jueves, 2 de julio de 2026

El Apóstol Santo Tomás

Ef 2, 19-22

Por Él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios.

Ef 2 22

Tenemos hoy, una alegoría arquitectónica. Se nos refiere la estructura de la Iglesia asimilándola a la de una edificación. Ante todo, tenemos la palabra “construcción” -de origen latino- que tiene el prefijo con que significa “en compañía”, “conjuntamente”, “entre todos”, “en colaboración”, “sinodalmente”; y el sufijo struere, que significa “el armazón”, “la edificación”, “fabrica”. En griego, la palabra que se usa en los evangelios es συνοικοδομέω [sunoikodomeo] “hacer una casa entre juntos”.

 

Para estudiar mejor este “sermón” a los Efesios podríamos repartirlo en dos partes: La primera parte iría hasta 3, 21 (suprimiendo 1, 1-2, que, según los más entendidos, se trata de una adición posterior); y la segunda, de 4, 1 hasta 6,24.

 

Después de afirmar que Cristo es el Centro de la totalidad (1, 20-23); inicia señalando como Jesús entra a recogerlo y compendiarlo todo (2,1-18) configurando un solo cuerpo. La perícopa de hoy, recopila todo esto a manera de conclusión, como se ha dicho, en una alegoría mampostera. Lo primero que concluye es que los paganos han sido integrados con plenitud de derechos, de manera que ya no pueden ser vistos como extraños, ni como foráneos, sino como conciudadanos, todos parientes de la familia de Dios. Vistos desde la óptica del albañil, son piezas y materiales legítimamente constitutivos de la construcción.

 

No están en el aire, ni puestos ahí, al lado, sin integrarse; sino que ellos también, constituyen y se entraban con la ἀκρογωνιαίου [acrogoniaiu] “Piedra Angular”, Piedra que articula y encaja las demás, de allí su importancia fundante. Ninguna parte de una edificación está simplemente allí, sino que todas se funden gracias a su Unidad Funcional, que a veces puede parecer -sencillamente ornamental- pero no por eso, menos vital al todo de la composición que en su interdependencia genera el concepto de Unidad Estructural.

 

¿Qué clase de edificio se forma? ¡Un Templo! Ese Templo, del que nos hacemos parte, está “reservado” a Dios, no puede ser, en otro horario, restaurante, y más tarde sala de cine o galería. Y, se pone -como desenlace- una idea de gradualidad: no nos convertimos en parte integral del Templo, de una vez, sino que nos “vamos integrando” paulatinamente, hasta que nos hacemos “residencia” idónea de Dios.

 

Cada uno con su fe, se convierte en material de la Edificación Cultual. Con toda razón Jesús se refirió a Sí mismo como Templo:  Derriben este santuario que yo en tres días lo re-construiré (Cfr. Jn 2, 19). Esta sentencia de Jesús proviene del episodio joánico que nos remite a la Pascua Judía que se avecinaba, y Jesús actúa para “purificar el Templo”.

 

Para mejor profesar que somos Templo -así no seamos más que una modesta piedra en un rincón de la Edificación-, y que estamos “integrando” la construcción eclesial, rememoremos la enseñanza de San Pablo en 1Cor 6, 19 ¿No saben que su cuerpo es santuario del Espíritu Santo?

 

La pregunta es directa, y va al fondo del alma: ¿No conocemos nuestra definición humana como Santuarios? ¿No nos damos cuenta que somos criaturas destinadas a ser “moradas del Santo de los Santos?

En ambas citas -la de San Juan y la de 1ª de Corintios- la palabra en griego es ναός [naos] que se podría traducir como “Residencia Divina”, “Morada de Dios”, “Lugar Sagrado destinado a Dios”. Por eso en ambos casos hemos traducido “Santuario”

 

Sal 117(116), 1. 2

Si todos los que estábamos marginalizados por la exclusividad del pueblo elegido, ahora estamos “estructurados” junto con ellos, ¿qué más podemos hacer que rebozar de jolgorio ensalzarlo.



Y esta “incorporación” no es provisional, no se trata de ser formaletas mientras se seca la argamasa; ¡no!, somos verdaderos “compatriotas”, y esta es una Alianza imperecedera.

 

De estos dos puntos se desprende nuestro compromiso evangelizador.

 

Jn 20, 24-29

A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota.

Atribuido a la Madre Teresa de Calcuta

 

Nos hallamos ante un Encuentro con el Resucitado. Si las cosas funcionaran como Santo Tomas lo entiende, nosotros no tendríamos ninguna oportunidad de acercarnos a Jesús y tener un “encuentro personal” con Él; nadie podría alcanzar la bienaventuranza que Jesús nos heredó para la posteridad: “felices los que crean sin haber visto”. Esta bienaventuranza nos habla de superar los condicionamientos de percepción directa para poderle apostar a la fe.


Uno puede imaginarse que después de verlo morir en la Cruz y saber que fue llevado a enterrar, debe ser bastante difícil y casi imposible de recuperarse: la fe debe quedar apabullada. Por eso Jesús mismo había previsto -retomando una profecía de Zacarías 13, 7- que ¡Ataca al pastor, y se dispersarán las ovejas!” y que Jesús pronuncia en el evangelio mateano diciéndola “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”

 

El nombre Tomás viene de la palabra aramea תום [tom] que significa “gemelo”; en griego Δίδυμος [dídimos]. Gemelo de todos nosotros, que llevamos nuestra vida en la incapacidad de depositar la fe y superar la increencia. Anda por allá desarticulado, marginado, desgarrado de la comunidad. Una de las maneras típicas de mostrar nuestra deserción: quedarse separado, no volverse a reunir con “esos”. En el lenguaje proxémico significa: “no pertenezco”, “me declaro desvinculado”.

 

Cuántas veces blandimos con arrogancia el argumento de la sensorialidad confiándonos tozudamente en la garantía de nuestros “cinco sentidos” como si ellos fueran realmente infalibles y como si con ellos pudiéramos abarcar realmente el universo entero. Siempre vamos por ahí muy “científicos” exigiendo la comprobación experimental, por vías de “repetición” -bajo las mismas condiciones- de aquello que estamos empecinados en rechazar. Y es que Tomás nos salió, tamaño empirista, que solo se fiaría de su vista y su tacto para aceptar la Resurrección.

 

Santo Tomás es precisamente nuestro gemelo: Es curioso y nos hace reflexionar, ya que ante las dudas de este “gemelo” el Señor podría haber acudido en cualquier momento, nos preguntamos ¿por qué hubo de esperar “ocho días”? (Esto alude al porqué de la importancia del “´Primer Día”, y por qué el Octavo Día devino ser el “Día del Señor”: El Amanecer de la Nueva Creación). Jesús estaba esperando a encontrarlos reunidos, en asamblea, y no a cada uno por su lado, y no a Tomás por allá por su cuenta.

 

Este es un verdadero milagro: Jesús no gasta tres días para reconstruirle el templo de su alma-corazón a Tomas, con este simple instante de confrontación, de Encuentro, de Presencia, el templo de su fe renació más sólido y más pujante que nunca. Tomás necesitaba ser sanado de su “empirismo” contumaz. Cuando Tomás dice “Señor mío y Dios mío, la Catedral de su fe está nuevamente enhiesta.

 

La vez anterior, cuando se presentó en medio de ellos, era el atardecer del “Primer Día” de la semana. Es decir, de alguna manera podemos argumentar que estaban reunidos y se instituye con esta visita del Resucitado, la celebración en Día Domingo, de la Cena del Señor. Y, se nos está indicando, la importancia de encontrarnos en Comunidad para revitalizar la fe: Así podemos acceder a lo que no pueden los sentidos, pero que la presencia de los hermanos creyentes, permite “intuir”. Recordemos que la palabra intuición nos habla de una capacidad de “visión interior”, aparentemente emparentada con la “introspección”, que es totalmente diferente, porque en ese caso la palabra alude a la capacidad de revisarse uno mismo y valorar las propias acciones o los pensamientos de uno mismo. En cambio, “ver adentro”, es darse cuenta de lo que no se puede ver en el exterior, pero se puede saber “indubitablemente” porque se proyecta en la pantalla epistémica de nuestro Yo-trascendente. Nuestra fe se teje en sinodal compañía.

 

Claro que quien rehúsa creer, se revuelca con la misma desesperación que el condenado a muerte defendiendo su vida. Aquí, en todo caso, el desesperado, lo que defiende es su cerrazón.


Mientras uno persista en el aislamiento, mientras uno encienda velas idólatras a la soledad y se crea que separado y recluso en su intimismo podrá atraerse la Misericordia; el Señor, por su parte mantendrá su mutismo, pero no dejará de contemplarnos Compadecido, ansioso y nostálgico de tenernos cerca de sus mimos y ternuras. Recordemos que Él no quiere que se pierda, ni uno sólo de los que el Padre le entregó (cfr. Jn 6, 39), sino reconducirnos a todos a sus Verdes Prados Celestiales.

  

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