domingo, 29 de marzo de 2026

Lunes Santo


Is 42, 1-7

Una perícopa tomada del Segundo Isaías (caps. 40 – 55), que es un profeta exilico (para nosotros esto es fundamental para poder adentrarnos en la Lectura), sus oráculos aluden a los finales de la cautividad en Babilonia, (es más, los capítulos 49 – 54, posiblemente datan de las proximidades del 539, puesto que hacen referencia a la “restauración” de Israel, como algo que se va a dar enseguida).

 

Mientras en el primer Isaías, se presenta al Mesías con un enfoque “regio”, en el Segundo Isaías, la imagen presentada es la del Siervo Sufriente, que redime por medio de sus dolores y padecimientos, sufridos en favor del pueblo. Lo que nos presenta la perícopa de hoy se remite al Primer Cantico del Siervo de Yahvé (que está integrado por cuatro canticos presentados a lo largo de este Segundo Isaías). (No sabemos si ayude a una mejor intelección de su Mensaje, añadir que algunos estudiosos dudan que estos Canticos sean del propio Segundo Isaías, se ha llegado a afirmar que son de otro autor, y que fueron añadidos allí. Mientras otros autores afirman que posiblemente si pertenezcan a él, pero que su distribución -dispersa- a lo largo del Segundo Isaías fue a capricho del “editor del profeta”, aún -una “tercera línea de estudiosos”- ratifican que pertenecen al Segundo Isaías y dicen que están exactamente donde su autor los puso y dónde les corresponde estar).

 

En el primer cantico del Siervo Sufriente, Dios infunde su Espíritu en el Siervo, esta infusión se hace con Amor incomparable e inefable, YHWH destina a su Siervo para que sea legislador, a través suyo le entregará su Ley a las Naciones. Se presenta aquí el tema de la Unción, como dato mesiánico característico y se consagrará de lleno a la proclamación y al anuncio de esta Ley. En su Mesianismo será “Maestro” de la Sabiduría que viene de Dios. Enseñará con dulzura, con paciencia, sin arrogancia ni ínfulas, sin poderío sino con mansedumbre. Y no flaqueará, muy a pesar de la persecución y la tortura a las que será sometido.

 

A continuación, Dios se identifica, “Él Es” YHWH, el Creador, Único Señor, El que sostiene al Siervo de la mano, que ha sido puesto como Luz y Alianza. Y su embajada no será exclusividad de los judíos. Cuando se habla de Luz -y esto se mantendrá como la manera de interpretar la Luz Divina, significa Vida, Libertad y Dicha, a partir de esta imagen de claridad que vence a las tinieblas de la opresión y la esclavitud su resplandor correrá más allá de las fronteras del pueblo elegido. Será Dios quien libere, pero, esto lo obrará por medio de su Siervo.


 

Hay una declaración firme en el Tercer Oráculo (y es que la perícopa completa es Is 42, 1-9, los versos 8 y 9 no se incluye en la perícopa de hoy, pero es propio que los referenciemos aquí para poder co-textualizar a cabalidad esta Primera Lectura) con la que parece querernos desentelarañar los ojos, es una repulsa a todas las idolatrías mostrando esta obra liberadora como exclusividad de su Poder y su Bondad: אֲנִ֥י יְהוָ֖ה ה֣וּא שְׁמִ֑ [aní Yahwe hu shemi] “¡Yo-Soy el Señor! ¡Este es Mi Nombre! No daré mi Gloria a otros, ni mi honor a los ídolos”. Esa Bondad se extiende a la revelación de las Novedades Venideras que nos dará a conocer a su debido Tiempo (el tema de la “hora” de San Juan evangelista). No acapara Su Omnisciencia, sino que compartirá con nosotros -en su momento- lo que necesitemos saber, (no que lo llegaremos a saber todo, pero sí que nos manifestará lo requerido para nuestra Salvación).

 

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Sal 27(26), 1bcde. 2. 3. 13-14

El huésped de YHWH es la persona que vive con Dios, alojado en su Templo, nosotros que siempre decimos que el Verdadero-Templo es Jesús -que fue destruido y en tres días re-construido- pretendemos alojarnos siempre en su Sacratísimo Corazón. Vivir en ese Templo requiere vivir con un estilo sacralizado de vida, para honrar los pasillos, las instancias, los Altares donde todos convergen en el Único-Altar, vivir acordes a Su Culto, caminar dulce y suavemente para no profanar el Majestuoso silencio donde reverbera su Palabra. Vivir como consagrados, como Discípulos, recordando siempre que todo discipulado verdadero está en misión, lo que conlleva el Envío.


El primer paso que nos indica en la primera estrofa, consiste en depositar nuestra entera confianza en el Señor, porque Él reúne las dos cualidades que pueden y bastan para ser los pilares de una vida santificada; ¡Él es Luz y Salvación!

 

El segundo paso: ver que nuestros enemigos vienen con todo su armamento, con flechas envenenadas y chorros de fuego llameante, y -como prodigio del Poder de su Brazo, ¡caen vencidos! ¡Derrotados!

 

Los atacantes pueden parecernos un ejército multitudinario acechando nuestras frágiles murallas; pero hay un esfuerzo que corresponde a la militancia de nuestro ser fortalecido en el Señor; no temblar, no amedrentarse, ¡mantenernos siempre tranquilos! Nuestro corazón reposa en el nido de la Paz que Dios da, no como la que da el mundo.

 

Alcanzar este discipulado consiste pues en ver nuestra victoria presente y celebrarla. Y mirar el futuro, llenos de confianza, porque la Victoria de Mañana será mayor; y esto se llama Esperanza.

 

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Jn 12, 1-11

Testimonio, Servicio y Amor

Bernanos solía decir que todos tenemos un “lugar” en el Evangelio; que todos, una vez en Palestina, nos cruzamos hace dos mil años, con Cristo en alguna esquina; que todos debíamos olfatear las Escrituras buscando esa frase que se dijo “por” cada uno de nosotros, ese rincón donde su mirada y la nuestra se cruzaron.

José Luis Martín Descalzo

La estructura del Evangelio joánico, en su primera parte, se descifra, como lo hemos insinuado anteriormente en Seis días -semejantes a la campaña de la semana de Creación en el Génesis, luego siete “signos”; y otra vez seis días, esta vez, en una especie de conteo regresivo: del sexto al primero.


Hoy con la perícopa del Evangelio de San Juan, consideramos el sexto día antes de la Pascua. Ya hemos dicho que בית עניא [Betanya] significa “Casa de los frutos” (algunos traducen “casa del oprimido”), muy a propósito encontraremos un “banquete”, una preparación anticipada del rito mortuorio, de la Unción del Salvador para bajar a su tumba; y, allí, tres personajes que representan la Iglesia entera con sus frutos: Lázaro, a los que llevan el Testimonio a todas partes, los que invitan a muchos mostrando las Bondades que hace Dios; Marta representa todas las diaconías, los servicios que las diversas pastorales prestan a la Comunidad; y, María, representa el pueblo fiel que le da su Amor a raudales, que le unge los pies y se los seca con su propio cabello.

 

Observemos que no hay -como en cierta narrativa hoy en día muy en boga- un héroe o una heroína y los demás son figurantes, extras, hacen bulto o mueven un paquete; en este tipo de literatura bíblica, cada quien tiene un rol, cada uno representa un carisma o una diaconía en particular, cada persona tiene un espacio propio en el corazón de Dios. El puesto que cada quien ocupa en el Amor-Divino no depende de la extensión de sus parlamentos, ni de los títulos que se le asignen, ni de los ducados y prebendas que esgrime, mucho menos de las medallas que penden en su pecho. Todos van recibiendo del destello resplandeciente de Jesús, un haz de brillo para reflejar. Y nadie se queda sin el suyo, propio.

 

Aún tenemos una cuarta presencia que la consideramos aparte porque es la presencia traidora: la mentalidad mercantilista, representada por Judas, este quiere revender el Perfume autentico y costoso de 300 denarios, y escasamente recibe 30 monedas de plata. Dice que deberían ser para los pobres, pero, el Evangelio nos revela que no se interesaba por ellos, sino que, se adueñaba para sí de los fondos que se recolectaban: Acapara para generar mayor pobreza.

 

En el verso 8, se nos muestra a quienes tendremos siempre para Ungir, dice: “Porque a los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tienen”, la palabra griega aquí, para pobres, es πτωχοὺς [ptochous] alguien que se ovilla, que se acurruca, que se arrincona, que se encoge, que se reduce a su mínima expresión para no molestar, para no estorbar a nadie, para no ofender con su presencia, para pasar desapercibido, para hacerse pequeño, para minimizarse, para invisibilizarse. Aquel día María pudo ungir a Jesús, a nosotros nos quedan “los que siempre tenemos con nosotros”, de alguna manera, ellos son sus delegados, sus representantes plenipotenciarios.


Jesús es consciente que se trata de una preparación para su sepultura. Y la gente acudía para ver, no sólo a Jesús sino también al que Él había resucitado. Los Jerarcas del Templo (los Sumos Sacerdotes) deciden matar también a Lázaro, por los muchos nuevos discípulos que atraía el cristianismo naciente.

sábado, 28 de marzo de 2026

VIENE A MI -EN SU SENCILLEZ- Y NO LO VEO

 

Is 50, 4-7; Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Flp 2, 6-11; Mat 26, 14-27, 66

 

¡Exulta sin freno, hija de Sion, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna.

Za 9,9

 

… en la noche del sepulcro, germina el alba de la Resurrección.

Etienne Charpentier

 

Mt 21, 1-11 es el Evangelio que se lee para dar inicio a la Procesión conmemorativa de la entrada de Jesús en Jerusalén; caminamos al lado de Jesús que entra con toda su realeza en nuestra vida en el marco de la celebración de Semana Santa; y luego, durante la Liturgia de la Palabra, leemos –este año, del ciclo A- la Pasión según San Mateo.

חֲמוֹר [hamor] “burro”, aun cuando suene prosaico, el burro es un animal de carga, es un “trabajador”, un “jornalero”, su función consiste en prestar su servicio. Alguien tiene un burro solamente por el trabajo que puede hacer como “carguero”. Su imagen se contrapone a la del caballo, que es símbolo de altivez y de arrogancia y que en muchas ocasiones se asocia a las campañas bélicas, al accionar de los ejércitos, por ejemplo, tomemos un caso que nos interesa especialmente: los romanos se organizaban en legiones, conformadas por 4.000 soldados de a pie (la infantería) y 200 de a caballo; de esa misma referencia eidética tenemos la representación ecuestre de los Emperadores. Uno puede tener un caballo por ornato, por presunción, por su porte atlético, por la armonía de sus líneas. Podríamos decir que el burrito es la antítesis; pero el burrito en este pasaje bíblico va a cumplir una “misión” fundamental, dará cumplimiento a la profecía de Zacarías, será él quien “lleve” al Rey de reyes: La misión de este pollino será la de trasportarlo. ¿Quiénes trasportamos hoy día al Señor, al Mesías? Somos los portadores del Señor, en otro lugar hemos aludido a nuestra función de Fieles-Discípulos denominándonos Cristóforos, que viene directo del griego, “Portador de Cristo”.

 

Lázaro –después de ser “llamado a la vida”, fue desatado y se convirtió en un testigo vivo de Jesús, se dice que empezó a ser perseguido para darle muerte porque su “resurrección” se convirtió en una poderosa “propaganda” de nuestra fe, ponía muy nerviosos a los del Sanedrín. Nosotros, los cristóforos, requerimos muy urgentemente ser desatados, nuestra “misión de llevar el anuncio de la Buena Nueva hasta los confines de la tierra, requiere de nuestra libertad, libres de nuestras alienaciones, de nuestros temores, de nuestras vergüenzas y respetos humanos, de nuestra cobardía frente al compromiso, de nuestras ideologías, de nuestras idolatrías, de las vendas que nos atan de pies y manos, de todos los “becerros de oro” que desvían nuestro corazón del amor y de la vocación de servicio.  ¡Nos hizo libres! Libres para amar a Dios, a su Hijo y a nuestros hermanos con alma, vida y corazón.

El discipulado, pues, entra en la triple dialéctica de libertad, servicio, y valentía[1] -aunadas a la humildad; todo esto enlazado por medio del compromiso-obediencia: Tomemos como punto de partida los versos 7 y 8 del capítulo 2 de la Carta a los Filipenses: “tomando la condición de servidor, llegó a ser semejante a los hombres. Habiéndose comportado como hombre, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte-y muerte en una cruz.” Esta acción-decisión está expresada en el texto por un verbo que la rige: “despojarse”, que implica desproveerse, enajenarse, renuncia voluntaria, abajamiento, renuncia a la autoridad propia. Vaciarse que significa desacomodarse, privarse, todo esto puede resumirse en la categoría teológica de la Kénosis.

 

Y, sin embargo, esta renuncia no es capricho, tampoco es rebeldía gratuita; es obediencia respecto del Padre Celestial, en quien se puede confiar sin límites; pero rebelión contra la esclavitud, contra el imperialismo romano, contra toda injusticia. Todo menos callar: Jesús se opone, con parresia, se posiciona, cuestiona y es capaz de correr todo riesgo sin hacer nada que rompa con su obediencia al Padre. Por eso leemos: “se hizo ὑπήκοος [hupekoos] “obediente”, “que escucha atentamente” -es el significado exacto de esta palabra griega- hasta la muerte-y muerte en una cruz” (Cfr. Flp 2, 8).

Esta obediencia que implica “rebelarse-contra”, se convierte en la clave de todo el comportamiento de Jesús. Sabemos que Él es el Camino, la Verdad y la Vida: pues esta incondicionalidad que demuestra es Camino, Verdad y Vida. Esta es la manera de ser vida, viviendo su incondicionalidad, con coherencia, con consecuentalismo. Un consecuentalismo radical. Su radicalidad nos evoca a Sadrac, Mesac y Abednegó (Dn 3, 16-18) que desobedecen a Nabucodonosor antes que desobedecer a su Dios aun cuando la condena sea perder la vida muriendo en el horno: “Si el Dios a quien adoramos puede librarnos del horno ardiente y de tu mano, seguro que nos librará, majestad. Pero, aunque no lo hiciera, puedes estar seguro, majestad, que no daremos culto a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has erigido.” Dn 3, 1-30.

 

En Jesús, la obediencia a Dios exige coherencia con la justicia, y coherencia con los pobres. Es decir, se espera de nosotros un “ser consecuentes” a la manera de Jesús. Se dice que Jesús bien podría haberse callado, bien podría haber huido; pero quizás donde quiera hubiese ido su consecuentalidad le habría llevado al mismo obediente desenlace. «En la medida en que el Siervo sigue de frente, el sufrimiento aumenta. Lo escupen y lo insultan, le arrancan la barba y le golpean el rostro (Is. 50,6). Pero él “pone la cara dura como la piedra” (Is. 50,7) y no huye. Esta acción no tiene nada  de fatalismo. ¡Es la actitud del que sabe que en un mundo organizado sobre la base de la injusticia y del egoísmo, la justicia y el amor sólo pueden existir crucificados! Él acepta la cruz como camino de redención y de liberación. El sufrimiento hace parte de la práctica de la justicia y el amor.»[2]

¿Quiere decir que, la exigencia de ser coherente con Dios, de permanecer incondicionalmente fiel implica llegar a la cruz? ¿Quiere decir que todos los caminos llevan al Calvario? Diremos que no. ¡No de todos se espera el martirio! Pero de todos se espera la coherencia, la incondicionalidad hacía Dios, la fidelidad en el discipulado de Jesús, Camino, Verdad y Vida, Camino que conduce a Quien es nuestra Verdad, a Quien es Fuente de Vida.

 

Esa incondicionalidad para con Dios, para con el proyecto de construcción del Reino es lo que nos da referente existencial. Ninguna fe verdadera puede ser puro ritualismo, aun cuando esté impregnada de ritos que llenan el 100% del tiempo y de la vida. No son los ritos, ni los holocaustos lo que Dios espera –ya nos lo dijo el profeta: “Lo que quiero de ustedes es que me amen, y no que me hagan sacrificios; que me reconozcan como Dios y no que me ofrezcan holocaustos (Os 6, 6)- sino la coherencia con la Justicia que es la manera de demostrarle el amor a Dios. Algunos serán llamados a la gracia del martirio, pero todos estamos invitados a la gracia de la fidelidad, de la coherencia, de la obediencia.

Al celebrar el Domingo de Ramos –nos gusta volver sobre este cuadro, Jesús montado en un borrego-, nada más humilde, rayando en lo ridículo, las piernas colgando y los pies prácticamente tocando el suelo. Así lo anunció Zacarías, por allá en el 440 a.C. «… viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno …» (Za 9, 9). Los reyes y los poderosos iban de a caballo. Nos informan los historiadores que las autoridades judías, en el antiguo Israel, iban montando en una mula, pero en burro…

 

Ruego de Salvación

Jesús… muestra a Dios como Aquel que ama, y a su poder como la fuerza del amor.

Benedicto XVI

 

«”¡Hosanna!”. Originalmente, ésta era una expresión de súplica, como “¡Ayúdanos!”… la súplica se convirtió cada vez más en una aclamación de júbilo (cf. Lohse, Th WNT, IX p. 682). … se saluda como al que viene en nombre de Dios, como el Esperado y el Anunciado por todas las promesas.»[3]

 

Estamos frente al cumplimiento de una profecía. El caballo es –por antonomasia- una cabalgadura bélica. El burrito no, el burrito simboliza un tipo de pacifismo, es la renuncia a la violencia, es el anti-poder en esencia, o mejor, es el signo de otra manera de ejercer el verdadero poder, el poder que -en vez de subyugar- encanta, seduce, gana el corazón. Este signo del burrito, re-contextualiza toda la perícopa, explica la práctica de Jesús: la Obediencia, la Humildad y el Amor. Además, ¡Recordemos que Él siempre está; nunca abandona!

En el Salmo nos encontramos con esa paradoja: Jesús –si ponemos el salmo en labios de Jesús, y el evangelio nos informa que Jesús antes de morir pronuncio el versículo 1º, Elí, Eli lemá Sabactaní

 

Mt 27, 46 Jesús reclama al Padre ¿por qué aparentemente lo ha abandonado? y, sin embargo, si le reclama, es porque tiene conciencia que está allí, presente con Él, que lo está oyendo. Como nos lo dice Carlos Vallés s.j. «Mi queja ante ti era en sí misma un acto de fe en Ti, Señor. Me quejaba a ti de que me habías abandonado, precisamente porque sabía que estabas allí.»[4] El salmo queda sumido en lo incomprensible si no se leen los versos finales:

 

Para Ti mi alabanza en la asamblea,

mis votos cumpliré ante su vista.

 

Los pobres comerán hasta saciarse,

alabarán a Dios los que lo buscan;

vivan sus corazones para siempre.

 

De Dios se acordará toda la tierra

y a Él volverá; todos los pueblos,

razas y naciones ante Él se postrarán.

 

¡Rey es Dios, Señor de las naciones!

Todo mortal honor le rendirá.

Se agacharán al verlo

los que al sepulcro van.

Para Dios será sólo mi existencia.

No nos equivoquemos, Él no viene a atar, viene a liberar, viene a desatar nuestra naturaleza divina -que una cultura de muerte pretende hacernos creer que no tenemos- y nos induce –atándonos con su pesado cepo- a pensar que somos puro barro, que no hay soplo divino que nos infunda vida, tratando de hacernos pensar que no somos hijos de Dios, a imagen del Hijo. No nos dejemos deslumbrar, ni ensordecer por el barullo, no nos dejemos distraer por el ambiente de alarma… ya es sabido que detrás del estruendo y el alarmismo está la paz que derrama Nuestro Redentor, y la Ternura que desde el silencio (de la cruz) nos habla … Dios, que nunca nos desampara, que siempre está allí, aun cuando no lo sabemos ver o no lo podemos descubrir; ¡es entonces cuando está más Presente! Sea esta Semana Santa la oportunidad de aprender a intuirlo, a sentirlo a nuestro lado, sea la ocasión para  sumergirnos en su Amor.



[1] Prevenirnos de la “valentía” fetichizada en cine-televisión como valentía de guerrero, héroe cinematográfico, valiente para atropellar, destripar y cortar vidas.

[2] Mester, Carlos O.C.D. LA MISIÓN DEL PUEBLO QUE SUFRE. LOS CÁNTICOS DEL SIERVO DE DIOS EN EL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS. EDICAY y Centro Bíblico “Verbo Divino” Quito-Ecuador. 1993 p.69

[3] Benedicto XVI. JESÚS DE NAZARET. SEGUNDA PARTE. Ed. Planeta. Madrid-España 2011. P. 17.18.

[4] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae. Santander-España 1989 p.45

viernes, 27 de marzo de 2026

Sábado de la Quinta Semana de Cuaresma


Ez 37, 21-28

Esperanza de Salvación

Quitaré de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil. Pondré en ustedes mi espíritu y haré que cumplan mis leyes y decretos; vivirán en el país que di a sus padres, y serán mi pueblo y yo seré su Dios

Ez 36, 26b-28

En el capítulo 33 de Ezequiel, llega un fugitivo, viene de Jerusalén trayendo las peores noticias, la ciudad ha caído y el Templo ha sido profanado y destruido. Entonces empieza una trasformación del mensaje de este profeta. Va a entrar en una etapa de siembra de la esperanza.

 

Esta misión de sembrar esperanza parte de la presentación de augurios para Israel. Parte de la presentación del Mesías, como nuevo David, en el capítulo 34 hay una denuncia contra los pastores (gobernantes de Israel) quienes en vez de pastorear a su rebaño se engordan a sí mismos, Dios les promete trasplantarles un corazón de ternura para sustituir el corazón de pedernal que han traído y con el cual han hecho sufrir a su pueblo y lo han conducido a la ruina.

 

La penúltima parte de este Libro -caps. 33-39- nos trae las promesas de Salvación. La profecía de Ezequiel -en este capítulo 37-  lo que les ofrece es constituirlos nuevamente, en una sola nación, como ocurría en el esplendor Davídico. Ofrece Dios, actuar como Juez y defensor de las ovejas “flacas” que han sido víctimas del aprovechamiento de estos pastores, que las empujan disimuladamente a condiciones paupérrimas y eliminará e estos lobos -que no tienen corazón de pastores.  Este oráculo de la perícopa de hoy promete darles un corazón humanizado, ablandado, capaz de Misericordia.

 

Con la imagen de los huesos secos a los que el corazón Tiernísimo de Señor, les hará crecer carne y recobrar vida -en una como imagen paralela de la Creación del género humano en el Génesis (segundo relato) aquí el punto de partida ya no es barro originario, sino huesos revitalizados-, se ilustra, con imágenes, el oráculo del capítulo 36. Esta profecía les ofrece la reunificación de los dos reinos que ya no volverán a dividirse. También profetiza que se superará la idolatría con las acciones deplorables que ella traía aparejada. Se volverán fieles cumplidores de los estatutos que Dios les dé. Les propone -para ese futuro- una Alianza de Paz que durará eternamente. Y, en medio de este Paraíso Terrenal, pondrá su Santuario para siempre.

 

Algunos elementos de este oráculo deben tenerse muy presentes: Ezequiel aparece como un agente activo de esta recreación. YHWH hará una contra-diáspora, llamándolos de la dispersión a la unidad. Los llevará de nuevo a la tierra que le otorgó a Jacob, pero en estado de deportación, ellos no son vivos, ni un pueblo viviente, porque carecen del culto, y un pueblo sin su culto no es más que un montón de huesos sin alma, sin ánima, inanimados. Repatriarlos y reconstituirlos es propiciar que vuelvan a tener su Templo, que vuelvan a adorar, que resurjan a la vida de nuevo: ¡Una Verdadera Resurrección!

 

Esta profecía luminosa no pretendo eclipsar el hecho de que muchos de los deportados se asimilaron en Babilonia, y allí se quedaron.


El propio Yahvé, se encargará de su purificación. Otra vez, ellos serán su pueblo y Dios será su Dios. El Mesías será el “príncipe” como se le llama en el verso 25. El Gran Pastor será el propio Yahvé. Ha surgido una teocracia donde Dios está Presente, actuando. Esta acción será una actuación Misericordiosa, de Santidad. Este prodigio será verdaderamente como sacarlos del sepulcro y reconstituirlos en su patria, la tierra que había sido dada a sus padres.

 

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Sal Jr 31, 10. 11-12ab. 13

Por fin llega el retorno a la patria

No son propiamente un Salmo, son tres estrofas entresacadas del Libro de la restauración (caps. 30 y 31 de Jeremías). Se requiere una Nueva Alianza para poder reconstituir a este pueblo que ha sido descuartizado y desmantelado en el exilio y que ha perdido su unidad y su identidad. No tiene Gobernante, no tiene Templo, no tienen culto y andan como “ovejas que no tienen pastor”.

 

En la primera se plantea la necesidad de un liderazgo de regeneración, de un pastor para este rebaño: YHWH los llevó a la dispersión y los hizo probar los sinsabores del ostracismo. Así como los llevó en deportación, así ahora, nuevamente, lo reunirá y lo cuidará. Como corren los ríos por su cauce, así estos desbandados convergerán hacia las tierras que son propiedad del Señor, así los hará retornar a su patria, en torno a Jerusalén. ¡Cómo una carne que se agolpa, resucitada, en torno al corazón!


Por eso, ahora, después de la diáspora sobrevendrá la risa, la fiesta, el danzar, el gozarse y solazarse de todos, en el pueblo elegido, los niños, los jóvenes y las jovencitas, los adultos y hasta los viejos, mudaran su tristeza en alegría. El Señor se los dice:  hay esperanza de un porvenir, el sol no se ha apagado; habrá regreso a la patria, como hubo que desechar la Antigua Alianza, la esperanza se dibuja con las letras de la palabra NUEVA; será la Nueva Alianza la amistad duradera y estable del pueblo con su Dios YHWH.

 

El rasgo preminente de la Nueva Alianza es que -ya no estará escrita en Tablas de Piedra- sino que, ahora estará impresa en nuestro propio corazón. La Palabra germinará en el corazón humano, y de él brotará la Bondad misma que será fruto de todo corazón honesto.

 

 

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Jn 11, 45-56

Me gustaría entrar -aunque solo fuera por un momento- en la mente de estos terroristas del absurdo. Conocer por qué intrincados caminos mentales llegaron a esa demencia de la violencia inútil y salvaje. Saber cómo fueron sus vidas. Entender quién les mutiló a ellos el alma antes de que ellos intentasen mutilar una estatua o destruir el recuerdo de un hombre milagroso que vivió hace siglos. Me gustaría entenderles, no condenarles.

José Luis Martín Descalzo

El nombre Lázaro significa “ayudado por Dios”. Vaya ayuda suprema que Dios le brindo: ¡regresarlo a la vida! Algo nos parece muy curioso, en el sexto “signo”, Jesús da la vista al ciego de nacimiento, y él da testimonio, incluso con una actitud algo desafiante, con un tono abiertamente crítico, y con clara parresia; tal vez los padres se muestran un poco timoratos al declarar y evaden tener mayor responsabilidad, pretextando que aquel “ya es mayor de edad y puede dar testimonio por sí mismo”.  En cambio, en el caso de Lázaro, no pronuncia palabra alguna. ¡Lázaro quizás temía que esta vida de resucitado iba a necesitar muy urgentemente hacer uso de su Resurrección! Lázaro, tanto como Jesús, quedan condenados con este “Séptimo signo”, la muerte empezará inmediatamente a pendular sobre sus cabezas.


Muy, muy interesante resulta esta decisión del Sanedrín de condenarlos a muerte. Pensemos un poco: La familia de Lázaro quiere hacerle un homenaje, lo convidan para una Cena, como es muy lógico están felices con lo que ha pasado. Pero, ¿por qué el resto está más bien alarmado? ¿cómo puede ser que la vida genere preocupación? ¿por qué a estos se les detona sus instintos asesinos?

 

Dentro del dialogo que sigue nos encontramos dos tendencias muy claras:

a)    La mayoría, ἐπίστευσαν* [episteusan] “creyeron” en Jesús. Con esa información se abre la perícopa (v. 45). *Deriva del verbo πιστεύω [pisteuo] “creer”.

b)    τινὲς [tines] “Algunos”, (dice en el verso 46); lo entendemos como “unos pocos”, puede significar, también, “un cierto uno”, “de todos los demás sólo uno”. (Como dice cierto proverbio popular, “un garbanzo basta para echar a perder la olla”).

 

Estos últimos ¡croac, croac!, (me disculpo con los sapos que fuera de dar saltos, no tienen nada que ver con este tema), saltan a contárselo a los fariseos, y estos -junto con los Sumos sacerdotes- son los correveidiles del συνέδριον [senedrión] “Sanedrín”, “Junta Suprema”. Es este “organismo” -que podemos entenderlo como la “Corte Suprema”, con competencias, civiles, religiosas y penales-, el autor intelectual de la muerte de Jesús. Sin embargo, esto no resuelve el problema de “sobre quien cae la sangre” y “qué fue lo que los llevó a decidir así”. En San Juan, la lectura -de superficie- pretende justificar y desplazar el motivo al miedo “imperialista”: Si los romanos se percataban de que “Este - Tipo” está haciendo todos estos “signos” «Si lo dejamos, todos van a creer en Él, y las autoridades romanas vendrán a destruir nuestro templo y nuestra nación”» (Jn 11, 48), las consecuencias afectarían a la nación entera -pueden llegar a bombardearnos y a invadirnos. Uno se interroga, ¿es miedo o son pretextos?

 

No se necesita gran astucia para darnos cuenta que, si ellos no lo hubieran mirado con ojos de “enemigo”, habrían procedido, al contrario: lo habrían cuidado, lo habrían protegido, hasta lo habrían “ocultado”: si lo hubieran visto con ojos de “compatriota” lo habrían prohijado, lo habrían patrocinado como a uno de los suyos, se habrían adherido a su causa. ¡Pero no! Ellos lo ven como un “rival”, como una “competencia”, como un “opositor”. Ahí está el quid de este crimen. Son intereses y posiciones tendenciosas los que mueven a los asesinos. (Se trata de un complot para arrestar a Jesús).

 

Hay una parte -sumamente importante a nuestro parecer- Caifás (este nombre es de origen arameo y significa algo así como “hombre de corto entender”, “persona pusilánime”), “profetiza” que Jesús va a morir, no sólo por el pueblo, sino para unir a los que están más allá, los de otras etnias, fuera de los hebreos, pero también “hijos de Dios” como quedó señalado en la profecía caifásica.


La perícopa se cierra señalando que Jesús se vio obligado a reforzar su “clandestinidad” en Efraín, cercano al desierto, en territorio de Samaria; y que la “orden de captura”, fue expedida y publicada, en circular roja (nos parece que ahora se dice así).

jueves, 26 de marzo de 2026

Viernes de la Quinta Semana de Cuaresma

Jr 20, 10-13

Entre todos los profetas del Antiguo Testamento, Jeremías es sin duda la figura más semejante a Jesús.

Carlo María Martini

Jeremías significa “YHWH levanta”, nació en el 650 a.C. de familia sacerdotal, se cree que descendiente de Abiatar -sacerdote de David- desterrado por Salomón. Actuó en la misma época de Sofonías, Nahúm y Habacuc. Del 1, 1 hasta el 25, 14 contiene los oráculos a Jerusalén y Judá; Está perícopa -que se lee hoy- viene del bloque formado por 7,1 – 20,18, que registra los oráculos pronunciados en la época de יוֹיָקִים Yoyaquim, 609 – 598 a.C. fue una época durísima para el profeta, estamos exactamente en el primerísimo bloque de este Libro, donde se nos presentan esos mensajes sobre Judá y Jerusalén; se suele decir que este tiempo fue el “Getsemaní de Jeremías”. El profetizó en la era de los últimos cinco reyes de Judá: Josías, Joacaz, Yoyaquim, Joaquín y Sedecías.

 

La perícopa está insertada -como un sándwich- entre dos perícopas que se refieren a la crisis vocacional de este profeta (20, 7-9. 14-18), una confesión que hace Jeremías de su desespero ante la crueldad de su experiencia profética: Allí declara que profetizar “violencia y destrucción” se le ha convertido en escarnio constante, y dice que preferiría no haber nacido y que nadie les hubiera dicho a sus padres que él estaba en camino. Está crisis vocacional se inicia con la manifestación de que el llamado fue una seducción de parte de Dios y él se considera seducido, forzado y violado.

 

Se debe decir e insistir que hay una evidente similitud entre la vida de este profeta y la de Jesús, y que ya en los tiempos de Jesús ese paralelismo era evidente. Aquí, lo que se toca hoy, es precisamente esa amenaza a la vida de los dos, ese riesgo de ser lapidados, Sus “amigos” -dice él, con acento irónico- le buscan el “quiebre”, tratan de engañarlo con preguntas amañadas a ver si les da materia de acusación y condena. Es -como si hubiéramos saltado al Evangelio y leyéramos algún trozo entresacado de esta unidad de San Juan, comprendida entre los dos signos, el sexto y el séptimo, a saber, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, donde Jesús se muestra como el Yo-Soy.

 

Concluye la perícopa dejando todo en manos del Señor, rogándole que libre al אֶבְיוֹן [ebyon] “pobre” (“menesteroso”) de las manos de la gente רָעַע [ra´a] “perversa”, “hacedores de maldad”, “buenos para nada”. Por esta razón lo alabamos, es por eso que le cantamos, porque nos ha liberado de las manos de la “gente perversa”.

 

Si contextualizamos con las otras Lecturas de Hoy y de esta quinta semana de cuaresma, encontramos la persecución y el acoso por parte de las propias gentes, sus cercanos, que en vez de apoyarlo y protegerlo, lo azuzan, lo desprecian y lo persiguen en la misma tónica que Jesús se muestra perseguido y acorralado por su propio pueblo, sus amigos más íntimos, en especial en los capítulos 7-8; pero, no menos en la perícopa del capítulo 10 -el del Buen Pastor-, de San Juan del que vamos a leer hoy, donde el prólogo muestra -nuevamente- las manos de los judíos crispadas sobre las piedras donde no ven en ellas otra cosa que armas asesinas, su voluntad -como veremos- es apedrear a muerte a Jesús.

 

Cómo puede ser esto, al Señor no se le escapan las santas intenciones del profeta, su honestidad. Dios mismo ha escaneado con minuciosidad las entrañas de Jeremías, y, ¿qué se ha encontrado en ellas? A una persona coherente, un profeta modelo de fidelidad, que cumple su misión a pesar de los tropiezos y descalabros con los que se enfrenta a cada paso.

 

Para concluir por hoy, queremos llamar la atención sobre esa extraña sinonimia que plantea Jeremías entre el אֶבְיוֹן [ebyon] “pobre” (“menesteroso”) y el צַדִּ֔יק [saddik] “el Justo", “el hombre recto”. No hay otra manera para adentrarse en la rectitud, para poder vivir la coherencia que buscando los caminos de la rectitud: alinear la conducta propia con principios rectos, con la verdad y con el bien común, es -por lo tanto- una cualidad moral de integridad, honestidad y justicia. La rectitud sufre de honda compatibilidad con la coherencia y con la procura del bien común, de esa posición que prioriza la projimidad por encima de la indiferencia egoísta.


«Señor, Dios fiel, ayúdanos a descubrirte en nuestras crisis; en ellas es donde tu amor y grandeza nos salvan. Ayúdanos a desenterrar semillas de esperanza para dejarlas germinar, crecer y dar fruto. ¡Señor, hoy somos Jeremías!» (José Luis Caravias s.j.)

 

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Sal 18(17), 2-3a. 3bc-4. 5-6. 7

Salmo de acción de Gracias. Porque Dios -más temprano que tarde- nos asiste con logros y liberaciones, sanaciones y prodigios, porque todo cuanto recibimos de Él es puro Don y su Único Motivo -detrás de todo- es el Amor. Dios es eso: un castillo amurallado, estratégicamente ubicado para hacerlo inexpugnable, por eso lo llamamos “fortaleza”, מְצוּדָה [matsu´d] “alcázar”, porque Es la sólida edificación fortificada que me resguarda del ataque enemigo.

 

Y decimos mi fortaleza, mi alcázar, mi libertador, mi baluarte, Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora ¡no porque pretendamos adueñarnos de las cosas santas!, ya sabemos que todo lo Santo sólo es de Dios. Pero les anteponemos el “posesivo” para declarar que Lo hemos aceptado, que es el Dueño de cuanto somos y de todo lo que Él nos ha dado, que Él es el Único Rey de todo nuestro existir. Y sabemos -también- que no le podemos quitar a nadie, ni un poquitín de aquello que les da a los que también lo han aceptado y reconocido como su Dios y su Rey. “¡Envidiosos, apartaos! No sois sus dueños, en cambio ¡Él sí!


 

Lo invoco, porque Él es mi Libertador, El que me protege de los que actúan en contra mía y se ponen en contra Suya, Él nunca desatiende mis ruegos, Él presta Su Oído a mis gritos desesperados, Él me escucha y me autoriza a llamarlo a gritos siempre que tenga menester de Él. Por mucho que grite, no lo ensordeceré; pero cuanto más grite, más sabrá que sólo me fío de Él.

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Jn 10, 31-42

Esta perícopa se inserta en el Libro de los “signos” como se ha llamado a la primera parte del Evangelio de San Juan, que inicia con el prólogo (1,1-18), luego si viene el Libro de las señales:(1, 19 – 12,50) -que se pueden separar en dos bloques: los capítulos 2-6 los signos de vida; y, los capítulos 7 al 12 los signos de “muerte”, que alcanzan hasta “la hora llegada”; emparedada entre el penúltimo y el último “signos” (9, 1-41 y 11,1-44), el del Ciego y el de la Resurrección de Lázaro.


Podríamos estudiarla en 5 segmentos:

1.    Se dispone el conato de lapidación.

2.    Razón para lapidarlo, dicen ellos que, porque Él “se hace pasar por Dios”.

3.    El hace las obras que el Padre le ha confiado y para las cuales lo ha revestido de Poder.

4.    No pueden detenerlo y se les “evade” de las manos.

5.    Alusión al Testimonio que a favor de Jesús dio Juan el Bautista.

 

Como podemos ver, la acusación es porque ellos creen que se hace pasar por Dios, y no descubren que su filiación con el Padre está respaldada y testimoniada por las Obras Prodigiosas que son “Signo” precisamente de ser el Hijo, ya que sólo dotado del poder de Dios-Hijo se puede obrar lo que Jesús realizó.

 

Esto los delata como “ciegos” que no aceptan ser curados de su ceguera. Pero, en ese contraste, se trasluce que Jesús Es el “Yo Soy”. Quizás de allí nació el adagio, “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Esta ceguera no es la del pueblo, el pueblo sencillo lo acepta, lo reconoce, lo aclama, lo recibe, bate palmas, tienden los mantos a su paso; son los “judíos” -que, como ya lo hemos dicho, deben entenderse como “aquellos que no aceptan el mensaje de Jesús”, y no como distinción racial-  de la clase sacerdotal y de los escribas y maestros de la Ley, que se aferran y se cierran apretando estrechamente su interpretación y su dogmatismo, y bloqueando toda nueva interpretación, estos lo que quieren es defender a capa y espada sus odres viejos, y derramar el Vino Nuevo a los pies de una Cruz.

 

Pero hoy en día, la historia se repite, hay muchos que están empecinados con su versión tradicional, lo ven llegar y le gritan “blasfemo”, “se rasgan las vestiduras”, y sacan sus ahorros para poder reunir las 30 monedas de plata. Quieren que Dios sea como ellos lo han venido pintando, tiene que ajustarse a las medidas y caber exactamente en la camisa que le fabricaron. No pueden abrirse a ver que esto ya sucedió, que nosotros esperábamos a un cierto Mesías, pero Dios nos sorprendió con otra Versión, no con uno “poderoso”, sino con Uno-Manso-y-Débil.

 

El predicador puede afirmar que la historia no cambia, que la fe -sin tomar en cuenta la época, sigue incólume- toda la fe se muestra como un “fenómeno” a-histórico, rígido como un riel, y siempre igual. Así que cuando Dios manda y ordena explorar nuevas rutas, probando nuevos senderos, todos se encrespan y se ponen nerviosos, ¿por qué? Porque ese enfoque les hemos entregado, les hemos “enseñado” que todo tiene que seguir igual.

 

Pero evidentemente, Dios no se empecina en enseñarle el Credo a un hispano-parlante en alemán, o en latín; y no le pide a la Iglesia que mecánicamente repita las rutas del siglo pasado. Pero hay que puntualizar, lo que cambia es lo superficial, la exterioridad, porque la esencia si permanece inalterable. ¡La esencia es Jesucristo!

 

Hace su aparición otro testigo: se trata del precursor, Juan el Bautista. La referencia tiene un detonante topológico, están en el mismo marco espacial que Juan el Bautista tenía para    su labor bautismal; se aclara que Juan no hacía “ningún signo”; más ahora, está aquí Jesús que hace signos que solo Dios puede hacer. Si Jesús es un hacedor de bondades, ¿cómo pueden estos pretender que Jesús es sirviente del mal? El Malo solo obra maldades y de su árbol solo se recogen frutos podridos. Jesús, por su parte, hace las obras de Bondad que Dios había ofrecido, las que había predicho ¿de dónde y de cuándo acá el Malo se va a dedicar a las Obras Misericordiosas de Dios? ¿No se han dado cuenta que el Malo es impotente para obrar las acciones del Bien? ¡Si el malo tratara de hacer algo bueno, inmediatamente caería muerto de un infarto de sus glándulas perversas que no pueden secretar nada distinto a la maldad!

 


Estos engañadores profesionales, estos “judíos” redomados e impenitentes quieren hacer creer que ¡alguien puede ordeñar una vaca y hacerle salir duraznos de las ubres! O que Belcebú puede cosechar de una vid gorrioncillos petirrojos.