En
este “Concilio” se han reunido los Apóstoles, los Presbíteros, y los delegados
llegados de Antioquía, -quienes traían el cuestionamiento- ¿tenían o no que
circuncidarse los paganos que ingresaban al cristianismo?
La
conclusión de la reflexión en torno al judaísmo de circuncisión, no fue algo a
la ligera, sino que se dio “después de una larga discusión”. Entonces, toma la
palabra San Pedro (será la última vez que aparezca Pedro en los Hechos) en
ejercicio de su liderazgo, haciéndoles caer en la cuenta que Dios, que conoce
lo más íntimo de los corazones, es decir, lo más interior de las personas,
avaló su entrada dándoles el “Espíritu Santo, igual que a nosotros”, sin
“distinciones”. Y San Pedro formula una pregunta que debe ser conductora de
nuestra interpretación -a la vez, que clave- para entender cuál era el
problema: “¿Por qué ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el
cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos
podido soportar? Al decir “tentar a Dios” quiere decir que estamos poniendo en
cuestión algo que Él ya había resuelto y determinado; estamos contradiciéndolo,
y -de hecho, al obrar de esa manera- estamos queriendo poner talanqueras y
“aduanas” (como decía Papa Francisco) para dificultar, para obstaculizar la
pertenencia a la Iglesia. Y Pedro continua, resaltando que lo que Salva es la
Gracia del Señor Jesús.
En
un segundo momento, la perícopa nos trae la participación de Pablo y Bernabé,
que relatan los “signos y prodigios” que Dios les regaló a los gentiles
dándoles la bienvenida al seno de aquellas comunidades.
Viene,
a continuación, la intervención de Santiago, y hace un midrash que se
apoya en (Amos 9, 11s); señalando que el vaticinio apuntaba en la dirección de
dar acceso a todos los gentiles, y de ahí, él deriva que no se debe molestar a
los gentiles. Pero no se deja ahí el asunto, no vaya a parecer que cada cual
podrá hacer como se le ocurra y caer en una instancia de anomía, sino que
estipula tres reglas que disciplinarán la conducta de estos “convertidos”, y
que se pondrán por escrito en una carta a la que posteriormente el Libro de Hechos
denomina “δόγματα [dogmata] “decretos dados por los Apóstoles y
presbíteros de Jerusalén” (16, 4), a saber:
1) Abstenerse de la
contaminación de los ídolos, o sea, comprar y comer la carne de animales
sacrificados a los ídolos.
2) Obstruir las
uniones ilegitimas, valga decir, entre parientes.
3) Y el consumo de
carne de animales que hubieran sido estrangulados, tanto como el consumo de
sangre.
Todo
esto, está en le orbita de la ley mosaica, como lo comenta el mismo Santiago en
el último verso de la perícopa. Ya mañana tendremos oportunidad de comentar el
decreto y los recursos puestos en marcha para divulgar las conclusiones del que
se ha dado en llamar “Concilio de Jerusalén”.
Esto
condujo a una definición de la identidad eclesial y un claro posicionamiento
respecto del judaísmo y las tendencias remanentes al interior de las
comunidades. Se procuró impedir que -personas sin autoridad legítima- que no
habían sido comisionadas por Dios ni tenían mandato alguno, impusieran
“molestias” -so capa de tradicionalismo- a los paganos convertidos al
cristianismo.
Sin embargo, algo que comprobamos en nuestras propias comunidades es que la pertinacia no se vacuna con δόγματα, así estos dimanen del Vaticano.
Sal
96(95), 1-2a. 2b-3. 10
Estamos
ante un Salmo del Reino. En el exilio Babilónico, los judíos pudieron
presenciar los rituales de entronización que hacían para Marduk el dios nacional,
y no podían haber quedado más que impresionados; una vez regresaron ellos la
adaptaron, en una procesión escoltaban a YHWH en su arca, aun cuando hubiera
desaparecido, hasta el Sancta Sanctorum donde era “instalado”-estamos hablando
de un ritual de entronización.
-La
procesión y la instalación era acompañada con canticos, a lo que se refiere la
primera estrofa.
-La
segunda estrofa destaca un carácter propagandístico -muy propio de la fe judía-
que llama a “contarle” a todo el mundo las maravillas que ha hecho el Señor.
-En
la tercera estrofa se declara le realeza de YHWH por dos razones:
a) Creo y puso todo en su lugar, y
b) gobierna a los pueblos con leyes de
Justicia.
-El
responsorio nos exhorta a contar las maravillas de Dios a todos los pueblos de
la tierra.
Este impulso propagandístico es lo que para nosotros constituye la “Misión”. Nosotros -como nos propuso Aparecida- somos discípulos-misioneros; no una cosa solamente, sino ambas: בַּשְּׂר֥וּ מִיֹּֽום־לְ֝יֹ֗ום יְשׁוּעָתֹֽו׃ [basseru miyoum leyoum ye su atow] “proclamad día tras día su Victoria”. Nuestra misión es de proclamación y esta proclamación es lo que llamamos Evangelización, para que nuestros pueblos en Él tengan vida» (Jn 14,6)
Jn
15, 9-11
Continuamos
donde lo dejamos ayer. Decíamos que en este capítulo la médula es la
permanencia: encontramos 15 veces la palabra “permanecer”; hoy vamos a examinar
tres de ellas.
Μείνατε [meinate] que es el aoristo, imperativo activo en segunda persona del plural, “permanezcan”, viene del verbo μένω [meno] “permanecer”. Este permanecer cobra tres ejes: amor, mandamientos, alegría. No se trata de permanecer quien sabe en qué. No se trata de inventar unos frutos “raros” que hay que dar para que nuestro fruto sea abundante; tampoco se trata de la “abundancia” en general. Tenemos que dar frutos y permanecer en estos tres ejes. ¡Repitámoslos! Amor, Mandamientos, Alegría.
Se trata de estudiar la fisiología del amor en el organismo
del Cuerpo Místico de Cristo: el Amor aparece aquí como la sangre que corre por
todo el organismo el Amor Divino-humano. Es esta savia vital la que “unifica”,
Dios generó el Amor hacia su Hijo, aquí ha de traducirse Amor ´por Espíritu
Santo, y en esa “circulación” amorosa se hizo extensivo a nosotros el
Amor. ¿Por qué hay que permanecer en el
Amor? Porque el Padre ama a Jesús y Jesús, con carácter transitivo, nos
transmite ese amor a nosotros. Ellos no acaparan el Amor como exclusiva
“pertenencia” -lo que sería una cosificación del Amor- en ese punto hay que
comprender que el Amor tiene la tendencia al crecimiento. El Amor -y esto no
nos podemos cansar de repetirlo-, tiene la propiedad de crecer cuando se da.
Normalmente, lo que se da se va agotando hasta que se agota, pero la lógica
Divina del Amor hace lo contrario, más se da, más se tiene. Ese crecimiento es
incontenible.
Por qué hay que guardar los Mandamientos, porque -ya nos lo
había dicho- sólo guardando los Mandamientos damos fe de nuestro Amor. Amor a
Dios que se separe de los Mandamientos, es cualquier cosa, menos Amor. Jesús ha
guardado sus mandamientos, en consecuencia, permanece en su Amor (en el del
Padre). Y por eso Jesús es para nosotros la fuente de la que mana el Amor.
Tenemos que reconocer, en este momento de la reflexión, que el pecado, bloquea
y anula el fluir del Amor -o sea, atenta contra el Hijo, porque lo inmoviliza-
donde Él quiere ser fuente, nosotros producimos “sequia”. A esta sequía es la
que llamamos “pecado”: El pecado es la cesación del fluido normal del Amor en
el Organismo Divino-humano.
¿Podría haberse callado esto Jesús y no hablar de ello? ¡No!
Porque entonces no tendríamos bases para fundamentar nuestra alegría, y mucho
menos podríamos tener Alegría; y, llegado el caso que disfrutáramos de alegría,
sería una “falsa alegría”, una falsificación de la alegría; no sería la Alegría
con Mayúscula, la “plenitud de la Alegría”. Sería pura entretención. Como lo
dice la perícopa: Dios amo al Hijo y el Hijo viabilizó la circulación del Amor
hacia nosotros- constituyéndonos en hijos-de-adopción. El incumplimiento de sus
mandamientos, es la ruptura del Amor que se nos pide tenernos: el Amor
projimal. Que no es Amor nacido de nosotros, sino comunicado fontalmente por
Jesús, del que Él ha recibido del Padre.
La salud de este Organismo estriba en el normal fluir del amor Divino hacia nosotros. Eso hace manar el gozo en el Sacratísimo Corazón de Jesús. Estar unidos al Sarmiento, dar frutos generosos y abundantes, permanecer en Jesús implica Amar en el Amor de Jesús: guardar los Mandamientos, es algo inapelable, es parte de la disciplina de nuestra fe, de una vida saludable en Jesucristo; y, disfrutar de la Alegría de ser y permanecer en Él, es una plenitud que sólo en Jesús podemos alcanzar. Permanezcamos, pues, en su Amor y en la Ternura de su Ley, que es la misma cosa, dicha en otras palabras, dejemos que ese amor cunda omnidireccionalmente, para que así Él sea Todo en todos (Cfr. 1Cor 15, 28).





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