jueves, 16 de abril de 2026

Viernes de la Segunda Semana de Pascua


                                 

Hch 5, 34-42

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Mt 5, 10ss

Aparece un personaje fariseo, nieto del Rabí Hillel -celebre por haber establecido una escuela de estudio de la Torah, opuesta a la tendencia rígida de Rabí Shammai-. Su nombre era Gamaliel, que significa “presea de Dios” (presea significa, adorno, joya). Gamaliel, doctor de la Ley -presenta un argumento razonado- para detener la persecución del cristianismo naciente: Primero evoca a un tal Teudas que se levantó en rebeldía y juntó, aproximadamente, cuatrocientos hombres; lo ejecutaron, y todo el movimiento se vino a tierra. Luego, trae a cuento a otro rebelde, Judas el Galileo -parece ser que era un zelote-, que acaudilló a mucha gente con su movimiento y, que, al morir, también dio pie a la extinción de su rebelión.

 

Partiendo de esas premisas, Gamaliel aconseja que no se metan con los apóstoles, porque si lo que hacen es algo simplemente humano caerá por su propio peso, pero si su accionar está respaldado por Dios, significaría que ellos están oponiéndose precisamente a Dios, rivalizando con Él, y a Él no le podrán ganar. En las palabras de Gamaliel se anida una expresión verdaderamente profética: “No podrán ustedes vencerlos” (Jn 5, 39b).

 

“Todo lo que surge de Dios en favor del pueblo es invencible. Al pueblo le toca conformarse con medias tintas y una liberación recortada”.  (Ivo Storniolo)

 

Le dan la razón y resuelven liberarlos, pero -acostumbrados como están a ejercitar su crueldad- no simplemente los dejan ir, sino que antes los azotan. Así ellos no se quedan por fuera en ser de los que, ejercen el poder con dosis dadivosas de violencia; y así les prohíben el anuncio del Evangelio.

 

Por su parte, los discípulos se van alegres porque ganan el puntaje celestial de los que sufren por la construcción del Reino del Mesías. Esto lo podemos y lo debemos tener muy presente: cuando padecemos por la causa de Jesucristo, nosotros ganamos la mejor y mayor presea, el premio que Dios concede a os que permanecen firmes en su Fe. Y, no se detuvieron, sino que sagradamente, como responsabilidad cotidiana, enseñaban sobre Jesús en el Templo y también a domicilio. Por activa y por pasiva, de día y de noche.


El Santísimo Nombre de Jesús no es un nombre personal, es el Nombre de todos los Adanes que bajó su Nombre han hallado una Nueva Oportunidad. En particular, a sus “peques”. Recordemos lo que nos enseñó en Mt 25,40: «En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de ἐλαχίστων [elachistón] los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí.»

 

Sal 27(26), 1bcde. 4. 13-14

En Rm 8, 31 San Pablo ya nos dice que «¿Qué más podemos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» De alguna manera podemos aseverar que esta frase paulina sintetiza el mensaje de este Salmo, que es un Salmo del Huésped de Yavé. Dios le da a saber al “Levita”, que aquel que vive en el Templo y ha consagrado su vida a servirle- tiene la mejor parte de la divina Heredad.


En la primera estrofa se dice que -en resumen- no hay nada ni nadie que temer. Dios es nuestro perenne defensor.

 

La segunda estrofa donde se pide una sola cosa, lo único que hay que pedir, lo único que vale la pena: Habitar en la casa del Señor.

 

La tercera estrofa es una conclusión que aquieta, da un vistazo al añorado futuro, al plano escatológico, habitar junto con Dios, en el país de la vida, continuar siendo huésped de Dios por los siglos de los siglos. Entre hoy, y el desenlace sin fin, está el optimismo que nos asiste, esa presencia de ánimo que acompaña a quien confía en el Señor. La firmeza de la Esperanza es nuestro estilo de vida más característico.

 

Jn 6, 1-15

Un movimiento de adentro hacia afuera, hacia las periferias.

La razón de los conflictos principales entre los judíos es lo que Jesús afirma de sí mismo, de su misión, de su relación única con Dios, su Padre

José Cárdenas Pallares.

Nos ocuparemos del capítulo 6 del Evangelio según san Juan hasta el viernes 24 de abril; (el sábado 25, celebraremos la memoria litúrgica del evangelista San Marcos, y leeremos una perícopa de su Evangelio), el lunes 27 de este mes seguiremos adelante con nuestro estudio joánico.


La perícopa inicia con una discontinuidad espacial: estábamos en Jerusalén, ahora, Jesús ha pasado al otro lado del mar, súbitamente estamos en Galilea, de Tiberiades Hay un cambio de marco espacial que indica claramente que aquí comienza el Nuevo Éxodo: Jerusalén, como vimos en la lectura de Jn 3 -regentada desde el Templo por el partido de los saduceos que hegemonizaban el Sanedrín- se había convertido en el Nuevo Egipto; era preciso -de nuevo- sacar el pueblo de la esclavitud, pero, muy especialmente, lograr que se sacudieran de la conciencia de esclavos. Se nos informa que Jesús subió al Monte, para indicarnos la similitud con Moisés que subió a recibir la Tablas de la Ley, pero ahora, Dios no entregará una legislación, se va a entregar a Sí-mismo, para ser comido.

 

“…todo judío debía ir a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua. Sin embargo, Jesús sale de Jerusalén y va al otro lado del mar de Galilea, a una región de paganos, y el pueblo lo sigue. Con eso Él provoca un movimiento de adentro hacia afuera, de Jerusalén hacia el territorio pagano, como en otro tiempo Moisés había liderado al pueblo en la salida de Egipto rumbo a la tierra de libertad y de la vida. Jesús obra así porque Jerusalén se ha convertido en un nuevo Egipto, lugar en el cual el pueblo es oprimido y explotado. La Pascua que se celebra en Jerusalén no es ya una fiesta de libertad y de vida para el pueblo, sino una ocasión para oprimir y explotar a las personas. (Cf. 2, 13-22) (Ivo Storniolo)

 

Hay un paralelo entre dos mundos: de un lado tenemos el mundo de la carne, donde se compra, donde se trata de resolverlo todo con dinero y -de otro lado- el de las realidades del espíritu. Se nos está hablando de una realidad integral, pero nosotros queremos leerla desde una ideología esquizofrénica: de un lado el espíritu y de otro lado la carne. ¡Siempre procurando descuartizar al “ser-humano”!

 

Jesús cambia su foco de atención: eleva los ojos sobre la “multitud” que se agrupa y le pregunta a Felipe (“el que ama los caballos”, ese es el significado de su nombre) ¿Πόθεν [pozen]de dónde” compraremos pan para que todos coman? Felipe se pone entonces a hacer contabilidad y presenta una cuenta así “por encima”, un cálculo aproximado…

 

Pero Jesús está pensando en el banquete Eucarístico, en el ágape, en congregarnos en torno al pan para que seamos verdaderos “compañeros”. El pan siempre presenta la dualidad de “la tentación”, decir pan es decir ser tentado por la ambición de tomar la “mejor tajada”; nosotros no pensamos que “No solo de pan vive el hombre” (cfr. Mt 4,3), sino “dame primero el pan, que todo lo demás es superfluo”; o -en otras palabras- “barriga llena corazón contento”. Y ¿la espiritualidad del comer? Para qué, ¡después de comer viene la “siesta”. (La hora siesta es una elisión de la palabra “sexta”, la hora en que hace más calor y se infunde modorra, que es un letargo, un sopor, una pesadez que impide pensar… mejor dormir, revolcarse en la inconciencia). El Tentador, cuando Jesús sintió hambre la propuso: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan.».

 

En vez de mirar hacia abajo, buscando las piedras, mira al “muchacho” -(παιδάριον [paidarion] palabra que en griego es la misma para “Siervo”)- que le presenta Andrés (viene del griego ἀνήρ [anḗr] "hombre"), el hermano de Simón-Pedro. Es interesante ver el papel que juegan los discípulos, no simplemente están allí, sino que es claro que Jesús aprovecha para aplicar su pedagogía, les pregunta, los consulta, lo acompañan, aprenden por testificación, acomodan a la gente, los hacen recostar, para que sean huéspedes del banquete eucarístico, los organizan en “pequeñas comunidades”, evitan que “nada se pierda”, ni nadie, porque gracias a su acción todos se sienten acogidos, miembros de la “comunidad”. La palabra recoger hace pensar en la palabra “sinagoga” que viene del griego, juntar, recoger, reunir; pero también en la palabra ecclesiaIglesia”, que significa “los congregados”, los que han sido “convocados”. Así podemos pensar que los discípulos están allí para aprender a ser Iglesia. Para construir feligresía, para poner en práctica la sinodalidad.

 

Aprender del ejemplo de Jesús que no toma para Sí, sino que διέδωκεν [diedoken] que proviene del verbo διαδίδωμι [diadidomi] “partir-dar”, “repartir”, “distribuir”. Nótese que no reparte así no más, sino una vez εὐχαριστήσας [eucharistesas] “ha dado Gracias” a Dios. De ahí nuestra amada Palabra, nuestro dulce y mitigante Sacramento-Alimento, nuestro Pan bajado del Cielo: la ¡Eucaristía!


«Dios es amor. Pero no amor de telenovela. ¡no! Amor sólido, fuerte, eterno, que se manifiesta en su Hijo, que ha venido para salvarnos. Amor concreto, de obras y no de palabras. Para conocer a Dios hace falta toda una vida; un camino de amor, de conocimiento, de amor al prójimo, de amor a los que nos odian, de amor por todos». (Papa Francisco)

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