domingo, 14 de junio de 2026

Lunes de la Décimo Primera Semana del Tiempo Ordinario

 


1R, 21, 1-16

Para Israel, la "viña” simboliza la elección, el cuidado providencial, la misión de este pueblo elegido por Dios y destinado a dar "buenos frutos", frutos de justicia y obediencia. Dios esperaba que Israel reflejara su amor y justicia a todo el mundo.

Los más dedicados estudiosos de la Biblia descubren una serie de contradicciones e inconsistencias inexplicables, que se han tratado de resolver con la hipótesis de las “dos corrientes”, son como dos perspectivas diferentes desde las cuales se mira a Elías y Ajab. Los documentos se encontraron y se ordenaron tratando de dar un sentido que sólo se reconoce leyendo con profunda atención. Ya la Biblia de los Setenta altera el orden y propone primero, los capítulos 20 y 21; luego los capítulos 17-19 (los episodios de la Sequía y de Elías en el Horeb) y después sí, el cap. 22, donde se nos plantean las Guerras con los arameos y la muerte de Ajab.

 

En el capítulo 21, encontramos el tema de la Viña de Nabot. Aquí se descubren, no solo dos tradiciones, sino más de dos, con formulaciones muy típicas de las corrientes deuteronomistas. Ajab y אִיזֶבֶל [Izebel] “Consagrada a Baal”, “Baal es príncipe”, “Jezabel”; tenían una residencia secundaria en Yezrael (donde todo parece indicar que Ajab tenía negocios), y, casualmente, cerca de su palacete, quedaba la viña de Nabot, que este había heredado de su familia y allí él tenía sepultada su parentela. Seguramente Nabot era un personaje prestante (Nâboth en hebreo significa “preminente”, también “frutos” o “frutas”), lo que le permitía a Nabot rechazar las pretensiones de Ajab sobre su viña donde el rey pretendía hacerse una huerta ofreciéndole, a cambio, la viña que él eligiera o, de quererlo así, se la pagaría en contante y sonante; cosa que Nabot -apoyado en el derecho consuetudinario de propiedad- rehusó.

 

Como un mocoso caprichoso llegó a su casa y se arrunchó a dolerse de su capricho insatisfecho, arrinconado con la cara contra la pared; y, así se lo confió a Jezabel, quien, para animar a su marido, lo pellizcó dónde su vanidad más enquistada estaba: le preguntó, si él -que era el rey- manejaba así su poder y su autoridad, ¡valiente rey era! O sea que le disparó ¡directo a su real -prepotencia! En otras palabras, le dijo actué como rey, así sea un rey de la peor laya, y hágase a la viña por los caminos oscuros de la injusticia. Detentando la posición gubernativa que él tenía, nadie la podría cobrar los oprobios que cometiera, para salirse con la suya.

 

Sólo le dice que se anime, pero es ella quien solicita por medio de cartas, que se busquen en la comunidad dos embusteros -la Escritura los llama “hijos de בְּלִיַּ֫עַל Belial” (Belial es lo contrario de nabot; Nabot es “frutos”, Belial es “inútil”, “sin valor”) ese par de beliales tenían que estar disponibles para levantar un perjurio, afirmando que Nabot había maldecido a Dios y al rey. Calumnia a causa de la cual, lo ¡sacaron de la ciudad! y lo lapidaron. Subrayamos que lo sacaron, porque siempre sucede, -como para que la ciudad no pueda ser tenida por culpable; como quien dice que los “ciudadanos” no tenían la culpa sino que los responsables eran “fuereños”-, que el crimen se comete en las afueras, también en las afueras de Jerusalén quedaba el Calvario, los culpables son siempre los de las periferias; y siempre el cordero que se ofrecía como “sacrificio vicario” le imponían las manos para descargar el pecado sobre él, y lo enviaban a morir victimado por los lobos, en zona agreste. Los ciudadanos que le habían “impuesto las manos” quedaban -como diríamos hoy día, “sanos”.

 

Jezabel, entonces, le da pedal a su marido, y lo impulsa a que vaya a “tomar posesión” de la Viña en cuestión. La manera como se cuenta, hace ver a Ajab como inocente, caprichoso pero inocente, de la muerte de aquel “Justo”, la impudicia, está enteramente achacada a Jezabel (la pagana idolatra): “La mujer que me disté por compañera me convidó el fruto -en hebreo dice del עֵץ [ets] “árbol”, “del palo”, “del árbol que sirve para ahorcar”- y comí” (Gn 3,12bdc). En Génesis 12, no habla de “fruto” que sería “nâboth”.

 

Se nota el paralelo exacto de este pecado con aquel que el profeta Natán le descubrió a David (2Sm 11,1 -12,9). El objeto del capricho ha cambiado, allá era la mujer de Urías, aquí es la Viña de Nabot, el crimen es el mismo, allá muere Urías, aquí paga el pato Nabot: dos hombres pierden la vida por los caprichos de poseer lo ajeno. En ambos casos es el rey, el que abusa de su autoridad para adueñarse de lo que, respetablemente, le pertenece en justicia a otro. Cabe aquí hacer mención de René Girard - filósofo, antropólogo e historiador francés-: él habla del deseo humano que no está apuntalado en un deseo que brota del corazón como si este fuera una glándula y su secreción natural fuera el deseo de cierta propiedad apetecible, o sea que el deseo no es ni innato ni original; sino que es fruto de una imitación, el deseo es mimético. Los seres humanos no deseamos las cosas por ellas en sí mismas, sino porque vemos a otros desearlas-poseerlas. Esta imitación genera violencia cuando dos o más personas compiten por el mismo objeto- desde el plano consumista diríamos que su deseabilidad depende de su “demanda”. El deseo es prioritariamente envidia. Esto es -a pinceladas gordas- lo que René Girard denomina el “deseo mimético”.

 

Y aquí el objeto de la envidia es la viña “fructífera”, mejor dicho, la viña de Nabot. El deseo no es un “comportamiento”, el deseo es copia. Cuando el “propietario” legitimo se convierte en un impedimento para obtener el “objeto deseado”, es cuando se detona la rivalidad, el odio, la agresión, la guerra. Y entran en vigor todas las manifestaciones del “poder adquisitivo”. Una manera comercial de exacerbar este “deseo mimético” es poner un objeto de “moda”, hacer que las mayorías lo deseen.

 

Aquí, ya no será Natán el encargado de desenmascarar al rey, ese rol se le ha asignado, ahora, a Elías: “¿Has asesinado y encima robas? Por eso, así dice el Señor: en el mismo sitio donde los perros han lamido la sangre de Nabot, a ti también los perros te lamerán la sangre” (“El que a hierro mata a hierro muere”, y también aquel, “con la vara que mides seréis medido”)

 

También aquí para conservar el paralelo, Ajab se arrepiente -como lo hiciera David-, en cuanto oyó aquellas palabras, rasgó sus vestiduras, vistió sayal y guardó ayuno, andaba por ahí, taciturno. (Cfr. 1R 21, 27-29) Y el castigo es provisionalmente levantado, aun cuando recaerá sobre su descendencia.

 

Sal 5, 2-3ab. 5-6a. 6b-7

El salmo es del huésped de YHWH. En este salmo se quiere depositar la vida en Manos de Dios. Ese es el sentido de esta plegaria. Se muestra docilidad y entrega para que sea Dios quien corrige, Dios quien guía, Dios quien atiende. Y la ofrenda presentada, como claramente lo dice la antífona responsorial, son los “gemidos”.

 

Este hombre que ora, implora ser escuchado en sus gritos y gemidos, quiere ser atendido y se presenta ante su Señor y Rey, depositando ante Él su Oración.


Mira hacia Dios y descubre en Él dos pautas de identidad: Él no es un Dios Malvado; eso, por una parte, y por la otra, sus huéspedes tampoco pueden ser malvados, ni gente arrogante.

 

Profundiza identificando a los que pueden ser sus huéspedes: definitivamente no pueden serlo los malhechores, tampoco los asesinos sanguinarios y, mucho menos, los traidores; a todos esos los aborrece el Señor.

 

El salmo lo dirá, aun cuando hoy no se cite este aspecto, el Señor acoge al fiel.

 

Mt 5, 38-42

Remontarse por sobre la Justicia como venganza

El Señor Jesús nos sigue guiando hacia la plenitud de la Ley. Hoy tomará la que en el Primer testamento es la “Ley del talión” (Cfr. Ex 21,23-25) que fue un enorme progreso en Acadia y Babilonia como cortapisa para la vengatividad, poniendo freno a la sed de retaliación por medio del bloqueo de no llevar la sentencia más allá del daño, sino tratando de equilibrar el daño con su contra-paga, el castigo. Y que, sin embargo, fuera de ser un intento de contención, lo que hacía era coger un mal y sacarle una fotocopia, para no tener un solo mal sino su doble (su principio se basaba en la tabla de la multiplicación: para hacer Justicia se recurriría a la fabricación de otra “injusticia” de sentido contrario), con la ingenuidad de que la una contrarrestaría a la otra, idealizando que tal era la solución, muchos siguen idolatrando esa fantasía, suponiendo que así se logrará restañar la herida, y sin visualizar que eso solamente continua la “sería en cadena”. Sacan el pecho y hablan de desalentar a otros que quieran repetir la afrenta, y quieren, tapándose un ojo, pensar que -contra toda evidencia- la cadena de males se interrumpirá.


La ley del talión es una obra literaria con un tristísimo epílogo: “si un ojo se paga con otro ojo, muy pronto, todos estaremos ciegos”. Hay un punto de soldadura que nos ofrece Gandhi, entre la Primera Lectura y el Evangelio de hoy: “Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”.

 

La Ley perfecta de Jesús no consiste en enfrentar los agravios, miremos las pautas que Él nos da:

a)    Su alguien nos abofetea la mejilla derecha, la propuesta consiste en ofrecerle la otra mejilla para que pueda asestarnos su revés.

b)    A quien quiera adueñarse de nuestro manto, démosle también la capa.

c)    Si alguien nos impone acompañamiento por la distancia de una milla, vayamos junto con él, dos millas.

d)    Si alguien nos pide démosle.

e)    No le saquemos el cuerpo a quien nos pida un préstamo.

 

Se trata pues de un total desprendimiento, de manera tal que aquel que pretenda nuestra viña, la pueda tomar, sin necesidad de calumniarnos ni de conducirnos a la lapidación.

 

Quien tiene, siempre será objeto del envidioso. Las posesiones siempre estarán sujetas a la codicia ajena. La injusticia estará pronta a gatillarse en toda cultura que se cimienta sobre la posesión. Sólo el desapego es invulnerable.

 

El Reino se tiene que basar sobre el desprendimiento y la generosidad. Solemos decir que Dios no se deja ganar en munificencia, como para decir que es demasiado arduo, para el ser humano promedio, vivir en el marco de la prodigalidad generosa. Y, al volver los ojos al Crucificado, descubrimos una religión y una cultura de la “entrega”: Hasta la perfección de la donación (per-don).

 

Aun cuando hemos cubierto, por pudor, su desnudez, para rescatar sus imágenes; lo cierto es que lo entregó todo, hasta quedar desnudo. Para usar la fórmula manoseada lo dio todo “hasta Su Última Gota de Sangre” y era ¡La Sangre Divina!

 

Por mucho que nos incomode, esa es la perfección que Jesús nos entrega, esa es la asombrosa valentía que aquel muchacho acomodado asumió como paradigma de su vida y que tanta admiración nos provoca, estamos pensando en San Francisco de Asís.

 

El cinismo, que es una de las crueldades del ser humano, lo primero que saca del baúl de la concupiscencia, promoviéndola y justificándola bajo el título de “justicia”, es espetarnos: ¡Pues venga y le quitamos a usted todo, y después nos cuenta!

 

Nietzsche nos reprochaba estar en una religión de esclavos. Friedrich Nietzsche consideraba el cristianismo como la "moral de los esclavos" y una negación de la vida, él sostenía que nuestra religión glorificaba la debilidad, el sufrimiento y la sumisión, reprimiendo el instinto natural que busca el poder y la grandeza. Para él, el cristianismo era un sistema de valores que inventaba un "más allá" ilusorio para despreciar la vida terrenal. Porque su propuesta apuntaba hacia la fuerza, la arrogancia, el poder. Miraba exclusivamente hacia la propuesta de un súper-hombre.

 

Su vitalismo-nihilista, que exalta los instintos, la creatividad y la voluntad de poder, no puede descifrar nada en el fondo de la fuerza verdadera que implica una cultura de la debilidad, ¿qué podría decirles a ellos, la donación voluntaria, el abandono, la mansedumbre?


A todos, estas líneas del Evangelio Mateano nos cuestionan hondamente, sabemos que se nos está hablando de algo novísimo, que, en realidad, todavía no se ha ensayado. ¡Qué reto tan grande nos propone Jesús hoy, en este Evangelio!

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