jueves, 20 de agosto de 2026

Viernes de la Vigésima Semana del Tiempo Ordinario


 

Ez 37, 1-14

La cultura de Ezequiel no conocía una vida después de la muerte; por tanto, no entraba en el horizonte el tema de la Resurrección. Cuando Ezequiel hace la interpretación de su símbolo, no encuentra en él sitio para la resurrección. Por otra parte, y desde el punto de vista histórico, su horizonte está cerrado por las opacas nubes del destierro. El gran problema es el problema de la patria. Vivir en Babilonia no es vivir, pues una vida sin culto no es vida. Vivir es estar en Palestina y dar libremente culto al Señor en el templo. Lo demás no es vida; eso no es vivir.

Schökel/Gutiérrez

Queremos empezar diciendo qué significan aquí los huesos secos: Aquellas personas que -a causa de los pecados mortales- viven muertos en vida, son verdaderos zombis, porque deambulan por ahí, pero sus cuerpos son portadores de la muerte que ellos mismos se han acarreado. Esto nos hace saber, que muchas veces estamos rodeados de muertos vivientes, gentes que parecen estar vivos, ¡pero solamente lo parecen!

 

Y esto está directamente emparentado con aquello que leemos en Lc 15, 7: “hay más alegría por un solo pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse”. Un momento esplendido en esta escena es el momento en que los huesos retoman carne, tendones y músculos. Pero el prodigio despampanante es cuando ellos se vuelven a animar gracias al Espíritu que se les infunde; y es el Señor quien lo hace. Evidentemente, nadie, sino solo Dios, puede volver a traer los cadáveres de los muertos a la vida.

 

Asistimos en esta Lectura a la Resurrección del pueblo escogido, a la renovación de Israel. Los eruditos datan este texto del 586 a.C. posterior a la destrucción de Jerusalén. Ezequiel resalta que no eran algunos contados, sino una verdadera multitud los que son tocados por el poder vivificante y sanador de Dios.

 

Por las condiciones en que están estos cadáveres podemos asegurar que no murieron ayer, sino que llevan ya tanto tiempo que de ellos no subsisten sino los huesos y ya toda su carne ha desaparecido: Nos viene a la memoria aquella frase de Marta, hermana de Lázaro, que le explica a Jesús: “Señor, ya hiede, porque hace cuatro días que murió”.

 

El profeta había sido llevado a una comunidad de exiliados ubicada a orillas del río Quebar. En el texto bíblico se menciona específicamente que vivía en un asentamiento llamada Tel Aviv -no se trata de la ciudad moderna de Israel, sino de otra Tel Aviv. Son muertos totales porque en eso los había convertido la expatriación a la que los babilonios los habían condenado.

 

El Señor le ordena a Ezequiel que les predique a los huesos. ¿Cómo ha de empezar esa predica? הַיְבֵשֹׁ֔ות שִׁמְע֖וּ דְּבַר־יְהוָֽה [hay besout shimu dabar Yahweh] ¡Huesos secos, escuchen la Palabra del Señor! Está anidado aquí el vocativo [Shema] “Escuchar”, diferente de solo “oír”, que es la llegada de la señal auditiva al oído, en cambio, escuchar es permitir que el mensaje baje al corazón y llene la vida. Esta también la expresión דָּבָר [dabar] "palabra", "la causa de todo", “la causa en sí”. y no es cualquier palabra es la Palabra de YHWH.

 

Eran vivientes, pero sin ר֫וּחַ [ruaj] “Espíritu”. A este no se le llama en cierta dirección, hay que conjurarlo desde los cuatro puntos cardinales porque el espíritu está en todas partes; y así lo hace Ezequiel, según lo instruyó el Señor.

 

La música que respalda este relato está en clave de esperanza. Dios se ha dado cuenta de todo. No los ha abandonado. Él va a tomar cartas en el asunto. Y lo hará con mano fuerte y brazo poderoso (Cfr. Dt 26,8)

 

«Desde los inicios del cristianismo este texto fue visto como una imagen de la resurrección de los muertos. No una resurrección individual, sino general. Es de los pocos textos en el AT que se refieren a este misterio. Lógico es que en aquel momento se refiera a la situación del pueblo. El profeta quiere hacerles ver que Dios o los ha abandonado y que los acompaña en sus sufrimientos. Las interpretaciones se ven condicionadas por el mundo cultural e histórico de los pueblos. La cultura de Ezequiel no conocí una vida después de la muerte; por tanto, no entraba en su horizonte el tema de la resurrección. Nosotros los cristianos ¿podemos interpretarlo desde la resurrección? Sí, y no sólo eso, sino que le damos al símbolo una significación nueva, sin traicionar su significado original.» (Milton Jordán Chigua)


 

Al leer uno se da cuenta que no aparece la palabra resurrección, pero no es de otra cosa de lo que se está hablando. Este “misterio de nuestra fe” estaba oculto en aquel entonces, en los tiempos de Ezequiel, para le fe judía, no se esperaba y ni se presumía nada de vida después de la vida. La idea era que posterior a la muerte biológica todo era muerte y solo muerte. Pero, este relato nos señala la posibilidad, creada por Dios, de renacer a una vida nueva. Lo que tenemos que comprender es que esto lo dice Dios y es Él quien lo obra: ¡Él lo dice, Él lo hace!

 

Sal 107(106), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9Cor 7, 25-35

Tenemos cuatro estrofas -que se arman con 7 versos- entresacados, de los 13 versículos que configuran este salmo oracular.


El salmo parte de un apretado resumen de la historia de Israel -en cuatro escenas- para

1º Entonar una acción de Gracias

2º Presagiar que, de su condición de deportados, pasarán a ser liberados.

 

En la primera estrofa los rescató y los reunió.

En la segunda -mirando su miseria- los muestra pasando hambre y sed en el desierto.

En la tercera, Dios los saca de las tribulaciones llevándolos a una ciudad habitada.

Y en la cuarta calmó a los sedientos y nutrió a los hambrientos, lo que podemos entender como un final feliz.

 

El salmista nos va llevando de la mano para señalarnos que hay sobrada razón para alabar y bendecir. La dialéctica de los salmos oraculares es la de clamor-humano/respuesta-divina.

 

Mt 22, 34-40

Un Mandamiento que lo renovará todo

No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. Este fue el “mandamiento nuevo” que Él vino a traernos; este es el núcleo del Evangelio y la esencia del cristianismo. Quien no vive el mandato de la caridad, simplemente no puede llamarse cristiano.

Papa Francisco

Había una lucha-oposición entre el saduceísmo y el fariseísmo: Aquí los fariseos ven que Jesús hizo replegar a los saduceos entonces, los fariseos ven su oportunidad y entran a interrogar usando como ventrílocuo a un νομικὸς [nomikos] “doctor de la ley”, “abogado”.


Pero la pregunta no es la de alguien que quiere instruirse, uno que -reconociéndole su sabiduría-, va y le consulta. El texto nos advierte que había un propósito solapado: ponerlo a prueba. ¿Qué quiere decir “ponerlo a prueba”?  Procurar, por todos los medios, tener una palabra suya que se pudiera mostrar al Sanedrín, como prueba de la oposición de Jesús a la ley mosaica.

 

Hoy en día decimos que lo que diga Jesús es válido porque lo reconocemos como Hijo de Dios. Pero en aquel entonces, lo que dijera Jesús, no tenía por qué ser aceptado, porque sencillamente no se trataba sino del hijo del Carpintero. Siempre hay una posición de sumisión ante los poderosos, y -en este caso eran los saduceos, los fariseos y los titulados en derecho Mosaico-, y la gente andaba buscando -no el camino para llegar a Dios- sino el árbol que mejor sombra les ofreciera.

 

Tres emboscadas sucesivas nos encontramos en este tramo del Evangelio mateano:

1)    ¿Hay que pagarle impuestos al Cesar?

2)    La pregunta saducea sobre la resurrección: El tema de los siete hermanos que murieron sin dejar descendencia, ¿en la otra vida, de quien iba a ser esposa la que en vida lo fue de los siete?

3)    Y, hoy, la pregunta sobre el Mandamiento más importante.

 

Lo que cuenta, en este caso, es desenmascarar que se trataba de tenderle una emboscada, de hacerlo caer en la trampa, no de la pregunta que podría llevársele a un teólogo para que, con su formación tan sólida, los iluminara, aquí de lo que se trata es de hundirle la daga, de hacer luego leña del árbol caído, de perforarle las manos con clavos, de hacerle traspasar el costado con una lanza.


Recordemos que ante la tercera pregunta Jesús no escoge algún “mandamiento” del Decálogo, sino que tomando harina de las diez orzas, amasa un “rico pan jurídico” -el Mandamiento Principal de la Ley- que señala que hay dos mandamientos que se ensamblan en Uno: en realidad lo que les devuelve Jesús condensa toda la Ley desde una perspectiva improrrogable, no se amasa la Ley para un pan del “futuro-remoto” –(no son panes de la proposición para dejarlos una semana expuestos en la Mesa de acacia recubierta de oro, que quedaban allí para simbolizar la comunión perpetua de las doce tribus con Dios)- se amasa un pan para comerlo ya y toda la vida, y ni la orza de harina, ni la alcuza de aceite se agotarán jamás (cfr. 1R 17, 14) durarán hasta la eternidad. Sencillamente porque lo que se obra con fraternidad cumple la Ley Divina: que sepamos vivir en la plenitud sinodal con todos los hijos de Dios, indiscriminadamente. ¡Es el Mandamiento de la caridad fraterna!

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