lunes, 10 de agosto de 2026

Martes de la Décimo Novena Semana del Tiempo Ordinario

Ez 2, 8 -3,4

Lo primero que llama la atención es la expresión que usa Dios, como vocativo, para abrir la comunicación con el profeta: lo llama “hijo de hombre” (giro que encontraremos 93 veces en Ezequiel); entendemos que con esta expresión se subraya que no se trata de ningún súper-hombre, que no ha elegido a uno especial, que es uno más del pueblo, que no es un ángel, sino una persona común y corriente. Hay otra expresión que aparece en otras partes y que le es sinónima: “hijo de Adán”. Podríamos traducirla como “otro hecho también de barro”. Bien es cierto que esta expresión adquirirá, con Daniel, un significado casi contrario, llegará a entenderse como “Un Hombre cualquiera, pero -en realidad- Dios, porque la elección lo ha constituido en su representante”, en suma, ahí pasa a significar “Mesías”.

 

“No seas rebelde”. Con esta expresión entramos de lleno en el Mensaje, en el cariz profético de esta perícopa. En el verso 3, que precede al fragmento que se proclama, Dios se ha referido el pueblo de Israel como un “pueblo desobediente que se ha rebelado contra Mi”. Y, luego le dice, en la segunda parte del verso 4: “Pues te voy a enviar a ellos para que les digas”. Se trata pues, de una vocación y un envío: se le ha elegido, uno común y silvestre, tomado de en medio de los suyos, para que hable por sus labios, el “Mensaje” que se le confía. Estamos en presencia de una rebelión, el pueblo que se había comprometido en alianza, se ha levantado en rebelión y los va a re-encausar, por medio de su profeta; sin embargo, lo primero es que reconozcan que entre ellos hay una boca que actúa como “portavoz” del Mensaje; es decir, urge, ante todo, que ellos reconozcan a Ezequiel como “Profeta”.

 

Pero Dios los conoce ya, se trata de un pueblo “sordo”, no por una disfunción del oído, sino por una rudeza recalcitrante que llevan en el corazón. Y Dios previene a Ezequiel: puede ocurrir que no lo escuchen, ¡Eso no tiene por qué preocuparle, a él, tan sólo le compete anunciar, lo oigan o no!

 

El profeta recibe la Palabra-Mensaje en forma de un “rollo”, en aquel tiempo no habían “libros” -en formato códice-, sino rollos; recibe el Mensaje al igual que nosotros, de forma escrita, y la Palabra de Dios en su boca es un Mensaje de sabor dulce. Ya el leer, se da cuenta que está allí plasmada la historia y toda la experiencia de su pueblo, y son tristes páginas, llenas de ayes, de lamentos, de dolor, y lo más duro, de pronósticos amenazadores: ya, al leer, el mensaje tiene un “retrogusto” amargo.

 

Pero, él no puede callarlo, tiene que proclamarlo, la orden recibida es perentoria: “Ve y comunica el pueblo de Israel lo que tengo que decirle” (Ez 3, 4bsd).

 

Nosotros, que por el bautismo hemos recibido el triple carisma de “Sacerdotes, Profetas y Reyes”, estamos puestos ante la encrucijada: ¿Tomares la cruz para seguirle o seremos solamente miembros de un pueblo rebelde? Recibimos el Mensaje, pero lo dejamos ahí, sepultado en nuestro pecho, sin cumplir el encargo de irlo a proclamar.

 

Ahora bien, me disculpo con ustedes, queridos lectores, porque puede sonar algo sentencioso, pero mecho me temo que es así: Si nosotros no cumplimos con nuestra parte de la Alianza sellada (recordemos que el bautismo nos entrega un sello, que técnicamente denominamos “carácter”) no seremos pueblo escogido, estaremos marginados -por propia desidia- de ser llamados y tenidos como “Su Pueblo”.

 

Así están las cosas, no basta hacernos llamar “discípulos” si no asumimos el envío y completamos nuestro perfil haciéndonos Misioneros. Entonces todo habrá sido en vano. Religión es algo que vuelve a conectar, cuando la Alianza se ha roto. Pese a todo, si no se cumple la Misión, no se reconecta nada, la línea telefónica, con Dios, sigue interrumpida y todo ritual será un fingimiento, ¡pura simulación!


Realmente cuando se da la compenetración con la Palabra, como en este caso en que el profeta comulga con la palabra, la Palabra adquiere su “Presencia sacramental”. Sólo cuando Ezequiel -como también muchas veces nosotros- verdaderamente nos nutrimos en Ella. La Palabra como presencia sacramental nos lleva a pensar en los sacramentos pre-cristianos, la manera como Dios estaba a nuestro lado y como extendía su Protección, como cumplimiento de su relación con su pueblo al que Él, de ninguna manera, desamparó: Eran sacramentos el Arca, los rollos de la Escritura y los profetas.

 

Sal 119(118), 14. 24. 72. 103. 111. 131

Salmo de súplica. es un salmo alefático, pero no hay un verso por cada letra del alefato, ¡Hay una estrofa completa! Cada estrofa es un octeto -ocho versos- o sea, en total 176 versos, y en cada verso, alguna palabra que significa “Ley”. El salmo más largo del salterio nos informa hasta qué punto, la Ley es el eje, en esta religión. Y es que esta Ley fue entregada por el Propio Dios. La Ley eran -no piezas jurídicas- sino el protocolo domestico del matrimonio entre Dios y su pueblo.

 

Esto es un encuentro de enamorados, no están hablando de la ley, sino del color de la luz, de la trasparencia del aire, de la hermosa música que sonaba la noche de su primer encuentro, del perfume encantador que despedían las flores del ramillete y del romántico beso que selló el inicio del “noviazgo”.


Vamos a tomar hoy, tan solo seis versos y dejaremos al margen los otros 170, convencidos que, con una muestra bien seleccionada podemos retratar, sinópticamente, el Salmo entero.

 

El primer recuerdo que les viene a la memoria, hoy, es el de la alegría compartida gracias a los “preceptos”.

 

Luego la novia declara que los “preceptos” hacen para ella la delicia y que las “enseñanzas” actúan como sus consejeros.

 

Compara la “ley” que Él ha pronunciado con un enorme baúl de monedas de oro y plata y confiesa que, la Ley es más valiosa.

 

Luego, se remite al sentido del gusto, ahora, la comparación está referida a la dulzura, y declara que la Ley es muchísimo más dulce que la miel más almibarada.

 

En la quinta estrofa, la comparación se hace referida a una herencia vitalicia, y ella manifiesta que la seguridad y la generosidad de su peculio fundamenta su alegría.

 

Ahora bien, tantos adornos, tantas galanuras, tantos piropos, hacen que la Ley sea algo deseable, intensamente ambicionado, como el mismísimo aire. Así que ella ansía que Él pronuncie sus “deseos”.

 

La conclusión podría ser pronunciada y repetida (7 veces), por el profeta Ezequiel, después de nutrirse con las mieles del “rollo”: ¡Qué dulce al paladar tu Promesa, señor!

 

Mt 18-1-5.10.12-14

Pensemos en tantos “pequeños” que forman parte de nuestras sociedades y a quienes Dios dirige una atención especial: drogadictos, prostitutas, presos, desplazados, indigentes y tantos otros.

 

Los “discípulos” -y eso pasa muy frecuentemente porque en nuestro medio ambiente, el sentimiento que el Maligno inculca, es el de la competencia- están obsesionados por saber “quién es el mayor del Reino”.


¿Qué les contesta el Señor? La respuesta es un παιδίον [paidion] “un niño en edad de estar en la escuela primaria”; con mucha frecuencia se ha dicho que los marginales de aquellas sociedades eran, junto con los niños, las mujeres, los ancianos, las viudas, los extranjeros y los “impuros”. Aquí, niño significa indefenso, dependiente, despreciado. Pero también, confiado, en particular, confiado en sus padres, que él sabe, velaran por todas sus necesidades hasta llevarlo a la independencia de un joven autosuficiente.

 

Jesús nos propone asumir esa actitud, fiarnos del Padre Celestial, dejar que Abba se ocupe, ser enteramente confiado, no vayamos a pensar que vagos-atenidos y entregados al juego y a la holgazanería, que, aquellos niños tenían que colaborar, en la medida de su posibilidad en las responsabilidades que se les entregaban, pero no tenían que soportar las presiones del pago de impuestos y de ver por la manutención de su familia.

 

«Una canción dice: “¿Qué tendrá lo pequeño, que a Dios tanto le agrada?”. Cristo nos enseña en este Evangelio que ser pequeño significa volver a ser niño. Implica un cambio, recuperar cada día aquel tesoro que se va desgatando con los años…» (Papa Francisco).

 

Si uno es capaz de asumir esa “dependencia” de las Mano de Dios, ha cogido el Reino a dos manos; por el contrario, si por a, b o c circunstancia, pierdes ese atributo de “segura-dependencia”, entonces habrás franqueado el umbral de las preocupaciones, los desvelos y la infelicidad.

 

Pues bien, los discípulos cuando saben asumir su dependencia a la vez que su responsabilidad de hijos, junto con el respeto que los Mandamientos pedían para todos, respecto de sus padres, entonces, cada persona del grupo, asumiría su padrinazgo llegada la situación de que su Padre no lo pudiera proteger. A esos que velarán por sus “discípulos” para que estén seguros bajo la paternal protección del Cielo, Jesús les ofrece, que será como si ese bien que les hacen, lo hubieran hecho con Él mismo.

 

Pasa Jesús a una segunda comparación, con la misma temática: Él vela por sus “niños” como un Pastor vela con todo denuedo favoreciendo a sus ovejas. Los desvelos del Pastor son tales que cuida de todas y de cada una, sin negarle a ninguna su salvaguarda. Y les dice que si una cualquiera de su rebaño fuera amenazada por el más leve peligro, él saldría en su defensa, descuidando, brevemente a las otras de su grey, pero porque su seguridad está garantizada, para acudir presuroso a defender a la que está en riesgo.

 

¡Ni uno solo de los que le confió el Padre se perderá! (Cfr. Jn 17, 12) ¡Él será el Fiel Pastor por toda la Eternidad!

 

Este desvelo por la oveja amenazada es lo que en el lenguaje técnico de nuestros estudios hemos llamado “opción preferencial”; nunca porque no ame a las otras, o porque las ame menos, sino porque los colmillos del lobo se ciernen sobre sus gargantas. Para ellas, la situación es angustiosa, por eso se activa la “preferencialidad” hasta cuando las justas relaciones se restablezcan.


«Un niño tiene las manos pequeñas. Todo le queda grande, todo le sobrepasa, en todas las sillas sus pies quedan colgando. Pero, es feliz, aunque no tenga el control de todo. Más aún: su felicidad consiste en que no quiere controlarlo todo. El niño vive para recibir, para descubrir, para sorprenderse.» (Papa Francisco).

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