domingo, 21 de junio de 2026

Lunes de la Décimo Segunda semana del Tiempo Ordinario

 

2 R 17,5-8. 13-15a. 18

Un pueblo de dura cerviz

הושע Oseas, ese nombre significa “Yahweh es Salvación” (hijo de Elá) fue el decimonoveno y último monarca del Reino de Israel (el reino del norte). Gobernó durante nueve años (aprox. 732 a.C. - 722 a.C.) era vasallo del rey asirio Salmanasar V -rey de Asiria del 726 – 722 a.C. y le pagaba tributo. Posteriormente, se rebeló y buscó una alianza con Egipto, enviando legatarios a negociar con So, rey de Egipto, negándose a pagar más impuestos. hasta que, el Imperio Asirio conquistó Samaria y destruyó el reino.

 

Tras la caída de Samaria, el rey asirio (Salmanasar V y posteriormente su sucesor Sargón II) encarceló a Oseas y deportó a gran parte de la población israelita a Asiria, en Halah situada en la región de Habor -aun cuando no se ha podido precisar dónde, se cree que al norte de Mesopotamia en la región de los Medos, y en ciudades medas al este del Tigris; lo que provocó la desaparición del reino del norte.

 

El antecedente de buscar acercamientos y convenios con Egipto entra en franca colisión con el hecho que precisamente ellos habían esclavizado a los Israelitas y Dios tuvo que intervenir con su fuerte brazo para trozar esas cadenas. Uno de los más pesados y vergonzosos grilletes fue el sincretismo con el que paulatinamente tiñeron su fe con prácticas cultuales y ritos propios del paganismo.

 

El trato Paternal que Dios les daba incluyó advertirles por medio de profetas y videntes el sendero equivocado que estaban tomando. Muy lejos de mostrar una voluntad de enderezar su derrotero, mostraron toda la terquedad de la que eran capaces y se mantuvieron fuera de la alianza pese a las precauciones que Dios les fue señalando.

 

Fueron ascendiendo por la montaña de la perdición y llegaron a su cima cuando resolvieron caer en la idolatría y hacerse una estatuilla de Ásera - Era una representación o poste sagrado de madera asociado a la diosa cananea Aserá, deidad de la fertilidad, cuya adoración fue condenada por los profetas; y dos becerros de bronce, imágenes idolátricas fundidas. Vamos a añadir a esto los siguientes desatinos y desvíos en los que incurrieron:

      i.        Se dieron a las adoraciones astrológicas

     ii.        Ofrecieron sacrificios en los que quemaban a sus propios hijos e hijas

    iii.        Practicaron la adivinación y los augurios

   iv.        Se entregaron a hacer lo malo a los ojos de Dios.

 

El reino del norte -el que desapareció- estaba formado por diez tribus, a saber: Las diez tribus que integraban este reino eran: Rubén, Simeón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, Efraín y Manasés.

La perícopa concluye diciendo que solamente sobrevivió la tribu de Judá.


 

Sal 60(59), 3. 4-5. 12-14

Que tu Mano Salvadora nos responda

¿quién acabará con el prejuicio y la ignorancia y la indiferencia para abrirle camino a la luz no solo en el secreto del corazón de los hombres, sino en los grupos y las reuniones y las multitudes de las calles abiertas y de las plazas públicas?

Carlos G. Vallés s.j.

El salmo es consciente que Dios -con toda razón- se hallaba airado y su disgusto se mostró en su rechazo y en el hecho de haber permitido la desaparición de las diez tribus. Sin embargo, el salmista suplica: ¡Restáuranos!

 

Como un cántaro golpeado brutalmente, este Amadísimo pueblo es ahora, tan solo, un nudo de grietas. ¿Qué le sobreviene a toda alfarería que sufre sacudones y agrietamientos? Se desintegra, se pulveriza, se convierte en simples partículas de barro, en un montoncillo de carcoma. Esta situación que le ha sobrevenido a los hijos de Israel es como una borrachera mala. Como resultado de haber bebido -no la dulzura del vino- sino la descomposición de un vino tóxico; su hígado se ha revenido, ansias y vómito pueblan su garganta, y en vez del deleite de la grata bebida, solo experimenta el malestar que antecede a la muerte por envenenamiento.


Lo más ingrato de esta experiencia es que Dios los había prevenido por boca de sus profetas, que no bebieran del vino de la idolatría, que no incurrieran en la infidelidad. Que no se hicieran ídolos para adorarlos a sabiendas que el Único que merece adoración es YHWH.

 

El hagiógrafo hace consciencia y transmite esa concienciación a todo su pueblo en este salmo: ya Dios no sale a combatir al lado del ejército de su Pueblo. Si van al combate, solo cosecharán derrotas estrepitosas, porque han perdido el apoyo del Señor que antes siempre los guarecía. Entonces, el salmista clama: Su ruego es para que Dios los vuelva a escoltar en sus luchas, para que Dios los acompañe en sus travesías, para que puedan enfrentar los rigores que acompañan la existencia y el sinnúmero de sinsabores que los acosarán en lo sucesivo por todo el camino.

 

Buscaron el apoyo de ejércitos humanos sin percatarse que esas son falsas ayudas y que los que se ofrecían a ayudarlos solo esperaban cogerlos debilitados para poderles imponer el cepo y someterlos a los sinsabores del regreso a la esclavitud.

 

Solamente si regresan a su Fiel Señor, gozarán de la dulzura incomparable de su Amor; volverán a cargar sus ánforas de proezas y verán, con ojos agradecidos, la derrota de Melkor. ¡Ahora conocerán el rostro de Sauron!

 

Mt 7,1-5

El juicio humano trae condenación solo el Juicio Divino Salva.

Todo juzgamiento tiene por trasfondo un enmarcamiento forense. Ahora bien, la fe nos lleva a ganar claridad sobre el hecho de ser hermanos respecto de todos los de nuestra misma especie. Es, cuanto menos extraño, que llevemos a nuestro propio hermano al tribunal. (No es imposible, más bien lo contrario, es frecuente; no obstante, es muy extraña esta conducta).

 

Cuando juzgamos cavamos un abismo respecto del enjuiciado, lo separamos con una barrera insalvable. Lo más irónico -porque es gracioso, pero simultáneamente doloroso- es que solemos juzgar en el otro, precisamente nuestro propio defecto, que suele verse magnificado el verlo en el hermano. Es una espada sin mango, en cambio, tiene doble punta, hiere al juzgado y, me hiere a mí mismo.

 

Juicio fue el acto envidioso de Adán y Eva, que quisieron ser como su Creador. No era que Dios hiciera algo mal, era que nosotros queríamos ser como Él. Los juicios ocultan y revelan nuestras envidias. Hay aún más. Muchos que alertan contra el juzgar, lo hacen porque practican un constante juzgamiento del otro, o sea, una envidia pertinaz. Juicio fue el que levantó el brazo fratricida de Caín para exterminar a su hermano.

 

En realidad, tendríamos que alcanzar el carisma de la “identificación” y procurar ver desde la perspectiva que ve el otro. ¡Quién sabe cuántas veces descubriríamos -asombrados- que “el otro” tiene frecuentemente más razón que uno mismo! Lo que suele suceder es que nos agarramos aferradamente a nuestros prejuicios, so capa de ser los más razonables, los más ilustrados y lógicos. Si por lo menos lográramos salir de Ur e ir a ver las cosas desde Harán, tal vez pasaríamos por Betel (que antes se llamaba “Luz”), y después de dormir -recostados en una piedra como almohada- alcanzaríamos a ver la Escala de Jacob, y por ella a los Mensajeros de Dios, subiendo y bajando (Cfr. Gn 28, 10-22).

 

Tal vez “el otro” está en otro nivel de percepción, o de información, o en mejor perspectiva. Inclusive, el abismo se ahonda, cuando la rudeza de nuestros juicios nos agrede a nosotros mismos. A veces, dentro de un ánimo de superación, nos volvemos insoportable y salvajemente indolentes y exigentes con nosotros mismos, y, por el contrario, tendríamos que ser dulces y suaves en nuestro propio proceso. (Atención que nunca se ha dicho que cohonestemos con el pecado).

 

Ese rigor puede llegar a ser todavía más exasperado, si me juzgo con una “vara” (es decir, con una “medida”) a la que le he asignado el valor de “divina”, pero que sólo es una “fetichización” farisaica. Cuantas veces nuestros juicios se basan sobre ideas muy admiradas aun cuando testarudamente estrecha.

 

Al pasar por estos derroteros siempre hemos creído urgente destacar el respeto al otro, y evitar que, con la excusa de estar corrigiendo, perpetramos la ofensa o la degradación. Aquí no hay pretexto que valga. Siempre irá por delante la debida consideración del “prójimo”: “Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehena de fuego”. (Mt 5, 22).

 

Perdón que no tenemos ningún ánimo de omnisciencia, pero nos parece muy conveniente destacar algunos de los sinónimos de Imbécil: idiota, tonto, estúpido, bobo, imbécil, mentecato, inepto, asno, bruto, burro, lerdo, tardo, pánfilo retrasado, estúpido, majadero, cretino, necio, insensato, borrico. No pretendemos agotarlos, pero si destacar los más frecuentes en el habla, porque unos ofenden con el uno y otros apelan a uno diferente. Ya ha destacado la psicología el daño que infringen estos calificativos en la autoestima. Nosotros nos hemos propuesto enfatizar la agresión que significan en el contexto de la fraternidad humana.

 

Este examen de la acción de juzgar no impide darse cuenta de la sensible dificultad que atraviesan dos ingenieros cuando, por ejemplo, están construyendo un puente y uno de ellos descubre, con no poco asombro, que se ha cometido un error de cálculo en el diseño de una de los bases que ha de soportar el peso…

 

Puede darse el caso que el error se haya cometido involuntariamente, pero el punto es que -como seres humanos que somos- el desliz no se puede ocultar o minimizar so capa de alguna especie de compañerismo profesional, y esto porque todos los que transiten en un futuro por esa obra de ingeniería serían potenciales víctimas de su derrumbe, a menos que el traspié sea tan mínimo que no tenga ninguna consecuencia previsible. ¿Puede tratarse de un error minúsculo que no tendrá consecuencias! Una falla imperceptible.

 

También se presentan aquellas situaciones donde se hace destacar hasta tal punto la subjetividad que se llega a afirmar que en eso todo el mundo tiene la razón y cada uno es “libre” de opinar. Pensamos que pueden darse casos límites donde esto llegue a ser enteramente verdadero. Pero la práctica demuestra que ese no es el caso frecuente y que en la mayor parte de las veces hay criterios que permiten dilucidar con certeza.


El sentido de la responsabilidad nos ayudará a proceder con tino y prudencia y a tomar sanas decisiones para poder actuar siempre con tolerancia y construir con sinodal fraternidad y no permitir que vigas ni motas detengan la Fidelidad.

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