miércoles, 27 de mayo de 2026

JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE

 


Gn 22, 9-18

Juro por mí mismo, oráculo del Señor por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa”

Dios ha contraído una lealtad con sus criaturas, ha asumido frente a ellas el rol de Padre. Abrahán nos presenta un paralelismo, él tiene a su cargo desempeñar el rol de padre con Isaac. Pero, Abrahán como criatura, tiene otra fidelidad que podemos precipitarnos excesivamente a declarar mayor: una fidelidad hacia Dios, de cumplir todo, absolutamente todo lo que Él le pida o le mande, porque como padre-en-la-fe tiene que cumplir -con lujo de detalles- aquello de amar a Dios sobre todas las cosas, inclusive por encima de la vida y supervivencia de su propio hijo. Así que dios le pide que le dé lo que más ama: ¡la vida de su único hijo! ¿a ver? ¿Quién, en uso de sus facultades, tomará de la mano a su hijo y lo llevará al Monte Moria para ofrendarlo?

 

¿Qué hizo Abrahán? Pues ni corto ni perezoso, ¡cogió todo lo necesario para un sacrificio, y puso manos y pies a la obra! Camine a ver para el monte Moria. Nosotros nos imaginamos un jovencito, un niño… Los exegetas nos corrigen: si podía cargar la leña para el sacrificio tenía que ser ya un joven crecidito… Los estudiosos le han calculado alrededor de 30 años…

 

Bueno, ustedes ya saben lo que pasó. Dios, a última hora mando al ángel a detenerle la mano y le dio, a cambio, un carnero que estaba trabado por la cornamenta entre los matorrales. “Cambiemos de víctima; ofréndame mejor ese carnero”.

 

El filósofo danés, Søren Kierkegaard, nos enfrenta a una triple perspectiva:

- ¿Cuál sería la relación en lo sucesivo del padre y el hijo? ¿Podría, aquel jovenzuelo, alguna vez, dejar de ver en aquel hombre a su dispuesto asesino?

- ¿Cómo visualizaría Sara, la mamá, a su marido, el que había estado a punto de cegar la vida del hijo de sus entrañas?

- ¿Pudo alguna vez Abrahán perdonarse a sí mismo que no había vacilado por un instante ante la perspectiva de apuñalar al hijo que el mismo Dios le había regalado ya en sus años de vejez?

 

Si leemos la página con un mínimo de seriedad, no podemos acallar estos interrogantes sin pasar nosotros mismos por el doloroso rio de lava que seguramente vivieron los tres: Isaac, Sara y el propio Abrahán.

 

Y -tendríamos que añadir las espinas de otro corazón atribulado- ¿Qué tuvo Dios en su Mente cuando envió a Jesús al Calvario y lo obligó a apurar la copa, todo por redimirnos?

La perícopa concluye en el verso 19 -que no lo leemos-  nos informa que el papá, el hijo y los dos esclavos, se fueron después a באר שבע [Beer sheva] que se puede traducir como “el pozo del Juramento” o “el pozo de los siete”.

 

Sal 40(39), 6-7. 8-9. 10. 11

Estamos ante un Salmo de Acción de Gracias, domina el propósito de ser agradecido. Acompaña esa gratitud una especie de asombro. El Salmista no logra entender adecuadamente, cómo ha sido posible que Dios haya obrado con tanta Bondad. El Plan de Salvación implica toda una sucesión de Generosidades, que nadie, absolutamente nadie se habría comprometido. Salta como un resorte totalmente comprimido la palabra “Misericordioso”. Si tratáramos de enumerar los favores recibidos, son tantos y tan incontables, que ni nos acordamos, sólo podemos resumir diciendo ¡Cómo hemos salido favorecidos siempre y al final de cuentas?

 

Hay otra idea, y esta, está en el corazón de la perícopa proclamada, tanto es así que, se convirtió en el responsorio:  En la tercera estrofa, se nos lleva a reflexionar ¿qué pasa cuando la Ley que Dios ha puesto la consideramos ajena, algo impuesto desde el exterior?; y, ¿qué pasa cuando la Ley es tan propia que es como un hijo nuestro, o como uno de nuestros órganos, y todavía más, un órgano vital. Aquí la Ley habita nuestras propias entrañas: Por eso, es lo que le da sentido a nuestra vida. Es el norte de nuestro ser, cumplir con el “querer” de Dios no es hacer los que otro quiere, es ¡hacer lo que nos hace ser lo que somos!

Otra declaración es que Dios no quiere sacrificios ni ofrendas. Ah, Dios ha cambiado de opinión, ahora pide otra cosa distinta de la que pedía ayer. ¡Nada de eso! Revisando en los profetas, vemos que nunca ha querido que se le maten animalitos, Él lo ha aceptado, como al tierno infante se le acepta un matachín hecho con dos rayas; pero conforme el hijo crece, se le exige más, y con calidad. En la infancia de la humanidad nos tuvo paciencia y se recreaba con nuestros torpes dibujos. Ahora, espera que nuestro talento haya madurado: Que seamos capaces de hacer su Voluntad.

 

El Mesías, no vino a gobernar con cetro de hierro, ha venido a “comunicarnos” la Palabra de su Padre. Él mismo es la Palabra. Al abrir sus labios, cada epifanía ha sido para deslumbrarnos con su Misericordia Inefable.

 

 Mt 26, 36-42

¿Cuáles fueron los preparativos, -los momentos previos al interrumpido sacrificio de Isaac?

“A la madrugada del día siguiente, ensilló su asno, tomó consigo a dos de sus servidores y a su hijo Isaac, y después de cortar la leña para el holocausto, se dirigió hacia el lugar que Dios le había indicado.

 


Al tercer día, alzando los ojos, divisó el lugar desde lejos, y dijo a sus servidores: "Quédense aquí con el asno, mientras yo y el muchacho seguimos adelante. Daremos culto a Dios, y después volveremos a reunirnos con ustedes". (Gn 22, 3-5).

 

Ahora comparemos los prolegómenos en el caso de Jesús:

 

“Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.» Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir λυπέω [lypeo] “tristeza”, “tan triste que al borde del llanto” y ἀδημονέω [ademoneo] “angustia”, “profunda depresión”. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.» Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo?". (Mt 26, 36-40).

 

No tenemos noticia sobre cuáles serían los sentimientos de Isaac; aquí por el contrario sabemos que, a Jesús, en aquella hora previa, la tristeza lo estaba matando. Conviene entender la fuerza simbólica del nombre del lugar donde Jesús hizo consciencia de la “hora pavorosa” que se le venía encima. El lugar se llama Getsemaní; esta palabra viene del arameo, Gath-Šmânê, en hebreo se llama Gat Shemanim, se traduciría por “prensa del aceite”. Para liberar el aceite de la aceituna, se le somete a prensado, con enorme presión se destripa, y ella va dejando manar su oleo. Pues Jesús, allí, estaba sufriendo esa terrible presión. Es la Pasión. La pasión puede ser por el trago, por un deporte, por un vicio, podemos elegir entre diversas pasiones: Jesús nos eligió como motivo de su Pasión, se apasionó por nosotros: fue una Pasión que su Padre le inculcó, Él e la enseñó.

 

Lo que Jesús nunca negó fue su filiación. Esta Pasión es la del Hijo que no niega a su Padre. A este Hijo el Padre le ha encomendado el rebaño, y Él no cede, los defiende de leones, tigres, lobos y osos. Pero los discípulos no pueden vencer el sueño una y otra vez Jesús los despierta, se supone que ellos están allí para testimoniar frente “a los que creerán”, así como ellos mismos lo habían visto “transfigurarse”; ahora están llamados a ver como es victimizado hasta la “desfiguración”. Lo primero fue pintoresco, lo de ahora es insoportable.

 

Tenemos que darnos cuenta que Jesús no buscó este dolor. Tampoco nos podemos inventar que el Padre era algún tipo de sádico que buscó el dolor de su hijo para saborear en su paladar el degusto de la venganza, haciendo padecer al inocente. ¡No! ¡Dios-Padre no es ninguna clase de torturador!

 

Miremos nuestras propias manos y descubramos si hay en ellas gotas de sangre del Crucificado. Qué genes compartimos con Judas Iscariote.


Jesucristo es Sacerdote porque entró en el Sancta Sanctorum llevando su sangre -extraída a fuerza de prensa- para derramarla -como lo hemos repetido varias veces- sobre el כַּפֹּרֶת

[Kapporet] (se traduce literalmente "cubierta" o "tapa". Históricamente hablando, era la tapa de oro macizo, flanqueada por dos Querubines, también de oro macizo, que cubría el Arca de la Alianza en el antiguo Mishkán “Tabernáculo judío”).

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