domingo, 3 de mayo de 2026

SANTOS FELIPE Y SANTIAGO

 

1Cor 15, 1-8

La Resurrección de Cristo es el punto central de la fe … Negarla es, entonces, negar la fe misma y poner una barrera insuperable en el camino de la comunidad.

José Bortolini

Tal vez no justipreciamos la magna importancia de la Resurrección. “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1Cor 15, 14). Esta cita está un poco más allá de la perícopa que hoy estamos tratando, pero, nos viene como anillo al dedo y como justificación a su estudio. Si se recorta esta Verdad, nuestra fe queda totalmente invalidada e impotente. Si no se acepta la Resurrección, se está diciendo que Dios permitió la Victoria de la injusticia; un poco más y peor de grave, se está diciendo que, a Dios, nosotros no le importamos ni un bledo, que nos creó como un padre-irresponsable, de esos que echan hijos al mundo por el afán de mostrar su poder de engendrar, por su malentendido “machismo”. Creer en Dios es aceptar que Él-es-Justo y que su Plan de Salvación comprende haber creado, también, las condiciones para construir esa Justicia.

 

En Corintio el tema de la resurrección dividía a los cristianos y a los simpatizantes que iban apareciendo:

a)    Los que decían que es absurdo hablar o pensar en la resurrección: que después de la vida hay nada.

b)    Otros pensaban que el alma es inmortal pero que la materia es un asco, sólo resucitaba lo “espiritual”.

c)    Había otra tendencia que creía que sólo iban a resucitar los que estuvieran vivos cuando Jesús volviera, pero que los que ya habían muerto, “muertitos” se iban a quedar.

d)    Para varios, resurrección significaba profesar la religión con mucha fe, pero nada tenía que ver con el futuro trans-mortal.

 

A muchas personas, muy “concretas”, no les gusta tocar el tema. Dicen que de eso no vale la pena hablar, porque de eso “nada sabemos y nada podemos saber”.

 

Sin embargo, hay que decirlo con todas las letras como lo dijera San Pablo -parafraseándolo-: Si la Resurrección no se acepta, es como tener una lancha a la cual le robaron el motor, con ella, sólo flotamos, no vamos a ninguna parte, cuando mucho llegaremos donde nos lleve el capricho del oleaje y de las corrientes líquidas; y se ponen en cuatro patas a buscar a ver si encuentran perforaciones en el casco, convencidos que Dios creó la lancha agujereada. O, en otras palabras, es una religión -no que ora de rodillas- sino que vive y muere arrodillada, en la más fatal acepción de la palabra. Recordemos que nos arrodillamos conscientes de la Real Majestad de Jesucristo, pero después nos ponemos y nos quedamos de pie para significar que Él nos comparte el regalo de Su Resurrección, no para volver a caer de rodillas, como Lázaro, que fue resucitado para esta vida mortal -provisionalmente-, y volvió a caer a la tumba.

 

En esta perícopa el hagiógrafo hace pie en el kerigma, pero sólo como antecedente, para después elevarse a lo esencial:

1)    Cristo murió por nuestros pecados

2)    Fue sepultado

3)    Resucitó el tercer día.

 

Lo esencial es hablar de la Resurrección. Hacer ver la Victoria en medio del decaimiento y el desánimo: Resucitado, se “apareció” al menos seis veces, como lo nombra el Apóstol de los Gentiles:

1)    Se le apareció a Cefas.

2)    A los Doce,

3)    A más de quinientos hermanos

4)    Después a Santiago

5)    Después a todos los apóstoles

6)    Y, por último, también a San Pablo.


«En medio de una sociedad idolatra, la comunidad pierde toda capacidad de resistencia y confrontación, porque si es cierto que la sociedad injusta mató a Jesús para siempre, no vale la pena luchar. El Evangelio sería mala nueva, pura fantasía». (José Bortolini)

 

Sal 19(18), 2-3. 4-5

Son Sólo 4 versos los que conforman las dos estrofas de la perícopa del Salmo Responsorial de hoy, que es un himno que plantea una lógica supremamente interesante: Dios no sólo ha regalado el mundo físico -con sus asombrosas ecuaciones- sino que también ha reglamentado la vida moral. Los 4 versos se toman de la parte donde se expresa el asombro por la Grandeza Divina plasmado en el orden Cósmico; y, se atribuye a un hagiógrafo distinto del que compuso la segunda parte, la del Dios-moral, donde reconoce que los preceptos de la Ley son otro regalo de Dios para la vida armónica de las criaturas.

 

En la primera estrofa: La sucesión ininterrumpida de días y noches y el vaivén ordenado de los planetas y de todos los cuerpos celestes, dan testimonio del portento de Dios. Y. esos fenómenos naturales, alaban al Señor, y -con el cumplimiento de sus matemáticos designios-, van trasmitiendo entre ellos, el murmullo de la hermosa armonía que Dios les enseñó y les infundió.


Nadie escucha palabra alguna, no hay ordenes, ni comandos, ni gritos castrenses, ni semáforos en la naturaleza, pero -cualquiera que se detenga un momento a observarla- no puede menos que quedar atónito ante la concordia de la máquina celeste. Nuestros telescopios, nuestras sondas espaciales, sólo son mudos testigos de la sinfonía universal.

 

Este bando es proclamado por el heraldo universal. Es el “kerigma” del orden natural. Nuestros ojos, y todos nuestros sentidos palidecen de asombro.

 

Jn 14, 6-14

Su resurrección no es un tema de futurología, es el hoy de Su Presencia en nuestras vidas.

 

Es sorprendente que, por medio de afirmaciones muy confusas, muy ambiguas, muy densas, Jesús -en el Evangelio Joánico- nos va revelando su perfil, hasta que las piezas muestran una claridad que se alcanza por medio del entretejido de esas frases tupidas y enigmáticas. Todo esto es constitutivo de este Evangelio tan altamente teológico.


Hay una sentencia de Carlo María Martini que nos lleva a reflexionar muchísimo: «Si el cristiano se deja llevar por la tristeza y el desánimo, aunque sea desanimo por los propios pecados, sin seguir creyendo en la fuerza de la Resurrección de Cristo, no vive bajo la acción del Espíritu de la Verdad». Y es que muchas veces ponemos el freno de mano allí donde nuestra fragilidad nos congela y parece demostrar nuestra incapacidad. En vez de ese entumecimiento, debemos sobreponernos, levantarnos, no sobre nuestras propias fuerzas, sino sobre las que nos concede el resucitado. El resucitado nos resucita, y nos incorpora con su Munificencia.

 

Jesús nos da una especie de eje, para que todo lo demás pivote en torno suyo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6): Cuando dice camino, no es para trazarlo en un plano, o buscar en él una dirección, o la vivienda de alguien, o el Centro Comercial; cuando dice que es la Verdad, no se refiere a la solución a las disputas de los intelectuales, de los conferencistas, de los grandes teóricos; y cuando dice Vida, no hace alusión al resumen final de una conciencia manchada que se presenta ante un tribunal para ser “sentenciada”. No es la vida vista desde la perspectiva de un “contador” que hace un “inventario”.

 

Está allí para caminar “sinodalmente”, construyendo comunidad, incorporándonos al Cuerpo Místico; está allí para tener certeza y desechar las dudas, y cuando dice Vida está allí para resumir todos nuestros fracasos y desvíos con sus gestos siempre Misericordiosos. No hace que lo malo se convierta en bueno, pero puede vencer toda la maldad junta para demostrar que el tamaño de su Amor es inabarcable, inconmensurable. Él podría perfectamente decir Yo-Soy la Ley que puede Salvar, Ley que no lleva a la condenación; Yo-Soy la Verdad porque soy Trasparencia del Padre; Yo-Soy la Vida, porque Soy-Eterno-Amor.

 

Cuando con la Ascensión, pasamos de la fase presencial-corpórea a la fase espiritual, la Presencia no se disminuye, se reencarna en nosotros, para que nosotros no nos quedemos

Ahí tirados, sino que seamos capaces de levantarnos. No nos caemos para que quede demostrada nuestra impotencia; nos caemos para que, al levantarnos, reconozcamos que solo La Fuerza Divina puede recuperarnos del penoso resbalón hacia el abismo.

 

Muchos de nosotros al caer, nos quedamos muy orgullosos sollozando sobre nuestra rodilla raspada, haciendo aspavientos sobre la -prácticamente imperceptible- laceración, como si ante un raspón, todos los médicos de mundo debieran acudir a participar de un coro quejumbroso, resignado, plañidero: ¡Nada se puede hacer! (Añádanse sollozos en off).

 

La Divinidad no usa la pedagogía de retenernos hospitalizados por años, sino que ¡nos da de alta en seguida y nos re-envía!

 

A nosotros -que fuimos creados a Su Imagen y Semejanza-, Jesús Resucitado se nos presenta como boceto general de nuestro propio Yo, para que -muy a pesar de nuestras deformaciones- seamos capaces de calcar lo que podamos; y cualquier matachín que nos resulte, Él lo re-hará, agradable a los Ojos del Padre.

 

No esperemos que nos reproche el largo tiempo que ha pasado a nuestro lado, porque toda nuestra duración terrenal, es para Él, nada más que un parpadeo y Él lo puede convertir en Guiño-Sonriente de Dios. Nosotros, -después de siglos de teología- aún nos cuesta asimilar la Presencia Sacramental del Padre en el Hijo. Lo decimos muy rápido, pero baja muy lentamente al corazón.

 

Nos pide creerle, y lo que nos cuesta no es tener fe, sino deshacer el intríngulis que significa “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”; se nos dificulta porque en nuestra realidad lo que es continente no puede ser contenido y a la vez, viceversa. No es que sea difícil creerTe, lo que nos parece problemático es entenderTe; pero, en vez de esforzarme, me doy por rendido, y sencillamente lo acepto: “Si tú, Señor, lo dices, así Es”. Y lo capto envolviéndolo en Amor.

 

No te pido que me muestres el Rostro del Padre, te suplico que me envuelvas en tu Abrazo, que me llenes de tu Luz para continuar tu Obra, y que todos seamos Uno en el propósito de darle continuidad a la Misión. ¡Que me dé cuenta que, si te miro, estoy mirando el Rostro del Padre! Y entonces, procedo a pedir que me empaques en Tu Amor, y como Dios es Amor, lograré contener lo incontenible de tu Misericordia.  Lo pido en Tu Santísimo Nombre. ¡Nombre sobre todo nombre!

sábado, 2 de mayo de 2026

CAMINO VERDAD Y VIDA


 Hch 6, 1-7; Sal 33(32), 1-2. 4-5. 18-19; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12

 

La fe es el más potente ansiolítico, así como la desconfianza es el más potente generador de ansiedad.

Silvano Fausti

 

Que tu amor, Señor, esté sobre nosotros, como nuestra esperanza está en ti.

Paul Claudel

 

A manera de preludio, quisiera proponer la siguiente idea de Bonhoffer: «Cristo no crea en nosotros un tipo de hombre, sino un hombre. No es el acto religioso quien hace que el cristiano lo sea, sino su participación en el sufrimiento de Dios en la vida del mundo. Esta es la metanoia: no comenzar pensando en las propias miserias, problemas, pecados y angustias, sino dejarse arrastrar al camino de Jesucristo, al acontecimiento mesiánico, para que así se cumpla Is 53.»[1] Nos referimos con mucha frecuencia a Jesús como Señor de la historia para referirnos al paso que da Dios de la dimensión kairótica, a la nuestra: No se queda allá “arriba” mirándonos como quien disfruta de un teatro de marionetas. Se dice fácil, pero nos cuesta entender y vivir todo ese paso: el “abajamiento”, su “solidaridad” con el ser humano, la “cruz”, su “muerte”, el “sacrificio” de su propio Hijo –que sí se lee con cuidado significa, ni más ni menos, que el Propio Sacrificio- porque si no hay amor más grande…. “que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 13), tampoco hay dolor más grande que el ver sufrir al Hijo-Propio; quien haya visto sufrir a un hijo, entenderá. Venimos de ver (en el IV Dominga de Pascua) la centralidad de la Cruz para el Pastor; y pasamos a ver, en este V Domingo de Pascua, la centralidad del Pastor en la metanoia de cada una de sus “ovejas”.

Él es el Norte, el Centro y el Eje

La centralidad de Jesús, su importancia como eje existencial, el hecho de ser respuesta a todas nuestras preguntas es esencia y fundamento de nuestra fe. Y, sin embargo, “importancia” y “centralidad” tienen que ser explicados y entendidos para que signifiquen algo, para que sea –más que una frase de cajón o una fórmula verbal que pretende decirlo todo y no dice nada- un eje práctico, aplicable, orientador, para que ser cristiano sea un llenar de sentido lo que de otra manera es un sin-sentido. En los momentos cruciales de nuestra vida –como ahora, y es que todo momento de la historia de cada persona es crucial- cobra protagonismo la urgencia de entender cómo Jesús es el eje, meta, modelo y respuesta de los grandes interrogantes que la vida nos plantea.

 

Jesús es importante porque Él es Camino, Verdad y Vida. Jesús es una forma de vida, Jesús es inspiración para superar el gran vacío del “individualismo”. Jesús nos articula con los más cercanos, con nuestros prójimos, superando la abstracción del humanismo que idealiza al “Hombre” pero trata con desprecio y hasta con crueldad al ser de carne y hueso, que está allí con nosotros, vive y sufre a nuestro lado, ese que no siempre colma nuestras expectativas, especialmente porque no es como nos lo imaginamos. Jesús nos muestra su cercanía, su aprobación, por el hombre con su lepra, con sus vicios y “pecados”, no nos habla de un hombre perfumado, emperifollado, nos habla de pescadores, de “funcionarios” estatales que recaudan impuestos, de prostitutas, de seres capaces de “traición”, en fin, escoge como última compañía, la de bandidos y muere a su lado. Y, sin embargo, todo lo ha hecho y todo lo ha apostado, precisamente por ellos.

«Khalil Gibran escribe en el profeta: “A menudo escucho que os referís al hombre que comete un delito como si él no fuera uno de vosotros, como si fuera un extraño y un intruso en vuestro mundo. Más yo os digo que de igual forma que el más santo y el más justo no pueden elevarse por encima de lo más sublime que existe en cada uno de vosotros, tampoco el débil y el malvado puede caer más bajo de lo más bajo que existe en cada uno de vosotros”.»[2] Viene al caso tenerlo muy presente porque sobre esa potencialidad, tanto para el bien como para el mal, duerme nuestra solidaridad humana, que es la raíz de la fraternidad; aún el más “monstruoso pecador” lleva en sus venas algo de nuestra sangre, esa genética que nos enlaza como hermanos, misma genética –que a pesar de todo- nos permite, llegado el caso, decir Abba, dirigiéndonos a nuestro Creador y Amantísimo Padre, que no tiene hijos de primera y segunda clase, que no conoce la palabra privilegio,… sino que hace llover sobre justos e injustos (Cfr. Mt 5,45).

 

Jesús nos propone, sin embargo, un proyecto no cerrado sobre esos cercanos, su propuesta no es ni exclusivista ni excluyente; no se conforma dentro de los límites de la cercanía; se abre, propone llegar más allá, ir donde otros, donde los diferentes, porque tienen otro idioma, quizás otra manera de vestir y de pensar, hábitos y costumbres diferentes. Pero su propuesta es “Llevar la Buena Noticia εὐαγγέλιον [euangelion] a todas las criaturas”; no se limita a un pueblo, ni a una raza, ni a una familia, la suya propia; su amplitud es la de los brazos abiertos, la de la acogida al que es “diferente”, por todos los rincones del κόσμον [kosmon] mundo. Es una propuesta católica (léase universal).

El da su vida, su propia vida para que nosotros tengamos vida, se entrega, sin guardarse nada. Su generosidad no da lugar a “cajas fuertes”, no escatima, no reserva nada, no se guarda, no esconde, ni acapara, supera con creces todo egoísmo, toda avaricia. Se da, se entrega. Y, precisamente da su vida para que nosotros tengamos vida, no cualquier clase de vida, sino vida a manos llenas, vida pletórica, plena y plenificada. La que Él nos propone es una vida abundante, sin menoscabos. “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10, 10b). Entrega la propia para comunicar vida a los demás; para que los demás puedan gozar de la felicidad de estar vivos. Hasta el extremo de dar, no una vida provisional, sino dar la vida con continuidad ilimitada, la vida eterna. Por eso, decimos sobre Él, que ha vencido sobre la muerte y que la muerte ya no tiene dominio sobre Él cfr. (Rm 6, 9). Comiendo su carne y bebiendo su sangre, adquirimos vida nueva y participamos en la Resurrección (cfr. Jn 6, 54).

 

Él es “la Verdad”, pero una vez más, nada de abstractos. No es ni un tratado de filosofía, ni un diccionario, ni una enciclopedia. Ni siquiera escribió por su puño y letra alguna obra. Él se auto-propone –porque el Padre nos lo ha propuesto- como desciframiento de todos los enigmas, como contestación a los interrogantes, como norte en nuestro mapa. Sus acciones nos permiten formular decisiones para nuestro quehacer vital-existencial.  Su verdad es tal que nosotros -al obrar- podemos lícitamente preguntarnos cómo lo habría hecho Él o qué habría hecho en tal o cual situación, y sin dudarlo, proceder con el mismo estilo, con estilo Crístico.


Sin embargo, pensar y decidir según la manera de Jesucristo tiene un condicionante: Habernos compenetrado con Él, lo que logramos sencillamente por medio de un doble ejercicio a) la lectura y meditación muy frecuente de la Sagrada Escritura, meditación que no es un ejercicio de solo yo existo, de leer e interpretar según mi gusto, mi capricho, mi modo de ver y entender; ¡no!, se trata de procurar una lectura comunitaria, con el apoyo de un grupo Bíblico, de un sacerdote, de tu párroco, de un catequista debidamente preparado; y, b) rogar al Espíritu Santo para que me conduzca, me ilumine, me regale para esa lectura el Don de la Sabiduría.

 

Si adoptamos otra forma de leer puede llegar a ser, inclusive, peligrosa, desorientadora, más malo el remedio que la propia enfermedad. Lecturas solitarias –en vez de conducirnos por la vía salvífica- pueden sentenciarnos, definitivamente, al extravío. Y no olvidemos nunca que los documentos más confiables para conocer a Jesús son los Evangelios y el Nuevo Testamento integro, que nos habla de Él, aun en forma indirecta, mencionando lo que sus discípulos vieron y compartieron, y que Él les enseñó.

 

…que sea capaz de salir de mi cascarón

Jesús conquistó la vida eterna, no para sí mismo, porque Él ya la poseía desde toda la eternidad; la consiguió para nosotros, para compartirla. Así es todo lo de Dios, Quien nada necesita puesto que es el Dueño de todo y de nada carece, pero todo lo que tiene lo dona, Dios es generosidad, es abundancia, es plenitud.

Así nos incorpora en Sí, nos rescata y nos une a Él, nuestras vidas pasan a ser vida en Él, nuestro ser se hace célula de su Cuerpo Místico. Él es –para seguir una comparación arquitectónica- la piedra angular, pero nosotros tenemos la oportunidad de entrar a formar parte de ese Edificio-Viviente, pasando a ser Piedras vivas.

 

«Señor, Dios, que vienes a mí,

concédeme la gracia de sentirme y de vivir

como piedra viva de tu santo templo.

Concédeme la voluntad

de tomar parte en la vida de tu Iglesia

para caminar junto a ti y a mis hermanos

sin inútiles nostalgias

y con los ojos bien abiertos hacía el futuro.

 

Concédeme, Señor, la fuerza

para salir cada día de mi cascarón

para estar presente y participar activamente

donde se crea la vida,

donde se concretiza el amor,

donde se construye el camino de la libertad,

donde se ensancha el espacio de la justicia,

donde se hacen brillar hasta las migajas de la verdad,

donde se engrandecen

las habitaciones de la esperanza, de tal manera que contribuya

al nacimiento de un mundo unido

como Tú estás unido al Padre y al Espíritu Santo,

como Tú estás unido a cada uno de nosotros,

sin importar que estemos dispersos por el mundo.

Amén.[3]

 

Poder andar por ese Camino es un Misericordioso Regalo de Dios, una Gracia: ¡Bendito Dios, cuya Misericordia llena la tierra!

 



[1] Bonhoeffer, Dietrich. PARTICIPAR EN EL SUFRIMIENTO DE DIOS EN UN MUNDO SIN DIOS https://usuaris.tinet.cat/fqi_sp04/bonho2_sp.htm#text23

[2] Citado por Vallés, Carlos G. sj. SIGLO NUEVO, VIDA NUEVA EL MILENIO DE LA ESPERANZA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 139

[3] Dini, Averardo. EL EVANGELIO SE HACE ORACIÓN T. 1. Ciclo A. p. 43

viernes, 1 de mayo de 2026

Sábado de la Cuarta Semana de Pascua


Hch 13, 44-52

Haré que seas Luz de las naciones,

para que lleves mi Salvación

hasta los confines de la tierra.

(Is 49, 6d-f)

En la cultura judía hay una categoría definitoria y definitiva, es la “primogenitura”. Ella codifica y establece un privilegio, un rango especial, es un carisma, Dios habla a la realidad a través del hecho de que le envíe como primer hijo a este ser, ese que nació primero, es príncipe, valga decir: “primero y cabeza”.

 

Una cosa indudable para este pueblo es que ellos -como comunidad- habían heredado en el corazón de Dios esta primogenitura, las promesas que habían anunciado todos los Patriarcas y los Profetas, estaban destinadas para ellos. Sin embargo, hay quienes rechazan esta primogenitura, hay quienes la trasfieren, también están los que comercian con ella, como el caso de Israel, que se la compró a Esaú, por el precio de un plato de lentejas. En tal caso, Esaú era el legítimo heredero, -aun cundo fuera el mayor solo por breves minutos, dado que eran mellizos-, y Jacob, un avispado, que se aprovechó del hambre de su hermano. (Recordemos que el nombre Esaú alude a que era muy velludo, lo que será pieza clave cuando Isaac -in extremis- vaya a transferir el Mando a su hijo primogénito y Jacob, se valga de un ardite, complotado junto con la mamá, para engañar a Isaac, el papá, cuya vista no le ayudaba ya, a discernir cuál era cual).

 

Ellos Bernabé y Pablo (“Hijo de profecía” y “pequeño”, que es lo que significan estos dos nombres), se sentían inclinados a ir ante todo a los judíos, inclusive, para ellos, este pueblo era el destinatario exclusivo del Mensaje divino. Pero, como ellos no aceptaron la invitación, rechazando el kerigma presentado, en estricta observancia de lo que Dios les dijo, cambiaron de destinatarios; empezaron a dirigirse a los “gentiles”. Ellos - Bernabé y Pablo- se sabían puestos por Dios como Κήρυξ [keryx] “heraldo”, “el funcionario que tenía la comisión de ir a avisar que el Rey llegaba”, “luz de los gentiles, para llevar la salvación hasta el confín de la tierra”.

 

¿Todos los gentiles que oyeron esto reaccionaron positivamente y se alegraron y se hicieron “cristianos”?  ¡No!, la propia perícopa nos informa que sólo “los que estaban destinados a la vida eterna”, alababan la Palabra de Dios y creyeron.

 

Este es un “nuevo punto de partida” que dio inicio a una oleada de conversión en aquella región. Los judíos, aquellos que rechazaban el llamado y se sentían amenazados por esta fe, buscaron aliados para desatar la persecución. ¿Quiénes se prestaron a entremezclar la cizaña con aquella predica tan buena? Las “señoras encopetadas” y “los principales de la ciudad”. Estos azuzadores lograron su cometido, hicieron desterrar a Pablo y Bernabé, quienes tuvieron que partir hacia Iconio (en anatolia Central) (Ver Hch 13, 51). ¿Cuál signo realizan estos dos “heraldos” a la hora de partir? “Se sacudieron el polvo de sus pies”, para librarse de la contaminación de uno de los males de que se vale el Malo, de la testarudez. Lo que demostraron estos judíos a los que Saulo y Bernabé tanto se esforzaron por trasmitir la Buena Noticia, fue su incapacidad para la conversión. A un contumaz, le queda cuesta arriba alcanzar su metanoia.


La obra había quedado cumplida, la semilla del kerigma había quedado plantada en Antioquía de Pisidia, en el centro-occidente de Turquía.  A este estado del asunto podemos tomarle el pulso en la última declaración de la perícopa de hoy. Exactamente, después de la partida de Saulo y Bernabé para Iconio, ¿cómo quedaron los antioquenos? El verso 52 nos dice que μαθηταὶ [matethai] “quienes habían logrado hacerse creyentes”, “los que habían asumido el discipulado”; “estaban llenos de χαρᾶς καὶ πνεύματος ἁγίου [charas kai pneumatos agion] “alegría y del Espíritu Santo”.

 

Sal 98(97), 1bcde. 2-3ab. 3cd-4.

Proclamo la victoria con los labios y lucho con las manos para que venga.

Carlos G Vallés. S.J.

Es otro salmo del Reino. El Reino ya está aquí, entre nosotros. Con la venida de Jesús, el Reino ha empezado a germinar. ¿Dónde está el busilis? En que:

a)    Hay que estar muy atentos para descubrirlo

b)    No se le ve con los ojos físicos, sino con los ojos de la fe.

 

Uno mira -por ejemplo- a Su Real Majestad, y ¿qué vemos? ¡A Jesús crucificado! ¡Un coagulo de sangre! Y -pobres los ojos- que no logran descubrir en Él, al Resucitado.

 

¿Será que Dios se goza en nuestra confusión? Si lo viéramos Glorioso, ¡seguramente nos iríamos a la cama a dormir tan tranquilos! Si de Jesús nos pusiéramos con jolgorio a contemplar su Victoria, Él nos estaría quitando la oportunidad de descubrir que nuestras pobres manos son las Manos de Cristo, que nuestra carne y nuestra sangre, tienen un propósito, la cristificación. ¡No la trasfiguración en estatuas de bulto! ¡No la inclusión en el canon! Sino, la tarea que Él mismo hacía, iba sembrando el bien sin cansarse por donde iba. Por todas partes con un corazón compasivo. -Lo que no exceptuaba que en su corazón ardiera en el celo por la Casa de su Padre-.

¿Cómo se canta, cómo se grita, cómo se vitorea, cómo se aclama? ¿Para qué nos ha revelado el Señor su Justicia? ¿Cómo un gesto de vanidad Divina? ¡No!

 

“No se enciende un candil para tenerlo escondido (o bajo un cacharro), sino que se pone en el candelabro para que los que entran vean la luz” (Lc 11, 37) ¡Para que creéis que el Señor nos ha encendido? ¿Para ponernos debajo de la cama? Toda la tarea se cumple cuando nosotros -con corazón compasivo- nos damos, manos a la obra, a la edificación del Reino, poniendo en el orden de comprensión, lo esencial, ¡hasta los confines de la tierra! No porque somos sus “pequeños” nos ha enviado limitándonos solo a rincones mínimos, a los escondrijos, sino -como dijera Papa Francisco- hasta las periferias existenciales: ¡Iglesia en salida!  

 

Jn 14, 7-14

Segunda parte de, Jesús en camino hacia el Padre

Todos somos pecadores, necesitados de ser purificados por el Señor. Pero basta dar un pequeño paso hacia Jesús para descubrir que Él nos espera siempre con los brazos abiertos, sobre todo en el Sacramento de la Reconciliación…

Papa Francisco

¡Atención que el Evangelio de San Juan nos va a hablar sobre cristificación! “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”. ¡! Nos va a descubrir que un proceso de fe no consiste en el planteamiento y requerimiento de un mar de peticiones personales, indudablemente muy nobles y urgentes; sino en pedirte que nos haga glorificadores de Su Padre. Hará -sin duda- todo lo que haga falta para que lleguemos a ser Glorificadores del Padre.


Regresemos al principio de la perícopa, porque según parece hay alguna condición para poder hacer las mismas y aún mayores obras… “Si me conocieran a mí…” ¡Ah! ¡Ya caigo! ¡tengo que conocerte a Ti! ¿te conozco o repito oraciones? ¿Te conozco o me he vuelto ritualista? ¿Me he vuelto como esos personajes del evangelio que tu tanto desdeñabas porque sólo alargaban los Tefilin? ¿Te conozco, te busco, leo tu Santa Palabra? ¿Me intereso por procurar entenderte? ¿Me esfuerzo por saber qué esperas de mí?

 

¿No se abrasaba nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Lc 24, 32

De alguna poderosa manera siento que me estás hablando. Que me estás retando. Que me planteas un desafío. Siento que tu imagen de Crucificado me plantea un cara a cara… Me parece que estás cuestionando mis rutinas contigo. Siento que me cuestionas hondamente en lo concerniente a nuestra amistad. ¿Hago lo que me propones o, me dedico a beber gaseosa con roscón? ¿Soy de los que disimuladamente emulsiono saborizantes artificiales a tu Mensaje para melificarlo, para quitarle el perrenque?

 

“Lo que pidan en mi Nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn 14, 13s). ¿Cómo se canta, cómo se grita, cómo se vitorea, cómo se aclama? ¿Cómo se te glorifica? ¿Qué puedo hacer para que sea verdad mi discipulado? ¿Qué hay en estas pobres, débiles y muy frágiles manos que viabilicen que -inclusive- en los confines de la tierra, se contemple la Salvación de nuestro Dios? «Jesús … se va, pero nos da la posibilidad de pedir y obtener para el futuro, que Él haga a través de nosotros, lo que ha hecho cuando estaba entre nosotros: nos amará siempre, para que también nosotros podamos amarnos.» (Silvano Fausti)


Nosotros también somos “keryx”, estamos llamados, invitados a «Comunicar el amor misericordioso del Señor: ¡esta es nuestra misión! También a nosotros se nos da como don la «lengua» del Evangelio y el «fuego» del Espíritu Santo, para que mientras anunciamos a Jesús resucitado, vivo y presente entre nosotros, enardezcamos nuestro corazón y también el corazón de los pueblos acercándolos a Él, Camino, Verdad y Vida». (Papa Francisco)

jueves, 30 de abril de 2026

Viernes de la Cuarta Semana de Pascua

                        

Hch 13, 26-33

Así Dios suscitó a Jesús como Salvador al final de la historia de su pueblo. Pues bien, prosigue la segunda parte del discurso, ese Jesús, que fue rechazado y ejecutado, ha sido resucitado por Dios. Según las Escrituras y la promesa de Dios, esto manifiesta que es efectivamente el Salvador. Y esto es precisamente lo que se os anuncia ahora.

Michel Gourgues

 

Hay dos discursos muy bien estructurados, dos perlas en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, muy bien desarrollados. El de Pentecostés (2, 14-36) y este, de la predicación sinagogal en Antioquía de Pisidia (13, 14-43). Ayer, hemos considerado este discurso hasta el verso 25; y hoy tomaremos de su segunda parte el fragmento 26-33; nos quedará luego, pendiente el segmento 34-52.  Se obviará el fragmento 34-43 que gira principalmente en torno al tema de Jesús preservado de la corrupción. -donde está contenida la sección final del discurso en la sinagoga en Antioquía de Pisidia, que no se incluirá en le liturgia; y, pasaremos directamente al fragmento 44-52, que estudiaremos mañana.

 

Bernabé y Pablo, -como ya lo decíamos ayer-al chocar contra la reticencia y la animadversión de los judíos, que no prestaban oídos, resolvieron dirigirse a los paganos, recogiendo una enseñanza de Isaías: (Is. 49, 6) que los animaba a ir hasta los mismísimos “confines de la tierra”.

 

Podríamos fácilmente detectar las ideas centrales de esta alocución: la “Salvación”, el “perdón de los pecados”, temas muy coherentes para dirigirse al auditorio judío. El enfoque se ha decidido -en orden a ideas propias de este auditorio, que podía llegar a ver en Jesús, al Mesías descendiente del linaje davídico, y como podemos ver, desde el inicio, Pablo se remonta a más atrás, hasta el mismo linaje de Abrahán. En este texto, a los prosélitos se les denomina “los temerosos de Dios”.

 

Algo que pone al descubierto este discurso es que, los judíos no pudieron descifrar el sentido de las enseñanzas de los profetas que usualmente había repasado una y otra vez en las Sinagogas, los sábados.

 

Volviendo sobre el kerigma, se señala en el discurso que Jesús, una vez muerto, fue descolgado de la cruz y conducido el sepulcro, de dónde Dios mismo lo rescató.

 

Después de su Resurrección el Señor se les manifestó en repetidas ocasiones -los que, habiendo venido de Galilea, lo acompañaron en la agonía y la crucifixión y muerte- donde los había emplazado a reunir, desde ya antes de su Crucifixión.

 

Y, luego, retoma el Salmo 2, citando el verso 7 בְּנִ֥י אַ֑תָּה אֲ֝נִ֗י הַיֹּ֥ום יְלִדְתִּֽיךָ׃ [ban ni at tah ani haw yo um ye lod ti ka] “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”.

 

El lenguaje de Pablo deja traslucir un cierre exclusivista para incluir solamente a los judíos, delimitación que en el lenguaje paulino se transluce cuando él habla de “descendientes” (ver Hch 13, 33) se está refiriendo al a promesa que Dios hizo a los descendientes del mismo linaje davídico.


En el verso 42 -que como hemos dicho no se lee, “Pablo y sus compañeros salieron de la sinagoga”, lo que marca la conclusión de esa escena. Pero hay una línea de continuidad en la solicitud que queda propuesta de que les siguiera desarrollando el tema en la siguiente reunión, a los ocho días, en el siguiente Sabbath. Mañana veremos que los judíos y los que se estaban pasando del judaísmo a la fe cristiana, acudieron puntualmente a la cita junto con casi todos los de la ciudad.

 

Sal 2, 6-7. 8-9. 10-11 y 12a.

Hay Salmos (7, por los menos) que se refieren a Dios como el Verdadero y Único Rey. El Sal 2 pertenece a esta categoría. Israel nunca pensó en el rey como dios, en cambio, reconoció en Dios a su Legitimo Rey. Su reinado ni tendría fin, ni tampoco límites: Su dominio estaba demarcado por los “confines de la tierra”. El presente salmo es un “discurso desde el Trono”. (Hagamos caber, aquí, la anotación que, cuando en nuestros labios de cristianos decimos Rey, estamos hablando del único rey que tenemos que es El Señor, y nunca aludiendo a algún político o gobernante: Desde nuestra fe -nunca desde la beligerancia- hemos prohijado la aclamación ¡Viva Cristo Rey!).

 

Nos parece tan importante que no podemos evitar repetirlo, que no se trata de una entronización, porque Dios está desde siempre y por siempre entronizado. Sino que se construye, siguiendo en paralelo una entronización, como la de os reyes humanos.

 

Este salmo está conformado por 12 versos. De ellos se toman 6 y medio, para organizar la perícopa que será proclamada. Con ellos se organizan tres estrofas:

 

En la primera se declara que Dios mismo ha delegado su Rey en Sion. Y ha hecho proclamar el reconocimiento de Su Propio Hijo a quien Él ha engendrado, en momento definido.



En la segunda estrofa hace entrega de su potestad sobre las diversas “naciones”, ellas entendidas como pueblos, -con sus hablas propias y sus culturas determinadas-; este Rey, usará su Cetro de Hierro para disolver las fronteras y los límites de pueblo a pueblo, como si hubieran sido delimitaciones hechas con barro cocido. Dios no conoce fronteras, convienen ratificarlo: toda frontera es un capricho humano.

 

En la última estrofa de la perícopa, conmina a los reyes terrenales a plegarse ante el Rey que Él ha designado. Puesto que es “Su Elegido”, llamándolos a la sensatez.

 

Es fundamental entender que aquí no lo ha engendrado porque lo haya puesto en un vientre de mujer, sino porque lo ha sacado del mismísimo seno de la tierra resucitándolo.

 

Jn 14, 1-6

Hoy iniciamos nuestro estudio del discurso de Jesús en la Última Cena, que dura cuatro capítulos, abarcando los capítulos 14 a 17, que nos mantendrá ocupados hasta el 16 de mayo. Forma parte del género de “las despedidas” y género en el que se incluyen los “testamentos finales”, Jesús dará, en él, sus instrucciones finales. El discurso prevé y anuncia las insidias que acosaran a los discípulos en el periodo post-Resurreccional, donde el ataque vendrá del paganismo a una vez que desde el judaísmo. Lo que más perturba a los apóstoles es la perspectiva de la “traición”. Lo que los lleva a padecer “tribulaciones en su corazón”.


Contra un sentimiento de desamparo: Existe una suerte de nerviosismo, de desazón, de inseguridad humana, cuando nosotros no nos cimentamos en el Señor. Es una situación de “perdida de la paz”, nos sentimos llevados de aquí para allá. Como una cascara de nuez bamboleada por el oleaje. El camino a seguir, es siempre una encrucijada. Miramos la ruta y sólo alcanzamos a distinguir un gigantesco signo de interrogación. Aquí la “turbación” es ya tentación, que bordea al abandono. Sintomática del impulso hacia la deserción.

 

Estamos hablando de la necesidad de poner la total confianza en el Señor-Jesús, reposando en Él y el Padre, poniendo toda nuestra fe y seguros que no seremos abandonados. Cobijados por su fuerza que se nos dará para que gocemos de firme solidez ante todo cuanto pueda sobrevenir. Jesús nos reconforta, nos tranquiliza, nos infunde un ánimo sereno. Él va delante para ir a amoblarnos nuestra residencia eternal. Él ha trazado un proyecto y ha deletreado la historia de nuestra fragilidad para sacar de ella una fortaleza inamovible. Él es nuestro Alcázar, nuestro Refugio, nuestra Atalaya.  “Jesús es el Templo en el cual todo hombre encuentra a Dios y encuentra el rostro del cual es imagen y semejanza” (Silvano Fausti)

 

Pronuncia el Séptimo “Yo-Soy”, como culmen de su ratificación de Divinidad: “"Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Juan 14,6).

 

Los seis anteriores han sido:

1.    "Yo soy el pan de vida" (Juan 6,35)

2.    "Yo soy la luz del mundo" (Juan 8,12)

3.    "Yo soy el que soy" (Juan 8,58)

4.    "Yo soy la puerta de las ovejas" (Juan 10,7)

5.    "Yo soy el buen pastor" (Juan 10,11)

6.    "Yo soy la resurrección y la vida" (Juan 11,25)

 

No hay que preocuparnos a lo “Tomás” por el mapa o por el GPS. “Tomás tendrá dificultad para creer que Jesús ha resucitado (20,24ss), precisamente porque ignora que el amor es el camino hacia la vida” (Silvano Fausti). Jesús es, también nuestra brújula. Dejémonos guiar, Él sabe bien por donde nos lleva, Él sabe bien a dónde hemos de llegar; Él va cuidándonos de los lobos, y no dejará que se pierda ni una sola de las “ovejas” que el Padre le ha entregado. Sino sólo “el que se había de perder”, el de la traición, el discípulo del Maligno.

 

Muchas veces pensamos que “tenemos” la verdad y que podemos adueñarnos de ella. «Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud de los tiempos, "se hizo carne", que vino entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no se puede aferrar como si fuera una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.» (Papa Francisco)

¡Creamos en Dios y aceptemos a Jesús, su Unigénito! Rey de reyes, Señor de señores. Él nos garantiza alojamiento en la Morada Celestial, donde hallaremos una vivienda definitiva. Pero creer -y esto no nos podemos cansar de afirmarlo- no es memorizar dogmas, o aprenderse diversos apartes del catecismo: ¡Nada de eso! «El camino no es una calle, sino una persona a seguir; la verdad no es un concepto, sino un hombre al que hay que frecuentar; la vida no es un dato biológico, sino un amor al que hay que amar». (Silvano Fausti) Creer es poner todo nuestro empeño en vivir una vida a la manera de Jesús-Cristo.