Is 1, 10-17
En el
templo se celebra un culto esplendido; pero es sólo ritualismo y falta lo
principal: la abstención del pecado y el ejercicio de la justicia.
Salvado Carrillo Alday M Sp. S.
Retomamos la clave interpretativa del Libro de Isaías que fue
redactado en tres épocas distintas: la que estamos estudiando -la del
proto-Isaías- es pre-exilica; la del Deutero Isaías es exilica; y la del
trito-Isaías -varios otros escritores- que es post-exilica.
¿A quién se está dirigiendo el profeta en esta perícopa? Los
vocativos que emplea el hagiógrafo son: ¡Príncipes de Sodoma, pueblo de Sodoma!
… El capítulo 1, del Libro de Isaías, -que actúa a manera de prólogo de la
obra- es una compilación de cinco oráculos, juntados por allá -después del 701
a.C. pero antes de la muerte de Isaías- datada en el 695 a.C.
¿Cómo puede ser esto, sí sabemos con bastante certeza que
Sodoma y Gomorra fueron destruidas el 29 de junio del año 3123? ¡esta
destrucción fue producto de la ignominia en la que cayeron estos pueblos y está
relatada en Gn 19, 24-38. Una lluvia de fuego y azufre cayó sobre Sodoma y
Gomorra y las destruyó, junto con todos los que vivían en ellas, y acabó con
todo lo que crecía en aquel valle. Entonces resulta que esta gente se convirtió
en el paradigma de la perdición, y aquí, a quienes se dirige el profeta es a los
habitantes de Judá, el Reino del sur, formado por las tribus de Judá y
Benjamín, mientras las otras nueve tribus conformaban el reino de Norte (las
tribus de Rubén, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Efraín y Manasés que
cayó en el 722 a.C.), queda por fuera la tribu de Leví, a la que no le fue
asignada tierra, pues estaban destinados al servicio de Dios y fueron
entregados a los sacerdotes como ayudantes. Entonces esta es una fina ironía
para evidenciar el nivel de descomposición que alcanzó Judá. Todos los oráculos
de los capítulos 1-12 -que forman la primera parte del Libro del proto-Isaías,
está dirigida a tal fin, mostrar el camino ignominioso de Judá y, en particular, de Jerusalén. Les está hablando el profeta, entonces, a los gobernantes y al pueblo
entero del Reino del Sur: Dios no quiere tener nada que ver con gente de manos
ensangrentadas, con una ralea pecaminosa.
“No me traigan más inútiles ofrendas, son para mí como
incienso detestable … no soporto iniquidad y solemne asamblea” (Is 1, 13). El
proto-Isaías lo que ataca -pero ¡tengamos bien presente que no es un decir del
profeta, sino la Voz de Dios a la que él le presta servicio de ventriloquía! - es
la doblez entre la vida moral -por una parte-
y la ritualidad por otra. Esta falsa ritualidad está enfocada y
concentrada en los sacrificios. Y, por su degradación moral, los sacrificios
tienen hastiado a Dios, a quien esos sacrificios le parecen insoportables,
porque no van asociados a una sincera vida de integridad y limpieza moral.
Dios les dice -por boca del profeta- que no los quiere ver
pisando el atrio del Templo, cuando Él no les ha pedido nada. De unos falsarios que cometen el “adulterio”
del pecado, Dios no acepta ningún culto, porque este se vuelve pura hipocresía:
¡Son un “incienso insoportable! Dios no puede tolerar esa bina iniquidad y
solemne asamblea. ¡Eso Dios no lo soporta!
Antes que una liturgia proveniente de manos cargadas de
pecado hay que empezar por un proceso de purificación de las obras, sólo cuando
las manos y el corazón se hayan vuelto hacia el acatamiento de la moral divina,
podrán -de manera legítima- acercarse al Altar y ofrecer de forma válida una
Oblación Santa.
La fórmula es específica. ¡dejen de hacer el mal y aprendan a
hacer el bien!
Y el Señor explica con cuatro pautas lo que significa hacer
el bien:
1) Buscar
los caminos de la Justicia.
2) Socorrer
al oprimido.
3) Proteger
el derecho de los huérfanos
4) Defender
a las viudas.
Se trata de una opción preferencial por el marginado, por el vulnerable. Dios no saca a los demás de su “rebaño”, lo que pasa es que Él no permite que, bajo su Nombre, Tres Veces Santo, se esconda y se solape la discriminación y el olvido de los débiles, de los “pobres de Yahweh”.
Sal 50(49), 8-9. 16bc-17. 21 y 23
Este es un salmo de la Alianza. Como una brújula eficaz su
aguja señala el norte: Ofrecer acción de Gracias, eso honra al Señor.
La aguja de la brújula no sólo señala el norte, la parte
“trasera de la brújula” apunta al sur: el sur -teológicamente hablando- es la
alternativa infiel que quebranta la Alianza: “Detestar la Alianza y apartar los
ojos de sus mandatos, mirando siempre hacia otra parte”. El que detesta la
Alianza pone la Ley de Dios fuera de sus ojos, la pone a su espalda, porque
así, por mucho que gire, nunca la verá.
Muchas veces se puede poner a la visita al templo como único momento de “oración” y vivir el resto de la vida con la Ley de Dios en la espalda. Y así, girar día y noche, mes tras mes y año tras año “asociados” a una religión que “desconocemos”.
Cuando Dios nos invita Domingo a Domingo, -y a veces día a
día- a su Templo, lo hace, no por mantenernos atados a la ritualidad, sino para
brindarnos muchas oportunidades de descargar el morral, ponerlo sobre nuestras
piernas y contemplar -inclusive medir y constatar- nuestra real fidelidad a sus
mandatos.
Hoy nos proponer una verdad de a puño: ¡Sólo quien sigue el
“buen camino” podrá ver la Salvación de Dios!
Esto pertenece a la misma familia del llamado del
proto-Isaías, cuando denuncia a quienes visitan el Templo con asiduidad, y
llevan siempre algún corderito para ensangrentar el Altar, pero -aun cuando sus
labios están llenos de “Padre nuestro” y “Ave María”- su corazón no descansa de
cometer injusticias.
El salmo atiza en nuestro ser la propuesta Divina: “Misericordia
quiero y no sacrificios”.
Mt 10, 34-11,1
No son
los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos
Mt 9,
10-13
Jesús quiere ratificarnos estas enseñanzas adecuándolas lo
más posible a las limitaciones de los corazones endurecidos: “El que recibe a
un justo con corazón de justo, tendrá recompensa de justo”.
¿Eso está claro? O creemos que podemos recibir a los justos con corazón de injustos y que Dios se dejará engañar. En una sociedad de injusticias, donde la gente se ha dado a la tarea de sentarse en al atrio de los tribunales, a esperar que las legislaciones sean emitidas para , antes de dejarlas circular, encontrar la manera de tergiversarlas y recortar su alcance acomodaticiamente, para lograr lucro personal, cabe -tal vez- suponer que también podemos acudir al atrio Catedralicio, o llegando más lejos, sentarnos a las puertas del mismísimo Vaticano para “manipular” los pronunciamientos y tildarlos para que esas tildes nos dejen manipularlos, neutralizarlos, embardunarlos con nuestros amaños y terminar haciendo solo aquello que nos da la “reverendísima gana”.
No podemos cohonestar con semejante procedimiento. No se
puede callar ante el atropello. No podemos dejar campear la ignominia. Muchos
creen que lo mandado es sostener la falsedad para contener la denuncia, acuden
al maquillaje para tapar las “marrullas”; todo en aras de una supuesta “paz”.
Pues sépase que Jesús no ha venido a traer esa “paz”; frente a la marrullería y
a la artimaña, Jesús ha traído “la espada”.
¿Quiere decir que Jesús también es un guerrerista vende
armas? ¿Estamos acaso ante otro
promotor de violencia? ¡De ninguna manera! Lo que nos dice Jesús hoy, al
concluir el segundo discurso -al que se ha denominado el “Discurso apostólico”-,
lo que Él dice sólo es el diagnostico de cómo se está reaccionando contra su
propuesta. Dice que Él desempeña el rol de un médico, que va con los pacientes
y -lo único que puede hacer- es decirles, honestamente, de qué va su
enfermedad.
Tiene que llegar -inclusive a decirles- como va a reaccionar
su organismo ante el medicamento conveniente; no puede decirles “hagamos lo
siguiente siga enfermo y no haga nada”; tiene que decirles que el medicamento
les va a dar un poco de sueño, que durante ese tiempo no podrán asumir tareas
que requieran atención o que generan riesgo, que tienen que tomar más agua, y
dormir mejor, bien, todo lo que sea…. Y les da recomendaciones particulares a
los “enfermeros”, que son sus discípulos… en eso está, instruyendo al “cuerpo
de cuidadores”:
¡Entendamos bien!
El
que nos recibe como si lo estuvieran recibiendo a Él, está recibiendo al Padre.
El
que recibe a un profeta, aceptándolo en su calidad de profeta, será aceptado en
el Reino, como si él fuera también un profeta.
El
que recibe a un justo, recibirá trato de justo.
El
que da lo más mínimo a un “pequeño” porque es discípulo de Jesús, tendrá
asegurada su recompensa en el Reino.
Termina su discurso y se va a continuar con su quehacer, con
la misión que el Padre le dio.
¡Seguir enseñando y predicando! El Evangelio no está
predicado en términos de ajuste a nuestras estrecheces mentales o morales. El Señor va adelante con su “tarea”,
enseñando con la Grandeza y la Altura que Dios provee para sus hijos.
La espada sirve para cortar con la complicidad y el disimulo que -a veces- son precisamente nuestros cercanos, los que nos las imponen (a veces estrangulándonos con sus cartelones de “la verdad”). ¡No para herir ni lastimar a alguien! ¡Herir y lastimar serán vías exclusivas de los que portan corazón de asesinos y esos no podrán ambicionar ninguna recompensa! El asesino sólo tendrá paga de asesino. ¡Treinta amargas monedas de plata!





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