lunes, 29 de junio de 2026

Martes de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario


Am 3, 1-8; 4, 11-12

Dios tiene al profeta para pasarnos preaviso

Al analizar la obra de Amós, los exegetas encuentran cuatro piezas, cuatro fragmentos bien definidos: en la primera, que abarca desde 1,3 – 2,16 el profeta pronuncia oráculos contra los pueblos extranjeros. En la segunda parte que se extiende desde 3,1 – 6,14 se proclaman los oráculos contra el propio Israel.

 

Podríamos entender la perícopa de hoy como una especie de glosa al significado de la Alianza. Dios en su Munificencia, ha querido suscribir con nosotros una Alianza. La Alianza está en el corazón de la revelación. Nos ha brindado con amplitud su Amistad. Sin merecimiento ha querido vernos como “hijos”, así hemos gozado de Su Mirada Preferencial. Cabe muy bien preguntarnos si hemos correspondido a Su Magnanimidad: ¿Hemos cumplido la parte que nos toca en aquella Dulcísima frase: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”? (Cfr. Ex 6, 7)

 

Dios ha “elegido” de todas las “familias” de la tierra a la familia de Israel. La elección no es un deber de Dios, la elección es Gracia, es pura Gracia. Como sucede con altísima frecuencia, el elegido empieza a abusar de su elección y poco a poco entre en la esfera de considerar que el amor preferencia-Paternal es algo que el Papá le adeuda y que tiene que actuar así y no puede ser de otra manera. Allí aflora un riesgo enorme, considerar que el Amor es una obligación, dar por supuesta una obligación de ser amado, perder de vista su Gratuidad, y pensar que se puede exigir. Un pensamiento del calibre de “Mi Papá opto por heredármelo a mí, los otros ‘que miren el chispero´” lo que se podría traducir como que caigan en la cuenta que se quedaron con las manos vacías. Podríamos ir un paso más allá y recordar otro aforismo que reza “a un gran privilegio corresponde una gran responsabilidad” que no es otra cosa que la enseñanza de Jesús que San Lucas nos trasmite "Al que mucho se le ha dado, mucho se le exigirá" (Lc 12, 48). Si se deja de lado este sentido de responsabilidad, cabría entender que, equivale a haber rechazado el “don”. No se puede reposar en la negligencia cuando se ha recibido un “don”, la elección implica un sentido de “hacerla “útil” como contrapartida de la “elección”. Dicho de otra manera, uno no es adoptado como hijo, para la pura vanidad de lucir el “apellido”.

 

El encono de Dios ante la ingratitud es como una especie de rugido que nos reclama en Su Pecho: “¿No sané a diez hombres? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Ninguno volvió para darle gloria a Dios excepto este extranjero?” (Cfr. Lc 17, 17-19)

 

Hay una voz de denuncia en los profetas que mucho incomoda a los impíos. La función del profeta es también la denuncia, porque cuando Dios “ruge” en el corazón del profeta, qué más puede hacer el profeta sino traducir el rugido en palabras humanas. Amós capta en su ser los ecos de la Voz de Dios: cada causa conlleva sus consecuencias y la serie de las consecuencias no se dan sin que existan sus precedentes causales, así mismo es el habla de Amós, si dice algo es porque Dios retumba en el ser de Amós, y cuando Amós oye el Rugido, ¿podría acallarlo en sí y ahogarlo?

 

¿Y qué es lo que Ruge la Voz del Señor en el pecho de Amós? Que Él los eligió, hizo de las Doce Tribus su rebaño elegido y preferido, los libró de la cautividad donde eran explotados: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios. Yo soy el SEÑOR su Dios y ustedes sabrán que fui yo quien los rescató de la opresión de los egipcios”; por eso, ahora les pide cuentas. Les había otorgado la herencia de la libertad para que pudieran “libremente” elegir honrar a su Dios-Libertador, pero decepcionaron al Señor, y correspondieron a sus ternezas con indiferencia y traición.


¿Le dicta Dios algo más a Amós? Sí, que, así como fue el castigo de Sodoma y Gomorra, así serán las penalidades de Israel: “Por eso, así voy a tratarte Israel. Sí, así voy a tratarte: prepárate al encuentro con tu Dios”.  

 

Sal 5, 5-6a. 6b-7. 8

Salmo del Huésped de YHWH. Es un salmo de abandono, él se aloja en el Templo y se ofrece a ser moldeado por la Voz del Señor. De alguna manera, el salmista intuye que el Templo es el molde que aplica el Señor para configurar el “penitente”. Pero nadie cabrá en el molde si sus “deformaciones” le impiden encajar. Así, el salmista clama para que Dios elimine sus “turupes” y lo “limpie de sus “imperfecciones”, para que no sea repugnante a las entrañas de Dios.

 

Lo que dice expresa que Dios es Pureza y que toda וּמִרְמָ֗ה [umirmath] “engaño”, “traición” “deshonestidad” es repulsiva a la limpieza que reclama la Santidad.


 En la primera estrofa suplica ser liberado de la maldad, y de la arrogancia.

 

En la segunda, le muestra al señor otras pústulas suyas: es malhechor, mentiroso, hombre sanguinario, y traicionero.

 

Finalmente, en la tercera estrofa, se halla postrado a las puertas del Templo, en el Atrio Santo, esperando la señal absolutoria que marcará el momento de la acogida, la orden de ingresar en el Templo.

 

El verso-estribillo (antífona responsorial) enmarca en esa consciencia de necesaria purificación, el afán absolutorio: “Señor, guíame con tu Justicia”. Sólo Dios puede limpiarnos y sacudirnos de los “afeantes”, ante los Ojos de Dios.

 

Mt 8; 23-27

No es retórica sino una confesión de fe

La Iglesia no puede seguir su marcha, su peregrinaje en estas tierras sin darse cuenta que se mueve en este contexto cataclísmico. La traducción nos habla de una “tempestad muy fuerte”, en griego dice σεισμός [seísmos] que es un “temblor de tierra”, y también, una “tempestad”, una “borrasca”, cualquier cataclismo. No podemos pasar por alto que en ese ambiente es que “peregrina” la Iglesia. Amamos y anhelamos la calma, es un bien inapreciable y, por lo mismo, tan anhelado. Sin embargo, no es ese el contexto de la vida eclesial. En cambio, la Iglesia, a través de la historia, se ha movido en situaciones muy difíciles, nada benignas, y ha sido víctima de la persecución ininterrumpida, en diversas modalidades.


¿Ha de ser ese el motivo de nuestra desmovilización? ¿Debemos trazar planes para desistir definitivamente y refugiarnos en catacumbas y cuevas? ¿Salimos corriendo y nos esconderemos debajo de la cama? ¿Podemos, de alguna manera evitar estas “crisis” y vivir en un ambiente calmo y tranquilo? Y la propia perícopa nos responde: Nosotros no podemos hacer nada, pero si acudimos al Señor, Él se levantará, increpará los vientos y el mar, y ¡sobrevendrá la gran calma! Porque ¡Dios cumple su Alianza!

 

Fue entonces cuando ellos se preguntaron, ¿Quién es este hombre, a quien el viento y el mar le obedecen? Hay que notar, y no pasar por alto lo que contiene esta pregunta: Sólo Dios puede reclamar la obediencia de los elementos. Solo Dios puede calmar cualquier σεισμός, ningún ser humano puede darle órdenes a la furia de las fuerzas de la naturaleza. En realidad, esta es una prerrogativa exclusivamente Divina. En realidad, la pregunta no es más que una forma retórica de decir: ¡Jesús es el mismísimo Dios!

 

Esto es algo que ningún judío podría decir en su sano juicio. Pero recordemos lo que aquí se está declarando es una paráfrasis para reconocer en Jesús, no solo a un Hombre, sino, a Dios mismo.

 

El asombro no puede quedarse en “temor”. Aun cuando el oleaje se encrespe, hay que recordar que Él es el Emmanuel. ¡Dios con nosotros! Pensamos que antes de ir a despertarlo, tenemos que contestarnos esa pregunta. Tenemos que reconocer su Divinidad y la autoridad que de Él emana, antes de mostrarle el oleaje embravecido. No se trata de hacerle una exhibición de nuestros temores inmanejables, sino de hallar -lo que sólo Dios nos revela- que Él es el Hijo de Dios, el Mesías, y sostenido en esa “fortaleza” admirar y loar, cuán Grande es el Poder de Dios.


El Señor no calma el oleaje embravecido para matarnos con su “poder”, Él usa de la Autoridad que tiene sobre los elementos, precisamente para Salvarnos y conducir la barca de la Iglesia para que sea ella, también, Salvadora, «… ya que la Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, …». (Concilio Vaticano II. LUMEN GENTIUM, Constitución Dogmática sobre la Iglesia, #1) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario