jueves, 23 de abril de 2026

Viernes de la Tercera Semana de Pascua


Hch 9, 1-20

Se ha enfatizado que los Hechos pueden dividirse en dos partes muy definidas:

1-12 centradas en San Pedro.

13-28 girando en torno a San Pablo

Pero la perícopa de hoy, perteneciente a la primera parte; nos trae, sin embargo, un “avance”, que anticipa elementos de la segunda parte, o sea del segmento paulino; esto con el fin de articular los dos bloques dándoles un sentido de unidad.  Así, no se pueden desmembrar como si se tratara de dos Libros aparte y con entera independencia el uno del otro.

 

Iba Saulo -de quien ya habíamos hecho mención en el capítulo 8, dirigiéndole la mirada y descubriéndolo en aquel trance como el cuidador de los mantos de los asesinos por lapidación que participaron en la constitución de Esteban como protomártir-, muy campante, llegando a Damasco, llevando en su corazón un costal de veneno contra los del “Camino”, los cristianos como se les llamaba en aquel entonces, cuando lo interpeló una “Voz”: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” En griego Σαοὺλ, este nombre -que proviene del hebreo שאול [šā-’ūl ] - significa “el que fue pedido a Dios”. Además, no pasemos por alto que, este mismo Saúl, camino de Damasco, iba provisto de autorizaciones del Sumo sacerdote, para apresar y cargar con cadenas a hombres y mujeres que pertenecieran al “Camino”, con esta información se inicia la perícopa de hoy.

 

Sostiene un breve dialogo con “la Voz”, quien se identifica como Jesús -es decir, que Saúl tuvo un encuentro con Jesús- donde Jesús se identifica con todos sus discípulos víctimas de su persecución. Le manda levantarse y entrar en la ciudad, donde se le instruirá qué debe hacer en lo sucesivo. Al levantarse del derribamiento de la “Voz Poderosa”, cae en la cuenta que está ciego, y tienen que llevarlo de la mano (esta es una especie de metáfora: está ciego para la fe evangélica, y, es incapaz de adentrarse en ella si no lo llevan de la mano y lo conducen en la “iniciación cristiana”, llevándolo de la mano), donde prosiguió su ceguera por el espacio de tres días, uno no pasa de invidente en la fe a una fe capaz de discernir con claridad, de la noche la mañana, debe recorrer un proceso de catecumenado). ¡Tres días es -recordémoslo- un tiempo de salvación! Cabe destacar la ζηλωτής [zelotes] “fidelidad”, “el celo” de Saúl con su fe: pese a sus errores, su compromiso es leal y perseverante. Valores que -además de su capacitación “teológica”, luego veremos que recibida “a los pies de Gamaliel” (Hch 22, 3), serán útiles para el cumplimiento de su Misión Evangelizadora, y en su papel como apóstol de los gentiles.

 

Entra en juego un personaje nuevo: Ananías, חֲנַנְיָה [Hananiah] y significa "Yahveh ha tenido misericordia""Dios es benevolente", nombre que expresa con fidelidad su Misión haciendo pasar al “ciego” a la nueva condición de “vidente”. Él sabía la fama tan negativa, para los cristianos, que se había granjeado Saúl, pese a lo cual, Dios lo envía, y le da la dirección exacta de dónde encontrará a “ese hombre, instrumento elegido de Dios para llevar su Nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel” (Cfr. Hch, 9, 15bc)

 

Con puntual obediencia y acatamiento, Ananías cumple esta misión y lo llena de Espíritu Santo, bautizándolo. Se curó de su ceguera y recobro fuerza, pasó un tiempo (el periodo catecumenal) allí, en Damasco, y después, se dedicó al anuncio de Jesús como Hijo de Dios, en las Sinagogas. Este punto nos hace ver que el Evangelio libera nuestros ojos de todo impedimento para ver y para vivir con mayor plenitud.



Esta es la primera de las tres veces en que se relata en el Libro de Hechos la conversión de Saúl y su vocación: Se repetirá en 22, 3-21 y en 26, 9-18. En el segundo relato, se profundiza el tema de la vocación. En la tercera versión se suprime la intervención de Ananías y toda la conversión-vocación se cumple en el camino a Damasco y la misión es asignada directamente por el propio Jesús (nosotros interpretamos esto como la conquista gradual del reconocer que “llegar a ver en la fe” es, en el fondo, la obra de Dios y los conniventes -aquellos que entran a participar- solo vehiculizan los Designios Divinos).

 

Sal 117(116), 1.2

Muy a propósito con la temática de la conversión y misión de Saúl-Pablo, el responsorio dice: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”.

 

Este Salmo de hoy, es un himno. Nuevamente encontramos -en su brevedad- la estructura paso a paso. Esta paridad se produce con un verbo y su eco. El eco parece profundizar a la vez que intensificar el primero.



El primer verbo -invitativo, en este caso- es הַֽלְל֣וּ [hal-lú] raíz de Aleluya, podríamos traducirlo por “load”. El segundo verbo, -el incrementativo- es שַׁ֝בְּח֗וּהוּ [bejujú] “alabadle”, “rendidle homenaje”, “festejad”.

 

En el segundo caso, חָ֫סֶד [chessed] “la lealtad de su Alianza Misericordiosa”, לְעוֹלָ֗ם [olam]dura por siempre” “es eterna”. Este verso lo que enfatiza es que Él ha concedido esta Alianza por que se compadece.

 

Se invita a que lo “loen” todas las naciones, es una Alianza católica, universalizada. En medio de la “diáspora”, Él nos recoge de todas partes, va como bondadoso-hermoso Pastor, a buscarnos a todos los rincones de la tierra. Desde allí, va brotando este clamor que lo alaba, que lo reconoce, que lo acepta, que clama a Él. ¡Él es nuestro dilecto amigo! Su Predilección pasa de su Hijo, a todos nosotros.

 

Un trabajo intensivo al que nos convoca este breve Salmo, es a proponernos aprender y cultivar la fidelidad al estilo Divino, y procurar serlo siempre y no por ratos. Que podemos corresponder al Amor Eterno de Dios con la constancia de nuestro Amor por Él.

 

Jn 6, 52-59

Adorar y caminar: un pueblo que adora es un pueblo que camina. Caminar con Él y detrás de Él, tratando de poner en práctica su mandamiento, el que dio a los discípulos precisamente en la última Cena: “Como yo los he amado, ámense también unos a otros”. El pueblo que adora a Dios en la Eucaristía es el pueblo que camina en la caridad. Adorar a Dios en la Eucaristía, caminar con Dios en la caridad fraterna.

Papa Francisco

Hasta aquí, veníamos considerando el “pan” como nutrimento, y lo entendíamos como continuidad del Maná que alimentó a los Israelitas en su travesía por el desierto. Se ha operado con una referencia Mosaica.  Ahora, el discurso de Jesús nos introduce en una nueva dimensión: el pan es “su carne para la vida del mundo”.  Se pasa a la dimensión sacrificial, donde el Cuerpo se entrega como “Víctima” y esta Victima lo es en propiciación. Jesús asume la condición de “Cordero”.


En hebreo tenemos בָּשָׂר [basar] para carne y רוּחַ [ruaj] para “espíritu” y נֶפֶשׁ “aliento de vida”. Ahora, pasemos al griego: σάρξ [sarx] “carne” πνεῦμα [pneuma] “espíritu” y πνοὴ ζωῆς [pnoē zōēs] para “aliento de vida”. ¿Se puede establecer una equivalencia término a termino con cada par de la triada? Nuestra respuesta es ¡No!, hay un verdadero salto de garrocha del uno al otro, del hebreo al griego. Cabe sospechar que Jesús al pronunciar se refería a la idea semítica de la palabra “carne”, diversa de la helenística en sarx. Sarx en griego tiene una connotación teológica de fragilidad, naturaleza humana que -especialmente en San Pablo significa flaqueza e incapacidad para hacer el bien. En basar, en cambio, hay un enfoque “ontologista” como cuando decimos que el hombre es entre el 50 y el 70 % agua; donde basar y Nefesh vienen ambos de Dios.

 

Hay otro cambio importante, es el cambio de verbo. Hasta aquí el verbo era φάγω [fago] “comer” o, εσθιων [estion] “comer” o “devorar”; ahora cambia por el verbo τρώγω [trogo] “masticar” “moler con la dentadura”, “tragar” que viene de este verbo griego - τρώγω y su aoristo τραγεῖν [trageîn], que denota el acto de comer alimentos crudos o la forma en que comen los animales; este último instaura una “metáfora”, que al deshacer con ayuda de los dientes el alimento, puede pasar más fácilmente a nuestro interior, puede pasar (inclusive) al corazón, y poner allí su asiento, fundar en él su sede, aceptarlo, es decir poder creer en Él: Deglutir/Creer. Su “carne” no es comida o bebida simbólica, podemos incorporarla a nuestro ser, podemos transustanciarnos en Carne Inmortal, ¡podemos Cristificarnos!

 

Cuando en el verso 55 Jesús dice “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”, Jesús recalca que hay que “comérselo” de verdad, verdad; y que, no vayamos a inventarnos alguna sofisticación para reducir la cuestión a una pura metáfora. Aquí es oportuna la frase que acuñó Ludwig Feuerbach, por allá en 1850, «somos lo que comemos», pero desde una perspectiva bien diversa.

 

Esta “incorporación” es “dialéctica”: “permanece en mí, y Yo en él”, el verbo clave es μένει [menei] “quedarse en”, “permanecer en”. No es una visita provisional, es hacer “residencia” para habitar en nosotros. Eso es hacer propiciación, reconocer nuestra culpabilidad para lograr la favorabilidad Divina y que Él venga a alojarse en nosotros, así como nosotros anhelamos vivir en Él. La favorabilidad sólo se alcanza cuando somos capaces de aceptar nuestro pecado -no ignoremos que Él nos conoce y que sabe quiénes somos, con todas nuestras “cada-unadas”- y volvernos hacia Él, buscando su mirada Compasiva y Misericordiosa. Se produce la “comunión” de vida que consiste en que Él permanece en nosotros y, nosotros-a la vez- permanecemos en Él: el uno no niega al otro, el otro no anula al uno: los dos permanecen en su identidad, pero el abrazo no podría ser más estrecho ni la intercompenetración más poderosa. Verdaderamente son uno, carne propia y huesos propios de Jesús, por la Gracia de ser la Iglesia, la Esposa del Señor.


En el verso 60b, ellos ya establecen su posición, que es una negativa a aceptar que Dios se haga alimento: “Esto que dice es muy difícil de aceptar; ¿Quién puede hacerle caso?” Y, en el verso 66, se señalará que, con ese pretexto, se disgregaron. Es decir, que no permanecieron y se separaron, dispersándose.

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