martes, 9 de junio de 2026

Miércoles de la Décima Semana del Tiempo Ordinario

1R 18, 20-39

Siempre hubo y siempre habrá profetas y profetisas ligados a los dioses falsos del poder opresor. Ellos usan la religión en beneficio propio y reducen a Dios al tamaño de sus propias ideas.

Carlos Mesters

 

Evidentemente, los libros de los reyes, no tienen como epicentro a los reyes sino a los profetas. Estamos, por ahora recorriendo el ciclo de Elías, quien se constituirá como el paradigma del profetismo, (del mismo modo que Moisés es la figura paradigmática del Legislacionismo). Ellos dos son los representantes de la Ley y los Profetas.

 

Al principio, los profetas eran figuras que acompañaban a los gobernantes y eran verdaderamente sus asesores de cabecera, consagrados en su tarea de guiar al monarca en su fidelidad. Pero, a partir de un cierto momento, el profeta es desoído y retirado como un personaje molesto que interfería las ansias de poder del monarca.

 

El ciclo de Elías cuyo núcleo temático gira en torno al yahvismo militante, defendiendo a Yahvé como único Dios Verdadero enfrentándose a la religión de Baal; sin embargo, no es de origen yahvista. Histórico-literariamente, pertenece a la historia Deuteronomista. Fue recopilado y redactado en el Reino del Norte durante el siglo IX a.C. y posteriormente integrado en los rollos de los Reyes.

 

Elías, a causa de Jezabel, se convierte en una espina para el talón de Ajab. Elías denuncia la idolatría promovida por Jezabel que trajo a Ba´al y lo puso en el centro del culto para las tribus del Norte. La sequía de la que venimos hablando no es otra cosa que la consecuencia de la traición idolátrica del pueblo que se hizo baalista.

 

Hoy presenciamos un verdadero “duelo” ente los “falsos profetas” que se han puesto de la parte del culto a Ba´al y Elías, el único defensor del culto verdadero a YHWH. Podríamos denominarlo el “duelo en el Carmelo”, puesto que este es el escenario. Se trata de ofrecer un sacrificio pasado a fuego, donde las víctimas son presentadas por el pueblo, pero el fuego será la firma de aceptación de parte de Dios. La víctima aceptada será recibida en las manos de Fuego de YHWH, que son sus Llamaradas recibirá, como homenaje, la ofrenda. En cambio, los profetas de Ba´al no logran que su dios envíe el fuego correspondiente: Elías, por su parte, se burla, preguntándoles si su dios estará muy ocupado atendiendo sus negocios, o si sería que se quedó dormido. En cambio, YHWH, pese a que la ofrenda ha sido humedecida como para que no pudiera entrarle el fuego, sucumbe ente la llamarada hambrienta de Dios. Y, no sólo la víctima, sino que “lame” toda el agua que le habían derramado encima como si los bomberos -preventivamente- hubieran operado sus mangueras para empapar la ofrenda.

 

Era usual que los falsos profetas se laceraran con chuzos para hacer manar sangre y simular que llamaban la atención del ídolo al que invocaban; o, por lo menos, resultaba bastante “espectacular y, por qué no, hasta “conmovedor” verlos llagados, gritando y desgañitándose. Se sabe que estas conductas de cutting se presentan por angustia emocional, tal vez decepcionados ante la falta de respuesta, conducta que suele expresar la frustración y e bajo autocontrol emocional. En todo caso, el derramamiento de sangre era parte integral de los sacrificios. Así los falsos profetas añadían su cuota personal de sangrado lo que, en términos de conseguir el apoyo del público, era suficientemente demagógico, valga decir, como estrategia que busca manipular la opinión pública apelando a las emociones (miedos, deseos y prejuicios) en lugar de recurrir a argumentos lógicos. Su objetivo es ganar el favor popular mediante discursos simplistas y falsas promesas.

 

Elías, por su parte, -recordemos que Ajab y Jezabel habían mandado a demoler los altares del culto al Señor- se puso a reconstruir el Altar de Yahweh, y juntó doce piedras -lo que para nosotros es suficientemente simbólico- que no era cosa de él, ni de algún combo, por ahí, sino que, lo que estaba en juego, era la fe de todo su pueblo, de las doce tribus.

 

Como ya hemos dicho, esa ofrenda estaba tan mojada que no la podrían encender ni con “soplete”.

 

Elías, lejos de recurrir al “show”, dirigió una plegaria lógicamente hilvanada pidiendo a Dios su acción para demostrar que YHWH es Dios y así convirtiera sus corazones Cfr. 1R 18, 36s.


A pesar de la humedad del Altar y de la víctima, el fuego ardió, consumiendo la leña, las piedras, el polvo y toda el agua acumulada en la zanja. Todos los presentes se postraron frente en tierra proclamando יְהוָה֙ ה֣וּא הָאֱלֹהִ֔ים יְהוָ֖ה ה֥וּא הָאֱלֹהִֽים׃ [Yahweh he ha-elohim Yahweh he ha-elohim] “¡El Señor es Dios; El Señor es Dios!”.

 

Sal 16(15), 1b-2a. 4.5 y 8. 11

Allí, dónde el paganismo ha hecho su eclosión, y donde los “falsos profetas” instalan sus caldos de cultivo, el “fiel” siempre verá con asombro que el paganismo florece y todos se apresuran a vincularse a tantas y tantas señas de impiedad y descreimiento. Es, precisamente allí, que el materialismo campea, y las supercherías abundan; es allí, exactamente, donde los vendedores de talismanes y pócimas cuelgan sus tenderetes, y los magos y adivinos levantan sus altares de idolatría.

 

Sin embargo, la fuerza de la fidelidad sostiene al creyente ante tanta depravación y desvío, su fe, permanece incólume y el Señor le presta amparo, apuntalando su confianza para que pueda mantenerse firme.

 

Sabemos que, de todas las tribus, la de Leví quedó sin asignación de tierras, para que ellos se consagraran al culto, asignándole al resto de la Comunidad Israelí, ver por su sostenimiento, para que aquellos quedaran reservados y entregados a las actividades cultuales. Para ellos su heredad era su vida de oración y de intercesión por su pueblo, la atención al culto y el cuidado del templo.


Este es, pues, un salmo del huésped de YHWH. Los Jassidim “enamorados” de Dios, rechazaban y huían de las “libaciones sangrientas”. Sus labios no se manchaban pronunciando el nombre de los ídolos, conscientes, como eran, de que nombrarlos, era ya invocarlos.

 

Sus labios vivían ocupados de pronunciar bendiciones u alabanzas para YHWH. Y ponían toda su existencia en las Manos de Dios.

 

Mt 5, 17-19

 

En un mundo superior puede ser de otra manera, pero aquí abajo, vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces.

 San John Henry Newman


Hay un enfoque muy particular tanto en San Mateo como en San Pablo. Para ellos estaba muy claro que el cristianismo no consistía en un abandono del judaísmo, sino en un perfeccionamiento, en un “llegar al fondo”, en una exploración, “a profundidad”, de la esencia de la fe que se les había “revelado”.

 

Aquí, San Mateo, en esta perícopa lo dice rotundamente: “En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley”.

 

La claridad es precisa:

a)    Nadie debe esconder o disminuir la valía de alguno de los preceptos por considerarlos de menor cuantía.

b)    Quien así obrare, y se pusiera a enseñar con espíritu minimalista la verdad de la Torah, se hará reo del desprecio en el Reino de Dios.

c)    En cambio, quien mantenga en todo su valor y esplendor la Verdad Revelada para Ese, los honores del Reino serán los mayores.

 

Muchos son los casos de quienes pretenden dejar aparte las Primeras Revelaciones pensando que al recortar y disminuir se podía llegar a una fe “más cómoda” y que esa “comodidad” repercutiría en el acrecentamiento del número de fieles, a ellos ha de recordárseles que el número no hace la calidad del Jassidim (piadoso), sino lo que vale es la manera fiel en que ese “Amor” se edifica y cumple.

 

Cuanto más se adentra uno en el cristianismo, más cuenta se da que, es cierto, si se cumple el Mandamiento del Amor, se cumple la Ley Entera. Y que contra el Amor no hay cortapisas ni subterfugios. Prácticamente, la conclusión está también expresamente manifestada en la perícopa: Jesús no vino a abolir sino a llevar a su plenificación la Ley.

 

También, evidentemente, no se trata de volverse “cositero” con las tildes de la Ley, y lo que debe observarse es el “Espíritu” de la Ley. No puede caerse en el detallismo obcecado, sino saber ir a la esencia del Mandato. Y en esto consiste que el cristianismo represente un “corrimiento del paradigma”, como suele decirse en epistemología.

 

Aquí hay un punto crucial que lleva a muchos a empantanarse y retroceder hacia el fundamentalismo del “al pie de la letra”. No se tratará nunca de la repetición de fórmulas y listados, tampoco de la memorización de extensos códigos y de sus numerales; por el contrario, se tratará de una viva e intensiva voluntad de hacer “justo la Voluntad de Dios”, lo que no se logra con el leguleyismo.


En cambio, sí con un anclaje profundo en la ética del cristiano. Es allí, exactamente donde el magisterio de la Iglesia acude solicito a orientar e interpretar, enmarcando y relacionando con los signos de los tiempos, la Voz de Dios que nos ha Revelado la Directriz: “Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré”.

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