sábado, 13 de junio de 2026

SU PUEBLO

 

Ex 19, 2-6a; Sal 100(99), 1b-2. 3. 5; Rm 5, 6-11; Mt 9, 36 - 10,8

 

Lucas llama a la comitiva synodia –“comunidad en camino”- el término técnico para la caravana.

Benedicto XVI

En la Declaración Dignitas infinita del Dicasterio para la Doctrina de la fe encontramos lo siguiente: Identificándose con los más pequeños de la sociedad (cf. Mt 25,31-46), «Jesús aportó la gran novedad del reconocimiento de la dignidad de toda persona, y también, y, sobre todo, de aquellas personas que eran calificadas de “indignas”. Este nuevo principio de la historia humana, por el que el ser humano es más “digno” de respeto y amor cuanto más débil, miserable y sufriente, hasta el punto de perder la propia “figura” humana, ha cambiado la faz del mundo, dando lugar a instituciones que se ocupan de personas en condiciones inhumanas: los neonatos abandonados, los huérfanos, los ancianos en soledad, los enfermos mentales, personas con enfermedades incurables o graves malformaciones y aquellos que viven en la calle». Esta cita está un poquitín traída de cabellos, pero señala hacia una de las discriminaciones más extendidas que nos hacen inválidos para el ejercicio de la sinodalidad. Pero es que el ejercicio de la sinodalidad está en la mismísima identidad del pueblo de Dios. Y, cada ciudadano de este Reino posee precisamente eso que se le niega. La dignidad de hijo de Dios en el Hijo.

 

¿Qué pasa cuando aceptamos que cada quien tenga su propia comprensión de la realidad y que cada cual elabora su definición de “dignidad” que -en vistas del relativismo imperante-   se deba tomar como válida? ¿A dónde nos lleva la idea de que no existen principios morales universales? A aceptar que el bien, el mal, lo justo y lo injusto dependan enteramente de factores subjetivos, históricos, o culturales. De ahí que cada quien queda flotando a la deriva, como si fuéramos icebergs. Nada nos cohesiona, es más, la formación de comunidad, inclusive de núcleos familiares se imposibilita; se vuelve irrealizable que aceptemos nuestra unificación bajo el cayado del Pastor y bloqueamos la posibilidad de la escucha. Nos adueñamos del fruto del bien y del mal y, de ahí para allá, “cada loco con su tema”. Y yo, por mi parte, seré miembro de la Iglesia, mientras acepten decir y creer lo que yo creo.

 

El judaísmo -por el contrario- era una religión que contenía en sí el germen de la sinodalidad. Del saber andar juntos. Su culto, en uno de sus rasgos esenciales, tenía las peregrinaciones al Templo, donde las comunidades aprendían a caravanear juntas, a marchar unidas, a defenderse y apoyarse entre sí. Los israelitas tenían la obligación religiosa de ascender al Templo tres veces al año (Éx 23,14-17. 34,23; Dt 16, 16s), durante las Shalosh Regalim “festivales de los tres-pies”, festividades principales (Pesaj, Shavuot y Succot) que entretejen los momentos básicos del proceso agrícola con la celebración de los eventos históricos de este pueblo; el propósito era lograr cohesión, fomentar una profunda conexión espiritual y comunitaria.


Familias enteras viajaban desde distintas regiones de Judea y de la Diáspora (Grecia, Egipto y Asiria). Historiadores como Flavio Josefo registraron que durante las festividades principales se reunían multitudes masivas en Jerusalén, estimadas en millones de personas.

 

Estos cursillos de fraternidad y solidaridad tuvieron una etapa de experimentación, desarrollo y consolidación en el Éxodo: con una marcha general de ¡cuarenta años! Enfrentaron entonces talleres-prácticos muy exigentes y arriesgados donde tuvieron que ponerse a prueba ante la dureza de esa travesía.

Cuando Jesús murió torturado y desangrado en la Cruz, nos privamos del Pastor y ahora andamos por ahí, extraviados, como ovejas que no tienen Pastor. A renglón seguido tenemos el deber de recordar y recordarnos que Él prometió no abandonarnos y estar siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos; Él es Dios-con-nosotros.

 

El Éxodo puede agruparse en seis secciones la primera nos rememora la época de la esclavitud en Egipto; la segunda el caminar de los israelitas por el desierto; y, la tercera (integrada por los capítulos 19-24) la Alianza del Sinaí. Alianza es -por decirlo de alguna manera- una clase de contrato. En la época de la Alianza del Sinaí, ya desde mucho antes, los hititas pusieron en boga este tipo de convenio de los cuales los arqueólogos han encontrado modelos donde se sellaban alianzas entre los vasallos y su soberano: lo que nos remite a los siglos XIV y XIII a.C. (redondeando fechas estamos diciendo, entre 1350 y 1200 a.C. mientras el Éxodo se estima ocurrió en el 1445 o en el 1225 a.C. los historiadores no lo han podido precisar).

Notemos que en su salida de Egipto el pueblo llegó al desierto del Sinaí -al tercer mes de su efugio de Egipto- súbitamente encontraron a su paso la Montaña del חֹרֵב Horeb esta palabra significa “lugar desolado”, algo así como “peladero”. El Señor וַיִּקְרָ֨א [wayikra] “lo llamó”, “hablo con voz potente”, “proclamó”; derivado de la palabra קָרָא. [qara] “llamar dando voces”. Les pone de presente las Proezas que ha obrado a favor de este pueblo, sacándolos de la esclavitud. Llevándolos עַל־כַּנְפֵ֣י נְשָׁרִ֔ים [al campe nesarim] “sobre alas de águila”.

 

Es importante hacer notorio que la estadía allí no fue provisional, en realidad estuvieron en aquel lugar el resto de Éxodo, todo el tiempo narrado en el Levítico y la parte inicial de Números. En Nm 10, 11-13 encontramos que los israelitas reanudan su marcha el día veinte del segundo mes del segundo año.

 

Entonces oí la Voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién será nuestro mensajero? Yo respondí ¡Aquí estoy, envíame!

Is 6, 8

 

Moisés sube y baja, para hacerse pontífice entre Dios y su pueblo. Pero, y allí hay que enfocar la linterna: no se reserva la “vocación” a Moisés, ni a Aarón y María -su hermana- define a su pueblo como una pueblo-todo él- con unción sacerdotal. Todo el pueblo será una וְגֹ֣וי קָדֹ֑ושׁ [wedow kadosh] “nación santa”.

 

Toda Alianza debe comprometer a las partes, cada cual al cumplimiento de lo que se pacte: Aquí es muy claro que el vasallaje exige la obediencia a Su Voz y cumplimiento de la בְּרִיתִ֑י [beriti] “Alianza”.  

 

La Alianza fue rota, no una -sino muchas veces- así que, el Sacerdote Jesucristo se ofreció a Sí mismo, victima, en el Altar Calvario para Justificarnos (la justificación está consignada en la frase “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Notemos que, al momento del sacrificio, no se había restablecido la Alianza ni habíamos logrado reconciliar nuestra Amistad con el que es Señor, Dueño y Amo nuestro. El Sacrificio fue pues un acto de Reconciliación. El Amor que Dios nos tiene se probó muriendo por nuestra expiación. ¿Cómo va a ser que habiendo sido justificados no seamos salvos? Y no nos quedamos en la pura salvación, sino que somos asumidos en la gloria de Jesucristo Resucitado que, con el dolor de su Pasión, nos compartió su Victoria. Él lo da todo. No se queda para sí con el premio por su sufrimiento, sino que lo comparte, porque -precisamente- decir amor es decir donación, desprendimiento, generosidad. 

Hay una cosa interesantísima en los Evangelios: Cada vez que se hace la lista de los apóstoles, muestra diferencias y los nombres no son los mismos. A eso se le pretende dar “alguna” explicación, por ejemplo, que las personas tenían dos nombres -o más- y por eso aquí y allá se les nombra de otra manera; también hemos oído pretextar que se debía a que algunos eran nombrados por sus apodos. Les ruego nos regalen la posibilidad de intercalar aquí nuestra propia “lectura” de esa curiosidad de las listas divergentes: Los nombres son lo de menos, no nos pongamos a perderle tiempo a eso, sencillamente intercalemos nuestros propios nombres allí y asumamos responsablemente las consecuencias de pertenecer a esa digna y honorable lista en la que tuvo cabida hasta un traidor.

 

Sean los que sean los nombres, lo importante es que ellos fueron los “quijotes” al frente de las doce tribus de la Nueva Alianza. Por ellos nuestra Iglesia se honra de llamarse apostólica porque pisamos sobre las huellas de su ejemplo, y nos alzamos altísimos hasta la altura de gigantes. Seguimos su rastro y no queremos desviarnos ni un infinitésimo a derecha o izquierda.

Pero -y siempre hay un “pero”- para caminar derechito tras ellos tenemos que hacer -nosotros también- escuela de sinodalidad. Derechito no significa dogmáticos, repartiendo cachiporrazos para que la uniformidad sea perfecta. ¡No! Lo que se espera es que procuremos con toda nuestra buena fe y el Auxilio del Espíritu Santo, sintonizar con Su Enseñanza y serle fieles. No todos iguales, sino todos con los ojos y el corazón mirando hacia Él.

 

 

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