Hch 4, 13-21
Pero
Pedro y Juan les contestaron: “Juzguen ustedes mismos si es justo delante de
Dios obedecerlos a ustedes en lugar de obedecerlo a Él”
Hch
4, 19.
Estamos, recordémoslo, en la zona de
Hechos donde se nos cuenta como se predicaba el Evangelio en Jerusalén. La perícopa
de hoy continua el juicio de San Pedro y San Juan en el tribunal del Sanedrín. Recordemos
que el Sanedrín era el tribunal supremo y consejo de ancianos del antiguo
Israel, compuesto por 71 miembros (incluyendo al sumo sacerdote), administraban
justicia basándose en la Torá. Actuaba como la máxima autoridad política,
religiosa y civil en Jerusalén durante la época del Segundo Templo. Se disolvió hacia el año 425, por la persecución romana.
¿Por qué los juzgaban? Porque
-argumentaban ellos, Pedro y Juan, que “la resurrección de los muertos había
quedado demostrada en el caso de Jesús” (Hech 44,2de). Se proclamaba con esto una
Gran Victoria: y la derrotada era νεκρῶν [nekron] “la muerte”. La muerte es el arma y el objetivo de este
tipo de “doctos” que no quieren ni pueden permitir que se declare que la muerte
ha sido sometida bajo el peso de su propio yugo.
Algo que escandaliza a los “poderosos”
es que la defensa y la proclamación de Jesús viene por cuenta de gente ἀγράμματοί [agramatoi] “sin
letras”, “iletrados”, “analfabetas”, “sin estudios”, “sin mayor educación”,
gente del “vulgo”, gente “chabacana” -seguramente, dirían ellos- lo que
contrastaba con la seguridad y la parresia con la que se expresaban. Los
reconocían como “elementos” que Ἰησοῦ ἦσαν [Iesou esan] “andaban
con Jesús”, “eran de los que lo acompañaban”, “eran de los que estaban con
Jesús”, aquí lo que se usa es la palabra ἦσαν [esan] “ser o estar” (en imperfecto
indicativo activo) del verbo [eimi] en griego, pero -al verlos escoltados
por el antes paralitico- no se les ocurría ninguna respuesta. Les dan orden de
salirse de la reunión -muy apropiado para poder complotar a sus espaldas y
urdir, a sus anchas las “tácticas”- para eliminar esta “molestia”.
En su forma de hablar se advierte que a
estas “autoridades” ni les interesa la verdad, ni les preocupa Dios; el
paralitico allí parado, en medio de los discípulos, resulta un argumento
imbatible, porque todos lo habían visto, toda la vida, mendigando en el Templo.
Se ve que todo el respaldo de sus argumentos, se saca de la injusticia y del
abuso, del miedo y la represión.
La posición de Pedro y Juan es obedecer
a Dios, costárales lo que les costase; puesto que, obediencia a Dios es lo que
exige la recta consciencia. Callar era una opción no disponible. Nuestro “envío”
no es compatible con el acallamiento del “mensaje” que se nos ha entregado. La
misión de llevar el anuncio y propagarlo no puede detenerse. Es la razón de ser
de la “Iglesia”. El foco, como se evidencia, no está en ser “santos”, sino en
cumplir la misión que entraña el “envío”. Lo que no se puede callar es que al
cumplir a cabalidad el “envío”, se ganará la presea de la santidad. Aquí es muy
importante entender y diferenciar la santidad de la santurronería, que es una
forma de beatería, mojigatería, gazmoñería, fariseísmo, en suma, de hipocresía.
Nuestra misión como cristianos no consiste en ganar la aprobación de zutano,
mengano o perencejo; y, en cambio, muchas veces, ser fiel a la misión nos
acarreará la crítica, el rechazo y la desaprobación. Pero, “al único que hay
que tener contento es a Dios”, de acuerdo con un dicho que popularizo Santo
Toribio de Mogrovejo.
En este cuadro podemos ver un trasfondo,
importante y de gran relieve: la comunidad naciente tenía una formación mixta,
donde había gente con alguna formación cultural judía, junto con muchos que no
tenían ninguna calificación intelectual, pero no se establecían ni se manejaban
discriminaciones por eso, Dios y Jesús -piedra angular de la comunidad-, eran y
deben ser, igualmente accesible para todos, no era requisito algún nivel
particular de educación. Dios estaba al alcance de todos.
¿Qué se podía hacer? No les quedó otro remedio que soltarlos. Se nota que el remedio que esperaban fuera suficiente para silenciarlos, la “prohibición”, sólo era una “carabina de Ambrosio”, porque no era justo que los discípulos obedecieran más a los jefes del pueblo, a los ancianos y a los escribas, y pasaran por encima de Dios.
Sal 118(117), 1 y 14-15. 18-18. 19-21
Es el mismo salmo de ayer, pero se han
escogido tres versos distintos.
Se ha traducido: ¡Dad gracias al Señor porque es Bueno! הֹוד֣וּ לַיהוָ֣ה aquí, la expresión יָדָה
[yadah] “dad gracias” puede traducirse por “Cantad”,
o por “Alabad”, o “Load”, o -también- por “Gloriad”, algunos especialistas
proponen traducirlo por “Proclamad”, o por “Pregonad”.
El Señor ha sido mi fuerza, ha sido mi
pilar de Salvación, se oye un clamor jubiloso en las tiendas de los justos.
Quizás estas “tiendas de los justos son las “enramadas” que se usaban para
celebrar la fiesta de Sukkot (las cabañas, las enramadas, los tabernáculos); no
es la אֹהֶל מוֹעֵד [Ohel moed] “Tienda del Encuentro”
porque a esta se la llamaba la Tienda de YHWH.
En la segunda estrofa está el tema de la
Resurrección, “no lo entregó a la muerte”, “vivirá para contar las hazañas del
Señor”. esta es la razón que motiva la presencia de este salmo en la liturgia
de hoy.
En la tercera estrofa, para que pueda
entrar el Rey y su sequito de vasallos -el pueblo entero- los levitas y los
sacerdotes abren la Puerta. El Rey, entonces, caminara hacia el Altar para
“proclamar la Salvación”.
Mc 16, 9-15
Los discípulos
son los que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el
fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del
Evangelio. Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen
las verdaderas vocaciones.
Papa
Francisco
Esta perícopa, nos presenta una sinopsis
de las apariciones del Resucitado y la misión de la Iglesia. Como sabemos este
capítulo no es marqueano, sino una adición que los miembros de la escuela de Marcos
tuvieron a bien añadir para “redondear” el Evangelio que parecía haberse
interrumpido sin un cierre propio, sin una culminación adecuada, este añadido
comprendería toda la sección Mc 16, 9-20.
Después de haber resumido las otras
apariciones pasa a presentar el encuentro con los Once, en torno a la Mesa
(Eucarística), donde Jesús les reprocha su falta de entendimiento y su dureza
de corazón para asimilar los testimonios recibidos. Jerusalén quedará atrás
como ciudad de muerte, Galilea, el lugar de la cita con el Resucitado, será el
lugar de la Vida Renovada. Será entonces cuando les dé el Envío de proclamar el
Evangelio a toda la Creación.
En la base de la comprensión de esta
perícopa está la observación de un Jesús que no se queda estancado en el
reproche, que corrige para direccionar, no calla la debilidad, la menciona para
que allí florezca -en lo sucesivo- la apertura de corazón para el Anuncio. Pero
sigue confiando en ellos, pasa a enviarlos, no los amenaza con un “despido”
colectivo, sino que les muestra que después de su Ascensión, les corresponderá,
como lo han enfatizado los Obispos en Aparecida: no hay discipulado sin misión;
ser discípulos-misioneros es el perfil de cualquier seguimiento sincero.
«Los discípulos a su vez han recibido la llamada a estar con Jesús y a ser enviados por Él para predicar el Evangelio, y así se ven colmados de alegría. ¿Por qué no entrarnos también nosotros en este torrente de alegría?» (Papa Francisco).





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