lunes, 6 de abril de 2026

Martes de la Octava de Pascua


Hch 2, 36-41

La fecha señalada como marco temporal de esta perícopa es el Día de Pentecostés. Es interesante, después de la introducción, que empalma perfectamente con el final del Evangelio Lucano, centrándose en la Ascensión, va directamente a Pentecostés; en eso nosotros experimentamos que la metanoia apostólica, tuvo necesidad de esa cincuentena, para poder asumir, de una buena vez y con todas sus implicaciones la Misión que el Señor les había encomendado. Él los envió a algo, concreto, su sentido de vida había sido especificado, faltaba dar el paso esencial de asumirla. En la perícopa que se leyó ayer, se dio una “solemne declaración kerigmática” donde Pedro, hace una glosa del capítulo 3 del profeta Joel, para mostrarnos que, al mirar hacia Jesús, podemos reconocer en Él, al Señor y Mesías profetizado, puesto por Dios. Este razonamiento lo respalda con la enseñanza que se deriva -como se vio ayer- del Salmo 16(15).

 

Los que estaban allí congregados, preguntan ¿qué les corresponde a ellos?, ¿cuál es el siguiente paso a dar? En la pregunta se connota la aceptación y el reconocimiento sobre estos “principios doctrinales” de los que podían echar mano para iniciar el camino discipular. Esta actitud de aceptación se engloba en la expresión “Lo que oyeron les llegó al corazón”.

 

Pedro, les da -como respuesta- y nos parece clave, una respuesta sencilla, son sólo dos pasos a dar, que implican el reconocimiento de que la promesa no era una exclusividad, sino que estaba destinada a los allí presentes y a sus generaciones venideras:

a)    Bautícense, invocando el Nombre de Jesucristo

b)    Y, se les perdonarán los pecados, así recibirán el Espíritu Santo.

 

Pero, no queda la aceptación allí, se da un lineamiento general que entraña muchas cosas: “Pónganse a salvo y apártense de esta generación malvada”. ¿Quiénes y qué representa esa generación malvada? Los que crucificaron a Jesús. O sea, a los mismos a los que les está hablando. O sea que deben dejar de practicar una religión que enseña una cosa, pero no le cumple a Dios la enseñanza recibida. Entroncando con una enseñanza de Jesús dada en Mt 23, 3: ¡Hagan lo que dicen, pero no se les ocurra hacer lo que ellos hacen!

 

Detengámonos ahí por un momento: ¿qué es lo que ellos dicen, pero no hacen? ¡Pensemos! Porque es clave ese discernimiento. Gastemos el tiempo que sea necesarios para mirar que es lo que dicen y no hacen.

 

Se ofrece la posibilidad de hacerse discípulo siempre y cuando aceptemos mantener coherencia con la enseñanza de Jesucristo, que no consiste en un apego a las “manías” correligionarias, sino en la aceptación de un “estilo de vida”, que pone el Espíritu Santo en nosotros, en primerísimo lugar, valga decir, vivir a la manera de Jesús, ser fieles a su ejemplo.

 

Lógico que ese ejemplo no es una moda en el corte de cabello, ni las usanzas de vestuario de la época, sino a Su Espíritu, el que se ha trasmitido por medio del Evangelio, y el que se ha entregado a la Iglesia -Preciosísimo encargo- para que sea fiel albacea del “Testamento”, ejecutora instituida para velar por ese Divino-Encargo.

 

¡Es que fulano pone un platón lleno de agua encima del armario! ¿Jesús hacia eso? ¿De dónde salió esa costumbre? ¿Cómo puede lograr un platón de agua encima de un mueble acercarnos a Jesús?

Es que un vecino mío enciende doce lamparitas en fila y las acompaña hasta que se derriten completamente. ¿Qué relación guarda eso con Jesús, con la fe que les entregó a los discípulos y que Él les encargó?

 

Es que “perencejo” se antigua tres veces seguidas, y nos cuenta que así lo hacían también los abuelos. Es muy posible que uno de los primeros pasos para vivir la fe sea expurgar todas nuestras manías tradicionales a la Luz de la enseñanza de Jesús-Señor-y-Mesías.

 

Sentimos una llamarada en el pecho que relaciona esto de “Salvarse de esta generación perversa” de aquello que le enseñó a la mujer sorprendida en adulterio: “Vete y no peques más”. (Cfr. Jn 8, 11)


Sacramentos como el Bautismo y la Conversión, nos llaman al compromiso y la fidelidad del ser-humano con los Mandamientos, en particular con el Mandamiento crucial de Jesús, el del Amor. Porque lo trascendente en Jesucristo es el Amor. Convertirse y ser bautizado alude a esta coherencia cristiana.    

 

Sal 33(32), 4-5. 18-19. 20 y 22

Fiel a su Alianza

Un himno es un canto que presenta una estructura poética, y expresa alegría; alaba y/o ensalza a Dios o un cierto hecho histórico que lo da a conocer; manifiesta pues, el poder Divino y la Bondad de todo cuanto Él hace. En su estructura, que no se sigue al pie de la letra en todos los salmos de alabanza, se da una invitación a componer y/o entonar el himno, a lo que sucede la enumeración de los diversos aspectos y hechos que motivaron el cántico, para concluir -a veces- con un “lema” que hace la sinopsis y se deduce del contenido del propio himno a modo de inventario.

 

El himno que nos ocupa, es interesante notar que, se forma a partir de versos dísticos, donde, primero se alaba cierta “cualidad o hecho divino” y, en el segundo verso se adjunta otro detalle que funciona como refuerzo, llevando la cualidad a su máximo esplendor y sugiriendo que todo rasgo Divino alcanza su perfección, y que Él no escatima en Dones.


Tomemos un ejemplo de los versos que leemos hoy:

En la primera parte del primer dístico que se lee (v.4), dice: “La Palabra del Señor es Sincera, y todas sus Acciones son Leales”;

Y, en la Segunda Parte (v.5), complementa: “Él ama la Justicia y el Derecho, y su Misericordia llena la tierra”.

 

Así, se imprime un ritmo “andante”, que es ágil, pero sin llegar a veloz; es como caminando, pero no tan rápido como si fuera corriendo (cuando se corre se diluye en la consciencia todo el mansaje y no queda nada para el corazón. En cambio, cuando se da paso a paso, la cadencia que se imprime es muy agradable y muy apta para la alabanza. A medida que se “camina”, -con la oscilación pie izquierdo-pie derecho, asociada con primer verso, segundo verso- vamos como saboreando la acción Poderosa de YHWH, y empapándonos en la Fragancia de su Amor.

 

En el ambiente de Resurrección -en este día prolongado en los ocho días de su “octava”- viene muy bien Alabar. Acompaña este sentimiento la alegría, y una esperanza que se ha hecho, bien fundamentada.

 

No se alaba a Dios por los rasgos que nosotros queremos ponerle (como si Dios requiriera tomar en préstamo un “gato hidráulico” que le ayudara a levantar su auto, ese “artilugio” sería un subproducto de nuestra “inteligencia”, como si Él hubiera menester de prótesis de fabricación “humana”), con lo que quizás pretendemos alzarlo más Alto -descuidando que Él ya Vive en la Plenitud Total, Él no necesita que le pongamos Corno, porque su Ser-Dios ya implica la corona más alta, superior a la Mitra. El himno -en cambio- se fundamenta, como ya lo insinuábamos más arriba, en la inserción de su Poder en un hecho o momento histórico, donde podemos testimoniar el Amor que vela sobre nosotros y el poder inenarrable de Su Brazo.

 

El “lema” que compila el mensaje del salmo reza así: “Que tu חָ֫סֶד [chessed] “Misericordia” Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti” (v.22). Esta palabra hebrea arrastra consigo una idea suplementaria, no sólo se refiere a la conmoción de Sus Entrañas ante nuestra debilidad y nuestros fracasos, sino que adjunta el hecho de que Él lo ofreció, al pactar Alianza con nosotros, y ya sabemos que Él permanece fiel a Sus Promesas.

 

Jn 20, 11-18

Noli me tangere (Jn 20, 17)

No es lo mismo tocar, pongamos por caso, la superficie de una tabla para comprobar su suavidad que, tocar la mejilla de la persona amada. Al tocar la madera la sensación es unilateral, solo siente el que toca. Pero al tocar a una persona, podemos introducir una emoción, o al menos una sensación en el destinatario del contacto. En este caso, el “toque” es más que simple toque, el toque se vuelve “mensaje”.


En griego es Μή μου ἅπτου [me mou aptou] “No me retengas”, “no te me apegues”. La palabra ἅπτου significa tocar a alguien de manera que al tocarlo lo cambia, o le hace cambiar su propósito, su decisión, “lo hace desistir”; es un contacto que “compromete”, o que “frena”. El amor fácilmente deviene “apego”, que consiste en la incapacidad para desprenderse.

 

Amar no es “poseer”, no es “agarrar”. Definitivamente hay maneras de tocar y de “tocar”. Ya en el pasaje de la hemorroisa nos encontramos con una diferencia sustancial que Jesús implica, entre el contacto de los muchos que lo tocan y el tacto del κρασπέδου [kraspedou] contacto hecho al tocar el “borde del manto” para “sacar de esa fuente poder sanador”, que es el contacto que hace la mujer que arrastraba su dolencia ya 12 años (Lc 8, 43-48) (y no es por el uso de un verbo diferente, que siempre es el mismo ἅπτομαι). La diferencia ha de buscarse en la propia pregunta que los discípulos le dirigen a Jesús, aun cuando para ellos “toque” es “toque”, y no ven ninguna diferencia. Es clarísimo que para Jesús la hay, este otro toque tiene una determinada “intencionalidad” y no pasa desapercibido para el Señor.

 

El borde del manto “talit” (manto de oración utilizado en el judaísmo) en hebreo se llama צִיצִת [tzitzit] “fleco”, “borla”, y son unos nudos especiales -8 hilos (formados al pasar 4 hilos dobles) y 5 nudos dobles- en el manto judío, que evocan los Mandamientos.

 

 Aquí también habrá que esmerarse en saber que significa esta “prohibición” que establece Jesús a María de Magdala. Continuemos leyendo el versículo, para co-textualizar la frase: “No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”. ¿Cómo interpretamos esta afirmación? Dios es de cada uno, pero, a la vez, de todos los demás, mío y de todos ustedes. Por eso no trates de “capturarlo”, no pretendas “enjaularlo”, Él-Es totalmente Libre, su amor es de cada quien como si cada uno fuera el único, pero nadie lo tiene en exclusividad. ¡Atentos a esto cuando digamos “Dios mío”!

 

En este verso 17, está el prodigio de Su Amor, que llena todo, pero no se agota jamás, que envuelve en Su Abrazo con Infinita Ternura, hasta hacer que seamos conscientes de ser Amados-Sin-Límites, pero es tal Su Grandeza que todos los otros sentirán igualmente como si fueran los únicos-amados; pero esa consciencia de enormidad amorosa, espera que reconozcamos que todo prójimo es un hermano, igualmente amado con Amor Indescriptible, con Amor especial, con Amor personalizado, Justo a la medida. Así que hay que prestar mucha atención a la enseñanza de San Pablo: “El amor … es χρηστεύεται [krestenetai] “bondadoso”, οὐ ζηλοῖ [ou zeloi] “no es envidioso”, “no es celoso” … (1Cor 13, 4bc). No envidiemos a nadie, reconozcamos que todos somos Infinitamente Amados en el Amor de un Padre que alcanza para todos y que a nadie excluye.

 

Caigamos en la cuenta que, a través de los siglos, hemos comulgado, y el “Pan de Vida” no se ha agotado, ¡ni se agotará jamás! porque el Amor es así, ¡cuanto más se dona, más abundante es! ¿No nos ha pasado? Que cuanto más amamos a alguien, ¡más grande se vuelve ese Amor!


En esta perícopa Jesús es el Maestro del Amor.

domingo, 5 de abril de 2026

Lunes de la Octava de Pascua



Hch 2, 14. 22-33

Durante este tiempo Pascual, la Iglesia ha previsto la Lectura de los Hechos de los Apóstoles, como Primera Lectura. Esto incluye también a la Liturgia de la Palabra de este tiempo.

 

Podemos trazar un mapa del Libro de los Hechos de los Apóstoles, lo cual siempre es muy útil, para orientarnos en una exploración.

Podemos plantear que el Libro empieza con una introducción la que ocupa por entero el capítulo 1: (1, 1-26). Este capítulo, a su vez, puede subdividirse en dos subsecciones

i)              La promesa del Espíritu Santo (1,1-11)

ii)             La elección de Matías para que completara el grupo de los Doce, que ahora, sin Judas Iscariote estaba truncado (1, 12-26)

 

Una primera parte, que va de (,1-8,3) relata la predicación del Evangelio en Jerusalén: (2,1-8,3). Salta a la vista que la perícopa que hoy nos ocupará forma parte de esta “Primera parte”.

 

En la segunda parte: (8,4-9,43) Se refiere a la predicación del Evangelio en Samaria y Judea.

 

La tercera parte nos presentará cómo fue llevado el Evangelio a los paganos: (10, 1 – 28,31). Es decir, hasta el final de libro.

 

Nos hayamos hoy, ante una “pieza” kerigmática. De estos kerigmas encontramos salpicado este Libro donde hallaremos 6 de ellos: cinco en labios de San Pedro y el sexto y último en labios de San Pablo. Un resumen esencial de nuestra fe. Intentemos descomponer esta “solemne declaración” de Pedro:

a)    Pedro muestra las “credenciales” que, a Jesús el Nazareno, le ha dado su Padre, a saber, ‘δυνάμεσι [dunamesi] “milagros”, τέρασι [terasi] “prodigios” y σημείοις [semeiois] “signos”’.

b)    Jesús, entregado -como estaba consignado en “el Plan de Dios”-, fue matado por estos judíos y vecinos de Jerusalén, hecho este que fue instrumentalizado por “manos de hombres ἀνόμων [ánomon] “inicuos”. “gente sin Dios y sin Ley”.

c)    Dios lo resucitó, ya que no podía permitirse que la muerte lo κρατεῖσθαι [krateisthai] “retuviera”, “detuviera”, “lo trabara” bajo su dominio.

d)    Muestra que la profecía, del Salmo 16(15) no se refiere a David, sino que en ella David -con su mirada puesta en el futuro- se refiere al Descendiente de su Linaje que sería enviado Mesías; y Pedro nos descubre que Ese es, Jesús, el Resucitado.

e)    Quien, por la Diestra de Dios Padre, ha sido exaltado, en conformidad con la Promesa que el Espíritu Santo le comunicó.

El “Plan” y “promesa” remiten a la πρόγνωσις [prognosis], forma de Conocimiento Divino, que le permite saber los que habrá de suceder, como Aquel que va modelando los acontecimientos y los dirige.

 

El kerygma anuncia en primer lugar el acontecimiento y en quien se ha cumplido: Jesucristo es el evangelio de Dios. Proclamación hecha por los apóstoles tras la muerte de Jesús -hacia el año 30- para anunciar la salvación y suscitar la fe inicial. El kerygma (es una palabra de origen griego κήρυγμα, “proclamación”, o “anuncio”, su etimología sería “proclama que hace el heraldo”), es un género literario bíblico y oratorio del Nuevo Testamento que proclama el núcleo central de la fe cristiana: la vida, muerte y resurrección de Jesús como Salvador. Funciona como el primer anuncio misionero, con un estilo testimonial, directo y pascual. Para leer estos puntos que arman la perícopa vamos a presentar una estructura que caracteriza las proclamas kerigmáticas, con tres ejes:

I.              La declaración de la pasión y muerte y su llevada en cuerpo y alma a la Gloria.

II.            El testimonio de Juan el Bautista, los milagros y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. Su ascensión a los cielos y la donación del Espíritu Santo dado a sus discípulos.

III.           La puesta en relación de la vida y obras de Jesús refiriéndolas al Antiguo Testamento y mostrando que en ellas se da cumplimiento a las promesas Mesiánicas de Dios convocándolos a todos -judíos y paganos- para una conversión como preparación para la Segunda Venida del Señor.

 

Si logramos entender este llamado entonces podemos sustentar con total convicción que Jesús no experimentó la corrupción, puesto que su Padre lo preservó.


Cuando decimos primer anuncio, no queremos decir que se dice como gatillante del proceso catequético, sino que, sobre este testimonio-proclama, habrá que volver una y otra vez, como núcleo del mensaje que comporta la Evangelización.

 

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Sal 16(15), 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

Veamos el “título” del salmo, porque nos pone en co-texto, שָֽׁמְרֵ֥נִי אֵ֝֗ל [sa-me-re-ni El] “Protégeme, Oh, Dios mío”. Es un salmo del Huésped de Yahvé. Que vive en un ambiente de politeísmo, donde cada vez más proliferan los ídolos, y donde se degusta beber la sangre de esos rituales idolátricos. El salmista, -que se confía enteramente a YHWH- afirma que el no manchará sus labios pronunciando el nombre de esos dioses.



Aun cuando para todos los demás la pía devoción del salmista es incomprensible, él -en cambio- tiene una felicidad que lo llena completamente y lo lleva a descansar con serena apacibilidad. Sabe que será rescatado de la sombría zona de los muertos y Dios mismo se encargará כִּ֤י ׀ לֹא־תַעֲזֹ֣ב נַפְשִׁ֣י לִשְׁאֹ֑ול [ki lo ta o zob nap-si lis-ol] “para que su alma no se quede atrapada en el Sheol”.

 

Las estrofas 3ª y 4ª de la perícopa de hoy, son el material referencial para la “solemne declaración” de Pedro en la Primera Lectura, donde se “justifica” la Acción Resucitadora de Dios Padre a favor de חֲ֝סִידְךָ֗ [ja-si-de-ka] “su fiel”, de “su santo”, “amante”, “amigo de Dios”, deriva de la palabra חָסִיד [Hassid] “amigo”, “el-que-ama”. 

 

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Mt 28, 8-15

En el verso 1 del capítulo 28 nos señala que “Pasado el sábado, en la alborada del Primer Día de la Semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro”, se trata del Evangelio que se leyó en la vigilia Pascual (Mt 28, 1-10); nos encontramos con un “signo” teofánico: el “temblor de tierra” que quiere decir que lo que sucede allí, es algo que Dios mismo nos revela, en este caso por medio de su ἄγγελος [angelos] “Mensajero”. Notemos lo teofánico de su vestimenta y de toda su apariencia en general: como relámpago, y que la blancura de su traje es nívea.



Este contacto con el Ángel, se da en un espacio de emociones encontradas: de una parte, se da el φόβου [fobón] “temor”, “reverencia”, “sentirse indigno”; y -a la vez- de una χαρᾶς [charas] “gran alegría”, “gozo”. Es importante la misión exegética que tiene el Ángel, es él quien les interpreta los signos, les deja ver detrás de ellos el correo del que son “portadoras”, se narra cómo supieron y captaron que Jesús había Resucitado. Los datos fueron:

·         No estaba allí, en el Sepulcro.

·         El Ángel introduce el concepto de Resurrección; las dirige a “ver” el sitio donde había quedado, (les traduce esa “ausencia”, ese “vacío”), algo que no está, prepara a entender al-que-se-Encontrarán.

·         Las comisiona para llevar la convocatoria para que lo vayan a encontrar en Galilea.   

 

Desde allí, vamos -hoy- directamente al verso 8-. Lo que hizo el Ángel, fue prepararlas, darles los elementos indispensables para “abordar” ahora, el encuentro con El Resucitado: les reveló a las “mujeres” que Jesús había resucitado, -pensemos, sin esta “mensajería” previa ¿cómo habrían encarado el Encuentro? - quizás espantadas, se estarían tropezando (v.9) con un “difunto”, con un “cadáver”, y, este ¡les hablaba! … ¡Habrían quedado despavoridas!

 

En lugar de eso, ellas tienen un gesto supremamente tierno: le abrazan las piernas. Indudablemente es un gesto de gran ternura, que en el lenguaje no verbal pide que no se vaya; si alguien tiene los pies trabados por un abrazo, no puede caminar, así que no podrá separarse de ellas. Se aferran a Él y adornan su gesto con actos de adoración. Gesto que se puede ver como un cierre de paréntesis: al principio del Evangelio, los Magos lo adoran; ahora, en el cierre, son las mujeres las que rinden homenaje de adoración.

 

Jesús, ahora, les da un nuevo cometido: comunicar, pero para poder comunicar, tendrían que llegar a los que se habían desperdigado, a los que -víctimas de la decepción y el miedo- se habían dispersado; era, llevarles el recado -reanimador- de que se les adelantaría a esperarlos en Galilea, que allí era la “cita”, en el contexto de “discípulos” dispersos, desmoralizados, ellas tendrían que infundir el coraje, Jesús las ha delegado emisarias de bravura y denuedo.

 

Propio es afirmar, aquí, que la mujer siempre ha demostrado una gran capacidad emotiva, su afectuosidad es un rasgo innegable de su personalidad, lo que en nada niega su valentía, su decisión -a menos, claro, que se las haya educado melindrosas-; su firmeza, -que no riñe, para nada, con su fuerza de carácter- ni con la capacidad para el idioma del amor. Venimos de respirar los aromas del amor, en el Salmo responsorial, se ha señalado la floreciente amistad entre Dios y el hombre, entre el salmista y YHWH. El lunes anterior, recordábamos la unción de los pies de Jesús -por María, la de Betania- y recordamos como las fragancias del Amor, inundaron la estancia. Todos estos signos de Amor y muchos más, nos van centrando en Jesús, como el Sacramento del Amor de Dios por su rebaño, que sabe ver a cada uno con amor inefable; y nos permite enfocar la mirada y el entendimiento en el Mandamiento del Amor. Jesús, le sale al encuentro para borrarles todo afecto negativo -y, por el contrario- incentivar y acendrarles la Alegría. Las instituye Apóstoles de los Apóstoles. Es un mensaje de amor que inculca valentía.

 

Pero, tenemos también la imagen de los soldados -su propio nombre nos recuerda que operan “a sueldo”, (aun cuando la palabra griega no tiene, para nada, relación con lo salarial: στρατιώταις [stratiotais] de la raíz griega στρατώς [stratos] “ejercito”, “armada”, “flota” y τιώταις [tiotais] sufijo para “integrante”, “miembro”, “uno de ellos”). Ellos también son instituidos -por los sumos sacerdotes- para ser “mensajeros”, pero en este caso, mensajeros de falsedad. Tomaron el dinero y se fueron a “obrar mentira”.



A quién queremos servir: ese es el punto para la actualización del Evangelio: podemos ser como sus apóstolas y servir a la verdad; o, como hacen los “soldados”, se venden y se dedican a servirle al “padre de la mentira”.

¡NO LO MISMO, SINO UNA NUEVA CREACIÓN!

 


Hech 10, 34a. 37-43; Sal 118 (117), 1-2. 16ab-17. 22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

 

Si toda su obra hubiera terminado en el patíbulo de la cruz, la muerte habría sido el fracaso de su persona, de su Buena Nueva, de su mensaje y la desaprobación de Dios

Virgilio Zea s.j.

 

Jesús, en cambio, no viene del mundo de los muertos –ese mundo que Él ha dejado ya definitivamente atrás-, sino al revés, viene precisamente del mundo de la pura vida …

Benedicto XVI

Todavía dominan las sombras

«… sigue siendo difícil comprender cómo María Magdalena, de quien sabemos que amaba al Señor, no fue capaz de reconocerlo inmediatamente, sino que llegó a pensar que se trataba del hortelano.»[1]

“El primer día de la semana, muy temprano, todavía oscuro, María Magdalena fue a visitar el sepulcro. Vio que la piedra de la entrada estaba removida” «Oscuridad es ausencia de Jesús. La oscuridad representa todas esas fuerzas negativas que trabajan de noche y se oponen a Cristo, Luz del mundo (9,4; 11, 9-10; 12, 35s).»[2] Donde se trata de la σκοτία [scocia], “la oscuridad”, se trata de la “oscuridad de la fe”, una oscuridad de naturaleza espiritual, ama a su Señor, le sigue, le continua fiel, pero, su fidelidad está dirigida a un muerto: para ella Jesús no es el Mesías, sino otro muerto más. Por eso, ante Pedro y Juan exclama: “¡Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto!” «Ni por un instante la pasó por la mente que Jesús hubiera resucitado. Más bien pensó en un robo, en una posible profanación del cadáver del Señor.»[3]


 

No acusemos, ni critiquemos, ni culpemos a María Magdalena. Entendamos que llegar a la fe de la Resurrección supone un tipo de profundización teológica que nos viene por la Gracia. Posiblemente, pasó mucho tiempo y tuvieron que vivir muchas experiencias muy fuertes en las primeras comunidades cristianas para poder llegar a reconocer en Jesús al Resucitado, y aún más y mayores profundidades para teologizarlo y llegar a la convicción férrea. Los encuentros con el resucitado nos permiten intuirlo; por ejemplo, cuando Él les tiene el desayuno en la orilla del lago de Tiberiades (Jn 21, 12b) “ninguno de los discípulos se atrevió a hacerle la pregunta ‘¿Quién eres Tú?’ porque comprendían que era el Señor” «Lo sabían desde dentro, pero no por el aspecto de lo que veían y presenciaban.»[4]

Algo así se nos critica frecuentemente cuando ven algunos nuestra representación del Crucificado o nuestra cruz como símbolo de nuestra fe. A ellos hay que recalcarles que no hay Resurrección sin cruz. La cruz nos lleva a mirar cara a cara el rostro del Amor de Dios, de su infinita inmensidad, como lo hemos dicho en otra parte: Dios nos ama tanto como una mamá ama a su bebé en medio de su indefensión. Con Tierno y Dulce Amor de Padre nos ama el Padre Celestial, pero más, con Amor Divino, con Misericordia; por ningún mérito nuestro, sino porque Él quiere amarnos, porque al moldearnos del barro y soplar en nosotros el espíritu (Gn 2, 7), quiso añadir -en su Corazón y en sus Manos Creadoras- el Amor. ¡Bendito y Alabado sea su Santo Nombre!

 

Así es como nos atrevemos a afirmar que María Magdalena iba “todavía en lo oscuro” de no reconocer al Señor Resucitado. Es a esa oscuridad a la que se refiere este texto, hay quienes todavía andan en la oscuridad del corazón para discernir en Jesús, al Señor Resucitado.

Pedro y Juan fueron corriendo

Pedro, la roca firme a quien se han entregado las “Llaves” representante de la Iglesia de Jerusalén, compite con la comunidad joánica (probablemente la comunidad de Éfeso); llega primero, pero al ver las vendas y el sudario, no capta nada, en cambio, al discípulo Amado, le basta verlas para captarlo todo y creer.


Augusto Seubert nos presenta tres exégesis diversas sobre el tema de las vendas y el sudario:

 

a) Pueden significar la fe antigua, el judaísmo con la versión farisaica, estricta, pegada a la Ley, concepción fundamentalista, ritualista y ultra-tradicionalista de la religión. Esas son las vendas; y Jesucristo las ha superado, las dejó atrás, anda suelto, desatado, sin amarradijos que entraben su libre caminar. Jesús siempre se mostró libre de ritualismos, de respetos sabáticos.

 

b) Las vendas evocaban a Elías que le dejó la capa a Eliseo y con ella, su poder, de forma tal que Eliseo pudo, igual que Elías, golpear con la capa las aguas del Jordán y dividirlas para pasar a pie enjuto (2 R 2, 8-15). Serían signo de transmisión de poder y autoridad.

 

c) Jesús se salió de las vendas, y quedan ahí, enrolladas, por que digamos que Él se evaporó y las vendas quedaron, enrolladas como lo habían estado alrededor del Cuerpo de Jesús, pero el Cuerpo ya salió de su jaula de vendajes.[5] El sudario doblado (Jn 20, 7b) significaba en el lenguaje de los usos judíos que “iba a volver” si hubiera quedado formando una bola habría significado que ya no regresaría, pero el lienzo doblado significa “¡volveré!”, este detalle, a primera vista insignificante, conocidas las costumbres semitas, era –verdaderamente- un “telegrama” que –si se observaba y se interpretaba correctamente- fue signo y les permitió “ver y creer” (Jn 20, 8).

¿Por qué Juan entiende y Pedro no? El Padre Hugo Estrada nos da una hipótesis coherente: «Juan era el mejor preparado de todos para creer: Juan había recostado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena. Juan era el único de los apóstoles que había estado, minuto a minuto, junto a la cruz del Señor; había participado también en el entierro. Juan era el único que no había negado a Jesús. Por eso su corazón y su mente estaban más abiertos para creer lo increíble»[6]

 

Esencialidad de la Resurrección

Leemos en la 1ª de Corintios “Pero si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada, ni queda nada de lo que creen ustedes.

 

Y se sigue además “que nosotros somos falsos testigos de Dios, puesto que hemos afirmado de parte de Dios que resucitó a Cristo, siendo que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan.” (1Co 15, 14-15)

Veamos lo que comenta, a este respecto, SS. Benedicto XVI:

 

«Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre, y su deber ser –una especie de concepción religiosa del mundo-, pero la fe cristiana queda muerta….

 

Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente…

 

San Marcos nos dice que los discípulos cuando bajaban del monte de la Transfiguración, reflexionaban preocupados sobre aquellas palabras de Jesús, según las cuales el Hijo del hombre “resucitaría de entre los muertos” Y se preguntaban entre ellos lo que querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos” (9, 9). Y, de hecho, ¿en qué consiste eso? Los discípulos no lo sabían y debían aprenderlo sólo por el encuentro con la realidad…

 

…la reanimación de un muerto no nos ayudaría para nada y, desde el punto de vista existencial, sería irrelevante.

 

Efectivamente, si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto redivivo, no tendría para nosotros en última instancia interés alguno. No tendría más importancia que la reanimación, por la pericia de los médicos, de alguien clínicamente muerto…

 

Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en romper las cadenas para ir hacía un tipo totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; … es una especie de “mutación decisiva”, … un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad»[7]

 

Sus implicaciones en nuestra vida de fe

Para muchos de nosotros, fieles cristianos, la resurrección no pasa de ser una fecha en el calendario litúrgico, la Vigilia Pascual con su hermosísimo rito o una imagen de Jesús Glorioso. Pero la Resurrección es muchísimo más que eso. Es un elemento que tiene enormes implicaciones en nuestra vida, y debe repercutir en acciones, en un estilo de vida verdaderamente a la manera de Jesús. Implica, no sólo una creencia sino un compromiso:

 

«En el drama del hombre se juega el autor del hombre. Qué sentido tiene crear un hombre del absurdo: pasión de amor y, no sabe sino destruir al otro; ansia de libertad, de dignidad, y, no afirma la propia autonomía, sino negándola a otros. ¿Tiene sentido crear un hombre que no soñó con vivir, para que cuando se apasiona con la vida se le arrebate sin consultarlo? ¿Somos un haz de luz entre dos abismos de oscuridad? ¿Una burla de quien nos creó sedientos de sentido, sin nunca alcanzarlo?... Todo lo que conquista el hombre se torna ridículo ante lo que queda por hacer. La brizna de libertad que poseemos es una burla para los que no la tienen. Nuestra comodidad y la conquista del espacio, son una ironía cuando no podemos conquistar la propia tierra haciéndola más humana…

 

…hay que establecer una crítica despiadada a un Dios y un hombre lejanos el uno del otro: Dios un absoluto que no necesita del hombre, éste una miseria perdida en los espacios siderales, pequeñez a la que se aplasta sin que Dios se conmueva, en su inmutabilidad, por el dolor de la historia.

 

¿Por qué no pensar a Dios y al hombre, no como dos realidades antagónicas, sino como la capacidad del amor y del don y la capacidad de la aceptación del ser y del amor?

 

Aceptada la fe en la creación, Dios es ante todo relación, ha hecho un mundo para el hombre y al hombre para relacionarse con Él… Creación es afirmar en cada niño que nace, en cada flor que revienta, el triunfo de la vida sobre la muerte…

 

Y ¿por qué construir un mundo para unos pocos y no para todos?

La solidaridad tiene dos caras: hacerse como nosotros, para que podamos ser como Él.

 

No se cree en Jesús y su resurrección, si no se ha vivido la praxis de Jesús y no se ha amado a la manera de Jesús, sin un amor que como el de Jesús hace verdad en la historia la liberación del hombre del pecado, de la opresión, del odio; si no se ha vivido la pasión por el sentido y no se ha hecho la experiencia de Jesús: mirar a Dios como Padre, con un amor que exige construir un mundo de hermanos; Padre en el que se puede confiar y por el que vale la pena entregar la existencia, dándola por los demás.»[8]

 

«La muerte no es la última palabra ni el fin de todo: se entrega uno a la muerte por la justicia, para crear una vida digna, una vida justa. En esta afirmación está contenida ya una afirmación que escapa a los límites temporales. El que es capaz de entregar su vida por la justicia está realizando con ello un inmenso acto humano, que supera los límites del tiempo y del espacio; está diciendo que su deseo de vida justa es eterno. En el cristianismo, el deseo de pervivencia y de resurrección está esclarecido, confirmado y realizado. Lo que en todo hombre está presente de manera oculta, implícita, el cristianismo lo explica y lo expresa»[9]


Helder Câmara contaba una anécdota que –de alguna manera- nos muestra hasta qué punto nuestra fe, o nuestra poca fe, toca a los demás, los calienta o los enfría. «Recuerdo a una mujer que un día consiguió que su padre la acompañara a misa. Su padre, un gran personaje, había perdido la fe. Ella, por tanto, no dejaba de orar: “¡Señor, Señor, transfigúrate durante esta Misa! Mi padre está aquí. ¡Tócale el corazón!” Al concluir la Misa, ella estaba impaciente por saber si se habían abierto los ojos de su padre, si realmente la Eucaristía le había llegado al corazón. Pero él dijo algo que es verdaderamente terrible para nosotros, los sacerdotes y para todos los fieles: “Hija mía, ellos, los que estaban ahí dentro, no creen que Cristo esté en la Eucaristía…”


Por supuesto que no hay que exagerar. Al Señor no le gustan las exageraciones. Pero ¡qué importante es que participemos de un modo más auténtico y más cercano en la celebración de Cristo, para que todo el mundo comprenda que lo que hay allí no es un trozo de pan, sino el propio Cristo!»[10]


Es que cuando creemos llevamos el testimonio, les movemos el piso, comunicamos fe y, en esa misma medida, estamos evangelizando, proclamando la Buena Nueva. Lo contrario es cien por ciento más cierto: Nuestra tibieza, nuestra fragilidad sobre lo que profesamos, es anti-testimonio, puede ser enarbolado como pretexto, puede usarse como excusa para las inconsistencias de los demás. Así que si creemos en la resurrección, tenemos que vivir como Resucitados. Que se nos note la seguridad en todos los aspectos de nuestra fe, y la inconmovible certeza que no moriremos para siempre.

 

Concluyamos con las mismas palabras con las que Papa Francisco cerró su homilía de la Vigilia Pascual del 15 de abril de 2017: “Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

 

«Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad.»[11] Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.” «Nosotros también … nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús.»[12]

 



[1] Câmara, Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae. Santander-España. 1987 p. 183

[2] Seubert, Augusto. CÓMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C. – Colombia 1999 p. 146

[3] Estrada, Hugo sdb. PARA MÍ, ¿QUIÉN ES JESÚS? Ed. Salesiana Guatemala, 1998 p. 206

[4] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET. SEGUNDA PARTE. DESDE LA ENTRADA EN JERUSALÉN  HASTA LA RESURRECCIÓN. Eds. Planeta y Encuentro Madrid-España 2011 p. 309

[5] Cfr. Seubert, Augusto. Op. Cit. pp. 147-148

[6] Estrada, Hugo sdb. Loc. Cit.

[7] Benedicto XVI Op. Cit. pp. 281-284

[8] Zea, Virgilio. sj. Op. Cit. pp. 151-153

[9] Arias Reyero, Maximino JESÚS EL CRISTO Ed. Paulinas Madrid–España 1982 p. 263

[10] Câmara, Helder. Op. Cit. p. 184

[11] Cantalamessa, Raniero. OFM Cap. Loc Cit.

[12] Ibidem