domingo, 2 de agosto de 2026

Lunes de la Décimo Octava Semana del Tiempo Ordinario

 

Jr 28, 1-17

Una vez más se ataca la demagogia

Los exegetas desdoblan el Libro de Jeremías en cuatro secciones: la primera va de los capítulos 1-25, y -como lo dijimos- se concentra en profecías sobre Judá y Jerusalén. En la segunda, -ya francamente exilica- encontramos cuadros de orden biográfico y anuncios de salvación. En particular el bloque 27,1 -29, 32 se dirige a los desterrados, pero es claro que se trata de una inserción que el editor puso allí. Hoy nos encontramos en un duelo entre Jananías, por una parte, y de la otra Jeremías. Jananías “Dios se ha compadecido”, -afiliado al grupo de los que auguran paz y prosperidad-, es el adversario de Jeremías, este lo denuncia en calidad de falso profeta, sembrador de vanas esperanzas.

 

El bloque nos trasporta al año 593 a.C. y pone en escena el reinado del rey de Judá, Sedequías, que los babilonios instalaron como rey-marioneta.

 

Jananías profetiza que dentro de dos años el yugo del babilonio, Nabucodonosor, sobre Israel pasará, los dejará libres y devolverá los vasos sagrados que había hurtado del Templo; inclusive, llegaba a decir que Jeconías el hijo de Yeoyaquín, el sucesor del trono -cuyo reinado solo duró tres meses y diez días- y que fue secuestrado y llevado a Babilonia en el 597 a.C., sería repatriado. Con sólo 4 años de cautiverio, sí -según Jananías duraría sólo dos años más, según él, el cautiverio sólo iba a durar seis años-; pero la profecía de Jeremías había augurado setenta años de cautiverio.

 

Las profecías de hambruna y plaga que otros profetas anunciaron, se cumplieron porque este ha sido un pueblo rebelde y contumaz con su pecado. Jeremías, cumpliendo las ordenes de Dios, siguiendo el Mandato del Señor, se puso un yugo de madera alrededor de su cuello (acción simbólica); esto era un símbolo evidente del mensaje que llevaba al pueblo al anunciarle un largo cautiverio. Jananías viene y le rompe y quita el yugo de madera a Jeremías.

 

Breve tiempo después, vino Jeremías, nuevamente bajo el Mandato Supremo del Cielo, y le trajo un regalo a Jananías, un “yugo de hierro” (otra acción simbólica, muy diciente) señalando y traduciendo este “símbolo” como la representación del yugo que sobre todos los pueblos que estaban bajo el imperio de Nabucodonosor, -inclusive los animales- soportarían en su cerviz, llevando la pesada carga de su opresión.

 

Así -siguiendo el Mandato de Dios- Jeremías desenmascaró a Jananías, dándole un plazo de vida de un año, en el término de siete meses, Jananías fue a descansar con sus antepasados, y así cesaron sus embustes proféticos.

 

El punto está en que la profecía no es un anuncio de un panorama agradable y promisorio lo cual puede ser puro populismo, en el sentido de sonar dulce a los oídos de la gente y captar su acogida y sus aplausos; la Voz del profeta anuncia -por el contrario- la voluntad de Dios, muestra con realismo lo que se avecina, aun cuando muchas veces sea un camino amargo con los duros y puntiagudos guijarros del pecado.


«El hombre que rechaza la Palabra de Dios no solo no quiere oírla, sino que no quiere que exista. Viene inmediatamente a la mente Jesús, Palabra viviente del Padre, entregado a la muerte porque no debe existir más». (Carlo María Martini)

 

Sal 119(118), 29, 43, 79, 80, 95, 102

Estamos ante un salmo de súplica. con sus 176 versos desarrolla una teología de altísima espiritualidad. Su desarrollo va enunciando cómo hemos de plegarnos a la Voluntad Divina como llevando con paciencia el peso del yugo que Él nos haya querido otorgar y convencidos de que, ese es el más leve que conseguiremos en vida, y que uno más ligero, sólo nos llevará a descubrir que el que escojamos, ya no será de madera sino de pesado fierro.

 

La primera súplica es el hermoso ruego de que lo aparte del camino falso lo que -en otras palabras, significa- que lo conduzca por las sendas de la Ley, lo cual es una verdadera “Gracia”.

 

No pide que lo silencie, que refrene su boca; pide que le permita hablar, pero sólo Palabras de verdad, acordes con los Mandamientos.

Quiere pertenecer al grupo de los que aman al Señor y siguen sus preceptos: con ellos quiere unirse y con ellos formar firme y sólida adhesión: Entrar en comunión.

 

Que su corazón -el del salmista- esté hecho de una sola pieza: de fidelidad a la Ley.

 

Los impíos le tendían una emboscada, pero como él estaba ocupado pensando en la Ley de Dios y en cómo guardarla, los ángeles lo llevaban por caminos a salvo y los Serafines lo proveían con armadura de acero blindado. ¡Siempre va a salvo!

 

Así como el alumno brillante sigue al pie de la letra las enseñanzas de su maestro, así el salmista no se aparte jamás de los Mandamientos.

 

El verso que sirve de estribillo ruega que Dios sea el maestro del Salmista, y nosotros al entonar este cantico estamos rogando que sea, también, nuestro Maestro y que Él sea nuestro “Coach” de Sabiduría.

 

Mt 14, 13-21

Cursillo en breve lección porque ahora vamos a ser jardineros

Se enteró Jesús del triste fin de su primo Juan el Bautista, así que se fue, en una hora de luto, a rememorar y presentarle al Padre tanta injusticia, tanta perfidia. Pero la gente, no le daba tregua para estos momentos de serenidad ente YHWH, así somos siempre, lo asediamos, lo perseguimos, lo presionamos con nuestros ruegos y peticiones; Jesús no nos critica, no nos ahuyenta, no nos desprecia, no nos rechaza. ¿se arma de paciencia y se dispone a prestarnos atención.


¡Socorre nuestras necesidades y se dedica a curarnos!

 

Los discípulos, le ponen interés a aquello que nosotros vemos como “urgentes aspectos logísticos”: es tarde, ya empieza a hacer hambre, (no sabemos si quienes estaban siendo generosamente atendidos por el Divino-Maestro tenían hambre, quizás los hambrientos eran ellos, los discípulos), le ponen de presente que están lejos de los pueblos, que por allí no hay tiendas, que no se puede improvisar una comida “caminera”, en fin, que los despache y cada uno vea cómo resolver la cuestión.

 

Se ha trabado una relación entre Dios y su pueblo: Se ha construido una amistad y los “discípulos” están afanados en desbaratarla, no se dan cuenta del amor que está floreciendo, ven el jardín despuntando flores de hermosas y de vistosos colores, pero ellos, que de jardinería saben nada, -sólo miran el reloj y ven que llega la hora de servir la comida- proponen regar las jóvenes flores con “herbicida”.

 

Jesús, en cambio, les propone tomarlas a su cuidado, darse cuenta que cuando un jardín florece, nosotros estamos llamados a abandonar cualquier premura y cambiar de oficio: ¡Hacernos jardineros! Tomar todos los retoños bajo nuestra protección y con aplicación consultar en Internet “Cómo cuidar las flores que están brotando”.

 

Fueron corriendo a sus alforjas y canastas y ¿qué hallaron? “cinco panes y dos peces”. Jesús -que encuentra esta escaza materia como “resto suficiente”- pide que se la alcancen. No se encarga de hacer casi nada, pero le presenta a su Padre lo que tienen:

a)    Alzó su Mirada al Cielo

b)    Pronuncio la Bendición

c)    Partió los panes

d)    Se los dio a los discípulos

e)    Y estos se los alcanzaron a la gente

 

Todos los concurrentes se saciaron. (Cinco mil hombres, mujeres y niños). Recogieron doce canastas de sobras.

 

(Al principio cada uno tenía un pan, al final cada uno tuvo un cesto, ninguno cuestionó al Maestro, todos distribuyeron y, de esa manera, fueron coparticipes del signo. ¿Os dais cuenta? ¡Entre más daban, más tenían!).

 

Cuando veas en el campo, aun cuando sólo sea una florecita que está brotando, recordad que ese botón merece todo nuestro amor y prodiguémosle todo nuestro cuidado: esa florecita es una verdadera “hija de Dios”. ¡Reconozcamos en ella, la Fe que brota!

 

A partir de aquella experiencia, Jesús habría podido capitalizar el apoyo de la muchedumbre y volcarlos en rebelión; pero ciertamente no es ese su Proyecto salvífico. Apremia a los discípulos a embarcarse e irse. Jesús aceptará el reinado que le es propuesto, pero con la certeza de tener una cruz por trono. Así que envió a los discípulos y el -después de despachar a la gente- subió al Monte a dialogar con su Padre.

 

Tenemos aquí una imagen cuasi apocalíptica: Jesús en soledad. Esa soledad que parece hacer alusión a su condición de abandonado en el Calvario, cuando todos los abandonaron. Simétricamente, la imagen se completa con la barca alejándose, una barca que, sin su Capitán a bordo, se ve atacada por las furiosas olas y llevada de aquí para allá por el viento contrario y el oleaje, como si fuera una cascara de nuez. Es la vulnerabilidad de la Iglesia cuando no se afianza en Jesús.

 

Abriéndose paso entre la oscuridad, cuando apenas clareaba, ven venir a Jesús. Jesús viene andando en el agua. La imagen proyectada es cuasi fantasmagórica. La voz de Jesús la rasga, como en otra oportunidad se rasgará el velo del Templo, y les dice: “No tengan miedo”.

 

Pedro quiere sobreponerse a su propio temor y asumir el mando: Le pide a Jesús que “le comparta su poder” y lo haga caminar también sobre el agua. Jesús que precisamente lo que quiere es que ellos puedan continuar la misión y construir Iglesia se lo ofrece por entero.

 

Ya solo, enfrentado a las fuerzas adversas, flaquea y empieza a hundirse. Jesús no lo abandona, se apresura a tenderle la mano, pero le recrimina la falta de seguridad y la convicción deleznable que lo acobarda. Suben los dos a la Barca, y con la capitanía a bordo, ya no hay oscuridad que los amedrante. Esta escena concluye con el reconocimiento de su Filiación Divina.

Viene -a manera de coda- el desembarco en Genasaret, la gente que lo reconoce ahora fácilmente, lleva el anuncio a toda la comunidad y la reacción es de lo más  natural porque, a sabiendas de su taumaturgia, traen a todos los enfermos y con solo tocarle la orilla del manto, inmediatamente recobran la salud.

 

¡Jesús trae salvación para todos!

sábado, 1 de agosto de 2026

COMUNICAMOS LO QUE ÉL NOS DA

  

Is 55,1-3; Sal 145(144), 8-9.15-18; Rm 8,35.37-39; Mt 14,13-21

 

… ninguno tenga para sí los cinco panes y los dos peces, sino que los entregue a Jesús para que los multiplique en beneficio del mismo pueblo

Carlo María Martini

 

Partir, o al menos intentarlo;

nunca en soledad, siempre en compañía;

nunca para salvar y menos aún para sentirse salvado;

sencillamente para hacer posible el compartir,

Como Tú, Señor.

 

Florentino Ulibarri

 

La siembra. Venimos de referirnos a un Sembrador que salió a sembrar, y Jesús explicó a sus discípulos que se trataba de un λόγον [logón] “discurso” comparable a la semilla que el Sembrador esparce. Muchas veces la semilla cae entre piedras, al borde del camino o entre cardos y, en otros casos, puede caer en terreno fértil o muy fértil. Las que caen en las primeras dos clases de terreno, se diría que es semilla que quedó desperdiciada, pero ¿será esto verdad?

 

La Primera Lectura de hoy nos explica que λόγον la “Palabra” se puede comparar con la lluvia y –a pesar de lo que podamos pensar- no se evapora y regresa a la atmosfera sin haber fecundado la tierra. ¿Se contradicen Jesús e Isaías? Entendemos que no hay contradicción; aun cuando la tierra no sea buena, aún la semilla que cayó “donde no era” o “donde no debía”, aun cuando venga el Maligno y la arranque, aun la que carece de raíces profundas y se “quema” por la persecución, el “agite” y las tribulaciones; aún en estos casos “desesperados”, la Palabra baja, humedece, fecunda y hace germinar.

Sólo por mostrar un “fruto”, señalemos que esa “Semilla” es espejo de juicio (mejor, de auto-juicio) que no se podrá argumentar desconocimiento de la Alianza. La Palabra nos muestra un deber-ser que, si no lo cumplimos, si no lo aceptamos, dejará en nuestro corazón esa traza, permitiéndonos asumir la responsabilidad de nuestras opciones: pude haber optado por esa ruta, pero yo elegí la otra. No se trata de “complejos de culpa” sino de consciencia frente a nuestras opciones y las consecuencias de nuestras acciones.

 

Podríamos atrevernos a acusar a Dios de injusto si Él no hiciera llover sobre justos e injustos. Podríamos pensar o preguntar ¿por qué no nos regaló esa semilla? ¿Por qué pasamos la vida sumidos en la ignorancia? En cambio, al esparcir la semilla a diestra y siniestra, nadie tendrá el pretexto de recurrir al expediente del desconocimiento de la Ley.

 

Cuando leamos la primera Lectura encontraremos que «… En estos versos se compara la Palabra con la realidad más deseada y esperada en un mundo asolado y seco como el palestino: el agua. Y como la lluvia, la Palabra no se queda en los cielos de la trascendencia, sino que penetra en el terreno de la historia, en sus pliegues oscuros, en su aridez. Tras fecundarnos vuelve a Dios hecha carne y sangre, o sea oración y amor del hombre hacia su Señor.»[1] 


En el Plan de la Creación-Redención, se precisaba este elemento: que Dios nos hablara, nos enseñara; Dios, al darnos a conocer los Mandamientos, su gusto y sus deseos sobre lo que espera de nuestra parte, obra con total “justicia” al darnos a conocer la contrapartida de la Alianza, porque toda alianza reposa en un recibir y brindar la contrapartida, cumplir con lo ofrecido a cambio. Así pues, en Su Generosidad; crea las condiciones para la Alianza. No sería una Alianza de verdad si Él hubiera conservado en secreto sus expectativas respecto a nosotros. Sellar la Alianza con su “pueblo escogido” entrañaba el requisito de darnos a conocer nuestra parte: la contra-partida que habríamos de jugar por nuestra parte. La Justicia Divina en su perfección lo previó. Su Palabra nos llega, esa es Su Voluntad, que la “Palabra” sea fértil y “cumpla su encargo”, que nos traiga el Mensaje, que nos dé a saber.

 

Todas las obras de Dios rebozan de Amor

Esta previsión de Dios para favorecer a sus criaturas, es digna de alabanza; toda la humanidad debe reconocer esa generosidad, ese cuidado, esa responsabilidad paternal, y no sólo responsabilidad sino tierna responsabilidad, prevé todo lo necesario, es un Dios Providente. No nos creó para dejarnos librados al azar. Nos cuida, vela por nosotros, nos pastorea, nos cuida como Padre, más aún como Madre, como la mejor de las madres. No se afana por castigar o por enojarse, nos tiene paciencia, nos corrige con ternura, nos da plazos dilatados para que poco a poco vayamos aprendiendo.

 

No limita su amor al ser humano, nos advierte en la segunda estrofa de la perícopa que constituye el Salmo responsorial de este Domingo que ama a todas sus criaturas. Ahora, como una gallinita cuida a sus polluelos, así Dios abre sus Generosas manos para darnos pan a todos y todas sus criaturas sacian el hambre.


Pero ¿cómo vemos mucha gente morir de hambre? ¿No sacia Dios a todos? Y respondemos, Dios sí, pero el Malo –que ha sembrado su cizaña en tantos corazones- hace que muchos rieguen la leche “para que el precio no caiga” o quemen los alimentos, para que la oferta no devalúe sus “mercancías”, inclusive, oímos de aquellos que ocultan y secuestran los alimentos porque las “leyes de la economía” señalan esa vía: se trata -no de la Buena Nueva- sino del más triste mensaje que se puede recibir por parte de la cultura de la muerte.

 

Y, si Dios todo lo previó, ¿por qué no “destruye esta mala gente”? ¡Para darles una oportunidad! por eso no arranca la cizaña que vino a sembrar el “enemigo” por la noche; pero, llegará la hora que Él tiene señalada, y separará los peces buenos de los malos, a los buenos los pondrá en su “Cesta” a los malos los tirará donde domina el llanto y el crujir de dientes.

 

Entonces, ¿estamos condenados a ser víctimas de un Dios castigador? Todo lo contrario, nos enseña el Salmo, Él no es para nada castigador, es “lento para enojarse y generoso para perdonar”, pero es justo, especialmente contra aquellos que hacen sufrir a sus “pequeñuelos”.

 

Salimos victoriosos

Hay que reconocerlo, sus “pequeñuelos” han sufrido mucho por culpa de la “cizaña”. Diez géneros de padecimiento menciona San Pablo en le perícopa de Romanos que tematiza la Segunda Lectura de este Domingo: Demos una ojeada a estos sufrimientos que ya probaron los miembros de la Primeras Comunidades: 1) tribulaciones, 2) angustias, 3) persecución, 4) hambre, 5) desnudez, 6) Peligro 7) Espada, o sea, la crueldad y la muerte, 8) los demonios 9) lo presente y lo porvenir 10) Los poderosos del mundo.


Sin embargo, repasemos el martirologio y la conclusión es evidente: Nada, pero nada, nada nos puede hacer desistir del Amor fiel de Aquel que nos ha ofrecido ser nuestro Aliado-eterno, por los siglos de los siglos.

 

Pero, de eso es muy consciente el texto a los Romanos, nuestra victoria no emana de una fortaleza propia, sino gracias a “Aquel que nos ha amado”, es Él quien nos provee las fuerzas para mantenernos airosos y soportar toda clase de pruebas y las primeras que se nos vienen al recuerdo son los leones, los toros, el descuartizamiento, el fusilamiento. Él nos anima, y al mirarlo clavado en la cruz, sabemos que su ejemplo fue mostrarnos, con su propia vida, con sus propios dolores, derramando su propia sangre, que su Evangelio de Amor no son sólo palabras, sino que Él mismo es Palabra de Vida y de Vida-Eterna.

 

El tema del banquete providencial

Hay que tener en cuenta que este banquete que Jesús promovió está en el contexto de otro banquete, el banquete de muerte que organizó Herodes y donde encontró término la vida de San Juan Bautista. Mientras Jesús promueve y disemina felicidad nutriendo con “Pan de Vida” a una multitud; la felicidad en el banquete de Herodes consistió en presentarle la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja a Salomé. Tenemos la oposición rotunda Vida/muerte.

Dios que es total providencia, que nos cuida y prevé todos los detalles de nuestra existencia, podría haber organizado un equipo de discípulos económicamente muy pudientes de tal manera que, cuando el pueblo estuviera hambriento le habría bastado preguntar a sus discípulos ¿Qué les vais a dar para cenar? O les podría haber increpado. “¡Habéis traído suficiente para saciar a toda esta gente!”.

 

Pero no fue así. Se escogió a doce pobres pescadores, sin recursos, de quienes sólo se podría esperar la previsión de pedir que ya no les enseñara más, ni sanara más gente, sino que los enviara a los caseríos a comprar algo de comer. De todas maneras, ¡qué sensibilidad! ¡qué afán por el otro, por el prójimo! Se acordaron que hay un momento en que el alimento espiritual cede paso al hambre física y así se lo dicen al Maestro.

 

¡Oportunidad de oportunidades! Ese interés de los discípulos es aprovechado por Jesús para establecer un Mandamiento para sus discípulos, es decir, para nosotros. En vez de enviarlos a buscar algo, a comprarse alimento, es a nosotros a quienes nos corresponde alimentarlos: ¡Dadles vosotros de comer!:

 

-Pero, ¿nosotros, Maestro? ¡Si no somos más que unos pobres pelagatos!

Ahí está el punto. Si medimos todo desde nuestra órbita, efectivamente ¿cómo vamos a poder alimentar a tanta gente si escasamente tenemos para nosotros mismos? Pero, pongamos eso poco que tenemos en las manos de Jesús; entendamos y recordemos que Él es Dios, Dios humanado, pero lo de humanado no le resta nada a Su divinidad, en cambio, si le agrega, porque es un Dios que ha sentido en su propio vientre el mordisco del hambre, y ha experimentado cada una de nuestras debilidades, y sabe qué es ser hombre; y como es Dios, puede hacer rendir el pan, el trigo, el arroz, puede crear otro universo, o puede perfeccionar este con sólo llamar a los ángeles y ponerlos a escoger los peces buenos en un canasto y a tirar los malos.

 

Jesús realiza tres acciones fundantes eminentemente Eucarísticas:

1.    Alzando la mirada al Cielo, εὐλόγησεν [eulogesen] “pronuncio la bendición”

2.    Κλάσας [klasas] “Partió los panes”

3.    ἔδωκεν [edoken] “Se los dio” a los discípulos


La infinita ventaja que nosotros, los discípulos, tenemos sobre otras personas es que nosotros lo hemos visto con nuestros propios ojos, a nosotros nos consta que Él puede lo que nadie más puede. ¿Cuántos milagros ha obrado en presencia de nuestros ojos? ¿Cuántas veces lo hemos visto aquietar la tormenta y silenciar las aguas embravecidas?

 

Por esa experiencia que hemos presenciado de su enorme poder podemos poner en sus manos los cinco panes y los dos pescados y se multiplicaran hasta sobrar un canasto para cada una de las tribus del Nuevo Pueblo de Dios.

 

Recibimos cada fragmento de pan y nos toca el honor de alcanzárselo a sus destinatarios. Nosotros podremos ser coparticipes en este milagro. Depositaremos nuestra pobre nada en sus manos y Él nos la devolverá bendecida, después de habérsela presentado al Padre, en oración. Retornará a nuestras manos bendecida, con su Palabra Santa, con su Palabra Divina, la misma Palabra λόγον que pronunció para hacer del pan y el vino sus propios cuerpo y sangre que en multiplicación providencial nos ha nutrido por siglos, cumpliendo con su Palabra, la de acompañarnos por siempre, hasta el fin de los tiempos.

 

Se hizo para Sí un pueblo: Hubo en todo esto otro milagro que a veces pasa inadvertido: A aquel lugar llegaron individuos desarticulados, Él los fue articulando, haciéndolos con sus Palabras “ensamblaje”, piezas de su Cuerpo Místico, haciendo de ellos un-solo-cuerpo-en-un-solo-pan; y de gentes indiferentes fue sacando fraternidad, solidaridad, los fue enderezando, levantando; fue armando células, pequeñas comunidades donde se respirara la amistad, el compañerismo fiel. Fue edificando ciudadanos del Reino.

Hemos quedado inoculados con esta Nueva Ciudadanía, en nuestros pechos se va incubando. Como lo decíamos el Domingo antepasado, Dios provee también el tiempo y el ritmo de la incubación, a nosotros nos compete la paciencia-serena puesto que sabemos que el Señor tiene “el día y la hora señalados”. Antes de ayer celebrábamos la memoria de San Ignacio de Loyola, digamos, citándolo: “Confía en Dios como si todo dependiera de Él y nada de ti. Pero luego, aplícate a la obra como si ella no fuera de Dios sino exclusivamente tuya.”

 

Mientras tanto, se nos da la ocasión de ir diseminando el “contagio”, ¡no de la enfermedad sino de la Salud y la Vida! De esparcir el “λόγον”. «... sencillamente para hacer posible el compartir, como Tú, Señor»: ¡Tú lo partes, nosotros lo compartimos!

 

 

 

 

 

 



[1] Ravasi, Gianfranco. LOS PROFETAS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1996 p. 126