Nah 2, 1.3; 3,1-3. 6-7
Encontramos cierto parentesco entre el
Libro de Nahúm y el Libro de Jonás (recordemos que esta última es una
noveleta); el eje de similitud es el tema de Nínive, capital de Asiria: que
había sido dolor de cabeza, maldición y continua pesadilla para los hebreos; la
ciudad fue tomada por una alianza estratégica entre medos y babilonios, en el
612 a.C. Y la profecía es de algunos años antes. La compilación de Libro se
piensa que data del 612-609 a.C.
El nombre de este profeta נַח֖וּם [nak-jum]
“consolación”, y fue contemporáneo de Jeremías. Su manera de relatar tiene algo
de cinematográfico, por su riqueza de simbologías e imágenes, con elementos
bordados de terror, devastación y aciago. Domina en su profecía la idea de que
el Único que maneja el “devanador” de los hilos históricos -aun cuando,
superficialmente, parezca los contrario- es el Señor. Altibajos y tropiezos no
deben desdibujar que las riendas están en Las Manos de YHWH.
Quien merezca arrostrar las consecuencias, no pueden confiar
en la impunidad, y de eso pueden estar convencidos, como decimos en el lenguaje
popular “Dios no se queda con nada ajeno”, y “quien siembra vientos cosechará
tempestades”. No obstante, está la contracara, los “justos” contarán con Su
Socorro y Defensa. El Señor los rodeará de fortaleza, de pesadas y protectoras
murallas.
En la perícopa hay una imagen regente: “Los pies del
Mensajero que anuncia la Paz”. Y le dice a Judá que puede cesar en sus afanes y
desvelos, ya que el enemigo será aniquilado y ya la perversidad no pisará más
el suelo hebreo. Luego, viene la voz consoladora con la palabra שָׁ֤ב [sab] “restauración”; esta palabra deriva de la palabra שׁוּב [shub] “volver”, “regresar a atrás”, como
una imagen conservadora, que devuelve la película para volver a ver los
episodios más felices del pasado.
Aquí sigue la parte cinematográfica: ruido de látigo (efectos
sonoros), estrepito de ruedas (carros bélicos invasores), asalto de caballería
(ejércitos despiadados), espadas, fulgor de lanzas, heridos innumerables (la
faceta armamentista que no puede faltar), cadáveres amontonados, muertos a granel,
baño de inmundicia. El cuadro es una imagen vejatoria para Asiria. ¿De quién
tanto dolor sembró, quién se apiadará? ¿Será que al destructor se le dará algún
consuelo?
Nosotros entendemos que los pies de los que se habla aquí,
son los pies de los discípulos-misioneros; pero hay una condición para que la
gente se alegre, que sean anunciadores de la paz. Si son portadores de anuncios
bélicos, no traerán fiesta, ni se celebrará con dicha y beneplácito su llegada.
Los pies de estos “mensajeros” son los mismos pies que lavó
Jesús: se lavaban los pies, más para refrescar al caminante y aliviar al
peregrino por su andadura, retirando con el agua refrescante su fatiga, que no
por quitar la mugre de sus pies. A quien se le lavaban los pies, quedaba
restaurado, restablecido para seguir su caminar y avanzar más y más lejos.
Estructuralmente podemos considerar que la unidad 2. 4-3,19
encierra la caída de Nínive. Hoy consideramos tres momentos consecutivos.
i)
La toma de la ciudad
ii)
Las amenazas al “León de Assur”.
iii)
La sentencia proferida contra Nínive como
agresor criminal de suma deshonra.
Sal Dt 32, 35cd-36ab. 39abcd. 41
Estamos ante un fragmento extenso del Cantico
de Moisés que comprende 32,1-43, que él proclamó ante la Comunidad en Pleno.
Permítasenos recordar que antes de este cántico, Moisés había profetizado
(porque Dios así se lo había mostrado) que Israel recaería en su desobediencia.
Estamos retomando el tema de la Justicia
que obliga al Señor. Él no es un Dios castigador, por el contrario, su Divino
Corazón es el de un Dios Perdonador. Pero la realidad histórica obra como una
máquina ciega, y reparte palos allí donde las espaldas culpables pasan. Cuando
-por el contrario- es el justo el que circula bajo su garrote, la máquina se
entraba, y cesa su golpeteo.
La Voz consoladora predice que el Señor se apiadará de los justos, la Alianza que tiene con su pueblo no será totalmente diluida. Su efecto protector perdurará.
Volvemos sobre el asunto de quién es el
que maneja los hilos de la historia y Dios muestra que todo le está sujeto: da
la vida, da la muerte, hiere, pero también cura.
Pero los enemigos y los que aborrecen a
Dios -seguramente porque tienen negocios -por debajo de la mesa- con el Malo, a
esos, la hoja de la acerada cuchilla, no les tendrá ninguna compasión.
Como explicación de la protección que se
recibe del Cielo está la imagen de la “roca” que encierra los significados de
protección y firmeza (fidelidad).
El versículo que reiteramos -como
estribillo- condensa muy bien la Justicia con la que Dios siempre obra: Dios da
la muerte y premia con la vida.
Mt 16, 24-28
Quien sigue a Cristo tiene que aceptar llevar
su cruz. Lo dice Jesús, en seguida, para hacer comprender a sus discípulos que
sería una ilusión pensar en seguirlo, pero sin llevar con Él la cruz.
Papa Francisco
El Señor nos enseña los requerimientos de
su discipulado. No se trata de un seguimiento demagógico, sino de un compromiso
radical, hay que “abandonar” el egoísmo, y optar por una “prueba” que en este
caso está simbolizada por la cruz: se trata de aceptar pasar por la
misma inflexión del camino por donde pasó Él. ¿Qué quiere decir? Exactamente
que el “seguimiento” no es ningún “camino muelle de blandos cojines”, implica
un desacomodo, una renuncia, una oblatividad, hay que tomarse molestias,
llegada la situación, ser capaces de sacrificio (ese sacrificio está
representado en la parábola del Reino con la venta del “todo”, para así
“comprar” la perla de Gran Valor). ¡Todo lo que vale, cuesta!
Era muy importante decirlo, allí donde muchos de los seguidores lo que perseguían era alcanzar prebendas y lograr privilegios, Jesús les indica con franqueza que esas no son las señales camineras que van a encontrar.
Sin embargo, esto no se debe interpretar
como que la vida del creyente tenga que ser de continua zozobra, y que tengamos
que adecuar nuestra mente y toda nuestra existencia a una idea de constante
inestabilidad. La vida se puede volver -si la tomamos desde esta perspectiva-,
como la del militar que vive al borde del constante riesgo y termina por
encadenarse a la descarga de adrenalina que conlleva el “peligro”, esclavo de
la descarga hormonal. Por el contrario, hay que saber degustar los constantes
regalos que Dios nos provee.
En realidad, el seguimiento mira, no al
padecimiento que eventualmente pueda sobrevenir, sino al esjatón, que de seguro
será de dulce bienestar: Paz como sólo el Señor la puede dar.
Quizás lo que debemos aprender a obtener
no se trata del inmediato gusto y efervescencia; que muchos esperan como “paga”
de su entrega, sino saber diferir y dilatar la recepción de los incentivos
hasta el momento que Dios quiera depositarlos a nuestro alcance y abonarlos a
nuestra cuenta. En verdad, en verdad
decimos, que ninguna cruz adolecerá de resurrección.
Negarnos a nosotros mismos es aprender a
diferir los alicientes, para multiplicarlos e intensificarlos a la larga.
Evitando, eso sí, el cálculo de intereses, como si el recto obrar fuere un
ahorro a “termino fijo”, como si se tratara de un CDT, confiando en mejores
réditos en cuanto más largo sea el tiempo de espera. En verdad en verdad
decimos, la Bondad se obra como profunda satisfacción, admiración y
contemplación de que Dios sea así, y loamos por ese modo de ser que nos alcanza
y nos envuelve en su Generosidad; y no como un título valor para atesorar con
ambición su crecimiento y acopio.
«No se trata de una cruz ornamental, o de
una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del
sacrificarse por los demás con amor -por los padres, los hijos, la familia los
amigos, también por los enemigos-, la cruz de la disponibilidad para ser
solidarios con los pobres, para comprometerse con la justicia y la paz.» (Papa
Francisco)
En verdad, el seguimiento es un derroche de desprendimiento y entrega que no se eclipsa por el cálculo interesado. Lo da todo, al ver que Jesús se desprendió hasta de su última gota de sangre, ¡y no era por su bien! ¡Era por la Mayor Gloria del Padre! ¡Y por nuestra Salvación!





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