1Pe 1, 10-16
Llamados a heredar del Mesías la
Santidad
El profeta recibe un “Mensaje” que no tiene claridad cómo
llegará a cumplirse, no puede adivinar los recónditos laberintos que recorrerá
la historia y sólo intuye la luminosa claridad que reviste el “Mensaje”. Los
profetas antiguos supieron de la venida del Mesías, de Él tenían unos retazos
que lo prefiguraban como líder, como “Salvador”, y -tomando de lo que tenían
más a mano- los datos de Moisés y de David sabían de Su Valor, de su liderazgo,
de su Poder -recibido de lo Alto- en fin, que colmaría todas las expectativas.
Tenían que “anunciar” una Esperanza Magnifica, que, de todas maneras, inclusive
para ellos, guardaba ribetes mistéricos. En todo caso y muy en concreto, sería
el Salvador de las almas.
El “Mensaje” tan contundente que ya -por ejemplo, Isaías-
visualizaba en el Siervo Sufriente, dejaba entrever una “Pasión” que
Antecedería a la Glorificación, valga decir, una Cruz que precedía la
Resurrección.
Uno de sus rasgos prominentes era que ese “Vaticinado”, no
llevaría a cabo sus Proezas para magnificar su “Nombre”, sino que su Nombre
sería magnificado en provecho nuestro. Era claro pero desbordante de Misterio,
¿Por qué iba Dios a obrar tan Altos Beneficios poniendo su propio ser en
nuestras “manos”? Tal vez, a imagen del egoísmo que tan esforzadamente hemos
aprendido, no nos cabe en la mente que Dios mismo se jugara todo por nosotros.
¿Cómo podemos acercarnos a contemplar tan esplendorosa
Zarza que Arde-sin-Quemarse? El propio Dios nos ha respondido. quitándonos las sandalias
(valga decir purificándonos) y con reverente abandono, desprendiéndonos de las
tradiciones que obnubilen nuestros sentidos impidiéndonos adentrarnos en la
“Novedad” del Mensaje.
Esa purificación nos implica en ese proceso de
perfeccionamiento que requiere la limpieza del alma, sin segundas intenciones,
libres de intereses mezquinos, totalmente dados el ejercicio del Bien como
Jesús, que se sacudió de todo y se desprendió hasta de sus últimas gotas de
sangre y agua en favor de quienes Ama, porque el amor se define así, querer
todo el bien para el amado. Y así se puede traducir, porque Jesús nos dio toda
la gramática de su Mandamiento del Amor, y se abajó, y no se “aferró” a su
Poder, sino que se abajó y se “anonadó”, arrancándose la piel, que no era la
suya, sino la que se había tejido como Manto, con los hilos de nuestra
pecaminosidad.
¿Cómo podía profeta alguno llegar el fondo de esta “tamaña
densidad”? Y hubo uno que pudo, y fue Juan, el Precursor que, al verlo,
descubrió que se trataba de “el Cordero de Dios”, que con su Sacrificio Vicario
había venido a “a quitar el pecado del mundo”.
La perícopa nos pide una capacidad de cambio y de adaptación;
no un empecinamiento con las maneras de ser y hacer y en particular con los
anhelos usuales: “como hijos obedientes, no se amolden a las aspiraciones que
tenían antes, en los días de su ignorancia”. ¿A qué ignorancia se refiere? Al tiempo en el que no habíamos podido conocer
el Rostro amoroso de Dios, ese semblante que salva graciosamente, esa
Misericordia forrada de gratuidad. Nótese que nuestra relación con Él queda
automáticamente precisada: “Como hijos obedientes”, porque él asumirá con
integridad su rol de Padre.
Llamados por Dios a ser santos, pero no una santidad abstracta, sino definida y trasparentada en el ejercicio de una bondad para nada egoísta, sino generosa, de ninguna manera “en beneficio propio”, sino buscando siempre el bien de los demás.
Sal 98(97), 1bcde. 2-3ab. 3c-4
Al agradecer (Eucaristía) todas las Maravillas obradas por
el Señor a favor nuestro, requerimos ampliar nuestra camisa, y evidentemente ya
no podemos seguir usando la que tuvimos de bebés.
No podemos figurarnos que ese “en favor de la Casa de
Israel” consiste en un “cheque en blanco” para que podamos pisotear a nuestros
semejantes y hacer del resto de la humanidad un cajón para alzar los pies y que
ellos nos los sostengan mientras reposamos muellemente, algunos otros tendrán
la misión de abanicarnos, mientras los demás nos tributen pleitesía, llenen
nuestras copas y batan palmas para encomiarnos.
Bueno, y preguntaran algunos, si no es así: ¿cuál es,
entonces, el “privilegio” que habremos de recibir en calidad de “pueblo
escogido”? Y en el salmo se nos responde: dar a conocer su Salvación, difundir
la Noticia, dar la Buena Noticia. “La justicia para todas las naciones”.
La corona de laureles, que ya ciñe nuestras sienes, es haber cumplido la tarea de lograr que en toda la tierra resuene Su Santo Nombre: proponerlo a toda la humanidad, para que todos, en glorioso coro y con Celestial armonía, aclamemos al Señor.
No se trata de una ovación multitudinaria, se trata de una
vida que despliegue la fidelidad a sus Mandatos, una manera de vivir que
signifique que hemos abierto nuestra existencia para vivir aquí, como se vive
en el Cielo, la Voluntad Divina (como lo oramos en el Padre Nuestro).
No consiste en gritar y vitorear, en reflectores y
parlantes y cámaras de humo y luces cambiantes y estroboscópicas; sino en
aprender a vivir una vida, de tal manera que sea un “Cantico Nuevo”. Esa vida
será el reconocimiento de que Su Reinado se ha llevado a término en nuestro
corazón y hasta los confines de la tierra llegue “Todo Su Honor y Toda Su
Gloria, y Toda Su Majestad”
Mc 10, 18-31
Está la imagen zen de la tasilla llena de té donde el
maestro sigue sirviendo, a pesar de -ya estar llena- no puede contener más y lo
que se sirva en ella, sólo se derramará. Siempre hay que soltar algo, para que
podemos recibir algo más o algo nuevo. Para dar el siguiente paso, es necesario
vaciarnos (kénosis) y así, darle cabida a “la nueva bebida” en la tasita de té.
Hay dos modos de recibir: de inmediato, algo que sustituya lo anterior; pero, la otra manera, es recibir en el futuro, en el esjatón: hay que cambiar algo en nuestro hoy que nos abra a lo nuevo que recibiremos en la “edad futura”, a la que solemos llamar “Vida Eterna”, y con esa fórmula pasamos a un “concepto” esencial de nuestra fe: la muerte no es el fin, tras la muerte viene, por fin, el desplegarse de las alas de la “mariposa”: ¡Ah dulce metamorfosis que nos sobrevendrá!
¿Entraña acaso, eso, el descuido de la realidad por la que
transitamos aquí? ¿Visualizamos esta vida como el patio donde Dios manda a
jugar a sus “niños”, mientras Él acaba de hacer algún “oficio muy serio” para
que no lo distraigamos, para que no lo perturbemos? Nosotros lo vemos distinto,
en otra parte lo hemos dicho: estamos en el “Campo de Entrenamiento”. El
espacio donde “el deportista” ensaya, despliega y cultiva sus potenciales para
alcanzar su mayor realización a la hora del “torneo”.
¿Cómo podemos ganar la Vida eterna? ¿Qué relación hay entre
la vida provisional que vivimos aquí y la que viviremos en las Moradas del
Señor? Pero, hoy se nos entrega una verdadera paradoja: ¿cómo es posible que
los primeros se vuelvan últimos y los últimos se hagan primeros? ¿No es esa una
injusticia supremamente injusta?
Si verdaderamente a los que llegan a trabajar a las 5:00 de
la tarde les pagarán igual que a los que madrugaron, sinceramente ¡prefiero no
ir a trabajar a ninguna hora, que de todas maneras me llegará el sobre con la
paga a domicilio!
Claro que quienes lleguen muy temprano obtendrán la paga
para suplir todos sus gastos personales y claro que Dios no se va a conformar
con darles a los que llegaron tarde, sólo un mendrugo, (recordemos que ellos no
salieron a trabajar tarde, no pudieron empezar antes porque se les había negado
la oportunidad de tener trabajo en algún cultivo; porque no se les había “contratado”)
(Cfr. Mt 20, 1-23).
Todos recibirán lo suficiente y lo necesario. Porque el
Señor es Bueno y Generoso. Y aquellos que lo han abandonado todo para seguirLo,
con el sólo hecho de haber estado con Él toda la Jornada ya han recibido el más
anhelado jornal, una paga tan abundante, tan generosa, ¡una medida rebosante!:
Aprender el Milagro de llevarles a otros el Verdadero Pan del Cielo, que no el
que nos dio Moisés, sino el que nos da el Padre.
Queremos recibir un tazón de oro lleno de las monedas más
valiosas, y no vemos que gozamos la Amistad con el Rey de Reyes, con el Señor
de Señores. Aprendamos la lección de María (la hermana de Marta y de Lázaro) y
embriaguémonos en las delicias de estar toda la jornada, sentados a sus pies,
oyéndolo.
Los que llegan primero y no saben escuchar, aun cuando
estén toda la jornada con Él, serán como los últimos, porque con los oídos
sordos de su corazón, nada oyen; pero los que llegaron últimos, estarán tan
compenetrados con sus enseñanzas por la intensidad de su escucha que aun
habiendo sido “contratados” tarde, recibirán la moneda con “mayor poder adquisitivo”.
Atesoremos su palabra y el dulce sonido de su Voz y de su Manera de Enseñar.
Solo valorando aquí, en los “campos de entrenamiento” el significado de la Amistad con Dios, podremos pasar al Banquete del Esjatón y reclinar en Su Pecho la cabeza, como lo hiciera el Discípulo Amado, precisamente porque al estar escuchándolo tendremos para nosotros la perla perfecta engastada en el alma.





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