lunes, 13 de julio de 2026

Martes de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario

Is 7, 1-9

Aliarse con el gran Imperio Asirio conlleva una contaminación religiosa del pueblo, pues deberán someterse a otros dioses.

Milton Jordán Chigua

El marco contextual es la guerra siro-efraimita -la coalición de los sirios (Damasco) y de Israel(Samaría) ataca a Jerusalén-, años 735-734 a.C. reinaba en Siria, Rasin, y Pekaj en Israel -aquí llamado Efraín-, y en Judá el gobernante era Ajaz. Siria e Israel trataron de convencer a Ajaz, del reino del sur, de que se les uniera en una alianza militar contra Siria, pero, Israel temía que, Ajaz se fuera con Asiria, contra ellos, cosa que -por lo demás- no era nada descabellada.

 

Cuando Ajaz se enteró que Asiria y su aliada, Israel, estaban al umbral de su territorio, tembló como “los árboles tiemblan bajo el influjo del viento”. El miedo no monta en burro, Ajaz ya había sido derrotado por la alianza Siro-Efraimita.

 

Bajo este marco contextual viene la intervención del profeta Isaías. Le Biblia nos nombre dos hijos de Isaías: Shear Yashub, “un resto volverá” y Majer-Shalal-Jash-Baz, “Pronto-botín, pronto-pillaje”.

 

Dios manda al profeta a hacerse el encontradizo -con Ajaz- en una alberca, donde la gente iba a lavar su ropa, le dice que lo intercepte y lleve consigo a su hijo וּשְׁאָ֖ר יָשׁ֣וּב [Shear Yeashub], (ya hemos hablado de la palabra hebrea [shub], que nos remite al regreso físico y, a la vez, a la conversión moral). La palabra “resto”, “residuo”, “los sobrevivientes” se relaciona con una experiencia muy directa para el profeta y el pasado de los Israelitas: de una guerra o una calamidad, la mayor parte de las veces, sólo quedaban “unos cuantos”, pero esos pocos, eran el “tocón” del árbol, que nuevamente se elevaba y restablecía el “linaje”, volviendo a ser un árbol frondoso. Los adversarios la alianza Siro-efraimita son ya -nada más- que carbones apagados que botan su último humillo.

 

La profecía le anuncia a Ajaz, lo que habían planeado los Siro-efraimitas, reemplazarlos con un arameo, el “hijo de Tabeel”. Y le dice que sí confía en el Señor y es fiel a Él, nada les saldrá bien a sus enemigos y todo eso caerá desinflado. Le augura que Efraín será destruido y borrado. Que ellos eran el pueblo elegido, estaba fuera de discusión. Pero todo dependía de la sinceridad de la fe.

 

Pero, todo dependía de que “creyera”. Aquí, en la profecía, la fe está nombrada como “conocimiento”, y, efectivamente, es una forma de conocimiento que exige la entrega absoluta. Algo que se sabe, pero está mediado por la confianza. ¡Qué duro en una cultura cimentada sobre la desconfianza! Y sabemos que no creyó.

 

En vez de creer, se alió con Tiglat Pileser, asumió su idolatría y se la impuso a Jerusalén. Además, ofreció en holocausto a su propio hijo, lo que significaba que él mismo iba contra el linaje davídico. Su descreimiento es su defección. Esa traición lo arrastrará a sucumbir. «Ubicando el texto en su co-texto, se puede descubrir que se trata de la promesa que el profeta le hace a Ajaz y que está colocada en el gran bloque sobre el Emmanuel. Hay un tono amenazador en la voz del profeta que invita al rey a confiar en Yahweh» (Milton Jordán Chigua). Para él llamar a Yahweh, “Dios con nosotros” no significaba nada. Nada “conocía” él del Immanu-Él. Lo des-conoció completamente. Dios se dolerá de este pueblo que ha desconocido a Su Padre. Y el Verdadero Auxilio que Él les dará.

Podemos interpretar la perícopa de hoy como un prólogo de la que leeremos mañana.

 

Sal 48(47), 2-3a. 3b-4. 5-6. 7-8

Es un salmo de Sion. El salmo parecería estar contando todo lo contrario de lo que pasó con la Ciudad Santa. Podríamos decir que es una anti-profecía. El salmo canta lo que habría ocurrido su Ajaz hubiera confiado.

 

Claro que canta hechos si acaecidos, victorias primeras que gozó Jerusalén y que la llevaron a sus momentos de esplendor. Pero, relacionado hoy con Ajaz, muestra la antítesis: el triste producto de la falta de fe.

 

Y también canta, algo que aún no vemos, pero que el alma debe ser capaz de entrever, de auscultar: el esjatón, pero que Jerusalén llegará a ser la Nueva Jerusalén, la Ciudad futura, donde Jesucristo será el centro de Todo y donde lo veremos Reinar Glorioso.

 

Recordemos viva e intensamente que en la nueva Jerusalén se cumple: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y El-Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.» Entonces dijo el que está sentado en el trono: «Mira que hago un mundo nuevo.»

 

Este salmo no tiene que ser proclamado con ceguera de la Gran Promesa Mesiánica de su Regreso. Ha de entonarse con la Luz de Jesús en los ojos del corazón y en clave de Fe-Esperanza y Amor. Sobre estos valores ha fundado Dios su Ciudad Santa.

 

Mt 11, 20-24

Cuán grande dolor le infligimos

En efecto, la cruz es su juicio, donde Él se revela como Dios, tan diferente de nosotros. Allí vence el mal cargándolo sobre sí, y salva a todos los malvados. Si fuera justo como nosotros habría ajusticiado a todos. Pero, entonces no sería bueno o no sería omnipotente. De todos modos, no sería Dios, y el mal reinaría soberano: habría un fracaso y un odio eterno del cual Él no querría o no podría rescatar.

Silvano Fausti

Hay una dialéctica muy especial que se muestra en este pasaje: es el modo de pensar-actuar de Dios. Dios no responde como nosotros que, tristemente, hemos encubado en nuestro pecho el rencor y la represalia. ¡Dios está por encima de todo eso! El progenitor humano puede correr a buscar el fuete. Dios, donde encuentra el entuerto, lo endereza y donde descubre la herida la sana. Su omnipotencia estriba en borrar toda cicatriz, y allí donde hubo la marca de la lesión, recrea la tersura de la piel. Las únicas marcas que permanecen son las de sus propias “llagas”, que no son rastros para recordar la ofensa del “pecado” sino las señas inconfundibles del Amor. Perecería un encono y una amenaza, una ira contenida a punto de desbordarse. Pero en vez de ello, lo que se tiene es el corazón contrito de Jesús que se duele por sus hermanos, a los que Él, de todas maneras, Salvará. De ahí su interjección: ¡Ay!


Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm tres ciudades que Jesús había frecuentado reciben la recriminación por parte del Señor, ellas habían sido enriquecidas no solamente con su Presencia sino favorecidas con sus prodigios.

 

Les pone una marca de comparación, un parangón: Si Él hubiera cumplido en Tiro y Sidón lo que hizo en aquellas tres ciudades, aun cuando tenían gran fama de incrédulas, se habrían convertido hace rato. Por eso, cuando suenen para ellas las trompetas del Juicio Final, será con Tiro y Sidón más compasivo que con esos lugares y esos corazones que con los que han contado con su testimonio personal.

 

Cafarnaúm, por su parte se siente ya, de antemano, dueña y reina del cielo. Jesús las desengaña, mostrándole que le falta “mucho pelo para moña”. En vez de ir hacia “arriba” su pasaje las conducirá al abismo, porque vieron directamente tantos y tales milagros que hasta los sodomitas habrían practicado el arrepentimiento y puesto en práctica la conversión si sus ojos también hubieran gozado de las obras de Jesús. El Juicio final será más llevadero para Sodoma que para Cafarnaúm. Ignorar al Padre invisible vaya y pase -dice la Bondad Infinita de Dios-, pero desconocer al Enviado, al Prometido, era nítido reflejo de su rechazo a la Paternidad Divina comprometida en su Alianza: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”

 

¡Para corregir el mal no se pueden aplicar cataplasmas de maldad! Igual que la Libertad no consiste en hacer lo que se me venga en gana; la Omnipotencia -que es el nombre de la Libertad de Dios- no consiste en añadirle mal al mal, y no se trata de negar la vida que Él dio, destruyéndola con dosis mortíferas; así el mal habría triunfado. El Mesías prometido no era un Vengador, sino un Salvador: «Quien comete el mal todavía no es libre. No conoce el amor: todavía está en el infierno de sus necesidades, irresponsables e incapaces de amar». (Silvano Fausti)

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