jueves, 28 de mayo de 2026

Viernes de la Octava Semana del Tiempo Ordinario

 


1P 4, 7-13

En esta carne herida y amada, el Padre nos muestra la verdadera humanidad de una vida que se realiza en la apertura y en la comunión, hasta el punto de hacernos desear que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.

Magnifica humanitas #231

La premisa inicial es “el cercano fin de todas las cosas”. Sabemos que, en las primeras comunidades creyentes, la Parusía era cosa para mañana, a más tardar, para pasado mañana. Así que, en esas condiciones, vivían con la mochila lista, atentos al sonido de la trompeta que anunciaba el regreso del Señor. Muchos de los acontecimientos que registraba la historia, les parecían las señales del fin: el incendio de Roma, el suicidio de Nerón, la erupción del Vesubio, por sólo mencionar los que nos afloran a la memoria así, de rapidez.

 

Muy poco a poco fueron descubriendo que tampoco era para tan pronto, y que las señales no eran indicativas del fin, sino de cambios “epocales”. Todos asistimos a estos cambios, que van introduciendo variaciones en el compás de la vida, y comprendemos que Dios Misericordioso dilata el fin para ampliar nuestro margen de conversión y acrecentar nuestras posibilidades de conquistar la salvación.

 

¿Invalida eso las pautas que nos propone la carta? ¡Consideramos que no! Inclusive, nos parece que ratifica la importancia de vivir en la σωφρονήσατε [sofronesate] “sensatez”, “en sano juicio”, “cabalidad” y la νήψατε [nepsate] “sobriedad”, “sin embriagarse”, “sin consumir vino”. Esta “sensatez” y “sobriedad” ¿para qué se pide? Para la oración, para que los encuentros de oración no fueran asamblea de borrachines. Recuerden que después de Pentecostés la gente los acusaba de estar embriagados y que hacían aquellas cosas como resultado de su estado alcoholizado. Muchas veces la gente nos acusa de cualquier cosa para devaluar las enseñanzas y el contenido de las predicas. Llegan a decir que “se la fumo verde”.

 

Los χάρισμα [charisma] “carisma”, “regalo”, “don”, “gracia” ¿qué se nos indica que hagamos con ellos? ¡Que los administremos bien! Se reciben para la δόξα [doxa] Nos enseña que la multiforme gracia de Dios está para ponerla al servicio de los demás. Los clasifica aquí en dos grupos: 1) Los carismas del “habla” y 2) el carisma de “prestar algún servicio”. Y pone una regla de oro: Todo eso se recibe para gloria de Dios.

 

Muchas veces ellos se desconcertaban que en medio de su fragilidad y de su escaza o nula escolaridad, acometieran con tanto ímpetu y con gigantesca vehemencia las tareas de la Evangelización. Muchas veces les parecía como un πυρώσει [pyrosei] “fuego” que los impulsaba y que ardía en el pecho como una fogata apasionada. La carta les dice que no se asombren por eso, que esa “energía” y “arrebato” podía desembocar en tentación de “arrogancia” o de “jactancia”. Y nos enseña, que, por el contrario, debe colmarnos de satisfacción y alegría. ¡Nunca de presunción ni de petulancia!


No pasemos por alto una virtud evangélica que aparece aquí, en el verso 9: φιλόξενοι [filoxenoi] “hospitalidad”. Detengámonos un momento a examinar la etimología de esta palabra: En español la palabra deriva del latín hospitalĭtas, que proviene de hospes (que significa 'huésped' o 'extranjero'); en griego se descompone en φίλος [amor] y ξένος [xénos] “extranjero”, “fuereño”, “foráneo”. Estrictamente el antónimo de xenófobo, ξένος, [xénos] "extranjero", "huésped", "extraño", y φόβος, [fobos] "miedo". Este mandamiento de xenofilia está consignado en Ex 22, 21: “No maltrates ni oprimas a los extranjeros en ninguna forma. Recuerda que tú también fuiste extranjero en la tierra de Egipto”.

 

Sal 96(95), 10. 11-12. 13

Venga a nosotros tu Reino

II Petición del Padre nuestro

Así como un rey es entronizado, el pueblo elegido conoció en Babilonia las ceremonias de entronización de su dios, Marduk. Visto este ejemplo -que tanto los maravilló- quisieron tener una ceremonia, también ellos, para entronizar a YHWH, con mayor o menor consciencia que, Dios no era reemplazable, que el permanecía en su Trono por toda la Eternidad y que no dependía para nada de estas ceremonias rimbombantes. Nadie lo iba a desbancar, nadie iba a cuestionar su Reinado Perfecto. Él iba a ser el Rey-y-Sacerdote-Eterno de Suprema Justicia por siempre jamás. Sólo que, les pareció que las entronizaciones de Marduk eran muy pintorescas, y no querían quedarse atrás.

 

A nosotros siempre tiende a admirarnos la bullaranga, el griterío, las rechiflas y las descargas de aplausos por parte de toda la gente, y el prístino grito del Shofar. El paso solemne de la procesión real, y el brillo de los “uniformes” y los “sables” al aire. Sin dejar de lado el ronco crujir del pavimento al paso de los tanques y las grúas que conducían los misiles. Todo este oropel desconcertaba a los ingenuos y les hacía correr escalofríos. Ah y no olvidemos la Garota de Ipanema que se contorneaba con toda la corte de passistas y musas directamente invitadas del carnaval de Rio para engalanar -con junto con las escuelas de samba- el paso del cortejo.


El Rey iba sentado en su palanquín y los soldados de su guardia personal, lo llevaban en andas portando la silla gestatoria que lo hacía visible desde la distancia. Indudablemente toda esta parafernalia era impostergable y no se podía desperdiciar todo el asombro y el descreste que producía en el vulgo.

 

«Yo quería ver a Cristo porque mi pecho estallaba en angustia. No me interesaba su corte celestial ni terrena. Me afirmé con las dos manos en una baranda y entré al palco. Caí de pie sobre la blanda alfombra. Junto al micrófono estaba Caifás, con cuello de armiño y hábitos blancos. Sostenía una Biblia con tapas de marfil y leía el evangelio, leía la palabra de Cristo, mientras Cristo… ¿Ahí está! ¡Ahí está! ¡¡Es Él!! -yacía atado con sogas a la enorme cruz de oro que presidia la manifestación triunfal-, y lloraba inconsolablemente. (Marcos Aguinis)

 

Mc11, 11-25

Dejamos atrás le sección del evangelio marqueano, en donde Él visita diversos lugares (6,6 – 10,52) y pasamos a la última sección que se refiere a su actividad en Jerusalén incluyendo su pasión y muerte. Podríamos subdividir el Evangelio de otra manera y tener una subsección (8,31 – 11, 11) donde Jesús anuncia su muerte; y, una subsección que empezaría en 11,12 hasta 13, 37 -a la que pertenecería la perícopa de hoy- donde se nos presenta y relata todo lo relativo a Jerusalén, pero se descarta (14,1 – 16,20) donde se nos contará lo relativo a la Pasión, muerte y resurrección.


 

En la perícopa 11,1-11, tendríamos el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén. Mientras en la perícopa de hoy tendríamos tres aspectos:

1)    La maldición de la higuera por no tener higos (11,12-14)

2)    La Purificación de templo (11, 15-19)

3)    El señalamiento de tener fe, una fe decidida. (11, 20-25)

 

Jesús llegó al ἱερόν [ieron] “Templo” la palabra que se usa significa “sagrado”; era ya tarde, solo alcanzó, aquel día a dar un vistazo, περιβλέπομαι [periblepomai] “echando una mirada alrededor”. Después de lo cual, salió -con los Doce- para Betania "casa de higos", pequeña aldea situada a unos 3 km de Jerusalén, en la ladera oriental del Monte de los Olivos.

 

¡Hablando de higos! Al día siguiente, encontró una higuera, puras hojas, no había ni un solo higo. -porque no era temporada de higos- y le dijo Jesús, “Nunca jamás coma nadie frutos de ti”. Esto lo tendremos en cuenta de nuevo cuando lleguemos al versículo 20. Será lo que se llama técnicamente una inserción, y que nosotros lo llamamos “sándwich” porque es como una tajada de pan, donde queda faltando la otra tajada de pan, pero antes hay que poner el jamón y el queso, que en nuestro caso será, lo sucedido en el Templo:

 

Pasamos a los versos 15-19, en estos cinco versos se nos cuenta:

i)              Jesús entró en el Templo

ii)             Se puso a echar a los vendedores y a los compradores

iii)           Volcó las mesas de los cambistas. No se podían usar monedas romanas para los asuntos del Templo, entonces había que cambiarlas por monedas judías.

iv)           También revolcó las jaulas de los vendedores de palomas

v)            Nadie tenía porque andar trasteando cosas por el Templo, no se los permitía.

 

Al conjunto de estas cinco acciones Jesús les pone un título: “Ustedes han convertido la Casa de Oración del Padre en una cueva de bandidos”.

 

Claro que los sumos sacerdotes debían recomerse por dentro, y lo que los quemaba en su interior era el anhelo de ver cómo acabarían con Él, cuanto más pronto mejor.

 

Ahora sí, regresemos a nuestro “sándwich”, la segunda taja de pan, la tapa: Esto ya será al día siguiente, al volver a pasar frente a la higuera la encontraron marchita de raíz. Pedro identifica con claridad las dos tajas de pan: “La higuera que maldijiste, se ha secado”. Jesús va a sacar las conclusiones y a mostrarles la didáctica que contenía este episodio:

i)              Tengan fe

ii)             Si uno no da pie a la duda, la palabra con fe se cumplirá

iii)           Entonces, todo lo que se pida en oración ha de hacerse de cuenta que ya fue obtenido.

iv)           Pero con una condición, poner por delante el ἀφίετε [afiete] “perdón”, esta palabra griega significa “alejar”, “apartar”, “abandonar”, “separarse de algo”, “no volver a recordar”, “perderlo de vista”.

 

Solo si uno logra arrancarse del corazón y de la memoria rencorosa el recuerdo habrá perdonado y entonces, y solo entonces, logrará obtener lo mismo del Padre Celestial. Así Él también nos perdonara nuestras culpas.

 

«… la historia de la higuera que se secó de raíz: es un simbolismo profético que condena al tronco de una sociedad estéril, que no da fruto, porque en vez de alimentar una práctica de justicia y libertad, sustenta una religión que aliena y explota en nombre de Dios, y que, al mismo tiempo, exige una pureza discriminatoria que margina al pueblo». (Euclides M. Balancin)


«De la higuera debemos aprender que al igual que el pueblo hebreo, así también el nuevo pueblo del Señor puede ser repudiado si no produce los frutos del reino y puede recaer sobre él la maldición que manifiesta su esterilidad y lo destina al fuego.» (Beck. Benedetti. Brambillesca etal)

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