martes, 21 de abril de 2026

Miércoles de la Tercera Semana de Pascua


Hch 8, 1b-8

La mayor parte de Hch 8 describe o menciona su actividad misionera, primero en una “ciudad de Samaria” 88,5-13) luego en el camino de Jerusalén a Gaza (8,26-39) y finalmente “en cada pueblo” desde Azoto a Cesarea (8,40)

Michel Gourgues

Una persecución violenta a los cristianos de Jerusalén se γίνομαι [ginomai] “empezó”, “llegó”, “se desató”, “tuvo lugar”, “emergió”. Parece ser que las víctimas principales de este acoso fueron los helenistas y, posiblemente también los prosélitos. Como resultado de lo cual, se dio una dispersión por Judea y Samaria. Esta diáspora, permitió que el Evangelio se expandiera, puesto que ellos iban a su paso- anunciando la Palabra.

 

Gentes piadosas se ocuparon de dar sepultura el protomártir Esteban. Se siente que el hagiógrafo -San Lucas- quiere mostrarnos lo importante que fue el sacrificio de Esteban para la difusión de la Palabra -trascendiendo los límites del judaísmo, desbordando el legalismo farisaico y las delimitaciones rígidas propugnadas por el Templo en su calidad de autoridad religiosa-; así, la sangre de Esteban fue abono evangélico y liberador de ataduras para cumplir con la catolicidad del envío, como leíamos ayer en el Evangelio Marqueano, “… al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”. Tal vez, ellos confiaban que los judíos poco a poco se fueran dando cuenta y entendiendo, pero la violencia de este martirio, les dio la señal patente de que sus corazones estaban testarudamente obscurecidos. Saulo, por su parte -ratificando lo que acabamos de decir- acrecentaba su saña contra ellos, y practicaba “allanamientos” para conducir a la prisión, sin discriminación de sexo, a todos cuantos podía.

 

Pasamos a detallar algo de la actividad de Felipe, quien se llegó a Samaria y allí se dio a la predicación, y hacía múltiples signos; en particular, la expulsión de espíritus inmundos y la sanación de paralíticos y lisiados.



La consecuencia de estos signos -la cura de posesos, paralíticos y lisiados- fue que la ciudad se llenara de alegría. Eta perícopa de hoy ya destranca la puerta para llegar a una consecuencia natural de la ampliación del circulo concéntrico a su segundo grado de amplitud: ya no solo a Jerusalén sino, una ampliación a Samaria, concretada en el pentecostés a los samaritanos.

 

Sal 66(65), 1b-3a. 4-5. 6-7a

Este Salmo es un verdadero himno de acción de gracias. Nos invita a guardar coherencia con la diáspora cristiana -que consideramos en la Primera Lectura- y no callar el anuncio, sino hacernos portadores de la Buena Noticia contando a todos lo que Dios ha hecho a nuestro favor (Cfr. v. 16).

 

En este salmo se presenta la temática del acrisolamiento. Cómo en el entrenamiento -a pesar de su rigor, o mejor todavía, gracias a él- se tiempla nuestro ánimo, y maduramos en la fe.

 

El salmo tiene 20 versículos, de los cuales la perícopa de hoy se ha organizado con 7 versos, tres de ellos truncados.

 


En la primera estrofa nos asombramos de la grandeza de la Creación y de todo cuanto Dios ha hecho y sigue haciendo.

 

En la segunda estrofa la invitación es para ejecutar actos de gratitud y adoración perfecta. Y nos convida a ir a “presenciar” la Acción Indetenible de Dios, siempre puesto de nuestra parte.

 

Estas estrofas se tomaron de la primera parte del Salmo que tiene como propósito reconocer los portentos obrados por YHWH para sacarnos de la esclavitud de Egipto y llevarnos en el proceso de acrisolamiento de 40 años. La tercera estrofa, pues, se refiere a la trasformación del mar en tierra firme para poder cruzar “a pie enjuto”.

 

Para que tomemos conciencia de la vital tarea de proclamación y testimonio el responsorio nos llama a decir: “Aclama al Señor tierra entera”.

 

Jn 6, 35-40

Quien hace del pan, de su ser o de cualquiera otra cosa, comprendida la ley y la alianza, su propio fetiche, es como quien se enamora del anillo de compromiso y no de quien se lo ha dado.

Silvano Fausti


En estos versos empieza a cuajar una re-interpretación -que no se queda en el plano intelectual, sino que, gracias a que Jesús es Dios, salta al plano ontológico- Moisés había trasmitido un “pan” puramente “material”, un “pan” útil a palear el hambre “fisiológica”, pero infecundo para saciar el “hambre” espiritual. Jesús -en cambio- nos va a nutrir con un “pan” que quien coma de Él, no volverá a tener hambre.

 

Estas declaraciones son muy prolíficas para la edificación de nuestra fe: Jesús es -Él mismo lo declara- “el pan de vida”. Sin embargo, tenemos la gran dificultad de que el pecado haya debilitado nuestros sentidos y se hayan hecho ineptos para ver “más allá”, para saltar de la simple fisicidad. Lo tenemos ahí, frente a nuestras propias narices, como lo hemos visto en estos días, en los relatos de Encuentro con el Resucitado, y no lo reconocemos. Sólo el Discípulo amado logra darse cuenta y gritará: ¡Es el Señor! Que frente a esta declaración lo reconozcamos, no implica una automática asimilación del hecho. Ahora, hay que “digerir” esa “percepción”, debe subir de los sentidos, al corazón. El discurso que se sucede -y que la Iglesia nos invita a “saborear” estos 4 días siguientes, contados desde hoy- tiene por objeto, desbloquear nuestra incapacidad y demoler las barreras. ¡Paladeémoslo!

 

Nótese que cuando uno encuentra la fuente de donde mana el agua y el pan de vida, no quiere decir que calme eternamente su sed; uno tiene que beber e irse saciando paulatinamente, pero uno ya sabe dónde queda la fuente, así que no tiene que afanarse por el siguiente sorbo y por el próximo bocado, bastará volver a la fuente. Y continuar el proceso de beber y comer. Ya no habrá que sufrir y desvelarse porque ya conocemos al “Dueño” del origen, más aún, hemos devenido amigos suyos y podemos con confianza nutrirnos de Él.

 

«Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre “nueva”». (Papa Francisco. Evangelii Gaudium #11)

 

También en la metáfora de la amistad hay un aspecto procesal a tomar en cuenta: la amistad no hace hecha y derecha, la amistad se va cultivando, al principio es solo un “reconocimiento”, pero más adelante, se saben el nombre, los gustos, las ideas, las referencias personales, así cada día y cada vez más, se va fortaleciendo el carácter de amigos y se va ingresando en el terreno de la confianza y en la solidez del vínculo: ser cada vez más Amigos Suyos. Muchas veces la amistad se ha definido como “hermanos elegidos”. El Señor nos sale al encuentro y nos llama -por nombre propio- para que entremos en el territorio de sus afectos, hasta hacernos hijos en el Hijo, es decir hasta que el Padre nos reconozca como “familiares” precisamente a través de la familiaridad con Su Hijo. Llegando a ser, verdaderamente miembros de la familia Celestial, por un vínculo de adopción.

 

La adopción no es decisión del hijo, es Voluntad del padre que se encariña a tal grado con los Amigos de su Hijo. Pro que ya desde antes, había puesto sus Dulces-Ojos, para recibirnos en la esfera de los que se hacen familia de Dios.

 

Ya en Mt 12, 46-50 se habían establecido los dos conceptos que generaban ese grado de familiaridad y nos llevan a emparentar con Dios a través de Jesús:

­       escuchar la palabra de Dios

­       y ponerla en práctica

No vale lo uno sin lo otro. Es la unidad de estos dos compromisos lo que acredita una real amistad, y -en consecuencia- la pertenencia a la familia con tan férrea adopción que se pasa a ser verdaderamente consanguíneos, a fuer de beber Su Sangre y comer Su Carne.


Aquí ya empieza a perfilarse la figura del Pastor, que -por eso la Iglesia pasará a estudiar Domingo, lunes y martes; El Hijo-Unigénito asumirá la tarea de “pastorear”, a todos sus hermanos menores, este pastoreo no consiste tanto en llevarnos de pasto en pasto, sino -muy particularmente- preservarnos de todas las acechanzas que se ciernen sobre nosotros. Dios-Padre nos ha puesto bajo el cuidado del Hijo-Pastor, y Él se ha comprometido a no fallarle con ninguno de los que le son “entregados”, es decir, confiados. Su promesa, es que Él no descuidará a ninguno de los que El Padre le asignó, sino que a todos les dará el Elixir de la Vida Eterna, que no es otro que su propia Carne-y-Sangre: ἀναστήσω αὐτὸ ἐν τῇ ἐσχάτῃ ἡμέρᾳ. [Anasteso auto, en te eschate hemera] (Cfr.) Comparte con nosotros la fuerza de la Resurrección que Él ganó, no para escatimarla, sino para llevarla a todo el rebaño sin egoísmos, sin restricciones, sin reparos y sin envidias, con absoluta amplitud y generosidad: “Él nos resucitará en el Último Día”.

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