Is 49, 1-6
La fe es como un tejado: en época de sol y de sequía el
dueño no lo cuida ni lo mira y por eso, no percibe el comején que va comiendo
la madera por dentro. Cuando viene la tempestad, el tejado no resiste, el
viento se lo lleva y el dueño queda en lo mojado, sin protección.
Carlos Mesters O.C.D.
Esta perícopa se trata del
Segundo Cántico del Siervo de YHWH. Estamos en el Deuteroisaías, más
exactamente en la primera parte del Libro de la consolación, en el cuarto ciclo
de los oráculos (Is 49, 1-13). Esto históricamente quiere decir que nos
hallamos en los finales del Imperio Neo-babilónico, lo que representa un
in-crescendo de la hegemonía persa en la zona oriental. Este contexto nos lleva
a pensar en un “Isaías” que vivió los últimos años del exilio en Babilonia, por
tanto, posterior a Ezequiel. Podemos estar hablando de -alrededor- del 546 a.C.
Un aspecto a destacar, que
nos parece muy importante es el cambio de perfil mesiánico. Se pasa de la idea
de un Mesías rey poderoso militarmente hablando; a la de un Mesías diverso que
enseña un camino de salvación “universalista”, que lidera enseñando y sufriendo
y que conduce a la liberación a través de su propio sufrir.
El universalismo del que
estamos hablando es la clave de lectura de la perícopa: Que se encargue de
congregar a los Israelitas, no es una tarea suficiente. Llama a las islas, a
las tierras lejanas, a las “naciones” se ha traducido גּוֹיִ֔ם [gouyin] “gentes”, a los “gentiles”; ojo
que aquí se está superando el nacionalismo recalcitrante y abriendo el anuncio
a todos, creyentes o no, fieles e incircuncisos. Ya no es un mensaje para un
selecto número de “compatriotas” sino una proclamación que ha de llegar hasta
los confines de la tierra. (Cfr. Is 49, 6cd).
El profeta se da plena
cuenta que no habla de algo que se le viene a la cabeza, sino que es el
portavoz de una comunicación que proviene de YHWH. Es Él Quien le ha dado a su
palabra y a su lengua el valor de una espada afilada y de puntas de flecha que
Dios mismo lleva en Su אַשְׁפָּה [ashpah] “Carcaj”, “bolsa especial para portar las flecha a la
espalda” (carcaj en persa se dice tarkāš). Que no significan violencia sino “perfección”,
“adecuación del habla para que la palabra llegue al corazón”. Es una metáfora
que nombra la elocuencia de la Palabra comparándola con el raudo y punzante
poder de llegada del Mensaje, traspasando las barreras de la incomprensión.
El propio profeta se siente
transformado en una “flecha bruñida”, aquí la palabra בָּר֔וּר [barar] “bruñida”, “pulida”, “brillante” habla de ¿cómo se
lograba que la herida de una flecha fuera penetrante y traspasadora? Pues
puliendo delicada y pacientemente la punta, lo que conducía a que quedara
brillante. Su brillo calificaba su agudeza asesina.
Este profeta que nos está
explicando Isaías ¿es un profeta de masacres y violencia? No, ¡la flecha de la
que se habla aquí no tiene por finalidad lastimar a nadie! Es una flecha
bruñida porque su utilidad es la de rescatar la Luz-de-Dios que habían
escamoteado y mostrarnos su destello: “Las nubes que quedaban entre el sol y la
tierra eran tan oscuras, que la luz desapareció. Los hechos que quedaban entre
Dios y los ojos de la fe eran tan terribles, que llagaron a esconder la Luz de
la Presencia de Dios. Transformaron el día en noche. El pueblo no pudo explicar
estos hechos a la luz de su fe disminuida, y se perdió”. (Carlos Mesters).
Leamos con atención y no
vayamos a mal interpretar la profecía. No dice que le puso en las manos una
espada, sino que hizo de sus labios una espada afilada. No dice que lo mando a
matar a nadie, ni siquiera a causarle rasguños. Lo que dice es que lo convocó
para que iluminara los ojos de aquella gente desesperada. “Cercado por todos
lados, el pueblo del cautiverio ya no veía ninguna salida. Parecía el sertão
(vasta región al noreste del Brasil que se caracteriza por su redomada aridez) en
época de sequía. ¿Pero la esperanza de una buena lluvia no muere nunca! Y la
lluvia cuando cae no necesita ni de entrada ni de salida. Cae de lo alto entre
en el suelo, desierta la semilla y, de la tierra, hace brotar la planta que
mata el hambre del pueblo (Is 55, 10s) ¡Eso fue lo que paso! Aquel pueblo
desterrado recibió la lluvia invisible del llamado de Dios y, de aquella
semilla pequeñita, nació el hilito verde de la esperanza. Nació la nueva
consciencia, tan bien expresada en este segundo cántico, que leemos hoy”.
(Carlos Mesters)
«En la nueva situación en la que estaba el pueblo, allá en el cautiverio, el “Proyecto de Dios” ya no podía ser solo para el pueblo de Israel. Tenía que alcanzar necesariamente a los otros pueblos. La situación en la que vivían los ayudó a entender mejor su misión. Descubrieron que debían ser “Luz de las naciones” para que las Salvación de Dios pudiera llegar hasta el fin del mundo (Is 49,6)» (Carlos Mesters)
Sal 139(138), 1-3. 13-14. 15
Uno dice Omnisciente y
piensa en ecuaciones que rigen y gobiernan todo el Universo. Se piensa también
en leyes y decretos que rigen la tendencia general, y en bases de datos que
almacenan miles de miles de datos. A este entendimiento de la omnisciencia por
“universales” se le escapan los detalles particulares, la unicidad de la
criatura, el hecho de no haber sido creados por moldes y en serie. El
pensamiento semita tiene otro enfoque, que es el que detectamos aquí en el
salmo.
En la primera estrofa: Él se
concentra en la persona, conoce la trayectoria particular de cada uno, y las
peculiaridades de las acciones que no son generales, sino que mientras uno está
sentado, otro yace y un tercero está de pie, mientras el cuarto se dispone a
acostarse. Él sabe en qué posición y qué propósito tiene cada uno en cada
instante.
En la segunda estrofa,
conoce nuestros órganos, con sus peculiaridades, con sus dobleces y
circunvoluciones, sus repliegues, cada plisado de las entrañas, cada tejido y
célula de tu miocardio, y cada gota de tu sangre con sus plaquetas, sus
glóbulos y su plasma. Hasta el propio fondo del alma, no se le escapa. Cada
quien es fruto de su Maravilloso Designio. Lo era el profeta, no menos lo es el
Precursor.
Es poco este conocimiento,
pues la tercera estrofa nos anuncia otro conocimiento que perfecciona hasta el
límite la intensidad de nuestra presencia en el corazón Divino: Conoce hasta
nuestros huesos cuando se iban gestando en el vientre materno nos conoce tan
totalmente que se informó con ecografía celestial, como evolucionaba nuestro
sistema óseo a medida que íbamos germinando en el seno de nuestra madre.
Hch 13, 22-26
San Pablo hizo un trabajo de
evangelización muy minuciosos en Antioquía de Pisidia, donde predicaba muy
especialmente en la sinagoga. Siguiendo el programa que Jesús les dio: predica,
primero a los propios judíos, antes de ampliar el círculo a los Samaritanos y
hasta los confines de la tierra (Cfr. Hch 1,8def). Esta perícopa se toma de uno
de los dos discursos más desarrollados que encontramos en los Hechos de los
Apóstoles, el otro es el de Pentecostés que pronunció San Pedro.
¿A quién se dirige el discurso? A los Israelitas. (13,16) En 13, 26 se precisa que les habla a los del linaje abrahamico. Luego, como va a enfocarse en el Mesías, era preciso sentar la referencia davídica, señalando que David tenía los dos rasgos esenciales para ser iniciador de la estirpe mesiánica: a) “era conforme al corazón de Dios”, y b) cumplidor de la Torá (la Ley).
Para que lo reconociéramos,
envió (seis meses por delante) al Nuevo Elías, el Precursor, San Juan el
Bautista. Que tenía por misión allanarle el camino, elevar lo que estaba
hundido y abajar, aplanando, lo que estaba escarpado.
A los ojos de este pueblo era difícil discernir, y ya empezaban a confundirlo con el Mesías; él tuvo que especificarles que no era “el que estaban pensando”, y que -a pesar de su importantísima Misión- no le daba ni a los tobillos al Mesías. Su encargo, no era traer la confusión sobre la identidad del Mesías, sino encender el “reflector” e ir señalando sobre Jesús, a Quien tendríamos todos -a Él sí- que abajarnos para “desatarle las sandalias”, lo que en este caso se podría entender como “adorarlo”.
Lc 1, 57-66.80
Una voz grita: En el desierto preparen un camino al
Señor; tracen en la llanura un sendero para nuestro Dios; que los valles se
levanten, que montes y colinas se aplanen, que lo torcido se enderece y lo
escabroso se nivele, y se revelará la gloria del Señor y lo verán todos los
hombres juntos -ha hablado la boca del Señor-.
Is 40, 3ss
Al leer este fragmento del
Evangelio según San Lucas, se nota el énfasis especial en el nombre, uno no
entiende por qué se llama Juan, por qué Isabel le elige ese Nombre, menos por
qué Zacarías accede -cambiando de opinión-, y se pone de acuerdo -para Zacarías
solo se trataba de que “el Señor se había acordado a pesar de su ancianidad”- y,
en ese momento en que cae en la cuenta de lo especial que es su hijo, que será
el “Precursor”, capta la dimensión del “regalo” que Dios les entrega, y que no es
solo una cuestión familiar sino que “está lleno de Gracia” para mostrar que ya
viene el Salvador- se le desata por fin el habla cuando aprueba, escribiendo en
la tablilla que el Nombre para su Hijo será “Juan”.
Uno puede preguntarse ¿por qué Juan? Y Lucas lo explica: Κύριος τὸ ἔλεος αὐτοῦ μετ’ αὐτῆς [Kyrios to eleos autou met autes] “El Señor le había hecho una gran Misericordia a ella”, haciéndola portadora del que señalaría con su dedo en la dirección del “Cordero que quita el pecado del mundo”. Mostrándonos al Mesías.
Si averiguamos lo que significa Juan en lengua hebrea, de
inmediato se nos despegan los párpados y entendemos: Juan = “Dios es
Misericordioso”, expresión helenizada que translitera la Plenitud de Gracia que
Dios le había confiado.
זְכַרְיָה [Zekharyah] “Zacarias” Este
nombre significa “Yah se acordó” y se deriva de זיכרון [Zikaron] que en hebreo significa “recuerdo”,
“memoria”. Por otra parte, יוֹחָנָ[Yohanan] “Juan” significa “lleno de la Gracia de Yah”.
Uno de los signos preferidos
de Dios es la esterilidad. Si fuese un hijo engendrado tan naturalmente no nos
maravillaría la acción de Dios y, se disolvería Su Poder quedando ahogado el “signo”
en la indiferencia de nuestra cotidianidad. Él no necesita, pero nosotros sí, y
nos llama la atención, con este -que es una especie de redoble de tambor- que
significa: “Presten atención”, “aquí hay algo especial, muy especial, se trata
de un regalo de Dios a su pueblo”. ¡Ya viene el Salvador!
Isabel y Zacarías dan inicio a la obra y tarea que tendrá su
Hijo. Este Nombre escogido, ya empieza a anunciar la Bondad de Dios, ya
comunica y anuncia de Quien será Precursor su hijo. Ya habla de generosidad y
Bondad Divina, al nacer, el hogar y todos los vecinos cambiaron su estado de
ánimo, pasaron súbitamente a la alegría. Quizás ni sabían de dónde brotaba su
dicha, pero su corazón si intuía que estaba naciendo una nueva Era, que Aquel
Bebé, venía por delante, preparando el Camino del Señor.
No es predestinación, no es “mala pata”, no es ni buena ni
mala suerte; es la búsqueda constante, es el empeño que ponemos, es el tesonero
esfuerzo de ir hacia Dios: Todos los nombres, toda la historia de Israel, todo
el Antiguo Testamento, toda la serie de las Alianzas, todo detalle y cada paso
va mostrando que todos ponemos una nota de avance, de progreso, hacia el
cumplimiento del Amoroso Diseño de Dios que tiene en sus manos y agrupa todas
las riendas, para conducir la historia hacia la Gloria de su Gracia.
«La dignidad que el Espíritu Santo esculpe en cada uno de nosotros se reconoce también en la capacidad de reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas… En este designio, nada de lo que es verdaderamente humano se perderá, sino que todo será purificado y reunido en Aquel que recoge cada fragmento de vida, cada lágrima y cada auténtica conquista humana para sustraerlos de la nada y entregarlos, redimidos, al Padre». (Magnifica humanitas #233)







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