domingo, 6 de septiembre de 2026

Lunes de la Vigésima Tercera Semana del Tiempo Ordinario


1Cor 5, 1-8

Cuando algo no es acorde con la Ley de Dios, el agente de pastoral debe denunciarlo, además, de ser posible, ha de sugerir pautas de corrección. Hoy ingresamos en el Segundo bloque, que va desde 5,1 hasta 6,20. Donde Pablo corrige ciertos comportamientos totalmente anti-cristianos. Se trata de:

a)    Un hombre que convive con su madrastra.

b)    Alguien de la Comunidad que lleva a juicio a otro, que también es miembro de la Comunidad.

c)    La prostitución, que era un problema que los tenía azotados.

 

Estableciendo una parábola, Pablo compara la Comunidad por él fundada con una “masa ázima”. La ventaja sobre la masa con levadura, es que esta última se corrompe prontamente, le sale hongo y el pan se echa a perder. La masa ázima es mucho más duradera y mucho menos corruptible. La levadura significaba la corrupción que sintomatiza que la sociedad era injusta. La levadura era el signo de la corrupción y del pecado.

 

Sin embargo, en la sociedad hay un expediente: recurrir a la “mundanidad”, que maquilla -con toneladas de afeites- lo que es manifiestamente una perversidad, y le pone algún título rimbombante, lo que llamamos un “eufemismo”, que haga pasar lo bueno por malo o viceversa. Por ejemplo, del que vive con la madrastra se dirá que es un “verdadero macho”; del que lleva a su hermano de comunidad ante los tribunales, se dice “ese si no es bobo”; y, del que practica la prostitución se dirá “esa vaina se hizo para usarla, no sea pendejo”.

 

El que llevó la información a Pablo le pareció bonito chiste lo que estaba haciendo el que vivía con su madrastra.  La misma manera de contarlo traslucía que para tal caso, aquel podía ser considerado un “verdadero héroe”. Era una manera de cubrir la falta con una tonelada de tierra (o de maquillaje). Así lo que se alcahueteaba era un incesto. Los corintios veían todo esto como expresión de su libertad maximizada. En cambio, sin darse cuenta y tomar consciencia, estaban cayendo en el empecatamiento.

 

La medida recomendada es la de sacar a esta persona de la comunidad. Hacer evidente que no se cohonesta con estas cosas. No es un procedimiento ni un recurso personal de solución, se obra de tal manera ateniéndose a la autoridad que Jesús les ha otorgado. Este recurso es el que denominamos de “excomunión”.

 

No se vaya a pensar que este recurso es sólo una aplicación del poder recibido; por el contrario, se quiere favorecer tanto al pecador como a la comunidad, salvándola de su contagio. La comunidad debe ser favorecida para preservarlos del pecado como influjo endémico. A la vez, se busca que el pecador se arrepienta y regrese a los brazos perdonadores de la Comunidad.

 

Jesucristo está creando (horneando) esta camada de panes, que procede con masa ázima y mantiene pura su obra. Jesucristo es nuestra “Pascua”. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El castigo propuesto no rinde culto al castigo mismo, sino que es un recurso terapéutico para recuperar tanto a la persona como a la comunidad.

 

La comunidad se implica en la corrección, porque tiene que hacerse cargo de identificar el pecado y hacerse cargo del daño que causa y de cómo desmoraliza a la comunidad. Por su parte, el pecador, es “entregado a Satanás”, para que en su condición de abandono y desprotección se dé cuenta que el pecado lo conduce a su propio fin, que el pecado es autodestructivo.

 

En todo caso, lo que se quiere no es la perdición de aquella persona sino su regreso al cauce, para que en el Día del Juicio se haya restablecido la fraternidad.

La parábola del pan ázimo es contundente: Uno de los indicativos de la Pascua era el Pan Ázimo, no se podía permitir que se introdujera ni un poco de masa leudada, porque -la levadura, por poca que sea- hacía que toda la masa se corrompiera. Esto pasa con el pecado y con esta clase de personas que lo importan, soterradamente, traen la contaminación de la injusticia y la corrupción a toda la masa de la comunidad.

 

Sal 5, 5-6a. 6b-7. 12

Notamos que este salmo no tiene doble numeración capitular, hasta el salmo 9 la numeración es unificada, a partir del salmo 10 de la numeración según el texto masorético, comienza a ser diferente de la numeración litúrgica, según la Septuaginta.

 

Este es un salmo del huésped de YHWH. Todo lo que le inquieta en su propia vida, el hagiógrafo lo pone en las Manos de Dios, para que sea Él quien lo dirige, lo encamine y le dé las soluciones. En esto hay mucho -con cariz muy positivo- del abandono del hijo que se fía enteramente de su padre.

 

El sentimiento preponderante es el de un fiel que se siente resguardado por el blindaje que le concede Dios, es un blindaje inexpugnable, bajo su Manto protector nos volvemos victoriosos y nuestra victoria está asegurada.


Sin embargo, no quiere decir que el malvado, porque se siente “hijo” pueda contar también con esa protección: ni el malvado, ni el que ama la maldad, ni el arrogante cuentan con el respaldo de Dios.

 

El salmo rechaza esa suposición: Dios no es cómplice de los malhechores, Dios destruye a los mentirosos; a los traidores y, a los violentos los aborrece YHWH. Dios no será anfitrión de ninguno de estos perversos.

 

Entonces, ¿Quiénes serán los huéspedes de Dios? Los que se acogen al Señor, se llenarán de gozo y radiaran júbilo los que aman el Santísimo Nombre.

 

La antífona es el verso 12: “Porque tú, oh SEÑOR, bendices al justo, como con un escudo lo rodeas de Tu Favor”, ese favor es Su Blindaje. Nuestro ruego es para que Dios nos conceda este favor a nosotros, sus fieles seguidores. Donde hemos traducido “justo” dice צַ֫דִּ֥יק [saddik] en otra parte comentábamos, el “justo” del Primer Testamento es el que nosotros llamamos “Santo”, aquel que se ajusta enteramente a la Voluntad Divina, a Su Justicia.

 

Lc 6, 6-11

Seguimos viendo le relativo a la observancia del sábado y la controversia que implica la visión farisea frente a la visión cristiana. Para los fariseos, curar estaba prohibido en sábado. El escenario de la perícopa, esta vez, es la sinagoga, una vez más debemos recordar que esta palabra significa “lugar de congregación”. Aquí hay alguien que tiene paralizada la mano derecha, ¿qué significa?  Que no puede valerse, que no puede trabajar porque esta es la mano hábil, la mano que labora, que produce.

Uno pensaría que lo que se quiere es que todos puedan trabajar, y que el interés central es que todos puedan aportar al lucro y subvenir a la propia manutención. Pero no es así, en este caso, necesitan tener uno que esté incapacitado, porque sin él, no podrían ponerle la emboscada a Jesús, este “desvalido” es útil al sistema, porque les da la oportunidad de “marginalizar” al Mismísimo-Señor: Así podrán declarar que Jesús es impío. Impío en este caso es otro disfemismo (lo contrario de eufemismo) para maquillar el bien como maldad. Son las manipulaciones de la Verdad, tan caras al Maligno.

 

Podrían alegrarse de la sanación de la mano tullida, ¡pero no! a ellos les entristece que haya salud, que haya salvación; Dios -que nunca para de crear- recrea la mano tullida, destullece. Que alguien pueda trabajar, lo que llamamos “la disminución del paro forzoso”, o la “disminución del desempleo”, es una dicha para todos nosotros; la sociedad enferma -en todo caso- requiere siempre una capa de desempleados que abarate la mano de obra que labora: es así como tienen a la mano el argumento, “si no le sirve, hay doscientos en la puerta esperando hacer lo mismo por menos”.

 

La regla de no poder sanar en sábado podía exceptuarse cuando la vida de alguien estaba en peligro. Sin embargo, aquí se podría decir que no había peligro, que, si había estado desempleado mucho tiempo, un día más no cambiaba las cosas.  (hoy sabemos que cada día mueren personas de hambre y que un día más de estar pasando necesidad, no se justifica, porque es un día más de desesperación).

 

La vida no puede perderse ni permanecer disminuida por el padecimiento de la necesidad, por las angustias del desempleo, por las condiciones infrahumanas: Dios vivo no puede sostener ese estado de cosas, no puede ni quiere permitirlo ni un segundo más.  Los escribas y los fariseos, por su parte, darán un rodeo, como los levitas y los sacerdotes para no contaminarse con estas impurezas.


 

Cae como anillo justo al dedo, este Evangelio en el Día Nacional de los Derechos Humanos en Colombia, en la memoria de San Pedro Claver, Defensor de la igualdad y el respeto para todas las personas.

sábado, 5 de septiembre de 2026

SIGNIFICADO DE LA SINODALIDAD

 

Ez 33, 7-9; Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20

 

Dios nos ama con corazón de Padre.

Papa Francisco

 

El que tiene amor no hace mal al prójimo; así que en el amor se cumple perfectamente la ley.

Rm 13, 10

 

Pensemos -para iniciar- en el Escala de Jacob, esa bellísima imagen de una ruta para los mensajeros de Dios –los ángeles- que a través de ella suben y bajan en ocupado tránsito, uniendo las dos realidades, y transportando en doble sentido las dimensiones de lo humano y lo Divino, conectando, re-ligando en dinámica comunicación de ida-y-vuelta, con lo Celestial. La Escala de Jacob nos dice que no estamos solos: “Yo estoy contigo; te protegeré a donde quiera que vayas…” (Gn 28, 15a), es una metafórica manera de decir que el ser-humano es misericordiado por Dios. Un rasgo encantador de esta imagen consiste en que no es sólo de subida, con lo que inmediatamente recordamos que el Monte de la Transfiguración no estaba para quedarse a vivir allí; ni siquiera, para acampar en él, haciendo chozas. El Tabor, entrañaba un llamado al “descenso”, un desafío de aterrizar, de bajar a hacer contacto. Bueno, aún añadimos otro dato: Toda escala está constituida de elementos que facilitan subir o bajar, a los que llamamos “escalones” o “peldaños”. En la escala de Jacob, ¿en qué consisten, o cómo están diseñados los peldaños? Se trata de palabras-concepto que “iluminan al ser humano”, por permitirnos avizorar las realidades trascendentes los llamaremos peldaños teologales. Los peldaños teologales de la Liturgia de este Domingo XXIII Ordinario(A) son: en la 1ª Lectura: centinela, alertar al malvado; en el salmo: “nosotros el pueblo que apacienta, el rebaño que El guía”, Meribá y Masa (no dejemos escapar que estos nombres de lugar significan “querellar” y “tentar”, respectivamente; en la 2da Lectura: Amarás; y en el Evangelio: “si tu hermano te ofende”, el concepto fundante del “perdón”.

 

El profeta Ezequiel lo dice –oráculo del Señor- con suprema claridad, nos presenta sintéticamente nuestro encargo-misión: “Si yo digo al malvado: "¡Malvado, eres reo de muerte!", y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuentas de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida”. ¡Estamos avisados, se nos pedirá cuenta! ¡Tenemos que hablar! ¡No podemos quedarnos callados, ni, mucho menos, indiferentes! ¡Poniéndonos la camiseta de “yo en esas vainas no me meto”!


Esta responsabilidad que nos remarca la Primera Lectura, repasa la parte del Mandamiento del Amor que subraya el cuidado amoroso que debemos prodigarle al prójimo, como si de nosotros mismos se tratara. Es como si, de nuevo, le preguntáramos a Dios: “Soy yo acaso el guardia de mi hermano?” (Gn 4, 9) Y el Señor nos respondiera con ternura ¡Claro! ¿no te das cuenta que cada prójimo es tu hermano en Cristo Jesús

 

A San Pedro le fueron entregadas las Llaves, quedando así designado para ser primus inter pares, hoy –empero- el Evangelio, entrado de lleno en esa parte de Mateo -el cuarto sermón sobre la vida de la comunidad (Mt 18, 1-35)- que transfiere la tarea de la construcción del Reino encargada originalmente a los judíos, que es ahora delegada en nuestras manos, mientras en el Antiguo Testamento la medula de la comunidad discipular era el estricto cumplimiento de la Ley, ahora, en el Nuevo Testamento, es el Cristo-centrismo punto-pivota: Antes eran la palabras de la Ley lo que atraía la Santa Presencia, ahora lo que convoca la Shekina es el Santo Nombre de Jesús (Cfr. Mt 18, 20). En este caso “Nombre” se ha de entender como acogida a sus enseñanzas.

 

Según Isaías 22, 22 la llave se llevaba colgando del hombro de mayordomo: El que llevaba la llave al hombro tenía la autoridad para resolver quien podía entrara ver al rey y quién no. Caen ahora las Llaves bajo nuestra potestad y, para el encargo de ser mayordomos, somos quienes llevamos la cinta-cordón terciada; en el capítulo 18, verso 18- nos recuerda que la potestad inherente a ser mayordomo se entrega a todos los miembros de la Comunidad. No se trata de un honor, sino de una responsabilidad: cuidar y servir a nuestros hermanos. Y, esta responsabilidad que es compromiso de servicio es, pese a todo, honorifica, porque el Mismo Dios nos ha confiado servirlo a Él en el cuidado de nuestro prójimo. «… ahora confía a los discípulos el poder de “atar –desatar” … “se asiste a la trasmisión de un poder que, antes de Pascua, ejercía sólo Cristo de forma soberana”»[1]. Queremos decir con esto que vamos a volver sobre el significado de la mayordomía que hemos recibido, pero concentrándonos en una de las facetas de ese servicio: La corrección fraterna.


La que llamamos “la corrección fraterna” tiene su antecedente en una propuesta de los Esenios, nombre proviene del hebreo עשים [asaim] "hacedores", “cumplidores” ya que ellos decían "si la Torah lo dice, lo hacemos". Ellos en su metodología ponían tres fases:

i)      La falta ha de corregirse el mismo día que se comete.

ii)     Primero se le increpará ante “testigos”

iii)   Finalmente, será presentado ante el Consejo de Ancianos de la Comunidad

Compartieron mucho con otros judíos, como la Torá y los Profetas, pero reclamaron una interpretación especial, a veces esotérica, de las Escrituras.

 

Aquí en el Evangelio, esta metodología se adopta así:

i)      Hablar a solas con el que cometió la falta

ii)     Llamar testigos, en número plural

iii)   Llevar la acusación ante los “convocados”, para que se le trate, entonces, como si fuera un pagano o un publicano.

 

Sí, es interesante y placentero saber que Dios nos confió un Encargo, sin embargo, no será de mucha ayuda saber que estamos “encargados” si no podemos discernir las funciones que derivan de esa co-misión. Para dar la vuelta, en círculo, reiteremos que se ha entregado –en la persona de San Pedro- a todos los fieles, por eso no es misión sino comisión. Pero, otra vez tenemos que decir ¡Cuidado!, que no se vaya a suponer que, si se entregó a todos, podemos diluir la responsabilidad entendiendo que se dio a tantos que, así repartida, la que nos corresponde, tiende a cero y, por tanto, es nula. Al llegar a este Evangelio, por el contrario, lo que tenemos que lograr es sentir toda la densidad de la parte que nos toca. Es como si, el Evangelio quisiera recordarnos, con nombre propio, a todos los “ahijados” que tenemos. Así es, aun cuando no los hayamos acompañado a la Pila Bautismal, aun cuando no los hayamos ayudado a sostener para ser recibidos como miembros de la Iglesia, somos sus “responsables” y ese es uno de los significados de la palabra “Comunidad”: somos la Comunidad de los Convocados, entre otras cosas porque nos atañe una densa responsabilidad para con todos los miembros de la Iglesia, como si fuéramos todos padrinos los unos de los otros.

 

Esta ruta está decorada con señales de tráfico que nos orientan a cada paso. Una de las primeras reza así: La que llamamos “corrección fraterna” no puede manipularse como un pretexto para hornear rencores. Antes que nada, y primero que todo, el ejercicio de la corrección fraterna es el ámbito del perdón. En esta procesión, el adalid es el estandarte del perdón. La rectitud y la fuerza de la corrección fraterna se valida bebiendo en la fuente del perdón. Para llegar a la corrección fraterna tenemos que bautizarnos en el agua de la indulgencia, de la clemencia. No hay otra vía para poderla aplicar.


No se trataba de quién llevaba la llave colgada al hombre, sino del nuevo criterio que se aplica: antes el objetivo era “sacarlo”, “dejarlo por fuera”. “excomulgarlo”. Ahora, en cambio, la autoridad se ha dado para “recobrarlo”, para “rescatarlo”, para “dar una nueva oportunidad”; de manera que el que estuviera muerto volviera a vivir y el que se hubiera perdido fuera reencontrado (Cfr. Lc 15, 32).

 

La segunda señal de tránsito, eminentemente preventiva, nos indica: ¡Cuidado con usar la corrección fraterna como excusa para armar corrillos de insidia, para organizar círculos de discordia que envenenen con la crítica y el chismorreo! Se da el caso que –so capa de aplicar la corrección fraterna- se apela a otros rencorosos para armar un club contra alguien; o, para ir con acusaciones ante un superior, o simplemente, para no estar sólo en el ataque o, porque viendo a otro caído se experimenta la sensación que nuestro podio personal es más alto. Estas sociedades de intriga se atarean apilando acusaciones y arrumando exageraciones corrosivas. ¿Qué podría tener semejante conducta de “fraterno”? Así es, tenemos que comprender intensamente que el propósito de la corrección fraterna no es la persecución y el acoso; sino, muy por el contrario, se persigue salvar a “nuestro hermano”, nunca y en ningún caso, clavarle una daga. Lo que queremos es que el “caído” pueda levantarse y re-incorporarse a nuestro peregrinaje hacia la patria eterna, la Celestial, donde la Shekinah, la Presencia de Dios es Todo en todos. Sí, colguemos –en nuestra alma- un ancho pasacalles donde pueda leerse: “La corrección fraterna es para crecer, no para hundir”. «La crítica es útil en la comunidad, que debe reformarse siempre y tratar de corregir sus propias imperfecciones. En muchos casos le ayuda a dar un nuevo paso hacia adelante. Pero, si viene del Espíritu Santo, la crítica no puede menos de estar animada por el deseo de progreso en la verdad y en la caridad. No puede hacerse con amargura; no puede traducirse en ofensas, en actos o juicios que vayan en perjuicio del honor de personas o grupos. Debe estar llena de respeto y afecto fraterno y filial, evitando el recurso a formas inoportunas de publicidad; y debe atenerse a las indicaciones dadas por el Señor para la corrección fraterna»[2]

 

Tal vez conviene recordar aquí cómo –con el uso y el abuso- se desgastan las palabras: Es el caso de la palabra amor que fue degenerando para significar sólo las conductas y hechos sexuales, marginando así lo sustantivo, el anhelo de hacer el bien, de alcanzar el bien, de que el semejante alcance su plenificación, logre realizarse; así el amor se volvió un reducto de egoísmo, donde todo vale si propende a mi satisfacción, así sea la de las pasiones más bajas. Y cuando decimos aquí “semejante” no estamos haciendo alusión del que piensa similar, del que está acorde con lo que nosotros pensamos, «Como dijo un campesino: la gran desviación es que solemos confundir al prójimo con el semejante…»[3] No, cuando decimos semejante queremos decir semejante en cuanto es otro ser humano, aun cuando diste por leguas de nuestros pareceres. Otra palabra que se ha venido desgastando y desluciendo es la palabra “Padre”, y su decadencia y su venirse a menos es responsabilidad de nuestra fragilidad para comprometernos con las implicaciones de ser padres y de ser capaces de obrar como verdaderos padres, porque ponemos por delante nuestros egocentrismos. Suponemos que el Malo es feliz con este declive de las palabras, especialmente porque son las categorías medulares de la Salvación: Nosotros necesitamos entender que Dios es Amor, pero si la palabra “amor” ya no nombra lo que Él es ¿qué hacemos? Y si nuestra fe ha remarcado que Dios es Padre, ¿qué entenderemos por Padre si el papá se va por otro lado abandonando a su prole y dejándola librada al azar? No ha sido menos mala la suerte de la palabra hermano, cuando hemos perdido la tolerancia para sobrellevar la fraternidad y hemos abandonado todo esfuerzo por apoyarnos como verdaderos hermanos y más bien nos hemos acomodado a conductas francamente cainescas. Y, “hermano” es otra categoría fundamental para hablar de la Comunidad Eclesial, nos cuesta ejercer la fraternidad en la comunidad familiar, pues al hacerla extensiva a la Comunidad de la Fe la palabra queda desvaída y francamente raída, para decirlo con brevedad: ¡no sabemos ser hermanos!

La evangelización tiene que llegar hasta allá, y ser capaz de ir aún más lejos: Hay que recobrar esos significados, hay que deseducar en el egoísmo y aprender a caminar por las rutas del desprendimiento, de la generosidad, del servicio. Tenemos que comprender que la fe está hecha de esas materias: de saber amar, de reconocer en Dios a un Padre y   de ser capaces de reconocer en cada prójimo a un hermano. Y, el siguiente paso será llevarlos siempre en mente, para aplicarlos a todo momento y en toda circunstancia.

 

En una tercera señal caminera leemos: ¡No nos quedemos cortos no haciendo el mal porque el cristiano se caracteriza por hacer el bien! Cuando alguien cae se torna, aun sin quererlo en un Caín –figura del pecado contra nuestro hermanos- esa persona necesita ser “rescatada”, tenemos que volverla a adquirir para su Salud. Eso es lo que nos reclama Jesús, llamarle la atención, invitarlo a volver, ganarlo. El verbo griego en el evangelio es ἐκέρδησας conjugación de κερδαίνω adquirir. Ahí conecta con Caín [Qayin] este nombre etimológicamente significa “me he adquirido” como nos lo explica Gn 4,1 por boca de Eva: “Gracias a Yavé me he adquirido un hijo”. Así, por nuestra naturaleza pecadora estamos inclinados a fallar, pero gracias a Yavé, Sólo Misericordia, estamos previstos a ser re-adquiridos, no a quedarnos perdidos. Dios nos ha marcado en la frente, con la señal de la Cruz, en el bautismo, señal ya vaticinada en Gn 4, 15d, para impedir que nos maten, porque el Mismo Dios nos preserva pese a haber caído. Pero, no nos contentemos con no castigar matando, comprometámonos a rescatar, a re-adquirir. Inclusive si alguien nos fuerza a excomunicar, será un recurso extremo en procura de su redención. Como un clamor de campana que gritara: “Te has hecho el sordo a la corrección, ahora tocamos la campana de la excomunión para que no puedas pretextar que no oíste, que no te diste cuenta de nuestro llamado clamoroso a volver por el buen camino”.

 

Leamos, además, otra seña vial que nos advierte contra la actitud sectaria que aglutina comités, cortes, tribunales, y que bajo el expediente de la defensa de la “doctrina” condena con el satánico esfuerzo de inocular la división. Ay de los que atentan contra la unidad, la que quería Jesús, sólida y firme como la que se da entre el Padre y el Hijo. A ellos los honra su fortísimo deseo de preservar la ortodoxia; los degrada el incurrir –quizá involuntariamente- en el fanatismo. La Iglesia está llamada a preservar lo tradicional, pero, también está obligada a un constante aggiornamento, eso sí, sin desviarse ni un ápice de la Verdad de Jesucristo. Mantener la indisoluble unidad de esta moneda: la cara (la tradición apostólica) y el sello (la necesidad histórica de abrir la ventana y dejar que el Espíritu Santo sople con los vientos de la actualización; la Iglesia para ser fiel a Jesucristo no puede oler a moho). «La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. La humanidad alardea de sus recientes conquistas en el campo científico y técnico, pero sufre también las consecuencias de un orden temporal que algunos han querido organizar prescindiendo de Dios. Por esto, el progreso espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán desordenado por los placeres de la tierra, que el progreso técnico pone con tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha invadido ya a muchos pueblos.»[4] En medio de ese marasmo navega la Iglesia, nuestra nave, en la que vamos juntos. No podemos callar ni –mucho menos- ignorar.


Con estos peldaños teologales firmes, respetando estas señales camineras, congregados como verdaderos hermanos de Jesús; Papa Francisco citaba a San Alberto Hurtado para clarificar estas responsabilidades, esta mayordomía: «Serán, pues, métodos falsos todos los que sean impuestos por uniformidad; todos los que pretendan dirigirnos a Dios haciéndonos olvidar de nuestros hermanos; todos los que nos hagan cerrar los ojos sobre el universo, en lugar de enseñarnos a abrirlos para elevar todo al Creador de todo ser; todos los que nos hagan egoístas y nos replieguen sobre nosotros mismos». Y, añadía: “El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, hombres y mujeres consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano, que sepan detenerse ante el caído y, al igual que Jesús, ayuden a salir de ese círculo de «masticar» la desolación que envenena el alma”[5].


 

P.S.

«…en Cristo por el bautismo, estamos confiados los unos a los otros» (Por una Iglesia Sinodal. Documento final #46).



[1] Le Poittevin, P. Charpentier, Etienne. EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO. Ed. Verbo Divino Estella-Navarra 1999. p. 54 Citando a E. Cothenet. SAINTETÉ DE L´EGLISE ET PECHÉS DES CHRÉTIENS : Nouvelle Revue Theologique 1974 p. 469

[2] JUAN PABLO II AUDIENCIA GENERAL miércoles 24 de junio de 1992

[3] Mesters, Carlos CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999. p. 62.

[4] JUAN XXIII.  CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA HUMANAE SALUTIS.

[5] DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO. ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS, CONSAGRADOS/AS Y SEMINARISTAS.  Catedral de Santiago, martes, 16 de enero 2018.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Sábado de la Vigésimo Segunda Semana del Tiempo Ordinario

1Cor 4, 6b-15

Soy yo quien los ha engendrado para Cristo Jesús

Según nuestro mapa de la estructura de este Libro que, como ya lo dijimos, para efectos de su estudio, lo hemos parcelado en siete bloques, hoy entramos a la cuarta y última parte del primer bloque. En esta perícopa de hoy, se hace un contrapunto entre la situación de los que se han dado a la tarea de llevar el anuncio, y -como contraparte- los miembros de esta comunidad que como hijos han heredado un tesoro, el tesoro del Reino que Jesucristo les ha traído y que Pablo, junto con Apolo les llevaron, junto con otros predicadores que fundaron la Comunidad Corintia.

 

No deben enfrentarse ni crear separaciones entre unos y otros, porque unos hayan recibido el anuncio por vía de un portador y otros por el trabajo y desvelos de otro. Lo importante es mantenerse firmes en la Verdad del Mensaje y no andar fracturando la Unidad porque unos sean discípulos del uno y otros de otro. Quien haya llevado “la carta” no es lo valioso, no importa quien haya actuado como cartero, importa que les haya llegado la carta -portadora del mensaje- a sus manos.

 

La comunidad se aleja de Pablo y es la arrogancia la que los aparta y los va llevando al desvío. Siempre es amenazante cuando los frutos de nuestra fe nos embriagan y en nosotros viene a florecer la toxina del éxito. Pensamos que en muchas oportunidades nuestros poderes -los que Dios nos da para respaldar nuestro testimonio-, se bloquean, precisamente porque al ejercerlos, nos descresta la obra de Dios por medio de nosotros: llegamos a dudar si es obra de Dios, o quizás, somos nosotros solos, los que traemos tanto poder. Por eso se seca la fuente y no fluye más.

 

Sería grave que los carteros por el camino abrieran los sobres y adulteraran el contenido. ¡Eso sería muy preocupante! Pero, mientras el contenido de la correspondencia se mantenga intacto, todos deberían estar felices de las abundantes contrataciones de la “oficina de correos”, porque a mayor número de carteros, más pronto y con mayor eficacia llegará la correspondencia a su destino, así no tendremos que quejarnos por “falta de obreros para la mies” (Cfr. Mt 9, 37-38 y Lc 10, 2).

 

Es asombroso que en una comunidad surjan envidias y se generen roces porque hay abundancia de “carteros”, ¡bendito sea Dios que ha socorrido más jornaleros! La siembra será más amplia y más pronta. Lo que hay que cuidar es la fidelidad del Mensaje.

 

Los que actúan como “apóstoles” los que se ponen en la punta de la lanza en la tarea del anuncio, les corresponde jugar el papel de “locos por Cristo”. Y pese a todo, tenemos que soportar ser tratados como a la “basura del mundo”.

 

Dice San Pablo que él es -por así decirlo- el papá de la comunidad en tanto que fundador, y que esa gloria no le puede ser hurtada, porque su existencia como Comunidad parte del hecho fundacional; y al padre se le podrá reprochar otros defectos, pero el dar vida a la fe, ya lo indemniza de cualquier otra falla de que se le pudiera acusar.


No le damos suficiente importancia a la paternidad espiritual. ¡Bienaventurados los que llaman y abren las puertas de la fe, ellos serán llamados discípulos de Jesús, inclusive, apóstoles!

 

Sal 145(144), 17-18. 19-20. 21

Todas las épocas tienen sus altibajos, sus dificultades, sus laceraciones y sus piedras de tropiezo. Es difícil compararlas: a veces nos parece que la nuestra es de las peores, pero en cada edad “se han cocido habas”. A nosotros nos ha tocado como caldo de cultivo una era de incredulidad y ateísmo, y cierto que la navegación se dificulta bastante con tantos icebergs flotando acelerados en el oleaje que nosotros tratamos de sortear.

 

Jesús es nuestro radar para detectar, ya desde lejos, las amenazas flotantes que se nos vienen encima, y nos va llevando con su Sapientísima Guía por entre todos esos gigantes de hielo portadores de desgracia y del congelamiento de la fe.

Como si fuera poco Jesús nos trae un nutrimento vitamínico que nos hace agiles para todas las maniobras, que, para estar a salvo, requerimos. Este es un salmo de la Alianza, un salmo alefático, donde cada estrofa -como un acróstico, inicia con una de las letras del alefato. La fórmula es magistral, todos los días “hablar bien” de Dios, traer al escenario de nuestra consciencia, la claridad del Dios que nos protege, del Dios que es Salvación, del Dios que es Digno de toda Alabanza. Del Dios que reina en nuestras vidas y al que le ofrecemos nuestro corazón por Trono: ¡Dios cuyo reinado es perpetuo!

 

En la primera estrofa tenemos tres rasgos divinos que queremos bendecir: a) Dios es Justo b) Dios es bondadoso en todo lo que hace, c) Dios es un Dios cercano, no interpone ninguna distancia, no saca pretextos de lejanía para descuidarnos.

 

En la segunda estrofa, nos explica cómo se desvela y como nos tutora como “Tierno y Dulce Pastor”: a) satisface nuestros deseos, b) escucha nuestros clamores de salvación, c) guarda a los que lo aman, d) sólo permite el castigo de los malvados.

 

En la tercera estrofa nos dice que, por los motivos antes señalados, la misión de nuestra vida es cantar y contar bendiciones para nuestro Dios y Señor.

 

La antífona nos lleva a repetir por cuatro veces que Dios es “cercano” y especialmente lo es, con aquellos que a Él claman.

 

Lc 6-1-5

Solideo: Por encima del hombre, solo Dios

Seguimos viendo la actividad de Jesús en Galilea. Jesús pone todo su esfuerzo en sacarnos de la “cuadricula religiosa”, la que ritualiza la fe en fórmulas culticas, la que prefiere el legalismo -como fetichización de la fe-  y le sacrifica a ese ídolo la Bondad Divina, que siempre fluye, libre y sanadora, siempre priorizando la dignidad de la persona por encima de los bloqueos sabáticos. En esta parte del evangelio lucano, Jesús levanta blindajes y libra el poder de Dios de las férreas interpretaciones cultuales relativas al Sabbath.

Para mostrarles cómo hay que flexibilizar y “humanizar” la ley, Jesús les da un ejemplo Davídico: "el Pan de la Presencia," o "el Pan de los Rostros." Quiere decir que estaban continuamente delante de su Rostro, en el Lugar Santo, sobre la Mesa de los Panes de la Proposición, que se podría traducir “Panes del Ofrecimiento”, 12 panes que representaban a las 12 tribus de Israel, presentados y puestos en el Templo de Jerusalén, en la Presencia de Dios. Los panes eran un reconocimiento simbólico de que Dios era el recurso para la vida y el sustento de su pueblo, Israel; y también servían como un acto de agradecimiento de Israel a Dios. Estaban destinados a que Dios los comiera.

 

Y Jesús lo que nos trae a la memoria es que, en cierta situación, en la que David y los suyos tuvieron hambre, no se pararon en “leyes”, y pusieron por delante la necesidad humana. Con este ejemplo, Jesús nos lleva de la mano hasta una poderosa conclusión: El Hijo del hombre es Señor del Sabbath.

 

Sólo que si hay una cosa que empodera la testarudez de los ritualistas es la fuerza de la letra. A ellos no les bastó la enseñanza, y una y otra vez lo cuestionaron y lo juzgaron, porque para ellos la visión “cuadriculada de la fe”, convertida en un amasijo de fórmulas y preceptos era más importante. Es más, todo el odio que descargaron contra Él y que lo llevó a la crucifixión, estaba empapado de ira por contradecirles su fetichización del legalismo como fundamento de la fe. Así como para otros, el tema era “de quien se era discípulo”, para estos la cuestión está en la preceptualidad del Sábado. Para ellos, el precepto era su padre: se llaman “Bar Mitzvah” hijo del precepto, o “Bat Mitzvah” en el caso de una mujer.  Según ellos, El Sabbath estaba totalmente por encima del Hijo del hombre.

Nosotros nos sorprendemos y nos escandalizamos de esto, pero tenemos nuestros propios “fetichismos” religiosos, que no queremos que nadie nos toque. No podemos quedarnos en la anécdota; hay que superar la historieta y revisar ¿qué anquilosamientos de la fe nos victimizan y nos condenan a la parálisis? Citamos el caso de aquellos aspectos en los que la Iglesia abre sus brazos al diálogo interreligioso y nosotros decimos: “me importa un rábano, yo, por mi parte, mantengo mi persecución, al horno con ellos”. Por solo dar un ejemplo.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Viernes de la Vigésima Segunda Semana del Tiempo Ordinario


1Cor 4, 1-5

No hay que anticipar el Juicio

Si el agente de pastoral no se orienta hacia Jesús crucificado, crea una caricatura de comunidad. En primer lugar, él mismo es infiel, pues se hace señor y no servidor. Además, impulsa en la comunidad la competencia de los fuertes en perjuicio de los débiles. Aun el mismo agente que se pone al lado de los débiles es marginado.

José Bortolini

Dios, en la Persona de Su Hijo, Jesucristo, se ha elegido un pueblo, una comunidad de creyentes que lo asisten en el Anuncio del Reino. Se concentra en mostrar a Jesús, no como un triunfador constante al que todo le sale bien; por el contrario, mostramos las dificultades reales y los tropiezos constantes que salpican la Misión. No escondemos a Jesús Crucificado, pero eso no nos lleva a disimular que Jesús Resucitó. No disimulamos el martirio como compañero constante de nuestras procesiones, pero no nos empeñamos en sembrar desasosiego, sino que sacamos a flote todo el destello enceguecedor del Resucitado que resplandece Victorioso como un Adalid que nos lleva certeros y seguros hacia la Jerusalén Celestial; tampoco mostramos el Malo como una caricatura bonachona, porque sabemos que es definitivamente “puerco” y que nos alza barreras para desalentarnos y tratar de hacernos desistir.

 

Quienes quieren animar a otros al seguimiento de Jesús, no lo lograran con palabras altisonantes y “discursos veinte-julieros”. Su máximo riesgo es que, en lugar de ser servidor, se quiera convertir en señor; y en vez de pastor que vela, quiera ser arriero que maltrata. Los agentes de pastoral no pueden ser capataces que hagan restañar sus laticos en las espaldas de los fieles. La pesca de los discípulos no es para hacerse banquetes propios y dar opíparas cenas. El agente de pastoral tiene claro que es servidor y que el rol que desempeña no es de capataz sino de “ministro” (la palabra ministro está emparentada con la palabra minus, que significa “el menor”, o sea, “el que sirve”).

 

En este proceso, la falla está en dar “privilegios” y poner por delante a los “Más fuertes” a los aristócratas, a los importantes, a los que desempeñan roles gubernamentales, y a los que están enamorados del poder. El fuerte tiende a marginar a los débiles.

 

Que la gente no vea en nosotros “capataces”, que vea servidores y ministros de su Bondad. Nosotros seremos trasparencia del Misterio, pero no se debe entender el misterio como “lo misterioso”, sino como aquellas maneras como Dios nos habla, se nos comunica, pero nosotros en nuestro afán, en nuestra distracción, en nuestra des-espiritualidad, no nos damos por aludidos, menos por enterados.

 

¿Qué rol jugamos nosotros ante el misterio?, ¿Damos acceso a Él?: ¿Acercamos?. ¿Nos convertimos en “facilitadores de Dios”?. (No vayamos a entender esto como un abuso de simplificación, como un exceso de facilismo; hay que facilitar la entrada, no hay que reducir a Dios a un montoncito de puerilidad, de niñería, de simpleza. Hay que ayudar a las personas a acceder, no a caer en el “sencillismo” que -por el contrario- lo único que logra es trancar la puerta de acceso.

 

Ya hemos advertido para que no entremos en el marco de una religión mistérica que bloquea el paso declarando la Verdad de Dios una Verdad inaccesible. El misterio es revelable, lo que siempre recordamos es que no lo podemos agotar, no podemos consumirlo, ni apresarlo, ni abarcarlo, ni meterlo en una caja, ni hacerle una prisión disfrazada de altar.

 

Por el otro lado, está la prohibición de juzgar, pero lo prohibimos para poner barrera que nos proteja, no para defender a Dios, (que no necesita que lo defendamos) ya que, nunca se siente amenazado. Ahí está la clave de Dios, Dios nunca se siente amenazado porque su Grandeza es tal que no podrá ser jamás alcanzado; no obstante, nosotros al defender su Grandeza, -como somos limitados- sentimos que se van a apoderar de la zona de Misterio que queremos acaparar. La raya de tiza que trazamos alrededor es para proteger nuestro monopolio, ¡no para proteger a Dios! Quién no necesita ser protegido (lo hemos reiterado tres veces porque es una realidad fundamental de la teología).

 

Hay otra verdad fundamental que está aquí anidada y que todos podemos pronunciar asumiendo sus consecuencias: ¡Mi Juez es el Señor!

 

De esta verdad se desprende un corolario, no nos pongamos a adelantar el Juicio Divino tomando a nuestro cargo juzgar a los demás: lo que hay que hacer es esperar a que el Señor venga y sea Él quien juzgue.

 

Y es que siempre hay campos de sombra que no podemos penetrar, sólo el Señor cuando llegue Glorioso, con Su Brillo iluminará todo rincón -por más secreto que sea- y se podrá al descubierto todo lo que tan celosamente hemos ocultado; entonces saldrán a la Luz todos los “guardados”.


Traduzcamos la palabra “guardado”: lo que se oculta para tratar de sacar provecho de la fe; distinto a las intimidades de cada quien, que tanto adoran los cultores de los “realities”, pero que son informaciones que a los demás no les sirven para nada, aun cuando haya profesionales del periodismo amarillista es una atronadora forma de cultura que consiste en meterse en la ropa interior del prójimo para escandalizar, con el lema de “eso vende”.

 

Sal 37(36), 3-4. 5-6. 27-28. 39-40

Este salmo es uno de la Alianza. Son 8 versos organizados formando cuatro estrofas. La antífona nos garantiza que el Señor es la Fuente de la Salvación. Y precisa, no todos pueden beber de esa Fuente, que está reservada a los “Justos”. Lo que en la antigua Alianza se llamaba un “justo”, es lo que en la Nueva Alianza se llama un “santo”. Sólo quien se mueve dentro de los parámetros de la santidad podrá beber de las aguas de la Salvación.


La Alianza que promete una Salvación nos habla de una bina muy liviana (como lo es el yugo del Señor): descanso y espera. La cultura de la muerte está inmersa en una atmosfera de afán, de precipitud, de angustia, de inmediatez, de peligro, de zozobra, de muerte súbita e inopinada. Nosotros también hemos caído en el engaño, tenemos que tener un ritmo frenético, tenemos que saltar de actividad en actividad, esos son los parámetros del Malo, corra, afánese, desespérese, angústiese, viva cautivo de la adrenalina. Todas estas palabras nos alejan de la confianza en el Señor y nos urgen a entrar en un juego de “rápida productividad”, el ritmo tiene que ser demencial, sin un respiro… Inclusive llegamos a la consigna de “cualquier momento de descanso es pábulo para que el Diablo te ataque”. Y, entonces, ¡Urra, que viva el activismo!

 

¿Cuál es la consecuencia más inmediata? no hay tiempo para orar, no hay tiempo para hablar con Dios, no hay tiempo para nada relacionado con la fe (ellos dicen que “son bobadas de lambe-ladrillos”) tampoco hay tiempo para participar en la Eucaristía. No hay tiempo para un retiro, no hay tiempo para nada que sea vida espiritual. ¡Sólo hay tiempo para “no tener tiempo”!

 

Miremos los peldaños del salmo

i)              Confía en el Señor y haz el bien.

ii)             Encomienda tu camino al Señor, confía en Él.

iii)           Apártate del mal y haz el bien.

iv)           El Señor protege y libra a los justos de los malvados.

 

Y, en vez de tanta desazón desesperada entrar en la calma para construir una relación de verdadera y profunda amistad con Dios. Tomar la firme e inamovible determinación de servir al Señor; pero en vez de un servicio abstracto, indefinido, consagrarnos a servirle en el hermano/hermana, en cada pequeño, preferencialmente en los desvalidos, en los vulnerables: eso es lo que significa apartarse del mal y hacer el bien.

 

En síntesis: ¡Confía en Él y Él obrará!

 

Lc 5, 33-39

El hombre nuevo se revestirá de una vestidura nueva

La libertad cristiana y la obediencia cristiana son docilidad a la Palabra de Dios, y hay que tener esa valentía de convertirse en odres nuevos, para este vino nuevo que viene continuamente. Esta valentía de discernir siempre: discernir, digo, no relativizar.

Papa Francisco

Hemos dejado atrás ciertos episodios muy interesantes de la actividad de Jesús en Galilea, que leemos en el ciclo impar-, a) El llamado de los discípulos, b) la cura del leproso, c) el perdón y la cura del paralítico, d) el llamado de Leví.


Mientras Jesús esté con nosotros, no podemos refrenar la dicha, nuestro corazón y toda la espiritualidad de nuestra vida debe desbordar su alegría. Resulta casi inimaginable, impensable que vivamos sumidos en una religiosidad depresiva y que no trasparentemos la dicha de estar con el Señor. Nos inventamos rutinas “piadosas” para aparecer muy dolidos y rotundamente lánguidos; pero, eso sí, que no nos pidan que anunciemos el Evangelio, porque eso es tarea de “profesionales: sacerdotes, monjas y frailes”. Nosotros asumimos el rol de las plañideras en el velorio, y el Anuncio, lo relegamos porque estamos muy comprometidos con la parte contrita, con el rol lloroso, con el canto del réquiem y con la faz cariacontecida.

 

Según este lineamiento, alcanzamos la aprobación de los fariseos recostándonos -por ejemplo- en el ayuno; en cambio, los que trasparentan el gozo de Jesús en sus vidas, a esos se les desautoriza, porque no están de luto y bañados en lágrimas, quizás -inclusive- flagelándose.

 

Los discípulos de Jesús siempre se visualizan como personas alegres, quizás en algún momento especialmente difícil derramen alguna lágrima, pero su condición normal es la de alguien que está en una “Boda” celebrando que Dios se ha casado con su pueblo y que el pueblo de Dios somos nosotros.

 

La contradicción de estar con cara de luto en un matrimonio se decodifica con una parábola doble: la del remiendo con tela nueva en un manto raído y con la del uso de odres viejos para curar vino nuevo. En ambos casos se debe dar una adecuación, no son compatibles ni los remiendos de tela nueva, ni los odres viejos, porque la tela vieja y el vino nuevo no son acordes; lo cual está directamente relacionado con la necesidad de cambio que examinábamos ayer: Hoy el cambio consiste en fijarse bien y ponerle un remiendo de tela vieja a un manto viejo y empacar el vino nuevo en odres nuevos, para que todo marche bien.

 

Si se descuidan estos factores no se podrá construir comunidad y la obra eclesial se irá a pique. El paso de las rutinas tradicionales a una nueva ruta siempre implica un margen de riesgos, hay que jugársela con las variables imprevisibles y por eso el paso no se da, se la dan largas y se evade porque el riesgo conlleva unos márgenes de impredecibilidad. 

 

El cálculo de riesgo nos conduce a plantear una matriz:

            Viejo                            Nuevo

            Ausencia                     Presencia

            Ayunar/orar                Comer/beber

 

La primera columna está directamente relacionada con una tendencia que se injertó y que aparecía como alterna a la línea cristiana, y era una tendencia farisaica. Estas comunidades que captaron la propuesta de Jesús, no eran monolíticas, tenían a su interior otras influencias que las matizaban, y aún más. Los que vienen aquí a cuestionar la línea de Jesús, que son descritos como “los mismos fariseos y escribas”, recogieron la influencia farisaica, para cuestionar y tenderle emboscadas a Jesús.


Por su parte, Jesús les plantea su momento como una urgencia de superación y -a la vez- un momento de apuntar al cambio; como exigencia de contextualización: «La libertad cristiana está en la docilidad a la Palabra de Dios. Debemos estar siempre preparados a acoger la “novedad” del Evangelio y las “sorpresas de Dios” … Discernir siempre qué hace el Espíritu en mi corazón, qué quiere el Espíritu en mi corazón, dónde me lleva el Espíritu en mi corazón. Y obedecer. Discernir y obedecer. Pidamos hoy la gracia de la docilidad a la Palabra de Dios, a esta Palabra de Dios, y esta Palabra que es viva y eficaz, que discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón». (Papa Francisco).