O DE LA RESPONSABILIDAD DE DIRIGIR LAS VELAS
Hch
2, 1-11; Sal 104(103), 1ab. 24ac.29-31.34; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23
Extiendes los cielos como
una tienda,
construyes tu morada sobre
las aguas;
las nubes te sirven de
carroza,
avanzas en las alas del
viento;
los vientos te sirven de
mensajeros;
el fuego llameante de
ministro.
Sal 103, 2b-4
Cuando un día de
fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso
Hechos 2, 1-11
Cuando
se gestó la idea y nació la expresión “Espíritu Santo”, no existían los motores
fueraborda, motores intraborda, motores dentrofueraborda y, mucho menos los
motores a reacción. Todas las embarcaciones se propulsaban a remo o a vela
(cierto es que la propulsión a remo es intraborda y la del viento fueraborda).
Como la nave se movía muy especialmente con el impulso que le propinaba el
viento sobre las velas, salió la idea que al hombre también debía dinamizarlo
alguna clase de soplo: por eso la palabra hebrea para “espíritu” es רוח [ruaj] que, precisamente traduce
“viento”; y en griego, “espíritu” es πνεῦμα [pneuma] que significa “soplo”, y ¿quién
está detrás de ese soplo? Un tal Eolo que en la mitología griega era “el señor
de los vientos”, o “el guardián de los vientos”.
Pues
bien, para optimizar el empuje proporcionado por el viento, era preciso ajustar
el velamen para que este quedara perpendicular a la dirección del viento. Si las
velas estaban paralelas al curso de su soplo, el avance era prácticamente nulo.
Los marineros tenían como función principal manipular las velas con los cabos;
eran, de este modo, los responsables de izar, arriar, enrollar y ajustar la
orientación de las velas para aprovechar el viento, lo que requería mucha
destreza y no poca valentía.
Esto
nos lleva a comprender que no basta que el Espíritu Santo sople y sople con
todo sus pulmones, sino que es necesario que nosotros de nuestra parte pongamos
nuestra competencia para adecuar el velamen y poner las velas, en la mejor
posición, para que la barca (la de la Iglesia toda y la de cada una de las
células de su Cuerpo Místico) atrapen la fuerza que ese viento les prodiga,
porque podemos perder todo su empuje si las velas -como se explicó arriba-
están paralelas a la dirección de su Soplo.
Si nosotros no actuamos como hábiles y osados marineros templando las sogas para dirigir las velas, seremos responsables de la inmovilidad del navío. Es por esto que, el gran pecado es permitir que el Espíritu Santo malgaste su esfuerzo, soplando a favor de quienes no quieren hacer que la nave progrese. Se oye muchas veces decir que hay que dejar todo a cargo del Espíritu, y se le invoca para que sople muy fuerte, pero -mientras los marineros se adormilan-, viene el Corrompido aquel y reacomoda las jarcias y los trapos (como los llaman los marinos) para garantizar que la barca permanezca varada.
Hay
un espíritu que aplasta, que vence, que derrota, que desespera, que destroza. Hay
un espíritu del desaliento, de la desesperación, de la angustia. Pero hay –por
el contrario- un Espíritu luminoso, sabio, vital, esperanzado. ¡A este último
lo llamamos Espíritu Santo! Hoy –como muchas veces en la historia- es preciso
que hagamos consciencia de este Espíritu-Paráclito que se pone a nuestro lado y
nos preserva, nos reanima, nos vitaliza, nos desata y nos colma de dinamismo.
No resuelve todo por arte mágica pero lleva en su pico dos gotitas teofánicas
para calmar la sed que hoy nos perturba.
«Hace ya tanto tiempo que ocurrió esto, que ni me acordaba. Pero otros si se acordaron…
Era por la
mañana tempranito. María, como buena madre, cuidadosa de un legado bueno, dijo
a los discípulos de su hijo: -Se nos ha prometido un Paráclito (y lo dijo así
no más de corrido…). Vayamos al cenáculo, armémonos de paciencia y esperemos,
porque las promesas de nuestro Dios jamás dejan de cumplirse. Y si mi Jesús me
lo comunicó, tengan por cierto que, tarde o temprano, vamos a ver con nuestros
propios ojos lo que Él anunció. Y como el Señor no les había avisado, antes de
su Ascensión, cuando vendría el Paráclito, cargaron con sus bártulos, sus
bolsas de dormir y algo para comer, porque si bien estarían en oración a la
espera del Espíritu Santo, tanto a ellos como a nosotros , les sería difícil
orar si el ruido de las tripas hambrientas lo impidiera.
¡Y allí se
fueron!
¿Qué rezarían?
¿Cómo lo harían? ¿Con qué palabras o con qué silencios se dirigirían al Padre?
¿Habría dudas y miedos en sus corazones? ¿Creían, en serio, que ese espíritu
desconocido a quien nadie puede ver, brisa suave nacida en horizontes lejanos,
llegaría? ¿Qué les diría? ¿En qué idioma hablaría? ¿Cómo lo reconocerían?
Todos oraban,
quedamente, con voces tenues… Desgranando el tiempo y aferrándose a los minutos
y segundos.
De pronto, se
oyó un ruido más fuerte. Pedro dijo a los demás: -¡Prepárense, pues parece que
se viene flor de tormenta! ¡Los primeros truenos están estallando! Ojalá que
aquí no haya goteras, porque se larga el aguacero. Pero después de ese ruido,
que no alarmó demasiado al resto de los circunstantes, tan es así que siguieron
cantando un salmo del padre Catena (El Padre Osvaldo Catena (1920-1986) -apodadado el “hermano de todos”-
fue un destacado sacerdote y compositor argentino, reconocido principalmente
por ser el creador de los textos y letras de la “Misa Criolla” junto al músico
Ariel Ramírez), el ruido volvió, mucho
más fuerte, como si un viento intruso horadara burletes y ventanas,
metiéndose sigiloso por las hendijas.
– ¡Mamma mia! Volvió
a gritar Pedro. Me parece que esto no es viento sur, sino el Espíritu. Y la
cosa se puso peliaguda cuando llamas de fuego, que parecían lenguas alargadas
(exactamente como salen en algunas imágenes), se posaron sobre las cabezas de María
y los discípulos. ¡Y el fuego quema! ¡Y el viento empuja y sacude! ¿No es
acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que purifica y quema?
¡Ah…! Ahora comenzamos
a entender qué es el Espíritu Santo -que procede del Padre y del Hijo-, ¡tercera
Persona de la Santísima Trinidad y verdadero Dios, como el Padre y el Hijo! ¡Amor
fruto de las relaciones entre el Padre y el Hijo, y el Hijo y el Padre! (Bueno…
no lo dijeron con estas palabras, porque los teólogos no existían en esos
tiempos y no se había escrito todavía la Suma Teológica, de Santo Tomás de
Aquino, gordo, sabio y sesudo dominico del siglo XIII, que se pasaba el día
pensando quien era Dios, a qué se dedicaba y otras menudencias). Lo que sabemos
es que “todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en
distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”. Allí los
carismáticos habrían estado en su salsa, hablando “en lenguas”, aunque nadie
sepa de qué se trata. También se hubieran muerto de envidia los de Linguaphone,
que prometen que aprenderemos cualquier idioma en tres meses, usando sus libros
y sus casetes.
Aquí bastaron
unos pocos minutos para que María y los amigos de Jesús, que tenían la
inteligencia de la fe, pero que no eran universitarios, ni Premios Nobel de
nada, hablaran de corrido en todo idioma conocido. Podían decir “jáu ar iú” en
griego, y el otro les respondía “véri uél, ténkiu, ¿an iú?”, pero en chino y, a
su vez, María podía preguntar a un turista: “comán tale vu” en francés, y
recibir la respuesta “Meri, yé sui tré bián”, pero en portugués… Todos estaban
muy contentos., Yo diría, “burbujeantes”, eufóricos, tanto es así, que la gente
los creía borrachos, y eso que, hacía poco, el reloj había dado sólo ocho
campanadas, por la mañana.
En esos días, Jerusalén era un hervidero, lleno de turistas y de peregrinos, porque se festejaba la fiesta del Shavuot, el Pentecostés judío en que se recordaba la entrega de la Ley, por parte de Dios a Moisés y su pueblo, en el Sinaí, durante el Éxodo por el desierto. Nos dice que había judíos, partos, medos y elamitas, y de Ponto, Frigia y Panfilia, que no tenemos idea de dónde quedan, pero que en algún lugar quedaban… Para darnos una idea, hagamos de cuenta que fueron los Yanquilandia, Inglaterra, Noruega, Japón y hasta de la Argentina, porque había una familia que comentaba, en un bar, que “los bifés eran más ricos y más baratos en el Palacio de las papas fritas en Buenos aires”, y que “la pizza de los Inmortales era mucho mejor que la de Italia”, y que, al ir de compras a una casa de productos electrónicos, varios de ellos dijeron, “déme dos”. Jerusalén estaba llena hasta estallar y muchos, al ver a los turistas, se preguntaban, con toda razón: -Pero a estos negros que son de la barra brava, ¿de dónde les viene la paquetería de hablar en franchute y en inglés? Y algo parecido decían los amigos de María y los Apóstoles, pues estos, a duras penas, hablaban el idioma local.
¡No sigo mucho
más…! Lo más importante de este cuentito mío que recuerda una historia que no es
mía, es qué hizo el Espíritu Santo. Hasta ese día, los seguidores de Jesús
estaban muertos de miedo, escondidos por la persecución que había comenzado
fiera. A partir del Domingo de Pentecostés y del invento del sacramento de la
Confirmación, se hicieron valientes y no le tenían miedo a nadie. Hasta ese
día, eran una Iglesia replegada sobre sí misma. Desde ese día, se convirtieron
en una Iglesia desplegada sobre los demás.
Y ahora… ¡punto
final!
Si ves en
alguna ocasión a alguien que te parezca borracho, no pienses mal (por lo menos
de entrada) de él, no vaya a ser que tenga “la embriaguez del Espíritu” y no te
des cuenta. Si alguna vez sentís en tu corazón un viento fuerte, déjate llevar
por él: a lo mejor es “el Viento” con v mayúscula.
Si eso te
sucede, tu corazón bailará y contará con júbilo indescriptible, y no
encontraras palabras para expresarlo… salvo “gemidos inefables”.»[1]
Festividad de origen judío
Pentecostés
se inserta en una continuidad judeo-cristiana. Surge primero –como casi todas
estas festividades, como una celebración con carácter agrícola, era la fiesta
de las Semanas, el Shavuot, con ella se trataba de celebrar la cosecha,
cincuenta días (siete semanas) después del comienzo de la Pascua, de allí su
nombre griego Pentecostés, que traducido al buen español es el número ordinal
“quincuagésimo”.
También es común a esas festividades judías su trasformación significativa, pues esta fiesta pasó a celebrar la entrega de la Tablas de la Ley, escritas sobre piedra por el dedo de Dios y dadas a Moisés en el Sinaí. Moisés reunió a su pueblo y les confió la Voluntad de YHWH de entregarles la Torá y ellos se ofrecieron a cumplirla, aún antes de que Él les manifestara de qué Ley se trataba, el pueblo expresó aceptación a esta Ley, simple y sencillamente porque venía de las Manos del Dios Liberador que con gran poder los había sacado de la esclavitud en Egipto.
¿Por
qué se solapan estas dos celebraciones? (nos referimos a la entrega de la Torá
a Moisés y la Venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico). Los
profetas habían anunciado la entrega de una Nueva Ley por parte de Dios, que ya
no estaría gravada en piedra sino sobre carne, en el corazón de los hombres;
esta parece ser la explicación. El Espíritu Santo viene a implantarnos esta Ley
en nuestro propio interior y es ni más ni menos que la Ley del Amor.
Así que para nosotros los cristianos, la festividad de Pentecostés tiene este grandioso significado: ¡Hemos recibido la Nueva Ley! Y, siguiendo al pueblo escogido, también nosotros la acogemos con todo el corazón, simple y sencillamente porque es regalo del Amado para los que Él tanto ama y que nosotros correspondemos con nuestro pobre amor. Permítenos amar tu Ley y regálanos el don de guardarla, de vivir enamorados de ella, de cumplirla gozosos porque ¿qué amante no quiere hacer lo que complace a su Amado? ¡Que nuestra voluntad se plegue gozosa al cumplimiento de tu Voluntad!
Cuando
San Lucas escribe los hechos de los Apóstoles configura el relato de
Pentecostés con todos los rasgos y signos propios de una teofanía, siguiendo
las pautas teofánicas del Sinaí: ruido del cielo (como rugido del viento),
lenguas de fuego, el Monte Sinaí estaba envuelto en fuego y humo … (en el Sinaí
también sonaba más fuerte el Cuerno de Carnero, el Shofar…, véase Éxodo, caps.
19 y 20). “¿No es acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que
purifica y quema?” Nos ha dicho Héctor Muñoz en su cuento “Cuando un día de
fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso”.
El
viento empuja –por ejemplo al barco, llevándolo hacía su destino, hacia su
puerto; que hermosa imagen para significar que el Espíritu Santo nos anima, nos
“motoriza”, con su fuerza nos impulsa; y, el fuego, no solamente purifica, sino
que, además, calienta (mientras el frio congela inmovilizando), tan es así que
es el fuego el que calienta en la locomotora el agua que le imprimirá fuerza de
avance, propulsión…
En este punto se debe rescatar también el fuego que ardía en la zarza en la cual se manifestó Dios a Moisés al llamarlo, se trataba de un fuego que “ardía sin consumirse”, Ex 3, 1-6.9-12; y, acto seguido, conectemos con el episodio de los dos de Emaús que “sentían arder su corazón cuando Jesús les explicaba las Escrituras” (Lc 24, 32b). es este mismo fuego el fuego de las lenguas que se posaron sobre cada uno de ellos, calentándoles el corazón y haciéndolos superar todo miedo.
Aquí
la continuidad tiene también su “corte teológico”, la fe que antes estaba
reservada a un pueblo y una raza, en esta celebración se abre a “Partos, medos
y elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de
Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia alrededor
de Cirene, viajeros de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes
(Hch. 2, 9-10a), esta muestra de diversidad es indicativo de la universalidad
de este Pentecostés, tema que ocupará el Libro de los Hechos, mostrándonos su
extensión a los paganos, viajando y rebasando fronteras, haciéndose
verdaderamente católica (universal).
Los
signos, son sólo signos; y la Grandeza de Dios siempre los trasciende. No hay
signo que abarque a Dios, pero estos signos son “índices”, apuntan hacia Él,
pero nosotros no podemos quedarnos ahí, es más, Jesús mismo nos llama: “Vengan
y vean” (Cfr. Jn 1, 39)
«¡Que no muera la paloma!
Zenkey
Shibayama, … que era abad del monasterio Nazenji en Kioto, cita varias veces en
sus obras la siguiente parábola con gran sentimiento por los sufrimientos de la
humanidad y compasión íntima por su dolor (Op. Cit. pp. 136-200).
Una delicada paloma se dio cuenta en una
ocasión
de un fuego de montaña que hacía
arder muchas millas cuadradas de bosque.
La paloma quiso extinguir
aquella terrible conflagración,
pero no había nada que pudiera hacer un
pequeño
y delicado pájaro. Dándose cuenta de que
no podía
hacer nada para arreglar la situación,
el ave, empero no permaneció quieta.
Con una irreprimible compasión
empezó a volar desde el fuego hasta un
lago
que había lejos, desde el que
trasportaba
unas cuantas gotas de agua en su pico
cada vez.
Antes de que pasase mucho tiempo,
las energías abandonaron a la paloma,
que cayó muerta al suelo
sin haber alcanzado ningún resultado
tangible.
Con
mi mayor respeto al genial autor, pero yo no habría matado a la paloma. Yo la
habría dejado volar mientras pudiera en su misión compasiva hacia el bosque,
los animales, la naturaleza. Y la habría dejado descansar también entes de
agotarse, para seguir cuando recobrara fuerzas con sus vuelos bienhechores en
su tarea o en otra. No hace falta que muera. No hace falta que demos la vida
por todas las causas en el mundo que merecen sacrificio. Lo importante es que
trabajemos, que volemos, que llevemos agua en el pico, aunque sólo sea unas
gotas, para apagar incendios y calmar sedes y dar esperanza a quienes la han
perdido. Lo importante es ser paloma cuando no falten incendios.
La
enseñanza central de la parábola, que casi se pierde de vista con la pena por
la muerte de la paloma, es que hay que seguir haciendo todo lo que podamos
hacer “aunque no se alcance ningún resultado tangible”. Ya sabemos que no
podemos apagar el incendio. Pero no por eso debemos cruzarnos de brazos y dejar
que arda el bosque. Hemos de contribuir con nuestra gota de agua. ¿Para qué, si
no ha de servir para nada? ¡Sí que sirve de algo! Sirve para decir que hay
alguien a quien le importa que se queme el bosque, sirve para hablar cuando
todos callan; sirve para crear opinión y despertar conciencias; sirve para dar
testimonio ante todos los que ven el vuelo blanco de la paloma compasiva sobre
el rojo resplandor de las llamas.
Y
sirve, más que nada, para desprendernos nosotros de esa necesidad compulsiva de
obtener “resultados tangibles” para creer que nuestro trabajo es válido y
nuestra vida merece la pena. Aprendamos a trabajar aunque no consigamos nada, a
testimoniar aunque nadie nos haga caso, a llevar agua aunque no apaguemos el
incendio. Aprendamos a cumplir con nuestro deber sin medir nuestra jornada por
sus resultados. No podemos apagar incendios. No podemos solucionar los problemas
del mundo. No podemos “conseguir” nada. Pero si podemos vivir, podemos volar,
podemos tener fe y mostrar confianza, podemos levantar la mirada y afirmar la
esperanza.
Por eso no quiero que muera la paloma. Que siga viviendo para acudir a otros incendios, para atraer otras miradas, para enseñar a otros corazones. Mientras las palomas sigan cruzando la vida del hombre, habrá esperanza sobre la tierra.»[2]
Volar
o caminar, aunque sea a pasos muy cortos
Primero
Carlos G. Vallés ha modificado el relato de Zenkey Shibayama, ahora nosotros
querríamos adjuntar otra glosa, para ratificar que hay que volar para traer
unas cuantas gotitas en el pico, sin esperar “resultados tangibles”; esta vez
se trata de una idea de Carmen Pardo, religiosa de la Congregación Romana de
Santo Domingo, ella nos propone:
«…
quiero sugerir algunas pistas que nos sirvan de invitación al compromiso, a
ponernos en marcha y salir a la vida, empeñados en ser pregoneros de buenas
noticias. Y deseo hacerlo tomando prestadas las palabras de un poema de
Rigoberta Menchú:
“Crucé
la frontera, amor…
Volveré
mañana…”
…
Jesús como Voz y Palabra del Padre, traspasa el límite del desierto para ir a
Galilea y adentrarse en el espesor de la historia humana, allí donde las hijas
e hijos del Padre esperan recibir una Buena Noticia (Mc 1, 14-15).
…
otra voz profética de nuestra historia, la de Jon Sobrino, cifraba la esperanza
en un mensaje: “Es posible ser humanos”. Cada día las noticias nos hablan de
inhumanidad (masacres indiscriminadas, tortura, corrupción, violencia
ciudadana, abusos sexuales, tráfico de drogas…). Sin embargo, es preciso que
nuestra voz se alce y se haga eco de un proyecto humano. Necesitamos narrarnos,
unos a otros, historias de vida plena; de tantas mujeres, hombres y niños empeñados
en dar vida; de tantas personas voluntarias para prestar un servicio y que
saben vivir la gratuidad en pequeños gestos. Necesitamos creer que lo humano
tiene la última palabra.
………….
-La
frontera de las macro realizaciones.
………….
Hemos
de osar cruzar esta frontera para ser capaces de arriesgar en “las cosas
chiquitas” de las que habla Eduardo Galeano:
“Son cosas chiquitas
No acaban con la pobreza,
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción
y de cambio,
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizá desencadenan la alegría de
hacer,
y la traduzcan en actos.
Y, al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad y cambiarla,
aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable”.
………….
“Dios nos eligió
Para mostrarnos unos a otros el Amor de
Dios.
Somos el vocabulario de Dios;
palabras vivas
para dar voz a la bondad de Dios
con nuestra propia bondad;
para dar voz a la compasión, a la
ternura,
la solicitud y la fidelidad de Dios
con las nuestras propias” (Leo Rock,
sj.)
Y reunirnos en grupos, en comunidades eclesiales de base, en comunidades religiosas o de vecinos, para preguntarnos a través de qué signos concretos podemos llegar a ser compasión y ternura de Dios para nuestros hermanos, para preguntarnos y compartir cómo podemos dar voz a la bondad de Dios para nuestros hermanos y hermanas aplastados por la inmigración, el hambre, el desempleo, el alcohol, el sinsentido de la vida.».[3]
[1] Muñoz,
Héctor. CUENTOS BÍBLICOS CORTITOS. Ed.
San Pablo. Bs. As Argentina 2004 pp. 176-179
[2] Vallés,
Carlos G. sj. SALIÓ EL SEMBRADOR Ed. Sal Terrae Santander-España 1992. pp.
181-183
[3] Pardo,
M. Carmen op. PORTAVOZ DE BUENAS NUEVAS PARA MI PUEBLO. Conferencia de
Religiosos de Colombia. pp. 8-12












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