Hch 1, 15-17. 20-26
Precisamos entender bien la expresión “estaba escrito” porque
a primera vista puede entenderse como una fatalidad, y si la vida del ser
humano está sometida a la fatalidad, este pierde su libertad, porque ya todo
estaría predeterminado y el hombre estaría “programado” para inexorablemente
cumplir su predestinación. En cambio, podemos captarlo como unos nodos
inevitables por los que pasa la economía de la Salvación, a los que el sujeto
no está sometido, sino el decurso del Plan soteriológico que diseñó Dios desde
siempre independiente de la opción humana sobre cada momento de su historia
personal. Sea cuál sea la elección humana, la vena del tiempo pasará por los
nodos, esos nodos garantizan que la voluntad de Dios se cumple y que su
Economía Salvífica ¡es!
En uno de los nodos estaba previsto que Judas Iscariote sería
reemplazado, y “otro ocuparía su lugar”. Ese nodo tiene la coordenada 12 como
cardinalidad inexorable, como se ha dicho, el número de la “elección”. Se
postulan personas idóneas -que cumplan claramente los requisitos-, paro se
busca la manera que nuestra voluntad decisoria quede bloqueada y, en último
término sea Dios quien se exprese por medio de la aleatoriedad.
La actuación del hombre en la historia, la modulación del
hombre que el albedrío humano maneja, pide que el elegido sea candidatizado por
nosotros; pero -poniéndose en las Manos de Dios- para que Él señale por donde
debe circular el nodo histórico, es la manera aquiescente con la que, en suma,
decimos ¡Hágase Señor tu Voluntad!
Es silenciar nuestra “rebeldía” para dar acogida a lo que Su
Voz quiera Hablar. Algo así como si Dios dijera: “Paraos en la cabeza, si eso
os place”, y nosotros poniéndonos en Su Escucha, le respondiéramos: “¡No Señor!
dinos cómo quieres que estemos, ¡de pie? o ¿sentados? ¡Es dejarnos llevar de la
Mano, y rehusar al correteo “autónomo”!
¿Dónde está la idoneidad aquí? En que Matías había conocido a
Jesús, había estado con Él y sus discípulos, según todo indica, perteneció al
equipo de los 70 o 72 de circuito ampliado de discípulos que Él mismo
envió.
Aparece, y nunca antes había sucedido, la designación de
“hermanos” para aludir a los miembros de la Comunidad cristiana. Dejarse guiar
de la Mano es lo que hace de alguien “hijo”. Y si todos guiados por la misma
Mano, todos hermanos.
Cuando hablamos de la tradición, podemos clasificarla en
tradición mayor y tradición menor. En la mayor estarían aquellos que lo oyeron
de viva voz, que lo acompañaron, que fueron instruido personalmente por Jesús.
A este muy selecto grupo de la tradición mayor lo distinguiremos señalándolos
con la T mayúscula: Matías era miembro de la Tradición. El nombre Matías
proviene de Mattatyah
o Mattityahu y se traduciría “Don
de Yahweh”, como diríamos nosotros -muy coloquialmente- “un regalo del Cielo”.
Para esta designación, de alguna manera análoga a la de
nombrar Sanedrín (la Corte Suprema de la ley judía cuya misión era administrar
justicia interpretando y aplicando la Torah. Competente en temas tanto
religiosos como penales y también civiles), se requería un mínimo de 120
personas (10 por cada tribu, pero no se contaba que fueran de diversas tribus,
sino que el quorum mínimo para validar la elección era ese número); Lucas,
nuestro hagiógrafo de turno, nos muestra que la elección de Matías se hizo
respetando los cánones de una Asamblea Judía regular con ἑκατὸν εἴκοσι [ekatón eicosi] “120”
personas que estaban allí congregadas.
-Ya en el verso 15 del capítulo primero de los Hechos-,
encontramos la designación: ἀδελφῶν [adelfón] “hermanos”. Nos parece importante resaltar que los medios hermanos
también entraban -sin discriminación- en esta categoría.
Según la tradición popular, Matías predicó el Evangelio en Judea, en Etiopía, en Colchis (Georgia), cerca al Mar Negro -conocido como Ponto Euxino- región donde se afirma que murió crucificado.
Sal 113(112), 1-2. 3-4. 5-6. 7-8
En el Seder de Pesaj (cena Pascual Judía), después de servir
la Segunda Copa se daba inicio al Canto del Hallel egipcio, que empieza con el
Salmo 113 y se continuaba con los siguientes Salmos hasta el 118 inclusive. Estos
seis Salmos conforman el Gran Hallel (también se pronuncia Halhel). Es un Salmo
Pascual, también recitado en Pentecostés y en la Fiesta de las Chozas (Sucot).
Este entonar de la serie de los salmos va hasta la Cuarta Copa.
Nosotros hoy tenemos cuatro estrofas, configuradas con 8 versículos.
En la primera, Se nos convida a Alabar: El Santo Nombre de
Dios, y que continúe esa Alabanza por los siglos de los siglos.
Durante todo el día, nos indica la segunda estrofa; el Señor
se eleva, envuelto en Su Gloria hasta Su Morada Eterna (Alusión muy explícita
-prácticamente profética- a la Ascensión del Señor).
Pero, así como Se Eleva, El Señor también se sigue Abajando. Se
va, pero vuelve, y no siglos después, sino que de inmediato suple su Presencia
con el Santo Espíritu Paráclito, para
llenarlo todo con su Presencia.
Y viene la declaratoria de su Amor Preferencial:
-al desvalido
-al pobre
A ellos los alza para ponerlos a la altura de los נְדִיבֵ֥י [nadibin] “príncipes”, “gobernadores”, “capitanes”
del pueblo.
Jn 15, 9-17
Con la
misma parresia de Pablo y Bernabé, queremos anunciar el Evangelio a nuestros
jóvenes para que encuentren a Cristo y se conviertan en constructores de un
mundo más fraterno. En este sentido, quisiera reflexionar con ustedes sobre
nuestra vocación.
Papa
Francisco
“… el Espíritu de Dios, la savia, el que permite a cada
miembro percibir e intuir las necesidades concretas de la comunidad, de cada
persona, y entrar en la lucha por la vida. Una lucha que supone un riesgo de
vida. Y sólo aceptamos correr ese riesgo cuando amamos. Por tanto, la comunidad
de Juan trata de mantener vivo el amor, el único mandamiento de Jesús para la
comunidad”. (Centro Bíblico Verbo)
Para nosotros cobra muy especial realce el verbo con el cual Jesús nos envía al ejercicio del amor reciproco. ¿Con qué verbo lo hace? ἀγαπᾶτε ἀλλήλους, καθὼς ἠγάπησα ὑμᾶς ἵνα καὶ ὑμεῖς ἀγαπᾶτε ἀλλήλους. [agapate allelous kathos egapesa umas ina kai umeis agapate allelous]. El verbo es ἀγαπάω [agapao] que significa dirigir el amor con total obediencia a lo que Dios disponga. Es un amor teologal. Su empuje nos lleva a cumplirlo al estilo de Jesús. ¿Cómo es ese estilo? Es un estilo totalmente desinteresado. No espera ninguna gratificación. No busca ninguna propina. No se hace por pago contra entrega. Su único móvil es que el otro esté bien, que se beneficie de esa donación. Que lo preserve de todo mal y de todo daño. Es un amor que tutela, pero que no exige nada. ¡Es total donación! ¡Es absolutamente gratuito!
El amor ágape significa que la persona que lo da es movida
por el mismísimo soplo del Espíritu Santo. Pero tiene la suficiente
inteligencia para discernir que busca el bienestar del destinatario, no el
bienestar subjetivo de quien da, sino la urgencia de quien recibe. No cree que
como a mí me gustan las uvas, al otro le gustaran también; sino que indaga, qué
frutilla le complace a su prójimo. El amor-agape tiene un sesgo muy preciso, es
“oblativo” -como lo vio Papa Benedicto XVI- «superando
el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior (la del amor
erótico). Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no
se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía
más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al
sacrificio, más aún, lo busca».
La palabra oblativo proviene del latín oblatus "ofrecido" o "presentado
en sacrificio”, hunde su antecedente en la palabra offerre que es lo que hace quien lleva una
donación al Altar Sacrificial: Llevarlo y ponérselo en frente a la deidad.
Nos
hallamos ante el tema de la “permanencia”, valga decir, la fidelidad en el
seguimiento. Esa fidelidad es una perseverancia en el Amor, también en el
“dejarse amar”.
Añadiremos
aun otra cita de Papa Benedicto que nos trasporta del Amor-Ágape a la
Eucaristía: “El gran escritor
cristiano Tertuliano († después de 220), cuenta cómo la solicitud de los
cristianos por los necesitados de cualquier tipo suscitaba el asombro de los
paganos. Y cuando Ignacio de Antioquía († ca. 117) llamaba a la Iglesia de Roma
como la que «preside en la caridad (agapé)», se puede pensar que con
esta definición quería expresar de algún modo también la actividad caritativa
concreta”.
Se
da un enlace luminoso, se especifica que permanecer en el amor no es alguna
idea vaga, general, abstracta, algo que hay que hacer, pero no se sabe qué es.
Jesús lo dice con todas las letras: Significa permanecer en el cumplimiento de
sus Mandamientos (que no se han de reducir a las Tablas Mosáicas). ¡Claro que
hay que guardar los Diez Mandamientos! pero hay que profundizar en sus otros
Mandamientos, expresados, por ejemplo, en el Sermón del Monte, en las
Bienaventuranzas, en sus parábolas en la tarea de edificar el Reino, pero
específicamente en su Mandamiento: el Mandamiento del Amor.
Así
lo dice y así nos lo recuerda hoy: Que nos amamos unos a otros como Él nos ha
amado. ¿Cómo nos ha amado? ¡Llegando al límite de “entregar su vida entera por
nosotros”! Así se constituyó en Amigo nuestro y así probó, más allá de toda
duda que somos sus Amigos.
¿Cómo
se ha edificado esa Amistad? Revelándonos y compartiéndonos todo cuanto su
Padre le ha Revelado. No acaparó con egoísmo, ¡me lo dio mi papá luego tengo
derecho a quedármelo! ¡Él no es así! Sus manos son como un “canal”, sólo sirven
para dirigir la donación de Manos del Padre a nuestras manos.
¡Él
nos ha elegido! No hay que andar por ahí desesperado tratando de adquirir su
Amistad. Tras su amistad está la Gratuidad del Don. El Don no se puede vender
ni comprar. Si pudiera comercializarse no sería Don, sería “meretricio”, falso
amor -en búsqueda de lucro- por puro interés económico. Como cuando le prendo
una vela para comprometerlo a que cumpla mis deseos.
La amistad que es Don Suyo, no propone la entrega de “poderes”, pero conlleva el Poder máximo, la capacidad de donarse en gratuidad. No se puede ser más poderoso que dando la vida por Amor. Cualquier otro poder es alucinación, es seducción demoniaca.





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