martes, 13 de octubre de 2026

Miércoles de la Vigésima Octava Semana del Tiempo Ordinario

 


Gl 5, 18-25

Concluimos hoy nuestro cursillo bíblico en torno a la Carta a los Gálatas. En nuestro mapa de La Carta, seccionamos en cinco partes la Epístola, hoy vamos a tener nuestra única visita a la Cuarte Parte (5,13 – 6,10), y como ya lo habíamos prevenido desde el principio, no veremos nada de la quinta parte, que es la sección conclusiva. Esta cuarta sección de donde se toma la perícopa de hoy, nos marca pautas para usar cristianamente de la libertad que Jesucristo ha traído a nuestras vidas. La temática de hoy apunta a conformar la vida con el Don del Espíritu Santo.

 

Demos un pequeño pedalazo atrás, al verso 16, allí San Pablo nos recomienda: “Procedan según el Espíritu”, y añade: “No busquen satisfacer sus propios malos deseos”. Al iniciar la perícopa que se proclama hoy nos dice, en consecuencia, de lo anterior que, si nos dejamos guiar por el Espíritu, nos liberamos de la Ley. Cómo así, ¿qué es esto de liberarnos de la ley? ¡Si! La Ley deja de ser un listado cargoso para memorizar y un celoso carcelero que nos mantiene a raya en la jaula, para pasar a convertirse en un delicioso manual para el amantísimo-amigo, dónde se contienen todas las instrucciones de la “dicha”. Esta es la maravillosa y genial liberación que se alcanza cuando nos dejamos guiar por el Espíritu. Y es que el Espíritu es el Único que nos puede asesorar para poder injertar ese “dulce-filtro” en el corazón y permitir que aflore la generosa abundancia del Amor.

 

Pasa San Pablo a enumerar algunos (no es exhaustivo, por eso al concluir el listado dice “y cosas por el estilo”) de las causales que -para regocijo del Acusador- atiborran las prisiones. Aquí el eje que vertebra es la oposición carne / espíritu: (sarx/pneuma); este eje se desarrolla en los versos 16-25. Menciona seis veces la carne y ocho veces el Espíritu.

 

Para mostrar el poder corrosivo de las obras de la carne señala que su virulencia emana del ataque a las fuerzas de “encuentro y sinodalidad” en cuatro líneas:

      i.        Con la otra persona

     ii.        Con lo “religioso”

    iii.        En el plano de las relaciones interpersonales

   iv.        Y con uno mismo, porque destruye las posibilidades de “purificarnos” para poder ser esa imagen y semejanza de Dios

 

En el verso 21 llega a la conclusión: “Quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios.

 

¿Cuáles son esas “tales cosas” que nos enajenan la “herencia”?

      i.        Inmoralidades sexuales

     ii.        Cosas impuras y vicios

    iii.        Adoración de ídolos

   iv.        Práctica de la brujería

     v.        Facilidad y/o propensión al enojo

   vi.        Odios, discordias y celos

  vii.        Generación de rivalidades, divisiones y partidismos

 viii.        Envidia

   ix.        Alcoholismo

     x.        Glotonería

 

Este -como paneo de la cámara- nos deja visualizar el desolador panorama, y nos deja ver lo enormemente ventajoso que es vivir según el Espíritu. Pero lo sorprendentemente triste es que los Gálatas hayan tenido la oportunidad de vivir la experiencia liberadora del Espíritu y ellos acepten -victimas ingenuas del engaño formalista- meterse en la camisa de “once varas” de la legalidad judaica, con su “amputación” de acceso, la circuncisión, que es, de alguna manera, el carnet de ingreso y el distintivo de su vinculación. Los Gálatas vivieron lo que significaba en la práctica la pertenencia a la comunidad cristiana y los deleites de la fraternidad, valga decir- habían degustado en sus propias papilas el sabor y la ricura de convivir en la libertad (que en otras partes hemos denominado ecualizadora”).

 

En los versos del 22-23 nos exhibe el fruto del Espíritu. No son diversos “frutos” (la palabra no está en plural sino en singular “el fruto”), no son “cualidades diversas”, sino los órganos del mismo organismo; el fruto es la comunidad que vive, se mueve y crece en el Espíritu, son los “rasgos” del mismo y único Espíritu de Jesucristo. Son las diversas caras del mismo poliedro. Fruto se tiene que entender como “el producto”, y la enumeración son los rasgos cualitativos de ese mismo y único producto que es la Comunidad. Los miembros de la comunidad trabajan todos en ese sembradío, pero no son ellos los que se pueden llamar frutos-individuales, sino que es la fraternidad, la solidaridad y la sinodalidad de la comunidad la que expresa el Fruto del Espíritu como vida nueva. Nadie puede decir, ni necesita decir, este fruto es mío, o “yo tengo el fruto y usted no”; estaríamos regresando a la situación del que tiene tal marca de carro, tal modelo, o de teléfono-portátil de última generación; estaríamos de vuelta a la presunción personal.

 


Y, nos recomienda, proseguir en esa línea (formados en escuadrón), cuando en el verso 25 dice “sigamos al Espíritu”; (otras traducciones dicen “marchemos tras el Espíritu”. San Pablo dice στοιχῶμεν [stoichomen] del verbo στοιχέω [stoicheo] tomado en préstamo del lenguaje militar, para significar mejor que, no es un soldado, sino un batallón, o un piquete de soldados que dan sus zancadas “con compás, ar”, todos siguiendo un ritmo, que marca el tambor, esa unidad y simultaneidad les da más fuerza, y muestra al enemigo que van en filas cerradas, y no solos, de uno en uno, fácilmente derrotables. Es la fuerza que da el fruto, no la de “figuras” individuales, sino la articulación sólida y fraterna de los “hijos de Dios”, todos como un solo hombre. “El fruto del Espíritu” no es una colombina que me llevo a mi rincón y la chupo solito. Tampoco una colección de “medallas” que ya no me caben en el pecho inflado.

 

Sal 1, 1-2. 3. 4. y 6

La idea de dos caminos es muy fecunda por su radicalidad: o uno u otro. Implica una opción.

Marcelo Barros

Claro que todo ejército está formado por soldados, cada soldado tiene que ser fiel a su batallón y estar decidido a jugársela toda por sus compañeros y por la causa que defienden. Y -a la hora de tomar posiciones- cada soldado decide bajo qué ordenes va a estar y a favor de qué bando está, para alinearse allí, donde él quiere pagar obediencia y fidelidad.

 

También es cierto que -para un control de calidad- siempre se toma una muestra en particular y que ningún control es razonable que se haga sobre todos los ejemplares: ahí se aplica la técnica de muestreo. También, para conocer un “batallón” se mira uno que otro soldado, al que se someterá a prueba como representativo de todos los demás. El análisis se enfocará exactamente en el aspecto que está en estudio y no en los otros, a riesgo de hacer vano el resultado y no dejar ninguna información aprovechable y generalizable.


Este salmo le habla a toda una Comunidad, está dirigido al “ejercito” entero, pero “acartilla” a uno por uno, a cada cual le dirige la arenga y le entrega el mismo manual de instrucciones.

 

¿Cuál es la consigna general? El que te sigue Señor, tendrá la Luz de la Vida. Esa es la propuesta. ¿Quieres la luz o prefieres militar en las filas de las tinieblas? Elige bien a quien vas a seguir. ¡Quieres acabar sumido en la oscuridad?

 

En la primera estrofa se dan las siguientes pautas.

a)    No se alineen con los “impíos”, es un bando poco recomendable

b)    No escojan el derrotero que eligen los pecadores

c)    No se junten al “ejercito” de los cínicos

d)    Gócese en la Ley del Señor

e)    Medita -de día y de noche- la Ley

En la segunda estrofa se le dicen las consecuencias de elegir correctamente el bando adecuado:

a)     Tendrá la suerte de los árboles que se cultivan donde hay buena agua y corren fuentes frescas

b)    Dará fruto en la estación del frutecer

c)    No se le marchitará el follaje

d)    Todas sus empresas serán coronadas con el éxito

 

Pero si escoge mal el ejército al que se va a alinear, las consecuencias no dilataron su llegada

a)    Serán como la paja a la merced de los ventarrones

b)    Su camino acabará en desastre.

 

La máxima justificación de la elección correcta del bando es que quien elija el bando del bien, contará con la protección del propio Dios.

 

Lc 11, 42-46

Las observancias externas son fáciles y pueden ser una simple máscara para evitar la verdadera obediencia a Dios, que consiste en practicar la justicia y el amor de Dios.

Ivo Storniolo

“Los ayes” en San Lucas son seis, tres contra los fariseos (autoridades de la praxis, de la supuesta ortopraxis) y tres contra los legistas (autoridades teoréticas, ortodoxia). Hoy vamos a ver los cuatro primeros, y quedaran para mañana los dos restantes.


 

Los de hoy, están dirigidos a los fariseos, (en el tercero no se dice expresamente, pero se puede suponer). El Cuarto, se dirige a un experto jurista, a un Maestro de la Ley, un abogado que juzgaba a partir del Código de la Torá; que se siente también tocado por lo que está diciendo Jesús y revira.

 

Hagamos, primero la lista de lo que les reprocha Jesús

1)    Pagan el diezmo hasta de las más mínimas cosas: la menta, la ruda y toda legumbre (escrupulosidad); pero dejan de lado la justicia y el amor a Dios.

2)    Aman el sitio preferencial en las sinagogas y les gusta que les hagan reverencias (búsqueda de status).

3)    Son como sepulcros que no se ven y hacen que la gente se vuelva impura por apoyar su pie sobre esas tumbas (o sea que se hacen “impuros” sin saberlo, sin darse cuenta); los fariseos eran como tumbas sin marcar, como un hueco sin aviso de precaución.

4)    Imponen a los hombres cargas insoportables; pero ellos, no ayudan a llevar esas cargas ni con un mínimo de apoyo, ponen la ley y se van. Su estrecha y fanática concepción de la fe, volvía la religión un simple acopio de leyes insufribles y pecaminosidad por doquier. Expertos en añadir leyes a las ya existentes y ponerle parágrafos y minucias a la antigua ley para lograr la “explosión legalista” y la sobreabundancia leguleya.

 

Uno se preguntaría ¿muchos fariseos se hicieron creyentes? Sólo así se explicaría que Jesús les queme tanta atención. Lo que Jesús está haciendo es prevenir a los recién convertidos al cristianismo para que no les pase lo que, a los Gálatas, que vinieron los de laya farisaica, a invitarlos a su estilo de creencia, e hicieron mucho daño. Confundieron y desviaron, haciéndose pasar por los creyentes más fieles y más firmes. Ahí está el asunto: como frecuentan el templo, la gente los mira para aprender de ellos porque se acicalan la toga y el birrete para auto-declararse juristas exactos. Trataron de imponer su versión y lo que hacían era confundir y despistar a los cristianos, esforzándose por envasarlos en odres viejos y en ponerles remiendos nuevos a pantalones raídos.

 

«Existen muchos modos de cerrarse al Espíritu Santo. En el egoísmo propio, en el legalismo rígido, como la actitud de los doctores de la ley que Jesús llama hipócritas, en la falta de memoria de todo aquello que Jesús ha enseñado, en el vivir la vida cristiana no como servicio sino como interés personal, entre otras cosas». (Papa Francisco)

 

A veces nos preocupa más desempolvar viejas leyes y darle carta de recuperación a normas ya prescritas que buscar los derroteros para aclarar y revitalizar el Amor de Jesucristo y el amor al prójimo. Siempre procuremos tomar en cuenta para procurar corregir esto en nosotros mismos, porque muchas veces tocamos la alarma para los demás, pero, a nosotros mismos, nos hace falta “una capa de cal” para que otros no pisen ahí.

 

Abriendo un paréntesis tenemos que recordar en el Éxodo, que Dios a veces señalaba un lugar para “permanecer”, pero pasado cierto tiempo, levantaba su señal para decirles. ¡Vamos, avancemos! Jesús también, parecía un fiel seguidor del judaísmo, pero con frecuencia les decía: ¡Ya no hagan más alharaca con los diezmos de la ruda y la hierbabuena! ¡Vamos a otro tema! ¡Pasemos al capítulo siguiente! ¡Sacudámonos toda carga insoportable, alivianemos la marcha para poder avanzar!

 

«El mundo necesita los frutos, los dones del Espíritu Santo… Reforzados por el Espíritu Santo llegamos a ser capaces de luchar, sin concesión alguna, contra el pecado, contra la corrupción que, día tras día, se extiende cada vez más en el mundo, y dedicarnos con paciente perseverancia a las obras de la justicia y de la paz». (Papa Francisco)


Jesús adelanta todo este trabajo y esfuerzo porque -apuntando hacia nuestro propios días- descubrimos que el fariseísmo tiene propiedades de generación espontánea y parece hierba mala que brota por doquier si no permanecemos alertas.

lunes, 12 de octubre de 2026

Martes de la Vigésima Octava Semana del Tiempo Ordinario


Gl 5,1-6

… el legalismo, además de ser un desvío, al lado de muchos otros, amenaza la vida comunitaria, el tipo de vida en el espíritu. Buscar su justicia en la Ley es ya haber roto con Cristo y decaído de su Gracia.

Joel Antonio Ferreira

 

Hoy tenemos la penúltima perícopa de la Carta a los Gálatas que la Liturgia propone, y seguimos trabajando sobre la tercera sección de las cinco que propusimos en el mapa guía en los que fraccionamos la Epístola entera. Es decir, continuamos en la sección donde se muestra que es por la fe que el Señor nos hace libres.

 

Inicia la perícopa de hoy repitiendo el ultimo versículo que leímos ayer, esta repetición es iluminadora, porque la Liturgia -con esta iteración- lo que nos está diciendo es que este tema es esencial, Podríamos inclusive decir que lo que se nos está mostrando con esta insistencia es el carácter esencial de esta idea como pivote de la Epístola; la primera consecuencia de esta fe, es que nos saca de la esclavitud, y nos pone -por el contrario- en el terreno de la libertad: “Hermanos: para la libertad nos ha liberado Cristo” (5, 1). Se está connotando que la libertad no es un bien para otro bien, un bien mediato hacia otro bien; la libertad es un bien en sí. Es una riqueza que Jesucristo nos ha traído porque es indispensable ser libre para tener la dignidad que se impone para creer. El esclavo no puede creer, al esclavo se le imponen las condiciones de su existencia, y todo lo demás se deriva de esa imposición. El que está sometido, en cualquier vertiente, tiene todo lo demás sujeto a esa imposición, aun cuando le parezca que la sujeción es mínima, y no tiene nada que ver con su fe. A esa carencia la denominamos -técnicamente- alienación.

 

Que cualquier sometimiento conculca la dignidad del creyente se pone de manifiesto en el prolongado deambular del “pueblo elegido” por el desierto. Tal vez -mirado con rapidez- uno se imagine que era una “fuetera” de cuarenta años, porque Dios estaba muy bravo con ellos. En cambio, desde nuestra perspectiva, ese tiempo era el necesario para borrar de las mentes y los corazones, de eso pueblo, las huellas de sometimiento que se habían gravado profundamente en todo el tiempo que habían vivido sin libertad. Uno no se quita ese “cicatriz” de la noche a la mañana, con simplemente cruzar el mar rojo. Aunque ese mar era simbolismo de purificación, de lavarse; no bastaba, porque las cadenas, más que pesar en el tobillo, pesaban en sus consciencias. Ese paso del Mar Rojo, era simbólico de su marca a sangre y fuego, era rojo porque la esclavitud a la que habían sido sometidos, la habían tatuado en su mentalidad con semejante violencia. Esa dependencia, tan arraigada, se expresará después, en la nostalgia, de ciertas ventajas materiales a las que estaban dispuestos a reducir su libertad: ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, así como de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos! (Nm 11, 5).

 

Hay unos puntos cimales en esta perícopa, que se contrastan unos con otros para empujar hacia su cumbre la verdad (no estamos hablando de la verdad de los filósofos, de una verdad teórica que nos ofrece una definición filosófica, sino de la “verdad” que libera para creer), y subsumir en el abismo la falsedad, la que, como una trampa, se cierne sobre nosotros como red sobre los pajarillos. A saber:

a)    Esclavitud

b)    Circuncisión

c)    Ley

d)    Libertad

e)    Gracia

f)     Fe

g)    Amor

 

Son siete puntales que afianzan esta Revelación.

 

San Pablo nos muestra palpablemente y con toda claridad que la circuncisión no es más que un fetiche, que la circuncisión puede convivir con una consciencia “esclava”. Circuncidarse niega a Jesucristo, como diciendo que el Sacrificio del Señor en la Cruz es inútil, y todavía son necesarios otros derramamientos de sangre; el valor de la circuncisión radica -desde la -óptica judía, desde esa mentalidad- en que se derrama sangre, y la sangre es la condición que valida el sacrificio.


La fe, según hemos visto, es “escuchar” y acoger para hacer vida lo escuchado. Circuncidarse es un acto ritual que los haría cambiar de Dueño, cayendo de nuevo en la “esclavitud”. Ojo a la sentencia conclusiva que nos pone San Pablo: “… en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor”.

 

Esto es lo que muchas veces -como consecuencia de la falta de libertad- nos negamos a aceptar, que es el Amor lo que nos hace florecer en Jesucristo.

 

Sal 119(118), 41. 43. 44. 45. 47. 48

Si me amáis, seréis fieles a mis Mandamientos.

Jn 14, 15

En este salmo nos encontramos una declaración de una profundidad maravillosa: “Serán mi delicia tus mandatos, que tanto amo”. No se trata de leyes, no se trata de mandamientos, no es cuestión de preceptos. El punto en cuestión es amar la Voluntad de Dios. Uno siempre ha de querer lo mismo que quiere el amado. En eso estriba la “Comunión”, en querer lo que Dios quiera, porque nuestra delicia está en “sintonizar con ese Querer”.

 

Esto no lo puede entender un “esclavo”, el esclavo solo entiende el restañar del látigo. El recuerdo del azote es lo que hace obrar la consciencia del que vive o ha vivido sometido. ¡No obra porque ama, obra porque teme!

 

Aquí el salmista dice: “Levantaré mis manos hacia tus decretos que tanto amo y recitaré tus mandatos”.

 

Pero hacer nuestra Su Voluntad, no está en nosotros, porque su Voluntad nos excede. Podernos acogernos bajo las alas de su Ley, eso es la Gracia. Por eso el verso responsorial le ruega: “Señor que me alcance tu Favor”, esta es la manera de rogar al Cielo, que no obremos tratando de forzarnos a “ser virtuosos” sino que Dios-Mismo, nos regale ese Don, que sin esfuerzo y sin forzados empeños, nos brote serle agradable y Él acepte nuestras plegarias como incienso agradable a su Presencia.


En otra parte de este Salmo de súplica, el salmista nos da un consejo: Meditar la Voluntad de Dios con perseverancia. Hay que estar acariciando la Palabra de Dios en nuestro corazón hasta que podamos llegar a amarla. Es como -digámoslo así- un proceso de apropiación de la Palabra, hasta que lleguemos a tener alegría cuando transitamos el Camino de sus Preceptos.

 

Lc 11, 37-41

“En lugar de colocar a Dios y a su amor en el propio centro, se colocó a sí mismo y el amor de la propia figura en el centro de todo”

Silvano Fausti

No sabemos a fondo qué razones dieron origen a los rituales de purificación que obligaban a practicar conductas que hoy día nos parecen muy higiénicas y preventivas de un gran número de enfermedades -muchas de ellas de origen bacteriano y microscópico, pero que, en aquella cultura, se explicaban como acciones para agradar a Dios y tenerlo contento. Por cierto, que, esto nos pone a cavilar sobre acciones que también nosotros ejecutamos una y otra vez, con automatismo y mecánicamente, sólo porque desde la más tierna infancia las hemos heredado.


En este fragmento evangélico de San Lucas, se nos informa que Jesús fue invitado por un fariseo (que se presumía de “puro”) que le “rogó” que fuera a comer con él. Pero Jesús fue directo “a manteles” sin cumplir con los rituales de purificación prescriptos.

 

Le dice Jesús: “Ustedes los fariseos limpian por fuera la copa y el plato”, pero el tema no era sobre la limpieza de la loza sino sobre la limpieza ritual de las manos, lo que San Lucas nos precisa.

 

¡Ah! Es que Jesús está comparando al ser humano con las copas y los platos. Y ¡es que lo somos! Porque ¡lo espiritual está en nuestro interior! Jesús nos dice, la pureza que ustedes tanto se afanan en tener, no radica en la exterioridad; hay que tener cuidado es que por dentro no estemos llenos de ἁρπαγή [arpage] “rapiña” (“robo”, “pillaje”, “saqueo”, en general conductas avariciosas que no dudan en atracar con cuchillo) y πονηρίας [ponesias] “maldad”, “iniquidad”.

 

¿Cómo se cura uno de las consecuencias de la avaricia? Desprendiéndose de todo lo que ha conseguido “atracando”, “rapiñando con violencia”. El remedio que le da Jesús es que dé de limosna de todo lo que ha acaparado con apetito codicioso.

 

Observemos que Jesús le está enseñando al fariseo dos cosas:

      i.        Que hay que tener limpio el corazón de codicia

     ii.        Que la libertad se gana, deshaciéndose de todo lo que uno acapara por esa sed perversa de tener más arrebatando: Por eso, la mejor terapia es romper con todo lo que hemos traído a nuestra vida como resultado de la perversión de nuestro corazón.


Podemos deducir una enseñanza sintética: Dar caritativamente, desprendiéndonos con generosidad, hará que todo en nuestra vida sea puro.

domingo, 11 de octubre de 2026

Lunes de la Vigésima Octava Semana del Tiempo Ordinario

Gl 4, 22-24. 26-27. 31-5,1

Para la libertad nos ha liberado Cristo

En relación con Dios, somos perfectamente libres, porque Dios, que no está dominado por nada, ni busca dominar, no tiene que defender su libertad dominando.

Dumitru Staniloaë

 

«… el “consenso universal”, fruto del discernimiento, nace de la escucha de todos. Vale la pena reiterar lo que dijo el Santo Padre en el 50º aniversario de la institución del Sínodo: «una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha», en la que todos – el pueblo santo de Dios, el Colegio Episcopal, el Obispo de Roma – están llamados a escucharse unos a otros para escuchar lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Para garantizar que esta escucha sea de todos y siempre involucre a todos – es decir, a la Iglesia – hemos implementado el principio de restitución. Siempre, en cada paso que fijaba en un texto el discernimiento eclesial en curso, hemos restituido a las Iglesias el fruto de la escucha».

 

En una interpretación superficial de la perícopa que hoy nos ocupa, uno diría: Los que pertenecen a la descendencia de la libre, es decir, de Sara-la-esposa-libre-de-Abrahán, serían los libres. Por otro lado, los que descienden de la esclava -Agar- serían los esclavos. De Agar descienden los paganos, entonces, los paganos serían los que tendrían que estar atrapados en la Ley. El hijo de Agar (Ismael) era, según la carne; el hijo de Sara -en cambio- era el hijo-de-la-promesa.

 

Pero Pablo, siguiendo un estilo rabínico, emparentado con la Mishná oral, con un enfoque ἀλληγορούμενα [alegoroumena] “alegórico”, dice (4,24): “Las dos mujeres representan dos Alianzas”; siguiendo nuestra manera de hablar, hoy día, diríamos Viejo y Nuevo Testamento. La manera alegórica de hablar, lleva en primer término, a una analogía entre libre y esclava, Viejo y Nuevo Testamento; la esposa libre de Abrahán-vs-la concubina/esclava; los que descendían de la libre eran libres, los que descendían de la esclava, eran esclavos. Pero el Tárgum paulino, o sea, la manera específica de interpretar que usa San Pablo tiene otro cause distinto.

 

San Pablo introduce otro eje hermenéutico, el de “la Jerusalén de Arriba”. San Pablo toma en cuenta que la Ley fue entregada en el Sinaí, pero, el Sinaí no está en territorio israelita, sino en territorio árabe, o sea que la Ley lleva a la esclavitud de los que se adhieren a la Ley; pero los que se adhieren a la Nueva Alianza, la de Jesucristo, esos dependen de la Libre, porque en la nueva Alianza no se toma en cuenta la descendencia genética, sino que la Nueva Jerusalén se cuida también de los “gentiles” con la única exigencia de ser discípulos de la Nueva Alianza en Jesucristo: Rey incuestionable de la Jerusalén de Arriba.

 

Llegamos de este modo a la conclusión que se impone desde la perspectiva esclava/libre, y, en simetría, la oposición Jerusalén de aquí - abajo/ Jerusalén de Arriba.

 

La Jerusalén de arriba siempre será la libre, porque es la que sigue el hilo de la Alianza, que atraviesa desde Abrahán hasta Jesús, tomando en cuenta que Abrahán tampoco era israelita, sino que venía de Ur de Caldea, o sea, era externo a la Israel geográfica, como los Gálatas, ahora, son también externos a la progenie de Abrahán/Sara. Pese a lo cual, San Pablo declara: “Así pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre”.

 

Lo que no quiere decir que los judíos, o los paganos, o -en este caso- los gálatas, sean libres y ya; sino que se requiere un esforzarse, una perseverancia en la pertenencia a esta nueva Alianza construida por referencia con la Jerusalén de Arriba; hay que rechazar que vuelvan a ser encerrados en la jaula de las “tradiciones judías”, como pretendían los judaizantes que querían forzarlos a regresar a los temas de la “dieta pura”, la “circuncisión” y el “ritualismo” que promovía el judaísmo. Con esta advertencia final, concluye San Pablo la perícopa: “στήκετε [stequete] «Manténgase, pues, firmes”, y no dejen que vuelvan a someterlos al ζυγῷ δουλείας [zugo douleia] “yugo de esclavitud”.

 

Cuando el ser humano se aferra empecinadamente en el “legalismo”, lo que consigue es caer en la esclavitud; y, precisamente es contra eso que nos previene aquí San Pablo; él se dirigía a los Gálatas para señalares el gran riesgo de perder la libertad conquistada si accedían a abandonar el kerigma que el propio Pablo les había entregado; las enseñanzas recibidas en su “primer amor” en la fe; y venían a sucumbir ante la imposición de estos “yugos” tradicionales en el judaísmo, pero que de hecho, -y esto es lo que se da en la Iglesia naciente- la revocatoria del legalismo, en favor de la libertad que nos ha traído Jesucristo.

 

En todo este co-texto, cuando se habla de la “promesa”, el asunto en cuestión es la Jerusalén de Arriba, que desde antiguo se tenía afirmada como heredad traída por el Mesías = Cristo. Y la heredad no es genética, sino espiritual.

 

Cuándo Isaac se salvó de ser sacrificado, quedó garantizada esta promesa: los que eran desesperadamente ajenos a la libertad, fueron adoptados y herederos, y para disfrutar de esa resurrección que consiste en no ser “llevados” a la muerte, sino ser exceptuados de ella por la muerte del “Cordero Vicario”: Jesús, que nos sustituyó en el Sacrificio, en el Altar de la Cruz. Sus cuernos estaban allí, trabados con las ramas, para que nos sustituyera vicarialmente, a nosotros los que merecíamos morir. El Cordero-Vicario era total y completamente inocente, no tenía por qué morir.

 

Nótese que este salto se ha producido “alegóricamente” por el salto “lógico” que da San Pablo. En ese sentido se puede hablar de dos clases de alegoría, una “alegoría propiamente tal”; y, otra “alegoría histórica”, porque se remite a un hecho que tiene un sustrato histórico, y al que se le da una lectura y un tratamiento especial.


Vale la pena enfatizar, que esta exención de la ley no se da para que podamos “pararnos de cabeza” y pretender que estamos por fuera del alcance de la moral. Esto es lo que quiere decir “mantenerse firme”, que no es sólo no dejarse llevar a la tendencia judaizante sino, vivir coherente en la Ley Única del Amor. Tomando siempre en cuenta que el cristiano es por definición “libre”. La libertad estriba en poder ser capaz y entregado a todo lo que lleva a la auto-realización en la plenitud del bien. Vida en el esplendor de la Justicia Divina. Vida en la libertad de los “hijos de Dios”.

 

Sal 113(112), 1b-2. 3-4. 5a y 6-7

Tres estrofas forman la parte del Salmo que se proclama hoy. Se trata de un himno. Este himno alaba una generosidad desconcertante de Dios.

 

Pensemos por un momento en una droga, al alcance de la gente de escasos recursos, que una “Entidad” lanza al mercado precisamente para socorrer a quienes en otro caso no tendrían ninguna opción de allegarla.

 

Hablaríamos quizás de una “opción preferencial”. Un tratamiento “providencial” destinado a pacientes de bajos recursos. Se trataría de un “laboratorio” que piensa y se preocupa de los que carecen de recursos. Quizás un especulador censuraría: “Qué perdida de oportunidad: Un gran margen de ganancia despilfarrado”.


Si miramos lo que San Pablo nos plantea en la perícopa de la carta a los gálatas, podríamos hasta llegar a preguntarnos con extrañeza: ¿por qué ese afán de apadrinar a los “gentiles”, ¿por qué no concentrarse en los “hijos de la libre”?

 

El salmo nos trae la respuesta: ¡El Señor se eleva sobre todos los pueblos! Él no empieza recortando el mercado y haciéndolo exclusividad de los de mayor poder adquisitivo. No busca enriquecerse. Busca lo mismo que nos está enseñando, que llevemos el Bien, hasta el último rincón.

 

¿Quién es como Dios, que opera desde la kénosis? En vez de alejarse, de poner barreras, de contratar guardaespaldas, de poner barricadas; Él lo que hace es darse, entregarse, ponerse en nuestras manos, tener las puertas abiertas de día y de noche, atender su “negocio” 24 X 7, y nunca encarecer, por el contrario, siempre abaratar.

 

¡Y, se desvela por el que está más caído, por el más necesitado!

 

Entonces, ¿por qué -sin embargo- hay tanto dolor en la tierra? ¡Porque si Él lo suprimiera, no tendríamos ninguna oportunidad de ser como Él!

 

Cuando vemos este cuadro, así, de conjunto, ¿qué podemos comentar? Lo único que podemos hacer es cantar un himno: ¡Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre!

 

Lc 11, 29-32

En esta perícopa del Evangelio vamos a atacar otra “alegoría histórica”: se tomarán como referentes a Jonás y a la Reina del Sur. Se trata de hacer una exegesis particular de estas dos figuras-tipo para realzar y justipreciar que Jesús es el Mesías = Cristo. ¡Jesucristo es “Uno que es más”!


Cuando aquí se dice γενεά [genea] “generación”, podemos entenderlo como “esta raza de hombres”, es un uso metafórico de la palabra, todos los que viven en esta época, que estáis escuchando y toda vuestra prosapia”, es una manera de generalizar, ninguno queda exceptuado. ¿Cómo somos? Πονηρά [ponera] ¡Perversos! Esta palabra subraya el “dolor que genera el mal que se hace”.

 

Esta generación ha sido “generada” en la fe, para que su “comunión” forme un tapiz de religiosidad. Pero, para eso se necesita que cada quien se sienta parte del tapiz; de otra manera se quedaran exigiendo prodigios, pidiendo demostraciones, reclamando “milagros” pero ellos no alcanzan este nivel de respuesta, se conforman con pedir “milagros”, que, si los complacen, aplauden, dan la espalda y se van tan orondos.

 

Y ¿qué denuncia Jesús de “esta generación”? Que pedimos σημεῖον [semeion] “un signo”. Reclamar un signo es una manera de dudar, está en contravía de la fe, la fe no reclama “demostración”. La fe rebosa confianza, seguridad, certeza. A la fe no se le ocurre ni por casualidad pedir que le deje meter el dedo en el costado.

 

Lo que es irónicamente-doloroso, es que so capa de su pertenencia al “club de fans” (porque eso no alcanza a ser religiosidad), se creen con derecho de cercarlo, en un rincón, y pedirle demostraciones. Como a mago de feria, y si el truco no me complace, exijo el re-embolso de mi dinero. ¡Porque a mí no me van a estafar!

 

Jonás fue “signo” porque detonó -así fuera a regañadientes- un proceso de conversión en Nínive. Todos se dejaron tocar, no por algún prodigio, sino por el mismísimo mensaje de Dios, que su profeta les comunicaba: עֹ֚וד אַרְבָּעִ֣ים יֹ֔ום וְנִֽינְוֵ֖ה נֶהְפָּֽכֶת [aud arbaim yaun weninive nepaket] “De aquí a cuarenta días, Nínive será destruida”. Se trata de lo menos espectacular del mundo, una frase de cinco palabras, eso era todo. Es un signo extraordinariamente lacónico, seguramente este “mago” no recibió aplausos, pero cumplió; lo hizo de muy mala gana porque él consideraba que Nínive merecía el “castigo” y sudaba ira, porque en el fondo, ya sabía que Dios es Misericordioso, que los iba a perdonar, y que él, Jonás, quedaría como un tonto.

 

La fe es -en realidad de verdad- la capacidad de Escucha: Los ninivitas supieron oír, supieron identificar en la voz de Jonás la Palabra de Dios. Aquella profecía de Jonás, era, para Nínive el “kerigma”. La palabra “kerigma”, es una voz técnica, que significa “mensaje de Dios que nos deja ver que Dios actúa, que Él hace promesas, y de ahí se desprende la certeza de que tales promesas se verificaran. Le fe consiste pues en escuchar el kerigma, saber que es Palabra de Dios y que lo que Dios dice está garantizado.

 

Ahora, velozmente, miremos a la Reina de שְׁבָא [Shiva] “territorio del Sur-oeste de Arabia”, ojo, también ella era una “pagana”; ¿qué vino a hacer? ¿Venía a ver algún mausoleo, una gigantesca estatua? ¿quizás venía para complacerse viendo un palacio maravilloso?; de acuerdo a lo que nos explica San Pablo hoy, en esta perícopa de la Carta a los Gálatas, vino para ἀκοῦσαι [akousai] “escuchar” la “Sabiduría de Salomón”.

 

En síntesis, la cuestión de la fe no es la de ver espectacularidades, sino la de tener un oído sutil, capaz de discernir el “kerigma”, y ser fieles a él, permanecer firmes en el “primer amor”.

 

Mencionamos lo que dijo el Cardenal católico maltés que ocupa el cargo de Secretario general del Sínodo de los Obispos en la Primera Congregación General de la segunda sesión del Sínodo de la Sinodalidad: «El discernimiento eclesial puede ser un desafío y un ejemplo para cualquier tipo de asamblea que deba encontrar en la escucha mutua de sus miembros la regla de oro para la búsqueda de la verdad y el bien común. Sin olvidar que el discernimiento es un "puente" a través del cual creyentes y no creyentes pueden escucharse y comprenderse utilizando una gramática común» (Palabras del Cardenal Mario Grech).


El sínodo de la sinodalidad nos llama a la “escucha”, y nos conmina para que, entre los verbos de la eclesialidad, “escuchar” esté entre los principales. ¡Que sea la llave maestra para poder andar juntos!