra, debería estar iluminada y calentada por la Palabra.

«Hay que vivir el primado de la Palabra. Ahora no se lo vive. Nuestra vida está lejos de que se pueda decir de ella que está alimentada y regulada por la Palabra. Nos regulamos, aun en el bien, sobre las bases de algunas buenas costumbres, de algunos principios de buen sentido, nos referimos a un contexto tradicional de creencias religiosas y de normas morales recibidas… experimentamos por lo general muy poco cómo la Palabra de Dios pueda llegar a ser nuestro verdadero apoyo y consuelo, cómo pueda iluminarnos sobre el “verdadero Dios” cuya manifestación nos llenaría el corazón de alegría. Sólo muy raramente experimentamos cómo el Jesús de los Evangelios conocido a través de la escucha y la meditación de las páginas bíblicas, puede llegar a ser en realidad de verdad “buena noticia” para nosotros… La Misa dominical pasa a menudo sobre nuestras cabezas sin llenarnos el corazón y cambiar la vida. Nos parece que la palabra de Dios y la crónica cotidiana constituyen como dos mundos separados. Nuestra vida podría llenarse de luz al contacto prolongado con la Palabra, pero nosotros la pasamos en una penumbra perezosa y resignada. ¿Por qué no sacudirnos, hacer algo para que los tesoros que tenemos entre las manos den sus frutos?»[4]

 

                                                        



[1] Mesters. Carlos. CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo 4ª ed. Santafé de Bogotá-Colombia 1999.  p. 41

[2] Cerfaux, Lucien. LA TEOLOGÍA Y LA GRACIA SEGÚN SAN PABLO.  en SELECCIONES DE TEOLOGÍA Facultad de Teología San Francisco de Borja. Barcelona-España Ene-Mar 1967. Vol. M 6 No. 21 p. 12.

[3] Vallés, Carlos G. sj. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae Santander-España 8va ed. 1993. p. 123-124

[4] Martini, Carlo María. Card. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1995. pp. 440-441.