domingo, 12 de abril de 2026

Lunes de la Segunda Semana de Pascua

 


Hch 4, 23-31

Toda la perícopa se desarrolla en un clima de oración. Pero la propia oración transcurre en diferentes momentos: La comunidad vive una cierta experiencia, y puede suceder que percibamos la vida como una sucesión de episodios en los que pasan ciertas “cosas”; de ser así, nos quedamos en la superficie de los “hechos”, sin lograr “vivirlos”, es como si las cosas que pasaran nos “vivieran” a nosotros, como avatares, como entes y versiones diferentes del “multiverso”. Donde las circunstancias nos manejan. Esta perícopa se ha intitulado “Los creyentes piden confianza y valor”, ¿a quién se la piden? ¡Al Señor!

 

¡No es lo que sucede aquí! Primero la comunidad evalúa ¿qué es lo que ha pasado? Toda la comunidad pone estos hechos ante el Señor. A continuación, -se eleva a un nivel mucho más alto- va a la Palabra de Dios, y confronta lo que le ha sucedido, con lo que Dios dice: Lee la experiencia a la Luz de la Palabra de Dios. No sólo se presenta una cierta Lectura Bíblica, sino que esa Lectura Bíblica ilumina la realidad para “interpretarla”.

 

Luego, vienen una serie de ruegos (Oración Universal de los Fieles), donde una vez entendida la “experiencia” a la “Luz de la Palabra” se ruega a Dios que haga su intervención. Lo que muy frecuentemente se pide es que Dios impida que esto pase, o que las consecuencias del hecho nos atropellen, o que Dios castigue, o premie y que logremos huir a salvo de la “experiencia”. Pero aquí, las peticiones presentadas piden otra cosa: «Concede a tus siervos predicar con valentía, llamando a cada cosa por su nombre”, sobreponiéndose al temor y a las amenazas que intentan presionar para difuminar el significado de los hechos y sus implicaciones. Que el Cielo extienda Su Mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios por el Nombre de tu Santo Siervo Jesús». (Hch 4,30)

 

Dios “habla” concediendo los dones necesarios a la misión encomendada, ratifica Su Presencia, Su Escucha, Su Acompañamiento; y da la señal de asentimiento, un ¡Yo estoy aquí respaldándolos!, «estas comunidades no piden, no obstante, que Dios las proteja o las libre de dificultades o persecuciones. Piden que se les dé le valor para que sus miembros sigan anunciando la palabra liberadora y coraje para llevar a efecto las acciones concretas que dan testimonio de liberación» (Ivo Storniolo)


Ese respaldo, en este ejemplo es un ἐσαλεύθη [esaleuthe] “temblor”, “la sacudió”, “la agitó”, una “agitación”, un “estremecimiento”, verbo -en este caso- puesto en voz pasiva. Y, viene ahora, el compromiso con el cumplimiento de la misión encomendada: Se ponen a predicar con παρρησίας [parresias] “valentía”, “abiertamente”, “duélale al que le duela”, “con total franqueza”, “con entera decisión”.

 

Comparemos esta oración, que va desde Hch 4, 24-30; con esta isaiana, que citamos ahora a continuación:

 

"Señor de los ejércitos, Dios de Israel, que tienes tu trono sobre los querubines: tú solo eres el Dios de todos los reinos de la tierra, tú has hecho el cielo y la tierra. Inclina tu oído, Señor, y escucha; abre tus ojos, Señor, y mira. Escucha todas las palabras que Senaquerib ha mandado decir, para insultar al Dios viviente. Es verdad, Señor, que los reyes de Asiria han arrasado todas las naciones y sus territorios. Ellos han arrojado sus dioses al fuego, porque no son dioses, sino obra de las manos del hombre, nada más que madera y piedra. Por eso los hicieron desaparecer. Pero ahora, Señor, Dios nuestro, ¡sálvanos de su mano! y que todos los reinos de la tierra reconozcan que ¡Tú sólo, Señor, eres Dios!". (Is 37, 16-20)

 

Separando los “legos” de la perícopa:

Versículo 23: Se rinde un informe de lo que les ha ocurrido a Pedro y Juan en cumplimiento de su consigna de proclamar el Evangelio.

vv. 24-26 Se da inicio a una oración que, como ya se dijo, es un paralelismo con una, que proviene del Primer Testamento.

vv. 27-28 Se muestra como el paralelismo descubre un complot de los “poderosos” contra el “Siervo Sufriente”. Se trata de una relectura de la Palabra de Dios a la Luz de Jesucristo.

vv. 29-30 No se ruega a Dios que “elimine a los poderosos” sino que los desenmascare derramando Misericordia.

v. 31 el Señor, el Espíritu Paráclito, expresa su aquiescencia, como diciendo: “Lo que has pedido os lo concedo”: Dios vence el temor con παρρησίας [parresias] injertando en ellos el don de la “convicción”. Cuando se está poseído por la convicción se anuncia con “total libertad de expresión”.

 


«La garantía de la comunidad radica en el hecho de que ella está procediendo de acuerdo con la inspiración de Dios, como si por su medio Dios mismo estuviera actuando, comunicando la Palabra que libera. Dios es omnipotente, pero depende de la boca de las manos y de los pies de las personas humanas, para que su proyecto se haga históricamente visible» (Ivo Storniolo)

 

Sal 2, 1-3. 4-6. 7-9

Para “digerir” esta experiencia que Pedro y Juan han vivido de encarcelamiento y puesta en libertad, la Lectura Bíblica elegida es el Salmo 2. Efectivamente, como lo explica Hch 4, 27, Herodes y Pilatos han conspirado contra “tu Santo Siervo Jesús”, conforme en este Salmo se anunciaba: que habría conspiración contra el מָשִׁ֫יחַ [Masiash] “Mesías”. Este Santo Siervo fue Ungido por Dios, es decir, establecido por YHWH como Mesías. Cumpliéndose, además, que los gentiles cohonestaron con los Israelitas para urdir contra el Salvador.

 

En el verso 3, se habla de מוֹסֵר [moserah] “coyundas”, "ataduras"; en el sentido de romperlas, de liberarlos; y de suprimir las עֲבֹת [ab-oth] “ataduras”, “cuerdas” “yugo” que pesaba sobre ellos.

 

Dice que el Propio YHWH ha puesto, o sea ha elegido, ha designado como Rey de Sion, Lugar Santo de la preferencia Divina, sede y Capital de su Celestial Delegación para el gobierno de toda la tierra, a su Mesías.


En la Tercera Estrofa, señala la designación Real que ha hecho el Señor de su Hijo para este Encargo Liberador, designación que ha quedado consignada en un Escrito, no es algo dicho de paso, sino algo que ha sido Notariado incluyéndolo en las Escrituras: esta designación no abarca una pequeña territorialidad, no está recluida en cierta zona, sino que llega más allá de toda demarcación limítrofe; además, ostenta Total y Plena Autoridad, es nombrado “Rey con Soberanía Total”. En esta tercera estrofa de la perícopa de hoy aparece el verbo “engendrar” que uno lo lleva automáticamente a pensar en “ser puesto en el vientre materno”; sin embargo, en este caso, esta palabra se tiene que entender como “resucitar”, «Tú eres mi Hijo: yo te he יָלַד [yalad] “engendrado” hoy» (Sal 2, 7), o sea, “te he resucitado”, en el sentido de establecer con ese acto un linaje, al ResucitarLo -re-(reiteración o intensidad: "de nuevo", "hacia atrás") y el verbo suscitāre ("levantar", "mover" o "despertar") y lo ha sentado en el Trono Mesiánico y ahí empezó un linaje que no se interrumpirá jamás, en síntesis, lo ha engendrado Rey, entregándole la mismísima Filiación Divina. Lo que Dios ha hecho no es sólo procrear un hijo, lo que ha realizado es todo un Evento, ha dado a Luz Su Dinastía. Por eso, se trata de un Salmo Real, donde el Mesías es Entronizado.

 

Jn, 3, 11-3.

Desde hoy, y por cuatro días de esta Segunda Semana de Pascua, nos ocupará el capítulo tercero del Evangelio según San Juan. Encontramos a Nicodemo en dialogo con Jesús, hablando de un asunto esencial del cristianismo: el bautismo. Pero, quizás, lo primero a decir es que no es un bautismo de agua; sino un bautismo de agua y de Espíritu.

Y lo segundo, es -de nuevo- el asunto de las “fronteras”, el alcance de la autoridad y la validez de cobertura del sacramento, implícitamente se está hablando de qué pueblos o qué culturas recibirán este Sacramento, sobre quiénes podrán recibir este Don. Iremos podo a poco, esclareciendo, el tema conforme nos adentremos en el capítulo.

 

Nicodemo era un judío, y no un judío cualquiera, sino -conforme se nos informa al inicio de la perícopa, un ἄρχων τῶν Ἰουδαίων “jefe judío”, “un magistrado”, “un gobernante”; además, un fariseo, que significaba “purista”, “uno que voluntariamente se había puesto aparte para conservar y practicar más a fondo las “reglas” y/o “leyes” de su grupo. Este personaje, viene a “dialogar” con Jesús, ¿en qué momento? ¡de noche! (Cfr. Jn 3,2). Nicodemo personifica la Ley. En la perícopa lo vemos personificar otro significado, la “vejez”, que él mismo trae a cuento cuando pregunta “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? Es como si preguntara: ¿cómo yo que ya soy viejo puedo beneficiarme de lo que me estás diciendo sobre “nacer de nuevo”?

 

Esto es lo que nos suele suceder, Dios pronuncia sus palabras y nosotros las enclaustramos en la zona de lo “ilógico”, de los “imposibles”. Decimos que Dios lo puede todo, que su realidad no está delimitada por las leyes “naturales”; pero, al momento de aceptar su Palabra, decimos: “absurdo”, como puedo “renacer” si ya llevo mis estudios de mortalidad muy adelantados y estoy al borde de graduarme y ocupar espacio en una tumba.

 

La visión que tiene Nicodemo es que Jesús tiene por misión hacerle a la Ley los ajustes necesarios para remozarla. Podemos figurarnos la situación efectiva como la de un magistrado que viene a consultar a un prestigioso jurisconsulto sobre las adecuaciones urgentes que se deben hacer a la Ley, hagan de cuenta, una consulta para disparar una constituyente: Para Nicodemo, desde su posición, Jesús es un Rabí, un preclaro jurista ¡y ya!

 

Tengamos en cuenta al leer este capítulo 3 según San Juan, que aquí se está presentando la teología fundante sobre la Santísima Trinidad: y en esta perícopa, en particular, al Espíritu Santo y al Hijo. Con todo lo importante y lo esencial que es conocer la Ley, no se puede perder de vista que se puede vivir con entero ajuste a la Ley y, sin embargo, no haber amado nunca a nadie más que a uno mismo, o -todavía más grave- a nadie, ni siquiera a sí mismo. ¿Quién es el Espíritu? La Fuerza que nos mueve, la energía que dinamiza la vida, las acciones, el Resplandor que ilumina nuestra mente con cada uno de sus pensamientos, y nuestro corazón con cada una de sus emociones; el Espíritu, Es el Soplo que exhala Dios sobre nosotros como si fuéramos un barquichuelo y Él soplara sobre nuestro velamen dándonos el “impulso”- es este Mandamiento que lo compendia todo y sirve de guía a la vida entera. (Cfr. Jn 13, 34; 1Jn 4,7).

 

El Sanedrín, esa institución judía, termina estando movida por un espíritu de muerte; Jesús -por otra parte- nos pide que nazcamos de nuevo (de lo alto) ἄνωθεν [anothen] que significa “de lo Alto” (hay quienes quieren mermarle la fuerza a la Palabra de Dios y se quedan en “desde lo alto”, y no pasan a ver qué más significa este “de nuevo”), porque además, también significa, “de nuevo”, “desde el principio”, “de arriba a abajo”, “de cabo a rabo”, o sea, “por entero”; no se trata de que una parte sea nueva, no estamos hablando de re-parchar los odres viejos, sino de estrenar “odres”; un nacer de nuevo por completo. Eso es lo que significa “conversión”, un cambio radical de mentalidad, una nueva manera de ver el mundo y nuestra realidad. En ese sentido es que insistimos que el bautismo es un Sacramento que nos lleva a ser una “nueva criatura”, y -por tanto- a nacer de nuevo y totalmente renovados. Ver la historia -incluida la historia personal, familiar, nacional- con unos ojos totalmente nuevos.

 

Es muy claro: “un re-nacer completo y definitivo”, que anula las pautas decrepitas y nos hace Nuevos, no como algo a lo que se le dio una capa de pintura para hacerlo aparentar novedad, sino rotunda y verdaderamente Nuevo, como si -en realidad- hubiera entrado en el vientre materno y hubiera comenzado a ¡vivir una Nueva Historia, una Nueva Vida! ¡Como si hubiera vuelto a nacer!


Ese es el significado bautismal: “Crearnos de nuevo “perfectos” como todo lo que Crea Dios. ¡Se baja a la fosa y se nace de nuevo, una Nueva creación!

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