Lm 3, 17-26
Los
profetas habían alertado al pueblo israelita que quebrantar la Alianza traería
sus consecuencias. La alianza era la protección y el beneplácito de Dios con su
pueblo; la advertencia era la ruptura de ese convenio de protección que
acarrearía que Dios los abandonara. Así visualizaban a Dios, como un rey de
alguna nación que garantizaba la defensa de los enemigos y el bienestar del
pueblo, así entendían la Alianza, y su infidelidad era, precisamente pensar que
podían elegir en cuál divinidad creer, la Alianza era totalmente interesada y
se hacía por conveniencia. El pueblo, llegaba a pensar que, tal vez, podría
romper con ese rey y pactar con otro que les trajera “mejores” condiciones. El
ser humano no conoce los términos de la fidelidad. Va desquiciado a buscar
mayores ventajas en alguna otra madriguera.
Esas
consecuencias por contrariar la Alianza se vieron de manera patente con la
caída de Jerusalén en el 586 a.C. cuando sobrevino la destrucción del Primer
Templo y del Reino de Judá que se vio asolado por el ejército del Imperio
neobabilónico bajo el mando del rey Nabucodonosor II, el sitio de la ciudad
duró 18 meses y desató una hambruna inenarrable. Podríamos decir -aludiendo al
pasaje de la historia griega- que, ¡ahí si fue Troya!: El General Nabuzardán arrasó
la ciudad, entregó al fuego el Primer Templo (o Templo de
Salomón) hasta los cimientos, saqueó los objetos sagrados y derribó las
murallas; así se dio inicio al periodo conocido como el Cautiverio de Babilonia; para narrar de manera resumida esta dolorosísima página
de la historia.
El
capítulo 1 es el Primer Lamento nos habla de una viuda -ya hemos dicho que las
viudas estaban en la condición paupérrimamente más vulnerable, sin derechos
económicos y mucho menos políticos o civiles; esta viuda es la personificación
de Jerusalén y se alude a ella como “princesa de Sion”. Varias veces hemos
comentado que Sion es la loma sobre la cual está construida Jerusalén.
En
el capítulo 2, viene el Segundo Lamento, la mujer, “la bella Sion”, esta
desprotegida, sin amantes, sin amigos, sin puertas, totalmente inerme. Su consorte era Shalom (la paz) que la ha
dejado abandonada, asolada, arruinada, borrada del mapa.
En
el Tercer Lamento, la lamentación está en labios de un personaje plural, ya no
es uno solo el que se queja y añora, ahora es toda la comunidad y se entienden
distintas voces clamorosas y dolientes. Hay estilo y alusiones al lenguaje de
Job, al estilo de los salmos de luto, y menciones intercaladas del lenguaje del
Deutero-Isaías, cuando nos da a conocer al Siervo Sufriente. Este lenguaje ya
habla de futuro, y augura el dolor y el pesar de un Crucificado dispuesto a
ofrecerse como Redentor, entregándose para redimir con su propio dolor el de
sus hermanos, para paliar tanto padecimiento y tanta devastación.
La
presentación de la perícopa parece la voz de un difunto que se mira a sí mismo
y descubre que a partir de ese momento ira en progresivo y acelerado declive, y
añade que su propio esplendor ha sucumbido.
Pasa
de la vista, al sentido el gusto y, el amargo es el propio del ajenjo, la
amargura resbala, no por la garganta, sino por el alma. La perspicacia del
ánima tiene lo suficiencia para desenmascarar, detrás de ese sabor, los
corrosivos efectos del veneno, que le permite evocar algo que duerme impreso en
su memoria: que el fin es aparencial, que cuanto más se avanza en el túnel de
la tiniebla, más se evidencia la certeza de la esperanza. Que es como un raudal
de Luz que aguarda en el trasfondo.
Entonces
puede leer en las huellas dactilares del Tacto Divino sus rasgos más
característicos: la Bondad, la Misericordia, la Fidelidad. Todo cuanto el
ingrato no llega a ver, por eso es infiel.
Empero,
todo este caudal de esperanza parece sumido en la latencia y estar aguardando -como
óvulos- a que venga la ternura maternal a encubarlos: Seguirán como aire presto
a ser aspirado hasta que los seres humanos demuestren que lo aguardan y que
quieren contenerlo en el seno de su alma.
Es
el momento exacto en que, abrir los párpados y volver a la realidad de la amada
ciudad vuelta ruinas y lamida por el fuego y la violencia despiadada del que
nada sabe de ternuras, arrullos, abrigo, lactancia, cariño, amor. Con los ojos
abiertos vuelve al inicio y reafirma: ¡He perdido la paz, he olvidado la dicha!
No vendrá esa que -no es solo ausencia de guerra- sino que se aúna al bienestar, a la prosperidad general, y a una existencia plenaria del ejercicio cabal de la justicia. Que abran los ojos los bienaventurados que conocen el significado de la confianza en el Señor. Los otros que sigan durmiendo sus sueños de muertos eternos.
Sal
130(129), 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8
En
el verso 1 de este salmo se indica que es un salmo “gradual” o, como se les
denomina en hebreo, שִׁ֥יר הַֽמַּעֲלֹ֑ות [Shir Hama'alot] “cánticos de subida”, más estrictamente
“Cánticos graduales”. Estos son quince salmos consecutivos, que van del
120(119) al 134(133), son, por decirlo así, un itinerario de la peregrinación a
Jerusalén. Se ha dicho con insistencia que los judíos tenían tres festividades
que obligaban a subir a Jerusalén, se las denomina שְׁלֹשֶׁת הַרְגָלִים Sheloshet HaRegalim: a saber, Pesaj,
Shavuot y Succot (Pascua, las Semanas -al que nosotros llamamos Pentecostés- y,
las Tiendas); nosotros los entendemos como una especie de Mandamiento de ir al
Templo, pero lo esencial está en el modo como en este viaje se cultiva la
fraternidad y la solidaridad, porque peregrinar, significa “ir juntos”,
“convivir”, “compartir”, “untarse de pueblo”, “reconocerse miembros de esa
comunidad de fe”. Hay mucho de esto cuando en nuestras peregrinaciones
religiosas, compartimos dulces, galletas, frutas, emparedados, el pollo que
llevamos, y fraternizamos con honda sinceridad y generoso desprendimiento. Nos gusta
entender estas “peregrinaciones” como verdaderos talleres de sinodalidad.
Pues, los salmos graduales van describiendo estas “etapas” del viaje hasta el Templo. En específico, este salmo 130, enfoca el tema del sacrificio expiatorio por haber quebrantado la Alianza.
Jn 14, 1-6
… la adhesión a Jesús
en favor de la vida hace que las personas se vuelvan hijas de Dios, formando
una sola familia con Jesús y el Padre.
José Bortolini
Lo
que nos aporta el Evangelio joánico es la imagen del Redentor que se ha
adelantado precisamente para irse a prepararnos moradas amplias, acogedoras y
suficientes: es la manera de señalar que serán lugares luminosos, llenos de
vida, alegría y amor. Hay vivienda abundante en la dimensión de Dios Padre.
Allí no hay dificultades urbanísticas, no hay escases de viviendas.
Aquí leemos una aclaración fundamental: Jesús no se va porque lo hayamos logrado ahuyentar; Jesús parte a la Patria Celestial porque va a organizarnos nuestra recepción. Se adelanta para hacer oportunidad para adelantar todos los preparativos. Y, ahí sí, cuando todo haya quedado convenientemente previsto, vendrá a convidarnos y a llevarnos con Él.
Lo
que se persigue es andar un nuevo derrotero, la ruta de los que πιστεύετε [pisteute] “creen”, “confían”; lo que implica ταρασσέσθω
[tarassestho] “superar la angustia”, “no agitarse”, “escapar a la perturbación”,
“no hacerse blanco de la preocupación y el nerviosismo”.
Cuando
te ofrecen un obsequio, por lo menos hay que estirar la mano para recibirlo. Cuando Dios te ofrece garantías y bienestar,
más que alargar la mano, conviene que ensanchemos el espíritu y demos claras
señas de aceptarlo, de acogerlo, de confiar en Él.
Atención,
que solo el hijo malcriado exige atención inmediata; solo la prole
desconsiderada piensa que su Padre ha de darle lo que quiere, enseguida pues,
de otra manera, sacará a relucir sus mañosas pataletas.
Para
disipar nuestras inquietudes y contener nuestros berrinches, él dice: ¡Los voy
a llevar a mi Reino, pues quiero que estéis conmigo siempre, me gozo en vuestra
compañía!
Los
Doce nos personifican, los doce son “el pueblo de Dios”, y siempre, entre los
del pueblo de Dios hay algún despistado total:
1. No sabemos a dónde
vas
2. No tenemos ni la
más remota idea
3. ¿Cómo vamos a saber
el camino?
Cuando
Dios pronunció delante de Moisés su Nombre, le dijo que se llamaba YHWH, “Yo
Soy”; A Jesús le satisfizo que Pedro lo reconociera como Mesías, pero Él sabía
que no era por propia inteligencia que lo reconocía; pero este Tomas que se
desvela hoy, si está enteramente extraviado, a Jesús le toca confirmarle que
está hablando con el “Hijo de Dios y le dice, Él mismo: “Yo Soy” que resonó
desde la Zarza Ardiente.
De
las siete veces que Jesús se identifica como “Yo soy” estamos hoy, frente a la
sexta: Y lo que le dice, es, nada más ni nada menos que:
“Yo soy” el camino, la verdad y la vida».
No
son tres cosas distintas: es una sola cosa, o sea una sola definición de su
naturaleza orientadora, que dirige: Dios es un Buen Pastor que nos conduce
hacia Pastos Tranquilos. Él es:
i)
Un camino para que uno lo recorra
ii)
Un camino que es el verdadero camino, que contiene el
verdadero sentido de “caminar”.
iii)
No es un camino para salir a hacer ejercicio un rato, o
algún día de la vida, sino el camino total que se recorrerá durante toda
nuestra estadía en este estado que llamamos Vida.
En
síntesis, Jesús lo dice: te estás dirigiendo a la Persona que encarna a la ruta
única que lleva hacia Dios-Padre. “Nadie va al Padre sino transitando por esta
Vía”. Este es un paradigma de vida sin alternativa, solo respetando el modelo
de Jesús, iremos por camino certero hacia la Patria Celestial.
«El
camino está siempre como referencia a la casa paterna, de la cual o hacia la
cual se encamina. El “camino” es tradicionalmente la ley. Ahora es Jesús (cf. Hch
9, 2; 18, 25s; 24, 22), que nos vuelve a llevar a la casa. La “verdad” es su
carne como Hijo, que hace ver al Padre. La “vida” es el amor entre el Padre y
el Hijo, que Jesús nos ha testimoniado al vivir y al morir. Otros caminos
desvían, otras verdades son falaces, otras propuestas de vida son mortíferas. El
Hijo es el único camino a seguir para volver al Padre: por medio de Él
conocemos a Dios y reconocemos a los otros como hermanos. Eso no significa que
el que no lo conoce esté perdido. En efecto, la Palabra eterna del Padre está
actuando desde siempre, en una infinidad de modos, para iluminar a cada hombre
y darle a conocer la verdad del amor (cf. 1,9.14)» (Silvano Fausti).
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida es central en el Evangelio de Juan, y resume al mismo tiempo la práctica del Hijo de Dios y la práctica de la comunidad… junto con el mandamiento del amor (13, 34-35), constituye la herencia o testamento de Jesús a la comunidad de los que lo siguen… Jesús se despide de los suyos dejándoles una herencia y una misión: la herencia es su amor sin límites que lo lleva a dar la vida por amor, la misión es hacer lo que Él hizo, es decir, comprometerse con la vida hasta el punto de entregarla por amor» (José Bortolini).




