Jer 17, 5-10
Prácticamente todo lo que se
dijo ayer como contextuación de la perícopa de la Primera Lectura, es válido,
porque hoy se lee del capítulo inmediatamente anterior.
Hay personas -que se llaman a
sí mismas devotas y fieles que usan la siguiente estrategia para el estudio y
difusión de la Palabra: primero buscan una maceta adecuada para aplastarle a
alguien los dedos, luego la esconden detrás de la espalda, y -acto seguido-
vienen muy modosos y cariñosos, pidiéndote que pongas la mano sobre la mesa,
tan solo un instante.
¿Cómo eligen la maceta? No por el mensaje que trasmite, porque la
“cita” se escoge como para la elaboración de una propaganda, lo importante es
que suene bonito y que triture duro. Veamos un ejemplo de una maceta normal, de
las que frecuentemente ve uno en acción por ahí, reventando dedos: “Maldito
aquel que aparta de mí su corazón, que pone su confianza en los hombres y en
ellos busca apoyo”.
Para que aplaste dedos
adecuadamente debe cumplir los siguientes requisitos:
a)
Debe ser
suficientemente breve.
b)
Su
sonoridad debe hacerla suave a la memoria, para que sea fácilmente recordable.
c)
Debe ser
multiusos, de tal manera que pueda destrozar igual un meñique que un pulgar o
un índice.
d)
Y que nadie
pueda decir que fue injusto suprimirle ese dedo (o esos dedos) al “prójimo” que
haya sido escogido para el “experimento”.
A veces se ha utilizado -este
que hemos tomado como ejemplo- para sembrar desconfianzas al seno de una
comunidad y que unos a otros se dirijan miradas de desconfianza, que se le
pueda amarrar en el muñón del dedo un rotulo de “demencia”, o de “toxicidad”, o
de “arrogancia”, bueno, hay tantos, no recordamos -en este momento-cuales más…
A veces se ha usado para
desviar lealtades y entonces el rotulo dice “Maldito el que confía en un
hombre, por confiar en otros y no en mí”. Pero el que pronuncia este “mí”, no
es más que otro hombre, taladrado por la rivalidad, por una sorda
competitividad. ¡Que nadie se atreva a tomar prestado mi pedestal!
Pero, el uso más frecuente que
ha tenido es para argumentar que ¡uno no tiene por qué confesar sus pecados con
un hombre -dicen ellos- que es más pecador que uno mismo! Y, evidentemente,
estos “tales”, desconocen el Evangelio de San Juan, donde dice “a quienes
perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les
quedan retenidos (Jn 20, 21-23).
¿Quiere eso decir que la Palabra
está mal? No, lo que quiere decir es que no podemos recortar la Biblia en
tiritas para hacer “galletitas chinas”; quiere decir que la Sagrada Escritura
no es una colección de “frases célebres” adecuadas a cualquier situación.
También quiere decir que, en Ella, Dios nos habla, pero que está construida con
“palabras humanas” -para que las pudiéramos entender, pero por ser “humanas” pueden
ser astutamente manipuladas para llevar al error: por eso hay que leerlas con
espiritualidad, con devoción estudiosa y aplicadamente, esforzándonos por oír
la Voz de Dios que Él-Mismo ha puesto allí por la acción de su Santo Espíritu. ¡No
leerlas acomodaticiamente!
Muy particularmente implica:
a)
Cabalgar
siempre con una espiritualidad de honesta y humilde búsqueda.
b)
Unirnos a otros para buscar juntos: no somos
individuos sueltos, desperdigados, somos un pueblo que va en Éxodo, que procura
confiar en Moisés -aun cuando es un simple hombre, un pobre tartamudo, pero
Dios lo ha puesto a encabezar esa marcha. Dios bendice -lo creemos muy ferviente
y sinceramente- al pueblo que avanza sinodalmente buscando, con ardoroso amor,
el Amor que anida en su Palabra.
Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6
El mal no es lo contrario del
bien; el mal es una ranura de angustia -sólo una ranura; el bien es gigantesco,
es enorme, lo abarca todo, es el Universal-Divino; en cambio, el Mal es más
angosto y deleznable que una línea (que, geométricamente hablando, no tiene
ancho). Algunos ingenuos piensan que es la otra mitad ¡Nada más lejos de la
verdad!
Lo que pasa es que “El mal hace
mucho ruido”, en cambio, ¡el bien es discreto, es silencioso! Papa Benedicto
trabajó por dinamizar esa idea.
El que “confía en el Señor, y
pone en Él su confianza será un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia
la corriente sus raíces, no teme la llegada del estío, su follaje siempre está
verde, en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto” (Cfr.
Jer 17, 7-8). Esta cita del profeta Jeremías es una glosa de la segunda estrofa
de nuestro salmo de hoy, formada por el verso 3 del Salmo 1.
Cuando dice que “da fruto”, lo dice -evidentemente- con sentido metafórico, se trata del crecimiento espiritual, se trata de estar enrumbado hacia Dios, caminando por sus sendas, y no divagando en terrenos desérticos y áridos donde la esterilidad se adueña del ser.
El Salmo muestra qué destino se
depara para el “justo” y “qué puede esperar cosechar el impío”. Nos hace patente que nuestra vida está
marcada por la opción radical y que en la encrucijada tenemos que saber elegir
el sendero que lleva a la vida, sino queremos desbarrancarnos por las
escarpadas laderas del sacrilegio.
Con crudeza, pero con sincera
honestidad el salmo nos muestra lo que puede esperar el impío:
a)
Será paja que
se lleva el viento
b)
Acabará
mal.
Sumando estas dos Lecturas: la
Primera y el Salmo, ahora sabemos quién es el “hombre maldito”. Y no sólo “el
maldito” sino, también, אַ֥שְֽׁרֵי־ el “Dichoso”, “el Bienaventurado”:
El bienaventurado:
1)
No sigue el
consejo de los impíos,
2)
Ni entra
por la senda de los pecadores,
3)
Ni se
sienta en la reunión de los cínicos
4)
Su gozo es
la תּוֹרָה ley del Señor
5)
Medita su תּוֹרָה ley día y noche
Y el impío, el malaventurado,
pues, todo lo contrario. No descarga su entera confianza en el Señor, entra en
pacto con los que tienen ejércitos poderosos y no tienen ninguna ética en el
respeto al prójimo.
En cambio, el “justo” se deja
guiar por la תּוֹרָה [Torah] “Ley de Dios”.
La Ley de Dios es el camino de
la felicidad, el pecado es el sendero que lleva a la desdicha. No alcanza la
categoría de camino, ¡es puro extravío! El extravío conduce a la nada.
Lc 16, 19-31
Si
el extravío conduce a la nada, la nada no puede saciarnos. Jesús en cambio, se
compadece, porque estamos como ovejas sin pastor, y multiplica los panes:
a) El que quita el
hambre material
b) El Pan de su
Palabra
c) El Pan Eucarístico.
Nació en Belén, “Casa de pan”.
El
Evangelio lucano, nos trae esta parábola que ilustra la disyuntiva que ha sido
el tema de hoy:
1) El camino de los
Justos que es protegido por el Señor
2) El camino de los
impíos que acaba mal
En
la parábola el impío ni siquiera tiene nombre.
El
justo se llama אֶלְעָזָר Lázaro, “ayudado por Dios”, “Dios es mi ayuda”.
Lo
primero que hace la parábola es descubrirnos el terrible error en el que
siempre caemos, porque pensamos que el que banquetea hasta la hartura, y se
viste con las más finas prendas de los altos modistos, ese debe ser el
“privilegiado” a los ojos de Dios. Y vemos en el pobre, eso, “un pobre diablo”,
y cambiamos de anden aun cuando el rodeo nos alargue el camino.
Lázaro
-este nombre proviene del hebreo אֶלְעָזָר [El-azar] y significa “Dios lo ha ayudado”,
así es, si los Adanes lo ignoran, El propio Dios lo toma bajo su Auxilio-, para
extremar el contraste, tiene llagas, y -si esto fuera poco- los perros le
lamían las llagas. Viene ahora lo más desconcertante, al morir, Lázaro es
llevado directamente el Cielo (Seno de Abraham) en brazos de ángeles.
El
rico, por contraste, va a parar al infierno. Acostumbrado a que los pobres les
hagan los mandados, el “sin-nombre” interpela a Abraham pidiéndole que mande a
Lázaro a refrescarlo empapándole la lengua, así sea sólo con alguna gota que se
pegue a su dedo, si Lázaro lo humedece. Pero, que el “sin-nombre” lo alcance a
ver no significa que estén cerca, al contrario, la distancia que los separa es χάσμα μέγα [chasma mega] “abismo
inmenso”. No se trata de una “pequeña distancia” sino de una diferencia
descomunal.
Cuando el “sin nombre” cae en la cuenta y comprende su
situación, al menos tiene una gota -pequeña, casi ni alcanza a ser una
molécula- su ruego no parece un interés sincero por la salvación de sus
hermanos, sino un argumento a ver si puede engatusar a su interlocutor,
Abrahán; no es por honesta “projimidad” que se interesa por sus cinco hermanos
que viven en las mismas, y que están cocinando un destino similar y comprando
boletas directas y sin escala para venir a compartir con “el sin-nombre”, (lo
repetimos con insistencia porque significa que su indolencia, su falta de
solidaridad, su egoísmo recalcitrante, lo han llevado a perder hasta su nombre,
ahora carece de identidad, es verdaderamente un “don-nadie”, no sabe quién es
él mismo y por eso, ni siquiera supo buscar oportunamente el camino que le
convenía, la ruta de la Salvación; y es que, precisamente la Salvación es el
ejercicio de la “projimidad” sincera, saber caminar con los otros, saberse
donar por entero, compartir de lo que se tiene).
Abrahán profetiza, si viniera el mismísimo Jesucristo-Resucitado,
le pasaría lo que pasó con Moisés, tampoco se convencerían. El que ha
endurecido su corazón amando lo “material” se hace indiferente al hombre,
respecto de sus semejantes y de Dios, no tiene oídos para oír, ni ojos para
ver. Se da cuenta de lo que codicia, pero no del “prójimo”, el ser humano
tirado en su mismísimo portal, cundido de llagas, anhelando poderse beneficiar
de, al menos alguna migaja caída de la mesa opípara. Es imposible injertarle la
fe, a uno que adquirió un corazón de pedernal. Y, sólo la fe es
Salvadora-y-Redentora.
El “justo” es el que ha puesto su confianza en el Señor. Demuestra su confianza acogiendo lo que Dios le dice por medio de un “llagado” que encuentra atravesado en su vida. El “justo” tiene el corazón blandito y poroso (es sinónimo de “absorbente”), como una esponja está dispuesto a empaparse por completo.





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