domingo, 19 de julio de 2026

Lunes de la Décima Sexta Semana del tiempo Ordinario

 

Miq 6, 1-4. 6-8

En la casa de los malvados hay riquezas mal habidas.

Miq 6, 10

Empecemos dando un marco contextual: Miqueas es un profeta pre-exilico: El profeta Miqueas ejerció su ministerio durante la segunda mitad del siglo VIII a. C. -estamos hablando de período comprendido entre el 750 y el 700 a. C. aproximadamente- es decir, un profeta contemporáneo de Isaías, Oseas y Amós. Su época abarcó los reinados de tres de los reyes de Judá: Jotán, Acaz y Ezequías.

 

Podemos, para su estudio, dividir el Libro de este profeta en cuatro partes:

      i.        Proceso a Israel del 1,2 - 3,12

     ii.        Promesas a Sion 4,1 – 5,14

    iii.        Otro enjuiciamiento de Israel 6,1- 7,7

   iv.        Restauración y prosperidad del pueblo 7, 8-20

 

La perícopa de hoy está dada dentro de una atmósfera de tribunal, en ámbito forense. Con el lenguaje propio de los juicios de Israel. Los accidentes de la naturaleza, en particular las montañas, son convocadas en calidad de testigos. YHWH es el Juez. El reo es el pueblo, a quien el Señor interroga: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿En qué te he molestado?

 

Se presentan los “cargos”: viene una recriminación doble:

1)    Yo te saque de Egipto y te libre de la servidumbre

2)    Yo te envié a Moisés, Aarón y María.

 

El pueblo reflexiona y en su interior se interroga, que sacrificios le serán útiles para apacentar al Señor:

a)    Terneros de un año

b)    Mil bueyes

c)    Miríadas de ríos de aceite

d)    Sus propios hijos

Se nota que le quieren ofrecer al Señor de los mismos tesoros que ellos le esquilman al pueblo, lo que se traduce en compartirle los frutos de su explotación, para hacerlo su cómplice, manchando al Señor con su iniquidad.

 

Y Dios le replica que ya se lo ha hecho saber una y mil veces: ¡Nada de eso le agrada ni les pide Dios! ¡Lo que Dios está pidiendo no es que lo asocien en su empresa de latrocinio! Dios les ha dicho, insistentemente, lo que le agrada:

      I.        La práctica del derecho

    II.        El amor a la bondad; y,

   III.        וְהַצְנֵ֥עַ לֶ֖כֶת עִם־אֱלֹהֶֽיךָ [wejasnea leket im Elojeka] Caminar humildemente con su Dios.

 

En este caso Dios está nombrado con la palabra hebrea Elojim que se puede entender, y aún más en el contexto jurídico, como “Magistrado Supremo”, “Juez de Jueces”, “La más alta Autoridad Judicial”.


En los versos 9-12, que son los que siguen a nuestra Lectura de hoy, se presentan con toda nitidez los cargos:

1)    La violencia inusitada de los ricos

2)    Las mentiras que la gente desparrama

3)    La alteración de los pesos y medidas para estafar al pueblo

4)    La idolatría que sigue el mal-ejemplo de los pueblos del norte; calificándolos de opresores, mentirosos y engañadores: Establecedores de la injusticia social.

 

Sal 50(49), 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23

Y, lo peor, Señor, es que a veces pongo precisamente todo el cuidado en los ritos de la liturgia porque he sido negligente en la observancia de tus preceptos. Me fijo en los detalles de tus ceremonias para compensar el haberme olvidado de mi hermano. Me afano en el culto porque he fallado en la caridad. Y me temo que no te hace mucha gracia esa clase de culto.

Carlos G. Vallés, s.j.

Este salmo es un salmo de la Alianza. La Alianza se pactaba y se refrendaba con sacrificios. Pero la sinceridad del sacrificio tiene que ser avalada con la pureza del corazón de quine la ofrece. ¿De qué puede servir el derramamiento de sangre de los animales ofrendados si en nuestro corazón no hay contrición acompañada de la firme resolución de cuidar al prójimo y sembrar todo el bien a nuestro alcance?

 

La Alianza tiene doble faz: de una parte, consiste en recordarla y ser capaces de recitarla, pero del otro lado está nuestro desvelo en su implementación. Que sea verdad cunado pedimos que venga su Reino, lo que significa poner todo de parte nuestra para que su Voluntad se cumpla en la tierra, así como se cumple exactamente y sin ninguna desviación en el Cielo.

 

Cuando se presenta una oración, decimos: Señor, sabemos que eres Omnisciente y que todo lo sabes, que nada se te escapa. Pero, como nos señaló el profeta Miqueas en la perícopa de hoy: Dios no acepta que tratemos de mancharle sus Purísimas Manos, haciéndolo partícipe de nuestras ganancias mal habidas. Se nos ha vuelto una manía tratar de que el otro se vuelva cómplice nuestro, aceptando las “mordidas” que le ofrecemos. Dios no cohonesta con el pícaro. No se hace encubridor interesado de fechorías. Ha de saberse que su Manto no tiene bolsillos y en su casa no hay caja de caudales ni bóvedas blindadas.


¿Cuántas veces mi culto ha pretendido sobornar a Dios?

 

No pensemos que Dios sufre de avaricia y que esta podría corromperlo. El prefijo “co” en la palabra corrupción supone que es cierto que “todos tenemos un precio” y que, llegado a su límite de honestidad, se subirá al mismo bus de los inmorales. El colmo de este cinismo es medir a Dios con la misma medida con la que se mide a los “impíos”. A estos cínicos Dios les dice, antes de que abran sus pícaros labios: “No aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños”.

 

«Lo reconozco, Señor; con frecuencia me he portado mal con mis hermanos; y ¿qué valor pueden tener mis sacrificios cuando he herido a mi hermano antes de llegarme a tu Altar? Gracias por decírmelo, Señor; gracias por abrirme los ojos y recordarme cuál es el verdadero sacrificio que quieres de mí. Nada de toros o machos cabríos, de sangre o ritualismo, sino amor y servicio, rectitud y entrega, justicia y honradez. Servirte a Ti en mi hermano antes de adorarte en tu Altar».  (Carlos G. Vallés, s.j.)

 

Mt 12. 38-42

Podemos conservar la esperanza y la paz interior, porque poseemos la profunda certeza de que hemos nacido para la Pascua, para la Pascua eterna.

Dom Helder Câmara

Vienen los escribas y los fariseos a pedirle a Jesús un σημεῖον [semeion] “signo”. Y Jesús no se los niega, les ofrece un signo especifico, el signo de Jonás: Un hombre que estuvo muerto tres días en el vientre de un cetáceo, y después, fue devuelto a la vida.


Jesús califica a esta gente que se le presenta con tal reclamo como Γενεὰ πονηρὰ καὶ μοιχαλὶς [genea ponera kai moichalis] nos atrevemos a traducir Γενεὰ [genea] no por generación, como siempre se ha hecho, sino por “ralea”, “casta”, “linaje”, porque en este caso lo que significa es una agrupación de gentes con un denominador común, que verdaderamente denigra de lo que es la “persona humana”. Estos tales, ¡son una vergüenza, a la vez que una tristeza! Son los carentes de fe.

 

Si no aceptamos a Jesús quiere decir que no aceptamos los dulces dones de Dios -que por ser Dones Divinos se llaman teologales- es como tener un rayo destructor desintegrador para aniquilar la “piedra angular”. ¡Sin “piedra angular” no hay edificio alguno! El único acceso a la trascendencia es la aceptación por “fe” del Hijo. ¿Cuál sería el rayo desintegrador? ¡El signo probatorio! Así es, si tenemos un signo que nos prueba que Jesús es el Hijo de Dios, se habrá acabado para siempre la opción de creer por fe. ¡Es mejor que no tengamos ningún signo y que Jesús no haya entrado en ese Juego! “¡Dichosos los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29cd)

 

Este punto del signo de Jonás no es simplemente una “especie de castigo” para escribas y fariseos. «La señal de Jonás… ¿Significa que Jesús estuviera anunciando su enterramiento? Significa, sobre todo, que anuncia su resurrección. ¡Qué razón tiene San Pablo!

 

El viernes santo podía haber significado el fracaso total de Cristo. Había predicado como nadie lo había hecho jamás. Había dado ejemplo. A su paso se habían arremolinado las multitudes. Su mirada, su sonrisa y su presencia había conmovido a la gente. Había hecho milagros… Y de pronto, ahí está, cargado con una cruz y clavado después sobre ella, como uno de tantos seres débiles…» (Dom Helder Câmara)

 

Realmente anunciar que algún día vamos a morir, es una profecía, pero, ¡valiente profecía! La verdadera profecía es el Anuncio de la resurrección. Y, sin embargo, a la resurrección tampoco tenemos acceso con alguna “prueba”. No hay ningún signo que la demuestre. ¡La tumba vacía no prueba nada!

 

Necesitamos la fe para poder ingresar al territorio de lo trascendente. La cuestión del “signo” que se le pide al Señor no es de poca monta. Hoy mismo seguimos rodeados de empiristas obcecados con “la prueba”. ¡Y no recibirán ninguna!

 

Volvamos a Dom Helder Câmara: «Pero Cristo resucitó. Yo no lo dudo en absoluto. Miles y miles de mártires han dado su vida por anunciar la resurrección de Cristo.

Por eso, en los momentos más críticos, más angustiosos, nosotros, los cristianos, no tenemos derecho a olvidar que no hemos nacido para la muerte, sino para la vida».

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