domingo, 1 de noviembre de 2026

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS


Todo el pueblo que se arrepiente

Lm 3, 17-26

Los profetas habían alertado al pueblo israelita que quebrantar la Alianza traería sus consecuencias. La alianza era la protección y el beneplácito de Dios con su pueblo; la advertencia era la ruptura de ese convenio de protección que acarrearía que Dios los abandonara. Así visualizaban a Dios, como un rey de alguna nación que garantizaba la defensa de los enemigos y el bienestar del pueblo, así entendían la Alianza, y su infidelidad era, precisamente pensar que podían elegir en cuál divinidad creer, la Alianza era totalmente interesada y se hacía por conveniencia. El pueblo, llegaba a pensar que, tal vez, podría romper con ese rey y pactar con otro que les trajera “mejores” condiciones. El ser humano no conoce los términos de la fidelidad. Va desquiciado a buscar mayores ventajas en alguna otra madriguera.

 

Esas consecuencias por contrariar la Alianza se vieron de manera patente con la caída de Jerusalén en el 586 a.C. cuando sobrevino la destrucción del Primer Templo y del Reino de Judá que se vio asolado por el ejército del Imperio neobabilónico bajo el mando del rey Nabucodonosor II, el sitio de la ciudad duró 18 meses y desató una hambruna inenarrable. Podríamos decir -aludiendo al pasaje de la historia griega- que, ¡ahí si fue Troya!: El General Nabuzardán arrasó la ciudad, entregó al fuego el Primer Templo (o Templo de Salomón) hasta los cimientos, saqueó los objetos sagrados y derribó las murallas; así se dio inicio al periodo conocido como el Cautiverio de Babilonia; para narrar de manera resumida esta dolorosísima página de la historia.

 

El capítulo 1 es el Primer Lamento nos habla de una viuda -ya hemos dicho que las viudas estaban en la condición paupérrimamente más vulnerable, sin derechos económicos y mucho menos políticos o civiles; esta viuda es la personificación de Jerusalén y se alude a ella como “princesa de Sion”. Varias veces hemos comentado que Sion es la loma sobre la cual está construida Jerusalén.

 

En el capítulo 2, viene el Segundo Lamento, la mujer, “la bella Sion”, esta desprotegida, sin amantes, sin amigos, sin puertas, totalmente inerme.  Su consorte era Shalom (la paz) que la ha dejado abandonada, asolada, arruinada, borrada del mapa.

 

En el Tercer Lamento, la lamentación está en labios de un personaje plural, ya no es uno solo el que se queja y añora, ahora es toda la comunidad y se entienden distintas voces clamorosas y dolientes. Hay estilo y alusiones al lenguaje de Job, al estilo de los salmos de luto, y menciones intercaladas del lenguaje del Deutero-Isaías, cuando nos da a conocer al Siervo Sufriente. Este lenguaje ya habla de futuro, y augura el dolor y el pesar de un Crucificado dispuesto a ofrecerse como Redentor, entregándose para redimir con su propio dolor el de sus hermanos, para paliar tanto padecimiento y tanta devastación.

 

La presentación de la perícopa parece la voz de un difunto que se mira a sí mismo y descubre que a partir de ese momento ira en progresivo y acelerado declive, y añade que su propio esplendor ha sucumbido.

 

Pasa de la vista, al sentido el gusto y, el amargo es el propio del ajenjo, la amargura resbala, no por la garganta, sino por el alma. La perspicacia del ánima tiene lo suficiencia para desenmascarar, detrás de ese sabor, los corrosivos efectos del veneno, que le permite evocar algo que duerme impreso en su memoria: que el fin es aparencial, que cuanto más se avanza en el túnel de la tiniebla, más se evidencia la certeza de la esperanza. Que es como un raudal de Luz que aguarda en el trasfondo.

 

Entonces puede leer en las huellas dactilares del Tacto Divino sus rasgos más característicos: la Bondad, la Misericordia, la Fidelidad. Todo cuanto el ingrato no llega a ver, por eso es infiel.

 

Empero, todo este caudal de esperanza parece sumido en la latencia y estar aguardando -como óvulos- a que venga la ternura maternal a encubarlos: Seguirán como aire presto a ser aspirado hasta que los seres humanos demuestren que lo aguardan y que quieren contenerlo en el seno de su alma.

 

Es el momento exacto en que, abrir los párpados y volver a la realidad de la amada ciudad vuelta ruinas y lamida por el fuego y la violencia despiadada del que nada sabe de ternuras, arrullos, abrigo, lactancia, cariño, amor. Con los ojos abiertos vuelve al inicio y reafirma: ¡He perdido la paz, he olvidado la dicha!


No vendrá esa que -no es solo ausencia de guerra- sino que se aúna al bienestar, a la prosperidad general, y a una existencia plenaria del ejercicio cabal de la justicia. Que abran los ojos los bienaventurados que conocen el significado de la confianza en el Señor. Los otros que sigan durmiendo sus sueños de muertos eternos.

 

Sal 130(129), 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8

En el verso 1 de este salmo se indica que es un salmo “gradual” o, como se les denomina en hebreo, שִׁ֥יר הַֽמַּעֲלֹ֑ות [Shir Hama'alot] “cánticos de subida”, más estrictamente “Cánticos graduales”. Estos son quince salmos consecutivos, que van del 120(119) al 134(133), son, por decirlo así, un itinerario de la peregrinación a Jerusalén. Se ha dicho con insistencia que los judíos tenían tres festividades que obligaban a subir a Jerusalén, se las denomina שְׁלֹשֶׁת הַרְגָלִים Sheloshet HaRegalim: a saber, Pesaj, Shavuot y Succot (Pascua, las Semanas -al que nosotros llamamos Pentecostés- y, las Tiendas); nosotros los entendemos como una especie de Mandamiento de ir al Templo, pero lo esencial está en el modo como en este viaje se cultiva la fraternidad y la solidaridad, porque peregrinar, significa “ir juntos”, “convivir”, “compartir”, “untarse de pueblo”, “reconocerse miembros de esa comunidad de fe”. Hay mucho de esto cuando en nuestras peregrinaciones religiosas, compartimos dulces, galletas, frutas, emparedados, el pollo que llevamos, y fraternizamos con honda sinceridad y generoso desprendimiento. Nos gusta entender estas “peregrinaciones” como verdaderos talleres de sinodalidad.


Pues, los salmos graduales van describiendo estas “etapas” del viaje hasta el Templo. En específico, este salmo 130, enfoca el tema del sacrificio expiatorio por haber quebrantado la Alianza.

 

Jn 14, 1-6

… la adhesión a Jesús en favor de la vida hace que las personas se vuelvan hijas de Dios, formando una sola familia con Jesús y el Padre.

José Bortolini

Lo que nos aporta el Evangelio joánico es la imagen del Redentor que se ha adelantado precisamente para irse a prepararnos moradas amplias, acogedoras y suficientes: es la manera de señalar que serán lugares luminosos, llenos de vida, alegría y amor. Hay vivienda abundante en la dimensión de Dios Padre. Allí no hay dificultades urbanísticas, no hay escases de viviendas.


Aquí leemos una aclaración fundamental: Jesús no se va porque lo hayamos logrado ahuyentar; Jesús parte a la Patria Celestial porque va a organizarnos nuestra recepción. Se adelanta para hacer oportunidad para adelantar todos los preparativos. Y, ahí sí, cuando todo haya quedado convenientemente previsto, vendrá a convidarnos y a llevarnos con Él.

 

Lo que se persigue es andar un nuevo derrotero, la ruta de los que πιστεύετε [pisteute] “creen”, “confían”; lo que implica ταρασσέσθω [tarassestho] “superar la angustia”, “no agitarse”, “escapar a la perturbación”, “no hacerse blanco de la preocupación y el nerviosismo”.

 

Cuando te ofrecen un obsequio, por lo menos hay que estirar la mano para recibirlo.  Cuando Dios te ofrece garantías y bienestar, más que alargar la mano, conviene que ensanchemos el espíritu y demos claras señas de aceptarlo, de acogerlo, de confiar en Él.

 

Atención, que solo el hijo malcriado exige atención inmediata; solo la prole desconsiderada piensa que su Padre ha de darle lo que quiere, enseguida pues, de otra manera, sacará a relucir sus mañosas pataletas.

 

Para disipar nuestras inquietudes y contener nuestros berrinches, él dice: ¡Los voy a llevar a mi Reino, pues quiero que estéis conmigo siempre, me gozo en vuestra compañía!

 

Los Doce nos personifican, los doce son “el pueblo de Dios”, y siempre, entre los del pueblo de Dios hay algún despistado total:

1.    No sabemos a dónde vas

2.    No tenemos ni la más remota idea

3.    ¿Cómo vamos a saber el camino?

 

Cuando Dios pronunció delante de Moisés su Nombre, le dijo que se llamaba YHWH, “Yo Soy”; A Jesús le satisfizo que Pedro lo reconociera como Mesías, pero Él sabía que no era por propia inteligencia que lo reconocía; pero este Tomas que se desvela hoy, si está enteramente extraviado, a Jesús le toca confirmarle que está hablando con el “Hijo de Dios y le dice, Él mismo: “Yo Soy” que resonó desde la Zarza Ardiente.

 

De las siete veces que Jesús se identifica como “Yo soy” estamos hoy, frente a la sexta: Y lo que le dice, es, nada más ni nada menos que: “Yo soy” el camino, la verdad y la vida».

 

No son tres cosas distintas: es una sola cosa, o sea una sola definición de su naturaleza orientadora, que dirige: Dios es un Buen Pastor que nos conduce hacia Pastos Tranquilos. Él es:

i)              Un camino para que uno lo recorra

ii)             Un camino que es el verdadero camino, que contiene el verdadero sentido de “caminar”.

iii)           No es un camino para salir a hacer ejercicio un rato, o algún día de la vida, sino el camino total que se recorrerá durante toda nuestra estadía en este estado que llamamos Vida.

En síntesis, Jesús lo dice: te estás dirigiendo a la Persona que encarna a la ruta única que lleva hacia Dios-Padre. “Nadie va al Padre sino transitando por esta Vía”. Este es un paradigma de vida sin alternativa, solo respetando el modelo de Jesús, iremos por camino certero hacia la Patria Celestial.

 

«El camino está siempre como referencia a la casa paterna, de la cual o hacia la cual se encamina. El “camino” es tradicionalmente la ley. Ahora es Jesús (cf. Hch 9, 2; 18, 25s; 24, 22), que nos vuelve a llevar a la casa. La “verdad” es su carne como Hijo, que hace ver al Padre. La “vida” es el amor entre el Padre y el Hijo, que Jesús nos ha testimoniado al vivir y al morir. Otros caminos desvían, otras verdades son falaces, otras propuestas de vida son mortíferas. El Hijo es el único camino a seguir para volver al Padre: por medio de Él conocemos a Dios y reconocemos a los otros como hermanos. Eso no significa que el que no lo conoce esté perdido. En efecto, la Palabra eterna del Padre está actuando desde siempre, en una infinidad de modos, para iluminar a cada hombre y darle a conocer la verdad del amor (cf. 1,9.14)» (Silvano Fausti).


«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida es central en el Evangelio de Juan, y resume al mismo tiempo la práctica del Hijo de Dios y la práctica de la comunidad… junto con el mandamiento del amor (13, 34-35), constituye la herencia o testamento de Jesús a la comunidad de los que lo siguen… Jesús se despide de los suyos dejándoles una herencia y una misión: la herencia es su amor sin límites que lo lleva a dar la vida por amor, la misión es hacer lo que Él hizo, es decir, comprometerse con la vida hasta el punto de entregarla por amor» (José Bortolini).