Deut 8, 2-3. 14b-16a; Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20; 1Cor10, 16-17; Jn 6, 51-58
Como te escondiste Tú en una migaja de Pan
haz que nosotros nos escondamos
como humildes migajas de Tu Misterio
en la grande artesa del mundo
y así fermentar toda la harina.
Averardo Dini
El
ser humano –con escasas limitaciones-alcanza a entender lo duro que es ver el
sufrimiento de un hijo, Dios, para que entendiéramos la dimensión inusitada de
su Amor, decide y deja que su Propio-Hijo sea entregado en Sacrificio; se
escribe así con mayúscula para que recordemos que se trata de un Sacrificio-Divino.
El Hijo se “entrega”, como un cordero se deja llevar al matadero, como precio
de Rescate. Pero, antes de Sacrificar-se, establece un Acto Conmemorativo, para
hacer que ese Sacrificio sea in-temporal. Recordemos que en La Última Cena
Jesús establece dos Sacramentos como “herramientas” celebrativas: El Sacramento
Eucarístico y el Sacramento del Orden Sacerdotal, que hace posible al anterior,
estableciendo al “agente” de su confección.
«Hermanos;
el cáliz de εὐλογίας [eulogías] “bendición”
que εὐλογοῦμεν [eulougomen] “bendecimos”,
¿no es κοινωνία [koinonía]
de la sangre de Cristo? Y el pan que κλῶμεν [klomen] “partimos” ¿no es comunión del Cuerpo de Cristo?»
Aquí nuestro interés y nuestra curiosidad se dirigen a la Palabra κοινωνία.
Vamos al diccionario de griego-español y encontramos las siguientes
alternativas para traducirlo: “participación”, “compañerismo”, “comunión”, “comunicación”,
“lo que se comparte o se les participa a todos los
miembros de la comunidad”; esto último viene a ser una glosa de lo que es “comunión”.
Reflexionemos: Este Sacramento tiene como efecto hacernos co-corpóreos nos lo explica Jesús en el Evangelio según San Juan, -precisamente en la perícopa que leemos hoy, en la Liturgia de Corpus Christi: “El que come mi σάρκα [sarka] “carne” y bebe mi αἷμα [aima] sangre, permanece en Mí, y Yo en él” (Jn 6, 56). “Carne Y Sangre”, significa para la mentalidad semita, la totalidad de la “persona”, y no por un instante, sino por “transformación”, por “comunión”, donde el prefijo co- (significa "junto" o "todo") y munus (significa "cargo", "función", "regalo", “oficio”, “tarea”, “oficio”) y no “unión de todos”, no “común-unión” (por qué surgen estas falsas etimologías -o etimologías populares- surgen de la necesidad humana de encontrarle un sentido lógico a palabras cuyo origen real se ignora o es muy complejo; Se originan por un fenómeno llamado analogía, donde el cerebro asocia un término extraño con palabras más familiares), en este caso es el sufijo munus presente en otras palabras de nuestro idioma como “remuneración”, “municipio”, “inmune”, “munificencia”. (que denota una unión espiritual indivisible y una participación mutua entre los creyentes y lo divino cada quien está vinculado plenamente, corazón-alma-mente-fuerzas (Cfr. Mc 12,30), comunión -etimológicamente hablando significa “participar todos de la misma misión”. Quizá lleguemos más al fondo si nos apoyamos en San Pablo (1Cor 10, 17): “Puesto que sólo hay un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan”. Comulgar es aceptar que somos Uno en Jesús Nuestro Redentor, es tomar en nuestros labios su Ser-Pan y su Ser-Vino, y aceptar como Jesús, entregarnos totalmente a ser Él. Lo cual, sin duda, implica una renuncia: renuncia a nuestro egoísmo; y –a la vez- un compromiso de fraternidad, de solidaridad, de ayuda y cariño mutuo, de sinodalidad, la misma (que como ideal de pueblo que vagó por el desierto), se dejaba guiar por la Columna de Fuego y Comulgaba con el Maná. No perdamos de vista que esta cuarentena no es otra cosa, que un tiempo de “caminar en la voluntad del Señor” (Cfr. Deut 8,2), por tierra extranjera. Es Él quien nos guía, nos lidera, nos acompaña, nos defiende y más. En griego se tiene la palabra koinonía que describe el estilo de vida de las primeras comunidades cristianas, donde se compartían los recursos materiales para que no hubiera personas necesitadas: Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común (cfr. Hch 2, 44-47).
¿Cómo podríamos no anhelar comer el Pan de Vida? No vayamos -también nosotros- a empezar a renegar contra nuestros pastores, y nos sorprenda Dios haciendo gala de la arrogancia de nuestro corazón-de-piedra e injuriando a Moisés y/o deseando volver a las cadenas de la “esclavitud”.
Pero,
lo que sí tenemos que hacer es guardar en nuestro corazón el Amor a nuestro
Dios y a nuestro prójimo. Aferrarnos a nuestra fidelidad, evitar toda y
cualquier idolatría; vivir en oración, hablarLe y escucharLo; amarLo, y darLe
el primer lugar en nuestro corazón; seguir haciendo de nuestra alma un Templo.
Parte de esta manera de vivir-en-oración es comprender que los Sacramentos no
se deben suponer, no podemos imponerle a Dios que el Sacramento sea según
nuestros caprichos cuando y como queramos, Él es el Libérrimo, que hoy puede
elegir estar en una Vara para ser Mostrado-y-Mirado, o… hacer llover maná. Él
no es esclavo de la Liturgia, es Él-quien-se-entrega, no nosotros quienes lo
“robamos”. Hay una profundísima teología de su Libertad, Él ha escogido ser
Esclavo a nuestro servicio; y, nosotros… ¿qué hemos escogido? ¿dejarLo
esperando…?
Sin duda, ¡Él está disponible para aceptarnos co-corporeos! ¿Estamos nosotros disponibles para ser “miembros de Su Cuerpo Místico”? Él está disponible para volverse a entregar por entero, ¿Qué podríamos ofrecer? (ya hemos cavilado en otra oportunidad que no es una transacción comercial, es un generoso y desprendido acto de Comunión; y nosotros –de sobra sabemos cómo se llama esa “Comunión”- se llama Amor). Esta mañana hemos leído una oración que dice:
«Señor,
abre nuestros corazones para que
podamos
escuchar el clamor de los pobres
como tú
lo haces y responder
como tus
manos y pies en la tierra».
Tratemos de poder
descubrir el Cuerpo del Señor en los signos pobres y sencillos con los que se
presenta. En la pobreza y en los signos sacramentales del pan y del vino y
también en el cuerpo y en el espíritu de los más pobres, en la pobreza y en las
limitaciones de nuestras comunidades, en la oscuridad de tantas situaciones
difíciles en que vivimos, en la desolación de tantos hermanos nuestros
marginados.
Card. Carlo María
Martini
En
nuestro dialogo con la Trascendencia, la humanidad ha ido postulando diversidad
de actos de “acción de gracias”, variedad de expresiones de la gratitud. Nuestra
liturgia fue depurando una secuencia ritual, que el mismo Dios nos fue
revelando como su preferida Acción de Gracias, lo que a Él le complace. Ya
desde el principio, se mostró agradado con la sangre de corderos, pero también
desde el principio, nos fue insinuando un Sacrificio incruento, a la manera del
Sacerdote Melquisedec: donde las ofrendas fueran Pan y Vino. Así, el Señor de
la historia, el Dios que camina con nosotros y va delante en la Columna de Nube
durante el día y, en la Columna de Fuego, si caminamos durante la Noche, fue
revelando –detalle a detalle- la liturgia que Lo cautiva.
Así, esta acción cultual se configuró y se instauró, como anamnesis del Hijo de Dios, como revivificación de su Santo Sacrificio; y recibió su nombre directamente del griego, la llamamos Eucaristía. No será fácil aprender a agradecer –máxime cuando la cultura de la muerte es la cultura de la ingratitud- pero ser agradecidos con nuestro Dios, Dueño y Señor de todo, que con Mano Generosa y Ánimo Misericordioso da y reparte magnánimamente y que tiene nuestros pobres nombres escritos en la Palma de su Mano, a Él el Honor y la Gloria, la Alabanza y el más dulce Incienso, para Él, vayan nuestras súplicas y ruegos, nuestros cantos y nuestros himnos; permítenos –Oh Señor, cantarte y glorificarte, y darte también gracias por permitirnos ser un pueblo que ora y agradece en tu Presencia; y un pueblo que ofrece como holocausto, no el cuerpo y la sangre de cualquier víctima, sino que según Tu Preferencia nos llegamos al Altar con la Ofrenda de las Ofrendas: El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, nuestro Redentor, tu Amadísimo Hijo, y a su lado, nuestras pobres vidas ofrendadas con la voluntad de servirte y adorarte también.
Buen Pastor, Pan Verdadero,
¡oh, Jesús! Ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
En la tierra de los vivientes.
De la Secuencia de
Corpus Christi
Cuando
Dom Helder Câmara meditaba en torno a la perícopa de San Juan que leemos hoy, nos
señalaba que: «En cierto modo, tal vez hayamos insistido demasiada en la sola
presencia eucarística de Cristo, el cual tiene otras formas de estar presente.
Por ejemplo, en cierta ocasión dijo: “Cuando dos o tres estén reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Recuerdo que una buena religiosa hizo un día una larga caminata con el único fin de llevarme a su hospital. “Padre”, me dijo, “he recorrido todo este camino porque hace ya una semana que nos encontramos sin capellán y no he tenido la posibilidad y la dicha de recibir a Cristo. ¡Y necesito recibir a Cristo! ¡Deme la comunión, padre! Y, si es posible, proporciónenos un sacerdote…”
Le di la comunión,
naturalmente. Pero luego le
dije: “Hermana, usted está día tras día con Cristo vivo. Usted está con los
enfermos, ¡y ellos son Cristo! ¡Usted está cuidando y tocando con sus manos a
Cristo! ¡Es otra forma de Eucaristía, otra presencia viva de Cristo, que
completa su presencia eucarística!”»[1]
Podemos
celebrar a Dios en Jesucristo cuando somos conscientes que no sólo está en la liturgia,
sino que su Misericordiosa compañía nos sale al paso porque Él celebra nuestra
vida cuando con ella lo servimos en cada uno de sus “pequeños”.
Dom Helder decía sobre esta Presencia que «Tenemos la Eucaristía del Santísimo Sacramento: la presencia viva de Cristo bajo las apariencias de pan y vino. Y tenemos también la otra Eucaristía, la Eucaristía del pobre: “apariencia” de miseria? ¡De eso nada! ¡La cruda realidad del pobre!
Ya
sé que los teólogos hacen sus distinciones y dicen que no es exactamente lo
mismo…, que hay diferencia… Pero también sé que el Señor habrá de juzgarnos por
la manera en que hayamos sabido reconocerle y servirle en los pobres; y nos
dirá, “¡Allí estaba yo! ¡Yo era aquel pobre, y también el otro…! ¡Era yo!”»[2]
No
queremos de ninguna manera insinuar que lo uno re-emplace a lo otro: Lo Uno
siempre será lo Uno. La Sagrada Eucaristía es irreemplazable, no se puede
sustituir con la más pura y noble filantropía. No, lo que queremos resaltar es
la continuidad que hay de la Eucaristía con esos otros Encuentros con Jesús que
son la Eucaristía vivida, la Misión en acción. La Eucaristía tiene un valor,
además, preparatorio, nos marca la tónica para vivir en clave de Jesucristo,
para hacer nuestra vida integra un vivir a la manera de Jesús; así cabe decir
que la Eucaristía nos conduce a vivir crísticamente, a superar la división, a
hacernos unidad en el Cuerpo Místico de Cristo, porque al nutrirnos de Jesús en
su Comunión nos vamos “saturando” de Él y fundiéndonos en Él hasta llegar a
compenetrarnos en Él.
Papa Francisco lo pone así: «La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. Nos lo ha recordado San Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su “ADN espiritual”, la construcción de la unidad.»[3] No podemos vivir divididos, unos que celebran y otros que viven su cotidianidad; sino, vivir unificados en el continuo del minuto a minuto durante las 24 horas de cada día, que ve-juzga-actúa-y-celebra.









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