Os 2, 16. 17b-18. 21-22
Iniciamos
hoy un cursillo en cinco lecciones sobre el profeta Oseas. Profeta del reino
del norte.
הוֹשֵׁעַ [Hōšēa] “Oseas” “Salvación
de Yahwéh”, “Yahwéh ha salvado”, este nombre deriva de la raíz [Yasha] que
significa “salvar”; así que está directamente entretejido con el nombre de
Jesús [yeshosúa] que significa “Yah es
salvación”. (Oseas era también el nombre original de Josué, sólo que
Moisés se lo cambió); este profeta era hijo de Beeri. Es posible que viviera en
el norte de Israel durante el siglo VII a.C. El inicio de su ministerio fue con
Jeroboam II (782 – 753 a.C.) y lo continuó hasta el 721 a.C. Se han hecho
pesquisas para afinar esta datación y se piensa que el ministerio debió empezar
hacia el 745 a.C. y que debió ser testigo presencial de la caída de reino del
Norte (722 a.C).
Llamamos
a Oseas el profeta del amor, y ciertamente lo es, pero muchas veces se piensa
que su Libro debe ser una hermosa “novela rosa”, forrada de tierno
romanticismo. Por eso conviene iniciar por una rápida contextualización dentro
de la vida del profeta.
Lo
primero a decir es que el relato está en tercera persona, lo que conduce a pensar
que no es un escrito directo, sino recogido por algún discípulo. Se nos ofrece
un paralelismo: la esposa de Oseas es al pueblo de Dios, lo que Oseas es a
Yahweh. Esta simbología que tuvo que arrastrar el profeta era de lo más
vergonzoso y humillante que se podría imaginar, no se puede dejar de entender
que, si para el ser humano es vejaminoso, mucho más degradante lo es para Dios,
Digno de nuestro total amor y de nuestra total fidelidad.
La
esposa de Oseas se llamaba Gomer y prontamente vemos que está inclinada a la
prostitución; con ella engendró “hijos de prostitución”, a saber, el primogénito
“Yizrael” (nombre de un campo de combate al norte de Palestina); el segundo
[Lo´rujamah] “no-compadecida”, como quien dice, “Dios le negará el perdón”. La
tercera [Lo´Ammi], “no es mi pueblo”, Dios desconoce a su pueblo como “pueblo
elegido”, le niega la paternidad.
Es
la primera vez que encontramos en la Biblia la relación Dios-pueblo expresada
como relación conyugal. Y por primera vez la respuesta que su pueblo le ha dado
a Dios es descubierta como prostitución y adulterio.
En
cambio, la perícopa de hoy lo que nos muestra es todo lo contrario: Yahweh es fiel, no traiciona su Alianza, en
el Fondo de Su Corazón, confía que ella superará su ataque amnésico y volverá a
llamarlo “Esposo-mío”. La perícopa está presentada como la ilusión de Dios de
volver al “primer amor”. Y, El Señor, lo que hace es renovar su Alianza,
definiendo Su Conyugalidad con cinco rasgos Divinos:
a) Justicia
b) Derecho
c) Misericordia
d) Ternura
e) Fidelidad
Así
es el Amor de Dios, sin importar cómo sea nuestra respuesta ingrata. Este es el
“valor simbólico” del matrimonio del profeta.
¿Cómo se expresó esta prostitución del pueblo?
a) En un periodo de
quince años, cuatro reyes fueron asesinados (con la complicidad de los
militares)
b) Alzamientos
interiores
c) Corrupción
religiosa y moral
d) Los sacerdotes
llevan el pueblo a la ruina
e) Condena las
injusticias, pero prioriza su denuncia contra la idolatría.
A
medida que leemos, no podemos sino contristarnos por las lágrimas que Dios
derrama cuando nos oye poner en nuestros labios el -para Él tan doloroso-
nombre de Ba´al.
Quizá
este paralelismo con el amor conyugal, haya sido la manera de enfocar y
denunciar un tipo de “adulterio” que proliferó en esta época, se trata del
culto a Ba´al sacralizando la sexualidad, lo que en las denuncias se ha
entendido como “prostitución sagrada”, donde una persona ofrecía servicios
sexuales en un contexto cultual, se trataba, en esencia, de sacerdotisas cuyo
cometido habría sido el de ofrecer dichos servicios en rituales especiales,
dentro de las dependencias del templo.
Las
investigaciones más recientes y serias, dudan firmemente que estos ritos hayan
existido.
Sal
145(144), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9
El
salmo de hoy es un salmo de la Alianza. Un salmo alefático que hace el elenco de
los atributos de Dios. Hoy, especialmente enfocando en dos:
1) Dios es Clemente
2) Dios es
Misericordioso
Inicia
-la perícopa- mostrando que es Digno de Bendición y Alabanza por su Grandeza.
Luego señala como este recuerdo perdura y se trasmite de boca en boca a través de las generaciones. Los del pasado alaban sus hazañas y los labios de los fieles en el presente las repiten para preservar su memoria
En
la tercera estrofa, con otro enfoque, va sobre lo mismo: los de antaño,
hablaban alabando sus proezas que para los enemigos debieron ser aterradoras. Y
nosotros en el presente sostenemos con fidelidad esta narrativa. La tarea es la
de preservar esta
זֵ֫כֶר [zeker] "memoria". "olor" (se trata de un tipo
de recordación que actualiza como lo hace el olfato, la inmediatez de la
experiencia evocada).
La cuarta estrofa nos pone en evidencia que:
a) El Señor es
Clemente y Misericordioso
b) Lento a la cólera y
Rico en piedad
c) Bueno y Cariñoso
con todas sus criaturas.
Como
podemos advertir, el Rostro de Dios que se nos muestra es aquel de facciones
paternales. Las “laudes judaicas” incluyen este salmo todos los días atendiendo
a lo que dice su introito: “Bendeciré tu Nombre… día tras día lo
bendeciré”.
Mt
9, 18-26
La Iglesia está
representada por las dos mujeres, hijas de Sion, de las cuales una toca al
Señor y otra es tomada por Él de la mano.
Silvano Fausti
Los
únicos testigos de estos milagros -conforme nos lo ha narrado San Mateo- son
los discípulos. Un jefe de los judíos, así lo dice el Evangelio, seguramente se
trataba del responsable de la Sinagoga local, se le acerca a Jesús, para pedirle
que actúe, ya que su hija ha muerto; hasta este punto del Evangelio, Jesús no
ha resucitado a nadie. Le pide que vaya a imponerle la mano y así resucitarla.
Ellos salen para la casa donde está la niña muerta y por el camino, una
hemorroísa -que venía sufriendo este mal por doce años- se les atraviesa.
Lo que destaca más impactantemente es la fe que acompaña a estos dos pedigüeños de milagros. Están absolutamente convencidos del “poder” de Jesús.
Sin
embargo, como ya se sabe, quien tocaba sangre caía en la impureza: ¡La famosa
impureza! Así que tiene que “robarle”, como una carterista, el poder a Jesús:
La Ley le prohibía tocarlo. ¡Cómo la hemorroisa lo esperaba, bastó el contacto
con el borde del manto y el sangrado cesó! A Jesús le importa un “pepino” el
asunto de la “impureza ritual”: Que una “sangrante” lo tocara, para Dios eso no
es problema, para Dios lo importante era que, a ella se le escapaba la vida, en
forma de hemorragia.
Es
tiernísima la acogida que le da Jesús: Jesús, no la pone en evidencia, no le
reprocha nada, su palabra es reconfortante: Θάρσει, θύγατερ [tharsei thygaer] ¡Ánimo
Hija! Aquí cabrían dos palabras que caracterizan la actitud de Jesús desde dos
ángulos distintos: “fortalecer”, “empoderar”. El cariño con que la acoge Jesús
es, prácticamente la ratificación de aquello que nos dirá San Juan: “El que me
ha visto a mí, ha visto al Padre” (cfr. Jn 14,9) Por eso, el trato que le
brinda es “paternal”. Aún hay más, este “hija”
ratifica que ella también es “hija de Abrahán”.
Llega
a casa de la niña muerta, ya habían empezado el ritual mortuorio así que los
flautistas ya tocaban sus pífanos. Jesús los retira a todos, aclarándoles que
la niña no está muerta. Todos hacen gala de su incredulidad, al revés de la
hemorroisa y el papá de la jovencita. Esa incredulidad se demuestra en burla
dirigida contra Jesús. Es preciso apartar a los incrédulos para poder proceder.
Una vez estos han salido, ¡Jesús obra!
No
tiene que hacer algo complicado, no hay ningún gesto esotérico, lo que hace es
lo más común y lo más cotidiano que quepa imaginar: Le da la mano para apoyarla
que se incorpore. Ella, por su parte, se ἠγέρθη [egerthé] la
palabra tiene tres traducciones válidas: “levantó”, “despertó”, “resucitó”. Las
resonancias de esta tercera manera de traducir nos revelan el poder que tiene
Jesús para dar la vida y recuperarla.
Jesús
no es hierático. Jesús actúa desprovisto de todo ritualismo solemne. No
envuelve su acción en excesivas y estrictas formalidades; sin ceremonias, sin procedimientos
solemnes, con absoluta sencillez favorece a quienes necesitan y solo tiene a
Dios por Protector.
En Él no ocurre que el cumplimiento sea un trámite, ni que lo ritual se vuelve más importante que el propósito real del acto. Jesús no tiene afán, no corre, se da el lujo de dejar que el oro fluya, saliéndose de la esfera que define el tiempo como “oro”. Él tiene tiempo para nosotros y nos da de su tiempo que es Eterno.




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