Ez 37, 21-28
Esperanza de Salvación
Quitaré
de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil.
Pondré en ustedes mi espíritu y haré que cumplan mis leyes y decretos; vivirán
en el país que di a sus padres, y serán mi pueblo y yo seré su Dios
Ez
36, 26b-28
En el capítulo 33 de Ezequiel, llega un fugitivo, viene de
Jerusalén trayendo las peores noticias, la ciudad ha caído y el Templo ha sido
profanado y destruido. Entonces empieza una trasformación del mensaje de este
profeta. Va a entrar en una etapa de siembra de la esperanza.
Esta misión de sembrar esperanza parte de la presentación
de augurios para Israel. Parte de la presentación del Mesías, como nuevo David,
en el capítulo 34 hay una denuncia contra los pastores (gobernantes de Israel)
quienes en vez de pastorear a su rebaño se engordan a sí mismos, Dios les
promete trasplantarles un corazón de ternura para sustituir el corazón de
pedernal que han traído y con el cual han hecho sufrir a su pueblo y lo han
conducido a la ruina.
La penúltima parte de este Libro -caps. 33-39- nos trae las
promesas de Salvación. La profecía de Ezequiel -en este capítulo 37- lo que les ofrece es constituirlos
nuevamente, en una sola nación, como ocurría en el esplendor Davídico. Ofrece
Dios, actuar como Juez y defensor de las ovejas “flacas” que han sido víctimas
del aprovechamiento de estos pastores, que las empujan disimuladamente a
condiciones paupérrimas y eliminará e estos lobos -que no tienen corazón de
pastores. Este oráculo de la perícopa de
hoy promete darles un corazón humanizado, ablandado, capaz de Misericordia.
Con la imagen de los huesos secos a los que el corazón
Tiernísimo de Señor, les hará crecer carne y recobrar vida -en una como imagen
paralela de la Creación del género humano en el Génesis (segundo relato) aquí
el punto de partida ya no es barro originario, sino huesos revitalizados-, se
ilustra, con imágenes, el oráculo del capítulo 36. Esta profecía les ofrece la
reunificación de los dos reinos que ya no volverán a dividirse. También
profetiza que se superará la idolatría con las acciones deplorables que ella
traía aparejada. Se volverán fieles cumplidores de los estatutos que Dios les
dé. Les propone -para ese futuro- una Alianza de Paz que durará eternamente. Y,
en medio de este Paraíso Terrenal, pondrá su Santuario para siempre.
Algunos elementos de este oráculo deben tenerse muy
presentes: Ezequiel aparece como un agente activo de esta recreación. YHWH hará
una contra-diáspora, llamándolos de la dispersión a la unidad. Los llevará de
nuevo a la tierra que le otorgó a Jacob, pero en estado de deportación, ellos
no son vivos, ni un pueblo viviente, porque carecen del culto, y un pueblo sin
su culto no es más que un montón de huesos sin alma, sin ánima, inanimados.
Repatriarlos y reconstituirlos es propiciar que vuelvan a tener su Templo, que
vuelvan a adorar, que resurjan a la vida de nuevo: ¡Una Verdadera Resurrección!
Esta profecía luminosa no pretendo eclipsar el hecho de que
muchos de los deportados se asimilaron en Babilonia, y allí se quedaron.
El propio Yahvé, se encargará de su purificación. Otra vez, ellos serán su pueblo y Dios será su Dios. El Mesías será el “príncipe” como se le llama en el verso 25. El Gran Pastor será el propio Yahvé. Ha surgido una teocracia donde Dios está Presente, actuando. Esta acción será una actuación Misericordiosa, de Santidad. Este prodigio será verdaderamente como sacarlos del sepulcro y reconstituirlos en su patria, la tierra que había sido dada a sus padres.
♦ ♦ ♦
Sal Jr 31, 10. 11-12ab. 13
Por fin llega el retorno a la patria
No son propiamente un Salmo, son tres estrofas entresacadas
del Libro de la restauración (caps. 30 y 31 de Jeremías). Se requiere una Nueva
Alianza para poder reconstituir a este pueblo que ha sido descuartizado y
desmantelado en el exilio y que ha perdido su unidad y su identidad. No tiene
Gobernante, no tiene Templo, no tienen culto y andan como “ovejas que no tienen
pastor”.
En la primera se plantea la necesidad de un liderazgo de
regeneración, de un pastor para este rebaño: YHWH los llevó a la dispersión y
los hizo probar los sinsabores del ostracismo. Así como los llevó en
deportación, así ahora, nuevamente, lo reunirá y lo cuidará. Como corren los
ríos por su cauce, así estos desbandados convergerán hacia las tierras que son
propiedad del Señor, así los hará retornar a su patria, en torno a Jerusalén.
¡Cómo una carne que se agolpa, resucitada, en torno al corazón!
Por eso, ahora, después de la diáspora sobrevendrá la risa, la fiesta, el danzar, el gozarse y solazarse de todos, en el pueblo elegido, los niños, los jóvenes y las jovencitas, los adultos y hasta los viejos, mudaran su tristeza en alegría. El Señor se los dice: hay esperanza de un porvenir, el sol no se ha apagado; habrá regreso a la patria, como hubo que desechar la Antigua Alianza, la esperanza se dibuja con las letras de la palabra NUEVA; será la Nueva Alianza la amistad duradera y estable del pueblo con su Dios YHWH.
El rasgo preminente de la Nueva Alianza es que -ya no
estará escrita en Tablas de Piedra- sino que, ahora estará impresa en nuestro
propio corazón. La Palabra germinará en el corazón humano, y de él brotará la
Bondad misma que será fruto de todo corazón honesto.
♦ ♦ ♦
Jn 11, 45-56
Me
gustaría entrar -aunque solo fuera por un momento- en la mente de estos
terroristas del absurdo. Conocer por qué intrincados caminos mentales llegaron
a esa demencia de la violencia inútil y salvaje. Saber cómo fueron sus vidas.
Entender quién les mutiló a ellos el alma antes de que ellos intentasen mutilar
una estatua o destruir el recuerdo de un hombre milagroso que vivió hace
siglos. Me gustaría entenderles, no condenarles.
José
Luis Martín Descalzo
El nombre Lázaro significa “ayudado por Dios”. Vaya ayuda
suprema que Dios le brindo: ¡regresarlo a la vida! Algo nos parece muy curioso,
en el sexto “signo”, Jesús da la vista al ciego de nacimiento, y él da
testimonio, incluso con una actitud algo desafiante, con un tono abiertamente
crítico, y con clara parresia; tal vez los padres se muestran un poco timoratos
al declarar y evaden tener mayor responsabilidad, pretextando que aquel “ya es
mayor de edad y puede dar testimonio por sí mismo”. En cambio, en el caso de Lázaro, no pronuncia
palabra alguna. ¡Lázaro quizás temía que esta vida de resucitado iba a
necesitar muy urgentemente hacer uso de su Resurrección! Lázaro, tanto como
Jesús, quedan condenados con este “Séptimo signo”, la muerte empezará
inmediatamente a pendular sobre sus cabezas.
Muy, muy interesante resulta esta decisión del Sanedrín de condenarlos a muerte. Pensemos un poco: La familia de Lázaro quiere hacerle un homenaje, lo convidan para una Cena, como es muy lógico están felices con lo que ha pasado. Pero, ¿por qué el resto está más bien alarmado? ¿cómo puede ser que la vida genere preocupación? ¿por qué a estos se les detona sus instintos asesinos?
Dentro del dialogo que sigue nos encontramos dos tendencias
muy claras:
a)
La mayoría, ἐπίστευσαν* [episteusan] “creyeron” en Jesús. Con esa información se
abre la perícopa (v. 45). *Deriva del verbo πιστεύω [pisteuo] “creer”.
b)
τινὲς
[tines] “Algunos”, (dice en el verso 46); lo entendemos como “unos pocos”,
puede significar, también, “un cierto uno”, “de todos los demás sólo uno”.
(Como dice cierto proverbio popular, “un garbanzo basta para echar a perder la
olla”).
Estos
últimos ¡croac, croac!, (me disculpo con los sapos que fuera de dar
saltos, no tienen nada que ver con este tema), saltan a contárselo a los
fariseos, y estos -junto con los Sumos sacerdotes- son los correveidiles del συνέδριον [senedrión]
“Sanedrín”, “Junta Suprema”. Es este “organismo” -que podemos entenderlo como
la “Corte Suprema”, con competencias, civiles, religiosas y penales-, el autor
intelectual de la muerte de Jesús. Sin embargo, esto no resuelve el problema de
“sobre quien cae la sangre” y “qué fue lo que los llevó a decidir así”. En San
Juan, la lectura -de superficie- pretende justificar y desplazar el motivo al
miedo “imperialista”: Si los romanos se percataban de que “Este - Tipo” está
haciendo todos estos “signos” «Si lo dejamos, todos van a creer en Él, y las
autoridades romanas vendrán a destruir nuestro templo y nuestra nación”» (Jn
11, 48), las consecuencias afectarían a la nación entera -pueden llegar a
bombardearnos y a invadirnos. Uno se interroga, ¿es miedo o son pretextos?
No
se necesita gran astucia para darnos cuenta que, si ellos no lo hubieran mirado
con ojos de “enemigo”, habrían procedido, al contrario: lo habrían cuidado, lo
habrían protegido, hasta lo habrían “ocultado”: si lo hubieran visto con ojos
de “compatriota” lo habrían prohijado, lo habrían patrocinado como a uno de los
suyos, se habrían adherido a su causa. ¡Pero no! Ellos lo ven como un “rival”,
como una “competencia”, como un “opositor”. Ahí está el quid de este crimen.
Son intereses y posiciones tendenciosas los que mueven a los asesinos. (Se
trata de un complot para arrestar a Jesús).
Hay
una parte -sumamente importante a nuestro parecer- Caifás (este nombre es de
origen arameo y significa algo así como “hombre de corto entender”, “persona
pusilánime”), “profetiza” que Jesús va a morir, no sólo por el pueblo, sino
para unir a los que están más allá, los de otras etnias, fuera de los hebreos,
pero también “hijos de Dios” como quedó señalado en la profecía caifásica.
La perícopa se cierra señalando que Jesús se vio obligado a reforzar su “clandestinidad” en Efraín, cercano al desierto, en territorio de Samaria; y que la “orden de captura”, fue expedida y publicada, en circular roja (nos parece que ahora se dice así).





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