Hch
4, 32-37
Todos los que habían
creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y
propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de
cada uno.
Hch 2, 45s
Hoy
continuamos en el capítulo 4, podríamos decir, que con su segunda mitad. Ayer tomábamos
el título que se sugería para la perícopa de ayer: “Los creyentes piden confianza
y valor”. Hoy también tenemos el título propuesto: “Todas las cosas eran de
todos”. Porque nos ayuda a entender qué es la koinonía.
Si
vamos con atención, avanzando en los Hechos de los apóstoles, descubrimos que
en los cinco primeros capítulos se presentan tres “sumarios”: 2, 42-47; 4,
32-35; 5, 12-14. Es decir, que hoy nos las vemos con el segundo “sumario”. Su
carácter de sumarios, es muy claro y desarrollado, los sumarios serían un
género bíblico donde se resume el modo de ser, los rasgos esenciales de la vida
comunitaria. Aquí se habla de cómo los cristianos compartían sus bienes. Luego,
vendrá un ejemplo que ilustra qué es esto de la koinonía, con el relato de la
generosidad de Bernabé.
El
hagiógrafo -San Lucas- nos presenta una descripción de la Comunidad- condensándola
en una fórmula: “tenían un solo corazón y una sola alma”. Era una comunidad
cuya solidaridad les había permitido alcanzar la “unanimidad”; allí donde se da
la unanimidad, se salvan de salida las discusiones, las divergencias, el
sectarismo, el grupismo. Esta unanimidad se expresaba en un carisma que borraba
todo tipo de egoísmo, y de avaricia personalista. “lo poseían todo en común”.
Supuesta esta condición de koinonía, se daban las condiciones para que “no
hubiera necesitados”. Los apóstoles eran los encargados de administrar y
enfocar la destinación de estos fondos que se recababan entre todos. La
unanimidad trasparenta la Presencia del Resucitado.
En
la actualidad hemos viralizado otro tipo de relación, ¡todos somos y todos
pensamos diferente! Si en una habitación hay cuatro personas, suponemos -como
punto de partida y base lógica- que habrá 4 posiciones discordantes. Atención a
la palabra “discordante” que significa “corazones diferentes”: que en Babel fue
llevado a su máxima potencia. Y nosotros mismos -so capa de impulsar la
“inclusión”- operamos a partir de esta misma premisa. E incurrimos, muy seguro
que por ingenuidad- en la ideología del “individualismo”, estimulando lo que
constituye la razón de ser del único-enemigo: “la división”. Se produce un
paulatino alejamiento de la fe, y una progresiva eliminación de nuestra “imagen
y semejanza”. ¡Cuán democráticos somos!
La
perícopa de hoy concluye señalando el ejemplo de un levita. Los levitas, pertenecientes
a la tribu de Leví, no poseían tierras propias en Israel, esta tribu había sido
delegada al culto, desempeñaban unas funciones en el Templo que los hacen
asimilables, en cierto sentido, a los sacristanes, y en otro sentido a los
monaguillos; encargándose de la música, la custodia, el transporte del arca y
la enseñanza de la ley. Los levitas actuaban como asistentes de los sacerdotes,
que tenían que ser del linaje Aaronico. El primer sumo sacerdote fue Aarón,
hermano de Moisés. Sus hijos y sus descendientes heredaron el servicio como sumos
sacerdotes de la nación de Israel (Éxodo 29). Solamente el sumo sacerdote tenía
autorización para entrar en el Lugar Santísimo en el tabernáculo del Templo, y
eso solo una vez al año en el Día de la Expiación. El sumo sacerdote encabezaba
el Sanedrín -que era como la Corte Suprema- pero no tenían autoridad para
imponer la pena de muerte. De hecho, los sumos sacerdotes judíos estuvieron
implicados en la condena a muerte de Jesús.
El
levita al que se refiere hoy la perícopa, era de origen chipriota -se llamaba
José y los apóstoles lo nombraban como Bernabé, o sea, “hijo de la
consolación”- que era dueño de un campo, y lo vendió para poner ese dinero,
también él, a disposición de los apóstoles y para el bien de toda la comunidad
creyente.
El
concepto que cobra vigor hoy, es pues este, de la κοινωνία [Koinonía] “comunión”,
“compañerismo”, “puesta en común”. Que designa la distribución o puesta
en común de los bienes materiales. No se puede añadir agua a los conceptos que
propone la Sagrada Escritura hasta diluirlos tanto, que terminen en nada,
completamente aguados. Baste leer lo que dice la perícopa que hoy nos ocupa
para saber cuál era la propuesta apostólica a la que le apostaban: la que les
iluminaba el Espíritu Santo.
Además de la simpatía que desataban, los creyentes se habían atraído la admiración por el mucho valor con el que daban testimonio de la Resurrección del Señor.
Sal
93(92), 1ab. 1c-2.5
Salmo
para acompañar el cortejo real que marchaba hacia la entrega al “monarca” de
los emblemas reales y a la presentación de armas por parte de su ejército. En
la primera estrofa de la perícopa proclamada hoy, nos llama la atención y nos
enfoca en la Vestimenta Real, uno de los emblemas reales. Es indudable que por
su porte y su elegancia distinguimos al Rey.
Miremos la Segunda Estrofa: En la Realeza de Dios, el Atuendo es la firmeza del cosmos, que ha sido cimentado para siempre. Las estrellas y todas las constelaciones serían el bordado del Manto Divino. La Creación no titubea, el Cosmos -quizás a alguien le parezca verlo tambalear, pero no nos cansamos de ver como recompone su estabilidad, y guiado por la Misericordia, se restaura. Su ecuación entraña la recomposición autónoma de los valores reparadores.
¿Con
qué atuendo asistiremos al Templo a rendir honores a su Eterna Majestad? ¡No lo
dudéis, con las galas de la Santidad! No se trata de finos ropajes con marca de
modistos internacionales. Nos acicalaremos con el traje de la fidelidad a sus
Tiernos Mandatos. Nuestras Galas serán siempre las Vestimentas Blancas del
Bautismo, lavadas en la Sangre del Cordero.
Jn
3, 7b-15
Hoy
vamos adelante con el dialogo entre Jesús y Nicodemo. Es importante tomar en
cuenta el vocativo que le dirige Nicodemo a Jesús, porque con la palabra que lo
“llama” define la relación que quiere establecer con Jesús, y cómo visualiza a
Jesús en su corazón. Le dice: Ῥαββί [Rabí] “maestro”,
más específicamente “Maestro de la Ley”, es el apocope de la palabra rabino,
que deriva de la raíz hebrea רַב [rav], la
cual significa, en hebreo bíblico, «abundante», o sea que, había acumulado en
su mente una abundante cantidad de hechos (conocimientos) bíblicos. Esta Ley
remite a la Torá. No es la Ley Civil, sino la Ley del Judaísmo, dada por Dios,
a través de Moisés.
¡Cuántas veces nos habrá ocurrido que percibamos el ulular del viento, pero -a falta de una veleta- no podamos determinar su dirección! También, en muchas oportunidades, una veleta, o una tira de tela o un gallardete de papel nos permite determinar la dirección -provisional- del viento pese a lo cual, no podemos saber, en sus caprichos, cuantos segundos más tarde, el viento cambiará completamente de dirección. A veces, hasta los meteorólogos apoyados en su instrumental y en la información satelital, no logran precisar -al final de cuentas- para donde ira la ráfaga… Los hijos del “espíritu”, llevan en sus venas este ADN, de la sorpresiva, variable e impredecible multi-direccionalidad.
Ciertos
saberes, quedan -para nuestros sentidos- completamente a trasmano. No sabemos a
dónde van las exhalaciones del “viento”; tampoco, podemos comprender el
encadenamiento de los sucesos espirituales. Escasamente -y dentro de un margen
muy limitado- podemos hablar de las cosas de la carne, las cuales -aun cuando
somos de la carne- nos cuesta entender. Mucho mayor es nuestra limitación para
los saberes del espíritu. Es Jesús, Quien viene de lo Más-Altamente-Espiritual
Quien nos puede dar razón. Es Él quien ha estado Allí, es el Quien conoce la
Voluntad del Altísimo, para Él, nada de lo Celestial es misterioso. Deberíamos
saber aceptar su Palabra y no dudar de su Revelación. Él conoce el Secreto de
la Misericordia, Él sabe descifrar Su Gigantesco Amor.
Jesús
pone en el tinglado un reproche: Los Maestros de Israel, como lo era Nicodemo,
debían saber perfectamente los temas terrenales y suficientemente, los
angelicales.
Nicodemo era fariseo,
maestro de la ley y miembro del Sanedrín. Con estos tres títulos
alineados, se entiende que Jesús dijera que “debían” saber y entender muy bien
las cosas de la fe para poder guiar el pueblo de Dios y resolverles sus dudas. En
particular, como maestro de la Ley, tendría que ser un verdadero “entendido” de
las realidades espirituales y de los anhelos que Dios ha depositado en su
humanidad, en sus criaturas. Por eso, Jesús parece asombrarse que Nicodemo,
como maestro de la Ley, no “entienda”.
De
nada nos sirve y para nada nos vale aprender de memoria los largos códigos y
los detallados catálogos legales; vano y estéril será el esfuerzo si solo
evitamos infringir la Ley y no alcanzamos a sembrar las semillas del Amor.
Levantar
a Jesús en la Cruz, sintonizar con ese ímpetu que lleva a Jesús hacia las
Alturas, es apenas iniciar una tendencia. Pero, será el Padre quien lo haga
sentar a su Derecha. Nosotros, en nuestra contemplación podemos volver nuestra
mirada hacia Él, procurar no perderlo de vista, conscientes de que al mirar la
Serpiente de Bronce sanaremos de la picadura mortal y ganaremos Vida Eterna.
Cómo expertos marinos, debemos estar atentos a ver por dónde sopla el
Espíritu-Amor, para tender el velamen y aprovechar al máximo su ímpetu.
Jesús,
refiriéndose a Sí mismo y a sus discípulos le aclara que ellos hablan de lo que
“saben” y que dan testimonio de lo que “les consta a sus ojos”. Ellos están
bloqueados en su “ignorancia” y esa ignorancia es la que se traduce en “increencia”.
Pero
ellos de estas realidades no saben nada, porque ni sus oídos han escuchado las
Voces Celestiales, ni sus ojos han visto las realidades Divinas. El Único que ha estado previamente allí y ha recibido
la experiencia de la “Vida Eterna” con sus propios sentidos es Jesús, porque es
el “Hijo de Dios” y Él viene de Allá. Siendo Hijo de Dios se ha hecho Hijo del
Hombre, o sea “ser humano”, para solidarizarse con nuestras limitaciones y
subsanar nuestras ignorancias.
Para
liberarnos de las consecuencias de nuestros extravíos Él tendrá que dar un paso
más: es el Paso Redentor. ¡tendrá que sacrificarse y dejarse levantar como l
serpiente del Desierto, en la asta de una lanza. El colmo de este Sacrificio
será que la asta lo atravesará y romperá su costado y de allí manará la
Iglesia-Sacramental, como Sangre y Agua Redentoras.
El que acepte al Crucificado como Redentor, gozará de su Fruto que es tener Vida-Eterna.





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