2 Tim 1, 1-3. 6-12
Las, así llamadas cartas pastorales o
eclesiales son 4: Dos a Timoteo, una a Tito y una a Filemón. En estas cartas el
hagiógrafo está particularmente interesado en darles pautas de dirección a los
responsables de las iglesias que él mismo había “ordenado” para guiar,
alimentar y cuidar los “rebaños” de las comunidades locales. Es tan “personal”
este escrito, que se ocupa de muchos detalles prácticos, no orientados a
encaminar a ningún diacono, a ningún Obispo y a ninguna viuda. Le encarga que
le traiga un abrigo que dejó, unos libros que le interesan y le ruega que lo
asista en este tiempo final de su vida, cuando su hora señalada ve llegada
(2Tim 4, 9-21) De este aparte no leeremos.
Timoteo era de Galacia, (en la actual
Turquía) y lo llama “hijo querido”. Se presenta a sí mismo como Apóstol de
Jesús designado por Dios. Al saludar, la fórmula de saludo se refiera a la
gracia, a la misericordia y a la paz que proviene de Dios Padre y de
Jesucristo.
Pablo, se ve a sí mismo, como un apóstol,
al mismo nivel de los que Jesús instituyó personalmente. Siente que le ha
servido a Dios con la misma fidelidad y entrega que los “justos” mencionados en
el Primer Testamento, y de todos cuanto le han precedido en la fe hacia el
Señor Dios. Y, agradece al Cielo que sus recuerdos de Timoteo le han permitido
encomendarlo siempre.
Le pide que “reavive la fe” y el “don” de
Dios, que él depositó en Timoteo, por medio de la “imposición de manos”. Gesto
que, desde entonces, era ya aplicado en el Sacramento del Orden. Ese Don
magnifico que no es un don de cobardía, sino -por el contrario- de Fortaleza,
de Amor y de Templanza.
Virtudes pastorales que se requieren, en
el más alto grado, para no acobardarse al declarar la fe y no “avergonzarse” de
la amistad con uno que ahora está encadenado y sumido en prisión.
Para muchos detractores esta era la
prueba de que Dios no estaba con él y de que no estaba revestido del blindaje
que -según ellos- el que era ungido, recibía.
Pablo, aclara que los llamados reciben
las unciones Divinas en el orden y la medida que Dios quiere, según Su Designio
y Gracia. Lo importante es que la tarea recibida para defender y proclamar el
Santo Nombre de Jesús se realice a cabalidad y ya Dios sabrá entregarles la
presea más alta -sobre este punto leeremos el sábado-, que también podrá ser la
oportunidad de dar testimonio con su Sangre.
Para pedirle la valentía de no
avergonzarse, él se sustenta en su propio ejemplo, el de dar testimonio, sin
avergonzarse él mismo.
Sal 123(122), 1b-2b. 2cdef
Uno que no ha probado la condición del
esclavo, no se imagina que el esclavo tenga los ojos clavados en las manos de
su “amo”, atentos a cualquier generosa dadiva que quisiera concederles. Pues
así mismo están los fieles atentos a las Divinas Manos, a ver si Dios quiere
concederles sus Bendiciones.
Como nosotros no hemos pasada por la
condición de las esclavas, no nos cabe en la mente vivir dependiendo de la
generosidad del ama, que quizás en algún arrebato de largueza, quiera premiar a
su “esclava” con un regalo, tan descomunal y tan esperado como la libertad
obsequiada, lo que bien podría llegar a ser.
Pero Dios -siempre Obsequioso- está continuamente despachando sus dones. Así como aquel paralitico pasaba su vida esperando que “las aguas se agitaran” así nosotros, sin pestañear, estamos constantemente pendientes a ver -no sólo si el agua se llegara a mover- sino, además, si Dios añade Ángeles que al moverse el agua, nos sumerjan, porque nosotros no tenemos a nadie que esté al cuidado del Milagro Generoso de Dios y, solicito, nos alce en sus Palmas para alcanzar el Milagro de la Sanación, allegándonos a la probática en Bethesda.
Mc 12, 18-27
Esta vez corresponde el turno de emboscar
a Jesús, a los Saduceos, poderoso grupo religioso, político y social judío de
la antigüedad, que conformaban la élite aristocrática, de las familias sacerdotales
ricas y de los terratenientes. Con el control del Templo de Jerusalén y una
gran influencia sobre el Sanedrín. Los saduceos limitaban su fe a lo que
declaraba la Torah, es decir, al que nosotros denominamos Pentateuco, los cinco
primeros Libros de la Escritura, atribuidos a Moisés; Aceptaban únicamente la
autoridad de la Torá escrita (los cinco libros del Pentateuco) y rechazaban por
completo la tradición oral que seguían los fariseos.
Entre otras cosas, no aceptaban vida
después de la muerte. Entonces tejen un caso imaginario que -ellos suponían-
iba a resultar totalmente irresoluble para Jesús y que lo obligaría a salirse
del marco de la fe mosaica (a volarse el libreto), para poderlo acusar y
declararlo anatema.
Una mujer enviudó siete veces, de los
seis hermanos de su primer marido. Le preguntan a Jesús, cuando resucite, ¿a
cuál de los hermanos le corresponderá declararla su esposa?
Y Jesús, no tiene ningún inconveniente en
abrir las Ventanas del Cielo y mostrarles que:
a)
Los muertos no se
casan, sean hombres o mujeres, en la vida eterna viven como ángeles.
b) Y cuando Dios se refiere a los Patriarcas, los nombra como a seres vivos, precisamente porque Dios los está mirando en el Cielo, y los ve delante de Sí, gozando de su Presencia.





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