Hch 5, 17-26
Ayer
comentábamos sobre los “sumarios”, y dijimos que había un tercer sumario, en
los cinco primeros capítulos; y que el tercero era 5, 12-14; y, ahora resulta
que nos lo hemos saltado ...
Por
si acaso, antes de entrar en la perícopa de hoy, demos un vistazo al tercer
Sumario, solo por ver qué nos traía…
“Por
obra de los apóstoles se producían en el pueblo muchas señales milagrosas y
prodigios. Los creyentes se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón, y
nadie de los otros se atrevía a unirse a ellos, pero el pueblo los tenía en
gran estima. Más aún, cantidad de hombres y mujeres llegaban a creer en el
Señor, aumentando así su número”.
Ah,
se trata del crecimiento de las comunidades cristianas, en Jerusalén. El
catalizador de ese crecimiento era producto de “las σημεῖα [semeia] “señales” y τέρατα [terata] “milagros”. No podemos decir otra cosa, sino que
Dios los acompañaba en su misión de construir comunidad obrando unos portentos
que la gente tenía que aceptar que solo Dios podía hacerlos. Cómo sería que el
simple contacto con -por ejemplo, la sombra de Pedro- sanaba enfermos.
Tenemos
aquí, a continuación, la perícopa de hoy: como punto de partida, la
presentación de los antagonistas, a saber, la secta de los saduceos, a la que
pertenecían el sumo sacerdote y toda su cohorte. Estos apresaron a los
apóstoles y los enviaron a prisión. Pero he aquí que un ángel del Señor vino a
franquearles la salida y los dirigió al Templo. Quizás desde otra óptica, y
sabiendo la animadversión que los poderosos del Sanedrín les tenían, deberían
haber aprovechado la oportunidad para ponerse fuera del alcance de sus
perseguidores y escapar del peligro. Esta es la perspectiva humana, pero veamos
¿cuál era el enfoque Divino? Vayan al Templo y allí expliquen a todos, estas
palabras de vida. Así, tan pronto amaneció se pusieron a la obra, y comenzaron
a predicar.
¿Qué
hacen en ese momento los sátrapas del Templo? Encabezados por el Sumo
Sacerdote, llamaron al Sanedrín en pleno y enviaron a traer a los apóstoles de
la cárcel. Aun cuando la cárcel estaba cerrada y guardada por los centinelas
apostados en las puertas, allá adentro, no estaba nadie. ¡Pues claro! Esto era
inexplicable. De pronto prorrumpió uno notificando que los apóstoles se
hallaban en el Templo, predicando, tan campantes.
Enviaron a recapturarlos, pero, a traerlos por las buenas no va y fuera que el pueblo se les amotinara. Como se dice, ¡el miedo no monta en burro! Porque, obvio, el burro no es un vehículo para afanes, y aquí la cuestión era de urgente solución y toma de férreas medidas por parte del sequito de los Saduceos. Estaban procediendo afanados por su ζήλου [zelou] “celo”, valga decir, al fragor de sus sentimientos que veían como estas “actividades” de los cristianos, eran amenazantes -en grado sumo- para su estabilidad, ¡nada mejor que detenerlos cuanto antes!
Sal
34(33), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9
Se
ha organizado la perícopa con 4 versos tomando para ello 8 versículos
consecutivos, de dos en dos, de este Salmo alefático, donde cada verso empieza
con una letra del alefato. Es un Salmo de Acción de Gracias.
En
la primera estrofa, se bendice y se alaba al Señor, convocando
preferencialmente a los
עֲנָוִ֣ים [anawin] “pobres”, “mansos”, “humildes” a
la escucha y la alegría.
Se
convida -en la segunda estrofa- a superar el aislamiento individualista y a
reunirse en “asamblea” para proclamar la grandeza y ensalzar el Santo Nombre de
Dios. Declarando que, si uno se remita a Dios y pone ante sus Ojos y en sus
Manos sus afanes y preocupaciones, el inculca el sosiego y da paz y fortaleza
espiritual.
La tercera estrofa, siguiendo en la misma línea, afirma que si -en medio de las aflicciones se invoca al Señor- Él lo escucha y lo salva de las angustias. Así que, ánimo, contemplémoslo y nuestro rostro resplandecerá con su Fuerza protectora en vez de mantenernos agraviados.
Gustar
y saborear, ver y contemplar la Bondad Ilimitada de Dios que comisiona ángeles
protectores que pone para escoltar a los que amán y respetan el Santo Nombre.
En particular, saboreemos y degustemos los frutos espirituales cuyo elenco se
presenta en Gal 5, 22.
Es
por esto -y por mucho más- que el responsorio destaca una y otra vez, que el
Señor jamás defrauda.
Jn
3, 16-21
Pieza maestra del kerygma
El dialogo tenso y
dramático, de Jesús con Nicodemo es una progresiva iluminación de la Palabra
para hacerlo venir a la luz, partiendo de lo que ya sabe para conducirlo a
aquello que ignora, aunque desea.
Silvano Fausti
Podemos
pensar que sí a Dios le interesara lo más mínimo el destino humano, si Él nos
tuviera destinados al juicio y a la perdición habría destinado a Su
Propio-Único-Hijo para nuestra Salvación. Por el contrario, tal es prueba
fehaciente de que no sólo se interesa y se preocupa un poquitín, sino que ¡nos
A-M-A con derroche! Con un Amor generoso que no discrimina por nacionalidades,
es un Amor que cobija a todo el mundo. El Fruto Excelso de este Amor es para
nosotros la Salvación.
Esta Entrega de Su Hijo tiene una implicación, es que Él no nos juzgará por no creer, somos nosotros los que nos auto-condenamos y nos ponemos la soga al cuello y nos impulsamos con vehemencia a la muerte eterna, porque no aceptamos el Don. ¡Nos tiramos de cabeza al abismo, con arrogante porfía!
¿Cómo
podemos ser tan “tercos”? ¿cómo podemos persistir en tamaña obstinación? ¿cómo
podemos obcecarnos en cavar nuestra propia fosa hacia la oscuridad perpetua?
Pues, no cabe otra respuesta, por que amamos las tinieblas, ¡es evidente! ¡sólo
quien detesta la luz, corre hacia la oscuridad!
Nos
avergüenza reconocer el error y preferimos conservar el orgullo, aunque nos
cueste la Vida Eterna.
Estamos
llamados -en nuestra fe- a nacer de nuevo. Estamos convidados a dejar los odres
viejos y estrenar unos enteramente nuevos. Pero esto implica una “conversión”.
Uno puede malinterpretar la fe como si bastara decir “yo creo”, pero nada más
pasara. La fe tiene un consecuente vital; si creemos, permitimos que lo que
creemos nos trasforme, ese cambio no es mágico, no es instantáneo, es un
proceso, es un “éxodo” de 40 años. Si de verdad dejamos que Jesús entre en
nuestra vida, aceptaremos la transfusión que deja escapar la sangre propia para
que sea Su Sangre la que transite nuestras venas. Necesitamos acercarnos a la
Luz, dejarnos iluminar por su Esplendor.
Este
dejarse iluminar -lo vamos a repetir, es “la conversión”-, la que en griego se
llama μετανοῖεν
[metanoien] “metanoia”, “una
transformación profunda de la mente y el corazón”, “un “re-direccionamiento
vital”. Representa un cambio radical en la forma de pensar, sentir y vivir,
implicando una revisión de creencias y una renovación personal. Se describe
frecuentemente como "cambio de dirección", si al disparar nuestra
flecha, iba mal encaminada, nuestra flecha tiene incorporado un sistema de
corrección “a distancia” que le permite “corregir” el rumbo, para llegar donde
“debe”.
¿Qué
quiere decir una transformación profunda de la mente? Quiere decir que seamos
capaces de ver que el trono de Jesús es la cruz. Significa ver que la serpiente
levantada en la asta, no es simbólica de la muerte, sino que simboliza la vida.
Entender que el bautismo no es solo entrar en contacto con el agua, sino que se
tiene que permitir que en lo sucesivo sea el aliento del Espíritu el que llene
nuestro velamen y nos impulse en su dirección: cuando el agua nos toca, el
Espíritu sopla, pero nosotros tenemos que tender las velas y angularlas para
que puedan recoger la fuerza propulsora del πνεῦμα [pneuma]
“respiración” Divina, porque nuestra vida es la de una barca movida por el
viento que Dios sopla en nuestro velamen.
Déjennos añadir algo redundante: si las velas no se ponen en
el ángulo preciso que recojan ese “soplo impulsor”, no llegaremos a ninguna
parte. El “viento” pasara derecho y nosotros seguiremos ahí, estancados. Poner
las velas en el ángulo apropiado, ¡eso es la fe! Aquí es donde cabe decir con
Santiago, “Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se muestra con
hechos, es una cosa muerta”. (Stg 2, 17)
La culpa es nuestra si al evangelizar lo hacemos mal y
hacemos que la gente crea que los marineros existen para dormir en cubierta y
broncearse al calor del sol y que las velas se dispondrán automáticamente. ¿Saben
ustedes cómo se llama quedarse en el barco, ahí tirados, cuan largos somos,
recostados en las “asoleadoras plegables”? Eso es lo que se llama “pecado”. Si
destilamos el pecado hasta dejar su esencia lo que tenemos es un frasco de σκότος [scotos] “oscuridad”, “tinieblas”, “la médula
del pecado”.
«El juicio para quien, a pesar de conocerla, no acoge la Palabra hecha carne, consiste en preferir las tinieblas a la luz, la muerte a la vida. Es el propio hombre quien enjuicia al hombre, no Dios … el que es bueno está bien dispuesto y cree, mientras que el que es malo se muestra reacio y se niega a creer…» (Silvano Fausti)





No hay comentarios:
Publicar un comentario