lunes, 6 de julio de 2026

Martes de la Décimo Cuarta Semana del tiempo Ordinario

 

Os 8, 4-7. 11-13

Ellos sembraron vientos y cosecharan tempestades

Os 8, 7ab

Oseas es un profeta del siglo VIII a.C. profetizó del 755 – 719 a.C. Su función profética abarcó el periodo de gobierno de Jeroboam II, que se estima en unos sesenta años. La perícopa que se proclama hoy está tomada de un segmento de su obra que va de 4,1 al 13, 16 y que se refiere a los pecados cometidos y a los castigos vaticinados para Israel.

 

Primero el Señor los denuncia por obrar sin su consentimiento y aprobación. A espaldas suyas designaron reyes, sin presentárselos antes al Señor para pedir su consentimiento. Y, en cambio se han dedicado a la idolatría. (vv.4-5)

 

Luego les recuerda que las figuras forjadas por artesanos no son dioses sino muñecos idolátricos. (v.6)

 

Como hemos insistido varias veces: Si alguien se dedica a la adoración de fetiches, no podrá contar con el Poder Divino para que acuda en su auxilio. Las calamidades que los aflijan, son el fruto lógico de su deslealtad. (v. 7).

 

Se salta los versos del 8-10. Retoma los versos 11 al 13 que muestran la clase de culto que Israel le ofrecía: Construían muchos altares, por aquí y por allá; ofrecían múltiples sacrificios, mataban animales en los altares y ellos mismos se comían la carne de los sacrificios. Así que esto no era un halago para Dios sino una ofensa, con esa clase de sacrificio no purgaban sus muchas ofensas. ¿Qué va a hacer Dios? Los va a volver a su condición de esclavos, los va a enviar a la deportación y allí volverán a probar el mismo servilismo que habían sufrido en Egipto.

 

«Durante treinta agitados años (752-722 a.C.) Israel vio tres golpes de estado vinculados a políticas pro-asirias (Menájem y Oseas) o anti-asiria (Pecaj). Los golpes de estado en sí no eran nuevos en la historia nacional, que conoció los de Jeroboam, Basa, Omri y Jehú. Sin embargo, todos estos golpes siguieron a la deslegitimación del rey por el profeta de Yahweh y que se pudieron entender como actos justicieros de Yahweh en defensa de los pobres. Es más, Jeroboam y Jehú fueron reconocidos por los profetas Semaías y Eliseo, respectivamente, aún antes de tomar el poder. Ahora no sucedió así. El profeta Oseas condenó estos movimientos políticos en los siguientes términos: “Han puesto reyes sin contar conmigo, han puesto príncipes, sin saberlo yo” (Os 8,4)» (Jorge Pixley)

 

Nosotros nos acostumbramos a llamarla “Presentación de Ofrendas”, ofrendas es algo que uno da de sus pertenencias. Pero a Dios ¿cómo podemos darle algo? Si todo lo que tenemos nos lo ha dado Él, y todo proviene de sus Generosísimas Manos, y si algo le apeteciera, no correría a pedírnoslo a nosotros, porque todo cuanto Él pudiera “desear” está a su alcance y todas las criaturas le pertenecen. Por eso, proponemos que se llame “presentación de los Dones”, para resaltar que le presentamos parte de los bienes que Él mismo nos ha dado (por eso “dones”).

 

Por otro lado, a veces, le presentamos los cuadernos, o los juguetes, o el uniforme del equipo, o los patines con los que planeamos concursar en un juego que se desarrolla precisamente sobre esos patines.  Pero, los “duros” de la liturgia, en los Seminarios del mundo, argumentan: “Si se los presentamos a Dios en la liturgia Eucarística, quiere decir que ya no serán nuestros, sino que se los “hemos entregado” a Dios. Lo gracioso, es que una vez culminada la Eucaristía, corremos a llevárnoslo nuevamente y hacer valer nuestros derechos de pertenencia sobre aquello a lo cual hemos renunciado para “donarlo” al Señor. A pesar de eso, es precisamente lo que dice Dios hoy, por boca de su profeta: Si me los presentan, no vengan a quitármelos. “¡Sacrificios de carne asada! Sacrificaron la carne y se la comieron. El Señor no los acepta”.

 

Precisamente el sacrificio se validaba por el hecho de que la carne era sacrificada, y ya no le pertenecía al oferente, sino que era de Dios o, de Sus Sacerdotes, quienes podían disponer de ella. Inclusive, podían, si querían, comérsela.

 

No faltaran quienes nos digan ¡Brutos! eso se valía cuando lo que se ofrendaba eran animales, pero está claro que, en la actualidad, si uno ofrenda un balón, es con carácter devolutivo, y después de la celebración tienen que devolvérnoslo.


Pues nosotros les diremos, con muchísima delicadeza: si lo van a reclamar, no lo presenten como “don”. Sólo hay que ofrendar pan ázimo, vino y un par de gotas de agua. Y además, el firme propósito de tener los mismos sentimientos de Jesús cuando Él se hace ofrenda (hostia-víctima) con toda Su Persona, en el Gólgota.

 

Sal 115(113B), 3-4. 5-6. 7ab-8. 9-10

Iguales a esos ídolos son quienes los hacen y quienes confían en ellos.

Sal 115(113B), 8

Nos encontramos aquí, en este salmo, hacia el final de la primera estrofa, en el verso 4 la palabra, עֲצַבִּים [atsab] “imagen”, “escultura”, “ídolo”. Allí leemos: “Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas”.

 

Y antes de pronunciar estas palabras, en el verso 3, nos habrá hecho una declaración maravillosa: “Nuestro אֱלֹהִים [elohim] “Dios” está en el Cielo, lo que quiere lo hace”. Hay dos ranuras en este salmo para mirar el Rostro Santísimo de Dios: a saber, “Él es su

        i.            עֶזְרָ֖ם [ez ram] “auxilio”, auxiliador”, ”ayudante”

     ii.        מָגֵן [magin maginnah] “el que se pone como escudo”, “el que ofrece amparo”, “el protector”.

 

¿Qué propone este salmo para nosotros?: Que seamos quienes confiamos en Él.

 

Este salmo a su vez hace una denuncia: Nosotros hemos puesto en el Sitial de Dios a los ídolos; los ídolos no son dioses son producto de factura humana.

 


«Y luego están los fabricantes de ídolos en el sentido más sutil de la palabra, tanto más peligroso cuanto más disimulado; y aquí es donde me veo a mí mismo y siento sobre mi cabeza todo el peso de la denuncia bíblica. Y me hago ídolos en mi propia mente, y los adoro con fidelidad escondida y sumisión obediente. Ídolos son mis prejuicios, mis inclinaciones, mis gustos y preferencias; mis ideas fijas de cómo deben ser las cosas; mis principios y valores por dignos y legítimos que parezcan; mis hábitos y costumbres; las experiencias pasadas que gobiernan mi vida presente; todo aquello que yo he supuesto, aceptado, fijado en mi mente como regla inflexible de mi conducta para mí y para todos por siempre.» (Garlos González Vallés s.j.)

 

Este es un salmo de la Alianza y lo que hace es reprocharnos que hallamos abandonado la parte que nos compete de la Alianza. Todo el salmo es una suerte de antítesis que opone Dios a los ídolos: Dios hace lo que quiere, los ídolos son totalmente impotentes: No hablan, no ven, no oyen, no tienen sentido olfatorio, no gozan de tacto y -para colmo de males, no pueden caminar. Solo son muñecos, puestos ahí.

 

El verso 8 es una autocrítica. Como quien dice: Ahora que estamos conscientes, no seguiremos con la misma tontería. ¡No más ídolos, basta de eso!

 

Mt 9, 32-38

Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a muchos hermanos y hermanas oprimidos por precarias condiciones de vida, por situaciones existenciales difíciles y a veces privados de válidos puntos de referencia.

Papa Francisco

Después del sermón del Monte, ya lo habíamos dicho, Jesús no baja con unas Tablas de Piedra que contengan Diez Palabras -Diez Mandamientos, como solemos denominarlos. Él desciende con Diez Milagros, porque lo que nosotros necesitamos no son leyes, -que son como cadenas- sino sanaciones. Nosotros necesitamos ser curados de nuestras afecciones con el Poder de Dios.

 

Hoy vamos a considerar, precisamente el Décimo Milagro: Un endemoniado mudo. ¿Qué hace Jesús? Expulsa al demonio, e inmediatamente el mudo deja de serlo. La gente reacciona reconociendo que nunca se había visto cosa igual, por lo menos, no en Israel.

 

Como pasa siempre, los del bando enemigo recurren a satanizar a Jesús y afirman que Él ha obrado con el poder del maligno, que arroja a los demonios con el poder del Jefe de los demonios.

 

¿Hemos pensado qué haríamos nosotros si Jesús estuviera en medio de nosotros obrando acciones “nunca vistas”? ¿Reaccionaríamos con un grito que durara todo lo que el aire pulmonar nos permitiera? Quizás podríamos prospectar un aplauso, una gran ovación que durara hasta que nos hiciéramos sangrar las manos. Quizás podríamos abalanzarnos a comprar sus afiches y atropellar a todo el mundo procurando hacernos una selfie con Él. Pero bien vale la pena, si sinceramente esperamos su retorno, si estamos alertas a su Parusía, contestarnos a esta pregunta: ¿Qué vamos a hacer cuando lo tengamos delante?

 

Después de unos cuantos segundos de duda, caeremos en la cuenta que Jesús nos dijo lo que habríamos de hacer:

a)    Caer en la cuenta que hay mucho por hacer, lo que en el Evangelio se llama “la mies es mucha”; esto es una metáfora que compara la obra Divina con un sembrado de trigo, o sea, lo que dice esta metáfora es que hay muchísimas espigas para que muchos segadores se pongan a la tarea;

b)    Rogarle a Dios para que el Señor Dios Misericordioso, nos regale precisamente todos los recolectores necesarios para recoger tan maravillosa cosecha y que no se vaya a perder ni una sola espiga, ni un solo granito de trigo. Pero de aquí se desprenden dos consecuencias:

                      i.        Que nosotros mismos nos visualicemos como “cosechadores” y nos pongamos manos a la obra. O…

                     ii.        Que nos hagamos los que la cuestión no es con nosotros, y que dejemos a ver de dónde vendrán esos “jornaleros”, que quizás serán enviados de otro planeta.

 

Nosotros también estamos mudos y requerimos que Él venga y nos cure la lengua, la garganta, todos los órganos de fonación, pero muy especialmente la mente y el corazón para que veamos los campos y las mieses aguardando por nuestras manos y salgamos -no con una hoz- sino felices a llevar el Anuncio de la Buena Noticia.


«En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas cansadas y agobiadas bajo el peso insoportable del abandono y la indiferencia. La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la indiferencia de los cristianos!»  (Papa Francisco)

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