jueves, 11 de junio de 2026

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Dt 7, 6-11

SANTIDAD Y ELECCIÓN

Cuando uno se enamora se enamora por lo que el destinatario del amor ES. Nosotros estamos presos del “presente”. Estamos en ese “momento” como rodeados, por todas partes, de altísimas cordilleras, y nos resulta prácticamente imposible visualizar lo que SERÁ. Dios se enamora de otra manera, se enamora de lo que podemos llegar a ser. Vio en nosotros la potencialidad de la santidad y se enamoró de la perspectiva que podemos llegar a ser קָדוֹשׁ [qadosh] “santos”. Pero no nos ama por lo que de pronto, pudiera ser, que llegáramos a “alcanzar”, sino porque Él ve, -por encima de cualquier montaña, por muy alta que sea- que, a pesar de ir a trompicones, llegaremos. Y es así, porque a esa fragilidad que nos dificulta tanto avanzar, Dios añadirá su Amorosa-Voluntad.


“El Señor se enamoró de ustedes y los eligió”, está presente la idea de la בָּחַר [bachar] “elección”, escogencia”. Nos parece que siempre que escuchamos esta idea se nos vienen dos connotaciones

1)            Si se nos “elige” es por ser los mejores

2)            Eso nos hará acreedores a los mejores puestos, con las mejores pagas, porque tendremos a cargo las “funciones superiores”.

 

Eso puede ser así. Puede ser que nos correspondan las funciones superiores. Pero, ¿qué pasa si las “funciones superiores” son las que el mundo tiene por más humildes, más bajas, más “serviles”. En tal caso, ¿aceptaremos gustosos la “elección”? ¿Nos daremos prisa a aceptar los encargos que se nos han reservado? o, mejor, ¿en ese caso, rechazaremos la elección?

 

Solo por un momento, recordemos el favoritismo del Padre sobre Jesús-Su Hijo Unigénito – “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas todas mis complacencias" (Cfr. Mt 3, 17).

 

Lo cual nos lleva a un territorio muchísimo más amplio, al interrogante teológico por excelencia: ¿Cómo piensa Dios? Es la pregunta sobre la “lógica Divina”. Y es que la lógica divina opera en una dimensión muy distinta a la lógica humana. Mientras el ser humano tiende a enfocarse en lo inmediato porque es un ser “caduco”, dado al control, a centrarse en el beneficio propio, en el “poder”, en la “jactancia”; mientras que la perspectiva Divina puede ver a largo plazo, por encima de la montaña más alta, preocuparse por el crecimiento interior y proponer como meta la compasión universal.

 

Dicho en términos más prosaicos: la vista humana ve atentamente hacia los próximos diez minutos, y cuando se le propone una perspectiva más largoplacista -y si se le pide dejar de lado el inmediatismo-, alcanza a ver -a lo sumo- hasta cinco años, y, cuánto más lejos intenta ver, más difuminada es la imagen.

 

Un factor, que le distorsiona la visión, es la sed de gratificación inmediata. Por otra parte, Dios puede ver en una perspectiva infinita, lo cual hace que su lógica sea, rotundamente otra. Y, entonces, podemos regresar sobre nuestra idea de “elección” en torno a la cual gira enteramente la perícopa Deuteronómica que nos ocupa.

 

Observemos que a la Gratuidad con la que Dios elige, corresponde al pueblo elegido un compromiso de largo plazo, y una responsabilidad justamente de largo aliento, continuada, sostenida, permanente, constante.

 

La primera corrección que encontramos es que el motivo de la “elección” no fue por nuestra numerosidad. No hemos sido elegidos por ser el grupo humano mayoritario.

 

Anexa a esta precisión viene una completamente desconcertante: ¡fuimos elegidos por puro amor!

 

Este amor tiene un antecedente histórico: empezó en el tiempo de los patriarcas, en los tiempos de Abrahán, Isaac y Jacob. A ellos hizo una שְׁבוּעָה [shebuah] “promesa”, “juramento” y como es una promesa Divina, no tiene fecha de caducidad, no tiene “vencimiento”. Se cumplirá por “mil generaciones” (Cfr. Dt 7,9)

 

La “salida de Egipto” podemos entenderla simplemente como las “arras” - garantías entregadas en forma de dinero o bienes para asegurar el cumplimiento del juramento, de ese pacto, de esa que en nuestros términos de fe se denominamos “Alianza”. Podemos abrir las manos y ver en nuestras palmas las “13 moneditas” que garantizan que el gran Tesoro se nos entregará (más temprano que tarde).

 

A nosotros, como pueblo de Su Elección ¿qué responsabilidad nos cabe en esa Alianza?:

a)    Amar

b)    Cumplir los “mandamientos”


La hora de los “premios” puede dilatarse. Pero al que desprecia la parte que le corresponde en la Alianza, ese Dios -sin tardanza alguna- se le presentará Personalmente y le dará ipso facto su paga. (Cfr. Dt 7, 10) Eso no es algo que hemos añadido nosotros para asustar a la gente, es lo que dice en este punto del Deuteronomio.

 

Sal 103(102), 1bc-2. 3-4. 6-7. 8 y 10

Después de la anterior reflexión ¿qué brota como un raudal de nuestro corazón? Pedir perdón por nuestras flaquezas en el cumplimiento y cantar loas ante tanta bendición y tan fiel promesa. Se trata de un salmo de acción de gracias: Subimos a nuestro “Templo de Jerusalén” y llevamos para ofrecer -voluntariamente- como Victima en holocausto, un Cordero sin defecto, sin tacha, porque si tiene algún defecto, no será aceptada (cfr. Lv 22, 21-24).

 

La primera estrofa de nuestro salmo de hoy nos convoca a la בָּרֲכִ֣י [baraki] “Bendición”. Desde dos perspectivas

1)    Con la total unidad de toda mi persona, desde lo más hondo de mi mismidad.

2)    Y el motivo de esa bendición es el recordar que Dios ha obrado a favor nuestro sus גְּמוּל [gemul] “beneficios”, “servicios”, “trato con deferencia especial”.

 

En la segunda estrofa, da otras dos razones dobles (dobletes):

1)    Perdona todas nuestras culpas y nos cura de todas nuestras enfermedades

2)    Cuando hemos caído en la sepultura Él acude allí a sacarnos, y, además nos da gracia y ternuras. Valga decir, es un Papa resucitador y consentidor.

 

Vamos a la tercera estrofa:

1)    El Señor es Dios de Justicia, y no niega su Justicia a los oprimidos, sino que a ellos la da preferencialmente.

2)    A Moisés le dijo por dónde ir; pero esas indicaciones se las dio para que pudiera conducir a todos sus hijos “elegidos”.

 

En la cuarta y por hoy última estrofa, nos lleva a la cumbre, a la parte más alta de la montaña y desde allí nos “revela” la clave de su Corazón, nos deja ver sus aurículas y sus ventrículos:

1)    ¿Cómo es el corazón de Dios? Respuesta: רַחוּם [rajum] “misericordioso”, “clemente”; רַחוּם [channun] “piadoso”, “gracioso”, o sea dispensador de abundantes gracias”;

2)    no es un “contador” de nuestras debilidades, ni un “computador” que guarda en su “memoria” los detalles de nuestras caídas. Él no es un “policía” que distribuye carísimos comparendos impagables, a diestra y siniestra.


El estribillo responsorial está tomado del verso 17 de este mismo salmo, hacemos nuestra propia traducción procurando ahondar cuanto nos es posible, sólo para mostrar la exactitud de la versión tradicional: «La חָ֫סֶד [chessed] “Misericordia”, “Alianza”, “Benevolencia” del Señor dura por los siglos de los siglos -es perpetua-, para aquellos que lo reverencian y se trasmitirá a los hijos y a los hijos de los hijos».

 

1Jn 4, 7-16

Así hallamos que la caridad hace a un hombre duro y la maldad hace a otro afable: el padre pega a su hijo, el traficante de esclavos se muestra afable. Si presentas una y otra acción, los golpes y los gestos de afabilidad, ¿quién no elegirá a éstos y rehuirá aquéllos? Si pones los ojos en los sujetos que realizan esas acciones, es la caridad la que pega y la maldad la que se muestra afable. Ved lo que trato de meteros en la cabeza: la bondad de las acciones de los hombres sólo se discierne examinándolas si proceden de la raíz de la caridad. En efecto, pueden realizarse muchas que poseen una apariencia de bondad, pero no proceden de la raíz de la caridad; también las zarzas tienen flores.

San Agustín

También nosotros hemos caído en la trampa de relamernos los labios pensando que hemos atrapado a Dios en una “formulación concisa” cuando decimos Dios es amor”. Este perícopa que se proclama hoy, en calidad de Segunda lectura, puede desagregarse en cuatro partes o inclusive en cinco:

1)    Enunciado sintético general sobre el tema que se va a desarrollar (vv. 7-8)

2)    Dios nos ha enseñado a amar, amándonos (vv. 9-10)

3)    El deber de amarnos unos a otros (vv, 11-16)

4)    Sentimos que la perícopa queda trunca si no se incluyen los versos 17-19 que tratan del desalojo del temor, porque allí donde se da el temor se presupone el castigo, amor y castigo están en el plano de la absoluta incompatibilidad.

5)    Y aún más, los versos 20-21que desenmascaran las consecuencias del odio a los hermanos, y que no alcanza a disimular la inexistencia del amor verdadero.


¿Cuál es el corazón de esta perícopa? Nosotros lo detectamos en los versos 11s: «Queridos, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios mora en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a la perfección».

 

A este respecto tenemos un reflector interpretativo que nos ha propuesto San Agustín: Con frecuencia citamos, ““Ama y haz lo que quieras”. Nos gustaría que se co-textualizara con lo que San Agustín glosó a continuación

 

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla por amor; si tú hablas, habla por amor; si corriges, corrige con amor; si perdonas, perdona por amor. Que el amor esté arraigado en ti, ya que de esa raíz no puede manar sino el bien”.

 

¿Qué es lo importante? No que hagamos lo que se nos viene en mientes, sino que al escoger la acción que llevemos a cabo, sea la que fuere, esté imbuida de amor, empapada de amor, saturada de amor.


¿Qué haremos? ¿Procuraremos, al pasar por esta Carta joánica, elevar el vuelo y alcanzar una altura estratosférica para que desde allá no se alcance a ver de qué se trata? Como quiera que sea Dios nos propone este reto: Si de verdad me amáis demostradlo amando al prójimo. Para poner todos los naipes sobre la mesa, leamos también el verso 20: «Si algunos dicen: “Yo amo a Dios”, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve».

 

Mt 11, 25-30

«¡Qué hermoso es este Cielo ahora que el Salvador es su sol y el pecho de él una fuente de amor de la cual los bienaventurados beben según su deseo! Cada uno va a mirar allí dentro y ve su nombre escrito con caracteres de amor, que sólo el verdadero amor     puede leer y que el verdadero amor ha grabado.

¡Ah Dios! mi querida hija, ¿acaso los nuestros no estarán allí? Sí estarán, sin duda; pues, por más que nuestro corazón no tiene el amor, tiene no obstante el deseo del amor y el comienzo del amor»

DILEXIT NOS- Papa Francisco


Hemos querido tomar como epígrafe para esta reflexión del Evangelio una cita que trae Papa Francisco tomada de una carta que San Francisco de Sales le dirigió a Santa Juana Francisca de Chantal, donde se nos anuncia una tarea de mirar al Sacratísimo Corazón de Jesús, no como un órgano importante del cuerpo humano, sino como el marco donde nuestros nombres se hayan estampados para que bebamos de su fuente la verdadera caridad. Enfaticemos que caridad es sencillamente el nombre en latín del amor.  Pero su riqueza es todavía mayor porque nos indica que si bien nuestra fragilidad no nos permite florecer con adornos de poderoso amor, en cambio, si nos invade esa sed de buscarlo y amarlo, donde las flores sobran porque el ansia las suple. Cuando nos acercamos al Sacratísimo corazón veos en el simbolismo del corazón como figuración del amor -no como algunos impugnan, un fragmento de la carnicería- sino un nicho donde la paloma de nuestro tierno amor se anida y hierbe vehemente en el anhelo de amarlo más.

 

La manera como inicia Jesús esta perícopa es mostrando que se trata de un ejercicio de “Acción de Gracias”. Precisa a quien se dirige: A Dios-Padre, que es el Creador de todo lo que hay Arriba y abajo.

 

Pasa a señalar que la Bondad-Celestial ha querido y preferido darle el “conocimiento” de las verdades teologales a los “pequeños”. Y la Acción de Gracias aprueba y nos revela que, aceptamos lo que Dios decide porque Él es Suma Sabiduría.

 

No a todos les llega esta enseñanza, los que más fácil acceden a ella son los νήπιος [nepios] “pequeños”, “niños”, “bebés”, “carentes de práctica y experiencia”, “personas ingenuas”. Ellos son sus destinatarios preferenciales. No a los académicos, ni a los doctos.

 

Luego Jesús señala su rol pontifical: Él es quien construye el “puente” para pasar ese conocimiento del Cielo a la tierra. Y explica cómo se da ese dinamismo del Saber teologal: Un hijo conoce a su papá; en este caso el Hijo conoce al Padre, pero no queda todo ahí, hay un movimiento epistemológico reciproco, el Hijo no es solo sujeto del “Conocimiento” es también conocido por su Padre; se conocen el Uno al Otro. Eso es lo que quiere decir que son Uno. No que sean la misma Persona, sino que su intercompenetración es con absoluta comunión de saberes, entendimiento, afectos y acuerdo pleno.

 

Este Conocimiento incluye el discernimiento para la entrega: Jesús no se lo otorga a cualquiera, Él sabe a quién le está destinado, quienes son los que el Padre ha “escogido” para que lo reciban, y solo a ellos se los da. A los que el Padre acepte, también a ellos el Hijo los acogerá.

 

Pasa a un tercer punto: Es una invitación amorosa para venir a Él: prácticamente hablaríamos de una seducción. Jesús nos convida a acercarnos a Él. Y esa invitación es a suavizar la lucha, no tomarla a lo catastrófico, a no caer en el pesimismo ni en el desespero.

 

Esa atracción amorosa tampoco es para acostarnos en la hamaca y recibir ventilación con abanicos por parte de unos esclavos, es participación comprometida en una tarea: Cargar la cruz de Jesús. Por eso es tan importante nuestro esfuerzo en adentrarnos en la comprensión de lo que hizo Jesús y de cómo nosotros podemos prolongar en la “historia” su labor, aportando nuestro esfuerzo para sobrellevar el peso de Su Cruz.

 

Para lograr ese alivio y solaz que Jesús nos brinda hemos de cultivar dos virtudes que aprendemos de Él:

1)    πραΰς [praus] “dócil”, “gentil”, “con la mayor sumisión posible”, “agradable”.

2)    ταπεινὸς τῇ καρδίᾳ [tapeinos te cardia] “bajo”, “sencillo”, “abatido”, “de baja clase social”, “modesto”. Es muy importante que no dice solo “bajo” sino añade “de corazón”, nosotros vemos en ello la identificación de un riesgo: el que se hace el gentil, pero en su corazón lleva otra cosa, simula estar ayudando a construir el Reino, pero su corazón está plagado de egoísmo. Lo que se pide es una sencillez sincera. Este valor de la sencillez no ha de verse desde el foco de la cultura grecorromana que visualizaba la mansedumbre como pura “debilidad” lo que condujo a leer el cristianismo como una filosofía de esclavos.


En síntesis, al que se hace verdadero discípulo se le entregará el “saber” del Reino de Dios. ¡El discípulo tiene un corazón como el de Jesús y cada día, su pobre corazón, se le perecerá un poco más!

 

Epilogo

… se comprende que la Iglesia haya elegido la imagen del corazón para representar el amor humano y divino de Jesucristo y el núcleo más íntimo de su persona. Pero, si bien el dibujo de un corazón con llamas de fuego puede ser un símbolo elocuente que nos recuerde el amor de Jesucristo, es conveniente que ese corazón sea parte de una imagen de Jesucristo. De ese modo es aún más significativo su llamado a una relación personal, de encuentro y de diálogo. Esa imagen venerada de Cristo donde se destaca su corazón amante, tiene al mismo tiempo una mirada que llama al encuentro, al diálogo, a la confianza; tiene unas manos fuertes capaces de sostenernos; tiene una boca que nos dirige la palabra de un modo único y personalísimo.

DILEXIT NOS #52 

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