2R 4,
8-11. 14-16a; Sal 89(88), 2-3. 16-17. 18-19; Ro 6,3-4.8-11; Mt 10,37-42
Los
cristianos deben pues encontrarse siempre del “otro lado” del mundo, aquel
elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino
humildes; no vendedores de humo, sino subyugados a la verdad; no impostores,
sino honestos.
Papa
Francisco
Dichoso el
pueblo que sabe aclamarte.
Es duro rehuir la impostura. Hemos sido atrapados en sus redes.
Allí donde se nos ofrece seguridad lo que encontramos es la zozobra. Los
héroes-salvadores que rondan y abundan son precisamente los que toman a su
cargo fomentar el desasosiego. Si buscamos –a diestra y siniestra- nos hallamos
sitiados por los paladines de la intranquilidad. Y –con frecuencia- nos hacemos
cajas de resonancia para atizar la angustia. En ese contexto se vive la
aspereza de la persecución: conminados a ser altavoces de las tinieblas,
constreñidos para repetir la proximidad de la hecatombe.
Y, sin embargo, nos negamos rotundamente a ser “vendedores de humo”. Y, no es porque dudemos de la Justicia, sino –precisamente- porque estamos seguros de ella. No creemos que Dios se hace el de la “vista gorda”, pero reiteramos que su Justicia es Misericordiosa y que sus Promesas, su Alianza no se deshace en vacío. El bautizado está destinado a “cantar eternamente las Misericordias del Señor”: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu Rostro. Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro Rey”.
«Tu poder es nuestra garantía. Tu fortaleza es nuestra
seguridad. Nos gloriamos que seas nuestro Dios. Nos alegramos de tu poder, y
nos encanta repetir las historias de tus maravillas. Tu historia es nuestra
historia, y tu Espíritu es nuestra vida… Tú eres nuestro Dios, y nosotros somos
tu pueblo… Nosotros podremos fallarte, pero Tú no nos fallaras nunca.»[1]
El futuro
está asegurado
Padre de bondad… concédenos vivir fuera de las tinieblas
del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad…
De la Oración Colecta
Siempre interesa, a la mejor comprensión de la Palabra de Dios,
atender a los aspectos estructurales: ¿cómo está organizado el Mensaje? ¿cómo
están entretejidos los diversos estambres? Todo esto que parece alambicado, no lo
es –para nada- no es el afán por volver complejo lo que Dios en su bondad nos
entrega con suma sencillez, sino una responsable preocupación por captar las
profundas resonancias que transmite esa Bondad-Generosa. Se vuelve
indispensable acercarse, siempre a “pie enjuto”, porque la Tierra que se pisa
es Tierra Sagrada. Urge, pues, un esmero por contextualizar, por profundizar,
por alcanzar una más cabal inteligencia de tan magnífico don.
En el Evangelio de San Mateo, el que leemos este año del ciclo A, en el capítulo 10º, se nos revela Jesús, que nos brinda ser partícipes de su misión. Él se busca unos “colaboradores” que serán oficiosos continuadores de su acción, en esa medida, se harán miembros del Cuerpo Místico y se volverán co-corporeos con Él. Allí aprendemos que «los discípulos deben esperarse dolores y persecuciones, siguiendo la suerte de su Maestro (10, 16-25); pero no deben tener miedo: el Espíritu hablará en ellos (10, 19-20) y el Padre los custodiará (10, 24-31); ellos sólo tienen que preocuparse por ser fieles pública y valientemente a las exigencias radicales del Evangelio y a la cruz de Jesús (10, 32-39).»[2]
El Evangelio del 12º Domingo Ordinario, dijimos que se extraía
de una “cebollita”, y dijimos también que su
segunda capa se formaba, por arriba, con los
versos 10, 5-15 con las instrucciones para ir a sembrar paz, advirtiéndoles que
sólo algunos la recibirían; y, por la parte de abajo, dijimos que se encontraba
esa enigmática consigna en torno a la paz que sembramos: “No piensen que he
venido a traer la paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada”.
Mencionamos que esta parte de abajo, de la segunda capa, la formaban los
versículos finales del capítulo 10,
34-42. No especificamos más. Pero, la perícopa de este Domingo 13º Ordinario,
está tomada de esta segunda capa, y eso nos precisa entrar en mayor detalle.
Efectivamente, esta segunda capa en su parte inferior podría dividirse en dos subcapas: 10, 34-37 y 10, 38-42, ese sí, el final del capítulo. La primera sub-capa se referirá a lo que es aún- más doloroso, que nuestra propia familia se volverá contra nosotros, simplemente porque les causa repulsión vernos fieles y firmes, mantenernos en la fe. Si somos coherentes con el Camino de Jesús, nuestra parentela estará en la lista de nuestros adversarios, y se enlistaran entre nuestros enemigos, serán de los que nos persigan. Desde aquí toma la palabra nuestra perícopa de esta fecha.
Al ser consecuentes con esta declaración tenemos que saber
priorizar ¿quién está primero, nuestros lazos de sangre o nuestra fidelidad a
la Alianza? «Jesús puede no ser amado. Pero no puede ser amado menos que otro:
no sería el Señor, a quien hay que amar con todo el corazón (Dt 6, 5s)»[3] Ahí se
enraízan los versos 37-38: “El
que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que
quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; El que no coge su
cruz y me sigue no es digno de mí.” «Cada uno tiene “su” cruz, que puede ser
sólo suya… Cuando llevamos nuestra cruz no estamos solos. Él está delante, y
lleva la parte más pesada, sobre la cual será levantado. No consiste este
discipulado en coger una cruz y llevársela para la casa. Nosotros en pos de Él,
llevamos la parte liviana, que será clavada en tierra y sobre ella bajará su
sangre.»[4]
«Los
discípulos en el evangelio de Mateo, no son los que han aprendido la doctrina
de Jesús, sino los que viven según su Palabra y reproducen las actitudes y los
gestos que han hecho de Él el Hijo obediente al Padre y a su voluntad. Así, los
discípulos son exhortados a no encerrarse en los estrechos límites de la propia
familia y de sus exigencias, sino abrirse al Evangelio, al programa de vida
propuesto en las bienaventuranzas y al gran compromiso del amor fraterno»[5]. Aparece esta puja entre
el amor a los padres y el amor a los hijos e hijas, por una parte, y de la
otra, a Dios, a Jesús, a su Cruz. ¿Quiere esto significar de alguna manera que
hemos de rechazar en nuestro corazón el amor por nuestra parentela? No dice
nada parecido, ni podemos estirar el texto para ponerlo a decir lo que no dice.
Pero lo que si dice es que, hay una “jerarquía” de los amores; y, que no se
puede poner a los parientes cercanos y próximos, como pretexto para eludir las
responsabilidades que nos impone la fe. La fe nos compromete a salir al mundo a
llevar el anuncio. Y esa primera parte concluye afirmando que el discipulado
conlleva el riesgo de la propia vida.
Nuestro
discipulado cristiano nos concita a salir de las paredes domésticas, -y a otros
de la sacristía- donde han encontrado tácito refugio para anegarse en ternuras
con las ovejas cercanas dedicándose -como lo dijo tan significativamente Papa
Francisco- a peinarlas; descuidando el envío que supone declararse y confesar
la fe en nuestro Señor. Destaquemos rotundamente que el Señor a los que llama
envía. Y que el segundo “discurso” de Jesús en el Evangelio mateano 10,1 – 11,1,
es en la parte donde Jesús instruye a los apóstoles y los manda sin oro, sin
plata, sin cobre (monedas en metálico), sin alforja, sin túnica de repuesto,
sin sandalias, ni bastón. Este sermón concluye con la perícopa que se proclama
hoy, de la cual forma la última parte.
Sólo
queda pendiente una aclaración de este envío, de esta consigna de salida, como
hemos dicho, el discurso concluye con el primer verso del capítulo 11, démosle una
ojeada: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed prudentes
como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 11, 1)
Leídos
estos dos versículos en continuidad parecen explicar cuál es la cruz: ser
capaces de mirar directo a los ojos el hecho de que los que más amamos sean
–muchas veces- los mayores detractores de nuestra fe. Que tengamos que verlos
en las filas opositoras, a veces, agnósticos o, verdaderos Saulos de Tarso, con
licencia para matar cristianos. Esa es, sin duda, una cruz terrible, pero sólo
es digno del discipulado quien no la acorte, quien no le recorte pedazos para alivianarla.
«Los cristianos son pues, hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal:
porque el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en diversas
formas de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección
contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del
Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de
vida basado en las indicaciones de Jesús.»[6]
Afelpar la cruz
«…
el Evangelio hace que salte por los aires el egoísmo. Si uno, con la gracia del
Señor, se decide a vivir el Evangelio –es decir, el anti-egoísmo-, forzosamente
encontrará dificultades. Dificultades consigo mismo y con los demás, y no sólo
por parte de los gobiernos y de los poderosos, sino también por parte de los
eclesiásticos. Y ni siquiera únicamente por parte de los hombres, sino también
por parte de las estructuras…»[7]
Aquellos
que, a fuer de su egoísmo, no tienen reparos en acomodarla, le pondrán a la
cruz una almohadilla de terciopelo y harán con sus maderos un mueble blando y
ornamental, o, tal vez, busquen a quien legársela; habrá casos en que contraten
empleados por turnos, para que la sobrelleven, mientras ellos se solazan. Esos
ya han perdido la vida: “El que vive su vida para sí, la perderá, y el que sacrifique
su vida por mí causa la encontrará.”
Este
versículo se refiere a que hay también otros, los coherentes, los que llevan su
fe hasta sus últimas consecuencias, hasta el martirio si se les pidiera. Claro
que no es porque inmolar la vida sea la meta que se nos propone; siempre insistimos
en que no todos tienen ese privilegio, están los llamados a derramar su sangre
por “probar”, pero lo cierto es que nosotros vivimos por el ideal de hacerlo
todo supremamente bien, pese a nuestras limitaciones, lo que queremos es ofrecer
la vida pero –muchas veces- simplemente en el martirio blanco, el que Papa
Francisco llama el “martirio escondido”; vivir por el bien, dar testimonio de
vida: «Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar sus propias
ideas, y aceptan deber morir sólo por fidelidad al Evangelio», nos dijo Papa
Francisco en una de sus Audiencias de los miércoles. Por eso, debemos tener muy
en claro que es absurdo, hasta más allá del limite, pretender –como lo
manifestó el Papa- «…utilizar la palabra mártir para referirse a los que
cometen atentados suicidas… en su conducta no se halla esa manifestación de
amor a Dios y al prójimo que es propia del testigo de Cristo».
La promesa de Dios
permanecerá intacta
Bendito el que viene en Nombre del Señor: ¡Hosanna en las alturas!
Mt 21, 9c
Volvamos
sobre el Evangelio de Mateo, al fragmento que estamos estudiando: Esta sub-capa
se puede parcelar en dos estratos: 10, 38-39 el primero; y, 10, 40-42, el
segundo; en este segundo estrato se habla de la recompensa que merecerán
quienes acojan a los “apóstoles”: “El que los recibe a ustedes, a mí me recibe,
y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; el que recibe a un προφήτην [profeten]
“profeta” porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un δικαίου [dikaion]
“justo” porque es justo tendrá paga de justo. Así mismo, el que dé a beber,
aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos μικρῶν [micrón] pequeños
{pobrecillos}, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro”.
¿Por
qué serán tan magníficamente recompensados? Primero, porque un apóstol es un
“justo”, porque un apóstol es un “profeta”. Pero todavía hay una razón más
fuerte: Porque quien recibe a un μαθητοῦ [mathetou] “discípulo” está recibiendo
al mismísimo Jesús, y por transitividad, está recibiendo a Dios-Padre, al
propio Abba.
Notemos
el intensísimo enlace de esta parte del Evangelio con el tierno corazón de la
Sunamita en la Primera Lectura: Lo que a ella le movía la conciencia era
descubrir en el profeta Eliseo a אִ֥ישׁ אֱלֹהִ֖ים קָדֹ֣ושׁ ה֑וּא [Ix Elohim kadowish ju] “un hombre santo de Dios”.
Queremos
concluir con las mismas palabras de Papa Francisco: «Que Dios nos done siempre
la fuerza de ser sus testigos. Nos done vivir la esperanza cristiana sobre todo
en el martirio escondido de hacer bien y con amor nuestros deberes de cada día»[8] y de acoger con sincera
dulzura a todos los que lleguen a nuestra vida trayendo en sus labios y en su
corazón el anuncio del Santísimo Nombre.
[1] Vallés,
Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO-ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae. Santander. 1993 8ª ed.
pp. 170-171.
[2]
Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia
1995 p. 296
[3] Ibid p. 221.
[4] Ibidem
[5] Gironi, Primo. LA CASA SOBRE LA
ROCA Sociedad de San Pablo. Bogotá-Colombia
1ª ed. 2008 p. 89
[6] Papa
Francisco. Loc. Cit.
[7] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM
HELDER. Editorial Sal Terrae.
Santander-España 2da ed. 1985 pp. 90-91.
[8]
Papa Francisco. Loc. Cit.








No hay comentarios:
Publicar un comentario