Hch
2,14a.36-41; Sal 22, 1-6; 1 Pe 2,20b-25; Jn 10,1-10
LXIII Jornada
Mundial de Oración por las Vocaciones
Hoy, la Iglesia celebra el IV domingo de Pascua, «llamado
“domingo del buen Pastor”, celebramos la LXIII Jornada Mundial de Oración por
las Vocaciones. Momento de gracia para compartir algunas reflexiones sobre la
dimensión interior de la vocación, entendida como descubrimiento del don
gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros.
Recorramos pues juntos el camino de una vida verdaderamente hermosa, que el
Pastor nos muestra.
EL CAMINO DE LA BELLEZA
En
el Evangelio de Juan, Jesús se define literalmente el ὁ ποιμὴν ὁ καλός [o
poimen o kalos] “pastor bello” (Jn 10,11). La expresión hace referencia a un
pastor perfecto, auténtico, ejemplar, en cuanto está dispuesto a dar la vida
por sus ovejas, manifestando de ese modo el amor de Dios. Es el Pastor que
cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue.
Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios
estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene,
escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: “Me fío, con Él la
vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta
belleza”. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos,
a su vez nos volvemos “bellos”; su belleza nos transfigura. Como escribe el
teólogo Pável Florenski, la ascética no hace al hombre “bueno”, sino al
hombre “bello”. El rasgo que distingue a los santos, además de
la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en
Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar
de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza». (Papa León
XIV)
El pivote de toda nuestra
existencia
La
palabra κήρυγμα kerigma
está directamente relacionada con el “primer anuncio”. Se origina en la palabra
griega keryx (plural kerykes) y alude al oficial cuya función consistía en
proclamar un anuncio, llevar un mensaje (kerigma), hacer una proclamación, ser
portador de una proclama. Los romanos los llamaban caduccatores porque
portaban un caduceo -puesto que estaban consagrados a Mercurio, mensajero de
los dioses- y jefe de oradores y pastores. Entre sus funciones estaba la de
imponer silencio para que el rey pudiera hablar o –en los juegos olímpicos-
tocar la trompeta para después poder hacer una proclamación. El heraldo recibe
la autoridad de parte de Dios para manifestar su palabra mediante el mensaje
que debe predicar y así llevar a los elegidos de Dios a la fe y al conocimiento
de la verdad (Tit 1,1) “… con la proclamación que me han encomendado, por
disposición de nuestro Salvador, Dios” (Tit 1, 3b). Pero hablamos de “primer
anuncio” porque no nos estamos refiriendo a la catequesis posterior que
profundiza y estructura la fe sino al llamamiento inicial que la suscita.
Pongámoslo en las palabras de Papa Francisco: «… lo importante de la predica es el anuncio de Jesucristo, que en teología se llama el kerigma. Y que se sintetiza en que Jesucristo es Dios, se hizo hombre para salvarnos, vivió en el mundo como cualquiera de nosotros, padeció, murió, fue sepultado y resucitó. Eso es el kerigma, el anuncio de Cristo que provoca estupor, lleva a la contemplación y a creer. Algunos creen “de primera”, como Magdalena. Otros creen luego de dudar un poco. Y otros necesitan meter el dedo en la llaga, como Tomás. Cada uno tiene su manera de llegar a creer. La fe es el encuentro con Jesucristo… Después del encuentro con Jesucristo viene la reflexión, que sería el trabajo de la catequesis. La reflexión sobre Dios, Cristo y la Iglesia, de donde se deducen luego los principios, las conductas morales religiosas, que no están en contradicción con las humanas, sino que le otorgan una mayor plenitud. Generalmente, observo en ciertas elites ilustradas cristianas una degradación de lo religioso por ausencia de una vivencia de la fe… no se le presta atención al kerigma y se pasa a la catequesis, preferentemente al área moral… relegamos el tesoro de Jesucristo vivo, el tesoro del Espíritu Santo en nuestros corazones, el tesoro de un proyecto de vida cristiana que tiene muchas otras implicaciones…»[1]
Kerigma es el caso de la predicación de Pedro en el marco del evento de Pentecostés que tenemos en la Primera Lectura de este IV Domingo de Pascua. Él hace su proclamación de Jesús denunciando cómo se le victimó crucificándolo, pero Dios lo ha acreditado: ἀποδεδειγμένον [apodedeigmenon], que proviene del verbo ἀποδείκνυμι (acreditar, manifestar, confirmar, certificar, constituir), o sea, que Dios le da a Jesús unas “cartas credenciales”, a saber, a) δυνάμεσι poder, habilidad, milagro; b) τέρασι maravillas, prodigios; y, c) σημείοις signos.
Esta argumentación es muy importante porque los prodigios que Jesús obraba no formaban parte de una campaña para captar adeptos, no era una campaña para lanzar una candidatura, no se trataba del lanzamiento de un “producto” al mercado; se trata, en realidad, de una revelación, es una manifestación de una realidad trascendente, requiere una aclaración, es algo que hace necesario un “traductor” que permita acceder a este lenguaje Divino. Es ahí donde entra en funciones el keryx, que proclama el anuncio, el mensaje (kerigma), que lleva a tomar conciencia, que guía, que “pastorea” en el sentido de conducir la percepción de esta verdad que –aunque salta a la vista- no es auto-evidente. Lo que hace Pedro es abrirles los ojos a su auditorio para que comprendan que Jesús es su Salvador y que esto Dios mismo lo ha respaldado revistiéndolo de “poderes” superiores, asombrosos, sólo posibles al mismísimo Dios: καὶ Κύριον αὐτὸν καὶ Χριστὸν ἐποίησεν ὁ Θεός Dios lo ha nombrado Señor y Mesías. Este aval de Dios Padre tiene su cúspide en la Resurrección, que es la “prueba maestra”, el sumo respaldo.
Sin
embargo, y esto también se debe acotar, el colirio que abre los ojos es la
Gracia del Espíritu Santo. No de otra manera se entiende cómo esas sencillas
palabras conmovieron tan hondamente a los escuchas que inmediatamente se
muestran tan dispuestos que dan así, súbitamente, el siguiente paso que sigue a
la aceptación, ponerse a disposición de hacer lo que se deba. Por eso
preguntan: ¿Qué tenemos que hacer?
Así se pasa de los doce, a la Comunidad eclesial, “…unas tres mil personas”. Se da el paso hacía uno de los más antiguos signos sacramentales de la Alianza: el Bautismo. Así esta Amistad y el pacto bilateral que Dios nos ofrece, encuentra un signo de su establecimiento y promesa de cumplimiento en el sacramento del bautismo. Para el hombre es compromiso de cambio, de conversión. Para Dios, es ofrecimiento de fidelidad, de permanencia, de Algo inquebrantable. Jesucristo es la Primera Palabra, será la Última (Alfa y Omega), y, es también, la Palabra Central. Es el eje del kerigma, será el núcleo de la catequesis y estará en el centro de toda nuestra vida, dándole sentido a toda ella.
Nuestro Pastor vela
Ποιμένα καὶ Ἐπίσκοπον
¿Dónde pastoreas,
Pastor Bueno? Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey. Muéstrame el
lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre,
para que yo escuche tu Voz y tu Voz me dé la Vida Eterna»
San Gregorio de Niza
Uno
de los primeros elementos que nos entrega el kerigma es el encuentro con un
Dios que cuida, protege, defiende, vela, ampara. Esas son las funciones de un
pastor (y de un Ἐπίσκοπον [episkopon] “obispo”, “supervisor”; la función es cuidar y
proteger, ¡qué coincidencia!); así que nos encontramos con Dios-Buen-Pastor y
Guarda. Reflexionando en otro momento sobre el Buen Pastor descubríamos en Él,
en su Presencia protectora, el antídoto contra toda zozobra: ¡No temáis! Ese es el Dios que nos acompaña a nosotros en
nuestro caminar, (el que con tanto esfuerzo el enemigo se empeña en robarnos,
porque ya sabemos que a ese le gusta nuestra intranquilidad, nuestra
preocupación, nuestro nerviosismo; ese hace buenas migas con nuestro corazón
desgarrado por los afanes y las angustias, medra en nuestra zozobra; nos
volvemos sus presas fáciles, es feliz cuando nos debilita con la intranquilidad
de lo que sobrevendrá); cuando todo eso debe ponerse en las manos de Dios. Si
no somos dueños ni de la caída o permanencia de nuestros cabellos pegados al
cuero cabelludo, ¿qué podremos prevenir con afanarnos? ¡Insensatos!
En cambio, si logramos aquietarnos en la paz que nos regala el Señor, ¡qué solaz!, ¡qué infinita dulzura de paz y serenidad! Comparable a la grey cuando sabe que su Pastor la cuida-y-guarda (1Pe 2, 25), que está a cargo, que vigila al lobo y sus acechanzas, que no lo dejará atacarnos, que se llevará una golpiza de su Cayado. Y no, no es inconciencia, no es irresponsabilidad; por el contrario, es comprensión clara de nuestros alcances, de nuestra fragilidad, de nuestros límites. Es, también, conciencia humilde y justiprecio de Quien-es-el-Todopoderoso. Él nos da la paz que el mundo no puede darnos y que, por el contrario, se empeña en conculcarnos.
En
cambio, nuestro Pastor nos conduce hacia prados tranquilos, su Vara y su Cayado
nos dan seguridad. Y no nos sirve una copa mezquina, por el contrario, nos
sirve la copa rebosante que es la copa de la plenitud de vida, como lo afirma
en la última frase de la perícopa del Evangelio de este día. Recordemos aquí,
en las Bodas de Caná, “seis tinajas de piedra… con una capacidad entre setenta
y cien litros…” ¿no es esto reflejo de su generosa prodigalidad?
«Como un pastor guía a su grey, Así Dios guía a su pueblo, le da confianza en el camino, por cuanto conoce sus exigencias y sus necesidades. Él sostiene nuestros pasos en el andar del tiempo, hasta que nos reúna en su reino, y entonces será una sola grey y un solo pastor (cf. Jn 10, 16), en la casa de Dios.»[2]
Bajo la más completa libertad.
¡Ah, que terrible es la
tentación de tratar de encerrar al pastor en nuestro redil, detrás de nuestra
puerta…!
Helder Câmara
Se
puede intentar construir el reino a la fuerza, por imposición, a sangre y
fuego, obligando por decreto a que se le acepte; pero ese no es el Reino que
Jesús nos propone. Jesús en el Evangelio se auto-designa como “Puerta”: Ἀμὴν ἀμὴν λέγω ὑμῖν ὅτι ἐγώ εἰμι ἡ θύρα τῶν προβάτων. Jn 10, 7b; y más adelante dice que ἐάν τις εἰσέλθῃ, σωθήσεται, καὶ εἰσελεύσεται
καὶ ἐξελεύσεται
“…quien entra por mí se
salvará; podrá entrar y salir …” (Jn 10, 9 b) y queremos enfatizar esta
posibilidad de “salir” porque nos recuerda la libertad bajo la cual se
construye el Reino que Él nos propone. Sí, podemos entrar, pero también si queremos,
podemos salir; como el “hijo prodigo”, podemos si queremos ir a pasar fatigas,
hambre e incomodidades, y podemos malgastar la herencia, y entregarnos a la
vida licenciosa, porque en la casa del Padre se vive por gusto, no porque
estemos amarrados a la pata de la cama.
Muchos han visto la lentitud con la que los corazones maduran hacía la aceptación de la propuesta de Jesucristo, muchos querrían el Reino para mañana (y nos dicen que “para mañana es tarde”) y entonces, buscan como solución a su premura, las vías impositivas dejando de lado la libertad del hombre. (No hay que confundir a estos impacientes que sufren de la enfermedad del afán; con los violentos que sólo quieren mantener el derecho a “la torta entera” y sólo cuando están embobados o les interesa, dejan caer migajas). Argumentan con tenacidad que cada minuto de tardanza es ventaja para el enemigo que no se detiene, que aprovecha esa demora para fortalecerse y nos reprochan precisamente eso que “a cada instante el enemigo se hace más fuerte”, y que el enemigo jamás estará dispuesto a renunciar a sus prebendas sino es por las vías de fuerza.
No
sabemos si lo primero que se debe responder es que “para Dios no hay
imposibles”, ¡recordémoslo bien, recordémoslo siempre! Después repetiremos, que
el Reino no se puede construir a la brava y que no se puede imponer por vías de
hecho, tiene necesidad de tomar en cuenta el albedrio del ser humano, tiene que
conquistar el corazón y ser aceptado, de otra manera siempre será como un
gusano que corroe, insatisfecho por las cadenas, estará codiciando el pasado,
reclamando las cebollas que comía en la esclavitud, cuando en Egipto arrastraba
las pesadas cadenas. Meditemos en aquello de la “jaula de oro”, pese a que sea
de oro, nada cambia respecto a ser una prisión que nos detiene el vuelo.
Dios
nos creó con esa cualidad, (cualidad que para los impacientes es un
despreciable defecto) ¡ser libres! y la construcción del Reino (del Reino
verdadero) tiene que tomar en cuenta esa variable de nuestra personalidad, no
nos podemos extirpar la libertad para poder vivir en “la jaula de oro”, que por
otra parte no tiene nada que ver con el Reinado de Dios. Sí ¡Dios es el Dios
del amor! ¿cómo podríamos gozar de un Reino donde el amor es por la fuerza?
Sería como un Pastor que trata a su rebaño a palazos como una “modalidad” de su
“cuidado”, pero ¿qué cuidado es ese? ¿Bajo qué óptica puede verse la golpiza
como Paraíso? Sólo cuando tus ojos descubran qué es el Paraíso, tendrás deseos
de entrar, y habitar en él, por años sin término.
En la estructura de esta perícopa del Evangelio según San Juan, Jesús nos habla del Buen Pastor, pero también denuncia a todos los que, amparados en su autoridad religiosa o política han obrado como “malos pastores” y se han cuidado de engordar ellos, descuidando al rebaño; los denuncia como ladrones que han entrado sólo a saquear para su propio beneficio. Por otra parte, cuando dice “…si alguno entra…” [«Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3)] está indirectamente mencionando al otro grupo de ovejas, a las ovejas díscolas, las que hacen oídos sordos y simulan que la cosa no es con ellas, las que se niegan a entrar, pero en ningún momento se insinúa que debamos hacerlas entrar a fuerza de garrote.
Responder a su Llamada
"también vosotros,
cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para
un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por
mediación de Jesucristo."
I Pe 2, 5
La vocación es un fruto
que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio
mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por
sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la
tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno.
Papa Francisco
Queremos
aquí, presentar una brevísima sinopsis -aun cuando sea apretadísima- del Mensaje del Santo Padre Francisco para la 60 Jornada
Mundial de Oración por las Vocaciones que fuera instituida por San Pablo VI en
1964, durante el Concilio Ecuménico Vaticano II. Este año les propongo -dice
Papa Francisco- reflexionar y rezar guiados por el tema “Vocación: gracia y misión”. (No obviemos que Papa León, nos
ha propuesto para esta LXIII Jornada, un documento orientador bajo el título: EL
DESCUBRIMIENTO INTERIOR DEL DON DE DIOS)
Es una ocasión
preciosa para redescubrir con asombro que la llamada del Señor es gracia, es un
don gratuito y, al mismo tiempo, es un compromiso a ponerse en camino, a salir,
para llevar el Evangelio. Estamos llamados a una fe que se haga testimonio,
que refuerce y estreche en ella el vínculo entre la vida de la gracia —a través
de los sacramentos y la comunión eclesial— y el apostolado en el mundo. Animado
por el Espíritu, el cristiano se deja interpelar por las periferias
existenciales y es sensible a los dramas humanos, teniendo siempre bien
presente que la misión es obra de Dios y no la llevamos a cabo solos, sino en
la comunión eclesial, junto con todos los hermanos y hermanas, guiados por los
pastores. Porque este es, desde siempre y para siempre, el sueño de Dios: que
vivamos con Él en comunión de amor.
Dios
nos “concibe” a su imagen y semejanza, y nos quiere hijos suyos: hemos sido
creados por el Amor, por amor y con amor, y estamos hechos para amar. Y su
iniciativa y su don gratuito esperan nuestra respuesta. La vocación es «el
entramado entre elección divina y libertad humana»[3]
Nos
descubrimos hijos e hijas amados por el mismo Padre y nos reconocemos hermanos
y hermanas entre nosotros. Santa Teresa del Niño Jesús, cuando finalmente “vio”
con claridad esta realidad, exclamó: «¡Al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi
vocación es el amor…! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia [...]. En el
corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor»[4]
Hace
cinco años, en la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, me dirigía a cada bautizado y
bautizada con estas palabras: «Tú también necesitas concebir la totalidad de tu
vida como una misión» (n. 23). Sí, porque cada uno de nosotros, sin excluir a
nadie, puede decir: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este
mundo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium,
273).
Pastor bueno, vela con
solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la Sangre de Tu Hijo
pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu Reino. Por Jesucristo
nuestro Señor.
De la Oración
Post-comunión
Queridos
hermanos y hermanas, la vocación es don y tarea, fuente de vida nueva y de
alegría verdadera. Que las iniciativas de oración y animación vinculadas a esta
Jornada puedan reforzar la sensibilidad vocacional en nuestras familias, en las
comunidades parroquiales y en las de vida consagrada, en las asociaciones y en
los movimientos eclesiales. Que el Espíritu del Señor resucitado nos quite la
apatía y nos conceda simpatía y empatía, para vivir cada día regenerados como
hijos del Dios Amor (cf. 1 Jn 4,16) y ser también nosotros fecundos en el amor;
capaces de llevar vida a todas partes, especialmente donde hay exclusión y
explotación, indigencia y muerte. Para que se dilaten los espacios del amor [5] y Dios reine cada vez más
en este mundo.
[1] Rubin, Sergio. Ambrogetti, Francesca. EL JESUITA. LA HISTORIA DE FRANCISCO EL PAPA ARGENTINO. Ed.
Vergara Grupo Zeta. Bs As. Argentina 2010 pp. 88-89
[2] De Capitani, Giorgio; Ambrosi, Olga. SALMOS DE LA TERNURA.
Ed. San Pablo. Caracas- Venezuela 1993. p. 15
[3] DOCUMENTO
FINAL DE LA XV ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS (3 al 28 de
octubre de 2018), Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional,
78.
[4]
Manuscrito B, CARTA A MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN (8 de septiembre de
1896): Obras Completas, Burgos 2006, 261.
[5] «DILATENTUR SPATIA CARITATIS»:
San Agustín, Sermo 69:
PL 5, 440.441.










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