miércoles, 6 de mayo de 2026

Jueves de la Quinta Semana de Pascua

Hch 15, 7-21

En este “Concilio” se han reunido los Apóstoles, los Presbíteros, y los delegados llegados de Antioquía, -quienes traían el cuestionamiento- ¿tenían o no que circuncidarse los paganos que ingresaban al cristianismo?

 

La conclusión de la reflexión en torno al judaísmo de circuncisión, no fue algo a la ligera, sino que se dio “después de una larga discusión”. Entonces, toma la palabra San Pedro (será la última vez que aparezca Pedro en los Hechos) en ejercicio de su liderazgo, haciéndoles caer en la cuenta que Dios, que conoce lo más íntimo de los corazones, es decir, lo más interior de las personas, avaló su entrada dándoles el “Espíritu Santo, igual que a nosotros”, sin “distinciones”. Y San Pedro formula una pregunta que debe ser conductora de nuestra interpretación -a la vez, que clave- para entender cuál era el problema: “¿Por qué ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? Al decir “tentar a Dios” quiere decir que estamos poniendo en cuestión algo que Él ya había resuelto y determinado; estamos contradiciéndolo, y -de hecho, al obrar de esa manera- estamos queriendo poner talanqueras y “aduanas” (como decía Papa Francisco) para dificultar, para obstaculizar la pertenencia a la Iglesia. Y Pedro continua, resaltando que lo que Salva es la Gracia del Señor Jesús.

 

En un segundo momento, la perícopa nos trae la participación de Pablo y Bernabé, que relatan los “signos y prodigios” que Dios les regaló a los gentiles dándoles la bienvenida al seno de aquellas comunidades.

 

Viene, a continuación, la intervención de Santiago, y hace un midrash que se apoya en (Amos 9, 11s); señalando que el vaticinio apuntaba en la dirección de dar acceso a todos los gentiles, y de ahí, él deriva que no se debe molestar a los gentiles. Pero no se deja ahí el asunto, no vaya a parecer que cada cual podrá hacer como se le ocurra y caer en una instancia de anomía, sino que estipula tres reglas que disciplinarán la conducta de estos “convertidos”, y que se pondrán por escrito en una carta a la que posteriormente el Libro de Hechos denomina “δόγματα [dogmata] “decretos dados por los Apóstoles y presbíteros de Jerusalén” (16, 4), a saber:

1)    Abstenerse de la contaminación de los ídolos, o sea, comprar y comer la carne de animales sacrificados a los ídolos.

2)    Obstruir las uniones ilegitimas, valga decir, entre parientes.

3)    Y el consumo de carne de animales que hubieran sido estrangulados, tanto como el consumo de sangre.

 

Todo esto, está en le orbita de la ley mosaica, como lo comenta el mismo Santiago en el último verso de la perícopa. Ya mañana tendremos oportunidad de comentar el decreto y los recursos puestos en marcha para divulgar las conclusiones del que se ha dado en llamar “Concilio de Jerusalén”.

 

Esto condujo a una definición de la identidad eclesial y un claro posicionamiento respecto del judaísmo y las tendencias remanentes al interior de las comunidades. Se procuró impedir que -personas sin autoridad legítima- que no habían sido comisionadas por Dios ni tenían mandato alguno, impusieran “molestias” -so capa de tradicionalismo- a los paganos convertidos al cristianismo.


Sin embargo, algo que comprobamos en nuestras propias comunidades es que la pertinacia no se vacuna con δόγματα, así estos dimanen del Vaticano.

 

Sal 96(95), 1-2a. 2b-3. 10

Estamos ante un Salmo del Reino. En el exilio Babilónico, los judíos pudieron presenciar los rituales de entronización que hacían para Marduk el dios nacional, y no podían haber quedado más que impresionados; una vez regresaron ellos la adaptaron, en una procesión escoltaban a YHWH en su arca, aun cuando hubiera desaparecido, hasta el Sancta Sanctorum donde era “instalado”-estamos hablando de un ritual de entronización.

 

-La procesión y la instalación era acompañada con canticos, a lo que se refiere la primera estrofa.

-La segunda estrofa destaca un carácter propagandístico -muy propio de la fe judía- que llama a “contarle” a todo el mundo las maravillas que ha hecho el Señor.

-En la tercera estrofa se declara le realeza de YHWH por dos razones:

a) Creo y puso todo en su lugar, y

b) gobierna a los pueblos con leyes de Justicia.

-El responsorio nos exhorta a contar las maravillas de Dios a todos los pueblos de la tierra.


Este impulso propagandístico es lo que para nosotros constituye la “Misión”. Nosotros -como nos propuso Aparecida- somos discípulos-misioneros; no una cosa solamente, sino ambas: בַּשְּׂר֥וּ מִיֹּֽום־לְ֝יֹ֗ום יְשׁוּעָתֹֽו׃ [basseru miyoum leyoum ye su atow] “proclamad día tras día su Victoria”. Nuestra misión es de proclamación y esta proclamación es lo que llamamos Evangelización, para que nuestros pueblos en Él tengan vida» (Jn 14,6)

 

Jn 15, 9-11

Continuamos donde lo dejamos ayer. Decíamos que en este capítulo la médula es la permanencia: encontramos 15 veces la palabra “permanecer”; hoy vamos a examinar tres de ellas.


Μείνατε [meinate] que es el aoristo, imperativo activo en segunda persona del plural, “permanezcan”, viene del verbo μένω [meno] “permanecer”. Este permanecer cobra tres ejes: amor, mandamientos, alegría. No se trata de permanecer quien sabe en qué. No se trata de inventar unos frutos “raros” que hay que dar para que nuestro fruto sea abundante; tampoco se trata de la “abundancia” en general. Tenemos que dar frutos y permanecer en estos tres ejes. ¡Repitámoslos! Amor, Mandamientos, Alegría.

 

Se trata de estudiar la fisiología del amor en el organismo del Cuerpo Místico de Cristo: el Amor aparece aquí como la sangre que corre por todo el organismo el Amor Divino-humano. Es esta savia vital la que “unifica”, Dios generó el Amor hacia su Hijo, aquí ha de traducirse Amor ´por Espíritu Santo, y en esa “circulación” amorosa se hizo extensivo a nosotros el Amor.  ¿Por qué hay que permanecer en el Amor? Porque el Padre ama a Jesús y Jesús, con carácter transitivo, nos transmite ese amor a nosotros. Ellos no acaparan el Amor como exclusiva “pertenencia” -lo que sería una cosificación del Amor- en ese punto hay que comprender que el Amor tiene la tendencia al crecimiento. El Amor -y esto no nos podemos cansar de repetirlo-, tiene la propiedad de crecer cuando se da. Normalmente, lo que se da se va agotando hasta que se agota, pero la lógica Divina del Amor hace lo contrario, más se da, más se tiene. Ese crecimiento es incontenible.

 

Por qué hay que guardar los Mandamientos, porque -ya nos lo había dicho- sólo guardando los Mandamientos damos fe de nuestro Amor. Amor a Dios que se separe de los Mandamientos, es cualquier cosa, menos Amor. Jesús ha guardado sus mandamientos, en consecuencia, permanece en su Amor (en el del Padre). Y por eso Jesús es para nosotros la fuente de la que mana el Amor. Tenemos que reconocer, en este momento de la reflexión, que el pecado, bloquea y anula el fluir del Amor -o sea, atenta contra el Hijo, porque lo inmoviliza- donde Él quiere ser fuente, nosotros producimos “sequia”. A esta sequía es la que llamamos “pecado”: El pecado es la cesación del fluido normal del Amor en el Organismo Divino-humano.

 

¿Podría haberse callado esto Jesús y no hablar de ello? ¡No! Porque entonces no tendríamos bases para fundamentar nuestra alegría, y mucho menos podríamos tener Alegría; y, llegado el caso que disfrutáramos de alegría, sería una “falsa alegría”, una falsificación de la alegría; no sería la Alegría con Mayúscula, la “plenitud de la Alegría”. Sería pura entretención. Como lo dice la perícopa: Dios amo al Hijo y el Hijo viabilizó la circulación del Amor hacia nosotros- constituyéndonos en hijos-de-adopción. El incumplimiento de sus mandamientos, es la ruptura del Amor que se nos pide tenernos: el Amor projimal. Que no es Amor nacido de nosotros, sino comunicado fontalmente por Jesús, del que Él ha recibido del Padre.


La salud de este Organismo estriba en el normal fluir del amor Divino hacia nosotros. Eso hace manar el gozo en el Sacratísimo Corazón de Jesús. Estar unidos al Sarmiento, dar frutos generosos y abundantes, permanecer en Jesús implica Amar en el Amor de Jesús: guardar los Mandamientos, es algo inapelable, es parte de la disciplina de nuestra fe, de una vida saludable en Jesucristo; y, disfrutar de la Alegría de ser y permanecer en Él, es una plenitud que sólo en Jesús podemos alcanzar. Permanezcamos, pues, en su Amor y en la Ternura de su Ley, que es la misma cosa, dicha en otras palabras, dejemos que ese amor cunda omnidireccionalmente, para que así Él sea Todo en todos (Cfr. 1Cor 15, 28).

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