martes, 28 de julio de 2026

SANTOS MARTA, MARÍA Y LÁZARO

 

1Jn 4, 7-16

… la justicia nunca puede hacer superfluo el amor. Más allá de la justicia, el hombre siempre necesitará el amor, el único que da un alma a la justicia.

Benedicto XVI

Para edificar se pone primero el fundamento y después se afianzan los cimientos. ¿Cuál es el fundamento de esta Lectura? Y, ¿cuáles son los cimientos?

 

En cuanto a lo primero, Aquí va la respuesta: Amémonos unos a otros, ya que el ἀγάπη [agape] “amor” es de Dios. Lo fundamental es que nos amemos ¡unos a otros! Y queremos llamar la atención que no dice, “amémonos con los de nuestra familia”, ni “amémonos con los vecinos”, ni “amémonos con los que van por el mismo equipo de futbol”, ni “amémonos con los de la misma raza”, tampoco dice “amémonos con nuestros connacionales”. Este amarnos es de unos con otros, lo cual -puesto así- no puede significar otra cosa que “amémonos sin discriminaciones de ninguna especie”.

 

Este fundamento está “cruzado” (a cada estipe le corresponde su patíbulo; ninguna cruz se forma con un solo palo) con otro para darle firmeza a toda prueba, y en este caso nos señala cuál es la Fuente del Amor: “Ya que el Amor es de Dios”.

 

Vale la pena tomar consciencia de lo que quiere decir esto. Podemos hacer lo que se nos ocurra, lo que nos quepa imaginarnos, pero si esto no brota de la Fuente-Divina, no es un acto religioso. Puede ser un hábito, puede ser una tradición familiar, puede ser una ideología cocida a nuestra piel, pero si no se fundamenta en el Amor, no es relativa a Dios.

 

Antes de pasar adelante, urge preguntarnos -y responder con sinceridad- ¿mi religión está verdaderamente fundamentada en el amor?

 

Esta Lectura nos habla de dos consecuencias que tiene esta fundamentación en el Amor:

      I.        El que ama ha nacido de Dios: podemos traducirlo así: el que ama puede honestamente llamar a Dios “Padre”.

    II.        Si no hemos tenido una experiencia de Dios iluminada por la experiencia del amor, podemos estar seguros que desconocemos a Dios por entero. Nunca hemos sabido nada de Él. Aun cuando hayamos vivido puntualmente la ruta sacramental, y sepamos de memoria una enorme cantidad de “oraciones” y jaculatorias.

 

No pasemos por alto el amor del que habla aquí la Primera de San Juan: ἀγάπη [agape] no es cualquier clase de amor, es el amor a la manera de Dios. Lo que está -por así decirlo- en el Corazón de Dios. Si hemos visto la famosa imagen del Sagrado Corazón, podemos saber que esa “llamarada” es el “agape”. Con su permiso hacemos una pequeña digresión, ¿recuerdan que a los Dos de Emaús les ardía el corazón mientras Jesús les explicaba las Escrituras? Es que esa experiencia con el Resucitado fue lo que les permitió dar el paso y llenar sus existencias con el sentido del Amor-Divino.

 

El amor-agape es teologal, porque -como dice en esta Lectura, su fuente es Dios, “el amor antes que ser un mandato, un deber, es un don ofrecido por Dios”. (Enzo Bianchi); otras formas de amor podemos aprenderlas -inclusive, distorsionadas y falseadas formas del amor se pueden aprender en el cine y en la televisión-; muchas veces hemos visto que el amor se envuelve en almíbar para transformarlo en melcochudo empalago, en pura melosería.


Papa Benedicto, en su Deus Caritas est, nos previene de tratar de extirparle el “eros” al amor humano, tal vez so capa de alcanzar un amor más parecido al Amor-Divino: «… el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle preguntar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser. … no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza… El eros degradado a puro “sexo”, se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se trasforma en mercancía… Ciertamente el eros quiere remontarnos en “éxtasis” hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación.  (Benedicto XVI)

 

Sal 34(33), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 10-11

 

¿Cómo podríamos sin hipocresía decir: “óiganlo y alégrense hombres humildes” si al mismo tiempo no nos comprometemos de veras para que de alguna manera esto sea realidad?

Noël Quesson

Este es un salmo alefático de Acción de Gracias. Esta clase de salmos están integrados a la liturgia, formando parte del Sacrificio de Acción de Gracias. Observando las palabras del salmo sabremos a cuál fase de la liturgia corresponde. Esto es lo que los caracteriza frente a los himnos, que en todo lo demás son iguales.

 

El salmo contrapone la dialéctica vida/muerte. La gratitud brota de haberse salvado de la muerte. La gratitud no es por cualquier causa, es porque la persona ha sorteado una amenaza que ponía en riesgo su vida y amenazaba con barrerla. El salmista agradece haberse librado de pasar al Sheol.

 

Una vez el salmista se allega a la piedra sacrificial y antes de presentar su oblación cuanta a los presentes su testimonio que declara cómo fue la intervención divina, señala las puntualidades del peligro que afrontó, como le presentó a Dios su situación y concluye relatando la acción de Dios y su victoria sobre el peligro y la muerte.


Hoy encontramos en cada una de las cuatro estrofas:

1.    El salmista consagrará su vida a bendecir al Señor

2.    Invita a los asistentes a unírsele en la acción de ensalzar el Santísimo Nombre.

3.    Ratifica que cuando una persona está en riesgo basta con llamar al Señor, y Él responderá.

4.    Señala en la estrofa conclusiva que los que “temen” al Señor son los que confían toda su existencia, en cada segundo, a Dios. Explicando que el temor a Dios no es un permanente estado de preocupación, un sudar frio en todo momento por peligros imaginados, sino una constante búsqueda de su Amistad.

 

El verso responsorial repite confirmando que dedicará cada instante de su vida a dar gracias por medio de la Bendición del Santo Nombre.

 

Jn 11, 19-27

Toda la revelación divina es fruto del dialogo entre Dios y su pueblo, y también le fe en la Resurrección está unida a este dialogo, que acompaña el camino del pueblo de Dios en la historia. No hay que maravillarse de que un misterio tan grande, tan decisivo, tan sobrehumano como el de la Resurrección haya requerido todo el recorrido, todo el tiempo necesario hasta Jesucristo.

Papa Francisco

El reconocimiento de Jesús era el de ser un gran taumaturgo. Ante su mando, todas las enfermedades cedían el paso a la Presencia vitalizante y sanadora. Pero aquí, ya no hay nada que hacer, la muerte llegó primero y lo único que queda es lamentarse que el Señor no hubiera estado allí antes para vencer la enfermedad, antes que esta hiciera sucumbir a Lazaro. Este es el enfoque de María, que ve así las cosas: Una vez muerto su hermano, “ya no hay tutía que valga”.


Hará falta dar un paso para desayunarnos de Quién es Dios. Hasta allí, Dios era un Transeúnte que andaba con nosotros en el breve paréntesis de la vida que se abría con el nacimiento y se cerraba con el cementerio.

 

Jesús, en su proceso de abrirnos hacia el Padre, va mostrando como es la naturaleza Divina enfrentada a las limitaciones humanas. Nos muestra con su propio rostro el de su Padre por medio de los siete solemnes Ἐγώ εἰμι [ego eimi] “Yo soy”:

­       El pan de vida (Juan 6, 35)

­       La luz del mundo (Juan 8, 12)

­       La puerta de las ovejas (Juan 10, 7)

­       El buen pastor (Juan 10, 11)

­       La resurrección y la vida (Juan 11, 25)

­       El camino, la verdad y la vida (Juan 14, 6)

­       La vid verdadera (Juan 15, 1)

 

Hoy estamos ante el quinto:  Ἐγώ εἰμι ἀνάστασις καὶ ζωή [ego eimi e anastasis kai e zoe] “Yo soy la Resurrección y la vida”. La palabra anastasis significa “levantarse de nuevo”, significa la victoria sobre la muerte y el pecado original, simbolizando no solo la vuelta a la vida corporal, sino una revolución espiritual, la redención no es solamente una victoria sobre el pecado sino además una liberación de su más terrible consecuencia: la muerte. El pecado nos hizo mortales, perdiendo nuestra imagen y semejanza con Dios, que es Eterno.

 

La victoria que atestiguamos hoy, parece solamente un beneficio exclusivo para Lazaro; pero, ¡resulta que no!

 

La verdadera esencia del signo de hoy -no está en ser signo para Lazaro- sino en tener ante nuestros ojos un signo válido para todos los que creemos en Jesucristo. En el episodio de hoy cobra un valor esencial la “Amistad” con Jesús. Sus amigos somos los beneficiarios de la vida que Jesús nos restablece por el simple hecho de ser sus amigos. Digámosle así, despacito, deletreándolo silaba por silaba: La resurrección es para todos sus amigos y ser amigos suyos sólo exige πιστεύων εἰς ἐμὲ [o pisteuon eis eme] “aquel que cree en mi”. ¡Gracias, Señor, por llevarme nuevamente a la Inmortalidad, que me habías infundido al crearme!

 

«Llama pues fuera a tu siervo. Porque, envuelto en el lazo de mis pecados, tenía yo mis pies atados, ligadas mis manos, sepultado en mis pensamientos y en las “obras muertas”, pero a tu llamada, saldré libre y seré “uno de los comensales”. Y tu casa se llenará de fragante perfume, y yo guardaré celosamente lo que Tú te has dignado redimir». (San Ambrosio).

 

En el verso 16, -que no se lee hoy- el “gemelo” dice: “Vayamos también nosotros a morir con Él”.  Y es que Betania está a solo tres kilómetros de Jerusalén, y Jerusalén tenía por todos sus rincones los edictos de muerte para Jesús. Visto con la óptica de Tomás, subir a Betania era la recepción de la pena de muerte para todos ellos. Jesús no solo subía a Resucitar a Lazaro, subía a dar la vida por sus amigos.

 

El propio Evangelio Joánico nos narra que Jesús obró este signo y se fue a la ciudad de Efraín y ya no podía mostrarse en público ante los judíos (cfr. Jn 11, 54): ¡Su vida ya tenía precio! ¡Treinta monedas de plata! Pero su amistad, que es fiel, no escatimaba ni un céntimo de su sangre para darnos vida y vida en plenitud.


«Él puede decir: “Yo soy la resurrección y la vida” porque en Él ese misterio no solo se revela plenamente, sino que se cumple, sucede, por primera y definitiva vez se convierte en realidad» (Papa Francisco) Así, todos los que nos reconocemos discípulos suyos, resucitamos desde aquel día. Antes, ni idea teníamos.

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